AGLI Recortes de Prensa   Lunes 28  Enero 2019

Salvavidas del chavismo
EDITORIAL Libertad Digital 28 Enero 2019

Como por desgracia era bastante concebible, la UE se ha negado a reconocer a Juan Guaidó como el presidente legítimo de Venezuela. En su lugar, ha preferido exigir al tirano Nicolás Maduro la convocatoria de nuevas elecciones en el plazo de ocho días.

El inmoral apaciguamiento de la UE para con el sanguinario régimen bolivariano es tanto más absurdo cuanto que, en consonancia con las democracias iberoamericanas, denunció el pucherazo perpetrado por Maduro en mayo del año pasado para seguir detentando un poder que jamás ha ostentado: Maduro siempre ha sido un gobernante ilegítimo, como saben perfectamente en Bruselas.

La UE comete un error imperdonable al arrojar al criminal Maduro un salvavidas en forma de convocatoria electoral. Además, deliberadamente ha optado por no secundar a las democracias iberoamericanas, que de forma prácticamente unánime han apoyado a un Guaidó que es quien debe convocar a los venezolanos a las urnas, en vez del grotesco payaso que los está tiranizando y matando de hambre.

Para que el cambio se sustancie, es imprescindible expulsar del poder a Nicolás Maduro y acabar de una vez con el hipercorrupto y criminal narcorrégimen chavista, que ha sumido en el terror y la miseria al pueblo venezolano.

Mención aparte merece Pedro Sánchez, ominoso títere de los bolivarianos españoles que le colocaron en la Moncloa. Por razones clamorosamente obvias, España debería haber comandado una campaña europea en pro de los demócratas venezolanos y contra quienes los asesinan. Pero no, Sánchez ha optado por una contemporización que sólo puede beneficiar a Maduro y su gang mafioso, que tiene en el patético José Luis Rodríguez Zapatero su mayor vocero internacional, lo que ha hecho que el expresidente del Gobierno sea objeto de merecido desprecio no sólo en Venezuela sino en buena parte de las cancillerías hispanoamericanas.

Junto con su semejante Zapatero, Sánchez no se conforma con ser una maldición para España, también quiere serlo para la democracia venezolana. Cuánta infamia.

Desolación del optimista
Pedro de Tena Libertad Digital 28 Enero 2019

¿Impaciente? De eso se acusó a Ortega cuando trató de rectificar la marcha de la República.

Mi amigo José Luis Roldán, el hasta hace unos años Max Estrella valleinclanesco de los funcionarios andaluces en su rebelión contra la destrucción de la función pública y la burla del Derecho Administrativo practicada por el PSOE desde 1982, siempre me recrimina mi optimismo, además de mi supuesta condición de desinhibido, lejana de toda timidez o prudencia. Su pesimismo no es sólo antropológico, que también, sino metafísico, consustancial con la infalible entropía universal. El ser es lo que es, pero tiende a ser mucho peor.

No es que me haya informado mejor y haya dejado de ser optimista. No es que haya acontecido alguna tragedia universal que me haya hecho romper mi compromiso con la esperanza. Ni siquiera es que haya recibido un curso de la Junta de Andalucía sobre las leyes de Murphy. Es que los hechos, que son testarudos porque son lo que son, me hacen considerar un día tras otro que aquello de la buena voluntad de Kant fue un gran invento de su idealismo pero que, en realidad, no existe algo así. Yo creo que el prusiano de Königsberg extrajo su idea de una de las bienaventuranzas, la que enuncia que bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.

Veamos Venezuela, país hermano, sometido a un régimen despótico filocomunista y castrista, que ha tenido a un Gobierno del PP, Rajoy mismo, y a otro socialista, el del infumable doctor cum fraude Sánchez, propiciando los sueldazos de un Zapatero suelto por el mundo que se ha dedicado a difundir la especie del diálogo con quienes perpetraron un golpe de Estcdo contra la democracia venezolana. Y ahora va la diplomacia española y dice que lo mejor es que el dictador Maduro convoque elecciones. Pero ¿no acabáis de subrayar que su Gobierno no es legítimo? No es que el PSOE tenga dos almas, o el PP tenga tres. Es que no hay vergüenza ni buena voluntad en esta cada día más degenerada democracia española.

Veamos el lío de los taxis. Independientemente de las razones de fondo de unos y otros, hay unas formas que acatar porque afectan a la libertad de los ciudadanos. Llegan estos señores, como otras veces han sido otros, y cortan carreteras, atascan calles, pegan a los adversarios, insultan a quien se opone, gruñen amenazas de daño a la gente y encima se permiten hablar en nombre de la democracia. ¿Qué democracia ni qué cojones? Ni siquiera hemos comenzado a entender qué es eso de ser y actuar como demócratas, porque a las primeras de cambio recurrimos a la fuerza, a la imposición, al machacamiento de los derechos de los demás, tan iguales o más que los propios.

Y ahora veamos lo del cambio andaluz. Cuando en un nuevo Gobierno todos son pusilánimes y ninguno es magnánimo, por usar la contraposición de Ortega, es que la moral canija del mediocre permite aventurar el triunfo perverso de lo que vale menos sobre lo que vale más. Andalucía no ha sido un triunfo del PP en el flanco del centroderecha, sino que es la oportunidad de reorganizar el Estado desde Andalucía. Pero eso exige almas grandes, magnánimas, creadoras de futuro y convivencia, limitando las posibilidades de reedición de un régimen infecto. ¿Y qué? No lleva ni una semana este supuesto Gobierno del cambio y ya recula. Ni examen riguroso de la Administración Paralela ni de la recta sin más. ¿Impaciente? De eso se acusó a Ortega cuando trató de rectificar la marcha de la República.

En fin, que sí, que optimista desolado por la ausencia de excelencia moral e intelectual de las minorías selectas por procedimientos digitales o maniobreros, incapaz de salutaciones.

¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?

Pues yo mismo.

Sánchez y la UE, al rescate de Maduro
Marcel Gascón Barberá Libertad Digital 28 Enero 2019

Rompiendo el emocionante consenso alcanzado por todos los países de América con vocación democrática, Bruselas no ha sido capaz de reconocer a Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela. En su lugar, los 28 le han exigido a Maduro que convoque elecciones en ocho días. Solo si Maduro no llama a ir a las urnas antes de ese plazo, la Unión Europea reconocerá a Guaidó como presidente.

Los portavoces comunitarios tratan de presentar su decisión sobre Venezuela como un acto de firmeza que redobla la presión sobre Maduro y empuja hacia una salida democrática a lo que siguen considerando un conflicto entre dos partes. Pero la realidad es que Pedro Sánchez y el resto de líderes de la Unión Europea acaban de lanzar a Maduro un salvavidas que puede ser crucial para su supervivencia.

La vergonzante vía de en medio escogida por Bruselas carece de toda lógica y solo beneficia a quien sigue atrincherado en el poder en Caracas. La Unión Europea sí coincidió con las democracias de América en denunciar el fraude electoral perpetrado por Maduro en mayo del año pasado. Maduro consiguió su segundo mandato, del que tomó posesión este 10 de enero, en virtud de una victoria electoral no reconocida por la Unión Europea. Al darle la facultad de convocar elecciones, Bruselas reconoce la legitimidad de un jefe de Estado que según la propia Unión Europea fue reelegido mediante una trampa. El sinsentido no termina aquí. ¿Quién en su sano juicio puede encargar la organización de unas elecciones a quien ya hizo trampa en el pasado y esperar esta vez un proceso justo y transparente?

