AGLI Recortes de Prensa   Martes 23 Julio 2019

Miserables en el Parlamento
La Tribuna del País Vasco 23 Julio 2019

Mirando estos días al Parlamento, resulta tremendo constatar el proceso de aculturización y de degeneración que se vive actualmente en España. Las infinitas barbaridades ideológicas y políticas que han sido validadas (cuando no directamente promovidas) por las instituciones, la semiaceptación general de que la utilización de la violencia (tanto física como verbal) es solamente "otra manera" de decir las cosas y la falta de una postura firme por parte de las autoridades democráticas ante los innumerables desprecios a la dignidad humana, al ordenamiento constitucional y a nuestros fundamentos civilizadores que se producen en nuestro país, son factores que están contribuyendo sobremanera al surgimiento de un territorio moral desértico, volteado, fantasmal y decadente en el que las relaciones entre los ciudadanos, las organizaciones y las administraciones no están marcadas por la cooperación o la búsqueda de acuerdos entre diferentes, sino por la sospecha, la desconfianza, el rápido recurso al insulto y la descalificación, y la amenaza permanente a la utilización de la fuerza.

Miren al Parlamento y entenderán las razones por las que la caída en esta espiral de despropósitos y de licuación ética de la que hablamos resulta fácil de comprender. Si bienes supremos como la libertad individual o la justicia son cómodamente quebrados por criminales de toda índole que posteriormente son premiados y alabados públicamente, si los medios de comununicación del sistema promueven impunemente los señalamientos, los insultos continuos y las falsedades reiteradas, si las escuelas se convierten en plataformas privililegiadas para los adoctrinamientos políticos más rastreros, si las universidades son nidos de miserables, corruptelas y de radicalidad ideológica y si, en general y repetidamente, la estabilidad política y social se ve atacada por especímenes irracionales que en escasísimas ocasiones padecen su sanción, resulta lógico que, a fuerza de insistir en la ignominia, al final se hayan impuesto la vulgaridad más abyecta, la ignorancia más dramática, el desconocimiento más zafio y la intimidación, el chantaje y la corrupción como las opciones más rápidas para conseguir lo que se desea a cualquier precio. Y lo que se desea, siempre, es poder para manejar presupuestos públicos y poder para diseminar caducas ideologías totalitarias de izquierda.

La familia y la escuela son los responsables primeros de que la educación sea realmente un baño de civilización que la mayoría de los individuos adquirimos para evitar los muchos roces, colisiones y conflictos que pueden surgir en sociedades complejas como en las que hoy convivimos los hombres y mujeres occidentales. Pero cuando esta pátina de seguridad se resquebraja tolerando lo inadmisible y justificando lo injustificable se entra en una dramática caída hacia el envilecimiento que luego siempre resulta muy difícil, cuando no imposible, detener. Si nos fijamos bien, en España especialmente, pero también en demasiados lugares de Europa y Estados Unidos, ya hemos traspasado numerosos niveles de seguridad en este camino que nos lleva inevitablemente a las más altas cotas de la estulticia y de la miseria.

Cada vez que un profesor coacciona a un alumno, en cada ocasión en la que un adolescente perfectamente adoctrinado desprecia a sus mayores insultándoles en la calle, en el momento en el que se atacan iglesias que representan las legítimas creencias de numerosos ciudadanos, cuando se desecha toda la civilidad que guarda un museo, cuando las fiestas populares se convierten en bacanales indecentes o cuando se profanan tumbas, se destrozan servicios públicos o se manipulan libros de texto, se están cometiendo actos delictivos (o casi) que deben ser sancionados penalmente, pero, además, se está inyectando en el cuerpo social un acervo de comportamientos caóticos, desaprensivos e indecentes que, en poco tiempo, siempre acaban por contaminar en mayor o menor medida todas las relaciones que vertebran y definen a una determinada comunidad. Y, por supuesto, emponzoñan, especialmente, las instituciones. Basta con mirar hoy cómo la oclocracia desborda el Parlamento.

El terco chantaje de Pedro Sánchez
Editorial El Mundo 23 Julio 2019

Entristece constatar que Pedro Sánchez es incapaz de aclarar sus intenciones a los españoles ni en su propia sesión de investidura. Incapaz de asumir que tiene 123 escaños y necesita negociar con lealtad. Incapaz de ser sincero con nadie que no sea de su círculo estratégico más íntimo. Incapaz de renunciar a la táctica electoralista de vuelo corto y abrazar de una vez su responsabilidad de Estado. Cuando parecía que el movimiento de Pablo Iglesias, asumiendo el veto personal que le planteó el propio Sánchez, iba a desbloquear la investidura en virtud de un Gobierno de coalición con ministros de Podemos, Sánchez se plantó en el Congreso y leyó un discurso ensimismado y autocomplaciente.

El presidente en funciones desgranó su programa con la pasividad terca de quien cree que debe ser votado por obligación. Ni una propuesta concreta expuso sobre fiscalidad ni sobre Cataluña. Es la actitud propia de alguien que entiende la política como un puro juego de poder, carente de programa y socios coherentes para llevarlo a cabo.

Los líderes de PP, Ciudadanos y Podemos coincidieron en una misma idea: la necesidad de desenmascarar a Sánchez. Significativo propósito que retrata al candidato. Porque más de 80 días después de las elecciones, el político propuesto por el Rey para formar Gobierno -se supone que en virtud de unos apoyos ya negociados y atados- se demoró en vaguedades buenistas que solo persiguen ganar tiempo para seguir negociando la coalición con Podemos o para seguir empujando su deseo de repetición electoral, en la confianza de que las encuestas le sonríen. La irresponsabilidad de semejante plan merecería, sin embargo, un castigo electoral en consonancia. Quizá por miedo a ese escenario, Sánchez se avino al final de la jornada a expresar su voluntad de llegar a un acuerdo con Iglesias, con quien mantuvo un agrio enfrentamiento después de que este le advirtiera de que no serán un "mero decorado" del PSOE ni entienden, como socios preferentes, el afán de Sánchez de buscar la colaboración de PP y Cs. No lo entiende nadie. Si hubiera apostado por una opción netamente constitucionalista, no habría esperado al día de la investidura para reclamar su exploración. Y sobre todo no la habría dinamitado pactando con nacionalistas y populistas en Navarra, Valencia, Baleares o Barcelona.

