AGLI Recortes de Prensa   Jueves 12  Septiembre 2019

La descomposición de España
Amando de Miguel  Libertad Digital 12 Septiembre 2019

No pretendo repetir los trenos sobre la desintegración o disolución de España que tienen que ver con la unidad territorial. Es simplemente una maldición histórica. Tampoco me voy a fijar en el declive de nuestra nación como potencia occidental, pues tampoco es una excepción en la decadencia de Occidente, que, por otra parte, lleva ya un siglo desmoronándose. Dentro de lo que cabe, España ha conseguido un adelanto material con un ritmo superior al de la mayor parte de las naciones europeas. Me refiero más bien a la descomposición moral de la sociedad española en el sentido de desarreglo intestinal y con el resultado de un alarmante desequilibrio de las instituciones.

El punto de partida es la hegemonía social de lo que podríamos llamar con el vetusto término de progresismo. Resulta que los partidos de la izquierda no se avienen bien a la legendaria posición de sentirse revolucionarios en el sentido marxista (o leninista o castrista) de la expresión. Prefieren aposentarse bonitamente en la privilegiada posición de la malla capitalista. Para engañar su mala conciencia, los socialistas y podemitas o podemosistas de la España actual se agarran al difuso progresismo. Se trata de una especie de moral individualista todo lo más alejada posible de la tradición cristiana y que promete una alegre satisfacción hedonista.

El progresismo no existe como tal, sino más bien como una suerte de floresta ideológica o de costumbres. Los especímenes más potentes que lo componen son: estatismo, feminismo, ecologismo, populismo, buenismo, animalismo, veganismo (vegetarianismo extremo), sexualismo libre. Es claro que no se trata de ideologías o sectas mutuamente excluyentes. Es más, se ayudan entre todas ellas, protegidas por el común paraguas del difuso progresismo que todo lo bendice.

Lo que califico como "sexualismo libre" agrupa conductas diversas, como el homosexualismo de los varones o el lesbianismo de las mujeres, entre otras variopintas manifestaciones. Extraña que aún no se haya introducido la legitimidad de la paidofilia (unión sexual de un adulto con un niño) o el incesto (unión sexual entre parientes cercanos), pero todo se andará. El progresismo es insaciable.

De momento, el éxito de los ismos progresistas se asegura porque no caen mal en la opinión general, incluso aunque los rechace en su fuero interno. Pero han asegurado su supremacía política y ética al conseguir que no esté bien visto criticarlos.

Lo cierto es que objetivamente el heteróclito conjunto progresista es mucho más peligroso y destructivo para el común que el marxismo o lo que quede de esa doctrina. Aplica la misma querencia sectaria y totalitaria al castigar de mil modos al disidente o simplemente a la persona que ose criticar sus pretensiones de imposición. Lo peor es que el progresismo dominante resulta destructivo, dañino, para las personas menos dotadas por su capacidad anímica o económica. De modo general, el movimiento progresista, en cualquier de sus manifestaciones, resulta hosco, resentido respecto a las personas que se consideran contrarias a su credo, que son tildadas de "fachas" por un quítame de allá esas pajas.

En síntesis, el progresismo es radicalmente injusto, inicuo, por mucho que se disfrace de altruista o solidario. Lo que ocurre es que el progresismo es todo un éxito. La prueba es que se encuentra instalado en casi todos los Gobiernos, los potentes medios de comunicación, las grandes empresas y fundaciones, los centros de influencia. Por encima de todo, la clave es que ha logrado dominar la conciencia de la mayor parte de los españoles, puede que adormecidos con el fútbol ubicuo y la querencia por el dinero, a poder ser sin trabajar.

Tal es el signo triunfante del progresismo en todas sus versiones que se aprecia, incluso, por parte de los movimiento o instituciones que podrían situarse nominalmente en la derecha del arco ideológico. Es lo que hace que muchos dirigentes de la derecha se sientan acomplejados y manejen sin rubor el lenguaje progresista. Se nota que no lo hacen con soltura.

