AGLI Recortes de Prensa   Viernes 1 Junio 2018

Ahora
Pío Moa gaceta.es 1 Junio 2018

*Creo que somos muchos los que no estamos dispuestos de ningún modo a que una mafias corruptas como los actuales partidos liquiden a España y la democracia. Pero es precisa organización y alternativa. VOX es lo que aparece ahora en el horizonte, y es de esperar que no llegue tarde y sea suficiente.

*Hace años vengo advirtiendo de que la putrefacción del sistema puede derivar a salidas dramáticas.

*Que el gobierno de España se decida entre el partido de Gürtel y el partido de los EREs, con arbitraje de los separatistas, es la mejor demostración de una podredumbre radical del sistema de duopolio oligárquico PP-PSOE. Es precisa una alternativa y por ahora la mejor es VOX

*Rajoy llegó con mayoría absoluta para enmendar los destrozos de ZP a la unidad nacional y a la democracia. Lo que ha hecho es empeorar la situación heredada de ZP, llevando al país a la mayor crisis desde la república.

*Rajoy ha llevado a España al borde del abismo. Sánchez trata de empujar a España a caer en él. Hay que liquidar el corrupto duopolio oligárquico del partido de Gürtel y el partido de los EREs. Urge una alternativa. VOX parecer la más adecuada al momento.

*Observen la estupidez o manipulación de nuestro periodismo: “Sánchez ofrece diálogo a Cataluña”. Naturalmente esa Cataluña es la pandilla golpista y separatista, a la que Sánchez quiere dar la secesión práctica.

*Hemos vivido muy bien los últimos 40 años: mucho terrorismo y colaboración con él, mucho separatismo y colaboración con él, mucha droga, últimamente mucha tiranía LGTBI, mucho Gibraltar parasitando y corrompiendo al país, mucha corrupción autóctona. ¡Qué bien han vivido algunos!

*Contrasten la promoción mediática de Podemos por el PP con el bloqueo informativo al que ha sometido a VOX durante años. Creo que esto debiera ilustrar hasta al más obtuso.

*Me preguntan dónde pueden adquirir mis libros en la Feria del Libro. Por lo pronto en las casetas de “La esfera de los libros” (209) y en la de Ediciones Encuentro” (275)pic.twitter.com/Lww1KEAUNp

*ZP dejó un país en grave riesgo de disgregación y con una democracia por los suelos. Rajoy no corrigió aquella deriva, sino que siguió a ZP y la empeoró. Hoy España está ante una crisis que recuerda la del Frente Popular.

*Siempre nos olvidamos de Gibraltar, ese símbolo permanente de la decadencia de España y de la corrupción de sus políticos. España no se hará respetar mientras no llegue un gobierno que reivindique con energía e inteligencia el peñón.

*C´s es un fraude, pero no puede ser peor que PP y PSOE, y si acaba con ese corrupto duopolio oligárquico habrá hecho un servicio al país. Hay que apoyar a VOX, para llegar a un bipartidismo C´s-VOX que sustituya al putrefacto duopolio oligárquico PSOE-PP

*El problema político con Cataluña, del que habla el macarra Sánchez, es muy simple: consiste en el apoyo y financiación de los separatismos por los gobiernos de PP y de PSOE desde hace décadas.

*El voto más útil es a VOX, luego a Ciudadanos o UPyD. Los demás son también útiles… para llevar al país al abismo.

Regeneración o caos
Santiago Rey Fernández-Latorre La voz

«Yo protesto contra el cortoplacismo miope de los agentes políticos, enfrascados hoy en satisfacer sus ansias electorales escondiendo el polvo debajo de las alfombras». Quizá alguien recuerde esta frase. La escribí en La Voz de Galicia hace nueve años. Y reconozco que me habría producido una íntima satisfacción que en este tiempo una aseveración tan crítica hubiese envejecido y hoy estuviese pasada de moda. Pero, desafortunadamente, puedo escribirla de nuevo esta mañana. Lo que dije en el año 2009, en el artículo que da título a mi libro, no solo está vigente, sino que ha exacerbado su valor hasta términos difíciles de superar. La política, tal como se entiende y se practica en España, no es ya un mal insoportable: es un caos.

No hay más que retratar a cada cual en la foto de las últimas horas para observar que el tan invocado interés general ha sido en realidad el único ausente en los escaños y en los despachos. Uno a uno, todos han maquinado en atención a sus propios intereses, han hecho sus cálculos de oportunidad y los han malvestido con el falso disfraz del bien común. Tal es la atracción del poder. Y el miedo a perderlo.

Se ha resuelto esta crisis política, pero el mal no ha desaparecido. El pésimo momento que vive España, con su reputación internacional gravemente vulnerada, se habría podido aminorar si a la ineficiencia en la crisis catalana no se hubiesen añadido la inestabilidad y la descomposición que han surgido como consecuencia de la corrupción.

Esa descomposición no es una sorpresa para nadie. Para mí tampoco, porque lo advertí en un editorial publicado en julio del 2011 que titulé Acabemos: «Los agentes políticos y también los sindicales se resisten a escuchar que el hartazgo, la indiferencia y hasta la indignación crecen cada día a nuestro alrededor por su cortoplacismo, por la contaminación partidista de los estamentos del poder judicial o por el amiguismo y la corrupción que tiñen cada mañana los titulares de prensa». Y aún con más rotundidad en marzo del 2014: «Nada puede haber de sano en una sociedad en la que se han implantado como algo habitual y cotidiano el cohecho, el soborno, la prevaricación, la malversación, la falsedad y el tráfico de influencias».

Pero quienes tenían que actuar -y no solo el Gobierno saliente- no lo han hecho. Y no se abochornan. Nos abochornamos los ciudadanos cuando tenemos que leer en una sentencia que en las instituciones públicas se cobijaron auténticas mafias.

En estas circunstancias se hace evidente que es necesaria una regeneración. Pero no la que propugna quien aprovecha arteramente el fallo judicial en su beneficio, mientras aún se juzgan casos de extrema corrupción que afectan de lleno a su partido. Y encima nos propone experimentos entregados al populismo. Porque, si no lo sabe, se lo recuerdo: «No ha habido una sola vez, en ningún lugar del mundo, en que el populismo fuese otra cosa que la antesala del desastre». Lo escribí en estas páginas en junio del 2016 y ahí sigue vigente, como vemos claramente en Venezuela y empezamos a vislumbrar con verdadera preocupación en algunos países europeos.

No. Nuestra palabra regeneración no es la misma que utilizan aquellos que permiten tramas corruptas, ni los que hacen bandera del antagonismo, ni los que ofrecen sus votos manchados de odio a España, como los independentistas catalanes. Tampoco la de los que venden sus escaños a derecha o izquierda, pero siempre subastándolos al mejor postor.

La verdadera regeneración está por hacer. Y debe surgir de todos los actores de la vida pública, empezando por los ciudadanos y siguiendo por los tres poderes de la democracia. Porque, como señalé hace ahora dos años, «con la recuperación económica en entredicho, el empleo inestable, la competitividad evaporándose, las pensiones futuras en el aire, la educación en su peor momento, solo los más ingenuos pueden pensar que el futuro que nos espera es diáfano».

Hace falta actuar ya, antes de que el divorcio de los ciudadanos con toda su clase política se consume. Hace falta no solo perseguir y erradicar todo reducto de corrupción, sino también asumir responsabilidades por la permisividad o la negligencia, y por cada cuenta negra en paraísos fiscales. Hace falta fortalecer los controles y resortes democráticos. Hace falta, desde luego, impedir con firmeza todo intento secesionista. Y hace falta colocar en la agenda, por fin, las necesidades reales de la sociedad.

Las enumeré, pensando en Galicia, en otro editorial: «Que no dejen caer la sanidad, que despejen el futuro de la educación, que pongan fin a los gastos suntuarios, que reinventen la estructura territorial, que apoyen la iniciativa de los emprendedores, que no ahoguen a los autónomos, que detengan el éxodo de los jóvenes, que inviertan en investigación, que saquen provecho de nuestros recursos. Que tengan, por fin, un plan para Galicia». Y un plan para España.

Si no, sigue vigente mi petición del 13 de julio del 2012: «Quienes desgobiernan así son los únicos culpables de que cada vez seamos más los que nos sentimos insumisos políticos. Mejor les sería revocar urgentemente estas aberraciones. O si no pueden o no quieren, irse ya a descansar a casa».

Rajoy renuncia a evitar el desastre
EDITORIAL El Mundo 1 Junio 2018

Creían los antiguos griegos que nuestros designios los determina el capricho de la diosa Fortuna. Pero, por si acaso, se cuidaban de aprovechar toda oportunidad para ayudar a la veleidosa deidad. Pedro Sánchez, que presumiblemente hoy se convertirá en el primer presidente del Gobierno de nuestro país que llega a La Moncloa a través de una moción de censura, no ha dejado escapar la ocasión que la publicación de la primera sentencia del caso Gürtel le brindaba en bandeja, colmando así su ambición personal. Pero ya advertía Maquiavelo que, para acariciar el éxito, un gobernante necesita tanta fortuna como virtud. Y nada tiene de virtuoso la formación de un Gobierno fruto del abrazo del oso que el PSOE ha recibido de populistas e independentistas.

¿Dónde queda el interés general? ¿Quién defiende hoy el bienestar de los españoles? Los cálculos partidistas se han adueñado una vez más de la acción política y la sensatez no tiene quien la defienda entre nuestra irresponsable clase dirigente. Empezando por Mariano Rajoy, cuyo empecinamiento en no dimitir nos aboca a una situación de extraordinaria inestabilidad, en un momento en el que España afronta nada menos que el golpe rupturista del independentismo catalán, que desde ayer se frota las manos sin disimulo.

No cabe sino apelar al sentido de Estado del líder del Partido Popular, quien, siquiera como último servicio a la nación y por patriotismo -un valor tan en desuso como digno de los mejores servidores públicos-, debiera haber asumido que este tiempo político ha concluido y haber presentado la renuncia a su cargo. Se hubiera desactivado así la votación con la que este mediodía concluye la moción de censura, en la que Podemos y las formaciones soberanistas ya han anunciado que respaldarán a Sánchez. Y estaríamos en un escenario que nos conduciría antes que después a unas elecciones, hoy más necesarias que nunca.

Este periódico ha defendido desde que se conoció el fallo judicial de Gürtel que la única forma de desatascar esta gravísima crisis es permitiendo que los españoles se pronuncien en las urnas. Y es la opción que, lamentablemente, Rajoy ha desperdiciado. No entender que la acción de un gobernante se debe adecuar a las circunstancias precisas de cada momento y que la asunción de responsabilidades políticas no puede ser confundida con una deshonesta derrota, contribuye en este caso a que España se deslice por la pendiente de la inestabilidad más impredecible. Se hace difícil creer que se pueda estar dispuesto a dejar tal legado que ensombrecerá toda su gestión al frente del país.

Se ha apresurado la secretaria general de los populares, Dolores de Cospedal, a cortar el paso a esta salida con una interpretación que demuestra que el partido ha perdido la brújula, diciendo que la dimisión "no garantizaría que el PP siga en el Gobierno". Como si fuera eso lo que se dirime en esta crítica hora para España. La renuncia del presidente, insistimos, se acabaría traduciendo casi con seguridad en lo que el país necesita: un final ordenado de la legislatura y elecciones en un horizonte cercano. Durante el debate, el propio Sánchez, acobardado por el Gobierno temerario que va a encabezar, reclamó una y otra vez al presidente que haga uso de ese cartucho. Por esa responsabilidad a la que todos los políticos apelaron ayer en el Hemiciclo, Rajoy debiera rectificar. No puede pretender el dislate de ejercer a partir de ahora como líder de la oposición.

Los acontecimientos políticos de esta semana componen ya una página de nuestra historia surrealista. No otra cosa ha sido una moción de censura que, por su naturaleza, debe ser constructiva y que obliga a quien aspira a liderar un nuevo Gobierno a presentar un programa para ello. Sánchez, en cambio, está a un paso de llegar a La Moncloa sin desvelar ni qué pretende hacer ni qué "concesiones", como le reclamó sin rubor el portavoz del PNV, va a otorgar a los independentistas. Sólo un gesto de cordura este viernes nos evitaría un viaje hacia ninguna parte.

Todas las oportunidades desaprovechadas
Javier Fernández-Lasquetty Libertad Digital 1 Junio 2018

Caer derribado en política por haber intentado aplicar tus principios y valores es algo que vale la pena. Si no puedes hacer aquello en lo que crees, ¿para qué continuar? Este no es el caso de Rajoy. Ningún gobernante español ha tenido más ni mejores oportunidades para haber hecho algo verdaderamente transformador en favor de los españoles. Ha desaprovechado todas las oportunidades. Todas las ha dejado pasar, y siempre por el mismo motivo: pensando que si no hacía nada nunca perdería el poder. Ahora ha perdido el poder y, al marcharse, no queda nada. Siete años de gobierno tirados a la basura.

En sus 15 años al frente del Partido Popular y, más tarde, del gobierno, Rajoy ha actuado voluntariamente para reducir el perfil ideológico del centro-derecha liberal. Realmente lo ha hecho desaparecer por completo, aceptando uno por uno todos los dogmas y las modas de una izquierda envalentonada porque ya nadie le recuerda que el socialismo siempre ha aumentado la pobreza al mismo ritmo que reduce la libertad individual. Nadie está defendiendo los valores de la libertad y la responsabilidad individual. La batalla cultural e ideológica se ha perdido porque Rajoy ha laminado a todos los que estaban dispuestos a librarla.

Rajoy recibió en 2011 una amplísima mayoría absoluta. España estaba en el punto más bajo de una crisis económica, social y moral. El mandato que le dieron sus votantes fue para hacer reformas profundas. Le votaron para hacer incluso aquellas reformas que muchos votantes sabían que no les iban a gustar, pero también sabían que eran necesario hacerlas.

Solo hizo una reforma, la del mercado de trabajo. No reformó nada en el principal problema que tiene España: el exceso de gasto público. Rehuyó la oportunidad de hacer reformas en los principales componentes del gasto público: pensiones, salud, educación y desempleo. Hubiera sido el momento, y lo dejó pasar deliberadamente. La anterior crisis comenzó con una deuda pública inferior al 40% del PIB. La próxima crisis le caerá a una España con un 100% del PIB en deuda pública.

Si la única reforma que se hizo –la del empleo, que fue una buena reforma- ha sido capaz de sacar a España de la crisis, ¿qué no hubiera conseguido un programa completo de reformas liberalizadoras? Con menos intervencionismo, menos obsesión regulatoria, menos empleados públicos y menos impuestos, España estaría en condiciones de afrontar su principal reto: el que inevitablemente viene del envejecimiento de la población, con generaciones jóvenes mucho menos numerosas que las de quienes ya vamos cumpliendo años.

Rajoy tuvo también la oportunidad de vencer al independentismo liberticida que quiere imponer el espíritu de la tribu por encima de cualquier cosa. También ha dejado pasar la oportunidad. Incluso ha renunciado a vencer sobre la banda terrorista ETA, que ya estaba derrotada, y a la que ha dejado salir tan airosa que incluso ha sido capaz de votar contra él en la moción de censura.

En noviembre de 2014 el gobierno autonómico de Cataluña dio un golpe de estado mediante un referéndum fraudulento. Rajoy lo dejó pasar. Tres años después, el siguiente gobierno autonómico catalán llevó hasta el extremo el golpe de estado. Rajoy recibió el mandato del parlamento y de los ciudadanos manifestándose en las calles de Barcelona, para aplicar la Constitución y defender la libertad desmontando las estructuras golpistas. Tenía el poder para limitar el poder. No ha querido hacerlo. Ahora son los golpistas quienes han nombrado al nuevo presidente del gobierno español.

Rajoy pudo haber roto con el estilo de conducta gubernamental cuyo peor exponente fue Pérez Rubalcaba: la utilización simultánea de la policía, el espionaje y determinados medios de comunicación para destruir a los adversarios políticos. No solo ha desaprovechado la oportunidad de hacerlo, sino que ha dirigido esa maquinaria contra aquellos a quienes consideraba potenciales rivales internos. No ha perseguido la corrupción, sino que la ha utilizado como herramienta de combate en sus interminables y devastadoras purgas internas.

Se va Rajoy y de él no va a quedar ni la memoria. La única oportunidad que surge ahora es la que tiene por condición su salida y la de todos los que le han rodeado en estos años, el abandono de su estilo político y la refutación de su vacío ideológico. Hay una oportunidad que lleva, como mínimo, 14 años sin explotar, que es la de hacer un discurso y una acción política verdaderamente liberal.

La cuestión no es quién tiene el poder, sino cómo limitamos ese poder asfixiante del gobierno sobre las personas. Esa es la única respuesta capaz de dar la batalla –y ganarla- frente a la horda de socialistas oportunistas, podemitas revolucionarios, e independentistas liberticidas que hoy empiezan a mandar sobre los españoles.

A Susana se la ha comido el lobo
Pedro de Tena Libertad Digital 1 Junio 2018

Ayer todo el mundo se preguntaba que dónde estaba Mariano Rajoy, pero nadie se preguntó dónde estaba Susana Díaz y su cohorte de barones que hace dos años vieron venir lo que ayer pasó y decidieron interrumpir el proceso defenestrando a Pedro Sánchez. Seguramente le aconteció un pasmo al percatarse de cualquier sentencia de los ERE podría ponerla en el lugar de Rajoy en un plazo breve, a menos que anticipe elecciones.

Además, el pasmo la dejó paralizada cuando enumeró íntima y desordenadamente las barbaridades que ocurrieron ayer en lo que ya no queda de España.

Ayer se reventó la presunción de inocencia, ya tocada de ala en el corazón de los ciudadanos que condenan antes que los jueces, interrumpiéndose el proceso de la justicia que no había llegado aún al buen puerto de la sentencia firme y condenando incluso a quienes no estaban imputados.

Ayer se judicializó la política hasta tal punto que un proceso judicial, no unas elecciones, puede tumbar a un presidente o presidenta de un gobierno. Incluso con Pedro Sánchez si hay sentencia pronta en el juicio de los ERE. Los precedentes son los precedentes.

Ayer se consagró una mentira miserable que extiende la especie de que el PP, que tiene corrupción en su seno, cuando cifras y carácter de los dineros en la trama Pujol-separatista y el PSOE, antiguo y moderno, desde Juan Guerra a los ERE son mucho más escandalosos. Más dinero y casi todo dinero público, al contrario que el PP, menos dinero y no todo público.

Ayer se ha reafirmado la nueva base política, siguiendo el ejemplo de su amigo y ex presidente del PSOE, José Antonio Griñán, según la cual la aglomeración de minorías es más importante y legítima que la mayoría que gana las elecciones. Es más, se ha comprobado como cinco diputados pueden decidir la historia de una nación.

Ayer, Pedro Sánchez persistió en su decisión oscurantista y siniestra de ocultar a los españoles qué ha costado a todos los ciudadanos que él vaya a ser presidente del gobierno. Tenemos derecho a saber el precio de esta operación de acoso, derribo y liquidación.

Ayer, además, se cargó de un plumazo los casi 140 años de historia el PSOE que siempre tuvo claro que su valor político básico era la igualdad. En España, desde ayer, el socialismo admite y legitima que hay unos ciudadanos más iguales que otros, que vascos y catalanes son mejores y más respetados que los demás españoles.

