AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 7  Agosto 2019

La movilización del pesebre
Emilio Campmany  Libertad Digital 7 Agosto 2019

Una de las peculiaridades de nuestra democracia posmoderna es que, para ser investido, pueda ser eficaz apelar al pesebre de las ONG para que presionen a Podemos y que Iglesias haga presidente a Sánchez gratis. Naturalmente, late la amenaza de que, de no hacerlo, perderán buena parte de las copiosas subvenciones con las que el Gobierno las riega. Cabe la posibilidad de que Sánchez vaya de farol. De hecho, los políticos de la izquierda y, si me apuran, también los acomplejados de la derecha, se sirven de las ONG para obtener el certificado de buenista que necesitan para ser tolerados por esa parte del electorado al que le gusta estar a bien con su conciencia apoyando a políticos que hacen "cosas buenas" y rechazando a los que hacen "cosas malas".

Pero Sánchez está en un gran apuro y ha llegado el momento de que las ONG den algo más que las gracias por el mucho dinero que reciben. Alguien, quizá Rubalcaba, antes de subir a los cielos, debería haberles avisado de que el PSOE, como Cosa Nostra, siempre cobra los favores. Don Vito Corleone, cuando hacía una merced, siempre avisaba de que lo más probable es que alguna vez pidiera que se le devolviera. El pesebre está acostumbrado a mamar a cambio sólo de bendecir las políticas del Gobierno. Eso ya no basta. Ahora hay que fajarse para que Pablo Iglesias se arrugue y vote "sí" a Pedro Sánchez por nada.

Las ONG han respondido de forma desigual. Las que están próximas al PSOE, en el sentido de que allí es donde colocan a quienes se quedan sin puesto o se han visto obligados a ceder el que ocupan a otro más necesitado o más enchufado, apoyan con entusiasmo esta cruzada por el Gobierno monocolor. Otras que, aunque dependan del mismo alpiste, se identifican mejor con la extrema izquierda, se resisten a ir contra sus instintos. Es de suponer que al final en todas primará la razón de la financiación sobre el corazón ideológico.

La cuestión importante, sin embargo, es si la presión que el pesebre pueda ejercer sobre Podemos será o no eficaz. Lo más probable es que sí. Si el PSOE necesita a las ONG, mucho mayor es la dependencia en el caso de Podemos. Es en una ONG donde espera refugiarse la mayoría de los políticos de ese partido cuando, por capricho del líder o de los electores, ya no haya cargo público para ellos. La supervivencia de las organizaciones y el mantenimiento de sus elevados ingresos, muy especialmente las que están más próximas a la extrema izquierda, es esencial para ellos. Son la garantía de una pensión vitalicia, el seguro de unos ingresos fijos para gente que en algunos casos es incapaz de hacer un trabajo que sea digno de una remuneración y en otros simplemente preferiría no tener que desempeñarlo. Así que, la jugada de Sánchez puede ser más eficaz de lo que parece. Lo terrible es que vivamos en un país en que pueda serlo.

Liberalismo y centralidad: los 178 escaños de PSOE y Ciudadanos
Nemesio Fernández-Cuesta El Confidencial 7 Agosto 2019

"Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por lo tanto, es mucho más que una política. Y, como tal conducta, no requiere profesiones de fe sino ejercerla, de un modo natural, sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal sin darse cuenta, como se es limpio, o como, por instinto, nos resistimos a mentir".

Esta famosa cita de Gregorio Marañón, escrita en 1946, en el prólogo de su libro 'Ensayos liberales', merece no solo ser recordada sino leída y releída en este verano español de 2019. Esta definición del liberalismo como conducta, como actitud, merece ser completada con una aproximación al liberalismo como doctrina política. De las muchas existentes, por cercanía en el tiempo y por sus precisiones en materia económica, he escogido la efectuada por Antonio Garrigues Walker en una Tercera de 'ABC' titulada 'El liberalismo cumple 175 años' y publicada en noviembre del año pasado.

“No es, desde luego, liberal la persona que confiesa y defiende sentimientos xenófobos o racistas como hace en estos momentos un alto porcentaje de la ciudadanía del mundo occidental; no es liberal la persona que pretende poseer, nada más y nada menos, que la verdad absoluta; no es liberal, en concreto, quien afirma que su religión además de ser verdadera, es la única verdadera y que, por ende, las demás son falsas o como poco, menos salvíficas; no es liberal el que defiende tradiciones o privilegios aunque sean causa importante de desigualdades; ni tampoco el que acepta esas desigualdades como inevitables, e incluso naturales a la condición humana; no es liberal el que coloca a la sociedad como un valor superior al individuo y a la igualdad como un principio que prevalece sobre el de libertad.

