AGLI Recortes de Prensa   Sábado 13  Octubre 2018

Unos Presupuestos para que España regrese a la crisis
EDITORIAL Libertad Digital 13 Octubre 2018

Sánchez está dispuesto a todo, incluso a pactar con el diablo, con tal de mantenerse en el poder, aún a costa del bienestar de los españoles.

El documento que exhibieron el pasado jueves el ejecutivo de Pedro Sánchez y Podemos constituye un programa de gobierno, cuyo contenido en materia económica y presupuestaria volvería a situar a España al borde de una nueva crisis, tras cinco años de crecimiento y creación de empleo.

Lo primero que evidencian socialistas y podemitas con este particular plan es que no han aprendido ni una sola de las grandes y dolorosas lecciones que dejó tras de sí la llamada Gran Recesión y, en segundo término, que Sánchez está dispuesto a todo, incluso a pactar con el diablo, con tal de mantenerse en el poder, aún a costa del bienestar del conjunto de los españoles.

El acuerdo en cuestión avanza una serie de medidas fiscales y reformas, a cada cual peor, que, en caso de llevarse a cabo truncarían la recuperación económica en curso, especialmente si se tiene en cuenta la creciente incertidumbre y debilidad que atraviesa la actual coyuntura internacional. Para empezar, PSOE y Podemos yerran por completo en su intención de disparar el gasto público. España es, hoy por hoy, el país con más déficit de la UE, al tiempo que acumula una deuda próxima al 100% del PIB, la tasa más alta desde principios del pasado siglo. Así pues, elevar el gasto dañará la ya de por sí delicada solvencia estatal. Pero es que, además, gastar por gastar tampoco mejorará los servicios públicos ni, mucho menos, ayudará a reducir la manida desigualdad de rentas que tanto critica la izquierda. El aumento de la desigualdad en España durante la crisis fue fruto del brutal incremento del paro, siendo la creación de empleo, gracias a una mayor flexibilidad laboral, la única receta verdaderamente eficaz para reducir dicha brecha.

Por otro lado, la histórica subida de impuestos que incluye el citado programa golpeará al conjunto de los contribuyentes y dañará el crecimiento económico. El nuevo hachazo tributario a las empresas se traducirá en un menor margen para invertir, contratar y subir sueldos; el incremento fiscal a las rentas altas ahuyentará el capital; los nuevos impuestos al diésel, a servicios digitales y transacciones financieras afectarán de lleno a las clases medias; y la fuerte subida de cuotas que sufrirán los autónomos incentivará aún más, si cabe, la economía sumergida.

En materia laboral, la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) a 900 euros al mes, lejos de beneficiar a los trabajadores, perjudicará a los menos cualificados, a todos aquellos cuya productividad no alcance el nuevo umbral fijado artificialmente por el Gobierno. Asimismo, dificultará la búsqueda de empleo a los más de 3 millones de parados que todavía acumula el país, siendo, por ello, una medida profundamente lesiva y perniciosa. La derogación de la reforma laboral y la subida de las cotizaciones al 80% de los autónomos, al ligar la tributación a los ingresos, lastrará, sin duda, la creación de puestos de trabajo, haciendo crónica así la lacra del paro.

Lo mismo se puede decir de las pensiones, cuya subida en función del IPC tan solo agravará la insostenibilidad financiera del modelo de reparto. El agujero de la Seguridad Social ronda los 20.000 millones de euros al año y este tipo de medidas electoralistas, cargadas de demagogia, agrandarán mucho más este colosal déficit. La idea de limitar los precios del alquiler, por su parte, acabará generando escasez de pisos, especialmente en las zonas de las grandes ciudades donde se requiere un urgente y sustancial incremento de la oferta. Igualmente, la elevación de las primas a las renovables amenaza con hinchar una nueva burbuja verde, cuya factura acabarán pagando todos los consumidores a través de la subida de la luz.

En definitiva, PSOE y Podemos han acordado un programa electoral que cae en todos y cada uno de los graves errores económicos y fiscales cometidos en el pasado, los mismos que condujeron al país al borde del abismo con Zapatero al frente. Ahora no será diferente. A igual receta, idénticos resultados.

El mito de los impuestos 'revolucionarios'
José García Domínguez Libertad Digital 13 Octubre 2018

Muerto y embalsamado el viejo mito de la revolución, a la izquierda, tanto a la socialdemócrata de siempre como a esa otra emergente de ahora mismo, le quedó un sucedáneo para llenar su vacío: el mito de los impuestos, la querencia voluntarista de que el sistema tributario posee el potencial prometeico capaz de transformar la faz del orden social generado por el capitalismo realmente existente. La Fe, así, con mayúscula, de que con los impuestos, y solo con los impuestos, se pueden alterar de raíz las grandes desigualdades en la distribución de la renta que presente un país cualquiera constituye acaso la última rémora intelectual del pensamiento utópico que, paradojas de la historia de las ideas, caracterizó al socialismo que se llamaba a sí mismo científico. Y de ahí que Sánchez e Iglesias aún semejen creer con la rendida devoción del carbonero en ese atajo mítico, el de la fiscalidad progresiva, para transformar la sociedad de arriba abajo. Razón por la cual cualquier política que en España se reclame de izquierdas pase de modo rutinario por un incremento de la presión fiscal.

Los dirigentes de nuestra izquierda, tanto los de la nueva como los de la vieja, no parecen ser conscientes de la evidente paradoja crónica que caracteriza al Estado del Bienestar español. Así, ocurre que nuestro régimen tributario es más redistributivo que los de países como Holanda, Suiza o Alemania. Dicho de otro modo, España, su Estado, reparte la riqueza entre los de arriba y los de abajo de un modo más acusado e igualitario que esos otros tres países de la Europa rica del Norte. Somos más socialistas que los alemanes, los suizos o los holandeses. Y, sin embargo, es evidente para cualquiera con dos ojos en la cara que, sin necesidad de consultar las estadísticas oficiales de Eurostat sobre el particular, las diferencias de nivel de ingreso y de vida entre ricos, menos ricos y pobres resultan mucho más acusadas entre nosotros que entre ellos. Nuestro Estado reparte la riqueza más que los suyos, pero, a pesar de eso, ellos sufren una desigualdad mucho menos acusada que nosotros. Y la explicación del aparente misterio es simple. En Holanda o en Suiza hay mucha menos desigualdad social que en España no por razón de los impuestos más altos o más bajos, sino porque el propio mercado genera por sí mismo niveles de renta más igualitarios sin necesidad de que el Estado intervenga para nada. Es el mercado, no el Estado, quien combate la desigualdad extrema entre nuestros socios y vecinos del Norte.

Todos ellos, y recurriendo cada uno por su parte a un amplísimo abanico de políticas económicas e industriales que no tienen nada que ver con la tributación, han procurado moldear una estructura económica nacional que rehúye la proliferación de sectores empresariales caracterizados por bajos niveles de productividad, los que inevitablemente llevan asociados los bajos salarios. En Alemania, Suiza u Holanda, tan importante es para sus dirigentes políticos la promoción de nuevas empresas en sectores de futuro como la intervención activa de los poderes públicos para desincentivar el incremento de las iniciativas empresariales vinculadas a los sectores de bajos salarios, el principal catalizador de las grandes desigualdades de rentas que presenta la economía española junto con la griega y portuguesa. Porque la desigualdad extrema, y esa es la gran lección de la liberal Suiza, no se elimina con más impuestos a los ricos, sino con políticas industriales activas que alteren la calidad del modelo productivo de un país. Frente al mito legendario de los impuestos, la realidad prosaica de la eficiencia gestora.

Inadmisible situación de desorden
EDITORIAL ABC 13 Octubre 2018

Eleguro acuerdo alcanzado entre el Gobierno y Podemos, horas antes de que la filial catalana del partido de Pablo Iglesias sacase adelante una iniciativa para reprobar al Rey y pedir la abolición de la monarquía, es lo que la izquierda tiene que ofrecer hoy a España. La coalición formada por el PSOE y Podemos ha optado por situar a España en un proceso de múltiples quiebras. No es un pacto de «centro-izquierda», como lo han calificado medios afines, sino un programa de intervención directa en la vida nacional para alcanzar el gran objetivo del izquierdismo español: mutar el consenso constitucional de 1978 en un modelo político impuesto al resto de los españoles. La primera quiebra y más inmediata es la que afecta a la senda de la recuperación económica. Aunque el acuerdo temerario entre el Gobierno y Podemos no se concrete en leyes y reformas, ya ha introducido el temor entre autónomos y pequeñas y medianas empresas, en las clases medias y en los sectores más decisivos para el empleo y la creación de riqueza. La progresiva desaparición de un entorno favorable -aumento del precio del petróleo y el dinero-, la desaceleración interna y la pérdida de confianza en el futuro se responde desde el Gobierno y Podemos con un plan fiscal que pisa el cuello a la sociedad española y la condena a otra etapa socialista de engaños masivos, hasta que, como en 2010, estalle una nueva crisis que no serán ellos quienes remedien. Otra vez, la izquierda compra las preocupaciones y las necesidades de los ciudadanos más dañados por la crisis con promesas imposibles de cumplir.

La segunda quiebra se refiere a la lealtad constitucional. El PSOE ha dejado de ser un partido fiable para el Estado para convertirse en un activista contra la estabilidad constitucional. Que el logotipo del Gobierno de España aparezca junto al de Podemos en un documento sectario y partidista no es una anécdota, ni un error disculpable. Es una declaración de principios de la sumisión de los poderes del Estado bajo su control para que actúen desde dentro del sistema contra el propio sistema. Por eso, el socio que ha elegido el PSOE para esta aventura irresponsable es el mismo que ha propiciado en Cataluña la reprobación del Rey, que es tanto como un manifiesto contra la monarquía parlamentaria de 1978 y toda su legitimidad constitucional. Los socialistas se sitúan así en un frentismo de izquierda extrema en el que pierden cualquier crédito como partido moderado, de centro-izquierda y constitucionalista. No puede reclamar para sí la condición de leal al orden constitucional quien, al mismo tiempo, pacta con Podemos y acepta su estrategia de demolición del sistema, que comienza por la propia Corona.

El acuerdo entre Sánchez e Iglesias es también la quiebra del respeto por la convivencia cívica. Su pacto entraña el dibujo de una línea divisoria en la sociedad, porque está fundado en postulados tan izquierdistas que hacen imposible la transversalidad necesaria para la convivencia y la estabilidad. El PSOE vuelve a optar, como lo hizo Zapatero, por la ruptura social, lo que abre dinámicas que, por ejemplo, han acabado por convertir a todo un expresidente socialista en un correveidile del dictador Maduro. El Gobierno socialista no tiene bastante con la crisis catalana y quiere abrir otra en el seno de la sociedad española, como coartada -la estrategia de la crispación, apadrinada por Zapatero- para justificar ese gran frente nacionalista y socialista al que aspira la izquierda desde 2004 para arrinconar, sin conseguirlo, al centro-derecha.

Error de protocolo o simple afán de protagonismo, la efímera colocación de Sánchez y su esposa junto a los Reyes durante el saludo de la recepción ayer en el Palacio Real es también metáfora del discurso republicano que el PSOE está permitiendo que cale en la agenda política. Quebrar también la lealtad del Gobierno con la Corona sería, en este momento, conducir al país a un abismo del que sólo saldrían beneficiados los separatistas y la extrema izquierda. Y por esta senda discurre el PSOE al aceptar un pacto que no es presupuestario, sino político y umbral de una coalición extremista para las próximas citas electorales. Es lamentable que todos los caminos en los que está perjudicándose el interés nacional acaban conduciendo al PSOE y su política de pactos. Allí donde esté un separatista insultando al Rey, difamando a España y socavando la unidad nacional, está también el PSOE de aliado. Allí donde haya un comunista añejo proclamando revanchismo e imposición totalitaria, está también el PSOE de aliado. Allí donde se promueve el acoso a la Iglesia y a los valores de una gran parte de los ciudadanos, está, con especial ímpetu, el PSOE de aliado. El desafío de la izquierda es una batalla ideológica que Ciudadanos y Partido Popular no pueden eludir.

Hay que etiquetar a VOX
Sigfrid Soria gaceta.es 13 Octubre 2018

Ultraderecha, esa es la etiqueta que en general los medios de comunicación ponen a VOX en un intento de diferenciarlo peyorativamente del resto de partidos políticos. Se teme a lo desconocido cuando se vive de lo conocido y si, además, el desconocido viene con verdaderas intenciones de cambiar las cosas, más se teme. La prensa escrita, televisión y radio se financian en parte de los partidos políticos y estos, a su vez, de fondos públicos. VOX no ha tocado poder y, por tanto, no participa del reparto de fondos de todos los españoles destinado a financiar a quienes tocan poder, por lo que no ofrece lo que interesa a los medios de comunicación, dinero. Profundizando en el argumento, VOX es percibido por los medios de comunicación como una amenaza a su zona de confort actual en la que todos, y cuando digo todos es hasta los comunistas antisistema, ofrecen su particular pesebre a los hambrientos medios.

Se ha llegado al punto en que los aturdidos medios de comunicación se ven en la obligación de dar cobertura a lo que ocurre con VOX, pese a tener la certeza de que VOX no dispone de esa pasta pesebrera gansa cuyo origen público no tiene más mérito que haber tocado poder político institucional. Pero es que los medios se ven en dicha obligación, porque lo que está ocurriendo con VOX es un fenómeno muy importante que periodísticamente no pueden ignorar, sin cobrar a VOX ni un céntimo de euro, porque no tiene, mientras cobran ingentes cantidades al resto de partidos que, a su vez, están entrando en pánico al ver el geométrico crecimiento de sentimiento patriótico que está mostrando la sociedad española, magistralmente pilotado por VOX.

A este galimatías al que se enfrentan los medios de comunicación se une un demoledor factor a futuro. El partido patriótico ha dejado claro que si toca poder eliminará la financiación pública a todos los partidos políticos y sindicatos, esa financiación de la que comen y que mantiene calentito el pesebre de los medios. Ya vamos viendo, por tanto, que lo último que desean quienes viven de los partidos es que llegue al poder uno que les someterá a profundos cambios y que les sacará de su zona de confort pesebrera, porque lo de que serán más independientes desde el punto de vista informativo y deontológico, les importa menos.

Visto que lo único que importa es la pasta, hay que hacer todo lo posible para que quien constituye una amenaza al grifo deje de serlo. La conjura para parar el efecto VOX está servida, de ahí el tratamiento mediático de ultraderecha, es decir, que viene el coco y nos va a comer a todos.

A partir de ahí, no hay más planteamientos; los conceptos ultraderecha y facha se funden en un armónico matrimonio, oficiado por los medios de comunicación, que tiene como resultado considerar negativo cualquier propuesta que venga de ese partido ultraderechista y facha. Por ejemplo, eliminar 65.000 sueldos del estado autonómico y el resto de gastos corrientes de los 17 parlamentos y gobiernos autónomos (podríamos hablar de un ahorro de unos 60.000 millones €/año) es muy de ultraderecha. O acabar con las políticas de inmigración que generan efecto llamada que engordan a las mafias que trafican con seres humanos, también es de ultraderecha. U oponerse a que Europa afrente a España no extraditando a delincuentes fugados o dicte la salida de la cárcel de terroristas, violadores y pederastas, es de fachas. O exigir que todos los españoles tengan las mismas oportunidades laborales en cualquier sitio de España, es el colmo del facherío.

Lo que está claro es que los medios de comunicación están trabajando para evitar que millones de españoles se sumen a la espiral del ciclón VOX, pero más claro está que las fuerzas de la naturaleza se imponen a los designios humanos, sobre todo cuando la naturaleza es España y los designios humanos son los medios de comunicación.

