AGLI Recortes de Prensa   Lunes 23  Julio 2018

Del portazo al desplome
El triunfo de Casado surge de la necesidad de un revulsivo precipitado por la destemplada descomposición del marianismo
Ignacio Camacho ABC 23 Julio 2018

Su cara lo decía todo. La expresión de Mariano Rajoy el sábado, tras anunciarse el resultado que proclamaba presidente del PP a Pablo Casado, era la de alguien que se sabía derrotado sin haber comparecido oficialmente en la batalla. Ni un ápice de entusiasmo ni de confianza en su actitud siempre educada: mera cortesía ante el inesperado vencedor de las primarias. Para los tres mil compromisarios y el resto de invitados no existía la menor duda de que, pese a la observancia de su anunciada neutralidad, su favorita en el proceso electoral interno era Soraya Sáenz de Santamaría, su ahijada política, su albacea testamentaria, y de que el triunfo del outsider Casado representaba el desplome definitivo, abrupto, de una larga etapa.

Rajoy no vio venir a Casado. Lo desdeñó como había desdeñado a otros fenómenos emergentes: a Podemos, a Ciudadanos, al mismo Pedro Sánchez hasta un minuto antes de su golpe de mano. Como minusvaloró la eclosión separatista hasta que estuvo a punto de desintegrar el Estado. Todas sus decisiones de los últimos tiempos parecen inspiradas por una suerte de estoico cansancio, como si él mismo se supiese al término de un ciclo agotado. El epítome de ese espíritu derrotista fue el escapismo de la célebre tarde del restaurante Arahy, cuando dejó que se consumase la moción de censura mientras Santamaría posaba el bolso en su escaño. Pocos días después se desentendió de su sucesión, del método, hasta del calendario; renunció a dirigir el partido y se fue a Santa Pola dando un portazo. Con elegancia y desprendimiento pero con la inevitable sensación de un final ingrato.

Tampoco valoró que las primarias, un procedimiento que detesta, podían alumbrar un cambio, un revulsivo que fuese más allá de un simple relevo. Confiaba en la cooptación de Feijóo y se quedó –como todo el partido—descolocado por la espantada del presidente gallego. Pensó que el liderazgo se disputaría entre Cospedal y Santamaría como una continuación natural de su mandato aunque fuese mediante el último asalto de un viejo duelo. Pero en el seno del PP, vapuleado por la frustración y el desconcierto, surgió un espíritu inconformista que reclamaba una catarsis, una sacudida de los cimientos. Un liderazgo distinto y más fresco para afrontar la imprescindible travesía del desierto.

El marianismo ha caído porque se había convertido en una maquinaria enmohecida, arrastrada por el desgaste del Gobierno, de tal modo que la salida destemplada del poder, seguida del estruendoso portazo del jefe, precipitó su hundimiento. El PP ha perdido el voto joven –sólo tiene mayoría entre electores por encima de los 65 años–, la imagen, la reputación, el crédito. La corrupción, asociada al marianismo aunque proviene de le época de Aznar, ha acabado con su predicamento. Por eso muchos de sus afiliados han entendido mejor que su ya ex líder la necesidad de un rumbo nuevo, de una dirección más acorde con los tiempos. Rajoy era en cierto modo consciente de ello pero pensaba terminar la legislatura para consolidar lo único que de veras le ha importado: la gestión del crecimiento. Después se hubiese ido con el legado de una economía en cifras de récord. En vez de eso, ha salido con cierto oprobio, desplazado de mala manera y sin reconocimiento a sus méritos. Y le ha costado entenderlo.

La derrota de Soraya es el último de sus fracasos interpuestos. Su antigua mano derecha en el Gabinete desarrolló la campaña en tono soberbio; despreció el debate confiando en los manejos del veterano Javier Arenas, del aparatchik Maillo –enfrentado a Cospedal– y de exministros sin influencia real en el proceso. Casado hizo un equipo de jóvenes, nucleado en torno al llamado «grupo del Luarqués», y se lanzó con audacia a conquistar su propio terreno. Planteó su apuesta con énfasis ideológico y emocional, el reverso de una Santamaría apegada al indisimulado pragmatismo burocrático, al desprecio de la política característico de la etapa de Gobierno. Y entendió que el factor generacional, biológico, iba a ser clave en la definición del marco mental del enfrentamiento. Que el PP era el único partido pendiente de afrontar el verdadero debate de la política actual en España, el que se desarrolla en torno al eje entre lo nuevo y lo viejo.

Quizá lo que más irrite a los tardomarianistas es que su fracaso representa una vendetta indirecta del Congreso de Valencia de 2008, cuando Rajoy se decidió a liquidar al aznarismo. El triunfador ha recuperado los conceptos de Aznar y de Aguirre, los valores orillados del liberalismo de la mayoría social, y se ha impuesto moldeándolos con su propio estilo, directo, elocuente, emotivo. Sólo que ahora el PP ya no es, como hasta hace un lustro, un partido atrapalotodo capaz de abarcar desde la derecha al centro porque la herencia involuntaria del expresidente deja el bloque del centro-derecha dividido, bifurcado en el declive del bipartidismo. Ése es el reto principal, el núcleo del desafío: recuperar el voto escapado hacia Cs por el implacable deterioro de un liderazgo envejecido.

Los enemigos del pueblo
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli  23 Julio 2018

La política es una continua emisión de ruido que tiene como fin ocultar la verdad. Cuando escuchamos a nuestros alcaldes, ministros, diputados o consejeros autonómicos, nos transmiten la sensación de que se ocupan afanosamente de nuestros problemas, de que se desviven por proporcionarnos atención médica, educación, subsidios de desempleo, pensiones, vacaciones pagadas, agua potable, aire limpio, seguridad y cultura. Tampoco descuidan obsequiarnos con regalos más abstractos como identidad, dignidad, igualdad o justicia, palabras que salen de sus bocas como un inagotable torrente de promesas que harán mejores nuestras vidas, nos protegerán de toda clase de males y nos asegurarán la felicidad.

Y es cierto que disfrutamos de muchas de estas ventajas, ofrecidas por un Estado pródigo y gigantesco que nuestros representantes públicos, a los que votamos tras ponderar sus programas, expuestos en largas y costosas campañas electorales, gestionan y manejan en nuestro nombre. No es fácil orientarse entre tanta polémica estruendosa, debate a cara de perro, manipulación de los hechos, invención de la realidad y acusaciones mutuas con o sin fundamento. La mayoría de la gente, equipada con conocimientos y herramientas de análisis escasos e insuficientes, se encuentra indefensa frente a la manipulación, la propaganda insidiosa o la apelación a sus instintos, necesidades y rencores más primarios. Con demasiada frecuencia, los mensajes, las propuestas y las denuncias de los políticos entrañan un considerable desprecio a la inteligencia de los ciudadanos, a los que tratan, por desgracia no sin éxito, como seres inmaduros fáciles de convencer y susceptibles de aceptar como buena cualquier mercancía sentimental averiada. El espectáculo inaudito de un Congreso extraordinario del PP rendido ante el discurso de despedida de un presidente que tanto daño ha hecho a su partido y a su país por su pusilanimidad, su abulia y su absoluta carencia de principios, es una muestra palpable de este fenómeno, la capacidad de la política democrática de cegar a los seres humanos y transformarlos en dóciles repetidores de consignas y en prisioneros de fidelidades absurdas a quién no lo merece. Escuchar a destacados dirigentes populares loar hasta el ditirambo a un jefe de filas que, tras catorce años al frente de su organización y siete en el Gobierno, deja tras de sí una nación desgarrada, endeudada hasta las cejas y en manos de un irresponsable de cabeza hueca, produce una mezcla de asombro y desaliento difícil de soportar.