Hay más. Si Maduro acepta la tabla de salvación que le ofrece la Unión Europea y Guaidó y quienes le apoyan se dejan engatusar por el compromiso que propone Bruselas, el régimen habrá ganado una vez más el tiempo necesario para reorganizarse y detener la cascada de acontecimientos que le han puesto contra las cuerdas en los últimos días.

Imaginemos que Maduro convoca elecciones para dentro de tres meses. En esos tres meses la oposición se fragmentará entre partidarios de ir a esos comicios y quienes rechazan volver a las urnas bajo la tutela de la dictadura.

El que desde la oposición se presente a las elecciones lo hará con la desconfianza de buena parte de los venezolanos, que verán en su participación en otros comicios organizados por el chavismo un acto de traición y complicidad con Maduro. Las posibilidades de las candidaturas opositoras en estas elecciones que propone la Unión Europea estarán por tanto gravemente mermadas, y no solo por el recelo ante quien se preste a una nueva estafa electoral de la revolución.

No cabe duda de que la Unión Europea exigiría observación internacional para la celebración de estos comicios. Pero ni el más formidable ejército de observadores será capaz de desmontar en unos pocos meses y con Maduro y sus generales aún en el poder la maquinaria de intimidación, fraude y compra de voluntades que el chavismo ha puesto en pie en los 20 años que lleva mandando.

La proclamación de Guaidó como presidente y el apoyo inmediato y sin condiciones de la América que quiere libertad en Venezuela han puesto muy cerca de librarse de la tiranía a los venezolanos. Si el plan europeo sale bien y Maduro acepta convocar elecciones, el fin de la dictadura volverá a alejarse una vez más.

La Unión Europea, y al frente de ella el Gobierno socialista de Sánchez, pueden ser los responsables de que varias de generaciones más de venezolanos nazcan condenadas a la desnutrición y la miseria, y de que mueran sin haber conocido la libertad.

Claro que Venezuela debe celebrar elecciones libres, pero convocadas por Guaidó y una vez desmantelada la dictadura de Maduro.

Sánchez puede hacer el ridículo con Venezuela, pero España no
EDITORIAL @AntonioRNaranjo esdiario 28 Enero 2019

Sánchez tiene la interesada costumbre de juzgar los hechos en función de sus necesidades personales, obviando habitualmente que la primera responsabilidad de un presidente es entender y aceptar la realidad para, a partir de ahí, adoptar las mejores decisiones posibles.

Lo hizo, de manera escandalosa, para llegar a La Moncloa, intentando presentar sus acuerdos con el independentismo como una manera de calmar un conflicto que no ha dejado de crecer, alimentado por la dependencia y debilidad del nuevo Gobierno. Lo hizo, con estrépito, al incumplir su compromiso de convocar Elecciones Generales alegando que España necesitaba una estabilidad que sólo él ha puesto en riesgo.

Y lo hace, de nuevo, con Venezuela, cargando a sus rivales la responsabilidad de aumentar el problema por su empecinamiento en reconocer a Juan Guaidó y ayudar a desalojar al sátrapa de Caracas, Nicolás Maduro, protegido por Podemos, el principal socio de Sánchez.

Reforzar a Maduro
El despropósito de Sánchez al legitimar a Maduro como presidente -algo que la Unión Europea no hizo tras la farsa de sus últimas elecciones sin oposición- concediéndole la potestad de convocar él mismo comicios ha arrastrado por la misma senda a la propia Unión Europea, en un viaje inútil que el régimen bolivariano ha aprovechado para reforzarse y despreciar a los impulsores del triste ultimátum.

Si algo daña a Venezuela es esa mezcla de nadería y sectarismo que gobierna España y no es capaz de ponerse del lado correcto

Que con ese panorama el jefe del Ejecutivo cargue contra PP y Cs, reprochándoles el aumento del drama para la población civil venezolana que en realidad provoca la indulgencia con el tirano, resume muy bien la actitud global de un presidente superficial, sectario e incompetente que jamás aborda un problema con rigor y se limita a gestionarlo pensando en sí mismo.

La realidad, presidente, es que en Venzuela se vive un drama humanitario fruto de la tiranía de un dictador que recubrió su autogolpe de Estado con unas elecciones falsas, la supresión de su Parlamento y el asalto a la Justicia, en un clima insoportable de represión, hambruna y violencia.

¿Por Podemos?
Y la realidad, señor Sánchez, es que su principal socio, Podemos, procede de ese régimen y aún hoy respalda al sátrapa que lo encabeza, lo que avala la sospecha de que el propio Gobierno mantiene esta actitud para no desairar a uno de los pilares de su mera existencia.

Si algo hace daño a Venezuela es esa combinación de nadería y sectarismo que gobierna el destino de España y ni siquiera es capaz de ponerse del lado correcto con la rapidez que exigen los acontecimientos.

Europa, Venezuela y la cobardía de Sánchez
La UE tarda demasiado en reconocer a Guaidó porque el presidente español rehúye cumplir con su deber
Isabel San Sebastián ABC

La Unión Europea dista mucho de ser perfecta. Le sobra burocracia, le falta agilidad, ha perdido buena parte del vigor económico y democrático que alumbró su nacimiento y, lo peor de todo, parece haberse dejado por el camino muchos de los principios del humanismo ilustrado que inspiraron a sus fundadores. La UE necesita profundas reformas capaces de convertirla en el espacio compartido de libertad y progreso que puede llegar a ser, que debe llegar a ser y será, si impedimos que acabe imponiéndose la eurofobia populista y/o ultranacionalista que asoma las garras de norte a sur y de este a oeste del continente, con distintos rostros y pretextos.

La Unión Europea no es perfecta, pero desde luego es infinitamente mejor que la no existencia de una estructura supranacional bajo la cual ampararnos. ¿Alguien puede citar un mejor antídoto contra las enemistades históricas, los enfrentamientos entre vecinos, el totalitarismo, la pobreza y el aislamiento? La historia de la Europa anterior a la Unión abunda en guerras devastadoras que constituyen la mejor defensa de esta creación. Hace menos de treinta años aún estaba en pie el Muro de la Vergüenza, al otro lado del cual millones de seres humanos vivían bajo el yugo del comunismo, ansiando poder integrarse en este club de privilegiados. Y nosotros mismos, los españoles de mi generación, hemos constatado en carne propia la diferencia sustancial existente entre ser o no ser considerados parte de la Europa unida. Una diferencia mucho más honda que la inherente a la recepción de ingentes cantidades de dinero, con haber sido estos fondos decisivos para nuestro desarrollo. Nadie con un mínimo de conocimientos y honestidad intelectual puede renegar de los incontables beneficios tangibles e intangibles que se derivan para España de la pertenencia a la UE, salvo que, con tal de arañar algún voto, esté dispuesto a escupir al cielo.

Dicho lo cual, la Unión Europea está tardando demasiado en reconocer a Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela; cierto. Poner de acuerdo a 28 países para que den unánimemente un paso semejante no debe de resultar sencillo, especialmente cuando quien debería impulsar esa decisión rehúye ejercer la función a la que está llamado en virtud de la responsabilidad que pesa sobre su país. Y esa persona no es otra que Pedro Sánchez Castejón, presidente del Gobierno español, cuya actuación en este trance decisivo constituye una muestra más de su incapacidad para honrar el cargo al que accedió mediante una moción de censura pactada con los discípulos de Chávez y Maduro.