La dureza frontal de Albert Rivera o el tono más institucional de Pablo Casado vinieron a confluir en lo evidente: Sánchez no puede aspirar a carecer de oposición democrática. Y sus hechos han demostrado que no es un político de fiar. Sánchez busca evadir sus responsabilidades, apela indistintamente a izquierda y derecha para ser investido sin ofrecer nada a cambio y espera que la geometría variable le permita luego ir capeando la legislatura. Pero eso no es un proyecto ni una investidura. Eso es un trágala con amenaza electoral. Y eso no es aceptable en buena lógica democrática.

Harto del ninguneo, Iglesias estalló en una intervención briosa y coherente en demanda de aquello que Sánchez nos regatea a todos: claridad. No se puede engañar a todos todo el tiempo. Quizá hoy Sánchez se avergüence de sus socios de censura, pero ese remordimiento llega ya tarde: debió haberlo pensado cuando solo ansiaba llegar a La Moncloa a cualquier precio. Ahora debe asumir las consecuencias de la deriva radical que impuso al PSOE y de la que ya no puede retractarse sin quedar como un trilero ante todos los españoles, empezando por los de izquierdas. España no se merece el chantaje de Sánchez.

España no necesita a Sánchez
Editorial ABC 23 Julio 2019

Pedro Sánchez no presentó ayer el programa de gobierno que España necesita para los próximos cuatro años. Ni siquiera puso sobre la tribuna un proyecto, y convirtió la primera sesión de su investidura en una nadería política, y en un ejercicio retórico para cumplir con un trámite institucional mientras negocia en secreto con Unidas Podemos. Su discurso fue artificial y repleto de intenciones utópicas desde un giro radical a la izquierda en busca de su único objetivo, que es gobernar a toda costa con los votos del populismo de extrema izquierda. No hubo ni una alusión a la nueva fiscalidad que castigará a la clase media con una subida masiva de impuestos si pretende poner en práctica su programa. Tampoco hubo menciones al conflicto de Cataluña, o a cuál quiere que sea su relación con los partidos golpistas, cuyos votos necesitará para gobernar, ni a qué proyecto político pondrá en marcha en defensa de la unidad de España y la protección de la soberanía nacional.

Hace muy pocos días, Sánchez dudó de Podemos. Dudó como socio leal en materia territorial y recordó que es un partido defensor del referéndum de autodeterminación, capaz de sostener que en nuestra democracia existen «presos políticos». Nada de esto fue siquiera insinuado ayer por el aspirante a presidir el Gobierno, cuyo viraje vuelve a estar cargado de oportunismo y nula credibilidad. Cada vez que habla, Sánchez demuestra que su palabra no es fiable porque es capaz de decir una cosa y su contraria. Se limitó a dibujar un paraíso de tópicos propios de un «progresismo» ficticio, con alusiones vacuas a la sostenibilidad, la digitalización, la justicia social, el feminismo como patrimonio exclusivo de la izquierda, la memoria histórica sectaria y a una España que si existe como democracia desarrollada es gracias a la gestión de su año al frente del Gobierno.

Su discurso de dos horas de sobreactuación dialéctica fue irrelevante. Se trata de la primera investidura de nuestra democracia que empieza a celebrarse con un resultado incierto por el secretismo con el que el PSOE está negociando cesiones a Podemos. No obstante, la escenificación de ese aparente pacto fue tan bronca que volvió a albergar la teoría de que no pactarán. Sánchez ha pasado de defender un Gobierno que solo podía ser «monocolor» a uno de «cooperación» y, a su vez, un Ejecutivo de «coalición» con una vicepresidencia aparentemente comprometida para Podemos.

Fue un programa de Gobierno sin indicios de su diálogo con Pablo Iglesias, y sin concretar cómo afrontará los nuevos desafíos separatistas si, como reiteran Torra, Puigdemont, Rufián y demás portavoces del independentismo, no van a ceder en sus exigencias de demoler la Constitución. A tenor de las palabras de Sánchez, y de sus reproches al PP respecto a Cataluña y la aplicación del artículo 155, es evidente que Sánchez parece más preocupado de que el nuevo ayuntamiento de la capital no consiga revertir el polémico cierre al tráfico de Madrid Central que de impedir cualquier tentación del separatismo de volver a declarar la «república» de Cataluña. Sánchez creó ayer una cortina de humo exigiendo la abstención del PP mientras Podemos se dedicaba a enfriar la posible coalición, dado el deseo aparente del PSOE de negarle cargos en el Gobierno y ministerios con poder y potencia presupuestaria.

Podemos no quiere ser un jarrón decorativo en la mesa del Consejo de Ministros. Sobre esto Sánchez ofreció pocas pistas de cómo pretende evitarlo. Ese, y no otro, debió ser el fondo de su mensaje, pero los españoles se quedaron con las ganas de saber qué hará el nuevo Gobierno de Sánchez, ahora ferviente defensor de la reforma laboral de Mariano Rajoy, con unos ministros de Podemos que exigen su derogación. O qué hará con el IRPF de todos los españoles, con la ralentización de nuestra economía, con el Pacto de Toledo y el futuro de las pensiones, o cómo acabará en cinco años con el déficit de la Seguridad Social si no es metiendo la mano en nuestros bolsillos. Si Sánchez consigue su objetivo de domesticar a Podemos y aburguesar aún más a su pareja de líderes, lo único que habrá conformado es un Gobierno en minoría y ultradependiente de terceros partidos que ya tumbaron su proyecto de presupuestos a costa de un chantaje. Sánchez debe saber que sus medidas son perniciosas para los españoles, que España no lo necesita como si fuera el líder mesiánico que simula ser, que la gobernabilidad que diseña estará viciada por una extrema debilidad y que gobernar con Podemos, por difícil que pareciera ayer, le abocará al riesgo de una legislatura corta y conflictiva. Al tiempo.