Por tanto, es imprescindible disponer de un método interpretativo simple, de una regla de oro elemental, de un criterio de aplicación inmediata, que, más allá de la inacabable ceremonia de la confusión en la que nos mantienen los medios de comunicación y las redes sociales, nos permita, con independencia de nuestro nivel de formación, nuestra experiencia o nuestro discernimiento, distinguir el grano de la paja y saber qué político merece nuestra confianza y cual nos engaña sin remisión. Después de un cuarto de siglo de actividad pública en el Parlamento de Cataluña, en las Cortes y en el Parlamento Europeo, y de haber sido testigo de no pocos acontecimientos trascendentales de nuestra historia reciente con acceso directo a sus entresijos y a sus protagonistas, me atrevo a formular una recomendación muy sencilla que puede servir de guía eficaz para apoyar o rechazar a este o aquel candidato o para ponderar la calidad y la viabilidad de este o aquel proyecto colectivo.

Mi recomendación es la siguiente: si un político presenta una línea conceptual y de medidas concretas que ponga el acento en la creación de riqueza, en la responsabilidad individual, en el esfuerzo, el mérito, la iniciativa personal, la honradez, el imperio de la ley y la confianza en los mecanismos espontáneos de solidaridad, si favorece el libre desarrollo de la trayectoria vital de sus administrados, debe ser respaldado y votado. Si, por el contrario, sus prioridades son la redistribución, la regulación, el control de las vidas y las decisiones de los ciudadanos y está más atento a fomentar la dependencia de los recursos del Estado que a procurar que cada español esté en condiciones de llevar adelante sus ambiciones y sus propósitos de manera autónoma, ha de ser combatido y apartado del poder.

Como se puede comprobar a partir de la evidencia empírica acumulada tanto en España como en el mundo desde que existe registro histórico de la evolución de las sociedades humanas, este enfoque tan diáfano como inequívoco separa perfectamente a los amigos del pueblo de sus enemigos. Los motivos por los cuales esta sabiduría sobradamente verificable no es precisamente la predominante y debido a su ignorancia prosperan amenazas a nuestra paz, nuestro bienestar y nuestra prosperidad como Pablo Iglesias, Carles Puigdemont y Pedro Sánchez, sería el objeto de otra conversación.

Vuelve el PP
Isabel San Sebastián ABC 23 Julio 2018

Si Pablo Casado es capaz de honrar el discurso que le llevó a derrotar a la favorita y auparse hasta la presidencia de su partido, no solo saldrán ganando sus siglas, sino que lo hará toda España. No es tarea fácil, empero. Dar cumplimiento a esa promesa regeneradora implica abandonar el mullido terreno del relativismo para entrar de lleno en el de la confrontación ideológica. Combatir con vigor los dogmas del pensamiento políticamente correcto, omnipresente hasta la náusea en la práctica totalidad de los medios de comunicación. Armarse de coraje intelectual y de munición argumental. Hacerse fuerte en determinadas posiciones de principios y defenderlas hasta el final, sin miedo a la crítica ni concesiones a la demoscopia. ¿Tendrá el joven Casado la valentía y la determinación necesarias para librar esas batallas? ¡Ojalá!

«Vuelve el PP», anunció, triunfante, tras conocer su victoria. No especificó a qué PP se refería, aunque todos comprendimos que aludía a la formación surgida en 1990 de las cenizas unidas de UDC y AP. Al legado de Manuel Fraga y José María Aznar, que tuvo el valor de reivindicar, junto al del líder saliente, mientras todos los demás protagonistas del congreso se comportaban como si el partido hubiese surgido «ex novo» de la mano de Mariano Rajoy en 2004. Al proyecto que supo agrupar a todo el centro derecha español en torno a unos valores firmes, posteriormente relegados al fondo de un cajón o directamente traicionados: la vida (indefensa en el caso de los no nacidos tras la proclamación y aceptación por parte del PP del derecho indiscriminado al aborto); la libertad e igualdad de las personas, al margen de su pertenencia a uno u otro grupo (incluido el sexo, invocado por Sáenz de Santamaría como gran argumento de campaña); la unidad inquebrantable de la nación consagrada en la Constitución, sin margen para «diálogos», cambalaches o tributos apaciguadores con cargo a nuestros impuestos (semejantes al pagado sin éxito en Cataluña por Cristóbal Montoro con la creación de un FLA sin fondo); el apoyo a la familia y a la natalidad, indispensable en este tiempo de glaciación demográfica; la lealtad con las víctimas del terrorismo (que siguen padeciendo la insoportable presencia de los herederos de ETA en todas las instituciones, a la vez que esperan justicia por más de 300 asesinatos sin resolver); una fiscalidad justa, muy distinta de la consistente en cargar sobre las espaldas de la clase media los costes de todas las crisis. Entendimos que invocaba el ideario tradicional de ese PP de antaño, deseoso de albergar con comodidad tanto a liberales como a conservadores. Deseoso de molestar y aun desafiar a esa izquierda nuestra tan pagada de sí misma y tan convencida de su superioridad moral. Deseoso de reivindicarse sin complejos y reconocerse con orgullo en los símbolos que enarbolamos quienes amamos a España.

Ese PP dejó de existir hace años, arrastrado paulatinamente hacia un pragmatismo romo cada vez más relativista. Antes habían sido minados sus cimientos por una corrupción generalizada, que hemos ido descubriendo poco a poco con infinito asco. Una gangrena simultáneamente económica y moral, tanto más grave cuanto mayor fue el poder ostentado por sus portadores. Una enfermedad letal relacionada con la mayoría absoluta.

El PP al que apeló Casado puede y debe regresar, con todas las cautelas necesarias para que nunca vuelvan a adueñarse de él quienes van a la política a servirse en lugar de servir. Puede y debe rearmarse. Y puede y debe buscar aliados fiables, ajenos al separatismo traidor. Porque el principal enemigo, el gran enemigo de España, es el nacionalismo empeñado en robarnos nuestra patria.

Casado, el triunfo de la desesperación
Ignacio Varela El Confidencial 23 Julio 2018

Entrega un rifle a alguien desesperado, y lo disparará contra ti. Desesperado es el estado de ánimo de los militantes y cuadros del PP tras varios años de amarguras y humillaciones y ante un futuro que se presentaba negro como la noche. El rifle son las primarias, que ya mostraron en otros parajes su poder mortífero para el 'establishment'. Y la víctima de la balacera es Mariano Rajoy, aunque el cadáver que yace sobre el suelo sea el de su 'vicetodo' durante los últimos 12 años.

Muchos interpretan el voto que recibió ayer Pablo Casado como el anticipo de un giro derechista del Partido Popular o como la venganza postrera de Aznar sobre Rajoy. Quizá esos sean efectos derivados de la votación, pero no su causa. Los compromisarios no votaron en clave ideológica ni buscaron dar satisfacción al antiguo patrón no invitado a la fiesta (al que la mayoría de ellos detesta tanto como antes lo temieron). Lo de ayer fue más bien la descarga liberadora de un malestar embalsado y reprimido durante tres años en el seno del PP.

Solo la exasperación general ante Rajoy y su gobierno permitió que se concitara en pocos días la estrafalaria coalición negativa que llevó a la Moncloa a Pedro Sánchez. Y solo la hartura en el interior del PP explica la doble coalición negativa que ayer encumbró a Casado: por la base, la de todos los que suspiraban por enterrar al marianismo para salir del marasmo; y por arriba, la del sindicato de odiadores de su valida.

El mérito de Casado, como antes el de Sánchez, ha sido detectar esa pulsión de rechazo y lanzarse con audacia a aprovechar la oportunidad en beneficio propio. Y la culpa histórica de Rajoy ha sido resistir en el poder hasta mucho más allá de lo razonable y soportable, incluso para sus partidarios. Eso le ha valido dos mociones de censura en un mes, una en el Parlamento y otra en su partido.