La Unión Europea no tiene la culpa de que a Pedro Sánchez le falten fuerza, valor, convicción, talento y determinación para cumplir con su deber respecto del pueblo venezolano. No tiene la culpa de que el líder socialista español deba su poltrona a un partido como Podemos, generosamente alimentado en sus comienzos por quienes ejercen en Venezuela una dictadura sanguinaria. No tiene la culpa de que su mentor en el PSOE fuese precisamente José Luis Rodríguez Zapatero, máximo valedor internacional del dictador caribeño, cuya conducta servil y cómplice constituye un motivo de oprobio para nuestra nación. No tiene la culpa de que ni siquiera se haya atrevido a mostrar públicamente su respaldo al valiente Guaidó, como sí han hecho los máximos dirigentes de Francia o el Reino Unido, además de los presidentes del Parlamento y el Consejo europeos, Tajani y Tusk. Esa cobardía solo es imputable a Pedro Sánchez.

El ultimátum del doctor Sánchez
Juan Manuel de Prada ABC 28 Enero 2019

Debemos reconocer que ha sido muy aguda la respuesta de Maduro ante el ultimátum del doctor Sánchez: «Si ellos quieren elecciones, que hagan elecciones en España porque [el doctor Sánchez] no es el presidente español electo por ningún voto popular». Más agudo habría sido todavía Maduro si al ultimátum del doctor Sánchez hubiese respondido a su vez con otro ultimátum del tipo: «Si el Gobierno español no convoca un referéndum en Cataluña en el plazo de ocho días, Venezuela reconocerá la república catalana». Y así, además de burlarse del ultimátum del doctor Sánchez, Maduro habría hundido a los ojos del mundo al separatismo catalán.

El ultimátum lanzado por el doctor Sánchez encubre, en realidad, una falacia lógica como un castillo. Por un lado, reconoce legitimidad a Maduro, a quien concede la potestad de convocar elecciones; y, por otro, conmina a Maduro a convocar elecciones, con la amenaza de reconocer presidente a Guaidó si no lo hace. ¡Menudo delirio! Salta a la vista que, si se reconoce su legitimidad, Maduro podrá convocar elecciones cuando le parezca bien, dentro de los plazos establecidos por las leyes venezolanas. Y, si no se le reconoce legitimidad, habría que reconocer a Guaidó como presidente interino, sin la zarandaja del ultimátum. La falacia lógica del doctor Sánchez revela un penoso caos mental; y tal vez no sea otra cosa sino el acto fallido de un pobre hombre que, en el fondo de sus entretelas, alberga dudas sobre su propia legitimidad.

Es natural que un impostor como el doctor Sánchez se deje arrastrar por actos fallidos y falacias lógicas; pues una voz interior lo reconcome y atormenta, como a Macbeth, repitiéndole: «¡Tú ocupas el trono, pero no eres rey!». Pero, más allá de estas penosas aflicciones propias de un impostor, resulta muy sintomático que haya recurrido a la fórmula del ultimátum. Pues, como nos enseña Talleyrand, sólo hay dos tipos de hombres que lanzan un ultimátum: el gigante que, después de haber agotado todas las razones, está dispuesto a emplear la fuerza; y el enano que no tiene fuerza ni razones y utiliza el ultimátum como aspaviento retórico, a rebufo de algún gigante con demasiada fuerza y pocas razones. Lamentablemente, España nunca ha agotado las razones con el régimen chavista; o, más bien, ha renunciado a exponerlas desde el principio, allanándose ante la política del gigante yanqui. Tal actitud lacayuna es contraria a las obligaciones que España tiene con los pueblos hispánicos, que la obligan a velar por su bien material y espiritual aun en las circunstancias más adversas (o, sobre todo, en las circunstancias más adversas), influyendo benéficamente en regímenes y gobiernos, incluso en los menos propicios o más adversos, sin dejarse llevar por obnubilaciones ideológicas ni por esquemas de política inmediatista. Pero España nada ha hecho por influir benéficamente en el régimen chavista durante dos décadas (tampoco, por cierto, en su oposición política, que ha dejado pastorear al gigante yanqui); nada ha hecho por corregir su deriva tiránica y sus atropellos; nada ha hecho por evitar los padecimientos del pueblo venezolano. Y, a cambio, ha aceptado que los Estados Unidos sigan aplicando la doctrina Monroe, que cuando proclama «América para los americanos», entiende por «América» todo el continente (y, muy en especial, sus naciones más ricas, cuyos recursos codicia), pero por «americanos» sólo a los estadounidenses.

El ultimátum del doctor Sánchez es una falacia lógica y un acto fallido propios de un impostor. Y también, como nos enseñaba Talleyrand, el aspaviento de un enano sin fuerza ni razones, a rebufo de un gigante con demasiada fuerza y pocas razones.

"Venezuela y el patán de Maduro"
Francisco Marhuenda. larazon 28 Enero 2019

El pueblo venezolano no es libre porque está sometido al régimen corrupto y autoritario de Nicolás Maduro. Una gran nación con recursos enormes está sufriendo la pobreza, salvo los adictos al régimen, por culpa de un caudillo depredador y la recua de indeseables que le rodean. Desde hace décadas se dedican al robo sistemático de la economía venezolana y a actividades delictivas que causan auténtico estupor. Es sobrecogedor que Venezuela, que fue una gran democracia y uno de los países más ricos de Hispanoamérica sufra una corrupción masiva y una desastrosa gestión que ha provocado el mayor éxodo conocido que no es consecuencia de un conflicto bélico. Maduro, al igual que Chávez, reivindica la memoria de Simón Bolívar e incluso insulta su memoria utilizando el término bolivariano para definir su régimen autoritario. Bolívar se hubiera sentido horrorizado si hubiera visto a un patán, maleducado e inculto revindicar su legado.

Maduro representa lo peor del populismo izquierdista hispanoamericano. Es un indeseable elegido por Chávez y su familia para perpetuar un régimen que se ha envuelto en la bandera venezolana y en un patriotismo ramplón mientras es apoyado por naciones de escasa calidad democrática como Cuba, Rusia, Irán o China. Sus aliados en Europa son partidos antisistema y comunistas. Durante décadas han expoliado los recursos de su país para enriquecerse y apoyar a otros regímenes autoritarios como el cubano. No es casualidad que sus aliados políticos sean, precisamente, la peor chusma del planeta. Es normal que un golfo sea apoyado por los corruptos, los autoritarios y los indeseables.

El Papa pedía ayer una solución “justa y pacífica” para Venezuela y desde luego es lo que debería suceder, pero no se puede actuar con tibieza frente a Maduro. No hay que olvidar que al patán venezolano sólo le interesa perpetuarse en el poder. No le interesa unas elecciones libres, porque quiere seguir con su proceso depredador de la economía venezolana con el apoyo de su camarilla que se ha enriquecido a costa de la pobreza de un gran pueblo. España tiene una gran responsabilidad histórica y su gobierno no está a la altura de las circunstancias. Una vez más Sánchez se equivoca con su estrategia, porque va por detrás de los anhelos democráticos del pueblo venezolano. El buenismo es un grave error y tendría que haber condenado con firmeza el régimen autoritario a la vez que reconocer a Guaidó como el presidente legítimo encargado, de conformidad con la Constitución, en conducir a Venezuela hacia la democracia.

Millones de venezolanos han tenido que abandonar su país. Los medios de comunicación han sido reprimidos o cerrados, se han detenido a centenares de opositores y hace años que son asesinados pacíficos manifestantes por los sicarios controlados por Maduro. No es fácil combatir a un régimen opresor, porque tiene todos los instrumentos del Estado a su servicio y los intereses de la política internacional hacen que no siempre se actúe con la contundencia que sería exigible ante una tragedia humanitaria como la que se vive en Venezuela. Es una canallada apoyar a Maduro y sus secuaces, pero es también un grave error político no actuar con la contundencia que deberían mostrar España y el resto de la Unión Europea.

