AGLI Recortes de Prensa   Domingo 24  Diciembre 2017

Navidad con Cataluña al fondo
Ricardo Ruiz de la Serna gaceta.es 24 Diciembre 2017

Las elecciones catalanas han dejado un regusto de tristeza. La victoria de Ciudadanos, que ha logrado romper un muro de silencio que hace diez años parecía indestructible, no basta para compensar la mayoría absoluta de los nacionalistas -que no es producto de tener más votos sino de la corrección operada por la Ley D´Hondt- ni el descalabro sin paliativos del Partido Popular ni los resultados decepcionantes del Partido Socialista. La aplicación del 155, cuya dureza era más aparente que real, terminó produciendo la falsa creencia de que el separatismo estaba derrotado -tal vez habría que decir “descabezado”- mientras que sólo se estaba reagrupando. Divididos, enfrentados entre sí y desafiados por una mayoría social que se niega a seguir silenciada, los separatistas han gozado, sin embargo, de una posición de cierta comodidad a la hora de plantear su campaña. Han seguido empleando todas las esferas de la vida civil -no se han salvado ni los colegios, ni las guarderías ni las iglesias- para movilizar a sus bases y difundir su propaganda. Han contado con el apoyo de los medios de comunicación afines. Sus aliados en el extranjero han seguido ayudando a Puigdemont, que ha logrado capitalizar su victimismo habitual.

En estos días, muchos se preguntan qué va a pasar, pero la pregunta correcta es, más bien, qué vamos a hacer.
Por lo pronto, la Historia nos alerta ante el peligro del derrotismo y la desesperanza. Los separatistas tienen más escaños, pero no son más. En realidad, son cada vez menos si juzgamos por los resultados electorales de las últimas convocatorias. Lo que Ciudadanos ha conseguido ha sido épico, aunque no logren formar gobierno. Por otra parte, la movilización ciudadana que siguió al discurso de Su Majestad el Rey del 3 de octubre no dependió de los partidos políticos; antes bien, los desbordó hasta el punto de obligarlos a reaccionar con decisión. Millones de personas en Cataluña y en el resto de España salieron a las calles en unas jornadas históricas. Es difícil creer que eso vaya a desaparecer ahora.

Estas elecciones, por otra parte, han revelado la importancia de factores a los que habitualmente se presta poca atención en los medios de comunicación. Los separatistas son muy fuertes en Gerona y Lérida, las dos provincias con menor población. Allí es donde sus redes clientelares son más densas. No debemos olvidar este aspecto. La España de nuestro tiempo sigue sin desembarazarse por completo del peso de las estructuras caciquiles y oligárquicas que denunció Joaquín Costa hace más de un siglo. El Estado autonómico no las desmanteló, sino que las amplió, las sustituyó y, en algunos casos, creó otras nuevas. Desde el entramado de asociaciones independentistas hasta el mandarinato de las élites políticas locales, los separatistas han invertido grandes esfuerzos en controlar esas provincias. Ahora vemos los resultados.

Los últimos tres meses de la vida española han sido frenéticos. Los últimos días de septiembre, la jornada del 1-0, la resistencia al intento de golpe de Estado de los separatistas, la activación del 155, la campaña… La tauromaquia enseña que para vencer es preciso parar, templar y mandar. Domingo Ortega, el gran torero de Borox, añadía una coda: “cargando la suerte” y explicaba: “Sin cargar la suerte, el toro entra y sale por donde quiere; y no, ha de ser por donde quiera el torero”. Ahora toda España, y en especial Cataluña, se enfrenta a un desafío que Puigdemont ha tratado de legitimar con un pretendido respaldo en número de escaños, que no de votos.

La Navidad nos brinda la ocasión de contemplar las cosas con algo más de distancia. El 25 de diciembre del año 800 el Papa león III coronó emperador a Carlomagno en San Pedro (Roma). Ese mismo día, pero en 1642 nació Isaac Newton. En 1899, lo hizo Humphrey Bogart. Sin embargo, quizás lo mejor vino cuando en 335 el Papa Julio I propuso que este día se conmemorase el nacimiento de Jesús. Los romanos ya celebraban en esta fecha al Sol Invicto y el emperador Aureliano le había consagrado un templo en 274 tres días después del solsticio de invierno. El Papa Liberio decretó en 354 que este día se celebraría el nacimiento del Salvador del Mundo. En la tradición bíblica, la Historia -el tiempo, el espacio- es el escenario en que se desarrolla el prodigio de la relación del Creador con su criatura. Cristianismo profesa que, en ese tiempo, nació el Mesías que habría de redimir a toda la humanidad venciendo al pecado y a la muerte. Haciendo buena la expresión de Oseas, ya no se llamaría a la humanidad “abandonada” ni a su tierra “desolada” pues Yahvé “se complacerá en ti” como dice el profeta Isaías.

Así, no debemos desfallecer ni caer en el desánimo. La Historia no está escrita. La escribimos nosotros. Tras estas elecciones se abre un nuevo horizonte no sólo para Cataluña sino también para el resto de España. Este tiempo nos invita a mirar la Historia con la confianza de quien sabe que no está sólo en el mundo y que el momento más oscuro de la noche, como reza la frase atribuía a Rabí Akivá, es el comienzo del amanecer.

Feliz Navidad.
La espada ha sido, históricamente, un arma de guerra, máxima expresión de la violencia. Siendo, además, Fernando III, conquistador de la ciudad de Sevilla, donde reinaba un estado de tolerancia religiosa. Por si no quedara claro el mensaje, la presencia en la mano izquierda de un globo terráqueo representando al mundo deja a las claras que el símbolo representa la conquista mediante la guerra. Asimismo, es conveniente recordar que la conquista de Sevilla produjo una limpieza étnica de gran parte de su población autóctona y degeneró muy pronto en un clima de hostilidad, odio, violencia y discriminación para los que optaron por quedarse. No es de recibo que el escudo de una ciudad que se ha manifestado múltiples veces de forma masiva contra cualquier expresión de violencia lleve implícita una llamada a la conquista y a la guerra.

El pantano catalán, el atasco español
LUCÍA MÉNDEZ El Mundo 24 Diciembre 2017

El Gobierno aplicó el 155 y convocó elecciones para poner fin a la crisis de Estado, pero lejos de arreglarse la situación se ha agravado. No ha vuelto ni la estabilidad ni la normalidad y el partido del Gobierno ha sufrido una humillación. Un fracaso de la estrategia del que dirigentes del PP responsabilizan a Santamaría.

Siguiendo la máxima de que todo lo que puede empeorar empeora, el 21-D ha dejado un escenario inquietante, amargo, triste y desolador para los que perdieron, pero también para los que ganaron. La gran victoria de Ciudadanos -histórica en todos los sentidos- sólo le servirá para seguir haciendo oposición al independentismo. El proceso político degenerativo al que ha abocado a Cataluña y a España el independentismo catalán no se ha regenerado en las urnas, sino todo lo contrario. Hace sólo dos meses, PP, PSOE y Ciudadanos consideraban que las elecciones autonómicas eran la solución adecuada para pasar la página de las actuaciones ilegales de la mayoría de gobierno independentista. Para eso, el Gobierno activó el 155. Las urnas, sin embargo, no han resuelto la grave crisis de Estado, sino que la han agravado. Algo más de dos millones de catalanes profesan el independentismo no con mentalidad política, sino religiosa. Y con su voto han dicho a toda España que les da igual que sus dirigentes se salten todas las leyes, que las empresas abandonen Cataluña y que Europa y el universo entero no les hagan ni caso. Las elecciones convocadas por el 155 no han devuelto ni la normalidad, ni la estabilidad, ni la serenidad, ni la sensatez a la política catalana. El plan ha fracasado y no existe constancia de que exista un plan B.

"El PP esperaba una derrota en las elecciones, pero no una humillación"
Estupor es la emoción más extendida entre los partidos políticos no independentistas tras el 21-D. Ocasión tendrán con motivo de la tregua vacacional de Navidad y Año Nuevo para digerir el resultado de las urnas al mismo tiempo que el turrón y el cava. El día de reflexión de las elecciones catalanas se cumplieron dos años de las elecciones generales que debilitaron seriamente al bipartidismo. Dos años desde que la política en España quedó cristalizada, empantanada, paralizada y estancada en brazos de una fragmentación parlamentaria que noqueó a PP y PSOE, al tiempo que los nuevos, Podemos y Ciudadanos, se han mostrado incapaces de dar vida productiva a su actuación en las instituciones nacionales.

La crisis catalana es inseparable de la crisis nacional. El atasco catalán es el atasco español. «Estamos en el peor momento de la democracia española, con todas las heridas abiertas. Ha quedado bastante claro que el 155 se activó demasiado tarde, con procesos judiciales abiertos que se han solapado con las dinámicas políticas y electorales. Un disparate. Un escenario de pesadilla que además tiene muy difícil corrección». Así se expresa un político español que ha ocupado cargos de mucha responsabilidad.

"La preocupación, el enfado y la tristeza son muy tangibles en la calle Génova"
A la cabeza del país, un presidente del Gobierno cuyo partido ha sido barrido del mapa catalán. El PP esperaba una derrota, no una humillación. El volumen del descalabro ha sorprendido a esta formación política hasta dejarla sin habla. Es muy fuerte acabar en el Grupo Mixto.

Recreándose en la suerte y la habilidad que le ha permitido salir indemne de todas las pruebas que le han salido al paso desde que ingresó en política, Mariano Rajoy ha aplicado a la rebelión catalana la receta de la casa. Sin embargo, ha quedado bien a la vista que esta vez no le ha dado resultado ni la paciencia, ni la templanza, ni refugiarse en la aplicación estricta de la Ley, ni la fe en que una mayoría de catalanes caerían en la cuenta de que el independentismo era un mal negocio para su futuro.

"Muchos creen que Santamaría no puede eludir su responsabilidad"
Rajoy gobierna un país que quieren abandonar más de dos millones de españoles que viven en Cataluña. Un muro con el que se estrella cada vez que se abren las urnas en esa comunidad autónoma. Aun en el caso de que los partidos independentistas con mayoría en el Parlamento de Cataluña abandonen su deriva -lo cual parece inevitable-, las causas judiciales abiertas contra una quincena de políticos catalanes de primera fila convierte el futuro inmediato en un laberinto sin salida verosímil.

