AGLI Recortes de Prensa   Domingo 5  Mayo 2019

Más España y más democracia (IV) Como hemos llegado a “esto”.
Pío Moa gaceta.es 5 Mayo 2019

(Estos textos, y otros, también en www.piomoa.es)

La doble tensión combinada de que hablábamos, de disgregación separatista y disolución en la UE es abiertamente anticonstitucional, pero, de modo más profundo, amenaza directamente la democracia y las libertades.

Ya con la UCD de Suárez empezó a ser traicionada la decisión popular de pasar a la democracia desde el franquismo y no contra él. La extraordinaria inepcia y falta de principios de aquellos políticos consiguió en breve tiempo dinamitar a la propia UCD, abriendo paso a una victoria sin precedentes del PSOE, el partido de los “cien años de honradez y firmeza”, tan fraudulentos como todo en ese grupo.

Con Felipe González las libertades retrocedieron por la corrupción (parte de la cual fue la apertura de la verja de Gibraltar), la mezcla de negociación y terrorismo gubernamental en relación con la ETA y otros ataques al estado de derecho, maniobras de ocupación de la universidad y contra los medios desafectos, falsificación creciente de la historia, “muerte de Montesquieu”, etc. Aquellas tendencias pusieron sobre la mesa la cuestión de la regeneración democrática, tema decisivo en las elecciones que expulsaron al PSOE del poder. Esa exigencia, muy popular entonces, fue inmediatamente abandonada por Aznar que, en su concepción de “democracia de amigotes”, prefirió “pasar página”. De todos modos Aznar consiguió reducir el paro y, al margen de su error de fondo, tuvo dos aciertos importantes: imponer el estado de derecho en relación con la ETA, llevando a esta al borde del precipicio; y, en política exterior, reclamar, aunque muy tibiamente, Gibraltar, conseguir para España una posición más decisoria en la UE, apoyarse en países como Polonia, y en relación con el Magreb, jugar con Argelia para contrapesar políticas anteriores de sumisión a Marruecos. En cambio no pudo resultar más funesta su identificación servil con Usa y la OTAN.

La caída del PP después de conseguir algunos éxitos notables, derivó precisamente de la parte mala de su política exterior. Y entonces unos atentados oscuros fueron explotados por el PSOE para volver al poder presentando al PP como su autor indirecto, al haber envuelto a España en la guerra de Irak. A partir de ahí, la corrosión de España y la democracia se intensificó a extremos peligrosísimos. El PSOE aprovechó la posición agónica de la ETA para rescatarla y convertirla en una potencia política premiando su carrera de asesinatos con legalidad, dinero público y otras concesiones. Este ataque directo al estado de derecho se explica porque PSOE y ETA comparten un 80% de ideología. Al mismo tiempo se incrementaron las concesiones a los separatistas vascos y se declaró prácticamente soberano al parlamento catalán, con unos estatutos que vaciaban a la región del estado español, promovidos no por los separatistas sino por el propio PSOE y que serían reclamados, lógicamente, por otras regiones. La carrera de ataques al estado de derecho y a la libertad prosiguió con la ley norcoreana de memoria histórica que, entre otras cosas, demostró la podredumbre de una universidad previamente corrompida; y con las leyes de género, unidas al fomento del aborto, dirigidas a culpabilizar antijurídicamente al varón y a socavar la confianza y atracción natural entre los dos sexos y con ello la familia, creando de paso una confusión generalizada sobre la sexualidad normal. En política exterior, una renovada sumisión a las potencias decisorias de la UE, a Marruecos y a Gibraltar, más una intensificación de la inmigración, en especial musulmana en algunos lugares, con el designio de crear una “multiculturalidad” artificial que socave la identidad cultural española… Y así sucesivamente.

Y, por supuesto, la demagogia antifranquista, elemento clave de todo el proceso, subió a las nubes, utilizada como pretexto para cualquier fechoría. Era realmente una política de venganza por la derrota de separatistas y totalitarios en la guerra civil. De hecho, conformaba un nuevo frente popular de separatistas y un PSOE siempre liberticida, que había sido el principal demoledor de la república. Con la particularidad, de alcance histórico y doblemente funesta, de que a la política de ese nuevo frente popular se adhería un PP cuyo “pasar página” se había convertido en complicidad con todas las aberraciones mencionadas. Cuando el PSOE perdió el poder por la mala suerte de una crisis económica llegada del exterior, el PP, que no había hecho la menor oposición digna de ese nombre, prosiguió todas las políticas del PSOE.

En estas circunstancias llegamos a la situación actual, que exige un análisis particular. Pero conviene examinar los procesos anteriores para entender los presentes. Esto es algo que no hace prácticamente ningún analista ni historiador en España, lo cual revela entre otras cosas a qué grado de miseria ha llegado la universidad, de la que salen todos los fautores del ataque permanente a España y a la democracia, en los partidos y en los medios.

Ni Sánchez con Rivera, ni Rivera con Sánchez. ¡A resistir!
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 5 Mayo 2019

Es natural que, después del batacazo nacional que ha supuesto el triunfo de la Anti-España, de Otegui a Sánchez, de Junqueras a Monedero y de Ferreras a Juliana, los tres partidos nacionales reorienten su estrategia. El peligro es que despisten y desmovilicen a sus votantes, perdiendo la posibilidad de atrincherarse en los grandes ayuntamientos y comunidades autónomas y hacerle la vida imposible al Gobierno más temible de toda la Historia reciente, aunque no necesariamente el más largo. Su duración va a depender de la Oposición, y la fuerza de ésta, del resultado de la nueva cita electoral, especialmente en Madrid, que puede ser Covadonga… u Otumba.

La responsabilidad del votante
El gran debate tras las municipales y autonómicas está, sin embargo, planteado ya: si hay que presionar a Rivera para que se ofrezca a Sánchez para evitar el desastre absoluto que está empeñado en presidir o si hay que dejar que Rivera afronte su destino personal y político haciendo honor a su compromiso con los electores, que es el de no pactar con Sánchez. En Libertad Digital, Cristina Losada y Fernández Barbadillo han publicado sendos artículos, que, en mi opinión, centran perfectamente el asunto: ¿Debe la Derecha o el Centro-Derecha acudir en auxilio de la Izquierda, por el bien de España? ¿O debe esperar que un electorado sectario hasta la náusea e irresponsable hasta el tuétano, como ha demostrado ser el del PSOE, recoja lo sembrado?

La CEOE, que nunca ha hecho nada para limitar la abrumadora mayoría mediática de la Izquierda, o las empresas del IBEX 35, que se han limitado siempre a comprar protección de PRISA y La Sexta para sus intereses particulares, se han lanzado, con un descaro que sorprende incluso en el amoral dinerismo (que no capitalismo) español, a presionar a Rivera para que salve a España de lo que España ha votado. Y algunos medios de comunicación respetables han ido en la misma dirección, con argumentos que estropea la sórdida compañía del dinerismo, pero que hay que analizar.

¡Aquél referéndum de la OTAN!
El primero es el que planteaba Barbadillo: la irresponsabilidad del votante del PSOE, de la que al parecer tendría que rescatarle la Derecha. Él pone como ejemplo algo que hoy parece más claro que ayer: el referéndum de la OTAN, un caso de liderazgo macarra, cercano al proxenetismo, en el que un chulo llamado González hizo cambiar a España de opinión sobre la OTAN, en la que había entrado por mayoría parlamentaria, en vez de decir que la había engañado o se había equivocado, y que se remitía a las urnas.

La derecha sociológica, empresarial y periodistíca se lanzó entonces de cabeza a apoyar la monumental estafa, con el apoyo de algunos que pasaban por grandes defensores de la libertad, como Thatcher. Lo que le interesaba era no debilitar a la OTAN, claro, pero la democracia, para cuya defensa se fundó la OTAN, salía en España prácticamente muerta del timo del referéndum. Su victoria encadenó la segunda mayoría absoluta 'sociata' y en vez de cuatro u ocho años nos tocó padecer al felipismo -y al pujolismo, socio preferente- cuatro legislaturas, que de milagro no fueron cinco o seis.

Yo dimití entonces como Jefe de Opinión de Diario 16 porque no quise hacer los editoriales pidiendo el sí, cuando en mi columna pedía la abstención. Me equivoqué. No en dimitir, que era lo coherente, sino en no pedir el No, y con los mismos argumentos: era una tomadura de pelo a los ciudadanos, incompatible con un mínimo decoro institucional. Pujol fue el más astuto: atizó por lo bajo el No, mientras pedía en público la abstención, pero, tras ganar Felipe, olvidó a Roca y se hizo socio entrañable del PSOE. A la Derecha se le quedó cara de tonta y le costó siete años recomponerse.

Desde entonces tengo aversión al voto útil. ¿Para quién fue útil aquel 'Sí a la Alianza Atlántica, pero no a la "estructura militar" de la OTAN', como decían los sinvergüenzas del PSOE? Para los sinvergüenzas, que se lanzaron a instalar en España un régimen sin alternativa de Gobierno, al modo del PRI mexicano, nombrando a Fraga "Jefe de la Leal Oposición". Y eso se le pide a Rivera: que sea leal al desleal Sánchez, y que subordine la oposición parlamentaria al despotismo del Gobierno social-comunista, para que en él no manden los separatistas y limitar patrióticamente su estrago.

En el fondo, se trata de condonar, de nuevo, la deuda que el votante del PSOE tiene con la responsabilidad y sacarle las castañas del fuego que ha disfrutado encendiendo. ¿Se apaga con eso el fuego? No. ¿Se acaba la irresponsabilidad de la Izquierda? No. ¿Mandarán menos los separatistas? Pero ¿qué sería del separatismo sin el apoyo del PSOE, de Podemos y los medios de izquierda, siervos del nacionalismo? No se plantearía el dilema que la derecha de los intereses y del miedo se afana inútilmente en resolver. Los señoritos progres, sectarios satisfechos, deben pechar con lo votado. Han hecho como si Otegui y Junqueras no fueran socios de Sánchez. Lo son. Y deben escarmentar de una vez. No estarán solos, por desgracia, pero tampoco a salvo de su responsabilidad de derrochadores por cuenta ajena. La democracia es un ejercicio de responsabilidad. A ver si nos lo creemos.

