AGLI Recortes de Prensa   Domingo 1 Septiembre 2019

El Banco de España avisa a Sánchez
Editorial ABC 1 Septiembre 2019

La economía española se frena sin que el Gobierno en funciones de Pedro Sánchez haga nada para impedirlo, a pesar de las numerosas advertencias y recomendaciones que lanzan los expertos. El último en sumarse a esta oleada de alertas ha sido el gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, tras constatar que el convulso contexto internacional ya está afectando de lleno al crecimiento. El PIB avanzó un 0,5 por ciento en el segundo trimestre, dos décimas menos que en el primero, y nada indica que la situación vaya a mejorar, más bien al contrario. La guerra comercial entre Estados Unidos y China y la desaceleración de la zona euro, con Alemania al borde de la recesión, se traducen en un menor volumen de exportaciones y de inversión empresarial, lastrando con ello la recuperación. Esta realidad, sin embargo, contrasta con el optimismo del PSOE, ya que, lejos de reconocer los riesgos y amenazas que se ciernen sobre el país, el Ejecutivo pretende revisar al alza las previsiones de crecimiento de cara a la posible repetición de elecciones.

Esta estrategia, por desgracia, recuerda mucho a los tiempos en los que Rodríguez Zapatero insistía en negar la crisis, pese a ser ya una evidencia. El Banco de España, por el contrario, no solo reconoce los efectos del frenazo económico, sino que destaca la importancia de garantizar el equilibrio de las cuentas públicas, así como la necesidad de impulsar nuevas reformas estructurales para revertir esta peligrosa deriva. El problema es que Sánchez y sus ministros hacen oídos sordos. La incertidumbre política, fruto de su incapacidad para formar gobierno, y el erróneo recetario que proponen los socialistas, centrado en aumentar el gasto y las trabas al crecimiento, tan solo agravarán esta preocupante tendencia a la baja.

La repugnante demagogia del empleado de George Soros

EDUARDO INDA okdiario 1 Septiembre 2019

Sólo un malnacido puede decir “no” al rescate de un náufrago en alta mar. La más elemental humanidad obliga a salvar la vida de una persona que está en peligro. En el mar, en tierra o, si es posible, en el aire. Pero tan malnacido es quien niega el socorro a almas en peligro como quien lo hace movido por razones electoralistas porque en realidad le importan tanto los votos como un comino las vidas ajenas. Cayetana Álvarez de Toledo, a la que la retroprogresía patria ha tomado ya la matrícula por su insoportable brillantez, lo pudo decir más alto pero no más claro el jueves en su estreno en el Congreso: “El sanchismo y el salvinismo utilizan y desprecian a los inmigrantes para ganar votos”.

No sólo los hechos avalan mis palabras. También lo hace el Derecho Marítimo internacional, que prescribe la obligación de asistencia a personas que se encuentren en peligro en el mar. Tan cierto es eso como que lo del presidente del Gobierno de España apesta: tanto con el Aquarius como con el Open Arms ha practicado la más repugnante y baratera de las demagogias. He de recordar que el 1 de agosto en el barco de la presunta ONG llegó a haber 160 inmigrantes y a San Roque llegaron, gracias a la actuación del buque Audaz de la Armada española, 15. Entre medias, hubo quienes fueron evacuados por Italia, quienes se bajaron en Malta por razones de urgencia hospitalaria o quienes, desesperados por la situación, se arrojaron al agua.

Del terreno de la moral pasamos al estadio de lo legal. Sánchez se ha pasado por el forro de sus caprichos el Derecho Marítimo por partida doble, triple o cuádruple. La legislación del mar señala tan literal como taxativamente que un náufrago ha de ser trasladado “al puerto más cercano”. No sólo lo apunta la ley sino que así lo ha sentenciado reiteradamente el Tribunal del Derecho del Mar con sede en Hamburgo. Sobra decir que los puertos más próximos eran italianos o libios. Como quiera que a estos segundos no se les podía transportar, para no exponerles a una muerte casi segura, el país transalpino era el destino natural. El locoide de Matteo Salvini se negó a acogerlos. El Reino de España, en lugar de instar al arbitraje de Bruselas, primero se lavó las manos, luego miró hacia otro lado y, finalmente, optó por enviar a la Armada.

Lo normal era haberlos intentado conducir a Malta, a Túnez o a Marruecos. Pero no. Finalmente, los 15 desamparados llegaron a Cádiz a la espera de un asilo político o un estatus de refugiado que se antoja obligatorio en alguno de los casos pero no en todos. Porque si bien es cierto que Eritrea, Sudán, Liberia e incluso Gambia son naciones en guerra o semiguerra no lo es menos que esa situación no se produce técnicamente en Ghana, Nigeria o Etiopía. Pero ésa es una cuestión menor en el debate que nos atañe.

Hasta ahí todo bien. El problema es cuando nos adentramos en la calificación moral de la actuación gubernamental. Al agnóstico Pedro Sánchez no le vamos a pedir que aplique ese Evangelio de San Mateo que aconseja que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Vamos, que la caridad o humanidad se ejerza en silencio, sin fareísmos, sin proclamarla a los cuatro vientos. Pero sí que eche mano de la más elemental norma de moralidad, que invita a procurar el bien ajeno, especialmente el de los más desvalidos, sin publicidad. Por eso provoca arcadas el gesto humanitario del primer ministro español que ha conseguido marcarse un tanto de imagen y, de paso, aplacar a los progres patrios que iban a degüello a por él por abjurar de los designios de esa dictadura política que es el pensamiento único que rige en este país todavía llamado España. Por no hablar de ese jeta llamado Richard Gere que, en lugar de hacerse la foto, podría poner dinero para rescatar inmigrantes o acogerlos en las mansiones que posee en medio mundo. Tiene para elegir: Los Hamptons, Nueva York, Hollywood o Positano.

El problema es el mismo que con el Aquarius: las consecuencias. El efecto llamada. La indigencia no priva a los inmigrantes que vagan por media África rumbo a la rica Europa de teléfonos móviles de última generación a través de los cuales pueden enterarse de la actualidad en tiempo real. Las mafias que les sacan los hígados por transportarlos en condiciones infrahumanas están mucho más al cabo de la calle si cabe de cuáles son los coladeros. Entre otras muchas razones, porque muchas veces están conchabados con las autoridades locales. Cuando hará cosa de un año y medio Italia blindó sus costas, empezaron a poner rumbo a España. Grecia queda muy lejos.

