AGLI Recortes de Prensa   Lunes 1  Enero 2018

La definitiva desintegración de España
Amando de Miguel Libertad Digital 1 Enero 2018

Se dijo un día "España invertebrada" y punto redondo. Pero no es así. No es que España sea un espécimen gelatinoso, sin esqueleto. Mejor sería argumentar que resulta desvertebrada, esto es, que alguien ha roto o desencajado la columna vertebral que nos mantiene como sociedad organizada y autosuficiente. Ese alguien no es un enemigo exterior, sino nosotros mismos, los españoles, especialmente los que nos dirigen en todos los terrenos (ahora dicen "ámbitos").

También podríamos etiquetar a nuestra querida patria como desintegrada, descuajaringada, descoyuntada, desconcertada, desbarajustada, desarticulada. Resulta maravillosa la capacidad expresiva del prefijo des-, que nos hace entender el carácter adverso de lo que viene a continuación. Cuando no se tiene ni idea de la causa de un suceso, se dice "no se descarta ninguna hipótesis". Hay algo misterioso en los vocablos que empiezan por des-.

La cosa empieza en el nivel elemental de las menudas relaciones personales. A pesar del estereotipo de la simpatía, los españoles no se llevan bien con sus iguales en los asuntos particulares. Sobresale el gesto desabrido, el desacuerdo básico, el desprecio hacia el que destaca, el desaire respecto al débil, el desengaño frente al posible entusiasmo, el desaliento en el esfuerzo. Eso es así especialmente cuando anda por medio el dinero, como en los asuntos de herencias. Son actitudes generales que en el mundo del trabajo se manifiestan en la tradicional desgana o desidia. El número de desempleados no es tan llamativo como el de los ocupados desanimados.

No se vea solo un talante colectivo desmadejado. Los españoles son primeros actores que cultivan la desmesura, el despropósito, el desenfreno. Les gusta llamar la atención, aunque siempre con el cuidado escrupuloso de no hacer el ridículo. Eso sería caer en la peor de las desgracias.

Todo lo anterior confluye en un ambiente público dominado por la desconfianza hacia el poder y el desencanto de los contribuyentes (que dicen "ciudadanos"). Como proyección de tales desalmados sentimientos, se perciben los políticos como desacreditados y hasta descerebrados, sobre todo si son de la cuerda contraria. No se entiende bien por qué los que medran en la esfera del poder aparecen tan desprestigiados. Quizá porque el Estado se muestra como la máquina para freír a los españoles a impuestos. Históricamente, la decadencia política española, que pasó por tantos episodios, se manifestó en lo que ahora llamamos deuda pública descomunal.

De nada vale que tal o cual político pretenda ordenar un estado de cosas tan desgraciado. Perecerá en el intento. Aumentará todavía más la sensación de desgobierno que caracteriza la política española de todos los tempos. De ahí que acabe destacando el político que simplemente no hace nada, en todo caso, el que se limita a ayudar con dinero público a los parientes, afines y conmilitones.

El diagnóstico anterior podrá parecer excesivamente simplificador y pesimista, y es así. Pero se apoya en el conocimiento y en la experiencia. Para completar el análisis habría que recordar un hecho fundamental: los españoles son vitalistas, dinámicos, siempre dispuestos a todos los cambios posibles. Pues bien, los catalanes, como españoles al cuadrado, todavía más.

Contacte con Amando de Miguel fontenebro@msn.com

Este año se acabará España
José García Domínguez Libertad Digital 1 Enero 2018

Como en el cuento tan legendario de Monterroso, el postrer amanecer de mi paso por la Tierra despertaré… y España seguirá ahí.

En el periodismo, que es oficio de pícaros, hay quien consigue que le paguen por escribir la misma columna todos los días del año. A esos consumados maestros de la reiteración yo les envidio, aunque no por su arte sino por el prodigio de lograr que se les abone la soldada con alguna puntualidad. Mucho menos audaz, uno, que a fin de cuentas no deja de ser un intruso en el gremio de los plumillas, se conforma con publicar idéntico artículo cada primero de enero. Trátase de una pieza de gran contenido melodramático, esta que espero lea alguien ahora mismo, que invariablemente alerta del muy inminente ocaso final de España. Pues, como es sabido, España siempre está a punto de acabarse para siempre jamás.

Tan seguro es el inmediato fraccionamiento definitivo de España que yo puedo sacar del baúl de la Piquer estos tres párrafos cada principio de año sin que nadie repare en que se trata de los mismos que firmé doce meses atrás. Y es que, hace hoy justo doce meses, España estaba dando ya los últimos suspiros previos a su fatal extinción. Y también el año anterior al año anterior. E igual sucedía un año antes del año anterior al año anterior. Ocurre que España lleva unos doscientos años acabándose. O quizá más. Seguro que más. Si bien se mira, el gran problema de España no es que se vaya a acabar un día de estos, sino que no termina de acabarse nunca. No hay manera con ella, es más terca e incansable en su afán de ser que el conejito de Duracell.

De ahí que mi única certeza a propósito del futuro sea que volveré a desempolvar este divertimento, sin necesidad de cambiar ni una coma, el 1 de enero de 2019, trascendental instante histórico en el que, nadie lo dude, España estará a punto de caramelo para dar el canto del cisne. Y lo mismo el 1 de enero de 2020. Y el 1 de enero de 2021. Y así hasta cobrar la ansiada pensión mínima por el Régimen de Autónomos, instante gozoso en el que pasaré a augurar el crepúsculo último de España en las barras de los bares. Y con idéntico éxito. Porque, como en el cuento tan legendario de Monterroso, el postrer amanecer de mi paso por la Tierra despertaré… y España seguirá ahí. ¡Viva España!


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2018 no será un año de rosas para demasiados españoles
Si metiésemos todas las variables que no cuantifican únicamente la producción de bienes y servicios, a lo mejor no tendríamos un panorama tan alentador y la recomendación más sabia sería la de irse, los que todavía puedan.
Alejandro Inurrieta vozpopuli.es 1 Enero 2018

Estos días, previos al inicio de un nuevo año, se sucede la publicación de los vaticinios sobre el devenir del año entrante. Empresas, bancos, economistas y pitonisas o brujas sirven a sus clientes y club de fans las líneas maestras de lo que deparará el nuevo ejercicio. Si tuviéramos que sintetizar y hacer un resumen de la gran parte de ellos, se nos vendría a la mente aquella célebre frase del ExPresidente Aznar: España va bien y va a ir mejor. Esa máxima de que el pesimismo no vende está presente en todos los ejercicios de previsión para hacer creer a sus lectores y televidentes abducidos que estamos en el mejor país del mundo y que, salvo los gobernantes metan la pata, o que en Cataluña vuelva el “Procés”, nadie nos apartará de la Champion League económica, de donde nunca debimos descender.

En 2018, y salvo por el Procés catalán, seguiremos en el Nirvana económico, según la versión oficial de Rajoy
Este optimismo patológico y claramente mercantil se le ha trasladado al Presidente Rajoy, supongo que vía Twitter, y así repite hasta la saciedad que crecemos más de la UE y que Japón y Canadá. Con ello los españoles podrán tomar las uvas tranquilos y acometer el ejercicio con alegría y dispendio, porque todo depende de la psicología y el estado de ánimo, según los seguidores de la teoría de expectativas racionales. Los ciclos económicos, que sí siguen existiendo, se mueven casi exclusivamente por expectativas, porque la correlación estadística entre crecimiento del PIB y expectativas de los agentes no engaña, y ello corrobora que estamos en una fase alcista del ciclo.

Las expectativas racionales nos llevarán al crecimiento sostenido, casi sine die, como mandan los cánones clásicos
Esta corriente de optimismo congénito no trata de hurgar en las heridas del panorama real español, sino que prefiere la frialdad del laboratorio del análisis meramente estadístico de datos que, en muchos casos, no reflejan ni por asomo cuál es el verdadero termómetro de la economía española. Por supuesto queda mucho más cool comprar, por ejemplo, el mensaje oficial que nos informa que los pensionistas son el colectivo mejor tratado durante la crisis, algo que choca, primero, contra el sentido común y después contra la mínima decencia política.

