AGLI Recortes de Prensa   Domingo 21 Enero 2018

El pensamiento inercial
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli 21 Enero 2018

No hay nada que contribuya más al enquistamiento y al agravamiento de los problemas que intentar resolverlos aplicando el pensamiento inercial. Esta forma de analizar los fenómenos, sean éstos políticos, económicos, sociales, laborales, militares o físicos, consiste en sentar ciertas hipótesis que supuestamente los explican, y seguir adheridos a las mismas por mucho que la observación, la experimentación y la evidencia empírica derivada demuestren reiteradamente que conducen a resultados falsos o contraproducentes.

La creencia durante la Edad Media, y hasta bien entrada la Edad Moderna, de que aplicar aceite hirviendo a las heridas contribuía a su cicatrización, o que muchas enfermedades debían tratarse mediante sangrías para equilibrar los humores, envió a la tumba a un número ingente de heridos de guerra por septicemia, y a multitud de buenas gentes aquejadas de una simple gripe o una indigestión por falta de defensas. Asimismo, el triunfo del modelo geocéntrico sobre el heliocéntrico retrasó durante veinte siglos la comprensión de la Dinámica celeste.

La alternativa a no aplicar sin complejos las leyes vigentes es la desaparición de España como Nación, aunque suene muy dramático
Pues bien, tan absurdo abordaje de la realidad es el que siguen con tozudez digna de encomio tanto el Partido Popular como el Partido Socialista para apaciguar el conflicto separatista en Cataluña. Impermeables a la verdad ya incuestionable de que no existe otra solución política que a través de concesiones y pactos que calmen por fin la exacerbación obsesiva de la diferencia, la invención de la Historia, la deslealtad dolosa y el desafío a la legalidad de los partidos secesionistas, el Gobierno y la principal fuerza de la oposición se mantienen impertérritos en la ineficaz estrategia que ha desembocado en un golpe de Estado, a mayor abundamiento preparado ante las cámaras de televisión y financiado por el Tesoro público de ese mismo Estado objeto de la agresión.

Una vez salvada in extremis la situación por el Rey y los Tribunales, en el campo de la acción política Rajoy y el tándem Sánchez-Iceta no salen de su obnubilación e insisten en que hay que "recuperar la normalidad". Dado que nada de lo que ha sucedido en los últimos tiempos en Cataluña, y continúa sucediendo hoy, es normal, sino que su anormalidad ha degenerado ya en esperpento, no se trata de volver a una normalidad que es totalmente anormal, antes bien hay que neutralizar definitivamente el origen y la causa del desastre y para ello se debe recurrir, por incómodo y duro que resulte, a los procedimientos extraordinarios previstos en la Constitución y demás ordenamiento vigente, y hacerlo por todo el tiempo necesario y con la contundencia requerida. La alternativa es la desaparición de España como Nación, aunque suene muy dramático. Los dramas también aparecen en la vida de los pueblos y si no se afrontan los liquidan.

Yendo a la actualidad reciente, sorprenden los reproches a Ciudadanos por parte de determinados sectores de opinión a los que su justa indignación por la inanidad del Ejecutivo nubla algo la claridad de juicio, en el sentido de que la formación naranja se ha equivocado al exigir elecciones autonómicas en un plazo breve o de que hace mal al no ceder un escaño a los populares en el Parlamento de Cataluña debilitando así, dicen, la capacidad de acción del bloque constitucionalista en la Cámara. Estas bienintencionadas críticas se centran en lo inmediato y episódico y pierden de vista el escenario de fondo y el largo plazo.

A la vista de la trayectoria del PP a lo largo de casi cuatro décadas en Cataluña, y de que todavía después del espectáculo dantesco al que hemos asistido desde la aprobación fraudulenta de las leyes del Referéndum y de Transitoriedad, ha recibido alborozado el discurso hipócrita del nuevo Presidente de la Mesa, separatista confeso, tan esencial es para parar la hoz de los segadores de constituciones democráticas el someterles a la ley utilizando la coacción legítima del Estado de Derecho como borrar del mapa a cualquier lastre que dificulte la derrota del totalitarismo supremacista.

En otras palabras, Ciudadanos, con recto criterio, ha propiciado unos comicios que pudieran cortar de raíz la presente ofensiva golpista intentando una maniobra arriesgada y valiente con dos propósitos: ser la opción más votada, cosa que ha conseguido, y lanzar la señal al resto de España de que el PP y el PSOE no sirven para derrotar política, ideológica y jurídicamente a los golpistas, propiciando en las próximas generales un Gobierno al que no le tiemblen las piernas y que lidere la magna operación de rectificación de los errores del pasado que nos han traído hasta aquí.

Las elecciones catalanas del 21-D han cumplido una función esencial: poner ante los ojos de los españoles la necesidad y la urgencia de reemplazar las manos vacilantes del duopolio corrupto y pastelero que ha conducido durante cuarenta años el desarrollo y la gestión de la arquitectura institucional levantada en 1978, con tantas expectativas ahora frustradas, por nuevos liderazgos políticos, intelectuales y sociales, frescos, limpios, innovadores y dispuestos a luchar con decisión por sus convicciones. Entonces, la tarea formidable fue la transformación de España en una democracia. En esta hora decisiva nuestra misión es preservarla de la aniquilación.

Un Rajoy, desagradecido, ataca a Rivera
Pablo Sebastián republica 21 Enero 2018

En el PP, con Rajoy a la cabeza, están furiosos con Ciudadanos porque Arrimadas no les ‘regala’ un diputado en Cataluña para que el PP de Albiol forme grupo parlamentario. Pero y sobre todo porque el partido de Rivera ha aparecido en las últimas encuestas como la primera fuerza política nacional por delante del PP, PSOE y Podemos.

Y ello no sólo amenaza al PP sino al liderazgo de Rajoy, que empieza a ver a su alrededor extraños movimientos de quienes en su partido empiezan a postularse a su sucesión. De ahí que Rajoy ayer, y además de reiterar que Puigdemont no será presidente catalán, no cesó de criticar a Rivera y C’s a pesar de lo mucho que Rajoy les debe: su investidura de Presidente, las de las Comunidades de Madrid, Murcia y La Rioja y los Presupuestos de 2017.

Y ¿que más quiere Rajoy? Las respuestas de Rivera a las invectivas del PP deberían ser muy claras y a la vez contundentes exigiéndole a Rajoy que asuma las responsabilidades de la enorme corrupción del PP marchándose de la Moncloa y convocando elecciones generales anticipadas, si es que se atreve a ello.

Y para que nada quede en el tintero Rivera debe decir a Rajoy que se olvide de los Presupuestos generales de 2018 y que prepare para un intenso año electoral de 2019 donde están previstos los comicios europeos, municipales, autonómicos (en 13 Comunidades) y puede incluso que los generales.

Rivera está en condiciones de decir todo esto y añadir incluso que el tiempo de Rajoy, con sus luces económicas y sus sombras políticas, está acabado y que el PP necesita lamer sus heridas de incompetencia y de corrupción en la oposición. Sobre todo ahora que están en plena ebullición los juicios de la corrupción del PP, empezando por el Gürtel valenciano

Como puede decir Rivera a Rajoy que gestionó tarde y mal la crisis catalana y que tiene un Gobierno plagado de Ministros incapaces en gestión pública como son Santamaría, Zoido, Dastis, Méndez Vigo, Catalá y Nadal.

Es decir, entendemos que Rajoy piense que la mejor defensa es un ataque y que, difuminado el fantasma de Podemos y el liderazgo de Sánchez, busque en Rivera un adversario a batir. Pero se va a equivocar porque su insistencia no hace otra cosa que pregonar a los cuatro vientos el nombre del que será el futuro presidente del Gobierno, algo en lo que coinciden no sólo una gran mayoría de encuestados sino líderes sociales y económicos del país como también se aprecia en el ámbito informativo y editorial.

Identidad, ¿orgullo o humillación?
Manuel Toscano vozpopuli.es 21 Enero 2018

Basta un repaso a la prensa de las últimas semanas para ver que los términos ‘identidad’ e ‘identitario’ están en boca de todos. Han sido utilizados con profusión en los análisis y comentarios sobre las elecciones catalanas del 21 de diciembre, donde no han faltado las menciones a ‘sentimientos identitarios’, ‘argumentos identitarios’, ‘voto identitario’, ‘choque de identidades’ y expresiones similares que el lector recordará. El asunto de la identidad parece un factor clave a la hora de interpretar la actual crisis catalana. Nada sorprendente, por otra parte, pues el nacionalismo constituye una de las formas más vigorosas de eso que ha dado en llamarse ‘políticas de la identidad’.

Tan familiarizados estamos con el uso contemporáneo de la identidad para referirnos a ciertas características socialmente relevantes de las personas (como la etnicidad, nacionalidad, género, religión u orientación sexual, entre otras) que olvidamos que es relativamente reciente. Por poner un ejemplo, este uso no figuraba entre las acepciones del término hasta la vigésimo segunda edición del Diccionario de la Real Academia en 2001; anteriormente sólo aparecían cosas como la igualdad algebraica, la cualidad de idéntico o el carné de identidad. La identidad de alguien era aquello sobre lo que podíamos equivocarnos cuando lo confundíamos con otro, como ocurría con el falso culpable de algunas películas.

Pero, ¿qué es un argumento (o una reivindicación o un voto) identitario? Si decimos que apela a la identidad de un grupo, señalando por ejemplo que una determinada política protege o atenta contra su identidad, no hemos avanzado gran cosa. Pese a su popularidad, lo más desconcertante de la identidad en su sentido reciente es su carácter elusivo, nebuloso. En general, quienes escriben sobre ello asumen que el lector tiene alguna idea de lo que quieren decir y rara vez se molestan en explicarlo. Y eso vale igualmente para la literatura académica y de forma especial para mi gremio, el de los filósofos. Como algún estudioso ha observado, la noción de identidad parece referirse a algo tan obvio y complejo a la vez que resultaría poco menos que inefable. Mala cosa si buscamos claridad.

Rastreando en la historia del término, sabemos que el uso reciente se forma en las ciencias sociales, a caballo entre la psicología y la sociología, y es habitual atribuir su popularización al psicoanalista Erik Erikson, quien acuñó la expresión ‘crisis de identidad’. Erikson tampoco dio definición alguna, pero sí alguna pista cuando señaló que la identidad conecta ‘el núcleo del individuo’ con el ‘núcleo de su comunidad’ o grupo de pertenencia. La clave de la noción de identidad radica en ese doble aspecto, a la vez social y personal. Hablamos de identidades en relación con etiquetas sociales que aplicamos a grupos o categorías de personas y que operan como marcadores sociales. Pero la identidad también se refiere a aquellos rasgos que la persona considera relevantes o valiosos a la hora de definirse. Es la conexión de ambos aspectos lo que convierte a la identidad en un poderoso resorte y donde cabe localizar algunos de los problemas que entraña.

Sabemos que las características de grupos y comunidades son cambiantes, dependientes de las circunstancias, cuando no son recreadas o inventadas, y suelen ser objeto de interminables disputas entre los propios miembros del grupo. La identidad, en cambio, sugiere un núcleo profundo, que permanece a pesar de los cambios, aquellos rasgos fundamentales sin los que no seríamos quienes somos. Lo que implicaría que características del colectivo constituyen rasgos primordiales de sus miembros, determinantes de sus intereses y actitudes. No es de extrañar que abunden las denuncias sobre el halo esencialista del concepto de identidad.

Muchos comentaristas señalan, además, la fuerte carga emotiva de las identidades y hablamos con naturalidad de ‘sentimientos de identidad’. El filósofo David Copp ha sido de los pocos que ha tratado de aclarar este asunto con una propuesta interesante que liga la identidad con la autoestima. Según él, mi identidad tiene que ver con aquellas cosas por las que me valoro y en las que baso mis sentimientos de autoestima. Dicho brevemente, señas de identidad son aquellos hechos acerca de mí (reales o supuestos, esa es otra cuestión) de los que me siento orgulloso. De esa forma, las etiquetas sociales y rasgos identitarios resultan importantes en tanto que son motivo de orgullo o de humillación.

El estrecho vínculo entre autoestima e identidad permite explicar algunas patologías relacionadas con esta última. Se me ocurre un ejemplo trivial que muchos profesores hemos observado alguna vez en clase: el alumno que en medio de la discusión replica ‘pero ésta es mi opinión’. El énfasis en el posesivo es sintomático. El alumno se identifica con esa opinión al punto de que ponerla en cuestión o discutirla es percibido prácticamente como menoscabo a su persona. La identificación funciona así como una suerte de inversión afectiva que involucra la propia estimación.