Seguro como está -con motivo- de que el PP es un ejército disciplinado que no se dejará desestabilizar por el aliento de Ciudadanos soplándole en la nuca, Rajoy se ha dado tiempo hasta ver cuáles son los siguientes pasos de la mayoría absoluta independentista. Para explicar la ley de hierro que este partido ha incorporado a su ADN, baste señalar que el candidato que pasó de 11 escaños a 3 el 21-D sigue en su cargo. Quizá en cualquier otro país democrático resulte algo extraño que un descalabro semejante no lleve a la dimisión irrevocable e inmediata del candidato -o de alguien- la propia noche electoral. En el PP, sin embargo, tal circunstancia forma parte de su normalidad. De tal forma que nadie asume nunca la responsabilidad de los fracasos. Parece que Xavier García Albiol -con criterios de lógica política- ofreció su dimisión a Rajoy y éste le dijo que siguiera en su sitio.

El silencio de los dirigentes del PP. Con la excepción de Alberto Núñez Feijóo, que discrepó de la tesis -rupturista sin duda- que culpaba a Inés Arrimadas de haber ganado y de que el PP hubiera perdido. El presidente gallego dijo lo obvio, que la culpa de la derrota del PP la tenía el PP.

Pero si, al modo de los cuentos de Dickens, pudiéramos levantar el tejado de la sede del PP para otear qué pasa dentro de un edificio aparentemente en calma, veríamos que la preocupación, el enfado y la tristeza son muy tangibles en la calle Génova. El reconocimiento de que se han cometido errores de diagnóstico y de actuación por parte del Gobierno en la crisis catalana cobra fuerza dentro del PP. No en los últimos meses, sino en los últimos años.

"La sucesión recorre la vida interna del PP, y más ahora con la pujanza de Ciudadanos"
Las miradas se dirigen, sobre todo, a la vicepresidenta del Gobierno. Hace poco más de un año, Rajoy designó a Soraya Sáenz de Santamaría como ministra para Cataluña y le otorgó todos los poderes para gestionar el combate legal y político contra el independentismo. Durante los últimos meses, todas las decisiones del Gobierno sobre Cataluña las han tomado el presidente y la vicepresidenta. Los ministros de Rajoy -sumamente entrenados en no meterse donde no les llaman- se han enterado de las decisiones estratégicas casi por la prensa. Por ello, algunos dirigentes del PP apuntan a que la vicepresidenta no puede eludir su responsabilidad en el fracaso de la estrategia en Cataluña. Desde la Operación Diálogo, hasta el 1 de octubre, pasando por el 21-D. Naturalmente que es remota -por no decir inverosímil- la posibilidad de que el presidente del Gobierno pida responsabilidades a su número dos o prescinda de ella. Entre otras cosas -no menores-, porque la palabra sucesión envenena los sueños y las pesadillas del PP de Rajoy.

Está en su segunda legislatura, tiene por delante la decisión suprema de repetir o no como candidato a La Moncloa y cualquier movimiento -por leve que sea- es interpretado en clave sucesoria. De nada sirve que el interesado haya repetido -la última vez en la campaña catalana- que se presentará porque se siente con fuerzas. El cotilleo sucesorio es uno de los pasatiempos favoritos de las comidas y cenas de la extensa familia del PP. Ahora, se añadirá el ingrediente de la pujanza de Ciudadanos. Es bien cierto que después de la irrupción de Albert Rivera hace dos años en Cataluña pasó algo parecido, y las elecciones generales no validaron la pronosticada pujanza de Ciudadanos en el electorado del centro-derecha español. Pero no es menos cierto que nadie puede garantizar que pasará exactamente lo mismo en futuras citas electorales.

"La alternativa del PSOE tampoco luce un aspecto saludable porque no despega"
La incógnita se cierne, pues, sobre la actual legislatura cuando sólo ha cumplido un año. Nadie duda de que Rajoy intentará agotarla, pero tampoco nadie está seguro de que pueda hacerlo. La dinámica electoral para los comicios autonómicos y municipales se pondrá en marcha en el año que comenzará dentro de pocos días. La negociación de los Presupuestos dará una pista. Rajoy no tiene garantizado el respaldo del PNV, aunque intentará lograrlo. Si no lo consigue, los prorrogará.

Tampoco luce un aspecto muy saludable la hipotética alternativa de Gobierno que dice representar el PSOE. Los resultados de Miquel Iceta en Cataluña no permiten apreciar que los socialistas estén dando pasos hacia la mayoría necesaria para gobernar España. Como mucho, han detenido su caída. El respaldo de Pedro Sánchez al Gobierno en todas las decisiones sobre Cataluña ha desdibujado al PSOE como principal partido de la oposición en el Congreso. Algunos diputados del PP se malician de que puede existir un pacto -implícito o explícito- del presidente del Gobierno y del líder del PSOE para que la legislatura dure todo lo que sea posible. La razón última es que ni a uno ni a otro les interesan las elecciones generales anticipadas. «Después de lo que está pasando en España, lo que nos faltaba era convocar elecciones generales», dijo Mariano Rajoy en su rueda de prensa del viernes. Una versión nueva del «menudo lío». El presidente del Gobierno huye de los líos, pero los líos corren más que él.

Tinta simpática
ARCADI ESPADA El Mundo 24 Diciembre 2017

No hay noticia a estas horas de que los dirigentes de los partidos separatistas hayan formalizado la tradicional ceremonia de felicitación al partido vencedor en las elecciones regionales de Cataluña y, en consecuencia, Inés Arrimadas haya recibido una llamada, un whatsapp, una cordialidad cualquiera de sus rivales derrotados. No os distingue, ni siquiera a ti -un buen colegio de pago y el mejor de los bocados-, la buena educación. El proceso de liberación lo ha sido también de las formas elementales del cuidado. Sin duda habrán influido las rudas maneras del agro que revela el origen de la mayoría de vuestros dirigentes. Por algo se le llama urbanidad. A la circunstancia se añade vuestro desprecio esencial por los usos democráticos, que se manifiesta por igual en los grandes gestos -la idiosincrática manera de aprobar las leyes- como en las decisiones mínimas. Pero estas evidencias son secundarias respecto a la razón última de vuestra conducta: si no felicitáis a la vencedora es porque consideráis que no existe. Vuestro sometimiento a las ficciones es legendario y maligno, pero tiene, en este caso, una larga e interesante explicación.

La historia arranca de la refundación del catalanismo político en la segunda mitad de la posguerra franquista. Tanto la derecha pujolista como la izquierda comunista tuvieron que gestionar el imponente fenómeno de la inmigración española en Cataluña, el mayor en tiempos de paz, probablemente, que se haya dado en la reciente historia de Europa. La forma de gestión fue declarar al unísono que Cataluña era un solo pueblo. El procedimiento fue el que llamaron integración. O, más precisamente, su forma pronominal: integrarse, es decir, "hacer que alguien o algo pase a formar parte de un todo". Las diferencias entre la integración y la fusión se explican también por una forma pronominal: fusionarse es "reducir a una sola dos o más cosas diferentes". Hay transparentes ejemplos españoles, el de Cataluña y el de Madrid, para cada uno de los procedimientos. Los inmigrantes aceptaron la integración y la principal de sus condiciones, que era la lingüística, y que se tradujo en el modelo de inmersión. La cercanía entre castellano y catalán facilitó su aceptación. Pero, por debajo de lo visible, las diferencias subsistían: la inmensa mayoría de los nacionalistas de todos los partidos tenía el catalán como lengua de origen.

El imaginario cultural de la comunidad sobrevenida nunca formó parte del presunto único pueblo catalán. La forma básica del adoctrinamiento en los medios de comunicación y en cualquier otra variante de integración cultural fue, sobre todo, pasiva. Consistió, escuetamente, en la invisibilidad de la otra mitad. En la escuela se difundieron falsedades sobre la historia e incluso sobre la geografía de Cataluña; pero lo más dañino fue la desaparición de la historia y la geografía españolas. De lo que hoy se llama posverdad hay ejemplos sumarísimos en la historia de TV3; pero la clave de su manipulación fue el apartamiento de las personas y las ideas desafectas. El problema principal de que el catalanismo entendiera la cultura sostenida por el Presupuesto como una forma de extensión de su programa lingüístico, y por lo tanto identitario, fue la invisibilidad de la cultura escrita en castellano: durante muchos años lo peor de la programación teatral fue que ante la obvia imposibilidad de traducir a Lope o a Lorca -a diferencia de lo que sucedía con Shakespeare o Ibsen- el teatro público en castellano se hiciera casi inexistente.

La aceptación del modelo general de integración y el acatamiento de la ficción de un solo pueblo tuvieron una contrapartida para los nacionalistas: el compromiso de respetar los vínculos con el conjunto de los españoles. La deslealtad con ese pacto tácito tuvo su prólogo en las agresiones que sufrió desde Cataluña la trama de afectos española. Menudearon, cada vez con mayor naturalidad y a veces desde figuras relevantes de la política, los comentarios xenófobos. Entre aquellos andaluces de Pujol, "un hombre anárquico, un hombre destruido, un hombre poco hecho" y el lema "España nos roba", hay un sólido hilo de continuidad, a cada tanto renovado.

En diciembre de 2003, con el inicio del gobierno de Pasqual Maragall, se dio un momento de positiva incertidumbre. Por primera vez la izquierda llegaba al poder y entre muchos ciudadanos cundió la esperanza de una cierta ecuanimidad civil. Pero la incertidumbre duró poco. La llegada de la izquierda al poder solo hizo cerrar el círculo trazado después de más de dos décadas de nacionalismo de derechas. El círculo se hizo vicioso y decretó que fuera del nacionalismo no había vida inteligente en Cataluña. En el contexto de esta decepción profunda y de este sometimiento cultural y político un grupo de catalanes dio a conocer el 7 de junio de 2005 el manifiesto seminal de Ciudadanos. Las últimas líneas decían: "Es cierto que el nacionalismo unifica transversalmente la teoría y la práctica de todos los partidos catalanes hasta ahora existentes; precisamente por ello, está lejos de representar al conjunto de la sociedad. Llamamos, pues, a los ciudadanos de Cataluña identificados con estos planteamientos a reclamar la existencia de un partido político que contribuya al restablecimiento de la realidad". El restablecimiento de la realidad era el restablecimiento de la visibilidad.