Ayer se ha cargado de un plumazo y de paso el principio de libertad individual, base de la democracia liberal, consagrando el hecho de que los españoles que vivan en territorios feudalizados, no tendrán libertades que sólo disfrutarán los indígenas, como el derecho a ser educados en la lengua materna y demás libertades derivadas.

O sea, se ha cargado de raíz la Constitución de 1978 al admitir que hay dos territorios, al menos y por ahora, que tienen leyes propias para sus habitantes y que los demás, aunque vivan allí, son residentes administrativos.

Ayer dio alas a los enemigos de España, a los interiores fácilmente reconocibles y a los exteriores, que quedan al acecho por si en cualquier momento pueden rematar sus planes largamente soñados.

Ayer santificó el principio de que lógica, coherencia, verdad y política no tienen nada que ver. Al incurrir en inconsecuencias abismales tales como admitir gestionar un presupuesto con el que no estuvo de acuerdo hace pocos días o como pactar con los separatistas catalanes a los que quería ampliar la aplicación del 155 hace unos días, ha animado a todos aquellos para los que vale todo. Esto es, ha fulminado toda dignidad y elevación moral en la política.

Ayer se ha cargado el fututo de su partido por cuanto lo ha puesto en manos de quienes quieren asimismo destruir un PSOE socialdemócrata y moderado. Y lo harán.

Se ha cargado la legitimidad de un gobierno que renuncia desde el principio y evidentemente para toda la ciudadanía el deber de gobernar para todos en el marco de un Estado de Derecho que pasa a ser un Estado sin derechos comunes e iguales.

Y todo lo ha hecho dentro de la Ley – ya hay experiencias históricas de cómo puede procederse desde la legalidad para acabar con una democracia -, lo cual conduce a más de media España a la resistencia activa y nos sitúa en la inevitable reforma general de la transición que tuvo lugar en 1976-1978.

¿Y Susana Díaz? Admitamos que vio venir al lobo y que intentó alejarlo de toda opción de poder. Pero ni ella ni sus barones han limado siquiera los colmillos de un depredador político insensato al que no le importa ignorar a media España. Es más, que ni siquiera aparecieron ayer para decir siquiera un pío.

Dicho todo esto, queda añadir que todo esto podría haberse evitado, además, si el PP tuviera alguna capacidad de regeneración y renovación y si Mariano Rajoy hubiera comprendido aquel dicho de la mujer del César. Serlo y parecerlo. Él también ha gobernado con el apoyo de los separatistas y ha fracasado en Cataluña. Él ha sido el que ha desanimado, desvirtuando señas de identidad y pactando infamias, a sus votantes que se pasan en masa a Ciudadanos.

Ser honrado a lo mejor lo ha sido, sólo Dios lo sabrá, pero es evidente que no lo ha parecido. Y aquí, sobre todos los españoles, mucho más que sobre él, cae como una losa la inmerecida penitencia de ser gobernados por un sindicato de intereses desconocidos.

Ahorcado con su propia soga
Tomás García Morán La voz 1 Junio 2018

Mariano Rajoy tuvo una ocasión inmejorable para cambiar el rumbo de la política española en noviembre del 2011. Era el momento más duro de la peor crisis conocida: el derrumbe del castillo de naipes de los bancos y las cajas, el drama de las hipotecas y los desahucios, los ERES salvajes, el cierre de calles comerciales enteras, familias completas que se quedaban sin ingresos… El rescate a España, el espejo griego, la inminencia del corralito eran la apertura del periódico un día sí y otro también.

Ese fue el contexto en el que Rajoy ganó sus primeras elecciones generales. Muchos españoles le votaron con una pinza en la nariz, y ahí empezó a cavar el registrador de Pontevedra su tumba, la de su partido y la del ahora llamado régimen del 78. Porque, inexplicablemente, Rajoy malinterpretó aquellos resultados y desaprovechó la ocasión que le brindaba la última gran mayoría absoluta de la historia.

Pensó que en lugar de votos aquellas urnas venían llenas de lejía que blanqueaba la ciénaga de corrupción que había sido el tardo-aznarismo. Porque hay que recordar que en noviembre del 2011 la Valencia de Rita, Camps y Zaplana, las Baleares de Matas y Urdangarin, y el Madrid de Espe y Gallardón ya despedían un olor insoportable. Cuando Rajoy se creyó más campeón del mundo que Iniesta, el caso Gürtel, que ahora lo ha enterrado, ya llevaba cuatro años de investigación, el Supremo ya tenía imputado a Bárcenas y Correa llevaba dos años en prisión.

Es cierto que buena parte de los actuales lodos vienen de los polvos del aznarismo, como recuerdan ahora los dirigentes del PP. Pero también lo es que Rajoy tuvo la oportunidad de hacer borrón y cuenta nueva, reconocer los hechos, pedir perdón, renovar de arriba a abajo el partido con cuatro años de mayoría absoluta por delante, y no lo hizo. El resultado, ocho años después, es archiconocido: como diría Guerra, a la política española no la conoce ni la madre que la parió.

En su hoja de servicios, que no es poco, queda la habilidad de poner a Guindos de interlocutor con Bruselas y Berlín, conseguir una devaluación del país en cómodos plazos y evitar una intervención salvaje como la de Grecia o Portugal. También hay que reconocerle la toma de decisiones duras e inevitables: subidas de impuestos, reforma laboral...

Pero su gran legado ha sido la dejación en funciones y la negación de la realidad. Nunca hizo nada para afrontar la brecha generacional del país. Para qué, mientras diera la suma con el voto de la gente de orden de toda la vida.

Y en el asunto catalán, su gestión del problema, tumbado a la bartola, salta a la vista: Puigdemont parece que comerá el turrón en Berlín y Mariano verá el Mundial de Rusia en su casa.

Por eso la culpa de que todo esto ocurra justo ahora, en el peor momento posible, no es de nadie más que de Rajoy. Ni Pedro Sánchez ni el PNV podían hacer otra cosa. Rajoy, el gran superviviente de la política española, 34 años en el asiento de atrás del coche oficial, se vuelve al Registro de la Propiedad de Santa Pola ahorcado con su propia soga.

Respeto para España
Eduardo Arroyo gaceta.es 1 Junio 2018

Cuando escribo estas letras aún no se ha producido la votación que, “salvo sorpresas”, echará a Mariano Rajoy de la Moncloa. Algunas ideas circulan entre los “creadores de opinión”: primero, que un gobierno de Pedro Sánchez seria altamente inestable por tener solo el 24% de los escaños de la cámara. Segundo, que causa sonrojo las “concesiones” que se habrá visto obligado a hacer a los independentistas y a la extrema izquierda para satisfacer la vena egomaníaca del futuro presidente socialista. Que Mariano Rajoy debiera haber dimitido es evidente: solo alguien como Dolores de Cospedal puede reunir los arrestos para salir a decir a la prensa que Rajoy no dimitirá “porque eso no garantiza que el PP gobierne”. No entiende, claro está, que aquí no se dirime que el PP gobierne, si no de no entregar el país a una coalición de todas las fuerzas políticas que quieren o bien simplemente que el país salte por los aires o bien quieren que un concentrado de “progres” de universidad ensayen en tu casa todas las demencias de la extrema izquierda más pueril, a lo Rita Maestre.

Salga lo que salga de la votación de hoy, algunos no nos vamos a sentir más o menos en la oposición si gobierna la mediocridad palmaria y podrida del PSOE o si gobierna la tecnocracia igualmente corrupta del PP. Al fin y al cabo tienen en común mucho más de lo que parece: el PP no ha tocado ni una sola de las leyes que impuso el gobierno Zapatero. Hemos tenido ley de memoria histórica como eufemismo de rencor y de revancha, agenda “de género” e imposición policiaca en los colegios, lluvia de millones para la fábrica de tarados que produce la izquierda a través de sus asociaciones, institucionalización de organizaciones terroristas y ninguneo a las víctimas, amén de una lucha de “perfil bajo” contra el separatismo, que ha dejado intacto su aparato de propaganda. Fue el PP del ínclito Gallardón el que cambió el código penal para introducir los “delitos de odio” con los que la izquierda y sus “fiscales” persiguen a aquellos que no les gustan. Así las cosas, púdrase en el olvido, señor presidente, porque esos a los que ha pretendido adular son los mismos que ahora le dan la patada. La corrección política no siempre es rentable.

Pero no estamos aquí para hablar de esto –por otro lado un tanto obvio- si no más bien para hablar de qué podemos hacer. Para eso conviene fijarse que la previsible votación de hoy constituye una fotografía en tiempo real del panorama que se abre ante nuestros ojos. Por un lado, un “neo-Frente Popular”, constituido por la izquierda convencional, la extrema izquierda delirante y todas las pirañas que aspiran a dinamitar el país, terroristas reciclados incluidos. Por el otro, la tecnocracia liberal, siempre criticada por sus afines por no ser suficiente liberal pero que, a cambio, representa el liberalismo “realmente existente”. Unos y otros en más o menos sintonía con Bruselas. Conviene recordar que la agenda de género y el lavado de cerebro a la infancia, las modas sociales que conducen al invierno demográfico, la inmigración masiva, el revanchismo camuflado como “memoria histórica”, los “delitos de odio” como herramienta de represión de las ideas, etc, son todas ellas cosas que o Bruselas tolera o bien las impulsa y hasta las impone so pena de sanciones y multas. A todo esto se suma la cobertura descarada a las ratas fugadas de la justicia, por parte de Bélgica y del Estado alemán.

Es evidente que una fuerza de reconstrucción nacional, que plantee una alternativa real a ese viaje a ninguna parte al que nos quiere conducir Pedro Sánchez y su
jauría independentista pasa por un rechazo, no solo a los partidos al uso que operan en nuestro suelo, si no también por el rechazo a “Europa” o al menos una postura altamente crítica con esa “Europa”. Y esto lo escribe un europeísta convencido. Antes o después habrá que dejar de templar gaitas con unas instituciones que hacen causa común con todos nuestros males. Ni siquiera VOX, ese PP redivivo que acude a Libertad Digital a manifestar que en el fondo es un buen chico y que cree en “el mercado” y en las bondades de una Unión que es la quintaesencia de todos los males que nos aquejan, tiene claro que hace falta dar un puñetazo en la mesa para salvar a la patria. A veces ondear banderas de España es hacer el canelo si la coherencia y la crítica no llegan hasta el final. Estamos en un momento en que los reformismos sobran. Pero no por radicalismo si no por supervivencia. Yo pido respeto para España.

‘Díjole la zorra al cuervo…’
Vicente Baquero gaceta.es 1 Junio 2018

Creo que se está produciendo un cambio sustancial en el juego político que está afectando directamente a la forma de enfocar el problema con el que nos enfrentamos de cara al futuro: ¿Quiénes son los verdaderos contendientes en el juego por el poder tras las bambalinas?

Estamos asistiendo, no solo en España, a una lucha inmisericorde para controlar los mecanismos de poder de los estados. No es solo la disputa tradicional entre los diversos grupos o partidos, ni entre representantes de las facciones ideológicas tradicionales, sino una verdadera guerra por parte de grupos de interés, individuos o sociedades, que se manifiestan, aparentemente, tras unas determinadas posturas ideológicas, pero cuyos objetivos reales a la larga son imprecisos. Es más, casi afirmaríamos que las líneas tradicionales entre le “derecha” y la “izquierda” se han desdibujado enormemente.

En una sociedad en la cual su sistema político se basa casi exclusivamente en el sufragio universal, donde casi únicamente cuenta el número de votos obtenidos, sin atender a principios ni límites éticos o morales, y cuya expresión jurídica se conforma al modelo de poder vigente en cada momento, quien controla los recursos del poder, tiene pocas limitaciones, de ahí que es vital quien disponga de ese poder…

En un sistema de estas características, para alcanzar el poder es esencial, no solo conocer o controlar la opinión pública, sino conformarla y dirigirla. De ahí la despiadada lucha por el control de los medios y el contubernio entre la propiedad de esas medios, sus fines económicos, corporativos y de poder propios, y el de los políticos que los utilizan a su vez para alcanzar sus metas electorales. No es ningún arcano, aunque sí un tabú el mencionarlo, que la mayoría en una opinión pública es “conformable”, lo ha sido a lo largo de la historia y en el presente más aun, con el dominio monopolístico cada vez mayor de las técnicas y medios para influir y dirigir ideológica y culturalmente a las personas.

Lo que pretenden todos los grupos, tanto políticos como mediáticos y de poder corporativo, es alcanzar la cuota de dominio necesaria como para controlar eficaz y efectivamente a la sociedad en cuestión: no importa tanto quien tiene una mayoría, sino quien tiene una minoría suficiente para mediante pactos o acuerdos ejercerlo y dirigir la sociedad en el sentido deseado aunque tal fin no coincida con la mayoría teórica ni mucho menos de esa sociedad.

De ahí que el concepto último que podría justificar un sistema “democrático electoralista” sea completamente subvertido, por la propia mecánica del sistema, ya que no serían nunca las mayorías las que determinarían quien ejerce el poder, sino las minorías organizadas que controlan los medios y los resortes para acceder a ellos, así como los mecanismos electorales: las cúpulas de los partidos, los poderes fácticos y los que controlan los medios, son los que en última instancia instalan en el poder a quien les interese. Salvo revoluciones drásticas en donde todo se va al garete…

Lo vemos actualmente: el poder hacer y deshacer partidos, los juicios paralelos, la destrucción de la imagen pública de aquellos que convenga, la reiterada erosión de ideologías no coincidentes con las líneas oficiales, la ocultación de hechos relevantes, la censura menos encubierta cada día, y tantas otras maniobras puestas en marcha para destruir al oponente político, y a su vez el poder político vigente apoyando a aquellos grupos que lo favorecen, es una simbiosis perversa para no caer en desgracia, un chantaje permanente.

¿Qué más da el número de votos si luego todo tiene arreglo? Nunca habrá una mayoría suficiente, ni la dejaran formar vía electoral, que pueda romper este círculo vicioso, por ello sería imprescindible aunque utópico en estas circunstancias el pedirle a los ciudadanos que cuando vayan a ejercer su derecho al voto mediten, sean conscientes de la manipulación a la que están siendo sometidos… ¿Quién de verdad está gobernando, porqué y para qué?

La utilización de los medios: prensa, TV, radio, cine, las redes sociales, internet, como armas de manipulación y poder está llegando a unos límites en que habría que establecer unos límites, no debemos rendirnos ante el paradigma de la “libertad de opinión” o “el derecho de opinión” sin restricciones, pues no toda opinión es legítima ni toda información honesta y desinteresada, ¿Quienes están detrás? Desde luego no son grupos “elegidos por ciudadanos” cuyos intereses van más allá de informar o ayudar a la opinión pública. Es demasiado poder, en manos de grupos cuyos intereses no necesariamente coinciden con los intereses de una nación, cuyas ambiciones personales no tienen porque coincidir con las intenciones de los ciudadanos.

Los medios no deben encumbrar o destruir inmisericordemente a personas dedicadas a la política, ni la política establecer cárteles mediáticos a su servicio. Considerar a los medios como el “cuarto poder”, no deja de ser una frase, que no debe hacernos olvidar que ese no es su cometido específico, si se extralimita puede perder su independencia.

Ver a miembros de un partido acusando a otro de corrupción, resulta ridículo, sino no fuera un trágico reflejo de la corrupción generalizada de las cúpulas que ha generado el sistema; ver a unos medios según de que “ganadería” resaltando solo la del PP, y minimizando la del PSOE y demás comparsas nacionalistas, cuando es sabido que el máximo exponente de corrupción en este país ha venido propiciada por el PSOE y CIU es impresentable como marchamo de unos medios que presumen de objetividad.

No sacralicemos el sistema “democrático” pensando que él solo pueda protegernos de los abusos del poder, se requieren otros principios además de la llamada teórica “voluntad general” si queremos mantener el régimen de libertades de que disfrutamos. No nos olvidemos: los orígenes del estado de derecho y de ahí deriva la democracia, no hay democracia sin estado de derecho, nace de frenar al poder, de ponerle límites, “no tanto lo que el estado pueda hacer por mí como lo que no me puede hacer” toda desviación de este concepto nos lleva a formas encubiertas, a veces evidentes, de despotismos o tiranías, aunque se disfracen de redentoras. No es oro todo lo que reluce ni verdadera democracia todo lo que se declara como tal…

Democracia mutante
Manuel Marín ABC 1 Junio 2018

La milimétrica operación de derribo de Mariano Rajoy es inédita en nuestra democracia. Nunca prosperó una moción de censura, y nunca fue imaginable la resurrección política de un aspirante a la presidencia del Gobierno que fue forzado a desalojar el liderazgo del PSOE por los odios de su propio partido.

Pedro Sánchez no solo renació, no solo diseñó un PSOE a su imagen y semejanza con purgas a prueba de disidencia interna, sino que ahora consigue encaramarse a La Moncloa mediante una «operación relámpago» cómplice con el separatismo, que necesariamente fracturará el bloque constitucional de modo irreversible.

La sentencia de Gürtel, tan efectista, era un caramelo, una excusa, una coartada. Era la cobertura idónea para elegir el momento adecuado, pero la operación estaba prediseñada porque Sánchez nunca descartó tumbar a Rajoy mediante una moción, consciente de que la vía de las urnas estaba cegada y mantenía al socialismo en un bloqueo anímico mortal de necesidad.

Todo en España ha convergido en 72 horas en un extraño caos político, en una involución impensable, y en el final político de Rajoy a manos del PNV a cambio de compromisos aún opacos. El jaque mate ha sido inmisericorde, pero no casual ni improvisado. Era una presa acechada excesivamente confiada en su falsa fortaleza, e insensible a la profunda crisis interna del PP. Más allá de la frase prefabricada de una sentencia para negar su credibilidad, Rajoy ha calculado mal el grosor del cordón sanitario que le rodeaba.

Sánchez será presidente con los votos de un partido a cuyo líder llamó racista hace solo unas horas, y ahora le tiende la mano. Sánchez avaló ayer el 155 para compartir hoy con el separatismo propuestas de «diálogo» que no detalló. Sánchez abominó de unos presupuestos generales que ahora hace suyos con tal de gobernar. Su virtud, convertir la palabra dada en papel mojado.

Al PP le quedan dos alternativas: una dimisión ni extremis de Rajoy que nadie contempla, aunque algunos miembros del PP imbuidos de un silente espíritu de supervivencia desearían; y pasar a la oposición para observar las carencias del Gobierno más débil de nuestra democracia con 85 escaños, iniciar una sucesión ordenada sin cargas de corrupción, y aprovechar con un nuevo liderazgo que Sánchez, en su inédita carambola, ha sacado de foco por completo a Albert Rivera, en buena parte muy culpable de lo ocurrido.

En su día, España se jactó del fin de las mayorías absolutas. Hoy, los equilibrios para gobernar España son ya imposibles por las facturas al cobro que presentarán el separatismo y el populismo extremista. Pero Sánchez no llega de modo transitorio, sino para quedarse sin proponer fecha de elecciones. Incluso, en el drama del PP, hubo quien ironizó pidiendo una foto de Sánchez con Piqué. «Se queda». Nuestra democracia muta de modo vertiginoso.