Sánchez empoderado
Jesús Lillo ABC 13 Octubre 2018

Reducir a anécdota el gesto de empoderamiento de Sánchez en el Palacio Real es tanto como calificar de «coincidencias» -eso dice la UCJC- los plagios del doctor en Económicas que nos gobierna. Tal día como ayer, Rodríguez Zapatero se sentó al paso de la bandera de Estados Unidos para resumir su visión del mundo y Sánchez -«yo no voy a ser menos», dijo- se subió a la cima para contemplarlo desde todo lo alto, hasta que lo quitaron de en medio. Ocho segundos le duró, lo que una república catalana.

Tan relevante o más que la soberbia que Sánchez y señora mostraron ayer al situarse junto a los Reyes resulta el protocolo palaciego que procedió a su inmediato desalojo, presagio y secuencia de lo que habrá de suceder, ojalá sea pronto. En La Castellana le gritaron «okupa» y en el Palacio Real, acto seguido, lo pusieron en su sitio. No se puede estar más empoderado que Sánchez, una anécdota hecha presidente, una coincidencia con poder ejecutivo y un «posible error de forma» -eso dice también la UCJC de su plagio cum laude- que ni siquiera sabe dónde tiene la mano derecha, o ultra-ultra-derecha.

El pasado lunes contaba Almudena Martínez-Fornés en ABC cómo Sánchez había acaparado la política exterior a costa de la agenda internacional de Don Felipe. Ayer, el presidente dio un paso más en su proceso de entronización y cohabitación republicana al situarse en plano de igualdad con el Rey y ejercer como anfitrión de un acto en el que no pasaba de ser invitado. La pulsera dorada que le pusieron en julio para entrar en la zona VIP del Festival de Benicásim y ver de cerca a los Killers dejó en su muñeca la huella de una ambición. Desde entonces, es ver algo brillar -la purpurina le vale- y se empodera. La montura de sus gafas de piloto, las barandillas del Congreso, el trono del Palacio Real... cualquier cosa pintada de oro lo estimula. Con Sánchez en La Moncloa, al Rey se le puede injuriar más y mejor, reprobarlo a iniciativa de sus socios de Gobierno y pedir la abolición de la monarquía parlamentaria, otra idea de quienes ya estampan su sello oficial en los documentos del Gobierno de España. En esta coyuntura histórica, que al presidente lo desoriente su vanidad apenas tiene importancia. Es cuando actúa de forma premeditada y empoderada -«os vais a enterar», «yo no voy a ser menos»- cuando da miedo.

Voxeando
Un partido que aspirase a algo más que ser un contenedor de la «derechita enfurruñada» debería lanzarse a la conquista de un electorado transversal
Juan Manuel de Prada ABC 13 Octubre 2018

Ha sido entrañable el ataque de histeria colectiva que ha provocado el exitoso mitin de Vistalegre. Los medios de adoctrinamiento de masas tildan a Vox, con desmelenada hipérbole, de «formación ultraderechista». Pero lo cierto es que Vox ha sido siempre una formación de derecha homologada: lo fue en sus inicios, cuando surgió reivindicando los postulados liberales y presentando un candidato paladín del europeísmo y la «sociedad abierta» de Karl Popper (el maestro de Soros); y lo es hoy, cuando, al menos en política internacional, se adscribe sin rebozo al ideario neocón. Es verdad que entremedias Vox ha puesto el énfasis en causas diversas: defensa de la vida y la familia (como guiño a la derecha católica), denostación del régimen autonómico (como guiño a la derecha jacobina), énfasis identitario (como guiño a la alt-right pagana)… Hasta encontrar finalmente una veta de adhesión popular en su execración de las avalanchas inmigratorias y del proceso soberanista catalán, en volandas de la inoperancia de una derecha con dengues propios del escribiente Bartebly.

En esta búsqueda de sucesivos banderines de enganche podría tildarse a Vox de derecha saltimbanqui o transformista que (al estilo de la época) pulsa diversas teclas, en busca de una melodía frankenstein; pero no, desde luego, de «ultraderecha». Lo más llamativo es que, en sus sucesivas metamorfosis, Vox siempre ha buscado el voto de los desencantados de eso que su líder ha denominado, con sintagma afortunado, la «derechita cobarde». Pero así sólo se consigue ser una «derechita enfurruñada». Y circunscribir una iniciativa política a la «derechita enfurruñada» es una estrategia perdedora: primeramente, porque se trata de una porción más bien exigua de la población; y también porque, puesta en la tesitura de encumbrar a una formación política, esa «derechita enfurruñada» acaba siempre optando por el voto útil, el mal menor y demás componendas «conservaduras». En este sentido, podríamos preguntarnos si el ataque de histeria de los medios de adoctrinamiento de masas no es, en realidad, un modo malévolo de conceder protagonismo a Vox, para convertirlo en un partido que pastoree a esa porción de votantes descontentos. No sería descabellado pensar que el sistema concede a Vox la misma función de «control de daños» respecto a peperos y naranjitos que en su día concedió a la Alianza Popular de Fraga respecto a la UCD de Suárez: de momento, un contenedor de descontentos; en el futuro, tal vez un recipiente idóneo para un hipotético trasvase de votos que asegure la estabilidad gatopardesca del sistema. En este sentido, los vituperios que los medios de adoctrinamiento de masas dedican a Vox podrían considerarse -como nos enseñaba Cernuda- «formas amargas del elogio». Así lo ha señalado el propio Abascal.

Un partido que aspirase a algo más que ser un contenedor de la «derechita enfurruñada» debería lanzarse sin tapujos a la conquista de un electorado transversal. Y ese electorado son los trabajadores en precario y las clases medias depauperadas y cosidas a impuestos, mientras izquierdas y derechas se dedican a exaltar las «políticas de la diversidad» y las paparruchas de género que tanto gustan a los pijos y a las pijas de izquierdas y derechas. Un partido así lanzaría una ofensiva sin ambages contra la escabechina del neocapitalismo globalizador, devolviendo a los españoles la dignidad laboral (y antropológica) y el sentido de pertenencia a una comunidad política solidaria. Tal vez un partido que se atreviese a lanzar esta ofensiva no acabase de gustar a la «derechita enfurruñada», pero ganaría para su causa a todos los humillados y ofendidos.

Del besamanos a las urnas
Javier Somalo Libertad Digital 13 Octubre 2018

Paso relajado, de lento algo chulesco. Braceo largo. Es un paseíllo sin capote. Un Regular de Ceuta descarriado. Aquí estoy yo. Esta vez salgo el primero, cuidado. Cuál es mi cámara. Con sonrisa ensayada –no es lo suyo– saluda a los reyes cual colegas y se sitúa a su lado, a su nivel, para recibir al resto de invitados en igualdad de peso institucional. La primera dama, Begoña Gómez, camina hacia atrás hasta la pretendida posición para no perderse nada. Y en cuestión de segundos suenan las doce en el reloj. La carroza vuelve a ser calabaza. Presidente, que ya está. Que aquí los protagonistas son los reyes. Que esto es el Palacio Real.

Y los Sánchez-Gómez hicieron mutis por el foro. El presidente retomó su característico paso para que le dure todo un poco más, para ser más visto, volviendo a su gesto habitual, contrariado, apretado y, esta vez, algo más cabreado. Si Pablo Iglesias estampa el membrete de Podemos junto al del Gobierno de España en un documento carente de toda oficialidad para pactar el apoyo a unos presupuestos, ¿porque no iba a ponerse el presidente del Gobierno a la altura de los reyes de España en una recepción en el Palacio Real?

Los reyes sonrieron tras la anécdota.
-Pobriño, quería quedarse más– parecía decir la reina.
-Ya… le pasa siempre– podría haber contestado el rey.

Y la reina volvió al protocolo colocando profesionalmente la mano para los cientos de apretones que le quedaban por delante y que Sánchez quería compartir.

Poco antes del gatillazo protocolario, el presidente fue recibido con abucheos: "¡Fuera, okupa, queremos votar!", fue, más o menos, lo que le espetaron los muchos ciudadanos que suelen saldar cuentas con los presidentes ofreciendo demoscópicos contrastes entre ovaciones y abucheos según aparezcan las personalidades en los actos públicos. Claro, a éste no le han votado ni propios ni extraños y la lluvia le cayó de arriba y de abajo.

Tan mal iban las cosas en la Fiesta Nacional del 2018 que el Doctor Richard Kimble, el Fugitivo, echó el resto en los corrillos de Palacio. Sin cámaras, sin palabras propias, sólo eso que la prensa llama "conversaciones informales". Sigo sin entender por qué se permite a un presidente del Gobierno desaparecer de la escena pública a su antojo y, sin embargo, se le brinda la escapatoria del "corrillo". El caso es que, según dicen que dijo, habrá Presupuestos y no habrá elecciones hasta 2020. ¿Y por qué no piensa Sánchez en gobernar hasta 2022? Es lo que podría hacer si ganara ahora unas elecciones generales. Le duran poco las cosas porque siempre llega a tropezones. Le dura poco la tesis y el besamanos. Lo de La Moncloa, que es lo único que se le reclama breve, quiere estirarlo sin reválida.

Pero un presidente llegado por moción de censura, aunque no hallemos antecedente, está obligado a ser coyuntural, casi un mero instrumento para llegar a las urnas y que los ciudadanos decidan si una votación parlamentaria evacuatoria cuenta con su apoyo. Maldita democracia. Si, como él sostiene, la moción estuvo motivada por la sentencia del caso Gürtel, no sé qué hace de presidente del Gobierno el secretario general de un partido que destroza la tarjeta de crédito pública en marisquerías y puticlubs y que colecciona episodios dignos de dimisión en cloacas, mansiones y universidades, amén del expediente de latrocinio más escandaloso de nuestra democracia: el de los ERE y los cursos de formación de parados en Andalucía.

Si llegó por corrupción, por lo mismo habría de irse. Airadamente exhortado, como en el desfile. Amablemente invitado, como en el besamanos.

Un cateto en la corte del rey Felipe
Emilio Campmany Libertad Digital 13 Octubre 2018
 
Al menos nos cabe el consuelo de saber que no somos nosotros quienes lo hemos elegido, como nos pasó con Zapatero, sino que su desgraciada ascensión es obra de quienes quieren destruir España. No podían haber elegido mejor.

El vídeo que muestra al doctor Sánchez y a su esposa quedándose al lado de los Reyes para compartir con ellos el besamanos evidencia la tosquedad de quien nos gobierna. Como asinus in cathedra que es, cree saber tanto como ignora y, teniéndose en tan alta estima, se ha colocado junto a los Reyes para que los invitados le hicieran la reverencia y besaran la pálida mano de su esposa, como si virreyes fueran. La presidenta del Congreso, que era quien le seguía conforme al protocolo, no se ha atrevido a negarles el saludo, pero lo ha hecho con gesto mezcla de guasa y sorpresa, que ya debió de servirles de aviso de que algo estaban haciendo mal.

Cuenta Tony Blair en sus memorias la infinidad de instrucciones que recibió cuando fue a visitar a la Reina para que le encargara formar Gobierno tras haber ganado las elecciones. El ex primer ministro lo cuenta con mezcla de sorna y admiración. Por un lado, le pareció algo impropio de estos tiempos y, por otro, sintió el comprensible orgullo de ser ciudadano de una nación donde las tradiciones importan. Aquí es diferente. Nuestra Monarquía apenas está sometida a protocolo. Pablo Iglesias visita al Rey vestido como si fuera de acampada con sus colegas. Y en cambio en la gala de los Goya se enfunda un esmoquin alquilado que le queda como la seda a la mona. Y nadie dice nada. Casi cualquier cosa está tolerada, desde hablarle de tú al Rey hasta soltar algún taco en su presencia, y son muchos los que le estrechan la mano como si saludaran al simpático maitre de un restaurante de moda.

Ahora, el desparpajo no puede llegar a que un invitado se crea, como el cafre de nuestro presidente, que es coanfitrión en una recepción de los Reyes. Y no deja de ser chocante que su expertísima consorte, disputada por las grandes empresas y los más notables headhunters, asombro de eficacia gestora y un regalo para cualquier ONG que consiga ficharla, no se haya dado cuenta de que estaban metiendo la pata hasta el corvejón.

No menos reveladora es la mirada centelleante de odio que el iletrado doctor le ha dedicado al probo funcionario que se ha apresurado a advertirles de que no podían quedarse allí porque quienes recibían eran los Reyes y no ellos. Tanto rencor y tanto encono dedicado a quien les ha salvado de prolongar el ridículo en vez de agradecer la cortesía con una sonrisa de disculpa completa el cuadro del personaje: necio, zafio, vulgar y rencoroso. Además de indocto, que nunca mejor dicho. Al menos nos cabe el consuelo de saber que no somos nosotros quienes lo hemos elegido, como nos pasó con Zapatero, otro que tal baila, sino que su desgraciada ascensión es obra de quienes quieren destruir España. No podían haber elegido mejor.

Venenoso es un Gobierno que quiere amordazar a la prensa
OKDIARIO 13 Octubre 2018

La calidad democrática de un país se mide por el grado de libertad con el que informan sus medios de comunicación. La Moncloa se equivoca gravemente al tratar de amordazar a OKDIARIO. Más cuando recurren al reduccionismo de la intimidación y los insultos. Palabras como “veneno”, “basura” y “vergüenza periodística” como forma de definir este proyecto hablan por sí solas del nivel de nerviosismo de la institución. Impropio, en fondo y forma, del Ejecutivo de un país tan importante como España. Este proyecto concita el esfuerzo y la dedicación de decenas de profesionales que con su desempeño y esfuerzo diario demuestran estar muy alejados de esa desafortunada concatenación de ataques. Informar del error de protocolo de Pedro Sánchez y su mujer, Begoña Gómez, supone cumplir con la obligación y el compromiso que unen a esta cabecera para con sus lectores.

El único responsable del error del presidente del Gobierno es el propio presidente del Gobierno, por mucho que Moncloa —en un día poco afortunado— haya tratado de cargar la responsabilidad a la Casa del Rey de que Sánchez usurpara el lugar de Felipe VI en el besamanos. Ni OKDIARIO, que lo ha publicado primero, ni los numerosos medios que se han hecho eco después —aperturas de telediarios incluidas— tienen nada que ver. Si algo interesa a la opinión pública, ha de transmitirse. No obstante, empieza a ser inquietante la insistencia de este Gobierno a la hora de poner en jaque la libertad de expresión.

Por un lado, intentan controlar la información que se publica durante los procesos electorales. Con la excusa de “proteger” a los ciudadanos de las injerencias y contaminaciones que llegan del extranjero, pretenden seleccionar qué se publica y qué no durante fechas donde la ciudadanía tiene que estar más informada que nunca. Por otra parte, han propuesto recuperar el Consejo Estatal de los Medios Audiovisuales (CEMA) para el control y la regulación de los medios de comunicación públicos y privados. El problema del actual Ejecutivo no son los periodistas ni los medios para los que trabajan. El problema es que su presidente ha plagiado su tesis doctoral, que tienen dos ministros dimitidos y una reprobada, que Pedro Duque usa sociedades instrumentales y que Isabel Celaá juega al ocultismo fiscal con sus posesiones. Quizá, con un equipo de Gobierno más ejemplar, no tendrían que estar tan preocupados por OKDIARIO.