Venezuela merece ser libre del tirano. Nadie debería permanecer indiferente ante semejante tragedia. Las democracias tendrían que implicarse más en esta lucha. España debe liderar el reconocimiento internacional de Guaidó e impedir que se prolongue el sufrimiento del pueblo venezolano. Y una vez que se consiga la democracia habrá que perseguir a los represores y a los corruptos que rodean a Maduro.

Sin escrúpulos
Luis Herrero Libertad Digital 28 Enero 2019

Durante mi visita a Venezuela en 2009, jamás pensé que Chávez quisiera llevar tan lejos mi castigo por llamarle públicamente "dictador". Me equivoqué.

El 15 de febrero de 2009, Hugo Chávez celebró un referéndum en Venezuela para borrar de la Constitución la limitación de mandatos. Quería eternizarse en el poder revalidando el título de presidente de la República en elecciones sucesivas amañadas a su antojo. La oposición democrática propugnaba la victoria del No. El gorila rojo, la del Sí. Un grupo de eurodiputados volamos de Bruselas a Caracas para observar si la justa se desarrollaba con limpieza democrática. Saltaba a la vista que no.

Durante los días previos a la votación, pistoleros armados, miembros de las brigadas paramilitares del Régimen, disolvieron a tiros las manifestaciones estudiantiles. Chávez incitaba, textualmente, a gasearlos "con gas del bueno". En su afán por acallar cualquier atisbo de voz crítica llegó a arengar a los policías que están bajo su mando para que se emplearan con la contundencia que fuera necesaria a la hora de disolver las manifestaciones convocadas por la oposición. "Y a quienes no cumplan mis órdenes —precisó, para disipar cualquier tentación humanitaria—, me los raspo".

Semanas antes había ordenado el ataque a una sinagoga, el secuestro de un concejal de la oposición en su propio despacho, el asalto vandálico a la Alcaldía Mayor de la capital, el linchamiento moral del cardenal Urosa —a quien él llamaba cómplice de Satán— y el escarmiento carcelario de algunos agentes de la causa opositora.

Antonio Ledesma, entonces alcalde de Caracas, nos contó a los eurodiputados que estábamos allí la desventurada historia de Antonio Dacre, un buen hombre, entrado en años y en carnes, con dos infartos a cuestas, que fue detenido en el mes de enero cuando conducía un camión con megafonía de propaganda antichavista durante una manifestación estudiantil. Un jefe de la policía había llenado la camioneta de Dacre de cócteles molotov a espaldas de su dueño para poder acusarle de transportar sustancias explosivas. No se trataba de ninguna conjetura. Un agente del distrito de Chacao filmó subrepticiamente la fechoría de su superior jerárquico y las imágenes se reprodujeron en los canales televisivos más aguerridos.

A pesar de la elocuencia de las imágenes, que ponían de manifiesto la prefabricación maliciosa de las pruebas inculpatorias, Antonio Dacre llevaba 30 días en una prisión caraqueña. Después de contarnos la historia, Ledesma nos pidió que tratáramos de ayudarle a sacar a Dacre de la cárcel mediante gestiones diplomáticas discretas. Tras la reunión, que duró casi dos horas, un enjambre de micrófonos y cámaras nos aguardaba a la puerta del hotel Pestana. Antonio Ledesma pronunció unas valerosas palabras para animar el voto de todos aquellos venezolanos que no querían ver a Chávez ni en pintura. Luego los periodistas se dirigieron a mí, que ni domino el arte de la diplomacia —gracias a Dios—, ni soy amigo de las medias palabras. La prudencia dialéctica no es mi fuerte.

Me preguntaron cómo veía la situación y dije que había escuchado cosas estremecedoras. No cité a Dacre, para no empeorar su situación, pero ni por un momento dejé de pensar en él cuando afirmé que el uso de la violencia y el amedrentamiento, las afrentas a los derechos humanos y los ataques a la dignidad humana no son en absoluto compatibles con la democracia. Todo lo contrario: "son comportamientos —dije— propios de un dictador".

Algún periodista me preguntó entonces si no temía que pudieran expulsarme del país por haber llamado dictador a Chávez y respondí que si me expulsaban me iría con la cabeza muy alta, en parte porque soy más chulo de lo razonable y, sobre todo, porque jamás pensé que Chávez quisiera llevar tan lejos el castigo a mi locuaz propensión a llamar a las cosas por su nombre.

Pero me equivoqué. A las siete y media de la tarde, seis tipos mal encarados me sacaron a empujones del hotel y me llevaron al interior de un coche blanco sin que mediara ninguna explicación. Hice el ademán patético de tratar de razonar con ellos, pidiéndoles que al menos me dejaran hacer el equipaje, pero sólo obtuve la respuesta de una manaza en el cuello y otra en el brazo izquierdo. Una fuerza bastante bruta me hizo salir catapultado hacia delante, mientras un periodista despistado a las afueras del hotel, cámara en ristre, filmaba la escena. "¡Aparten esa cámara!", bramó el policía que dirigía el secuestro. Ya no oí nada más.

El coche arrancó a toda pastilla, como en las películas, y se unió a una comitiva formada por una furgoneta y cuatro motoristas. "La autoridad electoral le ha declarado persona non grata y ha ordenado su expulsión inmediata del país", me dijo al cabo de un buen rato de silencio espeso un tipo delgado, con bigote y gafas de concha oscura, que se identificó como la autoridad de la Cancillería encargada de velar por mi integridad. Traté de darle palique, más que nada para averiguar a dónde me llevaban, pero el hombre no dejaba de repetir que no estaba autorizado a darme ninguna respuesta.

Me confiscó el móvil y dejó que, por el flanco izquierdo, otro policía me preguntara por qué había dicho que Chávez era un dictador. "He dicho —dije con una serenidad de naturaleza desconocida— que amenazar con gasear a los estudiantes o animar a los policías a reprimir con saña a los proselitistas del no son comportamientos propios de un dictador. ¿Usted no lo cree así?". Pero no me contestó.

Chávez murió cuatro años después de aquello. Maduro ocupó su sitio y mantuvo intactos sus métodos. Durante su mandato, sanguinario y devastador, más de cuatro millones de venezolanos han huido del país. Los que se han quedado no tienen comida, ni medicinas, ni seguridad. La lucha por la dignidad es reprimida a balazos. La vida vale tan poco que la estadística de muertos ha dejado de ser noticia. Y a pesar de la grosera publicidad con que la que el Régimen ventila su supervivencia, aún hay algunos países —Rusia, China, Turquía, Méjico, Ecuador o Bolivia— que defienden la legitimidad del verdugo para seguir ejerciendo el poder desde el cadalso donde condena a las víctimas a la muerte, al hambre y a la indignidad.

El Gobierno de España, al demorar el reconocimiento de Guaidó como presidente venezolano y darle a Maduro la oportunidad de comandar la salida democrática a la crisis de su país —algo peor que un chiste de mal gusto: un insulto a la decencia que debería estar tipificado en el código penal— se sitúa más cerca del bloque de los países comunistas que del frente occidental y arrastra a la Unión Europea a hacer un papelón infame que, con toda seguridad, le acabará pasando factura.