El Marianismo en la emboscada
La ausencia de previsión sucesoria abre ahora un delicado período de incógnitas que puede devastar al PP
Ignacio Camacho ABC 1 Junio 2018

Pedro Sánchez Castejón no será sólo el primer presidente de esta democracia que accede al cargo a través de una moción de censura. Pasará también a la historia por ser el único político que ha logrado engañar a Mariano Rajoy, quizá el dirigente más correoso de la reciente nomenclatura española. El hombre que durante más tiempo ha ocupado cargos de poder desarrollando en ellos un granítico blindaje. Un profesional de la política dotado de una curtida resistencia al desgaste, que durante décadas ha puesto a prueba contra toda clase de adversarios dentro y fuera de su propio partido. Al final ha caído en una emboscada parlamentaria cuando más seguro se sentía de haber apuntalado el que muy probablemente iba a ser su último mandato. Cuando pensaba que ante el desafío separatista había establecido con el líder socialista una suerte de pacto para fortalecer el bipartidismo clásico frente al auge demoscópico y social de Ciudadanos. Y ha caído de la manera que acaso menos esperaba: atrapado por sorpresa en un golpe de mano de aquel a quien había empezado a tomar por un aliado.

El final del marianismo se precipita así de una manera imprevista: al hombre más calculador de la escena pública nacional le han fallado los cálculos. El célebre manejo de los tiempos, del que sus partidarios habían hecho casi una leyenda, le ha estallado en las manos. Los síntomas de clara erosión, que provocaron una legislatura en precario y una investidura solventada por el PSOE a través de un cuartelazo, no fueron atendidos, quizá porque el presidente no veía el momento de dejar de sucederse a sí mismo. Una y otra vez aplazó su relevo, la posibilidad de una sucesión ordenada de su liderazgo, pese a que el crecimiento de C’s auguraba con toda claridad la fragmentación del proyecto del centroderecha. Su obsesión por la estabilidad, el valor clave de toda su concepción política, lo ha acabado sacando de la pista. En 2016, cuando parecía batido, logró sobrevivir a una investidura fallida explotando con habilidad el miedo generalizado a un triunfo populista. Pero le ha faltado intuición para comprender el rápido deterioro de su frágil mayoría.

Evitó el rescate de España
En el carácter de Rajoy, registrador de la propiedad con mentalidad de funcionario y una absoluta convicción en el poder jerárquico del Estado, se mezcla un conservadurismo natural con un potente instinto pragmático. Su capacidad para la supervivencia ha brillado contra toda clase de contratiempos, incluido el dramático revés de las elecciones de 2004 tras los atentados del 11 de marzo. Cuando no podía vencer, se adaptaba; cuando triunfaba, ejercía el mando con una cierta indolencia, una inercia gélida, una desapasionada falta de audacia, una galbana que dejaba pudrir los problemas en vez de abordarlos. Así ha tumbado a gran parte de sus adversarios, quedándose quieto ante sus movimientos hasta que la impaciencia los empujaba a cometer errores que acababan por descarrilarlos. Así evitó también el rescate de España por la UE en 2012, el gran logro de su mandato. A base de pasividad en circunstancias críticas, en una atmósfera de nervios desatados, consiguió aplacar el desasosiego de los socios comunitarios.

Su objetivo central ha sido siempre la recuperación económica, que también alcanzó con duros ajustes y reformas estructurales relativamente tímidas para la enorme mayoría parlamentaria que los españoles le habían otorgado. En esa etapa se evidenció su querencia continuista, su talante refractario a las transformaciones intensas, su renuencia instintiva a los grandes cambios. En el proceso de estabilización, ejecutado con escasa sensibilidad política por el ministro Montoro, comenzó también el alejamiento de los sectores de apoyo que lo habían alzado a la Presidencia, a los que el incumplimiento de las promesas electorales provocó un fuerte desencanto. Y finalmente, cuando la economía alcanzó una notable velocidad de crucero, la política gubernamental continuó considerándola su eje programático, soslayando la evidencia de que los electores ya la habían descontado y esperaban medidas de regeneración y de defensa ideológica de los principios y valores abandonados.

El legado negativo es la ruptura del proyecto de «casa común» del sector moderado español, que Aznar construyó sobre un modelo de énfasis nacional muy pronunciado y en torno a un partido atrapalotodo capaz de captar cualquier voto que no fuese de izquierdas. Rajoy despreció o no supo valorar la importancia de la irrupción de Ciudadanos en un momento en que la corrupción devoraba la imagen del PP y la tiznaba de una pátina anticuada, marchita, que contrastaba con el aura novedosa del partido de Albert Rivera. Las generaciones más jóvenes le dieron la espalda y el presidente buscó una última trinchera en la sólida implantación de su maquinaria organizativa entre el electorado maduro y en las provincias pequeñas. El conflicto catalán le clavó la puntilla porque, ante un estado de alarma nacional, optó por aplicar su vieja receta: contemporización, espera, paciencia, soluciones de baja intensidad -el célebre artículo 155 de mínimos- que exasperaron a la España de las banderas, la que se rebeló en octubre contra el agravio nacionalista reclamando desde sus balcones una respuesta de firmeza. Rivera sí entendió el mensaje, favorecido por su falta de responsabilidades institucionales, y entendió que era la oportunidad de heredar el liderazgo del centro-derecha.

Postmarianismo
El asalto inopinado, súbito, de Pedro Sánchez ha puesto de relieve el error decisivo de Rajoy al aplazar una y otra vez la posibilidad de organizar el postmarianismo. Nunca encontró la ocasión, quizá porque en el fondo entiende la responsabilidad como un cometido indeclinable, como un deber patriótico, como un compromiso. La ausencia de previsión sucesoria abre ahora un delicado período de incógnitas que puede devastar al PP, en el que hace tiempo que laten ambiciones sumergidas bajo la espuma de la disciplina de partido. Y lo que es peor, y quizá cause más consternación al todavía presidente, deja un Gobierno aún más precario que el suyo, respaldado por los enemigos declarados de la Constitución, rehén del independentismo catalán y del populismo. El peor panorama posible para quien había asumido la permanencia en el poder como la conciencia de un inevitable destino.

Final oprobioso de Rajoy, el Ausente
EDITORIAL Libertad Digital 1 Junio 2018

Más que paradójico, resulta clamorosamente esclarecedor que Pedro Sánchez vaya a convertirse en presidente del Gobierno gracias a su tardía aceptación de los mismos Presupuestos Generales del Estado pactados con el PNV con los que Mariano Rajoy creía asegurarse hace escasos días el Poder para los próximos dos años.

Si, con tal de seguir en el Gobierno sin tener que convocar elecciones, Rajoy no tuvo empacho en presentar unos Presupuestos típicamente socialdemócratas preñados de cesiones al nacionalismo vasco, el PSOE de Sánchez y las demás formaciones de este redivivo cordón sanitario contra el PP, que han demostrado que tampoco tienen mayores problemas para respaldar unas cuentas que rechazaban hasta ayer mismo. Semejante espectáculo deja a los pies de los caballos a casi todos los actores de esta siniestra farsa –de lo visto este jueves sólo cabe salvar la intervención de Albert Rivera–, que para colmo hablan sin parar de regeneración de la vida política.

El rechazo compartido –aquí también la excepción corre por cuenta de Ciudadanos– a que sean los españoles los que elijan directamente qué Gobierno prefieren hace de esta moción de censura un cambalache ominoso, aun cuando se haya conseguido con ella desalojar a Rajoy de la Moncloa. Y es que la sustitución de Rajoy por Sánchez no va a poner fin al desgobierno dictado por los resultados de las últimas elecciones generales ni a acabar con la renuencia a hacer frente como es debido al mayor desafío a la Nación y al Estado de Derecho, que no es otro que el golpe de Estado separatista en Cataluña.

España, hoy, está peor que ayer. En manos de partidos que no pueden abanderar la lucha contra la corrupción porque de hecho han protagonizado algunos de los peores escándalos de corrupción de la democracia y porque de hecho son, en algunos casos, auténticos destilados de esa otra corrupción tan insidiosa o más que la económica: la ideológica. En manos de golpistas comprometidos con la destrucción de la Nación y de los lacayos de una organización terrorista con centenares de muertos a sus espaldas. En manos, en fin, de un indeseable oportunista que ha demostrado ser capaz de aliarse con lo peor de la escena política, los racistas y liberticidas a los que hasta ayer vilipendiaba, con tal de empotrarse en la Moncloa sin encomendarse a una ciudadanía que siempre le ha dado la espalda.

En todo esto, Mariano Rajoy tiene una responsabilidad tremenda. Su incalificable espantada del Hemiciclo en la tarde de este jueves marcará indeleblemente el oprobioso final de su carrera política.

La política como destrucción
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli 1 Junio 2018

La historia política de España desde la Transición hasta hoy ha recorrido un camino marcadamente descendente. Se inició esta larga etapa de cuatro décadas con una enorme carga de esperanza y un asombroso despliegue por parte de las elites dirigentes de aquel momento seminal de una admirable altura de miras, sentido del Estado, generosidad y responsabilidad. Los que sabían que su tiempo se había acabado supieron dejar el escenario con dignidad y decoro y los que llegaban para hacerse cargo del país renunciaron a la revancha y al rencor. El nivel medio de las figuras públicas que hicieron posible aquella transformación sin apenas traumas ni violencia era apreciablemente alto, tanto en formación como en experiencia, calidad humana y exigencia moral. Muchos de ellos tenían tras de sí biografías cuajadas de claroscuros, pero era difícil encontrar pigmeos intelectuales, saqueadores de las arcas públicas, falsificadores de currículo, mediocres o ágrafos.

El sistema institucional y la estructura territorial que acordaron presentaba graves defectos de fondo, lagunas peligrosas e inconsistencias resbaladizas, pero debemos admitir que lograron lo que entonces fue posible y que confiaron, creyendo que los que vendrían después serían de su mismo fuste, en que el transcurso de los años y la adaptación a la realidad irían tapando las vías de agua, soldando las grietas y resolviendo las contradicciones. Botaron una nave de cuyas fragilidades eran conscientes, aunque nunca pudieron imaginar que las sucesivas tripulaciones que la ocuparían en el futuro irían perdiendo progresivamente el rumbo hasta estrellarla en los arrecifes de la corrupción, la incompetencia, el sectarismo y la traición. La inclinación de la pendiente que lleva de la dramática sesión en que las Cortes del régimen anterior aprobaron la Ley de la Reforma Política hasta el esperpento rastrero de la moción de censura del Partido Socialista de Pedro Sánchez contra el Gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy es llamativamente grande. Basta observar la magnitud de la caída para que a uno se le encoja el corazón.

Todo en el debate de esta iniciativa pérfida conduce a la decepción y al desánimo. Un aspirante que invoca la estabilidad y la confianza mientras la posibilidad de que ocupe La Moncloa hunde la Bolsa y dispara la prima de riesgo y un censurado que se aferra a la poltrona como Scrooge a su dinero. El líder del partido de los ERE de Andalucía se dispone a sustituir al jefe de la organización de la Gürtel, al que reprocha su falta de honradez, y en su discurso declara enfáticamente su compromiso con la Constitución aupándose al poder con el apoyo de golpistas contra el ordenamiento vigente. Afirma su propósito de cumplir con las obligaciones de control del déficit que derivan de nuestra pertenencia a la zona euro a la vez que anuncia medidas que van a desbaratar el equilibrio presupuestario. Nada hay que tenga la mínima consistencia en este espectáculo vergonzoso de vanidades desatadas, codicias reptantes y completa ausencia de atención al interés general.

Y lo peor de este final de época tan carente de grandeza y tan abundante de mezquindad es la resistencia férrea de Mariano Rajoy a presentar la dimisión antes de que la votación que tiene perdida arroje a España al abismo. Sin importarle la Nación que debe proteger de enemigos exteriores e interiores, ni su partido, que bajo su mandato se aproxima a su desaparición, ni la interrupción brusca de la recuperación económica, se agarra al sillón hasta el último minuto poseído del deseo diabólico de extender su fracaso al resto de sus compatriotas. Hasta su adversario en esta hora aciaga le ha conminado repetidamente desde la tribuna a renunciar, se supone que aterrado por la perspectiva de presidir un Ejecutivo en desoladora minoría en manos de grupos cuyo proyecto confesado es la voladura de España en pedazos.

Sin embargo, el que ya ha quedado consagrado como el peor presidente del Gobierno de nuestra democracia, desplazando de tan meritoria posición al contador de nubes, prefiere la catástrofe que nos aguarda a abrir un período de interinidad que asegure un margen de maniobra para convocar elecciones, para que su formación elija a su sucesor y para que la sociedad española se recomponga después de tanto sobresalto.

Para oprobio del derrotado, dos falsos mitos con los que sus aduladores han insistido en adornarle se han desplomado con estrépito: el primero, el de su habilísima administración de los tiempos, que ha consistido esencialmente en sestear en la inacción o en reaccionar tarde y mal ante lo inevitable, finalmente desmentido por el hecho de que ese mismo tiempo que ha desperdiciado con su pasiva indolencia le ha atrapado hasta aplastarle; y el segundo, el de su tan cacareado sentido común, que al dejarle inerme frente a un indocumentado sin otra arma que su osadía temeraria, ha demostrado que no era otra cosa que pura cobardía.

Quizá lo único bueno de este episodio trágico sea que los españoles quedaremos libres de un individuo que, atrincherado en su inmovilidad desesperante, nos mataba de aburrimiento. A lo mejor en los meses que vendrán la experiencia del desastre absoluto que traerá sin duda el cóctel venenoso de separatismo rabioso, colectivismo liberticida e inanidad insalvable que deberemos tragar, haga que la sociedad española reaccione y descarte la política como destrucción para adquirir la solidez de las democracias maduras.

Sánchez: una moción contra un destino
Cristina Losada Libertad Digital 1 Junio 2018

Con su moción de censura contra Rajoy, Pedro Sánchez ha hecho algo más que aprovechar una oportunidad. Ha aprovechado la oportunidad. En singular. La única oportunidad con la que su partido podía contar a medio plazo. Ahí se encuentra el principal elemento de fondo de esta moción: representa la rebelión de los socialistas contra su destino. Esto suena fáustico y en cierto modo lo es y por más de un motivo. Pero, lejos de mitos y literatura, el destino contra el que se han rebelado los socialistas es muy pedestre. No es más que el que auguraban los sondeos y el que era previsible que resultara del proceso de reconstrucción del centro político que se estaba produciendo en España.

¿Qué podía esperar el PSOE de unas elecciones en 2020? Tal como pintaban las cartas, todo lo que podía esperar era competir por el tercer puesto con Podemos. No por el segundo; mucho menos por el primero. La posibilidad de que los socialistas superaran su continuado declive era remota. El último CIS, de principios de mayo, lo ponía de tercero, después de PP y Ciudadanos. La última de Metroscopia, de cuarto. La amenaza de un nuevo y radical retroceso era real y era coherente con lo sucedido en países del entorno. Nada ganaba el PSOE esperando sentado a la sentencia de las urnas. Así se que se puso en pie con la de Gürtel. Hace dos años ya vio de cerca el peligro de quedar reducido a un partido de ámbito regional: en Andalucía. Los resultados de Iceta en Cataluña, antaño gran granero, reactivaron el riesgo.

La situación no hubiera sido tan mala para el PSOE, teniendo en cuenta que perdía fuelle su principal competidor –dirigido fatalmente por Iglesias–, de no haber coincidido con el ascenso de Ciudadanos. Porque ese ascenso forma parte de un proceso más complejo, transformador y difícil de contrarrestar. Lo que está o estaba en marcha –subrayo el término macroniano– era una reaparición y recomposición del centro político bajo el liderazgo de Albert Rivera. La clamorosa pérdida de confianza en los dos grandes partidos, el continuado desgaste del PP y del PSOE, se estaban encauzando hacia allí. No hacia la izquierda, no hacia socialistas ni podemitas, sino hacia el centro.

El centro político –difícil de definir, reconocible en la práctica– puede resultar ganador e inexpugnable en momentos en que se descompone el partido tradicional de la derecha y lo que hay a la izquierda es un partido desprestigiado y otro delirante. Se ha dicho estos días que la moción de Sánchez era, en realidad, contra Rivera. Puede. Pero su alcance no se limita al inmediatismo de retratar al adversario. Lo que ha hecho Sánchez con su moción de censura es interrumpir un proceso de decantación hacia el centro del que no podía esperar beneficio. Ha aprovechado la oportunidad para, como suele decirse, darle una patada al tablero. A fin de cuentas, en la partida que se jugaba tenía cada vez menos piezas que mover.

Sánchez le ha dado una patada a ese tablero y lo ha hecho reuniendo a todos los partidos interesados en darle la patada a otro tablero, mucho más importante: el constitucional. El socialista podrá decir que no hay pacto fáustico, porque Mefistófeles es Rajoy. Lo malo es que si Rajoy es mefistofélico no dimitirá para que Frankenstein asuste a las gentes de orden durante un año o dos, esperando detener así esa marcha hacia el centro que está desplazando al PP. O sea, dos hombres contra un destino. La historia de esta moción histórica, en fin, es una fábula estupenda sobre el interés general y bla bla bla.

Rajoy aún está a tiempo de dimitir
Marcello republica 1 Junio 2018

Mariano Rajoy podría anunciar esta mañana al Rey Felipe VI su dimisión como presidente del Gobierno, para suspender la moción de censura y ver si en una larga ronda de consultas del monarca de unos dos meses, más el veraneo de agosto, llegaba a septiembre como presidente en funciones del Gobierno. Frenando así la entrada a caballo de Sánchez en La Moncloa y explorando nuevas elecciones como se lo pide Albert Rivera desesperado.

Lo que permitiría a Rajoy al menos intentar nuevas elecciones anticipadas, si en el PSOE Susana Díaz u otros dirigentes socialistas se sublevan contra el ‘pacto Frankenstein’ de Sánchez con Podemos y nacionalistas. O si Iglesias vuelve a caer en la tentación de dar el ‘sorpasso’ al PSOE como en marzo de 2016. O incluso para ver si el PNV rectifica su apoyo a Sánchez ante la pérdida de los regalos en Presupuestos que les hizo Montoro a su paso por el Senado.

De ahí que, una vez pasada la depresión de Rajoy y la cogorza que parece que pilló en el restaurante refugio de la calle Alcalá, y oído Rivera y líderes empresariales y financieros, de todo el país, Rajoy podría rectificar y dimitir para ver qué pasa en los próximos meses pero estando él en La Moncloa como presidente en funciones.

Estupor en el PP y en el mundo económico y empresarial (y en Berlín y en Paris) ante la posibilidad de que Pedro Sánchez se convierta hoy en nuevo presidente del Gobierno de España, con ayuda de los nacionalistas y de Podemos. Nadie entiende nada ni el estrepitoso fracaso político de Rajoy que llenó los bolsillos del PNV por su apoyo a los Presupuestos de 2018 y seis días después Urkullu y Ortuzar apuñalaron por la espalda a Rajoy dando sus votos a favor de la moción de censura de Pedro Sánchez.

Y demostrando que tanto el propio Rajoy como su ‘estado mayor’ que dirige Soraya Sáenz de Santamaría no se han enterado de nada y no vieron venir el tornado que se les venía encima y que Pedro Sánchez si que vio en cuanto apareció la sentencia de Gurtel en los medios de comunicación.