Se ha dicho repetidamente que el lenguaje de la identidad agita las pasiones en política, de ahí que suscite tanta desconfianza. Ahora quizá podemos apreciarlo mejor. Cuando una determinada cuestión, por ejemplo la lengua, es planteada en términos identitarios, se intensifica dramáticamente lo que está en juego. Ya no se trata de intereses, cuya satisfacción admite grados y permite sacrificios y concesiones mutuas. Al afectar a la autoestima, es el propio valor de los agentes lo que está amenazado. Los planteamientos contrarios se ven así como un ataque y los compromisos se vuelven improbables, si no intolerables. Es más, como ilustra el ejemplo del estudiante, las apelaciones a la identidad funcionan como un tapón argumentativo, a modo de blindaje frente a la crítica y la discusión.

La deliberación y los compromisos son esenciales en la política democrática, como sabemos, y todo aquello que los dificulte debería ser contemplado con justificada prevención. Es una buena razón para oponerse a la retórica identitaria y desalentar su uso en la vida pública. Lo primero sería empezar por perder el respeto a las identidades, sin hacer caso del aura reverencial que las envuelve.

MAESTROS PARA PENSAR
Dionisio Ridruejo: un espíritu pegado a las vísceras de España
José Javier Esparza gaceta.es 21 Enero 2018

Me han preguntado mil veces qué autores hay que leer para construirse una visión del mundo alternativa a la descomposición presente. Me faltan ciencia y sabiduría para contestar a esa pregunta, pero sí puedo contar qué autores me han marcado y por qué. Por supuesto, sigo buscando. Hoy: Dionisio Ridruejo.

La huella de Ridruejo en la cultura española sigue resultando fascinante, sobre todo por su trayectoria personal: empezó falangista y terminó socialdemócrata después de pasar por propagandista mayor de la España de Franco, por la División Azul y por la disidencia del franquismo. ¿Cómo fue posible semejante giro? Fue posible porque Ridruejo vivió literalmente pegado a las vísceras de España. Y por eso es interesante nuestro autor: porque, en buena medida, explicar su trayectoria personal es explicar la trayectoria colectiva de los españoles.

Un poeta cara al sol
Vamos a empezar recreando una escena. Estamos en el Madrid de 1935. José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange, ha convocado en el bar vasco “La Cueva del Orkompon” a un ramillete de los jóvenes poetas del movimiento: la “escuadra de poetas”. De la asamblea tiene que nacer un himno para la Falange. Allí están algunos nombres importantes de la cultura española: José María Alfaro, Agustín de Foxá, Pedro Mourlane Michelena, Jacinto Miquelarena, Rafael Sánchez Mazas y el marqués de Bolarque; también está Dionisio Ridruejo. El himno ya tiene música: es el Amanecer en Cegama del falangista guipuzcoano Juan Tellería. Le falta una letra, y esa es la misión de la “escuadra de poetas”. De esa reunión saldrá el Cara al Sol, el himno de Falange. Dionisio Ridruejo escribe dos versos: “Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz”.

¿Quién era este Dionisio Ridruejo? Un muchacho de Soria. Había nacido en El Burgo de Osma en 1912, en una familia conservadora y tradicional. Estudió en Segovia, Valladolid y Madrid para acabar en la Universidad María Cristina de El Escorial. Hondamente patriota y católico, Dionisio vive con preocupación las convulsiones de la España republicana. La derecha convencional le parece tibia. José Antonio Primo de Rivera funda en octubre de 1933 un movimiento nuevo: Falange Española. Ridruejo se afilia inmediatamente. La sintonía con el líder falangista no es sólo política: nuestro autor ya ha escrito un primer libro de poemas, Plural. José Antonio aprecia el estilo del joven soriano. Sobre la poesía se construye su amistad.

Poeta, pues, pero poeta de combate, inmerso de hoz y coz en el activismo político. En marzo de 1936, el gobierno del Frente Popular declara ilegal a la Falange y encarcela a sus dirigentes. La “primavera trágica” de 1936 conduce inevitablemente a la guerra civil. Ridruejo está en Segovia. Allí la guarnición militar se subleva el 19 de julio. La Falange local participa en la toma del poder. Será cruenta. Pero Ridruejo no irá a las trincheras. Desde el primer momento se le encomienda una misión distinta: la Propaganda del bando sublevado.

Estética de cruzada
“Propaganda”: hay que entender el término en el sentido que tenía en la época, derivado de “propagar”; fabricar ideas y comunicarlas. Y para una España en guerra, será una propaganda de guerra. Los tópicos recientes nos han vendido la imagen del bando nacional como una caterva de señoritos despóticos, militares golpistas y obispos corrompidos. Evidentemente, eso no es verdad. En el bando nacional había un pueblo: la mitad del pueblo (la otra mitad estaba en el otro lado). También nos han vendido la idea de que el mundo de la cultura estaba con el Frente Popular, y tampoco es verdad. A Maeztu y Muñoz Seca los fusilan los republicanos. Ortega, Marañón y Pérez de Ayala –los padres intelectuales de la República- tienen que huir del Madrid rojo. Mientras, el bando sublevado crea su propia elite cultural. En torno a Serrano Súñer se constituye un grupo de intelectuales falangistas que va a sentar la directriz estética de los “nacionales”: ahí están Antonio Tovar, Laín Entralgo, Foxá y Giménez Caballero, por ejemplo. Y está, de manera muy destacada, Dionisio Ridruejo.

La influencia de Ridruejo en la propaganda nacional es importante. Él es uno de los principales creadores de la estética del alzamiento. La guerra se justifica por la liberación de España; en la sangre hay un fondo de hermosura. Sobre el paisaje estético de la España imperial –yugos y flechas, guerreros cristianos, cruzados poetas- se dibuja el repertorio temático falangista: el trabajo, el pan, la patria y la justicia. Esa estética expresará perfectamente el espíritu de media España, sus esperanzas y sus sueños. No fue obra exclusiva de Ridruejo, pero la aportación de nuestro autor fue fundamental. Y esa aportación no se limita al periodo de la guerra: tras la victoria, Dionisio es nombrado Jefe Nacional de Propaganda. Su papel seguirá siendo el mismo: crear la estética del Movimiento. En 1940 funda la revista Escorial con Laín Entralgo. La nómina de talentos que se agrupa en torno a ese polo es notable: Torrente Ballester, Xavier de Salas, Masoliver, Fontana, Ros, Escotado, Carlos Sentís, Obregón, Martínez Barbeito, Edgar Neville, Luis Escobar, García Viñolas, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco… Dionisio ejerce un liderazgo indiscutible. Y hay que decir que jamás será un sectario: en estos mismos años recupera a Antonio Machado desde la revista Escorial e intercede por Miguel Hernández, que cumple condena por “rojo”.

Lanzado con vehemencia a la cruzada, Ridruejo da en 1941 un nuevo paso: Alemania ha invadido la Unión Soviética, los falangistas organizan una fuerza para combatir al comunismo, nace la División Azul y Ridruejo se alista. Se alista como soldado. Hay quien dice que así quería enmendar su ausencia de las trincheras durante la guerra civil. Otros aventuran que se marchó por amor. Puede ser. Pero más bien creemos que Dionisio fue allí como tantos otros miles de españoles: porque se consideraba inmerso en una cruzada contra el bolchevismo. Y así tenemos a nuestro poeta en Rusia, llevando una vida para la que, evidentemente, no estaba hecho. Volverá enfermo y quebrantado. Por el camino, escribió poemas como este:

“Anteayer dormí en el prado
sobre el olor de la hierba,
ayer entre los pinares,
hoy en la tranquila selva,
mañana, raso con raso,
solo entre el cielo y la tierra.

El alba de cada sol
nuevo campo me revela,
y el sueño de cada noche
las mismas hondas estrellas.

En el día se recorre
lo que en la noche se sueña:
siempre la misma esperanza
bajo distinta promesa,
y en la noche se vigila
todo lo que el paso deja,
compañía militar
en camino de la ausencia.

¿Cuánto será lo que avanza
y cuánto lo que regresa?

Corazón aventurado:
¿qué miras en lo que sueñas?

La sangre, toda la sangre.
La tierra, toda tu tierra.”

(De En marcha)

Conviene no perder esto de vista: Ridruejo era un poeta, y lo seguía siendo cuando hacía política o cuando hacía propaganda o cuando vestía el uniforme alemán en Rusia. La crítica dice hoy que Dionisio era mejor prosista que poeta. Incluso califica su poesía como “cursi”. Esos calificativos hay que cogerlos con pinzas, porque hace muchos años que la crítica, tanto en poesía como en otras artes, considera “cursi” cualquier cosa que no huela a estiércol, berza o sobaco, y ya no digamos cuando se trata de épica o de espiritualidad. Como poeta, Ridruejo quiso ser el heraldo de una estética neo-imperial –la estética falangista- que se caracterizaba por el estricto clasicismo en las formas y por un abanico temático muy concreto: el amor, la muerte, Dios, el paisaje castellano, la patria… A esa estética se la llamará “garcilasista”, porque toma como referencia a Garcilaso de la Vega, el poeta soldado, el que combate soñando con una belleza ideal y lo hace, además, en el marco de la España imperial. En torno al garcilasismo nace en 1943 la revista Garcilaso. Juventud creadora, dirigida por José García Nieto. En sus páginas escriben Rosales, Vivanco, Panero, Gerardo Diego… También Ridruejo, claro.

La decepción
Pero Ridruejo, siendo ante todo poeta, nunca fue sólo poeta. Incluso había mezclado en su interior, de forma indisoluble, la poesía y la política. Y el Ridruejo que vuelve de Rusia, que se siente a sí mismo como el falangista puro, como la encarnación estética del nuevo régimen, queda decepcionado por lo que encuentra en España. El régimen de Franco no está haciendo la revolución: entre militares, eclesiásticos y monárquicos, la Falange se borra. Así que Dionisio coge la pluma y escribe una carta a Franco. Es 1942. “La Falange gasta estérilmente su nombre y sus consignas amparando una obra generalmente ajena y adversa, perdiendo su eficacia”, le dice Ridruejo al Caudillo. Lo que ha nacido en España no es la revolución soñada, sino un “burocratismo inoperante”. El régimen –dice- “se hunde como empresa aunque se sostenga como tinglado”. Ridruejo quería que la Falange tomara el mando y aplicará su revolución social y nacional. Como eso no pasó, Ridruejo se sentirá defraudado hasta la exasperación. Algunos se acomodaron a las circunstancias. Él, no.

El régimen no reaccionó con demasiada dureza: se limitó a confinar a Ridruejo en Ronda, primero, y en San Cugat del Vallés después. Se trataba de mantenerlo alejado de Madrid, donde habría podido ejercer una influencia poco oportuna en otros “camisas viejas” de la Falange. Por lo demás, Ridruejo sigue publicando: en este periodo aparecen Fábula de la doncella y el río, Sonetos a la piedra, En la soledad del tiempo, Poesía en armas (Cuaderno de la campaña de Rusia), Elegías… Es un represaliado político, pero las represalias se limitan a eso: a lo político.

En 1948 la agencia Pyresa le ofrece la plaza de corresponsal en Roma y Dionisio la acepta. Será una experiencia decisiva, porque allí Ridruejo asiste al nacimiento del mundo de posguerra. El eje se ha hundido, el fascismo sólo ha dejado tras de sí las ruinas de la guerra y lo que aparece ahora es un orden completamente distinto. Desengañado como estaba del régimen de Franco, la conclusión se imponía por sí sola: también España debía entrar en ese mundo que surge de las cenizas de la segunda guerra mundial, y eso pasaba por modificar la realidad política española. A partir de este momento, Ridruejo empieza una evolución singular: nunca dejará de ser un personaje incómodo para el régimen, pero tampoco nunca dejará de gozar de una libertad notable. En 1950 recibe el Premio Nacional de Poesía por su compilación En once años. Poesías completas de juventud (1935-1945). Se instala en Madrid y se cartea con los ambientes de la disidencia tolerada: liberales, democristianos, monárquicos… Ridruejo se va convirtiendo en una referencia para los descontentos.

El disidente
El año de 1956 marcará un punto de inflexión en esta trayectoria. Han pasado ya más de quince años desde el final de la guerra: ha crecido una generación nueva cuyos deseos de cambio chocan con el anquilosamiento del régimen. Dentro del propio régimen aparecen voces percibidas como inconformistas. En ese año de 1956, unos disturbios estudiantiles someten al régimen de Franco a una severa prueba. Ridruejo aparece por medio. Se le acusa de participar en un movimiento revolucionario con militantes del Partido Comunista; termina en la cárcel. Es verdad que había comunistas: Sánchez Dragó, Javier Pradera… Pero Ridruejo no lo sabía. Eso le librará de penas mayores. Ahora bien, su posición personal quedaba seriamente comprometida: para el régimen dejaba de ser un disidente y se convertía en un enemigo. En 1957 intenta hacer valer su condición de “camisa vieja” y envía un nuevo informe a Franco denunciando la situación política. Intento inútil. Acusado de haber formado un partido ilegal, “Acción Democrática”, será llevado de nuevo ante los tribunales. Finalmente, decide poner tierra por medio: se marcha a dar clase a los Estados Unidos.