En 2015, muchos de los que ayer votaron a Casado se vieron expulsados del poder municipal y autonómico por razones ajenas a su gestión. Tras la sangría de votos en las generales, soportaron, como todos los españoles, el año del bloqueo. Han padecido la parálisis de un Gobierno dedicado únicamente a subsistir. Han visto a sus votantes fugarse en masa al partido de Rivera, sin que nadie les diera un argumento para retenerlos. Sufrieron la humillación de ver a su gobierno burlado por los independentistas el 1 de octubre. Llevan años sintiéndose como leprosos apestados por la lluvia ácida de la corrupción. Contemplaron atónitos la entrega del poder a Sánchez mientras un bolso ocupaba el lugar de su supuesto líder, que se fue de bares esa tarde. Y están en vísperas de jugarse otra vez el pellejo en las urnas de mayo, con perspectivas tenebrosas. No es extraño que se pongan en manos de cualquiera menos de quienes los han conducido a esta situación.

Hace tres años, Rajoy hizo la operación cosmética de colocar en el escaparate a un grupo de dirigentes jóvenes para adecentar la imagen de la cúpula del PP. Los admitió en Génova, pero no en el Gobierno. Error fatal. Quizá esperaba que se quedaran quietos esperando turno en el escalafón. Casado, Levy, Maroto: podría haber sido cualquiera de ellos. Entre asaltar el Palacio de Invierno o entregarse a Rivera, eligieron lo primero.

Es superficial y prematuro dar por hecho que con Casado regresará la derechona. Se sabe que los militantes son más esencialistas que los votantes, y mucho más que la sociedad. Casado, como hizo Sánchez en el PSOE (cuya campaña de primarias ha calcado), apuntó a su público objetivo con el mensaje más eficaz para ganar esta votación. A partir de ahora el público objetivo es otro: no tres mil delegados, sino millones de ciudadanos. Lo esperable es que adapte el discurso al nuevo auditorio y a su nuevo papel.

Necesita ejercer como líder eficaz de la oposición al Gobierno Frankenstein y a la vez como competidor de su adversario directo, Ciudadanos. Que no espere Rivera seguir monopolizando la bandera del españolismo y la dureza frente a los insurrectos de Cataluña: se acabó ese chollo, por lejos que él llegue, este PP de Casado siempre lo superará. Y que no espere Sánchez la menor concesión para dar oxígeno a su gobierno o aliviar el yugo al que le someten sus peligrosos socios. Que se prepare más bien para conocer otra versión del noesnoísmo que él inventó.

Pero es ingenuo pensar que veremos a Casado abrazando las causas reaccionarias, rescatando el lenguaje de la derecha nostálgica o caminando tras una pancarta de la mano de los obispos. Ese no es su producto, aunque una parte de él le haya servido para esta batalla. Casado es más bien un híbrido típico de este tiempo, tan ideológicamente agnóstico como Sánchez, capaz de combinar derecha dura con aires de modernidad, de vender a la vez esencias y renovación, de mezclar Le Pen y Trudeau. Un facha-progre del siglo XXI, tan analógico como su base electoral actual y tan digital como la que tiene que disputar a Rivera -al que le ha salido como rival un ejemplar de su misma especie, pero con un aparato detrás que multiplica al suyo.

Nada de eso le librará de hacer frente a las pesadas hipotecas que le aguardan: la némesis judicial de la corrupción. La necesidad de desmontar el tinglado del poder mariano en Génova y sacudirse la tutela de sus padrinos (Aznar, Cospedal, Feijóo) para constituirse en poder autónomo. La presión del calendario electoral: dentro de muy poco, primera cita en Andalucía, territorio sorayista, donde no se puede permitir ninguna posición que no sea la segunda sin que aparezcan las primeras dudas sobre su liderazgo.

Puestos a invertir el resultado de las primarias, ha sucedido lo mejor para el PP: la victoria de Casado por 15 puntos es difícilmente objetable. Si hubiera ganado por los pelos, el riesgo de fractura sería mucho mayor. La herida queda abierta, pero al menos ahora dispone de un margen para establecer su autoridad.

Traten de explicar a un observador extranjero que un partido arrasado por la corrupción como el PP asume el riesgo de entregarse a alguien que aún tiene pendiente un vidrioso marrón personal. No hay respuesta racional, es únicamente una solución a la desesperada para salir de la desesperación a la que Rajoy ha llevado a su partido. ¿No es posible que en España un líder político acabe bien?

El discurso de la ministra
Alfonso Bullón de Mendoza ABC 23 Julio 2018

El discurso de la ministra de Educación y Formación Profesional ante la comisión del mismo nombre del Congreso de los Diputados responde a lo que cabía esperar: el avance de las líneas maestras de un programa de gobierno lleno de buenas intenciones. El problema es que cuando se profundiza en su contenido se observa que, junto a algunas ideas interesantes y tópicos difíciles de evitar, aparecen afirmaciones muy discutibles.

La primera de ellas plantea, de forma textual, «la primacía de la escuela pública como eje vertebrador del sistema educativo». Entra pues la ministra en una cuestión a mi parecer secundaria, el hecho de que la educación, un servicio público, sea impartida por centros de titularidad estatal o de iniciativa social. Y entra de forma militante, no diciendo que se esforzará por mejorar los centros de titularidad pública, lo que sin duda es encomiable y deseable, sino señalando su primacía, es decir, tomando partido, pues en contra de lo que marca la siempre deseable imparcialidad de una administración cuyos recursos no son otros que los que capta de los ciudadanos a través de los impuestos, no se plantea que exista «un mercado educativo» al que concurran en igualdad de condiciones centros públicos y de iniciativa social, sino que deja claro que la escuela de titularidad pública «tendrá la debida preeminencia». Entrar en cuestiones tales como que el coste por plaza de la enseñanza concertada es mucho menor que el de la pública, o que son muchos quienes pudiendo elegir optan por la primera de ellas, no tiene cabida en estas breves líneas, porque los planteamientos de la ministra son ideológicos, y nada tienen que ver con un coste que ella no paga de su bolsillo, ni con los derechos de las familias, que como veremos no reconoce. De aquí que se proponga suprimir la oferta de plazas según «la demanda social», pues no le importa lo más mínimo.

«Tenemos una organización escolar demasiado rígida y homogénea», afirma la ministra, algo con lo que estoy de acuerdo. De aquí que no entienda porque su propósito es homogeneizarla aún más, empeñándose en poner dificultades a los centros concertados que han optado por la enseñanza separada de niños y niñas, práctica cuya legalidad ha sido avalada por diversas sentencias judiciales, y cuya conveniencia o no es objeto de discusión en el mundo educativo desde hace décadas, sin haber un criterio uniforme, y sin que nos expliquemos por qué el de la ministra debe prevalecer sobre el de los padres, sin duda los primeros y más interesados en obtener el tipo de enseñanza que más se adapte a las características de sus hijos.

De su propósito de dejar la religión como no computable a efectos académicos y crear una asignatura obligatoria de Valores cívicos y éticos, nada cabe decir, pues mucho mejor de lo que yo podría hacerlo lo ha hecho la comisión permanente de la Conferencia Episcopal: «La asignatura de religión debe tener una consideración adecuada en el sistema educativo. Es necesaria para una formación integral de la persona, según la libre decisión de los padres, y no puede ser sustituida por una ética del Estado impuesta por los poderes públicos».

La ministra es sin duda consciente de que algunas de las cuestiones que he comentado pueden ser objeto de controversia, y poniéndose la venda antes de la herida señala que si en otros ámbitos se ha llegado a acuerdos con más facilidad que en el educativo esto se debe a que «uno de los obstáculos para el acuerdo ha sido no advertir que el derecho a la educación recae sobre la infancia, sobre los hijos e hijas como individuos, tal y como dicta la Convención de los Derechos de la Infancia de Naciones Unidas (1989). Es decir, el derecho a la educación siempre recae sobre los individuos que son sujetos de aprendizaje, no recae sobre las familias, ni sobre los territorios, ni sobre las religiones. ¿Quién puede no estar de acuerdo con este matiz tan importante?».