Doce años después, Ciudadanos es el primer partido de Cataluña. La razón principal es que el nacionalismo, al hacerse separatista, ha roto la cláusula establecida con la otra mitad. Las consecuencias de la victoria son importantísimas. No solo destruye cualquier posibilidad, si la hubiera, para la viabilidad del proyecto independentista: hasta el Times y el resto de la prensa extranjera más cerril comprenden la inutilidad de un proyecto antagónico al que defiende el que ya es el primer partido de la región. Pero la victoria trae, además, una sustancial novedad política: el pacto entre catalanes, cuando se produzca, habrá de fundarse sobre bases nuevas. La primera, y fundamental, es la visibilidad de todos los ciudadanos. Es en este sentido, y no en ningún otro, en el que debe anunciarse que el viejo catalanismo político ha muerto. Convendría que lo que queda del socialismo catalán lo entendiera y convendría que lo entendiera lo que queda del PP. Pero convendría, incluso, que lo entendiera profundamente Ciudadanos y que no se permitiera ninguna vacilación como la que refleja la sorprendente insinuación de Inés Arrimadas de no presentarse a la investidura. Por más que su candidatura sea parlamentariamente inviable, la ganadora de las elecciones tiene el derecho y el deber de presentar ante los ciudadanos de forma libre, rigurosa y afirmativa -y no de forma reactiva, subordinado su discurso al rechazo de la candidatura de algún perdedor- el diseño de una nueva Cataluña política. Un diseño que tal vez no pueda ahora materializarse, pero sin el cual nada puede materializarse. Porque, definitiva y felizmente, la otra mitad ha dejado de escribir ya en tinta simpática.

Sigue ciega tu camino. A.

Mariano, Soraya y las cenizas del Partido Popular
Jesús Cacho. vozpopuli  24 Diciembre 2017

La del 21 de diciembre fue una noche triste para quienes soñaban con la proeza de ver al bloque constitucionalista, con Ciudadanos (C’S) a la cabeza, protagonizando el milagro de dar la vuelta en 55 días al rodillo nacionalista crecido y consolidado en Cataluña tras casi 40 años de abandono por el Estado. El prodigio se produjo, porque no de otra forma cabe calificar el que un partido que en las autonómicas de 2006 consiguió apenas 89.840 votos y 3 escaños, once años después haya superado la barrera del millón cien mil votos y los 37 escaños, convirtiéndose en el primer partido catalán. El milagro, con todo, no fue suficiente para tapar la decepción de una noche que volvió a situar al bloque independentista en condiciones de gobernar de nuevo por mayoría absoluta. Más ajustada, porque han perdido 2 escaños (de 72 a 70), pero de nuevo al frente de la Generalidad. Como era previsible, un 155 abreviado y mal aplicado no fue suficiente para bajar del guindo a una parte siquiera de la feligresía indepe.

Una visión posterior más sosegada arroja algunas conclusiones que contradicen el shock de esa noche y abren no pocas ventanas de esperanza. Moderada si se quiere, pero esperanza, a condición, claro está, de que se acepte que esta es una batalla por las ideas, por la libertad y por la democracia (la de verdad, no la que subvierten los protonazis indepes), que habrá que reñir con perseverancia de años. Los datos: en 1999, cuando C’s aún no existía, el PPC tuvo menos del 10% de los votos. Tras la irrupción en escena del grupo naranja, la suma de ambos no ha parado de crecer, hasta alcanzar el jueves su máximo histórico con cerca del 30% de los votos. Los catalanes que se declaran abiertamente españoles, sin el doble juego de ese PSC acostumbrado a jugar a la equidistancia, son el bloque que más ha crecido desde entonces con diferencia, circunstancia en la que ha jugado papel esencial un C’s que no sólo han capturado buena parte del voto popular, sino que han ganado para la causa de la unidad a antiguos votantes de PSOE, IU, Podemos y quizás hasta de CiU.

El independentista se ha demostrado un bloque pétreo, con entre un 47% y un 49% del voto. Sin embargo, y aunque sea mínimamente, en todas las elecciones desde 2006 viene dejándose pelos en la gatera, viene perdiendo votos, lo que no es una buena noticia para los talibanes de la República Independiente de Catatonia. La suma de JxCat, ERC y CUP perdió el jueves escaños y porcentaje de voto. Si Cataluña fuese una circunscripción única, el bloque constitucional hubiera obtenido 70 escaños, por 65 del indepe (uno en Lérida cuesta 16.008 votos, frente a los 38.496 de Barcelona). De los 15 municipios de más de 75.000 habitantes, el bloque indepe (incluida CUP) ha quedado por debajo o muy por debajo de su media de votos en 12 de ellos, habiéndola superado únicamente en Sant Cugat, Lérida y Gerona. Es la fuerza del independentismo en la Cataluña interior, el integrismo de esa Cataluña rural que se resiste a morir casi 200 años después de finalizadas las guerras carlistas.

Lo cual no empaña la realidad de esos 2 millones de señores dispuestos a seguir votando independencia mientras la economía catalana se va al garete. Que en pleno siglo XXI, y en una región que tradicionalmente ha pasado por rica, culta y viajada, haya tanta gente dispuesta a considerar a un botarate como Carles Puigdemont, un saltimbanqui sin oficio ni beneficio, una especie de Mesías digno de adoración mientras enarbola las tablas de la ley de la tierra prometida, no puede por menos de resultar revelador del grado de irrealidad en que se ha instalado ese Movimiento Nacional supremacista que, más que una brecha entre ideologías, es un abismo entre realidad y ficción.

Ha ocurrido lo que era de prever: la fuga en masa del votante unionista tradicional desde el PPC a C’s. No ha fallado, por eso, tanto el PPC como el PSC. Quien ha trabucado con estrépito ha sido ese bailarín de claqué apellidado Iceta. A estas alturas de la película produce asombro observar como un tipo listo como él ha podido creer que en Cataluña había espacio para un nacionalismo moderado. Hoy no hay nacionalismo moderado, querido, no existe, eso es pura ficción. Solo existe el nacionalismo alienado, capaz de votar con una piedra al cuello para irse al fondo del océano con la Cataluña productiva. La operación destinada a anclar en el PSC los ciento y pico mil votos que antaño pertenecieron a Unió ha sido un fracaso. Nadie se ha creído el cuento de Espadaler, y menos las piruetas de un Iceta que ha realizado una campaña un punto grotesca, bailes aparte, condimentada con patinazos como lo del indulto a los golpistas antes siquiera de haber sido condenados. Sic transit, Miquel. Para terceras vías, las de la estación de Sants.

Pedro Sánchez tiene otro problema
Si los socialistas catalanes hubieran logrado no los 24 diputados con que inicialmente soñaban, sino 20, 3 más de los 17 conseguidos, hoy estaríamos hablando de una realidad bien distinta en Cataluña. De modo que Pedro Sánchez tiene un problema, uno más, para ser sinceros. Que el personaje pretendiera el viernes escurrir el bulto de su responsabilidad en el tortazo del PSC desviando la atención hacia el PPC y reclamando a Rajoy “una hoja de ruta para Cataluña” produce cierto bochorno. Y ¿cuál es tu hoja de ruta, Pedro? Ni asomo de autocrítica. Él es otra víctima del 21-D, una jornada que parece haber agostado prematuramente esa incierta “primavera” que supuso su vuelta al liderazgo de Ferraz. El PSOE sigue muerto y no parece que la segunda intentona de Sánchez vaya a ser capaz de devolverlo a la vida.

Golpetazo para ese genio parlanchín que es Pablo Iglesias, un tipo que aceleradamente se diluye en el flujo de su verborrea vacía, mientras Iñigo Errejón, verdadero cerebro en la sombra de una izquierda posible en España, ríe para sus adentros viendo cómo se desgasta nuestro pequeño Stalinpatrio. Trompazo también para la ocupa Inmaculada Colau, que sale del lance debilitada de cara a renovar como alcaldesa de Barcelona tras el fiasco de sus Comunes. Constatar que en peor situación aún han quedado esas amables e higiénicas gentes de la CUP no puede sino mover a la risa. Los comunistas antisistema han preferido votar el original independentista que representan los ricos de JxCat, la Convergencia de siempre, antes que la copia.

Nada comparable, sin embargo, al cataclismo que estas catalanas han ocasionado en el PP. Me cuento entre quienes sostienen que la Transición acabó en junio de 2014 con la abdicación de Juan Carlos I; ahora, sin embargo, me inclino a pensar que la verdadera piedra miliar que en el futuro marcará el fin a ese periodo histórico será el segundo semestre de 2017, con el estallido de la crisis catalana como telón de fondo. Por la carga simbólica de lo ocurrido, y por su significado para los llamados “partidos del turno”. La posición residual que hoy ocupa el PP tanto en Cataluña como en el País Vasco merma de forma dramática su tradicional capacidad para operar como partido vertebrador del territorio, un cambio de estatus de gran importancia estratégica. Ciudadanos es la marea dispuesta a rebasar la marca catalana para expandirse por el resto del territorio español, es el reemplazo de un PP lastrado por la corrupción, la cobardía y la ineptitud de sus dirigentes. Una fuerza joven y sin complejos, dispuesta a llamar a las cosas por su nombre. Un partido, de momento, ligero de equipaje. ¿Cuánto tardará en producirse el sorpasso?

El batacazo de la virreina Soraya
Probablemente no todo sea culpa de Mariano. Hay quien sostiene que el presidente ha sido sistemáticamente engañado sobre lo que ocurría en Cataluña por una información sesgada que le llegaba de sus tiralevitas en nómina, gente que sencillamente no le decía la verdad. ¿Por qué tantos catalanes han elegido la papeleta de C’s? Porque C’s ha demostrado que no le tiene miedo al nacionalismo, que sabe plantarlecara y que es capaz de sacarle los colores a esa tropa fanatizada hasta la náusea. No hay truco. A la cabeza de los desinformadores profesionales, la señora vicepresidenta, una mujer que ha quedado desautorizada dentro del PP y no digamos fuera. El batacazo sufrido como embajadora plenipotenciaria de Rajoy en el virreinato catalán es de los que hacen época. Ineficacia y ridículo espantosos. Tanto, que hasta cierto punto resulta sorprendente que todavía no se haya ido a su casa, lo que demuestra que además de talento le falta vergüenza.

Haber sido engañado por sus adláteres no disculpa en absoluto la conducta de un presidente obligado a estar bien informado. La respuesta de Mariano de este viernes, viniendo a decir que aquí no ha pasado nada, no hace sino agrandar la dimensión del problema: no tiene más remedio que convocar generales antes de levantar el campo para irse con la música a otra parte, si no quiere dejar al PP reducido a escombros. El desastre catalán y el empuje de C’s han abierto en canal el debate sucesorio en Génova. De momento, sólo Feijóo ha enseñado tímidamente la patita. Pretender tirar p’alante hasta agotar la legislatura en el horizonte de un 2018 abriendo todos los días la actualidad con los juicios por los casos de corrupción y con unos medios de comunicación que cada día controlas menos, suena a aquella escena final de “El hundimiento” donde un Führer refugiado en los sótanos de la cancillería pretende seguir soñando con divisiones acorazadas que ya no existen. El escenario de un partido desmoralizado y roto, enfrentado a la fuerza emergente de una formación que cada día le gana más y más terreno, acabará por llevarse por delante a Mariano, a Soraya y al resto de la compaña. Solo que para entonces es posible que del PP no queden más que las cenizas.