¿Quién dice que Sánchez quiere a Rivera?
Por otra parte, ¿alguien de la CEOE o del IBEX 35 tiene algún dato que le permita asegurar o suponer que el propósito de Sánchez es formar Gobierno con Ciudadanos y alejarse de todo lo que ha hecho hasta ahora? Evidentemente, no. Toda la trayectoria del siniestro presidente socialista -que, aunque ganara mil elecciones, seguiría siendo un bochorno para la ciudadanía, un matón de garrafón y un estafador de títulos universitarios-, va en la misma dirección: un proyecto de poder personal, aunque para ello deba hundir las instituciones básicas del Estado, para lo cual se ha aliado con todas, pero todas, las fuerzas antiespañolas y antidemocráticas.

Se dirá que, en una primera ocasión, se alió con Ciudadanos para formar Gobierno tras la doble negativa de Rajoy -por cierto, también con un proyecto personal de Poder que le permitió disfrutar de la Moncloa un par de años, para entregarnos luego cobardemente en manos de Sánchez-. Nunca sabremos qué habría pasado en aquel intento de civilizar al PSOE, que el PSOE de Javier Fernández no consiguió. Pero sabemos lo que pasó después: su alianza con comunistas y separatistas, incluidos los golpistas catalanes, con los que quiere seguir mandando, aunque sea al precio de liquidar el régimen constitucional. En realidad, ese precio ya lo ha pagado en estos nueve meses de Gobierno ectópico, fuera de los límites de la Ley y el decoro. Y no hay síntomas de que, tras alcanzar el triunfo siendo malo, piense volverse bueno para compartirlo con quien no le dejaría disfrutarlo.

La clave, siempre, es el PSC
Aunque uno ya no se asombra de casi nada, me ha sorprendido que Sociedad Civil Catalana, no sé si madrina o sobrina de Valls, haya unido su menguada voz a la CEOE y al IBEX 35 pidiendo a Rivera que se ofrezca a Sánchez para formar un Gobierno estable, no nacionalista, etcétera. Y aún me sorprendió más ayer Carrizosa, excelente representante de Ciudadanos en el parlamento catalán, pidiendo el pacto con Iceta, precisamente el gran obstáculo para que el PSOE abandone su alianza tradicional con los nacionalistas -recuérdense los tripartitos- y se pase al bando constitucional. Cualquier alianza en el Ayuntamiento barcelonés con el PSC es mejor que la demagogia separatista y antisistema de Ada Colau, pero, ¿por qué creen que el PSC prefiere a Valls antes que a Colau? ¿Qué quieren poner en un compromiso al PSC? ¡Bastante le importan los compromisos a 'Indultos Iceta'! Y flaco favor le hacen a Rivera abonando la rendición patriótica ante Sánchez. Cataluña es un caso desesperado, pero, ¿qué es el jaque mate al régimen constitucional sino ampliar a España ese estado de desesperación?

En realidad, lo peor de la presión a Rivera, al que veo en disposición psicológica y con fuerza política para resistirla, es que el próximo en ser presionado será el Pablo Casado, más débil y a quien, a cambio de que no entren comunistas y golpistas en el Gobierno, se le pedirá desde todos esos estamentos empresariales y financieros heroicos, y desde el PP de centro y marcha atrás, que se abstenga patrióticamente en la investidura de Sánchez. ¿A cambio de qué? De nada, por eso es un gesto patriótico. ¿Y tiene alguna garantía la Patria de que al día o al mes siguiente de ser investido, Sánchez no se lanzará a liquidar la Constitución? Absolutamente ninguna. ¿De que no subirá los impuestos? Tampoco. ¿De que respetará a la sociedad civil? Nunca lo ha hecho la Izquierda, mucho menos con la Derecha atada a la pata del canapé del consenso patriótico. Entonces, ¿investidura y manos libres a cambio de qué? A cambio de que, a lo mejor, se ha vuelto educado, bueno, amable, respetuoso, cariñoso y sin afán de poder. O sea, un angelito.

Hay que votar contra Sánchez
La democracia tiene una grandeza, que, como en el Ejército del libro clásico francés, es también su servidumbre: respetar los plazos y aceptar las consecuencias de la decisión de la mayoría. Es lo que nos toca. Y la única forma de defendernos del desastre del domingo pasado es no desmovilizar a los votantes del PP, de Ciudadanos ni de Vox. Y jugar a salvar al desertor Sánchez es la mejor forma de desmovilizarlos. Es lo que hay que evitar a toda costa. En las municipales y autonómicas no funciona la Ley D´Hondt como en el Congreso y el Senado y en las grandes ciudades, como mucho, se pierde un concejal o un diputado autonómico. Puede decirse que, en Madrid, todos los votos son útiles. Lo inútil, lo trágico, sería no ir a votar. Contra Sánchez, naturalmente. Y luego, a resistir. Estamos acostumbrados.

Volver a las andadas
FERNANDO SÁNCHEZ El Mundo 5 Mayo 2019

Casado debería haber dimitido. Hasta el martes por la mañana tenía muy buena opinión del presidente del PP

Escribo esta columna en Estambul. Es miércoles. Aparecerá dentro de cuatro días. Corro el riesgo de que prescriba. La jornada de autos fue de parto y de funeral. Nació, a efectos parlamentarios, un partido -Vox- y falleció otro -l PP- no de iure, pero sí de facto. Su presidente debería haber dimitido esa misma noche y mejor frente a las cámaras que a espaldas de ellas. Tal es lo que exigía la ética de la política. También su praxis.

Lamento formular tan lapidario dictamen, pues hasta el martes por la mañana tenía muy buena opinión de Pablo Casado por más que en la noche del domingo, tras el naufragio de su proyecto, hubiese dejado de ver en él a un político preñado de futuro. Ya no la tengo. Muy pocas horas después de la debacle desmintió el flamante y, hasta ese momento, flamígero líder cuanto había dicho a lo largo de la campaña, pegó un volantazo de vértigo hacia ese limbo que es el centro, por todos sus rivales (menos uno) codiciado, y se echó otra vez sobre los hombros el lastre de la herencia de Rajoy, del rajoyismo y de los rajoyistas.

Pasará mucho tiempo antes de que las personas saqueadas por Montoro perdonen al responsable de que éste tuviera patente de pirata para sembrar el pánico fiscal y de que su sucesor en el cargo pasase del desierto de los tártaros a la Moncloa. Pero no es eso lo peor. Más grave aún es el oportunismo que se pone de sonoro manifiesto en el golpe de timón impreso a la ruta de su tropa por el gran perdedor de las elecciones. Requiescat in pace el Partido Popular. Su andadura será parecida a la de la extinción de UCD. Vuelven los maricomplejines. Vuelve la derechita cobarde.

La vieja guardia del partido esperará hasta el 26 de mayo y al día siguiente, envalentonada por el nuevo fracaso de su efímero gondolero, se tirará a su yugular. Vox, en cambio, recién nacido, empuñará el sonajero, pegará un estirón, ocupará el hueco que le brindan y se convertirá en el partido hegemónico de la derecha. Su sprint acaba de empezar. Tiene motivos de sobra para sentirse satisfecho. Ciudadanos se encargará de apuntillar al PP desde el otro flanco y mordisqueará poco a poco las canillas del PSOE, que a su vez trabará las de Podemos y recuperará por la izquierda (es un decir) todo lo que pierda por la derecha. A eso vamos. ¿Volveré a equivocarme como lo hice en los vaticinios del resultado de Vox? Quizá, pero igual sigo entonces cultivando mi huerto en Estambul.

La derecha inútil
Álvaro Nieto vozpopuli.es 5 Mayo 2019

Pablo Casado es un hombre de certezas, o al menos no da la impresión de dudar mucho. Desde que se presentó para liderar el Partido Popular tras la renuncia de Mariano Rajoy tuvo claro lo que había que hacer para recuperar el Gobierno y ahora, tan sólo diez meses después, apenas ha necesitado 24 horas de reflexión para virar el rumbo tras la debacle en las elecciones del 28 de abril. ¿Acierta Casado al corregir tan rápido? Puede que sí, pero alguien en el PP debería hacer un análisis más sosegado sobre las causas de lo ocurrido y no conformarse con apelar al "centro" como si por sí sola esa palabra garantizase el éxito.

Lo primero que tendrían que estudiar con detalle en la sede de la calle Génova es por qué no ha sido posible formar un Gobierno de coalición junto a Ciudadanos con el apoyo externo de Vox, como sí se logró en Andalucía tras las elecciones de diciembre. En aquella ocasión, los tres partidos se presentaron por separado a las elecciones y su competencia no impidió que pudieran sumar los diputados necesarios para obtener una mayoría absoluta en el Parlamento regional. ¿Por qué? Porque una parte del electorado de izquierda no compareció ante las urnas debido a su malestar con la gestión del Partido Socialista.

El 28-A, por el contrario, se produjo la mayor participación de los últimos 15 años: votaron 26 millones de españoles, frente a los 24 de 2016. Es decir, hubo dos millones de personas que normalmente no suelen votar y que esta vez decidieron acudir a las urnas con la nariz tapada porque temían que se pudiera repetir la fórmula andaluza. Esos dos millones de españoles son los mismos que echaron a Felipe González por la corrupción en 1996 y los que salieron a votar en 2004 para sacar al PP del Gobierno tras su nefasta gestión de los atentados del 11-M.

