AGLI Recortes de Prensa   Lunes 12 Agosto 2019

La banca central crea una nueva burbuja
EDITORIAL  Libertad Digital 12 Agosto 2019

El intervencionismo monetario que ejercen los bancos centrales es, sin duda, una de la mayores lacras que padece la economía global. La manipulación del valor del dinero y la fijación arbitraria de los tipos de interés generan graves distorsiones, cuyo fruto, en última instancia, se acaba traduciendo en burbujas y posteriores crisis económicas. Así sucedió durante el boom crediticio de los primeros años del presente siglo y vuelve a suceder ahora, tras las laxas políticas monetarias llevadas a cabo a uno y otro lado del Atlántico para tratar de paliar la Gran Recesión de 2008.

Mucho se ha hablado en los últimos años sobre los presuntos culpables de los problemas acaecidos tras la caída de las hipotecas subprime, pero muy poco de su auténtico origen, que no es otro que el erróneo y perverso papel que juegan los bancos centrales. Fueron la Reserva Federal de EEUU y el Banco Central Europeo los que se encargaron de alimentar una histórica burbuja inmobiliaria a base de crédito fácil y barato sin necesidad de ahorro previo, provocando con ello la acumulación de una enorme cantidad de deuda improductiva e insostenible por parte de familias y empresas.

Sin embargo, una vez finalizado ese particular espejismo de bonanza y derroche, la banca central, animada de nuevo por la clase política y el desconocimiento de buena parte de la sociedad, ha repetido la misma fórmula fallida para tratar de paliar los daños derivados de la contracción y desaceleración económicas. Primero, redujeron los tipos de interés al 0%, algo inédito en la historia, y, posteriormente, pusieron en marcha amplios programas de compra de deuda con la intención de reactivar la concesión de crédito. Pero nada funcionó. Si Estados Unidos y otros países como Irlanda, Alemania o Reino Unido lograron superar los avatares de la tormenta financiera de forma exitosa no fue gracias a los banqueros centrales, sino a pesar de ellos.

La única receta correcta contra la crisis no es otra que contar con una economía libre y un estado eficiente y austero. La inaudita política monetaria aplicada en estos años, por el contrario, no solo fomenta la aparición de nuevos desequilibrios, sino que ha desincentivado la aprobación de las reformas y ajustes que precisan los países más débiles y endeudados. Tanto es así que la combinación de bajos tipos de interés y compra masiva de activos ha dado como resultado otra gran burbuja en el mercado de deuda pública, cuyos efectos son todavía desconocidos. Prueba de ello es que cerca de 15 billones de dólares en bonos cotizan a tipos negativos, lo cual significa que muchos estados cobran por endeudarse.

No tiene ningún sentido que los inversores tengan que pagar por la compra de deuda, sin recibir rentabilidad alguna a cambio en caso de mantener el bono en cartera hasta vencimiento, pero aún menos que estados hiperendeudados e irresponsables logren financiación abundante y casi gratuita, pese a su elevado riesgo de insolvencia. La banca central ha conseguido lo que pretendía desde un principio, hinchar una nueva burbuja, en este caso de deuda pública, para tapar los escombros que dejó tras de sí el pinchazo de la anterior. La factura, por desgracia, la volverán a pagar los mismos.

Claves de una mala situación
MANUEL LAGARES El Mundo 12 Agosto 2019

Aunque el crecimiento del PIB en España no vaya mal, tenemos graves problemas estructurales, que dificultarán una buena salida.

Al menos desde noviembre pasado mis lectores saben que se nos aproximan malas perspectivas económicas. No he tratado nunca de formular profecías respecto al futuro inmediato, pues los economistas somos malos profetas, sino sólo plantear meras predicciones condicionadas. Los condicionamientos de esas predicciones eran, entre otros, el posible aumento de los precios del petróleo, que no se ha producido por ahora con la virulencia que se temía; la guerra comercial China-Estados Unidos que meramente se apuntaba por entonces y que hoy es ya casi una realidad abierta, aunque no pueda descartarse todavía la aparición de un acuerdo in extremis; la posible crisis de las economías de China, Turquía y, menos pronunciada, de Italia, Reino Unido y Alemania, que ya hoy pueden identificarse claramente; las posibilidades de un Brexit sin acuerdo, que entonces -época de May como primera ministra- parecían remotas y ahora son mucho más probables y temibles; los efectos de las nuevas regulaciones medioambientales en el consumo interior y en las exportaciones, que comenzaron por el gasoil en la automoción y que ya se están extendiendo a otros sectores y consumos; las fuertes tensiones presupuestarias en Italia y las algo menos pronunciadas en España debido en nuestro caso no a una política gubernamental racionalmente definida sino a que vivimos con Presupuestos prorrogados; los desajustes que comenzaban a aparecer en los mercados de capitales y que se están ampliando ahora semana tras semana... Parece evidente, pues, que la mayor parte de los condicionamientos de entonces ya están actuando con fuerza y empujando a la economía de los grandes países hacia una apreciable desaceleración. Quizá, en el límite, hacia una nueva crisis.

