AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 15 Agosto 2018

Señores políticos, bajen los impuestos
José María Gay de Liébana. okdiario 15 Agosto 2018

La senda para una España competitiva —¡ojo, porque ese término no entra, me temo, en la mentalidad de la mayor parte de nuestra clase política!— es justamente la contraria: bajar impuestos. Si se suben los impuestos, lo cual, dicho sea de paso, constituye una monumental genialidad de indigencia intelectual entremezclada con una falta de imaginación económica increíble, se degüella a las empresas españolas, que son el motor de nuestra economía, erosionando la renta familiar —habrá que reducir gastos y los de personal tienen todos los números por su elevado peso en las cuentas de pérdidas y ganancias— y, en cierto modo, invitando a que grandes empresas españolas se planteen seriamente deslocalizarse, como me decía hace un par de días un alto directivo. La llamada “tasa Google”, por su parte, refleja el manifiesto complejo de inferioridad europeo respecto a Estados Unidos, y atentos a cómo podría reaccionar Donald Trump en cuanto se entere de que España grava a las compañías tecnológicas con un impuesto, tomando la iniciativa en Europa para tal gravamen.

La furia trumpiana desatada contra China puede quedarse en miniatura comparada con los aranceles que Estados Unidos fije sobre productos procedentes de España. Esa “tasa Google” es la viva muestra de la incompetencia europea y española en saber penetrar en la era disruptiva y tecnológica cuando la economía mundial se está transformando. De otro lado, el impuesto a la banca, justo cuando en España sobrevuelan incertidumbres políticas de altos vuelos, tal cual sucede en Italia, con un horizonte a la vista aún caracterizado por tipos de interés, mermará en algunas entidades entre el 6 y 7% de sus beneficios consolidados y en otras, más concentradas en el mercado español, el 10%. Y el crédito necesariamente se resentirá cuando precisamente tiene que reanimarse para seguir dando impulso a la actividad empresarial y a las inversiones familiares. Incluso eso de que se grave a la banca para pagar pensiones, que no es del todo correcto, entra de lleno en lo que es un impuesto finalista.

Lo de armonizar el impuesto sobre el patrimonio y el de sucesiones será sinónimo de subida en todas las comunidades autónomas. Lo macabro de ambos impuestos es que en el primero se grava el ahorro, la prudencia familiar que ayuda a construir un país, los dineros de las clases medias… porque los pudientes disponen de fabulosos entramados para evitar tal tributación, mientras en el segundo se trata de hacer tributar a la muerte, ¡cuánta más gente se muera más impuesto sobre sucesiones recaudamos!, suelta burlescamente y en voz baja algún político autonómico de pacotilla y de miras más bien estrechas. Como muy bien se afirma desde estamentos empresariales, lo que hay que hacer es atacar la raíz los problemas de nuestras cuentas públicas. El origen del déficit está en el desmesurado gasto público. En los últimos 20 años se ha dilapidado cerca de 100.000 millones de euros en obras públicas mal programadas, innecesarias, abandonadas o infrautilizadas.

Soslayemos mordidas, corrupciones, gastos ineficientes, organismos superfluos y chollos y mamandurrias a granel. El exceso de gasto público actualmente en España se calcula sobre el 4% de nuestro Producto Interior Bruto, o sea, unos 46.000 millones de euros. Podando ese gasto desmadrado, las cuentas cuadran sin necesidad de darle a la guillotina impositiva. En definitiva, que estrujando tanto a nuestras empresas, grandes, medianas y pequeñas, se pone por parte del Gobierno la primera piedra para arrasar con nuestra prosperidad económica. Morirán nuestras empresas o emigrarán, por meros afanes de supervivencia que no defraudatorios, hacia otros confines donde se aprecie y reconozca la creación de valor que reporta el mundo de la empresa. ¡No nos carguemos a las vacas lecheras de la economía española!

El qué dirán
Juan Van-Halen ABC 15 Agosto 2018

Dos filósofos que fueron contemporáneos, Aristóteles y Lao Tse -en el caso de que Lao Tse viviese cuando creemos, aunque su misma existencia se debate entre eruditos- reflexionaron sobre el qué dirán, sobre la repercusión que para nosotros puede tener lo que otros piensan de lo que hacemos. El sabio chino sentenció: «Preocúpate por lo que otras personas piensen de ti y serás su prisionero». El griego fue más allá: «Solo hay una manera para evitar las críticas: no hacer nada, no decir nada y no ser nadie».

Trasladando tales reflexiones al ámbito de la política, cuando gobierna la derecha el efecto del qué dirán alcanza un calado especial. Acaso por ello se suele hablar de centroderecha, lo que emana de un cierto complejo identitario, como si la derecha soportase una especie de pecado original. La izquierda no carga con ese complejo. Aunque sea centroizquierda suele eludirlo. A menudo hace lo contrario: si le conviene juega a presentarse radicalizada. No le apetece echar agua al vino.

La izquierda -por ejemplo el socialismo- cuando gobierna no se corta. Y si tiene una exigua representación en el Congreso y en el Senado y ha llegado a La Moncloa en un golpe de mano parlamentario, legal pero sin programa y falseado en sus motivos, emplea la triquiñuela como fórmula. Y con el complemento de pagar el precio de sus apoyos sea el que sea y dañe poco o mucho a los intereses generales de la Nación. Si nos atenemos a las decisiones tomadas por el actual Gobierno durante su corta andadura, ha hecho lo que cree que gusta a los suyos.

Ha reactivado la llamada memoria histórica aderezada para consumo propio, incluidos asuntos al parecer tan acuciantes para el ciudadano como remover los restos de Franco; ha amenazado con una Comisión de la Verdad que impondrá «su» verdad; ha anunciado que fustigará a los ricos aunque lo que se va concretando en impuestos y otras cargas suponga golpear a la ya sufrida clase media; ha decidido ampliar la Sanidad para controvertidos colectivos a costa de nuestros bolsillos; ha recibido a los inmigrantes que no aceptan Italia, Alemania y otros países europeos, mientras sufrimos aún preocupante paro; ha mirado para otro lado cuando centenares de asaltantes de la valla de Ceuta atacaron a la Guardia Civil; ha decidido retirar las concertinas en las fronteras con Marruecos que instaló en su día un Gobierno socialista; ha tratado de poner la radiotelevisión pública al servicio de los antisistema; ha favorecido a políticos delincuentes y también a terroristas sentenciados y, como fondo, se ha desarmado ante el desafío independentista y ha prometido lo imposible… Son decisiones con mayor o menor importancia pero que demuestran que la izquierda sigue su línea incluso contra la realidad y la lógica. Le importa la opinión de sus seguidores sin preocuparle qué dirán los otros.

