AGLI Recortes de Prensa   Jueves 26  Octubre 2017

¿Seis meses contra décadas de adoctrinamiento separatista?
EDITORIAL Libertad Digital 26 Octubre 2017

Las décadas de intoxicación antiespañola es la más poderosa arma de los golpistas.

No faltará quien dude de que en las aulas de una hipotética República Catalana se fuera a erradicar el español e inocular la ignorancia, el desprecio e incluso el odio a España en mayor medida de lo que se ha hecho durante décadas en una Cataluña oficialmente perteneciente a España y respetuosa de su ordenamiento constitucional.

Aunque todo problema sea susceptible de empeorar, y la creación y reconocimiento de un nuevo Estado soberano en forma de república no sea, obviamente, la solución a ninguno de ellos, es innegable que el adoctrinamiento escolar constituye un arma formidable de los separatistas, volcados desde hace tanto tiempo ya en la construcción nacional de una Cataluña furiosamente antiespañola.

Por encima de las redes clientelares en forma de empresas públicas, fundaciones y demás chiringuitos a cargo del contribuyente; por encima de ilegales estructuras de Estado como las embajadas; por encima incluso de la incesante labor propagandística de los medios de comunicación controlados directamente o mantenidos artificialmente con vida por la Generalidad, la conversión de la enseñanza en una maquinaria de adoctrinamiento nacionalista ha sido y sigue siendo el factor que más claramente explica el hecho de que los separatistas hayan pasado de ser una exigua minoría a englobar a casi la mitad de la población catalana, porcentaje que aumenta entre la población más joven.

Si no ha habido un solo Gobierno central que se haya atrevido a hacer cumplir a la Administración regional catalana las sentencias de los tribunales contrarias a la liberticida inmersión lingüística, tampoco ninguna Alta Inspección del Estado ha exigido el cese de un adoctrinamiento que manipula la Historia y hasta los sentimientos de los escolares contra una España presentada como enemiga jurada de los catalanes, cuyas legítimas libertades reprimiría con saña.

La cuasi independencia de facto que PP y PSOE –con y sin mayoría absoluta– han consentido y ofrecido mantener –incluso ampliar– a los separatistas, con tal de que abandonen la quimera de dotarse de un nuevo Estado soberano, forma parte de esa ominosa "vuelta a la legalidad" que alientan tanto el PP de Mariano Rajoy como el PSOE de Pedro Sánchez, y con la que ambos tientan al golpista Carles Puigdemont.

Si no fuera porque ni Rajoy ni Sánchez han dado la menor muestra de pretender revertir el despreciable adoctrinamiento en el odio a España durante el ridículamente escaso tiempo de aplicación del artículo 155 de la Constitución, bastaría echar un vistazo a los libros de texto que se utilizan en Cataluña para comprender que sólo seis meses no podrían conseguir absolutamente nada, para más inri en pleno curso escolar 2017-2018.

A todo esto, el cabecilla del golpe, que a día de hoy sigue en libertad y en comunicación constante con todas las entidades y plataformas implicadas en el mismo, pretende, a través de los sindicatos de la enseñanza, que los menores participen en huelgas de país y en las movilizaciones ciudadanas que van a acompañar a su ya anunciada y reiterada negativa a acatar su suspensión como presidente de la Generalidad.

Así las cosas, y dada la increíble falta de previsión de la clase política española y su timorata actuación durante los cinco años de abierto, confeso y consentido desafío al Estado de Derecho, el Gobierno de Rajoy puede que no tenga otra ocupación durante los próximos seis meses que la de mantener la paz en las calles. ¡Como para ocuparse de las escuelas!

‘La hora del deber’. Carta abierta a Rajoy, Sánchez y Rivera
EDITORIAL. La Gaceta. 26 Octubre 2017

Tienen las herramientas y tienen los motivos. Tienen todo menos excusas. Ustedes no son, en estas cruciales 48 horas que enfrentan, ustedes. Son nosotros.

Fue el 31 de octubre de 2016. Con una mano sobre la Constitución y otra sobre la Biblia, usted, señor presidente del Gobierno, juró “cumplir fielmente” las obligaciones que su cargo le otorga “con lealtad al rey” y “guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado”.

También quienes hoy le acompañan -desde la oposición- en la tarea de hacer frente a esta amenaza a la España que conocemos, prometieron -el señor Rivera en esta legislatura y el señor Sánchez en la anterior- acatar la Constitución. Los tres están comprometidos con la ley y ante todos los españoles. Su cargo les desposee de la individualidad de que gozan -gozamos- el resto de los españoles para convertirlos en representantes de millones de ciudadanos. Ustedes no son, en estas cruciales 48 horas que enfrentan, ustedes. Son nosotros.

Se enfrentan, no es necesario que se lo recordemos, a un desafío sin precedentes. A un presidente instalado en la sedición en una Comunidad Autónoma históricamente privilegiada y a la que los sucesivos Ejecutivos -Ejecutivos, señores Rajoy y Sánchez, de sus partidos- han agasajado -ahora comprobamos que demasiado- hasta crear un Gobierno rebelde y chantajista difícil de dominar.

La oferta de diálogo -oferta que muchos españoles consideramos excesiva, acomplejada y quizá hasta servil- no da más de sí. No necesitan más pruebas para comprobar que frente a ustedes hay un hombre, Carles Puigdemont, y un gobierno autonómico, dispuestos a seguir ignorando a millones de catalanes, arruinar la imagen exterior de nuestra patria y empobrecer, con su política suicida, a toda la nación.

Tienen las herramientas y tienen los motivos. No necesitan nada más para poner en marcha el artículo 155 de la Constitución, o aplicar la Ley de Seguridad Nacional, o invocar en el Congreso la aprobación del Estado de Excepción en Cataluña. Tienen todo… menos excusas.

Todo menos excusas
No tienen excusas para mirar hacia otro lado. No pueden -porque ustedes no son ahora ustedes, sino el pueblo español- ofrecer diálogo al rebelde. No pueden considerar interlocutor a quien exige condiciones inasumibles -libertad para los sediciosos Jordi Sánchez y Jordi Cuixart; expulsión de la Policía y Guardia Civil desplazada a Cataluña y paralización del 155- para sentarse a la mesa. No pueden traicionar así al juramento y promesa que un día hicieron.

Ante ustedes se abre una oportunidad histórica para recuperar la ley primero y el sentido común después, en una España que, dádiva a dádiva, ha alimentado el más insolidario, contaminado y despiadado de los independentismos. Ante ustedes la gran hora para poner punto final al odio fratricida e inaugurar una nueva etapa de concordia nacional basada en la realidad histórica, social y emocional que une Finisterre con Melilla.

Si saben y quieren escuchar el clamor de los cientos de miles de personas que han salido y seguirán saliendo a las calles blandiendo banderas de España, comprobarán que no están ni estarán solos en esta difícil pero necesarísima empresa de reconstrucción.

Si, por el contrario, ignoran a todas esas personas a las que representan; si, de alguna manera, conceden amnistía política a quienes han dinamitado la convivencia; si, por encima del interés de España, buscan el beneficio electoral o personal, demostrarán no ser dignos del cargo que ostentan y tendrán que responder ante la Historia de la destrucción de una gran patria.

Es la hora del deber. Estén a la altura o váyanse.

El nuevo patriotismo y sus enemigos
Óscar Elía Mañú gaceta.es 26 Octubre 2017

Sintomáticamente, no fue ningún medio de comunicación español, sino el New York Times, tan poco sensible a ciertos valores, el primero en descubrir el alcance que durante la primera semana de octubre alcanzó lo que el diario izquierdista llamaba nacionalismo español, pero que es más bien un genuino patriotismo, con genuinas características.

En primer lugar, como a estas alturas ha sido ya admitido, el nuevo patriotismo español se caracteriza por su carácter joven: está protagonizado por jóvenes situados en una horquilla entre los 15 y los 30 años. Esto es especialmente cierto en Cataluña, donde han sido jóvenes estudiantes y trabajadores los que han protagonizado el grueso de las movilizaciones: precisamente contra los sindicatos y asociaciones que entregadas al nacionalismo les dicen representar. Allí, y en el resto de España, la defensa de la unidad nacional ha dejado de estar limitada a un determinado espectro político y social, adulto y conservador, para extenderse a nuevas generaciones que no sólo se sienten naturalmente españolas, sino que no quieren ser otra cosa y se sienten orgullosos de serlo. En parte, los complejos sobre España que la generación de la transición ha arrastrado durante décadas, han sido superados por las generaciones posteriores, a las que por otra parte tanto vilipendiamos.

En segundo lugar, este nuevo patriotismo es un patriotismo abierto: los jóvenes que lo protagonizan pertenecen ya a la generación de la globalización: escuchan música de todo el mundo, ven series americanas, hablan idiomas, tienen la posibilidad de viajar por todo el mundo, lo que de hecho hacen. De manera a priori sorprendente, la primera generación netamente globalizada es la primera que parece haber descubierto el valor de la patria de la que proceden: el conocimiento de culturas y países o el intercambio con jóvenes de todo el mundo ha traído consigo el reconocimiento de su propia nación, la valoración de sus compatriotas y la conciencia de que es un bien a mantener.

En tercer lugar, y aunque no es novedoso del todo en España, lo que ha caracterizado el auge patriótico es su carácter espontáneo: las imágenes de la Guardia Civil y la Policía Nacional –nuestros guardias y nuestros policías- humillados por el nacionalismo catalán, las palabras llenas de sentido común y energía de Felipe VI. Con la clase política desaparecida, escondida o sobrepasada por el órdago nacionalista, fue la sociedad la que salió a la calle sin que nadie, salvo ella misma, la convocase. Sorprendentemente, los mismos medios de comunicación que propagaron la enorme falsedad del carácter espontáneo del 15M han obviado el carácter totalmente desorganizado de los cientos de concentraciones en pequeños pueblos de toda España, en las plazas de las grandes ciudades, delante de cualquier Casa Cuartel.

La espontaneidad del resurgir patriótico nos lleva a una cuarta característica: su carácter cívico. La defensa de la nación española corre pareja a la defensa del constitucionalismo y de las libertades constitucionales. Los miles de españoles que se echaron a la calle no sólo reivindicaban la unidad nacional: reivindicaban la vigencia de la monarquía parlamentaria como régimen de libertades fundamentales. El carácter enormemente festivo de las grandes concentraciones de Convivencia Cívica en Barcelona y de la Fundación DENAES en Madrid, el espíritu constructivo que caracterizó a éstas y a las centenares de pequeñas concentraciones a lo largo y ancho del territorio nacional caracteriza también este resurgir del sentimiento nacional.

En quinto lugar, el patriotismo actual es un patriotismo integrador: se caracteriza precisamente por entender España como una incorporación de mentalidades, sensibilidades y perspectivas distintas con una voluntad común. El sentimiento real y profundo de una Cataluña inseparable de España está en su base. De La Coruña a Valencia, de Zaragoza a Cádiz, los miles que durante unas semanas se lanzaron a la calle lo hacían no contra Cataluña sino con Cataluña: con la Cataluña real, tan íntimamente entrelazada con otras regiones de España que ni aquella ni éstas podrían ser entendidas sin esa ligazón histórica, social y cultural. El lema “No estáis solos” referido al principio a las Fuerzas de Seguridad se extendió pronto al pueblo catalán sometido al despotismo nacionalista. La enorme manifestación del 8 de octubre, con españoles de todas las regiones marchando codo con codo en defensa de la libertad, la constitución y la unidad nacional encarna bien este espíritu integrador.

Patriotismo joven, abierto, cívico, integrador y espontáneo, que sorprendió a unos y otros, y especialmente a sus enemigos. Que son básicamente tres. En primer lugar, el propio independentismo catalán y sus aliados, los podemitas y los nacionalistas vascos. Por su carácter agresivo y violento, estos grupos no podían, y de hecho no han podido por si solos sofocar este nuevo patriotismo.

El segundo enemigo de este patriotismo lo constituyen amplias capas del mundo cultural y mediático español, que ve en el rechazo al patriotismo una muestra de modernidad. Con escasas excepciones, los medios de comunicación han tratado este fenómeno como un elemento más del “conflicto” catalán, en vez de como un elemento nuevo y valioso.

El tercer enemigo ha resultado ser la falta de energía y de liderazgo del Gobierno, trasladada al Partido Popular. Dese el principio, Rajoy desconfíó de un fenómeno que escapaba a su partido, pero del que participaba su base social. Al principio El PP se desmarcó de las movilizaciones, para sumarse a posteriori y por fin, vaciarlas de sentido cuando Rajoy dio otra oportunidad a Puigdemont. La consecuencia fue que tras estar el independentismo vencido la primera quincena de octubre, afronta el final de mes de nuevo crecido en las instituciones y en la calle.

El resultado, a finales de octubre, resulta paradójico. Por un lado, la profundidad y alcance del fenómeno invitan a pensar que el desafío independentista simplemente ha hecho aflorar este patriotismo. Por otro lado, el desdén de los medios, la desconfianza del Gobierno de Rajoy hacia los miles y miles de manifestantes que desde pequeños pueblos extremeños a las grandes capitales del país se lanzaron a la calle, parece haber secado este florecimiento. Esperemos que de manera aparente o momentánea.

Tiempo de lamentos y quebrantos
NICOLÁS REDONDO TERREROS El Mundo 26 Octubre 2017

Los independentistas catalanes con sus iniciativas unilaterales han provocado la crisis más compleja al sistema del 78. En contra de los que dicen que las crisis siempre presentan oportunidades de mejora, ésta nos aboca por desgracia a repetir nuestro pasado, la peor parte de la historia de España. Su desdén por todo lo español les ha llevado a catalogarnos como auditorio de una historia que están escribiendo a espaldas de su pasado y de la realidad. Su descabellada altanería ha estado a punto de convertirnos a los ciudadanos españoles en súbditos, porque la crisis catalana afecta muy directamente el sistema democrático español que protege y enmarca los derechos que nos presta la dignidad pública perdida durante los 40 años de franquismo.

Pero el envite independentista catalán igualmente ha divulgado los errores, las deficiencias y temores de la clase política española. La Transición fue un pacto del que conocemos casi todo. Pero por debajo de lo conocido hubo a mi juicio, un acuerdo, tal vez no voluntario ni desde luego explícito, para erradicar del escenario político español la sentimentalidad nacional. Sentimentalidad que fue causa, a juicio de quienes tenían la iniciativa política en aquellos momentos, de las terribles confrontaciones de los años treinta. Así el éxito de la democracia española se basó fundamentalmente en su utilidad para los distintos grupos políticos y, no hay que olvidarlo, para los ciudadanos en general. Los nacionalistas vieron en la Transición una estación muy conveniente para sus fines, los grandes partidos, dejando atrás las simbologías y el sentimentalismo, veían como nos íbamos pareciendo más a nuestros vecinos y los ciudadanos, debido al impresionante salto económico, pudieron gozar, por muchas críticas que se hicieran, de un nivel de vida impensable para nuestros padres. Todo ello sin los sólidos consensos históricos que tenían los países de nuestro entorno.