No es liberal —y merece la pena aclarar bien este tema— el que mitifica y sacraliza el mercado como la panacea universal. El liberalismo entiende que, por regla general, el mercado es el sistema que permite una asignación más eficiente de los recursos y por ende el que mejor facilita no solo la creación sino también la distribución de la riqueza. Pero si por cualquier razón ello no fuera así, el liberalismo ha defendido y defenderá inequívocamente la actuación del sector público y su intervención directa, con tal de que no tenga carácter permanente y el proceso pueda ser controlado en todo momento por la sociedad civil. El liberalismo se opone, sin la menor reserva, a toda forma de concentración de poder económico, sea público o privado, y por ello reclama una aplicación estricta de las leyes antimonopolio y de las normas que defienden una competencia leal.

El liberalismo no es simplemente ni fundamentalmente una teoría económica. Al liberalismo le importa mucho más el ser que el tener y aunque respeta profundamente el deseo de tener, la propiedad privada y el interés particular de cada ser humano, concede un valor decisivo a los planteamientos morales sin los cuales el sistema se encanalla y se derrumba”.

Pese a la identificación más extendida del liberalismo económico con la defensa a ultranza del mercado sin atender a otras consideraciones, la aproximación económica de Garrigues no constituye una originalidad. Su punto de vista encaja con los de el 'ordoliberalismo alemán', cuyo representante teórico más destacado —Walter Eucken— y su representante político más notorio, el ministro de Economía Ludwig Erhard, responsable del despegue económico alemán tras la Segunda Guerra Mundial, siempre hicieron énfasis en el papel del Estado en el diseño y salvaguarda del marco institucional, imprescindible para facilitar la competencia y la libertad.

El liberalismo, como actitud y como doctrina, ocupa el centro político. Los partidos liberales se ubican en ese espacio, bien por su capacidad de negociar y acordar con fuerzas políticas situadas a su derecha e izquierda, bien por su equidistancia con las mismas. La historia democrática española reciente está trufada de fracasos del liberalismo como centro político. Unión de Centro Democrático (UCD), Centro Democrático y Social (CDS) o Partido Reformista Democrático (PRD) son partidos ya extintos que, con sus matices, trataron de ocupar el centro político a partir de una aproximación liberal a la acción política. Este fracaso del liberalismo como opción política concreta tiene que ver con su éxito como aproximación política genérica. Cuando por convicción o conveniencia, conceptos siempre difíciles de distinguir en política, PSOE o PP tendieron a aplicar políticas de corte liberal, cosecharon éxitos notables. Los primeros gobiernos de Felipe González o el primer Gobierno de José María Aznar pueden citarse como ejemplos.

El liberalismo como opción política concreta fracasa en la medida en que las fuerzas conservadoras o socialdemócratas, en su acción de gobierno, adoptan posiciones liberales en la búsqueda de un consenso social más amplio que propicie el crecimiento de su base electoral. Esa adopción de posiciones liberales es la centralidad que hace días reclamaban González y Aznar. El liberalismo como opción triunfa cuando derecha e izquierda abandonan la centralidad. Empezamos a verlo con UPyD y hemos visto confirmada la tendencia con Ciudadanos.

Nuestro problema hoy es la ausencia del panorama político del liberalismo, del centro y de la centralidad. Ciudadanos, el partido que asume la bandera liberal, teóricamente ubicado en el centro político, compite abiertamente por el liderazgo de la derecha. Ambos bloques, derecha e izquierda, recurren a sus extremos para alcanzar el poder, porque la realidad es, para ambos, que el fin justifica los medios. La afirmación de Marañón de que son los medios los que justifican el fin, no pasa de ser un aserto tan ingenuo como liberal. Ninguno de los partidos llamados constitucionalistas deja de reclamar a los otros la centralidad que ellos no practican.

Es posible que acabemos teniendo que volver a votar en noviembre, pero nuestros votos de la pasada primavera ya dibujaron una mayoría absoluta de centro izquierda. Los 178 escaños de PSOE y Ciudadanos describen con claridad un deseo social de centralidad y liberalismo que debería ser atendido. A fin de cuentas, un deseo social refrendado en unas elecciones es lo que los políticos y medios de comunicación definen como “el mandato de las urnas”.