Cuando la derecha gobierna, aunque sea con mayorías absolutas, los complejos se desperezan. Muchas veces desagrada a sus votantes que no reciben lo que esperan. Por acudir a ejemplos: no deroga la llamada ley de Memoria Histórica, no reforma la ley Electoral, ni la del Menor, ni la de Enjuiciamiento Criminal, ni la del Aborto, ni la del Deporte, ni se reafirma en una ley de Educación que ponga en su sitio a alguna Autonomía que no cumple las sentencias del Tribunal Constitucional ni del Tribunal Supremo. Estudiar en castellano en Cataluña sigue siendo una sucesión de trampas para elefantes. A la derecha cuando gobierna le agobia la preocupación de conseguir consensos imposibles. Todo lo quiere pactar incluso si por mayoría parlamentaria no lo necesita. Suele actuar al aire del qué dirán… los adversarios.

No todo es economía. Al final los ciudadanos olvidan qué Gobierno les arregla el bolsillo como olvidan quién se lo vacía. Se acuerdan cuando el agua les llega al cuello. Las buenas cifras del empleo se las acabará apuntando el nuevo Gobierno que no ha tenido tiempo aún de destruirlo y menos con los Presupuestos que ha heredado y cuando ha reconocido que no será derogada la reforma laboral salvo en mínimos aspectos que afectan a los particularísimos intereses sindicales. Al tiempo han desaparecido de nuestras calles como por arte de magia los airados pensionistas. Queda claro que estaban manipulados. El débil presidente se apunta públicamente el pago de los atrasos y la subida de pensiones que su partido votó en contra Y para su maquillaje de la realidad el Gobierno cuenta con la ayuda del CIS en manos del hasta ahora encargado de elaborar los programas electorales del PSOE, lo que es objetivamente impresentable. Ya hemos empezado a comprobarlo. Nada que temer del qué dirán.

Sánchez llegará a unas elecciones, cuando no tenga más remedio, en un equilibrio inestable, con una gestión política de gestos sin calado. La derecha, que se preocupa del qué dirán los adversarios, a menudo no se ha preocupado de los gestos para contentar a los propios. De ahí su tan discutible política de comunicación en contraste con la de la izquierda que vende humo pero consigue que los ciudadanos a menudo lo compren. Cuando el nuevo líder de una derecha centrada, con un apoyo parlamentario mucho mayor que cualquiera de los demás grupos políticos, expresa verdades como puños sobre el oscuro túnel al que nos conducen los graves errores del Gobierno, la respuesta de la izquierda es situarle en la derecha extrema. Y a algún partido que lleva desde su fundación (2006) con el mismo líder sólo se le ocurre recibir la renovación de liderazgo en el partido mayoritario en el Parlamento con un «más de lo mismo». ¿Ceguera? ¿Mediocridad? ¿Preocupación? Lo despejará el futuro.

La estrategia y las acciones que marque el partido mayoritario en el Parlamento a partir del inicio del nuevo periodo de sesiones deberán suponer una recuperación del pulso político, lejos de las trampas, de las falacias y de las cortinas de humo de un Gobierno que mide su día a día desde una debilidad extrema que cada vez se deja ver más intramuros de una formación política, como es el PSOE, con una larga historia detrás. No somos pocos quienes hemos escuchado a significados socialistas proclamar su inquietud ante la moción de censura, sobre todo por sus socios ocasionales, y las ocurrencias que vinieron después. Una moción de censura no es un mero cambio en el inquilino de Moncloa. Ni se puede enmascarar como diálogo un malbaratamiento de la dignidad nacional.

Como advierte Lao Tse sobre quienes se preocupan de lo que otros piensen de ellos, la derecha ha estado en riesgo de convertirse en prisionera, y con Aristóteles debemos aprender que no hacer nada y no decir nada es no ser nadie. Me arriesgo a discrepar del sabio griego: una actitud indolente ni siquiera evita las críticas. Al contrario. Tras el pavor al qué dirán hablan las urnas. La derecha, parlamentariamente mayoritaria, debe dejar atrás complejos, proclamar sus verdades, ocupar nítidamente su espacio, y exigir que las urnas se pronuncien. Hay que superar el Gobierno del apaño y restaurar un Gobierno amparado en la voluntad nacional.

Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia

Yo ya he dado
Carlos Esteban Gaceta.es 15 Agosto 2018

Sánchez es un botarate. Sí, sé que no es forma de empezar el comentario de las portadas, pero cada día me resulta más inescapable. Parece evidente que alguien con la representación parlamentaria de Sánchez solo podría gobernar tras una crisis que no ha existido -la ola de corrupción es una broma, al menos en el sentido de que el partido que gobierna esté más limpio que el desalojado-, o quizá impulsado por un proyecto político clarísimo que aplicará mientras sea posible, a cualquier precio.

Pero Sánchez es un botarate porque es ya evidente que su único objetivo era ocupar la Moncloa, y su única meta hoy es mantenerse a costa de lo que sea.

Ayer, el Aquarius era “cuestión de humanidad” elemental. Y de foto, que fueron allí todos y su cuñada en un ‘Bienvenido Mr. Marshall’ invertido, solidario y tal.

Hoy el dichoso barco está más cerca, pero el Gobierno dice que no puede desembarcar, porque está demasiado lejos. Podía haber dicho lo que se suele cuando te asaltan los de las huchas de la Cruz Rojo: “Ya he dado, lo siento”. O, en este caso, ya tenemos la foto.

Es imposible contradecirse tanto en tan poco tiempo; debe de estar batiendo algún récord. No hay en absoluto razón real alguna para recibir el barco la primera vez y no esta segunda, salvo la evidente: que la primera no se hizo por ninguna causa solidaria, sino electoralista.