Cierto es que, a ese remanso racional y utilitario, los nacionalistas periféricos tiraban de vez en cuando piedras que provocaban suaves ondas de malestar en la ciudadanía pacífica. Pero el miedo a una reacción del nacionalismo español, que como otros europeos ya había mostrado su rostro en los años 30 del siglo pasado, sumado a la capacidad de un Estado nuevo y próspero para "comprar" a los nacionalistas, mantenía dominados los impulsos contrarios a la rutina oficial, siempre catalogados por tirios y troyanos de fachas, nostálgicos o reaccionarios. También parece cierto que en el ámbito político se inauguró un tiempo en el que el Estado permitía a los nacionalismos hacer "mangas y capirotes" en sus territorios respectivos a cambio de una mínima responsabilidad política en Madrid de la que los propios partidos nacionales se aprovecharon alternativamente durante ese tiempo. Podríamos resumir: "vosotros hacéis lo que queráis en vuestros territorios y en Madrid os comportáis responsablemente". El campeón de esta estrategia, tan simple que debería provocar dudas, fue Jordi Pujol, intocable en Barcelona e imprescindible en Madrid para todos.

Causa de este acuerdo fue la debilidad de una derecha que siempre ha creído que su legitimidad electoral, la única que se debe tener en cuenta, no era suficiente para evitar no sé qué sombras del pasado. A la debilidad de la derecha se unió en esos tiempos una izquierda a la que empezaba a carcomer un criptonacionalismo que veía a España sobre todo como un problema. Los años de Gobierno de Suárez no sirvieron a la derecha para desembarazarse del inconsciente que les hacía prisioneros del pasado y las legislaturas de Felipe González nos deslumbraron tanto que nos impidieron ver cómo lo identitario comía espacio al cosmopolitismo; y no sólo en las Comunidades Autónomas nacionalistas. Lo más cercano se convertía en la base para los análisis, desdeñando análisis políticos nacionales, todo se convirtió poco a poco en una agregación de los intereses de las diversas Comunidades Autónomas. Sin que nos diéramos cuenta y escondidos bajo el discurso de la igualdad, iban ganando terreno proyectos más o menos insolidarios o conformistas.

Todas las estrategias de oposición o de Gobierno, cada vez en legislaturas más ásperas y aisladas, pasaban por atraerse en una u otra posición a los nacionalistas con promesas futuras o transferencias contantes y sonantes, sin un plan razonable de organización del Estado por parte de los grandes partidos nacionales. Se han negociado durante estos años transferencias a las Comunidades Autónomas que eran imposible devolver al Estado por las cuentas anuales o por un acuerdo parlamentario para salir del paso. La improvisación y el sectarismo rampante, que fue haciendo poco a poco más difícil los acuerdos entre los grandes partidos nacionales, así como el juego político coyuntural dieron como resultado una administración cara, duplicada, en cierta medida ineficaz y, sobre todo, un continuo y descontrolado poder en manos de los nacionalismos periféricos que no vieron lo obtenido como una mayor capacidad para gobernar mejor en su comunidad, sino como una acumulación de fuerzas para reforzar sus proyectos independentistas .

Esta intangible pero poderosa realidad unida a las consecuencias sociales de la crisis económica y a la aparición de nuevas expresiones políticas encuadradas sin duda en los nuevos populismos, han llevado al independentismo catalán a creer que su "Anunciación" particular había llegado. Los independentistas no cejarán por muchos trampantojos que introduzcan en su estrategia. Siempre he creído que el nacionalismo catalán en realidad preferiría una derrota a una victoria imposible de gestionar, aumentando así su calendario de fechas negras y el martirologio al que sucumben con trascendencia religiosa. Solemos olvidar a la hora de enfrentarnos a los nacionalismos que su lógica sacrifical les lleva donde la razón nos impediría llegar a los que carecemos de ese sentimiento tan parecido a la fe religiosa.

Por otro lado, la cautela de los partidos nacionales -carentes de un discurso nacional moderno, poderoso, republicano- ante la apuesta independentista abre hueco a la expansión sentimental de la sociedad española. Algo que no nos debería sorprender porque toda nuestra historia está repleta de explosiones populares -nuestro teatro clásico es una buena muestra del protagonismo popular en todos los aspectos de nuestra vida pública, en contraste con otros teatros nacionales cuyos actores principales son bien distintos -. Y, siendo sinceros, ese protagonismo popular, épico y avasallador del pueblo español, no siempre ha ido en la dirección que marcaba el progreso en nuestro entorno. Hoy, la reacción del pueblo, siempre espontánea, no es la muestra del fracaso de la nación, sino de la incapacidad del Estado, de la dirigencia política, de las élites. Cuando pudimos no supimos proyectar desde donde se podía un patriotismo constitucional, muy propio de países atormentados por su pasado, enmarcando la inevitable sentimentalidad que produce una larga historia en común en la concordia, la igualdad, la libertad y la razón. No nos importó procastinar todo ante unos nacionalismos expansivos; al fin y al cabo, todo se podía "comprar". Hoy nos encontramos ante una iracunda embestida del independentismo catalán y un murmullo cada vez más creciente enfrente, que si hoy no es más que una reacción cívica -expresada en banderas en balcones y ventanas o en manifestaciones muy civilizadas y pacíficas- bien se puede convertir en un grito nacionalista tan peligroso como cualquier otro.

Los dirigentes políticos españoles, no me refiero a los que quieren aprovecharse del problema catalán para acercarse a sus delirios ideológicos, tienen un margen tan estrecho que les aleja de las mejores opciones. Ya no podrán ofrecer a los independentistas sin tener en cuenta su coste electoral y no encuentro ningún ofrecimiento que satisfaga a los nacionalistas en estos momentos, excepto la derrota a un altísimo coste para todos. Las soluciones políticas para acomodar el Estado a las inquietudes del nacionalismo periférico podrán ser variadas, imaginativas o arriesgadas, pero cualquiera que sea la opción tendrá que conjugarse con el fortalecimiento de lo que nos une a los españoles. Nada se podrá hacer por detrás y a oscuras, tampoco sin convencer a la mayoría, porque nos hemos situado en la siguiente encrucijada: o la reacción de un gran número de españoles la convertimos en el final de la Transición, a la que siempre faltó lo simbólico y lo sentimental, o corremos el riesgo de oponer al nacionalismo periférico un nacionalismo tan macizo, sólido y amenazador como el que ellos representan. Aunque suene mal en este periodo de "democratitis infantil" y teniendo en cuenta ese nuevo sujeto político activo, la solución está en el Estado no en la nación, en los políticos no en el pueblo, en las élites no en la gente. Pero para conseguirlo hace falta decir la verdad y estar dispuesto a no dar el mejor perfil personal en los próximos tiempos.

Adenda: La acción política necesita de discurso y realismo. Cuando se carece de discurso sólo quedan las leyes, cuando se pierde el principio de realidad aparecen las crisis, el caos. Y hoy estamos, por falta de ideas y de realidad, en un combate entre las leyes y el caos; nada bueno suele salir en el ámbito público si falta la política, que imponga y modere, que señale y prohíba, que incite y embride.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

El secesionismo de Iglesias explosiona Podemos
OKDIARIO 26 Octubre 2017

Resulta paradójico que Podemos se haya partido a la mitad a causa del golpe de Estado independentista cuando ha sido precisamente Podemos, o mejor dicho Pablo Iglesias, el único entre los partidos mayoritarios —que no constitucionalistas, porque Podemos sólo es bolivariano y populista— en apoyar a los que quieren romper España en dos. La traición de Bescansa no es un calentón baladí. Algo se mueve dentro del aparato morado cuando la otrora persona de confianza del líder asesta un golpe de manera tan notoria contra la estrategia pública de la formación con respecto al gran tema del momento. “Me gustaría un Podemos que hablase a todos los españoles y no sólo a los independentistas”, ha dicho Bescansa. Unas palabras que vienen justo antes de que el Gobierno aplique el artículo 155 de la Constitución y tras los resultados de las últimas encuestas. En ellas los populistas han caído en picado hasta el punto de alejarse del sorpasso al PSOE e, incluso, de ser adelantados por Ciudadanos. El pretencioso asalto de los cielos se queda, por tanto, en un vuelo gallináceo.

Por mucho que Carolina Bescansa haya actuado por venganza tras ser relevada en la Comisión Constitucional, su mensaje no deja de ser un trueno que alumbra la división en el partido entre los acólitos del radicalismo desaforado de Pablo Iglesias y los defensores de una postura más socialdemócrata que podría representar, a pesar de sus filias maduristas, el arrinconado Íñigo Errejón. Lo único cierto es que la gestión de la crisis catalana ha sido desastrosa por parte de Iglesias tanto en términos cuantitativos como cualitativos. Una merma casi irreparable para la imagen y el futuro del partido en las delegaciones existentes fuera de Cataluña. A tal punto ha llegado su vehemencia en el apoyo de los independentistas que incluso se han quedado solos en el Parlamento Europeo. Allí les han negado debatir sobre los Jordis, sediciosos en prisión a los que definen como “presos políticos”. Curioso término el que utilizan con estos dos delincuentes a pesar de que son incapaces de condenar la situación de los miles de represaliados por la dictadura de su financiador Nicolás Maduro.

Podemos va camino de convertirse en un partido que, de tan minoritario, sea prácticamente inexistente a efectos políticos. Sus compañeros de viaje no son para menos: Arnaldo Otegi, los golpistas catalanes… Una redundancia radical que provocará que la estatura del partido mengüe hasta quedar como mero grupúsculo. A pesar de ser la tercera fuerza en representación dentro del Congreso ya han demostrado sobradamente que van en contra de la unidad de España, de su Constitución y del jefe de Estado, Felipe VI, al que atacan con saña cada vez que tienen la ocasión. Iglesias es un secesionista de tomo y lomo y su intención de romper el régimen actual para crear uno nuevo lo une a los enemigos de España. Una postura general que quizá le haga ganar algún voto en los sectores independentistas de Cataluña y País Vasco. No obstante, en el resto de España están abocados a ser el pez globo de la política nacional. La única opción que tiene Podemos para sobrevivir es ser leal a los principios democráticos del país donde se ubica. Una entelequia que sólo tendría visos de convertirse en realidad si las bases prescindieran de Pablo Iglesias y se pusieran en manos de Errejón. Un político que, a pesar de su bolivarianismo militante, aún podría sacar el barco morado a flote antes de que se hunda por completo.

El control de gastos en la Generalidad muestra un despilfarro mensual de 660 millones
¿Qué porcentaje del gasto va a financiar partidas esenciales y qué parte va a cuestiones accesorias y prescindibles?
Diego Sánchez de la Cruz Libertad Digital 26 Octubre 2017

A lo largo de los últimos años, los gobiernos autonómicos han sido incapaces de aprovechar la recuperación económica para acabar, por fin, con los números rojos de los presupuestos. Por el flanco de la izquierda, PSOE y Podemos han insistido en que la "austeridad" ha sido excesiva. Por el lado de la derecha, PP y Ciudadanos han mostrado un discurso más moderado, pero igualmente han defendido un giro hacia políticas de gasto más expansivas.

"No hay margen para más recortes". Es la contestación que dan políticos de uno y otro signo cada vez que alguien recuerda el agujero presupuestario que aún siguen teniendo las Administraciones Públicas españolas. Pero, ¿hasta qué punto es esto cierto? ¿Es cierto que ya no hay partidas susceptibles de ser recortadas?

Tomemos el caso de Cataluña. La decisión de controlar directamente las cuentas de la Generalidad, anunciada por el Ministerio de Hacienda el pasado mes de septiembre nos permite evaluar qué porcentaje del gasto va a financiar partidas esenciales y qué cuota de los presupuestos autonómicos va consignada a otro tipo de cuestiones.

En virtud de estas medidas de control fiscal, el Ejecutivo se compromete a seguir financiando todo aquello considerado como "servicios esenciales". En este epígrafe entrarían la sanidad, la educación, el sueldo de los trabajadores, la seguridad, la asistencia social y los pagos a proveedores privados que contribuyen a financiar estos servicios.

Todos los demás gastos quedan congelados, en virtud de un acuerdo de no disponibilidad sobre aquellos epígrafes presupuestarios vinculados a otro tipo de prestaciones o programas de gasto. De hecho, para evitar cualquier posible fraude, todos los desembolsos deben venir respaldados por un informe de la Intervención de la Generalidad.

Cabe recordar que, en términos de recaudación, los ingresos fiscales que se transfieren a la Generalidad de Cataluña ascienden a 1.400 millones de euros cada mes. Dichos ingresos se deben a tres grandes figuras fiscales: IRPF, IVA e Impuestos Especiales. Hacienda se encarga de recoger la recaudación que generan estos estos gravámenes y de repartir las rentas obtenidas entre las distintas autonomías.

Pues bien, tras el primer mes de supervisión de los gastos, el Gobierno central ha detectado que solo necesita 940 millones de euros para cumplir con los compromisos de gasto que se consideran esenciales. De manera que, sobre un total de 1.400 millones transferidos cada mes, solo 940 millones van a parar al tipo de conceptos descritos con anterioridad.

Los 460 millones restantes -el 33% del total- se van a transferir a una cuenta que el Gobierno de Mariano Rajoy ha abierto en el Banco de España. Pero la cosa no acaba aquí. Cada mes, la Generalidad gestiona tributos como el Impuesto de Transmisiones y Actos Jurídicos Documentados, el Impuesto de Sucesiones y Donaciones, los Tributos sobre el Juego, las tasas por servicios públicos… En total, se estima que esto supone un ingreso mensual de 200 millones de euros. Por tanto, el desfase alcanzaría los 660 millones de euros.

Despilfarro en los servicios "esenciales"
Este despilfarro no incluye el desfase en que también pueden incurrir las Administraciones Públicas a la hora de prestar servicios básicos. Sería un error pensar que cada céntimo invertido en sanidad o educación está bien gestionado. Comunidades como Madrid han demostrado que se puede lograr mejores resultados con menos desembolsos. La clave es la eficiencia, no el aumento continuado del gasto. Pero, incluso dando por bueno que cada euro invertido en gastos sociales está bien empleado, el control de gastos de la Generalidad revela que el despilfarro es más que notable.

Huelga decir que la misma situación se reproduce en muchas otras comunidades autónomas. No estaría de más, por tanto, que el gobierno de España aplicase la Ley de Estabilidad Presupuestaria a las demás regiones, ya que intervenir las cuentas para congelar los gastos no esenciales permitiría acabar de una vez con los problemas que se derivan del gasto descontrolado del Estado.

Hugh Thomas, el hispanista que no habría entendido la situación de Cataluña
J. O. larazon 26 Octubre 2017

Isabella Thomas evoca la figura de su padre, el británico Hugh Thomas, un hombre polifacético y pasional que abordó la política y la historia con igual entusiasmo y que, junto a Raymond Carr, Paul Preston y John Elliott formó la escuadra de grandes hispanistas que recuperaron nuestro pasado del olvido y el triste oscurantimo que lo envolvía. Sentada en una silla, en una de las nobles estancias de la Casa de América de Madrid, que precisamente hoy rendirá un homenaje a este estudioso, autor, entre otros títulos, de «La guerra civil española», una monografía esencial, canónica para todos los que desean adentrarse la contienda del 36, comenta los ideales, esperanzas y pasiones que condujeron su vida. «Entre los documentos inéditos que conservamos de él están los diarios que ha escrito a lo largo de su existencia. Creo que tienen bastante interés porque reflejan aspectos de experiencias personales, pero también de su actividad política. Veremos si se publican».