La trampa de los votos comprados
Nota del Editor  7 Agosto 2019

Entre los economistas que para ajustar el balance siempre se meten a machacarnos a impuestos en vez de meter la tijera a los gastos innecesarios y los que asumen que los votos son sagrados una vez depositados, sin considerar que ha sido comprados, indoctrinados, adulterados y demás, pretenden que estemos siempre en el limbo para que los de siempre sigan con el pastoreo y el ordeño (de nuestros bolsillos)

Fascismo y comunismo
FÉLIX OVEJERO El Mundo 7 Agosto 2019

El mes pasado se cumplieron diez años de la muerte de Leszek Koakowski, uno de los más agudos críticos del comunismo. O del socialismo o del marxismo, que tanto da para los más agrestes. Ahí está su monumental repaso en tres volúmenes, Las principales corrientes del marxismo, desigual pero con capítulos extraordinarios, entre ellos algunos que hacen digeribles a autores de prosa oscura y exposición descabalada, tan propicios a la ilusión de profundidad (uno echa a faltar un capítulo sobre Benjamin a ver si finalmente pilla el busilis que tantos valoran). Joven promesa del Partido Comunista polaco, en 1966 es expulsado del partido y en 1968 de la universidad, año en el que acabó por recalar en el All Souls College de Oxford, donde permanecería hasta su muerte, siempre cultivando una filosofía con afán de claridad, de precisión en las palabras y de limpieza en los argumentos, como corresponde al mejor quehacer analítico anglosajón, con una importante diferencia respecto a lo que es común en esa tradición: no orilló los asuntos importantes ni tampoco las escaramuzas (En Revista de Libros pueden encontrar un sabio repaso de su quehacer de la mano de Julio Aramberri).

Entre las escaramuzas sobre grandes asuntos destacó su polémica en 1973 con el historiador marxista E. P. Thompson, autor de La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), un clásico (poco marxista) de la historiografía, a quien vapuleó en un magnífico -y divertido- trabajo Por qué tengo razón en todo. Buena parte del debate se refería a si no cabía otro socialismo posible al que realmente cuajó, a si la aspiración a realizar el socialismo era inseparable inevitablemente del totalitarismo o si, por el contrario, la deriva estalinista había que achacarla a circunstancias históricas, al viento sucio de la historia, que diría Salinas.

El mismo año de su muerte, en una interesante entrevista de Pura Sánchez Zamora publicada en la revista de FAES, volvió sobre el asunto. La entrevistadora le preguntaba acerca de un intercambio epistolar entre François Furet y Ernst Nolte (1994) en la que, a cuenta de la valoración comparada entre fascismo y comunismo, el historiador francés había argumentado la superior perversidad del fascismo. La opinión de Furet no era baladí. En 1995 había publicado Le passé d'une illusion. Essai sur l'idée communiste au XXe siècle, obra en la que abordaba su particular caída del caballo después de años de militancia comunista. Entre otras cosas, aquel trabajo desmenuzaba los motivos por los cuales gran parte de la intelectualidad de izquierda europea había ignorado la verdadera naturaleza del régimen soviético. Una ignorancia, a su parecer, voluntaria, impropia de quienes tienen la obligación moral de fundamentar responsablemente sus convicciones. Hay que situarse en la atmósfera intelectual de la historiografía francesa para hacerse cargo del enorme coste político y personal que Furet asumió al publicar aquel ensayo.

Pues bien, en su respuesta el filósofo polaco confesaba estar de acuerdo con Furet: "Uno puede etiquetar a ambos como 'totalitarismos'; pero el racismo, la creencia en la superioridad de una nación y el intento de destruir físicamente otras naciones por entero -naciones enteras, como los judíos en tanto que raza- y reducir a esclavitud a las así llamadas 'razas inferiores', todo eso fue la idea nazi. Uno no puede decir que el estalinismo hiciera lo mismo o algo similar; no fue similar. Por supuesto que el estalinismo fue espantoso, pero no fue lo mismo (...). La ideología leninista-estalinista, aun cuando sirvió de instrumento a tanto terror y tanta esclavitud, estaba llena de eslóganes humanistas. La ideología de Hitler no lo estaba. En consecuencia, la ideología nazi se hallaba mucho más cerca de la realidad nazi que la ideología comunista de la realidad comunista. La ideología comunista y la realidad comunista estaban considerablemente alejadas: todo era una gran mentira. Sin embargo, en el nazismo, esa distancia entre ideología y realidad era casi inexistente. Los nazis dijeron lo que querían conseguir".