Para salir de una democracia fallida: Más España y más democracia
Pío Moa gaceta.es  24 Diciembre 2017

Un programa de partido alternativo debería girar sobre estas dos consignas: Más España y Más democracia, cada una con varios puntos claros.

Más España:
1.Máxima importancia a una política educativa que fomente una amplia base cultural general y desarrollo de la ciencia.

2. Detener la colonización cultural por el inglés, volviéndolo a programar como lengua extranjera y no como lengua superior.

3. Neutralidad en política exterior, con salida de la OTAN y diplomacia activa a favor de la paz.

4.- Reivindicación activa de Gibraltar, con cierre de la verja en caso de negativa inglesa a devolverlo

5.- Presión dentro de la UE para volver a la colaboración económica, incluso con alianza militar pero sin ejército común y sin menoscabo de la soberanía nacional.

6.- Prohibición de partidos que busquen la disgregación de España.

Más democracia
1.- Ley electoral que garantice un hombre un voto, con igualdad de todos.

2.- Supresión del control político de la justicia, más recursos y agilización de los procesos, y supresión del Tribunal Constitucional

3.- Amplia autonomía administrativa y municipal, y supresión de la autonomía política, que permitiría suprimir innumerables parlamentos, cargos políticos parasitarios, etc.

4.- Supresión de las subvenciones públicas, fuente de mil corrupciones, y tope del 20% a los impuestos sobre personas físicas y jurídicas.

5.- Derogación de las tres leyes totalitarias implantadas por el PSOE: memoria histórica, LGTBI, soberanía parlamento regional con estatutos anticonsticucionales; e ilegalización de las terminales políticas de la ETA.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

El catalanismo no ha muerto, ha crecido
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 24 Diciembre 2017

Nunca ha sido Cataluña, ni siquiera Barcelona, una sociedad abierta ni acogedora ni respetuosa de la Ley desde 1980, año en que llegó Pujol al poder.

Ayer publicaba Josep Piqué un artículo importante en El Mundo "Una estrategia ante la muerte del catalanismo", cuyo primer párrafo era harto llamativo: "Sí, han leído ustedes bien. El catalanismo político ha muerto. Llevaba tiempo ya moribundo, pero las elecciones de anteayer han certificado su defunción, y a los muertos hay que enterrarlos con dignidad, recordarlos en nuestra memoria y asumir que jamás van a volver."

Como Piqué fue el último y más brillante valedor del catalanismo, el embajador o go-between político que pasó de Pujol a Aznar y de CiU al PP creyendo que ese tránsito era duradero y practicable, hay que atender a lo que dice. Lo que no significa creerlo, sino todo lo contrario. En mi opinión, y por desgracia, el catalanismo no ha muerto salvo que por muerte se entienda la del niño que se hace adulto y abandona su tamaño menudo para hacerse más grande, más fuerte y, si sale malo, mucho más peligroso. Pero el niño no muere, vive en el adulto. Y a efectos sociales, vive mucho más, porque su ser se inserta autónomamente en la vida de los otros.
Pujol era y es el Prusés

El Pujol que descubrió en su día a Piqué y cedió su talento a Aznar, ¿es distinto del Pujol que ahora es besado como un ex-voto en las misas satánicas de los curas separatistas? No. Pujol ya no se presentaba como el racista de "la inmigración, problema y esperanza de Cataluña" ni como el estafador de Banca Catalana, pero estaba en una etapa de madurez, la de los años 90, de su proyecto político, que, siempre en clave xenófoba, racista y excluyente, pasaba por la segregación de la mitad de los catalanes, los nuevos o de origen castellanohablante (para lo que necesitaba y tuvo el apoyo del PSC, cuyos Tripartitos remataron su obra) y por la destrucción del sistema constitucional, que al estar basado en la soberanía del Pueblo español, no puede aceptar, al menos sin resistencia, su disgregación ni un trato diferencial, por razones políticas, de los ciudadanos ante la Ley. Pero el racismo y la cultura del odio a España del Prusés estaba y está en Pujol.

¿Puede decirse que el adulto mata al niño? Evidentemente, no. Por eso creo que Piqué yerra cuando identifica así al verdugo del catalanismo:

Y ha muerto a manos del secesionismo, que va camino de arrasarlo todo. Ha conseguido ya consolidar un brutal y trágico desgarro interno en la sociedad catalana, ha deteriorado gravemente su estructura empresarial y su economía, ha malbaratado años de trabajo para crear una imagen de Barcelona como ciudad global, acogedora y abierta, y se ha llevado por delante cosas tan sagradas en un sistema democrático como el respeto a la ley y a las resoluciones judiciales. Y va a seguir trabajando para romper la solidaridad y los profundísimos afectos tejidos durante siglos entre la sociedad catalana y el resto de la sociedad española. Pero no les importa.

El primer pogrom social catalanista
Nunca ha sido Cataluña, ni siquiera Barcelona, una sociedad abierta ni acogedora ni respetuosa de la Ley desde 1980, año en que llegó Pujol al poder e instauró la "dictadura blanca" anunciada por Tarradellas. Pero no tan blanca. El terrorismo nacionalista, cuyo padrino fue Batista i Roca, tan elogiado por Pujol, cometió cientos de atentados, varios de ellos mortales, sobre los que el catalanismo dizque moderado guardó prudente silencio. Todo el que se opusiera al nacionalismo estaba tan sometido como ahora a su tiranía lingüística, mediática, institucional y social. Sucede que los resistentes fueron –fuimos- pocos, pero la ferocidad de la persecución fue peor que la de hoy. La Crida, brazo político de la banda terrorista Terra Lliure -de la que procede Carles Sastre- llenó el Nou Camp con el apoyo de Pujol, el PSC y el PSUC -y en Madrid del PSOE y de Cebrián- para legitimar el señalamiento, el acoso y los atentados contra los firmantes del Manifiesto de los 2.300, que produjeron la primera gran salida de empresarios, en este caso intelectuales: 16.000 profesores, muchos de ellos catalanes a los que se les hacía la vida imposible bajo la bota convergente.

Aquel fue el primer gran pogrom del catalanismo, porque la jauría contra los que rechazaban la prohibición del español como lengua vehicular en la enseñanza se ensañó contra los discrepantes y tuvo el apoyo tácito o expreso de todos los medios de comunicación catalanes y el más poderoso de los madrileños: el imperio PRISA, que cambió de chaqueta ideológica cuando tuvo la versión catalana de El País, luego la SER y otros etcéteras.

El ambiente clandestino tras el pogrom de 1981 puede verse en las obras de Antonio Robles Extranjeros en su país o en las de Francisco Caja que prueban el racismo intrínseco de ese catalanismo del que tan satisfechos estaban los vivos y ahora tanto lloran sus difuntos. Tardó más de una década –de la mano de Aznar- en llegar Vidal Quadras al PP y darle a esa resistencia española en Cataluña, cuyas razones en materia linguïstica y moral acreditaba la realidad del pujolismo, una legitimidad parlamentaria y una proyección en Madrid. Piqué, que enterró el legado de Vidal Quadras cuando Aznar pactó llegar al poder del brazo de Pujol, sabe más que yo de aquel vaciamiento del españolismo liberal en el catalanismo moderado.

Las caretas han caído
¿Moderado? Ni por el forro. Tengo el honor de haber sido injuriado personalmente en la Tribuna del Congreso por Durán i Lleida, Montilla, Tardá y su Rufián. O sea, por todo el arco político de aquella época que ahora muchos echan en falta. No seré yo, ni nadie que los conozca. Bendita la hora en que, de la mano de Mas y Cocomocho, mostraron su verdadera cara. Porque ellos no han cambiado. Sencillamente, han crecido y no caben en el traje de la legalidad. Conste que Piqué nunca se comportó de forma patibularia. Pero tampoco Roca era lo que es hoy. El catalanismo era y será siempre el rostro amable del ventajismo localista, cuya base moderna es la discriminación lingüística de los castellanohablantes establecida por Pujol y el trato económico de favor para Cataluña, para no separarse del todo. El catalanismo es, simplemente, el nacionalismo de la buena conciencia al gusto narcisista de una Barcelona que se cree la capital de jauja. Pero les gusta a los catalanes finos y a los políticos catetos de Madrid. ¡Y cómo!

Ahora, ese rostro amable se ha revelado careta y la careta ha caído. Los políticos españoles podrán rendirse al separatismo catalán, es lo que quieren, pero no hay una Edad Dorada Catalanista a la que volver, porque no existió jamás. Lo que realmente había en el puente aéreo era lo mismo que hoy hace a las empresas huir de Cataluña: corrupción, propaganda, prevaricación al por mayor y ceguera voluntaria en Madrid. El catalanismo era el conde de Godó. El catalanismo sigue siendo el conde de Godó. No hace mucho escribió en LD García Domínguez que el catalanismo es el problema de fondo de Cataluña. Lo es incluso en Ciudadanos, que como partido nacido en esa atmósfera mefítica tiende a olvidar las bases de la crisis actual: la discriminación lingüística y el proteccionismo económico. Pero de eso hablaremos el domingo que viene. Mientras tanto, ¡Felices Pascuas!

El largo camino a la normalidad (2)
EL 155 NO ES EL PROBLEMA, ES LA SOLUCIÓN. RAJOY DEBE DIMITIR O LE DIMITIRÄN.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 24 Diciembre 2017

Cada uno quiere llevar el agua a su molino. Uno de ellos es sin duda Mariano Rajoy que, con una actitud completamente alejada de la realidad, actúa como si nada hubiera ocurrido y se dedica a su juego dialéctico de la chanza, la burla y el desprecio. Pero para exculparse del batacazo electoral sufrido por el PPC de García Albiol, ha centrado sus acusaciones en CIUDADANOS culpándoles de haber conseguido que el “bloque constitucionalista” haya perdido las elecciones. Una actitud que no solo es patética sino además ruin y mezquina. Porque, en primer lugar, no ha existido tal bloque constitucionalista y el PPC como el PP y Mariano Rajoy se han dedicado a hacer contra campaña contra CIUDADANOS. Y, por otro lado, COMÚ- PODEM solo pertenece a su propio bloque que admite el independentismo como una expresión válida y legítima de los pueblos de España. Por último, el PSC de Miquel Iceta solo aspira a nadar entre dos aguas y sacar provecho de la situación para ofrecerse como intermediario de posiciones radicales encontradas.