La cita es larga, pero el gusto por la textualidad de los documentos es defecto frecuente entre los historiadores. Y el gusto por los documentos es también lo que me ha llevado a leer la Convención de los Derechos de la Infancia, buscando donde se recoge lo que la ministra nos cuenta, y debo reconocer que no lo he encontrado.

La Convención señala que la familia «como grupo fundamental de la sociedad y medio natural para el crecimiento y el bienestar de todos sus miembros, y en particular de los niños, debe recibir la protección y asistencia necesarias para poder asumir plenamente sus responsabilidades dentro de la comunidad». Es, además, especialmente respetuosa con los derechos de los padres, reconocidos en diversos artículos, como el 18: «Incumbirá a los padres la responsabilidad primordial en la crianza y el desarrollo del niño». Y también con la libertad de educación, expresamente contemplada en el artículo 29.2.

¿Piensa la ministra que las decisiones que competen a los menores, mientras estos no tienen capacidad de decidir por sí mismos, deben ser tomadas por el Estado, y no por sus padres? Evidentemente ha habido socialistas que pensaban así, como los que apoyaron el artículo 26 de la Constitución de 1931, que prohibía a las órdenes religiosas dedicarse a la enseñanza. Que el Estado se arrogue la primacía sobre los padres a la hora de tomar las decisiones relativas a la educación de sus hijos es una de las características de los regímenes totalitarios y sus defensores. A pesar de que el PSOE parece estar pasando por esa fase infantil del izquierdismo que denunciara Lenin, no creemos que haya involucionado hasta tales posiciones, máxime cuando a dicho partido se deben algunas de las medidas que más han hecho por la libertad de enseñanza en España, como la ley de creación, en 1993, de las primeras universidades privadas.

Aunque la conclusión del discurso es tan sesgada como su inicio: «Construyamos juntos una educación pública que sea la joya y el orgullo de nuestro Estado del Bienestar», la referencia posterior a «un amplio consenso histórico» deja lugar a la esperanza, pues somos muchos los que pensamos que hay que trabajar por la excelencia del sistema educativo en su conjunto, y que son los padres, y no el Estado, quien en un régimen de libertades como el que disfrutamos deben elegir el modelo de educación que desean para sus hijos.

Alfonso Bullón de Mendoza es catedrático de historia contemporánea de la universidad CEU San Pablo y presidente de ACdP

OKDIARIO realiza en exclusiva la primera entrevista al nuevo presidente del PP (II)
Pablo Casado: “La competencia educativa no puede utilizarse para desvertebrar España”
Carlos Cuesta okdiario 23 Julio 2018

“El adoctrinamiento en los colegios tiene que ser erradicado. Lo que tiene que haber son inspecciones para garantizar que no se adoctrina políticamente ni en nacionalismo a los alumnos”, denuncia Pablo Casado.

El ya presidente del PP recuerda que muchos de esos comportamientos han sido además merecedores de sentencias en contra. De resoluciones judiciales que, sin embargo, se han quedado sin cumplir:

“Las sentencias en materia educativa se tienen que cumplir. Es una cuestión de lealtad institucional”.
“La competencia educativa no puede utilizarse para desvertebrar España”

Casado no pone en duda el reparto competencial de la educación, pero sí en lo que se ha terminado convirtiendo: “La competencia educativa fue exitosa al acercar esa competencia al administrado, pero lo que no puede ser es que eso acabe en desvertebrar España y haya, o bien manipulación a través del reparto curricular, o competencial”.

El líder del PP lanza una advertencia rotunda: “Si el profesorado saca un niño hijo de Guardia Civil para decirle que es un pésimo ejemplo lo que hay que hacer es activar la Inspección”.

Casado tampoco comparte el abuso que se está cometiendo arrinconando la lengua española para dar prioridad a todos aquellos que conozcan las lenguas autonómicas aunque, incluso, por encima de otros conocimientos técnicos: “Nosotros estamos a favor no solo de impartir, sino de fomentar las lenguas autonómicas. Pero nunca como requisito único de mérito”.
Y esto debe operar, según Casado, “tanto para la educación, como para la función pública”.

“Lo importante es volver a nuestras bases: libertad de educación y de elección de centro educativo”

Además, para el nuevo presidente del Partido “lo importante es volver a nuestras bases de la ley de educación: libertad de educación y libertad de elección de centro educativo. Tanto de los padres como de los centros para hacer su curriculum educativo. Y evaluación pública de conocimientos”.

Todo ello, además, dentro de un contexto. Y es que eso no se puede negociar para dar cabida a exigencias separatistas. “No se puede negociar nada con los separatistas. Lo que se puede negociar con ellos es cero”.

La frase tiene un trasfondo rotundo: “No se puede negociar nada con ellos. Lo que nos dice el pasado reciente es que siempre engañan. Y además lo que están negociando en estos momentos es la soberanía nacional. La unidad de España y la igualdad de derechos de los españoles. Y sobre eso no hay nada que negociar”.

Preguntado sobre si el PP se dejado acomplejar en el pasado, él lanza una “autocrítica, pero indulgente, porque es autocrítica constructiva”.

El nuevo Fente Popular
Ernesto Ladrón de Guevara latribunadelpaisvasco 23 Julio 2018

Que Sánchez es un presidente legal, pues la Constitución lo permite, es una obviedad. Que sea legítimo es otra cuestión. Y lo extraño es que nadie se haga esa pregunta. Yo sí que la hago y tengo la respuesta: no, no lo es. ¿Por qué? Pues porque los ciudadanos no le hemos votado para serlo, y por tanto tiene una legitimidad democrática escasa por no decir nula. Lo normal en cualquier democracia es que los ciudadanos elijan a quien va a ser el gobernante de su país, que suele ser por encabezar una lista electoral o por presentarse a unas presidenciales, pero en el caso de Sánchez no ha sido así ya que su designación ha sido hecha por los grupos parlamentarios en mayoría de la Cámara sin que ni tan siquiera fuera diputado. Es como si en un ayuntamiento votáramos a unas candidaturas y los elegidos designaran alcalde a un vecino que pasara por allí y que no se hubiera presentado a las elecciones. ¿Es esto legal en el caso de la presidencia de España? Sorprendentemente, sí. ¿Es legítimo? Evidentemente, no.

Este presidente ilegítimo va a adoptar decisiones enormemente peligrosas para la estabilidad económica, para la continuidad de la unidad territorial de España y para la cohesión y la paz social, sin tener la legitimidad de los votos de sus conciudadanos, que no hemos tenido la oportunidad ni el derecho a votarle o no votarle, por lo que en una lógica democrática se puede considerar que es un usurpador que está ahí gracias a las estrategias desestabilizadoras de separatistas y bolcheviques de nuevo cuño.

Al parecer Sánchez va a aumentar los impuestos y no va a cumplir los compromisos con Europa de contención del déficit. Según afirma va a aplicar la vuelta de tuerca fiscal al gran capital, a los bancos, al gasoil y a algún sector más, y dice que eso no va a repercutir sobre los ciudadanos. Y eso no es cierto. No me atrevo a afirmar que sea mentira pues no conozco el nivel de consciencia que tenga Sánchez sobre los efectos de sus decisiones, pero no es cierto.

De las grandes empresas cuelgan un sector muy importante de pequeñas y medianas empresas. Si la bajada de resultados económicos fruto de esa presión fiscal se produce en esas empresas, o bien se deslocalizan, o se retraen en la demanda de bienes y servicios; y eso va a afectar a las pequeñas y medianas empresas subsidiarias; repercutiendo en menos empleo, en reducción de la actividad, y, en definitiva, en enfriamiento de las previsiones de crecimiento económico, es decir, rebajando las tasas de ocupación laboral. Si se encarece el gasoil por la subida de impuestos eso va a afectar al sector logístico, por el encarecimiento de servicios; y al final del proceso subirán los precios al consumo. Lo que conllevará un retraimiento de la economía y una subida del desempleo. Si la banca tiene una mayor presión impositiva sobre sus activos eso va a llevar a un aumento de las comisiones sobre las cuentas de sus clientes, y por tanto, un castigo sobre el ahorro y la inversión, para compensar balances. Es decir, volvemos a los tiempos de Zapatero, el que aprendía economía en tres sesiones y que nos trajo la recesión económica y poco faltó para que tuvieran que rescatarnos.