Frente Popular 2.0, año 2019
Sigfrid Soria eltorotv.com 23 Julio 2019

Los resultados de las elecciones generales de febrero del año 1936 fueron manipulados para que el PSOE, junto a fuerzas políticas comunistas y separatistas, gobernara España. Tras esa fraudulenta victoria, quizás tan manipulada por los abducidos por George Soros como la del pasado 28-A, llegó un período de persecución hacia todo el que no estaba alineado con el gobierno del Frente Popular por parte de los alienados que sí lo estaban. Dirigentes del mismísimo PSOE tenían como objetivo explícito derogar la democracia republicana española e implantar una dictadura del proletariado, emulando lo que ya había ocurrido en la URSS y gestionaba despiadadamente Stalin. Y así comenzaron las sacas y las chekas hasta que en julio llegó el asesinato de Calvo Sotelo, líder del partido derechista Renovación Española, lo cual precipitó la intervención militar del General Franco, cuyo objetivo fue parar toda aquella degenerada barbarie de la izquierda. Es preciso recordar que dos años antes, en 1934, el presidente del gobierno republicano Niceto Alcalá Zamora le encargó al propio Franco defender la II República del golpe de Estado que dio el PSOE, y los de siempre, para instaurar su anhelada dictadura marxista leninista, cosa que el General hizo a la perfección; es decir, gracias a Francisco Franco la II República de 1934 continuó su existencia hasta que la situación, a mediados de 1936, se hizo absolutamente insostenible. Por ello, afirmo categóricamente que Franco evitó la inminente, en aquellos momentos de octubre de 1934, sustitución de la República por un sistema dictatorial bolchevique; y volvió a hacerlo el 18 de Julio de 1936. Estos hechos históricos, irrefutables, producen el mismo efecto en la progresía española actual que producía en Regan MacNeil, El Exorcista, la presencia de Damien Karras, con aquellas convulsiones y giros de cabeza de 360º. Qué fuerte eran aquellas imágenes, oye.

Soy de los convencidos de que debemos asomarnos a la Historia, a la objetiva, para intentar no cometer los errores que se cometieron en el pasado, lo cual es tendencia inevitable en el ser humano, me refiero a lo de cometer errores. Y revisando lo que vivieron los españoles hace 83 años, no puedo evitar hacer un claro paralelismo con lo que actualmente vivimos en 2019. Seguramente habrá ignorantes que me califiquen de exagerado, pero hasta ellos saben que eso me es indiferente ya que ejerzo mi libertad de pensamiento y expresión, encontrando en ciertos medios de comunicación el canal para la publicación de lo que escribo. De momento, en España sigue habiendo libertad en ese sentido. Solo de momento.

Cierto es que ideológicamente nada tienen que ver los líderes del PSOE del Frente Popular con el líder de ese mismo partido en 2019. Los primeros lideraban activamente ese bastardo Frente, siendo los comunistas y separatistas meros seguidores, manifestado abierta y vehementemente su objetivo de acabar con la democracia. Por el contrario, el líder actual del PSOE es un ingenuo plagiador sin ideología que solo persigue el postureo mediático, utilizar a menudo aviones y helicópteros pagados por todos los españoles y disfrutar el día a día de las prebendas de su cargo público, a costa de lo que sea. El problema es ese lo que sea, que no es otro que quienes le acompañan en su banal trayectoria, a diferencia como ya he apuntado con lo que ocurrió a mediados de la tercera década del siglo pasado.

En conjunto, los actores que acompañan al PSOE de hoy son los mismos que los que acompañaron al PSOE de aquella triste etapa, esto es comunistas y separatistas catalanes y vascos, con el importantísimo matiz de que la maldita fuerza ideológica la tienen hoy quienes parece que van a investir a El Guapo, según el Financial Times, porque si me preguntan a mí diría que es un pedazo de adefesio, impresión sin duda subjetiva por mi parte. Volviendo al tema de la irrelevancia ideológica del candidato a presidente de Gobierno, reproduzco algunas frases de quien está a punto de permitir que siga en La Moncloa: “El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”. “Hace falta un proceso constituyente para abrir el candado del 78”. “El poder nace de la boca de los fusiles”. “Las manitas en alto están bien, pero a veces lo que funcionan son las barricadas”. “El enemigo solo entiende el lenguaje de la fuerza”. “Vosotros sabréis hacer cócteles molotov, porque ante la crisis del capitalismo, nos tocará coger las armas”. “Ser demócrata es expropiar”. “Me emociona escuchar al comandante, se le echa mucho de menos”. “Podemos no entrará en ningún gobierno presidido por el PSOE”. “El derecho a decidir es crucial en Cataluña, País Vasco y Galicia”. “Política masculina: con cojones”. “Los presos (asesinos de ETA) deberían ir saliendo de las cárceles”.

El social-podemismo encamina la economía española al abismo
OKDIARIO 23 Julio 2019

El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. La sentencia también resulta aplicable al plano de las colectividades. Sólo así se explica el escenario en el que nos encontramos, donde –por sorprendente que resulte tras todo el padecimiento causado por la última crisis económica– parece que en España nos encaminamos a pasos agigantados hacia el año 2008. Con ello nos referimos a la actitud de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias, en este punto absolutamente concordante, de negar la desaceleración económica, de la cual cada vez hay más indicios, al tiempo plantean políticas de gasto público e intervención Estatal que lo único que harán será agravar la situación. Todo, un calco, punto por punto, de lo que hizo José Luis Rodríguez Zapatero en 2008.

En cuanto a los indicios de la desaceleración, éstos, como decimos, comienzan a ser múltiples, concordantes y serios. Según datos oficiales del propio INE, el PIB ha pasado de crecer un 3% en 2017 a hacerlo un 2,6% en 2018. En lo que vamos de 2019 solo lo ha hecho al 2,4%. En este mismo año también han bajado dos indicadores muy significativos: las exportaciones, que han caído un 1%; y el sector del automóvil, que ha bajado un 5,7%. La inercia positiva de las reformas de Rajoy comienza a agotarse.

Y ante semejante escenario, ¿qué ha ofrecido Sánchez en su discurso de investidura? Grosso modo, endurecer las fórmulas de contratación laboral, subir los impuestos a las grandes empresas tecnológicas, reforzar el gasto público como medidas de corte ‘social’ e incluso establecer un nuevo estatuto del becario dentro de las empresas que, en la práctica, tendrá un efecto perfectamente disuasorio a la hora de contratar nuevos becarios. Es decir, las clásicas recetas socialistas cuyos efectos –está más que demostrado– no tienen nada de social.