En torno a la derecha superflua
Pedro Carlos González Cuevas  latribunadelpaisvasco.com 10 Octubre 2018

A estas alturas, no creo que pueda existir la menor duda de que la sociedad española atraviesa una de las crisis más importantes de su reciente historia, a nivel tanto económico y social como cultural y político. En 1934, el célebre filósofo Oswald Spengler, en su libro Años decisivos, una incisiva crítica desde la derecha al nacional-socialismo en el poder, presagiaba en el futuro unas “décadas grandiosas”, es decir, “terribles e infaustas”. Creo que en eso estamos, tanto a nivel nacional como internacional. Y es que tras la etapa de gobierno de Rodríguez Zapatero, muchas de las certezas sobre la supuesta fortaleza del régimen político y de la sociedad española en su conjunto se evaporaron. La mayoría de los problemas que se creían superados salían de nuevo a la luz con singular virulencia. La cuestión religiosa continuaba viva, ya que permanecía el enfrentamiento entre católicos y laicistas, aunque ambos grupos fuesen minoritarios. En la sociedad española, el proceso de “irreligión natural” (Augusto del Noce) resulta arrollador; y es una de las sociedades más secularizadas de Europa. Pero el laicismo sigo siendo una de las señas de identidad del conjunto de las izquierdas. Tampoco parece que la cuestión de la forma de gobierno haya encontrado una solución definitiva. En junio de 2014, Juan Carlos I abdicó en su hijo Felipe VI. La institución y la figura del monarca fueron incapaces de resistir la erosión de las críticas de que fueron objeto, por su tormentosa vida privada y la corrupción que caracterizaba a no pocos miembros de la Familia Real. Sin embargo, el discurso de Felipe VI del 3 de octubre de 2017 contra el separatismo catalán logró, al menos en parte, frenar el proceso de deslegitimación que padecía la institución desde hacía varios años.

Además, en estos momentos, asistimos, como ha puesto de relieve José Ramón Parada, al fracaso del modelo de descentralización política. El modelo autonómico no sólo no consiguió integrar a los nacionalismos periféricos catalán y vasco, sino que ha favorecido las tendencias centrífugas; además, implica unos costes económicos excesivos, que lo hacen, a medio plazo, inviable. Su dialéctica intrínseca lleva a la confederalización y luego a la fragmentación del Estado. En relación al modelo económico, el Estado benefactor ha salido muy dañado de la crisis económica. Junto a ello, el denominado “invierno demográfico” español que pone en cuestión, entre otras cosas, la continuidad social, cultural y los fundamentos del Estado benefactor. Al mismo tiempo, se ahondaba en la crisis de representación del régimen político español. Hoy, el modelo de democracia liberal representativa se encuentra en crisis en la mayoría de las sociedades desarrolladas, a causa del proceso de globalización económica y el cuestionamiento del modelo de Estado-nación. Progresivamente, el sistema político nacido en 1978 se presentaba, sobre todo ante las nuevas generaciones, como cerrado y oligárquico. La democracia española sigue siendo plana y partitocrática. De ahí el auge actual de los movimientos populistas de izquierda en nuestro suelo, como Podemos. A ello se une el recurso de la izquierda a la denominada política de “memoria histórica”, cuyo objetivo es no sólo demonizar al conjunto de la derecha española, sino someter a crítica el modelo de transición español hacia la democracia liberal, basado en el pacto y no en la ruptura.

En este contexto tan problemático, Mariano Rajoy Brey no parecía, desde luego, el líder político más indicado, ni un modelo de estadista. El hasta hace poco líder del Partido Popular no era un hombre de pensamiento, sino un político muy apegado al terreno; un político de gestión, con fama de lento y de proclive al inmovilismo. No obstante, es preciso profundizar más en el análisis. Y es que la ejecutoria de Rajoy, al igual que la de su partido, es, en realidad, producto de las contradicciones que caracterizan a la praxis de los partidos conservadores en la actual situación social y política. Y lo mismo podríamos decir de los partidos socialdemócratas. En el caso de la derecha existe, por un lado, un importante sector de su base social y política que se muestra partidario del respeto a las tradiciones, al orden moral, a la nación, a la estabilidad vital o a las ideas de patria y religión; por otro, estos principios chocan cada vez más con la realidad de un orden socioeconómico global que necesita fluidez, ausencia de fronteras y de tradiciones; un orden que, en el fondo, se basa en el cambio permanente. Mariano Rajoy y su partido no han podido o no han querido sintetizar ambas perspectivas. En lo fundamental, han optado por la segunda opción en detrimento de la primera. En toda esta actitud, subyace igualmente el triunfo de lo que el filósofo Peter Sloterdijk ha denominado “razón cínica”, una actitud difusa muy característica de ciertos sectores sociales y de ciertas elites fatigadas, escépticas. Ese “nuevo cinismo”, que, según el filósofo alemán, actúa como “una negatividad madura que apenas proporciona esperanza alguna, apenas a lo sumo un poco de ironía y de compasión”. Un “cinismo” que Sloterdijk describe como la “falsa conciencia ilustrada”, la de aquellos que saben que todo ha sido desenmascarado y no pasa nada. A mi modo de ver, la “razón cínica” se encarna hoy, políticamente, en el denominado “centrismo”.

Así, el Partido Popular se centró, a lo largo de su mandato, en la economía, siguiendo a rajatabla los parámetros establecidos por la Comunidad Económica Europea, a través de la reforma del sistema tributario y del mercado de trabajo, así como en el logro de la estabilidad presupuestaria. Las reformas políticas y de carácter moral y cultural brillaron por su ausencia. Nada se hizo en lo referente a las garantías para el logro de la independencia del poder judicial. Tampoco se derogó la Ley de Memoria Histórica. En lo relativo al aborto, el ministro Alberto Ruíz Gallardón presentó un anteproyecto de Ley de Protección de la Vida del Concebido y los Derechos de la Mujer Embarazada, que fue finalmente rechazado por el propio Mariano Rajoy, lo que provocó la dimisión del ministro de Justicia. El Estado de las autonomías no sufrió reforma alguna. Las medidas pronatalistas brillaron por su ausencia. El Partido Popular, como ha señalado Rogelio Alonso, dio una adhesión tácita a las medidas de Rodríguez Zapatero con respecto a ETA. Su actuación ante el proceso separatista catalán fue tan cobarde como miope y errática. Ni tan siquiera se planteó, no ya en la etapa de Rajoy, sino en la del ahora tronitruante José María Aznar, la articulación de un nuevo nacionalismo español. Es más, fue Aznar, en el fondo, uno de los “inventores” de la “memoria histórica”, con su estúpida reivindicación del mediocre Manuel Azaña.

A ese respecto, un tal Ramón Punset, a la sazón catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Oviedo, publicó, con el título de “¿Hay un camino transitable a la derecha?”, un artículo en algunos diarios regionales, en el que sometía a una crítica solapada algunos de los planteamientos defendidos en mi libro El pensamiento político de la derecha española en el siglo XX. De la crisis del 98 a la crisis del Estado de partidos (2015). Apenas conozco la obra del señor Punset, y eso que ha llegado a catedrático, o quizás por eso. Hace ya muchos años, cuando elaboraba mi tesis doctoral sobre Acción Española, pude leer su tesis doctoral, nunca publicada, que llevaba por título Las clases medias ante la crisis del Estado español. El pensamiento de José Calvo Sotelo, luego resumida en un artículo publicado en la revista socialista Sistema. La verdad sea dicha, su lectura no me sirvió para nada; era de una mediocridad abrumadora. Sin duda, Pedro Sánchez –y muchos otros- tienen sus antecedentes y genealogía. Pero dejemos, al menos por un momento, su pasado a un lado y pasemos a sus opiniones sobre el presente.

Frente a mis críticas al PP de Marian Rajoy, el señor Punset estima que éste no podía dar respuesta al desafío de la memoria histórica, ya que no le quedaba más que “aceptar como muestra de reconciliación nacional, la revisión simbólica promovida por las izquierdas, como éstas aceptaron, y el PSOE sigue haciendo, la institución de la Corona y la bandera rojigualda”. Tampoco cree que el PP pueda crear una simbología integradora o un nuevo nacionalismo español, por la influencia de los nacionalismos periféricos y la “debilidad anímica” de los defensores de la unidad nacional. Y escandalosamente afirma: “Para mí está claro que una nación que se avergüenza de su unidad histórica no merece permanecer unida”. “Así que atengámonos a las consecuencias”. Menos aún acepta el fracaso del Estado autonómico, ya que, según él, la descentralización es “en sí misma un buen porque ha acercado el poder a los ciudadanos, ha constituido un gran éxito y contribuido no poco a la revitalización de una España entonces mortecina y polvorienta”. Sin embargo, se ve obligado a reconocer que los pactos con los nacionalistas confieren “al sistema territorial un sesgo de Antiguo Régimen y una apariencia de geometría variable que es fuente principal de las desdichas secesionistas actuales”. Y, en fin, estima que la política afín al proceso globalizador seguida por el PP es una muestra de “modernidad”, porque tampoco serviría un PP “demagógicamente contrario a los flujos migratorios”. Es decir, que para el señor Punset la derecha, propiamente hablando, es superflua, en realidad inexistente, ya que su única función real viene a ser la de una especie de partenaire de la izquierda, que, en un momento dado, gestione y sanee la economía desactivada y destruida por las estolideces de esa misma izquierda.

Claro que el señor Punset se equivoca al estimar que yo pudiera creer que el PP, bajo la égida de Pablo Casado, pudiera cambiar de actitud. En realidad, como historiador de la derecha, nunca he creído tal cosa, y no ya por la ejecutoria de Rajoy, sino por la de Aznar, hoy de nuevo una especie de mesías para el partido hegemónico de la derecha española. A mi modo de ver, al PP le ocurre como, según Jorge Luis Borges, le ocurría al peronismo. No es que sea malo; es que resulta incorregible. Desde hace varios años, vengo sosteniendo que el principal dique para la construcción de una auténtica derecha en España es el PP. La triste etapa de Mariano Rajoy al frente del gobierno me ha dado, desgraciadamente, la razón. La inacción y la degradación del PP llegaron a tales extremos de abyección que ha hecho inevitable una decisión. A mi modo de ver, no hay marcha atrás. Las opiniones del señor Punset no son sólo absolutamente escandalosas, sino, como mostraremos, contradictorias e inválidas. Su derrotismo nacional es imperdonable. En muchas ocasiones he pensado que debería exigirse a los funcionarios lealtad a la nación y al Estado. Hoy, en España ocurre lo contrario. El señor Punset sostiene que la derecha no puede dar respuesta a las leyes de la memoria histórica de la izquierda, porque rompería el pacto de la transición entre socialistas y comunistas y la Monarquía. Sin embargo, estas leyes –caracterizadas por lo que el antropólogo Tzvetan Todorov denomina “memoria incompleta”, es decir, parcial- son las que rompen ese pacto. Por poner un ejemplo, la exhumación de los restos mortales de Franco de su tumba en el Valle de los Caídos supone, no de otra cosa se trata, de una clara ruptura simbólica con lo que fue el pacto de la transición. Aparte de eso, es preciso señalar que en los mítines y manifestaciones del PSOE y de la izquierda en general destacan las banderas republicanas. Poco a poco, la ruptura simbólica va abriendo paso a la ruptura social y política. Y es preciso que la derecha lo asuma con todas sus consecuencias. Además, ¿por qué el pueblo de derechas ha de soportar periódicamente, a través de la televisión, del cine o de la literatura, que se acuse al bando nacional, donde militaron sus padres y abuelos, de “fascista”, “nazi” o “genocida”? ¿Por qué en Madrid existen calles dedicadas a Dolores Ibárruri o a Francisco Largo Caballero? ¿Por qué han de estar en sitio preferente las estatuas de Indalecio Prieto o de Largo Caballero? ¿Por qué ha de suprimirse del callejero los nombres de Ramiro de Maeztu o de Pedro Muñoz Seca, vilmente asesinados por los revolucionarios?. ¿Cómo puede permitirse que el Ministro de Cultura haya comparado el Valle de los Caídos con Auschwitz?. Las leyes de memoria histórica del PSOE, no digamos las de Podemos, no persiguen la reconciliación nacional, sino la imposición de la memoria de izquierdas –disfrazada miríficamente de “memoria democrática”- al resto de la población. Contra todo esto, la derecha ha de luchar; de lo contrario, desaparecerá del mapa; no sólo será discriminada, sino que sufrirá, como está ya pasando, el abandono de sus bases sociales. Todas estas agresiones simbólicas han de ser contestadas. Y es que resulta preciso honrar a los muertos y educar a las nuevas generaciones en una conciencia histórica compartida. Tal es el resto.

Con respecto al “Estado de las autonomías”, el señor Punset incurre en palmarias contradicciones. Si su resultado histórico es tan positivo, ¿cómo es posible que, al mismo tiempo, sostenga que nos ha llevado poco menos que a un retorno al Antiguo Régimen? ¿Dónde está entonces el éxito? ¿Por qué calificar a la pujante España del desarrollo de “mortecina” y “polvorienta”?. Creo que la España actual se asemeja más a ese modelo. Y es que el “Estado de las autonomías” no ha contribuido ni poco ni mucho a la vertebración de la sociedad española; todo lo contrario, la he desvertebrado. Ha consolidado, además, una serie de oligarquías locales que ejercen un poder incontrolado. Lejos de acercar el poder a los ciudadanos, ha favorecido el clientelismo y el control de la población por parte de esas oligarquías. ¿Cómo es posible que la hegemonía socialista en Andalucía haya durado cuarenta años, y que no tenga perspectiva de finalización?. ¿Cómo es posible que los nacionalistas catalanes y vascos, a pesar de sus tropelías, sigan mandando en sus respectivas autonomías desde los comienzos de la democracia?. ¿Tiene algo que ver el desarrollo económico con la descentralización?. Economistas como Mikel Buesa o Roberto Centeno, entre otros, niegan la mayor. Pero es que, además, el “Estado de las autonomías” nos lleva más pronto que tarde a la balcanización del país. En eso, estamos ya. Y no es sólo eso; es que nos arruina económicamente. Como han sostenido no pocos economistas, llegará un día en que los españoles tendremos que elegir entre autonomías, pensiones y Estado benefactor. Porque las autonomías suponen, entre otras cosas, empresas públicas inútiles, cupo vasco-navarro, parlamentos, clases políticas privilegiadas y extractivas, duplicidades burocráticas, etc. ¿Hasta cuándo podemos soportarlo?

Con respecto al tema de la globalización y de la Unión Europea, la auténtica modernidad es una perspectiva crítica. No un euroescepticismo, sino un europeísmo crítico, que sea capaz de analizar las insuficiencias y contradicciones del proyecto europeo actualmente dominante. ¿No es ya de por sí evidente que a los Gobiernos se les ha ido la mano en el tema de la inmigración?. Además, los recortes sociales, la disciplina presupuestaria y la deslocalización de las actividades productivas dificultan la absorción del paro y la consolidación de los servicios sociales. Por otra parte, la actual ideología europeísta implica un cosmopolitismo abstracto y ramplón, favorecedor en el fondo de la hegemonía de Alemania; que socava la cohesión nacional, y que, en el fondo, favorece los secesionismos.

Toda esta labor crítica y política no puede llevarse a cabo por un partido tan comprometido con el régimen actual como es el hoy acaudillado por Pablo Casado; muchos menos por esa inanidad ecléctica y evanescente como Ciudadanos, un día socialdemócrata, otro liberal o conservador, o lo que le echen. Hoy por hoy, el único partido que puede afrontar esa problemática es VOX, que dirige Santiago Abascal. Por ello, no resulta extraño que ya haya sido demonizado, no sólo por la izquierda, lo que es completamente lógico, sino por los portaestandartes mediáticos de la “razón cínica”, como ABC o La Razón. El PP clama ya por el voto útil, pero ya no puede engañar a nadie salvo a los incautos, porque ha dado de sí lo que podía. Es, esa sí, la derecha superflua, cuyo fundamento ideológico es la “razón cínica”.

El Presidente desnudo ante el Rey vestido
Melchor Miralles republica 13 Octubre 2018

Primero le inundaron las protestas del personal en el desfile. Después el presidente Sánchez quedó al desnudo en la recepción del Palacio de Oriente, donde pretendió ocupar junto a su señora un lugar que no le pertenece y tuvo que ser expulsado por los servicios de protocolo al quedarse el matrimonio junto a los Reyes en el besamanos para que los invitados tuvieran que saludarles a ellos después de los monarcas. El asunto no es una anécdota, es muy revelador de hasta qué punto Sánchez está encantado de haberse conocido y hasta qué punto desconoce cuales son sus obligaciones, incluso en el protocolo más elemental.