Un libro clave
Hugh Thomas, recuerda Isabella, visitó por primera España en la década de los cincuenta, cuando su padre, destacado en ese momento en Ghana, África, decidió celebrar las Navidades en nuestro país. «Desde entonces estuvo encantado con España. No podía entender lo pobre que era esta nación en esa época. Me recordaba que había visto niños sin zapatos. Todavía, hay que señalar, era una población afectada por la dureza de la contienda del 36. Él quería entender los motivos del conflicto. Por eso escribió su libro, para comprender, por curiosidad. Recordamos que en aquella Europa de los treinta, muchas personas estaban fascinadas por este choque, por la lucha contra Franco. Enseguida entendió que era un tema muy importante». Hugh Thomas no tardó en involucrarse en la búsqueda de respuestas, pero «enseguida se dió cuenta de que la bibliografía existente siempre estaba escrita desde la perspectiva de uno de los dos bandos. Se debe tener presente que en esa España había asuntos de la historia que eran tabú; sin embargo, él consideraba que para avanzar hacia el futuro debíamos comprender el pasado. Lo intentó hacer con su estudio sobre la Guerra Civil, pero sin recriminar ni acusar a nadie, porque lo que él deseaba para España era la reconciliación; una obra que los dos bandos pudieran asumir perfectamente».

Hugh Thomas fue un historiador atípico que evitó circunscribirse a ninguna escuela, que, digamos, marchó solo por la senda de la investigación, apostando por una narrativa propia, alejada de escuelas impregnadas de ideología o marcadas por una teoría. Una apuesta que ha preservado sus textos del paso del tiempo, conservándose en una perenne modernidad. Su pasión por la historia resultó una vocación temprana, que despertó cuando tenía doce años, edad a la que escribió una historia anglosajona. Después llegaron ambiciosos títulos como «El imperio español de Carlos V», «Felipe II. El señor del mundo», «La conquista de México» o «Cuba. La lucha por la libertad». «Su experiencia como político le hizo mejor historiador –comenta Isabella–. Su conocimiento en este área le sirvió para entender mejor cómo se mueven los principales actores políticos».

Hugh Thomas era un europeísta convencido y plantó cara a aquellos que intentaban separar a su país del camino conjunto con Europa. «Vio horrorizado el Brexit. Estaba en contra de ese referéndum. Me comentó alguna vez que Cameron fue el culpable de lanzar ese referéndum de la UE y el de Escocia, porque, entre otras cosas, se podía contagiar, como ha sucedido con Cataluña. Para él, Gran Bretaña vivía en democracia desde el siglo XIX y no comprendía esas ideas. El referéndum sobre la UE fue un asunto que surgió en mi país en 1975. Lo propuso la izquierda para dejar Europa. Para mi padre los grandes errores que cometió Cameron fueron el brexit y Escocia».

A Hugh Thomas tampoco le gustaban los nacionalismos. «Tenía fe en la UE. Entendía que estas naciones jugaban un papel importante en la actualidad. Consideraba que si había cosas que no funcionaban se podían mejorar más adelante y pensaba que Gran Bretaña debía que estar presente, tenía que formar parte de la Unión Europea y trabajar para el futuro dentro de esta unión».

Isabella tampoco duda sobre la opinión que su padre guardaría de lo que está sucediendo en Cataluña. «Le ocurriría lo mismo que con el Brexit: estaría espantado. Además, no lo comprendería demasiado bien. Él creía en la Constitución de 1978. La veía como uno de los grandes logros de España. ¿Por qué ahora Cataluña amenaza ese legado y, de paso, también la estabilidad de Europa? Probablemente, quizá, porque él no está aquí para hablar, estaría de acuerdo con el Gobierno de España».

Hugh Thomas tenía una idea clara sobre la historia de nuestro país, como recuerda Isabella: «Sostenía que Cataluña nunca fue un Estado separado. Además de que tiene su lengua propia y disfruta de una gran autonomía. ¿Por qué el independentismo? Europa y España han hecho grandes progresos en las últimas décadas y enorme sacrificios para alcanzar una mayor prosperidad. Eso tiene su reflejo en la Constitución del 78 y ahora es muy peligroso jugar con ella y ponerlo en riesgo. Creería que los nacionalistas cometen un error enorme al arriesgar lo que se ha conseguido. Desde luego, es muy difícil de comprender las razones, la verdad».

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Adoctrinar sale gratis
IMPRESIONES El Mundo 26 Octubre 2017

Damos por hecho que el ministro de Educación tiene por saludable costumbre leer la prensa diaria. Por ello, su intervención de ayer en el Congreso negando que haya adoctrinamiento en los colegios catalanes resultó un ejercicio de doblez difícilmente digerible. No hay tragaderas para tanto funambulismo político. Sólo desde las vísperas del 1-O hasta aquí, los medios hemos informado de decenas de casos flagrantes de adoctrinamiento y acoso a quienes no comulgan con el independentismo. Por no hablar de la grosera manipulación de los libros de texto. Pero Méndez de Vigo lo soluciona mandando dos requerimientos a la Generalitat para que se investigue a sí misma. Y a esperar sentados.

Alerta, el 155 puede ser insuficiente

Javier Caraballo elconfidencial 26 Octubre 2017

España es ese país en el que hasta los catedráticos de Derecho Constitucional afirman que aplicar la Constitución es un golpe de Estado. Se trata de una cita literal, además, de uno de los constitucionalistas españoles más requeridos por los medios de comunicación, Javier Pérez Royo, que llegó incluso a rector de la Universidad de Sevilla y siempre se ha mantenido de consejero áulico de los distintos gobiernos del socialismo andaluz. En un artículo publicado en el periódico 'Ara', a principios de octubre, dijo eso: “Lo que se está viviendo en Cataluña es la rebelión contra el golpe de Estado que dio el PP a través del Tribunal Constitucional”.

Es necesario remarcar de nuevo la fecha de tal afirmación, principios de octubre, pasado el referéndum trampa, cuando el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ya avanzaba decidido hacia la independencia después de considerar legal y definitivo que la inmensa mayoría del pueblo catalán había votado el 1 de octubre a favor de la secesión, con lo que se trataba solo de pactar “con el Estado español” la entrada en vigor de la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República de Cataluña, que también estaba suspendida por el Tribunal Constitucional.

Ninguno de esos actos le merecen al experto constitucionalista un juicio tan severo como la modificación de 14 de los 274 artículos de los que se compone el Estatut de Cataluña; eso sí fue un ‘golpe de Estado’, lo de Puigdemont ha sido solo una reacción política legítima ante la agresión. Podría entenderse que semejante barbaridad la diga desde una tribuna parlamentaria cualquier independentista exaltado, pero ¿cómo puede afirmarlo un catedrático de Derecho Constitucional? Pues en España, ocurre. Esa es la cuestión; por eso puede pasar cualquier cosa.

Quiere decirse que, aunque lo de Pérez Royo no merezca más atención que una 'boutade', lo importante de ese dislate es lo que representa: la posibilidad de que en el mismo instante en que comience la aplicación del artículo 155, haya mucha gente en España, no solo en Cataluña, dispuesta a cargárselo por la vía que sea, política, judicial o social. Y Pérez Royo será uno de ellos, porque también piensa el buen hombre que con la aplicación del 155 lo que se ha roto en España es el pacto constitucional de 1978; es decir, que el ‘pacto del 78’ no lo han roto los catalanistas que votaron y juraron acatar la Constitución y luego la vulneraron, sino que lo ha roto quien defiende algo tan elemental como que en un Estado de derecho, los gobernantes deben cumplir la ley.

Como esa es la interpretación que se hace del momento en muchos sectores de la izquierda, además del nacionalismo, en cuanto se pongan en marcha las medidas coercitivas contra la Generalitat comenzarán a llover recursos en los tribunales y reprobaciones en los parlamentos. Por esa razón, en estos momentos tan críticos, lo único que está claro es que ni el artículo 155, ni nada, se podrá aplicar si no existe un acuerdo amplio, firme y sólido en defensa de la Constitución.

¿Cuánto van a durar las alianzas que existen en este momento para devolver a la legalidad a la autonomía de Cataluña? A mi juicio, esa es la pregunta fundamental ahora, la que genera más incertidumbre. Tengamos en cuenta, además, que, con toda seguridad, quienes lo tienen más claro son los propios inquilinos de la Generalitat, conscientes de que a medida que aumenten la tensión, los nervios y la presión, los partidos independentistas se mostrarán más unidos y firmes en sus propósitos mientras que los partidos constitucionalistas se irán enfrentando entre sí. En especial, el Partido Socialista, que ya ha comenzado a resquebrajarse, puede quedar definitivamente fracturado en cuanto comiencen a aplicarse algunas de las medidas anunciadas, como la destitución de todo el Gobierno catalán con su presidente a la cabeza.

Al margen de las repercusiones internas que pueda tener en el liderazgo de Pedro Sánchez, que es lo de menos en este momento, lo esencial es que sin el apoyo del Partido Socialista en bloque parece ilusorio pensar que la raquítica mayoría del Partido Popular y Ciudadanos pueda bastarse para mantener el pulso a una Generalitat declarada abiertamente en insumisión y rebeldía.

Si eso sucede, si la Generalitat y el Parlament se declaran en rebeldía, si se atrincheran en las instituciones, como ya está sucediendo, y fomentan una escalada de altercados en las calles, quizá la aplicación del artículo 155 ya no será suficiente. Y si no es suficiente, no quedará otra salida que recurrir a artículos específicos del Código Penal, que van desde la sedición y la rebelión, que contempla literalmente como delito “declarar la independencia de una parte del territorio nacional”, al estado de sitio, que también está pensado para “cuando se produzca o pueda producirse una insurrección o acto de fuerza contra la soberanía o independencia de España, contra su integridad territorial o el ordenamiento constitucional, que no pueda resolverse por otros medios” y que, para ponerse en marcha, necesita que lo apruebe “el Congreso por mayoría absoluta a propuesta del Gobierno”.

Evidentemente, no creo que nadie se atreva hoy a pronosticar que la unidad de los constitucionalistas se mantendrá si el deterioro alcanza ese extremo. ¿Podría haberse evitado este oscuro panorama de previsiones si el Gobierno de Mariano Rajoy hubiera aplicado mucho antes el artículo 155? Eso es, por ejemplo, lo que defienden Alfonso Guerra y otros muchos, pero ya todo eso pertenece al pasado y, en todo caso, a los juicios que, en adelante, haga la historia sobre el papel de cada uno en este triste y patético momento de la existencia de España.

Lo único que podemos constatar ahora, con los dos pies clavados en este barro movedizo, es que ni siquiera está asegurado el apoyo de una mayoría sólida para la aplicación del artículo 155 cuando, a lo mejor, resulta que esas medidas serán insuficientes para devolver Cataluña a la legalidad.

El hundimiento de España (25)
Vicente A. C. M. Periodista Digital 26 Octubre 2017

LA MISMA EXCUSA: “NO NOS DEJAN OTRA OPCIÓN”. ANC LLAMA A DEFENDER EL PARLAMENTO Y FESTEJAR LA PROCLAMACIÓN DE LA REPÚBLICA.

Cuando uno se asoma al abismo en plan suicida, a no ser que su alienación sea mayúscula, lo que le viene es una sensación de vértigo y escalofrío provocado por un instinto básico de supervivencia que bloquea las piernas en un último y desesperado intento de evitar la muerte. Algo así le está pasando tanto al llamado bloque constitucionalista como al bloque independentista. El primero por el miedo al fracaso de las medidas que van a aplicar para devolver las Instituciones en Cataluña a la normalidad y legalidad, y el segundo por las consecuencias que derivan de su culminación de la insumisión y sedición que representa la declaración formal de independencia. Y es ese pánico escénico por el miedo al fracaso el que hace que ambas partes usen la misma excusa no exenta de fatalidad al decir que “no nos dejan otra opción”. Una frase que intenta descargar las culpas de lo que suceda en el otro por haber traspasado el Rubicón y provocado el enfrentamiento.

Y aquí hay que intentar en lo posible mantener una posición de análisis crítico neutral y sin carga emocional alguna para intentar comprender o, al menos exponer, las razones que nos han llevado a esta situación. Una tarea que se intuye tan compleja o más como la evolución exponencial de la sociedad catalana en el sentimiento anti español y la asunción del discurso separatista de lemas como “España nos roba”, “El Estado opresor”, “la represión de las libertades y legítimas aspiraciones del pueblo catalán” y demás eslóganes de la más burda propaganda ultra nacionalista, que han influenciado de manera decisiva en las últimas dos generaciones de catalanes. Una labor que, por desgracia, ha sido consentida por los diferentes Gobiernos de España del PSOE y del PP por un grave error de apreciación al despreciar la determinación de un movimiento que solo ha esperado su oportunidad para ir avanzando en sus objetivos y culminar su proceso de independencia.

Y es que reconducir esta situación en una sociedad dividida y actualmente enfrentada en dos bandos equivalentes, es una labor titánica que va a requerir el mismo tiempo o más que el que los secesionistas han dispuesto. Y lo primero es que es imposible luchar contra los sentimientos y contra las convicciones fuertemente arraigadas en donde impera la conciencia de grupo, en este caso de pueblo, que se siente sojuzgado y reprimido en sus derechos por la fuerza de un Estado invasor. Un relato que ha sido inculcado desde la infancia por unos desaprensivos maestros reconvertidos en adoctrinadores de una Historia falseada hasta la náusea y el ridículo, apoyados por unos libros de texto que nunca debieron usarse como tales si hubiera habido un mínimo interés del Gobierno de España en impedirlo. Pero ni hubo interés ni determinación política de interferir en los tejemanejes de la Generalidad.

Una Historia deformada que ha servido como excusa para volver a decir hoy que “no nos dejan otra opción”, para justificar que han sido empujados a tomar esa decisión por la acumulación de supuestos desprecios y de agravios que se remontan nada menos que a 1714 y la guerra de sucesión entre los Austrias y los Borbones por el Reino de España. Una Historia que tiene entre sus hitos esos siglos de ocupación y represión, que se contradice con la supervivencia de la lengua y los usos y costumbres propias de los catalanes y un desarrollo industrial del que no han gozado otras regiones de España, salvo el País Vasco, otros que se sienten reprimidos y ocupados y aspiran a la independencia y reunificación de una inexistente e inventada Euskal Herría. Y cada uno con sus mártires y sus movimientos de liberación, primero contra la dictadura de Franco y el fascismo, y después contra la democracia y la Constitución de España, en la que nunca, por más que se les conceda en su auto gobierno, se van a sentir “cómodos” y no encuentran su “encaje”. Una razón más que les reafirma en su excusa del “no nos dejan otra opción” que irnos.