Resulta increíble. Mientras que hasta Grecia gira hacia posiciones liberal-conservadoras, aquí, en España, la actual clase gobernante no sólo está empeñada en reeditar las recetas socialdemócratas que 00hace una década nos condujeron al colapso, sino que ahora, encima, quieren implementarlas con el resello del comunismo populista de Podemos. En España, una vez más, lentos, descompasados y reincidentes.

Todo por el poder
José María Rotellar okdiario 23 Julio 2019

Ha arrancado la investidura de Sánchez tal y como marcaba el orden del día. El candidato a la presidencia del Gobierno ha subido a la tribuna del Congreso a las doce del mediodía para desgranar lo que debería ser su programa de Gobierno.

Poca cosa nueva, la verdad, nada más que la ratificación de que su único programa es él mismo y su ambición por mantenerse en el poder. Probablemente, ningún otro líder político de los dos grandes partidos que han gobernado en España desde 1977 -entendiendo a la UCD como parte del actual PP, al haber acabado en el partido de Génova la inmensa mayoría de dirigentes y votantes del partido que liderara Adolfo Suárez– se habrían prestado al apaño que hizo posible que prosperase aquella moción de censura hace poco más de un año.

No obstante, esa moción de censura sólo fue el segundo intento de lo que en octubre de 2016 desbarataron los dirigentes territoriales del PSOE, con Susana Díaz a la cabeza, cuando echaron a Sánchez de la secretaría general en el momento en el que pretendía pactar con Podemos e independentistas y que lo refrendase su dirección votando en una urna guardada tras una cortina. Sin embargo, una vez que recuperó el poder, se adelantó a su dirección nacional y registró la moción, sin posibilidad ya de que sus barones pudiesen decir mucho más.

Pues bien, ahora pretende afianzar las costuras de aquella alianza destructiva contra el PP con socios que quieren separarse del conjunto de España, otros que están siempre al mejor postor desde su nacionalismo vasco, y otros más que quieren romper con el régimen de prosperidad nacido de la Ley para la Reforma Política y de la Constitución de 1978. Con esos mimbres, el cesto que puede salir no parece que vaya a ser muy conveniente para España. Pues bien, Sánchez está dispuesto a muchas cosas, incluso, quién sabe, a introducir en su consejo de ministros a miembros designados por Podemos. No estará Iglesias, pero eso no quita para que Iglesias, vía Podemos, se siente en el consejo de manera indirecta.

En los más de cuarenta años de democracia jamás ha habido un ministro que defendiese unas ideas extremistas, ni de derechas ni de izquierdas, y ahora estamos a punto de ver a la extrema izquierda en el banco azul, con todo lo que ello implica. El gasto, los impuestos, el conjunto de las cuentas públicas, el intervencionismo en grandes áreas de las vidas de los ciudadanos, pueden tener lugar con ministros de Podemos. No es que el PSOE no sea intervencionista, pero desde la socialdemocracia siempre tuvo unos límites razonables. Es verdad que Zapatero fue quien sembró todo este despropósito, pero ni el mismo se atrevió a enfrentarse a quienes le pidieron que tomase medidas de ajuste. Ahora, con algunos ministros de extrema izquierda, es probable que no fuese así. Si todo sucede como está previsto, ese pacto será ratificado, adentrándonos en algo desconocido para nosotros, por lo menos desde los nefastos tiempos de la II República. Sánchez resume su programa en una frase: todo por el poder.

José María Rotellar es Profesor de la UFV, del CES Cardenal Cisneros y del Trinity College

Desgraciada España
Carlos Dávila okdiario 23 Julio 2019

En algún lugar, no se si en sus Memorias o quizá en alguna biografía, leí una sentencia de Cambó que viene como de perillas para la brutal situación actual de nuestro país: “España se intenta suicidar al menos una vez por siglo”. Bien, escuchando la larga y estólida perorata en el Congreso del candidato Pedro Sánchez, pensé en cuantísima razón tenía aquel político catalán de los años treinta del Siglo XX que, junto con el castellano Santiago Alba, pudo salvar la Monarquía de Alfonso XIII pero renunciaron a hacerlo.

Nunca, que se recuerde -y ¡mira que hemos asistido a sesiones de investidura!– puede recordarse un discurso tan hueco pero a la vez tan ufano, tan poseído de sí mismo, como el de esta pesadilla nacional que atiende por Pedro Sánchez. Sus rancias -ya lo son- apelaciones al ultrafeminismo como si éste fuera un movimiento político a la altura del marxismo de donde, por cierto, procede Sánchez, sonaban a mitin de facultad antigua, sus exordios apocalípticos sobre el cambio climático resultaban tan falsos como los de aquel tramposo Al Gore que predicaba la abstinencia eléctrica mientras tenía una mansión permanentemente encendida. Todo falso con tal de no ceñirse, de no entrar en las grandes cuestiones que hoy duelen a España y que son fundamentalmente dos: el acoso y derribo que están ensayando las fuerzas independentistas (también el socio del Sánchez, el PNV) y en concordancia con éstos, la acometida d la ultraizquierdista caribeña y soviética con la que Sánchez pretende gobernar en los próximos cuatro años.

Estos tres meses que llevamos sin gobierno formalmente constituido han sido, en sí mismos, una patraña descomunal. Oyendo el penoso programa de Sánchez ¿cómo podría pensarse que partidos serios como el PP o Ciudadanos podrían darle su confianza? Una vez más ayer se demostró que esta calamidad egocéntrica y fatua lo tenía todo decidido desde el minuto siguiente a conocer los resultados electorales del pasado abril. Sus requiebros mimosos y artificiales a Pablo Casado y Rivera ha sido turbias martingalas para que los medios afectos, grandes en cantidad y calidad, pudieran adquirir esta especie envenenada: a saber, que Sánchez quería hacer cuadrilla con el PP y Ciudadanos. Mentira. El discurso citado, que enojó sobremanera a los dos líderes de centro derecha español, fue sencillamente la continuación del gran ardid tejido en la Moncloa por ese Rasputín de regional que se llama Redondo.