En ese momento y cuando Pablo Iglesias le pidió públicamente a Sánchez que le presentara la moción de censura a Rajoy, en la Moncloa se debieron encender todas las alarmas y Rajoy, de manera inmediata, debió disolver las Cortes y adelantar las elecciones generales. Pero nadie le alertó y él que se cree tan listo se echó a dormir, confiado además en que tenía controlado a Bárcenas porque su esposa Rosalía estaba fuera de la prisión.

Sin embargo Sánchez, más astuto y bien asesorado por un periodista de su confianza, si se percató del riesgo de que Rajoy disolviera las Cortes. Y, sin esperar la reunión de su Ejecutiva, presentó a primeras horas de la mañana del viernes 25 en el Congreso de los Diputados la moción de censura y así bloqueó el adelanto electoral, mientras Patxi López y Miquel Iceta iniciaban contactos con los nacionalistas vascos y catalanes para derribar a Rajoy.

El que creyó que Montoro había cerrado bien sus pactos de Presupuestos con el PNV y que por lo tanto Urkullu y Ortuzar no los iban a traicionar como luego ocurrió. Y de esa traición se enteró Rajoy (por confidentes especiales) en la mañana de este jueves de pasión, y de ahí su furia contra Sánchez en un discurso virulento y plagado de insultos que desvelaban el terror de Rajoy a ser expulsado de la Moncloa en cuestión de días y por corrupción.

Y de ahí también su foto saludo de despedida del Congreso y la espantada del banco azul durante el debate de la tarde y su refugio ¡siete horas! dentro de un restaurante, de donde salió al anochecer entre fotos y vítores y con aspecto de haber ahogado sus penas en alcohol.

Y donde tomó la absurda decisión de decirle a Cospedal que anunciara que él no iba a dimitir, porque le parecía imposible que el PP pudiera volver a gobernar a la vista de los números de votos cosechados por Sánchez en la censura, lo que le impediría al PP volver a ganar una nueva investidura tras la ronda de consultas del Rey.

Y además Rajoy se volvió a equivocar renunciando a su dimisión y a la vez enviando a la prensa y al PP, vía Cospedal, la noticia de que podría dimitir de la presidencia del PP abriendo en su partido la caja de los truenos y de las intrigas sobre su sucesión en el PP.

Sin embargo algunos miembros de su gobierno y dirigentes del PP se han empeñado en convencer a Rajoy de que dimita antes de la votación de la moción de censura prevista para las primeras horas de la tarde de hoy. Y si lo hace habrá ganado unos meses y puede que, con suerte, un adelanto electoral. Pero para ello, y como se lo pidió Sánchez (con la boca chica), Rajoy tendrá que pasar el trago de presentarle al Rey su dimisión por culpa de la corrupción del PP.

 

Emociones nacionales
MANUEL ARIAS MALDONADO El Mundo 1 Junio 2018

Es sabido que la ciencia-ficción constituye, entre otras cosas, un mecanismo de distanciamiento. Al presentarnos comunidades humanas imaginarias que conservan rasgos familiares en contextos futuristas, el género nos ofrece la oportunidad de contemplarnos desde fuera. Viene esto a cuento, aunque parezca mentira, de nuestro debate sobre la nación, el nacionalismo y el Estado: un debate que podría encontrar nuevas aplicaciones prácticas si triunfase hoy la moción de censura y un Gobierno de Pedro Sánchez abriera el diálogo con las fuerzas nacionalistas.

El candidato socialista apeló ayer a un "patriotismo cívico" capaz de dejar a un lado "las retóricas excluyentes" que dificultan forjar nuevos consensos territoriales. Fue una crítica velada a la "España ciudadana" presentada por Ciudadanos, plataforma insólita en el marco de una historia constitucional caracterizada hasta el momento por la ausencia de todo exceso patriótico. O mejor dicho: una donde los excesos patrióticos han corrido siempre a cargo de los nacionalismos periféricos. Es un debate intrincado, cuya importancia electoral en los próximos meses fue anticipada ayer por Rajoy cuando afirmó misteriosamente que él, en todo caso, "seguiría siendo español". ¿A qué atenerse? La ciencia-ficción proporciona una interesante vía de entrada.

Pensemos en Star Trek o cualquier narración que nos muestre naciones radicadas en otros planetas. Todas despliegan los símbolos a los que estamos acostumbrados en éste: banderas, himnos, mitos. Sus habitantes tienen nombres imposibles y un aspecto a menudo chocante, pero no difieren tanto de nosotros. Y de eso se trata: de reconocer en esa otredad imaginaria algo que creíamos propio y exclusivo, viéndonos a nosotros mismos como otros. Situados a prudente distancia, comprobamos que no hay diferencias sustanciales entre las naciones de la imaginación y las naciones reales en las que vivimos: todas se basan en algún sentimiento de pertenencia articulado en torno a una simbología común. La ciencia-ficción nos convierte a todos en antropólogos.

Sin embargo, la lección fundamental es que no existe comunidad que pueda prescindir por completo de la parafernalia sentimental. Banderas, himnos, historia: las encarnaciones simbólicas de una nación. ¡Ni en el espacio exterior! Y lo mismo vale para ese artefacto hiperracional que es el Estado: en paralelo a su legitimación instrumental (ser una institución que nos permite alcanzar determinados fines colectivos, como la igualdad o la libertad) existe una adhesión emocional que facilita su existencia y remite a la idea de nación. Nos lo enseña la Historia: los nacionalismos se convirtieron en religiones laicas sobre las que se apoyó el Estado moderno, que se dedicó a fomentar emociones nacionales mediante la escuela, el discurso público, la enseñanza de la historia o el servicio postal. Apoyándose, claro, en la base psicobiológica que proporciona el gregarismo del animal humano.

Nótese que hablo de realidades fácticas, no de prescripciones normativas sobre lo deseable. Si atendemos a la turbulenta historia de las naciones, de hecho, lo deseable sería lo contrario: una fundamentación puramente racional del Estado. El mismo Habermas se ha referido alguna vez al hecho de que, si bien las nuevas naciones del XIX sirvieron, en alianza coyuntural con el liberalismo, como instrumento emancipador frente al Antiguo Régimen y los Imperios, la historia del siglo XX mostró su sangrienta cara B y con ello la necesidad de desactivar afectivamente la peligrosa idea de nación. De ahí el desarrollo de conceptos como el patriotismo constitucional, o la exitosa construcción de la Unión Europea. O sea: el Estado, cuanto más frío más hermoso.

Que esto sea deseable no significa que sea realizable, o que pueda realizarse siempre y en toda ocasión. Sin duda, hay quienes defienden la fundamentación racional del aparato estatal; me cuento entre ellos. Pero eso no significa que el número de ciudadanos que concibe así el Estado sea suficiente cuando éste padece la amenaza de un nacionalismo interior: los kantianos no se bastan contra los herderianos. Dicho de otra manera, ha sido imposible prescindir por completo de la nación en la vida del Estado; dado que ambos nacieron a la vez, es algo que no debería extrañarnos demasiado. Y bajo esta luz, ¿cuál debería ser la apuesta de la democracia española? ¿El "patriotismo cívico" de Sánchez o la "España ciudadana" de Rivera? ¿Es esta última expresión de un siniestro nacionalismo español, o su letra no se diferencia tanto del patriotismo constitucional defendido por el líder socialista?

Es un terreno resbaladizo. Acusar a la plataforma presentada por Ciudadanos de "joseantoniana" constituye un exceso retórico solo comprensible en el marco de un debate público dominado por la hipérbole. No hay duda de que la puesta en escena adoleció de una estética mejorable: ni la bienintencionada Marta Sánchez puede concitar el entusiasmo generalizado, ni todos se reconocen en «el orgullo de ser españoles» invocado por Rivera. Se deja ver aquí que las sociedades plurales carecen de símbolos unánimes y que la ironía posmoderna corroe -¿felizmente?- cualquier conato de solemnidad: si los defensores del patriotismo cívico sacaran a escena a Ana Belén, el resultado sería igualmente divisivo. Pero se trató de un acto fallido, sobre todo, porque no supo comunicar con claridad la defensa de un modelo constitucional que reconoce de iure la diversidad española. Si uno dice ver ciudadanos españoles que también son gallegos o catalanes o andaluces, el discurso adopta de inmediato otro aire. Es algo que también podría decir un patriota constitucional, aunque el patriotismo constitucional en España apenas haya dicho eso.

Habrá que ver en qué se traducirá el "patriotismo cívico" de Sánchez, así como la orientación que dará Ciudadanos a su plataforma. Si unos pueden depender de los votos nacionalistas para sostener el Gobierno y sentirse por ello tentados a rescatar la confusa "España plurinacional", los otros podrían reforzar los aspectos más identitarios de su propuesta buscando aumentar su base electoral. No son procesos incompatibles, sino todo lo contrario: en la medida en que Sánchez insista en la idea expresada ayer en el Congreso, conforme a la cual España estaría compuesta de varias naciones, la formación liderada por Rivera encontraría beneficios electorales en el énfasis sobre una españolidad unidimensional. Pero Sánchez también dijo durante el debate que cree en la nación española; queda por aclarar si cual mero contenedor de sus regiones y nacionalidades, como entidad en pie de igualdad con esos "territorios que se sienten naciones" a los que hizo referencia o como nación con rasgos propios. Tal vez su partido sea el primero que demande, llegado el caso, esa aclaración.

Sobre el papel, el patriotismo cívico y la "España ciudadana" podrían converger sin mucho esfuerzo: atenerse a la letra del 78 supone afirmar un nacionalismo cívico sobre el que sostener al Estado con un mínimo de sentimentalidad y un máximo de eficacia. Huelga decir que esa tarea solo podrá acometerse cuando el nacionalismo se avenga a reconocer la ilegitimidad de una empresa de ruptura acometida contra la mayoría de los catalanes. Y acepte, de paso, que no ostenta monopolio alguno sobre la sociedad catalana, tan diversa y plural en su interior como el conjunto del país. Algo que también se hará necesario aclarar en el País Vasco, donde se discute un nuevo estatuto que habla de la "nacionalidad vasca" como algo separado de la "ciudadanía española". Ningún patriotismo cívico, por generoso que sea, puede ir tan lejos sin vaciar por el camino de contenido a la nación de la que ese patriotismo se predica.

Estamos ante un debate incómodo. Durante mucho tiempo, los símbolos nacionales han jugado en nuestro país el deseable papel secundario que les atribuyen las mejores versiones de la nación cívica: un repertorio afectivo más o menos banal que se mantiene en segundo plano, sin que sea obligatorio para nadie profesarle devoción alguna. ¡Algo que no puede decirse de las regiones gobernadas por el nacionalismo! Pero, por incómodo que sea el debate, ¿podemos prescindir de la nación para legitimar el Estado? Si no podemos, máxime en situaciones de crisis, ¿no será preferible que una «comunidad imaginada» se imagine a sí misma como nación cívica antes que como nación etnocultural?

Tiene razón Daniel Gascón cuando escribe que "deslizarse del nacionalismo cívico al étnico es más fácil de lo que parece". Sin embargo, la conversación que estamos manteniendo es inevitable en las actuales circunstancias y puede tener la virtud de aclarar qué relación debamos mantener con los símbolos nacionales. Ya veremos si es también una oportunidad para renovar el consenso sobre la legitimidad del modelo constitucional, o se convierte en la ocasión que aprovechan sus enemigos para dinamitarlo. Ese modelo, recordémoslo, hace de la diversidad el elemento consustancial de la moderna nación española y dota de legitimidad al Estado, de inspiración federal, sobre la base de una lealtad común hoy ausente. Y la verdad, díganla el capitán Kirk o su porquero, es que no hay otro lugar donde podamos encontrarnos. Más vale que todos, sin excepción, lo vayamos asumiendo.

Manuel Arias Maldonado es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Su último libro es Antropoceno. La política en la era humana (Taurus).

El Jovencito Frankenstein
Carlos Herrera ABC 1 Junio 2018

Menuda tarde la de ayer. Que si Rajoy se va, que ni de coña, que el canario puede no votar a favor, que el presidente ha ido a Zarzuela, que la mujer de Aitor el del Tractor ha inclinado la balanza, que Sánchez no quiere saber nada de un gobierno de coalición con Podemos, que los barones del PSOE están que echan los dientes… Todo fueron conjeturas hasta que los aprovechateguis vascos dijeron que estaban por la labor de llevar al jovencito Frankestein a la presidencia del gobierno. Era la confirmación a un derrumbe absurdo pero perfectamente descrito en la tradición española: hacer del más insospechado poco menos que una referencia merced a carambolas circunstanciales.

Son las siete y media de la tarde, y a estas horas, cuando escribo este suelto, Pedro Sánchez, líder de un grupo de ochenta y pocos diputados, puede acostarse creyéndose presidente del Gobierno de España. Le apoya, como dice Rosa Díez, todo un selecto grupo de enemigos de España, los siervos de Puigdemont, los Rufianes, los «compromises» y los hijos de Otegui, que son quienes que van a dar las llaves de Moncloa al líder socialista. Como escribe la política vasca: «si la regeneración democrática que propone Sánchez consiste en ir de la mano de terroristas y golpistas (corruptos hasta la médula) es hora de recordar a Camus: en política los medios han de justificar el fin». Que poco podían imaginar todos que Sánchez, dado por muerto en su día, ganase las primarias de su partido después de fracasar en una investidura y pueda ser hoy presidente del Gobierno de España mediante la carambola que ha propiciado una sentencia política. Son cosas que pasan.

¿Qué especial regocijo experimentará hoy el juez De Prada después de darse el gusto de exteriorizar su falta de imparcialidad? A cualquier otro magistrado le costaría una recusación (los mismos vocales del CGPJ que votaron para que Prada siguiera en las vistillas de prisión se opusieron a que la juez Alaya estuviera un minuto más en los ERE cuando pidió cambio de destino en la Audiencia de Sevilla), pero a De Prada le sale absolutamente gratis: una frase absolutamente excesiva e inopinada en una sentencia de mil y pico páginas (debidamente extraída y divulgada a los pocos minutos de ser redactada) ha servido para desencadenar un proceso en lo que lo de menos es la propia sentencia.

Ni al Jovencito Frankestein ni a sus socios les importa un carajo la Gurtel: la sentencia no les ha desvelado nada nuevo de lo que ocurriera hace quince años, simplemente les ha brindado la oportunidad de dar un vuelco a la estabilidad de España con argumentos entresacados de un laboratorio de química judicial. Hoy mismo, si nada lo remedia, Pedro Sánchez saldrá del laboratorio acompañado de individuos como «el Le Pen español» (sic), Rufián, Tardá, los terratenientes de Galapagar y algún antiguo fan de los asesinos de ETA camino del Palacio de la Moncloa, con la idea de perpetuarse hasta que el árbitro constitucional toque el pito. Nunca antes. Y nunca con otra intención que la de establecerse en el Poder mientras pueda.

No pocas voces han inquirido a Rajoy para que dimita, pero éste ha asegurado que no ha hecho nada para tener que tomar esa decisión. De hacerlo, suspendería la Moción, pero nada garantizaría que otra opción no fuera posible en la ronda de consultas y la posterior votación. Y abarataría el precio del acceso de Sánchez a la presidencia. El único que ha dimitido es Zidane. Lo que queda más o menos claro es que a Rajoy le han hecho la Doble Nelson y a Rivera la 13-14. Y todo con la firma de aquellos a los que les acababan de dar lo indecible. Es lo que tienen los laboratorios de monstruitos.

Cataluña y la perversión del lenguaje
Juan Francisco Martín Seco republica 1 Junio 2018

Resulta de sobra conocido que el lenguaje no es neutral. Es más, a menudo constituye un arma valiosa a la hora de conformar la realidad. Quien controla el lenguaje es fácil que controle la ideología y, con ella, la sociedad. Fue George Orwell quien de forma más clara se refirió a la perversión del lenguaje cuando en su novela “1984” habló de la neolengua impuesta por el Gran Hermano.

Los independentistas son auténticos artistas en la perversión del lenguaje. A base de repetir determinadas palabras o frases, han conformado un relato que nada tiene que ver con la realidad, pero que intentan imponer como verdad incontestable. Así, hablan de Cataluña como colonia cuando constituye una de las Comunidades Autónomas más ricas y con más competencias de España; como región oprimida, lo que choca con el nivel de su renta per cápita y de su autonomía. Han reescrito la historia falsificándola y construyendo las farsas más disparatadas e ilusorias. Presentan al Estado español como opresor, tiránico, le acusan de no respetar los derechos humanos. Denominan presos políticos a quienes han dado un golpe de Estado de carácter xenófobo y supremacista… Y no se sabe cuántas burdas mentiras más que quizás puedan confundir en el extranjero donde la información es escasa, pero resulta impensable que puedan tener algún crédito en el interior.

Pero, además de estas falsificaciones tan chapuceras del lenguaje, los independentistas realizan unas más sibilinas y menos toscas que, de forma inconsciente, pueden terminar por ser asumidas en el discurso de los no separatistas, y convertirse en un error generalizado que dé lugar a tergiversar la realidad. Los secesionistas hablan siempre de España y de Cataluña como términos disyuntos, sin que uno contenga al otro. Cataluña no es España. Lo que subyace detrás de este lenguaje es la pretensión de establecer un terreno de juego igualitario en el que se enfrenten o dialoguen de igual a igual dos entes soberanos. Pues bien, es frecuente que desde las tertulias o desde las informaciones periodísticas se caiga en este mismo error, y se emplee el término “España” o “españoles” en aquellas ocasiones en las que debería hablarse del “resto de España” o del “resto de españoles”, ya que lo que se pretende es contraponerlo a Cataluña o a catalanes. El error puede parecer insignificante, pero contiene una fuerte carga ideológica.

En esa operación de pervertir el lenguaje, los secesionistas procuran hablar siempre en nombre de Cataluña o del pueblo catalán cuando todo lo más se pueden erigir en portavoces del 50% de los catalanes. A menudo, en los medios de comunicación de Madrid o del resto de España se comete el mismo error y, lejos de hablar de los independentistas catalanes, hablamos de Cataluña o de los catalanes, concediéndoles una representación y universalidad que no poseen.

Más enjundia si cabe se produce a propósito de las actuaciones judiciales en España y fuera de España con respecto a los procesados y a los huidos. El independentismo, con el afán de internacionalizar el proceso y de llevar el ascua a su sardina, se empeña en denigrar a los jueces y fiscales españoles, poniendo en duda su independencia (en realidad, se ha llevado a cabo el linchamiento de alguno de ellos) y ensalzando a los tribunales extranjeros que intervienen en las extradiciones. Es lógico que los secesionistas echen las campanas al vuelo ante cualquier actuación que pueda considerarse un revés en la tramitación de las euroórdenes. Y es aquí donde se encuentra la perversión del lenguaje, porque esos reveses se consideran una bofetada al Tribunal Supremo español y se habla de que “los tribunales europeos han desautorizado a la justicia española”.