Y es verdad que el Gobierno de España y los partidos mayoritarios, PP y PSOE, que se identifican con la Constitución, aunque sea con muchos y graves matices, son la principal causa de haber llegado a esta situación y se vean ahora en la tesitura de entrar a saco a neutralizar este golpe de Estado. Porque aplicar el artículo 155 no es una opción, sino la menos traumática de las posibles soluciones. Y eso no quiere decir que no sea drástica, sino que en este caso, la cirugía ha de ser necesariamente radical y extirpar una extensa zona del cáncer ampliamente extendido. Han sido muchos años de desarrollo del mal por un grave error de diagnóstico y de falta de supervisión. Y ahora es precisa una intervención “in extremis” cuyos resultados no son predecibles y, en el mejor de los casos, requerirá un largo periodo posoperatorio.

Y no es verdad que no hayan tenido otra opción. Cada uno busca las justificaciones que mejor convienen a sus intereses, empezando por el mundo virtual de legitimidades y legalidades construido por los secesionistas despreciando y violando las leyes, la Constitución y, en último término, el Estatuto de Autonomía. Siempre hubo la alternativa de presentar las reclamaciones ante la sede de la Soberanía Nacional, el Congreso y el Senado de España. En su lugar prefirieron usar el Parlamento de la autonomía como trampolín de sus reivindicaciones y como instrumento al servicio de la causa separatista, incluso para el enriquecimiento personal y la financiación del proceso creando clientelismo político y adoctrinando a las nuevas generaciones en el sentimiento nacionalista excluyente. Una actitud plenamente fascista que ha llegado a “marcar” a los disidentes en un intento de aislamiento y acoso personal y colectivo.

Siempre hubo otra opción, pero no les interesaba considerarla. Porque lo irrebatible e innegable es que había un límite infranqueable, aunque tuviera defectos congénitos que el tiempo se ha encargado de resaltar, y es la Constitución de España de 1978. Una Ley que sirvió para hacer una transición lo menos traumática posible de una larga dictadura hacia la democracia parlamentaria. Y es verdad que el sistema autonómico ha sido en la mayoría de los casos mal interpretado y peor desarrollado, partiendo de dos situaciones de excepcionalidad como el reconocimiento de El País Vasco y Navarra como comunidades “históricas” con derechos excluyentes de autogobierno y de administración, con el Concierto Vasco y los Fueros. Algo que pronto fue denunciado por la Generalidad de Cataluña para reclamar un trato de igualdad a la hora de constituirse en comunidad autónoma histórica. Una situación que con el tiempo se ha ido enquistando y que ha sido el caldo de cultivo del sentimiento de insolidaridad y la aparición de más brotes de nacionalismo con aspiraciones independentistas. Tal es el caso de comunidades como Galicia, o Valencia y Baleares donde el pancatalanismo reivindica la identidad nacional de los llamados países catalanes.

Y es en este escenario tan convulso cuando el Gobierno de España intenta recuperar el espíritu que hizo posible la Constitución de España. Una misión imposible donde ni siquiera los principales partidos originarios PP, PSOE y lo que era el partido Comunista, ni los partidos nacionalistas minoritarios PNV y CiU, coinciden en sus objetivos de salvaguardar el bien común de los españoles. Y sencillamente es porque ya no se sienten españoles y, como dije, no se puede luchar contra los sentimientos arraigados en lo más profundo de los ciudadanos. Ya no se llama a la unión ni a la solidaridad, sino que se alienta el enfrentamiento como está haciendo la ANC y OMNIUM llamando a la sociedad a defender la ilegal e inconstitucional declaración de independencia. Una llamada a la desobediencia y la rebelión que la CUP define cínicamente como “violencia pacífica”.

Dice un refrán que para hacer tortillas hay que romper huevos. Así que lo que parece inevitable es que esas manifestaciones o concentraciones terminen por desprenderse del nada creíble pacifismo y se transformen en violentas, pasivas o activas, ya que ambas formas lo son. Y es que a toda acción se produce una reacción y también se dice que evitando la situación se evita el peligro. En este caso, no quieren evitar la situación porque ambas partes dicen que “no nos dejan otra opción”. El conflicto está servido.

¡Que pasen un buen día!

Estamos en nuestro Desastre del 98
Jorge Vilches. vozpopuli  26 Octubre 2017

La lógica del sistema vigente, basada en la legitimidad del cambio a través de los procedimientos legales y formales, está muriendo. Aparece ahora un nuevo tiempo en que la democracia es responder a la necesidad sentimental.

La crisis del sistema de partidos, la soledad de un PP envejecido y carcomido por la corrupción, la ambigüedad de un PSOE semileal, la altanería de un populismo socialista tan infantil como dañino, la inutilidad del regeneracionismo de Ciudadanos, la irracionalidad de los oligarcas locales erigidos en “soberanistas”, el ruido y la furia de los medios de comunicación, el pueblo convertido en masa de atrezo, y ese murmullo pesimista de la tragedia que se masca. Ante ese conjunto, al fondo, reaparece el “problema de España”, esa tara que nos convierte en objeto de curiosidad para el ojo extranjero.

Algunos se aferran al mito del constitucionalismo, a esa pretensión vana de que un texto servirá para sanarnos. La solución es una Constitución adaptada a los nuevos tiempos, dicen, o que contemple el encaje de la realidad plurinacional. Pero esos “tiempos” nunca son una foto fija posible de describir en unos renglones que marquen la verdad de nuestro ser, moral y propósitos.

O como si ese puzle de nacioncitas creadas por los oligarcas locales coincidiera con alguna ley de progreso histórico, de asentamiento de libertades individuales frente a un Estado que cada vez controla más nuestra vida pública y privada.

Incluso hay quien tira de teoría contractualista: España es una nación cuyo proyecto está en continua firma, a lo Ernest Renan, y ahora, justo ahora, precisa de un nuevo contrato. Sin embargo, sería un pacto con las reglas marcadas: más estatismo y más federalismo; porque ya somos una federación, pero con la forma de un Estado autonómico cuyo “éxito” es obscenamente palpable.

Es curioso, o quizá no, que de la crisis de 1898 surgiera el supremacismo catalanista. Enric Prat de la Riba convirtió un movimiento cultural en una organización política que debía catalanizar a las masas de su región, destruir el Estado “castellanizado”, negar la existencia de la nación española, y regenerar el país sobre la base de la mayor descentralización que fuera posible, liderado, eso sí, por el “pueblo catalán” –léase, nacionalista-, que había demostrado su superioridad en todos los ámbitos.

Prat lo consiguió todo: doblegó a los gobiernos nacionales, logró la Mancomunidad en 1914 que ya a los dos años se le quedaba pequeña, y su partido, la Lliga, dio un golpe en julio de 1917 convocando una Asamblea de parlamentarios que forzara al gobierno a una reforma constitucional. Todos, menos los partidos del turno, se unieron a aquel acto de traición. Era el apogeo del “problema de España”.

Mientras, el pueblo, ese en cuyo nombre hablaban todos y del que todos vivían, pero al que nadie consultaba, estaba inerte. Ya había pasado por sus años de fervor patriótico, de banderas e himnos, de héroes políticos y militares, de manifestaciones y comparsas, con su prensa enfervorizada y ensayistas huecos. Luego se sintió abandonado por la clase política convertida en oligarquía, esa minoría degradante de la que hablaba Joaquín Costa y tantos otros, y volvió los ojos a su propia vida o a soluciones que poco o nada tenían que ver con la libertad y mucho con la ingeniería social.

Oigo hablar de que estamos en tiempos prerrevolucionarios, no solo en España, sino en Occidente. Lo cierto es que ha cambiado el paradigma por agotamiento del anterior. El eje político ya no es el que se marcó tras 1945, esa izquierda y derecha que tanto gusta a los big data, sino el estatismo y las nuevas identidades colectivas, como la de género, la religiosa o las nacionales.

La lógica del sistema vigente, basada en la legitimidad del cambio a través de los procedimientos legales y formales, está muriendo. Aparece ahora un nuevo tiempo en que la democracia es responder a la necesidad sentimental, irrefrenable, e incontestable desde la razón, de los que fundan su identidad personal en la colectiva y quieren cumplirla a través del Estado, de un Estado, o de más Estado. Es el tiempo de los que entienden la política como la defensa de la legitimidad de los impulsos emocionales, de las supuestas voluntades populares bien canalizadas y regadas por los oligarcas.

Es el dogmatismo de los sentimientos, como si de un romanticismo tardío se tratara, y estuviéramos obligados a cumplir con un imperativo del destino, llegar a un fin de la Historia, a una comunidad política limpia de disidencias, de heterodoxias, de pluralismos no predecibles. El panorama no llega ni a la “sociedad líquida” de Zygmunt Bauman; es el paroxismo de la desvertebración general por cansancio, aburrimiento o hastío, para la vuelta a la tribu confortable.

Eso supuso el Desastre del 98 más que ninguna otra cosa. Esa sensación de fracaso colectivo, de traición ungida en esa frustración e impotencia que tanta desafección y desprecio a las libertades generaron.

Cuando Manuel Azaña, un intelectual pagado de sí mismo que violó a su propia República, echó la vista atrás, a los de la generación del 98, escribió que aquellos hombres se ocuparon solo de demoler lo que creían que era “España” para salvar “España”. Estaban cegados por la exaltación sentimental del momento, sentenció, y no construyeron nada.

Unamuno, contaba Azaña, fue el único que planteó el problema en su verdadera dimensión: no se trataba de cómo ser o no español, sino el de ser o no ser hombre; es decir, sujeto de libertades, protagonista de su destino, no masa inerte. Ese era, y no otro, el verdadero problema de España.

¿Paralizar el 155 a cambio de elecciones autonómicas catalanas? Cataluña debe ser intervenida hasta que se restablezca el orden constitucional.

Lucio A. Muñoz Periodista Digital 26 Octubre 2017

Cataluña es en la actualidad una comunidad autónoma socialmente fracturada y dotada de un alto nivel de inseguridad jurídica.

En este sentido, la convocatoria de unas elecciones autonómicas anticipadas, provocaría que las mismas se celebrasen sin unas mínimas garantías democráticas.

Por ende, la celebración de unas elecciones autonómicas no serviría para reinstaurar el orden constitucional en Cataluña. Las mismas tampoco serían capaces de cerrar la fractura social que ha dividido esta región entre secesionistas y catalanistas españoles.

La partidocracia ha estigmatizado el 155

Aun así, el PSOE apuesta por paralizar el Artículo 155, es decir, no aplicar el mismo, en el hipotético caso que Puigdemont convocara unas elecciones autonómicas de modo anticipado.

El posicionamiento al respecto del PP y Ciudadanos se encuentra próximo al esgrimido por el PSOE. Si bien es cierto que existen ciertos matices diferenciales.

Para dejar inactivo el Artículo 155, el Gobierno y el partido de Albert Rivera exigirían al todavía presidente de la Generalitat, además de la convocatoria de unas elecciones autonómicas anticipadas, una vuelta a la legalidad democrática por parte del Govern.

Sin duda, al exhibir públicamente tales planteamientos políticos, la partidocracia constitucionalista se ha vuelto a retratar una vez más.

Porque, en virtud de lo anterior, es factible deducir que la opción que más satisfaría a los tres partidos denominados constitucionalistas sería la relativa a una convocatoria de elecciones autonómicas por parte de Puigdemont. Todo ello, al objeto que la aplicación del Artículo 155 pudiera paralizarse.

Unas elecciones no ocultarían el golpe de Estado

En otras palabras, la partidocracia entiende que una convocatoria de elecciones en Cataluña podría ocultar el golpe de Estado cometido por los separatistas catalanes.

Hasta el punto de identificar la proclamación de la independencia de Cataluña, declarada por Puigdemont el 10 de octubre en el Parlamento catalán, con una terrible pesadilla golpista, que nunca llegó a ocurrir en la realidad.

De todos modos, los cobardes posicionamientos de la partidocracia, en relación a la aplicación del Artículo 155, no pueden sorprender a estas alturas a la opinión pública.

Tan es así, que el Gobierno, tras conceder a Puigdemont varias oportunidades para volver a la legalidad, decidió iniciar la tramitación relativa a la aplicación del 155 cuando no le quedó más remedio, al coincidir tres factores fundamentales: el ya histórico y patriótico discurso del Rey, en el que Felipe VI abogó por la aplicación de la Constitución en Cataluña (“Vienen tiempos duros…”, dijo Su Majestad el Rey de España). La defensa del Artículo 155 por parte de la Comunidad Europea. Y el apoyo a la aplicación del mismo por parte de los otros dos partidos constitucionalistas: Ciudadanos y, sobre todo, el PSOE.

El PSOE ha mantenido permanentemente una posición contraria a la aplicación del Artículo 155. Solo ha accedido a apoyar al Gobierno, apostando por la aplicación de una versión edulcorada del citado artículo, cuando políticamente no tenía otra opción.

Y Ciudadanos, aunque al principio del órdago secesionista se mantuvo reacio a apoyar la aplicación del 155, una vez avanzado el proceso separatista ha sido el partido que más ha apostado por la ejecución del citado artículo. Sin embargo, el principal objetivo que ha perseguido Ciudadanos, desde el inicio del proceso de secesión, es la convocatoria de elecciones en Cataluña.

Puigdemont está acorralado

Puigdemont se encuentra en una encrucijada. De hecho, a CUP no le ha agradado la invitación que el Senado ha hecho llegar al presidente de la Generalitat para que este pueda presentar alegaciones en contra de la aplicación del Artículo 155.

Recordemos que el vicepresidente de la Cámara Alta, a través de la mencionada invitación, ha comentado de forma pública que sería un honor para esta institución que el sedicioso Puigdemont se dignara a comparecer en ella.

Por supuesto, CUP tampoco apoya la convocatoria de unas elecciones anticipadas en Cataluña. En consecuencia, Puigdemont se quedaría políticamente aislado si convocara elecciones autonómicas. Por el contrario, si no las convocase, debería enfrentarse al Artículo 155 (y al Código Penal).

¿El modelo autonómico no se toca?

En realidad, lo que está en juego es la supervivencia de nuestro sistema político, tal y como lo conocemos. Puesto que, contradictoria y paradójicamente, una exitosa aplicación del Artículo 155 de la Constitución devolvería la legalidad a Cataluña, pero también representaría el gran fracaso del Estado de las autonomías.

Debido a que una correcta aplicación del Artículo 155 evaporaría la esencia del malvado Régimen del 78, un modelo gerencial de perfil partidocrático y basado en un sistema favorecedor de la corrupción. Tan beneficioso para la casta política como perjudicial para los ciudadanos.

Considerando la cobardía demostrada por la partidocracia, lo mejor que le puede suceder a España y a Cataluña es que Puigdemont no convoque elecciones anticipadas. De este modo, el Artículo 155 seguiría su curso legal.

Tanto en cuanto, un golpe de Estado se combate a través de la fuerza legal del propio Estado golpeado. De cualquier otra forma, los golpistas partirían con ventaja para salir vencedores de la contienda.

Cataluña debe ser intervenida por un plazo de tiempo indeterminado, que se debería agotar en el momento que la autonomía recuperase la seguridad jurídica perdida y se hermanara de nuevo la ciudadanía.

Por consiguiente, la aplicación del Artículo 155 debería perseguir, entre otros muchos, los siguientes objetivos:

Desmontar la corrupta y subvencionada red política clientelar creada por el independentismo catalán. Una red tejida por mediación de la elefantiásica y despilfarradora Administración paralela de Cataluña. La más insostenible, a nivel económico, junto con la de Andalucía, de todas las administraciones paralelas autonómicas.