El País, naturalmente, entierra la noticia en su portada, en quinto lugar: ‘España rehúye esta vez la acogida del ‘Aquarius’. Esta vez, ¿eh? No que no vayamos a dar en la próxima cuestación. Y España, nada de “el Gobierno”, mucho menos, “Sánchez”.

El Mundo se acerca bastante, bastante a llamarle, como yo, botarate: ‘Sánchez da otro bandazo con la inmigración e ignora el ‘Aquarius’.

Pero no, no es otro bandazo. No es que antes tuviera una idea de la inmigración y ahora tenga otra; Sánchez no tiene ideas, tiene instinto. No me parece correcto llamarle, como hacen tantos, ‘okupa de la Moncloa’, porque ha llegado allí siguiendo las reglas de la democracia parlamentaria. Pero sí actúa con la voracidad de quien se siente intruso y quiere aprovechar cada segundo, darse un atracón con todo lo que encuentre en la nevera e invitar a todos los colegas a un botellón mientras dure la racha.

ABC aprovecha para hacer sangre, para jugar con las mismas cartas de los otros, el sentimentalismo más desvergonzado: los ojos grandes y acusadores de un niño o un joven africano, junto al titular: ‘Sánchez abandona al Aquarius cuando está más cerca’. Droga dura, absolutamente bochornosa, pero donde las dan, las toman.

En comparación, el titular de La Razón, al que ni siquiera acompaña foto, es moderado: ‘Sánchez se autocorrige y rechaza ahora al “Aquarius”.

Política top manta
Fran Carrillo okdiario 15 Agosto 2018

La democracia sentimental de la que hablaba Arias Maldonado en su ejemplar obra de igual título, empieza a transformarse, en la era de la sobreinformación, en un peligroso totalitarismo irracional, donde el sentido de lo correcto acaba devorado por espasmos de opinión poco elaborados. Nos hemos dejado llevar por la necesidad mediática del titular que todo lo contamina. El foco antes del pensamiento, la noticia por encima del argumento. Comentamos lo que ni siquiera es real. Debatimos desde posiciones alteradas, rumores infundados y baratijas semánticas que rellenan sobremesas de taberna. España empieza a ser una peligrosa tertulia en sesión continua. Debemos frenar la aceleración que vivimos y que bien retrata Concheiro en su libro ‘Contra el tiempo’ (Anagrama), que nos hace consumir y no degustar, interiorizar sin entender y parlamentar sin pensar.

Hemos pasado de la política razonada a la política vomitada. Urge regresar a los tiempos donde la mesura y la reflexión marcaban el cronómetro político. Aquellos días en los que la coherencia y la lógica se imponían al vituperio y al grito, al bando de unas siglas marcadas y al posicionamiento inmaduro. La política fast food se consume entre gargantas torturadas y salones sin salida. A ello han contribuido las redes sociales, altar del todo vale donde muchos han querido ver la transformación de la política. Las redes impulsan, transforman, acercan y conectan, pero no determinan por sí mismas unas elecciones o cambio de Gobierno. Utilizadas de forma defectuosa, generan más inconvenientes que lo contrario. Hay muchas maneras de entrar en las redes, pero pocas maneras de abandonarlas de forma tranquila cuando ya has caído en ellas y en sus vicios de ágora pública desatada.

La política santurrona, que “obliga” a ejercer el noble arte de la función pública a divinidades sin mácula alguna en su expediente de vida, ha transformado cualquier atisbo de crítica constructiva en un constante posicionamiento ideológico. Antes, la explicación de la política se transformaba en eslogan siempre y cuando pasara antes por el laboratorio de la discusión. Ahora, el sentimentalismo fácil del sound-byte —necesario en última instancia para comprimir un argumentario— sustituye con demasiada frecuencia a la idea expuesta. En ese desafuero de trinchera, donde los matices se pierden en el camino, adquiere protagonismo la política de top manta, que se vende fácil por su presencia constante en el ojo público pero cuyos resultados son contraproducentes para el ciudadano que la consume. No existen tickets de devolución y te venden Armani a precio de mercadillo barato. Algo así como prometerte el cielo por asalto o el arco iris con forma de unicornio, mientras el problema de marras sigue encallado en cualquier escritorio ministerial.

Y en este estadio sobresale cum laude el nuevo Gobierno memécrata del presidente fotopolítico Sánchez, quien ha alterado el tranquilo ecosistema estival de un país acostumbrado a un agosto de siesta y dominó. Mediante la creación de un Ministerio de la Ocurrencia, se encarga de facturar cortinas de humo a un ritmo inasumible para la opinión pública y mediática. Se dice que el único recurso de un comercial para hacerse pasar por solvente es vender la nada pret a porter como edición limitada. Este Gobierno en minoría social pero con los redaños de colocación bien puestos, rectifica sobre la rectificación para ocultarnos que su política acuosa tiene demasiados agujeros que tapar. La oclocracia llega a Moncloa. Quizá nunca se ha ido. Por eso sacan a Franco como cortina de humo, por eso distraen con el vuelo del Falcon como cortina de humo, por eso tenemos a las cuentas oficiales de los ministerios diciendo cantinfladas sin parar, de nuevo como cortina de humo. Cuando tu proyecto, tu gobierno y tu liderazgo son un envoltorio de venta brillante pero sin contenido alguno, sólo te queda el marketing de distracción, la original ocurrencia. Es decir, humo. Política de manteros, a fin de cuentas.

El numerito de Sánchez con el Aquarius y la incapacidad de Europa
ESdiario 15 Agosto 2018

El presidente quiere ser a la vez el que no permite ya el acceso libre y el que da solución a todos los inmigrantes, con un único efecto: un desastre para España y un problema para Europa.

El Gobierno dio ayer un espectáculo deplorable queriendo demostrar a la vez que no volvería a recibir al Aquarius ni a dar directamente papeles a su tripulantes, por un lado, y que había liderado la recepción humanitaria del barco... en Francia.