Desde el principio todo estaba atado y bien atado, pero Sánchez no contaba con la voracidad a la desesperada de Sánchez y que sus corifeos de la ultraizquierda. Estos, débiles como nunca, se aferran ahora a su presencia nada testimonial en el Gobierno para asegurar que todavía siguen vivos. No se están conformando con los premios de consolación, con ministerios “marías”; no ellos vienen a por todas: a darse una batida por la moqueta, a repartir diezmos y primicias con el Presupuesto Nacional, y a lograr aferrarse a su último salvador político: el poder, el poder en directo y con euros a cargo de todos los españoles.

La España que se ha fotografiado ya sin ambages es una desgraciada sociedad que, como decía Cambó hace tantísimo tiempo, ha decidido suicidarse con la ayuda inestimable de los barreneros que le han prestado la pólvora y los cuchilleros que le han ofrecido sus blancas armas. Salga lo que salga de esta investidura desagraciada, lo que perdurará es el riesgo cierto de que este país se vaya definitivamente al garete gracias a un petulante necio, de unos rebeldes separatista a los que, ya lo verán, se les pondrá en la calle dicte lo que dicte el Tribunal Supremo, y a unos supercomunistas que harían palidecer el rojo intenso de los programas de Lenin y Stalin. Los besos y abrazos que Sánchez ha tendido desde el Parlamento a Podemos y a su tribu desgarrada han sido de una obscenidad política incomensurable.

Han retratado la realidad de una desgraciada España en la que están a punto de hacerse con ella unos auténticos indeseables políticos, gracias también –y esto habrá que insistir mientras vivamos– a la irresponsable actitud del centro y de la derecha española, desunidos como matrimonios en permanente crisis que le ha dejado vía a libre a esta caterva peligrosísima que está muy bien representada por Sánchez y sus aliados de coyuntura.

El doctor sí
Si se aplica la lógica de los hechos, lo de ayer provoca melancolía
Luis Ventoso ABC 23 Julio 2019

Tal vez la cordura sea más frágil de lo que creemos. Ayer, a eso de las seis menos cuarto, me embargó la sensación de haber perdido la chencha. Hablaba Iglesias Turrión en el Congreso, y extrañamente sentí que concordaba con lo que decía: «Lo que usted desea, señor Sánchez, es ser presidente a toda costa, y no le importa si las abstenciones vienen de Unidas Podemos, ERC o de los partidos de la derecha». Mi aprecio político por Iglesias es equiparable al que siento por la música de Locomía. Pero tenía la razón: el principal ideario de Sánchez es la satisfacción de su propio ego, y todos los medios son válidos para tan augusto fin.

Lo que sigue lo he escrito ya tantas veces que me siento un abuelo Cebolleta que habla contra un frontón, a contrapelo de la corriente mayoritaria que ha hecho al sanchismo ganador de las elecciones. Pero si todavía pervive el sentido común, habrá que repetirlo: nunca, ni siquiera con el frívolo Zapatero, habíamos sufrido a un presidente capaz de enarbolar con facundia absoluta la bandera de la incoherencia. El afamado autor de «no sigue siendo no, ¿qué parte del “no” no entiende, señor Rajoy?», el político que bloqueó casi un año la gobernabilidad de España, se metamorfoseó ayer en el Doctor Sí. Sé que mi opinión no es la mayoritaria -Sánchez ganó las elecciones-, pero resultaba un sarcasmo escucharlo demandando el apoyo del PP, al que torpedeó mientras pudo y acabó echando en turbia alianza con separatistas y comunistas: «¿Usted a qué ha venido aquí, señor Casado? ¿A bloquear España?», se preguntaba retóricamente el culpable del más largo bloqueo que hemos sufrido, un exceso que obligó a González y Rubalcaba a sacarlo con fórceps de Ferraz.

Hubo más. Sánchez reiteró la milonga de que echar a Rajoy era un imperativo moral inexcusable «por la sentencia que confirmó la financiación ilegal de su partido». No. Lo que hubo fue una sentencia donde un juez al servicio del «progresismo» añadió con calzador una morcilla para salpicar a Rajoy en los pufos de dos alcaldes.

El PP se embadurnó de cieno, cierto. Pero... ¡el PSOE dando lecciones de moral! Con el caso ERE, el mayor robo de la historia de España; los chanchullos en Aragón, sus dos ex secretarios gallegos imputados, las desaladoras, la financiación del PSOE valenciano...

El problema más severo que sufre España, el separatismo que maquina para destruirla, se lo fumó en un discurso de dos horas. Porque si le viene bien volverá a pachanguear con los golpistas. Porque un día puede adoptar ropajes constitucionalistas y otro encamarse con el lazo amarillo para sostenerse en el poder. Todo da igual. Y lo desolador es que le funciona. Dispone de las televisiones, el CIS y el BOE. La máquina de la propaganda echa humo. ¿Principios? Mínimos, de goma y siempre con los mismos clichés: disparar el gasto -ya dijo Carmen Calvo que el dinero público «no es de nadie»-, subir impuestos y avanzar en la obra de ingeniería social del progresismo obligatorio.

De telón de fondo, la ridícula división en tres del conservadurismo, el sueño del PSOE hecho realidad. Una jornada para la melancolía. Otra.

O Vox o el caos
Nota del Editor 23 Julio 2019

Eso de la ridícula división en tres suena muy bien si fuera verdad, pero hay dos grupos de los que no nos fiamos, la memoria lo demuestra, y Vox que es la esperanza para España

SESIÓN DE INVESTIDURA
Abascal a Sánchez: «Vox será un obstáculo insalvable para su proyecto»
Redacción Gaceta.es 23 Julio 2019

En su primera intervención en el debate de investidura del candidato socialista a la Presidencia del Gobierno, Abascal ha alertado de lo que ha llamdo «conglomerado populista, chavista y comunista» y ha recalcado que Vox será un «obstáculo insalvable» para su proyecto.

«Si sale adelante la investidura, va a causar mucho daño a España y sabemos que no le importa, porque solo anhela el poder», ha señalado.

Según ha dicho Abascal, las clases medias tendrán más difícil llegar a fin de mes, los catalanes estarán desprotegidos, continuará el efecto llamada a la inmigración, habrá salarios de miseria y las mujeres estarán más desamparadas porque «no meterán en la cárcel para siempre a los violadores».