Y lo más triste de todo es que, al final, el despojo de la dignidad no evitará el enfrentamiento. Maduro no se irá por las buenas. Y, mientras tanto, mucha gente pagará las consecuencias. Ha dicho el PSOE, en una nota que se define a sí misma, que utilizar el sufrimiento del pueblo venezolano para atacar al Gobierno, como hace la oposición, es una actitud sin escrúpulos. Yo creo, sin embargo, que prolongar el sufrimiento del pueblo venezolano es un delito de lesa humanidad. De esos que no prescriben.

Baño de incredulidad presupuestaria
Primo González republica 28 Enero 2019

El Banco de España se ha unido al grupo de los escépticos sobre la sensatez, o mejor dicho sobre la ortodoxia, de las cuentas públicas dibujadas por el actual Gobierno para el año 2019. Es bastante incierto el rumbo que puedan seguir los Presupuestos de este año, lo que redundará en su descuadre, pero de entrada las discrepancias entre las cifras presentadas por el Gobierno y las estimaciones de los diversos organismos públicos y privados que han estudiado las tripas del documento son unánimes.

Pocas veces un proyecto de Presupuesto público habrá suscitado tanta crítica. Y eso afecta a la credibilidad de la conducción de la economía, lo que a la postre puede ocasionar importantes desperfectos a la capacidad de inversión y al crecimiento del país. El epicentro de la discrepancia se observa en la doble impostura que reside por un lado en un aumento desconsiderado de los tipos, ajustados al alza para justificar unos ingresos que den satisfacción a objetivos políticos de clara intencionalidad electoral, y por el otro en la cuantificación claramente exagerada de los ingresos que se pueden obtener de ese cuadro fiscal.

El desfile de altos cargos por la comisión presupuestaria del Congreso va a ser un auténtico calvario para los autores del Presupuesto, que van a verse sometidos a un juicio bastante severo pero de antemano fácil de pronosticar, ya que los fallos técnicos en la elaboración de las cuentas públicas son superiores a lo que cabría esperar. Este desfile de altos responsables empezó este lunes con el del Gobernador del Banco de España, que ha realizado una crítica bastante demoledora del documento público, todo ello sin perder las formas. De haberlas perdido, el análisis presupuestario del máximo responsable del banco público habría sido posiblemente mucho más severo.

Las cifras que circulan son altamente dispares, tanto que frente a previsiones de aumento de los ingresos de entre el 8% y el 9% sobre el año anterior (incluida o no, según los casos, la pequeña trampa de añadir un mes adicional al cómputo de los ingresos por IVA), las estimaciones de aumento de la recaudación más ajustadas salidas de los analistas del regulador apenas superan el 5%, en todo caso inferiores al 6%.

Este menor aumento de los ingresos fiscales se debe no solo a que los tributos tradicionales no van a ser capaces de sustentar el optimismo recaudatorio oficial sino que las nuevas figuras tributarias ideadas para reforzar la apariencia de los ingresos tampoco parecen en condiciones (siempre según los expertos) de aportar ese dinero que Hacienda considera de probable recaudación.

La derivada de este deficiente o cuando menos discutible cálculo de los ingresos previstos para el año 2019 conduce a debilitar los compromisos políticos del Gobierno, por un lado, y a saltar por los aires el objetivo de moderación del déficit público, asunto que tendrá trascendencia de cara a los mercados pero, sobre todo, de cara a las relaciones con la Comisión Europea, que ya ha mostrado sus primeros desacuerdos con las cifras que le han ido llegando. Estos desacuerdos iniciales pueden ir a mayores si en la práctica se confirma la falta de rigor, quizás intencionado en algunas de sus vertientes, del Presupuesto público. En los próximos días oiremos nuevos testimonios de los expertos, que posiblemente vayan en la misma dirección. De momento, el diagnóstico del Banco de España ha sido demoledor por lo negativo.

Pensamiento totalitario
Carlos X. Blanco  latribunadelpaisvasco.com 28 Enero 2019

Los defensores del inmigracionismo forzoso recurren de nuevo a la "ciencia lúgubre". Entendemos por "ciencia lúgubre" en realidad un fatalismo pseudocientífico que afirma que aquello (malo) que está sucediendo, no tiene más remedio que suceder y contra ello no hay reacción posible, es locura detenerlo. Esta misma mañana lo hemos podido escuchar a un "experto" en Radio Nacional de España: "Europa será multicultural sí o sí". Con semejante aserto se asoma la patita del pensamiento totalitario. Este pensamiento totalitario decreta la inexorabilidad de los hechos, hechos sociales, demográficos, procesos históricos y económicos, todos ellos fatales y sin vuelta atrás. El pensamiento totalitario proscribe el enfrentamiento popular a los mismos e incluso prohíbe el cuestionamiento del fatalismo en sí mismo. Todo lo que está pasando en el mundo es pétreo e irreversible. Contra la dura piedra no cabe un acto de voluntad popular, una resistencia social, una decisión soberana, una barrera legal. "Sí o sí" en boca de un representante de una ONG "de acogida" significa una rendición de la sociedad y de los pueblos europeos ante las circunstancias, una renuncia a defender la integridad de nuestras tradiciones y de nuestra civilización, una llamada a la pasividad, a cruzarse de brazos.

Pero, en el mismo programa radiofónico de esta mañana dominical, programa carente de voces disidentes y críticas, otro "experto" complementa el fatalismo multicultural con la "naturalidad" supuesta de los movimientos migratorios. He aquí cómo, recurriendo a la ciencia de la historia, curiosamente, se incurre en un naturalismo no menos fatalista, un naturalismo que insta a la población europea autóctona a cruzarse de brazos, a no caer "en las trampas del populismo". "Siempre hubo migraciones", nos dicen. Cierto, cierto. En otras tertulias he escuchado parecidas sandeces. El Homo sapiens moderno procede de África, ergo el europeo "viene de África, justo como hacen los emigrantes de las pateras". También suele añadirse: "los españoles siempre fuimos emigrantes, primero en América, luego en Europa…" La manipulación burda del lobby inmigracionista no puede ser de peor especie.

Ciertamente, la población mundial ha estado en movimiento por el planeta desde que bajo el sol hubo unos homínidos que, andando el tiempo, devinieron humanos. Ciertamente, la búsqueda de recursos, el nomadismo, la existencia de imperios y las necesidades concomitantes a los mismos, las guerras de conquista, las sequías y cambios climáticos, todo ha hecho que los pueblos de la especie humana se desplazaran. Modernamente, las propias exigencias del capitalismo han determinado movimientos en masa de población. Pero volver la mirada hacia los distintos procesos históricos de movimiento poblacional, explicables cada uno por las causas más diversas y concretas, para así "naturalizar" el actual proceso de asalto a Europa, que tiene, también, sus propias causas y consecuencias, es un abuso de la Historia. El argumento es naturalista y alienante y reza así: "lo que siempre ha sido así, necesariamente tendrá que seguir siendo así". Según éste no-pensar, digno del orwelliano 1984, una vez que Hitler invadió Polonia en 1939, un hecho que también "fue así", tendríamos ya la premisa justificativa y naturalizadora para aceptar posteriores agresiones entre naciones soberanas. A partir de un hecho inaceptable cualquiera tendríamos que aceptar infinitos hechos igualmente inaceptables tan sólo por su analogía: "eso fue así y volverá a repetirse: las naciones siempre se han invadido unas a otras". Me parece que los expertos del lobby inmigracionista carecen de argumentos a la hora de querer implantar el derrotismo y el fatalismo en la conciencia de los pueblos "de acogida" forzosa. Los mismos argumentos con que pretenden que asumamos pasivamente el etnocidio de los europeos son los que sirven también para justificar las mayores atrocidades.