¿Dónde está exactamente Ridruejo en este momento? No es fácil decirlo. Sigue siendo un patriota católico. No es un socialista. ¿Liberal? Sólo en el sentido que entonces se daba en España a esta palabra, donde “talante liberal” era sinónimo de diálogo y reformismo. También estaba cerca de la democracia cristiana, pero con más énfasis en las reformas sociales. En el fondo, seguía fiel a los viejos principios falangistas, pero con una variante decisiva: la estructura jerárquica del Estado quedaba atrás para virar hacia una concepción democrática de la vida política. Este giro tiene también consecuencias en su estilo literario: se va alejando del patrón garcilasista para acercarse a lo que se llamará “poesía desarraigada”, una estética existencialista donde la duda y el malestar se adueñan del sentimiento. En 1961 publica un ensayo muy importante: Escrito en España, que aparece en Argentina para evitar problemas con la censura. No es un texto doctrinal ni programático; es más bien la expresión de un sentimiento vital, el depósito de las reflexiones acumuladas a lo largo de veinte años de desengaños. Conste que no por eso Ridruejo será perseguido: el régimen de Franco era una dictadura, pero no un estado totalitario. Así la editorial Aguilar puede publicar con toda libertad en 1962 la compilación poética de Ridruejo Hasta la fecha.

Ese año de 1962 es importante para nuestra historia. Ridruejo acude a un encuentro convocado en Munich, Alemania, por distintas ramas de la oposición. Es lo que el régimen llamará “el contubernio de Munich”. Hay monárquicos, democristianos, liberales, también socialistas… En lo que concierne a Ridruejo, el régimen considerara que ya había llegado demasiado lejos. Ello no obstante, la Revista de Occidente publicará su Cuaderno catalán. Ridruejo ya se había convertido en una de las cabezas de la oposición política a Franco. Buscaba un camino entre la democracia cristiana y el socialismo: quiere ser patriota, cristiano y social a la vez. Si primero había fundado el Partido Social de Acción Democrática, después lo intentará con la Unión Social-Demócrata Española. Pero una vez más hay que insistir en que el régimen no buscará anular a Ridruejo, cosa que podía haber hecho sin el menor esfuerzo. A Franco se le atribuye una frase reveladora: “A Dionisio, que no le falte de nada”. Que cada cual saque las conclusiones que quiera.

El último libro de Ridruejo fue Casi unas memorias, una obra muy importante porque ponía sobre el tapete un asunto extremadamente espinoso: la violencia de la guerra civil y la represión de la posguerra. Y quien la ponía era precisamente alguien que había construido poemas a la guerra. Vale la pena citar algunas palabras de Casi unas memorias:

“Lo cierto es que la guerra absorbía estos escrúpulos y amarguras como absorbía las reservas y temores sobre su desenlace. Con sus horrores y calamidades la guerra sólo puede definirse con la certera palabra empleada por Malraux: L’Espoir. Esa esperanza lo llenaba todo y emboscaba, ante la subjetividad entregada de miles o millones de hombres, las figuras del asesino, del especulador y del prepotente, atentos al cálculo (…). Conviví, toleré, di mi aprobación indirecta al terror con mi silencio público y mi perseverancia militante”.

Esta asunción de culpa por parte de Ridruejo fue muy valiente, pero no será muy afortunada. Por una parte, a los franquistas les sentó muy mal, y con razón. Por otra, la izquierda la utilizará no para pedir perdón a su vez por sus propias violencias, sino para endurecer su discurso victimista y vengativo. Ridruejo, en todo caso, no pudo contestar ni a unos ni a otros. La muerte se lo impidió. Pocos meses antes de la aparición prevista (en Planeta) de Casi unas memorias, Dionisio Ridruejo moría en su casa, en Madrid, el 29 de junio de 1975, con 64 años y el corazón envejecido y cansado. Franco seguía en el poder. Otros, sin embargo, movían ya los hilos para transportar al régimen hacia una apertura democrática. Y quienes movían los hilos eran, también, gentes de camisa azul.

Y bien, ¿qué queda hoy de Ridruejo? Primero, un estilo, una literatura, siempre estimable tanto en el joven poeta garcilasista como en el veterano ensayista escéptico y melancólico; Ridruejo es una lectura indispensable. Segundo, un testimonio personal de un hombre al que se le podrán hacer muchos reproches, pero cuya integridad está fuera de toda duda. Tercero, y no menos importante, el significado de su trayectoria política e intelectual, que sirve para entender muchas cosas de cuantas pasaron en España desde 1936 hasta 1975. No son pocos títulos para traerlo aquí, a nuestra biblioteca de disidentes maestros para pensar.

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Ni los unos ni los otros. ¿De verdad nos merecemos esto?
Vicente A. C. M. Periodista Digital 21 Enero 2018

EL GOBIERNO ADMITE SU INCAPACIDAD PARA PARAR LA INVESTIDURA TELEMÁTICA DE CARLES PUIGDEMONT.

Este Gobierno de MariAno Rajoy empieza a dar signos de lo que ya todos sabíamos, su absoluta incapacidad para hacer cumplir la Ley y además excusarse en los procedimientos para eludir su responsabilidad. Tras anunciar de forma vehemente que jamás permitiría la investidura telemática de ningún candidato, ahora se descuelga con que quizás no pueda impedirlo al no poder actuar antes de que se consume el acto y para cuando pueda recurrir ante el Tribunal Constitucional, Carles Puigdemont haya sido investido Presidente en el Parlamento. Es decir, reconoce su incapacidad real de hacer cumplir la Ley y, lo que es peor, no estudia ni prevé otro tipo de medidas previas como impugnar la sesión cuando la Mesa del Parlamento decida admitir esa vía telemática o el voto delegado de los prófugos de la Justicia. Porque la primera decisión es la que va a tener que adoptar la Mesa del Parlamento presidida por el radical extremista de ERC Roger Torrent y los componentes independentistas a la hora de imponer su criterio, contrario al de los Servicios Jurídicos, y permitir que el candidato fugitivo Carles Puigdemont aparezca de alguna forma de forma telemática, o delegue el discurso y el debate a otro Diputado. Un fraude de Ley inaceptable en un Estado de Derecho y que el Gobierno de España, como tal y como Gobierno de la Generalidad en funciones tiene el deber de impedirlo. La denuncia debe ser contra los componentes de la Mesa y anular esa convocatoria de pleno en los términos en que intentan hacerlo.

El Gobierno del PP se ha confundido gravemente de enemigo. Ha centrado todo su esfuerzo en denigrar y atacar a CIUDADANOS y dar cancha a los golpistas invitándoles a participar en la campaña electoral y presentarse a las elecciones autonómicas, aprovechando el vacío legal de que tenían intactos sus derechos constitucionales al sufragio pasivo, al no existir una condena en firme de inhabilitación, ni sanción económica por la malversación de fondos públicos, ni de prisión por los graves delitos de rebelión y sedición en todo los hechos que condujeron al golpe de Estado con la declaración unilateral de independencia. Una aberración jurídica que ha permitido que casi la totalidad de los encausados se presenten en las listas, hayan sido elegidos en la votación del 21 de diciembre y hayan podido acceder al Acta de Diputado. Y como en el caso del fugitivo Carles Puigdemont, vaya a ser presentado como candidato a la investidura como Presidente de la Generalidad, a pesar de que pende sobre él una orden de detención y puesta a disposición judicial en todo el territorio español. Motivo por el que este delincuente decidió exiliarse a un país refugio donde la ley es mucho más garantista y cuestiona de forma obscena el derecho de otros países.

El Gobierno de Mariano Rajoy y el PP han querido centrar sus ataques en quienes consideran competidores en el nicho de votos del supuesto centro derecha. Y esa actitud beligerante les ha costado pasar a ser una fuerza residual en Cataluña, culpando a CIUDADANOS de su fracaso y censurando el que no les permitan tener su propio Grupo parlamentario. Una actitud de cinismo supremo que solo intenta falsear la auténtica imagen de fracaso electoral y su ostracismo obligado en el Grupo mixto junto a los radicales de izquierda de la CUP, con los que deberán compartir tiempo en el estrado. Y es que los españoles se han dado cuenta del doble discurso y de la hipocresía y falta de ética que supone un discurso de apaciguamiento, como el vergonzoso espectáculo dado por la VicePresidenta Soraya Sáenz, en su comisión de servicio en Cataluña durante casi un mes, con despacho incluido, en aquellas reuniones con el “moderado” Oriol Junqueras, señalado como alternativa al más radicalizado Puigdemont. Una misión cuyos resultados fueron el fracaso mas absoluto y la aceleración del proceso separatista en el mes de septiembre que culminó con el referéndum ilegal del 1 de octubre, la declaración de independencia de finales de octubre y la aprobación de las medidas de intervención tan precipitadas y limitadas que han llevado a este nuevo fracaso. Y es que aquí Mariano Rajoy cumple aquello de ir de fracaso en fracaso hasta la derrota final. Eso sí, con el aplauso de sus eternos “agradaores” que le siguen vitoreando con eso de “¡has estado cumbre, presidente!” ¡Valientes mamarrachos que solo saben vivir de la mamandurria pública!

Hay quienes dicen que Carles Puigdemont se parece a los protagonistas de la película “Los otros”, que no saben que los muertos son ellos y ven como fantasmas e intrusos a los vivos. Nada más lejos de la realidad. Carles Puigdemont lleva meses fugado burlándose de España, del Gobierno y del Estado de Derecho, gracias a una Justicia belga a la que en algún momento sus ciudadanos le reprocharán haber contribuido a que Bélgica sea el reducto de criminales y terroristas por ser tan permisiva y garantista y creerse moralmente por encima de la Justicia de otros países como España. Y es que un socio así no es de fiar y la UE debería imponer orden a la hora de tratar de forma homogénea asuntos tan sensibles como el de una euroorden de detención contra delincuentes y prófugos de la Justicia de un país miembro. Simplemente, Carles Puigdemont se aprovecha de esa “hospitalidad” y sobreprotección belga para huir de la Justicia y exigir inmunidad para regresar a España y ejercer de nuevo para seguir en su plan secesionista. ¡Hace falta desfachatez!

Y el matiz viene de que el mensaje del Gobierno de España ya no dice que “no se permitirá que Carles Puigdemont sea investido de forma telemática” sino que “Nunca Carles Puigdemont será Presidente”. Ninguna de las dos afirmaciones ya es creíble, no al menos mientras no se pase de las palabras a las acciones y se den garantías de que el Estado de Derecho no volverá a permitir una burla, un fraude de Ley, ni comportamientos de desobediencia por parte de cargos públicos electos. Si la opinión de nos Servicios Jurídicos del Parlamento de Cataluña no se considera vinculante, sí debe serlo preceptos como el de la lealtad institucional y la obediencia de las sentencias y Autos judiciales, como por ejemplo el de no admitir el voto delegado de los cinco prófugos de la Justicia, de los que al menos dos de ellos, los de Junts per Cataluñya lo han solicitado en contra del Auto del juez Pablo Llarena del Tribunal Supremo que expresamente lo prohíbe.

Como dije ayer, si el Gobierno solo piensa actuar ante hechos consumados, estará incumpliendo con su responsabilidad de hacer cumplir la Ley y las sentencias judiciales. Lo mismo que disolvió el Parlamento de Cataluña para convocar elecciones, puede hacerlo en virtud del artículo 155 por desobediencia. Esta legislatura no puede iniciarse con una ilegalidad manifiesta y hay que recordar que la Autonomía sigue intervenida hasta que se forme un nuevo Gobierno de la Generalidad, pero siempre que se realice dentro de la legalidad y no usando falsos debates, falsas comparecencias y candidatos fantasmas ausentes del hemiciclo, que piensan gobernar en el exilio voluntario por cobardía manifiesta al haber optado por huir de la Justicia para no asumir sus responsabilidades judiciales.

Mariano Rajoy y su Gobierno deben decidir si asumen su responsabilidad o reconocen su incapacidad para esa misión ineludible y renuncian a seguir. No es admisible un nuevo fracaso y ver cómo los golpistas enemigos de España vuelven a salir impunes de sus fechorías burlándose de la Justicia y de todos los españoles. Un Gobierno que es reticente a la hora de gobernar, no merece estar al mando. Y es verdad que haber llegado a esta situación no es solo culpa de los que no se esconden a la hora de luchar por sus objetivos independentistas, sino también de aquellos que por acción u omisión lo han permitido. Y en este caso tanto PSOE como CIUDADANOS deberán hacer una reflexión de su actitud exigente y escrupulosa en las exigencias al Gobierno de España para dar su limitado y condicionado apoyo a las medidas de intervención de la autonomía y la precipitación en la convocatoria de unas elecciones autonómicas claramente desaconsejables en una situación de alta crispación y fragmentación social.

No me vale, ni es creíble el discurso del Gobierno de España porque ya ha dado muestras suficientes de que no puede cumplir con aquello que promete. Tampoco me interesa para nada el futuro político de Mariano Rajoy en el PP. Bastante tienen con salir airosos de los asuntos de corrupción que ya son de auténtico escándalo. Creo que dos legislaturas en el Gobierno es tiempo más que suficiente, aunque está por ver que llegue a completar esta última.