Pero ha recalcado que los españoles resistirán, porque «siempre han estado por encima de sus gobernantes» «Soportaremos la calamidad que nos prepara», ha dicho Abascal, que se ha reafirmado en su no al candidato del PSOE.

Ha subrayado que Vox es el grupo parlamentario más alejado del proyecto de Sánchez para España, que está apoyado, ha apuntado, por «todas las facetas del extremismo político» y que, a su juicio, tiene el doble objetivo de romper la soberanía nacional y promover un cambio de régimen.

Tras recordar que hoy hace dos años que murió su padre, que llegó a ser diputado y estuvo amenazado por ETA, ha reprochado al PSOE que «pretenda blanquear» a los terroristas y ha criticado que Sánchez quiera ser investido presidente con los «amigos del condenado Otegi, los amigos de Junqueras y los amigos de Maduro».

Les ha advertido, sin embargo, de que «nunca lograrán sus objetivos políticos y criminales» y ha asegurado que desterrarán de las instituciones a quienes pretenden «dinamitarlas».

Abascal ha recalcado que su partido ha llegado para denunciar «la ficción política de quienes se arrogan la representación de todos con el dinero de los españoles» y defender a «millones de españoles que están hartos de que les digan lo que tienen que pensar, decir y hacer.

En este sentido, ha cuestionado que cuando una violación es cometida por españoles se conozcan todos los detalles de los violadores, pero cuando la cometen extranjeros se oculta su origen para evitar problemas de xenofobia.

«¿Acaso tiene que tutelar a los españoles como si fueran menores?», ha preguntado Abascal, que se ha quejado de esta «dictadura progre»

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La lógica del proceso
Cayetano González  Libertad Digital 23 Julio 2019

"Todo empezó con Zapatero", me comentaba hace unos días José María Múgica, socialista de corazón, aunque ya no de carnet, porque la foto de la secretaria general del PSE, Idoia Mendía, brindando con Otegi en una cena organizada por El Diario Vasco de San Sebastián en la última Navidad le acabó de expulsar del partido en el que había militado tantos años, siguiendo la estela de su padre, Fernando Múgica Herzog, asesinado por ETA en febrero de 1996.

Y tiene toda la razón José María Múgica. Cuando Zapatero llegó al poder, en marzo de 2004, tras el atentado terrorista de los trenes de Atocha, puso en marcha un proceso de negociación política con ETA letal para el sistema democrático. Pero no fue fruto de un arrebato o de una locura momentánea del entonces líder del PSOE, no; todo obedecía a un plan que tenía varios objetivos, empezando por el de expulsar, aislar a la derecha después de que el PP gobernara España con bastante solvencia desde 1996. En segundo lugar, Zapatero buscaba llevar a cabo una segunda Transición, para lo que era imprescindible normalizar a ETA permitiendo que volviera a las Instituciones –a tal fin, contó con la inestimable ayuda del entonces presidente del Tribunal Constitucional, Pascual Sala– y pactar con Artur Mas un nuevo estatuto de autonomía para Cataluña que desbordaba claramente la Constitución.

En esa tarea, Zapatero fue el instrumento que manejaron personajes socialistas mucho más listos que él, como Felipe González o el difunto Alfredo Pérez Rubalcaba, o poderes fácticos fácilmente reconocibles como el Grupo Prisa, con Juan Luis Cebrián a la cabeza. Con ese proceso, Zapatero hizo un gran daño a España, que su sucesor en la Moncloa, Mariano Rajoy, hizo muy poco, por no decir nada, por reparar.

Y ahora, mejor dicho, desde la moción de censura que sacó adelante hace un año gracias al apoyo de los independentistas y de los amigos de ETA, Pedro Sánchez ha tomado el relevo en ese proceso letal para España. Por eso, en la lógica de los hechos está pensar que al final llegará a un acuerdo con Podemos y sacará adelante su investidura. Sánchez tiene un proyecto político consistente en un Gobierno de Frente Popular, que es perfectamente compatible con su afán de permanecer en el poder. Y en su intervención en la tarde de este lunes, contestando a Pablo Iglesias, ya dejó muy claro que está dispuesto a correr el riesgo de hacer un Gobierno de coalición con Podemos o, si no se ponen de acuerdo en el reparto de carteras ministeriales, buscar otro tipo de pactos parlamentarios con la formación morada. Pero también buscará el acuerdo con los independentistas catalanes y con el PNV; lo más repugnante es que el apoyo de los amigos de ETA, los de Bildu, ya lo tiene, a tenor de lo dicho hace unos días por Otegui: que el Gobierno más deseable para Bildu sería uno conformado por el PSOE y Podemos.

Si al final se forma un Gobierno frentepopulista, independentista, nacionalista, el proceso iniciado por Zapatero tendrá su continuación con Sánchez. Serán tiempos complicados para la España que conocemos actualmente, la que nació con la Constitución del 78.

Frente a esto hay un espacio de centro-derecha fragmentado, donde el PP da la impresión de haber superado su momento más crítico –en el que lo dejó Rajoy–; donde Ciudadanos –sobre todo su líder, Albert Rivera– todavía no ha asimilado el hecho de que no ha conseguido dar el sorpasso al PP, y donde VOX está sufriendo una brutal estigmatización por parte de la izquierda política y mediática; pero también está acusando el ser un partido joven, poco maduro políticamente hablando, lo que se ha notado especialmente en su estrategia para la negociación de Gobiernos tras las elecciones autonómicas y municipales. Un panorama, el del bloque de centro-derecha, un tanto desalentador, si se piensa lo que sería necesario a día de hoy para plantar cara al frente de Sánchez.

España, en manos de "la banda de Sánchez"
EDITORIAL  Libertad Digital 23 Julio 2019

Lo más sonrojante de la primera jornada de la sesión de investidura fue la ligereza con que el candidato socialista reclamó a las demás fuerzas su apoyo, bien directo, bien mediante la abstención. Sin vergüenza, Pedro Sánchez pide o más bien demanda a todos que lo respalden, tanto a los comunistas bolivarianos y a los golpistas como a las formaciones constitucionalistas PP y Ciudadanos.