La réplica más inmediata, y más común, ante opiniones como las de Furet y Koakowski acude a la aritmética, a la contabilidad de muertos. Esa fue la tarea abordada con paciencia de agrimensor por Stéphane Courtois, editor del El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión (1997). Según sus cuentas, el comunismo sería responsable de cerca de cien millones de muertos. El número ha sido objeto de discusiones, algunas de detalle empírico, y en las que la posición ideológica no siempre es la que cabría anticipar (así, la monumental investigación en el caso del Gran Salto Adelante, Tombstone, fuente fundamental de los muertos chinos, fue realizada por un periodista comunista, Yang Jisheng), y otras de principio, por problemas metodológicos no muy diferentes de los que impiden agavillar cualquier asesinato de una mujer a manos de un hombre bajo la etiqueta "violencia de género": no todo crimen realizado por un comunista o en una sociedad comunista era un crimen realizado en nombre del comunismo.

En todo caso, por más que se ajusten las cifras, si el debate se desarrolla en ese terreno, no caben dudas acerca de la superior maldad del comunismo. La duda es si ese es el terreno donde se dilucida la perversidad ideológica. Después de todo, resulta perfectamente imaginable una ideología consustancialmente satánica, cuyo único principio sea acabar con la especie humana que, por impotencia o inutilidad de sus cultivadores, nunca se lleve a la práctica. Y no creo que los críticos del comunismo le atribuyeran menos maldad si, por un descarrilamiento en el tren blindado, Lenin no hubiera llegado a San Petersburgo y el bolchevismo nunca hubiera triunfando. Debemos prevenirnos antes de establecer relaciones biunívocas entre ideologías y prácticas políticas. No debemos olvidar el famoso mensaje de Madame Roland en la Plaza de la Revolución un 8 de noviembre de 1793 instantes antes de colocar su cabeza bajo el cepo de la guillotina: "¡Oh, Libertad!, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!". Ni tampoco, por cierto, el mal rollo de algunos pasajes bíblicos que tan escaso margen dejan a la fraternidad universal, por más que se estiren las interpretaciones con apelaciones al lenguaje figurado.

El propio Koakowski en un texto de 1977, Las raíces marxistas del estalinismo, había perfilado el debate y sus exactas preguntas. Allí, a pesar de reconocer que «Marx nunca escribió nada respecto de que el reino socialista de la libertad consistiría en el gobierno despótico de un partido», defendía la tesis de que el socialismo inexorablemente estaba vinculado al totalitarismo, de que "todo intento por aplicar los valores básicos del socialismo marxista tendería a generar una organización política de características indudablemente análogas a la estalinista".

A mi parecer, el filósofo polaco, no excesivamente competente en teoría social, aunque realizaba las preguntas correctas, no atinó con su respuesta. Demasiado rotunda para los argumentos aportados. Me quedo con otra, de uno de los más exquisitos filósofos políticos de los últimos cincuenta años, Gerald A. Cohen, catedrático en Oxford, en el prólogo a un libro que coedité, con Roberto Gargarella, que tenía precisamente por título, Razones para el socialismo: "¿Deberíamos concluir que lo que creíamos que era bueno, la igualdad y la comunidad, en realidad, no era bueno? Tal conclusión, aunque es una a la cual se llega frecuentemente, es una locura. Las uvas pueden estar realmente verdes, pero el hecho de que la zorra no las alcance no nos demuestra que lo estén. ¿Deberíamos concluir, en cambio, que cualquier intento de producir este bien particular debe fracasar? Sólo si pensamos que sabemos que ésta era la única forma de hacerlo posible, o que lo que hizo fracasar este intento hará fracasar cualquier otro, o que, por alguna( s) otra( s) razón( es), cualquier intento fracasará. Creo, en cambio, que no sabemos ninguna de estas cosas".

Si las cosas son de ese modo, la diferencia, la importante diferencia, entre fascismo y comunismo radica, en su presentación más abrupta, en la elegida barbarie en los fines del primero y la resignada barbarie en los medios. Por supuesto, eso no excluye la posibilidad de que la barbarie en los medios, la que, por ejemplo, lleva a levantar campos de reeducación para forjar hombres nuevos, pueda resultar, de facto, más cruel que la barbarie en los fines. Eso sí, la crueldad de los fines no contempla ni siquiera las dudas, sobre todo, si, como sucede con el fascismo, se combina con la barbarie en los medios.

Los socialistas que no han abandonado el compromiso racionalista defienden que la barbarie de los medios no es inevitable, que no hay una contradicción insuperable entre los ideales de la revolución francesa, que no otra cosa es el socialismo, y las instituciones llamadas a su realización radical. Algunos esperamos que no exista esa contradicción.

Pero también sabemos que la expresión de un deseo no es un argumento.

