AGLI Recortes de Prensa   Domingo 3  Febrero 2019

Nuevas cimas de la infamia
Nauseabundos intentos en España de salvar a Maduro
Hermann Tertsch ABC 3 Febrero 2019

Hoy domingo La Sexta acude muy presta una vez más en auxilio de una opción política criminal. La cadena española más antiespañola, la que simboliza como nada la complicidad de élites políticas y mediáticas en su desprecio a los intereses nacionales, alcanza nuevas cotas de infamia. Ya lo había hecho en su sistemática apología de los etarras de Arnaldo Otegi y actuando como un órgano de propaganda de los golpistas y ladrones que, desde Cataluña, quieren destruir España. Ahora corre en servicio de un proyecto aun más deleznable, como es la supervivencia del régimen más despreciable, asesino y delincuente. Nicolás Maduro, el dictador usurpador, que de forma fraudulenta se autoproclamó presidente, él sí, el pasado 10 de enero, después de una patética farsa electoral, está aislado. Las inmensas manifestaciones de ayer muestran la voluntad inequívoca del pueblo venezolano en favor de su presidente interino Juan Guaidó. Precisamente por eso hay que permitirle a Maduro una operación de propaganda bien sonada. Para que Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero, dos jefes de Gobierno cuya conducta ya solo puede producir vergüenza a los españoles, tengan algún argumento para sus maniobras en la UE el lunes. Para intentar mantener el oxígeno al dictador el mayor tiempo posible y aumentar las fisuras entre sus adversarios.

La semana que Sánchez y Zapatero consiguieron de plazo -con el ridículo ultimátum a Maduro que exigía una convocatoria de elecciones para la que no está legitimado- ha sido muy útil para mover las piezas exteriores en la operación que pretende salvar a la mafia narcocomunista de una caída inmediata. Ayer, el órgano de propaganda de Vladímir Putin que es la televisión «RT» decía que la desunión en la UE daba una especial oportunidad al «plan de negociación presentado por México, Uruguay y Bolivia», es decir, los amigos de Maduro. Que no es otra cosa que la estrategia de Zapatero de «diálogo y negociación» eternos para que se eternice Maduro. Los tres pasados años de «dialogo» de Zapatero han traído miles de muertos, millones de exiliados y la catástrofe humanitaria total. Mientras han continuado los asesinatos, las torturas y el saqueo masivo. Maduro anunció ayer además unas maniobras militares, «las más grandes jamas vistas en Venezuela» para dentro de diez días.

Muchos intentan sabotear la caída de la dictadura. Rusia y China son acreedores del régimen, al que han comprado además derechos petrolíferos y mineros. También Turquía e Irán tienen intereses económicos, políticos y estratégicos en la supervivencia de la dictadura. Grupos privados, dentro o fuera del entramado del Foro de Sao Paulo, necesitan tiempo para llevarse el botín. Algunos aún especulan con la supervivencia del régimen. Se trata de impedir la pérdida total de poder de los diferentes cárteles de la droga y mafias presentes en la cúpula del régimen chavista. Moscú, Pekín y Teherán están con Maduro. Como todas las fuerzas totalitarias, las bandas delincuentes, los carteles de la droga, Morales, López Obrador, Sánchez, Iglesias, Garzón, Zapatero y La Sexta. Una tropa que se define por sus compañías.

INFORME POLÍTICO
La UE llega tarde: el desenlace en Venezuela es inminente
El autor sostiene que la negociación real para la caída de la tiranía de Nicolás Maduro, después del colapso total de sus apoyos políticos y conómicos, se hará entre EEUU y Rusia.
Francisco Poleo elespanol 3 Febrero 2019

El desenlace de la crisis venezolana tomó derrotero definitivo este 23 de enero cuando Juan Guaidó, en su condición de presidente del parlamento y amparado por la Constitución, asumió la presidencia interina de Venezuela hasta que se logren convocar unas elecciones presidenciales con garantías democráticas, a diferencia de las celebradas el pasado 20 de mayo de 2018.

Ese derrotero definitivo es el que termina en la restitución de la Constitución. La Asamblea Nacional, convertida en la pieza de la resistencia democrática, ha marcado la agenda que repite la oposición como un mantra: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres.

Quienes no han seguido con detenimiento la ejecución del proyecto chavista suelen caer en el error de verlo bajo el prisma clásico de la pugna entre izquierda y derecha, entre injerencia y soberanía. Pero no. El caso va más allá porque se trata de una conjunción de intereses para corroer a la democracia occidental desde adentro. Esa Internacional del Populismo con tantos nexos en Moscú no cree en izquierdas o derechas. Lo mismo apoya a Maduro que a Salvini o Le Pen.

El chavismo nunca tuvo ningún sustento ideológico porque el castrismo, su dominante padre, tampoco lo tuvo. Fidel Castro se declaró comunista porque la Unión Soviética pagaba la cuenta. Lo mismo se hubiera declarado nazista o fascista si el desenlace de la Segunda Guerra Mundial hubiera sido otro. Y sí, esos polvos trajeron estos lodos. Lo que le interesaba a Fidel Castro era el poder por el poder, y tras vivir durante décadas de la Unión Soviética consiguió sustituto en la Venezuela chavista.

A través del Foro de Sao Paulo se le quiso dar algún barniz ideológico al movimiento que terminó dominando la región bajo la excusa del "Socialismo del Siglo XXI", pero cualquier análisis serio concluye que solo se trató de un grupo de personas que tomaron el poder para enriquecerse mientras mantenían mareados a los votantes con una ilusión de progreso financiada fortuitamente por un boom en las materias primas, sobre todo del petróleo. De esta asociación para delinquir, el miembro predominante era el chavismo, simplemente porque tenía la chequera del país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Los pillos chavistas, sin ninguna responsabilidad ni visión histórica, decidieron aliarse con cuanto bicho se apareciera por el camino con tal de hacer más dinero. Se creyeron eternos. Mejor dicho, creyeron que Cuba era posible en Venezuela.

De esa manera, el chavismo se convirtió en socio del fundamentalismo islámico, permitiendo que grupos como Hezbollah ingresaran al territorio mientras se enviaba a Irán el uranio necesario para las bombas atómicas. Pari passu, se permitió que la guerrilla colombiana utilizara Venezuela como un santuario a cambio de participación en el negocio del narcotráfico. Fue el génesis del Cartel de Los Soles, el grupo de generales que despacha droga hacia Estados Unidos y Europa aprovechando el idóneo posicionamiento geográfico venezolano. De paso, entregaron la explotación del oro a la minería ilegal brasileña, mejor conocidos como garimpeiros.

La guinda del pastel fue la crisis migratoria. A Europa llegaron venezolanos, pero esos son unos pocos que pudieron pagar un pasaje en avión en un país donde el sueldo mínimo no alcanza para ir al cine. Sudamérica se ha visto inundada por ríos de gente a pié, caminando muchísimos días en pro de un sueño: el bienestar.

Con ese panorama, no cabe extrañarse de que Estados Unidos y el Grupo de Lima -el grupo de países americanos que busca una solución a la crisis- consideren el asunto un tema de seguridad nacional que no puede esperar mucho más. La Unión Europea llega tarde y plantea una solución que Washington rechaza de plano: un grupo de contacto que consiga una solución en noventa días. Las duras sanciones económicas a Maduro (que no a Venezuela) son una demostración de que la Casa Blanca ha decidido que hasta aquí llega la aventura chavista.

A la hora de la verdad, con quien negocian los estadounidenses es con el dueño del circo populista, un Vladimir Putin que no tiene la capacidad de quemar dinero en la supervivencia del chavismo. La ayuda china está descartada ya que simplemente le cortaron la línea de crédito a Maduro desde que perdió el parlamento. Ni siquiera los árabes tirarán un cabo, por lo visto tras el recule de Dubai a la hora de comprarle oro al régimen de facto.