¿Y quién tiene la culpa de que se despertase a esa bestia dormida? Indudablemente PP y Ciudadanos, que desde el principio dieron por hecho ese trifachito del que les acusaba el PSOE. Primero pactaron en Andalucía, luego se hicieron la foto de Colón y, durante la campaña, tanto Casado como Albert Rivera cerraron el paso a cualquier otra posibilidad de Gobierno que no fuera la de "las tres derechas", comprando de nuevo el discurso de la izquierda.

El más torpe fue Rivera. Su veto temprano al PSOE dejó huérfanos a sus potenciales electores de centro-izquierda disgustados con las políticas de Pedro Sánchez y redujo a sólo dos las opciones encima de la mesa de los votantes: o Vox o Sánchez. Es verdad que Ciudadanos ha sido el partido que más ha crecido en estas elecciones, pero sus dirigentes deberían hacerse mirar por qué no ha obtenido un mejor resultado cuando hace apenas un año lideraba todas las encuestas.

Casado también hizo méritos. Desde el principio trató a Vox como un igual y llegó hasta el extremo de admitir, 48 horas antes de que comenzara la votación, que pudiera haber ministros de esa formación en su futuro Gobierno. Los dos millones de votantes tradicionalmente silentes no necesitaron mucho más incentivo para ir esta vez a las urnas: había que movilizarse para evitar que España cayese en manos de la ultraderecha.

Es decir, si una parte del electorado no hubiera percibido una amenaza real para el futuro de España y si no se hubiera dado por hecho la repetición de un pacto a la andaluza, probablemente la bestia no se hubiera despertado y quizás hoy estaríamos hablando de un resultado más parecido al que obtuvo Juanma Moreno en Andalucía, donde el PP se pegó una costalada histórica en las urnas, pero que no le impidió conseguir por primera vez gobernar en esa comunidad.

Los electores se van
Dicho lo cual, los populares también deberían hacer un análisis de por qué en 2016 les votaron 8 millones de españoles y, tres años después, esa cifra se ha reducido a la mitad. Por no hablar de los casi 11 millones que les votaron en 2011. Obviamente, ello tiene mucho que ver con la aparición de dos nuevos partidos que han crecido a su costa: Vox, que ha obtenido 2,5 millones, y Ciudadanos, que ha mejorado un millón en tres años y que ya suma algo más de 4.

¿Por qué los votantes han abandonado al PP? Las respuestas pueden ser variadas, pero casi todas tienen que ver con que una gran parte del electorado de centro-derecha ya no ve al PP como un partido útil para transformar España. El partido de Casado ha quedado desdibujado y sin perfil propio en medio del sándwich entre Ciudadanos y Vox. Los votantes que quieren reformas económicas y regeneración democrática prefieren el partido de Rivera y, por el contrario, aquellos que ponen más el acento en la defensa de las tradiciones y de la unidad de España optan por la formación de Santiago Abascal.

¿Qué tenía que haber hecho el PP para no quedar emparedado entre unos y otros? Quizás hubiera bastado con que sus dirigentes recordasen cómo su partido consiguió gobernar España. Casado es muy joven y puede que no lo recuerde, pero el propio José María Aznar le debería haber explicado que el PP alcanzó La Moncloa tras un largo y hábil "viaje al centro" que colocó al partido heredado de Manuel Fraga justo donde se encontraban la mayoría de votantes españoles y los engatusó con un discurso basado en las reformas estructurales y en la lucha contra la corrupción, apartando de entre sus prioridades temas controvertidos desde el punto de vista moral como el aborto.

Aznar entendió que había que apelar a una mayoría social, no a la minoría que podían representar los militantes y dirigentes del partido. Y sólo perdió el Gobierno cuando se alejó de esa centralidad, se echó en manos de los halcones de Washington en la defensa de la guerra de Irak y se puso a organizar bodas en El Escorial.

No consta que Aznar tenga alzheimer pero, paradójicamente, le ha recomendado a su pupilo Casado justo lo contrario de lo que hizo él. El nuevo presidente del PP ha hecho campaña pensando, erróneamente, que la inmensa mayoría de los españoles son xenófobos, fanáticos de la tauromaquia y defensores del "una, grande y libre". Ha apelado a los bajos instintos y, ante la amenaza de Vox, ha tratado de imitar su discurso y su programa, sin darse cuenta de que esos postulados, por mucho que estén de moda en las redes sociales o entre ciertos sectores, hace años que dejaron de ser mayoritarios en la sociedad española.

Hubiera sido más efectivo que Casado se centrase desde el primer minuto en desenmascarar a Vox, intentando convencer a sus votantes de que esa no es la mejor opción para España. Y hubiera bastado con denunciar el antieuropeísmo de la formación de Abascal y su deseo de aniquilar el Estado autonómico. Son dos cuestiones con las que no comulgan la mayoría de los españoles y, precisamente, las principales diferencias entre el programa de Vox y el del PP.

Y, en vez de subrayar esas diferencias tan importantes, que supondrían la salida de nuestro país de la Unión Europea y el fin de la España de las autonomías surgida de la Constitución de 1978, Casado se afanó en poner en valor las similitudes con Vox, un partido apadrinado por los trumpistas más radicales, que tienen un plan para debilitar la UE, y por todos los grupúsculos populistas europeos cuyo único propósito es acabar con el sistema construido tras la Segunda Guerra Mundial y que le ha dado al Viejo Continente los mejores 60 años de su historia.
La parálisis no es de centro

¿Por qué cometió Casado un error tan evidente? Probablemente porque antes cayó en uno todavía mayor: identificar a Rajoy con el centro. Como Casado vio que la gente estaba harta y desencantada con Rajoy, decidió virar hacia la derecha pensando equivocadamente que lo que vimos entre 2011 y 2018 en España fueron políticas de centro. No, Pablo, no. El centro no es no hacer nada. La desidia de Rajoy para afrontar los problemas de España no puede ser considerada un ejemplo de centrismo. Gobernar desde el centro es transformar la sociedad con enfoques transversales y evitando los sectarismos. Pero fumarse un puro en La Moncloa esperando que los problemas se solucionen solos no es de centro, es de inútiles.

Por tanto, es verdad que el legado de Rajoy ha perjudicado a Casado, pero éste no ha sabido identificar las verdaderas causas de la decepción del electorado del PP. El cabreo con Rajoy no es porque fuera poco de derechas, sino porque no tuvo las agallas de encarar las reformas pendientes ni los desafíos planteados por el independentismo catalán y la corrupción, y eso que dispuso de una amplia mayoría parlamentaria durante sus primeros cuatro años.

Pero, por muy grandes que fueran los errores de Rajoy, no todo el descalabro del PP se puede imputar a la herencia recibida. Movilizar al electorado de izquierda en tu contra, como hemos visto más arriba, fue un error de bulto, como también lo fueron algunos de los candidatos estrambóticos que Casado se sacó de la manga, un programa electoral muy poco atractivo o su mal papel en los debates televisivos.

Casado dice que ha "captado el mensaje" y parece que ha emprendido su particular giro al centro. Ahora ya califica a Vox de "ultraderecha" y ataca sus postulados radicales en cuestiones básicas como la UE. Ese cambio sería una buena noticia si fuera por convicción, pero tal y como lo ha hecho, en apenas 24 horas, parece más bien una pose estratégica para salvar su pellejo y evitar el desastre en las europeas, autonómicas y municipales del próximo 26 de mayo. Veremos.

Derecha inútil, PP inútil,  ¿España inútil ?, no, aquí está Vox
Nota del Editor 5 Mayo 2019

El estado autonómico o tinglado autonosuyo, es el sistema más macabro para despojar a los españoles de sus derechos y economías y poner España de rodillas ante sus enemigos y destructores. La unión Europea, es en algunos aspectos cualquier cosa menos un ente democrático: los comisarios, no elegidos por los ciudadanos son los que cortan y pegan a su antojo. La UE debería haber reaccionado ante el brexit demostrando que es una institución que aprende de los errores y sabe mejorar, sin despilfarrar miles de millones en traducciones y evitando la masiva salida de normas que los países incumplen. Y nos insultan diciendo que hay que buscar enfoques transversales con el independentismo, evitando el sectarismo, a ver que quieren decir con eso.

El PP, ¿centrado en el futuro o rodeado en el presente?
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli  5 Mayo 2019

El desastre electoral que ha dejado exánime y desorientado al Partido Popular es el final de un proceso que se ha venido gestando desde hace mucho tiempo y atribuirle a Pablo Casado la culpa sería manifiestamente injusto. Al actual presidente del PP le ha correspondido el ingrato papel de albacea de una herencia envenenada. Como suele suceder en los partidos políticos, sus rivales internos han aprovechado la ocasión para debilitarle y obligarle a cambiar de estrategia y de mensajes. La sustitución de Javier Maroto como director de campaña de cara al 26 de Mayo ha sido el sacrificio humano exigido para calmar a los iracundos barones, aunque en honor a la verdad lo sorprendente es que le nombrase para esta difícil misión, porque ni reúne las cualidades necesarias ni se ha distinguido nunca como entusiasta de la línea de firmeza ideológica que Casado emprendió tras el Congreso Extraordinario que le elevó a la jefatura.

En principio, el planteamiento de la nueva etapa surgida de la derrota de SSS en el cónclave del 20 de Julio del año pasado resultaba de todo punto lógico y acertado. Dado que la multiplicación de casos de corrupción, el lamentable desperdicio de la mayoría absoluta de 2011, la pasividad pusilánime frente al separatismo y el vaciamiento conceptual que había caracterizado la era Rajoy habían llevado al PP a la postración y a la pérdida del Gobierno a manos de un salteador de caminos, lo indicado era obviamente recuperar la solidez de convicciones, la oferta programática y el discurso contundente propio de un partido liberal-conservador digno de tal nombre que reemplazara la indolencia sosa y tecnocrática del período anterior. A ello se lanzó con loable denuedo el joven y flamante líder apoyado por un equipo variopinto en el que destacados críticos del rajoyismo se mezclaban con activos colaboradores del hoy registrador de la propiedad en activo. La recuperación de Aznar como figura de referencia de un pasado glorioso y sus manifestaciones de cálido respaldo a su pupilo elevado a la presidencia fueron un elemento destacado de este regreso a las esencias que se suponía iba a movilizar a las bases electorales tentadas por Ciudadanos y Vox para que regresasen a la casa madre o permaneciesen en ella. Hasta aquí, pues, nada que objetar.