No resulta extraño en quienes hemos seguido su trayectoria. Su soberbia es insuperable, pero después de este episodio que ya ha dado la vuelta al mundo a través de los medios de comunicación y las redes sociales, donde es el hazmerreir, queda claro que Sánchez no es que busque su sitio, como la Raquel de la serie que interpretó Leonor Watling, es que quiere ocupar hasta el lugar de los Reyes, quiere poder, poder y más poder, a costa de lo que sea.

No le ha importado consentir que al Jefe del Estado se le desprecie en Cataluña, pero a la primera ocasión que ha tenido ha pretendido ocupar su lugar en el Palacio de Oriente, tremendo simbolismo en este presidente que no hay semana que no la líe, por un motivo u otro. Esta vez se puso corbata, sí, pero perdió los papeles en su afán de notoriedad sin límites, con una acto además de descortesía hacia los Reyes. Como vaya un día a Roma quizá pretenda asomarse a la ventana en el Vaticano y decir misa. No acredita tener educación, respeto, conocimiento de sus obligaciones y de las más elementales normas de protocolo y quiere ser el novio en la boda y el muerto en el entierro. Veremos si es solo simbólico cómo le han tenido que echar los servicios de protocolo después de escuchar a tantos que le han pedido que se vaya en la calle, donde pierde crédito cada segundo. Pero a él le trae al pairo y va a tratar de permanecer en La Moncloa hasta 2020. Aunque lo tiene crudo. Muy crudo. Y se le nota demasiado. Hoy ha sido el presidente desnudo ante el Rey vestido.

El lapsus
El despiste retrató a Sánchez con el estereotipo que le hace más daño: el de la querencia por la prosopopeya del cargo
Ignacio Camacho ABC 13 Octubre 2018

Fue un simple error, un desliz protocolario, pero este 12 de Octubre pasará a la historia menuda por ese patinazo: el año en que Pedro Sánchez se coló junto a los Reyes para robarles plano. De cualquier otro dirigente nadie habría sospechado ninguna intencionalidad en el gazapo; sin embargo en torno a este presidente llueve sobre mojado desde que decidió tomar el poder por asalto. Los grupos de whatsapp y las redes sociales, esa hoguera de la España indignada por el motivo más liviano, crepitaron. Sánchez no es un novato; desde que era jefe de la oposición ha estado varias veces -alguna sin corbata, por cierto- en ese acto. En un político tan atento a los detalles de imagen chirría sobremanera este tipo de lapsus: nadie mejor que él entiende el significado simbólico, paratextual, del fallo. Los abucheos del desfile hace tiempo que son, cuando gobierna la izquierda, una especie de rutina tan convencional como el paso ligero de los legionarios, pero este descuido lo deja en evidencia, retratado en el estereotipo de un hombre ansioso de protagonismo soactuado. Esos segundos de despiste en el besamanos representaron la escenificación involuntaria del rasgo que le hace más daño, el del manifiesto apego al poder y el disfrute engolado de los privilegios del cargo. El de una agrandada querencia por la prosopopeya del liderazgo.

El incidente opacó, en cambio, las ausencias de quienes utilizan la Fiesta Nacional para hacerle un desaire al Estado. La cúpula de Podemos y los nacionalistas catalanes, vascos y navarros reiteraron su desplante rutinario. Populistas y separatistas habían aprovechado la víspera para reprobar al Monarca en un gesto de desafío premeditado; se la tienen jurada desde el discurso con que desmontó la intentona golpista de hace un año. Lógicamente ni estaban ni se les esperaba en Palacio pero además el Gobierno ha descafeinado la simbología de la celebración para apaciguarlos: ha suprimido la campaña publicitaria y evitado cualquier referencia, no ya patriótica sino unitaria, que pueda incomodar a sus aliados. El jueves, Pablo Iglesias había timbrado con el membrete del Gobierno un documento de acuerdo presupuestario con el mismo Gabinete cuyo jefe quiso situarse junto al Soberano recién reprobado, y en los corrillos los ministros expresaban su fundada esperanza de incorporar a los separatistas a ese pacto. Es éste un momento político muy raro en el que el partido que manda en España pretende mostrarse leal al Rey y a la Constitución a la vez que coquetea con sus adversarios.

Fuera, los turistas hacían cola en la puerta de la Almudena, donde acaso el próximo 12-O reposen los restos de Franco. Carmen Calvo acababa de explicar que una vez que el cadáver sea exhumado corresponderá a la familia decidir dónde volver a enterrarlo. Va a ser otra rareza: una recepción real con el dictador embalsamado como parte del vecindario.

Vox clamantis in deserto
Luis Algorri. vozpopuli 13 Octubre 2018

Fue hace poco más de un año, el día de la burla del 1-O, cuando cambió todo. Fue en ese preciso día cuando a la gente corriente se le despertó la ira y comenzó el mitin de Vistalegre

Carretero, mi padre, sonríe con cierto escepticismo ante las imágenes del mitin que ha hecho Vox –ese partido con maravilloso nombre de diccionario de latín– en Madrid, pero se sorprende mucho más ante la evidencia de que todo el mundo está hablando de ello como si hubiese sido un acontecimiento histórico. Santiago Abascal reúne a 9.000 personas en una plaza de toros y en la Prensa ocupa eso tanto espacio como la muerte de Montserrat Caballé, que eso sí quedará en los libros de historia. Nueve mil personas. Cerca de Madrid hay complejos urbanos especializados en bodas donde cada domingo se reúne más gente, entre los varios enlaces que haya.

–La novedad –dice mi padre–, pero no te lo tomes a broma.
No lo hago. Tiene razón. La extrema derecha española no reunía a 9.000 personas desde mediados de los años 80, cuando las concentraciones del 20-N en la plaza de Oriente dejaron de reunir a millares de asistentes, que pasaron a ser cientos; ahora, algunas decenas. Lo de la plaza de Vistalegre es, por tanto, una novedad.

Al menos en España lo es. No en otros lugares. La extrema derecha gobierna hoy, en solitario o en coalición, en Polonia, Hungría, Austria e Italia, y tiene una creciente influencia en los países Bajos, Suiza, Eslovaquia, Grecia, Noruega y Finlandia. En Francia, todos los partidos hubieron de apoyar a Macron para impedir que Marine Le Pen fuera presidenta de la República. En Brasil, el ultra Bolsonaro puede alcanzar la presidencia con casi el 60% de los votos. Y mejor no hablemos de Trump ni de Putin. En Europa, Balcanes aparte, la extrema derecha tiene diputados en los parlamentos de todos los países europeos salvo Islandia, Irlanda, Reino Unido (en 2017 perdió el único que tenía), Portugal… y España. En el Parlamento Europeo, a pocos meses de unas nuevas elecciones, puede decirse que la extrema derecha tiene entre 50 y 80 diputados sobre 751, eso dependiendo de muchos matices. Y todo indica que esa cifra va a crecer mucho el próximo mes de mayo, cuando volvamos a votar.

El mitin de Vox fue intensamente transversal. Acudió gente que suele acudir a actos de otros partidos… o que nunca va a mítines

Sería una locura decir que todos los partidos de extrema derecha de Europa son iguales. Pero sí hay rasgos comunes a la inmensa mayoría de ellos: un fuerte sentimiento nacionalista, que necesita, por definición, un enemigo al que echar la culpa de todos los males; un claro tinte xenófobo, cuando no directa y claramente racista, que carga contra la inmigración; en muchos casos (no en todos), un odio hacia lo diferente que se traduce en una homofobia muchas veces violenta; un rechazo más o menos feroz a la idea de Europa y, finalmente, también en algunos casos, un claro olor a incienso y sacristía, es decir, un manifiesto ultraconservadurismo religioso. En España, sin embargo…

–Pero estos de Vox al PSOE le vienen bien –se ríe mi padre.
–¿Cómo que le vienen bien?
–Sí. Porque cuanto más fragmentada esté la derecha, mejor para la izquierda.

No, papi, creo que no es así. Eso es suponer que los votos son siempre los mismos, y no es verdad: en los últimos diez años, el censo electoral ha crecido en más de un millón y medio de personas. Que no se reparten proporcionalmente entre todos: el voto llamado joven tiende a ir a la izquierda, sobre todo desde la aparición de Podemos, y el numeroso voto de los inmigrantes es un batiburrillo casi imposible de explicar.

–¿Entonces? ¿Cuál es el problema?
-El problema es que no es bueno para nadie, en ningún sitio, que crezcan opciones políticas basadas en la demagogia, en el populismo que ofrece soluciones sencillas para problemas complejos (eso es algo que no existe), en el odio a los demás, en el egoísmo y en lo que ahora se llama posverdad, pero que toda la vida de Dios se llamó mentira. En la plaza de Vistalegre había, el otro día, muchísima gente que, en términos de demoscopia electoral, “no tenía que haber estado allí”, ni por su extracción social, ni por su formación, ni siquiera por su origen geográfico o su edad. No había solo ancianitos y matones veinteañeros con gomina, como en la plaza de Oriente. Había gente de todas las edades, aspectos y procedencias. Esto fue lo primero que advirtieron los expertos: el mitin de Vox fue muy intensamente transversal, es decir, que acudió gente que suele acudir a actos de otros partidos… o que nunca va a mítines. Gente que está harta. Gente que ha sido agredida por la reforma laboral. Gente decepcionada y exasperada por la corrupción (como si estos de Vox fueran unos santos), por el vergonzoso nivel de los políticos que podríamos llamar “habituales”, por la desorientación ética que vivimos todos y por…

–¿Y por…?
–Es evidente. Por el cristo del independentismo catalán. No habrá ahora mismo nadie más feliz por el mitin de Vox que el señor Torra: ya tiene un enemigo bajo el cual meternos a todos en la propaganda que hace, y en eso es el mejor. Y gracias al señor Torra, a sus obras a sus pompas y a sus putschdemones, estarán también felices Abascal y sus muchachos, porque han llenado Vistalegre. El nacionalismo españolista y de las JONS, que estaba en una hornacina desde la Transición, está reviviendo a una alarmante velocidad como reacción al independentismo catalán. No hay ningún otro motivo. Ni los inmigrantes, ni Podemos, ni gaitas. Los balcones de Madrid se llenaron de banderas españolas hace ahora mismo un año, cuando los indepes reventaron la democracia en el Parlamento catalán y luego convocaron aquella burla de referéndum del 1 de octubre.

–Día del caudillo, que se decía antes –se ríe mi padre.
–Efectivamente. Hasta entonces, las banderas aparecían en los balcones el día del Corpus, y cada vez menos. Fue hace un año cuando cambió todo. Fue entonces cuando, con toda claridad, a la gente corriente se le despertó la ira. Fue entonces cuando comenzó el mitin del otro día en Vistalegre.

–Entonces tú crees que el fascismo…
–No, Carretero –le interrumpo yo–, lo de Vistalegre no es fascismo, no fastidies. Ya quisieran. El fascismo, hace un siglo, fue un movimiento catártico y desde luego renovador de lo que había. El fascismo creó, sobre todo en Alemania, una estética poderosísima y completamente nueva, lo mismo en lenguaje que en arquitectura, escenografía, música y también en los uniformes. Una estética deslumbrante que nadie había visto antes, y de la que tanto aprendería el comunismo después de la segunda Guerra Mundial. Pero estos de Vox… ¿a dónde creen que van con Sánchez Dragó y un par de toreros? ¿En serio se creen que van a galvanizar a las masas infelices cantando El novio de la muerte y bailando lo de Manolo Escobar? Si solo les faltaba la capa magna del cardenal Cañizares, por favor. Que más bien parecen, al menos por el momento, la Vox clamantis in deserto, que decía el profeta Isaías. Anda que no les queda nada a estos…

Santiago Abascal quiere que le pongan a parir
Rubén Arranz. vozpopuli  13 Octubre 2018

El último actor de este enorme circo político se llama Vox. Es la versión española de esa derecha nacionalista y efectista que ha germinado en varias democracias occidentales como consecuencia del desgaste sufrido por los partidos tradicionales durante 'la gran recesión'. El enésimo mesías que ha aterrizado en España desde que sonara la bocina que advertía del terremoto de la crisis económica. Uno más que viene a salvarnos, vaya por Dios. Su estrategia mediática parece que será diferente a la de otras fuerzas que quisieron medrar en el Congreso, como UpyD y Ciudadanos, dado que su líder, Santiago Abascal, tiene claro que ir contra la mayoría de los "fake news media" le va a reportar más réditos en las urnas que las alianzas con la prensa “del establishment progre y la derechita cobarde”, como no hace mucho la definió.

Advertía hace unas semanas Felipe González en Casa de América de los riesgos que implicaba para Brasil una posible victoria de Jair Bolsonaro. Desconozco si serán menores o mayores que los que afectaron al pueblo marroquí durante el reinado de Hassan II, con quien bien compadreó. Al expresidente -tan bien pagado por pronunciar este tipo de discursos intrascendentes- siempre le ha resultado más sencillo ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. También a Abascal, quien no deja de ser otro de los políticos que prometen romper con el régimen del 78, cuando realmente han crecido y han vivido muy bien dentro del mismo. Por eso, no está de más desconfiar de sus intenciones y de sus propuestas de aplauso fácil.

Ejemplos como el de Vox demuestran que en política se suele cumplir la tercera Ley de Newton, que es la de acción y reacción. Si se observa la situación con prismáticos, se puede apreciar que, mientras el Gobierno y sus apoyos parlamentarios se han empeñado en desenterrar a Franco y 'deconstruir' el Valle de los Caídos -pese que a la gran mayoría de los españoles les importa un bledo-, un partido al que se ha etiquetado como de extrema-derecha junta a 10.000 personas en Vistalegre con otro discurso que promete soluciones fáciles para problemas complejos.

Si se eleva la mirada por encima de los árboles, se podrá observar que Vox es la manifestación doméstica del que quizá sea el movimiento político más influyente en la actualidad: la derecha nacionalista que ha germinado en varias democracias Occidentales, que se opone al imparable concepto de globalización que ha propiciado el progreso y que ha ocasionado importantes grietas en algunos proyectos del establishment que estaban afectados por sus propias perversiones y contradicciones, como la Unión Europea.

La sobreprotección de las 'minorías cool'
Al movimiento se han adherido las clases populares a las que hace tiempo abandonó la izquierda, más preocupada por proteger con un discurso victimista a las 'minorías cool' y por imponer el insoportable Matrix moral que defienden sus 'lobbies osmóticos' que por garantizar el progreso y defender la concordia, si es que alguna vez lo buscó. Uno de sus 'popes' es Steve Bannon, exasesor áulico de Donald Trump y otro de esos oportunistas que cambia de posición para garantizar su sustento después de haber mamado de los pechos de Goldman Sachs. En Europa, hace tiempo que trata de fortalecer los lazos entre los movimientos hermanos que han surgido en Francia, Alemania, Suecia, Holanda, Austria o Suiza.

No conviene menospreciar a Vox porque su discurso tiene una enorme capacidad de atracción entre quienes más patadas han recibido como consecuencia de la crisis. El partido apunta hacia las clases bajas -como los memos de Nigel Farrage y Boris Johnson en Reino Unido- y se permite repugnantes guiños xenófobos porque sabe que es en los barrios donde ha recaído el peso de la integración y las consecuencias de la demagogia política que se aplica con este tema, ante el silencio de una izquierda que, ante estos problemas, siempre ha lanzado balones fuera y criminalizado a los denunciantes. Vox también promete cortar por lo sano para con el Estado de las autonomías y luchar contra la corrupción en política. Dos factores que explican monstruos peligrosos, excluyentes e integristas, como el del independentismo de Puigdemont, Torra y compañía.

El problema es que cuesta pensar que alguien como Abascal, que medró en ese sistema y se benefició de las prebendas de las que gozaba la clase política, haya sido iluminado y se haya convertido -como Pablo de Tarso- en un soldado contra la clase política privilegiada; y que lo que no quiera realmente es lograr el privilegio de un escaño tras convertirse en un renegado del PP. Con puro oportunismo.