Marruecos estaba al quite para aprovechar la jugada. Las tan corruptas como implacables autoridades alauitas están sobornadas desde tiempos inmemoriales por el Gobierno español para blindar las vías de salida al norte por tierra y mar. Estábamos en ésas y llegó Pedro Sánchez con su kamikaze demagogia barata. Marruecos volvió a gastárselas como siempre: abramos las puertas y volvamos a poner el cazo, que seguro que caen más billetes. Y cayeron, vaya si cayeron. Consecuencia de la consecuencia: las mafias dirigieron todos sus esfuerzos a una España que es la tonta de la clase porque, en lugar de apelar a la solidaridad comunitaria, se come todo el marrón. Las insobornables estadísticas no mienten: desde la llegada del secretario general socialista a Moncloa el 2 de junio de 2019 hasta el 31 de diciembre el número de inmigrantes ilegales se multiplicó por 2,5. En los mismos seis meses de 2017, con Mariano Rajoy al frente del Ejecutivo, accedieron sin papeles 20.401 extranjeros, mucho menos de la mitad que los 51.467 registrados en el mismo periodo del año pasado. La mayor parte de este aumento exponencial es culpa de ese efecto llamada que alentó a las mafias del mar a cambiar la durísima Italia de Salvini por el chollo ibérico.

Inmigración, sí, desde luego, pero ordenada. Porque en España no caben todos. Nuestro Estado de Bienestar no es un chicle que puedas estirar hasta el infinito y más allá. Con tres millones de parados, una recesión a la puerta de la esquina por la nula credibilidad que provoca el titular de la tesis fake en los mercados y unos colegios y unos hospitales que no admiten ya más recortes so pena de hundir la calidad, no es de recibo esa política de puertas abiertas a la que en la práctica nos ha conducido el amoral de Pedro Sánchez. Un Pedro Sánchez al que le da igual pactar con ETA, con los golpistas o hacer un involuntario guiño a los traficantes de hombres con tal de seguir en esa Moncloa en la que nunca entrará un inmigrante ilegal.

No olvidemos tampoco que en la práctica nuestros porcentajes de inmigración sobre el total de la población nacional superan ya a los de vecinos más ricos como Francia o Alemania. Y tampoco desdeñemos otro pequeño gran detalle: el Open Arms es un instrumento del representante de Belcebú en la tierra, George Soros, el especulador número 1, el primer tipo al que recibió Sánchez al mudarse a Moncloa, para empobrecer países y comprar moneda, empresas, terrenos y edificios a precio de saldo. La solidaridad no está reñida en ocasiones con la tontuna ni tampoco con el mal cuando es más falsa que Judas.

No viene en su libro
Serafín Fanjul ABC 1 Septiembre 2019

Sabido es aquel ingenuo y viejo subterfugio de los malos estudiantes de antaño -más bien pequeños- para quedar a cubierto de exigencias: «Eso no viene en mi libro». La acumulación de aniversarios trascendentales en este año (partida de Magallanes hacia la Especiería, fundaciones de La Habana, Veracruz, Panamá) ha vuelto a poner de manifiesto las graves carencias culturales de nuestra sociedad que, si antes no leía libros, ahora puede aferrarse con razón al argumento: en su Biblia de cabecera, en la que viven sumergidos y sin la cual no sobrevivirían, esas cosas no vienen. Y en caso de que pretendieran extraer algo de las pantallicas (maniobra posible, en teoría), la primera dificultad con que toparían estriba en que para buscar algo primero es preciso conocer su existencia. Así pues muy pocos españoles se van a dar por ofendidos si el forraje audiovisual rebasa todos los límites de incuria, acorde con un país comandado por el Dr. Sánchez, la que no quiere «explificar» su pasado laboral y la de Pixie y Dixie. Lo nuestro es la erudición de altos vuelos.

El 4 de agosto pasado ABC informaba de la emisión en TVE2 de un documental inglés en que por enésima vez nuestro enemigo de toda la vida abundaba en las aburridísimas repeticiones de la Leyenda Negra, mera propaganda de guerra, aunque , al parecer, no quieren enterarse de que la guerra entre nosotros acabó hace tiempo, al menos el choque visible; más las pintorescas escenas de la España de pandereta inventadas e hipertrofiadas por Ford y Borrow y renovadas más recientemente por Lady Hartley y Gerald Brenan. Y, por cierto, invito vivamente a leer a este último, para que los lectores se pregunten como yo mismo por qué se ha dado en nuestro país tanta cancha a tal saltimbanqui aprovechado. ¿La catetería de algunos granadinos tan necesitada estaba de que alguien hablase de ellos, aunque fuese entre tópicos baratos, ignorancia y desprecios? En el documental se combinan todos los elementos habituales y con la misma profundidad y seriedad al uso: Inquisición, Isabel la Católica, al-Andalus paradisíaco arrasado por los bárbaros del norte (y encima, católicos), el oro de América y el resto de simplezas que cansa enumerar. Pero yo no culpo demasiado al autor del bodrio, ni a la BBC. Ellos siguen a piñón fijo realimentando la imagen que les interesa y es capaz de entender su público, cuya cultura tampoco es como para tirar cohetes.

Pero lo grave es que los poderes públicos españoles -es decir, la TV del Estado- insisten en respaldar y difundir entre nuestra gente la versión de la historia forjada por los anglosajones a su conveniencia. Seguramente, nuestra leyenda rosa sea estomagante y muy insatisfactoria por almibarada y mutilada de capítulos que también deben conocerse, pero no dejando el asunto en manos de los beneficiarios de la decadencia y ruina de España. ¿Sería imaginable -no digo posible- que una productora española elaborase una historia, hasta bien hecha, de la piratería inglesa (Drake, Hawkins, Anson, etc.) y que la BBC comprara y emitiese tal serie? Pues esto sucede en nuestro país desde hace mucho y no porque la materia «no viniese en el libro» de los prebostes encargados de la programación cultural, convencidos de que desacreditar el pasado de España les beneficia, por «ser de derechas». Vergonzosa actuación mantenida en las etapas en que, supuestamente, la derecha política controlaba y manipulaba la TV del Estado: ésta nunca, desde el 82, ha salido de la férula y control real de la izquierda, infiltrada, asentada y fortificada en reductos inexpugnables del organigrama, en especial en áreas culturales, que la derecha política siempre ha desdeñado. Tan hambrientos de cargo, no se han percatado, ni se percatarán, de que la opinión global de una persona (incluida la política) no se forma en las declaraciones oficiales ni en las campañas electorales, sino en el día a día de toda la información que recibe. Y, dado el escaso aprecio por la cultura escrita -que va en aumento-, es la televisión la encargada de suministrar impulsos más que datos, estados de ánimo más que reflexiones. Desde los espacios deportivos a los cotilleos y las modas, pasando por el cine comercial, los programas de entretenimiento, los documentales y -desde luego- la manipulación manifiesta de los telediarios.