¡Que pasen un buen día!

Seguimos en el fango: volvemos a la casilla de septiembre

Jesús Cacho. vozpopuli 21 Enero 2018

Cuatro meses después de los episodios del 6 y 7 de septiembre en los que el secesionismo decidió, contra toda conseja, desafiar la Constitución, y tres meses después de la aplicación del 155, volvemos al punto de partida, regresamos a la casilla de salida. Hay unos tipos en la cárcel y un botarate huido, pero aquí paz y después gloria. Ante un Gobierno que parece incapaz de defender al Estado, los golpistas vuelven a dominar las instituciones catalanas, se acaban de hacer con el control de la mesa del Parlament, y se han conjurado para reelegir por vía telemática como presidente de la Generalitat al golpista jefe huido. Un bochornoso déjà vu. La nazionalpolitik secesionista vuelve a dominar la escena con su atosigante juego de espejos en el callejón del desvarío patrio. Vuelven a tener la iniciativa, vuelven a amenazarnos con otra ronda de años de algarabía supremacista. Y uno no sabe si admirarse más del desparpajo de los rebeldes, del fracaso del 155 dilapidado, o de la patológica cobardía de un Mariano escondido tras las faldas de los jueces. En lugar de tener a los golpistas acochinados, es él quien se humilla asustado ante lo que puedan hacer los golpistas. Nos humilla a todos.

Cuatro años de nuevo con el nacionalismo cual martillo pilón, y una sensación de cansancio, de hartazgo, de indignación también, recorre las cuatro esquinas de un país que se consume entre la iniquidad y la rabia, entre la impotencia y la furia, convencido de sufrir las consecuencias de no haber reprimido la rebelión como la importancia del delito exigía, no haber destruido, 155 en mano, la cabeza de la serpiente. Es evidente que los golpistas no van a cejar en su empeño, el alacrán no puede renunciar a su condición, y es seguro que habrá Gobierno independentista, porque en modo alguno pueden permitirse renunciar al manejo del aparato autonómico y sus sinecuras, al Estadito clientelar que alimenta cientos de miles de bocas, como es igualmente seguro que aprovecharán este tiempo nuevo para, ante la acreditada indolencia rajoyesca, seguir horadando los lazos afectivos y emocionales que todavía unen a Cataluña con el resto de España mediante lo que es su especialidad: cuidar con pasión la viña del odio al discrepante a través de la enseñanza, los medios de comunicación y las televisiones que controlan, empeñados todos en segar la convivencia, afianzar la división y ensanchar la base independentista.

“El Gobierno no sabe qué hacer para evitar la elección de Puigdemont”, decía el jueves noche un diario nacional en su edición de internet. Por increíble que parezca, es exactamente así: el Gobierno sigue sin saber qué hacer en Cataluña con el Movimiento Nacional catalán. Rajoy, Soraya y su ejército de listísimos Abogados del Estado, con todos los servicios de información, incluido el CNI, a su servicio, siguen a remolque, con la lengua fuera, corriendo cual pollo sin cabeza tras una iniciativa que sigue perteneciendo al independentismo. Como en septiembre del año pasado. Como desde septiembre de 2012. Rajoy no ve el momento de olvidarse de Cataluña. Para este Gobierno de mansos seguir aplicando el 155 es un marrón, un envite que les impide dormir, y un campo sembrado de minas judiciales del que aspiran a salir cuanto antes. Sus mensajes al universo indepe son constantes: ustedes quieren recuperar el control de sus instituciones y yo estoy deseando devolvérselo, pero, para poder salir del trance sin que me apedreen, necesito que nombren un presidente que resida en Cataluña, que no esté imputado y que, a ser posible, esté dispuesto a renunciar a la vía unilateral, y entonces yo me largo de inmediato. Sueña Mariano con dar carpetazo al tema catalán. Reza Mariano para que los secesionistas tengan a bien volver al mundo consuetudinario del insulto, el agravio falsario y la desobediencia a las instituciones. Eso ya le va bien. Eso es para él la “normalidad”.

En realidad, no solo no saben qué hacer, sino que se avergüenzan de lo poco que han hecho. El espectáculo ofrecido por el ministro Zoido el jueves en el Senado, en su intento de defender la actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado el 1 de octubre en Barcelona, es claramente definitorio del estado de enajenación legal en la que vive instalado un Gobierno que no se hace respetar, que ha perdido los papeles. Tras soportar el zafio y mendaz alegato de los golpistas y sus 1.066 heridos, ni uno más ni uno menos, el ministro sevillano incursionó en disculpas gaseosas en lugar de responder con la bofetada dialéctica que merecían quienes desafiaron la ley y la autoridad del Estado. Los delincuentes, al ataque, mientras el Estado y sus servidores se baten en retirada. Con tan esforzado y magnífico espíritu, es fácil imaginar lo que terminará ocurriendo en Cataluña a la vuelta de unos años. Parodiando a Menéndez Pidal en el arranque de su famoso estudio: Quid est quod fuit? Ipsum quod futurum est; lo que sucedió no es sino lo mismo que sucederá.

Del PP de Aznar no quedan ni las raspas
Ni una brizna de hierba fresca. El duro alegato de Rodrigo Rato ante la Comisión del Congreso que investiga (es un decir) el rescate financiero (“El PP me quiere meter en la cárcel”, dijo el soberbio asturiano y dijo bien, aunque en realidad querían haberlo enchironado el 22 de diciembre, de modo que el sermón del martes 9 fue el último ¡Hurra! del bergante dispuesto a despedirse de amigos y familiares antes de desfilar caminito de Jerez) ha venido a poner de manifiesto que del PP de José María Aznar no quedan ni las raspas. Aquel centro derecha liberal conservador imbuido de un cierto espíritu reformista, se ha convertido en un partido de derecha-derecha obsesionado por el ejercicio del poder, pegado al poder como una lapa, cerrado a cualquier veleidad ideológica, balsa de piedra a la deriva que ha roto amarras con Aznar, con Rato, con Cascos, con Aguirre, con todos los que significaron algo en la derecha española de Fraga a esta parte, la empresa privada de un registrador empeñado en un viaje a ninguna parte, inmovilismo perfecto, y cuyo interés por un proyecto de España a 30/40 años vista es cero patatero, porque no hay ánimo, ni cultura, ni ilusión, ni patriotismo, ni raíces profundas capaces de hacer brotar algo de sabia nueva del olmo seco hendido por el rayo de tanta imperial desidia. Es el “Sin pulso” que Francisco Silvela escribiera un ya lejano 16 de agosto de 1898 tras el desastre de Cuba.

Imposible contar con esta derecha –obsesionada, ahora, por zurrarle la badana a Ciudadanos, el partido que le ha robado la bandera de la ilusión- para edificar un proyecto fiable de futuro. Pensar que Mariano, Soraya et alii van a ser capaces de construir un relato para Cataluña y sobre todo, tomar alguna medida seria, consistente, eficaz en el tiempo, para contrarrestar la labor de demolición de la unidad de España emprendida por el nacionalismo, es una pura ensoñación. Se vio claro ya en 2004, cuando tras la derrota electoral que siguió a la tragedia del 11-M, Rajoy renunció a regenerar el partido que había heredado, como muy bien apunta Tom Burns (“Entre el ruido y la furia: el fracaso del bipartidismo en España” Galaxia Gutenberg): “Fue una vuelta al `lejos de nosotros la funesta idea de pensar´ que decían los integristas del siglo XIX. Nombrado por Aznar líder del centroderecha y candidato del PP, Rajoy no mostró interés alguno por desarrollar la agenda liberal, modernizadora e internacionalista de su antecesor (…) El inmovilismo es tan desestabilizador para un partido parlamentario como lo es el aventurerismo”. De aquel reformismo liberal-conservador no queda nada.

Este PP se ha convertido en un peso muerto, un obstáculo que amenaza tan seriamente el futuro español como los nacionalismos periféricos. Una especie de sonámbulo que pretende seguir caminando a oscuras y sin brújula, anteponiendo sus intereses particulares a los generales del país. Un mediocre en su camino de perdición (“Este hombre de casino provinciano/ que vio a Carancha recibir un día,/ tiene mustia la tez, el pelo cano,/ ojos velados por melancolía;/ bajo el bigote gris, labios de hastío,/ y una triste expresión, que no es tristeza,/ sino algo más y menos: el vacío/ del mundo en la oquedad de su cabeza”). Este es, muy a grandes rasgos, el horizonte político que nos espera hasta las próximas generales. ¿Tres años uncidos al yugo del secesionismo catalán, apiñados en la yunta que conduce el gran indolente? Queda la resignación. Incluso la indignación. Tal vez la esperanza de que esa ciudadanía que supo movilizarse en todo el país contra el rodillo nacional-socialista catalán sea capaz de echarse de nuevo a la calle, dispuesta ahora a desalojar de su madriguera a nuestro particular “gatazo castrado y satisfecho de mirada tontiastuta” (Sánchez Ferlosio a Felipe González en un ya lejano 1985) y enviarlo a su casa. ¿Qué teme Mariano?

Del Palau al Palau: ¡catalanes, al poder!
Pedro J. Ramírez elespanol 21 Enero 2018

Si la presidenta de la Sección Décima de la Sala de lo Penal de la Audiencia de Barcelona, Montserrat Comas d’Argemir, hubiera dedicado menos tiempo al politiqueo barato, tomando partido por Garzón, cuando formaba parte del CGPJ, o firmando el manifiesto de los “jueces por el derecho a decidir”, y hubiera estudiado, solamente un poco, la historia de Cataluña, habría tenido en su mano protagonizar un golpe de ingenio, con el que se habría hecho acreedora de la admiración de tirios y troyanos. Yo mismo habría tenido que soslayar sus pifias anteriores y quitarme el sombrero si, en lugar de haber fijado la lectura de la sentencia del caso Palau para el pasado lunes 15 de enero, lo hubiera hecho para el martes 16. Era tan fácil como eso; pero ella no lo sabía.

O sea, que ni Comas d’Argemir ni ninguna de las bulliciosas -¿o habría que decir bullangueras?- personas de su entorno tenían ni pajolera idea de que, precisamente ese día, cuando ya se desgranaban las consecuencias de la sentencia, condenatoria como no podía ser de otra forma, se cumplía el centenario del que tal vez haya sido el acto político más importante celebrado nunca en la emblemática institución, ahora esquilmada.

Y si no eran conscientes de la efeméride, menos aun podían serlo de que ese acto abrió un camino alternativo al catalanismo político que, de haberlo seguido con perseverancia, habría evitado algunas de sus más trágicas equivocaciones. Incluida, por supuesto, la huida hacia adelante que, entreverando corrupción y sedición, se gestó durante el pujolismo, para estallar ahora sobre los restos del oasis, con la repelente notoriedad de un saco de excrementos.

Leer la sentencia el 16, hubiera sido un gesto magistral, pues habría llevado implícito el mensaje de que lo que se planteó aquel día, hace cien años, en el Palau de la Música Catalana, habría sido el mejor antídoto para prevenir delitos como los consumados ahora en el Palau de la Música Catalana. Me refiero al mitin de Francesc Cambó que el miércoles 16 de enero de 1918 supuso el pistoletazo de salida de lo que ha pasado a la Historia como la campaña "anunciant l'adveniment de l'Espanya gran o Espanya catalana", por utilizar palabras de Francesc Pujols, personaje fascinante donde los haya, sobre el que algún día habrá que extenderse.

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Trasladémonos ahora al patio de butacas del edificio modernista de Domenech i Montaner, inaugurado diez años antes, como sede del Orfeó Català. Escuchemos, por boca del cronista de La Vanguardia, lo que sucedió aquel día bajo los vitrales de su techo acristalado:

“Mucho antes de la hora anunciada, el local estaba absolutamente lleno; la entrada fue por invitación; sólo por los palcos se abonaron 25 pesetas. En ellos había distinguidas señoras de la buena sociedad barcelonesa. A las diez y cinco, al aparecer el señor Cambó, fue saludado con grandes aplausos”.

Como escribió su secretario, Eduardo Aunós, “en aquel momento, Cambó era el verdadero árbitro de España”. Su apoyo a la entrada en el primer gobierno de concentración de la monarquía alfonsina de su lugarteniente en la Lliga (Ventosa) y de un dirigente de la Esquerra (Rodés) había resuelto la triple crisis ocasionada, durante 1917, por la rebelión de las Juntas de Defensa, la Huelga General Revolucionaria y la Asamblea de Parlamentarios, celebrada en Barcelona como respuesta al cierre de las Cortes.

Se había puesto término así a una gran anomalía, denunciada por el propio Cambó tres años antes en el Congreso: “Desde que es rey constitucional don Alfonso XIII, han prestado juramento ciento ochenta ministros; ni uno solo catalán”. Pero el líder de la Lliga había cometido un “funest error”, consignado luego en sus Memorias: “Qui havia d’haver entrat en el govern era jo, i un dels remordiments que tinc, és per no haver-ho fet”.