Cuando formulé aquellas predicciones algunos lectores amigos me hicieron llegar sus críticas por el pesimismo que de ellas se desprendía. Frente a mi aparente pesimismo creían entonces que la economía española continuaría a buen ritmo el proceso expansivo que había iniciado en 2014, lo que les daba pie a pensar que 2019 se cerraría con un crecimiento similar al de 2018. Algo menos optimistas en sus pronósticos eran por entonces la Unión Europea, el FMI y la OCDE, que ahora han profundizado en las citadas circunstancias y ya admiten un posible crecimiento del PIB español en 2019 de tan solo un 2,2%. Sin embargo, a finales de este año quizá ese crecimiento termine siendo menor, como parecen anunciar las cifras de la Contabilidad Nacional y del empleo para el segundo trimestre de este año que acabamos de conocer en estos días.

En todo caso, para frenar antes de que sea tarde la desaceleración que afecta a las mayores economías del mundo, el Banco Central Europeo ha suspendido, al menos hasta 2020, la decisión que ya tenía adoptada de finalizar las compras de activos como medio de introducir liquidez en el sistema financiero europeo. Esa vuelta atrás manteniendo tales compras supondrá nuevas inyecciones de liquidez en el sistema, lo que coadyuvará a que continúen manteniéndose bajos los tipos de interés. Por su parte, la Reserva Federal de Estados Unidos ha comenzado también la rebaja de sus propios tipos, después de casi una década subiéndolos cada pocos meses. Esos hechos refuerzan la idea de que probablemente se nos esté viniendo encima otra crisis, aunque no se refleje todavía suficientemente en las magnitudes económicas ni sus efectos hayan trascendido al conjunto de la población. Y, quizá por eso, quienes gobiernan los sistemas bancarios más importantes del mundo han comenzado a tomar medidas para contrarrestarla.

Caben pocas dudas de que la economía española está sufriendo un proceso de apreciable desaceleración, dentro de las malas perspectivas económicas que afectan a todas las grandes naciones, lo que refuerza la sensación de que estamos asistiendo al principio de una nueva crisis. Frente a una secuencia de crecimiento de nuestro PIB en términos reales del 3,8% en 2015, del 3,2% en 2016, del 3% en 2017 y del 2,7% en 2018, el crecimiento del 2,2% que pronostican por ahora los organismos internacionales antes citados, sólo podrá alcanzarse si en el tercer y en el cuarto trimestre de 2019 se mantiene un crecimiento igual al del segundo trimestre de este año (0,5%). Sin embargo, que España alcance un objetivo así no va a ser nada fácil, especialmente cuando los condicionamientos que anteriormente se han comentado están pasando con rapidez de meras posibilidades a lamentables realidades y cuando, además, nuestras especiales circunstancias políticas hacen que se tenga nula capacidad para implantar las reformas estructurales que se necesitarían para superar esa desfavorable coyuntura. Por eso están aumentando las probabilidades de que el crecimiento de la economía española en 2019 se sitúe sólo rozando el 2%.

Muchos pensarán que un crecimiento así de la producción española en 2019 quizá no sea un mal resultado comparándolo con las tasas que puedan alcanzarse en otros grandes países de Europa. Pero quienes opinan de este modo no perciben las graves carencias que afectan a nuestra economía respecto a los países más avanzados, pues generalmente esos países cuentan desde hace mucho con sistemas sindicales más sensatos que los españoles, que pretenden a estas alturas nada menos que terminar con la reforma laboral que ha permitido los éxitos alcanzados durante estos años por la economía española. Cuentan también con una estructura tributaria puesta al día y que impulsa la eficiencia empresarial frente a un sistema impositivo como el español, gobernado por principios caducos y pendiente de una reforma de fondo a la que nadie, pese a la existencia de propuestas bien definidas, ha sido capaz de enfrentarse hasta ahora. Tienen, además, una organización territorial que impulsa un gasto público más eficiente que el español, orientado hoy bastante más al servicio de intereses políticos locales que al de auténticas necesidades populares. Adicionalmente, cuentan con una enseñanza menos fragmentada y no tan distinta por regiones como la española, en donde quizá sobren elucubraciones teóricas en las nubes y análisis históricos que aportan poco mientas que faltan tanto una mayor valoración de las nuevas tecnologías como aproximaciones sensatas a las necesidades del mercado y de las empresas. También esos países, en su mayoría, cuentan con un sistema de pensiones bien fundamentado y no como el español, que está en quiebra técnica desde hace años y que, de seguir así, acabará devorando la financiación de otras muchas e importantes partidas del gasto público. Por último, y para no hacer interminable esta relación de desventajas, esos países suelen disponer de un suministro de energía a precios menores que los españoles y suelen estar mucho menos endeudados que España... Y así podríamos seguir enumerando las muchas ventajas estructurales de nuestros socios, ventajas ya adquiridas y que, sin embargo, en el caso de España deberían haber formado parte desde hace años de los programas gubernamentales más necesarios, pues sin ellas no podrá mantenerse a futuro el crecimiento de la producción, base del bienestar material.