Una vez más se juega con las palabras, porque solo el Tribunal Europeo de Derechos Humanos con sede en Estrasburgo y El Tribunal de Justicia de la Unión Europea con sede asimismo en Luxemburgo pueden considerarse justicia europea y con competencia suficiente para rectificar las sentencias de los tribunales de los distintos países miembros. El proceso judicial de los acusados por rebeldía en el Tribunal Supremo se encuentra tan solo en fase de instrucción y queda pues por recorrer un largo camino en el que, además, se pueden producir múltiples cambios antes de que se pronuncien los tribunales europeos. Hasta ahora, los jueces y fiscales que han intervenido tan solo pertenecen (y no con una categoría muy sobresaliente) a algunos de los países europeos, aquellos a los que por uno u otro motivo han ido a parar los fugados. En ningún caso se les puede identificar con la justicia europea con mayúscula, tal como se pretende jugando con las palabras. Su cometido es pronunciarse únicamente acerca de si se dan las circunstancias para ejecutar la euroorden e incluso, en algunos casos como el de Bélgica, su decisión ha recaído exclusivamente sobre aspectos formales.

De cualquier modo, es comprensible que los soberanistas jueguen con las palabras para retorcer la realidad y mantener así su tesis de la intrínseca maldad y parcialidad de los jueces españoles y de cómo desde Europa los dejan en ridículo. Pero lo que no es tan explicable es que los no independentistas, articulistas, tertulianos y demás creadores de opinión terminen asumiendo este discurso y hablen de la bofetada que la justicia europea ha dado al juez Llarena y de cómo lo han desautorizado. Se dejan arrastrar por el mismo error que cometen conscientemente los secesionistas al denominar justicia europea, y concederle por tanto un puesto preeminente, a cualquier juez, por secundario que sea, de más allá de los Pirineos.

Las razones del soberanismo para distorsionar de este modo la realidad están claras, pero ¿cuáles son los motivos para que los que supuestamente están en contra del independentismo mantengan la misma postura? Quizás la explicación se encuentre en el tradicional complejo de inferioridad de los españoles y que por lo menos se remonta a la generación del 98 e incluso antes. Ya en 1833, Larra publicaba un artículo cuyo título, “En este país”, era expresivo de la costumbre de explicar cualquier problema por los defectos y carencias de España y de creer que las situaciones y circunstancias siempre son mejores en los otros países.

Larra en ese artículo se inventa un interlocutor, don Periquito, que se queja de casi todo, y añade siempre una coletilla: “cosas de España”. En este país, según él, no se lee ni se sabe escribir. Se queja de que no hay policía en este país. Es un país de ladrones. Porque en Londres no se roba, apostilla Fígaro. En este país no hay limpieza. En el extranjero, por el contrario, no hay lodo, señala Larra. Aquí no hay buenos teatros, y ¡qué cafés los de este país! Y así proseguía don Periquito sin encontrar una cosa buena en España y suponiendo, aunque apenas hubiese salido al extranjero, que todos esos males en otros países no sucedían.

Muchos años han pasado desde la época en que escribía El Pobrecito Hablador y mucho ha cambiado España en todos los aspectos desde entonces. Sin embargo, continúan existiendo don Periquitos que creen que la corrupción solo existe en España, que piensan que en el extranjero los jueces y fiscales son absolutamente independientes y neutrales, que solo en España el consumidor está indefenso ante los multinacionales, que las puertas giratorias no funcionan en otros países, etc., etc. En ningún país de Europa sucedería esto, afirman a menudo y con aplomo. Curiosamente son los extranjeros que vienen a España los que quizás mejor sepan reconocer las virtudes y bondades que tiene nuestro país, y los que más relativizan nuestros vicios, conscientes de que no son ni más ni menos que los de los demás países.

Nada más entrar en la Comunidad Económica Europea, España se situó a la cabeza de todos los miembros en cuanto a europeísmo se refiere. Los índices de aceptación eran altísimos. Esta positiva valoración de los ciudadanos, que ha caracterizado nuestro proceso de integración desde 1986 y que lo ha mantenido al margen de todo cuestionamiento, hunde sus raíces en esa admiración bobalicona, que da por bueno, sin examen previo, todo aquello que provenga de más allá de nuestras fronteras. Después de muchos años de aislamiento, después de largo tiempo de sentirnos rechazados, de creernos el adagio francés de que África comienza en los Pirineos, nuestra incorporación a la Comunidad Económica Europea nos llenó de orgullo. Nos acercamos a Europa agradecidos, sin estar seguros de merecerlo; acomplejados, hicimos el firme propósito de demostrar a nuestros vecinos que nadie nos gana a europeizantes.

Este sentimiento ha perdurado en los últimos treinta años. Y en la actualidad, existe aún mucho don Periquito que, ante cualquier divergencia entre los órganos judiciales de nuestro país y los de cualquier país extranjero, no dudan en otorgar la razón a estos últimos aun cuando sean de cuarto orden; es más, conceden a sus actuaciones el carácter de canon con el que medir las decisiones de los tribunales españoles. Dentro del pensamiento de los Periquitos actuales no cabe la menor posibilidad de creer que las dificultades surgidas en los procesos de extradición de los golpistas catalanes se deban a los defectos de diseño y funcionamiento de la Unión Europea. Si la euroorden no funciona es porque los jueces españoles son unos chapuceros.

La perversión del lenguaje adquiere a menudo tonos más amables, pero también más hipócritas. Las afirmaciones se disfrazan de buenas intenciones y de objetivos loables. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, con la propuesta de Pedro Sánchez de reformar el artículo 472 del Código Penal. No es que este artículo no debiera ser reformado, todo lo contrario. Es un engendro de difícil interpretación, que crea confusión e introduce toda clase de dudas acerca de cómo hay que entender el término violencia. El problema radica en el “cuándo” el secretario general del PSOE propone su reforma y en los motivos que alega para acometerla. No parece que sea este el momento más a propósito, ya que se puede entender que con la redacción actual no cabe acusar a los golpistas de rebelión, cuando hoy por hoy sí lo está haciendo el juez instructor. Por supuesto que el proceso está en sus inicios y no se sabe cuál será la calificación definitiva, pero por eso mismo no parece prudente que el secretario general del PSOE tome partido y no deje trabajar a los tribunales.

Antes de lanzarse por la pendiente de la moción de censura, de la que hablaremos otro día, Pedro Sánchez para respaldar su propuesta ofrece un razonamiento aparentemente bastante convincente, basado en la historia. Nuestro Código Penal al tipificar el delito de rebelión estaba pensando en los golpes de Estado militares, al estilo de los que se habían producido a lo largo de la historia de España en los siglos XIX y XX: pero la realidad ha cambiado, los golpes de Estado ya no los cometen los espadones sino los presidentes de las Comunidades Autónomas, por lo que se hacía preciso cambiar la legislación.

Todo muy lógico, si no fuera porque los hechos no lo confirman. El requisito de violencia no se encuentra ni en el Código Penal de finales del siglo XIX ni en el de los primeros años del XX ni en el de la I República ni durante el franquismo. Se introduce precisamente en 1995 cuando han transcurrido veinte años de democracia y ha desaparecido toda amenaza golpista por parte del ejército integrado ya en la OTAN. Es el último gobierno de Felipe González con Belloch de ministro de Justicia el que reforma el Código Penal y elimina el artículo 214, cuyos orígenes se remontan al menos a 1900 y que estipulaba: “Son reos de rebelión los que se alzaren públicamente para cualquiera de los fines siguientes…”. El punto 5 decía expresamente: “Declarar la independencia de una parte del territorio nacional”. El precepto no exigía ningún requisito de violencia.

La llamada reforma Belloch establece, en cambio, el art 472, en el que se requiere para el delito de rebelión que el levantamiento sea violento. Y como explica quien se autodenomina redactor del artículo, el carácter de violento se introdujo por una enmienda aprobada por el grupo socialista y el de Izquierda Unida, y parece ser que bajo la presión de PNV y Convergencia. Tras los acontecimientos posteriores, uno tiende a pensar que los nacionalistas sabían muy bien lo que hacían. Es de suponer que PSOE e IU, no.

"¿Qué ofrece Sánchez a los separatistas y golpistas catalanes y a los herederos de la ETA a cambio de su apoyo?"
El mazazo de Ussía a los jueces por cuenta del homenajeado Pujol y de un desahuciado Zaplana
"Me permito sospechar que la Justicia en España no depende de los códigos, sino de la voluntad de los jueces, y de sus simpatías, y de sus humanas inclinaciones"
JMR. Periodista Digital 1 Junio 2018

Demoledor artículo de Alfonso Ussía este jueves 31 de mayo de 2018 en 'La Razón', donde se pregunta por Jordi Pujol, el perverso patriarca del clan al que nadie osa mirar y menos hacerle frente pese a las abrumadoras pruebas en su contra. (Ussía retrata al peligroso Sánchez como un personaje femenino de Gila).

El sagaz periodista carga contra él y saca a colación a Eduardo Zaplana, al que nadie se refiere como "preso político", y quien padece leucemia, enfermedad que parece no importar a quien le ha condenado:

"La juez lo ha enviado a prisión porque, según parece, los indicios de su actividad delictiva son abrumadores. Nadie se refiere a él como un preso político. Es el Código Penal el que se ha aplicado para privarle, preventivamente, de su libertad. Como se ha hecho con todos los golpistas y ladrones del separatismo catalán.

"Zaplana, que lo fue todo en el PP, es hoy un preso preventivo, pero sin lazos. Tiene leucemia y está sometido a un penoso tratamiento oncológico. Aún así, ha ingresado en la cárcel sin miramiento alguno".

Ver para creer: la ovación de la vergüenza a Jordi Pujol como si fuera un héroe

Y atiza a Jordi Pujol y a los jueces, por gozar de plena libertad:
"Los jueces se han olvidado de él, a pesar de los abrumadores indicios de su actividad delictiva, como máximo responsable y jefe de una banda de ladrones. Se le intentó aplicar el Código Penalito, pero amenazó con hablar. El Código Penalito es al Código Penal lo que el chalé de los Iglesias a la lucha obrera.

Pujol lo fue todo, y más que todo, en CDC y la Generalidad de Cataluña. No tiene leucemia ni está sometido a un penoso tratamiento oncológico. Aún así, ha sorteado su paso por la cárcel gracias al amable miramiento judicial".

La sentencia Gürtel es objetivo cómo no de su atinada pluma:
"Por una sentencia que condena al PP por el Código Civil a pagar algo más de 200.000 euros, se ha presentado contra el Gobierno de Rajoy una moción de censura. No hay condena penal, sino civil, y está recurrida. El PSOE de Pedro Sánchez desea el poder en el Gobierno a costa de la unidad de España, y sin pasar por las urnas".

Y recuerda lo de Andalucía:
"Simultáneamente, en Andalucía, se está juzgando por el mayor robo de un dinero público que correspondía a los trabajadores a dos presidentes socialistas de la Junta de Andalucía y a decenas de altos cargos del PSOE andaluz. Centenares de millones de euros desaparecidos en los bolsillos socialistas y ugetistas.

Pero esa estafa masiva carece de importancia. Una travesura. Un atraco con mucha gracia. No parece que Rivera conceda al juicio de los ERE fundamentos negativos. Por otra parte, las sentencias que condenan a los socialistas, casualmente, se conocen en momentos más oportunos que las que abruman a la corrupción de dirigentes del PP. Si España alcanza la Final del Mundial de Fútbol de Rusia la sentencia coincidirá con la celebración del último partido. Tiempo al tiempo".

Lo que se avecina con Sánchez, no es a su juicio moco de pavo:
"¿Qué ofrece Sánchez a los separatistas y golpistas catalanes y a los herederos de la ETA a cambio de su apoyo? Por lógica, nada bueno para España. Por lógica y sentido, lo peor para España. Por lógica, sentido y seguridad absoluta, lo más perverso para España. Intento ser optimista, pero no puedo.

Con diez socialistas dispuestos a defender a España, Sánchez sería nuevamente derrotado. Pero después de muchos años, he llegado a una conclusión. Comprender, entender y justificar las acciones del PSOE equivale a perder el tiempo. Y el tiempo, para mí y a mi edad, es oro."

Y vuelve para terminar con Zaplana, rematando:
"Vuelvo a Zaplana. No lo defiendo ni justifico. Es más, me indigna. Del mismo modo que me he sentido estafado, humillado y robado por todos los dirigentes del PP que se han forrado a espaldas de sus votantes y del resto de los españoles. Que cumplan el castigo que la sociedad les imponga. Pero sin agravios comparativos ni tratamientos personales medidos con diferentes varas.

Zaplana padece una enfermedad gravísima. La de Joaquín Garrigues, por hacer memoria. La juez ha decidido que es compatible la prisión con la administración de sus quimioterapias. Si lo ha dispuesto así será porque ha consultado previamente con oncólogos y especialistas.

Pujol no tiene leucemia ni padece el castigo de la reclusión, después de haberse enriquecido sin límite durante veinte años al frente de la Generalidad y su familia. Pujol entra y sale de su casa y es homenajeado. No lo sé, pero me permito sospechar que la Justicia en España no depende de los códigos, sino de la voluntad de los jueces, y de sus simpatías, y de sus humanas inclinaciones".

******************* Sección "bilingüe" ***********************

El Gobierno del Golpe
FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 1 Junio 2018

Mariano Rajoy se negó a combatir el Golpe de Estado catalanista con todos los recursos del Estado que le confiere la Constitución. El resultado de su criminal inacción, cuya responsabilidad le acompañará a la tumba, es que, siete meses después, el Golpe se ha hecho con el Gobierno para acabar con un Estado cuya legalidad no sólo permite sino que obliga a combatirlo.

Todo lo que sucedió ayer y puede suceder hoy y seguirá sucediendo en los próximos meses, tal vez años, quizás de forma nada pacífica y acaso irreversible, proviene de esa cobardía imperdonable al afrontar el golpe de Estado de una parte del Estado, que es la Generalidad de Cataluña, usando fondos públicos de todos los españoles, lesionando los derechos civiles de los catalanes no nacionalistas.

Se ha hecho atropellando groseramente la Ley, fiados a la debilidad del Gobierno de Rajoy, reforzada por un PSOE que vetó formalmente la intervención del verdadero partido del magma golpista, que es TV3, porque Iceta contaba con ella para ganar a Arrimadas. Ni se disolvió la fuerza paramilitar golpista que son los Mozos de Escuadra ni se liquidó el inmenso pesebre que desde hace décadas alimenta como el mejor negocio de Cataluña la propaganda contra España y los españoles.

Hay algo olvidado de puro sabido: ante un Golpe de Estado, o gana el Golpe o gana el Estado. Rajoy no ha querido siquiera intentar derrotar al Golpe. El resultado es una -no la- derrota del Estado, porque el Gobierno de Sánchez tiene su base electoral, política e ideológica en el golpismo catalán, aunque el gestor sea el hipocritón PNV.

Por supuesto, un Gobierno que suma 84 escaños no aprobará nada que no quieran sus infinitos socios, de los comunistas de la tribu tinaja a las cien hordas separatistas: bildutarras, nazitorras y euskonazis, todos con su estatuto racista a cuestas para liquidar la soberanía del pueblo español y blindar regímenes de apartheid entre los ciudadanos de la raza superior y súbditos maketos o charnegos, españolejos nacidos para pagar... y callar.

Para convertir el diálogo en demolición del régimen constitucional, Sánchez deberá indultar a los golpistas catalanes, para que en la próxima republicanada no falte banquillo, y despoblará el banquillo del Supremo con un fiscal que sentará en él a Rajoy. Por no saber dimitir.

Rajoy hasta el final
Emilio Campmany Libertad Digital 1 Junio 2018

Mariano Rajoy es el máximo responsable de lo que nos espera. Es evidente que Pedro Sánchez lo es también. Como igualmente tiene alguna culpa el propio PSOE, al permitir a su secretario general hacer lo que en otra ocasión le impidió, castigándole además con la expulsión de la dirección del partido. Pero es Mariano Rajoy el principal causante de lo que ocurra a partir de ahora. El empeño por plantear una y otra vez la disyuntiva de "O yo o el caos" ha terminado por arrojarnos al caos.

No es necesario recordar la montaña de irresponsabilidades que acumula Rajoy, y que van desde laminar a toda figura de su partido que pudiera disputarle el liderazgo, rodeándose de mediocres y mindundis, hasta insistir en ser el único posible presidente de un Gobierno popular a pesar de haber dirigido al PP durante buena parte de la era Bárcenas. Pero su negativa a dimitir pese a ser el único modo de frustrar, al menos por el momento, el infortunio que significa un Gobierno apoyado por golpistas separatistas catalanes y filoetarras es quizá su mayor traición.

¿Y por qué? Alegan que da igual porque, una vez dimitido, Sánchez seguiría contando con los mismos apoyos que ahora y acabaría igualmente siendo presidente del Gobierno, mucho más cuando en tal caso tan sólo sería necesaria la mayoría simple para ser investido. Es cierto, pero, para empezar, con la perspectiva de unas inevitables elecciones en caso de no prosperar la investidura en vez de la alternativa de que siga gobernando el PP, no es descartable que algunos de los que hoy le apoyan dejaran de hacerlo. Y, sobre todo, daría tiempo a que el PSOE pudiera evitar la desgracia que para le supondrá haber accedido al poder sin elecciones y llevado en volandas por los enemigos de España. Y, en cualquier caso, por pequeña que fuera la probabilidad de evitar la calamidad que nos acecha, hubiera merecido la pena intentarlo.

La única razón para no hacerlo es porque de este modo Rajoy puede seguir al frente del PP y ser su candidato en las próximas elecciones generales, cosa que tendría mucho más difícil de lograr de haber dimitido. Dicho de otro modo, tendremos que pasar al país por la túrmix de Sánchez únicamente para que Rajoy tenga la posibilidad de seguir en política y conserve la esperanza de volver a la Moncloa.

Esta actitud no es sólo letal para el futuro su partido. Allá sus miembros si se dejan dirigir por gente de esta calaña. Y no es sólo irresponsable por anteponer los propios intereses a los de la nación. Ambas afirmaciones pueden decirse de muchas de las cosas que Rajoy ha hecho hasta ahora. Pero lo de hoy va más allá. Es un comportamiento profundamente antipatriótico porque sacrifica a toda una nación a cambio de la remota oportunidad de obtener un improbable beneficio. Nunca le hemos importado los españoles nada. Pero al menos podía haber tenido el decoro de no escupirnos su desprecio a la cara.

Rajoy y lo «amarrategui»
El presidente cae a solo unos días de cumplir 34 años en cargos público
Luis Ventoso ABC 1 Junio 2018

Todo tiene un fin en este mundo, hasta la andadura de un político de porte funcionarial tan resistente como Mariano Rajoy Brey, de 63 años. El próximo día 11 de junio cumpliría sus 34 años a bordo de un coche oficial (en esa fecha ascendió a presidente de la Diputación de Pontevedra), pero para entonces es de suponer que ya estará saliendo de la vida pública. Lo liquida una moción felona de Pedro Sánchez. Sirve tan contundente adjetivo porque no cabe otro para quién alardea de proteger la Constitución y al tiempo se alía con sus más hostiles enemigos -ERC, PdCat y Bildu- para llegar a todo precio a la Moncloa.