¿Dónde ha estado el fallo? ¿Por qué no ha funcionado este cambio de rumbo rectificador? Las principales razones son dos y poderosas. La primera radica en la gravedad del deterioro tras catorce años de soñolienta placidez marianista mientras la sociedad española experimentaba fuertes convulsiones en un mundo en acelerada evolución tecnológica y cultural. La abundancia en los medios de caricaturas de Rajoy entregado a una relajante siesta describen perfectamente cuál ha sido el problema del PP desde 2004 en adelante. Como la naturaleza tiene horror al vacío, surgieron dos competidores electorales, uno liberal, europeísta, cosmopolita y laico, y otro nacionalista español, moralmente conservador y euroescéptico. El amplísimo abanico de votantes del PP de Aznar, que abarcaba desde el yuppie nativo digital al general retirado de misa de doce, se fragmentó y cada mochuelo buscó el olivo que Rajoy había dejado secar. Si en una displicente intervención el cabeza de filas de una formación liberal-conservadora invita a los liberales y a los conservadores a marcharse no es extraño que lo hagan y que haya quien ofrezca los productos que esta demanda huérfana requiere.

La segunda es que las cosas realizadas a medias no dan resultados satisfactorios. En vez de una Convención descafeinada seguida de grandes elogios al presidente saliente, lo adecuado hubiese sido un Congreso con todas las de la ley, una cúpula completamente renovada, un ideario redefinido sin complejos y una apuesta sin remilgos por un programa de reformas institucionales y económicas muy ambicioso que incluyera la justicia, la fiscalidad, la estructura territorial, el mercado laboral, las pensiones, la educación y la Administración para transformar el Estado ineficiente, carísimo y disfuncional que padecemos y que Sánchez tras su victoria se dispone a engordar aún más, en una máquina de generar riqueza, empleo y conocimiento para articular un país de éxito que pueda responder a los grandes desafíos del siglo XXI. En cuanto a los desplantes de un tronante Aznar surgido de las catacumbas tampoco parece que hayan sido favorablemente acogidos por el electorado, porque al fin y al cabo el declive comenzó en el cuaderno azul y su dedazo. No hay que olvidar, por otra parte, que los que ahora pueblan las cárceles campaban a sus anchas por Génova 13 en los días felices de los dos triunfos sucesivos de 1996 y 2000.

Dentro de tres semanas sabremos si los votantes que tiemblan ante la inminencia de un Ejecutivo formado o facilitado por una combinación letal de narcisismo sin escrúpulos, chavismo liberticida y separatismo rampante, y que acaban de repartirse entre tres opciones electorales entronizando así cuatro años de sanchismo desaprensivo y ruinoso, concentrarán sus sufragios arrepentidos en su matriz original o, con idéntica motivación, reaccionarán confiando en masa en sus dos competidores. Los dos caminos están abiertos y el tiempo hasta el desenlace es muy corto. El bandazo de última hora saltando de una posición a la contraria no va a contribuir precisamente a dar credibilidad al gran perdedor.

Por tanto, más que centrado en el futuro, el PP se encuentra rodeado en el presente. Si será capaz de romper el cerco que le atenaza o perecerá encerrado en su asfixiante perímetro no tardaremos en contemplarlo.

El factor mangancia
Muchos votos del PP se fugaron por Bárcenas, Granados, González, Rato...
Luis Ventoso ABC 5 Mayo 2019

De chaval, gracias al esfuerzo de mis padres, tuve la chiripa de vivir unos meses en Toronto. El plan era que iba a aprender inglés, aunque me dispersé en, digamos, menesteres lúdicos. Cuando llegué a Canadá, lo primero que me llamó la atención es que en las calles había dispensarios de periódicos totalmente abiertos, con una pequeña hucha para depositar el importe. De inmediato pensé: «Si pones algo así en España, te guindan toda la prensa a la hora del desayuno y no ves un patacón». La diferencia entre los anglosajones y los latinos es que ellos se portan mejor que nosotros cuando nadie los ve. En España nos va la pillería. A veces incluso la admiramos. Eso explica las irreales cifras de paro (existe una endémica y enorme economía en B). Y tal vez por eso somos el único país que ha dedicado todo un género literario a los tramposos: la novela picaresca. Con semejante percal es de ilusos fabular con unos partidos inmaculados. Al tocar poder siempre acaba surgiendo algún golfo. El problema, claro, comienza cuando los golfos se convierten en tropel, que es lo que les ha pasado a PSOE y PP, al ser los partidos que más han gobernado.

Cuando el PSOE se pone fino y comienza a impartir lecciones morales cuesta no sonreír. Es el partido de Filesa y el del mayor saqueo a las arcas públicas que conocemos (los ERE). Tiene problemas con su financiación en Valencia, tiene el caso Aquamed, tiene a dos de sus exlíderes en Galicia en tribunales, mantiene a una ministra de Justicia que siendo fiscal se tronchaba en alegre francachela cuando un policía corrupto le explicaba su red mafiosa... Su ventaja es que sus vergüenzas se airean menos que las de la derecha. En Andalucía, hoy sabemos que directivos afines al PSOE lo daban todo en casas de lenocinio con el dinero de una fundación pública. Si un desmán así lo hubiesen perpetrado ejecutivos peperos, la televisión al rojo vivo no daría tregua denunciando el robo, el abuso machista... Al protagonizarlo socialistas pasa de puntillas.

Pero no siendo el PSOE ejemplo de nada, es cierto que el último lustro del PP ha sido un constante chapotear en el lodo. Su tesorero ocultaba una fortuna en Suiza. Rato, el cerebro económico del aznarismo, el hombre que pudo reinar, está en la cárcel, como el ministro Matas. En el PP valenciano se acaba antes diciendo quién no resultó imputado. En el Madrid de Aguirre operaban Rinconete y Cortadillo (Granados y González). La red de Correa, Fabra...

Sorprende lo poco que se habla de la influencia de la corrupción en el descalabro del PP, cuando lo cierto es que muchos votantes del partido -especialmente los jóvenes- se han pasado a Ciudadanos asqueados por el carrusel de escándalos. La mayoría de los casos se fraguaron en la etapa de Aznar, que falló clamorosamente en su deber de vigilancia y no ha tenido el detalle elemental de pedir disculpas ni una vez. Por eso Casado no acertó al iniciar su liderazgo bajo su advocación. Solo volando solo, «sin tutelas ni tu tías», que diría el viejo Fraga, tendrá un futuro político. Aznar y Rajoy tienen su lugar, sí: los libros de historia.

El proyecto de Europa corre peligro
 larazon 5 Mayo 2019

No parece, a tenor del bajo perfil que los partidos políticos españoles vienen adoptando ante las elecciones al Parlamento Europeo, que los ciudadanos sean conscientes de lo mucho que se juegan en unos comicios, desde luego, ni tan lejanos ni tan ajenos. De hecho, buena parte de la legislación que organiza la vida social de los países de Europa, –medidas medioambientales, tributación fiscal o exenciones al mercado interior– , cada vez viene más condicionada por las directivas europeas, que, en un futuro nada remoto, acabarán por sustituir a los corpus legales nacionales.

Pero el Parlamento Europeo no sólo ejerce competencias legislativas junto a la Comisión Europea, sino que es el supervisor de todas las instituciones de la UE y responsable de la elaboración de los Presupuestos plurianuales. Es decir, marca las líneas inversoras que condicionaran el desarrollo económico continental. Finalmente, la Cámara comunitaria debate la política monetaria con el Banco Central Europeo, de cuya influencia en el devenir de cada elector hemos tenido suficiente muestra a lo largo de estos años de severa crisis financiera internacional.

Y, sin embargo, como señalábamos al principio, los ciudadanos no acaban de percibir el creciente papel que la Eurocámara va ejerciendo en su día a día, tal vez, porque Europa se ha ido construyendo sobre bases eminentemente economicistas, de apertura de los mercados, que han sido percibidas como excluyentes por amplios sectores de la población, cuando no como directamente dañinas para unos modos de vida tradicionales. Decisiones, muchas de ellas, tomadas fuera de los cauces estrictamente democráticos que, por fuerza, han devaluado el papel de la Eurocámara a los ojos del ciudadano de a pie y que, en consecuencia, favorece a quienes, desde posiciones nacionalistas, pretenden revertir el proceso de integración.

Hoy, es preciso reconocerlo, y si no hay está el Brexit, crece el número de los euroescépticos que, bajo la pretensión de recuperar perdidas soberanías, solo buscan la laxitud de las nuevas reglas del juego para poder aplicar las antiguas, aquellas que favorecían los pequeños intereses locales, aunque a costa de la distorsión de los mercados, de la libre circulación de personas y mercancías, y de la igualdad de derechos ciudadanos. Esta situación ha desdibujado la clásica división ideológica entre la izquierda y la derecha, para abrir un nuevo eje de confrontación entre quienes pretenden mantener el proceso de integración hasta su culmen y quienes opinan que se ha ido demasiado lejos y piden un repliegue nacional.

De ahí la importancia de esta cita electoral para quienes creemos que el proyecto de la unificación europea, un sueño que parecía condenado por la historia, es el modelo al que se debe aspirar. En España, importa que las formaciones europeístas, como el Partido Popular y el PSOE, obtengan buenos resultados que ayuden a reforzar a sus grupos de la Eurocámara frente al ascenso de los euroescépticos que pronostican los sondeos. Porque la prevista caída en votos de los partidos de la extrema izquierda, como Podemos o Syriza, puede no ser suficiente para compensar el resurgimiento de los populistas en Italia, Francia, Holanda y Alemania, y la creciente reacción nacionalista de gobiernos como los de Hungría, Polonia o Austria. Por lo tanto, y aunque comprendemos que el desafío de las elecciones autonómicas y municipales tiende a devaluar la apuesta comunitaria, los líderes políticos españoles deberían otorgar a los comicios europeos la atención que se merecen. El peso de España no es pequeño y sus eurodiputados pueden ser fundamentales en la conformación de una coalición europeísta lo más amplia posible.