Desde el punto de vista mediático, de momento, parece dispuesto a seguir la estrategia de remar a la contra. La que funcionó en los casos de Trump y el brexit. En una entrevista concedida hace unos días a Intereconomía, aprovechaba para emprenderla contra la prensa -”que se cree importante y pintona”- que acudió a la sede madrileña de Vox el lunes para tomar imágenes, tras el mitin de Vistalegre. En la conversación, aprovechó para lanzar un par de recados a esos medios, que hasta el momento “no habían dado voz” a su partido, pero que ahora se han interesado por entrevistar a su líder y han comenzado a alertar sobre sus propuestas, que han definido como de “ultraderecha”.

Ir a la contra
Sabe bien Abascal que lanzar propuestas antisistema en los medios genera beneficios en un clima de descontento. También son conscientes de eso Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero y compañía, otros expertos en denostar a los medios del sistema, pero, en este caso, en prodigarse en ellos siempre que sea menester. Y en intentar controlarlos, como demostró Podemos con su intento de designar al presidente provisional de RTVE.

Convendría tener cierta incredulidad ante este tipo de ofertantes de bálsamos de Fierabrás. Es cierto que resulta complejo, dada la enorme degradación del sistema político español y el desgaste de las democracias occidentales. Pero encomendarse a vendedores de humo -que importan estrategias, discursos y recetas de otras latitudes- no parece la mejor idea.

En cualquier caso, el mitin de Vistalegre ha situado a Vox en las mesas de debate de las principales televisiones generalistas. El discurso de Abascal es impostado, dado que sabe que le beneficia que en las tertulias se hable mal del partido. Conviene ser escéptico con respecto a este tipo de advertencias. Primero, porque enraízan en el interés político de quienes las pronuncian. Y, segundo, porque el lobo nunca es tan fiero como lo pintan sus adversarios, a de derecha e izquierda.

El siguiente número del circo mediático lo protagoniza este partido. Mañana, vaya usted a saber. Abascal decía el pasado lunes que, en las horas posteriores a Vistalegre, sólo había prestado atención a sus aliados, que son pocos y, en algunos casos, de audiencia residual. Esta semana, ha sido entrevistado por prensa de mayor alcance. Apuesto a que, si Vox consigue en las elecciones europeas un efecto similar al de Podemos en 2015, terminará como uno de los actores habituales en la prensa y las tertulias. Y, como ocurrió con otros antes que él, decaerá cuando deje de atraer audiencia. Esa ley que ahora condiciona la agenda política.

 
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De mal en peor, antojos Sánchez
Jimmy Giménez-Arnau okdiario 13 Octubre 2018

No hay como estar en manos de un pelele para que todo vaya de pena. Pedro Sánchez, ese arsenal de disparates que sólo se nutre con despropósitos para mantenerse al frente del Ejecutivo, va a traer la ruina. España no volverá a ser un país serio hasta que nos saquemos de encima a este infradotado que hace del egotismo su estandarte. Nunca antes tuvimos un presidente del Gobierno tan cobarde, inútil y mendaz como dicho fantoche. De haberlo tenido, le recordaríamos. Ni ZP, manantial de imbecilidades y promotor de la ley de memoria histórica que, apenas, sirve para suscitar el odio, supera a Sánchez. Entre zopencos siempre hay uno que aventaja al otro en la escala de la idiocia.

Sánchez usa el silencio de parapeto y sólo abre la tapa —la boca, en cheli— cuando le interesa mentir. Aprovecha cualquier noticia, como la reciente ruptura de los principales partidos golpistas de Cataluña, para arrogarse su escisión y así erigirse en el mago de las soluciones imposibles. Pero la defensora a ultranza del fugitivo Puigdemont, Pilar Rahola, desdice al oportunista alegando que fue ERC y no el pelele, quien “reventó la vena aorta del procés”. Frase genial de una indepe con fantasía. Otra vez el trilero Sánchez queda en evidencia. Ya nadie cree a un hipócrita que se presenta como el pacificador de las regiones asilvestradas del nordeste de la península.

Hoy, Día de la Fiesta Nacional, fue recibido a su llegada al desfile con abucheos y gritos de: “¡Fuera, okupa!, fuera, okupa!”. No se descompuso. Su misión de seguir en La Moncloa, está blindada con metacrilato y desvergüenza. Sólo le preocupa continuar siendo un presidente títere hasta que acabe la comedia bufa. El futuro de los españoles se la trae floja. Lo único que le interesa es presumir de ego y enterrar la maldita tesis Cum Fraude, por la que debería haber dimitido hace un mes. De ahí los enjuagues que urde con el golfo podemita y demás socios piratas, tragando sus bajezas para que le sostengan en el poder, a cualquier precio, aún a costa de machacar la economía de la nación. Un inepto vanidoso, resulta tan letal como meterse en la cama con una cobra.

Antojos Sánchez, © del boludo. La Marca España, a tomar por saco. Sólo urge sacar a la momia del dictador de la cripta. Pedro Sánchez se encarama en la presidencia y Begoña Gómez se tumba a sus pies. Inmortalizada la imagen en piedra, se llamaría el descendimiento de las aptitudes.

Abucheos, reflejo del gran malestar
EDITORIAL El Mundo 13 Octubre 2018

Ojalá esté cercano el año en que se celebre la Fiesta Nacional en un clima de unidad política y de optimismo ciudadano, con actos institucionales a la altura y con el orgullo que cualquier nación de nuestro entorno festeja su día grande. De momento, la crispación que corroe la vida pública tuvo ayer su correlato en el desfile del 12 de octubre, en el que el presidente del Gobierno fue duramente abucheado por muchos asistentes. Se reeditaban así escenas vividas durante la etapa de Zapatero. E igual que entonces subrayamos que un acto tan solemne como la parada militar, presidida por los Reyes, no es en modo alguno un escenario apropiado para lanzar protestas y silbidos. Ahora bien, el malestar que se evidenció responde a muchas razones de peso, empezando por la intolerable reprobación al Monarca en el Parlament catalán de la víspera, que deben hacer reflexionar a Pedro Sánchez y a actuar en consecuencia. No cabe adoptar victimismo por los abucheos y mirar hacia otro lado como si tal cosa.

Para empezar, en la calle se rechazaba la sordina con la que Moncloa ha querido celebrar la Fiesta Nacional. No es de recibo que el desfile militar apenas se haya publicitado. Y que en los spots del Ministerio de Defensa, de limitadísima difusión, se haya prescindido de todo eslogan, presumiblemente para no molestar a Podemos y a los partidos separatistas, muletas del Gobierno. Así, frente al lema "orgullosos de ser españoles" de la campaña publicitaria del 12-O de 2017, esta vez no había ninguno. Y, a pesar de que los duros años de la crisis están felizmente superados, se ha escatimado al máximo a la hora de presupuestar la jornada para darle el perfil más bajo posible. Millones de españoles que no están acomplejados de serlo se sienten ofendidos por tan baja consideración de los valores constitucionales que nos hacen libres e iguales.

Frente a la sordina impuesta por Sánchez, Barcelona volvió a dar ayer ejemplo de patriotismo cívico con una masiva manifestación de ciudadanos que aprovecharon la Fiesta Nacional para mostrarse a favor de la unidad de España, frente a la embestida independentista que seguimos padeciendo. Unas 300.000 personas exhibieron su orgullo de ser catalanes y españoles, superando con mucho la cifra de asistentes a la concentración del año pasado. Representantes del PP y de Ciudadanos estuvieron presentes. No así el PSC, incapaz de abandonar su incomprensible posición equidistante.

En Barcelona, como en Madrid, se evidenció el estupor por la última andanada del Parlament, instalado en el desacato, al aprobar una resolución de reprobación al Rey en la que se exige la abolición de la Monarquía. La trascendencia jurídica de esta bufonada es nula. Pero, políticamente, es un asunto muy grave por cuanto ha salido adelante gracias a los votos de los comunes, es decir, de la filial catalana de Podemos. Y España no se puede permitir tener al frente un Gobierno tan débil como el de Sánchez que por la mañana presume propagandísticamente de alcanzar poco menos que un pacto de Estado con Pablo Iglesias, y por la noche ve como éste respalda resoluciones que atentan contra los pivotes en los que se basa nuestro Estado de derecho, con el deseo de dinamitar todo el andamiaje constitucional. Se entiende así el cabreo de la ciudadanía. Vivimos en una macabra política ficción que no nos extraña que descoloque tanto al mismo presidente como para ocupar el sitio del Rey en la fila de saludos del Palacio Real. La recepción se convirtió en un cierre de filas con el Monarca, ferozmente atacado porque encarna esa unidad de España que algunos quieren dinamitar.

Sánchez y Gómez en el trono
Lo cierto es que el presidente no está apoyando al jefe del Estado
Luis Ventoso ABC 13 Octubre 2018

Faltar a la verdad es relativamente sencillo, sobre todo si entrenas tanto como nuestro eventual presidente del Gobierno. Más complicado es engañar con la mirada y el lenguaje corporal. Muchas veces los ojos y los gestos denotan mejor lo que pensamos que nuestras palabras. En su etapa en la oposición, Sánchez había acudido tres veces a la recepción palaciega por la Fiesta Nacional. El acto se abre con los numerosos invitados pasando frente al trono, donde los Reyes los saludan uno a uno dándoles la mano. Es de suponer que en sus tres visitas previas, Sánchez repararía en que Rajoy y su mujer, Viri, no estaban plantados junto a los soberanos como una suerte de monarcas bis. Pero Sánchez y su esposa, Begoña Gómez, se colocaron ayer a la par de los Reyes, provocando una escena embarazosa, que obligó al protocolo de la Casa del Rey a sacarlos de allí (la cara de Sánchez, que desde que ocupa La Moncloa levita, era un poema cuando se le indicó que aquel no era el lugar que le correspondía).

Puede ser que Sánchez y Gómez se equivocasen inocentemente. O puede que no. Pero lo que sí es indudable es que el actual presidente del Gobierno no se está distinguiendo por su apoyo a la figura del Rey, sino por todo lo contrario. El pasado jueves ocurrió en España algo gravísimo: el Parlamento de una región española censuró al jefe del Estado y exigió la abolición de la Monarquía. Es evidente que un desafuero así debería haber activado de inmediato el Artículo 155. Pero Sánchez remolonea, porque necesita los votos de esos mismos separatistas para mantenerse y para sacar adelante sus presupuestos propagandísticos. Intenta restarle hierro a un ataque inadmisible al Rey y a nuestros principios constitucionales y se resiste a actuar. ¿Un casualidad? No lo parece. ¿Quién promovió la moción contra el Rey? El partido de Colau, que es la franquicia catalana de Iglesias. ¿Y qué hacía Sánchez en el día en que se perpetraba en el Parlament ese ataque a la Corona? Pues firmaba su proyecto de presupuestos al dictado de su socio Iglesias, que está inmerso en una campaña activa contra la Monarquía.

En España están en marcha maniobras muy serias, que aspiran a minar el corazón de nuestra democracia y sus instituciones. Sánchez pasa por ser el cooperador de esas operaciones, pero tal vez sea incluso algo más. El jueves -y no se ha destacado todo lo debido-, Sánchez e Iglesias, por ejemplo, introdujeron en la letra pequeña de su plan de presupuestos una reforma legal que da barra libre para injuriar al Rey.

Felipe VI, el jefe del Estado, es hoy un garante referencial de nuestra Constitución, nuestros derechos y nuestras libertades. Y eso para algunos supone simplemente un estorbo. Hay narcisistas compulsivos que se equivocan en el protocolo (o no). Pero en lo que no se equivocan es en su estudiado desapego hacia el Rey y todo lo que representa. Vivimos un momento peligroso, el peor para nuestra democracia desde 1981, y debemos defender nuestras libertades de una manera activa y vigilante. Porque las damos por hechas, pero tal vez no lo sean.

España ha entrado en el vértigo del gasto incontrolado
Miguel Massanet diariosigloxxi 13 Octubre 2018

Muchos pensábamos que, al menos, esta fiesta del 12 de octubre, la de la “Raza” como se la denominaba o la de la hispanidad si se quiere, o también la fiesta nacional española sería un día de gozo y exaltación patriótica, grave error. Algún periódico, como ha sido el caso de La Vanguardia catalana ni siquiera se ha dignado a hacer mención de la fiesta nacional, más que, en el caso de la periodista catalana, Pilar Rahola, para denigrarla en su habitual columna del periódico catalán, una costumbre a la que, la periodista, se mantiene fiel a su línea separatista, cada vez que se refiere (en más ocasiones de las que sería de desear para evitar someternos a su cansina bilis antiespañola) a España, los españoles o el gobierno español, lo que no podía dejar de suceder ante una efeméride tan representativa de la unidad de la nación española. Estábamos equivocados porque, incluso el desfile que cada año se celebra en conmemoración de la fiesta, cada vez más empequeñecido, ha estado deslucido por la meteorología adversa, que ha impedido que los 80 aviones que tenían que sobrevolarlo no pudieran hacerlo, debido a las inclemencias atmosféricas. En todo caso, no ha sido ésta la peor de las circunstancias que se pudieran dar si tenemos en cuenta que ayer, en el Parlament catalán, los independentistas y comunes consiguieron votar y ganar una resolución, reprobando al Rey y pidiendo la abolición de la monarquía.

Puede que haya sido una impresión personal mía pero, cuando he visto al monarca presidiendo la ceremonia castrense en Madrid, me ha hecho el efecto de verlo envejecido y con un semblante que reflejaba la preocupación que, seguramente, siente ante la situación catalana, el comportamiento del nuevo gobierno del señor P.Sánchez entregado atado de pies y manos a los comunistas bolivarianos de Podemos y el hecho cierto de que, el protagonismo que quiere atribuir el nuevo Presidente del gobierno español, se nota a la legua que tiene la intención de ir relevando de las funciones que le son propias, al Jefe del estado español. No se ve, en el señor Sánchez, lo que debería ser una actitud normal de cualquier presidente de un gobierno, ante el agravio de una parte, de una región de su país, a la figura del Jefe del Estado. Su reacción, como viene ocurriendo últimamente con todas las infracciones que llevan a cabo los políticos separatistas catalanes, ha sido la de desentenderse del tema, esquivando hacer mención alguna a él y que haya tenido que ser la señora Calvo la que, tímidamente, amenazara con acudir al TC como un recurso para quitarse de encima lo que tendría que haber sido una reacción fulminante, del gobierno español, ante semejante canallada de los parlamentarios catalanes.

Cuando vemos a este niña, la princesa Leonor, a la derecha de su padre, presidiendo la ceremonia a la que está obligada a concurrir, no puedo dejar de sentir lástima por el destino que le espera, aún en el caso incierto de que llegase a poder suceder a su padre al frente del Estado español. Lo más probable que suceda, a la vista de cómo están evolucionando los temas políticos en nuestro país, es que acabe, junto con el resto de la familia real, exiliada, como le sucedió a su abuelo cuando, el 14 de abril de 1931 se proclamó la república y tuvo que abandonar España antes de que los republicanos, como sucedió con otras personalidades de la época, quisieran tomarse venganza con su familia. Por desgracia, desde que P.Sánchez provocó la moción de censura contra M.Rajoy, lo que parecía un panorama alentador respecto a la total recuperación económica de España y la posibilidad de seguir asumiendo un papel relevante en la UE, parece que se va diluyendo en lo que podrían considerar una serie de errores consecutivos, en los que da la impresión de que, el señor Sánchez, está decidido a emular a su antecesor socialista, el señor Rodriguez Zapatero, de tan infausto recuerdo, que con sus ideas de izquierda extrema, su falta de conocimientos, su egolatría y su equivocada forma de enfocar la crisis, que se extendió sobre toda España, tuvo la “virtud” de llevarnos, a la nación y a los españoles, a las puertas de la quiebra soberana.