Para la izquierda, la cultura es parte de la propaganda: no esperemos en ellos ingenuidades como «el arte por el arte», esteticismo puro; pero para la derecha política no es nada, con la excepción quizá de J.M. Aznar que sí intentó llevar adelante proyectos culturales serios, pero su partido no le siguió: no querían «líos» y además gastando. Si acaso, ven a unos cuantos pedigüeños que quieren viajar gratis, publicar libros raros que las editoriales comerciales rechazan por no considerarlos negocio, o estudiar música como en Alemania o Austria. Todas actividades que no garantizan un lucro sabroso y rápido. De ahí su enemistad por los ministerios de cultura, las inversiones oficiales en esfuerzos sin beneficio tangible inmediato y su entusiasmo por que «el mercado» regule y decida qué se oye, se ve o se escribe, de suerte que habríamos de abandonar numerosos campos, instituciones, proyectos científicos, culturales, investigadores, cuya subsistencia es imprescindible en un país de civilización avanzada, si no se autofinancian. El mercado, Dios redivivo sobre la Tierra, ¿puede determinar si se mantienen las Academias o se las tira al albañal, caso de no dejarse convertir en fábricas de panfletos para el Gobierno? ¿Cómo se miden la utilidad y el provecho de las bibliotecas públicas? ¿Y de los conservatorios? ¿Y de las buenas editoriales oficiales que operan en terrenos que las comerciales eluden? A recordar que Editora Nacional fue liquidada por el primer Gobierno socialista cuando se había reconvertido por completo, cambiado el catálogo y dedicado a publicar clásicos fundamentales.

Bien es cierto que nuestra derecha política cuenta con próceres de alto bordo: el último presidente del Gobierno del franquismo se jactaba de no haber pisado el Museo del Prado y otro que tuvimos hasta anteayer nunca encontró, en seis años de mandato, media hora libre para acercarse a la RAE, aunque fuese para presidir cualquier acto protocolario, o a repartir medallas de esto y lo otro. De ahí que el Dr. Sánchez ande fingiendo lo contrario, si bien de trigo da poquito; y su continuidad sólo augure en TV2 más churros contra la Conquista, papanatismo por al-Andalus, canonización de los moriscos (más), mucha memoria histórica hemipléjica, más republicanos españoles aquí y acullá y profusión de maldades de los franquistas. Imposible que se produzcan buenas series y películas históricas, entretenidas y con gancho acerca de cualquier momento de los infinitos aprovechables y de interés de nuestra historia. No hace falta propaganda, sólo rigor. Y dinero.
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Serafín Fanjul es miembro de la Real Academia de la Historia

¿Qué fue de la nueva política?
No han tardado cinco años en caer en lo que denunciaban
Luis Ventoso ABC 1 Septiembre 2019

Durante el último lustro me he afeitado infinidad de mañanas con la voz de Rivera como telón en las radios. Siempre impartiendo energéticas lecciones sobre la regeneración de la vida pública y poniendo a parir con displicencia a los rancios «partidos tradicionales». El argumento, como todos los suyos, tiraba a sencillote y tal vez por ello resultaba atractivo: las formaciones de la «vieja política» habían acumulado vicios que exigían limpiar con lejía la cocina pública e instaurar hábitos más éticos. Esa música sonaba muy bien, con el PP enfangado por entonces en una sucesión de cenagosos casos de corrupción y con el PSOE también con su losa habitual. Con la Nueva Política el interés de los ciudadanos pasaría a primer plano frente a las conveniencias electoralistas de los partidos. La corrupción sería erradicada, al llegar a la vida pública la especie angélica de los políticos naranjas. Se acabaría también con chanchullos endémicos como el transfugismo y los intercambios de sillas. La dicotomía derecha-izquierda, una antigualla, dejaría de existir y se impondría un nebuloso centrismo-liberal capaz de pactar con todos y con ninguno. Por supuesto, llegaría la austeridad a la vida pública y se liquidaría la verbena de chiringuitos superfluos y cargos innecesarios.

Por primera vez en la historia del homo sapiens surgiría un grupo de seres humanos sin mácula, blindados frente a las fuertes tentaciones del poder, los carguitos y la soberbia. Y seguro que así es, aunque han sucedido algunas cosas curiosas que probablemente el buen Albert sabrá explicar. En las primarias naranjas de Castilla y León hubo un escandaloso intento de pucherazo, sobre el que se ha corrido un piadoso velo. En los dos últimos comicios, CS ha rellenado sus listas fichando tránsfugas. En Melilla ha transigido con una maniobra berlanguiana por la que su candidato ha okupado la presencia siendo el quinto en votos y con un solo escaño, el suyo (la primera medida del representante del partido regenerador ha sido subirse el sueldo a 7.000 euros al mes). En Madrid, la primera decisión de los racionalizadores de la vida pública ha consistido en aumentar innecesariamente el número de consejerías, solo para que quepa toda la peña que hay que colocar. Además, en lugar de intentar crear un gobierno estable, fuerte y bien coordinado, que ofrezca una alternativa liberal de éxito frente al sanchismo, los primeros pasos del vicepresidente naranja Aguado han consistido en marcar con forzados actos de marketing que estamos ante dos gobiernos en uno (fórmula que siempre ha acabado como el rosario de la aurora).

Pero lo más espectacular del glorioso balance de la Nueva Política es que por primera vez en la historia de nuestra democracia llevamos casi tres años desgobernados, con una actividad legislativa paupérrima y sin presupuestos. A veces me da por pensar que en realidad la macedonia de siglas no ha traído nada bueno. Pero el señor Aguado nos corrige: «Yo estoy muy cómodo con el multipartidismo». Ciertamente. Y el pájaro de Melilla, también.

Europa ante la memoria de la Segunda Guerra Mundial
Editorial El Mundo 1 Septiembre 2019

Hace hoy exactamente 80 años, el 1 de septiembre de 1939, las tropas de Adolf Hitler invadían Polonia y detonaban la mayor conflagración de la historia. Un infierno de magnitud desconocida hasta la fecha se abatía sobre el mundo por la monomanía homicida de un nacionalista enloquecido que durante años no encontró freno a su locura, pese a que nunca ocultó sus intenciones. Primero las consignó en un libro, después las convirtió en programa de un partido, luego obtuvo representación y cuando al fin se aupó al poder, cabalgando emociones tan explosivas como la autoestima herida de un pueblo arruinado, comenzó a desarrollar su proyecto totalitario y expansionista. Seis años después, 60 millones de seres humanos habían hallado la muerte, muchos de ellos bajo formas de un espanto apenas concebible.

Hoy sabemos mucho sobre la II Guerra Mundial: el trabajo de historiadores, escritores, cineastas, artistas y periodistas ha servido bien a la máxima de Santayana que exhorta a conocer la historia para no vernos obligados a repetirla. Pero por más que recordemos los hechos, la razón se resiste a asimilar la deshumanización absoluta.