Y no es de extrañar que los independentistas intenten ignorar el triunfo de CIUDADANOS en las elecciones, y centrar su foco en el más débil, el PP y Mariano Rajoy, imagen de la represión del Estado con la intervención de la autonomía amparada bajo el artículo 155 de la Constitución. Ellos sí que se presentan como bloque, metiendo en el mismo saco a una CUP capi disminuida y de la que ya no dependen, buscando hacer sociedad con COMÚ -PODEM, si no con Xavier Domenech, sí con la predispuesta alcaldesa Ada Colau perfectamente alineada con el independentismo. De hecho, las frases que más pronuncian son del tipo de “su apuesta por el 155 ha perdido” y “Puigdemont 34, Rajoy 3”. El empeño del fugitivo Carles Puigdemont no es otro que proclamarse de nuevo Presidente del Gobierno de la Generalidad y exige a Rajoy una reunión en cualquier país de Europa, excepto en España. Además, su reticencia a volver a España es porque sigue en vigor la orden del juez Pablo Llarena de búsqueda, detención y puesta a disposición judicial y duda de poder acudir al Parlamento de Cataluña a tomar posesión de su cargo, le pide a Rajoy que evite que le detengan.

Claramente Carles Puigdemont insinúa la no existencia de separación de poderes y que el juez del Tribunal Supremo Pablo LLarena se limita a seguir fielmente las órdenes del Gobierno de España que persigue a los enemigos políticos. Y es que el ladrón, en este caso el golpista fugitivo victimista y llorón, cree que todos son de su condición. Y lo primero es que por mucho que busquen rendijas y resquicios en la ley los abogados independentistas, la ley impone que para participar en las sesiones del Parlamento, ya sea el nacional o cualquiera de los autonómicos, como es el caso del de Cataluña, es obligatorio hacerlo de forma presencial, es decir de cuerpo presente y no por delegación, por video conferencia o por poner un lazo amarillo en el sillón del escaño. Así que si quiere ser investido Presidente, deberá sentarse y esperar a ser detenido. Su condición de aforado es precisamente la que le lleva a que sea el Tribunal Supremo el que se encargue de ese asuntillo que tiene pendiente por haberse dado a la fuga.

Quizás en lo único que tenga razón es en el rotundo fracaso de Mariano Rajoy en lo personal y en su estrategia de haber querido aplicar de forma tan reprimida el artículo 155 con unas medidas que solo han tenido como objetivo el de minimizar los daños y el desgaste suyo propio y el de su partido. Ambas cosas que no ha podido impedir por su torpeza y su actitud melindrosa. Y no es que ese artículo sea el problema, ya que precisamente su rotundidad no deja lugar a dudas de la intencionalidad de los legisladores, que pusieron ese botón rojo para la que pensaban entonces como remota posibilidad de una traición a España, que finalmente ha tenido lugar por unos descerebrados golpistas y la desidia del Gobierno de España. Porque el artículo 155 dice exactamente lo siguiente:

“1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.
2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas.”

¿En dónde pone que esas medidas deban de ser temporales para “la protección del mencionado interés general de España?" Ese artículo solo habla de establecer medidas para garantizar precisamente que se preserva el interés general de España, y por ende, de los españoles, incluidos a los catalanes que por muchos que renieguen de ello,lo son a todos los efectos. No es el problema el artículo 155, sino que éste es la única solución ante la gravedad del reto separatista. Pero aquí, el problema ha venido por las presiones de partidos como el PSOE, con un Pedro Sánchez que solo piensa en imponernos su esquizofrénica visión de una España plurinacional asimétrica y un CIUDADANOS personalista y egoísta que solo ha buscado su propio rédito político sin pensar que su apuesta era insuficiente para aglutinar a esa mayoría silenciosa que ya no podrá ser esgrimida por nadie como aval contra el sentimiento independentista.

Mariano Rajoy es el problema por haberse dejado influenciar y no aplicar el 155 con todas las consecuencias y esperar a que la Justicia cumpliese con su misión de juzgar a los golpistas y emitir sentencia condenatoria o exculpatoria, ésta mucho más improbable, aunque posible. Porque era evidente en que nada iba a cambiar en el escaso mes y medio en una sociedad fuertemente dividida y enfrentada tras décadas de adoctrinamiento impune por parte del independentismo en todos los ámbitos, el educativo, el folclórico y cultural y en el mediático aprovechando medios públicos como TV3 y la RAC1. El artículo 155 era la solución a un problema que requiere, al menos, que se tome conciencia por parte de los golpistas de que ese camino nunca será admitido mientras la Constitución de España esté en vigor en los términos actuales. Deberá ser por los cauces meramente democráticos por los que sus reivindicaciones sean expuestas y debatidas por todos los representantes del pueblo español y finalmente consultar a ese pueblo español sobre cualquier reforma que atente contra la Unidad de España o la pérdida real de derechos constitucionales. Y ese no parece ser lo que están dispuestos a hacer los partidos independentistas que siguen apostando por la vía unilateral, aunque reclamen un diálogo imposible de claudicación del Estado de Derecho.

La responsabilidad de Mariano Rajoy ha sido no querer aplicar desde el principio el artículo 155 con todas las consecuencias y con las medidas adecuadas para sofocar la rebelión y dejar que la Justicia tuviera el tiempo y la oportunidad de sancionar a los golpistas. Lejos de eso, hizo lo imposible para acelerar un proceso condenado de antemano al fracaso. Muchos, entre ellos yo mismo, denunciamos este grave error y señalamos a los corresponsables de este fracaso, CIUDADANOS y PSOE. Y ahora, es ineludible la exigencia de responsabilidades, y la mayor, sin duda es la de Mariano Rajoy Brey. Es por ello por lo que insisto en exigir su dimisión, la disolución del Parlamento de España y la convocatoria de elecciones generales, pero con la condición de mantener activo el artículo 155 hasta que el nuevo Parlamento y Gobierno de España decidan si continuar o suspenderlo y dejar de intervenir a la autonomía de Cataluña.

Es claro que de no hacerlo motu propio, Rajoy se expone a que prospere una moción de censura que hace tiempo que el PSOE de Pedro Sánchez tiene decidido presentar y terminará cesado cumpliéndose aquello de "quien a hierro mata, a hierro muere".

¡Que pasen un buen día de Nochebuena! en familia o como les venga en gana, ¡faltaría más! ¡FELIZ NAVIDAD!

Lo nuevo ya ha nacido y lo viejo ya ha muerto
Alejo Vidal-Quadras vozpopuli.es 24 Diciembre 2017

Es conocida la definición que hizo Gramsci de las crisis como períodos históricos en los que lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir. España se encuentra sumida en una crisis múltiple y profunda desde 2008, de cuya componente económica está saliendo trabajosamente y con secuelas que tardarán aún en curar. Los restantes aspectos, el institucional, el moral y el de unidad nacional siguen activos, sobre todo el último, que se encuentra en pleno apogeo con su epicentro en Cataluña. El resultado de las elecciones del 21-D, preocupante en la medida que los independentistas seguirán ocupando una exigua mayoría de escaños en el Parlament, nos ofrece una señal muy clara de que el terremoto político que ha significado la aparición de dos nuevos partidos en nuestro país, uno en la extrema-izquierda y el otro en el centro, acabando con el bipartidismo imperfecto existente desde la Transición, ha culminado en la muerte anunciada de una de las dos grandes fuerzas de ámbito nacional, el Partido Popular. Y este acontecimiento se ha producido con motivo de unos comicios que, si bien de naturaleza autonómica, han desbordado sus límites geográficos para proyectarse sobre el conjunto de la Nación.

Lo que ha sucedido en Cataluña tiene, en efecto, una lectura evidente en el plano general. El Partido Popular, ya irrelevante en el País Vasco, ha pasado a ser también residual en aquella Comunidad. Y una opción electoral que aspire a gobernar España no se puede permitir su desaparición en dos territorios de un peso económico, cultural y demográfico tan notable. La imagen vibrante, entusiasta y fresca de Inés Arrimadas proclamando su rotunda victoria sobre sus adversarios separatistas mientras los populares se hundían en la oscuridad helada del Grupo Mixto, ha sido el primer acorde de la marcha fúnebre en el funeral de la organización fundada por Manuel Fraga, refundada por José María Aznar y liquidada por Mariano Rajoy. Los electores españoles han tomado buena nota de cuál es la mejor apuesta para combatir con éxito a los dos principales enemigos de su seguridad, de su prosperidad y de su unidad solidaria, el colectivismo liberticida de Podemos y el separatismo totalitario del nacionalismo tribal. La comprobación desde la desperdiciada mayoría absoluta de 2011 de que nada se puede esperar de la indolencia, el fatalismo, el relativismo y la pusilanimidad que caracterizan a la cúpula de la formación política que, más que gobernar, administra sin imaginación y sin brío, es ya irreversible y en las próximas elecciones generales el relevo tendrá lugar sin remedio. La intención de Mariano Rajoy de presentarse como cabeza de lista por sexta vez ratifica que el partido Popular es incapaz de reaccionar y que se encamina, como un manso y lanar rebaño, hacia el matadero. Sólo una renovación completa de su dirección, con la sustitución de la sombría galería de personajes incinerados que hoy la componen por una nueva generación limpia de corruptelas, comprometida de verdad con los valores de la sociedad abierta y en condiciones de atraer votantes y no de ahuyentarlos, podría salvar al Partido Popular del derrumbamiento que le espera.

La aplicación del artículo 155 era obligada, pero sorprende que alguien creyera que su vigencia durante dos meses iba a arreglar lo que se ha estado gestando durante cuatro décadas y que viene de mucho más atrás. La intervención del Estado para restaurar la legalidad en Cataluña y enviar a los tribunales a los golpistas ha sido una acción de emergencia, pero sin eficacia terapéutica. Las urnas del 21-D lo han dejado claro, la devolución de la salud mental y de la facultad de llevar a cabo análisis coste-beneficio racionales a un número suficiente de catalanes requerirá muchos años de combate valiente en el campo de las ideas, de mantenimiento implacable del imperio de la ley y de campañas de comunicación persistentes e inteligentes por parte de los constitucionalistas.

Una vez apagados los focos de la noche electoral y desmontados los escenarios de celebración o de duelo, los españoles amantes de la libertad, del esfuerzo, del trabajo, del reconocimiento, del mérito, de la eficiencia, de la honradez y de la búsqueda de la excelencia, se fueron a dormir con un convencimiento, el de que han de cambiar de caballo si quieren ganar la carrera de la globalización en un mundo turbulento que cambia aceleradamente. Su futuro depende, en efecto, de que se agrupen tras lo nuevo que ya ha irrumpido y entierren lo viejo que ya ha entrado en agonía.