Si llegara a hacerse realidad esa nueva crisis que parece entreverse, seguramente nos alcanzaría con una economía estructuralmente pendiente de grandes reformas y, por tanto, parecida a la de comienzos de la crisis anterior pero con importantes desventajas. Entonces la deuda pública no alcanzaba ni el 36% del PIB y el Estado había tenido en sus manos activos empresariales valiosos que, puestos en el mercado, habían financiado hasta entonces muchas necesidades públicas. Hoy esos activos públicos empresariales ya se han vendido en su mayoría y, además, nuestra deuda pública tiene un volumen muy próximo al 100% del PIB. Hemos terminado con nuestro patrimonio público, estamos endeudados hasta las cejas, a nuestros políticos les encanta la idea de gastar sin topes ni mesura y no hemos hecho la mayoría de las reformas estructurales que necesitamos. Mientras, algunos de esos políticos resucitan conflictos territoriales artificiales que eran ya viejos y sin sentido en la alta edad media y que no van a solucionarse nunca por la vía que ahora pretenden, otros distraen al personal con la acreditada fórmula de pan y circo y todos subvencionan con generosidad a grupos y organizaciones que perdieron hace mucho el norte. Un panorama para que, de no tratarse de nuestro gran país y del bienestar de quienes lo habitan, entren ganas de bajarse en marcha.

Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

La yenka de Pedro Sánchez
El presidente en funciones marea la perdiz sin dejar claro si quiere elecciones, pactos de gobierno o apoyos externos sin concesiones. Todo le vale para cumplir su único objetivo: tener un Falcon a su disposición
Igor Marín Ochoa www.vozpopuli.com 12 Agosto 2019

Pedro Sánchez se ha instalado en un laberinto de espejos. Mire donde mire solo se ve a sí mismo. Pero haga lo que haga no hay salida posible. El presidente en funciones pretende seguir en La Moncloa sin ceder nada. Sin hacer nada. Sin ofrecer un programa de gobierno a nadie para consensuarlo. Sin redactar un folio con 10, 100 o 1000 medidas que puedan suscribir sus posibles aliados o sin ofrecer o aceptar cinco o diez grandes pactos de Estado que faciliten la abstención de sus rivales políticos. Porque para Pedro Sánchez solo existe Pedro Sánchez y cree que ganar las elecciones es mérito suficiente para que la mayoría se rinda a sus pies. Este virus de autosuficiencia lo debió heredar del anterior inquilino del palacio presidencial.

La actualidad va tan rápido, la lucha por el maldito relato es tan dantesca que la perspectiva se pierde. Sánchez convocó elecciones porque los secesionistas le tumbaron el presupuesto. También porque Tezanos le ayudó a tomar la decisión. Esto sucedió hace más de 100 días. ¡¡100 días!! Desde entonces, por las elecciones locales primero y por la increíble inacción e incapacidad después, el secretario general del PSOE no ha logrado sumar a nadie a su proyecto. Bueno, sí. Al diputado del PRC. Dato elocuente.

Entre medias, solo declaraciones vacías y contradictorias. De pedir la abstención de la derecha, a montar un teatrillo con la izquierda para no llegar a ningún sitio. Luego, de nuevo guiño a la derecha, después reuniones con los colectivos sociales de la izquierda. Una yenka política para llegar a la casilla de salida: sin el apoyo de Rivera, solo el bloque que apoyó la moción de censura a Rajoy puede hacer presidente a Sánchez. Las matemáticas son más tozudas que los sueños.