Yendo al meollo de la cuestión, España tiene hoy los mismos problemas que tenía antes de la crisis en materia de crecimiento sostenible a largo plazo, pero con mucha menor renta y riqueza para colectivos muy numerosos. Además, tiene un 50% menos de capital público en educación y un 37% menos en sanidad (ESENCIALES Fundación BBVA, Ivie N.º 22 /2017). Es decir, somos más pobres en capital humano y físico, pero tal vez eso no sea considerado un problema por quienes desconfían de la inversión pública como motor económico y se siguen creyendo aquello del crowding out (efecto expulsión del capital privado por el efecto de la inversión de capital público).

La realidad es otra muy distinta ya que no ha desaparecido ninguno de los problemas estructurales anteriores a la crisis
Este optimismo, además, se basa únicamente en el mero ejercicio de contabilizar lo que va a hacer el PIB durante el próximo ejercicio, sin tener en cuenta ninguna variable cualitativa y cuantitativa que incorpore la desigualdad, la pérdida de talento que se fuga al extranjero, un modelo de crecimiento basado en variables exógenas como los tipos de interés, la compra de deuda por parte del BCE, precio del crudo, la apreciación del euro o la desviación de comercio en el sector turístico por la situación geopolítica de muchos países de África y Oriente Medio.

Este conjunto de elementos exógenos han sido evaluados y cuantificados por algunos expertos y sitúan su impacto global en el PIB español en algo más de 1,5 p.p. Por tanto, sin este viento de cola, del que no se acuerdan los optimistas, España apenas crecería un 1,4%-1,5% y por tanto, ya no estaríamos en la Champion League y el Presidente Rajoy no habría pedido la cabeza como para felicitarnos el año 2016 en lugar del 2018. Pero esto no es el principal problema de la economía española. Lo peor sigue siendo el elevado desempleo, especialmente el estructural, la pobreza relativa de muchos colectivos: jóvenes, gran parte de los pensionistas, madres monoparentales, dependientes, discapacitados severos, trabajadores precarios, desahuciados de sus viviendas, científicos, gente de la cultura no consagrada y los que esconden su pobreza en distritos ricos, como el de Salamanca en Madrid para no pedir las ayudas sociales por miedo al qué dirán.

Los efectos exógenos explicarían casi el 50% del crecimiento de los dos últimos ejercicios y su inercia podría acabar en breve
Todos estos colectivos específicamente no son objeto de análisis por parte de los meta economistas y aprendices de gurús que tratan, en el mejor de los casos, a todos estos colectivos como meros outliers (datos atípicos) al salirse de una distribución que nos indica que una supuesta mayoría entraría dentro de los intervalos de confianza que nos predicen una aparente mejoría en los principales indicadores macroeconómicos estándar. Esta forma de analizar e interpretar la realidad es cada vez más contestada por colectivos que luchan por hacer visibles a los desheredados a los que no alcanza el bienestar, pero que quedan sepultados bajo el manto de la indiferencia política, algo normal en nuestra sociedad deshumanizada, pero que sorprende y duele más que también sean despreciados por el resto de la sociedad.

Los grandes olvidados del crecimiento son muchos, como los científicos, dependientes, madres solteras, jóvenes, mayores de 45 años, viudas, pensionistas con rentas bajas, o trabajadores de la cultura
Por tanto, si es Ud. parado de larga duración que sepa que en 2018 es muy difícil que vuelva a encontrar un empleo digno, y por supuesto que vaya Ud. a cobrar, al menos, el mismo salario que cobraba previamente al estallido de esta mal llamado crisis cíclica. No intente, tampoco, que el Servicio Regional de empleo de su CCAA le pueda ayudar a buscar un empleo, porque pierde Ud el tiempo. Las empresas de trabajo temporal, la solución a la estacionalidad puntual que algunos proponen, les seguirá explotando quedándose con una parte de su salario que siendo legal, a cualquiera le sonará a usura. Y por supuesto, no confíe que los maravillosos planes de formación pública que le catapultarán al empleo, eso es la propaganda, le servirán de algo a la hora de recuperar su dignidad dentro del mercado laboral. Eso sí, de esto no escuchará a casi nadie hablar de ello.

El paro de larga duración en 2018 seguirá minando el crecimiento potencial de la economía española
Si logra Ud. encontrar un empleo en 2018 sepa que la probabilidad de que sea precario y mal pagado es superior al 60% (combinando ambas variables a la vez). Y si además, cree que su empleador no le puede cambiar sus condiciones de trabajo (horario, salario o centro de trabajo) sin previo aviso, está muy confundido, lo podrán hacer en una gran mayoría de empresas, salvo en las medianas o más grandes, donde, al menos, existe la figura del delegado o comité de empresa.

La precariedad y bajos salarios han llegado para quedarse también en 2018
Si es Ud. pensionista, y tiene memoria, recordará aquello que el copago farmacéutico, y de algunos servicios, instaurado como medida de ahorro para salvar la crisis y el propio sistema era transitorio, y que se volvería al estadio anterior, sepa que está confundido. El copago farmacéutico, sí ese que a algunos de los pensionistas no les permite comprar la medicación, es estructural y ha llegado para quedarse. Todo ello, y eso es una gran noticia para la Ministra Bañez, a pesar de que su poder adquisitivo real, no el medido por el IPC, se ha deteriorado más de un 20% en los últimos 10 años si tenemos en cuenta las cargas familiares, copagos sanitarios y deterioro del sistema nacional de dependencia.

Los pensionistas seguirán teniendo que mantener a muchos hijos y nietos, avalando viviendas y perdiendo poder adquisitivo real
Los científicos, y otros trabajadores del sector del I+D, tendrán que seguir haciendo las maletas e irse del país a poder traducir en ciencia el bagaje formativo que hemos pagado entre todos. Pero tampoco aparecen en las ecuaciones que determinan las previsiones del PIB para 2018. Los jóvenes que se vayan incorporando al mercado laboral no podrán emanciparse porque no existe política de vivienda que garantice el acceso a una vivienda digna, y porque tampoco pueden disponer de renta disponible suficiente, por lo que tendrán que seguir viviendo de sus padres, y a veces, de sus abuelos pensionistas. Pero la esperanza es el complemento salarial vía IRPF que pagaremos entre todos con ayuda europea, que no se preocupen.

La ciencia y la política de vivienda tampoco serán solucionados sus múltiples problemas en 2018
Todos los dependientes que pretendan ser simplemente clasificados en 2018 podrán seguir esperando, e incluso muchos moriréis antes se saber si sois dependientes leves o gran dependientes. Esto aliviará las cargas para muchas administraciones que podrán mejorar esas estadísticas de listas de espera en las que nunca incluyen los ciudadanos que se mueren antes de ser atendidos. Todo esto sabed que va en vuestro beneficio porque mejora el déficit público y lo prioritario para el partido al que muchos, incluso los que morís antes de ser atendidos, habéis votado es salir del mecanismo de déficit excesivo que no deja de ser un estigma para cualquier liberal que se precie.

Muchos dependientes seguirán muriendo en 2018 antes de ser clasificados
En suma, si metiésemos todas estas variables, y muchas más, en nuestro modelo de bienestar, no en el que nos cuantifica únicamente la producción de bienes y servicios, a lo mejor no tendríamos un panorama tan alentador y la recomendación más sabia sería la de irse, los que todavía puedan. Pero de esto no habla todo el mundo porque le estropea esa foto tan maravillosa de la que sólo hay un nubarrón en el horizonte: la nueva llegada de independentistas al Govern. Por supuesto si gobernase Arrimadas, al día siguiente todo esto se solucionaba de un plumazo. En fin qué triste todo.

Ideas fundamentales para una futura reforma educativa con criterios no políticos
Ernesto Ladrón de Guevara  latribunadelpaisvasco.com 1 Enero 2018

Desde los constitucionalistas de Cádiz, allá por 1812, la instrucción pública suponía el mejor instrumento para formar a los ciudadanos, como individuos conscientes de sus derechos y del papel que debían desempeñar en la construcción social.

Uno de los aspectos más descuidados por los sistemas educativos, pero más importantes, es la educación de la personalidad. Sin duda, los aspectos que intervienen en el desarrollo personal son de tal complejidad que asustan a los politólogos de la educación.

Siendo complejo establecer los aspectos curriculares (de programa) en cuestiones tan difíciles de concretar en el plano práctico, sí se pueden definir cuestiones de índole organizativo o de carácter funcional que permitan abordar un objetivo primordial en cualquier sistema educativo que se precie como integral: la prevención.