El PSOE europeísta y yo torero.
Nota del Editor  5 Mayo 2019

Pues eso, soy torero y el PSOE europeista. Pues claro, en vez de viajar en  tren a Paris, fleta el Falcon y como resulta un avioncete un poco fuera de sintonía, se va a cambiar a un Bombardier, como D Amancio Ortega. Por eso, el Partido Sánchez, como viaja por Europa rápidamente, es europeísta. Otros son europeístas porque viajaron por Europa en tren con una maleta de madera, pero estos son honrados, leales y buenos españoles y nunca consiguieron un doctorado, a lo máximo que los tratase un Dr. debido a haber trabajado y sudado todos los días del año. Pero los españoles ahora tenemos la suerte de que todos podemos ser Doctores Cum Fraude si presentamos el carnet del PS, o sea el Partido Sánchez.

Los desertores del centro
J. M. RUIZ SOROA. El Correo.  5 Mayo 2019

El sistema político español tradicional en democracia ha sido bipartidista, sí, pero poco polarizado y acusadamente centrípeto en los términos caracterizadores ya clásicos de Sartori. En efecto, el espacio izquierda/derecha era bastante estrecho desde el momento en que no existían importantes diferencias programáticas entre ambas tendencias –los partidos incluso tenían a veces que exagerarlas grotescamente para distinguirse– y la competencia electoral se dirigía por ello a la captura del votante moderado que fluctuaba coyunturalmente en sus preferencias. Las elecciones se decidían en el centro. Hoy se tiende a menospreciar tal sistema, que coadyuvó grandemente a la estabilidad al otorgar una prima tanto a la moderación como a la mayor inclusión del oponente.

El sistema empezó a cambiar con el ingreso de un nuevo partido que competía con el socialdemócrata clásico por su izquierda como consecuencia de la ola de indignados por la crisis económica. Y se ha polarizado plenamente al surgir otra propuesta organizada por la derecha de los conservadores como fruto de la ola de indignados por la crisis nacional. En poco tiempo hemos llegado a un sistema pluripartidista, que podía en teoría haber aportado una mayor riqueza en las opciones ideológicas, pero que ha cuajado en realidad en dos bloques internamente divididos y muy polarizados. Precisamente porque la disputa por la primacía dentro de cada uno ha llevado a los antes moderados a radicalizarse como medio para mantenerse vivos en el mercado político.

En este sencillo análisis se ha omitido deliberadamente mencionar la aparición de Ciudadanos. Una formación que se presentó en el ruedo nacional –después de su inicio en Cataluña con matices muy locales– como un partido de centro, bisagra. Un partido que hacía gala de no aceptar como significativa la divisoria política izquierda/derecha y, por ello, dispuesto a pactar con cualquiera de ambas siempre que ello conviniera a los intereses del conjunto vistos en términos más reflexivos y abiertos que ideológicos. Además, y ello era un elemento importante en su propuesta, Ciudadanos se ofrecía como medio seguro (precisamente por su capacidad multidireccional de pacto) para superar lo que en ocasiones se había percibido como un excesivo poder de arbitraje de los nacionalistas, una situación que era ciertamente indeseable para la ordenada gestión de la política territorial a largo plazo.

A mi modo de ver, lo más llamativo del pasado proceso electoral y de la situación política resultante es que, a la primera de cambio, el partido recién llegado como centrista ha desertado de su propia propuesta política y se ha incorporado de hoz y coz al bloque de la derecha para pelear por la primacía dentro de él. Habrá quienes piensen que el centrismo de Albert Rivera era sólo un derechismo disfrazado –o «fachismo» como rizan algunos– y que no ha hecho sino manifestarse al fin como lo que era desde el principio. Una explicación simple, muy ideológica y probablemente equivocada.

Como decía Duverger hace ya tiempo, el centro político no existe como espacio o doctrina particular, sino que es sólo «el lugar geométrico donde se reúnen los moderados de tendencias opuestas». De manera que los partidos que se proponen deliberadamente como centristas aspiran a una síntesis siempre inestable de aspiraciones ideológicas contradictorias que sólo tienen en común la moderación de sus portadores. Por eso, un partido de centro es siempre un partido subordinado a los otros más grandes que expresan tajantemente su opción izquierda/derecha. Vive en cierto sentido de los extremos desengañados y relativistas de éstos (de sus ‘sobras’) y por ello es por naturaleza un partido pequeño y condenado a no crecer nunca más allá de unos límites reducidos. Un partido de centro nunca podrá ser mayoritario ni dominante, siempre será subsidiario de los grandes si la competición se hace sólo en el eje socioeconómico (la cosa cambia si incorporamos otro eje como es el caso del PNV en la política vasca). Esto implica someterse a una difícil renuncia a una de las tendencias más fuertes de todo partido: maximizar los votos para maximizar las posiciones de poder a repartir entre sus afiliados. Pero es el peaje inexorable si se quiere ser fiel a la propia doctrina. La alternativa cínica: ¿se piden los votos para cumplir con un programa o se hacen los programas para obtener más votos? Todo parece indicar que Rivera decidió tras la moción de censura que la opción a seguir era la de maximizar los votos y el poder partidista, y que el caladero más importante de ellos estaba por la derecha. Y definió sus propuestas para ese fin, aunque fueran radicalmente incompatibles con su centrismo.

Mil veces proclamó que no pactaría nunca jamás con el PSOE, lo que era radicalmente incongruente con una opción de centro que siempre debe estar abierta al pacto con las ‘mainstreams’ políticas por definición. Su aceptación vergonzante del apoyo de Vox en Andalucía hería en lo más sensible su liberalismo doctrinal. Por otro lado, su negativa a apoyar en cualquier cosa a Sánchez hacía a éste fácil rehén de los nacionalistas, la situación que Ciudadanos decía que pretendía superar. Y así podríamos seguir desgranando ejemplos de cómo ha llevado a cabo desde hace un año una política exactamente contraria a todo lo que le definía como partido de centro liberal. Hasta ha llegado a concurrir conjuntamente con los foralistas navarros.

No se trata aquí de enjuiciar o criticar a Ciudadanos, que es muy libre de practicar el travestismo político tan acostumbrado en estos lares, sino de levantar acta de que al ceder a la opción por maximizar votos y poder antes que cumplir su programa, como ha hecho, ha reforzado la polarización del sistema en bloques excluyente. Y ha añadido una cucharada más para las políticas de exclusión. Las que siempre han resultado negativas para este país.

Sánchez exigirá que los profesores aprendan y enseñen en los colegios su versión de la Guerra Civil
Carlos Cuesta okdiario 5 Mayo 2019

Los libros de texto tendrán que plasmar la versión oficial sobre la Guerra Civil, la que impulsa y exigen el PSOE y sus socios

Nuevo mandato socialista, y nueva vuelta de tuerca a la Ley de Memoria Histórica. Pedro Sánchez no sólo pretende lanzar un plan de exhumación masivo en todas las comunidades autónomas en esta legislatura. Además, quiere incluir en el sistema educativo español el conocimiento obligatorio de “la historia democrática española”, como lo denominan ya los socialistas.

Sánchez lo quiere en dos direcciones: en el alumnado y en el profesorado. Porque pretende exigir el aprendizaje de su versión de la Guerra Civil y de la República a los niños y a los profesores que lo enseñen. De modo que los docentes tendrán que avalar su conocimiento de la versión oficial de la Guerra Civil.

La propuesta aún se encuentra en fase de concreción. Pero resulta difícil pensar que los profesores puedan dar clase de esta asignatura sin haber pasado algún tipo de control, exactamente igual que ocurre con el resto de materias. Y, desde luego, lo que está claro es que los libros de texto tendrán que plasmar la versión oficial, la que impulsa y exigen el PSOE y sus socios.

De este modo, el profesor que quiera enseñar otra versión tendrá que optar por callarse, o no ser profesor de “la historia democrática española”. Y los niños tendrán que optar igualmente por otras dos posibilidades: o contestar como quieren los defensores de la memoria histórica, o suspender la asignatura.

No se trata del primer planteamiento de los socialistas para invadir las aulas con sus verdades históricas oficiales y únicas. Asturias, de hecho, ya tiene su propia ley para imponer una “verdad histórica incontrovertible” sobre la guerra civil y el franquismo. Se aprobó con los votos del PSOE, Podemos, IU y Ciudadanos. Y la normativa impondrá a los alumnos de la ESO y Bachillerato una nueva asignatura cuyo contenido será previamente destilado por un autodenominado ‘Consejo de la Memoria Democrática’ en el que no participarán historiadores.

A imagen y semejanza de otras leyes de memoria histórica impulsadas por la izquierda política en España, la norma asturiana crea una ‘comisión de la verdad’ (denominada en este caso Consejo de la Memoria Democrática) que está integrada por partidos, políticos, las denominadas ‘entidades memorialistas’, pero en el que no figurarán, curiosamente, historiadores.
Por encima del Consejo se encuentra el ‘Instituto de la Memoria Democrática’, que “desarrollará las funciones establecidas en la ley” y dependerá jerárquicamente de la Consejería del gobierno regional que se ocupe de la materia.

De tal forma que el contenido de lo que la ley denomina como “memoria democrática” estará en manos de políticos y la asignatura, además, estará incluida en el currículo de la Educación Secundaria Obligatoria y en el Bachillerato.