Cerrar las 15 costosísimas embajadas catalanas, situadas en el exterior de España y financiadas con los impuestos de los españoles. Disolver la policía autonómica. Precintar TV3, Catalunya Radio, etc. Permitir la enseñanza en castellano. Etc.

El hándicap autonómico no termina en Cataluña.

Una vez desintoxicada Cataluña y a salvo de la amenaza independentista, la partidocracia debería abordar un asunto vital en aras de que España pudiera seguir siendo una nación indisoluble: la cuestión autonómica.

Para ello, nada mejor que celebrar un referéndum sobre el modelo territorial, en el que los españoles pudieran expresar si desean que el Estado autonómico siga vigente.

Cuanto peor, mejor
ANDRÉS BETANCOR El Mundo 26 Octubre 2017

Alejandro Nieto, en un magnífico libro dedicado a la rebelión militar de la Generalitat de Cataluña del 6 de octubre de 1934, obra que va ganando en importancia por lo premonitorio de su análisis, reproduce las siguientes palabras: "Estoy dispuesto a todo. (...) Ha llegado la hora de dar la batalla y de hacer la revolución. Es posible que Cataluña pierda y que algunos de nosotros dejemos la vida; pero, aún perdiendo, Cataluña ganará porque necesita mártires que mañana le aseguren la victoria definitiva".

No, no es Carles Puigdemont. Por las fechas sería, evidentemente, imposible. Pero perfectamente pueden serle atribuibles. Así se pronunció Lluís Companys en 1934 y, qué casualidad, a la luz de una sentencia del Tribunal de Garantías Constitucionales, el antecesor del actual Tribunal Constitucional, que declaraba, cómo no, inconstitucional una ley catalana (la de 11 de abril de 1934, de Contratos de Cultivo). Podríamos seguir con las similitudes. Un consejero del Gobierno de la Generalitat, Ventura Gassol, se expresaba en los siguientes términos, también recogidos en el libro de Nieto: "Nuestro odio contra la vil España es gigantesco, loco, grande y sublime, hasta odiamos el nombre, el grito y la memoria, sus tradiciones y su sucia historia". También son perfectamente imputables a los líderes del procés que han dicho barbaridades similares.

Los modernos golpistas apuntan en la misma dirección: más y más odio, más gasolina al conflicto, a la contienda, incluso al enfrentamiento. Más y más. Cuanto peor, infinitamente mejor. El objetivo es crear las condiciones para que, vía mediación internacional, se haga posible la independencia. Si el resultado no es el esperado, al menos tendrán los héroes del futuro.

Los secesionistas se miran, ya desde hace mucho tiempo, en el espejo de Kosovo. En ese espejo ni el empobrecimiento es un lastre. Es, para los fanáticos, el purgatorio para alcanzar el cielo. En su religión, una temporada arruinados es el precio, ínfimo, de la independencia. Una minucia.

Como sucedió en 1934, tampoco es un inconveniente el que confluyan secesionistas con antisistema. Al contrario. La locura bolivariana de la CUP ayuda decisivamente. Empuja para crear las circunstancias de la independencia, paradójicamente, conforme a Derecho.

La secesión de una parte de un Estado tiene, en el Derecho internacional, dos grandes construcciones doctrinales y jurídicas, ambas plasmadas en sendos Dictámenes, el del Tribunal Supremo de Canadá del año 1998 (Reference re Secession of Quebec, [1998] 2. S.C.R. 217) y el del Tribunal Internacional de Justicia de 22 de julio de 2010. El primero es el del proceso de secesión de la provincia de Quebec, Canadá, y el otro es el de Kosovo, la provincia de Serbia. En síntesis, la primera sostiene que la independencia debe ser pactada; en cambio, la segunda admite y justifica la unilateralidad. El secesionismo catalán se mira en este espejo, el de Kosovo y su independencia unilateral.

En el caso de Kosovo, la Asamblea General de la ONU le preguntó al Tribunal de La Haya específicamente acerca de si la declaración unilateral de independencia pronunciada por las instituciones kosovares se ajustaba al Derecho internacional. El Tribunal dictaminó positivamente. Un contexto histórico muy preciso fue decisivo: una crisis humanitaria de primer nivel, asociada a una guerra civil que hizo inevitable la intervención de la ONU, acordada por Resolución del Consejo de Seguridad [1244 (1999)], la cual además contemplaba el nombramiento de una Administración internacional interina. Ésta, a su vez, con el respaldo de dicha resolución, aprobó un "marco constitucional" para Kosovo. El Tribunal consideró que los únicos parámetros para determinar la legalidad de la declaración de independencia debían ser la Resolución del Consejo de Seguridad y las normas aprobadas por la Administración internacional.

El Derecho internacional, en consecuencia, no sólo ha protegido a los habitantes de Kosovo sino que, además, ha constituido una entidad jurídica con sus instituciones de autogobierno. La nueva legalidad internacional rompió y desplazó la interna de la República de Serbia. La licitud de la declaración de independencia de la autoproclamada Asamblea de Kosovo debía determinarse conforme a la nueva legalidad. El Tribunal consideró que no hay ilicitud porque el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no había establecido nada sobre cuál debía ser el estatus final de Kosovo, una vez finalizada la Administración internacional, ni tampoco había incluido prohibición a que las instituciones de autogobierno pudiesen declarar la independencia. La legalidad, instituida por la intervención internacional, habría creado un vacío que podía ser llenado, como hizo la autoproclamada Asamblea. Los representantes de los kosovares resolvían, mediante la independencia, la cuestión sobre el estatus final de Kosovo. El silencio del Derecho internacional lo llenaron los gritos de los secesionistas.

El requisito imprescindible para que la declaración unilateral de independencia pueda prosperar en el Derecho internacional refulge con claridad: la ruptura del orden legal interno como consecuencia de una intervención internacional para resolver una crisis humanitaria de primer nivel provocada por una guerra civil, y su sustitución por una nueva legalidad internacional.

Los secesionistas han comprendido que está en su mano llevar la situación hasta el límite de la confrontación para justificar la intervención internacional que pueda sentar las bases legales de la independencia.

La fuerza jurídica de lo fáctico. Los hechos, si son concluyentes, pueden tener fuerza jurídica.

El golpe de Estado que se viene ejecutando en Cataluña quiere crear un hecho lo suficientemente concluyente como para que el Derecho internacional, que no el Derecho interno, reconozca la secesión.

Tiene sentido la estrategia política seguida por los secesionistas. Cuanto peor, mejor; mucho mejor. Siempre ganan. Al menos, conseguirán los héroes reclamados por Companys.

La Comunidad internacional es la rehén. Y los ciudadanos, las víctimas del chantaje. La ruina económica, pero también la política, social y la moral, son los daños colaterales. Irrelevantes en términos históricos.

¿Y el Estado democrático de Derecho? En el corto plazo perderá. La aplicación del artículo 155 de la Constitución es el mejor ejemplo. La conversión en hechos de las medidas de intervención será costosa, muy costosa, pero inevitable. Es el precio por derrotar al golpe. Sin embargo, está en manos de los gobernantes que la gestión de esta confrontación sirva para reconducir el designio de la Historia.

El pueblo que no aprende de su Historia está condenado a repetirla. Es una frase apócrifa atribuida a Cicerón, entre otros tantos. Expresa el sentido común de que no se puede desaprovechar una fuente de aprendizaje. Aún menos la vivida. Se necesita una gestión estratégica de lo sucedido en Cataluña. No caer en el cortoplacismo, en la trampa de la conmiseración con los golpistas.

La condena que se le impuso a Companys por rebelión, después del golpe de 1934, fue de 30 años, pero sólo fue efectiva un año al beneficiarse de la amnistía del Gobierno del Frente Popular. En el pasado el mensaje fue claro: cuanto más aventurero, menor castigo. Puede ser igual de perjudicial en el presente. Las medidas de intervención aprobadas por el Gobierno están sujetas a un plazo de seis meses: ¿Qué sucederá con las medidas disciplinarias aplicadas a los empleados públicos desleales con la Constitución una vez se supere el plazo? ¿Tendrá premio la resistencia al cumplimiento de las órdenes de las nuevas autoridades? ¿Podrán ser revocadas por las autoridades catalanas?

De nada servirá tanto sufrimiento si se admitiese y se permitiese sentar las bases de la futura secesión. Cambiar el destino de la Historia es convertir a los héroes de la sedición en los de la estupidez y de la insensatez, los que condujeron a Cataluña a la ruina. Aquellos que tuvieron en Kosovo el modelo a seguir. Ejemplo de una Cataluña que miraba hacia atrás. Cambiar el destino quiere decir aprender de la Historia, corregir los errores cometidos y crear un proyecto de esperanza para España que mire hacia el futuro y su máxima expresión: Europa.

Andrés Betancor es catedrático de Derecho administrativo de la Universidad Pompeu Fabra.

La resistencia Potemkin
Cristina Losada Libertad Digital 26 Octubre 2017

Hace años que vengo observando al nuevo tipo de peregrino político engendrado por el procés. Era el periodista, intelectual o activista de cualquier otro lugar de España que iba a Cataluña y regresaba con la nueva, para él buena, de que el viaje hacia la independencia era imparable. La gran movilización social en las Diadas, su capacidad organizativa, el respaldo de numerosísimas entidades de la sociedad civil, el compromiso de tanta gente con el objetivo, todo ello les terminaba de convencer, visto en vivo y en directo, de que la sociedad entera estaba detrás de los partidos y líderes que promovían la ruptura. Más aún, no era que la sociedad estuviera detrás: estaba delante. Era la propia sociedad catalana, decían, la que había empujado a sus dirigentes políticos a asumir que la secesión se tenía que hacer de una vez por todas.

Esta visión de una sociedad catalana mayoritariamente congregada en torno a la causa separatista, dispuesta a defenderla hasta el final, caiga quien caiga, ha reaparecido en cuanto se ha empezado a hablar en serio de aplicar el artículo 155. Sin esa visión de por medio, difícilmente se entiende que estos días veamos múltiples avisos sobre la resistencia que opondrá la sociedad catalana. No hay que subestimar las dificultades, cierto. Pero una cosa es que las haya y otra distinta, concluir que esa resistencia hará la intervención prácticamente imposible por la rebelión general de funcionarios, ayuntamientos, periodistas de los medios públicos, sindicatos y otros grupos sociales.

De todas las rebeliones anunciadas, la de los funcionarios es la menos verosímil. ¿Dónde se ha visto una revolución protagonizada por los empleados de una administración pública? Igual me la he perdido, pero no la conozco. Ni los doscientos mil funcionarios de la Generalitat son todos separatistas, ni la gran mayoría va a jugarse su carrera por mantener fidelidad a unos cargos políticos cesados. Dudo mucho, incluso, de que lamenten su destitución. Pese a la politización de las administraciones, mal común a toda España posiblemente agravado en Cataluña, todavía hay una separación entre la Administración y la política.

Quizá se olvida que el procés no ha sido, como pregonan sus instigadores, una revolución de abajo arriba. Al contrario. Se ha hecho de arriba abajo. Se ha hecho desde el poder. Precisamente por eso se ha podido hacer. Se ha podido hacer porque ha tenido a su disposición todos los instrumentos políticos y recursos económicos con los que ha contado la Generalitat. Se ha podido hacer porque desde el poder político, ausentes las limitaciones externas, eliminadas las internas, es posible ejercer una coerción persuasiva, valga el oxímoron, sobre muchos. Y la espiral de silencio ha permitido materializar la imagen de una sociedad marchando tras la estelada como un sol poble. A estas alturas, nadie con dos dedos de frente puede pensar que responde a la realidad.

Desde el poder, siempre desde el poder, siempre con ese gran captador de voluntades que es el dinero público, el nacionalismo catalán fue poniendo en pie una fachada que ocultaba la realidad. Una fachada en la que una sociedad civil representada por una impresionante cantidad de entidades, todas completamente entregadas al proyecto político nacionalista, hacía las veces de sociedad catalana. Una fachada que escondía la realidad, reemplazándola por un artificio, al modo de los bastidores que hizo instalar el príncipe Potemkin para engañar a Catalina II de Rusia sobre las condiciones en que vivía la gente en Crimea.

De esa sociedad civil Potemkin provienen la mayoría de las declaraciones de independencia preventivas frente a la aplicación del 155. Es de ahí de donde proceden muchos de los avisos de rebelión. Normal, diría el castizo, cuando se les va a acabar el chollo. Cosa, por cierto, que está por ver. En cualquier caso, ni había que tomar a la sociedad civil del nacionalismo por la sociedad, ni hay que tomar ahora esa anunciada rebelión por la rebelión de la sociedad catalana. ¿Habrá resistencia? Sí. Una resistencia Potemkin. Como de encargo para peregrinos políticos.

Qué error. Qué inmenso error
EDITORIAL El Mundo 26 Octubre 2017

Hasta el último momento se esperaba el arrebato de sensatez que llevara al todavía presidente Puigdemont a atender las súplicas de sus consejeros menos radicales, si es que caben gradaciones en la resuelta ilegalidad. Perdida la esperanza en el súbito respeto constitucional de un gabinete revolucionario, se especulaba al menos con que el sano temor a la cárcel hiciese recapacitar a los promotores del golpe. Durante buena parte del día de ayer, desde la Generalitat se deslizó la previsión de que Carles Puigdemont acudiría al Senado a presentar sus alegaciones contra la aplicación del artículo 155. Portavoces de distintas fuerzas no precisamente afines al PP -desde Catalunya Sí que es Pot hasta el PSC, pasando por el PNV- recomendaron al president que convocara elecciones para evitar la intervención de la autonomía. Pero la responsabilidad o la cordura parecen definitivamente fuera del alcance de Puigdemont y de sus socios más irreductibles. Toda la habilidad la malgastan en seguir jugando a la atribución de culpas con Madrid, a ver si consiguen colocar a los suyos y a la opinión internacional la gran mentira de su inocencia, de su actuación en legítima defensa, cuando en realidad ellos son los guionistas, los productores y los intérpretes de una agresión sin precedentes a la democracia española.

Este lustro independentista ha proyectado una farsa endogámica tan intrincada que en ella resulta imposible discernir el cinismo del fanatismo. Los separatistas dinamitaron la legalidad vigente, pero son capaces de apelar luego al Tribunal Constitucional cuando asoma con toda crudeza el 155. Se llenan la boca de democracia, pero laminan los derechos de la oposición. Acusan de autoritarismo al Gobierno central, pero instrumentalizan el Parlament y agitan la calle en un único movimiento de cariz totalitario. Cargan sobre Rajoy intenciones guerracivilistas, cuando son Puigdemont y Forcadell quienes llaman a tomar represalias contra los malos catalanes, que son aquellos que se resisten a ser convertidos en extranjeros en su propia casa. Prometieron una Arcadia de prosperidad bajo el paraguas de Europa, pero cuando Europa les cierra el paraguas y cuando los bancos y las empresas huyen de la inseguridad jurídica que el independentismo extiende como una peste, se inventan órdenes de Moncloa -o de Zarzuela- para camuflar su ruinosa ineptitud. Antes serán detenidos que sorprendidos diciendo una verdad. Ahora se desesperan algunos aprendices de brujo. Pensaron que podían apagar con la derecha el fuego que prendieron con la izquierda. Pero se agota el margen para que los timoneles de este Titanic cambien el rumbo. Qué error. Qué inmenso error ha sido el 'procés'.