La única razón por la cual Maduro y su banda no han abandonado el palacio presidencial es porque no se les ha garantizado su destino. Si Putin no logra encauzar el salvoconducto del régimen de facto de Caracas, Donald Trump llevaría a la práctica el informe que ya está listo en la sede del Comando Sur del ejército estadounidense. "Es cuestión de horas", como dijo el presidente colombiano, Iván Duque, este viernes. Varadero o Guantánamo, parafraseando al asesor de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton.

¿Cómo queda la Unión Europea en todo esto? Llegaron tarde. Se anotaron en la propuesta de Pedro Sánchez de conseguir una salida negociada y Washington los dejó andar por unos meses hasta que se demostró que no llegarían a buen puerto. Ahora, Bruselas debe andarse con cuidado porque Trump tiene un as que ya puso sobre la mesa en la Cumbre de Helsinki: Crimea por Venezuela.

*** Francisco Poleo es un analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.

P.Sánchez y Borrell juegan al equívoco con el tema venezolano
“No se puede escapar de la responsabilidad de mañana, evadiéndola hoy” Abraham Lincoln
Miguel Massanet diariosigloxxi 3 Febrero 2019

El intentar no comprometerse, el desviar un tema para no pronunciarse sobre él o el hacerse el remolón antes de tomar una decisión son una muestra evidente de falta de seguridad en sí mismo, de desconfianza sobre expresar una opinión de la que no se está seguro de que no pueda acabar perjudicando a quien la da o de tomar una iniciativa sobre un asunto cuyas consecuencias se es incapaz de prever. Nuestros actuales gobernantes en esto de pretender nadar y al mismo tiempo guardar la ropa son unos verdaderos expertos. Y es que, señores, cuando uno tiene que hacer juegos malabares para mantenerse en el poder, sintiendo que el alambre sobre el que uno se intenta sostener a gran altura, se mueve peligrosamente bajo sus pies, toda precaución es poca. El señor presidente del actual gobierno, Pedro Sánchez, tiene un reto harto difícil si quiere alargar su legislatura hasta el mes de marzo del año que viene, no le va a quedar otro remedio que intentar que no se rompa el acuerdo que consiguió cuando presentó la exitosa moción de censura en contra del gobierno del PP; un propósito que no le va a ser nada fácil de conseguir si se tiene en cuenta que son varios, dispares, contradictorios e incluso disparatados y contradictorios con la normativa constitucional, los intereses políticos de cada uno de los grupos que fueron capaces de unirse para hacer saltar al PP del señor Rajoy del poder.

Ya han sido más numerosas de lo que seguramente hubieran querido, las ocasiones en las que algunos de los miembros del ejecutivo socialista del señor Sánchez han metido la pata hasta el corvejón y, muy lamentables y vergonzosas, las excusas que se han tenido que inventar, muchas de ellas poco convincentes e improvisadas, para que se puedan permitir reincidir en los mismos errores. Claro que tienen varios ases en sus manos que les permiten recomponer situaciones que, al PP, si se encontrara en las mismas dificultades, le sería imposible librarse de los ataques furibundos de toda esta prensa incondicional de la que goza la izquierda, experta en esconder las equivocaciones del gobierno del PSOE y, a la vez, implacable, inquisidora y reiterativa cuando de lo que se trata es de cargar las tintas sobre cualquier tema al que se puedan, que perjudique al PP o a Ciudadanos.

Ahora se ha producido una nueva situación conflictiva en la república de Venezuela, un país que ya hace tiempo que se desenvuelve, a trancas y barrancas, en una dictadura de tipo bolchevique, en manos de un camionero neurótico, que después de conseguir llevar al país a la miseria, provocar el mayor desgaste económico nunca visto y aterrorizar a la oposición con sus métodos violentos en contra de sus opositores, a los que o bien los elimina o los encierra en cárceles procelosas en las que nadie sabe lo que ocurre, pero que es fácil adivinar el terror que se encierra entre sus paredes. Después de haber conseguido la censura del resto de países de Hispanoamérica, que ya se han manifestado en contra de Maduro y su dictadura, en lugar de corregir el rumbo del país, se ha mantenido en su empeño de desconocer la democracia, olvidarse de que tiene una asamblea elegida por el pueblo, en la que existe una mayoría opositora, nombrando otra paralela para vaciar de contenido la verdadera; ha decidido empecinarse en el error. Ahora, cuando, por fin, ha aparecido una persona que ha tenido la valentía de levantar su voz en defensa de todos aquellos ciudadanos oprimidos por el régimen tiránico y totalitario del Gobierno; cuando los EE.UU, Canadá, Francia, Alemania, la GB y muchos otros países, incluido una gran mayoría del PE que ha hecho un comunicado de apoyo a Guaidó. Han formado causa común con los opositores venezolanos y cuando se esperaba que España, el espejo en el que se mira la UE cuando se trata de casos relacionados con Hispanoamérica, fuera la que marcara el camino, siendo la primera que demostrara su apoyo incondicional al señor Guaidó; todo ha acabado en agua de borrajas ante la actitud vacilante, conciliadora, tolerante y evidentemente ambivalente del Gobierno español.

Es cierto que P.Sánchez “exigió” a Maduro que convocara elecciones en un plazo de 8 días, pero no es menos cierto que sabía perfectamente que, un requerimiento semejante, tenía las mismas posibilidades de tener éxito que las que en la actualidad tiene la NASA de establecer una colonia en la estrella Polar. La mayoría de grandes naciones ya se le han adelantado en la reprobación y en el reconocimiento como presidente interino de la república venezolana del señor Guaidó. En España, todavía el señor Borrell (la gran decepción del gobierno formado por Sánchez, juntamente con el señor Luque, del que todos esperaban que tuviera un concepto menos sectario de lo que entraña gobernar, con responsabilidad y acierto, a la nación española) se esmera en no ofender demasiado a Maduro cuando habla de que “no pretendemos cambiar la estructura del gobierno venezolano” ¿Qué es lo que espera que cambie entonces? Precisamente ha sido este sistema dictatorial, bolchevique, totalitario y sanguinario, encabezado por Nicolás Maduro, el que ha lleva a Venezuela a la situación actual en la que se encuentra, con tres millones de venezolanos en el exilio, sin disponer de los más elementales productos para subsistir, entre ellos las medicinas. ¿Cómo espera separar a Maduro de la dictadura militar que lo sostiene? O es que, ¿el señor Borrell considera que con pedirle a Maduro que convocara elecciones, algo que por supuesto no va a hacer, ya estaba solucionada el problema de Venezuela? ¿Quién garantizaría la limpieza de estos comicios si los dirigiera Maduro?

Resulta pueril, señor Borrell, que nos salga con una estupidez semejante y no confiese, paladinamente, que de lo que se trata es de no indisponerse demasiado con Podemos, que siempre han sido y continúan siendo, unos defensores acérrimos de régimen comunista establecido en Venezuela, del que han sido colaboradores y de cuyo gobierno han recibido importantes ayudas para venir a intentar imponernos sus sistemas trasnochados del viejo comunismo estalinista. En realidad, no se trata más que de seguir aplicando las doctrinas de P.Sánchez de hacer todo lo que haga falta para que ni los separatistas ni IU ni Podemos ni los vascos, tengan motivos para dejar de apoyarle; porque, sin sus apoyos, ya sabe de cierto que no le quedaría otra salida que la de convocar elecciones, algo que no parece interesarle pese a que, su agente en el CIS el señor Tezanos, cada vez con menos vergüenza, ha inventado un nuevo método para encuestar a la ciudadanía, diametralmente distinto al del resto de sociedades de investigaciones sociológicas, que ha colocado al PP en cuarto lugar, detrás del PSOE, Ciudadanos y Podemos. Sólo desde el punto de vista de quienes parecen estar convencidos de que, el resto de españoles, estamos en la más completa Babia, se puede entender que un centro que había gozado de un cierto prestigio, como es el CIS, haya caído tan bajo que, hasta los medios de comunicación más adictos a las izquierdas, les ha causado sorpresa y una cierta hilaridad.