Es alienante considerar que un proceso que trae consecuencias muy negativas para la población nativa de Europa (bajada salarial generalizada, deterioro de la convivencia, aumento de la delincuencia, imposición del islam…) no es reversible y "que no hay nada que hacer". Estos "expertos", ante el acoso que empiezan a recibir por parte de los llamados populismos, irán desvelando cada vez más lo que su fatalismo significa, a quién obedecen, cuán totalitario es su pensamiento y cómo éste se aparta de todo cuanto significa voluntad popular. Porque argumentos de ese estilo, por muy humanitarias y progresistas que sean los credenciales de sus defensores, niegan de hecho la existencia de una voluntad popular. Más que argumentos son asertos imperativos: "Esto es así y no hay nada que hacer".

El inmigracionismo forzoso es incompatible con la democracia en otro aspecto que me parece sumamente peligroso. En el mismo programa de RNE mencionado antes, escuchado al azar y por muy breves minutos, pude hallar otra de sus claves. Uno de los "expertos" mencionó la necesidad de apelar a recursos "emocionales" para lograr de la gente la aceptación de extranjeros de otras culturas, entrados en nuestro continente en masa y de forma ilegal, con la colaboración, cuando no con el impulso, de esas mismas ONGs y fundaciones que producen "expertos". Dicho sea de paso: ¿por qué son "expertos"? Evidentemente, si yo me dedico a robar las peras del huerto de mi vecino, también me convierto en un excelente "experto" en robos en las huertas del vecindario. Pero vamos al argumento. Ante los micrófonos se decía que las ONGs inmigracionistas suministraban una información demasiado "racional", plagada de datos estadísticos y argumentos lógicos y éticos.

Era preciso causar impacto en los corazones, y no argumentar tanto. He aquí el alcance del papel que el periodismo inmigracionista juega con su plétora de "testimonios". Basta el testimonio (que puede ser, en sí mismo real y dado por el protagonista o el testigo de forma sincera) para oscurecer los aspectos más profundos y perniciosos del fenómeno inmigratorio. No niego el valor humano del periodismo testimonialista, pero advierto del peligro emotivo y, precisamente irracional que estas informaciones encierran. Una misma foto, al margen del trucaje y excluida cualquier trampa o mentira, puede dar un información sesgada dependiendo del zoom o del recorte de la escena. Y lo mismo sucede con declaraciones personales de testigos o protagonistas. Así que, de un lado, se pretende promover la pasividad ante el fatum, el destino inexorable de una Europa invadida. De otro lado se pretende excitar "el corazoncito" de esa misma población obligada a no hacer nada y a no poner obstáculos sino más bien facilidades al hecho.

Está en peligro la civilización europea, como está en peligro la viabilidad de un país asiático o africano que se vacía lanzando a su gente en pos de un señuelo. Están en peligro las vidas de personas criminal y/o irresponsablemente atraídas hacia un mundo que, culturalmente, no es el suyo. Atraídas por un consorcio de oligarquías y humanitarios bien pagados. Pero está en peligro nuestra propia tradición (de raíz helénica, por cierto) que es la tradición del pensamiento crítico y racional, la tradición (de raíz hispana y católica, también hay que decirlo) del derecho de resistencia popular ante la tiranía. Y de entre las tiranías, muy grave y dura es la tiranía del pensamiento.

Auschwitz es siempre
Auschwitz no es una «cuestión judía». Auschwitz es nosotros
Gabriel Albiac ABC 28 Enero 2019

Hizo ayer 74 años. Pero es siempre. El 27 de enero de 1945, los soldados rusos liberaban Auschwitz. Lo que hallaron escapaba al relato, se situaba en ese territorio de los monstruos que habita los rincones más oscuros de la mente humana, ésos a los que ni siquiera osamos dar palabra. Auschwitz constata que lo monstruoso no es un azar adherido a lo humano, constata que el monstruo habita en nosotros, que todos nuestros esfuerzos por borrarlo serán vanos, que estamos condenados a perseverar en una batalla moral sin esperanza de desenlace definitivo: luchar contra el retorno de Auschwitz es saber que cualquier debilidad, cualquier pereza en esa lucha verá el resurgir del monstruo. Porque el monstruo está aquí: somos nosotros.

Decimos Auschwitz y no estamos designando una geografía ni un tiempo. Decimos Auschwitz y estamos poniendo nombre a la tentación más tenebrosa de los hombres: privar de la condición humana a quien me plazca; y borrarlo del ser. Con la placidez de que los borrados no poseyeron nunca un auténtico ser que los hiciera de verdad mis semejantes. El más grande de los filósofos del siglo XX -y el más canalla-, Martin Heidegger, dio cuerpo metafísico a esa inocencia de la aniquilación: el judío no está en el ser. Es, así, una enfermedad metafísica: depurable.

Auschwitz queda en nuestra lengua como sinécdoque de Shoá. En el frío balance de las cifras: algo más de cinco millones de judíos exterminados entre 1939 y 1945. También, una rutina de crueldad contra la población civil sin precedente en la historia moderna. De crueldad metódica: esas fábricas de manufacturar cadáveres que fueron los campos se quisieron modelo de eficacia productiva; no era fácil matar tanto, tan deprisa, hacer volar tan de inmediato en cenizas los cadáveres. Se hizo. Cualquier espectador que contemple el documental Shoá de Claude Lanzmann percibe ese orgullo de los comandantes nazis de Sobibor, Treblinka o Birkenau: produjeron la mercancía que se les encargaba, y la produjeron en cantidades hasta entonces impensables. Que esa mercancía consistiera en cadáveres, nada cambia.

Al lector del definitivo Para entender el Holocausto de Fernández Vítores, Almodóvar, Palmero y Sánchez Tortosa, una verdad primordial se le impone: Auschwitz, la Shoá, no es un acontecimiento empírico. Ni siquiera un acontecimiento empíricamente monstruoso. Es una mutación teológica: el instante en el que unos hombres ejercen su potestad de decidir qué es un hombre; y qué no. Lo que viene después, la completa supresión de «los que no», es casi un pleonasmo. Desde la perspectiva del hombre-dios que decide el destino de lo humano, seis millones de asesinados son una mota de polvo en el vendaval de la historia.

Por eso, porque Auschwitz es teología, letal teología, no podemos hablar de él en pasado. En la Shoá se juega lo más intemporal de la conciencia humana: el roce de lo sagrado, ese estupor del hombre ante la muerte. Auschwitz no es una «cuestión judía». Auschwitz es nosotros. Siempre.

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Guerra y 'El Barón negro'
FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 28 Enero 2019

Decía Borges de los peronistas que no eran "ni buenos ni malos: incorregibles". Los socialistas españoles, sobre incorregibles, resultan inagotables, y, por ende, agotadores. La cariñosa entrevista a Alfonso Guerra este fin de semana en EL MUNDO es un monumento a la hipocresía, un homenaje a la desmemoria y un ejercicio olímpico de pétrea faz. Dice que no dimitió por los casos de corrupción que afectaron a toda su familia, "sino por otras causas", y se queda tan fresco. Miente como respira, no en balde viene del teatro, pero aprovecha la necesidad patológica en muchos españoles de que haya un PSOE bueno para fingirse patriota, tras acaudillar durante un cuarto de siglo el PSOE más sectario, corrupto y antinacional; es decir, el felipista, del que fue cocinero, brazo ejecutor y feroz inquisidor.