La Junta de Extremadura que preside el socialista Guillermo Fernández Vara también ha dado otro paso en esta misma dirección y ha aprobado los trámites necesarios para formar a profesores en “la Verdad histórica” del franquismo. Según el PSOE de Vara, para superar el “pacto de silencio” que supuso la ley de amnistía sobre la que se fraguó el consenso constitucional del 78.

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La tarea del centro-derecha
Editorial ABC 5 Mayo 2019

La desaparición del Partido Popular en el reparto de escaños en el País Vasco es una noticia pésima, agravada por el progreso de los proetarras

Uno de los resultados más lesivos del PP en las elecciones del 28-A es el obtenido en el País Vasco, donde no alcanzó uno solo de los dieciocho escaños en liza. En los comicios de 2016 logró dos actas, pero esta vez tanto la división del voto constitucionalista de centro y derecha, como la movilización del electorado nacionalista -cercano al 48 por ciento que suman PNV y Bildu- han dejado a cero el casillero de los populares. En conjunto, PP, Cs y Vox sumaron el 28-A menos votos que en 2016, y sólo el partido de Abascal mejoró sus resultados, con beneficio cero para sí y para los principios que decía representar, compartidos con PP y Cs en lo básico, es decir, la unidad nacional y la vigencia de la Constitución. Las razones de este resultado desastroso del PP no pueden hallarse en el supuesto giro a la derecha de su actual dirección, porque en tal caso habría beneficiado a Cs, lo que no ha sucedido, y no a Vox. Además, no ha sido un resultado súbito, sino la aceleración de una tendencia anterior. Las causas de estos resultados radicarán, como es obvio, en fallos de estrategia y de comunicación, de candidatos y de mensajes, pero no son suficientes para explicar por qué no recibe el reconocimiento de los vascos el partido más abatido en la lucha contra ETA y bajo cuyos gobiernos de 1996 a 2004 quedó la banda herida de muerte.

Gran parte de la sociedad vasca quiere seguir mirando a otra parte cuando se habla de ETA y del pasado terrorista. Incluso el votante de izquierda no nacionalista, también azotado brutalmente por el terror, se siente molesto cuando oye que está pendiente la derrota social e histórica de ETA, porque esa izquierda también quiere pasar página, aunque sea a costa de que la escriban los propios etarras. Este fue el significado de los abrazos del socialismo vasco a Otegui. La «normalización» consiste en silenciar las voces molestas, que son las que recuerdan que homenajear a terroristas es una infamia que recae sobre la sociedad vasca en su conjunto, porque lo consiente y no se rebela. La «normalización» en el País Vasco es hablar mucho de abusos policiales, incluso con esa ley apoyada por los socialistas, porque así ETA irá ganando enteros como bando de una guerra y los perderá como el hatajo de criminales que realmente fue.

Todas están razones no obstan para que el PP haya cometido errores de estrategia evidentes y de bulto, el primero no aprovechar su estancia en el Gobierno para reforzar la presencia del Estado en el País Vasco. Aunque la marcha atrás de tanto terreno sea difícil, sigue siendo esencial recuperar parte del mucho apoyo perdido, no solo en esa comunidad autónoma, sino en toda España. Ayer, tanto Casado como Núñez Feijóo apelaron al espíritu de la remontada, a recuperar unidad, esencias y mensajes eficaces tras el enorme chasco del 28-A. Es urgente que así sea.

La tarea de los españoles
Nota del Editor 5 Mayo 2019

La tarea de los españoles consiste en quitarse de encima a los partidos que nos han empujado al disparate. Que nos vengan ahora con el Núñez Feijóo como resurrector del PP indica el despiste de quienes lo proponen: solo tienen que darse una vuelta por cualquier colegio o instituto en Galicia, a ver si encuentran algo es español, alguna buena idea por España. Así que querido lector, no olvide votar a Vox en las próximas elecciones, salvo si quiere que los del PP sigan riéndose a carcajadas de su .....

Votar con el corazón era votar Sánchez
EDUARDO INDA okdiario 5 Mayo 2019

Comienzo esta columna como inicié la anterior: hablando del vicesecretario de Organización del PP. No digan que no les avisé del tiro que el constitucionalismo se iba a pegar, y se pegó, en sus partes pudendas por Javier Maroto interpuesto. Los 5.587 votos a Vox en Álava y los 7.039 que obtuvo Ciudadanos fueron directamente a la basura porque no lograron representación parlamentaria. Y al partido que preside Pablo Casado le faltaron 384 papeletas para mantener su diputado en la Carrera de San Jerónimo. Las mismas menos una que bastaron a los bilduetarras, los repugnantes coleguitas de los asesinos de 857 españoles, para arrebatar a nuestro protagonista el acta de la que disfrutaba desde 2016.

El episodio de la provincia foral es tan inmejorable como triste compendio de lo que ocurrió hace seis días y seis noches que se nos han hecho eternos en unas elecciones que nos llevan directitos al abismo económico, legal y territorial cuando no a un salto al vacío que terminará como el rosario de la aurora. Pedro Sánchez le hizo a Pablo Casado un Soraya. Que no es otra cosa que alzaprimar artificialmente al pequeño del bloque ideológico de enfrente para que, por obra y gracia de la Ley D’Hondt, pierda tantos escaños que le sea física y metafísicamente imposible formar gobierno solo o en compañía de otros.

El PP retuvo Moncloa en 2015 y en 2016 alimentando en medios públicos y privados una formación de extrema izquierda comunista constituida un año antes gracias a la cobertura de dos asesinos: Hugo Chávez y ese Nicolás Maduro de tan macabra actualidad. Una banda de piojosos que no eran nada ni nadie hasta que Pablo Iglesias empezó a aparecer mañana, tarde y noche hasta en radio taxi. Los morados le quitaron votos a mansalva al PSOE. Consecuencia: Rajoy pudo continuar en Palacio tres años más. La pinza Aznar-Anguita en versión moderna.

Nada nuevo bajo el sol. Está todo inventado. Ésta es la maquiavélica táctica que implementó François Mitterrand en la Francia de los 80 para impedir que el entonces alcalde de París, Jacques Chirac, le merendase la tostada. Logró frenar el avance de la derecha gaullista inflando en los medios públicos al Frente Nacional de un sujeto pirado antiguo miembro del OAS de la Guerra de Argelia: Jean-Marie Le Pen. Momentáneamente, porque años después Chirac acabó siendo el mandamás de la República. El problema para el primer presidente socialista de la historia de las Galias es que fue pan para hoy y hambre para mañana: la formación lepenista, hoy día rebautizada como Reagrupamiento Nacional, fagocitó al Partido Comunista Francés de George Marchais, que era el compañero natural de cama de los socialistas. Buena parte de la clase trabajadora pasó de extremo a extremo: del PCF al FN. Y si hoy los Le Pen son lo que son es en buena medida gracias a un socialista.

Vox es un partido de aluvión, un sentimiento, al que hay que reconocerle varias cosas. Para empezar, haber asesinado la corrección política, que no deja de ser una imbecilidad como otra cualquiera. En segundo lugar, combatir a cara de perro ese pensamiento único que es el principio de todos los males en la democracia española, en definitiva, el responsable de la hegemonía política y moral de la izquierda. El culpable de que nos miren siempre por encima del hombro a los que no pensamos como ellos. Tampoco es moco de pavo ese resurgimiento del orgullo nacional que han alentado echando mano de una bandera que ha estado considerada durante años poco menos que síntoma inequívoco de facherío (cosas veredes, amigo Sancho). Esto último no es baladí: certifica el proverbial masoquismo patrio que contrasta con esos países del Tercer Mundo, sin historia ni cultura, en los que se honra la enseña y el himno como si no hubiera un mañana.

Dicho todo lo cual, lo que no son cuentas, son cuentos. Y las cuentas demuestran más allá de toda duda razonable que los 2,6 millones de votos y 24 asientos parlamentarios de Vox restaron alrededor de 50 escaños a un PP que, a pesar del “hostión” que diría Rita Barberá, fue el más respaldado de la derecha. Sensu contrario: esos 2,6 millones de papeletas en solitario proporcionaron a los de Abascal menos de la mitad de los escaños que arañaron a su antigua casa. En resumidas cuentas, que hicieron un pan con unas tortas. Y Pedro Sánchez partiéndose la caja en Ferraz mientras contemplaba cómo sus rivales se desangraban por culpa de esa desunión sinónimo seguro de debilidad. Porque lo suyo con el enemigo no fue un Soraya, que consistía en dividir en dos al bloque rival, sino un Sorayazo, que te parte en tres con entre cero y ninguna posibilidades de conquistar Moncloa.

La misma conclusión cabe extraer de Ciudadanos, que fue el que mejor campaña llevó a cabo de los tres y desde luego el que mejor resolvió los dos debates en la persona de un Albert Rivera que se salió en el primero y dio el golpe de efecto que tocaba en el segundo: “Señor Sánchez, le voy a regalar un libro que no se ha leído, su tesis”. Absolutamente genial. Sus 57 escaños serían muchos más si hubieran concurrido de la mano de un PP que es primo hermano y que le prestó la mayor parte de los votantes que hoy día atesora. Españoles, entre los cuales probablemente esté usted, querido lector, que huyeron espantados por los trinques gurtelianos, los sobresueldos, Montoro y ese Bolinaga al que Satanás tenga en su gloria.

Si la derecha se hubiera ucedizado (en la UCD había socialdemócratas, democristianos, liberales y conservadores) presentando una candidatura única, no estaríamos a estas alturas de la película lamentándonos por lo que pudo haber sido y no fue. Habría mayoría absoluta y se estaría constituyendo un Gobierno más potente que ninguno, con mejores ideas que nadie, y con la garantía del mantenimiento de un crecimiento económico más en almoneda que nunca de la mano de Sánchez y sus socios comunistas, golpistas y proetarras. Que se miren en el espejo de Navarra, donde la concurrencia conjunta de PP-UPN-Cs sirvió para mantener los dos asientos logrados en 2016.