Resulta patético este optimismo que están empeñados en aparentar todos los miembros del actual ejecutivo, cuando el problema catalán cada día que pasa se va enquistando más y amenaza de que, en cualquier momento, se produzca un salto cualitativo que pudiera llevarnos a una confrontación a la que nadie debiera querer llegar. España sigue viviendo de la inercia del gobierno del PP, y cuando se produzca el reflujo, que ya se viene anunciando desde el mismo Banco de España y se llegue al hecho inevitable, según los organismos expertos en el seguimiento de las cuentas públicas, de que, en parte por el retraso en la aprobación de los PGE, aunque se consiguiera que se aprobaran ahora (algo que no se sabe si ocurrirá), es evidente que las leyes recaudatorias que están previstas en ellos ya no pueden, en manera alguna, recaudar, de aquí al final del ejercicio, las cantidades que se habían previsto para todo el año 2019. Por otra parte, ya se viene anunciando para España y el resto de la UE una posible etapa en la que se desacelere la economía y que, posiblemente, Europa sufra las consecuencias de ello que, unidas a los efectos del brexit británico, nos conduzcan a otra etapa de vacas flacas.

Como suele ocurrir, una vez más vamos a ser los últimos en reconocer al señor Guairó, como verdadero presidente provisional de Venezuela, encargado de convocar unos nuevos comicios; esta vez con todas las garantías de libertad, legalidad, paz y seguridad, cualidades desconocidas hasta ahora en las distintas consultas que tuvieron lugar bajo el régimen chavista, que ha estado gobernando el país durante los últimos diecinueve años, desde la sublevación de Hugo Chavez. Lo verdaderamente preocupante es que éste no será el único caso en el que P.Sánchez se vea obligado a actuar de una forma distinta a la que, una gran mayoría de españoles, esperaría que lo hiciera. La hipoteca que pesa sobre su gobierno le va a hacer que, en cada ocasión, como en el caso de las marionetas sujetas al capricho de quien las maneja, se va a ver obligado a seguir la línea que le marque aquel de sus socios que esté dispuesto a defender sus propios intereses en lugar de los de todos los españoles y de España. Y esto va a durar hasta que se celebren unos nuevos comicios o, en su caso, hasta que alguno de los apoyos, sin los cuales no podría gobernar, decida que ya se ha cansado de apoyarlos y escoge seguir otro camino que le aparte del que ha llevado en el pasado, apoyando a los socialistas.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos la premonición de que, en las próximas elecciones autonómicas y municipales, que se celebrarán en el mes de mayo, vamos a tener ocasión de comprobar si, los indicios que han marcado las elecciones andaluzas, con los espectaculares avances de VOX y de Ciudadanos, se vuelven a reproducir a nivel nacional y, también si, como parece indicar el resultado de las andaluzas, el PP de Casado ha conseguido parar ( no digo mejorar) la sangría de votos en beneficio de Ciudanos o de VOX, para apuntar a una futura recuperación, bajo la batuta de P.Casado o si, pese a la nueva orientación que se le ha querido dar al PP, sigue pagando la época en la que, el gobierno de Rajoy, tan eficiente en cuanto a la recuperación de España y superación de la crisis, tuvo que hacer frente a una serie de casos de corrupción que, hábilmente manejados desde la izquierdas, motivaron que el 44´6% del electoral votó al PP en el 2011 ahora quedara reducido ( según estimaciones poco creíbles) en un 23% y, algunas encuestas excesivamente tendenciosas, como la del CIS, le vienen atribuyendo solo un 17%. Es posible que, con todo el viento de la propaganda a favor (es evidente que, tanto las izquierdas como los separatistas, no quieren que vuelva la derecha al gobierno) el PSOE piense que va a poder contrarrestar la tendencia negativa en la que ha caído en las últimas votaciones. Seguramente vamos a tener ocasión de empezar a tomarle el pulso a estos pronósticos cuando, de aquí a unos pocos meses, volvamos a acudir a las urnas para elegir a nuestros representantes municipales y autonómicos, en aquellas autonomías donde todavía no se hayan celebrado las correspondientes consultas. Puede que nos deparen algunas sorpresas, falta saber si positivas o negativas.

Venezuela y el complejo antiyanqui
Álvaro Vargas Llosa ABC  3 Febrero 2019

No es difícil detectarlos. Dicen «ni Maduro ni Trump», compensan sus críticas a la dictadura venezolana alertando contra una invasión norteamericana y sostienen que Estados Unidos quiere apropiarse del dolor del pueblo de Venezuela. Son los mismos que piden «diálogo» cuando Maduro parece estar contra las cuerdas y que, cuando hablan de Cuba, compensan su toma de distancia con la sexagenaria satrapía mentando el «bloqueo».

Serían más respetables si se condujeran de igual forma frente a dictaduras de derecha, pero nunca lo hacen: recuerdo cómo se frotaban las manos en 1986 cuando el Frente Patriótico Manuel Rodríguez atentó contra Pinochet. Serían más coherentes si estuvieran en contra de toda intervención extranjera en países donde millones de personas padecen tormentos infligidos por el poder político, pero el principio de la intervención humanitaria o el más reciente, en el Derecho Internacional, de la «responsabilidad de proteger», les resultan progresistas cuando el afectado es un facha como Milosevic (la OTAN, sin permiso de la ONU, utilizó el argumento de la intervención humanitaria contra Serbia en 1999) o cuando el que agita la bandera intervencionista es un ganés como Kofi Annan, que, siendo secretario general de la ONU, recibió el Nobel de la Paz en 2001 porque desde los años noventa argumentaba que la violación de los derechos humanos justifica meterse en los asuntos de otro país; esa argumentación sentó las bases para que en 2005 la ONU adoptara la «responsabilidad de proteger», doctrina intervencionista donde las haya. En cambio, cualquier medida que tome alguien de derecha contra una dictadura de izquierda es una intromisión imperialista. Si Obama aplica sanciones a la dictadura venezolana -como hizo en 2015-, es un humanitario. Si las aplica Trump, es un prepotente que quiere engullir países latinoamericanos al estilo de William McKinley o Teddy Roosevelt.

Muchos países -después de mucha pasividad- intentan por fin ayudar a millones de venezolanos a sacarse de encima a una mafia que mata, encarcela, hace pasar hambre y enfermedades a todo un pueblo, y ha saqueado el Estado y provocado la estampida de tres millones de personas desde 2014, que se suman al millón que ya estaba afuera y triplican el número de kosovares desplazados por la limpieza étnica en su día (por cierto, no antes sino después de la intervención de la OTAN).

El problema de Venezuela no es Trump, a quien hay que criticarle bastantes barbaridades, varias de ellas frenadas por la sólida democracia estadounidense, pero no las medidas que ha tomado (lo ha hecho tardíamente, a mi juicio). Esas medidas apuntan a impedir que un Gobierno usurpador utilice el dinero del petróleo que le vende a Estados Unidos para sus propios fines y ponerlo a disposición del legítimo Gobierno interino de Juan Guaidó a fin de que pueda llevar a Venezuela la ayuda humanitaria que Maduro ha rechazado sistemáticamente. Trump ni siquiera ha impuesto un embargo petrolero contra Venezuela; las refinerías yanquis de la costa del Golfo que lo importan podrán seguir haciéndolo.