Lo cierto es que el horror nazi no empezó cuando las botas claveteadas de las columnas de la Wehrmacht desfilaban hacia Varsovia en ejecución de la guerra relámpago; para entonces ya era demasiado tarde. Toda guerra empieza siempre mucho antes y en un plano más sutil: el de las ideas. El nazismo nació de la normalización del sentimiento supremacista mediante el uso masivo de la propaganda. Se fortaleció en el empleo de un lenguaje brutal, en la violación de los acuerdos diplomáticos, en el descrédito de la política convencional, en la legitimación del racismo criminal a través de la exacerbación nacionalista. Y selló su destino cuando se anexionó Austria o los Sudetes y las potencias democráticas, por ceguera o cobardía, quisieron contemporizar con el tirano, que acordó con otro tirano -Stalin- un pacto de no agresión fundado en el mutuo desprecio a la libertad y decisivo para el refuerzo bélico de ambas dictaduras.

Tras la victoria aliada llegó el reto de la paz. Sobre las ruinas humeantes de Europa, conjurados para erradicar del futuro toda posibilidad de repetir el horror, un puñado de genuinos estadistas levantó el arduo edificio de lo que hoy llamamos Unión Europea: una construcción eminentemente moral y no la caricatura burocrática que sus detractores propalan explotando deficiencias ciertamente necesitadas de reforma. La UE nació contra el nacionalismo porque el nacionalismo, atinó Mitterrand, es la guerra. Conviene no olvidarlo ahora que el nacionalpopulismo campea a uno y otro lado del Atlántico, divide sociedades, aísla a los británicos y amenaza el entramado de fraternidad erigido a lo largo de estos 80 años. La paz pervive al precio de la eterna vigilancia. Ojalá que este aniversario nutra la memoria de los europeos y espolee la responsabilidad de sus líderes.

Hay más que el Brexit en juego
Editorial ABC 1 Septiembre 2019

Un primer ministro que no ha sido legitimado por las urnas ha utilizado una argucia paralegal para anular a un parlamento electo, con el pretexto de que tiene que llevar a cabo un mandato democrático, derivado de un referéndum que tuvo lugar hace más de tres años y que arrojó el resultado de un empate virtual. Uno de los lemas de los partidarios del Brexit fue precisamente la defensa del mito de la democracia británica frente a la «dictadura» de los «burócratas de Bruselas», pero viendo a un personaje de las características de Boris Johnson dirigiendo ese país a empellones, cabe pensar que el sistema político británico ha entrado en un proceso de autodestrucción y hace agua por muchos flancos. Nadie habría esperado ver decenas de manifestaciones multitudinarias de protesta contra los modos expeditivos del primer ministro en un país que presumía de ser la patria de la democracia parlamentaria.

Aunque a los actuales dirigentes británicos se les ha nublado la vista desde hace mucho tiempo a causa de sus propias intoxicaciones propagandísticas, conviene recordar que anular al parlamento es propio de las dictaduras y no de las democracias. Hacerlo además para dar más peso a una maniobra tan aparatosa, en una negociación sobre un asunto del que depende el futuro de varias generaciones, es indecente.

Quedan exactamente dos meses para que se produzca su desconexión de la UE. Salvo un milagro de última hora, en las actuales circunstancias una nueva prórroga es altamente improbable. Como muchos responsables europeos han explicado debería ser «por una buena razón», es decir, porque se fuera a organizar un nuevo referéndum u otras elecciones en las que los ciudadanos pudieran dirimir indirectamente el asunto central de la pertenencia a la UE. Para seguir asistiendo a este agónico proceso de degeneración de la política británica puede que ya no sea razonable pensar en una nueva prolongación, ni siquiera para evitar el temido Brexit desordenado. De todos modos, el debate ya no está entre el Reino Unido y Europa, sino en el seno mismo de la vida política e institucional británica, quebrada por completo a causa de las tribulaciones en el Partido Conservador, que hace tiempo que sucumbió a los cantos de sirena del populismo y a la miopía -igualmente inexplicable- del liderazgo de la oposición laborista.

Es lamentable que este proceso haya arrastrado a los millones de británicos de buena voluntad que se sienten europeos y que quisieran seguir en la UE, a los que apenas les quedan unas horas para intentar evitar la catástrofe. Los que ayer salieron a la calle con miles de banderas europeas deberían ser escuchados porque representan la salvación de su país.

De cómo la ley de memoria «histórica» perturba seriamente la democracia.
Pío Moa Gaceta.es 1 Septiembre 2019

De cómo la «barra libre» de tergiversaciones y falsedades sobre el franquismo está perturbando seriamente la democracia y amenazando la convivencia en libertad en España

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)
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Un año después de fallecer Franco, un referéndum popular decidió por abrumadora mayoría el paso a la democracia “de la ley a la ley”, es decir, desde y no contra el franquismo, como pretendía una oposición que encontró mínimo apoyo popular. Recordarlo es decisivo, y es preciso entender por qué fue así, y por qué aquella decisión ha ido transformándose en la contraria en estos cuarenta años, hasta llegar a la totalitaria ley de memoria histórica y políticas generales congruentes con ella.

El franquismo derrotó a totalitarios y separatistas, evitó a España la guerra mundial, desafió y venció una hostilidad y aislamiento delictivos de medio mundo, reconstruyó el país sin las inmensas deudas políticas, económicas y morales del resto del continente, alcanzó una salud social, estabilidad social y esperanza de vida de las más altas del mundo en un país tradicionalmente poco lucido en las tres cosas, superó el analfabetismo e hizo de España una potencia económica importante… Si consiguió todo eso y otros objetivos, es indudable su legitimidad de ejercicio, sumada a la de origen al rebelarse contra una evidente tiranía. Y aunque condenaba la democracia por verla reflejada en el Frente Popular, creó las condiciones sociales y económicas para una democracia estable. Todo esto lo tenía aún presente en una memoria auténtica la mayoría de población que votó la evolución sin ruptura de la legitimidad franquista a la democrática. En cambio se había ido diluyendo un tanto lo que había significado el Frente Popular, y por eso el PSOE, bien subvencionado y apoyado por los nuevos «demócratas», pudo conseguir una posición política excepcional.

Y a estas alturas queda claro que desde aquel referéndum se ha producido una lenta involución a favor de quienes entonces pretendían la “ruptura” para enlazar con la presunta legitimidad del Frente Popular o de la república. Quienes entonces quisieron considerarse, un tanto gratuitamente, herederos de los vencidos en la guerra, es decir, socialistas, separatistas y otros, acometieron una tenaz labor, política y periodística, encabezada historiográficamente por el historiador comunista Tuñón de Lara, para deslegitimar al franquismo difundiendo visiones semicelestiales de la república y del FP, y horripilantes de sus vencedores.

Merece la pena señalar que esta larga y empeñada labor, enarbolando la bandera de una democracia quimérica, contó con la colaboración de un clero “avanzado” y una derecha asustada de ser tildada de “fascista”. Así, de modo progresivo se llegó a la condena oficial de la rebelión del 18 de julio, la exaltación de las Brigadas internacionales –creación comunista– y se promovieron acciones similares en la UE y organismos internacionales. Y ello tanto con gobiernos del PSOE como del PP. Los separatistas, muy débiles al comienzo de la transición, recibieron de dichos gobiernos todo tipo de apoyos y financiación a su propaganda furiosamente antiespañola. Y así hasta llegar a la ley de memoria histórica, triunfo del “rupturismo” que no había convencido a casi nadie en 1976, porque la gran mayoría tenía aun memoria bastante clara de lo que había vivido en los años anteriores.