El bochorno alcanzó cotas siderales al coincidir la proclama del autohomenaje de Pedro Sánchez con el mensaje de los presidentes de Francia y de Malta anunciando la resolución a un problema derivado, en buena medida, de la campaña de propaganda que el presidente español hizo de sí mismo a principios de verano, cuando adoptó dos decisiones unilaterales que han puesto en un brete a toda Europa.

¿Ya no son xenófobos los que pedían una regulación de la inmigración, presidente?

Acoger a los inmigrantes del primer Aquarius y darles documentación sin estudiar su situación y, al mismo tiempo, anunciar la sanidad gratuita y universal, con derecho a trasplantes incluida, a todos los 'sin papeles' que vivan o lleguen a España.

Son dos medidas que, emocionalmente, todo el mundo puede desear y compartir; pero que no se pueden adoptar sin tener en cuenta el coste, las repercusiones en otros países y el estímulo del efecto llamada, negado por Moncloa y confirmado ya con datos oficiales: la inmigración irregular a España se ha cuadruplicado mientras se reducía a la par en Europa.

La demagogia en este asunto no es indicar y prevenir las consecuencias de este fenómeno que mezcla aspectos humanitarios con otros políticos y económicos; sino prescindir de todas sus variables para hacerse publicidad a costa de negar la realidad y generar un estropicio como el generado por Sánchez en todo el litoral andaluz, donde cada día llegan mil personas por mar a un ritmo simplemente inasumible.

Lo que estimula la xenofobia es pretender que la comunidad con más paro juvenidl de Europa acoja a mil inmigrantes al día

La Comunidad con más paro juvenil de Andalucía no está capacitada ni técnica ni económicamente para atender estas oleadas cotidianas, como no lo están tampoco ni Ceuta ni Melilla, objeto de constantes asaltos a sus vallas incentivados también por los discursos de Sánchez.

Pero si La Moncloa debe entender que no es éste un asunto a politizar para intentar sacar rédito político, a costa incluso de tildar de xenófobos a líderes como Casado o Rivera por discursos que finalmente ha adoptado el propio Sánchez; Europa entera ha de aplicar nuevas recetas para gestionar un asunto que es una oportunidad y un problema al mismo tiempo.

La inmigración es clave para frenar el envejecimiento poblacional y rejuvenecer a su segmento cotizante; pero también es una amenaza para quienes llegan y para quienes están si se hace a golpe de fotografía y de sensacionalismo humanitario.

¿O acaso van a tener que movilizarse cada día las cancillerías de media Europa para cada Aquarius que surque el Mediterráneo? ¿Y son distintos los subsaharianos que llegan en patera? ¿Y los que acampan junto a Ceuta para entrar mediante asalto?

Si algo estimula la xenofobia, con el consiguiente rechazo a los políticos tradicionales y el auge de dirigentes como Trump en Estados Unidos u Orban en Hungría; es la incapacidad de los Sánchez de turno para adoptar decisiones estructurales que ni sean la barra libre buenista ni tampoco el levantamiento de muros de hormigón como en Méjico.

Un millón de 'sin papeles' puede tener ya sanidad gratuita y trasplantes

Otro parche que retrata al Gobierno
 La Razon 15 Agosto 2018

La enésima crisis migratoria en el Mediterráneo con el conocido buque «Aquarius» y sus 141 personas a bordo en busca de un futuro mejor como protagonistas se solventó ayer con un acuerdo entre seis países comunitarios por el que Malta permitirá atracar a la embarcación en uno de sus puertos para que los refugiados sean repartidos posteriormente entre España, Francia, Alemania, Portugal y Luxemburgo. Los gobiernos más directamente afectados por el problema tardaron minutos en atribuirse el mérito de lo que denominaron éxito de la nueva estrategia europea para gestionar con eficacia y sensatez los flujos de la desesperación que nos llegan de tantos estados fallidos. En el ego irreconducible de los políticos encajan esos golpes de pecho de Pedro Sánchez, que, por lo visto, lo coordinó todo desde Moncloa, Macron, que se refirió a la operación como una «iniciativa franco-maltesa» y, por supuesto, Bruselas que presumió de haber hecho posible las conversaciones entre los gobiernos para que la controversia llegara a buen puerto.

El presidente del Gobierno se remontó incluso a la anterior odisea del «Aquarius» en junio cuando desembarcaron 629 inmigrantes en Valencia como una suerte de espoleta que puso en marcha esa nueva voluntad europea que, según él, rindió sus primeros frutos con este compromiso a seis. La versión de Pedro Sánchez sirve a su discurso propagandístico, pero por muy elevado que sea el tono jactancioso de sus palabras no puede corregir ni disimular lo ligero y fallido de su posición ante un fenómeno tan desbordante y complejo. El Ejecutivo socialista nos sumió en una dinámica absurda por cortoplacista y altanera hace meses para conseguir foco mediático y se ha visto sobrepasado hasta el punto de caer en una contradicción tras otra a medida que la presión de los sin papeles se acentuaba sobre nuestro territorio. Hasta tal punto llegó ese no saber que hacer que Moncloa decretó una especie de silencio político interrumpido solo ayer tras la solución a la maltesa tan precaria y sin recorrido como las anteriores.

Esa desorientación quedó retratada ayer en las palabras del ministro Ábalos o del portavoz del PSOE, Óscar Puente, quienes, a la misma hora que supuestamente el presidente lideraba el compromiso europeo que puso fin a la crisis, se remitían de nuevo a la posición de Moncloa del día anterior sobre que España se quitaba de en medio porque ahora no era el puerto más cercano y más seguro para el «Aquarius». En realidad, estamos ante un parche más que, a diferencia de la fatuidad mostrada en los discursos políticos, simboliza la provisionalidad y la incapacidad de los gobiernos europeos para desarrollar una estrategia consistente y estructural que reparta responsabilidades y responda globalmente y con garantías a un desafío permanente. Hay que insistir una y mil veces en que sin el convencimiento real de todos los socios comunitarios, de todos, de que la inmigración irregular no es coyuntural, y de que la implicación tiene que ser colectiva, el cortoplacismo se impondrá y los riesgos inherentes al tsunami demográfico, social y de seguridad –y por ende de libertad–, que supone este fenómeno descontrolado se agravarán.