Por si no bastara la actitud del separatismo catalán, sus luchas internas por conseguir el poder, su desconcierto respecto al camino a seguir para conseguir su objetivo independentista y su empeño en que, los que siguen en prisión, además de conseguir que se acercaran a prisiones catalanas, donde se les está tratando a cuerpo de rey, ahora se le exige a Sánchez, seguramente como parte de su compromiso con los separatistas para obtener su apoyo a la moción de censura, que se les ponga en libertad y, como primordial exigencia, que se autorice la celebración del referéndum que les fue negado por decisión del TC.

Por si faltara algún ingrediente en esta sopa de letras, el PP, en fase de transformación, bajo la presidencia del señor Pablo Casado, se encuentra en periodo de restauración de su cuadro de dirigentes, lejos de su mejor época en cuanto a perspectivas electorales, enfrentado a unas elecciones municipales, sin que disponga de suficiente tiempo para recobrar los votos perdidos por el señor Rajoy; lo que, sin duda, no permite esperar que, si bien es posible una cierta recuperación por el efecto Casado, es muy posible que su papel en las elecciones de mayo sea más bien discreto, sin que ello signifique que no tanga amplias perspectivas de encontrarse recuperado para las elecciones del 2020, si es que, algo que está en la mente de muchos analistas políticos, no se producen las circunstancias ( todo puede suceder) de que, antes de aquella fecha, alguno de los soportes que hasta ahora vienen apoyando al PSOE desde la moción de censura, decida retirarle su apoyo a la coalición de izquierdas, que ostenta, actualmente, el poder en el Congreso de Diputados.

Unas perspectivas que no llevan al optimismo y que, teniendo en cuenta el gasto disparado que el mismo gobierno cifra en unos 5.000 millones de euros ( los actuales gobernantes piensan que, con sus reformas fiscales, van a conseguir recaudar 5.700 millones de euros) lo que, sin duda, excede de lo que cualquier economista consideraría posible si se quieren cumplir los compromisos con la CE, se quiere recortar el déficit público y, de paso, se intenta aumentar el empleo, subir los salarios, ayudar a las empresas a mantener su competitividad en España y, especialmente, con la competencia de las empresas del extranjero. Puede que para alguien mal informado se considere poco importante la subida del salario mínimo a 900 euros mensuales por 14 pagas puesto que, según dicen, la mayoría de los trabajadores perciben retribuciones superiores a dicha cantidad. Pero no se debe olvidar que, la referencia al salario mínimo se utiliza en muchas ocasiones como base para el cálculo de indemnizaciones, en las sentencias de los tribunales etc. Sin embargo, de entre los temas que han acordado el PSOE y PODEMOS, hay uno que supone una evidente modificación respecto a la libertad de los ciudadanos a sacar el rendimiento a sus propiedades y que, a la vez, supondría una modificación de la LAU y, probablemente podría afectar a algunos artículos de la Constitución. La absurda propuestas de que sean los ayuntamientos los que tengan poder para decidir un tope en los alquileres de las viviendas de particulares que estén situadas en sus municipios, deja al albur de los partidos políticos en los que militen los respectivos alcaldes y concejales, la potestad de que, cada vez que cambie el sentido político del consistorio, al mismo tiempo, se modifiquen los topes de los alquileres. La inseguridad jurídica que, semejante cambio, significaría para los arrendadores es evidente que tendría una influencia decisiva en cuanto a la construcción de viviendas para alquiler y a todo lo que estuviera relacionado con los bienes inmobiliarios, ya afectados por la Constitución por los posibles casos de expropiaciones por motivos sociales.

Por si quedara algún concepto sin que el ciudadano se vea obligado a tributar, aparte de establecer un aumento de la tributación sobre el patrimonio de los ciudadanos, se sigue cargando el peso de la tributación sobre las empresas para las cuales se fija un mínimo de un 15% en su IS y se han gravado más los costes salariales sobre las empresas al equiparar los permisos de maternidad, en cuanto a su duración, de los hombres y las mujeres. Ahora, los permisos de maternidad no sólo afectaran a las mujeres trabajadoras, sino que también a sus maridos, lo que extenderá los efectos de la maternidad a sus parejas, con la particularidad de que, sin tener en cuenta lo que ello va a significar para las empresas en cuanto a ausencias al trabajo y, en muchos casos, a la necesidad de cubrir las ausencias con otros personas que tengan las mismas capacidades de aquellas a las que sustituyen.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, lo que se está produciendo en España, por un gobierno que tiene una duración prevista de poco más de un año, es que se están desmontando todas las políticas económicas que tan buenos resultados han estado dando al país, para ser sustituidas por otras, cargadas de demagogia, sin tener en cuenta la tutela de Bruselas y poniendo en peligro la estabilidad de la nación, si los resultados de los cambios, como es fácil prever, vuelven a situar a España a los pies de los caballos, cuando volvamos a los números rojos y tengamos que enfrentarnos a las críticas de la UE y a sus posibles sanciones.

Redondez del círculo
MANUEL ARIAS MALDONADO El Mundo 13 Octubre 2018

Todo indica que la eclosión mediática de Vox, formación de extrema derecha que había permanecido hasta ahora en estado de latencia, es el prolegómeno de su irrupción parlamentaria: primero en Bruselas y luego en Madrid. Sería toda una novedad. Pero, ¿qué significa?

Si la alarma moral no primase sobre la serenidad analítica, diríamos de Vox lo que dijimos de Podemos. Hablaríamos así de unos emprendedores políticos que, tras identificar un nicho desatendido en el mercado electoral, ponen su mirada en la circunscripción única de las elecciones europeas como trampolín hacia las instituciones. También diríamos que la formación viene a cubrir un déficit de representación, cumpliendo aquí el procés la función que la crisis económica desempeñó para Podemos: un trauma político que reordena percepciones y modifica preferencias.

Es claro: a la catalanidad centrífuga defendida por el independentismo, Vox opone una españolidad centrípeta, una identidad esencialista que quiere neutralizar cualquier particularismo. Es por tanto the real thing, un auténtico nacionalismo español que deja en evidencia a quienes llevan años llamando "extrema derecha" a conservadores y liberales. Por fortuna, aspavientos mediáticos al margen, no estamos precisamente ante un fenómeno de masas: Vox es marginal y lo seguirá siendo.

Sin embargo, el fenómeno admite una interpretación menos complaciente. Ya que el partido liderado por Santiago Abascal se está subiendo a una ola llena de surferos: si Podemos entró en escena reclamando a voz en grito un proceso constituyente de corte populista y los nacionalistas catalanes han perpetrado un ataque a la democracia española con objeto de consumar una secesión unilateral, Vox pide ahora expresamente la supresión del Estado autonómico. ¡Abajo el 78! Se trata de un centralismo vehemente que se sale de la Constitución y envía un mensaje inquietante: si a la izquierda no le vale la Transición, entonces a la derecha tampoco. Hay que suponer que los promotores de la democracia agonista, que afirman que los consensos están para dinamitarlos, estarán de enhorabuena.

He aquí, dibujado en toda su redondez, el resultado provisional del proceso de infiltración populista que ha venido conociendo nuestro sistema político: una sistemática deslegitimación del orden constitucional ante la que no parece vislumbrarse a medio plazo ninguna respuesta eficaz. Y es ahí donde la anécdota Vox quizá termine por elevarse a categoría.

Sánchez como el Príncipe de Asturias
Marcello republica 13 Octubre 2018

El pasado año durante la celebración de la Fiesta Nacional Pedro Sánchez, entonces líder del PSOE y la Oposición, se presentó en la recepción oficial del Palacio Real con chaqueta azul, sin corbata y con camisa rosa pero sin abrochar el primer botón. Fue un gesto de descortesía y error de protocolo, pero Sánchez pensó que eso lo ubicaba en la izquierda en línea con lo que de desarrapada manera suele hacer Pablo Iglesias.

Pero este año, y tras alcanzar el poder con una carambola a tres bandas que Rajoy le puso en la mesa de billar como se las ponían a Felipe II, Sánchez se trajeó y puso la corbata y, tras recibir en el desfile el chaparrón de protestas que le pedían elecciones y la dimisión, el Presidente acudió en compañía de su esposa Begoña al Palacio de Oriente para asistir a la recepción que el 12 de Octubre ofrecen los Reyes de España a las autoridades y personalidades del mundo empresarial, el ejército, la cultura y los medios de comunicación.

Y al presidente Sánchez y a su esposa les correspondió el honor de iniciar el saludo a los Reyes de España en el salón del trono del Palacio de Oriente. Y allá que fue Sánchez con Begoña y tras saludar a don Felipe VI y a doña Letizia se situó con su esposa a la vera derecha de los Reyes para que ellos fueran, como los monarcas, saludados por los cientos de invitados que en ese momento empezaban a desfilar por el salón del trono.

La presidenta de las Cortes Ana Pastor fue la primera en encontrarse con la mano tendida de Sánchez una vez que ella ya había saludado a los Reyes, y vio a la pareja presidencial a la derecha de don Felipe VI y doña Letizia en el lugar que le corresponderá a la Princesa de Asturias cuando sea mayor de edad.

La presidenta del Congreso, Pastor, no ocultó su sorpresa e hizo un gesto con la cabeza -como se aprecia en la grabación del incidente de protocolo que captaron decenas de informadores gráficos- indicando a Sánchez que se fuera de ahí y lo mismo le indicó un responsable de Protocolo de Palacio que pidió al presidente que abandonara esa posición que había ocupado por error y que saliera del salón del trono con los que ya habían saludado a los Reyes.

La cara de contrariedad de los Sánchez, que eran conscientes de que ese vídeo daría la vuelta a España, lo decía todo. Y en las redes sociales y en la recepción de Palacio el incidente se convirtió en primer tema de debate y conversación. Y todos se preguntan pero ¿como se le ocurrió a Sánchez hacer semejante cosa?

En la noche anterior y en el Parlament catalán los aliados de Sánchez en la moción de censura, Podemos y los soberanistas catalanes, promovieron y aprobaron una moción contra la monarquía y contra el Rey. El monarca al que el inefable President Torra había despreciado en público por tres veces en Tarragona, Gerona y Barcelona con el consentimiento de Sánchez a quien nada le importó la burla y desprecio de semejante patán al Jefe del Estado.

Al mismo Rey Felipe VI con el que Sánchez ayer se ha querido homologar durante la recepción en el Palacio de Oriente en la Fiesta Nacional. Ha sido un error de principiante pero también un gesto de soberbia y arrogancia infantil como otros de los que Sánchez hizo gala desde que llegó al poder. En cierta manera le traicionó el subconsciente y en esa ocasión se presentó en público tal y como es.

¡QUÉ HAGO YO AQUÍ!
Gregorio Morán. vozpopuli  13 Octubre 2018

Todo lo cansino que tenía escribir en Cataluña sobre el “procés” o el constitucionalismo no bastaba, era necesario otra vuelta de tuerca, la de aceptar que la corrupción endémica de la prensa tenía el precio más barato que existe en el mercado: el silencio. A la historia me remito, la equidistancia siempre fue un sucedáneo de la falta de criterio o de la cobardía

Mi experiencia catalana podría resumirse así: treinta años, treinta, que se dice pronto, escribiendo en “La Vanguardia” todas las semanas y un final con un artículo prohibido, “Los medios del Movimiento Nacional”, seguido de un despido por burofax. Aún espero explicaciones por la censura y la expulsión. Luego, una experiencia de diez meses en el digital “Crónica Global”, de donde me fui cuando levantaron un texto titulado “De la miseria del gremio”, periodístico se entiende. Al parecer ofendía al empresario de “La Vanguardia”, a su director y a su señora. En el capítulo de amigos, hace unos años íbamos en autobús. Cuando empezó el “procés” nos habíamos reducido a un microbús. Ahora cabemos en un taxi.

Por el estruendoso eco del primer despido y la no menos notable reacción ante el texto censurado -es decir, ninguna-, no hacía falta ser un lince para comprender que los medios de comunicación catalanes, ya fueran en papel o digitales, en prosa o en verso, no tenían un lugar para mí. Todo lo cansino que tenía escribir en Cataluña sobre el “procés” o el constitucionalismo no bastaba, era necesario otra vuelta de tuerca, la de aceptar que la corrupción endémica de la prensa tenía el precio más barato que existe en el mercado: el silencio. Había que aceptar que los nuevos tiempos habían introducido un arma letal contra la libertad de expresión, lo intocable, lo que todos -o lo que es lo mismo, los fabricantes de la pomada- saben y que no debe escribirse, algo que viene de antiguo, desde el conservador y mal encarado Ignacio Agustí y su “Viudo Ríus”. El tal Agustí ya sabía de qué iba el paño, fue corresponsal en Suiza, más tarde presidente del consejo de administración de “Tele Expres” y acabó mal. Procedía de la Lliga de Francesc Cambó.

Yo creo que ciertas inclinaciones hacia el poder de la prensa española fructificaron durante la larga noche franquista, pero en Cataluña tiene sus particularidades exacerbadas en el período de los veintitantos años de pujolismo. Ese tránsito de la Dictadura a los modos mafiosos de la subvención y la “omertá” es tema que nos llevaría muy lejos, porque coincidió la decadencia de la prensa escrita, la crisis económica y las perentorias necesidades de los poderes políticos y económicos.

Hacer una crítica a la deriva nacionalista en Cataluña exige añadir varios párrafos consagrados a la responsabilidad de los otros. Siempre hay un culpable que no son ellos, y si en un esfuerzo fuera inevitable señalar alguno habría que compaginarlo con la mala intención del adversario que les obligó a ser malos cuando por esencia ellos son buenos. Una historia de parvulario, pero funciona. Los columnistas salomónicos de estas tierras se han tirado parrafadas enteras justificando el nacionalismo con el apunte autóctono de que era Mariano Rajoy el principal hacedor de independentistas. Una frivolidad que funcionó como letanía. Eran incapaces de entender la ecuación al revés: el independentismo fue, es y será durante un período quizá muy largo para nuestra desgracia, el principal creador de “españolistas”. Un peligroso monstruo dormido que ellos se encargaron de azuzar, y lo más suicida de estos tuertos voluntarios es que ahora gritan agradecidos de su propia estupidez.

Se necesita aire que elimine los efluvios de los independentistas de Rajoy y los españolazos del “procés” y eso tiene poco que ver con la política y mucho con la ciudadanía. Decir que en Cataluña se necesita más política y menos judicatura es una memez.

Las banderas españolas sólo se exhibían en los balcones durante las procesiones de Semana Santa. ¿Cuántas de ellas estarían colocadas en las casas de los padres y abuelos de la Cataluña profunda, para sorpresa de sus nietos? Cuando aparecen las banderas se acaban los argumentos y esto es válido para todas sin excepción. A partir de ese momento nos adentramos en la fe y ésta no debería salir de los lugares de culto en una sociedad democrática y por tanto civil.

Se necesita aire que elimine los efluvios de los independentistas de Rajoy y los españolazos del “procés” y eso tiene poco que ver con la política y mucho con la ciudadanía. Decir que en Cataluña se necesita más política y menos judicatura es una memez. La política es una actividad ligada al poder y quienes apelan a ella como bálsamo de Fierabrás me recuerdan aquella siniestra astucia de Franco cuando a alguno de sus ambiciosos colaboradores se le iba la marcha del exceso de celo, le decía: “Haga usted como yo, no se meta en política”.

Nunca he creído en eso de que cada época tiene los políticos que se merece, porque sería tanto como un llamamiento general al suicidio, pero la verdad es que nuestra clase política tiene mucho de clase y casi nada de política. Cataluña nunca fue territorio racista ni xenófobo. Como toda sociedad asentada vivía la lucha de clases, que unos mostraban y otros negaban. Ni más ni menos que en el País Vasco y el resto de España. Madrid siempre fue otra cosa porque apenas existían castizos fuera de las novelas de Galdós y las fiestas de La Paloma; un poblachón manchego con millones de emigrantes. La mejor tradición es la que no existe; basta con las costumbres y los acentos.