La ley de memoria histórica, totalitaria y evidentemente falsaria, demuestra, una vez más, el valor de la “democracia” de esos partidos, cuyas versiones históricas no pueden defenderse de otro modo. Viene a ser el documento fundacional de una especie de nuevo frente popular, alianza de hecho de totalitarios y separatistas, salido de los atentados de marzo de 2004. Con la novedad histórica de ser apoyado por el partido de la derecha, el PP. El balance de este nuevo frente popular, dejando aparte un desempleo muy elevado y nunca vencido, ha sido un enorme impulso a los separatismos hasta la crisis actual, con varias regiones donde la presencia del estado central es casi inexistente y los separatistas en abierta rebeldía en una de ellas, especie de golpe de estado permanente; un grupo terrorista, la ETA, sacado de la ruina y premiados sus atentados con legalidad y dinero público; entrega ilegal y acelerada de soberanía a entidades exteriores; leyes antijurídicas como las llamadas “de género”; promoción del islam y de una inmigración descontrolada; ataque persistente a la unidad nacional y cultural de España, incluyendo una creciente colonización por el inglés; renovación de las retóricas y agresiones contra una Iglesia que parece estar trabajando en su propia destrucción; por supuesto también un antifranquismo grotesco, compañía inevitable de todo lo anterior.

Besteiro denunció en su día el “Himalaya de falsedades” con que los partidos del FP “envenenaban” a las masas. Esta situación ha vuelto, y algunos creen que no tiene mayor importancia porque lo que necesita España es “mirar al futuro”. Mirar al futuro, en el sentido de intentar preverlo o planearlo, es necesario, aunque realmente no se pueda ver gran cosa; pero hacerlo sin tener en cuenta el pasado, sin hacer balance de la experiencia histórica, revela una peligrosa estupidez, fácilmente combinable con la canallería que denunciaba Gregorio Marañón. Es abrir las puertas a las peores demagogias, porque es la historia la que define la realidad política y cultural de un pueblo, y su falsificación falsifica asimismo su política y cultura presentes. Y la experiencia histórica nos informa también de los efectos sociales de campañas como la de las atrocidades de Asturias, a las que hoy se libra esa memoria antihistórica, bien engrasada, corruptamente, con fondos públicos. Es necesario poner coto a estos manejos, y a ello he dedicado varios libros, nunca rebatidos, numerosos artículos y el presente ensayo.

Hoy, las versiones históricas difundidas por los herederos del Frente Popular predominan en los medios de masas y en una universidad lo bastante degradada para aceptar sin protesta aquella monstruosa ley; y cuanto más predominen mayor resistencia debe oponérseles.

En cambio, en el terreno intelectual esas versiones están perfectamente liquidadas. Y por ello es preciso superar también la cuestión, grotescamente falsa y estéril, de si la guerra enfrentó a demócratas y fascistas, o si todos fueron “malos” por igual, y centrarla en la significación histórica del franquismo y sus posibles lecciones. Esta es la gran cuestión actual, de la que dependerá tanto el asentamiento de la democracia lejos de sus actuales y peligrosas derivas, como la política exterior con respecto al resto de Europa e Hispanoamérica.
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«En el Ateneo de Madrid están desapareciendo cuadros de próceres, sustituidos por unos garabatos extraños. Alguien sospecha alguna trama criminal detrás del hecho, del que pocos parecen darse cuenta, y contrata al detective Bofarull i Bofarull. Es el comienzo de una historia que el detective lleva a un desenlace negro como la vida misma. Bofarull reaparece tiempo después como profesor o algo de la universidad Pompeu Fabra, desde donde mete en vereda a otros separatistas gallegos, vascos y andaluces que se creen con iguales derechos a la secesión que los catalanes»

El fascismo de ser guardia civil
Pedro de Hoyos Periodista Digital 1 Septiembre 2019

El otro día, una vez más, un grupo de subsaharianos ha entrado en España a la fuerza. Con cuchillas, ácidos y excrementos han asaltado la valla que nos separa de marruecos al medieval modo. Unos ciento cincuenta han conseguido entrar dejando detrás de sí destrucción y un grupo de guardias civiles heridos. ¿Si yo golpeo a un guardia o destruyo su puesto de vigilancia tampoco me pasa nada?

Siempre me llama la atención que después de cualquier alboroto ciudadano el número de heridos en las fuerzas del orden es desproporcionadamente elevado. Protegidos por cascos, chalecos y escudos, siendo siempre un número muy inferior al de los manifestantes o asaltantes, terminan con más heridos y lesionados, bien en números proporcionales o bien en números absolutos.

A los guardias civiles de nuestra frontera sur no les dejan operar con todas las garantías para defendernos y defenderse. Ni este gobierno actual ni los anteriores. ¿Para qué los ponen ahí entonces? ¿A modo de diana para los asaltantes? ¿Pretenden que con su presencia inmóvil asusten a sus potenciales contrarios? ¿Qué tipo de absurda contradicción es esta?

Nos hemos acostumbrado a desmerecer a aquellos que nos defienden. Esto no ocurre en ninguna parte que no se llame España. En cualquier lugar del mundo estos servidores públicos tienen un reconocimiento socialmente generalizado. Aquí nos encogemos de hombros cuando nos hablan de cuántos han resultado heridos por defendernos, por defender las leyes hechas para defendernos. Será porque ser policía, en cualquiera de sus modalidades, es ser facha, defender España es ser facha, defender la ley es ser facha.

Pero que un político que aspira a entrar en el gobierno se emocione cuando dan una patada a un policía es de superhéroes al modo de una asfixiante película americana.
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El votante del PSOE, contra Sánchez
 La Razon 1 Septiembre 2019

Una partida de cartas. Así es la política española para Pedro Sánchez. Está esperando tener una buena mano... pero no llega. Los encuentros –y más los desencuentros– de los últimos meses con su socio «natural», Unidas Podemos, no llegan a buen puerto. Quizá porque el barco de la gobernabilidad de España, con el capital Sánchez al mando, nunca fue una empresa creíble para nadie. Ahora, tras unas vacaciones nada merecidas a la luz del fracaso acumulado de meses, Moncloa vuelve por donde solía con nuevas reuniones con «colectivos sociales» que nadie sabe qué trascendencia tienen. Y para ahondar aún más en la ceremonia de la confusión, el sanedrín de Sánchez prepara una nueva oferta para Unidas Podemos. El PSOE enviará –aseguran– un acuerdo programático que insiste en que la formación morada no entrará en el Gobierno. Más de lo mismo. El documento traerá aproximadamente 300 propuestas de corte social que servirán, en caso de que Iglesias rechace el ofrecimiento, para reprochar a UP que no quieren un «Gobierno de progreso».