La intervención militar estadounidense es a estas alturas improbable. Si algo pretende Washington aumentando la presión contra Maduro es, precisamente, evitar esa intervención, de imprevisibles consecuencias en el plano militar, impopulares dentro de Estados Unidos y quizá contraproducentes en la región por el beso de la vida que darían al populismo latinoamericano, hoy moribundo. ¿Qué tal si, para evitar que se termine llegando a ese extremo, nos ocupamos todos, incluyendo los progresistas que repiten bobamente «ni Maduro ni Trump» como si el asunto medular fuera la política de Washington, de que los hampones chavistas caigan de una vez sin guardar equilibrios hipócritas?

Un tsunami silencioso llamado Vox
EDUARDO INDA okdiario 3 Febrero 2019

La espiral del silencio, teoría alumbrada por la politóloga y socióloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, ha muerto. Internet en general y las redes sociales en particular han hecho trizas la teoría que predominó la política moderna: ésa que sostenía que las masas tienden a ponerse de lado de la corriente de opinión mayoritaria por miedo al aislamiento. ¿Por qué en España ha habido más gobiernos de izquierda que de derecha en 42 años de democracia? Pues lisa y llanamente porque la mayor parte de los medios de comunicación está en manos de izquierdosos militantes que son los que generan la opinión publicada que a su vez es la que fragua la opinión pública. El buenismo, la corrección política y el pensamiento único eran hasta ahora instrumentos infalibles para domesticar a la ciudadanía. Consecuencia: el PSOE ha gobernado casi 25 de estos 42 años de bendita libertad.

Google, Facebook, Twitter, Instagram y el sinfín de redes sociales que navegan por la red acabaron con los consensos básicos, marcados por ese miedo cerval a apartarte del rebaño. El núcleo duro, que es como Noelle-Neumann definía a quienes se negaban a ser sociológicamente ovejas y decían “no” al consenso mayoritario, es cada vez mayor. La imprevista e imprevisible elección de Trump en Estados Unidos, la alucinante irrupción de un Bolsonaro que ha pasado de ser un apestado a convertirse en presidente de Brasil, el locoide fenómeno Salvini en Italia o el “sí” al Brexit en Reino Unido constituyen fenómenos impensables e imposibles hace no tanto.

Vox también ha destrozado la espiral del silencio a la que le sometió durante cuatro años el Partido Popular de Soraya, temeroso de que le robase votos por el ala derecha. Moncloa llamaba compulsivamente a periódicos, radios y televisiones para que se hiciera luz de gas con Abascal, Ortega Smith, la gran Rocío Monasterio y el resto de la jerarquía verde que hasta hace bien poco cabía enterita en un Smart. Sobra decir que OKDIARIO siempre dijo “no” porque aquí no se veta a nadie.

Pero las brutales subidas de impuestos decretadas por ese vampiro llamado Cristóbal Montoro, que fue más allá incluso de lo que recogía el programa de IU en 2011, y sobre todo y por encima de todo la puesta en libertad del hijo de Satanás (Bolinaga) que tuvo encerrado 532 días en un zulo de dos por dos por dos a Ortega Lara fueron el caldo de cultivo silencioso que creó Vox. La corrupción y el 155 de pitiminí de Rajoy (con la puntita no bastaba, Mariano) hicieron el resto del trabajo al partido fundado por Santiago Abascal en 2014. La habilidad en forma de querella a los golpistas del 1-O de Ortega Smith, uno de los tres mejores oradores de la política española, permitió al partido alumbrado en el Centro Riojano de Madrid disparar exponencialmente sus expectativas electorales. La acusación popular que no quisieron los exquisitos chicos populares y ciudadanos se la apropió Vox en una sisa de manual que provocaría las delicias del mejor carterista de Madrid.

Con Vox, partido al que no votaré porque soy un liberal y no un conservador, nadie ha entendido nada. Es más, siguen sin entender nada. Sostienen sin enmienda alguna que es la extrema derecha cuando simple y llanamente son de derechas, ideológicamente son cuasiclónicos del PP de Aznar. La clave de su éxito reside en que piensan lo mismo que el españolito de a pie y no lo edulcoran con eufemismos ni estereotipos. Son directos, claritos y carecen de esos mieditos que han hecho del Partido Popular de Mariano Rajoy un partido desdibujado intelectual y moralmente. Sin olvidar otro nada insignificante detalle: la gente está hasta las pelotas del lenguaje de mierda de los políticos al uso, que emplean los mismos imbéciles recursos retóricos para no llamar a las cosas por su nombre y para contentar a los creadores podemitas de opinión.

Que no es extrema derecha lo demuestra el hecho de que formaciones como el Frente Nacional son intervencionistas o estatistas en lo económico y los de Abascal abanderan planteamientos liberales que harían las delicias de la Escuela de Chicago, Ronald Reagan o el mismísimo Milton Friedmann. Se oponen a ese aborto que defiende compulsivamente Marine Le Pen y dicen “no” a la inmigración “ilegal”, algo que no distingue la lideresa francesa, que propone no dejar entrar un solo extranjero más, además de echar a muchos de los que ya están.

Y más les ignoran, más les difaman, más suben. El Centro de Investigaciones Socialistas, perdón, Sociológicas, les asignó un diputado en las elecciones andaluzas y el 3% de los votos y dos semanas y media después las urnas le otorgaron 12 actas y el 11% del respaldo popular. Lo del último barómetro nacional del CIS, que parece elaborado tras una fumada masiva de marihuana, los sitúa en el 6% de intención de voto. Otra locura más que provocará el efecto contrario al que buscan. Nadie con dos dedos de frente se cree que unas siglas que se anotaron un 11% en una comunidad tradicionalmente de izquierdas como Andalucía obtenga en el conjunto de España casi la mitad (un 6%).

El pinochesco Tezanos, que CIS tras CIS comete un delito de malversación de caudales públicos de libro, olvida cuestiones perogrullescas. Como que Vox es algo más que una formación política. Los de Abascal representan un movimiento transversal en toda regla, que va más allá de las ideas preconcebidas. El rechazo a la inmigración ilegal, al golpismo catalán, a la blandenguería con los independentistas, el deseo de jibarizar la Administración, el ansia de que nos bajen los impuestos y el rechazo a la dictadura de género son cuestiones que unen a muchísimos españoles. Almas que antaño votaban al PP, al PSOE, a Ciudadanos o a Podemos y que ahora optan por Vox porque hablan y piensan como ellos. Porque son claritos, van al grano y no emplean la jerga vomitiva de los políticos profesionales. Ya se vio en Andalucía: al menos el 30% de los sufragios verdes provino de antiguos votantes del PSOE y de Podemos. Compatriotas como mi taxista de Calviá que optaron durante un lustro por Podemos pero que ahora se irán al otro lado tras certificar que el “honrado”, “austero” y “amigo de los desheredados” Pablo Iglesias se compraba por 700.000 euros un casoplón de 1,1 millones de euros con piscinaco, casa de invitados y vistas privilegiadas al Parque de la Cuenca Media del Guadarrama que, por cierto, es donde está ubicado.

El linchamiento mediático y los cordones sanitarios de este mes de enero han provocado un efecto bumerán al punto que yo creo que en estos momentos Vox está muy por encima de lo que nos creemos, de lo que dicta el lugar común y la opinión publicada. Para muestra, un botón: en la reciente convención del PP en Madrid no se hablaba de ideas, ni siquiera de liderazgo, tampoco de las felonías sorayiles. Sólo una palabra salía de los labios de los hombres y mujeres reunidos para disparar el efecto Casado: “Vox”. Vox, Vox y requeteVox. El canguelo era más que palpable. Máxime tras la exhibición de fuerza de Abascal en Zaragoza, donde llenó hasta la bandera el Palacio de Congresos dejando a 1.000 personas en la calle. Las comparaciones son odiosas pero algunas degeneran en escandalosas: las que trazaba la cúpula popular entre el acto de presentación de los candidatos madrileños, que se celebró en un cine de barrio, y el reventón de Vox en Zaragoza.