Naturalmente, en una isla desierta, Guerra sería mejor compañía que Fernández Díaz; y al lado de Adriana Lastra es Platón leído por Aristóteles. Pero lo esencial de un socialista, sea pícaro como el jefe de la banda de los Guerra, astuto como González o lerdo como Sánchez, es la irresponsabilidad. A la izquierda, que siempre son realmente los socialistas, aunque los comunistas piensan que son realmente ellos, lo que la distingue es que, del mal demostrado, siempre tienen la culpa otros. Y si habla el que ya no manda, la culpa es del nuevo mandamás. Es verdad que Sánchez se lo pone fácil: ayer dijo que la izquierda es "todo lo contrario de lo que es Maduro", cuando él es su principal abogado en la UE, sigue el guion de Zapatero, su predecesor al frente del PSOE, y gobierna con Podemos, franquicia del régimen venezolano. En el mismo acto, su candidata en Valencia se declaró "feminazi" y seguidora de una de Bildu. Que es lo contrario de la ETA, claro.

Pero la estética gasta a veces bromas justicieras, y resulta que HBO acaba de estrenar en España El Barón negro, serie francesa sobre la corrupción política, con el populismo socialista como protagonista, y cuyo actor principal recuerda horrores a Juan Guerra. Matizo: un Juan Guerra más alto, con algo de Roldán y un toque de Rubalcaba. O sea, el perfecto golfo socialista contemporáneo. Ahora que El reino ha descubierto el filón de la corrupción política, les sugiero este título: Alfonso Guerra: Memorias de alguien que nunca estuvo ahí.

Tablones de la vergüenza
Miquel Giménez. vozpopuli  28 Enero 2019

Los emplearon los nazis para señalar a los disidentes. “En este pueblo viven treinta traidores a su patria. Estos son sus nombres” rezaban. El separatismo ha copiado el modelo.

Según la Oficina de Derechos Civiles y Políticos de la Generalitat de Cataluña, dirigida por el ex cupaire Adam Majó y dependiente del mismísimo vicepresidente Pere Aragonés –la idea de esta oficina parte de Esquerra – quienes retiran cualquier tipo de propaganda separatista son de extrema derecha. En una rueda de prensa, imposible en cualquier país con un mínimo respeto a la ley, la democracia y el sentido común, Majó señaló a diferentes organizaciones con pelos y señales, añadiendo juicios de valor acerca de las numerosísimas agresiones que, según él, la ultra derecha perpetra en Cataluña con apoyo de algunos partidos y la “connivencia ideológica entre dichas organizaciones y las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado”. Nuestros derechos están en buenas manos, no hay duda.

Majó ha pedido reunirse con la delegada del gobierno, Teresa Cunillera, debido a que teme que los incidentes puedan acabar en algo peor pues, según dijo, “la extrema derecha comienza pitando y amenazando y acaba matando”. Este señor cobra de todos los contribuyentes. Quizá desconozca, dado que su ocupación principal es hostigar a quienes se muestran contrarios al separatismo totalitario, que este pasado fin de semana sus correligionarios le abrieron la nariz con una lata de cerveza en Torroella de Montgrí a un concejal de Ciudadanos. Torroella, municipio que había denegado el permiso para que el partido naranja pudiese instalar una carpa informativa, un feudo que, como las calles, el separatismo considera que será siempre suyo. Que el partido ganador de las últimas elecciones autonómicas pretenda difundir sus puntos de vista de forma pacífica debe ser una provocación fascista, y que el regidor agredido estuviera allí para dar apoyo poco menos que un pogromo contra los siempre pacíficos y sonrientes estelados.

Nada de eso contempla la oficina ni su responsable, un manresano licenciado en filología alemana que milita en las CUP desde 1990. Quitar esteladas y lazos amarillos de centros oficiales o de los espacios públicos son actos “paramilitares” que solo pretenden, citamos textualmente, “intimidar”. Es decir, que los escraches a Llarena y la divulgación de datos personales de su esposa o insultar a Xavier García Albiol delante de su hijita de once años, que acabó llorando, mientras asistían a un espectáculo infantil en el Palau Sant Jordi son muestras de amable discrepancia y no consisten, para nada, en delito denunciable ni mucho menos pueden vincularse con el matonismo nazi de las SA o el de los squadristi italianos. Va siendo hora de denunciar ante Europa la situación que vivimos en Cataluña, ya que el gobierno de Sánchez ni puede ni quiere hacerlo. Es momento de dejar muy claro que el separatismo no es más que un amplio y variopinto movimiento de extrema derecha que se fundamenta en la supremacía de una minoría frente a una mayoría, que usa de la propaganda para mentir sistemáticamente, que algunos de los partidos que lo sustentan tienen tras de sí un historial de corrupción sin paragón en la Europa contemporánea y que los únicos apoyos que reciben en el extranjero provienen de formaciones ultra derechistas, xenófobas y peligrosas para la democracia.

Que sepan los despistados de allí que puedan sentir alguna simpatía por esta horda, por aquello de la hispanofobia secular o la estulticia intelectual, que, si alguien agrade, persigue, acosa, insulta, veja e impone en esta tierra es el nacional separatismo, atrincherado en una institución sub estatal como es la administración autonómica. Que esta gente tiene secuestrado al parlamento catalán para no mostrar ante la opinión pública los tremendos navajazos que se están dando entre ellos por ver quien acaba por quedarse con el mayor trozo de pastel, que no gobiernan y ni siquiera saben tirar adelante unos simples presupuestos autonómicos, que tienen los medios de comunicación públicos y privados secuestrados y en manos de auténticos comisarios políticos, maestros en la desinformación y en el odio. Que se ríen de la justicia, diciendo que el juicio es político y está amañado, que se mofan del Estado en la persona de su máximo representante, el Rey, y, lo más grave, que se burlan de los catalanes.

Que conozcan lo que está pasando, porque puede suceder en cualquier momento en sus propios países. En Francia, sin ir más lejos, con corsos y bretones, apoyados por los Chalecos Amarillos. Que la extrema derecha, la de verdad, la de los separatistas flamencos, la Lega de Salvini o Alternativa por Alemania son los aliados naturales del separatismo que sufrimos en esta parte del territorio español ante la indiferencia del gobierno. Que, cuando son llevados a juicio, con todas las garantías democráticas, por intentar dar un golpe de estado saltándose todas las leyes y forzando la convivencia, lo aprovechan para orquestar su circo mediático y de propaganda. Como Hitler hizo con el suyo, tras su intento de putsch. Y que, cuidado con esto, señores de la Comisión Europea, cuando se dicte sentencia, si no es absolutoria, volverán a proclamar la DUI. Tengan presente que las leyes están para cumplirse, no para acomodarse a cada uno como le gustaría a esta oficina, más siniestra que otra cosa.

Esto sí que es de vergüenza, aunque lo realmente vergonzoso es el crimen, no el cadalso, como dijo Corneille.

1939: Barcelona no fue Madrid
Pedro Fernández Barbadillo Libertad Digital 28 Enero 2019

La última gran operación militar de la guerra civil fue la Campaña de Cataluña, que en mes y medio condujo a las tropas nacionales desde sus posiciones en los ríos Ebro y Segre hasta el Mediterráneo y la frontera con Francia. Como hicieron los jerarcas del Frente Popular, en Madrid en noviembre de 1936, el Gobierno republicano y la Generalitat abandonaron Barcelona, pero en la ciudad catalana, a diferencia de la castellana, no hubo resistencia.

La última ofensiva militar del Frente Popular fue la Batalla del Ebro, librada entre julio y noviembre de 1938. En ella, las tropas del general Vicente Rojo fueron destrozadas por las del generalísimo Franco, más en el aspecto moral que en el material.