Félix Ovejero es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita).

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Pedro Sánchez, el político de las 23 personalidades luchando en su interior
Antonio R. Naranjo esdiario 7 Agosto 2019

Sánchez tiene una virtud que, en otros ámbitos, se consideraría un trastorno: la personalidad múltiple, capaz de hacer lo uno y lo contrario en cinco minutos. Por eso, una vez más ganará.

Mientras Pedro Sánchez se pone a discutir el Gobierno de España con Greenpeace por lo ecológico, Compromís por lo territorial o el Bombero Torero por lo animalista, que para el caso es lo mismo, avanza agosto con la sensación de que el culebrón iniciado en 2015 con la derrota del líder socialista y su sorprendente intento de investidura de la mano de Cs; alcanzará puerto en septiembre de 2019 con algún truco de magia postrero que evite el naufragio.

A Sánchez no se le puede reprochar no haber sido un inventor de tretas fenómeno, un saltimbanqui de acuerdos de última hora contradictorios con el anterior, incompatibles con el siguiente y lesivos con su propia palabra; un prestidigitador de bolitas escondidas en uno de los tres vasos que el público nunca acierta, perdiendo con gusto unas monedas ante semejante artista.

"Amigo chavista, amigo facha"
Pedro es capaz de llamar chavista a Iglesias un segundo antes de ofrecerle una vicepresidencia, de tildar de ultraderecha a Cs y de pedirle su apoyo; de reclamar una salida al bloque de constitucionales mientras se entrega a Bildu en Navarra y, en general, de provocar ese tipo de vergüenza ajena que George Bernard Shaw cargaba en los tipos con no demasiadas luces que dicen siempre, para justificarse, que están cumpliendo con su deber.

¿Y por qué no Casado presidente?
Son cuatro años ya de sanchismo, ese sistema peculiar de hacer política consistente en validar lo peor para lograr el objetivo propio que ensancha los límites de las amenazas institucionales ya vigentes y las supera a todas: si hasta ahora el reto era cómo superar la doble lacra del populismo y el independentismo, ahora es cómo sobrevivir al pedrismo y su insoportable tendencia a aceptar o cometer todas las tropelías con el simple truco de cambiarlas de nombre, de echar medio bote de colonia al cenagal a ver si así canta menos el pestuzo.

Ahora sabemos que no quiere gobernar con los mismos que hace 15 días pudieron alcanzar una vicepresidencia y tres ministerios; mañana descubriremos que lo hará igualmente con el mismo a quien echó a patadas del centro para incluirle en el cordón sanitario contra Vox y pasado descubriremos que se aliaría sin más problemas con Pablo Casado, el Estrangulador de Boston o la momia de Lenin diciendo que el primero es un socialdemócrata, el segundo un fisioterapeuta y el tercero un hombre discreto.
Tiempo muerto de Rivera: así ha preparado a Cs para seguir navegando entre las olas

Sánchez es el Kevin de "Múltiple", la película de Shyamalan que narra la vida de un tipo con 23 personalidades distintas, mutantes y adaptables a cada entorno que, al parecer, se convierte en virtud en política aunque en todos los demás ámbitos se considere un trastorno.

¿Por qué no le hace una oferta a Cs?
Si alguna de ellas incluye algunas virtudes elementales del hombre de Estado ahora desconocido, el show culminará de una manera algo más razonable que ahora mismo ni se divisa: con una coalición seria con Ciudadanos, la mejor salida pese a los antecedentes y el merecido rechazo de Rivera, o con otra con Podemos, ERC, Bildu y lo mejor de cada casa.

Lo que hay que preguntarse es por qué, siendo tan fácil ofrecer un acuerdo de programa, legislatura y Gobierno a Ciudadanos, Sánchez no lo hace. Seguramente la respuesta más sencilla sea la más probable, como decía Guillermo de Ockham, y el líder del PSOE piense de verdad que Rivera es un facha, Casado un ultra, Iglesias un perroflauta, Junqueras un xenófobo y Otegi un etarra. Cualquiera de ellos le vale, pues: en el fondo, alguien así sabe que él mismo es el peor de todos.