Un servidor mira a su alrededor, alrededor mayoritariamente de centroderecha, alrededor que votó siempre PP y desde hace tres años alterna esta opción con la de Ciudadanos, curiosea, se atreve a preguntar qué papeleta meterá en las municipales y en las generales y la respuesta es casi unánime: “Vox”. Sólo mis padres, el arriba firmante y pocos más nos mantendremos donde siempre estuvimos, o con Casado o con Rivera, que en el fondo viene a ser lo mismo. Los tsunamis son silenciosos. Sólo te das cuenta que ha llegado cuando te ves arrollado por una ola de 15 metros que te deja sin conocimiento. Noelle-Neumann ya no está de moda.

La nación herida
España está herida, gravemente herida, no mortalmente herida. Requiere urgente tratamiento, probablemente quirúrgico. Pero la terapia no puede ser directamente política, sino más profunda y radical: educativa y, por ello, moral.
Ignacio Sánchez Cámara ABC 3 Febrero 2019

La obsesión con el franquismo y la exhumación de los restos de Franco no es una anécdota oportunista, ni una operación de distracción, ni solo una maniobra para poder tildar a quienes se opongan de fascistas. Al margen de la insondable torpeza de una estrategia que ha despertado al durmiente franquismo, ha aumentado las visitas al Valle de los Caídos y no ha previsto la posibilidad de que los restos acaben en la Catedral de la Almudena, en el centro de la Villa y al lado del Palacio Real. Esta obtusa obsesión forma parte de un proyecto político, iniciado en el gobierno Zapatero: la ruptura de la concordia y la muerte de la Transición. En definitiva, la eclosión de un nuevo Frente Popular, alianza de comunistas, socialistas extraviados y separatistas, que conduzca a la exclusión de media España y a la ruptura del orden constitucional. Como las convicciones y la coherencia ideológica, aunque fueran equivocadas, no parecen ser el fuerte del presidente del Gobierno, no cabría descartar, si así le conviniere a la continuidad de su domicilio en La Moncloa, una alianza de otro tipo, acaso menos nociva para España. Pero hoy, el modelo es el Frente Popular.

La Ley de Memoria Histórica es una pieza ideológica fundamental para este proyecto destructivo de la Nación. Es curioso que no se pueda exaltar (concepto jurídico bastante poroso e impreciso) a Franco, pero sí al comunismo o a la ETA. Se trata de manipular la historia reciente de España: la República, el Frente Popular, la guerra civil y el franquismo. Pues una cosa es el natural debate historiográfico, y otra la profusión de la mentira y de la ideología. La cosa es tan burda como simple. Basta con alterar la naturaleza del conflicto y de los contendientes. Ya no se trata de una terrible tragedia entre dos partes de España enfrentadas, con sus razones y sinrazones, con sus heroísmos y sus crímenes. Ya no se trata de dos partes que se perdonan, reconcilian y abrazan. Paz, piedad, perdón. No. Ahora vuelve la patraña histórica de buenos y malos. Sólo que los que antes de la reconciliación eran buenos, ahora son malos, y los que antes eran malos ahora son buenos. Vuelve así la guerra civil, para que ganen hoy los que ayer perdieron. Para que perdamos todos. De lo que se trata es de manipular la realidad e interpretar la guerra civil como el resultado de un golpe de Estado fascista contra una democracia legítima. Se pretende asemejar a Franco con Hitler, lo que es rotundamente falso, a la vez que sobre Stalin cae un ominoso silencio. Como sobre la persecución a los católicos, el fraude electoral que lleva al poder al Frente Popular, los asesinatos de dirigentes de la oposición de derechas,… Todo esto es, al parecer, lo natural en toda democracia decente. Ciertamente, si nos remontamos algo más atrás, también hay que censurar la irresponsabilidad de unas clases dirigentes, no todos sus miembros, que permitieron la ignorancia y la miseria de buena parte del pueblo español. Julián Marías decantó algo que no gusta ni a unos ni a otros, pero sí a quienes no queremos ser ni unos ni otros, aunque podamos estar más cerca de unos que de otros: los injustamente vencedores y los justamente vencidos. Esto sí que es memoria histórica. Los nuevos frentepopulistas quieren partir la frase y dejarla reducida a lo primero. No les gusta verse designados como «los justamente vencidos». Un comunista maniqueo no puede aceptar la concordia entre los «buenos» y los «malos». Tampoco un fascista maniqueo. Ahora, algunos neocomunistas de corte y confección o de asamblea de facultad decadente pretende enmendar la plana hasta al mismo Carrillo. Por no hablar de los comunistas que padecieron la cárcel, no como ellos, y que abrazaron la reconciliación, tampoco como ellos. De una guerra civil no puede nacer la legitimidad, porque surge siempre una nación dividida. La reconciliación, que ahora nos quieren robar, vino luego, con la Transición. Tuvo errores. Claro. Algunos muy graves. Sí. Pero tuvo el mayor acierto moral, más aún que político: recuperar la legitimidad y la concordia. La verdadera unidad nacional.

El caso de Ortega y Gasset es uno más, pero más que sintomático. El exilio de Ortega. Exilio, ¿de quién? De la España del Frente Popular que amenazaba su vida y le obligaba a firmar manifiestos bajo coacción, no de Franco que no había llegado a Madrid. Léase el libro de su hijo Miguel, Ortega y Gasset, mi padre. Y la soledad argentina, con la casi sola compañía del tradicionalista argentino Máximo Etchecopar, porque el exilio republicano en general le despreciaba, como le despreciaba la mayoría de la España oficial franquista. Y Marañón y Unamuno, y tantos otros. Entre las cosas que hizo mal Franco no se encuentra el haber librado a España del totalitarismo comunista.

España padece hoy, al menos, dos fracturas. Una es la amenaza separatista que hoy capitanea el catalanismo y que ha intentado un golpe de Estado, pero al que pueden seguir el País Vasco, Navarra, Galicia, Valencia, Baleares,... Es el más visible, pero no es el problema mayor porque es político y, por tanto, superficial. Si sólo se tratara de romper España y de que todo lo demás siguiera igual, sería grave, pero no mortal. La mayor amenaza para España no es la disgregación territorial sino el extravío moral. El separatismo es sólo consecuencia de ella. Los que odian a España no odian el estereotipo, ni la charanga y pandereta, sino la misión histórica de España y lo que la alentó, que se puede resumir en dos palabras: Reconquista y América. Y, por ello, una tercera: cristianismo. España no es una anomalía. ¿No han sufrido guerras civiles Francia, Alemania, Italia, Estados Unidos,…? Quieren desenterrar a Franco, pero a quien deberían desenterrar, para darle vida e imitarlo, es a Julián Besteiro, socialista ejemplar, español ejemplar, hombre ejemplar. Cualquier comparación con el socialismo español dominante hoy no es odiosa; es imposible. ¿Se imaginan a Besteiro como ministro del Gobierno actual?

En su Política, Aristóteles considera que la amistad es el mayor bien de las ciudades, puesto que puede ser el mejor remedio contra las sediciones. Y Sócrates ya había pensado que la unidad es obra de la amistad. Dios une y el diablo separa. La nación está herida. La herida de España es la obra de la discordia, en definitiva, del odio. Y sin concordia no hay nación, ni libertad, ni legitimidad, ni justicia.

Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho

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Pedro Sánchez y la “gestión de la sentencia”
Jesús Cacho vozpopuli.es 3 Febrero 2019

Sábado noche en casa de Artur Carulla, presidente de Agrolimen (Gallina Blanca y demás) y una de las fortunas que más han arriesgado en su apoyo al independentismo. En torno a la mesa hay gente importante del empresariado barcelonés, casi todos amigos de Artur Mas, la cohorte divina de Mas con masías de quitar el hipo en la Cerdaña, gente que se ha jugado su dinero, ha recibido el “cariño” de la Agencia Tributaria, y en los últimos tiempos ha dado un giro clamoroso hacia la prudencia, esa virtud de la política y la vida tan ensalzada desde Aristóteles y el esclavo de Adriano, encargado de recordar a diario a su amo el “Sé prudente”. Se habla del comienzo del juicio a los líderes independentistas, que es también el juicio al prusés, y hay mucha crítica, mucha indisimulada desafección, mucho interés por alojar el drama en la alacena del pasado y cerrarla con siete llaves para volver a lo nuestro, a nuestras empresas, nuestros negocios, ese nuestro patrimonio que estamos obligados a defender de estos locos, hasta qué, en un momento de conversaciones cruzadas, se alza la voz del anfitrión con una frase lapidaria: ¡que malament ho han fet tot…!

Revelador: Carulla utiliza la tercera persona del plural, qué mal lo han hecho “ellos”, que la primera persona no existe para quienes han optado por plegar velas y no correr riesgos, incluso penales, después de haber consentido, primero, alentado, después, y financiado, siempre, la locura que hoy censuran en el inquilino de Waterloo y en su discípulo dilecto en la presidencia de la Generalidad. Con el empresariado indepe en discreta retirada, llega la hora de juzgar las conductas de quienes a sabiendas desafiaron tan gravemente la Constitución y las leyes. Uno de esos envites históricos, valga el tópico, en el que España se juega mucho, quizá se lo juegue todo, porque lo hace en las peores circunstancias posibles, con el país desencuadernado y el enemigo en casa, encarnado en un presidente del Gobierno al que sostienen los señores a punto de sentarse en el banquillo, partidarios todos de la ruptura de España. Ese es el envite.

Lo inquietante del caso es que quien, por razón de su cargo, debería emplear todos sus esfuerzos en lograr que este juicio le salga bien a España y los españoles, es un simple rehén del separatismo, un tipo cuyo futuro político está en manos de los enemigos de la felicidad de los españoles. La paradoja es que si este juicio le sale bien a España, le saldrá mal a Sánchez y sus planes de perpetuarse en el poder. Bien para España, mal para Sánchez y viceversa. Por eso, el auténtico protagonista del espectáculo que se avecina en el antiguo convento de las Salesas Reales de Madrid no es Oriol Junqueras y sus copains, sino Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Anda ahora mismo el presidente en una longitud de onda muy alejada de la estricta celebración de esta vista cuyo arranque se anuncia para el martes 12. Toda su estrategia y la de su círculo íntimo está centrada en lo que dentro de ese grupo de elegidos llaman a “la gestión de la sentencia”, la postsentencia, la utilización de ese fallo, muy probablemente condenatorio, para lograr la cuadratura del círculo que supondría consolidar al bello Pedro en la presidencia del Gobierno hasta el año 2024, como mínimo, con el respaldo, naturalmente, de separatistas catalanes, nacionalistas vascos y filoetarras de Bildu.

El argumento es sencillo: nadie mejor que nosotros para gestionar una sentencia que podría enviaros un buen porrón de años a la cárcel; nadie mejor que nosotros para, tras un tiempo relativamente breve de cumplimiento de pena –contando, además, con la que ya habéis cumplido en prisión provisional-, plantear la necesidad del indulto y lograr que salgáis a la calle con vuestros derechos políticos intactos. Imaginad por un momento lo que supondría que del cumplimiento de esas penas se hiciera cargo un Gobierno “de las derechas” encabezado por Pablo Casado o incluso por Albert Rivera. Lo sabéis de sobra. Esta es la partitura que estos días interpreta la vicepresidenta Carmen Calvo, primera de Cabra, en sus entrevistas secretas con Elsa Artidi, la portavoz del Gobierno de la Generalidad y jefa del PDeCAT, y la que Adriana Lastra distribuye en el Congreso como alpiste entre los grupos parlamentarios que apoyan a Sánchez. Es también la música que en Barcelona, y en nombre y representación del presidente, baila ese Fred Astaire del socialismo que es Miquel Iceta.

La partida de póquer de Sánchez
Para lo cual, prosigue el relato, es necesario que nos aprobéis de una vez por todas los PGE para este año, pero no solo eso, porque, con ser importantes, sin esos Presupuestos podríamos mal que bien tirar hasta completar la legislatura. Lo que os pedimos es bastante más que eso. Os proponemos una gran alianza consistente en renovar los acuerdos que hicieron posible la moción de censura del 31 de mayo pasado, y que se plasmaría en la reelección de nuestro candidato como presidente tras las oportunas generales y se extendería al resto de la legislatura, de forma y manera que en esos cuatro años podamos, además de gestionar la sentencia en el sentido antes citado, abordar definitivamente el encaje de Cataluña en una España confederal. Este es el plan, un pacto que va mucho más allá del litigio presupuestario para 2019, y que ambiciona nada menos que entronizar en el poder durante los próximos seis años a la actual mayoría parlamentaria contraria a la Constitución del 78. Un envite de enormes dimensiones. Una partida de póquer en la que Sánchez cuenta con cartas mucho más sólidas de lo que algunos podrían imaginar.

Ello es así por las propias contradicciones del bloque separatista, un aparatoso decorado de cartón piedra tras el que se esconde una división que en el fondo no hace sino poner de manifiesto la debilidad de un movimiento identitario reñido con la razón práctica. Junqueras está por la labor de escuchar los cantos de sirena socialistas, y de hecho el líder de ERC ha intentado, a través de sus abogados, aplazar el inicio del juicio en la idea de ganar un tiempo precioso, apenas unas semanas que pudieran servir para aprobar los Presupuestos de la Generalidad en Barcelona con el apoyo del PSC, y los de Sánchez en Madrid con el respaldo separatista. Imposible imaginar que el independentismo pudiera suscribir las cuentas de Sánchez una vez iniciado el festival de luz y color que se anuncia en el Salón de Plenos del Tribunal Supremo. Junqueras no se lo va a poner fácil. Como condición inexcusable para llegar a ese gran pacto de legislatura, Esquerra le va a exigir que inste a la Fiscalía a retirar la acusación por delito de rebelión (La Abogacía del Estado ya lo ha hecho), además de garantías de que, en caso de condena y con independencia del posterior indulto, la pena no lleve aparejada la pérdida de los derechos políticos (elegir y ser elegido) de los condenados, exigencias cuya satisfacción no depende del propio Sánchez por mucha que sea la dependencia jerárquica de la Fiscalía.

Un episodio en el que se va a librar la última y quizá decisiva batalla de la guerra que mantienen los dos grandes bloques en que se ha dividido el separatismo. El enemigo común de Junqueras y de Sánchez no es otro que el loco de Waterloo, ese Puigdemont que sueña como única alternativa con reventarlo todo, en la febril esperanza de que en un escenario de hecatombe, el juicio final catalán obligue al mundo civilizado a intervenir, vieja quimera de la que siguen colgados los iluminati del separatismo, gente históricamente muy cobardona, dispuesta siempre a situase tras el burladero del tocata y fuga en cuanto ven aparecer sobre la arena apenas los cuernos de la simpática cabra de la Legión, pero que de inmediato se rearman de valor y, sin necesidad de opiáceo alguno, imaginan nuevos choques de trenes, nuevas fechas “históricas”, nuevos referéndums, con nuevas e incontenibles masas echadas a la calle en demanda de la Ítaca promisoria. Particularmente los ricos con masía en la Cerdaña.