Contacte con Amando de Miguel fontenebro@msn.com

Vanidades
Gabriel Albiac ABC 12 Septiembre 2019

Al fin, la vanidad nos salva. La vanidad de los otros, que es arma de su infalible suicidio. Aun para alguien tan alejado de la política como yo lo soy, resulta obvio el alto riesgo de que los peronistas de Pablo Iglesias llegaran a tener potestades ministeriales. El peronismo arruinó ya, irreversiblemente, a la más rica de las naciones latinoamericanas. Que un país con tales recursos lleve más de medio siglo rebotando de quiebra en quiebra, sólo puede explicarlo la fatalidad de haber ido siendo rebotado siempre de gang peronista en gang peronista, de delincuencia lumpen en pija delincuencia: el hampa en el poder es la herencia latinoamericana de los fascismos que importó Perón a su retorno de la Roma de Mussolini. Los efectos que semejante modelo produciría en economías y sociedades europeas modernas hiela la sangre.

Y, sin embargo, estos peronistas de Iglesias lo han tenido todo a su favor para ser gobierno. La petulancia de un Doctor Sánchez dispuesto a llevarse por delante lo que fuera -nación, economía, garantía jurídica…- a cambio de preservar sus farfollas presidenciales le hizo ofrecer a los populistas lo impensable: ministerios. Y provocó también un espejismo: ante la apariencia de debilidad que tal cesión sugería, el vanidoso Iglesias endureció el envite. Lo que vino entonces no tiene precedente en ninguna sociedad civilizada: en suma, el hallazgo de Iglesias se cifraba en la idea de hacer convivir dos gobiernos. Uno, en manos de Sánchez, gestionaría la administración básica. Otro, controlado por Iglesias o por su señora, se ocuparía de las cuestiones económicas, mediáticas y de seguridad. Ni el más imbécil podía ignorar de qué lado quedaba, en tal reparto, la instancia material de poder. Ni siquiera Pedro Sánchez podía no darse cuenta. Alzó acta de la tosca añagaza y mandó a los jóvenes aprendices de Perón y Evita a freír monas. Tampoco es que le dejaran alternativa.

¿Entiende ahora Pablo Iglesias que su vanidad de antes del verano le ha bloqueado el acceso a un poder real que le fue ofrecido gratis y que tuvo al alcance mismo de la mano sin apenas esfuerzo? Así parece, a poco que se considere ahora los términos en los cuales sus enviados trataron de negociar: retorno al cero. Pero en política no hay jamás retornos al punto de partida. Sencillamente, porque el curso del tiempo hace que la repetición no exista más que como invocación retórica. Lo mismo que se repite es ya otro. Y eso otro está cargado de lecciones: nadie en su sano juicio llegará a un acuerdo político serio con quien no dudó en destruir la gran ocasión de sus fieles seguidores en beneficio de su bienestar de pareja.

El pobre subordinado en quien los jefes delegaron la tarea de negociar el pacto esta semana decía hallar inexplicable que el PSOE no quisiera retornar a las mismas ofertas de antes del verano, ahora precisamente que ellos estaban tan dispuestos a aceptarlas. Pero es que, ¿son las mismas? No. Son las que Iglesias y Montero rechazaron entonces como lesivas de su vanidad. Y ni siquiera el más palurdo ignora que un envite así hace imposible que nadie se fíe de uno. Es una suerte que estos malos tipos sean además tan mastodónticamente vanidosos. Y, con ello, tan gozosamente suicidas. Al pobre negociador subordinado, al cual los jefes mandaron a estrellarse, no le vendría mal pararse un rato a leer a Maquiavelo. Se enteraría de que política es sólo arte de «conocer tiempos y circunstancias y ajustarse a ellos». Y que lo pasado no vuelve.

El Foro Liberal
Agapito Maestre  Libertad Digital 12 Septiembre 2019

Es imposible escribir un manifiesto liberal sin enfrentarse a su contrario bárbaro: el totalitarismo.

La Asociación Estudios de Axiología, presidida por José María Méndez, me ha encargado la redacción de un manifiesto para las jornadas liberales que esta institución organiza todos los años, durante el mes de octubre, en el Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid, con el ánimo de reivindicar y, sobre todo, aclarar algunos de los valores que sustentan el liberalismo de nuestra época. Agradezco el honor que se me concede y acepto el encargo con humildad. Trato de seguir la estela de quienes me precedieron en tan noble y comprometida tarea para hacerme merecedor de tan alta encomienda. Entre todos los manifiestos que esta axiológica asociación ha publicado, recuerdo con envidia intelectual el escrito por Méndez, cuya original lectura sobre la desigualdad creada por las leyes de la oferta y la demanda no sólo es justa, sino que también constituye una de las bases de la axiología liberal de todos los tiempos; con absoluto entusiasmo releo el escrito por mi querido Manuel Llamas sobre los logros y retos del liberalismo contemporáneo desde la caída del Muro de Berlín en 1989 hasta hoy; imprescindible es la lectura del escrito por Natalia K. Denisova acerca de las bases hispánicas del liberalismo de todos los tiempos; y, en fin, notable es el manifiesto de 2018, cuyo autor, Ricardo Ruiz de la Serna, centró sus preocupaciones intelectuales en mostrarnos que el liberalismo es una doctrina que jamás justificará cualquier medio, por loable que sea el fin.