Y que estamos lejos de conseguir esa conciencia europea común quedó claro hasta en la distribución del pasaje del «Aquarius» con España (60) y Portugal (30) haciéndose cargo de casi siete de cada diez de los inmigrantes con Francia y Alemania en un papel testimonial. En todo caso, una nueva lección que el Gobierno no parece dispuesto a aprender a tenor de las palabras del presidente que se atiene a un estribillo de acordes desafinados. El próximo Aquarius –que lo habrá–, y si no, las decenas de pateras diarias, son la cruda realidad de un asunto en el que la demagogia y los eslóganes funcionan hasta que el drama ininterrumpido achica los márgenes del buenismo doméstico.

Simplemente, no se puede acoger a todo aquel que quiera venir ni meter en el epígrafe de refugiado o asilado a todo aquel que diga serlo ni, tampoco, ceder a ONG's bajo banderas europeas la decisión de trasladar a Europa a todo aquel que se eche al mar, probablemente tras pagar una cantidad de dinero tremenda a alguna de las mafias que se llena los bolsillos con este drama.

En origen
Lograr que los países de origen contengan el flujo migratorio y ayudarles a que sus conciudadanos se queden en sus países, entre otras cosas para no despoblarlos de sus representantes más jóvenes y capacitados para trabajar allí, es clave. Y eso no puede lograrse sin establecer barreras de acceso claras ni sin recuperar las devoluciones rápidas: todos tienen que ver, por su propio bienestar, que la mejor opción es llegar a Europa de forma reglamentaria o trabajar en sus propios países en unas condiciones decentes.

Incómodos
Javier Barraycoa. Gaceta.es 15 Agosto 2018

La incomodidad es de por sí algo molesto, pero no tanto por lo que la causa sino porque solucionarlo suele costar mayor esfuerzo que soportarla. Por ello, aguantamos tantas veces situaciones incómodas esperando simplemente que pasen. Sea un mosquito nocturno, sea un plasta que se nos ha pegado para contar no se sabe que banalidad o un invitado que no sabe comportarse en una fiesta. Las situaciones incómodas se podrían cortar con un golpe de genio o en la mesa o al dichoso mosquito. No obstante, la democracia nos ha enseñado que sacar el genio es poco tolerante y te convierte en un apestado “facha”. Por eso, nuestra naturaleza se ha adaptado a esa extraña habilidad de disimulo o hipocresía que es capaz de soportar las situaciones más incómodas con tal de que no nos acusen de extremistas o quedar descolocados de los estándares que nos impone la dictadura de la corrección política. Ésta nos obliga a aparentar una falsa moralidad -o postureo- que de otros momentos históricos nadie en su sano juicio hubiera aguantado.

La palabra latina commodus nos arroja luz sobre su contrario: lo incómodo. Com (unión o convergencia, no confundir con Convergència i Unió) y modus (medida o forma), nos indica que la comodidad no se trata esencialmente de algo físico. Para holguras físicas las madres inventaron la cómoda y así guardar cómodamente la ropa. O algún listillo inventó el sofá y aburguesó al proletariado, liquidando definitivamente su papel en la historia. O el jugador se alegra al tener un comodín, que es algo que sirve para todo porque no tiene consistencia en sí mismo (pudiendo ser todo, no es nada), como el cuerpo humano arrojado en el tresillo. En fin, para no perdernos, la palabra “cómodo” tiene más propiamente una connotación moral que no física. Es, podríamos decir con propiedad, el efecto que se produce cuando dos personas convergen y se ajustan en sus medidas -no físicas- sino morales. Por eso, normalmente, nadie está incómodo entre amigos y sí entre desconocidos. Pues en esta segunda situación desconoces el alcance o medida de la expresión de tus ideas y no sabes qué efecto producirá en los otros.

Y como un enfermo, ante la incomodidad generalizada que sufrimos, la sociedad nos está enviando avisos

Como decía Aristóteles, sin amistad no puede haber Polis. Y la amistad implica conocer lo que media (la medida) entre las personas: hasta dónde podemos intimar, cuál es la jerarquía natural entre nosotros, reconocer las debilidades de los amigos y nunca manipularlas para dañarles, exigirles hasta donde pueden llegar … para ayudarles a perfeccionarse. La amistad es una praxis vital que exige conocer y tomar la medida a la gente con un único fin, que se preserve la amistad y la unidad, que es un bien social y la condición de existencia del bien común. Una sociedad donde todos nos sintiéramos incómodos en casi todos los ámbitos de la existencia, sería una sociedad enferma. Y como un enfermo, ante la incomodidad generalizada que sufrimos, la sociedad nos está enviando avisos que sufre una profunda afección. Y en esas estamos.

El 17 de abril, en Barcelona viviremos una de esas situaciones en las que todos estaremos incómodos. Se celebrará (¿celebrará?) un acto conmemorativo de las víctimas de los atentados (yihadistas, aunque la prensa no lo remarque nunca) en Barcelona. Este tipo de actos colectivos deberían ser, a pesar de la tristeza, actos cómodos donde cualquier tipo de personas de toda condición e ideología, converjan en un mismo dolor y repudio. Donde se ajusten las medidas de los sentimientos colectivos para que la unidad sea símbolo de una sociedad que desea el bien y manifieste repulsión por un mal objetivo. Pero nada de eso encontraremos el día 17 de agosto.

Para empezar, La Asociación Catalana de Víctimas de Terrorismo, no podrá ajustarse a nada, pues no ha sido invitada a la celebración y tendrá que adelantar un día su propia conmemoración. El Jefe de Estado estará incómodo, porque sabe que las autoridades locales y regionales no quieren adaptarse a la medida de su rango. Hacer de Rey entre republicanos no debe ser plato de buen gusto, sabiendo que corre riesgo de que su dignidad se arruine entre una selva de pitidos y matracas separatistas. Pedro Sánchez estará incómodo, pues su deber es flanquear al Jefe de Estado y es consciente que los puentes que ha tendido al separatismo no tienen la media que éste reclamaba, por tanto, también recibirá su dosis de rechazo. Quim Torra estará incómodo porque se le presentan en su cortijo unas autoridades que el no ha invitado y que, con sólo su presencia, evidencian que la medida de su cargo es la de un mero presidente regional.