Para darse cuenta de esto, sin las rocambolescas peticiones de abstención a cambio de nada, Sánchez ha necesitado 103 días. Ahora, solo le quedan dos salidas: ceder ante Podemos y los nacionalistas, incluidos algunos secesionistas, o llevar al país a unas irresponsables elecciones. Todo lo demás es humo, es eso que llaman relato y que no deja de ser la dejación de la política para hacer mercadeo electoral.

La política española se ha convertido en un esperpento desde hace años. Empezó Zapatero con sus dos tardes de clases de economía en las que solo aprendió a ver brotes verdes. Siguió Rajoy y su parálisis total que llevó al país al desastre político en temas clave como la lucha contra la corrupción o el desafío secesionista. Y ahora lo culmina Pedro Sánchez, con una inacción impropia de alguien que dice querer reformar y que, en cambio, no busca aliados para hacerlo y renuncia a la máxima de la política de tender acuerdos. Es verdad que no han ayudado nada los llamados nuevos partidos. Pero tampoco se pueden cargar los errores y la inacción del Gobierno a la impericia e inexperiencia de la oposición. La principal responsabilidad del parón institucional de España es de un Pedro Sánchez que quiere repetir su ascenso a la Moncloa sin negociar nada con nadie. Falta inteligencia política.

Una fecha inolvidable para España pero olvidada
Gabriel Moris  Libertad Digital 12 Agosto 2019

El título, si bien parece contradictorio, creo que refleja la cruda y dura realidad del siglo XXI en España.

El siglo actual comenzó con unos buenos augurios para los españoles. Acabábamos de entrar en el club del euro. Ocupábamos un lugar -en Europa y en el mundo- acorde con nuestra posición económica e histórica. Con la democracia que nos dimos los españoles- en los años setenta del siglo pasado-, parecía que habíamos superado los demonios que nos acompañaban en algunas etapas de nuestra historia.

Esta -aparentemente- placentera vida en común, se vio truncada por el mayor atentado terrorista de la Europa de este siglo. No había ninguna causa que lo justificara, dada la bonanza interna y externa en que vivíamos. Pese a todo, ocurrió lo inesperado, y el día 11 de marzo de 2004 a las 7.40 horas, explosionaron simultáneamente cuatro trenes de Cercanías, en Madrid y dos estaciones cercanas; procedían de Guadalajara y Alcalá de Henares. El balance no pudo ser más trágico: casi 2100 víctimas reconocidas, de las que 192 fueron mortales, mi hijo entre éstas. Eran personas sencillas que se desplazaban en los trenes a cumplir con sus deberes cotidianos, un treinta por ciento eran extranjeros que escogieron nuestro país para vivir, no para morir. Supongo que ninguna tenía deudas ni razones para ser elegida por los autores de los atentados. A los terroristas parecía importarles más el número que la identidad de sus víctimas; ellos también procuraron ocultar su identidad, hasta el punto de que quince años después seguimos sin conocer a los verdaderos autores. Y lo que es más grave, nuestro Estado de Derecho, representado por sus tres instituciones, sólo parece preocupado por silenciar y olvidar todo lo relacionado con este gran crimen cometido en tiempos de paz. Esta actitud resulta incomprensible para algunas víctimas, para una parte pensante del noble pueblo español e incluso para cualquier analista ajeno a las partes afectadas (Ver documental de Cyrille Martin, titulado Zougam, un nuevo Dreyfus).

La España sobrevenida de las elecciones del 13 de marzo de 2004, en mi opinión, no parece la heredera lógica de la de los años que precedieron al 11-M. Algunas frases y hechos pueden ayudarnos a entender mi afirmación:

"Ha sido ETA": esta afirmación corrió por boca de todos en los primeros momentos. En la única e incompleta sentencia sobre el caso, ETA fue exculpada explícitamente sin haber sido investigada su participación.

"No vamos a cambiar porque maten o porque dejen de matar": no dejaron de matar, y hoy, hay filoterroristas en las instituciones.

"Se han encontrado terroristas suicidas en los trenes" (Cadena SER): en las autopsias realizadas a los cuerpos de los fallecidos no había ningún terrorista, según confesó la Dra. Baladía, responsable de su ejecución.

En algún medio de comunicación importante se habló de un tiempo nuevo, derivado de los atentados. Supongo que ese tiempo nuevo se debía referir a los hechos que, quince años después, hemos vivido en España:

Sentencia del juicio incompleta y con lagunas como la obviada desaparición de los trenes explosionados.

Pérdida de muestras tomadas para las oportunas pruebas periciales.

Un condenado como autor material y dos como colaboradores necesarios. Ninguno era islamista radical, uno de ellos cristiano. Como la gran mayoría de investigadores, jueces, legisladores y políticos que trabajaron en el caso.