Cada vez se habla más del fracaso de la ESO, de la violencia en los centros educativos, de adolescentes que acosan a sus progenitores, etc. Quizás todavía no se han planteado explícitamente soluciones que ayuden a abordar un problema que ha emergido en forma de punta del iceberg, y que puede desbordar a nuestras comunidades educativas en poco tiempo, si no lo ha hecho ya. Y lo que es peor, desde un punto de vista criminológico, pueden generar conductas inadaptativas y disfunciones comportamentales, patologías de conducta, o trastornos de personalidad en nuestros jóvenes; que en la edad adulta son tremendamente difíciles de corregir o de paliar, por no haberlas detectado a tiempo o no haber adoptado las decisiones pedagógicas adecuadas cuando había que hacerlo.

Son varios los aspectos funcionales que habría que abordar en nuestros centros educativos. Por ejemplo, en lo que fue el Libro Blanco para la Reforma, se establecían importantes consideraciones que luego han pasado a mejor vida, o bien no han sido adecuadamente abordadas desde la administración educativa. Ejemplo paradigmático de ello es la tutoría y la orientación escolar.

Una de las cuestiones más importantes que debe abordar cualquier sistema educativo es la detección temprana de los problemas de aprendizaje y de los trastornos de personalidad. Lo ideal es el diagnóstico y el pronóstico de los trastornos del desarrollo; así como las dificultades en la etapa de la educación infantil, es decir a los cinco o seis años. Pero también las pautas para ayudar a tutores a desarrollar la función preventiva y correctiva de esas dificultades. En ese momento ya apuntan indicadores que nos predicen futuros desórdenes escolares y las dificultades que va a tener el niño en su maduración o del aprendizaje de la lecto-escritura, y algunos desajustes en su mundo afectivo y emocional, o los errores educativos en la familia, etc. Y hay que hacerlo con el universo de los alumnos.

Detectando a tiempo esos problemas de desarrollo seremos capaces de hacer un seguimiento en los momentos cruciales de la primaria; y cuando alcancen la secundaria, en la pubertad, podremos decidir lo más conveniente para que cuando el niño tenga las edades de transición a la adultez puedan resolver los principales conflictos que afloren de los que quedaron latentes durante la infancia.

Los educadores podemos tener, por tanto, una perspectiva temporal y una información suficientemente contrastada y objetivada como para saber lo que tenemos entre manos y adoptar decisiones que no sean improvisadas o cuando menos infundadas.

Uno de los problemas más importantes en el mundo educativo es que los profesores carezcan de información sobre los sujetos educandos, o cuando menos esa información sea parcial, no científica, y muchas veces equivocada. Y la mayoría de las veces, aun teniendo información objetivada, los educadores no saben qué hacer con su alumnado por carecer de pautas o criterios; por no disponer de formación psico-pedagógica suficiente. Por tanto, la secuencia sería: Diagnóstico o detección temprana, seguimiento, sistematización en la recogida y el tratamiento de los datos, análisis de los mismos, prevención, adopción de criterios sostenidos en el tiempo, y coherentes, orientación etc. Con ello podremos conseguir que nuestros escolares estén vigilados desde el lado de su evolución escolar, afectiva y personal; no solamente en el aspecto físico o académico de su desarrollo que es lo único que se suele controlar cuantitativamente.

Pero para ello es fundamental tener orientadores en los centros. Orientadores que superen la actual burocratización de la función orientadora y se dediquen al diagnóstico y a la prevención en el grupo de alumnos. Un buen orientador diagnostica, detecta, previene, informa, orienta y aborda las necesidades. Un buen orientador da pautas a los profesores y a los padres, acomete las terapias específicas necesarias, en el momento oportuno, no solamente cuando el problema ha aflorado con virulencia y ya no es posible resolverlo eficazmente. Además, es preciso reforzar la función tutorial en los centros. Lo cual permite que el profesor sea educador. La otra posición es que el profesor solamente instruya, aporte conocimiento, dirija el aprendizaje. Es la de quienes consideran que es la familia la única que debe enseñar a comportarse, a adquirir hábitos y captar valores culturales y sociales. Sin duda en la sociedad que tenemos, ante la imposibilidad, en demasiados casos, de hacer compatible la vida familiar y la laboral, no cabe que la escuela abomine o abandone su función socializadora y educativa, sin ayudar a los padres a ejercer su función.

El buen tutor o tutora actúa de segunda figura paterna, de tal manera que conoce a fondo a sus alumnos, sus problemas y dificultades, y hace un abordaje integral respecto a los mismos, no solo desde el lado del aprendizaje, sino desde el afectivo, desde el orientador de su desarrollo personal, desde la acción sobre las familias, etc. Pero la complejidad de su función que implicaría tener en cada tutor un psicopedagogo -lo cual hoy por hoy no es factible- obliga a que tenga unos apoyos que no pueden ser otros que los del orientador escolar. Pero un orientador que cumpla su función, no que sea un aparato más de la estructura administrativa y burocrática.

Hay graves contradicciones en el actual sistema educativo que imposibilitan una función tutorial acorde con las necesidades, sobre todo en la ESO que es cuando afloran con más fuerza los problemas por coincidir con el estadio de la adolescencia. La proliferación de disciplinas y materias y su dispersión hacen que la institución escolar no se preocupe de lo fundamental que es que el sujeto aprenda a leer bien, escriba con una mínima corrección, tenga una amplia comprensión verbal, conozca los principales mecanismos matemáticos y adquiera los fundamentales elementos de la formación humanística y del conocimiento del mundo físico. Por ello, la abundancia de especialistas debida a una proliferación de materias no fundamentales hacen de las aulas un lugar donde se pasean múltiples profesores en un momento en que el alumno necesita más que nunca y más que nada referentes claros de normas y de relación afectiva interpersonal con sus educadores. Precisan un trato personalizado y coherente, firmeza, exigencia y afecto, en un momento en el que están afianzando su identidad personal que está pergeñada desde el desarrollo emocional, la estructuración de la autoestima y su ubicación en el entorno; y lo que es más importante, la formación de su propio autoconcepto o autoimagen. Para ello la figura humana del profesor, con su marco de valores, su estilo de relación, y su capacidad de empatía es esencial. No se puede lograr un marco referencial de valores donde existe un tránsito de múltiples profesores cada uno con la especialidad bajo el brazo, o tutores que apenas conocen a sus alumnos porque no conviven con ellos al no tener una carga lectiva suficiente para estar con sus tutelados. Estoy comentando, claro es, de alumnos del primer ciclo de la ESO, fundamentalmente, ya que es una etapa fundamental de tránsito entre la primaria y la secundaria y están perfilando los rasgos característicos de una etapa a veces convulsiva como es la adolescencia. En ese momento hay que marcar pautas, orientaciones y normas, indispensables. La adolescencia sin marcos, sin normas referenciales, sin pautas y sin trato afectivo, sin educación emocionales un riesgo en sí mismo.

Otra de las cuestiones que hay que retomar de forma perentoria en los centros es la cuestión de la disciplina. La disciplina ha estado denostada durante las últimas décadas. Se ha concebido al alumno, al niño, como sujeto de derechos, no de obligaciones. O, lo que es lo mismo, con deberes no preceptivos por carecer de marco o procedimiento ágil sancionador. El ridículo afán garantista lleva a efectuar verdaderos procesos judiciales de tipo sumarísimo para sancionar a los alumnos por faltas que, a veces supera el límite de imaginable. Así se demoran las decisiones de pedagogía correctora que implican siempre, necesariamente, inmediatez en la respuesta, para que la relación estímulo-respuesta contenga consecuencias efectivas en la modificación de la conducta anómala. Procesos sancionadores que impliquen la práctica de la prueba y procedimientos de audiencia al interesado, expedientes por escrito, etc. suponen que los alumnos se rían en la propia cara de los profesores y éstos se muestren indemnes ante la imposibilidad de adoptar decisiones correctoras que en la inmensa mayoría de los casos requieren inmediatez y proporcionalidad.

Los centros educativos dejan de serlo si los alumnos campan por sus respetos y no se sujetan a un marco normativo mínimo. Las aulas se hacen ingobernables y se convierten en caldo de cultivo para personalidades desviadas y para transtornos de ansiedad, conductas antisociales y demás patologías, como lo que de forma genérica se llaman psicopatías. Las aulas nunca pueden ser una selva en el que el pez grande se coma al chico y donde impera la ley del más fuerte. Ese es el principal elemento que lleva a conductas como el acoso escolar.