Cambó pensaba, con razón, que sólo él tenía capacidad de interlocución con las grandes figuras de la política española

Apenas alcanzada la cuarentena, Cambó pensaba, con razón, que sólo él tenía capacidad de interlocución con las grandes figuras de la política española. Y ése era el requisito imprescindible para abordar el doble desafío más ambicioso asumido por un político en los primeros tramos del siglo XX: la autonomía de Cataluña y la regeneración de España. El tema central de aquel discurso en el Palau fue la complementariedad de ambos empeños:

"Comienza ya a ser enfadosa la leyenda de que nosotros, los catalanistas, tenemos aquí un lenguaje distinto del que empleamos al hablar fuera de Cataluña y, con toda su falsedad, esa leyenda tiene la fuerza que tienen todas las leyendas. Aquí y allí, he predicado siempre el ideal de una gran España, y hoy, hablando en Barcelona y dirigiéndome a España entera, proclamo mi fe en que es llegada la plenitud de los tiempos en que el ideal de una Cataluña autónoma y de una gran España encuentre camino y sea una realidad esplendorosa".

Durante dos horas, Cambó, recto y vibrante como un pincel irisado de matices, mantuvo en vilo a una audiencia subyugada, pues no en vano decía Pla que era "uno de los pocos catalanes a los que no había forma humana de dejar de escuchar". Auguraba un cambio político en toda España, que hoy sigue teniendo el mismo sentido y resonancia: "La política vieja, el monopolio del gobierno por dos partidos artificiosos ha desaparecido para siempre... Pero pasa con las oligarquías políticas lo que con los árboles corpulentos: cortad las raíces, descabezad el tronco y pasarán días y aun saldrán hojas en algunas ramas".

"Se puede crear una nueva forma de patriotismo... Somos cruzados de una Cataluña rica y plena... de una España grande"
Cambó estaba orgulloso de haber contribuido, decisivamente, a desactivar la revolución que el año anterior había planeado sobre España, como una prolongación de la rusa: "Muchos se declaran revolucionarios porque se consideran incapaces de actuar sobre la realidad". Y ahora se ofrecía, desde el centro del espectro político, como "especialista en solidaridades", es decir, como "iniciador de las patrióticas convergencias" que debían desembocar en la anhelada reforma constitucional.

Sus palabras no han perdido actualidad: "Decimos a los de las derechas que su misión no es servir de contención y a los de izquierdas que acaben con la fraseología... Nos lanzamos a esta empresa con plenitud de fe... En todos los lugares de España se nos ofrecen concursos... Se puede crear una nueva forma de patriotismo... Somos cruzados de una Cataluña rica y plena... de una España grande".

Esta combinación de alusiones a las señas de identidad más hondas de dos ideales compatibles desató lo que, al decir de La Vanguardia, fue una "grande y entusiasta ovación que duró largo rato". Sin perder, por supuesto, la corrección burguesa de aquella audiencia. "Después la concurrencia desaloja el local ordenadamente. Eran las doce de la noche".

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Cambó hizo campaña, "proselitismo abnegado", según Pla, en toda España -tal día como hoy estaba en El Puerto de Santa María-, al modo en que, casi 70 años después, lo haría Miquel Roca, y el resultado electoral fue todo un precedente: arrollador triunfo de la Lliga en Cataluña, fracaso de las listas afines en casi todos los demás sitios.

La campaña de "l'Espanya gran" en el 18 no fue tan estéril como la de la Operación Reformista en el 86, pues, enseguida, se formó el Gobierno Nacional, presidido por Maura, en el que Cambó entró, esta vez sí, como ministro de Fomento. Pero la incapacidad del régimen de la Restauración de superar sus taras congénitas y ampliar su base social desembocó, primero, en la dictadura de Primo de Rivera y, después, en la Segunda República.

La ambición de Cambó dio paso a un repliegue endogámico del catalanismo que pronto arremetió, por boca de Bofill i Matés, cofundador de Acció Catalana, contra "la España grande", en nombre de "la Cataluña pequeña". Por emplear términos de Gaziel, la introversión de la “Catalunya endins” prevaleció entonces sobre la proyección expansiva de la “Catalunya enfora”.

La incapacidad del régimen de la Restauración de superar sus taras congénitas y ampliar su base social desembocó, primero, en la dictadura de Primo de Rivera y, después, en la Segunda República

Esa fue la mentalidad dominante durante la Segunda República, tanto en abril del 31, cuando Maciá desbordó a los miembros catalanes del Gobierno Provisional con su apresurada proclamación de la República Catalana, como en octubre del 34, cuando Companys tomó la senda insurreccional que ha servido de antecedente a la DUI de hace tres meses. Durante el franquismo, el Palau también tuvo su momento estelar, al servir de escenario en el 60 al lanzamiento de octavillas, en que participó el joven Jordi Pujol, en protesta por la prohibición a que el Orfeó Català interpretara el Cant de la Senyera.

El nacionalismo vertebrado a través de Convergencia, al inicio de la Transición, parecía haber aprendido, sin embargo, la lección. Recuerdo conversaciones privadas con Pujol en las que el reto de "catalanizar España", para "modernizarla", aparecía de forma recurrente, con evocaciones a Prat de la Riba y Cambó. La propia praxis parlamentaria, dando apoyo en el Congreso, primero al PSOE y después al PP, mediante el pacto del Majestic, apuntaba en esa dirección.

Si bien es verdad que Pujol siempre vetó la entrada de ministros catalanes, se tratara de Roca o de Durán, en el gobierno de Madrid -quizá porque pensaba, como Cambó, que "voler influir un govern a través de tercera persona és tasca vana"-, nunca dejó de considerar su peso en la política española como la mejor garantía de seguir ampliando, por la vía de los hechos, la fuerza de la Generalitat.

Cuando llegó el siglo XXI, afloraron dos circunstancias que necesariamente llevaban al descarrilamiento del modelo: la "botella" de lo que el Estado podía transferir a Cataluña, sin poner en peligro su propia existencia, estaba ya "vacía", según la metáfora de Aznar, y, al mismo tiempo, la cleptocracia del 3% había provocado la intervención de la Justicia, empujando a sus artífices a la mentada huida hacia adelante.

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Con un esquema tan burdo de financiación ilegal -o sea, de latrocinio a costa del erario-, como el descrito esta semana por la sentencia del Palau, se comprende que los líderes de Convergencia vieran en el procés un faro de impunidad. Y, como suele ocurrir en estos casos, la estrategia, basada en encubrir unos delitos con nuevos delitos, ha empezado a tener consecuencias desastrosas para sus promotores. Ahí está el ejemplo de Artur Mas, inhabilitado y a punto de perder su patrimonio, después de quedarse sin cargo y sin partido, cuando parecía el más listo de la clase.

Quizá sea exagerado utilizar el término "supremacismo", como acaba de hacer Felipe González, pero es evidente que el complejo de superioridad incrustado en la alta burguesía catalana, tan ligada al Palau, ha sido otro de los ingredientes clave de este cóctel explosivo, a base de corrupción e independentismo. Máxime cuando ese desdén comparativo no estaba desactivado, mediante la válvula de seguridad de la astucia y el seny, que tan bien controlaban Cambó, Tarradellas o el primer Pujol.

Ahí está el ejemplo de Artur Mas, inhabilitado y a punto de perder su patrimonio, después de quedarse sin cargo y sin partido, cuando parecía el más listo de la clase

Al final, ese creerse más que nadie de los Millet, los Montull o los Carulla termina implicando creerse por encima de las leyes y engendrando, de manera simultánea y simétrica, bandas de saqueadores y gobiernos sediciosos. La sentencia del caso Palau debería marcar, desde ese punto de vista, el inexorable final de un trayecto.

El tío abuelo de Félix Millet fundó el Orfeó Catalá y obtuvo un gran éxito en 1912 en Madrid, cuando su ayuntamiento izó la senyera en la Plaza de la Villa en señal de reconocimiento. Era parte de la estrategia de relaciones públicas de la Lliga para conseguir la Mancomunidad de Cataluña. Cuando el Cu-Cut, órgano oficioso del partido, publicó una caricatura de Lluis Millet, tocando el arpa delante de la peor fauna imaginable, encabezada por el oso capitalino, y la tituló La música amansa a las fieras, Cambó sintió que la campaña de imagen se le venía abajo; y, apenas brotaron las protestas por la ofensa, optó por cerrar la revista.

En sentido inverso, un siglo después, el dinero público entregado a raudales a la prensa adicta, con el pretexto del fomento del catalán, ha sido el catalizador del clima de opinión en el que ha germinado el procés. Lo que vivimos ahora, con la pretensión de investir a Puigdemont para que gobierne por Skype, al modo en que lo hace el rey Bensah sobre gran parte de Ghana desde su taller alemán en Ludwigshafen, es su esperpéntico epílogo.

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Hasta teniendo enfrente a un gobernante tan abúlico y cobarde como Rajoy, la pretensión maximalista de romper uno de los Estados clave de la Unión Europea, para que media Cataluña monte una republiquita contra la otra media, está condenada a topar con la fuerza de la ley. Puigdemont nunca volverá a presidir la Generalitat y tendrá que elegir entre regresar a afrontar en el banquillo las consecuencias penales de sus actos, junto a Junqueras y los demás, o convertirse en un ridículo pretendiente legitimista en el exilio, como los que veneraban sus ancestros entre carlistada y carlistada.

Al final, ese creerse más que nadie de los Millet, los Montull o los Carulla termina implicando creerse por encima de las leyes

Pero Cataluña es mucho más que el procés y la vida política de la segunda comunidad española por población y PIB no va a arrastrar permanentemente este lastre. Es cierto que, en la extemporánea confrontación del 21-D, fruto del acoquinamiento de Rajoy, los separatistas han vuelto a sumar más votos y escaños que los constitucionales; pero, antes o después, una parte significativa de sus dirigentes y electores volverá a la senda del pragmatismo. Y, lo que es mucho más importante, resulta que, en medio de la desolación, Ciudadanos, el partido vencedor de las elecciones catalanas, emerge como depositario, en cierto modo sin querer, o al menos sin comerlo ni beberlo -pero con muchas más posibilidades que nunca de consumar el empeño-, del legado de Cambó, Tarradellas o la 'operación Roca'.

Hasta ocho catalanes de nacimiento o adopción –Rivera, Arrimadas, Girauta, Villegas, Páramo, Carrizosa, Espejo, Toni Roldán-, y quizá aún me deje alguno, podrían ser miembros de un Gobierno encabezado o participado por Ciudadanos, a nada que el pronóstico de las encuestas se cumpla. Bastaría con que la mitad se sentara en el banco azul para que “la hegemonía catalana en la política española” –enraizada por Pujols en Prim, Figueras o Pi i Margall- alcanzara su cénit un siglo después de aquel mitin de Cambó.

¿Alguien duda de que eso cambiaría radicalmente la correlación de fuerzas y el juego de influencias en el seno de la propia sociedad catalana? No me extraña que a los saqueadores del Palau, a sus cómplices políticos y a sus compañeros de viaje se les aparezca por las noches el peor de los fantasmas: el espíritu del Palau.

El 'procesismo' discute lo indiscutible
José Antonio Sorolla cronicaglobal 21 Enero 2018

Desde las elecciones del 21D e incluso antes, a raíz de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, se ha instalado en Cataluña --y aún más en Madrid-- una sensación de distensión, basada en la creencia de que el procés tal como se ha conocido hasta ahora no se puede repetir. Esta distensión es comprensible sobre todo como reacción al tremendo estrés que el proceso soberanista ha producido en la sociedad catalana, ahíta de calma y de moderación.

La necesidad de aferrarse a la esperanza explica la comprensión con que ha sido recibido el discurso moderado del nuevo presidente del Parlament, el republicano Roger Torrent, cuyo tono, ciertamente, se alejó del desabrido mitin con que Ernest Maragall abrió la sesión constitutiva como presidente de la Mesa de Edad y de la intervención de Carme Forcadell hace dos años en las mismas circunstancias. Torrent habló de “coser” la sociedad catalana, compuesta por “identidades cruzadas”, y no mencionó ni la República ni la independencia.

¿Pero basta este discurso para justificar tanto sosiego? De momento, solo son palabras, rodeadas de signos preocupantes que hacen dudar de si realmente el independentismo ha renunciado a incurrir de nuevo en los errores que lo llevaron a estrellarse contra el poder del Estado. En la misma composición de la Mesa, parece olvidarse que Torrent, antes de presidirla, era portavoz adjunto de Junts pel Sí y sus intervenciones en los debates preelectorales no pueden calificarse en ningún caso de suaves. Junto a él, el primer vicepresidente, Josep Costa, de Junts per Catalunya (JxCat), ha justificado en numerosos artículos todas las ilegalidades cometidas por el bloque independentista y es autor de un libro de título inequívoco: Secessió o secessió.