Los que saben de la cosa cifran el resultado de esa unión que invariablemente es sinónimo de fuerza en entre 174 y 180 escaños. Vamos, mayoría absoluta en cualquiera de los casos porque siempre tienes la posibilidad de seducir vía presupuestaria a la Coalición Canaria de turno. Conviene no olvidar que la suma de PP, Ciudadanos, Vox y UPN se metió en el bolsillo 11.276.000 papeletas frente a las 11.212.000 que en números redondos dio su apoyo a PSOE, Podemos y su marca indepe En Comú Podem-Guanyem. Si quitamos del silogismo a estos últimos la diferencia sería de 700.000 sufragios. Ni más ni menos, ni menos ni más.

Éramos pocos y parió Pablo Casado el martes por la mañana en Génova 13. Muchos hijos pródigos que habían metido la papeleta de Vox el día anterior tirando mucho de corazón y poco o nada de cabeza, estaban pensando el lunes volver a lo que en su día fue la casa común de la derecha. Una determinación que pudo haberse ido al carajo 24 horas más tarde cuando el presidente del Partido Popular tildó de “ultraderecha” a un grupo político que, nos guste o no, representa a 2,6 millones de españoles. ¿Son estos 2,6 millones de almas “ultraderechistas”? Obvio, no. Un huevo de gente que puede volver a decir “Diego” donde el lunes habían pronunciado un cabreado “digo”.

Malos tiempos para la España liberal, para esa Tercera España que con tanto guerracivilismo vuelve a poner tierra de por medio y para nuestro cada vez más maltrecho bolsillo con esos 26.000 millones de subidón fiscal, incluido ese dieselazo que nos afectará a los 13 millones de ricos que vivimos en España. Peores tiempos aún para el pensamiento libre. Nos vamos a enterar de lo que vale un peine por culpa de ese corazón que es el enemigo proverbial de esa razón que nunca falla cuando de elegir a nuestros próceres se trata. Ya saben: el domingo 26 dejen las vísceras en casa y llévense la sesera al colegio electoral. De lo contrario, se repetirá la historia. Demasié en menos de un mes.

Votar al PP era votar a Sánchez
Nota del Editor 5 Mayo 2019

Votar al PP era votar a Sánchez, puesto que el PP siempre ha sido una parte importante del problema. El PP no tiene solución, tiene que desaparecer, ha sido incapaz de tomar medida alguna por España y los españoles. Y encima  insultan a quienes defendemos España, no en contra de Europa, sino en contra de quienes quieren destruirla. Por eso hay que votar Vox.

Bienvenidos a tiempos interesantes
FRANCISCO ROSELL El Mundo 5 Mayo 2019

En la fértil hagiografía de Mao Zedong, figura la audiencia a unos jóvenes comunistas latinoamericanos. Impresionados por lo visto, habiendo llegado la víspera, el Gran Timonel quiso averiguar cuántas jornadas más se quedarían. Respondiéndoles que al día siguiente se marchaban, éste se lamentó: "¿Tan pronto? A eso lo llamamos mirar las flores al galope. Espero que vuelvan y puedan contemplarlas apeados del caballo. Les aseguro que existe una gran diferencia". Ese sentido de la mirada del pueblo chino se corresponde con su particular medición del tiempo. Ello explica igualmente que su ministro de Exteriores, Zhouen-Lai, al ser interpelado por el presidente Giscard d'Estaing sobre la Revolución Francesa, arguyera: "Es pronto. Falta perspectiva".

Aunque hay versiones que aseveran que, en realidad, se trató de un malentendido y que el canciller chino interpretó que lo que su interlocutor quería saber era su opinión sobre la revuelta estudiantil de Mayo de 1968, la salida de Zhouen-Lai ilustra el modo tardo de escrutar el devenir histórico por parte de una milenaria civilización. Sin llegar a esa extremada premiosidad, no cabe duda de que hay que ser prudentes y rehuir tesis categóricas a la hora de justipreciar el desenlace y las secuelas del seísmo electoral del último domingo de abril.

Siendo indubitado el triunfo personal y político de Pedro Sánchez, al que todo le ha salido a pedir de boca, no despeja muchas de las incertidumbres albergadas la víspera de la apertura de las urnas. Es cierto que, después de un embarazo electoral de nueve meses bajo los cuidados del Presupuesto y en el que el PSOE ha sido capaz de elaborar un relato de alto provecho, Sánchez ha logrado desprenderse de su condición de "presidente de circunstancias" tras su moción de censura Frankenstein de junio de 2018 contra Rajoy, al igual que Zapatero en 2008 se arrancó la mácula de "presidente por accidente" de su elección a raíz de la masacre islamista de marzo de 2004 que birló a Rajoy un triunfo cantado. Pero, cuando despierte de estos días de vino y rosas, el dinosaurio todavía estará allí más engrandecido.

Su sustancial acierto estratégico ha sido darle la vuelta a una votación que se preveía marcada por la cuestión nacional tras el intento de golpe de Estado del 1-O de 2017 en Cataluña y de sus cesiones al independentismo plasmadas en el documento de claudicación que el presidente del Gobierno suscribió a pachas con Torra, "el Le Pen catalán" (Sánchez dixit), en Pedralbes, y derivarlas al terreno clásico de la confrontación entre izquierda y derecha. Campo de batalla este en el que los socialistas se mueven como pez en el agua. Agitó para ello el voto del miedo -un clásico del PSOE desde el dóberman de González contra Aznar- con el espantajo esta vez de "¡que viene la ultraderecha!". Explotando la irrupción de Vox en las elecciones andaluzas de tres meses antes al calor de la rebelión secesionista, Sánchez se ha valido de la muleta de la derecha airada para tapar a sus socios independentistas y estoquear el centroderecha descabellando al PP.

A resultas de todo ello, aquello que parecía que iba a enterrar el proceso catalán ha salido indemne. Si la caída del Muro de Berlín y el desplome soviético reintegraron al comunismo una condición primitiva de utopía que, sepultados sus crímenes y miserias bajo los cascajos, le valió salir bien parado de sí mismo y alumbrar grupos fingidamente virginales como Podemos, este 28-A ha obrado con los grupos independentistas como el derrumbe del Campanile de Venecia en 1902. Cuando aterrizó con sus 96 metros a las puertas de San Marcos y, en medio de los cascotes, asomó intacta la Marangona, la campana que avisó durante siglos de sus deberes a la ciudad de los canales. Según la leyenda, lo hizo junto con seis camisas en perfecto estado que la mujer del conservador planchó el día antes, las cuales vestirían otros tantos invitados a festejar en 1912 su restauración "cómo era y dónde estaba".

Llevando el agua a su molino con su poderosa maquinaria mediática, cuasi monopolística en el ámbito televisivo, los estrategas de Sánchez sortearon el momento crítico de la concentración de febrero de la madrileña Plaza de Colón que, en primera instancia, obligó a suspender sus tratos con el Gobierno catalán por medio de un relator, como dos Estados en conflicto. Pero su traslación al corazón de Madrid del pacto a la andaluza (cogobierno PP-Cs, con asistencia parlamentaria de Vox), que había facultado unas semanas antes un cambio de régimen tras cuarenta años de hegemonía socialista, no superó el mal de altura y acabó como el rosario de la autora al no saber enfrentar la contraofensiva de una izquierda temerosa de perder lo ganado.

Estando contra las cuerdas, Sánchez logró zafarse de las ataduras y poner a la defensiva a sus rivales retratados sin orden ni concierto en Colón. A diferencia del personaje de Botibol, el protagonista del relato de Roald Dahl que se arrojó al mar para forzar que el barco parara máquinas y el tiempo de demora por las labores de salvamento le permitiera ganar su arriesgada apuesta de jugarse todos sus ahorros de dos años, sin que la anciana a la que puso por testigo avisara al capitán del crucero, el presidente reelecto ha sido rescatado y se ha encaramado a los 123 escaños. No obstante, son 14 menos que Rajoy en 2016, cuando este exhaló el canto del cisne con un PP roto y bien diferente del que le legó Aznar, paredaño con el PSOE a su izquierda y sin matojos a su derecha, tras refundarse en 1999 "Centrados en la libertad".

Esa partición del centroderecha era ya tangible por la inoperancia de Rajoy con las dos consultas ilegales del separatismo, su negligente aplicación del artículo 155 y su espantá de la moción de censura. Aquel bolso de su vicepresidenta haciendo bulto en el primer escaño del banco azul, cuando su dimisión hubiera frenado que se pudiera asaltar La Moncloa con solo 84 escaños propios le perseguirá como una pesadilla.

Por mor de todo ello, el gran perdedor del 28-A ha sido un PP que vuelve a los niveles antediluvianos de Fraga. Un seguro de eternización de González en La Moncloa, lo que le premió con honores de jefe de la oposición. Tras enfrentarse a una situación límite, Pablo Casado ha pagado el pato en diferido. Con sólo nueve meses al frente, ha actuado con la premura infatigable del conejo con chaleco de Las aventuras de Alicia en el País de las maravillas: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!». Ha carecido del sosiego que le hubiera evitado un traspiés tras otro. Pero, cuando no hay harina, todo es mohína.

Para afrontar su travesía en aguas revueltas, Casado optó por reclutar amigos, fichar candidatos que en algún caso rayaba lo estrambótico, sin fuste ni sapiencia marinera, y no supo tampoco atarse firme al palo mayor para no claudicar a los cantos de sirena de Vox. Todo ello agravado con su gesto de impotencia del viernes previo a las urnas de integrarlos en su Gobierno, tras proclamar que asumía su programa.