Precisamente uno de los objetivos del sistema educativo es el de la socialización que conlleva integración de todos los alumnos. Socialización implica asunción de normas y por tanto convivencia cívica. La escuela debe ser un lugar para la convivencia. Si no, deja de ser escuela para convertirse en otra cosa con poco parecido con la educación. Difícilmente se puede desarrollar un proceso educativo cuando, por ejemplo, un alumno con una identidad personal pobre, inestable emocionalmente, introvertido, aprensivo y con escasa autoestima y sin normas de referencia, se ve sometido a un chantaje permanente por los típicos tiranos que siempre suelen aparecer en cualquier grupo y que coinciden con el líder social, que normalmente es, a su vez, el que más normas rompe y el que más se enfrenta al sistema. Lo sucedido en los institutos en la mitad de la década de los años 80 en el País Vasco con el florecimiento de los seguidores de Jarrai o afines como Ikasle Abertzaleak etc y su lema "kaña al autoritarismo" (sic), muchas veces atizados por adultos irresponsables, es un vivo ejemplo. Y ahora lo podemos ver en Cataluña, en un momento de clara anomia política, social y educativa.

El alumno en la adolescencia necesita normas y afecto. Necesita un marco de referencia claro donde dominen los valores cívicos fundamentales y las conductas morales. Necesita modelos para el aprendizaje vicario que normalmente debieran ser los propios profesores. Pero difícilmente se puede acometer la difícil tarea de transmitir valores de forma epidérmica, en la relación cotidiana, en las interacciones sociales si domina el "laisser faire"; el no compromiso del profesorado.

En muchos casos, es la situación de abandono de sus obligaciones por parte de muchos padres que entienden su rol como el dejar a los niños que hagan lo que quieran. En esos casos la escuela es la última oportunidad para adquirir unos valores referenciales básicos. Y si ésta también falla nos encontraremos con sujetos anómicos, que no diferencian entre el bien y el mal, entre lo correcto socialmente y lo anómalo, siendo carne de cañón de desaprensivos que manipulan al sujeto dirigiéndoles a la droga, a la delincuencia, o hacia conductas antisociales. Durante un tiempo bastante largo ha triunfado el espíritu rouseauniano entendido como dejar a los niños crecer bajo sus propios impulsos, difundiéndose la imagen de las escuelas de Summerhill —experiencia inglesa que se basaba en la ausencia de normas y el imperio del desorden como organización escolar— de tal manera que los alumnos no debían someterse a un horario fijo, ni a puntualidad, debían elegir libremente, aun siendo enormemente inmaduros, a sus profesores, sus materias...- Y se ha reflejado en la sociedad la idea de que al niño no hay que imponerle normas, ni corregirle sus faltas, ni sus brotes de agresividad, ni sus impulsos instintivos.

Es fundamental la pedagogía del esfuerzo o la satisfacción derivada del trabajo bien hecho. Sin voluntad, sin resistencia a la frustración, los adolescentes son volubles, incapaces de forjarse objetivos y mucho menos de perseguir metas que no sean lo inmediato y lo que proporciona placer directo. Desconocen lo que es programar algo o esforzarse por conseguir objetivos mediatos. Carecen de hábitos de estudio, de comportamiento social, de habilidades de relación que siempre nacen de una mínima autodisciplina; y también de actitudes de respeto hacia los demás o de unos mínimos comportamientos adaptativos. Y así, esos alumnos acostumbrados desde siempre a que nadie les controle, a que ni padres ni profesores les obliguen a unas mínimas normas de convivencia y de adaptación a las situaciones, se convierten en pobres desgraciados, víctimas de futuros transtornos de personalidad, potenciales fracasados en la vida social, laboral y familiar.

En este sentido la Inspección tiene una función fundamental, que no es tanto controlar o velar por el cumplimiento de las leyes, que también, sino la de asesorar, de orientar respecto a lo más conveniente para el funcionamiento de los centros, despojándose de tópicos que tanto daño están haciendo.

En preciso recuperar unos mínimos criterios educativos, desprendiendo de ellos complejos absurdos. La escuela tiene una finalidad sublime que es la de formar personas, ciudadanos autosuficientes capaces de definir su proyecto personal de vida y de aportar a la sociedad lo mejor de sí mismos.

Es necesario que la escuela recupere su función y se aleje de la actual politización, que los centros educativos eduquen, que no adoctrinen ni respondan a parámetros nacionalistas o de grupos ideológicos mutantes en el tiempo. La escuela no es para modelar las mentes al dictado de corrientes de opinión pasajeras o de doctrinas políticas determinadas, ni es para construir un imaginario a merced de intereses determinados, ni tan siquiera para aprender lenguas que se reducen a espacios limitadísimos de relación dando la espalda a las realidades subyacentes en las que se mueve actualmente el mundo. La escuela es para capacitar a los futuros ciudadanos a ejercer sus obligaciones, a ser capaces de desarrollarse personal y socialmente como personas autónomas y capaces de forjarse su propio ideal de vida. La escuela es, en suma, para la vida, todo lo contrario de lo que es, a mi modo de ver, actualmente.

Auge y decadencia del nacional-secesionismo

Clemente Polo.  latribunadelpaisvasco.com 1 Enero 2018

Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico Universidad Autónoma de Barcelona

La ajustada mayoría absoluta obtenida por Junts per Catalunya (34 diputados), ERC (32 diputados) y CUP (4 diputadas), los tres partidos secesionistas que propiciaron la declaración de independencia (DUI) el pasado 27 de octubre, ha empañado en cierto modo la rotunda victoria de Ciudadanos que, con 37 diputados y 1,1 millón de votos, se convierte en el primer partido en el Parlament de Cataluña. Sin embargo, si miramos el asunto con cierta perspectiva, los constitucionalistas que residimos en Cataluña podemos encontrar razones sobradas para estar orgullosos de la victoria de la formación naranja, y hasta para dejarnos llevar por la euforia y celebrarlo con un buen cava catalán (y por tanto español) estos días.

No me cabe duda de que el 21-D ha sido un día histórico, como también lo fue aquél lejano 1 de noviembre de 2006 en que Ciudadanos irrumpió en el Parlament con tres diputados y fue objeto de mofas y chirigotas por parte de los partidos nacionalistas y catalanistas. Si los partidos y asociaciones cívicas que han mantenido viva la llama de la multiculturalidad en Cataluña durante estos años tan difíciles, mantienen cierta unidad de acción y propósito, las elecciones del 2017 podrían ser vistas en una o dos legislaturas como el punto de inflexión que marca el inició del declive del movimiento nacional-secesionista. Queda mucho trabajo por delante y no hay que echar las campanas al vuelo. Pero la tarea es factible siempre que las instituciones centrales del Estado (Gobierno, Congreso, Senado y Tribunales) sepan estar a la altura de sus responsabilidades, algo que no siempre han hecho.

Perro ladrador
El deslenguado y fullero Puigdemont sigue huido en Bruselas haciendo cábalas sobre cómo sacar el mayor provecho a los 34 diputados que ha obtenido con su lista de cortesanos convergentes, reforzada con el presuntamente rebelde presidente de la ANC. Ayer vimos a Puigdemont sobreactuar, como es habitual en él, y declarar enfáticamente en su comparecencia que la ‘república’ ha ganado a la ‘monarquía’. Patético pero efectivo por lo que hemos podido constatar en estas elecciones. Su mensaje ‘soy el presidente legítimo’, avalado por la bobalicona cúpula de ERC que se prestó a rendirle incluso algunos inmerecidos homenajes en Bruselas mientras su líder criaba malvas en Entremeras, le ha dado unos réditos impensables hace sólo unos meses. El pobre Junqueras ha visto desde su celda como el pájaro que tantas veces lo engañó durante estos dos años susurrándole al oído ‘me voy’, ‘no repetiré’, volvía a dejarlo con un palmo de narices meditando sobre su injusto destino. Y es que Junqueras, por impericia y docilidad, ha visto como se le escapaba de las manos la (¿única?) oportunidad de ser investido presidente del gobierno de la Generalitat.