Pero, al margen de cualquier detalle, el solo hecho de que llevemos un mes discutiendo si se puede investir president telemáticamente o por delegación y si se puede dirigir la Generalitat desde Bruselas indica dónde estamos y hasta qué punto la política catalana es incapaz de salir del laberinto surrealista en que se encuentra. Estamos discutiendo lo indiscutible, como dice Felipe González, al que, por cierto, Carles Puigdemont acaba de comprarle la tesis del elefante. Dijo el expresidente socialista en la cadena Ser que si se llevara al extremo que todo lo que no prohíbe el reglamento del Parlament se puede hacer, podría darse el caso de que se eligiera presidente de la Generalitat a un elefante. Pues bien, Puigdemont declaró el viernes a Catalunya Ràdio que “lo que no está explícitamente prohibido se puede hacer”.

¿Adónde conduce el empecinamiento de Puigdemont? A ninguna parte que no sea al mantenimiento del artículo 155 y a la no recuperación de las instituciones catalanas

Encantado de haberse conocido en su burbuja particular, Puigdemont dijo más cosas. Por ejemplo, que puede presidir la Generalitat desde Bruselas, gracias a las nuevas tecnologías; que no está huido de la justicia española porque se fue libremente y se retiró la euroorden de busca y captura (no aclaró entonces por qué no vuelve), y que los letrados del Parlament, contrarios a la investidura a distancia, no son “el escaño 136”. Desde que emitieron su informe, los letrados ya están en el punto de mira de JxCat. Algún eminente representante de esta formación ya se ha preguntado quién los ha votado, confundiendo de nuevo la gimnasia con la magnesia. Simplemente, los letrados hacen su trabajo y corresponde a la Mesa hacerles caso o no.

Todo indica que no van a hacérselo. De momento, los cinco prófugos en Bruselas, incluidos Puigdemont y los dos de ERC, ya han solicitado la delegación de voto para la sesión de investidura. Desde luego, Puigdemont y sus fieles no tienen ninguna intención de no apurar hasta el final la posibilidad de que el “president legítimo”, como se autocalifica, sea “restituido” en el cargo.

El Gobierno, por boca de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, asegura que eso no sucederá. Lo dice con la misma rotundidad con que aseguraba que el 1-O no iba a haber referéndum y todos sabemos lo que ocurrió, lo que aconseja no abandonar el escepticismo, siempre tan sano.

¿Pero adónde conduce el empecinamiento de Puigdemont? A ninguna parte que no sea al mantenimiento del artículo 155 y a la no recuperación de las instituciones catalanas, que aparece, sin embargo, en todas las opiniones como la prioridad del independentismo. La lógica dice que Puigdemont debería volver o dejar paso a otro candidato. La lógica induce a pensar también que la vía unilateral está muerta desde el fracaso de la DUI. Pero la vía unilateral, en realidad, estaba muerta antes de nacer y, sin embargo, el independentismo forzó la máquina hasta el final para provocar al Estado a pesar de correr el riesgo de fracasar, como ocurrió. No puede descartarse que ahora sigan aplicando el mismo esquema.

LA LISTA DEL SÉPTIMO DÍA
La sumisión de España al nacionalismo catalán en 60 reflexiones breves
¿Qué ha conseguido España a cambio de sus continuas cesiones al nacionalismo catalán? Cien años después, estamos donde estábamos en 1934, sólo que con Puigdemont en el lugar de Companys. Pero el problema catalán no tiene por qué ser eterno.
Cristian Campos elespanol 21 Enero 2018

1. En abril de 2014, una mujer de unos 50 años le pegó un puñetazo a Pere Navarro, por aquel entonces líder de los socialistas catalanes, al grito de "hijo de puta".

2. Pere Navarro ordenó a sus escoltas que la dejaran marchar. No presentó denuncia.

3. Se pregunta Arcadi Espada en su libro Diarios de la peste qué habría ocurrido si la víctima de la agresión hubiera sido un nacionalista y el agresor, un socialista. Es por supuesto una pregunta retórica: habría ardido Troya.

4. Dice Espada en su libro que el socialismo catalán lleva 30 años poniendo la otra mejilla ante el nacionalismo y diciendo “dejadlos marchar”.

5. Cuando Miquel Iceta pidió la palabra el pasado miércoles en el Parlamento de Cataluña para aplaudir la decisión de la Mesa de permitir el voto delegado de los tres diputados presos, algunos periodistas presentes en la sala de prensa nos miramos sorprendidos.

6. Inés Arrimadas acababa de protestar por la decisión de la Mesa. La avalaba el dictamen de los letrados del Parlamento.

7. Pero a Iceta… ¿quién le avalaba?

8. ¿A santo de qué pedir la palabra sólo para mostrar su conformidad con una decisión de la Mesa que perjudicaba de forma directa al candidato a la presidencia por el que iba a votar su partido?

9. Es más. La decisión de la Mesa garantizaba la derrota del candidato de Iceta. Y aun así, el líder del PSC se puso en pie, pidió la vez y alabó la decisión. Nadie le obligó a ello.

10. El aspaviento sumiso de Iceta no tiene mayor secreto. Es el mismo “dejadla marchar” de Pere Navarro, cuatro años después.

11. Lo interesante es que el gesto de sumisión de Pere Navarro se produjo en petit comité. El de Iceta fue una escenificación pública, estentórea y ostentosa destinada a un público muy determinado: el independentista.

12. “No os creáis que por votar al candidato de Ciudadanos me he pasado al enemigo. Sigo siendo de los vuestros. Y para demostrarlo, aquí me veis aplaudiendo una decisión que me perjudica directamente… a cambio de nada”.

13. Como es habitual, el gesto de Iceta fue recibido con una humillante indiferencia entre los diputados independentistas.

14. Exactamente como miraría Jessica Chastain a un admirador granujiento que se lanzara de muelas al suelo para evitar que ella tuviera que pisar un charco.

15. Esto no es una excepción en Cataluña. Es rutina.

16. Hasta Podemos, cuyas únicas dos opciones ese día en el Parlamento eran hacer presidente al candidato de Ciudadanos (votando a su favor) o al de ERC (votando a su favor o en blanco), se lanzó de muelas al suelo.

17. Por supuesto, a cambio de nada. El independentismo no tuvo ni siquiera el detalle de cederle a Podemos un puesto en la Mesa.

18. Ningún otro término define mejor a la izquierda en Cataluña que el término pagafantas.

19. En Cataluña, la izquierda puede o no ser independentista (la CUP es independentista, el PSC no lo es). Pero siempre, siempre, siempre, es nacionalista. Es decir independentista sin desarmarizar.

20. La España democrática lleva 40 años "dejando marchar" a los nacionalistas catalanes.

21. Se les dejó marchar cuando se incluyó en el artículo 2 de la Constitución un término, el de nacionalidades, que se ha consolidado como la mayor amenaza en democracia a la igualdad de todos los españoles.

22. El terrorismo vasco, cuyo coste en vidas fue muy superior, no se acerca ni siquiera de forma remota al potencial destructivo de la convivencia del que ha hecho gala el nacionalismo.

23. Al nacionalismo catalán se le dejó también marchar cuando se incluyó en la Constitución un título VIII diseñado para satisfacer, única y exclusivamente, a vascos y catalanes.

24. Tan bien diseñado, de hecho, que la Constitución fue aprobada en Cataluña con un porcentaje (91%) superior al del resto de España (88%).

25. ¿Qué ha conseguido España a cambio de tanta magnanimidad? ¿Qué a cambio de la impunidad por sus puñetazos, de cederles sin batalla el control del Parlamento de Cataluña, de la cesión de la educación, de las armas, de los símbolos, de los medios de comunicación y de los presupuestos con los que financiar su régimen?

26. Recuerda Jesús Laínz en su libro El privilegio catalán el cálculo que el economista (catalán) Gabriel Tortella hace del sobrecoste pagado por todos los ciudadanos españoles por la protección arancelaria catalana a la industria algodonera catalana sólo en el siglo XIX. En euros actuales, 510.720 millones.

27. Una cifra, observarán, ligeramente mayor que los 16.000 millones de supuesto déficit fiscal que alegan los cobradores del frac nacionalistas.

28. ¿Deuda histórica del Estado con Cataluña? Que descuenten esos cuatro chavos de los cientos de miles de millones de euros que Cataluña le debe al resto de España por los privilegios fiscales, arancelarios, industriales y comerciales entregados en bandeja por ese mismo Estado español a lo largo de los últimos 300 años.

29. Digo yo que, puestos a reclamar deudas históricas, empecemos por las del “desdén y la irritación [catalana] hacia el resto de España, del que Cataluña dependía económica y políticamente”. Son palabras, también, de Gabriel Tortella.

30. El misterio es la connivencia de la izquierda con ese nacionalismo catalán cuya acta de nacimiento, las Bases de Manresa, defendía el sufragio gremial y censitario.

31. Que nació en el seno de un clero regional cuyas señas de identidad eran el antiliberalismo y un conservadurismo rampante. ¿Alguien ha dicho carlismo?

32. Y que triunfó entre una burguesía de pequeños y medianos comerciantes sentimentales, etnicistas, románticos y alérgicos al libre mercado.

33. El senador Miquel Àngel Estradé se preguntaba esto el miércoles en referencia a Ciudadanos: "Si Los Segadores no es su himno, ni el catalán su lengua propia, ni Cataluña su nación, ni el financiamiento de la Generalidad su prioridad, ni TV3 su televisión, ¿por qué se extrañan de que los consideren ocupantes que sólo quieren españolizar Cataluña?".

34. El senador Miquel Àngel Estradé parece no comprender cómo funciona una democracia moderna. Yo se lo explico.

35. En una democracia moderna, la ciudadanía y los derechos civiles no dependen de tu adscripción sentimental al régimen. Punto.

36. Miquel Àngel Estradé, lo repito, es senador.

37. Más allá de esa obviedad de primero de derecho constitucional, el himno de Ciudadanos es, obviamente, el de la única nación realmente existente en España, que es la española.

38. Els Segadors, que por cierto fue creado en 1899 y no en 1714, no es un himno nacional, sino un cántico que sólo representa a la mitad de los catalanes.

39. En cuanto a la lengua de uso mayoritario de los diputados de Ciudadanos, es probable que, aunque sólo sea por probabilidad estadística, se trate del castellano. Que es la lengua mayoritaria en Cataluña y, por lo tanto y en sentido estricto, la lengua propia de la región.

40. El financiamiento de la Generalidad, a fin de cuentas una administración local y secundaria en relación al Gobierno central, debe de interesarles en la medida en la que repercute en el mejor financiamiento del Estado que nos representa a todos.

41. Y en cuanto a TV3, ¿qué decir? ¿Ahora hay que ser seguidor de Toni Soler para acceder a la ciudadanía catalana?

42. Lo dije hace unos días y lo repito: los catalanes nacionalistas no son más propietarios de Cataluña de lo que lo son los andaluces, los madrileños o los catalanes no nacionalistas.

43. En este sentido, los catalanes nacionalistas no han "acogido" a ningún "ocupante" en Cataluña.

44. O no más de lo que han sido acogidos ellos en Cataluña por los andaluces, los madrileños o los catalanes no nacionalistas.

45. ¿Acoger a nadie, ellos? ¡Más nos ha costado a los españoles acoger en Cataluña a unos catalanes nacionalistas extraños a los usos y costumbres de las democracias modernas europeas!

46. Que la izquierda haya comprado este discurso no ya preconstitucional, sino predemocrático, es uno de los cánceres de la democracia española.

47. Jesús Laínz lo tiene claro: “Lo que late en el fondo de estos revolucionarios de salón [se refiere a la izquierda catalana] es el inconfesable afán de ser ellos también señoritos”. Es muy probable que tenga razón.
El privilegio catalán, de Jesús Laínz

48. Y ahí anda Miquel Iceta, tan simpático él, labrándose su acceso a los salones de té de los señoritos catalanes mientras deposita en la urna una papeleta con el nombre del candidato de Ciudadanos (a la fuerza ahorcan) al mismo tiempo que aprovecha hasta el más mínimo resquicio del reglamento para hacerse perdonar de inmediato tan vergonzoso voto.

49. Hay que preguntarle también al PP qué ha obtenido no ya España, sino el partido, a cambio de una aplicación del 155 prácticamente inapreciable en Cataluña.

50. ¿Caer hasta el límite del extraparlamentarismo? ¿Seguir siendo despreciado, marginado y demonizado, como siempre lo ha sido, en Cataluña? ¿Allanar el camino a la sustitución del PP por un partido más útil, más joven y más limpio llamado Ciudadanos?

51. Quien hace el bien y a cambio obtiene un beneficio propio es inteligente.

52. Quien hace el mal y obtiene un beneficio propio es un delincuente.

53. Quien hace el bien pero no obtiene nada a cambio es altruista.

54. Quien hace el mal y no obtiene nada a cambio es tonto.

55. En esta última categoría se incluyen el PP, el PSC y Podemos en Cataluña.

56. Adivinen en qué categoría se incluyen los partidos independentistas en Cataluña. Que pasaran de la segunda a la cuarta categoría dependía exclusivamente de la voluntad de PP y PSOE. Ninguno de los dos ha hecho nada para degradarlos de delincuentes a tontos. Será porque no quieren competencia en su terreno.