Los compromisos secretos de Sánchez
Nada sabemos de los compromisos que Sánchez está dispuesto a asumir, que tal vez haya asumido ya, para hacer realidad esa ególatra aspiración suya a convertirse en presidente vitalicio aun sin respaldo bastante de las urnas. Compromisos muy difíciles, si no imposibles, de cumplir por él mismo, y en todo caso inasumibles por un eventual Gobierno de la derecha que pudiera salir de las generales. Malos tiempos para el PP, perpetuo prisionero de la incuria de los Gobiernos Rajoy, aunque mejor cabría decir de la conducta delictuosa de Rajoy y su vicepresidente Soraya a la hora de hacer cumplir la ley y la Constitución en Cataluña. En el juicio al prusés podría quedar en evidencia la conducta culpable de la pareja en relación con los sucesos ocurridos en torno al 1 de Octubre, los desmanes de un separatismo que consiguió cargar en la cuenta de Policía y Guardia Civil sus propios excesos, y la existencia de imágenes de graves agresiones a esa misma Policía que han permanecido ocultas por el sorayismo de los collons y su perenne apelación al diálogo de sordos que siempre ha practicado el nacionalismo.

Naturalmente también habrá momentos para el sarcasmo, cuando no la pura carcajada, a cuenta de la palinodia que nos espera según la cual la República del 1-O nunca existió, porque todo era falso, apenas un juego de chicos traviesos, y no es verdad que incumpliéramos la ley y mucho menos protagonizáramos un golpe de Estado, que aquello fue casi una broma. ¿Y cómo recibirán esa estrategia de defensa las barras bravas del separatismo? ¿Lo tomarán como lo que es, una burla de vendedores de crecepelo? ¿Actuarán en consecuencia? ¿Dejarán de seguir el rastro de migas de odio que sobre la convivencia en Cataluña lleva años sembrando el flautista de Hamelín nacionalista? ¿Se atreverán a desenmascarar de una vez por todas a Jordi Pujol –muy mal de salud, por cierto- y sus profetas? Abandonemos toda esperanza. Se trata de un Movimiento identitario regido por esa fe que mueve montañas y condena con la excomunión a quien se para a pensar por su cuenta. Ese cáncer reclama una cirugía mucho más profunda y larga en el tiempo. De momento, roguemos a los Dioses que asistan a Manuel Marchena.

La última palabra
Ignacio Camacho ABC 3 Febrero 2019

El juicio del procés va a ser, ciertamente, un circo porque los separatistas piensan utilizarlo para una apoteosis del victimismo. Los procesados, conscientes de que no podrán eludir el castigo, montarán a la medida de sus terminales mediáticas un formidable espectáculo propagandístico. Como la vista durará hasta mayo, el argumento de campaña electoral está servido: la matraca del posfranquismo autoritario, los presos políticos y demás mitos. El Supremo no tiene más remedio que permitirlo porque el despliegue de garantías es el principio que fundamenta su superioridad democrática frente al golpismo. Al juez Marchena y sus colegas les espera un trabajo de ajuste fino; han de dirigir las sesiones aislándose del ruido, atentos sólo a la precisión del mecanismo jurídico. Para muchos ciudadanos resultará irritante asistir a esa presentida apología del independentismo, pero mientras más puedan explayarse los acusados, mientras más libertad gocen para poner a la Justicia en entredicho, incluso mientras más aparatosos sean sus aspavientos y numeritos, más cargado de autoridad moral estará el tribunal a la hora de emitir su veredicto.

Hasta ahora, en el conflicto de Cataluña, el judicial ha sido el único poder del Estado a la altura de los acontecimientos. Ha elaborado el sumario con plena independencia de criterio, sin dejarse intimidar por ningún factor ajeno. Ha soportado que la debilidad del tándem Rajoy-Santamaría lo usara como burladero, que el nacionalismo le falte al respeto denunciando falsos atropellos y que Sánchez amague con indultar a los reos antes de que ninguna condena pese sobre ellos. Ha sufrido prejuiciosos reveses de jueces extranjeros que cuestionaban los fundamentos del orden constitucional español con frívolo menosprecio. Y aún le toca soportar el intento de desacreditar la legitimidad del proceso. Sólo tiene ante todo eso un arma, un instrumento: la razón de la ley, la supremacía del Derecho. Y la ha sostenido con firmeza durante año y medio de intrigas políticas, presiones sociales y hasta escraches violentos. Ahora le toca terminar la tarea: es su momento.

Porque lo que está pendiente es nada menos que la respuesta institucional de una democracia europea a una insurrección colectiva contra las bases mismas del Estado. Como ha pasado un cierto tiempo, ha cambiado el Gobierno y la cohesión constitucionalista se ha debilitado, la opinión pública corre el riesgo de olvidarlo. La prisión preventiva de los dirigentes del levantamiento no era una sanción sino una medida de celo necesario ante la evidencia de que sus compañeros se habían fugado. Falta la resolución, la última palabra, las conclusiones que sólo pueden escribir los que conocen a fondo los detalles del relato. Y no va a ser un desenlace simpático. Es muy probable que cuando acabe la función circense, salgan a la pista los leones y devoren a los payasos.

Sánchez, un presidente en modo avión
FRANCISCO ROSELL El Mundo 3 Febrero 2019

El gran liberal Isaiah Berlin solía referir la anécdota que le aconteció durante la II Guerra Mundial. En 1944, cuando trabajaba en la Embajada británica en Washington para desentrañar los avatares de la política norteamericana entre aquel desasosiego, el ministerio le ordenó acudir ipso facto a Londres para cumplimentar cierta requisitoria. Como no había vuelo disponible, hubo de trasladarse en un bombardero.

Carente de cabina debidamente presurizada, tuvo que soportar una mascarilla de oxígeno todo el trayecto. Como además el habitáculo se encontraba absolutamente a oscuras, no podía hacer dos de las cosas que más le gustaban: charlar y leer. Para colmo, no había quien pegara ojo con el zumbido de los motores. "Me vi obligado -bromearía- a hacer la cosa más terrible: tener que pensar".

No es el caso del presidente Sánchez, hecho a gobernar en modo avión. Obviamente, en aeronaves bien diferentes de aquella en la que el eminente profesor de Filosofía en Oxford regresó a todo meter. Surca los cielos en aparatos con insonorización apropiada como para hacer lo que le pete sin quedarle otra que ponerse a cavilar, como a Berlin en su ajetreado desplazamiento en medio de las hostilidades bélicas.

Es verdad que, por lo común, el gobernante carece de tiempo para reflexionar, por lo que el Poder no piensa, sino que improvisa. Esto le lleva a hablar y hablar sin parar, por no callar, diciendo a la vez una cosa y su contraria, improvisando ocurrencias que no desmerecen, a veces, aquella del barón de Münchhausen de salir de una ciénaga tirándose de la coleta. Pero, en el caso del doctor Sánchez, ¿supongo?, su voluntad deliberada es la de situarse en sordo modo avión. Elude así los problemas y aguanta lo que sea menester a la espera de esa ocasión propicia para citarse con las urnas en posición ventajosa.

Es obvio que esa hora no ha llegado. Sánchez lo disimula echando mano de los espantapájaros que le ahorma en forma de ruborizantes encuestas favorables el bien mandado y no menos remunerado Tezanos en el pajar al que ha reducido el antaño estimable CIS, instituto al que arrastra al desprestigio irreversible. Con su malhadada dirección, acaricia metafóricamente la falsificación de documento público, dado sus mayúsculos errores siempre a favor de aquel al que debe la nómina, y la malversación de caudales, por el frenesí con que malgasta el dinero del contribuyente con deliberada voluntad de engañarle.

Si Sánchez se creyera de veras las cartas que le echa Tezanos, como las de este jueves entre la rechifla general, el presidente se habría lanzado en paracaídas desde el jet sin esperar a aterrizar en Torrejón de Ardoz promulgando elecciones a la voz de ¡ya! Lo más probable, en cambio, es que, asomado a la ventanilla del avión, haya visto su rostro transfigurado en la cara tumefacta de Susana Díaz. Aún en cuarentena tras el batacazo andaluz, una vez que los pronósticos del CIS se revelaron delirante ensoñación.