Decide el futuro político de España el PNV, un partido que sacó la calculadora y constató que la jugada le salía redonda, un pleno al quince. Sánchez mantiene las exageradas prebendas que había concedido Rajoy al nacionalismo vasco, pues en otra pirueta insólita, el PSOE anuncia que gobernará con los presupuestos del PP, de los que hace tres semanas aseguraba que le daban urticaria. Pero además los nacionalistas vascos -y los catalanes- saben que Sánchez será muchísimo más proclive a saldar el Estado con tal de preservar el poder. Y nunca se olvide: el supuestamente “moderado” PNV tiene también como meta última la independencia del País Vasco (unido además a Navarra). Por lo de pronto, el inquietante presidente que se nos viene encima ya prometió ayer diálogo a los sediciosos catalanes. Mal pronóstico para España, que estará gobernada por un gobierno socialista sin una sola idea económica, más allá gastar irresponsablemente, y sustentado por quienes fabulan con destruir la nación.

Desde las dos de la tarde, nada más intuirse que el próximo presidente se apellidaría Sánchez con solo 85 diputados y por merced de los nacionalistas, la Bolsa española comenzó a derrapar angustiosamente: los 9.615 puntos básicos de las dos de la tarde eran ya solo 9.481 a las cuatro y media. Los inversores y los ahorradores no quieren un Gobierno socialista con la muleta de comunistas y separatistas, que endurecerá el impuesto de sociedades y abrasará a la clase media en el IRPF. El capital mundial desconfiará de un país que desde este mediodía es más débil ante su único problema realmente vital: la unidad de la nación, su propia existencia. La prima de riesgo subirá y financiarnos nos costará más.

Es una paradoja sangrante que la moción de Sánchez triunfe en el mismo día que se confirma que el PIB español sigue creciendo al 3%. De nada la ha valido a Rajoy su aseada hoja de servicios económica, que ya querrían para sí Italia, o el propio Reino Unido, que crece un 0,1% trimestral frente al 0,7% trimestral de España. Rajoy cae porque nunca quiso hacer política con mayúsculas, de alto estadista. Se va porque desdeñó su gran ocasión: en octubre, en pleno golpe catalán, existía en este país un enorme clamor ciudadano a favor del refortalecimiento del Estado. El líder del PP pudo haber enarbolado esa bandera, la que empuña Ribera con éxito, y convocar elecciones generales en diciembre, a la par de las catalanas, presentando un programa de afianzamiento de los pilares de España. Pero Mariano es Mariano. Prefirió la gestión funcionarial correcta y continuista, el empate a cero. Nunca le gustó el fútbol de ataque en política y paga ese estilo «amarrategui», por utilizar su jerga, perdiendo por un penalti marrullero de Sánchez y el PNV en el último minuto del partido.

Hora triste para España, pues incluso se está suplantando el espíritu de la democracia, toda vez que quien va a ser presidente ha sido vapuleado dos veces en las urnas por una ciudadanía que mayormente lo detestaba y ahora lo tiene que sufrir.

En cuanto al PP, llega el fin de los paños calientes y de la huida hacia adelante. Deben limpiar la casa y traerla al siglo XXI. Tocan unas primarias democráticas ya, no pachangas congresuales también bastante «amarrateguis». Toca un nuevo líder (previsiblemente Feijoo, ajeno a ese lodo de la era Aznar que tanto sonroja al partido). Toca una refundación drástica de la marca más sólida del conservadurismo español, con otros rostros, con modernidad, con más pensamiento y con una política de comunicación que entregue toda la munición al enemigo, como hizo la que diseñó con tanta astucia la legendaria Santamaría.

(PD: por mal que le haya sentado el enjuague del PNV, no estuvo a la altura de un político de la categoría de Rajoy el desplante de no acudir esta tarde al Congreso, sede de la soberanía nacional; la democracia también es ejemplo, incluso en las horas más amargas).

La prepotencia y la ignorancia de la derecha facilita el proceso
Una chusma de extrema izquierda, liderada por el PSOE y avalada por el PNV, tira a la basura cuatro décadas de democracia española

Editorial La Tribuna del País Vasco 1 Junio 2018

Una chusma de extrema izquierda conformada por un PSOE en ruinas acompañado de una extensa horda de radicales podemitas, filoetarras, independentistas, antisistema, racistas y populistas, y avalada por el PNV, está decidida a subirse al Gobierno con el fin de convertir a este país en el mismo estercolero ético en el que habita desde hace décadas el nacional-socialismo patrio.

No hay que engañarse. Quienes están a punto de gobernar España, legitimados también por un Partido Popular dimisionario rebosante de estupidez política, de anomia ideológica y de desvergüenza moral, son esos mismos que llevan décadas transmitiendo la idea de que siempre hay una causa “decente” detrás de las bandas terroristas que actúan contra los valores occidentales y que se posicionan permanentemente junto a tantos miserables como abundan en España especializados en aprovecharse de nuestro sistema de libertades, de nuestro Estado del bienestar, de nuestras “leyes burguesas” y de nuestro irrenunciable derecho a la libertad de expresión para tratar de promover una agenda oculta de iniciativas y objetivos que tiene más que ver con la revolución bolivariana y con las revueltas antisistema que con la búsqueda del desarrollo, el progreso y el bienestar para todos los ciudadanos.

Pedro Sánchez puede ser entronado por un conglomerado infecto, sectario y barriobajero de izquierdistas bananeros e independentistas xenófobos que no se cansan de exigir guillotinas para todos quienes no rebuznan como ellos. Y, de esta forma, se convertirá en un presidente legítimo pero indecente que gobernará un territorio sonrojante en el que el término diálogo se santifica como una panacea casi mística, en el que el recurso a la “libertad de expresión” sirve para justificar todo tipo de acciones totalitarias, en el que se identifica como “fascista” a todo aquel que se atreve a disentir de su pensamiento único presuntamente progresista y en el que las más inmensas necedades morales e intelectuales, a fuerza de repetirse incesantemente, acaban convirtiéndose en pretendidas verdades colectivas.

Ante esta realidad escabrosa y ante la constatación cierta de que el anillo de partidos políticos infames que puede hacerse con el control de España, la 14 potencia económica mundial, representa el sentir de millones de ciudadanos, solamente podemos hacernos una pregunta, fijándonos, sobre todo, en el futuro de nuestros hijos: ¿Qué sociedad puede alumbrarse con esta mugre humana que mezcla proterrorismo militante, ecofascismo, totalitarismo identitario, integrismo ideológico, fanatismo político y una inmunda ideología de género y que, en el fondo, lo único que demuestra es un odio visceral a nuestro sistema de libertades y a los valores éticos que conforman nuestra forma de vida?

Pedro Carlos González Cuevas, profesor de Historia de las Ideas en UNED y uno de los analistas más destacados del país, en una entrevista publicada en La Tribuna del País Vasco hace ya más de tres años, ya adelantó la situación que ahora vivimos: “Este crecimiento de la izquierda radical no solo es un peligro para el sistema democrático sino que es también, y esto es casi más importante, una clara amenaza para el Estado y para la nación española. Sin Estado y sin nación, no hay democracia. En España, hay una crisis global. Una crisis económica, una crisis del modelo de Estado, una crisis de representación y una grave crisis social. Todo el sistema de convivencia que nació con la Transición, está en cuestión. No digo que vaya a caer en unos pocos días, pero se encuentra muy cuestionado. Si en los próximos meses la izquierda radical consigue una representación importante en las instituciones, esta situación se agravará. Y nuestra sociedad estará realmente en peligro (...) Además, la izquierda y la extrema izquierda española creen, siguiendo a Lenin, que los nacionalismos favorecen la subversión, ya que una forma de acabar con el Estado es fragmentándolo. Ahora mismo, Izquierda Unida o Podemos y otras fuerzas lo que buscan es unirse con los nacionalistas para destruir el Estado. Es así de simple. Y de tremendo”.

Mariano Rajoy y el fin de la Historia
Rafael Bardají y Óscar Elía Libertad Digital 1 Junio 2018

Con toda seguridad, ni el PP, con o sin Rajoy, ni el PSOE, con o sin Sánchez, ni Ciudadanos se plantean una reforma integral de un régimen que ha llegado a su final.

Cuando Francis Fukuyama publicó en 1989 su conocido The end of History?, todo el mundo se le echó encima. La Historia, lejos de acabarse, se vengaba con su manera más cruel: invasiones, guerras civiles, éxodos masivos y todo tipo de atrocidades desmentían a nuestro hombre. Pero hete aquí que, casi treinta años más tarde, en 2018, estamos tentados de darle la razón: la Historia se ha acabado. Para Mariano Rajoy, sin ninguna duda; seguramente también para Pedro Sánchez; y, lo más importante, entre unos y otros han puesto punto final a la historia del régimen del 78. Pese al guirigay político, hoy no nos encontramos solamente ante el final de un Gobierno noqueado y débil: estamos ante el final de todo un régimen, de un estado de cosas. Pensar que estamos sólo ante un cambio de hegemonía parlamentaria implica cortedad de miras: ¿alguien piensa que el relevo del PP por Ciudadanos cambiará sustancialmente las cosas?, ¿que supondrá un giro en la deriva política y social española? Los que viven de la política, quizá. Por eso hay aquí dos opciones: primera, continuar; y segunda, apostar no por un simple recambio de caras, de presidente y de Gobierno, sino por un nuevo contrato social y político, una nueva fase, un cambio de régimen, como uno de esos de los que tanto gusta hablar cuando se refieren a remotos países.

Sí, un cambio de régimen, pero para nuestra casa.

Los males del 78. Hasta aquí hemos llegado
Con una Constitución democrática en las manos, los españoles creíamos estrenar libertad y modernidad. Por fin podríamos ser como los demás europeos, libres para opinar, libres para votar, libres para besar. Y, ciertamente, cuarenta años después en España vivimos instalados en la sociedad permisiva, donde todos los placeres son no sólo permitidos, sino impulsados por las élites políticas. Pero, más allá de eso, lo que hemos tardado en digerir es que nuestra ansiada democracia esconde, en realidad, una partitocracia: un sistema en el cual todo gira en torno al papel y la importancia de los partidos políticos. La Constitución se adecuó a ellos, en vez de ellos a la Constitución. Ni la división de poderes quedó verdaderamente garantizada por nuestra Ley Fundamental, ni se creó espacio para una sociedad civil digna de tal nombre.

Sin contrapeso alguno, los partidos políticos han ido expandiéndose desde entonces sin control, solidificando su centralidad en la vida española y subordinando cualquier otra cosa a sus intereses. Como veníamos de décadas sin pluralidad de partidos, los españoles aceptamos que todo pasase por los partidos y los sindicatos, sin apenas reaccionar. Todo cuanto se ha hecho en la España post-78 en reforma institucional ha ido siempre en la dirección de reforzar al partido político sobre todas las cosas. El resultado es que hoy los partidos han extendido de tal manera sus tentáculos por la vida social española que han acabado por convertirla en un instrumento para su propio servicio.

Estamos tentados de afirmar que los partidos políticos son la mutación contemporánea del tradicional caciquismo ibérico: en los grandes negocios, en los medios de comunicación, en el mundo de la cultura sólo se prospera a la sombra del partido, que es quien rige los destinos de todos los que dependen de él… alimentándolos con dinero público, legal o ilegalmente. Los intereses de los partidos se mezclan con los nacionales, con los locales, con los culturales o con los agrícolas. Y no sólo eso: los intereses de cada partido se han ido construyendo sobre los intereses del otro, cruzándose, mezclándose, mutando. La transición de la UCD al PSOE de González, el cambio al PP de Aznar, el contraataque del socialismo radical de Zapatero y la arribada de un pusilánime PP bajo Mariano Rajoy ha generado en estas cuatro décadas una maraña de relaciones e intereses cruzados difícil de desmadejar; que se suman a la trama periférica de los partidos nacionalistas, que han convertido el País Vasco y Cataluña en un gran cortijo caciquil perfectamente imbricado en el cortijo nacional.

La consecuencia es que, a través de los partidos políticos y del uso de fondos públicos, hoy el Estado tiene un peso sobre la sociedad que no tenía ni durante el franquismo: nunca los políticos han tenido tanta capacidad de entrometerse en la vida de la sociedad y de los ciudadanos.

Si no hubiera sido por la aguda crisis económica de los últimos años, el peculiar régimen del 78 hubiera seguido funcionando sin demasiados problemas. Pero la crisis y la forma de atajarla no sólo han exacerbado las tensiones internas entre los partidos, sino que han abierto una brecha evidente entre los dirigentes y los contribuyentes. La corrupción, más que generalizada, parece estructural: demuestra que la política en los partidos tiende a llevar a un estado febril de impunidad en el que todo vale, desde la financiación del propio partido hasta el lucro personal de sus miembros. Los partidos y sus cuadros encuentran siempre vías para aprovecharse. Así, vivimos instalados en una imagen en la que unos pocos, en nombre del bien público, se bunquerizan en sus privilegios, mientras que otros muchos tienen que bregar con las miserias del día a día. Da igual que haya más ricos. También hay menos clase media digna de tal nombre.

La España de las autonomías, lejos de cumplir con su objetivo inicial, normalizar al País Vasco y Cataluña y vertebrarlas en el resto de España, ha tenido dos efectos enloquecedores: en primer lugar, sumar a la actitud egoísta al resto de comunidades autónomas, que nunca antes habían demandado tener fronteras propias, y que ahora son pequeñas taifas nacionalistizadas; en segundo lugar, el autogobierno de vascos y catalanes ha desembocado en la inestabilidad continua en ambas regiones, extendida además a Valencia, Navarra y Baleares. Pero al sistema de partidos no parece importarle la hipostatización autonómica: todo se traduce en la posibilidad de contar con más cargos públicos. ¿Cómo no va a ser España el país con más políticos por habitante de toda la UE? Durante estos cuarente años, lo que se cocía a nivel nacional se multiplicaba exponencialmente en cada nivel inferior, conforme éste se iba creando. De hecho, ayuntamientos y comunidades han sido incubadoras y motores de buena parte de la corrupción.

El acelerador del fatal desenlace
La vieja política de la nueva democracia se ha visto rota por dos factores: el primero es el ya mencionado distanciamiento creciente de las elites respecto a los contribuyentes, lo que se ha traducido en una caída vertiginosa de su credibilidad y legitimidad: ni un solo líder político aprueba en el barómetro del CIS. Ni siquiera pasan del cuatro. Ciertamente, el neobolchevismo de Podemos ha frenado su ascenso, bien que no por el Gobierno de Rajoy, sino pese a él: incluso la estrategia de alimentar a Pablo Iglesias para alimentar el voto del miedo del electorado conservador ha llegado a su fin.

El segundo factor es la ausencia de partidos con verdaderas propuestas de cambio. Sin propuestas, los partidos se refugian en el atrincheramiento político e ideológico; y éste en la polarización. Además, sin liderazgo y sin ideas, los partidos son prisioneros del auge de las nuevas tecnologías y su impacto en las redes sociales: no es un fenómeno únicamente español, pero eso no es mucho consuelo. Mucho se habla ahora de las fake news, lo que siempre hemos llamado bulos en español. Pero mucho más se debería hablar sobre la estrechez de miras y el atrincheramiento que produce el hecho de estar expuesto a servidores embarcados en manipular y manufacturar lo que ve, lee, compra y con quién interactúa. El pensamiento no se unifica del todo, pero se segrega por grupos de afines. Uno se expone a lo que le reafirma, no a lo que le hace dudar. Es la obediencia ciega de los militantes de un partido a sus líderes, solo que ahora a escala general.

Una sociedad polarizada provoca que el sistema político no sólo se entienda como una campaña bélica, con vencidos y vencedores, sino que justifica el expolio del botín: el poder, los recursos, los puestos en la Administración. Y la exclusión de los adversarios en un ciclo sin fin, más o menos abrupto según los Gobiernos.

Mikel Buesa se preguntaba en su último artículo "a quién favorecen unas nuevas elecciones". Y su respuesta era contundente: a ninguno de los cuatro partidos nacionales. Y aunque estamos de acuerdo con su análisis, creemos que se equivoca en el fondo. De hecho, nosotros estamos tentados de decir lo contrario: si no favorece a ningún partido, puede que sea muy buena cosa. Que no favorezca a los partidos mayoritarios no significa que no favorezca al conjunto de la sociedad española, a los españoles, ciudadanos y contribuyentes. Por una sencilla razón: la única esperanza que nos queda para enfrentarnos con una mínima esperanza de éxito a nuestros retos nacionales es poner punto y final a la partitocracia consagrada en el 78 y que ha llegado a paralizar la vida social de la nación.

Es hora de sustituir a los políticos por la política.

¿Qué hacer?
El único camino de regeneración pasa indiscutiblemente por unas elecciones generales. Eso sí, no unas elecciones más que sirvan para dignificar el final de Mariano Rajoy y de su PP, o para que encumbre a un sustituto que no se atreva a afrontar el origen de nuestros males. Lo que España exige hoy son unas elecciones donde se presenten a los españoles alternativas y las soluciones de verdad a un régimen partitocrático que, si no está todavía finiquitado, debería estarlo. Estamos demasiado acostumbrados a que las elecciones en España sean una mezcla a partes iguales de superficialidad ideológica, campañas de imagen y cálculos partidistas. Todo ello sobre un consenso partidista que asfixia la entrada de nuevas ideas en la vida política. Nosotros creemos que esta entrada de ideas es necesaria, y por eso ponemos sobre la mesa nuestro décalogo.

1) En primer lugar, es necesaria una reforma de la Ley de Partidos, que por fin suprima todas las ayudas públicas a los mismos, a sus fundaciones e instituciones aledañas, desde sindicatos a patronales. Y lo mismo en relación a sindicatos, ONG y el resto de organismos que viven del dinero público a la sombra de los partidos: quien quiera un partido, un sindicato o una ONG, que se la pague con su dinero.

2) De igual manera, no se puede seguir cerrando los ojos a la necesidad de una reforma de la Ley Electoral, que termine con la sobrerrepresentación de partidos cuya razón de ser es acabar con España. Los partidos llamados nacionalistas, como los regionalistas o locales, pueden tener representación en el Senado, convertido en Cámara territorial, que es para lo que nació. A su vez, ¿qué nación que se respete permite que se le ataque desde dentro? Hay que abrir el debate sobre la ilegalización de aquellas fuerzas separatistas anticonstitucionales.

3) ¿Qué hay de la reforma de la Justicia? Nadie en España se cree hoy que sea independiente. Sus órganos deben ser elegidos por los miembros de la carrera y no sometidos a los repartos de los partidos políticos; a su vez, parece una broma de mal gusto que el juez imparcial se adscriba a una asociación conservadora o progresista. Una Justicia independiente sólo puede constituirse desde la prohibición de la asociación gremial o política de sus miembros.

4) Parece así mismo evidente la necesidad de una reforma del modelo territorial. Hoy las taifas autonómicas están literalmente desangrando las arcas públicas: policías, defensores del pueblo, tribunales de cuentas, televisiones autonómicas, organismos y organismos de todo tipo pagados con el dinero del contribuyente. Y lo que es peor: la duplicidad de competencias está ya redundando en peores servicios para el ciudadano, como se oberva en sanidad y educación, por ejemplo. La eliminación de las autonomías y la recuperación de todas las competencias por el Estado parece algo de sentido común.