57. Ya que el nacionalismo catalán plantea su relación con el Estado en términos mercantiles, "tanto quiero, tanto me das, y si no me lo das pateo el tablero y rompo la convivencia", ¿por qué no empezar a exigir contraprestaciones?

58. La primera de ellas, lealtad institucional.

59. La segunda de ellas, sometimiento al imperio de la ley.
Actos de conmemoración del 194 aniversario de la creación de la Policía Nacional

Actos de conmemoración del 194 aniversario de la creación de la Policía Nacional Fernando Alvarado EFE Madrid

60. La tercera de ellas, pelas. El verdadero hecho diferencial catalán. ¿Quieres autonomía? Bien, ¿cuánto me das por ella?

El ángel exterminador se posa sobre Cataluña
Miguel Ángel Mellado elespanol 21 Enero 2018

SÍ. Durante 50 años se han escrito artículos, ensayos, tesis, libros y todo tipo de manuales para desentrañar la razón última por la que Luis Buñuel decidió hacer en 1962 El ángel exterminador. Medio siglo después, al menos para mí, está claro. El autor de Calanda quería referirse desde el exilio de México a algo que sucedería luego en España y estamos viviendo con Cataluña.

Porque se mire por donde se mire el embrollo catalán se parece enormemente a lo que se ve en la película y se representa, desde el pasado jueves, en el Teatro El Español –¡español tenía que llamarse!-. Ha empezado una nueva legislatura en el Parlament y todo parece indicarnos que se trata de una obra vieja, tan surrealista como la película de Buñuel, con independentistas y republicanos llevando la batuta pese a no haber vencido en votos en las elecciones del 21-D, con un claro ganador: Ciudadanos, un partido más español que la rojigualda.

Allí, en el Parlament, no se está iniciando el camino para conformar un gobierno que estimule la vida económica y social de los catalanes. Muy al contrario, el único asunto sobre la mesa es si será investido presidente en Bélgica un señor que gobernaría Cataluña telemáticamente, también desde Bélgica. El mismo señor cuyo mandato anterior al frente de Cataluña se cerró con el colofón de la huida del territorio catalán de más de 3.000 grandes, medianas y pequeñas empresas. Y las que te rondaré, Virgen de la Moreneta. Un espectáculo hipersurrealista que no se le habría ocurrido al mismo Buñuel.

Hay numerosas interpretaciones sobre lo que quería decir y denunciar Luis Buñuel con su película. La más simplista: pretendía burlarse de los ricos. Si fuera así, ¿acaso lo que está pasando en Cataluña, visto desde la España más pobre, no es eso: una burda burla, una ridiculización de la imagen catalana, emprendedora, trabajadora, la pela por encima de todo, en el canut, el seny, amante de sus costumbres pero utilista y europea? ¿Dónde quedaron todas estas señas de identidad que convirtieron a esta región, autonomía o país, como se la quiera llamar, en el supuesto motor de España? Esta misma semana nuevas empresas han anunciado que abandonan Cataluña. De entre ellas, tres conocidas: Mitsubishi, Panasonic –de tanto hablar del plasta/plasma de Puigdemont, huyen- y la cadena de restaurantes La Tagliatella.

-La patria es un conjunto de ríos que van a dar a la mar.
-Que es el morir.
-Sí, morir por la patria.

Reflexionan, entre la broma y la tragedia, dos personajes atrapados en El Ángel Exterminador. La obra trata de un grupo de burgueses, sin grandes problemas económicos, reunidos en una gran mansión para darse un homenaje con una suculenta cena y, al tiempo, arreglar el mundo con la frivolidad y la entrega de quien, prácticamente, lo tiene todo. En cierto modo, como ha sucedido en la industriosa Cataluña, instalada en una confortable situación económica respecto a regiones más desfavorecidas como Extremadura o Andalucía.

Todo va bien hasta que los habitantes de la casa descubren que no pueden salir de allí, que están encerrados sin escapatoria debido a una invisible maldición. Como en Cataluña, la convivencia comienza a deteriorarse, la fiesta se torna en cierto caos, se pierden las formas y el sentido básico de la convivencia en comunidad, la división en grupos y, de ahí, se pasa al sálvese quien pueda. Que también es lo que acabará sucediendo si no se encuentra una salida al dédalo catalán.

***
El Ángel Exterminador fue un título que Luis Buñuel pidió prestado para su película a José Bergamín, también en el exilio mexicano, quien, a su vez, lo había tomado de un pasaje bíblico, el Apocalipsis, y de un personaje del que habla Juan en sus Evangelios.

“Observen lo satisfecho que sigue vivo el viejo espíritu de la improvisación”, clama otro personaje del filme. La improvisación no es un mal atribuible solo a aquellos políticos catalanes que quieren la independencia por encima de toda ley y todo juicio. En esto, en la improvisación, se nota que Cataluña es España. Porque la improvisación concluye en chapuza. Una chapuza ha sido la actuación del gobierno de Mariano Rajoy antes, durante y después (lo veremos) del 155.

Sólo así se explica el ascenso meteórico de Albert Rivera y de sus Ciudadanos. Con todo el viento a su favor. Según las últimas encuestas, su partido, el más votado en Cataluña, lo sería en toda España en unas elecciones generales. Su “never, never, never” (el nunca, nunca, nunca a los nacionalistas está siéndole a Rivera más productivo que el “no es no” de Pedro Sánchez a Rajoy) ha fructificado en el resto del territorio nacional.

Habrá que ver si Rivera no sucumbe al bacilo que acaba matando a todos los políticos a larga: cuando la táctica se pone por encima de la coherencia. El PP de Mariano Rajoy, atrapado por la corrupción gurteliana y lo que nos quedará por saber, se lo está poniendo fácil a Ciudadanos. Los moscones oportunistas comienzan a zumbar alrededor del líder centrista. Rivera puede llegar a la meta como ganador si no abandona lo que los clásicos llamaban el “aurea mediocritas”, el dorado término medio.

***
La semana empieza como acabó, y el año como finalizó: con Cataluña y con la corrupción, esta endiablada coalición de las dos CC. Nuestros políticos parecen empeñados en alimentar la Leyenda Negra que persigue a España desde hace siglos. Por cierto, fue una mujer, Emilia Pardo Bazán, quien utilizó por primera vez, en 1899, el término Leyenda Negra. Como explica Stanley Payne en su libro En defensa de España –premio Espasa 2017, que en los próximas días recogerá-, “con la decadencia del siglo XVII España dejó de ser una potencia terrible; el miedo y la denuncia pasaron a ser simple desprecio hacia los habitantes de un país que se mostraban orgullosos pero ignorantes, indolentes e improductivos, dominados por una vacua vanidad y por la incultura”. Síntomas todos estos atribuibles, en la proporción correspondiente, a la actual Cataluña proindepedentista.

Estas navidades, en un colegio religioso concertado de Cataluña, los niños despedían el trimestre escolar representando una obra de teatro. Todos los actores hablaban en catalán, menos aquellos pequeños que representaban papeles de malos. Hablaban, claro está, en el castellano utilizado por los malvados españoles. ¡Para qué más comentarios!

Escribía Chateaubriand allá por el siglo XIX que “los españoles son los árabes cristianos; tienen algo de salvajes, de improviso (…). En España, sea que se ame, sea que se aborrezca, el matar es cosa natural”. Sin llegar a tanto, en España seguimos igual. Basta con mirar qué está pasando y parece que seguirá pasando en Cataluña.

Torrent, el 'president' de los tres güisquis
FRANCISCO ROSELL El Mundo 21 Enero 2018

En Viajes por el Scriptorium, novela escrita hace una década por Paul Auster, su protagonista es un amnésico personaje enclaustrado en una habitación sin vistas y por la que desfilan personajes cuya identidad real ignora. Pero cuya presencia le sugiere nebulosamente un pasado común que naufraga en el mar de su desmemoria. De hecho, el personaje en cuestión, Míster Blank, sólo recuerda el chiste que le cuenta animadamente a uno de sus misteriosos visitantes.

Un solitario individuo -le refiere- entra en un bar de Chicago a las cinco de la tarde y pide tres güisquis juntos. El camarero se queda perplejo. Aun así, le sirve sin rechistar los tres vasos alineados sobre la barra. El cliente se los bebe uno tras otro, paga religiosamente y se marcha. Al día siguiente, reaparece con puntualidad británica a tomarse sus tres copas a esa hora que la tradición inglesa reserva para el té, y así durante un par de semanas. Un lapso de tiempo más que suficiente para que el barman se crea con la confianza para satisfacer su curiosidad. Tras disculparse anticipadamente por meterse donde nadie le llama, le inquiere que por qué, a diferencia de todo el mundo, no pide sus consumiciones de una en una. "La razón -esgrime- es muy sencilla. Somos tres hermanos que vivimos en otras tantas ciudades de EEUU y celebramos siempre a la misma hora lo unidos que estamos".

Despejado el enigma, el camarero se olvida del particular. Al cabo de cuatro meses, tan singular parroquiano le requiere que, en vez de las tres copas de costumbre, sólo le ponga dos, lo que mueve su inquietud. Al esbozar cierta turbación, el feligrés le tranquiliza y le aclara sonriente el porqué del súbito cambio: "Simplemente, he dejado de beber". Dicho lo cual, se atiza los potes correspondientes a sus dos hermanos ante la estupefacción de su interlocutor, aun siendo la barra de un bar un escaparate de las cosas más asombrosas.

Al traer a colación este episodio arrancado de una de las obras más relumbrantes de Paul Auster, Premio Príncipe de Asturias y el más cervantino de los escritores neoyorquinos, es difícil no establecer cierta analogía con la sorpresa que originó el miércoles el final de discurso de toma de posesión del nuevo presidente del Parlamento de Cataluña, Roger Torrent.

Alcalde de Sarrià de Ter, gobierna un pequeño municipio muy representativo de esa Tractoria de la que se nutre el neocarlismo que domina las instituciones autonómicas y que tiene su espejo cóncavo en esa otra Tabarnia virtual que acaba de proclamar presidente en el exilio al gran Boadella, aquel Ubú, president, quien en sus exageraciones de cómico se quedó corto retratando los excesos de Pujol. Torrent es, en todo caso, un combativo separatista que semanas atrás había participado en el cerco a la Consejería de Junqueras cuando la Guardia Civil, a instancias del juez, entró para requisar documentos oficiales y que tiene entre rejas a sus promotores, los cabecillas de la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC) y Òmnium Cultural, por su responsabilidad directa en la algarada.

Tras años repitiendo el mismo ritual en torno al proceso independentista, lo que reivindicó ampliamente en su alocución, este ex alcalde de ERC sustituyó inopinadamente el "¡Viva la República!" de su antecesora Forcadell por un "¡Viva la Democracia!", no aludió explícitamente a la independencia y se proclamó resuelto a "coser" la fractura política de la sociedad catalana.

Ello resultó mucho más llamativo después del discurso supremacista e hispanófobo de un resentido y furioso Ernest Maragall -a la vejez, viruelas-, cuya apropiación de Cataluña -"Este país siempre será nuestro"- resultó rayano en su furibundo fanatismo al de Miquel Strubell, uno de los fundadores de la ANC, quien tuiteó en su día que siempre antepondría la elección de un independentista como él, "aunque quien liderase la candidatura fuera asesino, pedófilo y corrupto".

En su delirio, Ernest Maragall muestra, si se quiere de forma extrema, sin ser el único ex socialista que acampa estos predios, el error de libro que cometió Felipe González. Después de renegar del marxismo y del derecho a la autodeterminación, entregó el PSOE en Cataluña a la férula dirigente de un PSC al que aportó los votos de los que carecían para que hicieran de su capa un sayo hasta desbordar el nacionalismo de Pujol con el otrora cosmopolita Pascual Maragall y acabar, en el caso de su hermano Ernest, ingresando en las filas independentistas. En todo caso, Torrent y Maragall, son dos caras de la misma moneda, a qué engañarse.

Con toda la vida viendo del presupuesto y trabajando por la independencia, Torrent se adornó citando paradójicamente al escritor Stefan Zweig: "Nuestro mundo tiene espacio para muchas verdades y no sólo para una". Ello habrá removido en su tumba a este judío vienés al que el nacionalismo dejó sin patria tras desmembrar el imperio austrohúngaro y el nazismo le puso en fuga de por vida hasta su suicidio en su destierro trasatlántico de Petrópolis, allá en Brasil. En medio de tan cruel vicisitud, viendo como fenecía su "mundo de ayer", no asombrará que Zweig repudiara la "pestilencia nacionalista" y que concluyera que "el nacionalismo es el camino más corto del hombre a la bestialidad".