Así las cosas, LA RAZÓN publica hoy una encuesta que plasma, negro sobre blanco, lo que ya ningún militante o simpatizante socialista niega: que la posibilidad de que este Gobierno deje de estar en funciones es una entelequia. En este sentido, el 49,3% de los consultados por este periódico aseguran que el culpable de la falta de Ejecutivo en España, con lo que ello supone de inacción económica, política y fiscal, no es otro que Pedro Sánchez, y en menor medida –con un 38,8%– Pablo Iglesias.

Entre ellos abundan los votantes del PSOE que rechazan también con fuerza la convocatoria de nuevas elecciones para desbloquear la actual situación. En este sentido, hasta un 41,8% vería con buenos ojos que Sánchez renunciase en favor de otro candidato que obtuviese los apoyos necesarios. Algo sobre lo que ya se pronunció el Partido Popular de manera positiva. Una opción que, además, cuenta con una aprobación de hasta el 67,4% si se logra evitar que la investidura de Sánchez salga adelante con el apoyo de los votos de los independentistas –ahora también denominados «nacionalistas» desde Moncloa en un juego de las terminologías que a más de un barón socialista le hace perder apoyos–.

Y en ese cálculo de votos, de encuestas del CIS pagadas con el dinero de los contribuyentes y retrasos presupuestario que a todos nos alcanzarán, los españoles, los votantes, han asistido en verano al trueque político y vergonzoso en Navarra entre PSOE y Bildu. Un ensayo de hasta dónde se puede llegar en la ignominia para alcanzar el poder. Un compadreo de la clase política «con posibles responsabilidades de gobierno», que pretende darse a valer ante la opinión pública, pero que no ha tenido problema en bajar el ritmo del Congreso. Algo, esto último, la ralentización de la Cámara Baja, criticado por el 67,9% de los consultados.

Pedro Sánchez, mientras juega en el escenario, construido por sus consejeros áulicos, de que el PSOE saldría reforzado si se celebraran nuevos comicios generales. La calle no lo siente así. Los votantes socialistas, tampoco. No es baladí, en el panorama de desánimo político que vive nuestro país, que hasta el 32,4% de los consultados asegura que no acudiría a votar en caso de unas nuevas elecciones generales. Con la sentencia del «procés» a punto de salir, la inestabilidad económica internacional que nos llega por la pugna EEUU-China y los anuncios de recesión en Europa impulsados también por el Brexit, el desgobierno en España no parece la mejor receta. En Moncloa, alguno, vuelve a barajar y a la espera que la siguiente mano sea mejor. El tiempo se acaba. Para todos.

España sumaría, las elecciones dividen y restarán
Federico Jiménez Losantos  Libertad Digital 1 Septiembre 2019

Salvo que Pablo Iglesias se arrepienta de haber nacido y ofrezca al mundo el espectáculo inesperado de su suicidio político, habrá elecciones en Noviembre. Le convienen a Sánchez y no les vienen mal a los partidos comunistas y antisistema que orquestaron la moción contra Rajoy. Puede que Iglesias pierda hasta veinte escaños en favor de Falconetti, pero eso no cambiará su dependencia de Podemos. Y deberá elegir de nuevo lo que ya ha elegido desde que decidió romper con su partido y luego su partido: la alianza con los enemigos de España, de la libertad y de la Constitución.

Dos o tres derechas y un centro o dos
Pero además a las izquierdas les conviene ir a las generales antes de que el centro-derecha pueda recuperar votos en Madrid y Andalucía, el granero perdido y el sorprendentemente encontrado, mientras se eclipsa en Cataluña y se difumina lentamente en Valencia. Las tres siglas del centro-derecha están abocadas a la derrota si no hay acuerdo, al menos, para el Senado y las circunscripciones pequeñas. Y lo visto en el estreno de este curso político que puede durar sólo tres semanas es que el PP, C´s y Vox están dispuestos a la confrontación, no al acuerdo. Y el tremendo poder de la mercadotecnia electoral arrasará con el deseo de la mayoría de votantes, que queremos que mantengan sus diferencias, porque todas aportan algo, pero compitan asociados, porque es lo que podría derrotar a la Izquierda.

Repasemos lo sucedido en el supuesto debate sobre el Open Arms, que en realidad fue como un partido amistoso -en este caso inamistoso- de los partidos llamados a luchar por un voto que se cree sigue movedizo, aunque creo que en seis meses no se moverá mucho, y dada la debilidad extrema del centro-derecha en los medios audiovisuales, tirando a nada.

El morbo de la especie periodística, que es una de las más nocivas del planeta, estaba en el estreno de Cayetana y Arrimadas. Y pasó lo mismo que en el primer debate de investidura de Sánchez: Cayetana estuvo más brillante y Arrimadas más eficaz, pero el más convincente fue Abascal. La flamante portavoz del PP y su homóloga de C´s demolieron, implacables, la política de Sánchez como lo que es: una sucia manipulación de emociones y un despilfarro de dinero público para pagarse el discurso buenista sobre el Open Arms. Pero esta típica golfada de una ONG asociada a los negreros es un episodio menor de un problema infinitamente mayor: la inmigración ilegal, sobre todo musulmana, que cerca Europa. Véase la valla de Ceuta.

Esto sólo lo planteó, clara y contundentemente, Abascal, aunque lo estropeó después cayendo en la provocación de Cayetana asemejando el "sanchismo" al "salvinismo", ocurrencia entre centrista e innecesaria sin más sentido que molestar a Vox. Y Vox cayó. Pero Cayetana no hizo un discurso típico de la "dictadura progre" como dijo Abascal, y él lo sabe. En realidad, perdonó la posibilidad de atacar a Salvini -y de paso a Vox- no por defender la legalidad de la UE -que es lo que hizo, intenciones aparte- sino por exhibir "esteladas" y camisetas en favor de la independencia del País Vasco y Cataluña, o apoyar, como hizo la Lega, a los golpistas del 1-O. No se puede saltar tan en caliente en apoyo de un socio tan poco fiable.

Salvo que, por supuesto, se esté actuando ya en clave electoralista y Vox piense que su enemigo, que se supone es el de España, no es Sánchez sino Casado. Que no era un calentón o que no era tan inocente lo demostró Espinosa al denunciar tras el debate un supuesto tripartito en ciernes PSOE-PP-Ciudadanos. Así que, de ser complementarios (PP y C´s acentuando la crítica a la supuesta superioridad moral de la izquierda; Vox extendiendo la responsabilidad al centro y la derecha- pasaron a ser contradictorios. Todos atacaron al PSOE, pero, directa o indirectamente, se atacaban más entre sí.