La anfitriona, (Inmacul)Ada Colau, tiene bastantes motivos para estar incómoda y también por cuestiones de medidas. En primer lugar, la de sus trajes. No para de desecharlos porque no se ajustan a un cuerpo en constante expansión. En segundo lugar, cómo contentar a los descamisados posando con un las altas magistraturas del Estado; cómo contentar a la comunidad musulmana teniendo que condenar el yihadismo islámico mientras; cómo presentarse como la garante de una ciudad segura, donde los manteros no paran de aporrear a turistas o Guardia urbana o donde en el Raval, día sí y día también, es testigo de machetazos y heridos. Cómo sentirse cómoda en una ciudad gobernada para los desfavorecidos, mientras su teniente de alcalde, el infumable Pisarello -con la excusa de un falso viaje oficial-, se recorrerá un mes de vacaciones en Uruguay a cargo del erario público y con la excusa de un viaje institucional. Los separatistas estarán incómodos porque les han pedido que tengan un perfil bajo cuando en realidad les encantaría desgarrar sus cuerdas vocales gritando contra España. Trapero estará incómodo, temiendo que utilicen su imagen en el acto y eso redunde negativamente en su horizonte penal. Y muchos nos sentiremos incómodos, porque toda esa gentuza de pura raza democrática, dice representarnos a los barceloneses.

Y así, ante las cámaras de la gran transformadora de la realidad -la televisión- aparecerán un muñido grupo de sujetos incómodos, que no se soportan entre sí, que son incapaces de ajustarse unos a otros para establecer una verdadera amistad. Y en ese aquelarre de hipocresía, representarán (en el sentido más teatral del término) la “unidad democrática contra el terrorismo”. Si creen que así se fortalece la sociedad, equivocados están. Estas performances unitaristas, esconden la carcoma que desfonda un edificio social apunto de derrumbarse.

La inmigración y el flautista de Hamelin
Yolanda Couceiro Morín TBN 15 Agosto 2018

El último asalto masivo a la valla fronteriza de Ceuta con una violencia inusitada por parte de varios cientos de inmigrantes ha traído mucha cola mediática en todos los sentidos. La avalancha ha encontrado, como era de esperar, partidarios y defensores que exculpan a los violentos diciendo que "sólo quieren entrar en España" o razones de similar ingenio y nivel intelectual algo inferior al que pueda tener un atún.

Los partidarios y defensores de un fuerte control migratorio, de expulsión de ilegales o de devoluciones en caliente y, por descontado, de un castigo adecuado a los violentos, se han visto nuevamente tratados como gentuza antisocial, nostálgicos, xenófobos, etc...

El mensaje que se lanza al exterior es simplemente una triste confirmación del grado de desorden político, intelectual y moral que aqueja a la sociedad española, y una evidencia de la quiebra sicológica y espiritual de gran parte del país.

Cierto es que los gobernantes manifiestan diariamente su impotencia y su ineficacia para proteger las fronteras. Pero no menos cierto es que, dentro de éstas, una parte significativa de la población exige a las autoridades con la fuerza del número y por medio de la movilización callejera (y con un brío que no manifiesta para causas más justas, urgentes y sobre todo patrióticas) que haga todo lo necesario y posible para acelerar el proceso de descomposición de España, completar su ruina y sumir al país en el caos y la destrucción pidiendo la abolición de las fronteras, exigiendo acoger refugiados y facilitando más y más la inmigración masiva y descontrolada. La consigna actual de toda esta gente es: quitar las vallas, abrir las puertas de par en par y permitir el libre paso de todo aquel que quiera venir a España.

Acoger a todos.
Observando estos acontecimientos con la sangre fría que nos exige la gravedad de la situación y la inminencia de la tragedia que estamos viendo crecer y afianzarse ante nuestros ojos, vemos que la inoperancia de nuestro Gobierno para garantizar la inviolabilidad de nuestra soberanía ante el asalto continuo de nuestras fronteras, y la complicidad explícita y sin disimulos con éstos de una parte importante de la ciudadanía que ha perdido literalmente la cabeza, guardan una relación íntima y hasta lógica. ¿Pues, por qué defender las fronteras de una nación si el pueblo de esa nación pide a gritos la invasión y el propio gobierno la propicia y desea?

Creo poder afirmar que nos encontramos ante una situación inédita en la historia de la Humanidad. Aquello de "nada hay nuevo bajo el sol" se convierte en una falsedad ante la locura colectiva del pueblo español, que corre a su perdición contento de sí mismo, orgulloso de su vocación suicida.

Algunos se preguntan por qué en España se ha llegado al absurdo y demencial extremo de reclamar aquello que cualquier inteligencia medianamente constituida sabe que es altamente pernicioso, dañino y aun mortal para un país, a saber, la acogida descontrolada de unos mal llamados refugiados que están generando desasosiego en las sociedades que los han recibido. Podemos, sí, apuntar a la quiebra cultural, moral y espiritual, que es el corolario de décadas de una perversa manera de entender las cosas esenciales de la existencia: llevamos en España muchos años de auténticas perversiones en todos los órdenes de la vida nacional como para sorprendernos del resultado obtenido, consecuencia inevitable de una larga empresa de demolición de todo cuanto hay de noble y de sagrado en la idea de patria, de bien común, de solidaridad entre los miembros de una misma historia, una memoria compartida y un destino común. España se ha vuelto un país insignificante, una sociedad mediocre, una nación intrascendente. Todo cuanto hizo una vez su nobleza y su gloria ha sido arrasado por el egoísmo y la rivalidad fomentadas entre los hijos de una misma tierra y una misma sangre. El pueblo se ha vuelto una masa amorfa, sin personalidad, sin carácter, sin grandeza, con desapego y ojeriza hacia los propios, con un extraño e injustificado amor por los forasteros.