Además, Sánchez promete mejorar las condiciones de financiación autonómica, es decir, la subida del gasto no productivo y el dispendio aumentado a límites superiores a los presentes que ya son insostenibles. Esa es la fuente principal del déficit público y de la deuda en España que está en crecimiento constante. En lugar de atacar el origen del problema macroeconómico que tiene España, lo que hace es aumentarlo y llevarlo a una situación absurda que nos va a producir a todos los españoles muy malas consecuencias. En conclusión, un presidente sin legitimidad democrática de la buena, que da el hachazo definitivo a los restos de lo poco que queda de soberanía nacional, nos lleva a la insolvencia como Estado, y probablemente al Estado fallido (exagerando un poco la apreciación) sin que nadie le haya votado. Ninguno de los presidentes hasta ahora ha puesto bridas a la duplicidad competencial, a la multiplicación de servicios a diferentes niveles que son idénticos y muchas veces innecesarios (agencias metereológicas, televisiones/radio, organismos de culturas varias, agriculturas diversas, etc), empresas de servicio para nutrir los bolsillos clientelar de los acólitos, y una macrocefalia administrativa sin límites para dar de comer a estómagos agradecidos que se convierten en comisarios políticos, y así un largo etcétera que se traduce en un rosario de despropósitos interminable.

Pero, además, vuelve al error de Zapatero de resucitar a Franco tras cuarenta años de su muerte, como si del cadáver del Cid Campeador sobre Rocinante se tratara. Hay que ver la obsesión que tiene la izquierda con vocación bolchevique por zarandear al dictador, en un impulso compulsivo patológico de agitar las aguas de la convivencia entre españoles, dando la espalda al espíritu de la Transición. Yo he abandonado la ideología izquierdista hace tiempo. Lo que me extraña es que quede gente razonable en ese mundo con tan escasa racionalidad y sensatez. Pero, en el fondo, todo esto es una cortina de humo para despistar al personal y que no piense sobre cosas como las que estoy enumerando.

Considero que el final de esta historia necrofílica está en liquidar la Monarquía y abrir un proceso de instauración de la República. Y eso no sé si es bueno o malo, lo que sí sé es que tiene todas las pintas de ser un tanto conspiratorio. Si en la II República el proceso de proclamación de la misma fue un golpe de Estado maquillado de movimiento democrático de masas -falso de toda falsedad pues aquellas elecciones municipales dio por resultado una mayoría de voto monárquico- en este proceso hay signos poco claros de limpieza democrática y todo parece indicar que se va a repetir la historia, aprovechando que una parte significativa de la población desconoce lo que realmente ocurrió en la II República y tiene una idea mítica deformada de lo que fue la Dictadura.

Esto es lo realmente preocupante, pues podemos repetir experimentos con gaseosa que dieron pésimos resultados.

'Cerebro económico' de Pablo Casado
Daniel Lacalle, asesor de Casado: "Hay que bajar todos los tramos del IRPF con un tipo máximo del 40%"
CARLOS SEGOVIA. Madrid. El Mundo 23 Julio 2018

Daniel Lacalle (Madrid, 1967) conoce la economía desde la teoría como economista y profesor y desde la práctica como gestor de inversiones. Es el asesor del nuevo presidente del PP, Pablo Casado, para la elaboración del programa económico.

Usted no milita en el PP, ¿cómo afronta esta nueva etapa?
Muy ilusionado por contribuir a un programa que mejore la economía de este país. No soy militante, pero estoy a disposición de lo que me pida Pablo Casado y su equipo. El sábado fue impresionante seguir cómo Casado iba ganando en cada mesa. Hay ganas de cambio. Continuidad y renovación, no continuismo.

Casado ya dijo en su discurso que hay que bajar impuestos. ¿Es factible con el actual déficit?
Sí hay que bajar los impuestos haya o no déficit. La bajada no se puede supeditar al déficit, porque es un subterfugio de los que no quieren bajar impuestos para gastar más. La bajada de impuestos es de justicia y económicamente rentable. Se recauda más ampliando bases imponibles y, por tanto, atrayendo empresas y creando empleo, y eso se consigue bajando impuestos.

Casado está a favor de suprimir los impuestos de Patrimonio, de Sucesiones y Donaciones...
Es que son inmorales. Se paga muchas veces a Hacienda hasta tres veces por lo mismo. No hay que mirar la presión fiscal, que es el porcentaje sobre el PIB, sino la cuña fiscal, que es lo que se paga de impuestos sobre lo que se gana. En Irlanda o en los países nórdicos, la cuña fiscal es mucho menor. Hay que dejar de usar a la clase media y a las empresas como cajero automático para recaudar, en vez de potenciar el crecimiento. España puede crecer al 4% y crear mucho más empleo con menos impuestos y sin gastos ridículos. Hay que orientar el sistema tributario al crecimiento de una vez por todas.

¿Tanto como al 4%?
¿Por qué no? La economía española tiene un potencial del que no queremos ser conscientes, pero hay que favorecerlo. La política del Gobierno actual de subir impuestos a las empresas es un despropósito. Yo desde luego recomendaré a Casado votar en contra en el Senado de la nueva senda de déficit, que es mucha más deuda y los impuestos que la acompañan.

¿Qué impuestos aplicaría?
Hay que simplificar y bajar todos los tramos del IRPF con un tipo máximo del 40%. Para el Impuesto de Sociedades, defiendo un tipo del 10% eliminando varias subvenciones y deducciones.

Sánchez y Montoro coinciden en que las grandes empresas no pagan realmente ni el 10%...
Pues es falso. No sólo lo dicen CEOE o consultoras independientes, sino que del propio análisis de los datos de la Agencia Tributaria resulta un tipo efectivo del 19,5%, que es igual que el de los países de nuestro entorno. Subir ahora los impuestos a las mal llamadas grandes empresas españolas -que, en realidad, son muy pequeñas- no sólo penaliza su internacionalización, sino nuestro tejido productivo. Y es hundir a las pymes, ya que supone subirlos a quienes facturan, no ganan, ocho millones de euros. Facturar, no ganar. Envía además un mensaje devastador hacia afuera. La economía española tiene una de sus últimas oportunidades para competir en el mundo y sólo podrá hacerlo mirando al exterior, no con la demanda interna.

¿Y cómo reducir el déficit?
Con reformas. El déficit es un truco de los intervencionistas, porque para eliminarlo en España bastaría con suprimir las administraciones paralelas de dos comunidades autónomas, que mueven 30.000 millones de euros. No se trata de prohibir a esas comunidades que monten lo que consideren, allá ellas, pero que se lo paguen con el dinero que recauden, no con el de todos. Hay que racionalizar el gasto y que sea eficiente, lo cual no significa recortes en los servicios esenciales.

¿Qué opina del impuesto a las tecnológicas?
Es una locura. Lo que necesitamos es que venga industria tecnológica a España, que se creen más centros de investigación y desarrollo y conseguir más patentes. No hay que poner escollos para que se vayan a Estonia. España no puede perder el tren de la tecnología y la robotización por intervencionismo.

¿Cómo pagar las pensiones?
Es que precisamente atrayendo empresas tecnológicas y desarrollo al país se atraen empleos de más de 40.000 euros al año que son los necesarios para sostener el sistema de pensiones. El PSOE cada vez baja más el listón de los ricos, antes era de 120.000 euros, ahora ya son a partir de 45.000 euros [con el destope de las cotizaciones anunciado por Sánchez]. Sostener las pensiones subiendo los impuestos no ha funcionado en ningún país.