El tiempo nuevo se puede asociar a una España al borde de la ruina económica, campeona del paro, del déficit y de la deuda externa. El bipartidismo se ha transformado en más pluripartidismo pero incapacitante para la normal gobernanza. Eso sí, el consenso es total para silenciar el 11-M y para que la memoria histórica nos ayude a impedir cualquier atisbo de que la VERDAD y la JUSTICIA de aquel atentado se puedan volver contra los responsables que alumbraron este tiempo de sedición, de luchas intestinas y de terrorismo con representación institucional.

Desearía equivocarme desde mi observatorio, pero algo hay que no encaja en mi lógica, cuando para una víctima del 11-M, este crimen múltiple resulta inolvidable mientras para nuestro Estado de Derecho es un objetivo de olvido total y permanente. Creo que nunca hay efecto sin causa.

El votante de VOX puteado y perplejo (y III)
Antonio Cabrera PD 12 Agosto 2019

Las declaraciones de Abascal anunciando el «acercamiento» de VOX al PP y C’s para «conformar mayorías alternativas», pese a los ‘cordones sanitarios’, los desprecios y hasta los insultos a su partido por sus presuntos ‘socios’, habían alarmado al votante de VOX. Con las ‘negociaciones’ y ‘pactos’ posteriores, sus más oscuros presagios se hicieron realidad.

Es intolerable y muy estúpido -decía nuestro votante a quien quisiera oírlo- que dos partidos (PP y C’s) pidan su voto a un tercero (VOX) para formar gobiernos con mayoría absoluta, y que al mismo tiempo impidan el legítimo derecho de ese partido, cuyos votos son imprescindibles para lograrlo, a formar parte de esos gobiernos -con mayoría absoluta, les recuerdo- en los términos proporcionales que correspondan a sus votos.

Y más bochornoso todavía -continuaba diciendo- es que VOX lo asuma. Y más delirante aún -insistía- que habiendo aceptado VOX no formar parte de esos gobiernos, ni siquiera accedan a consensuar con él acuerdos programáticos de legislatura, tripartitos y proporcionales a sus respectivos número de votos. Y ya el colmo de los colmos, el rien ne va plus -tronaba indignado- es que VOX acepte todos esos ninguneos, ‘trágalas’, ‘cordones sanitarios’, y ‘líneas rojas’ contrarias a la esencia de su programa político. Que renuncie, a cambio de nada, a sus principios y contra la voluntad de sus votantes -expresada en su programa electoral-, traicione nuestra confianza y malverse unos votos -nuestros votos- que no le dimos para eso. No hemos votado a VOX simplemente para que no gobierne la izquierda. Ni tampoco para que regale nuestros votos a ‘socios’ indeseables, para que puedan formar gobiernos con mayoría absoluta -de los que se nos excluye negando nuestro legítimo derecho a participar en ellos- y que, para más inri, utilizarán nuestro voto -jactándose encima- para ejecutar políticas contrarias a planteamientos para nosotros irrenunciables: derogación leyes LGTBI, adoctrinamiento escolar, pin parental, deportación de inmigrantes ilegales o ley de violencia intrafamiliar.

Así que no nos venga nadie con milongas -insistía- Si se nos rechaza como socios de gobierno, no pasa nada. VOX se queda en la oposición y sus votantes lo apoyaremos con uñas y dientes. Que busquen en otro lado los apoyos necesarios y que se presenten a la investidura; y si tienen los votos suficientes que gobiernen en minoría. Todo lo demás es, pura y simplemente, un sucio, vil e inaceptable chantaje. Y aceptarlo, una actitud obtusa, incoherente, mezquina y cobarde. Una traición en toda regla de VOX a sus afiliados y votantes. Eso pensaba, furioso, el votante de VOX.

La cruda realidad era que por incompetencia, cobardía o motivos inconfesables VOX había traicionado a sus votantes, sucumbiendo al estúpido chantaje de que si no apoyaba incondicionalmente los gobiernos del PP y C’s entonces «sería responsable de la formación de gobiernos de izquierdas». O que «si no hay pacto y hay que repetir elecciones, sería muy malo para vosotros pues las encuestas no os dan buenos resultados», pontificaba, cínico, García Egea al equipo negociador de VOX en la Comunidad de Madrid, relegado a la condición de comparsa pese a sus doce diputados autonómicos. Hay que ser muy pardillo para caer en trampas tan groseras. Sobre todo cuando la izquierda más abyecta, por su disfraz, ya está en C’s y PP; y cuando desde la oposición, las tres supuestas ‘derechas’, con mayoría absoluta, podrían tumbar el presunto gobierno de ‘izquierdas’ en cuanto quisieran. Pero dejar el poder no está en los planes de C´s y PP (máximo beneficiado de estos ‘pactos’, pese a haber perdido siete millones de votos); sobre todo contando con VOX como tonto útil.