Vox no quiere sumar ni para el Senado
Al fondo de este debate en los partidos de centro y derecha está la propuesta del PP de extender la fórmula navarra al ámbito nacional, para lo cual ha registrado "España suma" en todas las comunidades, esperando el acuerdo con C´s y, según Cuca Gamarra en agosto, también con Vox, "que es un partido constitucional". Más que el PSOE, que ha regalado Navarra a la ETA y al PNV, seguro. Que la idea beneficiaba al PP, estaba claro. Que no tenía que perjudicar a los otros dos partidos, a mi juicio, también. Todo dependería o hubiera dependido de cómo lo explicaban a sus votantes. Y no es difícil decir que la situación nacional es tan grave que obliga a todos al sacrificio, no sólo al partido ajeno, sino al propio, que es el que más siente España, etcétera. No creo que perdiera ningún votante ninguno de los tres.

Pero enseguida saltó Ciudadanos a decir que no, con un argumento peregrino: que Navarra "está en una situación de emergencia especial". ¡Como si la de Cataluña, Baleares, la Comunidad Valenciana o el País Vasco fuera normalísima! Luego matizó que podrían pactar para el Senado. Pero ayer Vox anunció que, ellos, ni para el Senado. O sea, que no están dispuestos a sumar con C´s, o al menos con el PP, ni en nombre de España. Pueden llegar a un acuerdo regional en Madrid, Murcia o Andalucía, pero no en el Senado, pese a la evidente amenaza de una nueva proclamación de independencia en Cataluña, que la Cámara Alta puede frenar de inmediato. Si lo que quiere dejar claro Abascal es que no piensa volver nunca al PP, queda claro. Si cree que así evita la tentación a sus electores, se equivoca.

En noviembre, la sentencia contra los golpìstas, las movilizaciones nacionalistas en Cataluña y la política teatralmente opuesta pero realmente cómplice del PSOE con comunistas y separatistas, sus socios de coalición, movilizarán al elector de derechas, que pedirá la unión de los tres partidos que defienden España contra los que quieren liquidarla. Y en buena lógica, esa presión acabará afectando más al que públicamente se identifica más con la defensa de la Nación, que es Vox. Y Abascal, ya desde DENAES.

Para entonces, sin embargo, puede no haber tiempo ni siquiera para llegar a un acuerdo para las listas del Senado, que debería ser una sola. Esta vez no caben soluciones bienintencionadas e ingeniosas como la del 1+1+1, que yo mismo defendí. Sigo creyendo que los votantes de Vox, con o sin el PP, están llamados a reconstruir el espacio electoral a la derecha del PSOE, porque no hay ninguna razón lógica para que si al final han podido impedir que la izquierda gobierne en Madrid, Murcia y Andalucía, no hay forma de explicar que el pacto se produzca cuando tienen menos escaños que cuando tienen más, como sucedería en el caso de unas listas electorales comunes, si no en todas las circunscripciones, al menos en las pequeñas y en el Senado.

Se perderá una ocasión única
Evidentemente, el interés nacional rara vez coincide con el interés de partido, sobre todo si el espacio político se ha disgregado, como en España. Pero temo que los tres partidos -el más hábil, no digo más generoso, estaba siendo el PP, hasta el debate del Open Arms- van a perder la gran ocasión de aumentar la representación electoral de signo nacional y liberal. Lo que podría ser una ocasión única para que se desmovilizara el voto de Izquierda y se movilizara el de derecha puede quedarse en tristísimo empate a cero. O sea, en que Sánchez, tras destrozar el bar, no tenga que pagar ni las copas.

Hay que apoyar a Vox y dejarse de repetir los mismos errores
Nota del Editor  1 Septiembre 2019

Todavía gente que no ha escarmentado lo suficiente con las tropelías y traiciones del PP, partido que ha demostrado que tiene que desaparecer.

Previsión de lluvia de urnas
FRANCISCO ROSELL El Mundo 1 Septiembre 2019

En estos prolegómenos del otoño, donde la confusión política es mucha y el panorama económico se encapota, las expectativas electorales que parecen vislumbrarse en lontananza evocan un cómico episodio. Los indios de una tribu, tratando no verse sorprendidos por el invierno, requieren el consejo del hechicero. Para no pillarse los dedos, el chamán les aclara que aún es pronto para predecirlo, si bien presume que se avecina una estación fría. Su medrosa respuesta no evita, no obstante, que todos se pongan manos a la obra para hacer acopio de leña. Al no satisfacerle por completo un vaticinio hecho para salir del paso, el brujo telefonea al Servicio de Meteorología. Allí le ratifican que, en efecto, van a registrarse temperaturas muy bajas, lo cual le alivia.

A los pocos días, los suyos vuelven a la carga ratificándose éste en que el termómetro iba a quedarse tiritando y que deberían andar sobre aviso. Aun así, el curandero se pone de nuevo en comunicación con Meteorología, donde esta vez se disculpan porque han de rectificar su pronóstico: la climatología descenderá más grados de los predichos. El proceso se sigue repitiendo, mientras los aborígenes se afanan en amontonar troncos. Finalmente, al no lograr espantar del todo la mosca que ronda su oreja, el augur traslada a los meteorólogos una duda a la que no deja de darle vueltas: "¿Por qué están tan convencidos de que el invierno será tan glacial?". Y la contestación del experto le sume en la perplejidad: "Mire, la verdad es que lo ignoramos. Pero los indios llevan semanas recogiendo leña como posesos".

Con respecto a una repetición electoral el 10-N, tras la fallida investidura de julio y al persistir las desavenencias entre PSOE y Unidas Podemos, todo anticipa que ése es el propósito que anima también a Pedro Sánchez, si se atiende a las señales que emite desde, prácticamente, la noche electoral del último domingo de abril. Desde entonces, en vez de echar toda la carne en el asador para recabar los apoyos precisos, éste no deja de hacer provisión de madera para acudir a las urnas bien pertrechado.

Con relación a la investidura que le encomendó el Rey hace tres meses, ni hizo sus deberes en junio ni tampoco parece dispuesto a hacerlo en septiembre, más allá de los flatus vocis. Si en su primera tentativa se limitó a dar un empujón de última hora con Podemos que acabó como el rosario de la aurora, tras la pausa estival reitera el ardid para hacerse la víctima de los males que él mismo se procura. Si tuvo al alcance de la mano ese acuerdo antes de recogerse en Doñana, ahora todo será más embarazoso. A las reticencias de Iglesias, se suma el hecho incontestable de que el otoño catalán -entre los aniversarios del 11-S y el 1-O, más la inminente sentencia del juicio a los golpistas- ensombrecerá más la situación. Los independentistas no van a estar muy colaboradores que digamos. Como le anticipó ERC que otrora le apremiaba.

Por mor de ello, se avizoran elecciones en las que el PSOE, aunque mejore sus escaños optimizando su posición de Gobierno, equiparándose a los 137 de Rajoy en 2016, penderá punto más, punto menos, de un Podemos ineludible para completar la nota de reválida. Confiará en que Pablo Iglesias se caiga del caballo y el batacazo le haga ver la luz como a Saulo camino de Damasco.