Pero la población envejece y el sistema de pensiones es el 11% del PIB...
No me preocupa el envejecimiento, porque se puede generar toda una industria que ofrezca bienes y servicios creando empleo para ese sector de la población. Tampoco veo problema en que el sistema de pensiones se lleve un 11% del PIB haciéndolo sostenible con una economía creciente y competitiva. El Estado del Bienestar es la consecuencia de un país que tiene un sector productivo y una economía sólida. Las pensiones no se sostendrán hundiendo el ahorro de la clase media.

¿Y el impuesto a la banca?
Es de una hipocresía enorme. Todos los gobiernos incluido éste defienden en Bruselas los llamados DTAs [activos fiscales diferidos que rebajan su factura tributaria] para la banca y yo lo apoyo, pero que no digan a la vez que el sector bancario paga pocos impuestos. Otro ejemplo es el sector de automoción al que todos los gobiernos dan ayudas y me parece bien que se le den facilidades fiscales, pero luego lo usan demagógicamente para alterar la media de lo que pagan las empresas.

¿Ve posible que después no repercutan las subidas en el cliente?
Es ridículo que el Gobierno diga que no lo van a repercutir. Las empresas tienen en general márgenes ajustados, porque aquí siempre se miran sus beneficios, pero no si el negocio está dando baja rentabilidad. Como no se recauda es destruyendo empresas.

¿Cuál es su plan energético?
España tiene una oportunidad de liderar el cambio tecnológico en la energía y crear empleo, pero sólo será posible desde la competitividad. Hay que hacerlo de abajo a arriba como en EEUU, en vez de arriba a abajo como se ha hecho aquí con decisión del Consejo de Ministros de dar subvenciones, efecto llamada y desastre para el consumidor. Hay que bajar la factura del consumidor, no reducir la subida. Hay que conseguir un mix energético diversificado en el que el consumidor no pague tres veces como ahora con las subvenciones al carbón, a las renovables o por las emisiones de dióxido de carbono. Hay miles de empresas renovables que operan en todo el mundo sin subvención. ¿Por qué tenemos que subvencionarlas en España? Soy un gran defensor de las energías renovables, pero desde la competitividad. El sector eléctrico en España es de reparto de renta. Un 'lobby' presiona para que le den subvención y se la quiten a otro.

¿Es partidario de alargar la vida de las centrales nucleares?
Por supuesto. La energía nuclear nos va a permitir ir avanzando con las renovables sin encarecer el coste de la factura energética.

El colapso de las tres Europas
PABLO R. SUANZES. Corresponsal Bruselas. El Mundo 23 Julio 2018

Sostiene Ivan Krastev, director del Centro de Estrategias Liberales de Sofía y uno de los analistas más eclécticos de la actualidad, que hay "tres versiones de Europa colapsando al mismo tiempo". La visión post-1945, la post-1968 y la surgida tras la Caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética. Todas ellas fundamentales, potentes, obsoletas.

La primera, en el corazón mismo del origen del proyecto comunitario, es la de quienes "recuerdan los horrores y la destrucción, los que vivieron con miedos constantes y estaban decididos a evitar la próxima guerra, la última guerra". A ellos se refirió el viernes la canciller Angela Merkel de forma muy directa: "Cuando la generación que sobrevivió a esa guerra ya no esté con nosotros, descubriremos si hemos aprendido de la Historia o no", afirmó. Sus memorias, su legado, son lo que permitieron un proyecto sin parangón. La paz, como motor y como meta, un éxito sin matices, pero que ya no es suficiente para mantener unido al continente.

La segunda Europa que se desvanece es la del 68, la de las revoluciones y los derechos humanos. Krastev resume con una palabra, "inclusión", el sentir, el momento en el que millones de personas abrieron los ojos y percibieron "al Estado desde los ojos de los más vulnerables y los colectivos más perseguidos". La crisis política a raíz de la gestión de los flujos migratorios y la acogida de refugiados, en 2015, marcó el final de ésta y de la tercera visión, la de 1989, cuya filosofía política en el mundo postcomunista se resumiría, según el autor búlgaro, con "un sencillo imperativo: imita a Occidente".

Se trató de una actitud con muchos nombres: liberalización, ampliación, convergencia, integración, acervo. Pero esa UE 'como ciudad sobre la colina' ya no existe en los dominios de Visegrado. Aunque el Eurobarómetro indique que el 67% de los ciudadanos cree que formar parte de la UE ha beneficiado a su país (el nivel más alto desde 1983), el pesimismo está generalizado. Las clases acomodadas, las regiones más ricas, protestan y votan como si fueran las "perdedoras de la globalización". Creen que su universo se desmoronara y su bienestar está en peligro. Votan como mayoría pensando que en cualquier momento podrían convertirse en minoría y con la certeza que, para defenderse, deben retraerse.

Una época bisagra
Los últimos meses han sido para la Unión Europea, a una escala muy concentrada, lo que el historiador Reinhart Koselleck definía como 'Sattelzeit', ese tiempo-bisagra entre un mundo por nacer y otro que va muriendo. "Creo que Trump puede ser una de esas figuras en la historia que aparecen de vez en cuando para marcar el final de una era y forzarla a renunciar a sus viejas pretensiones. Eso no significa necesariamente que él sea consciente, o que esté considerando alternativas. Podría ser simplemente un accidente", sintetizaba estos días en el 'FT' Henry Kissinger, uno de los mejores conocedores del pasado continental, al evaluar al presidente y su reunión con Vladimir Putin en Helsinki.

La UE está tocada, pero no hundida. Se mueve zigzagueante, sin brújula, tras recibir todo tipo de golpes. Tiene una crisis existencial no resuelta tras el 'Brexit' y el auge de partidos populistas y euroescépticos, cuando no eurófobos. Tiene un serio problema de liderazgo, de perspectiva y de cortoplacismo. Y tiene además, e innegablemente, una lista de desafíos, problemas y enemigos, internos y externos, difícil de digerir.

Se enfrenta, una vez más, a un verano, un año, de puro desasosiego. Europa cerró 2017 con euforia contenida, tras salvar tres pelotas de partido: las elecciones en Holanda, Francia y Alemania. Y tras demostrar los 27 que podían mantener una unanimidad sin precedentes en las negociaciones con Reino Unido. Eso ya es pasado.

El socio preferente, el aliado de referencia desde 1945, se ha transformado en una pesadilla, con un líder que desprecia, insulta y hace todo lo posible por debilitar la UE y la OTAN. El 'Brexit' se consumará en la primavera del año que viene, no hay acuerdo, y el nuevo ministro Raab vuelve con las amenazas del principio de no pagar la factura de salida.

Una crisis migratoria no resuelta que amenaza seriamente la existencia del espacio de libre circulación, de bienes y personas, que despierta los peores fantasmas. Que deja una Europa marcada, ahora y durante la próxima generación, por el debate migratorio e identitario. Por una retórica nacionalista o proteccionista que ha condicionado o está condicionando las elecciones y/o el programa de Gobierno en Suecia, Dinamarca, Finlandia, Francia, Países Bajos, Alemania, Austria Italia, Eslovenia, República Checa, Hungría, Polonia o Eslovaquia, por apuntar algunos casos. Y que apunta ahora a las europeas de 2019.

Llega al verano una Europa con un discurso extremista y xenófobo al alza, con Putin, Salvini, Orban y la posibilidad cada vez más real de que Schengen desaparezca. Sin las reformas económicas que hacen falta ni un plan claro sobre qué es, qué quiere ser y cuáles son los próximos pasos.

El orden mundial
"La coyuntura es mala, o más bien complejísima, pero la pauta estructural a largo plazo (demografía, globalización) abona la consolidación futura de la UE. El mundo, eso sí, será más hostil en muchas facetas, algunas de las cuales ya las considerábamos asuntos ganados. Con luces cortas hay muchos aspectos feos en el camino y con luces largas incontables curvas, pero yo no sería tan pesimista", matiza Ignacio Molina, investigador principal del Real Instituto Elcano.