España está enferma y en su febril desvarío ve a sus hermanos como enemigos y a los extraños como aliados. Nadie medianamente lúcido pude ver en estas manifestaciones de solidaridad con esos famosos refugiados el signo de una salud moral digna de encomio y homenaje, como pretenden hacernos creer. Al contrario, es el sistema de las mentes trastornadas, de los corazones podridos, de las almas malas. Cuando en una sociedad o en una familia se prefiere sistemáticamente a los forasteros antes que a los paisanos, a los extranjeros antes que a los compatriotas, a los hijos ajenos antes que a los propios, esa sociedad o esa familia han dejado de ser normales, se han desviado del recto camino que dictan los sanos instintos del hombre y ordena el buen gobierno de las naciones. Y eso no puede traer sino dolor y sufrimiento.

Las causas que han llevado a ese desvarío son muchas y son conocidas por los que saben que nada hay que no sea inducido y provocado por quienes tienen los medios y los conocimientos para hacerlo. Estamos asistiendo sin duda alguna a la implementación de experimentos sociales de una gran complejidad técnica y de alcance insospechado. Los amos del juego dominan a la perfección los instrumentos altamente sofisticados de la manipulación y acondicionamiento de los comportamientos. Y el rebaño está respondiendo adecuadamente a los estímulos a los que viene siendo sometido desde hace años y desde una multiplicidad de fuentes y frentes. El lavado de cerebro, la manipulación, la propaganda, han hecho maravillas en el cerril rebaño lanar que corre balando hacia donde lo llevan los perros del pastor.

Todo ocurre un poco (o un mucho) a la manera del cuento del flautista de Hamelin: la flauta portentosa suena y las ratas van en tropel hacia donde se les indica, encantadas e hipnotizadas por la magia del sonido, perdido todo sentido de prudencia, todo resto de cautela, todo vestigio de sensatez, toda señal de inteligencia, todo rastro de discernimiento. El flautista toca en nuestras calles, en nuestros medios, en nuestros pueblos y ciudades: no hay más voluntad que seguir esa música que hechiza con los sones de la falsamente enriquecedora multicultura, de la febril empatía, de la vocinglera solidaridad, de la enfermiza adhesión a la causa del extraño, del anormal desprecio al propio. Hemos perdido, como las ratas del cuento, cualquier prudencia, cautela, sensatez, inteligencia, discernimiento, sentido común. Sólo podemos, sólo queremos, seguir al flautista que sigue tocando y cautivando a las masas, haciéndolas caminar al son que quiere, aunque sea para su propia perdición.

Como en el cuento.

http://www.yolanda.info
Twitter: @yolandacmorin
Instagram: @thegoodyolanda
Facebook: facebook.com/yolanda.info

Lo que todo demócrata debe saber
Pío Moa Gaceta.es 15 Agosto 2018

En una reunión reciente, una señora, cargo menor en el PP, afirmó: “Yo no puedo aprobar el franquismo, porque fue una dictadura y no daba libertad a los individuos”. Le contesté: “Usted no es demócrata, claro”. Me miró con asombro y disgusto, y sin dejarla seguir, añadí algo parecido a esto:

“Un demócrata debe saber, en primer lugar, que el franquismo no tuvo oposición democrática, sino solo comunista o terrorista o terrorista-separatista. Había algunos que se decían demócratas que se dedicaban a intrigar un poco y a veces coqueteaban con los comunistas. Eso debe hacer reflexionar, para no hablar a tontas y a locas.

”En segundo lugar, ningún demócrata debe ignorar que Franco no derrotó a ninguna democracia, sino a una coalición de totalitarios, separatistas y golpistas. En el Frente Popular no había un solo demócrata, a no ser que ser demócrata consistiera en hacer el juego a totalitarios y separatistas, como hizo Azaña.

“En tercer lugar, todo demócrata debe saber que la democracia no funciona sin ciertas condiciones. Es un régimen históricamente reciente, y fracasa en sociedades plagadas de miseria y odios, como fue la república. Porque la república aumentó mucho la miseria y la desigualdad, y para compensar generó unos odios sociales feroces, despotismos y violencias, hasta llegar a la guerra civil.

”En cuarto lugar, un demócrata debe distinguir entre libertad personal y las libertades políticas. Los vencedores de la guerra entendieron que en aquellas condiciones era imposible una democracia y se necesitaba un régimen autoritario, una dictadura si la quiere llamar así. Parece que casi nadie echaba en falta esa supuesta falta de libertad, menos los comunistas. La verdad es que el franquismo restringió las libertades políticas para que socialistas, comunistas y separatistas no volviesen a las andadas, pero dejó una gran libertad personal y cultural. Tampoco fue un páramo cultural, mientras que el antifranquismo actual ha creado una jungla del embuste y la confusión.

”En quinto lugar, el franquismo no solo venció a un peligro inminente de disgregación nacional, de destrucción de la cultura cristiana y de implantación de regímenes totalitarios, sino que cumplió la función histórica de liberar a España de la miseria y de aquellos odios ideológicos anteriores. Es decir, hizo posible una democracia que funcionase. Fue aquel régimen y no sus enemigos, quien lo hizo posible, y solo por eso, cualquier demócrata serio debería venerar a aquel régimen, históricamente necesario. Los antifranquistas no era ni son demócratas, son los mayores enemigos de una convivencia en paz y en libertad. Ahora mismo se dedican a recuperar los viejos odios a base de falsificación histórica, y amenazando las libertades, como hace su propio partido, el PP.

“Por no seguir, en sexto lugar España ha accedido a la democracia por su propia evolución pacífica desde y no contra el franquismo. Nos debemos nuestras libertades a nosotros mismos. Casi todo el resto de Europa occidental se las debe a la intervención militar de Usa, especialmente a sus bombardeos aéreos, que algunos habrían querido traer aquí.

“He tratado estas cosas, de las que nadie quiere hablar, en dos libros: La guerra civil y los problemas de la democracia, y Los mitos del franquismo, que usted no ha leído, pero debiera”.