5) Todo ello es posible por la angustia fiscal que padecemos. Es necesaria una reforma fiscal de verdad, con reducción de impuestos e instauración de una flat tax de manera inmediata que alivie a empresas y familias. Además, ¿cómo no eliminar por fin el injusto Impuesto de Sucesiones, que roba a los hijos el dinero de los padres? A más dinero en manos de los partidos y los políticos, mayor intromisión del Estado en la vida de las familias. ¿Cómo no va a ser necesario desactivar este chantaje fiscal?

6) Todo lo anterior nos lleva a la necesidad de una auténtica reforma de la educación. Es trágico que cada reforma educativa que emprenden nuestros partidos deje a la educación peor parada. Hoy en día, la educación básica crea analfabetos funcionales, niños perpetuos sin responsabilidad ni madurez. Todo para desesperación de los padres, al menos de aquellos que aún ven el problema. Pues bien: hay que recuperar la potestad de éstos: hay que implantar el cheque escolar para la libre elección de los centros.

7) Es necesario además un decidido programa de choque contra la inmigración ilegal. España no se merece la política de puertas abiertas; y no se la merece porque tarde o temprano pasará factura. Un país que se respeta a sí mismo valora a quien cruza sus fronteras. Por eso es necesaria una política migratoria selectiva, por cuotas, por mérito y de acuerdo a las necesidades del mercado y al entorno social español. Lo que pasa por la expulsión inmediata de aquellos inmigrantes que vulneren la ley, al entrar en el país o al vivir en él.

8) Hablando de leyes: sorprende la falta de respeto a la autoridad y a la legislación. Es necesario el endurecimiento de las penas para determinados delitos, desde la violación hasta el asesinato. Acabar con la reducción de eximentes por embriaguez, estupefacientes, edad o incluso origen social. Es necesario modificar el Código Penal, para endurecerlo y acabar con el penoso espectáculo de penas ridículas para delitos graves, o delincuentes peligrosos aprovechándose del sistema penitenciario. Hay que otorgar más autoridad a policías y guardias civiles.

9) Uno de los principales argumentos de los partidos políticos es el europeo: sería Bruselas quien ordenase desde soltar a etarras a prohibir las botellas de aceite de oliva o multar por circular por el centro de Madrid. Recuperar soberanía, cuando la deriva comunitaria es la que es, parece de sentido común. Hay países europeos que se revuelven contra la burocracia franco-alemana: ¿para cuándo un programa de reforma de la instituciones y políticas de la UE? Nuestros partidos son rehenes del europeísmo: están más dispuestos a discutir instituciones históricas como las provincias pero no el Parlamento Europeo, del que tantos beneficios obtienten. Además, ¿para cuándo cuestionar el peligroso sistema de Schengen?

10) Además es necesario combatir al enemigo silencioso de España: la despoblación. Es necesaria la dopción de incentivos reales a la natalidad. La práctica totalidad de nuestro espectro parlamentario está embarcada en la imposición de leyes LGTBI, en la promoción del aborto e incluso de la eutanasia. Pero ninguna de promoción de la natalidad y de protección de la familia en la que ésta tiene sentido.

En fin, hay muchas más medidas que se podrían avanzar, de las más generales a las más concretas. A nuestros lectores se les ocurrirán muchas. En cualquier caso, es la filosofía lo que hay que tener claro: es neceario acabar con la centralidad de los partidos políticos como única vía para poner fin a la actual partitocracia. Es la sociedad, son los españoles quienes debieran tomar las riendas de su destino y no estar permanentemente a la sombra del poder de los partidos, con la única esperanza de esconderse de ellos o de buscar medrar gracias a ellos.

Con toda seguridad, ni el PP, con o sin Rajoy, ni el PSOE, con o sin Sánchez, ni Ciudadanos se plantean una reforma integral de un régimen que ha llegado a su final. De Podemos sólo cabe esperar justo lo opuesto: más opresión, más tiranía, más pobreza. Nosotros confiamos en los ciudadanos, que son en todo caso quienes deben decidir a dónde quieren ir. Y creemos que, como afirma Weaver, las ideas tienen consecuencias, buenas y malas: hay que retomar la bandera de la legitimidad, de la soberanía nacional, de la libertad individual, del orgullo de ser español, de la responsabilidad de nuestras decisiones y actos, del esfuerzo, la perseverancia. Quizá, sí, el régimen del 78 nos hizo más libres para insultar, robar, corromper, corrompernos y escaquearnos. Justo lo opuesto a lo que es una auténtica democracia, que exige ciertos hábitos y virtudes. Ha llegado la hora de acabar con él. Por el bien de todos, menos de los partidos del régimen.

Rajoy arrastra a España y al PP al apocalipsis
OKDIARIO 1 Junio 2018

La historia juzgará a Mariano Rajoy por su obstinación a la hora de negarse a dimitir. Incluso Pedro Sánchez le exhortó a ello: “Por el país, dimita”. El aún presidente del Gobierno podría haber desactivado la moción de censura del socialista con su renuncia. Sin embargo, se ha agarrado a su cargo hasta última hora y ha entregado el país en las manos de separatistas, comunistas, anarquistas, populistas y los herederos de ETA personificados en Bildu. Un Frente Popular de nuevo cuño que llevará al país hacia un apocalipsis seguro mediante un Ejecutivo inviable. Igualmente, su partido ha sufrido un desgaste tan extremo y evitable que ha acabado destrozado. El PP padecerá las consecuencias de la pasividad de Rajoy tanto a nivel de reputación como de número de votos en los próximos comicios.

El mandatario ha tenido la oportunidad de dimitir y dejar un Gobierno en funciones con su partido al frente hasta que Felipe VI comenzara una ronda de consultas para la investidura de un candidato. Sin embargo, ha preferido que la moción se concrete sin dar posibilidad a algún tipo de negociación en ese tiempo de interinidad. Algo que ha entregado el Ejecutivo del modo más sencillo al Gobierno Frankenstein que encabezará Pedro Sánchez. Una amalgama de siglas a cada cual más radical que marcará el compás del PSOE con veleidades de todo tipo debido a los 85 diputados con los que cuentan los socialistas en el Congreso. Una cantidad pírrica que llevará a la nación a unas elecciones anticipadas o a la destrucción de su estabilidad económica.

La Bolsa se ha situado en números rojos después de saberse que el PNV votaría a favor de la moción. Ha sido la crónica de una muerte anunciada, ya que en los últimos días las pérdidas se contaban por miles de millones de euros. Nadie puede negar que Mariano Rajoy ha sido un buen presidente y su gestión económica, sobresaliente. Sin su trabajo y el de sus ministros —mención especial para Luis de Guindos y Fátima Báñez— España no habría crecido a más del 3% durante tres años consecutivos. Sin embargo, y a pesar de la exitosa reforma laboral o de haber soslayado el rescate financiero en 2012, Rajoy se va por la puerta de atrás y deja el país en una situación insostenible.

Una dimisión patriótica
Editorial. vozpopuli  1 Junio 2018

Cuando Mariano Rajoy dejó caer al ex presidente de Murcia, Pedro Antonio Sánchez, lo hizo por el bien del partido. Cuando hizo lo propio con Cristina Cifuentes, el argumento también fue que ésta debía sacrificarse para no perjudicar ni al partido ni a los madrileños. Y ahora, cuando lo único incuestionable es que en esta circunstancia histórica el verdadero problema del PP es el presidente del Gobierno, resulta que Mariano Rajoy se niega a echarse a un lado.

Con su negativa a dimitir, Rajoy deja el Ejecutivo en manos de un político cuyo único mérito contrastado es una desmedida ambición. Deja el poder al alcance de grupos cuyos intereses están en las antípodas de aquellos que defendemos la mayoría de españoles. En un acto de escapismo que no puede por menos que calificarse de cobarde, Mariano Rajoy Brey liquida de un golpe a su partido y coloca al país en una situación de preocupante fragilidad.

En lugar de presentar su dimisión, bloqueando así la temeraria iniciativa de Pedro Sánchez y abriendo un proceso ordenado de sucesión que desembocara en la convocatoria de unas elecciones generales que dieran voz a los españoles, Rajoy abre de par en par las compuertas del Gobierno, y de las decisiones políticas que afectan a la salud del Estado, al populismo y al supremacismo nacionalista. Sánchez acunará a los Puigdemont, Torra, Tardá y Rufián para mantenerse en La Moncloa, pero, si no rectifica, será el político gallego el que pasará a la historia como el verdadero causante de tamaña irresponsabilidad.

Nadie va a discutirle a Rajoy méritos que le son propios, y que en más de una ocasión hemos reconocido sin que nos dolieran prendas. Méritos esencialmente centrados en la gestión de la crisis y en la capacidad de resistencia demostrada en situaciones de indudable dificultad. Pero en esta ocasión no se trata de resistir, sino de actuar con el coraje y la valentía exigibles en estas graves circunstancias.

No es de recibo escudarse en los escollos que podrían surgir a la hora de investir a un nuevo candidato propuesto por el PP para no dar la batalla hasta el último momento; para convocar elecciones y de paso defender con determinación la legitimidad de un resultado electoral que situó al PP como el partido más votado en los últimos comicios, a una distancia de más de cincuenta escaños del siguiente. Como no es de recibo mantenerse al timón de un barco cuando se ha perdido toda capacidad de marcar el rumbo adecuado.

Tampoco, en coyuntura menos dramática, sería difícil transigir y calificar de anecdótico que Rajoy no acudiera al Parlamento durante la sesión vespertina del debate de la moción de censura. Pero ni la proverbial indolencia que se achaca al todavía jefe del Ejecutivo puede justificar este intolerable desplante, este inexplicable acto de desprecio al Parlamento, a sus compañeros de partido y a sus votantes.

Y es que al abandonar a la bancada popular, sumida en un profundo abatimiento, Rajoy escribía una penúltima metáfora su desafortunada gestión en esta segunda legislatura: el líder de un equipo de ‘penenes’ incapaces de llevar adelante una mínima agenda reformista y que ni supieron ver ni reaccionar en tiempo y forma al golpe del secesionismo catalán.

En “La pell de brau” (La piel de toro), Salvador Espriu decía aquello de que “un hombre se puede sacrificar por todo un pueblo, pero todo un pueblo no puede ser sacrificado para salvar a un solo hombre”. Mariano Rajoy todavía puede hacer un postrer servicio a la nación poniendo su cargo, en un gesto de sano patriotismo, a disposición no ya de su partido, sino de la sociedad a la que dice servir.

Apenas queda tiempo. Pero el suficiente para que Rajoy se aleje de la devastadora batalla interna que ha sido uno de los cánceres del PP, asuma la gravedad del momento y recuerde que lo importante no es cómo se entra en la historia, sino cómo se sale de ella.

España: del ‘patchwork’ y del parche
Teresa Freixes okdiario 1 Junio 2018

Patchwork: técnica de costura artesanal consistente en la unión de diferentes piezas de tejido, de las más diversas texturas y colores. Aplicado a la política, el patchwork equivaldría a juntar diferentes partidos u opciones de tendencia variopinta. Algo así como lo que puede suceder con los apoyos que pueda conseguir Pedro Sánchez para su moción de censura, puesto que para que triunfe precisa de los votos de la mayoría absoluta del Congreso de los Diputados. Esa mayoría únicamente puede obtenerse con el voto de partidos tan dispares como, además del PSOE, Unidos Podemos, Esquerra Republicana de Cataluña, Compromís y Nueva Canarias, que han anunciado ya que la van a apoyar, pudiendo además obtener los votos de PNV, PdeCat y Bildu. El problema no se plantea con la suma de votos, que puede darse en la situación actual, con un Gobierno en la cuerda floja, no sólo por la reciente sentencia condenatoria de Bárcenas y otros implicados en la trama de financiación ilegal, sino por la débil posición que ya tenía en la cámara y la falta de iniciativa política en relación con el problema que se vive en Cataluña.

Donde sí podemos encontrarlo es en cómo va a tener que estructurar Sánchez un programa que los satisfaga a todos y, sobre todo, cómo va a poder gobernar en semejante situación y compañía. Por más que recosa el patchwork, se me hace difícil imaginar coherencia en la definición y la gestión de las políticas públicas derivadas de tal amalgama ideológica y de las respectivas praxis políticas que cada partido atesora. Parche: arreglo o solución provisional. En política constituye una técnica muy socorrida, especialmente en épocas convulsas, cuando no se quiere o no se puede ir al fondo de los problemas y se busca una salida rápida a los mismos aunque no sea definitiva. Es lo que parece que puede suceder si, para impedir que triunfe la moción de censura que está en trámite en estos momentos, Mariano Rajoy presenta in extremis la dimisión de su cargo. Ello derivaría en que el objeto de la moción de censura, que es el cese del Gobierno, decayera por ser de imposible cumplimiento, ya que previamente, sin haberse culminado su tramitación, la presidencia del Gobierno ya habría quedado vacante y el Gobierno en funciones estaría presidido por la actual vicepresidenta, a tenor de lo que disponen la Constitución de 1978 y la Ley del Gobierno de 1997.

Se trataría de un parche o solución provisional puesto que conllevaría la necesidad de iniciar la investidura de un nuevo presidente o presidenta que, como máximo, podría ostentar el cargo hasta la finalización de la actual legislatura, en 2020, si es que antes no se encontrara en la ineludible necesidad de disolver anticipadamente las Cortes. Así, pues, estamos ante el patchwork o el parche. O triunfa la moción de censura con el incoherente voto agregado de todos aquellos que anteriormente he indicado, o dimite el presidente del Gobierno actual para dar paso a otro Gobierno, de transición, hacia unas nuevas elecciones. Porque también cabe preguntarse por cómo podría sobrevivir y realizar acción política un Gobierno investido en las actuales circunstancias, con un Congreso de los Diputados como el que ahora tenemos.

Quizá sería mejor que, en vez de estar ante el parchwork o el parche, los protagonistas de todo ello, es decir, los partidos políticos, especialmente los grandes partidos aunque no sólo ellos, se vieran aquejados de un ataque de responsabilidad y sorprendieran a la ciudadanía con la adopción de un sentido de Estado que permitiera hacer política de verdad, para afrontar conjuntamente los graves desafíos ante los que nos encontramos. No me refiero sólo al “monotema” catalán, sino también al papel que hemos de tener en Europa, a la necesaria reforma de muchas de nuestras instituciones, a un mejor desarrollo legislativo de los derechos y deberes, por señalar algunos de los puntos sobre los que debería alcanzarse un acuerdo básico. Y que, ante la casi segura y más próxima que tardía convocatoria electoral, pudiéramos sentirnos seguros de que se va a tener más en cuenta lo que nos une que lo que nos separa y que las legítimas diferencias ideológicas no van a conformar abismos infranqueables que quiebren la cohesión social.

Agárrense los machos
Miquel Giménez. vozpopuli 1 Junio 2018

La frase es de mi querido amigo Juan Carlos Girauta a propósito del futuro gobierno de Sánchez con veintidós partidos a cual más variopinto. Entre ellos, Bildu y los separatistas, que andan abriendo botellas de cava.
Sánchez tomando notas

Seguir la moción de censura a Mariano Rajoy ha sido un ejercicio de vergüenza ajena. Por un lado, la que produce ver como en el PP no se han enterado de nada, o como Rajoy se ausentaba en la sesión de la tarde despreciando así a la sede de la soberanía de la nación, provocaba bochorno. Terrible epitafio del partido conservador: un escaño vacío ocupado por el bolso de Soraya Sáez de Santamaría, como observó Pablo Iglesias, que ya se ve liderando el soviet de Volgogrado.

Igual sonrojo producía escuchar la retahíla de tópicos, lugares comunes, despropósitos e incluso mentiras por parte del candidato Sánchez. Sabe que es ahora o nunca, y que esta es su última oportunidad como secretario general de un PSOE anclado en el pasado y también, hay que decirlo, atenazado por la terrible corrupción de los ERE en Andalucía. ¿Quién gana con toda esta ceremonia? Es evidente que los populismos. Podemos y toda la retahíla de sus comparsas, que se ven recompensados políticamente, tras estar en la picota en los últimos tiempos, en especial desde que saltó a los medios de comunicación el casoplón que el camarada Iglesias y la camarada Montero se mercaron. Pura dacha del politburó.

Pero los que más motivos tienen para lanzar las campanas al vuelo son los separatistas. En el PDECAT estaban que no se lo creían. Han pasado de vivir con la congoja de tenerse que someter al imperio de la ley a gozar de la indulgente sonrisa de un Sánchez que, emulando a Zapatero, poco menos que les ha dicho que aquí se puede hablar de todo y que paga el las cervezas.

Pero el auténtico clon de la tarde ha sido Joan Tardà. Qué hombre. Es una especie de Madre Coraje, pero con bigote y acento catalán. Ha desgranado tal rosario de miserias, hecatombes y padecimientos que uno estaría tentado de creer que Cataluña es poco menos que la batalla de las Termópilas y los separatistas unas pías monjitas indefensas.

La mendacidad del independentismo ha sido tal en esta sesión que cuesta comprender como no ha despertado la hilaridad en el candidato a presidente. Porque había para reírse, y mucho. Presentarse ante el hemiciclo como víctimas es de un cinismo abrumador, cuando ellos son los que ostentan el poder en mi tierra de manera despótica con todos los medios de comunicación a sus órdenes, con los Mossos mirando hacia otro lado cuando de constitucionalistas se trata, con los CDR campando a sus anchas, con las escuelas en su poder.

Sánchez, que es un cuco, ha sabido torearlos prometiendo diálogo y más diálogo. Pero dialogar ¿acerca de qué? Porque Tardà, que será lo que ustedes quieran pero no engaña a nadie, lo ha dejado muy clarito. Quieren una república independiente y, si no es ahora, será mañana y si no, pasado. Lo mismo que en el PDECAT, solo que estos saben esconder su supremacismo debajo de la corbata florentina y versallesca. Pero los tontos útiles del PSOE, para variar, no han querido - tampoco sabrían - atajar la riada de despropósitos que se han soltado. Sánchez es capaz de deglutir las palabras más indigestas. Los platos rotos ya los pagaremos entre todos.
Caña a Ciudadanos y abrazos a los separatistas

Esa ha sido la esencia del discurso de Sánchez. Mientras que ha sido cariñosísimo con la demagogia podemita, con las exigencias del PNV, con las barbaridades separatistas catalanas, a Albert Rivera le ha disparado con toda la munición disponible, llegando incluso a utilizar conversaciones privadas. Si ese es el carácter, que lo es, del futuro presidente del gobierno estamos apañados. Como para que Merkel o Trump le hagan una confidencia.

El problema, lo hemos repetido hasta la saciedad, es que existe un sentimiento anti PP tremendo, enorme. Ganado a pulso, hay que decirlo, porque ante la corrupción que ha azotado al partido de Rajoy se debería haber hecho algo más que disimular hablando de casos aislados. Rajoy no ha sabido afrontar ni a la corrupción ni al separatismo. Es lamentable, pero es así. Ahora bien, si el deseo de Sánchez es echar a los populares de La Moncloa y sentarse en el despacho del complejo de Las Semillas para gobernar mucho o poco es cosa que aún no se sabe. Porque de convocar elecciones se habla poco, poquísimo.