Al aguardo de ese día D, Sánchez ha dado esta semana un recital de su forma de gobernar. Lo ha acreditado fehacientemente en su escala latinoamericana en ese interminable periplo por todo el orbe que emprendió al llegar sorpresivamente a La Moncloa y que le hace alargar su necesaria presencia en acontecimientos internacionales con una suerte de turismo diplomático que le permite alejarse de la quema de los asuntos domésticos y sobrevolar el control de la oposición.

Así, con respecto a la sanguinaria dictadura de Maduro en Venezuela, su postura ha ido girando en función del país donde tomaba tierra. De esta guisa, el compromiso que adquirió contra el "tirano Maduro" en República Dominicana durante su asistencia a la Internacional Socialista se deshilachaba al arribar a México, donde su presidente, López Obrador, está mejor avenido al usurpador del Palacio de Miraflores. Es como si Sánchez hubiera hecho suyo el consejo de don Vito Corleone en El Padrino: "Intenta pensar siempre cómo piensan los que te rodeen. Con esa base, todo es posible".

Frente al autogolpe de Estado del sátrapa contra el que se plantó el pasado 23 de enero como Jefe de Estado interino, en el legítimo uso de sus atribuciones constitucionales (artículo 233), Juan Guaidó, presidente de una Asamblea Nacional cuya legalidad trata de suplantar una Corte paralela auspiciada por el déspota, Sánchez, en vez de liderar la posición europea en apoyo a la transición democrática, ha mantenido una actitud retardataria y dilatoria. Algo difícilmente comprensible cuando la mayor parte de la comunidad internacional se ha puesto del lado correcto de la historia: el del rescate democrático de un pueblo que se desangra a chorros.

Mirándose en el espejo venezolano, ¿cómo reaccionarían los españoles si el presidente, tras unas elecciones adversas, se saltara el mandato de las urnas y desbancara al Parlamento legalmente conformado por una fraudulenta Cámara a su medida que consolidara un poder absoluto? ¿Se indignarían los ciudadanos con una protesta internacional o más bien agradecerían ese apoyo al restablecimiento del Estado de derecho?

Hay fuerzas de la izquierda sedicente que tachan de intervencionista a la comunidad internacional liderada por EEUU y secundada por la mayor parte de las democracias latinoamericanas y europeas, apelando a la mexicana Doctrina Estrada, como si esa intromisión no hubiera empezado cuando Chávez fió Ejército y Policía a la dictadura cubana y luego se ha reforzado con Rusia o China. Conviene recordar el justificado escándalo que desató entre los demócratas españoles que, a raíz del golpe del 23-F, la Administración norteamericana calificara la tentativa de "asunto interno". Fue "peor que un crimen, un error", atendiendo a la máxima puesta en boga en la Revolución francesa.

En lugar de respaldar la restauración democrática y de reconocer desde primera hora a Guaidó, Sánchez ha ido a rastras sin disimular su incomodidad. Basten los comentarios extemporáneos y desaforados de un colérico Borrell, "cuidado con él", arremetiendo contra Macron y Tajani por otorgar su inmediato plácet a Guaidó. Entendía que buscaban un protagonismo desmedido cuando era lo que más acuciaba para consolidar el arrojo de quien semeja ser la reencarnación venezolana del Adolfo Suárez de la transición. "¿Nos ponemos todos de guapos?", le soltó al primero, mientras rezongó contra el segundo: "Yo no soy como el presidente del Parlamento Europeo, que se arroga la capacidad de definir la posición de esa institución sin que ésta lo haya adoptado". ¡Qué diferencia con aquel Borrell que, ocupando otrora el sitial de Tajani, tuvo los redaños en 2007 de echarle en cara a Putin en una cena oficial con líderes europeos -entre ellos, Zapatero, tan connivente con la dictadura de Maduro como para ser su relaciones públicas- el retroceso de los derechos humanos en Rusia, donde el asesinato de periodistas que denunciaban la corrupción estaba a la orden del telediario, como ahora la expulsión de reporteros en Venezuela.

Olvida el reversible Borrell que ambos dignatarios emplean, con su reconocimiento a Guaidó y su repudio a Maduro, la misma contundencia y claridad con la que estos se han pronunciado contra los golpistas catalanes del 1-O y en defensa del orden constitucional español. Ambos han hecho todo aquello que se urgía de España y que Sánchez ha demorado con Venezuela por su falta de compromiso y en tanto que deudor parlamentario de Podemos, brazo político del bolivarianismo. Se entiende que el ministro coartada expele su mal humor contra Macron y Tajani, no tanto por lo que aseveran, sino por transparentar la desnudez de un Ejecutivo a merced de fuerzas onerosas a los intereses de España. Cuando Alfonso Guerra se refiere en su último libro La España en la que creo a los tres procesos golpistas sufridos por la España constitucional -el terrorista etarra, el militar del 23-F y el independentista catalán-, es imposible ocultar que los brazos políticos de dos de esas sediciones -sus partidos termiteros- son fatalmente, junto al bolivariano Podemos, los que sostienen la mano temblorosa con la que el doctor Sánchez, ¿supongo? firma el Boletín Oficial del Estado.

En su libro Diplomacia, Henry Kissinger, secretario de Estado con Nixon y Ford, rememoraba que Churchill pensaba que, en los primeros años de Hitler, los franceses sólo buscaban excusas para la inacción. Así que, cuando supo que los galos habían emitido finalmente una condena, exclamó: "Esas son grandes palabras, pero las acciones habrían sonado de forma más estruendosa". Es lo que se echó en falta cuando Sánchez se armó de valor y tildó al xenófobo y supremacista presidente de la Generalitat, Quim Torra, de ser el "Le Pen catalán" para luego humillarse en la Rendición de Pedralbes. Es posible que, de no ser por la ofensiva internacional, ocurriera otro tanto con Maduro tras llamarle "tirano". Su grado de compromiso sonaba a lo dicho por Bismarck, fundador del Estado alemán moderno: "Cuando alguien dice estar de acuerdo, en principio, en hacer algo, quiere decir que no tiene la menor intención de hacerlo". Es evidente -como apuntaló el canciller de Hierro- que "el político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación", y aquí no se anda precisamente sobrados de estadistas.

Un radical asentado en el poder nunca cede porque sabe del peligro de desplome del régimen en el que se asienta y cómo arrastrará su caída, cual estatua que pierde su pedestal. Dejarle la iniciativa supone consolidarle. No se puede desecar una charca con el beneplácito de las ranas.

En encrucijadas como las de Venezuela o de España con Cataluña -no por casualidad Maduro se retrató con una estelada independentista-, se agradecen no tanto personajes providenciales o caudillistas, sino acordes con la gravedad de la situación y del momento, como se está vislumbrando con una entereza extraordinaria Guaidó.

Capaz de sacar su pueblo del abismo en el que le abocan sátrapas, cuyos rasgos comunes encontramos en una amplia literatura que va desde el Tirano Banderas de Valle-Inclán hasta la Fiesta del chivo de Vargas Llosa, sin orillar la memorable novela de Roa Bastos.

No hay que incurrir en el fatalismo extremo, como quizá reflexionara Isaiah Berlin en aquella penosa travesía transoceánica junto a la soledad intensa de su pensamiento, de creer que todo lo que ocurre es inevitable. De no haber sido por Churchill, la invasión alemana a Gran Bretaña habría sido un hecho; de no ser por Guaidó alzando la bandera de la libertad pisoteada por el dictador Maduro, Venezuela no habría vuelto a creer en la esperanza; de no haber sido por el vibrante discurso de Don Felipe tras su particular 23-F contra el golpismo independentista catalán, la España de las libertades se habría balcanizado.

Es verdad que Gran Bretaña evitó pronto la tentación fácil del apaciguamiento de Chamberlain, mientras éste goza de extraño prestigio en La Moncloa y en sus socios. El futuro, no obstante, no se atiene nunca a los guiones que improvisa la ambición a costa de la inteligencia o, al menos, no lo hace mucho tiempo.
 


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