Chivite se entrega a los radicales
Editorial El Mundo 7 Agosto 2019

La líder de los socialistas navarros, María Chivite, tomó ayer posesión como presidente del Gobierno foral con la asistencia de José Luis Ábalos, que además de ministro de Fomento es secretario de Organización del PSOE. La aquiescencia, cuando no el impulso, de Ferraz al pacto que ha aupado a Chivite supone cruzar una línea roja en la medida que homologa a los proetarras como un actor político normalizado. El hecho de llegar al poder gracias al respaldo vía abstención de Bildu quiebra la unidad del constitucionalismo, cuyas siglas se habían mostrado hasta ahora firmes a la hora de excluir a los herederos políticos de ETA del marco de juego ordinario. Pedro Sánchez, rompiendo la línea fijada en su día por José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba, aboca a Navarra a un Ejecutivo que, forzosamente, estará condicionado no solo por partidos de dudoso compromiso constitucional -como Geroa Bai o Podemos- sino por una formación que lidera alguien con los antecedentes penales de Arnaldo Otegi.

La formación del nuevo gobierno integra a miembros del PSN, pero también a otros de marcada tendencia nacionalista, en línea con los postulados de los socios de Sánchez y Chivite. Es el caso de Itziar Gómez, una ex batasuna que forcejeó con la policía en el chupinazo y que entra en el Ejecutivo foral en representación de Geroa Bai, una coalición de la que forma parte el PNV. Los perfiles abiertamente radicales de parte del Gobierno navarro constituyen un baldón para la trayectoria histórica de un partido como el PSOE. Y, dada la carencia de una mayoría estable, arrojan a Chivite a depender durante toda la legislatura del chantaje de Bildu, tal como le recordó la portavoz de este partido en el debate de investidura. Y, todo ello, en un contexto en el que el partido político legatario de la banda terrorista continúa justificando e incluso alentando los repugnantes recibimientos a etarras excarcelados, un escarnio para las víctimas de ETA consentido por las administraciones.

Resulta lacerante y profundamente preocupante para la nación que el PSOE se preste a gobernar de la mano de partidos que buscan abiertamente la liquidación de la soberanía nacional. Alcanzar el poder apoyándose en nacionalistas y la izquierda radical, además de los abertzales, es políticamente impresentable y moralmente inaceptable para cualquier demócrata comprometido con la unidad de España. Primero, porque no respeta el resultado electoral:Navarra Suma casi doble en escaños a los socialistas; y, segundo, porque ancla al PSOE en la senda de euskaldunización de partidos que abrazan la disposición transitoria cuarta de la Constitución, que abre la puerta a una eventual anexión de la Comunidad Foral al País Vasco. Navarra corre el riesgo de convertirse, después de Cataluña, en un desafío a la soberanía nacional. Si ocurre tal extremo, el PSOE sería corresponsable.

Chivite o la traición disfrazada de normalidad
EDITORIAL  Libertad Digital 7 Agosto 2019

El acuerdo de gobierno en Navarra no es “ejemplo de normalidad", sino insuperable muestra de nihilismo e indignidad

Nada habría que objetar –todo lo contrario- a que un político tomara posesión de su cargo apelando a valores constitucionales tan encomiables como los de la convivencia, el respeto, la paz, la memoria, la verdad o la Justicia, tal y como ha hecho este martes la socialista María Chivite en su discurso como nueva presidenta de la Comunidad Foral de Navarra.

Lo que, sin embargo, supone una muestra insuperable de hipocresía es que Chivite apele a esos valores para disfrazar y dar un aire de normalidad democrática a unos bochornosos pactos con formaciones separatistas que tratan, además, de anexionar Navarra al Pais Vasco, e impedir que gobierne la formación más votada en aquella comunidad, como es Navarra Suma, coalición constitucionalista integrada por UPN, PP y Ciudadanos.

Así las cosas, ya podrá Chivite invocar la "pluralidad y diversidad" de Navarra tanto como incurrir en la cursilería de mostrar su respeto "a todas las maneras de pensar, de sentir, de vivir y de amar", que lo único que trata con sus palabras es dar legitimidad y aires de normalidad a cosas tan bochornosas como su alianza con quienes niegan la personalidad política de Navarra y tratan de anexionarla a una fantasmagórica Euskal Herria independiente, o con quienes, además, se niegan a condenar el terrorismo, tal y como el caso de los proetarras de Bildu.

Chivite lo podrá considerar una muestra de su respeto a "todas las maneras de pensar, de vivir o de amar", pero el hecho es que resulta una vergüenza que tenga como consejera de su gobierno a quien, como Itziar Gómez, fue parlamentaria de Batasuna en los años más sangrientos de ETA, antes de recalar en Aralar, formación que, para colmo, la expulsó por el cobro irregular de dietas en el Ayuntamiento de Pamplona.

A lo mejor Chivite lo considera una muestra de respeto a la convivencia, a la memoria, a la paz o a la Justicia, pero la verdad es que su silencio y pasividad ante los actos que, también en Navarra, ya se están celebrando para homenajear a los presos etarras y acosar a la Guardia Civil constituyen una afrenta a todas las victimas del terrorismo.