¿Así cumple Abascal su palabra? -proseguía su arrebatada denuncia el votante de VOX- ¿Dónde han quedado sus arengas desde los micrófonos de diversas emisoras de radio y canales de televisión proclamando urbi et orbe: «Por dignidad y por respeto a nuestros votantes no admitiremos más ‘trágalas’, ni más chantajes, ni más ‘papeles mojados’, como en Andalucía» O aquello otro tan trascendente: «Nosotros hemos venido a defender ideas y principios que C’s y PP no quieren defender. Nosotros no vamos a cambiar una coma de nuestro discurso; nosotros somos diferentes a otros partidos políticos y nos vamos a comportar de manera diferente. Esa garantía la pueden tener los 2.700.000 españoles que han confiado en nosotros» Y remataba nuestro líder carismático su repertorio de promesas incumplidas diciéndonos: «Somos decisivos en muchos ayuntamientos y autonomías; que nadie dude que VOX hará valer la voluntad y la dignidad de sus votantes. No aceptaremos ‘trágalas’ ni chantajes. Prefiero el harakiri político, volver con el megáfono al banco de Sevilla donde comenzamos, antes que defraudar a quienes han confiado en nosotros» Bla, bla, bla, bla.

Efectivamente, Abascal permitió todo eso y mucho más. Repitiendo la vergüenza de Andalucía, tras las elecciones del 26-M entregó incondicionalmente la mayoría absoluta al bipartito PP-C’s en todos los ayuntamientos y en las autonomías (Murcia, Madrid) donde sus votos eran decisivos, pasando indignamente a la oposición. Y digo indignamente porque el regalo de los votos de VOX no fue gratuito, aunque Espinosa de los Monteros se jactase, estúpidamente, de que VOX no quería «ningún cargo ni poltrona municipal» en ningún ayuntamiento de España, y que prometiera, en vano -ahí están los últimos ‘pactos’ en Murcia y la Comunidad de Madrid para demostrarlo- el ejercicio de una «férrea oposición», a pesar de su estrepitosa incapacidad para imponer a sus ‘socios’ de gobierno ni uno de los ‘irrenunciables’ postulados políticos de VOX. Parole, parole, parole, que cantaba mi admirada Mina.

Porque, contra lo que pudiera pensarse, el entreguismo de VOX, el regalo ‘gratuito’ de gobiernos autonómicos y municipales al PP y C’s (el último, la Comunidad de Madrid a Isabel Díaz Ayuso, candidata del PP) malversando su ingente capital político -casi tres millones de votos de su fiel electorado, ninguneado, traicionado, puteado y perplejo- no ha sido gratuito. Ha resultado objetivamente carísimo para el partido, sus afiliados y votantes. En primer lugar, porque el voto de VOX -utilísimo para el votante de la derecha sociológica española, pero ‘inutilizado’ por sus dirigentes, incapaces, vocingleros, cobardes y traidores-, se ha transformado en un voto inútil, manso, cobarde y políticamente correcto (¡quién te ha visto y quién te ve!) poniendo de manifiesto que VOX es un partido perfectamente prescindible, y como tal condenado a la desaparición más pronto que tarde. Y en segundo lugar, y mucho más importante: porque el voto de VOX, ‘inutilizado’ por sus pésimos dirigentes, ha servido para todo lo contrario de lo que querían sus votantes. Un voto perverso. De la mano de PP y C’s, su voto hará posible perpetuar allí dónde podrían haberse evitado, o modificado, leyes tan nefastas como las LGTBI, adoctrinamiento escolar, violencia de género, inmigración ilegal, aborto …; líneas rojas que alumbraron el nacimiento de VOX y que hoy han desaparecido sin combate. Silenciosamente.

Claro que el votante de VOX tiene infinitos motivos para sentirse perplejo y puteado por los dirigentes de su partido. Nunca en su vida había establecido lazos tan sentidos y profundos con un partido político. Ideológicos y emocionales. De ahí su enorme decepción, su profundísimo cabreo y su humillación al ver recompensada su lealtad, su compromiso, su trabajo y militancia siendo ignorado, engañado y traicionado por sus dirigentes, aquellos en quienes había confiado plenamente en un momento que él creía decisivo para el futuro de España.