Pero ¿qué ofrece a cambio? Pues absolutamente nada, porque su discurso fue una colección pueril de grandilocuencias, con el ridículo toque sentimentaloide marca de la casa. Nadie sabe, a estas alturas, qué pretende hacer Sánchez con el desafío separatista al Estado de Derecho; cuál es su política fiscal, económica, laboral... Ni siquiera a los ultras de Pablo Iglesias, con los que tiene una gran afinidad ideológica, les planteó un programa de Gobierno. Mucho menos a Pablo Casado y a Albert Rivera, a los que tuvo el cuajo de acusar de antipatriotas por cumplir con su palabra y no facilitar la investidura de un sujeto que llegó a la Moncloa de la mano de golpistas, proterroristas y comunistas. Un sujeto que, para más inri, llevó a hasta las últimas consecuencias su "no es no" a la investidura de su predecesor, un Mariano Rajoy del que finalmente se deshizo con la ayuda de, repetimos, golpistas, proterroristas y comunistas, a los que une su profundo odio al régimen constitucional.

Salvo sorpresa de última hora, todo parece indicar que Pedro Sánchez no saldrá elegido en la votación de este martes. Tendrá que esperar a la segunda votación, prevista para el jueves, donde solo necesitará la mayoría simple; para lo cual necesitará, además del apoyo de Podemos, el sí o la abstención de los nacionalistas vascos, Compromís, ERC y el diputado del partido del friki Revilla. He aquí "la banda de Sánchez", que diría Albert Rivera: qué bochorno que la conformación del Gobierno de la Nación dependa de lo peor de la clase política.

La destrucción del Estado
Daniel Berzosa ABC 23 Julio 2019

El procés, según las recientes sentencias del Tribunal Constitucional sobre la aplicación del artículo 155 de la Constitución, es «el resultado de un comportamiento flagrante, manifiesto, contumaz y deliberado de los máximos poderes de la comunidad autónoma de Cataluña» que transgredió el «imperio de la Constitución como norma suprema, declarado expresamente por su art. 9.1, [que] trae causa de que la Constitución misma es fruto de la determinación de la nación soberana por medio de un sujeto unitario, el pueblo español, en el que reside aquella soberanía y del que emanan, por ello, los poderes de un Estado» (art. 1.2 CE). «Y se atentó también contra el interés general de España en cuanto se discutió la preservación misma del Estado español, intentando cuestionar su unidad e integridad territorial y constitucional.

Se comprende sin dificultad la calificación del fiscal Zaragoza, cuando afirmó en el informe final del juicio del 1-O que el procés fue un «golpe de Estado»: «Lo que sucedió en Cataluña entre marzo de 2015 y octubre de 2017 (...) es lo que, en la terminología de Hans Kelsen, ese ilustre jurista austriaco que tuvo que huir en los años treinta a Estados Unidos ante el auge del nazismo, se llama golpe de Estado: la sustitución de un régimen jurídico por otro por medios ilegales».

Sin embargo, aun cuando la categorización del procés como «golpe de Estado» es acertada, constituiría un error entender que aquel se circunscribe solo a lo acontecido en el periodo que culmina con las aludidas sentencias del Tribunal Constitucional y la esperada sentencia del Tribunal Supremo sobre algunos de sus responsables. La denominación de procés, además de un éxito de la habitual brillantez periodística para resumir en una palabra o sintagma un hecho complejo, responde atinadamente a la esencia que subyace en el término, esto es, se trata de un proceso, un movimiento de poder y social en marcha, y, por ello mismo, no ha terminado, sino que vive el actual frente judicial ordinario, constitucional y comunitario adverso, como una parte más de una conspiración incesante, irreductible, inextinguible, destinada a imperar sobre los españoles, a quienes debe expulsar de Cataluña -de la que se ha apropiado conceptualmente- tras su segregación del resto de España. Esta comprensión de lo acontecido como una «fase» del procés es más perceptible por cuanto sus ideólogos, líderes y agitadores disfrutan de las facilidades que ofrece el enconado enfrentamiento de los demás actores políticos, que debilita profundamente el factor esencial de la dirección política del Estado y la comunidad nacional (Crisafulli, Mortati, De Vergottini).

La gravísima crisis generada en España por el procés o nuevo intento de secesión organizado e impulsado desde las instituciones autonómicas y ciertas entidades sociales catalanas no sólo ha dejado en evidencia las disfunciones y carencias de la organización territorial del poder del Estado, sino que ha mostrado la fragilidad de nuestra democracia, amenazada precisamente por muchos de quienes deberían liderar las soluciones; pero que deambulan por los caminos de la desfachatez y la irresponsabilidad, actuando sin vergüenza, ni pudor como genuinos demagogos, que «no son políticos, sino sediciosos, los cuales, siendo promotores de las más torpes alucinaciones, resultan ellos mismos los alucinados, los más burdos imitadores, los embaucadores más vulgares, sofistas entre los sofistas» (Platón, «Político», 303c).

Con ser gravísimo lo dicho, no es menos desolador constatar también que el secesionismo catalán, empoderado en estos cuarenta años de «Estado social y democrático de Derecho» descentralizado en España y desatado en los últimos años contra el Estado constitucional que lo ha reconocido y amparado por voluntad del pueblo español, se funda en la dialéctica amigo-enemigo (exterminio del adversario e imposibilidad de toda reconciliación como norma de acción política) y en la legitimidad plebiscitaria o aclamatio populista («la actitud del presidente de la Generalitat, de su Gobierno y del Parlamento fue de reafirmación en su comportamiento y en las consecuencias de sus actuaciones inconstitucionales para dar efectividad al mentado “mandato democrático”» [STC 89/2019]).

Carl Schmitt construyó la doctrina política del amigo-enemigo ya en 1932, y a ella confluyen la «dictadura del proletariado» aplicada por Lenin y Stalin, y los regímenes marxistas en general; el anarquismo de Proudhon y Bakunin; las «Reflexiones sobre la violencia», de Sorel; las ideas contrarrevolucionarias de Bonald, De Maistre y Donoso Cortés. También, para Schmitt, la «legitimidad plebiscitaria es la única especie de justificación estatal que hoy debe reconocerse en general como válida, el único sistema de justificación reconocido que queda», al margen de los principios y reglas del Estado constitucional.