Separatismo inalterable y patológico
JORGE DE ESTEBAN El Mundo 24 Diciembre 2017

Las recientes elecciones catalanas indican antes de nada una tendencia separatista en Cataluña que es inalterable y patológica, a pesar de todo lo que ha sucedido en los últimos cuatro meses. En efecto, no han logrado cambiar ni un ápice la posición de los catalanes independentistas, demostrándose así que la mitad de la población es de naturaleza tribal y no admiten, como en las sociedades modernas, el trasvase de voto según las circunstancias. Lo cual significa que todos los intentos que se han hecho para evitar esta patología; el rechazo internacional y, especialmente, europeo hacia una fantasiosa república; la huida de capital y de empresas; la fractura de la sociedad; y, por último, las actuaciones del Tribunal Constitucional y del Poder Judicial no han servido para nada, pues las elecciones las han vuelto a ganar los separatistas.

Vistas así las cosas, no se puede ocultar que la pasividad del Gobierno en los últimos cuatro años y la mala utilización a destiempo y de forma incompleta del artículo 155, no sólo no han frenado esta corriente, sino que incluso la han fomentado. El último cartucho del Gobierno consistía en dejar que el problema lo resolviesen las elecciones convocadas, pensando dos cosas: por una parte, que muchos independentistas honrados y racionales dejarían su posición radical, bien absteniéndose de votar, bien votando a otro partido que no reivindicase la independencia, es decir, como consecuencia de los escándalos y de la conducta presuntamente delictiva que han llevado a cabo muchos dirigentes del procés. Y, por otra parte, que se podía derrotar a los nacionalistas con el concurso de los miles de electores que se sienten españoles, además de catalanes, como se comprobó en la masiva manifestación por la unidad de España del 8 de octubre. Para ello -creían- que era necesario que hubiese una participación de más del 80%, lo que si siempre es problemático, lo es más aún cuando las elecciones, como ha ocurrido en este caso, se celebraban en un día laborable. Pero si fue así se debió a que se convocaron -lo que fue un error garrafal- inmediatamente después de aplicar el 155, en lugar de haber esperado seis meses para limpiar primero el palomar, porque de acuerdo con las normas electorales se tiene como límite, tras convocar los comicios, un plazo de 60 días para celebrarlos, por lo que el domingo que correspondía era el día 24, festividad de Nochebuena. Por eso se celebraron el jueves anterior, con la duda de saber si la participación hubiera sido mayor en una jornada dominical.

Sea lo que sea, el hecho es que el Gobierno ha sufrido una severa derrota porque, por un lado, los electores separatistas no han disminuido y han votado masivamente a dos candidatos a la Presidencia: uno huido a Bruselas, y otro en la cárcel de Estremera. Situación que comporta de por sí un conflicto jurídico, porque ninguno de los dos puede tomar posesión de su cargo de diputado y, por tanto, según el artículo 67.2 del Estatuto catalán, ninguno de los dos puede ser presidente ya que «el presidente o presidenta de la Generalitat es elegido por el Parlamento de entre sus miembros».

Por consiguiente, en el supuesto de que Carles Puigdemont deje Bruselas y entre en España será detenido y puesto a disposición del juez, el cual le enviará a prisión, lo mismo que le sucede a Oriol Junqueras. En sendos casos, no podrían tomar posesión de sus cargos de diputados, requisito para poder ser elegido uno de los dos, si es que llegan a un acuerdo, presidente la Generalitat. Pero, en cualquier caso, necesitarían que el juez les concediese la libertad para poder tomar posesión de su acta de diputado y para ello el artículo 23.1.a. del vigente Reglamento del Parlament exige dos requisitos diferenciados en párrafos aparte: «A) Presentar al Registro General del Parlamento la credencial expedida por el órgano correspondiente de la Administración electoral y prometer o jurar respetar la Constitución y el Estatuto de Autonomía de Cataluña; y B) Presentar las declaraciones de actividades y de bienes que especifica el artículo 19». A mi juicio los requisitos que se exigen para acceder al pleno ejercicio de la condición de parlamentario son dos y no tres como señalan algunos. Porque, bien mirado, el apartado A habla de un solo requisito compuesto e inseparable: presentar la documentación debida y jurar la Constitución y el Estatuto. Con ello quiero señalar que no puede admitirse que el propio diputado electo no se presente al acto, enviando sus papeles por poderes, sino que el requisito exige obligatoriamente la presencia personal, porque en ese único momento, a diferencia de lo que ocurre en reglamentos de otros parlamentos autonómicos, el diputado electo debe jurar la Constitución y el Estatuto. Por consiguiente, basta ya de truquitos para no cumplir la ley, sobre todo cuando ambos políticos serán reincidentes cometiendo un perjurio, si es que no eludieron ese mandato del reglamento en su anterior cargo de diputados. Por lo demás, si uno de los dos fuese elegido presidente, cumpliendo con estos requisitos, nos encontraríamos ante una situación inédita en Europa, puesto que ejercería el poder una persona imputada en espera de juicio que sólo cesaría «por condena penal firme que comporte la inhabilitación para el ejercicio de cargos públicos» , según el artículo 67.7 del Estatut de Cataluña y, lo que es más grave, que anteriormente ya había demostrado su falta de «lealtad constitucional».

"Puigdemont y Junqueras no podrían ejercer como diputados sin ir en persona a recoger sus credenciales"
Pues bien, esta situación grotesca que se podía haber soslayado si se hubiera conseguido una mayoría constitucionalista, reforzando así el extraordinario mérito de Ciudadanos, nos puede conducir a una crisis nacional de incalculables consecuencias. Sin embargo, nos la podíamos haber ahorrado hace tiempo, con la reforma del Título VIII de la Constitución. Creo haber dicho alguna vez que el primer artículo que se publicó en la tribuna de este periódico, por decisión de su director-fundador, el día 24 de octubre de 1989, fue uno mío titulado «La Constitución y su reforma», en el que decía que «una vez dibujadas con carácter definitivo las diferentes CCAA que componen el Estado español, habría de procederse a una regulación clara de las mismas en lo que respecta a sus respectivas competencias, a sus relaciones con el Estado central y con la Comunidad Económica Europea en la que nos hemos integrado y finalmente a establecer, según los casos, una igual o desigual densidad de autonomía para cada una de ellas». Desde entonces he repetido esta cantilena machaconamente en este periódico, porque pensaba que el Título VIII contenía en sus gérmenes la destrucción, a corto o largo plazo, de nuestro régimen constitucional. En estos momentos críticos para España me gustaría que se supiese que EL MUNDO siempre advirtió del separatismo que se nos venía encima, primero con el País Vasco, después con Cataluña, y si no se evita a tiempo, con Galicia, Valencia, Navarra, Canarias o hasta la isla de Alborán. Por eso, habría que recordar aquí lo que aconsejaba el mejor jugador de fútbol de la Historia, Alfredo Di Stéfano, a un joven portero: «Los tiros que vayan dentro de la portería intenta pararlos, pero los que vayan fuera no los metas tú dentro».

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

¡Váyase, señor Puigdemont!; ¡Váyase, señor Rajoy!
Parece una obviedad, pero no lo es. La ley es democracia y la democracia es ley. Y la política está para resolver los problemas. Lo peor es que unas elecciones no sirvan para nada
Carlos Sánchez elconfidencial 24 Diciembre 2017

La posverdad está de moda. Pero más aún los falsos argumentos con apariencia de veracidad. O los sofismas, como se prefiera. Y entre ellos destaca la idea de que ley y democracia son conceptos antagónicos.

Tanto el presidente Rajoy como la vicepresidenta Sáenz de Santamaría no se cansan de repetir que sin ley no hay democracia, y de ahí que hayan diseñado una estrategia de leguleyo para hincar el diente a la cuestión catalana. Es decir, aplicar el silencio administrativo —mirar hacia otro lado y dejar que actúen los jueces— ante un asunto que ha envenenado la vida política española. Hasta el punto de que hoy el sistema parlamentario ha colapsado por falta de colaboración entre los partidos políticos.

España entra en 2018 sin Presupuestos Generales del Estado y con decenas de leyes que duermen en el sueño de los justos, como si este país —con una deuda pública de cerca del 100% del PIB y un 16% de parados— no necesitara cambios.

El argumento que se ofrece es un tanto pueril. Si los soberanistas no cumplen la ley, no hay nada que negociar, lo que es lo mismo que decir que no hay margen para la política. Es como si el contenido de las leyes no tuvieran su origen, precisamente, en el conflicto social, lo que obliga a cambiarlas cada cierto tiempo para adecuarlas a las nuevas realidades después de momentos de tensión inherentes a sociedades complejas. Y hacer una lectura administrativista de lo que ha sucedido en las elecciones catalanas no es más que un disparate político. Como la que ha hecho la propia Arrimadas en declaraciones a 'El Mundo' cuando dice que no hay un problema entre Cataluña y España, sino entre catalanes (sic).

Rehenes del horizonte penal
Lo dijo, igualmente, Rajoy este viernes en Moncloa: "Yo con quien me tendría que sentar es con la señora Arrimadas, que es quien ha ganado las elecciones". Es decir, la democracia parlamentaria —que no es otra cosa que la suma de la representación popular a través del número de diputados o senadores logrados en las urnas— no cabe en el lenguaje actual del presidente del Gobierno (elegido por un pacto entre partidos), ya que considera ociosos dos millones largos de votos porque los dirigentes soberanistas se han saltado claramente la ley. Es decir, dos millones de catalanes son rehenes del horizonte penal de sus representantes.

Con acierto, la FAES de Aznar habló este sábado de "desdén" para explicar el comportamiento de Rajoy, que ve como su partido es irrelevante ya en el País Vasco, Cataluña y Navarra, tres comunidades con un indudable signo nacionalista.

Puigdemont o Junqueras, por el contrario, se agarran al concepto de democracia y lo enfrentan a la ley para reivindicar la independencia de Cataluña. Puro sofisma. Es evidente que las leyes se cambian mediante procedimientos que las propias leyes contemplan, lo que exige lealtad institucional y, sobre todo, respeto a la mitad de catalanes que no quieren la independencia. El independentismo ya no da para más, y como ha dicho el 'exconseller' Mas-Colell, los votantes le han concedido una segunda oportunidad para pactar, no para la algarada continua. Ninguna administración puede saltarse a la torera las normas porque sería lo mismo que entrar en la ley de la selva, donde gobiernan los más fuertes. La democracia, como es lógico, tiene sus límites, que son, precisamente, los que marcan las leyes.