Todo ello contribuyó a que, al servirse sólo dos vasos, en vez de los tres habituales, Torrent hiciera creer al PSC y al PP que se apartaba de la ingesta de alcohol. Sus portavoces aplaudieron la estrenada condición de abstemio. Atisbaron un "hilo de esperanza" en su "conciliador" discurso, pero obviaron que se había atizado antes las copas del prófugo Puigdemont y del recluso Junqueras en el curso de su prédica como nuevo presidente de la cámara autonómica.

Ambos partidos constitucionalistas, tratando de agarrarse a un clavo ardiendo, prefirieron pasar por encima de su biografía política y le dieron el beneficio de la duda a quien, probablemente, no emprendía un camino de rectificación como Saulo camino de Damasco. Más bien se atenía a la mínima prudencia exigible al pender sobre su cabeza la misma espada de Damocles judicial que ya ha descabezado el estado mayor del golpe de Estado del 1-O.

Claro que un raudo Puigdemont no desaprovechó la ocasión de hacerse presente en tan solemne sesión para recordarle por vía telefónica que le debe el cargo y debe atenerse a la celebérrima máxima de Ulpiano de que los acuerdos deben cumplirse: Pacta sunt servanda, por lo que debe facilitarle su investidura como sea y desde donde sea.

En este sentido, si el prófugo Puigdemont ha conseguido arrastrar allí a dónde no querían a su partido -si es que milita todavía en el PDeCAT y no ha roto el carné como su colaboradora Elsa Artadi- y a ERC -para dolor y pena de Junqueras-, no parece que Torrent vaya a ser dique de contención alguno a su pretensión de ser proclamado presidente sin atender a la ley ni a la lógica de las cosas. Como la realidad se parodia a sí misma de modo frecuente en estos tiempos de irresponsabilidad organizada, Carles (sin Tierra) Puigdemont busca colocar al Estado de Derecho ante el hecho consumado de su proclamación, de la misma manera que aconteció con el simulacro de referéndum secesionista del 1-O. De momento, lo va a poner a prueba este lunes en Copenhague, a dónde se ha hecho invitar por su Universidad, y es su primera escapada del santuario judicial belga.

Con sus argucias, Puigdemont forzaría al Gobierno de Rajoy a reactivar la aplicación del artículo del 155 frente a un recién constituido Parlamento de mayoría independentista. A nadie escapa que ello desencadenaría un choque de legitimidades -un Ejecutivo dependiente de La Moncloa y una Cámara autonómica en abierta rebelión- de imprevisibles consecuencias e inesperado desenlace.

Ante ese dilema, y la urgencia perentoria del independentismo de recobrar el manejo del Presupuesto para seguir sosteniendo su vasta red clientelar y su aparato de agitación y propaganda, es posible que el soberanismo hiciera un ejercicio del pragmatismo del tipo que Antonio Gramsci, el político y filósofo comunista, definió en estos términos ciertamente memorables: "Mi pragmatismo consiste en saber que si golpeas tu cabeza contra la pared, es tu cabeza la que se romperá y no la pared".

En ese caso, una vez anulada la proclamación de Puigdemont por los tribunales, lo que cebaría la bomba del victimismo nacionalista y engrosaría su fraudulenta historia, se procedería al nombramiento de otro candidato para calentarle el sitio hasta su improbable vuelta. Llámese su mano derecha, Elsa Artadi, el radiofonista Eduard Pujol o un tercero que se sacara de la chistera, a modo de terminal del telemático president. Esa pantomima alimentaría la leyenda del presidente en el exilio sin pagar por ello el inasumible coste de perder la llave de la caja del Presupuesto.

Consolidado ese confuso estado de cosas en medio de la turbamulta, sería el procés, segunda parte (el soberanismo contraataca). Éstos aprovecharían para reorganizar su lucha en favor de la independencia, después de las actuaciones judiciales derivadas del golpe de Estado del 1 de octubre y de la subsiguiente aplicación del artículo 155 de la Constitución. Pese a que debieran ya estar vacunados al respecto, ni PSC ni PP reparan que, para los nacionalistas como para otros reconocidos liberticidas, "valor o engaño, si es con el enemigo, todo es uno".

Por eso, ninguno de ellos, singularmente un PSOE, que podría ser el más tentado de ello perdido en la nebulosa de la plurinacionalidad española, debiera propiciar que, después de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, se consolidara de facto el referéndum del 1-O, por medio de cesiones a cambio de una falsa tregua del independentismo. No serían admisibles todos esos desistimientos legitimados con la anuencia del Congreso de los Diputados y sostenidos graciosamente con el presupuesto público mediante un pacto fiscal vestido con los ropajes que lo travistan convenientemente a ojos de la opinión pública, sin descartar alguna medida de gracia para los reos de la Justicia.

Ello supondría una afrenta a los ciudadanos y a la credibilidad misma de un régimen democrático que cumple en 2018 40 años de Constitución, cuyo articulado establece fehacientemente que la soberanía reside en el pueblo español en su conjunto, sin que quepa merma alguna. Sus representantes no debieran de olvidar que el nacionalismo, aunque diga que ha dejado de beber, seguirá acudiendo todos los días a la misma hora y al mismo bar a tomarse dos copas por los demás. Hay conductas que hablan por sí mismas y que se reiteran con insolente pertinacia frente a hechos que ciegan a fuerza de evidencia.

Poner las placas
Santiago González El Mundo 21 Enero 2018

El alcalde de Pamplona se llama Joseba Asirón y es batasuno, pese a lo cual hizo colocar el jueves en memoria de dos víctimas del terrorismo etarra: el niño Alfredo Aguirre Belascoáin y el agente de la Policía Nacional Angel Postigo Mejías, asesinados en los años 1985 y 1980 respectivamente.

Las placas, en euskera y castellano, dicen: "En memoria de .... víctima de ETA". El alcalde dijo que el número de asesinados por ETA en la capital Navarra asciende a 27 personas y calificó la iniciativa de las placas como "un paso más, relevante, en la reivindicación de la memoria, dignidad, reconocimiento y reparación de todas las víctimas, en este caso, de ETA".

Asirón se había dirigido al Ministerio del Interior a mediados de noviembre para pedir la lista de las víctimas, con el fin de contactar con sus familiares y pedirles autorización, pero aún deben de estar buscándoles los datos, así que el Ayuntamiento procedió por su cuenta, con las cinco víctimas de Pamplona que tenía localizadas. Dos de ellas se negaron y una tercera, después de pensarlo, decidieron no aceptar la propuesta para no tener en la calle un recordatorio permanente de su sufrimiento.

UPN ha protestado porque en el texto de las placas no figurase la palabra "asesinado", pero hay en la protesta algo de exageración; la expresión 'víctima de ETA' es suficientemente elocuente, hasta el punto de que añadir 'asesinado', tal vez pudiera ser pleonasmo.

La iniciativa de Asiron es una novedad en el mundo batasuno. Lo que habíamos visto en el entorno etarra es justamente lo contrario: añadir al asesinato la crueldad y la burla hacia las víctimas: "devuélvenos la bala; la necesitamos" y en este plan. Pero debemos compararlo con la actitud de dos alcaldes del nacionalismo incruento, vale decir del PNV. A lo largo de este pasado año, los alcaldes peneuvistas de Bilbao y San Sebastián, Juan Mari Aburto y Eneko Goia, respectivamente, ordenaron retirar las placas que Covite había colocado con nocturnidad y un punto de premeditación en los lugares donde ETA asesinó a sus víctimas. Los alcaldes calificaron de 'provocación' la iniciativa de Covite y reivindicaron que la potestad de las intervenciones en el espacio público correspondía al Ayuntamiento, no a los particulares. No tenían razón en lo primero, sí en lo segundo. Por eso, debieron dirigirse a Covite para decirles que podían retirar las placas, que el Ayuntamiento se iba a encargar de honrar adecuadamente la memoria de las víctimas.

Recuerdo de mis primeros viajes a Berlín los 'stolperstein', plaquitas de latón cuadradas, de 10 com. de lado, que las instituciones colocaron en las que habían sido viviendas de los judíos; en ellas constaba elm nombre, la fecha de nacimiento, la de su muerte y el lugar, muy a menudo Auschwitz. En algunas se especificaba 'ermordet' (asesinado), en otras no, pero se entendía igual.

Por eso, las dos placas del alcalde Asirón me parecen un buen primer paso. Faltan otros: que cada asesinado en Pamplona tenga su placa si las familia lo desean, lo cual requerirá una interlocución adecuada con ellas, la condena explícita de toda la carrera criminal de ETA y la petición a la banda tersrorista que tras haber renunciado a la actividad criminal, proceda a disolverse. Pero en esta iniciativa, no hay motivo alguno para la crítica.

El 30 % de los niños ya siguen este modelo
Barcos delega en un proetarra la campaña para extender el euskera en los colegios de Navarra
Nacho Doral okdiario 21 Enero 2018

El gobierno de Navarra que preside la nacionalista Uxue Barcos (Geroa Bai-PNV) ha lanzado una campaña para incentivar la escolarización en un modelo ‘sólo en euskera’, y cuya dirección y presentación ha corrido a cargo de Mikel Arregi y el alcalde de la formación proetarra EH Bildu en la localidad de Aoiz, Unai Lako. Una iniciativa en la que participan de inicio el Instituto Navarro del Euskera (Euskarabidea) y 24 entidades locales de Navarra (19 ayuntamientos, 3 mancomunidades y dos juntas generales).

La ‘euskaldunización’ que está imponiendo el cuatripartito del Ejecutivo navarro (Geroa Bai-PNV, EH Bildu, Izquierda-Ezkerra y Podemos) se muestra en detalles como el que se ha vivido este jueves. La campaña para la prematriculación de niños en el que será el primer curso de su vida escolar no la ha presentado la Consejería de Educación, como es lo habitual en cualquier comunidad autónoma, incluso en las que tienen una lengua cooficial. En este caso ha sido el Instituto Navarro del Euskera (Euskarabidea), que depende de la Consejería de Relaciones Ciudadanas e Institucionales, y que es el Departamento que lleva la política lingüística.
i.
Nacionalistas vascos tras la educación
Su director es Mikel Arregi, quien desde el Servicio de Euskera y la Dirección de Política Lingüística llegó al cargo en 2015 de la mano de la nacionalista Barkos. Arregi es un hombre vinculado desde hace años al nacionalismo vasco en Navarra. Considerado próximo a Geroa Bai-PNV y a Uxue Barcos, en su día apoyó a Nafarroa Bai (la coalición electoral abertzale que reclamaba la anexión de esta comunidad al País Vasco). Como concejal de la izquierdista Agrupación Electoral Puentesina, de Puente la Reina, participó en acuerdos con EH Bildu. El partido proetarra actualmente gobierna este municipio.

Junto al máximo responsable de Euskarabidea, que además preside una ikastola en Pamplona, se encuentra el alcalde de Aoiz, Unai Lako. El regidor ha sido requerido por la Delegación del Gobierno para la retirada de pintadas y de un mural que hacen apología de ETA. Uno de ellos, de varios metros de longitud y dedicado al terrorista Mikel Zabalza y a sus supuestas torturas cuando fue detenido por la Guardia Civil.

Lako, que se fotografía con banderas independentistas catalanas y hace bromas con el mensaje del Rey tras el golpe de Estado en Cataluña, ha defendido la campaña por el euskera entre los niños de Navarra afirmando que “favorece una sociedad más cohesionada”.

Lo hace “en representación de municipios, mancomunidades y entidades colaboradoras en la difusión y enseñanza del euskera”. Barañáin, Burlada, Pamplona, Zizur Mayor, Huarte, Aoiz, Berriozar, Estella y Orcoyen son algunas de las localidades en el proyecto.

La campaña, a la que el Ejecutivo de Barkos ha destinado 20.000 euros, se difundirá con trípticos, soportes informáticos y vídeos y bajo el eslogan “Elige educación en euskera, elige modelo D”. El gobierno de Navarra la ha defendido “por calidad, experiencia pedagógica y por los beneficios del bilingüismo“. El periodo de prematriculación tendrá lugar del 1 al 7 de febrero en toda la Comunidad foral.

El euskera gana terreno en los colegios
El modelo D de educación totalmente en euskera avanza paulatinamente en Navarra: en el curso 2017-2018 han elegido el 30 % de los 6.341 niños de nueva matriculación, frente al 20 % que optaron por el modelo A (en castellano con una asignatura de euskera) y el 50 % por el modelo G (enseñanza vehicular en castellano, sin asignatura de euskera). El porcentaje de navarros entre 16 y 24 años bilingües castellano-euskera rozaba en 2016 el 26%, cuando a principios de los 90 apenas alcanzaba el 10 %.

Los impulsores de esta campaña de euskaldunización para los preescolares navarros han “contextualizado” su desarrollo en el marco de la Ley Foral del Euskera, que, aseguran se alinea con el I Plan Estratégico del Euskera (2016-2019). Un plan que cuenta con un eje orientado a los nuevos hablantes del euskera y cuyo objetivo es doble: universalizar y dar cumplimiento a una estrategia duradera de comunicación a favor de la escolarización en euskera.

 


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