Desde luego, si tuviera que acometer todo lo que sus socios le han exigido, necesitaría varias décadas de gobierno. Rivera, que ha sido el más combatido por derechas e izquierdas, lo ha dicho claramente. La palabra hay que dársela al pueblo español en unas elecciones generales. Pero cualquier apelación al interés general cae en saco roto en un parlamento que se agita entre los que defienden numantinamente sus privilegios gubernamentales y los que tan solo aspiran a disponer de ellos. Poco o nada se ha hablado del gente, del país real, que decía Charles Maurras, salvo las tópicas y estomagantes alusiones al pueblo.

A Rivera lo han acusado de fascista – Pablo Iglesias dixit -, de ser de la derechona, de mentiroso, de calculador, de desleal. Lo han silbado tanto desde la bancada popular como desde la sinistra. Tengo para mí que el discurso transversal que aspira a un estado moderno, social, democrático y limpio de corruptos, con igualdad entre todos sus habitantes, no encajaba en la visión de rojos y azules de la que se trataba en la sesión. Perviven aún los viejos rencores de aquellas dos Españas que tanto daño han hecho al cuerpo social del país, esas dos aceras que no se encuentran jamás ni tienen la menor intención de hacerlo.

De ahí que la tercera España que defiende Rivera y que tanta urticaria provoca en las carnes de los separatistas, sea lo único con un cierto sentido de lo sucedido ayer en el congreso. Pero es bastante inútil el empeño, porque hablarle a Campuzano, Tardà, Sánchez o los de Bildu acerca de Larra, Giner de los Ríos o Joaquín Costa es poco menos que cantar en lapón unas sevillanas en el barrio de Triana y triunfar.

El despropósito es tal que Sánchez está encantado de haberse conocido tras concitar los votos favorables de todo ese patchwork abigarrado en el que conviven los clericales burgueses del PNV con los kamikazes podemitas. Nada de eso tiene que ver lo más mínimo con el sentido del Estado y, si me apuran, con el de responsabilidad. El mejor indicador de esto es la alegría que reinaba en la Generalitat. Un Quim Torra exultante – nos lo cuenta un testigo presencial – no paraba de sonreír y abrazar a la gente, alegre ante lo que califica como la primera victoria de la república catalana contra la España monárquica. Porque se trata de eso, y se equivocan los que, hartos de corrupción y de PP, fían sus esperanzas en lo sucedido ayer. Lo que hay detrás de la moción de censura no es más que la suma de un afán de protagonismo desmesurado, de intentar que no naufrague definitivamente el PSOE y también, no en último lugar, de culminar un proceso de disgregación de España en favor de los radicales más peligrosos que ha visto Europa desde el fin de la segunda guerra mundial.

Tienes razón, Juan Carlos, habrá que agarrase los machos.

Sánchez presidente y fin de Rajoy
Pablo Sebastián republica 1 Junio 2018

Lamentable ausencia del presidente Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados en la sesión de tarde donde se debatía la moción de censura presentada por el líder de la oposición y del PSOE Pedro Sánchez. El que será investido presidente con los votos de su partido, Unidos Podemos, PNV y el resto de los nacionalistas vascos (Bildu) y catalanes (PDeCAT y ERC). Lo que Rajoy y Rivera, unidos contra Sánchez bajo el paraguas de la corrupción PP calificaron como el ‘pacto Frankenstein’.

Se acabó Rajoy y salió huyendo del Congreso con una indecente ‘espantá’ con la que abandonaba (para refugiarse en un restaurante) su escaño azul en la Cámara baja desde donde ha gobernado este país en los 8 últimos años y que pierde tras el estallido de la corrupción del PP en la sentencia del caso Gürtel. La que, cuando Sánchez llegue a la Moncloa y tome el control de la Fiscalía del Estado, le va a perseguir hasta sentarlo ante un tribunal como un testigo o como procesado.

Mucho criticó Rajoy a Sánchez por la urgente presentación de la moción de censura. Pero esa urgencia -que le impidió a Rajoy disolver las Cortes y el convocar elecciones-, fue fundamental para cazar a Rajoy en pleno festival de la corrupción de Gürtel y de su ex portavoz Zaplana, mientras, por otra parte, maniobraba en los juzgados para impedir que Bárcenas publicara los documentos que supuestamente implicaban a Rajoy en la corrupción del PP.

Estaba el presidente tan contento con los Presupuestos de 2018, tras haber ocultado durante unos días la sentencia de Gürtel, cuando al final le estalló la sentencia de la corrupción en las manos, al tiempo que los magistrados lo señalaban como ‘no creíble’ en su explicación sobre la doble contabilidad del PP, asunto cuyo juicio está a punto de comenzar.

Y a partir de ese momento y de la urgente moción de Sánchez todo cambió. Y Rajoy se hundió y Sánchez renació de entre sus cenizas para convertirse, en el nuevo presidente del Gobierno de España con la especial ayuda del PNV (el partido conservador Vasco) que en última instancia y, tras haberle aprobado los Presupuestos de 2018 a Rajoy, se pasó al bando de Sánchez primando su dimensión nacionalista y pro catalana y sus duras críticas a la corrupción.

Y fue cuando se supo la decisión del PNV, que el Gobierno barruntaba y se temía con caras de estupor en el banco azul, cuando Rajoy se dio a la fuga no sin antes haber pronunciado un discurso plagado de descalificaciones y de insultos contra Sánchez, que desvelaba el estado de ánimo furioso de Rajoy frente al discurso más sosegado de Sánchez que ya presagiaba su posible llegada a La Moncloa.

Lo que hará el próximo lunes una vez que Rajoy y sus equipos hayan terminado la mudanza y que Sánchez haya prometido su nuevo cargo ante el Rey Felipe VI quien, a pesar de la complicada situación que se avecina en España, no dejará escapar ni una sola lágrima por la marcha de Rajoy, como tampoco llorará José María Aznar.

Albert Rivera muy mal, no apoyando la moción y amparando la corrupción del PP. El oportunismo de Rivera y sus burdas contradicciones quedaron al descubierto una vez más. Mientras, Pablo Iglesias desde Unidos Podemos pronunciaba un buen discurso (desde la óptica de la izquierda radical) pero anunciándole a Sánchez un estrecho marcaje político desde el día primero de su llegada al poder.

Sobre todo porque Rajoy, como lo confirmó Cospedal, había decidido no dimitir para bloquear la censura (otro error de Rajoy) como se lo ofreció Sánchez y se lo pidió Rivera. Pero Rajoy había echado sus cuentas y llegó a la conclusión de que el PP no podría gobernar y que les convenía más estar en la oposición y en campaña contra el ‘Gobierno Frankenstein’ de Sánchez. Aunque Cospedal dijo también algo llamativo como que en ese momento no sabía si Rajoy seguiría siendo el presidente del PP.

Al fondo de todo esto y de esta histórica jornada política (es la primera vez que triunfa una moción de censura desde el inicio de la Transición) aparece la enorme responsabilidad de Rajoy en la corrupción del PP, el ‘no es no’ de Sánchez y las duras palabras que el líder del PSOE le dirigió a Rajoy, ante toda España en el debate electoral televisado del 14 de diciembre de 2015, cuando afirmó: ‘el presidente del Gobierno tiene que ser una persona decente y usted no lo es’. Y parece que el tiempo y ahora la Justicia le están dando a Sánchez la razón.

El Gobierno de los malos
La Verdad Ofende  latribunadelpaisvasco.com 1 Junio 2018

El poder, solo el poder y nada más que el poder, la toma pura y dura del poder y la gestión de este poder. Esa es la única motivación de quien ha puesto a España en almoneda, al alcance de los cascos de los caballos de quienes galopan esa locura historicista llamada nacionalismos periféricos, que hoy pisotearan la unidad de la nación.

La ambición de rompernos en trozos para alimentar su estrechez de miras regionalistas, es un proyecto viable gracias al PSOE, quienes de nuevo llegan al poder de forma irregular, aunque sin trenes de cercanías, tras quebrar económica y socialmente España, una vez más.

Es la enanez política del último de la clase ante la oportunidad de dejar atrás, por una vez, sus complejos de perdedor y ser alguien en política. Retorcer las leyes para obtener lo que con votos democráticos jamás logró. Hoy se aferra ciegamente a los malos de la clase, a los que nunca aprueban, los broncos y disolutos, los desarrapados, los que gritan desde el final de la clase, los desapercibidos, los de la impotente y cainita envidia, los inanes, la nadería... la nada.

Nadie sabe qué durara. Le acechan las sentencias de 77 procesos judiciales y mas de 250 políticos socialistas implicados y procesados en el mayor saqueo a las arcas publicas y a los parados jamás visto en Europa. Las sentencias ya están al caer, pero no se preocupen; cuando salgan las condenas contra el PSOE, nadie interpondrá la moción de censura a la que Sanchez Castejón hoy se aferra por el caso Gurtel para la toma del poder. El "groucho-marxismo en su plenitud": “Estos son mis principios, pero si mo te gustan tengo otros”.

Los apoyos que semejante hazaña democrática encuentren auparán a la presidencia del Gobierno de España a Sánchez Castejón. Todos le conocemos: dos elecciones perdidas y el peor techo electoral de la historia del PSOE. Las firmas de su comité ejecutivo estaban en unas hojas en blanco en Ferraz, que sin dudarlo las utilizó, sin tampoco consultarles. Todo vale.

Gobernará con un presupuesto “fascista” que negaron como hizo Judas con Jesús, sostenidos por la delegación del partido chavista en España que diseñó y apoya el genocida crimen marxista que desangra a Venezuela mientras lloran como “Billy el niño” en Cortes.

Son los comunistas que abjuraron de esas cuentas por capitalistas, mientras su líder compraba una lujosa villa burguesa con cuarto para el servicio, situada en en un parque natural, cuyo valor es de 1.200.000 euros (precio de mercado) que pagará con un crédito preferente del 0.5%, reservado a la elite especuladora inmobiliaria. Un acto de casta capitalista refrendada por un “Pabliscito” con apenas el 20% de los votos (recuento del 100’ 35%) cocinado sin auditor externo por el camarada Echenique, ese ejemplo de defraudador a la Seguridad Social.

Empuja todo este carro de cinismo e incoherencia marxista leninista los camaradas de ETA que visten gracias a Zapatero el traje democrático de Bildu, de la mano de sus partidos análogos en Cataluña, los golpistas de 1931, 1943 y 1936 de ERC. Y para cerrar el broche, la corrupta y burguesa CyU, cuyos logros son una corrupción galopante y 4.000 empresas huidas ante el pánico de la paranoia separadora nacionalista. Tu aliado en la gobernanza de España es el vómito a la unidad de España.

Rajoy lo permitirá. Dimitir implica ir a unas elecciones perdidas en las encuestas. Una realidad que atenaza también a Sánchez y a quienes le apoyan, ese grupo de saltimbanquis políticos que jamás soñaron mejor ocasión de poder: sostener a un ambicioso presidente del gobierno débil cuyo grupo parlamentario ha retrocedido a la inanidad parlamentaria de 1977, hoy vendido y manipulable.

Asistimos a la toma del poder de un nuevo Largo Caballero que hoy como entonces pone a España en almoneda con su reeditado “Frente Popular”; el llamado “gobierno Frankenstein”.

“Todo bulle como una gusanera. Como si no hubiera pasado nada. Los mismos hombres, las mismas palabras vacías, los mismos aspavientos. ¡Y todo tan chico! Contra la obra ingente de seis años –orden, paz, riqueza, trabajo, cultura, dignidad, alegría–, las fórmulas apolilladas de antaño, las menudas retóricas de antaño, las mismas sutilezas de leguleyo que ni el Derecho sabe”. José Antonio primo de Rivera, Marqués de Estella (ABC, 16 de marzo de 1931.)

Un pacto con el diablo
Antonio Robles Libertad Digital 1 Junio 2018

España está a punto de ser presidida por una manada confabulada en un interés común: su descuartizamiento. No hay por qué extrañarse en un país donde se socava a diario la Constitución, la presidencia de la Generalidad de Cataluña la ostenta un racista y el líder de la oposición se alía con separatistas y herederos del terrorismo de ETA en nombre de la lucha contra la corrupción.

Entre arcadas anda el juego: ¿qué es peor, la corrupción económica de una pandilla de indeseables o una pandilla de indeseables que pretende tapar la corrupción de Cataluña y la destrucción de España?

Hay una corrupción peor aún que la corrupción económica, es la corrupción moral. Parece que para Pedro Sánchez todo vale con tal de alcanzar el poder que no podría lograr en unas elecciones generales. Su país está a punto de ser dinamitado por los herederos políticos de ETA, por golpistas en Cataluña que desprecian su Constitución, incumplen sus leyes, conspiran con fuerzas extranjeras para lograr sus objetivos, y, sin embargo, pacta, se apoya en ellos para lograr formar Gobierno. ¿Quiere decir que Pedro Sánchez detesta más a los autores de la trama Gürtel, cuyos delitos son económicos, que a partidos del 3% cuya influencia económica ha servido para adoctrinar a los niños en el odio a España, controlar medios de comunicación, comprar voluntades y conspirar para lograr la ruptura de España? ¿Quiere decir que prefiere o soporta mejor la sangre derramada por los terroristas de ETA, actualmente representados políticamente por EH-Bildu y cuyas víctimas alcanzaron las 858 personas asesinadas, que los 863 millones robados por el conjunto del caso Gürtel?

Aún me chirrían en los oídos las palabras de Marian Beitialarrangoitia, de EH-Bildu, cuando vomitaba en el estrado exabruptos contra el Gobierno de España: "Son los carceleros de los presos en Euskalerría". ¿Con estos se confabula Pedro Sánchez contra el Gobierno de la nación? ¿Qué Gobierno formará con ERC, EH-Bildu, PDeCAT, Podemos…? ¿Para qué le iban a votar si no era para lograr hacer daño a España? ¿O acaso cree que puede gobernar con 84 diputados?

Ha pactado con el diablo. No porque los otros sean el diablo, sino porque él ejerce de personaje que se vende a cualquier precio. Los primeros indicios han quedado reflejados en sus intervenciones. El reconocimiento de la nación de naciones, vuelta al Estatuto de Zapatero, la España plurinacional, la aceptación del relato nacionalista…, verle contestar tan modosito produce escalofríos. Si ya va de puntillas con ellos ahora, en la trastienda del poder a solas nos venderá a retales.

Visto lo visto, las revelaciones del bocazas del juez Vidal en 2016 habrá que tomarlas en serio. Coinciden al cien por cien con el personaje. Escúchenlas.

Una vez el PNV ha anunciado su apoyo a la moción, sólo queda una salida, la renuncia de Mariano Rajoy. Paradójico, cuando ese pacto del diablo nos sitúa en el peor escenario de los posibles, la dimisión del presidente del PP podría matar dos pájaros de un tiro: se evita un Gobierno de golpistas y se castiga a un Gobierno corrupto. A partir de ahí, una segunda moción de censura instrumental, tal como ha pedido Cs, podría dar por primera vez a Albert Rivera la oportunidad de formar un Gobierno nacional. Porque de eso se trata, de que en España dejen de influir los que la quieren destruir y la dirijan los que pueden impedirlo.

Ana Oramas, de Coalición Canarias, lo ha dicho hoy en un discurso impecable: "Hay quien sostiene que España está enferma; la que está enferma es la política". Pues eso.

EN UN ACTO DE VOX
Ortega Lara acusa a Zapatero y Rajoy de ‘dejar a ETA en las instituciones’
La Gaceta  1 Junio 2018

“Nos decían que estaban (los gobiernos) con las víctimas, pero se han dedicado a excarcelar a terroristas”, ha lamentado.

José Antonio Ortega Lara ha denunciado este jueves en Santander la actitud de los últimos gobiernos de España por “permitir homenajes a etarras” para que se les trate “como verdaderos héroes”, mientras sus víctimas son “relegadas a las tinieblas del odio”.

Ortega Lara ha criticado, en un acto de Vox celebrado en Santander, a los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE) y de Mariano Rajoy (PP) por “dejar entrar a los etarras en las instituciones”.

A su juicio, “unos les mostraron el camino y los otros les pusieron la alfombra roja” hasta llegar al sector público, donde ha señalado que ahora disponen de dinero, poder e información “para seguir con su macabro propósito: romper España”.

Ortega Lara asegura haber vivido con “estupor, ese espectáculo bochornoso de la supuesta disolución de la banda terrorista”, y cree que los etarras se han dado cuenta de que desde las instituciones pueden “conseguir mejor sus objetivos que al margen de la ley”.

Por ello, no le sorprende la situación de ETA, que, a su juicio, “ha hecho siempre lo mismo: asesinar, secuestrar, amenazar, extorsionar y, después, “blanquear sus asesinatos revirtiendo el lenguaje que utilizaban los medios de comunicación en su propio interés”, ha opinado.

“Nos decían que estaban (los gobiernos) con las víctimas, pero se han dedicado a excarcelar a terroristas sin que hayan cumplido íntegramente sus condenas”, ha lamentado este exfuncionario de prisiones, que permaneció casi dos años secuestrado por ETA.

Sin embargo, ha señalado que sí hubo un presidente que apoyó a las víctimas, José María Aznar, al que ha dicho que “culpan de todos los males, no desde la oposición, sino desde su propio partido”.

“Con amigos como estos quién necesita enemigos”, ha enfatizado Ortega Lara, quien cree que Aznar llevó a cabo una política antiterrorista “eficaz”.

Ortega Lara, que ha estado acompañado por el presidente de Vox, Santiago Abascal, ha tratado también las relaciones de España con otros países europeos, la natalidad en el país y “la necesidad” de abordar la reforma constitucional, fundamentalmente en el apartado de la organización territorial del Estado.

SALVADOR ULAYAR
Una víctima de ETA, a Rajoy: ‘Quien a PNV mata, a PNV muere’
La Gaceta  1 Junio 2018

Censura a Rajoy por “machacar” la rebelión cívica “contra el apaño traidor” con la banda terrorista ETA.

Salvador Ulayar ha criticado a Mariano Rajoy por “machacar” la rebelión cívica “contra el apaño traidor” con la banda terrorista ETA y cumplir los acuerdos con el PSOE, el PNV y los bildutarras.

Lo ha hecho tras la primera sesión de la moción de censura presentada por el PSOE contra el líder del PP y que saldrá adelante con los votos del PNV, los partidos separatistas catalanes, EH Bildu y Unidos Podemos salvo dimisión ‘in extremis’ -descartada por la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal- de Rajoy.

Ulayar, que presenció con 13 años como un etarra mataba a su padre, Jesús Ulayar Liciaga, exalcalde de Etxarri Aranaz (Navarra), ha destacado que Rajoy sea “liquidado por ese -partido- cuya lealtad ponderaban los peperos”. “Quien a PNV mata, a PNV muerte”, ha añadido.

El portavoz del PNV, Aitor Esteban, confirmó este jueves el voto afirmativo de los cinco diputados de su grupo a la moción y acusó a los cuatro grandes partidos de llevar meses provocando “tsunamis” y demostrando su incapacidad de acuerdo.

Según Esteban, un voto negativo del PNV no aportaría más estabilidad, y menos aún cuando ya otros partidos como Podemos han anunciado que presentarían otra moción de censura y cuando se prevé que siga “el goteo” de noticias de los tribunales. “Creemos que respondemos a lo que mayoritariamente demanda la sociedad vasca y la responsabilidad votando sí; confío en que el diálogo que ha prometido sea cierto y que Sánchez no abuse de la prerrogativa que le estamos dando”, señaló.


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