Este diálogo de sordos es el que explica una situación insólita: las elecciones —máxima expresión de la democracia— no sirven para nada. O para muy poco más allá de la formalidad que supone la constitución del Parlament.

Sin duda, porque las dos partes interactúan y se retroalimentan. Y saben que en tiempos de zozobra los electores prefieren el original. La triunfante Arrimadas frente al titubeante PP, que necesitó, además, al PSOE para aprobar el artículo 155, y no el sucedáneo —PSC o Podemos—, lo que explica que ambos bloques se encuentren a gusto polarizando el sentido del voto.

La estúpida obstinación
Ciudadanos porque ha obtenido unos extraordinarios resultados en Cataluña a costa del PP y del PSC que le impulsarán electoralmente en el resto de España, y los independentistas porque han logrado mayoría absoluta (70 de 135 escaños) en unas condiciones muy difíciles gracias a su estúpida obstinación en sacar adelante un proyecto imposible que sólo conducirá a la melancolía y a la frustración. Apelar a la dignidad de un pueblo, ya sabe, suele ser útil en términos electorales. Y eso es, precisamente, lo que han hecho en los últimos dos meses. Apelar a la dignidad en lugar de a la razón.

No es equidistancia ni neutralidad ante el incumplimiento de la ley o ante la democracia congelada. Es, simplemente, la descripción de una realidad innegable: Cataluña está partida en dos y ambos bloques endurecen el campo de juego, lo que explica la enorme participación: un 82% del electorado, atraído por tan elevada competencia.

Inés Arrimadas, la primera mujer que gana unas elecciones en Cataluña.
Ley y democracia, sin embargo, no pueden separarse. Son la misma cosa. De hecho, no se entiende la naturaleza de las leyes en una democracia sin que las normas estén impregnadas del poder del pueblo. De otra manera, se estaría ante un sinsentido: leyes de mármol que restringen el cambio social porque el Ejecutivo de turno se aferra a la idea de que las leyes no son revisables.

Es por eso que, en las democracias avanzadas, corresponde al Gobierno llevar la iniciativa a la hora de presentar cambios legales a la luz de los resultados electorales. Justo lo contrario de lo que hacen Rajoy y Sáenz de Santamaria, escondidos tras los diferentes estamentos judiciales y carentes de un discurso político capaz de ahogar el mensaje nacionalista explotando sus contradicciones.

Esa visión administrativista de la política puede servir en períodos de calma política, pero es absolutamente irresponsable cuando el problema afecta a casi un 20% del territorio con enorme capacidad de contaminar al resto del país. Y, sobre todo, cuando los resultados del 21-D no son determinantes para ninguno de los dos bloques, lo que obliga a ser posibilistas y pragmáticos, lo que no es sinónimo de 'traición' a la nación española ni de rendición.

Es, simplemente, hacer política, porque, de lo contrario, se estarían vaciando de contenido dos conceptos tan inseparables como irrenunciables. No hay democracia sin ley y no hay ley sin democracia. Y si unos y otros no saben sacar al país del atolladero, es mejor que unos y otros se vayan por el sumidero de la historia. Esto no va de perdedores o ganadores sino de buscar soluciones que satisfagan a todos. También al resto de España. Y hay un peligro cierto de que Cataluña se divida entre los catalanes y los 'otros catalanes', los que votaron no a la independencia y que proceden de otras partes del país. Solo por eso, merece la pena intentarlo.

Cataluña, peor que nunca
Gonzalo Baratech cronicaglobal 24 Diciembre 2017

La mayoría absoluta en escaños de los partidos independentistas, aunque no lo es en votos, abre nuevas vías de agua en la economía catalana. La probable formación de un gobierno secesionista supone dosis adicionales de inestabilidad política y, sobre todo, de inseguridad jurídica. La incertidumbre vuelve a ser máxima. Bien puede decirse, sin incurrir en exageración alguna, que hoy estamos peor que ayer, pero mejor que mañana. Es de temer que la emigración de empresas vuelva a arreciar con intensidad recrecida.

Cataluña despide 2017 con un pavoroso desplome de la actividad productiva por culpa de los infames delirios separatistas. La amenaza republicana sitúa a esta comunidad como la única región europea donde campa a sus anchas el desprecio a la legalidad vigente.

Los gobernantes vernáculos se saltan a la torera la Constitución del país, agreden los principios básicos de la democracia e incumplen con contumacia las sentencias de los más altos tribunales. El Parlament promulga leyes infumables que, en horas veinticuatro, el propio Govern se pasa por el forro. La banda procesista ha sumido a estos andurriales en un disparate absoluto, propio de una república bananera.

Ante tal panorama, ¿quién en su sano justo va a invertir un céntimo en semejante casa de locos? Va a ser muy difícil que las empresas extranjeras acudan a nuestros lares cuando las propias firmas catalanas huyen en masa, en una estampida sin precedentes.

Bien puede decirse, sin incurrir en exageración alguna, que hoy estamos peor que ayer, pero mejor que mañana. Es de temer que la emigración de empresas vuelva a arreciar con intensidad recrecida

Lo dejé escrito hace un par de semanas. No son 3.000 las compañías que ya se han largado. En el curso del último lustro, las fugitivas ascienden a nada menos que 5.500. Si los golpistas vuelven a formar gobierno, no hay que ser un lince para aventurar que el incesante goteo diario de traslados se intensificará. Se cuentan por millares las firmas que se mantenían a la expectativa. Visto el resultado de los comicios, la tentación de desertar es manifiesta.

Los indicadores económicos de Cataluña que se han publicado estos días resultan demoledores. Veamos unos pocos, a cuál más lamentable.

La inversión foránea ha mermado un 75% en el tercer trimestre, es decir, durante los prolegómenos del grotesco fraude electoral del 1 de octubre. Los centros comerciales avisan de un retroceso de las ventas cercano al 20%. Los hoteleros registran bajadas de las reservas del 30%; para conjurarlas han recortado los precios más que en ninguna otra comunidad. El transporte de mercancías se anota una flexión del 20%. Los concesionarios de automóviles advierten de deterioros del 30%. El turismo cae a plomo. Ni siquiera arriba ya al puerto de Barcelona el aluvión de grandes cruceros que tanto dinero venía dejando al sector comercial.

Suma y sigue. La tasa de variación anual de la entrada de pedidos en la industria? durante el periodo enero-septiembre creció en Cataluña un 6,8%, frente al 8,8% de promedio nacional. Los datos del postrer trimestre amenazan con ser desastrosos.

En julio-septiembre, el PIB catalán progresó un 0,9% en términos interanuales, pero debido a las menguas registradas por la práctica totalidad de los indicadores, en el último tramo del año no habrá crecimiento, sino lo contrario.

Esquerra Republicana y Junts per Catalunya (exConvergència) han convertido esta comunidad en un solar repleto de escombros

Hasta el Banco de España señala que la contracción ocasionada por el procés restará tres décimas de PIB hasta 2019, es decir, unos 3.000 millones de euros.

Más datos. En el último trimestre, las compraventas de oficinas, locales comerciales y naves industriales se han desmoronado un 40%. La creación de nuevas empresas se derrumba un 24% en noviembre.

La escuela de negocios Esade ha preguntado a más de un centenar de directivos respecto del impacto del dichoso procés en sus respectivos negocios. El 56% reconoce que entre septiembre y noviembre se han reducido sus ventas, con un promedio del 9,5%. Casi la mitad de ellos pierde clientes y el 19% sufre boicot en el resto de España.

Termino con el dato probablemente más angustioso. En octubre-noviembre, el paro aumentó en Cataluña un 5,9%, es decir, casi el doble que en el resto del país.

Esta es la postrada Cataluña que nos legan tantos años de desvaríos nacionalistas. Esquerra Republicana y Junts per Catalunya (exConvergència) han convertido esta comunidad en un solar repleto de escombros.

Estampida de 'lemmings'
FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ El Mundo 24 Diciembre 2017

Lo de Cataluña no es nuevo. Hay numerosos precedentes de colectivos que prefirieron suicidarse a dar su brazo a torcer. Lo hicieron los íberos en Sagunto frente a las tropas de Aníbal, los arévacos en Numancia frente a Escipión, los sicarios en Masada frente a las legiones de Tito y así, de gesta en gesta, hasta llegar a la fortaleza de El Álamo, donde los secesionistas de Tejas plantaron cara al gobierno de México. El heroísmo es una tentación emocional y, por ello, irracional contra la que nada pueden los argumentos del sentido común. Escribía hace poco Emilia Landaluce que el seny ha pasado a ser senil. El retruécano es oportuno e ingenioso, aunque también cabría tildar de infantil a esa mutación. Niños y viejos allá se andan. Pero no hay que remontarse en busca de paralelismos a tan remotos tiempos como yo lo he hecho. Fue Walt Disney quien se anticipó en 1958 a lo sucedido el jueves en Cataluña con su documental Infierno blanco. Trataba éste de los lemmings, esos curiosos roedores que se agrupan por cientos de miles y recorren enormes distancias hasta llegar al Océano Ártico, arrojarse a sus gélidas aguas y perecer en él. Lo hacen, según el documental citado, para equilibrar los excesos de su asombrosa fertilidad mediante un drástico mecanismo instintivo de autorregulación de la especie, pero es sólo una leyenda creada por la película.

Tan ocurrente adaptación cinematográfica de la fábula del flautista de Hamelín, al que desde su llegada al coro de los faroleros emula Puigdemont, resultó ser un fraude o, mejor dicho, una posverdad, palabro de reciente cuño que la Academia define en el último reajuste de su Diccionario como "información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público". ¿No es exactamente eso lo que ha inducido a dos millones de suicidas a poner su futuro en manos de los mismos golfos apandadores que el 1 de octubre dieron un golpe de Estado? "Lo real -ha dicho Darío Villanueva- no se basa ahora en algo ontológicamente sólido y universal, sino en una construcción de conciencia". La engañifa de Disney escenificaba lo que ocurre cuando las masas acatan ciegamente las consignas que los embaucadores imparten. Los engañabobos del tripartito separatista venden a cuatro pesetas duros de alcornoque. Sus rebaños trotan ya con los cencerros puestos hacia un lugar frío y distante situado al este del Edén. Que el 155 los detenga.