Cinco reflexiones de por qué Cataluña llega así hasta aquí
Xavier Salvador cronicaglobal 26 Octubre 2017

Hoy se celebrará en el Parlamento de Cataluña una sesión de la cámara legislativa que pasará a la historia. Para unos será el principio de algo, para otros, el final. Se ha terminado el margen para las maniobras dilatorias de los políticos de Barcelona y Madrid, de jugar al ratón y al gato, del trilerismo tacticista. Los ciudadanos de Cataluña llegamos agotados al momento actual. No sólo los que llevamos años avisando de los riesgos y del rumbo que tomaban los acontecimientos por la deriva nacionalista del país, sino los propios independentistas. A ellos también les han timado y en buena parte manipulado con toda suerte de argucias los líderes de sus partidos y los dirigentes de la clerecía y la estructura paralela de país nacida, desarrollada y alimentada gracias al uso de fondos y dinero público. Hoy fenece la fase del simbolismo político y llega la hora de la verdad.

Hay, al menos, cinco elementos determinantes que nos han traído hasta aquí. A saber:

1. El adoctrinamiento nacionalista vivido no es flor de un día. Un modelo escolar, mediático y social construido durante décadas --primero con un bajo perfil y después de manera más descarada-- no se conjura sólo con la ley. Son necesarios más originalidad, recursos y, lo principal, verlo, admitirlo y considerarlo preocupante. Eso no sucedió. Una parte de la izquierda catalana es cómplice de ese florecimiento y, de hecho, un partido como el PSC, que en tiempos fue una maquinaria de poder municipal, se acomodó a ese estado de cosas contribuyendo de manera parcial y cómplice, puesto que muchos de sus dirigentes eran nacionalistas de baja intensidad travestidos de catalanistas progresistas.

2. La inexistencia de una sociedad civil independiente y realmente influyente se ha podido constatar cuando su presencia ha resultado más necesaria. El nacionalismo acalló su vigorosa voz histórica. Empezando por los empresarios, qué fácil resulta entender hoy la clarividencia de Jordi Pujol manteniendo atomizado el tejido de representatividad empresarial del país con múltiples organizaciones todas ellas dependientes del presupuesto público para subsistir. Pimec, Cecot, Femcat han sido, todas ellas, instrumentos subvencionados que permitían mantener un discurso diferencial sobre las empresas basado en la abundancia de pymes y desoír los cantos de sirena españoles de Foment del Treball, la histórica patronal fundadora de la CEOE y cuyo antiguo presidente manda en Madrid en estos momentos. Con el mundo del trabajo pasa algo análogo. Los dos grandes sindicatos de clase tienen estructuras tan envejecidas como funcionariales y dependientes, en bastante, de los fondos públicos. Tanto CCOO como UGT compraron aquello del marco social catalán como si los trabajadores de Seat tuvieran problemas diferentes o estuvieran sometidos a legislaciones laborales distintas a los de Ford en la Comunidad Valencia. Por no hablar del sindicalismo directamente nacionalista que domina sectores como la educación y es muy influyente en la función pública.

No son los únicos ejemplos de acomplejamiento, dependencia y sometimiento conceptual al nacionalismo. Instituciones como gremios, colegios profesionales, cámaras de comercio, clubes empresariales y otros similares (quizá con la excepción del Círculo de Economía) han ido haciendo de su respeto a las instituciones del Estado en Cataluña una especie de reverencial trágala de pujolismo, primero, y de independentismo, después. Por si todo eso fuera poco, no hay localidad de Cataluña en la que sus pequeñas asociaciones (desde el centro excursionista, la agrupación sardanista, el grupo casteller, la asociación de comerciantes…) hayan eludido el control y la utilización manipuladora por parte del nacionalismo. De hecho, en muchos casos, incluso más que la consabida escuela catalana, actúan como la cantera, el lugar en el que florecen pequeños liderazgos locales que pronto toman camino hacia la Barcelona del poder político.

3. La pérdida del discurso, del relato, como se le llama ahora, es para ser estudiado en universidades. El nacionalismo ha vencido en el combate de la comunicación política con los últimos gobiernos de Madrid. El mensaje del victimismo regional, a fuerza de repetirse de manera recurrente, ha logrado sumar adeptos de manera exponencial en los últimos tiempos.

Por si todo lo elaborado desde Cataluña fuera insuficiente, no hubo nadie al otro lado. ¿Cuál ha sido el papel de la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez de Castro, en este conflicto? ¿Qué iniciativas ha adoptado con las cancillerías para evitar que el independentismo ganara la batalla de la prensa internacional aunque fuera a golpe de talonario? ¿Por qué permitió que Javier Godó se echara en manos de la Generalitat para evitar las pérdidas en su cuenta de resultados y, en consecuencia, fuera un abanderado temporal y necesario del independentismo? ¿Saben en Moncloa que hoy nos relacionamos a través de redes sociales y que el independentismo tiene una experiencia incomparable en su manejo? ¿Contribuyó en alguna ocasión a mejorar la comunicación que desde Cataluña defendía la unidad española y el constitucionalismo? Quizás no fue ella la única responsable y la comunicación silenciosa de Mariano Rajoy esté detrás de todo el desastre que la imagen de España se acaba de sumar. ¡Ya pueden trabajar los de Marca España para recomponer esa idea de estado totalitario y casi fascistoide que nos dejó el 1-O! Ellos y Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidenta de la operación diálogo y el despacho con vistas al mar a la que vimos alguna vez por la Ciudad Condal, pero que de lo prometido...

4. España ha perdido la batalla de los valores frente al independentismo. En su urdida treta para forzar los límites del Estado han salido victoriosos: ¿cómo negar la calidad intelectual de la asociación de conceptos que practican cuando unen libertad, democracia, derecho al voto, pueblo, ciudadanía, urnas...? Es incuestionable que responder a ese imaginario tan bien trabajado con conceptos como ley, orden, seguridad, policía, justicia, porras... es, como poco, nada seductor. Es más, la incapacidad de los líderes políticos de ámbito español para construir un relato de convivencia, solidaridad, comunidad de intereses, historia conjunta y otros valores tan positivos y defendibles como los empleados en sentido contrario por los secesionistas pone de manifiesto que el desafío catalán jamás ha sido tomado en serio desde el resto de España en buena parte porque los dos grandes partidos que se alternan en la gobernación han preferido dejar el virreinato catalán apartado y sólo en disposición de uso cuando electoralmente convenía, por una u otra razón.

5. España se ha tomado poco en serio su territorio catalán. El asunto ya no va de pedigüeños o de víctimas: la reivindicación nacionalista de servicios e infraestructuras incorporaba en los últimos tiempos un sustrato de razonabilidad que debió ser atendido en algún momento, pero que se ladeó por cómo se producía y en el momento en el que se formula. Las últimas reivindicaciones no eran de más autogobierno, sino de más dinero para infraestructuras. Se podían haber pactado plazos y prioridades, ganado tiempo y evitado enconamientos. La pericia de los gobernantes es clave para que los problemas se anticipen y resuelvan antes incluso de que se produzcan. Es como el empresario y el trabajador que evitan entrar a un juicio laboral y pactan antes porque saben que la mejor sentencia puede resultarles adversa. Fue Artur Mas, por su codicia política e insaciabilidad de poder, quien interiorizó muy mal el revés que sufrió en La Moncloa. Aquello hizo detonar el mayor conflicto político reciente de la historia de España. Él le prendió fuego, pero quien apiló los barriles de pólvora junto a la Constitución fue Rajoy.

Hoy, Cataluña podrá ser una horas republicana e independiente. Los promotores de ello --sombríamente liderados por el siempre rezagado Oriol Junqueras, cabizbajo y cardenalicio como gran muñidor de su húmedo sueño de independencia-- podrán vivir un nuevo día de esos que ellos tildan de histórico. Pero la historia también les pasará cuentas. Algún día, incluso, se las ajustará por cómo han llevado a toda una sociedad al conflicto y a un horizonte de recesión, empobrecimiento, fractura y radicalidad. Pasarán muchos años para que el territorio que será unas horas independiente de España recupere el prestigio, la reputación, el crecimiento económico y la vitalidad de sus gentes. El daño ya está infringido y, como recuerdan los cinco puntos anteriores, permite lanzarnos una mirada ante el espejo. No es una solución, pero sirve para hacer acto de contrición y comprobar cómo hemos contribuido cada uno de nosotros, por acción o por omisión, al esperpento general.

De repente, todos antifranquistas
De pronto, hay un repentino entusiasmo con el 155, cuando ayer era tabú
Edurne Uriarte ABC 26 Octubre 2017

Me lo decían a fines de los noventa algunos de los fundadores más veteranos del Foro de Ermua, pero recuerdo especialmente a uno, a José Luis López de Lacalle, porque, poco después de esa conversación, fue asesinado por ETA. José Luis, que había sido un activista antifranquista, y que lamentaba el insoportable silencio de la mayoría de la sociedad vasca ante los crímenes etarras, pensaba que, tras la derrota de ETA, todos reivindicarían un pasado antietarra; como ocurrió tras el fin del franquismo, me decía, cuando, repentinamente, todo el mundo había sido antifranquista.

Y pasó, por supuesto. No hay más que ver el entusiasmo generalizado por Patria de Fernando Aramburu, y no sólo porque sea un gran libro y él, un gran escritor, sino también porque ha dejado de ser políticamente incorrecto. Y recuerdo a un valiente como José Luis López de Lacalle estos días porque también ahora, repentinamente, todos se han vuelto entusiastas del 155 y de la mano dura con los secesionistas. En el colmo de la transfiguración, hasta acusan a Rajoy de lento y dubitativo en la toma de esa decisión, cuando Rajoy pertenece a esa minoría que siempre ha mantenido la misma posición, la crítica con los abusos nacionalistas y la defensora del patriotismo español, ese patriotismo que hasta ayer era cosa de «fachas», como nos decían a quienes lo reivindicábamos.

Aún recuerdo la que le montó la gran mayoría a su exministro de Educación José Ignacio Wert hasta entonces, también mi pareja, cuando quiso introducir medidas para garantizar el uso del español en la enseñanza en Cataluña y dijo aquello de «españolizar» el sistema educativo catalán. El PSOE en primera línea y una buena parte de la opinión publicada lo pusieron de provocador y de extremista para arriba. Eran otros tiempos, pero resulta que esos otros tiempos eran ayer mismo, cuando la mayor parte de las élites catalanas, no sólo políticas, también intelectuales, mediáticas, sociales y económicas, coqueteaban con los independentistas y despreciaban a quienes defendíamos la unidad de España, la bandera nacional y el españolismo en Cataluña o en el País Vasco. Y lo que es peor, una parte de las élites del resto de España tenía la misma actitud. Cuando yo publiqué España, patriotismo y nación en 2003 me miraban como a un bicho raro y anacrónico. Por desear y promover lo que por fin ha ocurrido, que el patriotismo español emergiera sin complejos y tuviera protagonismo en nuestra vida política.

Cuando ahora nos preguntamos por qué hemos llegado hasta aquí, no echemos la culpa sólo al sistema educativo catalán o a la propaganda nacionalista. Hemos llegado hasta aquí porque una buena parte de las élites no nacionalistas les ha alimentado, en Cataluña y fuera de Cataluña. Hasta ayer, los políticamente correctos eran ellos, los despreciados éramos los defensores de la unidad de España y del patriotismo fuerte y desacomplejado. Y eso explica igualmente por qué hemos llegado hasta aquí. Y por qué era tan difícil aplicar el 155. Por la sencilla razón de que tal medida era tabú para esa mayoría también hasta ayer, propia de «fachas españolistas», como bien sabe el presidente que ha tomado esa decisión.

Por eso el éxito del 155 y del cambio en Cataluña depende sobre todo de lo que hagan quienes hasta ahora coqueteaban con los nacionalistas. Depende de la voluntad y la unidad real entre los defensores no sólo de la ley sino de la españolidad de Cataluña. Depende del fin de sus complejos. Depende de que dure este repentino entusiasmo por el 155.

Mozos de Escuadra: Borbones, provinciales y botiflers
Cristina Seguí okdiario 26 Octubre 2017

Podría comprarme un chalet con piscina en los Hamptons o en Palamós con un ama de llaves italoamricana o de Bonrepós si me dieran un euro por cada independentista con la cabeza de Felipe VI colgando hacia abajo en su perfil de Twitter o en su balcón. Me forraba con cada Wannabe andaluz o castellano de las CUP, ERC y voluntario de la ANC que reclama la ruptura con un “España les maltrata”. Me recuerdan a aquellos negros que, en la época de la esclavitud, y al mejorar un poquito su situación por trabajar de criados en la casa del señor en vez de recogiendo algodón, llamaba “¡Negros!” a sus congéneres. Paradójicamente, alguno de esos que odian a España con ese fervor se libró del algodonal y de servir el guiso en el salón a cambio de convertirse en hispánica concesión: en un histrión berlanguiano del odio lúdico de TV3, en un mantenido de la administración o en un Mozo de Escuadra traidor por convicción u obligación.

De los últimos vi a docenas soslayando el golpe de Estado en el 1-O. Los partidarios del independentismo que hacían cola en los colegios de niños me contestaban que los Mozos eran algo así como “el contrapeso a la invasión de las fuerzas represoras del Estado español”. “Son la nostra pulichía” me repetían los pakistanís de Islamabad que conducían los taxis y los Cabify. “Fijaros en la vergüenza que nos provocaba hasta hace poco decir esta frase tan normal”, repetían los tertulianos del PDeCAT. Yo hubiera jurado que se referían a los Grises de Escuadra de Felip Puig que en 2011 dejaron 200 nalgas revolucionarias como culo de mandril en la Plaza de Cataluña, pero no, hablaban de la poli de Albert Batlle antes de ser “relevado” por el amigo dominguero y de Jim Beam de Puigdemont.

Al contrario que sus privilegios y agravios salariales con la Guardia Civil y la Policía Nacional, la constitución del cuerpo de Mozos de Escuadra no fue una herramienta concedida al autogobierno de Cataluña. Tampoco el garante de inmunidad de los golpistas. En realidad, los Mozos nacieron como el cuerpo de policía más añejo de España fundado por una orden Real del Rey Felipe V en la primavera de 1719. Borbones y dependientes del ejército. Botiflers provinciales creados por la necesidad de hacer frente a la invasión francesa y los aliados catalanes arcabuceros al servicio de Francia en el marco de la Guerra de la Cuádrupe Alianza. De orgulloso mando del ejército español a los uniformados de otro PER español a otra comunidad autónoma. ¡Procesistas!, pero ¡Vaya involución! Del terror de criminales y austracistas repartidos por las montañas de Cataluña a pardillos-escolta de los bandidos de hoy.