Clama al cielo que, con los ejecutivos europeo, autonómicos y municipales ya conformados tras unos comicios postreros a las elecciones generales y en medio de una enorme complejidad en muchos de ellos, la negligente incapacidad de Sánchez para cumplimentar el encargo real del 6 de junio. Ello prolonga la paralización del país en un momento de enorme dificultad política y económica. Una frivolidad impropia de quien desempeña tan alta encomienda, aunque sea en funciones. Sólo se explica por su empecinamiento en gobernar en solitario, como el mismísimo rey Sol, sin que le den para tal privilegio sus 123 escaños.

Aunque hace gala de estar más cerca de los que quieren demoler el sistema constitucional que de aquellos que lo sostienen -valga como último botón de muestra la entrega de la Alcaldía navarra de Huarte a Bildu, como le exigían los filoetarras-, Sánchez ha podido configurar mayorías a izquierda y derecha, al disponer de pareja de baile a ambos lados del hemiciclo. No obstante, prefiere ir en pos de unas elecciones plebiscitarias.

Como Boris Johnson en la crisis institucional que ha desatado al suspender cinco semanas el Parlamento del Reino Unido para ejecutar su Brexit duro, poniendo en solfa una Constitución de más de ochocientos años que, sin estar escrita, está grabada en el sentimiento y en los hábitos ciudadanos, Sánchez se beneficia de la limitada capacidad de arbitraje de la Monarquía. A diferencia de Italia, donde el presidente Mattarella, un condotiero de la vieja Democracia Cristiana, ha frustrado la jugarreta del ultraderechista Salvini de forzar elecciones anticipadas. Como aquí el líder socialista, salvo capitulación de Unidas Podemos. No parece, desde luego, a tenor de lo acontecido el jueves en el debate sobre el rescate de emigrantes de la ONG Open Arms, donde se registró el vapuleo inmisericorde a la vicepresidenta Calvo. Ésta asumió ser "la niña de los palos" de Sánchez, como aquellos críos que, en las monarquías feudales, soportaban el castigo que el ayo real imponía al heredero.

Si Isabel II ha debido comulgar con el trágala de un primer ministro que no ha concurrido a las urnas como aspirante al puesto, estampando su firma bajo la expresión normanda La Reyne le veult (La reina lo quiere), que subsiste aún, lejos de su antaño prerrogativa de veto bajo la fórmula La Reyne s'avisera (La Reina pensará sobre ello), aquí Felipe VI goza de escasa capacidad de maniobra para desbloquear lo que Sánchez enreda jugando con la paciencia de los españoles y en favor de sus particulares intereses. Con su irresponsabilidad, daña las instituciones como ya principió con una moción de censura que debía haber sido constructiva, según la Carta Magna, pero que fue destructiva a través de su alianza Frankenstein con podemitas, separatistas y bilduetarras.

En esa deriva, Sánchez retoma la estrategia que dispuso para recobrar la secretaría general del PSOE tras ser removido por los barones al no respetar las rayas rojas que le habían fijado. Así, desde su malograda investidura de julio, en vez de intensificar la negociación con los partidos, ha suplantado esa interlocución con un carrusel de citas con los coros y danzas de la izquierda subvencionada. Fue la senda que emprendió en las primarias de su resurrección cuando Susana Díaz lo daba por muerto y él se apuntaba a la oficina de empleo a la busca de un oficio honesto, parafraseando a Borges en su Utopía de un hombre cansado.

A primera vista, pareciera -apreciación que no tiene por qué ser incompatible- que Sánchez pretende con estas concurrencias socavar y meter presión a Podemos, al tiempo que siembra votos. Además, reuniéndose con esos colectivos, simula mayor fortaleza que sus 123 escaños. Al igual que Queipo de Llano se adueñó de Sevilla en la Guerra Civil fingiendo comandar el Ejército de África cuando sólo mandaba dos escuadras de moros de los Tercios de Regulares. Sin llegar al centenar de milites, triplicó su apariencia montándolos en cinco camiones y dándoles vueltas por Sevilla la Roja amplificando su efecto visual con sus bravatas radiofónicas. Primero los hacía circular uniformados de requeté, luego de regulares y finalmente de falangista.

No en vano, muchas de las asociaciones convenidas por Sánchez se adscriben al PSOE con diferentes marcas. Son prolongaciones de las que se vale el partido para sus fines y dar la apariencia de ser autónomas representando, de paso, los genuinos deseos de la sociedad civil.

Es la explosión del fenómeno del directismo que, en 1998, en una comunicación que remitió a las Cortes españolas con ocasión del vigésimo aniversario de la Constitución, llevaba a Giovanni Sartori a aseverar: "Hace 20 años me preguntaba: ¿matará la democracia a la democracia? Ahora estoy aún más seguro de que, con el directismo, la respuesta es sí". El politólogo italiano alertaba previsoramente sobre el peligro que entrañaba la seducción del direttismo, esto es, sobre cómo la democracia directa podía devastar una democracia representativa que es la única que garantiza la libertad.

Al tiempo que denunciaba la existencia de fallos en los regímenes parlamentarios que debían repararse como el desapego entre representantes y representados, o la dudosa cualificación de quienes se dedican a la política, Sartori apuntaba que la democracia representativa no puede funcionar bien en una sociedad que había hecho los últimos 40 años del "antielitismo" su grito de batalla y que 20 años después de su magistral ponencia es una pandemia mundial.

A su entender, siendo constatable que la democracia directa no resuelve los problemas de la democracia representativa, el directismo ganaba terreno. "No sólo", argüía, "porque ofrece una solución simplista y fácil de aprehender por los simples, sino también porque no está encontrando prácticamente ninguna oposición". Por contra, se le allana el camino como en una Gran Bretaña en la que ni, en pleno fragor de los bombardeos alemanes durante la II Guerra Mundial, cerró las puertas su Parlamento. Incluso Churchill afrontó una moción de censura. Hodierno -"o tempora, o mores!", volvería a exclamar Cicerón- su biógrafo Boris Johnson, que ha basado toda su trayectoria periodística y política en la mentira, clausura temporalmente esa Cámara en que se funda su democracia.

En Inglaterra, se solía decir que la desaparición de las nieblas supondría tanto como si se hundiera la monarquía, quebraran los bancos o los jueces echaran su peluca al cesto de los papeles, y así parece acaecer en esta revuelta época en la que las democracias no sucumben por violentos golpes de Estado, sino mediante su lenta, a veces imperceptible, degradación por parte de quienes subvierten el mandato de las urnas.

Por eso, no cabe preguntarse por quién dobla el Big Ben -la gran campana del reloj del Palacio de Westminster, sede del Parlamento-, como en los versos de John Donne que inspiraron la novela de Hemingway sobre la Guerra Civil española, sino por todos los demócratas. Qué mejor ocasión para recordarlo que la conmemoración este 7 de septiembre del 160 aniversario de la colocación del reloj del Big Ben.
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