La señora se salió por los cerros de Úbeda, como ocurre siempre en estos casos. Le dije: “Mientras usted no conozca estos hechos, no podrá ser demócrata. Y su partido no es democrático, aunque tenga millones de votos. La democracia es algo más que engañar a la gente para que le voten a uno. Porque quien prescinde de estos hechos históricos engaña necesariamente a la gente”. Y así estamos.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Muy bien no les va
Luis Ventoso ABC 15 Agosto 2018

Torra da la turra. Y TV3 emula a los canales de telepredicadores de las madrugadas. Y los cuperos incordian a los catalanes discrepantes y aspiran a armarle un cisco al Rey. Y la próxima Diada será, un año más, la Madre de Todas las Dianas, que diría Sadam Husein. Y los lazos amarillos están hasta en la sopa, los llaveros y los flotadores de las playas. Y un tercio de los catalanes siguen creyendo que España les roba, que son un pueblo milenario que ya hacía castellets antes de que se levantasen las pirámides de Guiza, y que en cuanto se liberen del expolio de «Madrit» va a haber sopapos entre los fondos de Wall Street por ver quién invierte más pasta en la atractiva República Catalana independiente.

Todo eso es así. Pero también es verdad que a estas alturas comienza a parecer que el guionista del «prusés» es Louis de Funes. La realidad de los gobernantes catalanes se ha tornado más bufa que la parodia de Tabarnia, que nació para ridiculizarlos. ¿Cómo puede tomarse tanta gente en serio la imagen de ayer de Torra? Un iluminado con su lacito amarillo en la solapa, rodeado de paisanos con careto solemne y disfrazados de soldados dieciochescos, con trajes de carnaval que les quedaban flojos, mientras el presidente supremacista proclamaba que una guerra de sucesión entre los Borbones y los Habsburgo a comienzos del XVIII acabó con la gloriosa Cataluña independiente... que en realidad jamás existió. Un astracán.

Los dirigentes del Sabadell y La Caixa estaban, y están, muy unidos afectiva y personalmente a Cataluña. Muchos de ellos eran -y son- nacionalistas de corazón. Lo último que entraba en sus planes y deseos era llevarse sus bancos fuera de Cataluña. Pero la realidad fue la que fue: en cuanto el golpe separatista de Puigdemont y Junqueras empezó a cobrar forma, los inversores internacionales comenzaron a retirarse precipitadamente de los bancos catalanes (y los ahorradores españoles a irse con sus cuentas a otra parte). Los depósitos volaban y la única manera de atajar la hemorragia era hacer un gesto rotundo y simbólico de españolismo, que consistió en llevarse las sedes de las entidades a otras ciudades de España. Esto no son boberías sentimentaloides. Esto es la realidad. Desde entonces son ya casi 4.000 las empresas que han dejado Cataluña por culpa del movimiento xenófobo separatista.

Junqueras aseguraba que la UE abriría sus puertas de par en par a la flamante República. La realidad es que no quiso verla ni en pintura. Cuando se aprobó el 155 se vaticinó que ardería Cataluña, que el pueblo indignado tomaría las calles. No pasó nada. En octubre se anunció una resistencia heroica de los libertadores del pueblo catalán... pero el líder hizo como el capitán Araña y se escaqueó de madrugada a Bélgica, dejando tirados y en la trena a los sentimentales más ilusos. Todo es profundamente absurdo e inconsistente y ya estaría bajo control y sin esperanza de prosperar de no ser por el inesperado aliado que les ha tocado en suerte: el okupa monclovita y sus pactos de la vergüenza.

Por eso, elecciones ya, por favor.

Cataluña antipática
Carmelo Jordá LD 15 Agosto 2018

Con mayor o menor motivo y por motivos que tampoco vienen al caso Cataluña ha sido, durante décadas, la región más admirada de España. En consonancia con ello, los catalanes eran el ejemplo viviente de las virtudes cívicas que queríamos para todo el país: la industriosidad, la laboriosidad, la iniciativa, la creatividad… Cuántos españoles no pensaban que Cataluña era más Europa que el resto, cuánto complejo de inferioridad hemos arrastrado y a cuánto complejo de superioridad no hemos dado pábulo.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, está claro que la percepción es más bien la contraria. Tiene lógica cuando los referentes que nos llegan desde esa tierra son los Puigdemonts, los Junqueras, las Colaus y los Torras, que hasta se ha perdido el aseado y pulcro aspecto burgués que lucían por Madrid personajes como Mas o Durán, o incluso si quieren el malévolo pero brillante perfil del propio Pujol, al que nunca tuvimos por bueno pero que siempre nos pareció inteligente.

No conviene engañarse: este desapego se ha recrudecido, por supuesto, con el estallido de este procés que todo lo ha enmerdado, pero venía de bastante antes y ya el pujolismo hizo todo lo que supo por ganarse la animadversión del resto de los españoles, pero aún no estábamos tan saturados y, sobre todo, la carta blanca mediática de la que ha disfrutado el nacionalismo lograba taparlo casi todo.

Lo malo de estas cosas es que no sólo tienen efectos sentimentales sino que acaban impactando en lo concreto, que es sobre todo lo económico. Así, este martes se hacía pública una noticia cuyos datos son tan contundentes como en realidad poco sorprendentes: el turismo español a Cataluña se ha desplomado nada más y nada menos que hasta un 50%, según las zonas.

En pocas ocasiones un dato económico se debe a una única razón y esta no es una excepción: está claro que el procés ha tenido mucho que ver, con sus playas llenas de cruces y sus plazas llenas de lacitos, todo muy amarillo limón; pero tampoco podemos desdeñar, por ejemplo, los ímprobos esfuerzos del Ayuntamiento de Barcelona y de los grupos de extrema izquierda a su alrededor por cargarse el turismo -enhorabuena, chatos: lo estáis consiguiendo-; o la sensación de mugre e inseguridad que se esfuerza en transmitir la Ciudad Condal.

En definitiva, entre todos la mataron y ella sola se murió, como decía mi abuela, o en este caso se suicidó: Cataluña ha decido desde hace algo más de una década que lo que realmente quiere es autoasfixiarse cultural, política y económicamente en virtud ora de su sueño nacional ora de su quimera antisistema. Lo está logrando: allí donde estaba esa región admirada y un tanto envidiada ahora sólo está esa Cataluña antipática de la que las empresas huyen y a la que los turistas no van. Y esto, por suerte o por desgracia, es sólo el principio.
 


Recortes de Prensa   Página Inicial