El Gobierno de Juan Negrín (PSOE), instalado en Barcelona, llamó en otoño a las quintas de 1922, 1923 y 1924; también sacó hombres de las cárceles y 'emboscados' de los desmedidos servicios burocráticos estatales y autonómicos. El Grupo de Ejércitos de la Región oriental (GERO), mandado por Hernández Saravia, y con Rojo por encima, tenía, sobre el papel unos 300.000 soldados, más que los nacionales, que alineaban unos 250.000. Pero la diferencia era cualitativa. Manuel Tagüeña reconoce que los nuevos reclutas carecían de moral de combate. También se habían levantado seis líneas de fortificaciones que se extendían desde el Ebro hasta Figueras. La diferencia de aviación era de 5 a 3 aviones a favor de los nacionales.

Franco ordena respeto a los catalanes
Después de unas semanas de indecisión en que la mayoría de sus generales y muchos civiles proponían volver a atacar Madrid o incluso tomar Valencia, Franco, con la ayuda de Jorge Vigón, impuso una ofensiva contra Barcelona. La primera fecha para iniciar la Campaña de Cataluña fue el 10 de diciembre, pero se aplazó casi dos semanas por las lluvias.

Ese mismo día 10, Franco en una instrucción reservada a sus generales repitió sus órdenes sobre el respeto a la población civil que había dado en abril de 1938, después de la conquista de Lérida. Se debía
ahorrar a las poblaciones toda vejación, que inútilmente se añada a los dolores que la guerra lleva consigo. Vamos a la zona insumisa en misión de paz, de justicia y de protección… Hay en ella una enorme masa de población que espera ansiosa nuestra presencia y sería lamentable hacerla sentir vejaciones y hasta molestias inútiles… Sería injusto considerar a la región catalana en bloque como enemiga de España, confundiendo los sentimientos naturales de esta comarca con la deformación que ha sufrido su espíritu a consecuencia de la larga acción disolvente a que libre e impunemente la ha sometido una política falta de fe y de patriotismo.

El 23 de diciembre de 1938 seis cuerpos de ejército, mandados por los generales Solchaga, Yagüe, Moscardó, García Valiño, Muñoz Grandes y Gambara (italiano), atacaron de manera coordinada desde los Pirineos al Ebro. Ese mismo día, los nacionales rompieron las líneas por diversos puntos del frente.

La batalla, subraya el militar e historiador Ramón Salas Larrazábal, se decidió en los doce primeros días, cuando los atacantes rompieron las defensas en Borjas Blancas y Artesa de Segre. Después siguió una persecución frenada por la prudencia, el terreno y la orden de Franco de causar los menores daños.

El Tercio de Montserrat, en Extremadura
A fin de retrasar la ofensiva, Rojo trató de aplicar su Plan P, siempre aplazado por los políticos, y que consistía en un ataque en Extremadura, en el punto de unión más delgado de la zona nacional, entre su territorio de Andalucía y el de Extremadura. El plan incluía un desembarco anfibio en Motril, ya que la República mantenía la cercana base naval de Cartagena. El general Miaja, jefe del Grupo de Ejércitos de la Región Central, se opuso a la ejecución y convenció al almirante Buiza: no hubo desembarco y la ofensiva terrestre, que comenzó la víspera de Reyes Magos, se redujo a un ataque limitado en el sector de Peñarroya (Córdoba).

Aunque al principio las tropas republicanas hicieron retroceder a los generales Queipo de Llano y García Escámez, no cumplió su objetivo. Franco, como había hecho en otras ofensivas como Brunete y Belchite, no frenó su avance. Entre las pocas unidades de refuerzo que mandó estaba el Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, formado por requetés catalanes y diezmado en el verano en la toma de la posición Targa, durante la Batalla del Ebro. La absurda batalla, en la que los muertos republicanos triplicaron los nacionales, se prolongó todo enero.

El 15 de enero, el Cuerpo de Ejército Marroquí entró en Reus y Tarragona. Barcelona quedaba a 100 kilómetros.

El último consejo de ministros de Negrín en Barcelona se celebró el 22 de enero. En él, se aprobó la tardía declaración de ‘estado de guerra’. Al día siguiente, las autoridades civiles y militares y la guarnición huyeron de la ciudad mientras incitaban a la resistencia. Entonces, Barcelona, como Bilbao y San Sebastián, estuvo a punto de ser destruida por las bandas de anarquistas.

El 25 algunos soldados catalanes se deslizaron dentro la ciudad inerme para saludar a sus familiares y volver luego a sus líneas. El 26, entraron las tropas de Yagüe sin disparar un solo tiro. La recepción a los vencedores fue entusiástica. Las mujeres abrazaban a los marroquíes, los legionarios y los italianos. Se elaboraron cientos de banderas rojigualdas con senyeras.

La persecución de los derrotados corrió a cargo de los Cuerpos de Ejército de Urgel, Navarra, Aragón y CTV (italiano). El 4 de febrero, se liberó Gerona, igual que las otras ciudades catalanas, sin combate. El 7 de febrero la mayor parte del Gobierno cruzó la frontera. Negrín lo hizo el 8. Los franquistas ocuparon Figueras, en cuyo castillo unos días antes se había celebrado la última sesión de las Cortes del Frente Popular.

Docenas de miles de civiles azuzados por una propaganda miserable acompañaron a sus desprestigiados líderes en la carrera a Francia. Muchísimos de ellos regresaron luego. Según José Manuel Martínez Bande (La Campaña de Cataluña), entre el 1 y el 19 de febrero entraron en España por Irún unas 67.000 personas, entre militares y civiles.

Las últimas matanzas
En los primeros días de febrero, con la guerra perdida, los izquierdistas tuvieron tiempo de detener su patética huida para asesinar a docenas de prisioneros en matanzas como las del santuario de Santa María del Collell, en la que sobrevivió el poeta y falangista Rafael Sánchez Mazas, y la de Pont de Molins, donde cayeron el coronel Rey d’Harcourt y el obispo Anselmo de Polanco, que habían sido apresados en la batalla Teruel. La Generalitat de Lluís Companys dejaba tras de sí en torno a 8.400 asesinados en chekas, paredones y campos de concentración.

El 9 de febrero se rindió, también sin combate, Menorca, después de unas negociaciones entre Fernando Sartorius y Díaz de Mendoza, conde de San Luis, jefe de la Región Aérea de Baleares y los jefes militares nombrados por el Frente Popular, Luis González de Ubieta y Baudilio Sanmartín García, con intervención británica. La cúpula republicana y sus familias pudieron abandonar la isla en un buque de guerra inglés.

Esta rendición ‘entre caballeros’ fue un aliciente para el general Miaja, el coronel Casado, los socialistas Besteiro y Carrillo y el anarquista Cipriano Mera se sublevaran en marzo siguiente contra Negrín y los comunistas cuando éstos se empeñaron en seguir resistiendo hasta la guerra europea.

La Campaña de Cataluña concluyó oficialmente el 10 de febrero, cuando las tropas franquistas llegaron a la Junquera y sellaron la frontera. En seguida comenzó la reconstrucción, con la reanudación del suministro de electricidad y alimentos. El 21 se celebró en Barcelona un enorme desfile de los soldados vencedores por la Avenida de la Diagonal (rebautizada con el nombre de Avenida del Caudillo) y el Paseo de Gracia. 80.000 militares participaron en él, según La Vanguardia, convertida en ‘Diario al servicio de España y del Generalísimo Franco’.


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