Chivite no es ejemplo de tolerancia ni de respeto al pluralismo sino de nihilismo como el de quien, con tal de acceder a la poltrona, es capaz de traicionar las otrora señas de identidad constitucionalistas del socialismo navarro y poner el gobierno de aquella Comunidad al servicio del anexionismo vasco y de unos proetarras a los que los Chivite tendrá que satisfacer para poder gobernar más de lo que ya lo ha hecho para poder acceder a la presidencia.

Así las cosas, es lamentable y perfectamente lógico que el lehendakari vasco, Iñigo Urkullu, presente en la toma de posesión de Chivite, haya aprovechado la ocasión para lanzar un mensaje anexionista, ensalzando los "lazos históricos" y "culturales" entre el País Vasco y Navarra; tanto como que el portavoz de los bilduetarras, Bakartxo Ruiz, se frote las manos mientras advierte que sin ellos "no es posible construir ninguna alternativa a la derecha en Navarra".

Y es que ya podrán los socialistas poner en valor su acuerdo de gobierno en Navarra como "ejemplo de normalidad"; pero lo cierto es que dicho acuerdo no más que insuperable muestra de indignidad.

Navarra y el mito
El PSOE se ha plegado a un mito nacionalista que se fuma la realidad
Luis Ventoso ABC 7 Agosto 2019

Sobre Navarra, que ya era Reino cuando otros no pintaban nada, me he hecho el máster completo. Durante cinco años (felices) estudié en su excelente universidad, en cuyo pórtico se me agitó el pulso una mañana ante una chica con la que perseveré. Más tarde, el matrimonio me ha llevado allí una y otra vez y solo puedo hablar bien de los navarros, de su sentido del orden y su solidaridad congénita. El tópico siempre alberga algo de verdad y el de la «nobleza navarra» es cierto. Con su laboriosidad, magnífica organización, ubicación geográfica óptima y unos privilegios forales que suponen una bicoca fiscal, Navarra se ha convertido en una de las comunidades más ricas y hasta sus localidades minúsculas lucen cuidadas al detalle. Dentro de España y con su actual estatus ha alcanzado un nivel de vida altísimo. No alberga motivos para quejas y ensoñaciones territoriales míticas.

En mi máster de navarridad fui extrayendo conclusiones. La primera es que hay dos tipos de navarros. Por un lado, la mayoría, aquellos que se consideran tales por encima de todo y lo tienen muy a gala (y me estoy acordando de mi compañero Manolo Erice, un supernavarro encantador que se murió hace ahora un año). Por otra parte están quienes creen que Navarra forma parte del mundo vasco y debe integrarse bajo la férula de lo que se ha rebautizado como Euskadi. Con una sonrisilla privada, en mi máster de navarridad observé que en Pamplona la mayoría de los simpatizantes locales del nacionalismo vasco no tenían ni flores de euskera, y ni se molestaban en aprenderlo, porque es ardua tarea. Por supuesto, llegada la hora de la verdad, no enviaban a sus hijos a las ikastolas, sino a buenos colegios en español (y con inglés y francés). La última gran encuesta refleja lo que siempre sospeché a pie de calle: en Pamplona solo emplea el vasco como lengua habitual un 2,9% y en el conjunto de Navarra, un 6,9%. Es decir: el 93,1% no hablan un idioma que les quieren imponer como obligatorio en su función pública. Por último, en las fiestas familiares y amicales, cuando corrían el Ochoa y el Chivite y llegaba la jarana, lo que cantaban y bailaban eran jotas (en castellano) y no el aurresku o los himnos vascos con que ayer se autohomenajeó la flamante presidenta socialista Chivite, sostenida por los nacionalistas.

Navarra tiene una diversidad única. En solo 160 kilómetros se pasa del desierto meridional de las Bardenas a los bosques atlánticos del Bidasoa. El Norte guarda la impronta vasca y hay localidades donde es la lengua común. Pero desde la capital Pamplona hacia abajo esa huella se diluye. En Tudela, segunda ciudad navarra, se ofreció un modelo escolar con euskera y solo se anotó... ¡una familia! Chivite viene de un pueblo del sur profundo, Cintruénigo, no sabe hablar vasco y es del PSOE, partido que se supone leal a España y su Constitución. ¿Qué extraña fijación sectaria la ha llevado a detestar a sus socios naturales, los otros constitucionalistas, para suplantar lo votado por los navarros aliándose con la sucursal del PNV y los proetarras de Bildu? Ahí queda retratada la triste anomalía del PSOE.