Dos millones de fanáticos no pueden romper España
Un gobierno inútil y cobarde responsable de la situación límite en la que nos encontramos
Miguel Massanet diariosigloxxi  24 Diciembre 2017

La Justicia debe actuar con toda firmeza reclamando responsabilidades penales a todos aquellos que han pretendido jugar con la unidad de la nación española. Las elecciones del pasado 21 de diciembre han recogido todo el odio que se ha generado durante años en Cataluña del cual son corresponsables todos los gobiernos que han gobernado España desde la transición a la democracia. No puede ser que España permita que, en Cataluña, no se respeten las leyes, se imparta una enseñanza en la que se imbuye en la juventud la idea de que, la comunidad de ciudadanos, no forma parte de España y que el resto de los españoles viven a costa del pueblo de catalán. Resulta aberrante que se haya permitido, durante todo el periodo electoral la TV3 y Cataluña radio hayan campado por sus respetos defendiendo, sin ningún disimulo y a capa y espada, los postulados separatistas sin que la Junta Electoral haya intervenido de una forma taxativa e inmediata para evitar semejante anomalía.

Los españoles que seguimos viviendo en esta comunidad, que somos muchos, y así se ha demostrado al ser más los votantes que pertenecen al bloque antiseparatista que los que desean crear una nación independiente; hemos quedado defraudados en virtud de la ley D´Hondt, y por la estrafalaria cuestión de que, el voto en las pequeñas localidades, vale más que el de las grandes capitales, los resultados electorales han resultado favorables para conseguir mayor número de escaños en el Parlamento Catalán al grupo separatista; algo que ya sucedió en la ocasión anterior en que se votaron autonómicas y que, por la inhibición de quienes tenían en sus manos evitar que volviera a suceder, cambiando el sistema electoral en España, no se ha acabado de tomar la decisión de cambiarlo. Una actitud en la que los intereses partidistas de los partidos mayoritarios, que durante años se han disputado el gobierno del país entre ellos sin que nadie se interpusiera en esta lucha, han estado presentes hasta el punto de que nunca han considerado oportuno tocar la cuestión del sistema electoral. Es posible que ahora empiecen a lamentar no haber cogido el toro por los cuernos y se estarán dando cuenta de las consecuencias, verdaderamente preocupantes, de la mayoría de escaños conseguida por el grupo de los independentistas, dos millones de los siete que habitan Cataluña y que, no obstante se han hecho con la autonomía de la que se declaran dueños absolutos.

Se ha demostrado que con paños calientes, con paciencia, cediendo en temas marginales, pretendiendo comprarlos con dinero o con el famoso diálogo, diálogo de sordos podríamos decir ya que nunca ha existido, por parte de los partidos separatistas, un honesto interés en conseguir otro tipo de acuerdo que aquel consistente en que, el Gobierno y los españoles cedamos y permitamos que Cataluña quede en su poder y separada de España. Ni la evidencia de que el resto de Europa no lo iba a consentir; ni las voces autorizadas que les han recordado que, un separación de España, incluso que fuera negociada, no les iba a permitir permanecer en la UE; privilegio que deberían volver a solicitar poniéndose a la cola de aquellos países que están esperando ser admitidos; con la particularidad de que, aún en el caso de que una mayoría ( algo que no se da) pretendiera apoyar su ingreso, bastaría que hubiera una sola nación de la CE que se opusiera, para que fuera imposible que fueran admitidos dentro del club europeo.

El peligro que, en estos momentos, se cierne sobre España estriba en la debilidad del PP y su gobierno en minoría. El apoyo de los socialistas liderados por P. Sánchez puede caer en cualquier momento y es evidente que el fracaso de Iceta puede hacer que el jefe de filas de los socialistas españoles, ante la imposibilidad de que su representante en la comunidad catalana alcance el gobierno de la Generalidad, en calidad de presidente, es muy posible que busque acercarse a los comunistas de Podemos y sus representantes en Cataluña para buscar encajes que les permitieran promover un gobierno de izquierdas ( en este caso de extrema izquierda) aunque fuera apoyando al nuevo gobierno independentista que pueda surgir de los resultados electorales de los comicios. Uno de los más graves errores cometidos por Rajoy y su equipo ha sido no valorar adecuadamente el efecto de unas elecciones convocadas precipitadamente por el miedo escénico que se ha apoderado de ellos ante los posibles efectos, a medio plazo, de la aplicación, en toda su amplitud, de las facultades que les concedía el Artº 155 de la Constitución. Consiguió que el resto de partidos constitucionalistas lo apoyaran, pero siempre, una característica propia de Rajoy, ha estado temeroso de que ahondar en su aplicación, eliminar asociaciones como Omnium Cultural o ANC, intervenir medios de propaganda subversiva, tan claros y perniciosos como han sido la TV3 y Cataluña Radio, que no han cambiado ni un milímetro su política de apoyo directo, colaboración y propaganda a favor del levantamiento de los separatistas catalanes en contra del Estado español, de la Constitución y de las resoluciones de los tribunales españoles, incluso después de que se hubiera aplicado el 155 y el gobierno de la comunidad quedara presidido por Soraya Sáez de Santamaría.

Aquí señores no se trata de tomar en serio las fantochadas del señor Puigdemont, los lamentos estériles de Marta Rovira o las reflexiones filosóficas que el señor Junqueras puede hacer desde su celda en la cárcel; lo que hace falta es dejarse de tonterías y poner las líneas rojas para que los que ahora se han crecido con su resultado electoral, tengan diáfano que no van a poder llevar a cabo ninguno de sus objetivos, encaminados a reactivar de nuevo su famoso proceso para alcanzar la independencia de España. Aquí tienen que hablar todos y nadie puede intentar mirar de perfil para no salir en la fotografía. España, de nuevo y desde después de muchos años de paz, se está jugando no sólo su unidad sino también su propio sistema democrático, su modus vivendi, su economía, su puesto destacado dentro de Europa y todos los avances sociales que se han venido consiguiendo desde que todos los partidos juraron respetar la Constitución de 1978. El 155 estaba previsto precisamente para restaurar la legalidad en el caso de que, el sistema de autonomías que se había creado en su título VIII, estuviera controlado en el caso de que, algunos dirigentes, tuvieran la veleidad de incumplir con las leyes españolas, se salieran de la legalidad y pretendieran alguna aventura semejante a la que, en el colmo de la insensatez, han emprendido los gobernantes de la comunidad catalana, al pretender hablar de separarse de España, pretendiendo que lo que opinan una parte ( no llega a la mitad del pueblo catalán) les faculte a aquellos fanáticos del catalanismo excluyente, atribuyéndose unas competencias de las que carecen, para tomarse la justicia por su mano, negarle al Gobierno de la nación sus competencias para impedir cualquier desmán separatista tenga éxito y constituirse, mejor dicho, auto-constituirse, en contra de la opinión del TS, el TC y del resto de las autonomías y el pueblo español, en sus propios jueces con la ridícula pretensión de atribuirse los poderes de los que carecen legalmente.

El Rey, en su momento, tuvo un arranque se autoridad, un destello de firmeza democrática y un gesto de españolismo que le honró. Les leyó la cartilla a todos aquellos que se habían atribuido la representación de todos los catalanes sin que ello fuera cierto y les conminó a dejarse de semejantes intentos y volvieran al seno de la Constitución. Desde entonces todo parece que ha entrado en una vorágine en la que los enfrentamientos entre la legalidad y la insurrección han ido a más y, con ello, los egoísmos partidistas han entrado en acción en uno de los momentos en los que menos conveniente era que se enfrentaran entre ellos. El Gobierno ha entrado en una fase de inseguridades, ha amagado pero no ha completado la faena, algo que ha sido un alivio para aquellos insensatos que han visto como lo que parecía estar finalizado y sin posibilidad alguna de revitalizarlo, por la torpeza de Rajoy, los consejos de aquellos que siempre intentan dar prioridad a las conversaciones, el diálogo, las cesiones y las salidas por las troneras de la estupidez, hayan sido los que se han seguido, en lugar de que la aplicación del 155 no fuera efímera, alcanzase los objetivos deseados, acabase con los focos de terrorismo político que amenazaban la integridad de la nación española y pusiera punto final, mediante una intervención sin fecha de caducidad de la autonomía catalana, durante el tiempo que fuera preciso hasta que no existiera el peligro de que, como va a suceder ahora, si Dios no lo remedia, los independentistas, reforzados como nunca, vuelvan a las andadas tan pronto como se les presente la ocasión para intentarlo de nuevo.

No creo que exista un solo país en toda Europa en el que los ciudadanos se sientan amenazado por su propio Ejército. En España y en Cataluña especialmente, ningún avión militar puede volar por encima de cualquier ciudad o pueblo catalán, no se ven uniformes militares en ninguna calle de las grandes ciudades, aparte de los de los mossos de escuadra o de los bomberos, no se permiten músicas militares, ni banderas españolas ( las que hay en los organismos públicos y no en todos, se debe a que han sido impuestas en contra de la voluntad de los funcionarios respectivos); no se ve, ni por casualidad, un vehículo militar, salvo los de la policía o la guardia civil. El odio hacia los cuerpos militares españoles no sólo es compartido por una parte importante de los catalanes sino que, el Estado español, para evitar roces con las autoridades catalanas, se ha dejado influir de manera que se dan órdenes a la tropa de que no cometan la “imprudencia” de infringir estos mandatos de los nacionalistas catalanes. Y ahora nos preguntamos el por qué nos hemos auto-controlado los españoles, hemos aceptado que limitaron nuestros derechos a la enseñanza en castellano, en rotular en el idioma de Cervantes o en colgar de nuestros balcones las banderas españolas, cuando los independentistas han inundado las ciudades con banderas anticonstitucionales, esteladas, sin que haya ninguna autoridad que se atreva a evitarlo. Porque ¡hay miedo! Desde el Gobierno de Madrid hasta quienes vivimos en Barcelona o cualquier otra ciudad o pueblo de Cataluña, nadie se atreve a mostrarse como un patriota español. Y ¿por qué es así? Porque sabemos que cualquiera que se atreva a ir a contracorriente se va a tener que enfrentar, sin ayuda alguna, al reproche, el aislamiento y las amenazas, si cabe, de aquellos que se han hecho fuertes en las instituciones de la región catalana: los defensores del independentismo catalán.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, por mucho que nos hemos quejado; por haber insistido, una y otra vez, en nuestras razones para recibir amparo efectivo del Gobierno; por haber escrito miles de palabras denunciando una situación que, cada vez, se hace más insostenible para los que residimos en Cataluña; vemos como la decepción se apodera de nosotros, convencidos de que aquellos en los que confiamos, a los que otorgamos nuestro voto y pusimos la defensa de nuestros intereses como españoles en sus manos, en lugar de actuar con sensatez, con inteligencia y con valentía, se arrugan y se repliegan en sus madrigueras esperando que amaine la tormenta soberanista para volver a empezar con este juego de amaga y retrocede en el que están metidos, al margen de los verdaderos intereses de España y de los españoles.


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