Diversos son los valores, estilos e ideas que se han reivindicado, discutido y aclarado en anteriores foros liberales, mas nunca creo que fuera tratado de modo directo el sustento clave del liberalismo. En efecto, si un manifiesto no es otra cosa que un texto breve dirigido a la opinión pública para exponer o defender un programa de acción considerado novedoso con respecto a lo establecido anteriormente, el mío aspira a ser una forma representativa del parecer y sentir de la Asociación Estudios de Axiología sobre la política en el devenir de la ideas liberales. Quisiera ser, en verdad, una destilación axiológica de la política, del significado de la política, para el liberalismo de nuestra época, que comparte, seguramente, con el de tiempos pasados algo más que tradición, capacidad de inventiva, imaginación y creación para que los hombres no resuelvan sus problemas por la violencia sino por la palabra. Lo novedoso, si es que así pudiera considerarse este texto, es que no puede hablarse de novedad en la concepción política del liberalismo contemporáneo que no esté arraigado en el liberalismo político clásico.

La pregunta que trata de responder este manifiesto es sencilla de formular: ¿qué es la política para el liberalismo? La respuesta tampoco hay que buscarla en el cielo estrellado de las abstracciones que ponen en cuestión las realidades más elementales de la vida cotidiana, sino en la historia de la civilización, o mejor, en las acciones concretas que los hombres han llevado a cabo para convivir sin matarse en el mundo moderno. La política es para empezar y para terminar lo contrario de la violencia. De la revolución. ¿A quién podemos clasificar como liberal? A quien defienda que la política es toda acción, pensamiento o institución que nos permite convivir con nuestros adversarios. Salvo la democracia liberal, también llamada democracia parlamentaria, no existe otro régimen político que haya logrado en la historia de la humanidad la convivencia con el enemigo. La política no es, por lo tanto, la dialéctica amigo-enemigo, como nos ha hecho creer el decisionismo político, sino la posibilidad de construir espacios de convivencia con nuestro enemigo político. He ahí la esencia del liberalismo. La convivencia con el adversario y hasta con el enemigo es el fundamento, la clave política, tanto del espíritu como del credo liberal. Por fortuna, esta posición hoy la defienden con peor o mejor fortuna no sólo los partidos liberales propiamente dichos, sino también los partidos democristianos, socialdemócratas, conservadores y libertarios.

No busquemos, pues, fantasmas y enemigos donde no los hay. Las grandes agrupaciones políticas, que conforman voluntaria y decididamente el Estado de Derecho, que prevalece entre las naciones democráticas, defienden la vía política frente a las revolucionarias y violentas. No negaremos que las diferencias de esos grupos políticos son significativas, sobre todo si atendemos a la prioridad que conceden cada uno de sus miembros a los valores de la libertad y la igualdad y, naturalmente, a las medidas fiscales que pudieran derivarse de esas prioridades. Sin embargo, esas diferencias son relativizadas si atendemos a los tres grandes ámbitos que comparten esas tendencias liberales: primero, la defensa del mercado y la libre empresa como piezas clave para el cultivo y la creación de riquezas; la libertad de comercio es esencial para hablar de sociedades libres y democráticas; en segundo lugar, todos esos partidos aceptan la democracia representativa, basada en una Constitución que salvaguarda los inalienables derechos humanos y estipula claramente la separación de poderes; y, tercero, ninguno de esos partidos políticos pone en cuestión la idea de la democracia como un método para cambiar periódicamente a los representantes políticos mediante elecciones libres y plurales.

El enemigo, pues, del liberalismo habrá que buscarlo no entre las corrientes que defienden el Estado de Derecho, sino entre aquellas ideologías que cuestionan al sistema político de la democracia liberal. Comunistas, fascistas, nacionalistas, populistas y, en fin, todas aquellas tendencias políticas que tienden a ocupar el entero espacio público-político y el privado, que pudiéramos clasificarlas bajo la palabra totalitarismo, son las enemigas de la democracia. En fin, es imposible escribir un manifiesto liberal sin enfrentarse a su contrario bárbaro: el totalitarismo. En pocas palabras, la democracia es liberal o no es. Por ahí, por la crítica al totalitarismo de nuestra época, girará el Foro Liberal de 2019.