Donald Trump ha sacudido los cimientos del orden internacional. Los esquemas tradicionales, las alianzas históricas, han dejado de ser certezas. La última Cumbre de la OTAN, en Bruselas, ha dejado consternación y miedo. No sorpresa, porque ya están todos acostumbrados al nuevo estilo, pero pura inquietud. Nunca antes una reunión entre el "líder del mundo libre" y un presidente ruso había provocado sudores iguales.

"Estamos comprobando lo que sucede cuando Estados Unidos se retira del mundo: los malos avanzan para llenar ese vacío. Como resultado, el mundo está en llamas desde el Mar del Sur de China hasta el este de Ucrania y Oriente Próximo. Necesitamos un liderazgo estadounidense global decidido a la cabeza de una alianza de democracias. En cambio, el actual ocupante de la Casa Blanca ve el mundo de una manera puramente transaccional y no comprende cómo las alianzas sostenidas con democracias con ideas afines han sido la base de la paz en la segunda mitad del siglo XX", explica a EL MUNDO Anders Fogh Rasmussen, ex secretario general de la OTAN

"Es una situación muy peligrosa porque Trump quiere remodelar el orden internacional. La guerra comercial es un paso lógico en esa dirección. Estamos volviendo a los estados-nación, a los juegos entre potencias, como en el siglo XIX, y esto puede acabar muy mal, como siempre en la historia", apunta Malgorzata Bonikowska, presidenta del Centre for International Relations en Varsovia. "La UE es la gran damnificada por ser un invento postwestfaliano en un mundo ahora neowestfaliano", coincide Molina, en referencia al sistema surgido en 1648, tras la Guerra de los 30 años y que ha definido las relaciones internacionales desde entonces. "Europa es multilateral, abierta y 'soft' en una batalla contra los 'strong men' y el proteccionismo. La UE sufre si el orden internacional deja de ser el que se adapta a su única forma posible de actuar", señala el profesor.

Los valores
"Nada, nada, absolutamente nada es ya evidente. Ni la democracia, ni el respeto por los derechos humanos, ni la separación de poderes. Tenemos que defender todo lo que pensábamos que estaba ganado para siempre y era inamovible". El vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, lo tiene muy claro. Lo explicaba en una entrevista esta misma semana, mezcla de lamento y aviso. Las reglas han cambiado y hay que adaptarse. Se multiplican las voces que piden menos Europa, más distancia, más controles, más autonomía. Las voces que abogan por modelos "iliberales", autocráticos. Y ese canto seduce a muchos, por lo que la estrategia, el discurso y los métodos usados estos años no bastan.

En mayo de 2019 se celebran elecciones europeas. Históricamente la participación ha sido baja, el interés muy limitado. Los ciudadanos siguen sin entender muy bien qué votan, qué se escoge y qué importancia tiene. Pero las de 2019 van a tener una dimensión especial porque las fuerzas tradicionales pierden el protagonismo. Habrá una atención inusitada. Con la irrupción de Macron y sobre todo la posibilidad de una "liga de ligas", en términos de Matteo Salvini, agrupando el discurso escéptico y populista, el eje tradicional dejará paso a un debate claro entre la UE liberal y la Europa nacionalista. Ponerse de perfil y esperar un voto en clave nacional, derecha-izquierda, como toda la vida, es un error que no todos aprecian aún.

Steve Bannon, ex asesor principal de Trump, populista y agitador de la extrema derecha, quiere crear una fundación, llamada El Movimiento, para unir a todas las fuerzas posibles (desde el UKIP de Farage al Frente Nacional de Le Pen, pasando quizás por el Fidesz de Viktor Orban y desde luego por la Lega de Salvini). "Sabemos lo que la pesadilla del nacionalismo hizo a nuestros países. Tenemos que frenar a Bannon", clamó este domingo Guy Verhofstadt, líder de los liberales en la Eurocámara.

"Necesitamos escuchar más a los votantes: no están contentos. No ven cómo la política 'mainstream' puede ofrecer resultados, y están cayendo en la búsqueda de soluciones simplistas de los partidos radicales. Los gobiernos no se han adaptado a una era digital impulsada por los consumidores", advierte Rasmussen.

Según el Democracy Perception Index 2018, realizado por Dalia Research y Alliance of Democracies con 125.000 entrevistas en 50 países, el 51% de los ciudadanos cree que su voz "rara vez o nunca" importa en política, y el 58% que el trabajo de sus gobiernos no es en su favor. Los que viven en autocracias o estados democráticos tienen mucha más confianza en la capacidad de sus dirigentes que los que viven en democracias puras.

La crisis del centroderecha
Angela Merkel sigue siendo la figura central, el eje sobre el que rotan los demás, pero el último año ha mostrado su faceta menos sólida. Primero en las elecciones y más recientemente con una disputa sin precedentes con su ministro del interior, Horst Seehofer. La canciller está distraída, llega tarde a los debates y sus compromisos, y en un momento en el que los problemas acosan desde todas las direcciones ('Brexit' en el oeste, Rusia en el este, la crisis migratoria por el sur y el terrorismo y el populismo por todas partes), cada paso en falso se nota más.

Durante más de un lustro, el centroizquierda ha vagado sin rumbo claro en todo el continente, derrota tras derrota, perdiendo la batalla de las ideas y sin ser capaz de hallar su nuevo lugar. El centroderecha arranca una crisis similar, con nuevas alternativas y el desafío por el extremo, que con un discurso identitario y centrado en la inmigración abre dos posibilidades: moverse hacia allí, tapando el espacio pero asumiendo sus postulados, o virar al centro.

Y en clave europea, abogar por dos de los escenarios planteados por Jean-Claude Juncker en su polémico 'Libro Blanco' el año pasado: concentrarse en el mercado único y poco más o bien hacer menos, pero hacerlo mejor. Consensuar en qué áreas hay voluntad para ir hasta el final, las soportables y deseables para todos, y profundizar al máximo y deprisa. Federalizar todo lo que es federalizable, y devolver todo lo demás a los Estados Miembros.

"El Nuevo Europeísmo, como yo lo llamo, es la visión de una unión política limitada basada en la subsidiariedad estricta y culturalmente fundamentada. Combina fuertes elementos de unidad en un número limitado de tareas tradicionalmente federales (Defensa, política exterior, control fronterizo, mercado único, unión monetaria) con la protección de la autonomía, las identidades y las libertades nacionales y locales en todas las demás esferas. Mantiene el compromiso con la unión política en Europa, pero limita estrictamente su alcance para tranquilizar a los Estados miembros que están justamente celosos de su identidad y autonomía", apunta Federico Reho, investigador del Wilfried Martens Centre for European Studies, quien es partidario de que el centro derecha vuelva a sus raíces. "En términos más partidistas, es una visión del europeísmo conservador que intenta reclamar la integración europea de los liberales progresistas y ser potencialmente atractiva para las masas en crecimiento que apoyan a los partidos populistas antiliberales pero que no necesariamente se oponen a todo tipo de unidad europea, solo a la que se ofrece actualmente", añade.

Schengen
La libre circulación, uno de los éxitos más extraordinarios de la integración europea, vuelve a estar en la diana. La crisis política por las migraciones y el derecho de asilo no está resuelta, ni cerca. Casi hace caer al Gobierno alemán, en una disputa interna. Ha convertido al ex liberal Orban en líder contracorriente en el Este, y aupado a la Liga.

No hay soluciones técnicas ni acuerdo político. Más de media docena de países mantienen controles fronterizos 'temporales' y hay diplomáticos que temen el colapso total de Schengen en los próximos meses, o incluso la creación de un 'miniSchengen 'de los países del centro, de quienes no están expuestos a fronteras exteriores de la UE. El dosier lleva supurando desde 2015, el último Consejo Europeo fue un nuevo fracaso, y el tiempo si juega a favor de alguien es de quienes abogan por cerrar las puertas.

"En democracia, las percepciones son la única realidad que importa", advierte Krastev. Trump lo sabe, Salvini lo sabe, Orban lo sabe mejor aún. Aunque no les guste, no lo soporten y aspiren a cambiarlo, quienes lo ven de otra manera y quieren evitar el colapso del orden actual tienen poco tiempo para interiorizarlo.