Considero a Nuria de Gispert, jurista de quita y pon, algo tan simple como la butifarra “amb secas” (alubias cocidas). A ella se deben dos aportaciones al imaginario colectivo catalán de los últimos años. Ninguna tiene que ver con su actividad en la Generalidad, inane hasta el bostezo. La primera ocurrió cuando la comisión del parlamento catalán convocó en 2014 al expresidente Pujol a farfullar sobre sus mentiras andorranas. En un gesto sin precedentes en los anales del parlamentarismo, la presidenta de la sesión, Nuria de Gispert, invitó a almorzar en la sede parlamentaria al incriminado, Jordi Pujol, quizá en la idea de que bien comido y digerido, el Padrino llevaría con mejor talante la grosería de llamarle a capítulo.

La segunda aportación de Nuria de Gispert consiste nada menos que en pedirle a la diputada más votada de Cataluña, Inés Arrimadas, que se marche al lugar donde nació y abandone tierra catalana. Como ni conozco personalmente a Arrimadas, ni la he votado nunca ni la votaré, considero que ese rasgo de supremacismo gisperiano va más allá de la xenofobia. Es una ofensa ciudadana tanto para los que exhiben banderas como para los que no. Un retrato representativo del fantasma que recorre Europa, la extrema derecha.

Está claro, pues, el por qué sigo aquí. Hasta que el cuerpo aguante y para no sentir la vergüenza íntima de que me consideren un equidistante. A la historia me remito, la equidistancia siempre fue un sucedáneo de la falta de criterio o de la cobardía.

Demos gracias al separatismo
Miquel Giménez. vozpopuli  13 Octubre 2018
 
El Paseo de Gracia y la Plaza de Cataluña rebosantes de personas orgullosas de ser catalanas y españolas; banderas rojigualdas gigantes desplegadas en numerosas localidades de Cataluña; miles de enseñas nacionales colgando de balcones hasta ahora enmudecidos. Y todo gracias al separatismo. Gracias.

No es lo mismo
Las cosas han cambiado irreversiblemente en esta tierra catalana. No, no me refiero a las repúblicas de gatillazo fácil y calambrillo patéticamente orgásmico, ni a la independencia de frigo dedo de postre todos los jueves. Estoy hablando de una consecuencia que ni Pujol, ni Mas, ni Puigdemont ni Torra ni el sumsum corda de los estelados pudo prever jamás: su sectarismo ha producido un efecto inesperado, que España haya vuelto a nuestras vidas.

El doce de octubre siempre había sido un festivo más, de esos considerados como marías, sin ningún tipo de repercusión social y ya no digamos política. Sí, era la fiesta nacional de España y había desfiles, el rey daba la mano en una recepción – por cierto, momentazo del cateto a babor de Sánchez colocándose al lado de Don Felipe hasta que le han dicho que se fuera al guano y dejase de tocar los cojones -, ofrendas a la Pilarica y celebraciones en las casas de bien donde la homenajeada se llama Pili, como mi prima, que tiene a bien obsequiarnos cada año con una paella de ovación y vuelta al ruedo. Que Dios se lo pague.

Pero a nadie se le ocurría que fuese un día para reivindicar nada ni para sentirse distinto de lo que uno siente cada mañana al levantarse. Todo lo más, algunos separatas salían a las calles para denunciar el genocidio español en los países de Hispanoamérica. Como si allí no hubiera habido sacrificios humanos, guerras sanguinarias y asesinatos hasta que llegamos nosotros. Uy, sí, pobrecitos mayas, pobrecitos aztecas, pobrecitos incas, que lo único que hacían era entretener sus ocios extrayendo el corazón de los inmolados a sus dioses con un cuchillo de obsidiana, jugar a una especie de balompié con sus cabezas o empalarlos lentamente metiéndoles una estaca afilada por el ano hasta que muriesen por su propio peso. Hay que ver, Cortés, Pizarro, panda de cabrones, qué bárbaros sois y que buenos los catalanes que, a lo sumo, todo lo que hicieron fue emplear a miles de esclavos en sus ingenios azucareros o de tabacos y luego venderlos, porque hay que recordar que los últimos negreros de Europa fueron de apellido catalán, alguno aún de plena vigencia en la vida económica y política de esta tierra.

Total, en esas andábamos cuando el separatismo empezó a apretar el acelerador, a confinar al gueto a los disidentes, a insultar, menospreciar, infamar a quienes no participaban de su alegre revolución de las sonrisas. Pero, lo que son las cosas, su ingeniería social no consiguió fecundar la masa social que tanto dicen precisar para consumar su villanía, al contrario, en Cataluña sonó una trompeta que despertó a todo un pueblo. Un pueblo que había sesteado peligrosamente con las cosas de la autonomía no acudiendo a votar porque “esto son cosas de Pujol”, que no se había querido enfrentar a un sistema educativo excluyente del castellano porque “el catalán es lógico que sea lo primero en Cataluña”, un pueblo que tragaba con todo el andamiaje corrupto por temor a ser tildado de malos catalanes, como si tuviese que hacerse perdonar haber nacido en Almería, en Cartagena, en Burgos o en Orense. Un pueblo que parecía perdido para todo y bueno para nada.

Lo que jamás imaginó el separatismo, tan pagado de sí mismo, es que ese pueblo dijera hasta aquí hemos llegado y saliera a las calles con la bandera de todos, la que nos hermana y nos hace iguales ante la ley, la bandera que representa un camino muy duro, muy difícil, muy amargo, muy complicado históricamente hablando, que nos ha servido para llegar hasta aquí.

A partir de eso, en Cataluña nada volvió a ser lo mismo.
Gracias, separatistas

Desde que el año pasado Societat Civil Catalana convocó a las gentes que estaban por la constitución y la democracia, sacando a la calle a miles de personas, todo dio un giro copernicano. Las banderas nacionales empezaron a ondear orgullosas en no pocos balcones y terrazas, rompiendo la siniestra monotonía de esteladas amenazantes y cartelitos conminatorios al estilo del Gran Hermano de Orwell. La gente perdió, perdimos, el miedo. Y los universitarios se plantaron en esas universidades de la intimidación radical y la vergüenza de sus rectores, así como surgieron infinidad de asociaciones en todos los ámbitos profesionales para frenar la sinrazón separatista. Abogados, médicos, periodistas, empresarios, no hubo sector social que no alzase la voz para oponerse al proyecto totalitario de una Cataluña dividida fatalmente entre los lazis y el resto.

Este año la manifestación en conmemoración de la fiesta nacional ha sido eso, una fiesta, con más de un centenar de entidades apoyándola, con miles de ciudadanos en las calles, sin complejos, sin falsas vergüenzas, sin miedo y, lo más importante, sin odio. Con ausencias políticas, claro, porque no estaban ni se les esperaban los socialistas y sus amiguitos podemitas. Tienen algo en común con el separatismo, y es su rechazo ante todo lo que sea España, el Rey, la Constitución. Unos, porque quisieran un régimen bolivariano, es decir, una dictadura comunista; otros porque quieren tener un Reich catalán que dure mil años; los que quedan, porque no saben qué quieren, salvo mandar y estar en los sillones oficiales todas sus vidas. Da lo mismo. Ni falta que hacían.

Lo que sucede en Cataluña sí que es una revolución, la revolución rojigualda, la que defiende el sistema que, mejor o peor, nos ha dado cuarenta años de convivencia democrática sin mediar ningún conflicto civil, lo que no es poco decir en nuestro país. Una revolución que no habla de pueblos, sino de individuos, no habla de mandatos, sino de leyes, no habla solo de derechos, sino también de obligaciones. Una revolución que no nos divide por lugar de nacimiento o por la lengua que hablamos, porque todos formamos parte de la misma nación y disponemos de un mismo idioma para entendernos.

Lo que sucede en Cataluña sí que es una revolución, la revolución rojigualda, la que defiende el sistema que, mejor o peor, nos ha dado cuarenta años de convivencia democrática sin mediar ningún conflicto civil

Esa revolución no la pueden frenar ni los CDR, a pesar de que intentaron reventar la manifestación de ayer, ni los partidos separatistas, que ya no disponen de mayoría propia en el parlament y han de ir a lamerles las sandalias sudadas a los podemitas, ni la frenan Puigdemont desde Waterloo o Torra desde el Palau. Porque la mayoría de gente en mi tierra lo que quiere es vivir en paz, tener un trabajo digno, que se respeten las leyes y poder ofrecerles un futuro a sus hijos. El resto, collonades, como diría Josep Pla.

Como ni podemitas ni sociatas ni separatistas están en condiciones de prometer nada que no sea zozobra, inseguridad, miseria y trapicheos, la gente ha reaccionado. Sin el separatismo, a buen seguro que muchos de ellos no habrían caído jamás en la cuenta de que son españoles y de lo que significa eso. Nunca hubieran reflexionado respecto a lo que es un estado de derecho, un sistema democrático, una escuela que no adoctrine, unos medios públicos que no mientan al servicio de los políticos o un gobierno que solo se sirve a sí mismo.

Gracias, separatistas. Sin vosotros, nada de esto hubiese sido posible. Sin vuestras acciones, sin vuestros desvaríos, sin vuestra felonía contumaz, a nadie se le ocurriría colgar una humilde bandera de España en su ventana, llevar una pegatina con la misma en su carpeta o en el casco de motociclista o posicionarse públicamente contra vuestro comportamiento fascista, retirando lazos y esteladas.

En serio, gracias, muchas gracias.
La secesión es un suicidio económico
Antonio Gallego cronicaglobal 13 Octubre 2018

La gente que ha abrazado el nuevo credo mesiánico separatista no acostumbra a reflexionar sobre el alcance de su planteamiento y tampoco quiere escuchar aquello que va en contra de su nueva religión?. Se limita a repetir simplezas con mucha base intestinal y poca base racional. Victimismo, lamentos, quejas infantiloides, cifras manipuladas y demagogia biensonante caracterizan su discurso.

El proyecto independentista tampoco tiene justificación racional en el campo económico. No hay más que observar a las miles de grandes empresas y patrimonios familiares que han huido de Cataluña en los últimos meses para intuir que una hipotética secesión sería una ruina para los catalanes. No se han ido de Cataluña por casualidad. Esos “exiliados” económicos han hecho un profundo análisis del altísimo coste económico de este nuevo y subvencionado virus patriótico que tiene paralizadas cientos de inversiones.

La ruptura con España nos condenaría a un tenebroso aislamiento económico y un empobrecimiento sin precedentes. La ruptura económica con tu principal cliente (resto de España) y la expulsión inmediata de la Unión Monetaria Europea nos empujaría a un abismo económico que duraría años. La riqueza catalana, expresada en términos de PIB, caería más de un 20%, incluso sin tener en cuenta los costes de adoptar una nueva moneda.

Hay que estar muy lobotomizado para no ver que prescindir del euro, salir del paraguas del BCE y de la zona económica de libre circulación de mercancías encarecería las exportaciones y limitaría el crédito comercial. Esa ruptura del marco económico y legal implicaría una mayor incertidumbre que mermaría la competitividad de cualquier empresa. Si a estos elementos le sumamos la creación de nuevas fronteras, nuevos aranceles, dejar de recibir fondos europeos y descolgarnos del Banco Europeo de Inversiones, el escenario sería desolador.

Pero no sólo son estas las consecuencias de una hipotética secesión. Los mercados huyen de todo aquello que suene a desequilibrio e inseguridad. El dinero es lo más asustadizo que hay. Se dispararían automáticamente las primas de riesgo hasta tal punto que harían no financiable la creación de un nuevo país que necesitaría crear nuevas estructuras de estado como la seguridad social, defensa, instituciones financieras y fiscales, tribunales de justicias, control aduanero y de fronteras, diplomacia internacional, negociación de nuevos tratados de adhesión a instituciones internacionales, entre otras.

Por otro lado, además, en ninguna cabeza sensata cabe la idea de irse y dejarle todas las deudas al anterior “casero”. Al menos, esa nueva Cataluña debería asumir unos 180.000 millones de euros, como parte proporcional de la actual deuda pública española. Obviamente, ese nuevo estado también debería asumir el coste de las inversiones en ejecución y otros proyectos vitales como las interconexiones energéticas con Francia.

Estos elementos dispararían las cifras de desempleo, comprometerían el cobro de pensiones, resto de prestaciones sociales y obligaría a subir los impuestos más aún. Ningún gobierno del mundo soportaría tal tsunami económico. Ni siquiera uno dirigido con un líder supremo “sin baches en el ADN”. La paz social, el equilibrio social y la convivencia se romperían en mil pedazos, más aún cuando la mitad de Cataluña es abiertamente contraria a esa secesión.

En definitiva, sin empresas, sin España, sin Europa, sin dinero, sin financiación asumible y con todo por hacer, la independencia de Cataluña es una atolondrada quimera que sólo se puede defender utilizando el intestino para pensar. Condenar a dos generaciones de catalanes a la miseria para que los aburguesados patrimonios separatistas de tota la vida sigan creciendo. Es un suicidio.

"Mientras no se actúe en TV3 y la escuela, Cataluña no tiene solución"
LOS INTELECTUALES Y ESPAÑA. JORDI CANAL
RAÚL CONDE El Mundo 13 Octubre 2018

Sostiene el filósofo Manuel Cruz que los partidarios del procés, convertido en un fin en sí mismo, son "inmunes" a toda refutación de los hechos. En Con permiso de Kafka, el proceso independentista en Cataluña (Península), cuya presentación boicotearon en Tarragona los CDR, Jordi Canal (Olot, 1964) desbroza el surrealismo soberanista -"absurdo pero angustioso"- desde el estudio riguroso del pretérito de Cataluña. Canal vive a caballo entre París, donde es profesor de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales, y Girona. Es autor de Historia mínima de Cataluña (Turner) y El carlismo. Dos siglos de contrarrevolución en España (Alianza Editorial).

Durante las guerras del siglo XIX, Berga y Olot, su pueblo natal, llegaron a convertirse en capitales del carlismo catalán. ¿Se puede trazar una continuidad entre el mapa carlista en Cataluña y el territorio donde el independentismo es hoy fuerte?
Si sólo miramos el mapa, sí. El territorio de la vieja Cataluña carlista del siglo XIX coincide, a grandes rasgos, con el del independentismo más duro. Es aquello que Balmes denominó "montaña catalana": desde Berga y Solsona hasta Vic y Manresa pasando por Olot. El propio Puigdemont es de Amer, un pueblo de Girona. Estuvo en Convergència, pero tenía buenos contactos con la CUP. Por eso se mueve bien en esos ambientes y con esas compañías. Puigdemont es difícil de entender si no se conoce el microclima de la ciudad de Girona. No sé como Santi Vila, a quien yo di clases, pudo fiarse de él. En todo caso, no se puede establecer una continuidad entre carlismo y catalanismo. Lo que sí hay es una coincidencia de espacio, que entronca con el conservadurismo sociológico. Hay una parte de Cataluña que en el XIX era refractaria al cambio y hoy, en el siglo XXI, sigue siéndolo. Es una Cataluña "enamorada de sí misma", como decía Adolf Tobeña. Para entendernos: ERC y la CUP también son profundamente conservadoras, aunque se presenten con la etiqueta de izquierdas.

¿La crisis económica fue la espita del 'procés'?
Tiene tres tiempos. El primero cuaja alrededor del proceso de nacionalización de Pujol a partir de 1980. Un segundo tiempo más corto atañe a 2003: con la reforma del Estatuto se ponen encima de la mesa cosas que no estaban en la agenda. Maragall quiso demostrar que él también podía ser un buen presidente de la Generalitat y, por tanto, nacionalista. Para los socialistas, el Estatut era una forma de reafirmarse. Para ERC, una manera de taladrar el Estado. El tercer tiempo llegó con la crisis y el Tribunal Constitucional, que prendió la mecha pese al corto alcance de su sentencia. En el preámbulo deja la definición de nación, pero advierte de que no se podrá crear un Estado.