Para colmo, tratando de congeniarse con los barones que le hicieron la autocrítica apremiándole a que tome los derroteros del centro, el martes de resaca, en vez de enderezar el rumbo con templanza, daba otro volantazo. Tachó de "ultraderecha" a la formación cuyos votantes necesita que vuelvan a su redil y con la que está obligado a pactar tras los comicios administrativos. Al tiempo, desestabilizaba a Juanma Moreno que no vive en sí al mando de una Andalucía que necesita preservar como oro en paño tras el milagro navideño. Mejor habría hecho en insistir a los votantes de Vox en cómo han reforzado la victoria de Sánchez por los efectos de la ley D'Hondt.

En ese cruce de caminos, Ciudadanos intenta apoderarse de ese espacio pugnando por resucitar la UCD con un pequeño residuo a su derecha como lo fue la AP de Fraga que llenaba mítines, pero no urnas. Tratando de evitar la hemorragia hacia Vox, el PP ha perdido la centralidad y ese deslizamiento lo usufructúa un Cs que, paradójicamente, salió de una costilla del PSC a raíz de matrimoniarse el socialismo catalán con el nacionalismo que trocó en independentista.

En medio de este paisaje después de la batalla, hay que convenir que se despeja el horizonte de Sánchez. Pero ni mucho menos aclara el panorama nebuloso de un país en el que los 53 escaños que precisa deberá recabarlos en un avispero conformado por el bolivarianismo de Podemos -que ha perdido votos y escaños, pero gana influencia-, el soberanismo sedicente del PNV y el abiertamente separatista de ERC y Bildu. Estos pormenores pueden hacer que, con una cuarentena de escaños más, el Gobierno de Sánchez pueda ser no menos complicado y desasosegante que tras el desalojo de Rajoy. Suena a entelequia la pretensión de gobernar en solitario. Además, a diferencia de Zapatero, sus eventuales socios no van a estar por la "geometría variable" como el que juega a la gallina ciega.

Aunque habrá que aguardar al 40 de mayo para que los partidos se quiten el sayo y aclaren sus pactos, no parece factible una entente de PSOE y Cs que es la que, en verdad, garantiza la estabilidad que se reclama. Lo diga Agamenón o su porquero. Por desgracia, España no es Alemania y no domina ese principio de realidad que rige allí desde la II Guerra Mundial. Cristianodemócratas y socialdemócratas se apoyaron en los liberales cuando no alcanzaban mayoría absoluta por su cuenta sin renunciar, por razones de Estado, a la gran coalición. Ello supondría una salida constitucionalista a una encrucijada enormemente complicada para el porvenir de España.

Empero, todo advierte de que, al margen de la química entre Sánchez y Rivera, triunfadores de este 28-A -con la falsa tesis doctoral del presidente electo de por medio-, el PSOE quiere reemprender la marcha con Podemos, como socio parlamentario, y construir la política territorial sobre la doble vía de ERC en Cataluña y de PNV en el País Vasco, más el añadido de Bildu. Ello deja en vía muerta la conexión PSOE-Cs, cuya suma daría una amplía estabilidad al alcanzar sobradamente los 176 de mayoría absoluta y evitaría un mercado persa a cuenta de España.

Además, Podemos, tras superar un momento muy delicado por mor del casoplón del ex vallecano Iglesias, quiere poder. Aunque lo pida de modo más recatado que en enero de 2016, cuando demandó ser vicepresidente, además de las carteras de Economía, Educación, Defensa, Interior, Justicia, el CNI y RTVE, no lo hace con menor intensidad. Es consciente de que Sánchez ha capitalizado muy bien estos nueve meses de parto hasta las generales. De momento, como si fuera la célebre "banda de los cuatro" de tiempos de Mao, encabezados por la primera dama del partido, Jiang Qing, promueve un cuarteto de ministrables para esa coalición, sin renunciar al "entrismo" -vieja añagaza trotskista- de empotrar cargos en los departamentos socialistas.

Si a ello se suma la gestión de la sentencia sobre los golpistas del 1-O, junto al referéndum que reclama ERC y la reforma estatuyente pactada por PNV y Bildu en el Parlamento vasco, estos "tiempos interesantes" no parecen aventurar plácemes que hagan vitorear: "¡Bienvenidos a tiempos interesantes", como en el ensayo del filósofo neocomunista esloveno Slavojiek sobre su experiencia en Bolivia, sino traducir la popular maldición china: "¡Que vivas tiempos interesantes!", redondeada con aquella otra de: "Ojalá se cumplan todos tus deseos". Todo un dilema para Sánchez y una encrucijada para España.
 

Aún sigue con "masacre islamista"
Nota del Editor 5 Mayo 2019

Empeñados en la "masacre islamista" y empeñados en que parezca que algo cambia para seguir igual. Pero, afortunadamente ha salido Vox y ha dado un empujón, a pesar de todas las mentiras, trampas, silencios, insultos, ataques.

Tras las elecciones (I)
Juan José Laborda. vozpopuli  5 Mayo 2019

Analizando las elecciones dentro de nuestro sistema político, y haciéndolo con algo parecido al método que inició Baruch Espinoza, el genio iberoholandés que vio la ética humana como parte de una realidad natural única -y que empleé con éxito al describir a los partidos antes de empezar la campaña electoral-, ahora me propongo decir algo más del escenario partidario, que será un desarrollo de mis tres artículos sobre lo que llamé “en defensa del bipartidismo imperfecto”.

Para empezar, estas elecciones son la confirmación de la fortaleza de nuestro sistema constitucional. La alta participación de votantes, y el hecho de que los resultados hayan sido aceptados por todos los contendientes, demuestran la legitimidad que goza nuestro modelo electoral, elemento básico del orden constitucional de 1978. Aquellas falacias pregonadas por Podemos, descalificando la Constitución como “el régimen del 78”, y jaleadas por periodistas oportunistas, dejaron paso a la aparición espectacular de un Pablo Iglesias recitando los artículos de la Constitución con la unción propia de un orador sacro.

Con la evidencia del respaldo que tiene la Constitución, el europeísmo de la sociedad española se proyecta como uno de los más sólidos de la Unión Europea. Unidas Podemos esconde ahora sus ataques a “Bruselas” de cuando se pronunciaba Podemos en masculino, y en cuanto a Vox, ese nuevo partido, camufla su antieuropeísmo con los eslóganes de sus semejantes en Polonia y en Hungría, basados en un rancio racismo nacionalcatólico, incompatible con los principios liberaldemocráticos de la legislación europea. Steve Bannon, el agitador de Trump contra la UE, ha dado en hueso con España.

Iglesias ya no da el miedo de antaño, cosa que él mismo ha afianzado con los ademanes pastorales de sus últimos debates electorales. Sin embargo, sus peticiones actuales a entrar en el Ejecutivo de Pedro Sánchez no parece que hayan enternecido a quien tendrá que formar gobierno después de las elecciones pendientes, que además son elecciones europeas.

De afirmar que iban a “asaltar el cielo” (una copiada frase brillante), y pedir la luna ministerial, Pablo Iglesias defiende en la presente ocasión tener sólo “áreas ministeriales compartidas” con el PSOE. Pero los socialistas parecen tener claro que gobernar -y más con las enormes tareas pendientes- es cosa muy seria. Y aunque Pablo Iglesias haya cambiado su discurso anterior, y su nueva condición de propietario le haya conferido un halo de prudencia, la cuestión que tendrá presente el próximo gobierno será dar confianza a los españoles, y también a los demás europeos y a sus gobiernos. Así, por ejemplo, su idea de proclamar la república por una parte de la coalición de Unidas Podemos, o la propuesta de abordar el asunto catalán negociando el derecho de autodeterminación con los independentistas de la Generalitat, producen innecesarias perturbaciones, debilitando al próximo Gobierno y de paso al Estado en su tarea de resolver con el diálogo -y con las leyes-, el problema de Cataluña, que deberá hacerse también en clave europea.

La solidez de nuestro europeísmo y de nuestra adhesión a la democracia representativa están en la base de los mediocres resultados de Vox. Vox es como en su día fue Podemos, un artefacto político hinchado por medios de comunicación que vieron con él una oportunidad de aumentar las audiencias. Podemos porque es una criatura de la videopolítica actual; Vox cuando se convirtió en gran noticia precisamente porque vetaba a los medios que más le criticaban.

Pero Vox tendrá pronto una popularidad a la baja, salvo que algún diputado o grupo parlamentario se meta sistemáticamente con él, y lo haga famoso. Las vulgaridades que un orador sin ningún atractivo (necesario atributo de un caudillo que no posea poder militar) como Santiago Abascal, tendrán parecido recorrido que tuvo otro aprendiz de José Antonio, Blas Piñar, el fundador del partido derechista, Fuerza Nueva, y que pasó sin pena ni gloria como diputado en los años ochenta. Vox es un partido reaccionario, y tiene militares como diputados, pero son todos ellos unos venerables jubilados, caballeros de orden, cabreados por el lío de desenterrar a Franco, y por lo que ellos llamar la “dictadura progre”, pero no es en absoluto un partido revolucionario. Aceptan la bandera constitucional, dicen defender el Estado de Derecho, y en gran medida propugnan lo mismo que defendía Alianza Popular antes de 1986. Aparte de su nacionalismo de “reconquista” -retórica kitsch-, Vox puede ser una amenaza por su conexión con movimientos católicos radicales, como “Hazte oír” y “El Yunque”, que preocupan a obispos españoles, porque los consideran sociedades secretas. Para encontrar verdaderos fascistas, con poses revolucionarias, hace falta irse a “ADÑ. Identidad Española”, una coalición formada, entre otros partidos, por Falange Española de las JONS, Democracia Española, etcétera. Ellos piensan que Vox es esa “derechita cobarde” que protesta cuando Pablo Casado dice que son la extrema derecha.

En cuanto a PP, Ciudadanos y PSOE, destinos que tendrán que ponerse de acuerdo necesariamente, lo dejaremos para una próxima ocasión.

La fortaleza de nuestro sistema constitucional
Nota del Editor 5 Mayo 2019

Vaya montón de basura. Parece broma macabra su intento de atacar a Vox, a España y a los españoles.

 


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