Defender nuestros valores
RAÚL GONZÁLEZ ZORRILLA. Director de La Tribuna del País Vasco 12 Septiembre 2019

El siglo XXI comenzó realmente el día 11 de septiembre de 2001. Aquella jornada aciaga de hace 18 años que no se nos olvidará jamás a quienes defendemos las sociedades libres, la libertad de pensamiento, la tolerancia religiosa y los valores que han sido durante siglos el faro de Occidente, el terrorismo islamista asesinó a casi 3.000 personas en Nueva York y Washington, destruyó el World Trade Center de la que, a pesar de muchos, aún sigue siendo la auténtica capital del mundo, y nos colocó, de repente, ante la constatación cierta de que las hordas bárbaras, utilizando recursos ingentes liberados por las nuevas tecnologías y la globalización económica, se habían marcado como objetivo atacar a las sociedades occidentales en sus principales centros de decisión política, social, económica y cultural.

Desde el primer momento, cuando todavía los dos colosos de acero se mantenían en pie en las pantallas de nuestros televisores, entendimos que aquella era una embestida cruel, cargada de simbolismo y rebosante de aborrecimiento contra nuestra civilización. La elección de las Torres Gemelas como objetivo no fue, obviamente, algo azaroso: aquellos edificios, como tantos otros en otras muchas capitales de Europa o de Estados Unidos, representaban excepcionalmente las ilusiones de Occidente, nuestras querencias más íntimas, nuestros sueños más ocultos, la evidencia de nuestra grandeza y las dimensiones abismales de nuestra debilidad. Que el atentado más brutal tuviera lugar, además, en Nueva York suponía una declaración formal de guerra contra todo lo que representa esa ciudad sobrecargada, extremadamente vital, bulliciosa y extrañamente melancólica para quienes apreciamos, entre otras muchas cosas, la libertad, el mestizaje bajo nuestras leyes, los hot-dogs, el MOMA, Gran Central Terminal, Lexington Avenue o las mejores librerías del mundo.

Es un hecho que los clérigos fanáticos y los musulmanes integristas que diseñaron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, no solamente querían conseguir miles de víctimas en la primera potencia mundial y en la nación abanderada de la democracia liberal, el capitalismo y el progreso. Además de extender la muerte y el dolor, deseaban también y, quizás, sobre todo, quebrantar la libertad, romper la tolerancia, humillar a los infieles y profanar las normas básicas de convivencia que definen a Occidente y que los islamistas no pueden soportar, como no pueden tolerar la independencia de una mujer paseando sola por cualquier avenida de París, Londres o Bruselas, la secularización enriquecedora de nuestras instituciones, la creatividad de nuestros artistas o los derechos individuales de nuestros ciudadanos.

Nos encontramos a las puertas de una gran guerra de civilizaciones, y, por ello, tras el 11-S y después de tantos ataques como luego habrían de llegar en Madrid, Londres, París, Bruselas, Túnez, Barcelona, Berlín y tantos otros lugares, Occidente debía haber comprendido que es necesario prepararse, que debemos entrenarnos con firmeza para defender todo aquello que nos hace ser mejores y que, actualmente, y a pesar de todo, convierte a nuestros países en los más prósperos, en los más libres, en los más equitativos y en los más avanzados del planeta.

Occidente no está (todavía) preparado para la guerra contra el islamismo, pero quizás debería estarlo, porque desde aquel 11 de septiembre de 2001 todos tenemos que ser conscientes de que debemos estar listos para defender nuestra forma de vida (¿cuándo olvidamos esta expresión?) de esta chusma bárbara que ha llegado con el advenimiento del siglo XXI y que, aunque está encabezada por el islamismo fundamentalista, también está formada por un ingente colectivo de fuerzas locales, generalmente de inspiración comunista y nacionalista, y siempre marcadamente totalitarias, que cabalgando sobre la ola globalizadora, y aprovechándose obscenamente de las ventajas que ésta produce, tratan de expandirse a lo largo y ancho del planeta.

Dieciocho años después del 11-S, urge aprender que nuestra lucha por la libertad habrá de ser para siempre, aunque el ocaso del deber, la renuncia al esfuerzo y la negativa a perseverar en el resguardo de los mejores valores de la civilidad moderna se han extendido preocupantemente entre los hombres y mujeres del viejo continente.