******************* Sección "bilingüe" ***********************
Pensamiento único: nunca más

Bieito Rubido ABC 23 Julio 2018

Lo más trasnochado y cavernícola que hay en el panorama político español es la supuesta superioridad de la izquierda. Vamos, que están como para dar lecciones de cultura y democracia Sánchez, Carmen Calvo o Pablo Iglesias. Algunos de ellos rozan los estándares elementales en cuanto a crédito y práctica democrática. Ya no digamos de talante y tolerancia.

Supongo que la misma ley y consenso político que sirve de paraguas para que independentistas y filoetarras digan lo que dicen también nos amparan a quienes creemos en la vida, en la unidad de España, en la libertad, en la economía libre de mercado, en la propiedad privada, en el esfuerzo personal y en el valor de la lengua común. Digo yo que podremos decirlo, o ¿ya nos van a meter en la cárcel por ello? Tratar de descalificar a Pablo Casado por defender esos principios sí que es antidemocrático y cavernícola. Estamos empeñados –o mejor dicho, están– en presentar la democracia al revés. Las sociedades avanzadas tienen que favorecer un contraste de opiniones civilizado y sereno. Y no parece el caso. Insisto, están como para dar lecciones.

Pedro Sánchez, en manos de Puigdemont
EDITORIAL El Mundo 23 Julio 2018

Si la gobernabilidad de España ya se antojaba una misión casi imposible por la extrema fragilidad parlamentaria de Sánchez y lo complicado que resultan los malabarismos para contentar a una amalgama de socios tan heterogénea, desde ayer se añade el hecho vergonzoso de que en última instancia está en manos del prófugo Puigdemont. Como si de una comedia negra se tratara, hemos llegado a esta insoportable paradoja. El político que puso en jaque al Estado de derecho con un golpe para acabar con España, hoy no esté rindiendo cuentas ante la Justicia -por mor de la estulticia de unos magistrados alemanes-, y para colmo tiene la llave para hacer implosionar cuando le plazca al Gobierno de la Nación.

El decisivo congreso del PDeCAT se ha cerrado con el peor resultado de los posibles para Sánchez. Puigdemont, desde su exilio dorado, ha defenestrado a Marta Pascal, coordinadora de los antiguos convergentes desde 2016 y rostro del ala más pragmática del soberanismo catalán. Y ha conseguido que el partido, aun a costa de dinamitarlo -las votaciones de ayer demostraron que se ha roto en dos-, se vaya a disolver como un azucarillo en el movimiento independentista con el que el mesiánico ex presidente pretende asaltar los cielos.

Puigdemont ya controlaba la Generalitat a través de su títere Quim Torra. Y tiene secuestrada la política catalana, donde asistimos nada menos que a un cerrojazo del Parlament tras el choque de JxCat y ERC por su desacuerdo para aplicar la suspensión de los diputados procesados por el Supremo. Pero ahora se hace también con las riendas del PDeCAT para ponerlo a su servicio personal, y eso incluye un control mucho más férreo de los ocho decisivos diputados en el Congreso, cuyos votos son imprescindibles mientras dure la legislatura para que Sánchez pueda aprobar cualquier medida, como lo fueron para que saliera la moción de censura que descabalgó a Rajoy -recordemos que Puigdemont se inclinó por la abstención frente a los cálculos que se impusieron de la ahora caída en desgracia Pascal-.

Qué cara se cobrará la pieza el huido. Por lo pronto, ayer amenazó con que bloqueará toda acción de Gobierno si el Estado no frena "la represión" contra los dirigentes independentistas presos o fugados como él. Así, no es exagerado decir que España se encuentra en un estado de excepcionalidad política difícil de digerir.

Sectores convergentes no pudieron disimular ayer su malestar por las maniobras del ex president. Pero pesa más la advertencia de Artur Mas:"La desunión es el veneno que puede liquidar el soberanismo". Y, por lo pronto, el PDeCAT se tira al monte y abraza la "unilateralidad" para "hacer efectiva la república lo más pronto posible". Al Gobierno le va a resultar difícil contentar mucho tiempo con señuelos a unos socios a los que sólo les sacia lo imposible, máxime cuando su cabecilla no tiene ya nada que perder.

La Generalitat oculta los pagos en publicidad a la prensa extranjera
VÍCTOR MONDELO. Barcelona. El Mundo 23 Julio 2018

La inversión fue realizada durante 2017, bajo el mandato de Carles Puigdemont. EL MUNDO (Vídeo) // AFP-PHOTO (Foto)

El Govern de la Generalitat dirigido por Carles Puigdemont pagó 985.000 euros púbicos a medios de comunicación internacionales por publicitar campañas institucionales durante 2017, año en el que se celebró el referéndum separatista ilegal y en el que se declaró unilateralmente la independencia en el Parlament.

La cifra consta en la memoria justificativa de los pagos que EL MUNDO reveló el miércoles y en la que queda acreditado que la Generalitat gastó el pasado año 24,2 millones en publicidad institucional -30,7 con IVA- e inyectó 10,1 de esos millones a medios afines a la causa secesionista.

El informe detalla qué medios de comunicación catalanes y estatales recibieron fondos públicos por promocionar campañas de la Generalitat, pero oculta el destino de la inversión publicitaria realizada en el extranjero. El documento únicamente precisa que la Generalitat desembolsó 434.000 euros a medios impresos internacionales, 547.000 euros a webs informativas de otros países y 3.400 euros por cuñas publicitarias en radios extranjeras. Sin más concreción.

La memoria omite qué medios foráneos cobraron de la Generalitat a pesar de que, tal y como recoge el propio documento, la ley de transparencia catalana obliga hacer público «el coste de las campañas de publicidad institucional, desglosando los diferentes conceptos de la campaña y el importe contratado a cada medio de comunicación».

Tras constatar la opacidad de la Generalitat, Ciudadanos registró el viernes una solicitud al presidente del Parlament, Roger Torrent, en la que le requiere «el detalle de cada uno de los encargos realizados a medios internacionales», precisando el nombre del medio de comunicación, el contenido de la campaña publicitaria, el importe pagado por su difusión y una copia del contrato que acredite el pago. Torrent recibió la memoria publicitaria de la Generalitat el pasado 2 de julio tras remitírsela el presidente del Govern, Quim Torra.

El pago a medios extranjeros por parte de la Generalitat mediante la inclusión de publicidad institucional en sus soportes informativos ya fue denunciado el pasado mes de junio por la corresponsal de Le Monde en España. Sandrine Morel aseguró en su obra En el huracán del procés que un director de comunicación del PDeCAT le ofreció poner publicidad en su periódico a cambio de hablara bien del procés. «Si compramos dos páginas de publicidad en Le Monde, escribirás lo que tus jefes te digan. Así funcionan las cosas aquí», asegura la corresponsal francesa que le espetó el responsable del partido de Puigdemont. El PDeCAT negó esa acusación.

Lo cierto es que, tal y como admite el propio informe de la Generalitat, la inversión publicitaria del Gobierno catalán en medios de comunicación se ha duplicado desde el inicio del procés: pasando de 15,8 millones en 2012 -año en el que Artur Mas puso en marcha el desafío secesionista- a 30,7 millones en 2017, año de la culminación del órdago con la celebración del referéndum unilateral que supuso el quebrantamiento del orden constitucional.

Tal y como apuntaba este diario en su primera información sobre la financiación de medios independentistas con el pago de publicidad institucional, la Generalitat premió especialmente a cabeceras como El Punt Avui, que sólo el pasado año ingresó en sus arcas 3,1 millones de euros públicos por la inclusión de campañas publicitarias del Govern en su edición impresa, digital y su televisión. Esta cifra supone más de un tercio de los 10,1 millones inyectados a medios de comunicación separatistas en 2017.
 


Recortes de Prensa   Página Inicial