El delirio de ‘Txibite’
Juan Ángel Soto okdiario 7 Agosto 2019

Este martes, la nueva presidenta de Navarra, María Chivite, se ha estrenado en su nueva condición realizando un discurso poco sorprendente, pero no por ello intrascendente. Resulta habitual, todo sea dicho, que políticos –tanto candidatos como electos– rieguen con abundantes promesas sus discursos. Casi tan frecuentes son las mentiras que acompañan tales promesas, pues los políticos son conscientes del insignificante castigo electoral que conlleva el engaño. Un engaño motivado, quizá, por la simple y llana apatía del electorado, o por el vertiginoso ritmo del ciclo de noticias que, como comentaba la semana pasada, hace que una mentira eclipse la anterior. En otras palabras, mentir como un bellaco es cada vez más barato.

Sin embargo, a pesar de todo ello, las palabras de Chivite alcanzan niveles insospechados de profunda ignorancia o descarada hipocresía. Entre otras cuestiones, la nueva presidenta de Navarra ha señalado su intención de lograr “la integración de la pluralidad y no de la exclusión” a través del respeto a las diferentes “maneras de pensar y de sentir”. De forma similar, ha expresado su voluntad de “gobernar para todos y para todas”.

Pues bien, puede que se trate del caso al que hacía referencia el célebre escritor francés Marcel Aymé, quien señalaba que “algunas personas son tan falsas que ya no son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que dicen”. O quizá, como apuntaba antes, se trata de desafortunada ignorancia o consciente hipocresía. Y es que es difícil encontrar una intención genuina de abogar por la integración y cohesión de una Navarra plural y diversa, cuando se pacta, no nos engañemos, con extremistas de izquierda (EH Bildu) y de derecha (Geroa Bai) que, para más inri, resulta que también quieren liquidar España. Y lo quieren hacer desde un nacionalismo que es tremendamente autoritario y profundamente excluyente –de ahí su categorización como ‘extremos’–. Todo ello con el apoyo, por supuesto, de Podemos; empeñado en ubicarse en el lado equivocado de la historia a cada oportunidad que tiene. En otras palabras, Chivite no es creíble. Bien miente, bien delira.

Esta no es sino la última expresión de un PSOE que ha perdido toda credibilidad pues pactos como el navarro lo expulsan de la bancada constitucionalista, yendo a caer en el saco de los deplorables. Un PSOE que hasta muchos de sus votantes ven zozobrar en su rumbo hacia un septiembre que apunta ser decisivo. En definitiva, no se puede hablar de una Navarra plural cuando se pacta con sectarios que pretenden precisamente lo contrario: una Navarra euskaldunizada en todos los sentidos. Chivite no debe olvidar lo que le recordó EH Bildu la semana pasada: “No olvides que presidirás Navarra por nosotros”. Desde luego, los españoles –muchos de ellos, navarros– no lo olvidaremos. Y es que Chivite, en realidad, es ya Txibite.

Lo torcido
Carlos Esteban eltorotv.com 7 Agosto 2019

La izquierda acaba siendo siempre una preferencia instintiva por lo torcido. Hace tiempo que esa cosa amorfa no puede definirse por un modelo económico, que ese alegre club de patrones, esa entelequia a la que se dota de alma y voluntad bajo el nombre de “el Ibex”, está feliz con nuestros socialistas.

Si la gente no estuviera dormida, adormilada por las nanas incesantes de los medios de comunicación y entretenimiento, quizá se preguntara qué ha pasado, qué ha cambiado, qué ha salido terriblemente mal para que los amos del dinero sonrían complacidos a un sedicente socialista. No sé, debería sonar raro, ¿no?

Pero es que, al fin, eso no era la izquierda. La izquierda tiene su propio impulso ciego, una pulsión de muerte que le hace preferir, a la larga, lo torcido. No es que la política sea así y haga extraños compañeros de cama, y que uno no siempre pueda elegir con qué aliados va a la batalla. Hay una repetición que hace eso inverosímil.

Lo de Navarra es eso, y que haya ahora en su gobierno como consejera una exbatasuna que agredió a la Policía no es ya una anomalía. Es preferible, porque agredir a la policía está bien, es una medalla y un timbre de gloria. La izquierda es una preferencia por el desorden, y cuando gana -y lleva décadas de victoria-, el resultado es esta esquizofrenia de estar en el poder y oponerse al poder; de estar contra el orden y decidir el orden.

Recortes de Prensa   Página Inicial