¿Vendrá no vendrá? No sé qué tal marchan las finanzas en la corte belga –todo un misterio que algún día conoceremos– pero si algo está claro es que en caso de que regrese a España será con toda probabilidad detenido, interrogado, encarcelado y juzgado con todas las garantías que concede nuestro Estado de Derecho. Los delitos que se le imputan a él, a los consejeros de su gobierno cesado y a los líderes de la ANC y Òmnium, rebelión, sedición, malversación de caudales públicos y desacato al poder judicial, son los más graves que pueden imputarse a un político en democracia.

Desconozco si nuestro sistema judicial y penitenciario lo permiten, pero sería un auténtico dislate que a un golpista irredento, que sigue denigrando nuestras instituciones democráticas en Bélgica, se le permitiera acudir a recoger su acta de diputado sin acatar la Constitución y mucho menos ser investido presidente del gobierno de la Generalitat. Lo malo sobre este asunto, como sobre muchos otros que debilitan nuestra democracia –estoy pensando en la ausencia de la bandera nacional en edificios públicos y en comparecencias institucionales, la ocupación de espacios públicos con banderas estrelladas por acuerdos municipales, los insultos y silbidos a Felipe VI, la celebración del 9-N, las sesiones parlamentarias del 6-7 de septiembre, la consulta ilegal del 1-O, etc. – es que el Gobierno de España ha demostrado, pese a las afirmaciones en sentido contrario, que no tenía una estrategia efectiva para hacer frente a los secesionistas.

Optimismo constitucionalista
Pero pese a la euforia del mal perdedor, lo cierto es que el movimiento nacional-soberanistam transformado en nacional-secesionista desde 2012, no sólo no avanza sino que retrocede. Desde las elecciones del año 2010, el porcentaje de voto de los partidos que defendían estas posiciones alcanzó su máximo, 49,1%, en 2012 y ha caído desde entonces hasta situarse en el 47,5% en 2017. En escaños, alcanzó su máximo, 76, en 2010, y en estas elecciones se ha quedado en 70. La caída es lenta pero quien pensara que podía acabarse en cuatro días con un movimiento tan bien alimentado desde las instituciones, confundía el deseo con la realidad. El dominio casi absoluto de la Generalitat sobre los medios de comunicación, el sistema educativo, las asociaciones culturales, etc., aseguran su pervivencia mientras no se consiga restablecer la neutralidad del gobierno de la Generalitat, el Parlament, las Diputaciones y los Ayuntamientos. Ningún adicto puede dejarlo en un día, mucho menos si sigue recibiendo abundantes dosis.

La evolución del movimiento constitucionalista resulta asimismo esperanzadora. Para empezar, ahí están las movilizaciones que este otoños sacudieron Cataluña el 30 de septiembre, el 8, 12 y 29 de octubre y de nuevo el 6 de diciembre. Cientos de miles de catalanes silenciosos (o silenciados) perdieron el temor a expresar su deseo, nada facha, sino profundamente progresista, de seguir compartiendo nuestro destino con nuestros primos, hermanos y amigos en el resto de España. Frutos, el viejo líder del PCE, lo expuso maravillosamente el 29 de octubre en Paseo de Gracia. Las movilizaciones lideradas por Espanya i Catalans y Sociedad Civil Catalana, pero en las que han participado otras asociaciones como Convivencia Cívica Catalana, Regeneración Democrática, Asociación por la Tolerancia, Somatemps, etc., han de mantenerse y servir para movilizar a todos los catalanes que compartimos los ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

Además, el peso de los partidos constitucionalistas no ha cesado de crecer, especialmente a partir de 2012. En escaños, estos partidos han pasado de 47 en 2010 a los 57 conseguidos en 2017, un número todavía alejado de los 68 que otorgan la mayoría absoluta. En porcentaje de votos, hemos pasado del 37,1% en 2010 al 43,5% en 2017. Todavía queda un buen trecho pero estamos cada vez más cerca y, si perseveramos en la línea seguida en los últimos años, la victoria puede llegar en una o dos legislaturas. Aunque es cierto que la aritmética electoral favorece a los secesionistas por su predominio en las zonas rurales, la solución no pasa necesariamente por cambiar la ley electoral, sino por reconquistar estas zonas dominadas por el secesionismo. Para ello, conviene mantener el nivel de movilización social de los últimos meses, requisito indispensable para lograr mayores cotas de participación, y hay que responder con inteligencia a las provocaciones de un republicanismo trasnochado y victimista que ha provocado una fractura social gravísima, espantado a las empresas y a los inversores y amenaza con provocar una recesión en Cataluña.

En un lugar de Tabarnia, a comienzos de 2018…
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 1 Enero 2018

Tabarnia es España dentro de Cataluña. Y como tal debía emprender la tarea que ya está en marcha, la de organizar redes de resistencia.

Hay tres cosas que, por más que se empeñen los opinadores, no me cabe en la cabeza este año nuevecito: que el invento de Tabarnia está mal: que lo de la Pedroche está bien y que Arrimadas debe presentarse a no ser investida presidenta de la Comunidad presidida por Soraya Sáenz de Godó. Empezaré por Tabarnia, que es el refugio de cualquier catalán sensato ante la burricie tractoril de sus paisanos: sólo faltaría que a los cinco millones de ciudadanos ritualmente insultados, ridiculizados y zaheridos en "Polonia" y demás engendros separatistas de la TVColp3 se les criticara el invento de una utopía política en el solar mismo de un tópico: el agravio comparativo, del que vive la descastada casta política catalana desde el Arancel Cambó.

De la Pedroche al Juliana
Enseguida han salido las plañideras julianas del Conde del Asalto a España y su consorte monclovea a quejarse de que se tome a broma un asunto tan serio como el Problema Catalán. O sea, que tras el Golpe y el gatillazo, la banda de Juntos por la Pasta quiere ser tratada con respeto. Lo estomagante y emético, o sea, vomitivo, es que el Juliana que redactó el infecto editorial contra el régimen constitucional español titulado "Por la dignidad de Cataluña", de inserción obligatoria en los once diarios, once, de obediencia nacionalista, sea la Pedroche de la opinión catalanista, en ese destape tapado y al contado con el que las televisiones del infecto Duopolio Rajoyano pretenden alcanzar el sotanillo de "La trastienda" de la Cantudo.

Como "Sálvame" se ha convertido en la pasarela ridicuelectoral del separatismo a cuenta, esperamos tras el destape de la Colau el descoque del Juliana. Lo veo en el polígrafo del Deluxe, con el mono de faena de revista que antes y mejor que la Pedroche han llevado las grandes del género: de Addy Ventura y Tania Doris a la Roy, la Rey y, todavía, Rosa Valenty. ¡De "Los nardos" en Eslava a las petacas riñoneras en la Secta: qué decadencia!

La Pedroche y el Juliana son síntomas de la decadencia estética y política de la España de Rajoy. En el único programa tolerable de televisión en Nochevieja, los Cachitos de la 2, vimos a las de Boney M con el mismo mono de revista con pedrería taparesalta que la Pedroche vende a precio de Roures y sin cantar. Al salir al balcón, sólo le faltó decir: "¡Españoles…!".

Arrimadas hace muy bien en esperar
Tabarnia es el refugio del ingenio ante los meses de pesadilla que se avecinan. Y frente a lo que dice algún bobicantano sobre la insolidaridad de querer separarse la parte rica de Cataluña de la parte pobre que la esclaviza, lo que pretende esa utopía (que no lo es más que la república de Catatonia) es, como comunidad autónoma española, solidarizarse con todas las partes de España que lo necesitan, no sólo contra las que quieren romper todo lazo de apoyo y hermandad entre los españoles. Tabarnia es España dentro de Cataluña. Y como tal debía emprender la tarea que ya está en marcha, la de organizar redes de resistencia frente a la agresión y la discriminación que contra la mitad de los catalanes y todos los españoles perpetra el golpismo.

La tarea esencial es y debe ser en toda la España bilingüe asediada por el nacionalismo, la lucha en las aulas contra la inmersión lingüística y el adoctrinamiento ideológico. Especialmente, dentro y fuera de Ciudadanos. Mientras tanto, hay que denunciar las diarias humillaciones a los castellanohablantes. La última, que he visto en una de las redes tabarnesas, Somatemps, es la de la cadena Starbucks, que se niega a usar el español junto al catalán y al inglés para tratar con los clientes. Alega que es "el idioma oficial de Cataluña", algo rabiosamente falso e ilegal, porque el español es tan legal como el catalán, pero puesto que discrimina, qué mejor respuesta que discriminarla: ni un café más.