Un cuerpo integrado por un 50% de traidores a la nación española y otro 50% que se avergüenza de hacerlo mientras demanda al Gobierno nacional que les tiendan puentes de paso hacia la Policía Nacional está pidiendo a gritos su escisión. Reconociendo que son estamento fracasado que se cuela por el sumidero de las cloacas independentistas. 17.000 hombres convertidos en el germen de un futuro ejército nacional son parte de la enfermedad institucional que hay que eliminar ya. Hombres que venden a sus compañeros mientras sus mandos les venden a ellos para evitar toda responsabilidad penal. “Nos reímos del honor y luego nos sorprendemos de encontrar traidores entre nosotros”

Aldeanismo regionalista, el tonto útil del marxismo
La Verdad Ofende  latribunadelpaisvasco.com 26 Octubre 2017

Se llamó URSS, “Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”, señuelo de prometida igualdad libertaria para proletarios - los parias de la tierra de la Internacional – cuyo resultado fue la tiranía bolchevique, troceando en falsas repúblicas la nación Rusa, gracias a la corrupción monárquica y los errores de ingenuidad menchevique, únicos demócratas en 1916.

Bajo esa trampa regionalista y libertadora de pueblos oprimidos, el comunismo tiranizó pueblos y asesinó a 100 millones de seres humanos en apenas un siglo. Nueve millones en Ucrania inauguran el genocidio marxista; una doctrina homófoba, racista, mediocre y asesina, basada en la envidia y el odio a la libertad, jamás en los derechos humanos.

Es la misma argucia regionalista que el ambicioso y masón criollo hispano empleó para romper la unidad de España. Reyes traidores y despóticos provocaron el expolio inglés de un paraíso social jamás conocido en la humanidad: la Hispanidad. Recibida por los indios con los brazos abiertos, jamás apoyaron los procesos de separación, sabedores de que el criollo los tiranizaría de nuevo, como ocurrió. Hoy, los pueblos hermanos iberoamericanos, desunidos y disgregados, son sistemáticamente expoliados por corruptos criollos y marxistas.

El cainita regionalismo vive de falsas promesas y mitos, de naciones inventadas y falsas lenguas milenarias. Así, el catalán - como el eusquera - se inventa como lengua en el siglo XIX sobre el dialecto llemosi-occitano, (heredado tras 500 años como francos) y el expolió que Pompeyo Fabra hizo en los diccionarios y gramáticas de Valencia y Baleares para su refrito CAT. El lunático, machista y racista Sabino Arana empleó los restos del tribal dogón africano de Mali - herencia fenicia de Anibal – para inventar su tóxico eusquera.

La premisa “una lengua, una nación” socialista de Hitler y Goebbels, exige controlar la educación. Entregada al separatismo por gobiernos cobardes, padecimos 30 años de educacion supremacista NAZI. Es el “lebensraum y “anschluss” - anexión de la Euskadi francesa y el reino Navarro - o la invención NAZI-CAT de los “paisos catalans” ese patético expolio de la gloriosa historia aragonesa que pretende el pueblerino marxismo CAT.

Es necesario recordar que son antisistema, y destruir el sistema por disgregación de España su casposo y viejo proyecto marxista. En tiempos de corrupción y crisis, el marxismo florece y su estiércol vital es lugar donde florecer la desunión entre españoles. Por ello el apoyo marxista al separatismo fue constante en la II Republica, y la Guerra Civil, su reivindicada herramienta para edificar una nueva sociedad tras destruir la vieja. Hoy, el conflicto civil separatista busca derruir nuestra joven, imperfecta y exitosa democracia que ellos llaman “regimen franquista”, envidia de libertades en todo el mundo occidental.

La ruptura la fomentan los de siempre del odio a España: asesinos comunistas de ETA y partidos afines (BILDU-SORTU-AMAIUR) junto al separatismo marxista gallego, las mareas y los marxistas CAT de Arrán, la CUP y ERC, cuyo pasado criminal en la II República es inenarrable. Todo el marxismo, hoy con dinero de Madrid, iraní y venezolano, está aliado en la destrucción de España.

La crisis institucional Cataluña que aplaude toda la izquierda es la apoteosis de este proceso y su salsa perfecta. La destrucción de la industria nacional que promueve Arrán (#TourismTerrorism) es el camino para colapsar el Estado, la crisis económica como arma de destrucción social. Gramscismo trotskista de manual para quien haya leído.

Lo están logrando. El 70% de la industria catalana (también la separatista) y toda la banca ya han huido, y no a Francia sino a otras regiones españolas, como Madrid. Un daño cuyas consecuencias sufriremos décadas todos. Coser las heridas ni será fácil ni posible con Gobiernos pusilánimes que no ataquen el problema de raíz: suspender las autonomías díscolas, recuperar competencias nacionales esenciales (educación, sanidad, seguridad, jubilaciones), establecer un programa de “desnazificacion” de Cataluña y tierras vascas, y fomentar la unidad de España, sin complejos.

No pasará. La izquierda necesita desunión desde la inquina, la mentira y la confusión, y sabe a la derecha, y a Rajoy, cobarde y acomplejado. Nos precipitamos por ello y de nuevo al conflicto incivil, gracias a tambien a la corrupción y cesiones políticas cortoplacistas, cuyo único objetivo fue perpetuarse en el poder, jamás resolver los problemas de la nación.

Y aunque el ensayo del marxismo fracasó allá donde su mentira triunfó, repite de nuevo aquí. El caso de los ayer prósperos hermanos de Cuba o Venezuela es el tétrico ejemplo de nuestro más que incierto futuro. Cataluña, en manos marxistas, ya lo es. Son mas que hechos, son @verdadesofenden y por atreverte a contarlas te llamarán fascista. No lo escondas. Si te llama así un marxista (únicos fascistas), llévalo a gala.

No calléis. “El secreto de la felicidad esta en la libertad, y el secreto de la libertad en un corazón valiente” (Pericles)

¿Del Vichy catalán a los catalanes de Vichy? No gracias
Javier Barraycoa gaceta.es 26 Octubre 2017

¡Qué hermosos tiempos aquellos en los que en cualquier lugar de España podías pedir un Vichy catalán y nadie te miraba raro! El separatismo ha alcanzado uno de sus objetivos estratégicos: que todo lo que suene a catalán sea sospechoso por definición. Si no tienen fuerza para desgajar Cataluña de España, esperan que sea el resto de España el que pida la secesión del Principado. Pero este escenario aún queda lejos, aunque la desafección en España, provocada por tanto arrabalero secesionista, es un tumor demasiado arraigado.

Pero el escenario de esta semana, este interminable sainete que acabará en drama, nos lleva a una dimensión desconocida. Pocos son los referentes en la historia reciente de los países de nuestro entorno. La aplicación de un artículo no desarrollado en la Constitución española se puede convertir en arenas movedizas o aguas ponzoñosas para un gobierno bastante limitado como el actual. Si la gestión del secesionismo durante estos dos años, cuando el enmarque jurídico era claro y favorable, fue nefasta, ahora el gobierno puede encontrarse con un Vietnam en miniatura llamado administración catalana.

Querer dirigir a una parte de funcionarios autonómicos en condiciones de disidencia, huelga de celo o boicot no será tarea fácil … ya lo hacen muchos habitualmente sin necesidad de confrontación política, imaginémonos en este nuevo escenario. Entre los campos minados que debería pisar el gobierno, en uno de ellos, vitalmente estratégico -la educación- ya ha declarado que ni se plantea entrar. La escuela pública catalana en su mayoría está bunkerizada, es patrimonio exclusivo del secesionismo y los disidentes son aplastados o acallados sutilmente. Respecto a la cuestión de policial, si el gobierno busca soluciones a medias, fracasará. Con grandilocuencia, el Ministro de Interior, ha avisado de amenazas a los Mossos sediciosos, expedientes sancionadores, suspensión parcial de sueldo, etc, ¿cómo serán combatidas cuando afloren las bajas médicas masivas, brazos caídos, teléfonos que no se descuelgan. Para colmo, Cataluña va a sufrir una indigestión de procesos judiciales, penales y administrativos. Y cuando ya toda praxis política sea imposible, se recurrirá a indultos masivos. Nueva victoria para el secesionismo.

Veamos lo que nos enseña la historia. Cuando, tras su Golpe de Estado, Primo de Rivera decidió suprimir la Mancomunitat encontró suficiente respaldo popular, alcaldes y políticos catalanes dispuestos a combatir el catalanismo. En Cataluña había nacido la Unión Monárquica Nacional del egarense Alfonso Sala para combatir a la Lliga regionalista. De ella se nutrió la Unión Patriótica, de Primo de Rivera, en Cataluña. La vida ordinaria siguió funcionando durante el Directorio, pues había catalanes de orden dispuestos a asumir responsabilidades políticas y de cuya catalanidad nadie podía dudar. Igualmente, pasó durante el franquismo. Desde el primer momento, el General Franco no tuvo que traer políticos del resto de España, pues encontró suficientes catalanes de pro como para dirigir todos los ayuntamientos y Diputaciones. Por cierto, la mayoría de ellos habían pertenecido a la catalanista Lliga y colaborado con Franco en la Guerra.

Eso fue posible, porque durante buena parte del siglo XX aún había sectores de la sociedad catalana fuertes, vitales y organizados, capaces de coger las riendas de las administraciones locales, independientemente de si en Madrid mandaba un General o quien fuera. Pero ya durante el franquismo se inició una falsificación de las formas orgánicas de la representación social. ¡Qué poco orgánica fue la denominada democracia orgánica! Eso explica que el Sindicato único fácilmente se transformara –con su patrimonio y todo- en los sindicatos mayoritarios de la democracia. El Movimiento -Partido único- se convirtió en un remolino de aparentes partidos diferentes unidos en una férrea lógica partitocrática. Resumiendo, la democracia y sus subvenciones liquidaron los restos de sociedad civil que hasta entonces habían pervivido incluso durante el franquismo.

Alguien tiene que decirle al gobierno central que no puede haber victoria política sobre el nacionalismo si no hay victoria social y cultural. Y estas últimas sólo son posibles si hay cuerpos sociales y asociaciones libres, fuertes y, sin las cadenas políticas que imponen de las subvenciones y los servilismos a la partitocracia. Tenemos un caso ilustrativo de lo que no queremos los catalanes que estamos luchando contra el nacionalismo y el secesionismo. Se trata de la Francia de Vichy. El drama de la fractura de Francia y el doloroso sacrificio de tener que gobernar una parte de ella, le costó a Petain su honra ganada a pulso durante la I Guerra Mundial.

Tras la II Guerra, los mal llamados “colaboracionistas” de Vichy –que ante el desastre de la república francesa, vieron en la Francia de Petain la única salida posible en la que conciliar sus principios, fueron terriblemente represaliados. Muchos de ellos eran buenos franceses que quedaron descolocados entre los entresijos de las decisiones de los altos políticos. Querían servir a su Patria, pero sólo se les permitía bajo las condiciones que imponía Alemania. Ello impidió que una Francia tradicional y católica, superviviente aún de la lejana Revolución francesa, pudiera resurgir.

El gobierno central español –seguimos nuestra exposición- sólo podrá contar para la aplicación del 155 o bien con catalanes al servicio de la partitocracia constitucionalista, lo cual creará revanchismo y se cortarán los últimos puentes que quedan entre las dos Cataluñas; O bien tendrá que recurrir a funcionarios venidos de fuera. Todo ello rebajará las posibilidades de que el 155 sea eficaz a corto y largo plazo. Entre otras cosas porque las asociaciones civiles, las corporaciones, gremios y formas de organización social fueron dinamitadas durante la transición. El Partido Popular no encontrará voluntarios para hacer el papel de los “catalanes de Vichy”. Todo el que lo haga será tipificado por el nacionalismo como “colaboracionista”. Y los catalanes no podemos caer en esta trampa de servilismo a la partitocracia y la administración pública que lo único que logrará es armar de razones a los nacionalistas.

Bajo forma de secesionismo, se esconde la quiebra de fidelidades en el seno de una administración pública, el Estado y sus autonomías (que no dejan de ser lo mismo), y la lucha intestina en el seno de la partitocracia y arrastracueros sin escrúpulos. Este es el trasfondo que nadie quiere ver. Por nuestra parte, entendemos que el conflicto real es el que se está produciendo entre una sociedad que no quiere morir y mantener su identidad, contra aparatos burocráticos enfrentados y creadores de imaginarios colectivos para legitimar su pugna que derive en el triunfo de una de las partes. Por eso, no caeremos en la trampa. Si el Partido Popular y el PSOE se han encargado de debilitar y extenuar a las asociaciones civiles durante décadas, que no busquen “colaboracionistas” para su 155. Los catalanes integrados en nuestras pobres asociaciones, despreciados tanto por separatistas, como por los gobiernos centrales, sabemos cuál es nuestro lugar. Nadie nos podrá acusar de “botiflers”, porque no nos duelen prendas en meter el dedo en la llaga de los gobiernos centrales y los sediciosos nacionalistas. No somos ni de Madrid ni de la Generalitat. Somos catalanes españoles, nuestra fidelidad es para con la Patria, no los partidos ni sus tacticismos. Y cuando no aceptas ser “colaboracionista” de alguno de los dos bandos, te conviertes en enemigo de todos.

Santiago Muñoz Machado: «El Estado se juega su supervivencia: si no se impone, será su liquidación»
El miembro de la RAE sostiene que un referendo de independencia no es posible, aunque se reformara la Constitución
enrique clemente La voz 26 Octubre 2017

Es una de las máximas autoridades en la España de las autonomías. Catedrático de Derecho Administrativo, miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, premio nacional de Ensayo, Santiago Muñoz Machado (Pozoblanco, 1949) es autor de libros como la trilogía sobre la crisis del Estado que forman Informe sobre España, Cataluña y las demás Españas y Vieja y nueva Constitución.

-¿Cómo ve la situación en Cataluña?
-La veo muy mal, gravísima: hemos llegado a una situación impensable hasta hace poco. No quiero poner el énfasis en la formalidad de la declaración de independencia, porque a mí lo que me parece grave es que la Generalitat lleva mucho tiempo jugando a ser independiente y en los últimos meses ha hecho demostraciones de que le importan muy poco la Constitución y las decisiones de los tribunales. Y precisamente en eso consiste la independencia, en no estar vinculado a otro soberano. Pero al mismo tiempo se han hecho la ilusión de que pueden crear un Estado independiente real, lo que es imposible, ya que nunca sería reconocido. España, como país formado como un Estado soberano hace 500 años, no puede permitir de ninguna manera que se separe una parte de su territorio. No hay ningún ejemplo de alteración de fronteras desde la Paz de Westfalia de 1648 hasta ahora que no sea violenta o mediante acuerdo voluntario.

-¿Son ajustadas a la Constitución las medidas del Gobierno en aplicación del artículo 155?
-El artículo es un cajón de sastre y, por lo tanto, cabe todo, no me parece que puedan ponerse cortapisas. Lo único que requiere ese precepto es que se adopten las medidas menos restrictivas tanto de las libertades como de la autonomía y que sean proporcionadas al fin que se persigue. En todo caso, hay que apoyar al Gobierno porque lo que va a hacer es imprescindible.

-Sostiene que un referendo de autodeterminación es inviable, aun reformando la Constitución.
-Empecé diciéndolo yo y ahora lo apoyan la inmensa mayoría de los constitucionalistas. Una reforma de la Constitución es una decisión que se hace en el marco de la propia Constitución. Es decir, que el poder de reforma tiene como límites la Constitución misma, cuya esencia no puede alterar. Y una reforma que consiste en hacer posible un referendo por el cual se permita a un territorio que decida sobre su futuro y que se pueda independizar afectaría a las esencias de la Constitución, por lo que no se puede hacer. La conclusión es que no se puede celebrar un referendo de independencia. La Constitución no puede poner las bases de su propia destrucción.