Pero, a pesar de su lealtad, el votante de VOX que yo conozco no es un hooligan político. No es un fulano servil al líder carismático de turno, esclavo de unas siglas, sean las que sean, profundamente acrítico, incapaz de analizar los hechos y tomar racionalmente decisiones por encima de consignas partidistas, aunque sean equivocadas o contrarias al bien común. Por eso nuestro aguerrido votante de VOX, un tipo decente, expuso sus quejas al Comité Ejecutivo de su partido y se dio de baja. Nunca más volverá a votar a VOX. Y muy probablemente a ningún otro partido. Mala cosa, me decía, cuando hay que explicar lo obvio. Además, ya sabes que el esfuerzo inútil conduce a la melancolía, concluyó dirigiéndome una leve sonrisa.

No se por qué la crónica de esta enorme traición al pueblo español -otra más- me ha recordado la frase de Benjamin J. Franklin: «La democracia son dos lobos y una oveja votando sobre qué hay para cenar. La libertad, un cordero bien armado impugnando la votación»

Dos ideas perversas
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli  12 Agosto 2019

El verano transcurre lento y tórrido entre alambicadas negociaciones para formar gobiernos autonómicos y declaraciones cruzadas entre el presidente en funciones y su socio preferente para no formar un gobierno nacional. Los titulares y los análisis de los columnistas serpentean entre trivialidades y lugares comunes sobre lo que puede suceder en una eventual segunda votación de investidura y los comentarios de los dirigentes de los demás partidos se refieren una y otra vez a los motivos por los que no van a apoyarla o se extienden en consideraciones destinadas a ocultar si la respaldarán o no. Mientras los representantes electos del buen pueblo español consumen sus días en perder el tiempo y el dinero del contribuyente, los problemas del país se agudizan, la deuda sigue creciendo, la guerra comercial entre China y Estados Unidos amenaza al mundo con una nueva recesión y las temperaturas alcanzan cotas inéditas. Nuestras élites políticas, económicas y periodísticas se agitan como partículas sometidas al movimiento browniano, siempre en la superficie de las cosas, dando por sentados conceptos absolutamente erróneos que jamás someten a revisión.

Por eso constituye un ejercicio mental saludable recordar algunas de las ideas probadamente equivocadas que impregnan nuestra sociedad y que nuestros gobernantes han hecho suyas con el automatismo propio de gentes resistentes al pensamiento racional. Hay dos en particular que explican en buena medida la situación de parálisis que atraviesa España y que la aguda pensadora iconoclasta Ayn Rand puso magistralmente en evidencia en su célebre distopía “La rebelión de Atlas”, lectura que le sería mucho más provechosa a Pablo Iglesias que la de autores marxistas polvorientos que le han sumido en la confusión, como es evidente en cada ocasión que diseña una estrategia o simplemente abre la boca.

Estas dos ideas especialmente perversas son: a) la necesidad genera derechos y b) el éxito es en sí mismo insolidario. De acuerdo con la primera, basta con encontrarse en un estado de precariedad para que el resto de la ciudadanía tenga la obligación de acudir en socorro del necesitado, con independencia de las circunstancias que le hayan llevado a tal condición y de cuál sea su grado de responsabilidad en la desgracia que le aqueja. Nadie discute, salvo egoístas inhumanos, que los enfermos, los ancianos, los niños desamparados, los desempleados y los refugiados que huyen de guerras genocidas o de tiranías criminales deben recibir ayuda. Sin embargo, no está en absoluto claro que el que se atiborra de comida basura o de alcohol, el que nunca ha trabajado ni cotizado, el que no ha hecho el menor esfuerzo para formarse o para encontrar un puesto de trabajo o el migrante que entra ilegalmente en otro país simplemente en busca de beneficios sociales, pueda exigir subsidios, vivienda y atención médica a costa de los demás. Si aceptamos que el mero hecho de no tener un techo, estar sin blanca o padecer una patología grave convierte al sujeto que padece tales carencias en receptor de dinero público sin más, estamos convirtiendo la pobreza y el fracaso en méritos en lugar de en infortunios, que es lo que son. Este planteamiento aberrante conduce a la proliferación de personas indolentes, irresponsables y aprovechadas en detrimento de aquellas que son productivas, creativas y dotadas de talento.

En cuanto a la segunda, es tan o más letal que la primera. Desde esta perspectiva, si alguien destaca por su inteligencia, su esfuerzo, su ingenio o su capacidad de mejorar su pecunio, la diferencia que estas cualidades establecen respecto a sus semejantes menos dotados es esencialmente injusta y hay que tomar medidas correctoras que la mitiguen. De ahí la educación llamada inclusiva, los impuestos confiscatorios sobre la renta o el patrimonio, el rechazo a la búsqueda de la excelencia y la falta de reconocimiento de la ejemplaridad. Cuando una pandilla de mediocres doctrinarios que jamás han pagado una nómina critican a un personaje excepcional por su empuje empresarial y sus virtudes cívicas como Amancio Ortega por donar centenares de millones al sistema de salud para adquirir equipos de diagnóstico que contribuirán a salvar miles de vidas de gente modesta, revelan la peor cara de una izquierda rencorosa, destructiva y totalitaria, sólo apta para fomentar la envidia disolvente y la estéril fiebre revolucionaria.