Mientras tanto, incluso en gentes de buen juicio prospera la especie, anunciada al vulgo por Maillóteles, de que Arrimadas debe intentar formar el gobierno que no puede formar. ¿Y para qué? Dicen que para explicar su programa, que es lo que ha hecho en la campaña electoral. ¿Otra vez? Sin embargo, anteayer TVColp3 emitió en uno de sus canales (noticias 24 o así) el mensaje oficial del ex-presidente Belgamocho y nadie pide el cierre de esa cadena golpista y el procesamiento de sus responsables por el delito de apoyo a la rebelión, figura penal en la que hoza y se recrea la televisión que para la Presidenta Soraya Sáenz de Godó e Iceta dirige el tal Sanchis.

Nadie sabe qué pasará en Enero
Se han celebrado unas elecciones semifraudulentas con los golpistas detentando todo el poder mediático, económico e institucional que les daba una situación de ventaja sobre los demás. Se ha demostrado que Podemos estaba a favor del golpe, aunque se haya dado con el martillo en el dedo; y que Iceta está tan a favor de los golpistas que pidió el indulto antes de que los hayan juzgado. No se sabe qué hará el Supremo con Junqueras, ni los planes de Belgamocho y la Artadimocha, ni si Llarena mandará a la cárcel a Forcadell, antes de formar la mesa del Parlamento, por incumplir las condiciones del auto de su libertad condicional. Nadie sabe qué pasará este mes de Enero y muchos piensan en Mayo para nuevas elecciones. Y los de Rajoy, que se negó a formar Gobierno "porque no le daban los números", aunque sí le podían haber dado, y los del PSOE, que lo intentaron, aunque no les dieron porque Podemos no quiso, pretenden que Arrimadas trate de formar el gobierno que no puede formar, a ver si se estrella y lo disfrutan. ¿Y con quién y cómo lo pactaría? ¿Y dónde: en Estremera o en Bélgica?

Si convocara Cortes la Región Española de Tabarnia, Inés sí debería intentar formar algo: un alboroto, incluso una provincia. Mientras tanto, que los golpistas se destapen y apedrochen. Los tabarneses, en la barrera.

Tabarnia no frenó a Quebec
Daniel Rodríguez Herrera Libertad Digital 1 Enero 2018

En un asunto en el que quienes aborrecemos del nacionalismo tenemos tanta razón, no nos demos un tiro en el pie inventándonos una realidad que no existe.

Con toda la atención que ha recibido el proyecto de separar la parte más urbana y menos independentista de Cataluña en una nueva autonomía llamada Tabarnia, no han sido ni uno ni dos los políticos y periodistas que han comentado que fue gracias a algo similar por lo que se frenó a los nacionalistas de Quebec. La idea consistiría en que, como la Ley de Claridad canadiense codificó que el nuevo Estado independiente tendría la obligación de dejar irse a los territorios con mayoría favorable a permanecer Canadá, y ante la perspectiva de perder entonces Montreal, los nacionalistas dejaron de proponer nuevos referéndums.

El problema es que todo esto es un mito. Sí, es cierto que desde la aprobación de la Ley de Claridad no ha vuelto a haber un referéndum. Pero dicha norma no decía absolutamente nada sobre un supuesto derecho de secesión dentro de Quebec. Y es completamente lógico, porque, una vez escindido, las leyes canadienses –incluyendo la de Claridad– dejarían de estar vigentes en el nuevo país. El origen de este mito parece encontrarse en un artículo del prestigioso blog Hay Derecho en el que se aseguraba que la norma establecía tres requisitos: 1) que la pregunta fuera clara y estuviera muy ampliamente apoyada, 2) que un voto afirmativo conllevaría una compleja negociación entre Gobiernos bajo el principio de buena fe y la subsiguiente modificación de la Constitución –lo que podría conllevar que el resultado afirmativo se tradujera finalmente en nada– y 3) que el nuevo país no tendría por qué abarcar todo el territorio de la provincia que quisiera separarse.

El problema es que la Ley, como ya explicó en su día Malaprensa, no dice nada de eso. Es una norma muy breve y que deja un amplio margen a la interpretación y la negociación, algo parecido a lo que sucede con el famoso artículo 155. Tan sólo menciona, en su último punto, que entre los asuntos a negociar entre la provincia y el Gobierno federal estaría el de las fronteras. No hay nada que diga cómo se modificarían éstas, ni que indique que los territorios de mayoría unionista deberían quedarse en Canadá ni nada parecido, y el propio autor del artículo de Hay Derecho lo reconoce en los comentarios.

Sí es cierto que el territorial es un tema especialmente delicado para el nacionalismo quebequés. También lo es que, después de dos referéndums (en 1980 y 1995), y tras la aprobación de la Ley de Claridad (1998) no ha habido un tercer intento, y el apoyo a la independencia en las encuestas ha ido descendiendo de forma lenta pero constante. Y sí, el dictamen del Tribunal Supremo canadiense en el que se basó la norma indicaba implícitamente que las fronteras internas de Canadá no eran sacrosantas en caso de secesión, que es lo que argumentaban los independentistas siguiendo el ejemplo de –no se burlen– Yugoslavia. Pero nada ni siquiera remotamente parecido a que los territorios con mayorías unionistas tendrían derecho a permanecer en Canadá.

La reacción de los nacionalistas a Tabarnia ha sido exactamente la que cabía prever. La misma que tuvo Rahola cuando se le preguntó hace unos años si el Valle de Arán podría irse a Aragón, la misma que tuvo Tardá cuando Margallo le preguntó si Tarragona tendría derecho a decidir irse de la hipotética república catalana. Los nacionalistas catalanes toman las fronteras internas trazadas por todos los españoles como si fueran una unidad de destino en lo comarcal que marcaran quién pertenece a un pueblo con soberanía propia y quién no. Es un argumento ridículo que se desmonta muy fácilmente con la idea de Tabarnia. Pero en un asunto en el que quienes aborrecemos del nacionalismo tenemos tanta razón, no nos demos un tiro en el pie inventándonos una realidad que no existe. Eso sí que es una competencia exclusiva del nacionalismo.

El PSOE, anclado en una receta federal con la que no levanta cabeza
De la «Declaración de Granada» a la «plurinacionalidad» de Sánchez: cinco años desgastándose a cuenta de Cataluña
Roberto Pérez ABC 1 Enero 2018

Los casi cinco años transcurridos entre la «Declaración de Granada» auspiciada por Alfredo Pérez Rubalcaba y la «plurinacionalidad» proclamada por Pedro Sánchez arrojan un balance desalentador para los socialistas: los catalanes del PSC, lejos de remontar, han quedado relegados a cuarta fuerza política en su región; y en el resto de España, los socialistas siguen lastrados por sus reiterados intentos de contemporizar con un PSC de querencia nacionalista. El PSOE se ha dejado por el camino más de un millón y medio de votos desde que, entre otras cosas, empezó a apostar por reconvertir España en un Estado federal.

El resultado electoral que dejó el pasado 21 de diciembre en Cataluña ha vuelto a levantar ampollas dentro del PSOE. Algunos «barones» temen que el pobre resultado cosechado en Cataluña vuelva a jugar en contra de los socialistas en el resto de España, en sus respectivos territorios y en clave nacional.

Las autonómicas del 21 de diciembre son una piedra más en el zapato federalista de Pedro Sánchez. El nuevo año arranca para los socialistas con el sabor amargo de las recientes elecciones catalanas. Que el PSC haya quedado relegado a la cuarta posición dice poco a favor del controvertido paso que dio Pedro Sánchez el pasado junio. Fue cuando el «resucitado» líder nacional de los socialistas buscó –y encontró- el entusiasta aplauso del catalán Miquel Iceta a base de embarcar al PSOE en una arriesgada proclama: España pasa a ser un «Estado plurinacional» en la ideología programática del PSOE, que incluye igualmente reformar la Constitución para ponerla al servicio de ese principio y crear un Estado federal.