Todo esto condujo -y conduce siempre- al Estado totalitario, de implicaciones y consecuencias más terroríficas y aniquiladoras que cualquier forma de Estado y, por supuesto, del Estado constitucional, el único que, pese a sus imperfecciones, garantiza la igualdad, la libertad y el sufragio universal de los ciudadanos, y el dogma de la dignidad humana de toda persona por el hecho de serlo, origen de los derechos fundamentales, por medio del imperio de la ley, fruto de la voluntad de la mayoría teniendo en cuenta a la minoría, bajo la Constitución aprobada por el pueblo soberano.

Golpistas y proetarras se reparten las portavocías del Grupo Mixto en las comisiones de Defensa, Interior y Justicia
OKDIARIO 23 Julio 2019

Junts y Bildu, los dos partidos con más diputados dentro del Grupo Mixto, se han repartido las portavocías de las llamadas comisiones de Estado en el Congreso de los Diputados. Así, independentistas y proetarras figurarán como representantes las comisiones Constitucional, de Interior, de Defensa, de Asuntos Exteriores y de Justicia.

El Mixto está conformado por siete diputados independentistas de Junts –tres de ellos en prisión preventiva a la espera de la sentencia por el proceso del golpe de Estado en Cataluña–, cuatro son de los proetarras de Bildu, dos de Coalición Canaria (CC), otros dos Unión del Pueblo Navarro (UPN), uno de Compromís y otro el Partido Regionalista Cántabro (PRC).

En concreto, de las 24 comisiones parlamentarias que se constituirán durante los tres últimos días de julio, Junts se ha hecho con 11, entre ellas la de Justicia, Interior y Defensa, siendo Bildu portavoz adjunto de las dos primeras y UPN, de la última, según confirmaron a Europa Press fuentes parlamentarias.

Ocho comisiones para el resto
Además, los independentistas catalanes también serán la voz del Mixto en la comisión de Economía, Educación, Cultura, Políticas Integrales de la Discapacidad, Políticas Territorial, Ciencia, Reglamento y Estatuto del Diputado.

De su lado, Bildu será portavoz del heterogéneo Grupo Mixto en las comisiones Constitucional y de Asuntos Exteriores, cuyas portavocías adjuntas serán, por su parte, para Junts. Además, se hará cargo de las comisiones de Trabajo, Transición Ecológica y Peticiones.

Por su parte, Coalición Canaria será la representante del Mixto en la Comisión de Fomento y en la de Igualdad; UPN, de las de Presupuestos, Industria y Sanidad; Compromís, de la de Agricultura, y el PRC, de la de Hacienda y Cooperación Internacional al Desarrollo.

Sánchez confirma su plan de traspasar los jueces a la Generalitat para excarcelar a los procesados por el 1-O
Carlos Cuesta okdiario 23 Julio 2019

Pedro Sánchez, candidato a la Presidencia del Gobierno, no quiso avanzar ni confirmar cesiones al separatismo en su discurso de investidura, pero sí en las réplicas. Tras la exigencia de explicaciones de Podemos y del ‘común’ Jaume Asens, Sánchez confirmó su intención de recuperar “el Estatuto de Cataluña que fue refrendado por el Parlamento de Cataluña”. Ese estatuto, recordemos, fue podado por el Tribunal Constitucional eliminando o transformando algunos de sus artículos y uno de ellos, precisamente, fue el que rompía la unidad del Poder Judicial para conceder a la Comunidad el órgano de gobierno de los jueces. Es decir, el ente que asciende, premia, desciende o castiga, por ejemplo, a los jueces de vigilancia penitenciaria.

Unos magistrados que son, casualmente, los que tienen la última palabra en la excarcelación de los golpistas del 1-O que, con toda probabilidad y tras la sentencia del Tribunal Supremo, serán condenados por un delito de rebelión con agravante de malversación de fondos públicos, en algunos casos, tras los hechos en Cataluña en octubre de 2017.

Los socialistas no han tardado demasiado en reconocer algunas de las mayores cesiones que están dispuestos a realizar al separatismo. En concreto, una fuerte cesión judicial de la que se beneficiarán tanto los independentistas catalanes como los vascos: la descentralización del control de los jueces.

La fórmula planteada ya a ERC y PNV pasa por el inicio del fraccionamiento del Poder Judicial. Esta entrega exigiría una reforma de la legislación que atañe a éste poder y debería, además, sortear un grave problema: el hecho de que la ruptura de la unidad del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) nacional ya ha sido rechazado por el Constitucional con motivo de la tramitación del Estatuto catalán impulsado por el tripartito.

Pese a ello, el PSOE ya ha ofrecido a ERC y PNV una fórmula camuflada que permitiría avanzar por esta vía. Un método que otorgaría, en primer lugar, influencia a estos partidos sobre los jueces de vigilancia penitenciaria que son, casualmente, los que deciden sobre la permanencia de los presos en las cárceles. El esquema base que se pretende adoptar es el planteado ya entre el PNV y el PSOE en el marco del nuevo Estatuto Vasco. Allí los socialistas ya han comunicado su disposición a negociar, incluso, la creación de un "Consejo de Justicia de Euskadi".

Una vía que pretende dar solución a la gran obsesión nacionalista en materia judicial porque los separatistas saben que quien controle a los jueces podrá controlar no sólo las sentencias futuras, sino también, a través de los jueces de vigilancia penitenciaria, la estancia efectiva en prisión de los ya condenados a penas privativas de libertad. Entre ellos, por supuesto, los etarras o los golpistas del 1-O que serán condenados con toda probabilidad.

El modelo parte de un fuerte traspaso de competencias en materia de “gobierno de la Administración de Justicia”. Y se concreta con la “creación de un Consejo de Justicia” del País Vasco o de Cataluña, como “órgano de gobierno de la Administración de Justicia”. Hay que recordar, además, que la negociación abierta en Cataluña con los separatistas durante la última legislatura llegó a exhibir exactamente igual la cesión en esta materia.

Y en esa región, Miquel Iceta y la Declaración oficial de Barcelona firmada con el respaldo de Sánchez en 2017, reconocieron de forma expresa el deseo del PSOE de implantar el artículo tumbado por la sentencia del Constitucional en el que se planteaba romper el CGPJ para permitir el control pleno de la Justicia por Cataluña.
 


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