La obsesión redistributiva y la manía igualitarista debilitan el cuerpo social, propician la generalización de la escasez y provocan la huida de los mejores a otras latitudes en las que su superior competencia sea reconocida y sus iniciativas aplaudidas. Un Gobierno de “progreso”, tal como lo entiende Pedro Sánchez y el diunvirato conyugal de Galapagar, convertiría a España en un remedo de la Venezuela chavista o de la Cuba castrista malogrando la enorme potencialidad de uno de los lugares del planeta donde sus habitantes podrían disfrutar de una óptima calidad de vida si su clase política no se dedicase a estropear todo lo que toca. Ojalá en las elecciones que muy probablemente tendrán lugar en noviembre los españoles sepan dejar atrás cuatro años de pasiva inactividad seguidos de otros cuatro de decepcionante caos y pongan las cosas en su sitio.

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La mayor indignidad de nuestra democracia
Editorial ABC 12 Agosto 2019

En España, lamentablemente, los homenajes a los terroristas que quedan en libertad tras años merecidos de condena salen gratis. En los últimos tres años, y tras haber abierto más de una veintena de procedimientos por enaltecimiento del terrorismo y humillación a las víctimas de ETA, la Audiencia Nacional solo ha podido condenar en un caso. Los demás, o salen impunes o se eternizan hasta que la reparación de las víctimas pierde todo su sentido. Lo peor no es solo que Bildu, y su terrorista factótum, Arnaldo Otegui, hagan ostentación pública de su desprecio por las víctimas. Lo peor es que el PNV, fiel a su instinto y su ambigüedad, y el PSOE, como se ha demostrado en Navarra, lo consideran un asunto menor. El blanqueamiento de ETA es la mayor miseria moral que tiene que soportar nuestra democracia. La doctrina jurídica europea en virtud de la cual debe demostrarse que un homenaje es en sí mismo un acto preparatorio o justificativo de un atentado no tiene sentido ninguno. Para eso España aprobó una reforma penal que castigaba el enaltecimiento del terror. Pero es evidente que ha quedado en agua de borrajas y que la Audiencia Nacional lucha contra un sinsentido jurídico que expone a las víctimas a un sentimiento vergonzante.

Es una perversidad que la ley permita a un etarra salir triunfante de prisión, entre cánticos y bailes, mientras sus víctimas yacen en tumbas sin reparación alguna. Solo así se entiende el envalentonamiento de Otegui cuando afirma que queda una larga lista de homenajeados sin que el Estado pueda hacer nada por impedirlo. Es abusivo. Es cobarde. Y es generador de odio. Es una tragedia que nuestra democracia siga viviendo con una inmensa deuda pendiente con la dignidad de las víctimas.

La Audiencia Nacional admite a trámite la denuncia de VOX contra Bildu por los homenajes a etarras
Redacción |eltorotv.com 12 Agosto 2019

El Juzgado Central número 4 de la Audiencia Nacional ha admitido a trámite la denuncia presentada por VOX contra los alcaldes de las localidades guipuzcoanas de Hernani y Oñate y contra la formación política EH Bildu por enaltecimiento del terrorismo, tras los homenajes a expresos etarras en estos dos municipios.

Según ha informado VOX, el juez, en un auto notificado este viernes, ha acordado acumular esta denuncia en el mismo procedimiento en el que se tramita las denuncias que la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) interpuso por los mismos hechos.

En concreto, el partido político denuncia por «enaltecimiento del terrorismo» los homenajes que recibieron los expresos etarras José Javier Zabaleta ‘Baldo’ y Javier Ugarte Villar tras su excarcelación el último fin de semana de julio.

La formación liderada por Santiago Abascal destaca que «estas acciones deben quedar excluidas de todo amparo legal y debe decaer cualquier derecho fundamental de expresión o libertad», al tratarse de terrorismo.

El partido basa su denuncia –dirigida a los alcaldes, a los organizadores de los actos y «a todos aquellos que hubieran colaborado con la difusión y publicidad de la celebración»– en los artículos 578, 579 bis y 580 del Código Penal y en «la doctrina del Tribunal Supremo y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH)».
 


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