Con los resultados del pasado 21 de diciembre en la mano, queda claro que aquello de nada le ha servido al PSC. Y en este particular, sin ganancia alguna en Cataluña, la pérdida le es segura al PSOE en el agregado nacional.

Preocupación en las filas socialistas
El balance de todos estos años es motivo suficiente para que vuelvan a cundir voces dentro del PSOE que piden un cambio de rumbo, centrarse en armar un discurso en clave nacional que deje de estar condicionado por los gustos del PSC. «Si toca elegir entre un discurso que se entienda en Cataluña y otro que se entienda en el resto de España, el PSOE debe apostar de una vez y con claridad por esto último», indicaba estos días a ABC un dirigente territorial del partido.

Los socialistas llevan más de una década enredados en el debate «territorial». Desde aquella demoledora frase de Rodríguez Zapatero afirmando que la nación es «un concepto discutido y discutible» han pasado ya 13 años. Entonces el PSC de Maragall cocinaba nacionalismo con entusiasmo, de la mano de Esquerra Republicana.

De ZP a la «Declaración» de Rubalcaba
Aquellos devaneos no le pasaron factura al PSOE hasta que la crisis cayó a plomo en España. Mientras la economía daba de sí con holgura, el electorado transigió con ocurrencias de lo más variado. Pero cuando la crisis estalló, la cuestión territorial también le explotó en las urnas.

La era de Zapatero hundió electoralmente al PSOE. Y Rubalcaba fracasó en su intento de reflotarlo. En esas llegó la «Declaración de Granada» de julio de 2013. Alfredo Pérez Rubalcaba apeló a una reforma constitucional para implantar un Estado federal. Y los «barones» le siguieron junto al PSC. Creyeron que era una fórmula ingeniosa para competir con el independentismo catalán, contrarrestar a los secesionistas, contentar la querencia nacionalista de una decisiva porción del PSC y, de paso, salir airosos en el conjunto de España. Pero el tiempo se encargó de demostrar, enseguida, que ni una sola de esas expectativas se cumplieron. El fracaso fue absoluto.

Pedro Sánchez y la «plurinacionalidad»
En el PSOE, donde la mayoría veían en la «Declaración de Granada» una forma de profundizar el Estado de las Autonomías, otros la aprovechaban como una plataforma desde la que hacer piruetas de más calibre. La llegada de Pedro Sánchez alimentó esto último. Con él se dispararon los devaneos sobre el modelo territorial: que si federalismo asimétrico, que si «nación de naciones», que si tratos diferenciales… El «interregno» de la gestora socialista trató de enfriar la cuestión, pero el regreso de Pedro Sánchez tras «resucitar» en las primarias de 2017 la reactivó con bríos multiplicados. Y así llegó la proclama programática de la «plurinacionalidad» federal con la que el PSC –y por extensión el PSOE de Sánchez- se acaban de estrellar nuevamente en las urnas catalanas.

La «Declaración de Granada» no frenó la fuga de votantes. Y la «plurinacionalidad» abanderada por Pedro Sánchez, tras demostrarse ineficaz ante las urnas en Cataluña, es vista con severa preocupación en algunos sectores del PSOE que están convencidos de que ese tipo de proclamas erosionan al partido.

El asunto no es menor, porque este 2018 es la antesala de las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2019. En la política regional, este año que acaba de arrancar es visto totalmente en clave electoral, como parte decisiva de la carrera hacia esa cita con las urnas. Y el balance con el que parte el PSOE es poco alentador: acaba de quedar relegado a la cuarta posición en Cataluña, y en el conjunto de España sigue vivo el recuerdo de las últimas elecciones generales, las de junio de 2016: casi 1,6 millones de votos menos en cinco años.

Los 1.600 km que separan la mansión de Puigdemont de la celda de Junqueras
1.654 kilómetros. Esa es la distancia exacta que separa la mansión donde Carles Puigdemont está disfrutando de la Navidad, sita en Sint-Pauwels, de la celda de Junqueras
Nacho Cardero elconfidencial 1 Enero 2018

1.654 kilómetros. Esa es la distancia exacta que separa la mansión donde Carles Puigdemont está disfrutando de la Navidad, sita en Sint-Pauwels, muy cerca de Amberes, de la celda que ocupa Oriol Junqueras en el Centro Penitenciario Madrid VII de Estremera.

Frente a los momentos íntimos que el 'expresident' está pasando con su familia y con la de su empresario, amigo y socio 'enragé', Josep Maria Matamala, está el menú carcelario del líder de Esquerra Republicana: consomé, entrecot y profiteroles. Frente a las comodidades de las que disfruta Puigdemont, al que parece no faltarle de nada y se prodiga con las 'fatwas' desde Bruselas como nuevo profeta del independentismo, tenemos el enclaustramiento de Junqueras y su forzoso voto de silencio.

Por esta y por otras razones, ERC se resiste a investir a Puigdemont. Se sienten traicionados por el 'expresident'. Consideran que puso pies en polvorosa cuando nadie lo esperaba, que aprovechó la prisión del líder republicano para canibalizarle y robarle votos, para monopolizar la manifestación de Bruselas, para situarle en el bloque del 155, en tanto en cuanto se obcecaron en decir que todo lo que no fuera votar a Puigdemont era ponerse del lado del bloque constitucionalista. Solo les faltó llamarle 'botifler'.

Los otrora socios de gobierno están más enfrentados que nunca. Si tanto Junts per Catalunya como Esquerra se presentaron a las elecciones con el objeto de restituir al Gobierno anterior, lo lógico es que nombren a Puigdemont 'president'. Y si este no puede por encontrarse en busca y captura, lo normal es que corra el cargo en favor del 'exvicepresident' Junqueras. Sin embargo, por arte de birlibirloque, nada de esto parece que vaya a suceder. ¿Motivo? El líder de JxCAT se niega en redondo.

Los astros —y la cárcel de Estremera— fueron favorables a Puigdemont e hicieron que sacara más diputados que los republicanos. Del "o referéndum o referéndum" de septiembre del 2016 al "O Puigdemont o Puigdemont" de diciembre del 2017. Son lentejas, querido Oriol. Si quieras las tomas y si no…

El próximo mes se presume clave para el futuro de Cataluña. No tanto el debate de investidura y la elección de 'president', sino por la conformación previa de la mesa, que condicionará los movimientos ulteriores, y que el jefe del Ejecutivo, Mariano Rajoy, ha adelantado al próximo 17 de enero.

Cataluña va camino de una nueva semana de la vergüenza. Luego de aquellos días aciagos de principios de septiembre, en los que se aprobaron las leyes del referéndum y transitoriedad con la mitad del hemiciclo vacío, y después del trampantojo de finales de octubre, en el que el entonces 'president' descartó elecciones presionado por los suyos y provocó la activación del 155, ahora regresa —si es que alguna vez se fue— el tufo a bochorno a cuenta de la investidura telemática de Puigdemont. Si alguien pensaba que el vodevil catalán nos daría un respiro tras el 21-D, lamentablemente se equivocaba.

Los guardianes del 'procés', con Francesc Homs como autor intelectual de la cosa, están probando a ver cómo pueden dar una patada al reglamento de la Cámara para hacer a Puigdemont 'president' de la Generalitat sin pisar España. Solo con su imagen, vía Bruselas, en una pantalla gigante en el Parlament. Jamás nadie hubiera imaginado la funcionalidad del plasma como fedatario público, ni la capacidad de ridículo de algunos para convertir el sanctasanctórum de la política catalana en un circo romano. Llegados a este punto, muera Sansón con todos los filisteos.

La intención de JxCAT, como adelantó Turull en declaraciones a Catalunya Radio, es que la Mesa del Parlament haga una interpretación "extensiva" del Reglamento o una reforma exprés del mismo que admita la investidura de Puigdemont de forma telemática.

Esta interpretación extensiva, que no es sino una añagaza para retorcer el texto y amoldarlo a su intereses, se sustenta en dos artículos: el 93, que versa sobre la delegación de voto y que abre la misma a los casos de "incapacidad prolongada", y el 146, referido al debate de investidura, donde se dice que el candidato debe "presentar, sin límite de tiempo, el programa de gobierno y solicitar la confianza del Pleno", pero no se especifica que tenga que hacerlo presencialmente.