No es un asunto baladí. El 'Estatut' de Nuria de 1932 hablaba de un "Estado autónomo dentro de la República española". Luego se recortó en el Congreso, aunque fue la denominación usada en la intentona secesionista de 1934. Y Enric Prat de la Riba, en 'La nacionalitat catalana' (1906), sostuvo que "del hecho de la nacionalidad catalana nace el derecho a la constitución de un Estado propio, de un Estado catalán".
Desde luego, esa es la clave del nacionalismo. Se podía haber mantenido el término nación en el preámbulo, pero la sentencia del TC tocó muy pocos artículos. En cambio, encendió un polvorín. Ocurrió la tormenta perfecta para ser aprovechada por los nacionalistas. Cataluña se siente entonces superior al resto de España, que es la actitud que está detrás del proceso.

¿Cataluña, como sostuvo García Cárcel, es una sociedad enferma de pasado?
Sí, porque el nacionalismo catalán ha sido hegemónico, teniendo en cuenta que una parte de la sociedad siempre ha estado callada. La historia y la lengua son las dos principales patas del nacionalismo catalán. Todo se juzga en base a la historia. El relato nacionalista gira alrededor de la búsqueda de una nación, que ya existía en la época de los condes y cuyos momentos de debilidad sólo se han producido cuando Castilla, es decir, España, ha intentado cargársela. Para ellos, todo es continuidad. Por eso dicen que Cataluña es una de las naciones más antiguas de Europa, o establecen una continuidad entre la Diputación del General y la Generalitat, o se saltan la Corona de Aragón, o aseguran que en siglo XVII Cataluña caminaba hacia la democracia. Y no sé cómo no se atreven a hablar del primer homínido como el primer catalán de la Historia...

Junqueras escribió que los catalanes somos genéticamente superiores al resto de españoles.
Sí, cierto. Han creado un relato que lleva a la siguiente conclusión: tenemos una nación, por tanto, sólo nos falta ser un Estado.

En 'Historia mínima de Cataluña' (Turner), recuerda que cuando John H. Elliott llegó a Cataluña en 1950 se alineó con Vicens Vives y se propuso "desterrar mitos". ¿Mito e historia se confunden en la historia de Cataluña desde el siglo XIX?
Hasta los años 80 del siglo XX existió una confusión enraizada entre historia y mito. Esto es lo que plantea Vicens, aunque en la década de los 50 da un giro y se hace nacionalista. A partir del pujolismo, la historiografía vuelve a encerrarse en sí misma y reivindica a Ferran Soldevila, autor del mejor libro de literatura histórica, que no de Historia, en la historiografía catalana de corte nacionalista. Los nacionalistas recrean símbolos y tradiciones, pero la clave en el uso de estas herramientas de propaganda es la televisión pública. Sin la tele no se entiende el 'procés'.

La costra nacionalista, que dice Joan Ferran.
Sí, aunque hay que distinguir varias etapas. Durante los Gobiernos de Pujol, TV3 fue una televisión profundamente renacionalizadora pero de calidad, es decir, contrata a los mejores profesionales, hace programas para todas las franjas y apuesta por formatos innovadores. Luego, desde 2003, llega la TV3 de los comisarios, coincidiendo con el control que ejerce ERC . Y, finalmente, esa televisión aún cae más bajo a partir de 2012 porque se pone al servicio de la causa. Muchos de sus presentadores son ideólogos del procés. Pujol, en cambio, sabía que sólo con propaganda no se podía hacer la tele. Prefería el gota a gota, igual que en la escuela. No hubo adoctrinamiento hasta 2003. Ahora sí lo hay. En los libros de texto, en los juegos, en el recreo... Creas una visión del mundo, que se interioriza más que la propaganda pura y dura.

En su último libro evoca 'Clave K', la novela en la que Margarita Rivière retrató el pujolismo, y cuenta que su padre trabajó para la banca de esta familia. ¿El pujolismo hubiera sido posible sin la izquierda?
Mi padre trabajó en Banca Catalana y antes en Banca Dorca, de Olot, que compraron los Pujol. Después de la confesión de fraude fiscal se pasaron a ERC. Igual que mi familia, creo que muchos catalanes pensaron que Pujol quería quedarse en el autonomismo. Por un lado, él es el responsable de abrir el camino a la vía independentista. Por otro, nunca se atrevió a dar el paso. Aunque la derecha pactó con el nacionalismo, por ejemplo, en el pacto del Majestic de 1996, la izquierda siempre fue permisiva con el nacionalismo. Sin embargo, el pujolismo fue muy hábil y le dio la vuelta a este argumento. Convirtió a los socialistas en malos catalanes y les encerró con el complejo de ser una sucursal de Madrid.

¿La tradición pactista de la política catalana es un hecho contrastado o un estereotipo?
Es un mito. Hay ejemplos en el pasado de pactos, pero no está en los genes. Ocurre igual con el oasis catalán, que nunca existió. No es verdad que la política catalana sea más moderna o más dialogante. En estas cosas, los catalanes son muy españoles.

¿Por qué sostiene que el 'procés' ha sido kafkiano?
Porque ha sido extraño. Absurdo, pero angustioso. La comparación con El proceso de Kafka es un juego literario, pero la verdad es que nadie acaba de entender hacia dónde vamos. Lo hemos visto después del ultimátum de Torra y la división independentista.

¿La sociedad catalana está fracturada?
Sí, lo está. Y acabará mal. La fractura se ve en el mapa electoral, en la polémica de los lazos amarillos, en el daño a la economía y en un Govern que sigue gobernando para la mitad de Cataluña. Los nacionalistas no son conscientes de hasta qué punto han llevado al descrédito a las instituciones. ¿Cuántos catalanes piensan hoy que Torra es su presidente? Hay gente que determinadas cosas ya no las denunciaría a los Mossos porque no sabe cómo van a actuar. No sabemos sin son una policía política. Cuando esto acabe habrá que reconstruir la confianza en las instituciones. No está claro que unas elecciones vayan a solucionar nada y no es impensable que la violencia vaya a más. Asaltar el Parlament fue muy grave.

¿Hay riesgo real de que el independentismo opte por la violencia?
Siempre ha usado otras formas de coacción, pero no la violencia expresa. El problema ahora es que Torra no puede ser el que ponga orden y el que aliente a los CDR. La violencia dependerá del grado de frustración. Hasta ahora, con altibajos, les ha funcionado el relato de la represión del Estado. Ocultan todo diciendo que hay que luchar por los encarcelados y los exiliados. Han convertido su causa en una religión.
 
¿La brecha abierta entre Junts per Catalunya y ERC puede acabar con la pulsión secesionista?
No lo sé. El Estado actuó tarde, pero cuando lo hizo fue efectivo. El artículo 155 debió aplicarse después de la aprobación de las leyes de ruptura del 6 y 7 de septiembre. El discurso del Rey me pareció impecable.

¿No le faltó dejar abierto un resquicio para una salida?
En aquel momento las cosas estaban demasiado tensas. El objetivo era hacer una declaración sin matices. Quizá se podía haber matizado más adelante, pero entonces no cabía otro discurso. Fue un jefe del Estado defendiendo la unidad territorial del Estado y le dijo a los ciudadanos de Cataluña que apoyan la Constitución que no están solos. El Estado, sin aplicar una alta represión, impuso la ley, pero hasta que no haya una intervención de TV3 y en la escuela, esto no tiene solución. No valen las medidas cortoplacistas. Hay que revisar el Estado de las autonomías y el modelo de financiación, y colocar encima de la mesa las competencias.

¿Una reforma del modelo de Estado y de la organización del poder en sentido centrípeto ayudaría a solucionar la cuestión catalana?
No planteo que las comunidades pierdan las competencias. Sí ponerse de acuerdo en unos mínimos. Especialmente, en educación. El conflicto catalán quizá es irresoluble, pero si dejamos que la maquinaria siga funcionando, el independentismo superará con creces el 47% en el que están ahora.

¿Está faltando lealtad por parte de la oposición al Gobierno de Sánchez en esta materia?
El comportamiento de todos los partidos hay que leerlo en clave electoral. Tengo la sensación de que los socialistas han sido un poco ingenuos en algunas de las medidas que han tomado desde que han vuelto al poder. No aprendemos. Los nacionalistas nos están chuleando desde hace muchos años. Han sido desleales siempre. No se puede establecer una negociación de tú a tú, sin saber hacia dónde vamos, con una persona que dice que va a implantar la república y que le pide a los CDR que "aprieten".

Pero esa persona es el presidente legal y legítimo de Cataluña tras unas elecciones autonómicas convocadas por el Gobierno al amparo del 155.
Hasta ahora han tenido mayoría parlamentaria para gobernar, desde luego. Sólo digo que no puedes negociar con alguien que no acata la Constitución.

Entonces, ¿cuál es la alternativa? ¿Ir a un 155 largo, tal como propone Felipe González?
Posiblemente. El problema es que como pusimos el listón tan alto con el anterior 155, ahora parece que no hay motivos para activarlo. No se puede esperar a que vuelvan a declarar la independencia. La intervención de la autonomía demostró que el Estado no es débil. El debate es si queremos ir más allá o no.

Aznar, durante la presentación de la biografía 'Miguel Maura. La derecha republicana' (Faes) advirtió de que ve una "extraordinaria similitud" entre el golpe de Estado de 1934 y la actual situación en Cataluña.
En algunas cosas se parecen, pero en el 34 nadie salió a la calle, ni los escamots de ERC. Leído en la clave de Aznar, lo que dice tiene coherencia porque él considera que lo que ha pasado es un golpe de Estado. Yo estoy de acuerdo. Quizá es un golpe en sentido posmoderno, como sostiene Daniel Gascón, pero la realidad es que estás liquidando las leyes en vigor para implantar un sistema nuevo. En 1934 Companys piensa también en clave española. Intenta cambiar Cataluña para que España no deje de ser de izquierdas. En todo caso, no me gusta hacer analogías porque son situaciones distintas. Ahora puede haber violencia, pero no estamos al borde de una Guerra Civil. Nuestra democracia es asumida por la izquierda y la derecha, y el contexto no se parece a la Europa de los años 30.

¿Qué vías de escape le quedan al catalanismo en una coyuntura de polarización como la actual?
En el corto plazo, ninguna. El independentismo se ha cargado el catalanismo. Hay que volver a reconstruirlo con los desencantados de los dos bloques, pero es una tarea larga. Sólo es posible con una bajada de la tensión. El PSC intentó buscar ese espacio con Unió en las últimas elecciones autonómicas y no funcionó.

¿La Iglesia es clave para el soberanismo?
No. Pujol concibió una nación católica, en línea con la tradición de Torras i Bages. Ha jugado un papel importante, pero ya no cuenta lo mismo que antaño.

¿Qué hemos hecho para merecer esto?
«Ni la Memoria ni la Verdad ni la Justicia son posibles si se niega a una víctima del terrorismo su existencia como tal, el haber sido victimizada»
Carlos Fernández de Casadevante Romani ABC 13 Octubre 2018

El 22 de agosto de 1980, Francisco (69 años) y María Luisa (58), padres de cuatro hijos, reciben una carta de la organización terrorista nacionalista vasca ETA en la que, bajo amenaza de muerte, les da un plazo de quince días para irse de Irún. Dos años antes, como acredita la Dirección de la Guardia Civil, ambos figuraron en los panfletos que con el nombre de «Informe Euskadi» fueron lanzados en la ciudad con datos de «personas acusadas de pertenecer a colectivos que habitualmente eran objetivos de ETA». En concreto, su profesión, domicilio y teléfono, además de las mentiras y calumnias habituales en ETA para justificar un posterior asesinato, anunciado en la propia carta: «Algunos no hicieron caso anteriormente de advertencias parecidas y se les trató como les correspondía».

Esa misma mañana se personan en la comisaría del Cuerpo Nacional de Policía con el anónimo recibido. En la certificación policial que da fe de los hechos consta el texto íntegro de la carta. En el marco de otro procedimiento judicial, un inspector de la misma comisaría declaró que la amenaza era cierta y grave, y que debían marcharse.

A primeros de septiembre, agentes de dicha comisaría se personan en su domicilio, conminándoles a abandonar inmediatamente la ciudad por su seguridad, lo que hacen esa misma tarde: escoltados, son acompañados al tren rumbo a Madrid, donde residen familiares. Dejan atrás cuatro hijos, domicilio, amigos, raíces y consulta profesional. Delante, el vacío.

Treinta y ocho años después, sus hijos solicitan a la Dirección General de Víctimas del Ministerio del Interior el reconocimiento de la condición de amenazados por terrorismo a título póstumo. Nada más. Sin embargo, el Estado se cubre de gloria desestimando «la solicitud de ayuda presentada», cuando no pidieron ninguna.

La justifican por la inexistencia de «medios de prueba tasados para confirmar la existencia de amenazas: sentencia firme, apertura de diligencias judiciales o incoación de proceso penal para el enjuiciamiento del delito», exigidos por el art. 3 bis de la Ley de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo «para que opere el sistema de ayudas y prestaciones reguladas por la ley». No es el caso.

Varios son los motivos que originan este tipo de resoluciones incomprensibles e inaceptables para las víctimas del terrorismo de ETA. Uno, que los órganos del Estado no han entendido nunca la verdadera dimensión de aquel. Así, los amenazados por ETA no tuvieron visibilidad y existencia legal ¡hasta 2011!, aunque de modo insuficiente y deficiente, como revela el caso que relato, porque esa Ley ignora -no existen- a los miles de amenazados, fallecidos o no, que quisieran únicamente ser reconocidos como tales sin pretensión económica o asistencial ninguna. La Ley lo hace imposible al exigirles inadecuadamente los medios de prueba requeridos para el sistema de ayudas y prestaciones que contempla.

Además, la Ley desconoce totalmente el contexto social y político padecido por los miles de amenazados por ETA. En el caso que relato, seis días después de comparecer en la comisaría de Policía, ETA asesinó a un vecino. Ese mismo año fueron 47 los asesinados en Guipúzcoa.

Sólo desde el desconocimiento y la ignorancia puede exigirse que los afectados pierdan el tiempo en denuncias judiciales (inútiles por otra parte, como revelan los más de 300 asesinatos todavía sin resolver). ¿Qué más debían haber hecho Francisco y María Luisa? ¿Permanecer en Irún después de agotar el plazo de 15 días que les daba ETA para irse? ¿Esperar a un martirio seguro? ¿Cómo puede pretenderse y exigirse que hicieran más de lo que hicieron, esto es, denunciar los hechos en la comisaría de Policía; denuncia que a la Dirección General de Víctimas le parece irrelevante como medio de prueba? ¿Por qué se exige a las víctimas que hicieran lo que nunca hizo el Estado? No deja de ser una triste ironía: el Estado inexistente durante décadas de terror en el País Vasco exige en 2018 requisitos que él no estaba en condiciones de asegurar ni de garantizar cuando tienen lugar los hechos que describo. ¿Realizó el Estado alguna investigación oficial efectiva respecto de tales hechos? ¿Inició de oficio actuaciones para conocer la autoría de la amenaza? No consta, pero existiendo más de 300 asesinatos de ETA sin resolver, intuimos que no.

Ni la Memoria ni la Verdad ni la Justicia son posibles si se niega a una víctima del terrorismo su existencia como tal, el haber sido victimizada. Eso sucede en este caso. El Estado, que abandonó a su suerte a Francisco y a María Luisa (como a tantos otros) cuando fueron victimizados por ETA, los remata ahora negándoles la reparación moral que les debe. Demoledora expresión de la memoria y del relato que tanto cacarean y tanto desconocen los poderes públicos y quienes los ostentan. Antes y ahora.

Carlos Fernández de Casadevante Romani es Catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad Rey Juan Carlos


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