-¿Qué se está jugando la democracia española en Cataluña?
-El Estado y la democracia se juegan su supervivencia. El Estado ya ha fallado algunas veces y nos ha hecho pasar mucha vergüenza estos meses pasados, sobre todo el 1-O. Pero como no salga bien la operación del 155 y el Estado no se imponga y reponga la disciplina constitucional, estará liquidado. Eso hay que imponerlo por todos los medios y eso significa la fuerza si es necesaria. Si no se puede someter a la disciplina constitucional a un territorio, lo que ocurre es que se constituye también en soberano. Con lo que habría un soberano frente a otro soberano, produciendo cada uno su propio ordenamiento jurídico. En esa situación el que se impone es el más fuerte. Lo que no es nada nuevo: el Estado siempre se ha mantenido por el principio de que sus leyes y sentencias se cumplen voluntariamente o se ejecutan forzosamente. Si no es así, el Estado no existe.

-¿Qué responsabilidad tiene el Estado en lo que está pasando?
-La responsabilidad principal es de los gobernantes catalanes y de las asociaciones a las que han alimentado con dinero público y que se han convertido en organizaciones políticamente muy peligrosas. Pero también secundariamente lo son los gobernantes del Estado, porque menospreciaron lo que estaba pasando en Cataluña pensando que se podría arreglar a golpe de silbato y se equivocaron, de forma estrepitosa en algún caso: por ejemplo en el 1 de octubre, cuando el Estado se mostró inerme y se comportó de forma insensata. Es muy grave que el Gobierno asegurara una y otra vez que no se votaría y se acabara votando.

-Denuncia que el Estado ha ido desapareciendo progresivamente de Cataluña.
-El Estado no está en Cataluña, lo que equivale a una independencia de facto. No está físicamente porque no tiene instituciones ni órganos ni lugares para alojar a sus policías, como se ha visto. Y jurídicamente ha desaparecido porque las resoluciones del Estado solo las aplican cuando les conviene.«Suárez era muy audaz: habría utilizado la política al máximo para resolver el asunto»

Muñoz Machado fue secretario de la comisión que presidían Adolfo Suárez y Josep Tarradellas para diseñar las transferencias a Cataluña.

-¿Qué diferencias hay entre Tarradellas y los dirigentes catalanes actuales?
-No son comparables, porque los actuales no tienen experiencia ni la formación necesaria para echarse Cataluña a la espalda. Es sorprendente que estén gobernando personas que tienen muy poco fundamento intelectual. Tarradellas era la experiencia por definición, se había pasado 40 años esperando una oportunidad para volver a su patria y, sobre todo, sabía el valor del temple y de no repetir lo que ocurrió en la República con Companys, que se puede comparar con lo que está pasando. Ahora que Cataluña está en la época más dulce de su historia, con la mayor autonomía, autogobierno, dinero, viene alguien que no se sabe por qué razón le declara la guerra al Estado.

-¿Habría sido capaz Suárez de encontrar una fórmula creativa para solucionar la cuestión catalana?
-Lo habría intentado, porque era un político audaz, quizá muy atrevido, que asumía riesgos. Habría utilizado la vía política al máximo para resolver el problemas, aunque ahora las cosas están más difíciles.

-¿Cómo valora las invocaciones al diálogo que se hacen?
-El diálogo tal y como lo formula Puigdemont no es posible porque pretende ser de Estado a Astado y para ver cómo se organiza su salida. Diálogo para buscar una solución en el marco de la Constitución, claro que sí: ahí tendrán que acabar con alguna fórmula imaginativa que no he visto en boca ni del Gobierno ni de la oposición todavía, que satisfaga a todas las partes, no solo al Estado y a Cataluña, sino también a las demás comunidades.

-¿Cuál podría ser la solución?
-Cualquier solución pasa por que Cataluña tenga una norma que la regule, que describa sus competencias, sus instituciones y sus relaciones con el Estado y, además, que establezca las garantías de conservación de ese conjunto. Si esa norma no se ajusta a la Constitución hay que reformar esta. La norma catalana, que puede ser el Estatuto, hay que someterla a referendo de los catalanes, y también la Constitución. Es decir, pactar primero esa norma básica para Cataluña y luego ajustarla a la Constitución.«Educar en sentido identitario crea independentistas»

En su nuevo ensayo, Hablamos la misma lengua (Crítica), Muñoz Machado explica el largo proceso que llevó a que el castellano desplazara a las lenguas indias y se convirtiera en el idioma general de América. «Allí exportamos dos productos culturales extraordinarios: la unidad de la lengua, que en España nunca hemos tenido, y la unidad del derecho», señala.

-¿Cómo valora la inmersión lingüística de Cataluña?
-Me parece bien el mantenimiento de la riqueza que supone para cualquier región su lengua. Siempre que se sepa manejar con inteligencia, no se puede sustituir el aprendizaje del castellano, que es un idioma universal, por el local: eso es una catetada, un retroceso en el avance de la civilización. También está mal que la lengua sirva de estímulo a los estudiantes para pensar que los pueblos que tienen dos lenguas son superiores. Pero el verdadero problema es la educación en general: educar tendenciosamente en sentido identitario conduce a que se creen independentistas desde la escuela, innegablemente. La enseñanza de la historia es fundamental en ese sentido. No me parece mal que en cada región se cuenten las particularidades de su historia, pero insertas en una historia común, no prescindiendo de ella. Es decir, que en Cataluña empiecen en Wifredo el Belloso y acaben en Puigdemont, pero no se refieran a los Reyes Católicos. Es un disparate.

-¿Cree que ha habido adoctrinamiento durante años?
-Es una palabra muy gruesa, pero estamos viendo lo que hacen algunos maestros y profesores, que sí es adoctrinamiento, que es inducir a los jóvenes a una forma de pensamiento excluyente. Esto es muy empobrecedor.

Riqueza lingüística
Nota del Editor 26 Octubre 2017

Eso de la riqueza lingüística está muy bien. Hay millones de hablantes de inglés que se ganan la vida enseñando el inglés a gentes que tienen interés y pagan por aprenderlo. Lo mismo ocurre con otros idiomas, por lo que se puede considerar que son una riqueza para quienes se benefician de su enseñanza. Así que de ahora en adelante, todos los que se dedican a obtener beneficio por la riqueza lingüística regional, deberán dejar de percibir remuneración alguna del estado y deberán convencer a sus alumnos para que de su propio pecunio les paguen tales enseñanzas, como hacen millones y millones de profesores de idiomas.

BRUTAL ATAQUE DESDE ESRADIO
Losantos destroza a 'Méndez de Frankfurt' por negar adoctrinamiento en Cataluña
"Los hijos de los Guardias Civiles que llegan llorando a sus casas ¿no es un problema educativo?""
ANTÓN PÉREZ Periodista Digital 26 Octubre 2017

El 11 de octubre de 2017, el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, proponía en el Congreso de los Diputados una reforma de la Constitución tras condenar el "adoctrinamiento" en las aulas catalanas. --¿Que no hay adoctrinamiento escolar en Cataluña? Van 25 ejemplos--

"Mi más rotunda condena de todo lo ocurrido en varios centros educativos en Cataluña, donde los niños y familias han sido señalados por sus convicciones. La escuela no está para adoctrinar y los profesores tienen que dejar fuera su ideología y no implantarla en las cabecitas de los niños", dijo ese día Íñigo Méndez de Vigo, según las declaraciones recogidas por Europa Press.

Y anunció un segundo requerimiento a la Generalitat para que investigara varias docenas de denuncias y casos aparecidos en prensa. Este miércoles, interpelado por ERC por "la defensa del modelo de la escuela catalana", el titular de Educación ha asegurado que "no hay ninguna controversia ni conflicto de ningún tipo con la educación en Cataluña".

"Si hay casos concretos, investiguémoslos", ha señalado Méndez de Vigo, que añade: "no se puede consentir que por actos de personas determinadas, al final se lance una mancha de sospecha sobre toda la educación".

Federico Jiménez Losantos le estaba esperando con el cuchillo entre los dientes. Entre las 7 y las 8 h del 26 de octubre de 2017 en su programa ‘Es la Mañana' de esRadio le puso mirando para Cuenca:

Y dice Méndez de Vigo burlándose de las miles de familias que han sido marcadas por esos profesores separatistas, los acosadores de la infancia que les hacen sentir inferiores, que les asustan y que, como en todo sistema totalitario, esos niños acaban denunciando a sus padres avergonzándose de él por ser andaluz...

Y llega Méndez de Vigo a decir que no hay problema educativo en Cataluña... No, el problema educativo lo tenemos contigo, que después de lo de ayer no estás en la cárcel. Mentiroso, villano. Los hijos de los Guardias Civiles que llegan llorando a sus casas ¿no es un problema educativo, Méndez de Frankfurt? El problema educativo es que no te dieron una torta a tiempo para educarte. Niño mimado. ¡Qué gentuza!

O damos la batalla en Educación en Cataluña o olvídense de España. Porque estos muertos de hambre la única salida que tienen es montar el pollo en País Vasco, Valencia, etc.

¿Ha habido un millón de personas en la calle y no hay ningún conflicto, mendrugo? ¿Cómo se puede ser tan canalla cuando hay miles de familias que se niegan a que sus hijos sean zombies separatistas? El único problema es que gente como tú que deberías estar vendiendo alfombras en Marbella está cargo del Ministerio de Educación. ¿Cómo se puede ser tan miserable?

Tras la fuga de empresas llega la de profesionales: registradores, notarios, abogados huyen de Cataluña
Carlos Cuesta okdiario 26 Octubre 2017

Los anuncios de Oriol Junqueras, vicepresidente de la Generalitat y líder de ERC, restando importancia a la salida de más de 1.500 empresas en unas semanas no han debido ser escuchados. Porque la fuga de compañías está siendo acompañada en estos momentos por un éxodo de profesionales. Una escapada lógica -sin actividad empresarial potente pierde sentido permanecer en la comunidad autónoma catalana- y que demuestra, además, que la salida de compañías no es temporal.

Durará mucho tiempo. Tanto que los registradores, economistas, notarios, abogados, etc. que viven de la actividad derivada de estas compañías han entendido el mensaje a la perfección y han empezado a desplazar igualmente sus firmas profesionales al resto de España.

En el caso de los registradores y notarios, su destino prioritario está siendo Madrid. Hasta el punto de que la fuga de registradores potentes, con muchos años de antigüedad ha colapsado las posibilidades promoción de los madrileños, y es que el criterio de asignación de registros es puramente por antigüedad.

Con los notarios ha ocurrido algo muy similar, aunque sus sistema de promoción y solicitud de plaza permite provocar menos atasco en la capital de España.

La explicación que dan todos ellos es sencilla: “La actividad de compra venta inmobiliaria ha caído en picado. Hay días que escrituramos la mitad que hace un mes”. La explicación coincide con la aquellos que trabajan en el sector mercantil. “Sólo estamos registrando operaciones de salida de empresas“, añaden.

Y eso significa que, una vez que se han ido, “ya no volveremos a tener ni un sólo hecho que trasladar de cada unas de esas compañías”. Porque “no se están marchando las empresas para volver mañana. No es verdad”, destaca un registrador catalán que ha solicitado ya plaza en Madrid.

Y todo ello sucede mientras no cesa la sangría de compañías que abandonan Cataluña. Este último martes, en concreto, abandonaron la región 107 compañías. Con ello, el número de empresas que han escapado de este territorio asciende a 1.501 desde el día del referéndum ilegal del 1 de octubre, según datos del Colegio de Registradores de España. De las 1.501 compañías que han abandonado Cataluña desde el referéndum, 1.342 tenían su sede en Barcelona, 61 en Lérida, 65 en Tarragona y 33 en Gerona.

Empleados de la Conselleria de Educación a OKDIARIO: “Mi hijo va a un privado para no ser adoctrinado”
Raquel Tejero y Borja Jiménez okdiario 26 Octubre 2017

OKDIARIO ha estado en la Conselleria d’Ensenyament (Consejería de Educación) de la Generalitat de Cataluña para ver cómo están llevando los propios funcionarios del departamento las huelgas estudiantiles en institutos públicos. Apenas un trabajador nos ha dicho que le parece bien; del resto, nos ha llegado a reconocer incluso que llevan a sus hijos a centros privados para evitar el adoctrinamiento.

De hecho, un trabajador de la Generalitat que en principio nos comentaba que no veía problema en que hicieran huelga, ha terminado reconociendo que no es bueno mezclar política con educación.

Por norma general, los empleados de la Consejería de Educación, cuando son preguntados por las polémicas huelgas, responden que la enseñanza catalana es muy buena y que ha ayudado a integrar mucha gente. Sin embargo, rápidamente le explicamos que no se trata de eso, sino de que se haga perder clase a los chavales por una causa política.

“Hay mucha conciencia social. Mi niño de 9 años, te puedo asegurar que tiene conciencia”, explicaba una empleada ante nuestra sorpresa. Ante tal afirmación, rápidamente un compañero suyo ha reconocido que su hijo va a un colegio privado, y que se alegra “porque no está metido en nada de esto“. “No hace huelga, no va a manifestarse… Hacen lo mismo que hacían el año pasado”, explica.

“Yo, insisto, me alegro de que mis hijos vayan a un colegio privado donde, en esta situación, es totalmente neutro. Mi hija tomaría partido dependiendo de mi opinión. Entonces, yo intento ser neutral y digo: ‘Es que eres pequeña para entender esto’. El artículo 155, los presos políticos… No se han leído la Constitución con 12 años“, señala el mismo funcionario.

“Deberías de pensar por qué se ha llegado aquí”, nos explicaba otro trabajador. “La gente se siente atacada, y como se siente atacada… Son daños colaterales”, subraya. A lo que le espetamos que no creemos que sea bueno que unos niños tengan que sufrir ese tipo de daños colaterales, algo que termina reconociendo. “Es verdad, no es justo”, termina reconociendo.

Por último, hemos parado a un empleado de la Consejería que salía del edificio con el ya famoso lazo amarillo en contra del encarcelamiento de ‘los Jordis’. “¿Qué problema hay en que hagan huelga? Es legal y pueden hacerlo, ¿no?”, señalaba.

Ante nuestra sorpresa porque a un trabajador educativo le parezca bien que se mezcle la educación con la política (adoctrinamiento) el empleado nos pregunta que si de verdad somos periodistas. “Tienen derecho a hacerlo. Tienen derecho a hablar de política, y de movilizarse por la política. Si hay una serie de injusticias como estas…”, afirma.

“Hombre, meter a dos personas inocentes en la cárcel es represión”, espeta el mismo trabajador. “Levantamientos públicos anticonstitucionales, destrozar coches de la Guardia Civil o heridos en la Policía… eso no es constitucional“, le recordamos. Ante nuestra respuesta, visiblemente encendido, nos dice que somos lo peor del mundo. La típica respuesta de quien no tiene argumentos. Y, por tanto, queda retratado.


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