La oposición ya ha avisado que podrá poner pies en pared ante estas maniobras por parte JxCAT, mientras que la Generalitat, esto es, el Gobierno de Mariano Rajoy, que es quien la tutela por mor del 155, tiene listo el recurso para presentarlo ante el Tribunal Constitucional en caso de que quieran volver a violentar el reglamento.

De ahí que ni Carme Forcadell ni Carles Mundó, ambos de ERC, quieran ser presidentes de la Mesa y exponerse a una nueva acusación por prevaricación solo para satisfacer las ínfulas del huido Puigdemont. Una decisión del todo lógica… El que pasa por prisión —no es el caso del 'expresident'— hace todo lo posible por no volver.

Además de los volúmenes de derecho parlamentario para entender todo lo que está ocurriendo, también habrá que desempolvar de las estanterías los de derecho procesal, ya que resulta una quimera escribir del devenir de Cataluña sin tener en cuenta los tiempos y procesos judiciales que están en marcha. Hacer quinielas sobre si Puigdemont o Junqueras serán presidentes de las Generalitat no pasa de mero divertimento, pues, a día de hoy, uno se encuentra huido de la Justicia y el otro, en prisión.

Especular como se ha hecho sobre la posibilidad de que lo pueda ser el líder de la ANC y número dos de JxCAT, Jordi Sánchez, es vivir una realidad paralela. Sánchez está en prisión y, según apuntan las investigaciones, no tiene visos de salir de ella.

Hay quien todavía no se ha enterado de la gravedad de los acontecimientos que han tenido lugar en Cataluña y de las consecuencias que traerán para muchos de sus protagonistas, con inhabilitaciones y penas de cárcel, lo que les imposibilitará para el ejercicio de cargos públicos. Se trata, quieran o no, de una generación perdida.

Son tres las causas que se siguen en los tribunales: la primera investiga las estructuras de Estado, en el juzgado de instrucción número 13 de Barcelona, que lleva el magistrado Juan Antonio Ramírez; la segunda está en manos de la jueza Carmen Lamela, en la Audiencia Nacional, y trata del comité ejecutivo que ayudó a poner en marcha el referéndum ilegal del 1 de octubre, y la tercera, la mollar, es la que lleva Pablo Llarena en el Tribunal Supremo sobre el comité estratégico del 'procés'.

Se espera que la instrucción acabe en marzo, se abra juicio oral en un año y sentencia en dieciocho meses. Para entonces, todos los nombres que entintan ahora los periódicos como futuros 'presidents' o 'consellers' no serán más que papel mojado.

Para más inri, los imputados en estas causas han elegido despachos de abogados distintos, lo que hace todavía más impredecible el desenlace judicial, pues cada uno obedece a su propia estrategia e intereses.

Puigdemont sigue con el abogado Jaume Alonso-Cuevillas; los 'exconsellers' Rull y Turull se han pasado al bufete Molins & Silva, donde estaba Santi Vila; la coordinadora del PDeCAT, Marta Pascal, ha fichado a Miquel Roca, y al 'exconseller' Joaquim Forn lo lleva el despacho de Cristóbal Martell, entre otros. No sabemos cómo irá la economía catalana, pero una cosa es segura: a los bufetes catalanes no les va a faltar trabajo.

‘LA MASCARADA ESTABA SERVIDA’
Cuatro décadas de complicidad con la violencia de la izquierda
Fernando Paz gaceta.es 1 Enero 2018

En la última década, el 84% de los delitos de cariz ideológico cometidos en España lo han sido a manos de los llamados antifascistas y separatistas.

Nos acostumbraron a vivir en aquella mentira según la cual la violencia es mala “venga de donde venga” lo cual resulta, como poco, expresión de una notable pereza mental. Era el discurso de una casta estrábica, un discurso que despersonalizaba la violencia, como si esta se produjese sin finalidad ideológica, sin motivaciones, sin propósitos.

La mascarada estaba servida. A los medios les bastó para tachar de “fascistas” a los terroristas de extrema izquierda, para interpretar el fenómeno de los secuestros en clave de cínica extorsión económica, o el de los asesinatos como la actividad de quien necesita justificar el mantenimiento de un negocio. Pero “fascistas”, sí, porque, cuando la izquierda – compendio de todas las virtudes morales y ciudadanas – se vuelve mala, deja de ser izquierda.

Mientras militares, guardias y policías se desangraban sobre el pavimento de docenas de ciudades de España, las rutinarias condenas de la clase política se sucedían sin más aspavientos que los que ameritaba la amargura que consumía a las familias de las víctimas. Algún que otro gesto de firmeza impostada, alguna palabra más alta que otra de cuando en cuando, promesas que se lleva el viento y que ya nadie, nunca, les conminará a cumplir.

Hasta que los asesinos, conscientes de que sus acciones no tenían efecto alguno, precisamente por acotar los muertos a quienes vestían uniforme, decidieron que había llegado la hora de socializar el dolor.

Y mientras los gobiernos sacaban por la puerta de atrás de las iglesias los ataúdes, una cierta izquierda callaba las más de las veces, porque en el fondo sentía una incómoda identidad con los matones. Para el recuerdo queda la confesión de complicidad cuando menos moral (menor en su caso que en el de grupos más a la izquierda, incluyendo al PCE) del ministro socialista José Barrionuevo, en el Congreso de los Diputados, en fecha tan pronta como octubre de 1983.

A nadie podía caberle la menor duda acerca de la naturaleza ideológica de los grupos terroristas en España y en toda Europa. Marxistas y nacionalistas, sin excepciones. GRAPO, ETA, FRAP, Baader Meinhof, IRA, Brigadas Rojas, incluso los grupos menores como Terra Lliure o el Exercito Guerrilleiro. Pero una vez tras otra su contenido ideológico era escamoteado. Y lo era porque muchos de quienes lo escamoteaban compartían la ideología y hasta los objetivos de los terroristas. Lógico corolario era que tratasen de ocultarlos, precisamente porque la violencia venía siempre del mismo sitio.

Cuando hace poco más de cuatro años salió a la luz un subproducto fílmico de la extrema izquierda llamado “La Ciutat Morta” muchos decidieron, como en otra ocasiones, hacerlo suyo. Obtuvo un cierto reconocimiento público, incluyendo el premio del Festival de Málaga de Cine Español de 2014. El documental, panfletario hasta la náusea, fue proyectado por la televisión catalana en horario de máxima audiencia, por si quedaba alguna duda.

El contenido reflejaba un universo de perversión moral en el que los buenos resultaban ser las hordas de delincuentes y filoterroristas de extrema izquierda y los malos los policías, entre los que se contaba un guardia urbano que había quedado tetrapléjico a resultas de una pedrada en la cabeza. Consecuencia de lo cual fue condenado un chileno que pasó cinco años en prisión. La campaña puesta en marcha a raíz de su encarcelamiento, obtuvo el apoyo entusiasta de Ada Colau, Jordi Evole, Gabriel Rufián y Julia Otero. O Dios los cría y ellos se juntan.

A ninguno de los citados importó lo más mínimo el destino del policía. Ellos prefirieron ventilar la supuesta injusticia que laceraba al condenado por agresión, un tal Rodrigo Lanzas, e invitar a la mamá del bueno de Rodriguito a dejarse caer por sus micrófonos, mientras ignoraban la angustia de otra mujer que, desamparada, pasará buena parte del resto de sus días atada a la silla de su pobre marido, un simple policía herido en el cumplimiento del deber.

Había que echar un capote a aquella chusma hedionda a la que el ayuntamiento de Xavier Trías había facilitado su enésima okupación, como en tantas y tantas ciudades de España viene siendo habitual. Y vaya si le echaron el capote, ellos, con esa afectación de superioridad moral que gastan diez minutos antes de resguardarse tras los muros de las lujosas urbanizaciones con seguridad privada en las que viven; y vaya si le rieron las gracias a la canalla, ellos, que trabajan para poderosos grupos de comunicación, al tiempo que gustan de jugar a Robin Hood.

En la última década, el 84% de los delitos de cariz ideológico cometidos en España lo han sido a manos de los llamados antifascistas y separatistas; pero han impreso en la opinión pública otra cosa gracias al trabajo sucio que ejecuta cierta prensa, a la que los delitos conmueven en función de su motivación ideológica.

A Víctor Laínez no solo le mató el asesino, el degenerado, el imbécil que le reventó la cabeza a traición; a Víctor Laínez le han asesinado cuatro décadas de complicidad.
 


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