El escritor italiano Pietro Citati, autor de “Luz de la Noche”, ha descrito perfectamente esta situación: “El mundo europeo del siglo XXI es irreal, teatral, fantasioso, televisivo, espectacular. Ningún occidental sabe ya usar la fuerza. Y cuando recurre a ella, la usa de forma inexperta, torpe, excesiva, o acompañada de tanta cautela, tanto miramiento, tanta excusa y tanta precaución que se vuelve totalmente ineficaz y perjudicial. (...) Para una democracia, defenderse del terrorismo elevado a sistema es muy difícil, casi imposible. (...) Tendremos que renunciar a numerosos placeres: pequeñas libertades, garantías jurídicas, riquezas, ayudas. Durante muchos años, todo estará en peligro. A veces existe la impresión de que muchos no están dispuestos a hacer esos sacrificios y que, para ello, la civilización occidental puede hundirse sin nostalgias. (...) Parece que la paciencia, el valor y la capacidad de aguante se han desvanecido. Mejor conservar la vida, al precio que sea”.

Imposible decirlo con mayor claridad y con más rotundidad. Tiempo después de que un puñado de suicidas islamistas, con el apoyo de una importante caterva de clérigos y multimillonarios musulmanes, destruyeran el World Trade Center, apenas hemos avanzado nada en cuanto a la comprensión del tamaño de la amenaza que se nos avecina. Padecemos una absoluta falta de recursos éticos para convencer y para convencernos de que, efectivamente, nuestras sociedades democráticas son muy superiores, desde un punto de vista moral, político, social y cultural, a cualesquiera otras sociedades del planeta. Aún hoy, cuando día tras día observamos cómo la sinrazón, el odio y la barbarie son profusamente jaleados en distintas partes del mundo, y siempre contra Occidente, somos incapaces de entender que los elevados niveles de convivencia y tolerancia que hemos alcanzado en nuestras ciudades están en peligro porque, amparándose en la mundialización de la economía y de la cultura, todos los totalitarismos, y especialmente los islamistas, están atracando en las costas de Europa y Estados Unidos.

Y lo están haciendo gracias a una lacia mezcolanza ideológica, a un batiburrillo de eslóganes pseudoéticos y a una caótica mixtura de bienpensantes pancartas políticas que, al final, se han fusionado en una de las creencias más absurdas y erróneas, pero también más repetida, del espíritu occidental actual: el precepto de que “todas las ideas son igualmente válidas”. Este certificado de dogmática igualdad que el pensamiento débil occidental otorga a la totalidad de los juicios de valor ha abierto una puerta fatal a la infantilización intelectual de nuestras sociedades, al quebranto del proyecto humanista occidental y a un “todo vale” global que, especialmente en España, ha alcanzado niveles de ruindad y demérito difícilmente superables.

Pretender una paridad radical de todas las ideas en un magma multicultural siempre candente, presumir la nobleza de todas las creencias y admitir como iguales todas las religiones, por ejemplo, no solamente supone voltear la gradación de los valores intelectuales, espirituales, éticos y estéticos heredados de la modernidad sino que significa también proporcionar una carta de legitimidad absoluta a quienes, como los fanáticos islamistas o los neocomunistas en Europa o en Estados Unidos, producen, alimentan y propagan proyectos de exterminio, de eliminación, de racismo, de discriminación o de aniquilación, y, además, implica que quienes defienden estas opiniones tienen tanto derecho a ser respetados como quienes desarrollan e impulsan criterios no atentatorios contra el resto de la humanidad. El relativismo ideológico y cultural y la corrección política se han convertido para Occidente en cánceres demoledores que permiten otorgar a las voces de los bárbaros, los crueles, los fanáticos y los irracionales la misma validez moral que a los mejores y más elevados discursos y planteamientos.

Nos encontramos al límite de nuestras posibilidades de supervivencia y Occidente no puede seguir siendo el saco de los golpes de todos los totalitarismos que campean por el globo, que son muchos.

Debemos comenzar a ser conscientes de nuestra grandeza, de nuestra historia, de todo lo que hemos conseguido a lo largo de los siglos. Debemos ser conscientes de que el futuro solamente existirá para nosotros si somos capaces de recordar detalladamente nuestro pasado y defender nuestro presente tal y como nosotros lo queremos, y no como nos lo quieren imponer. En palabras, nuevamente, de Pietro Citati: “La civilización occidental es culpable de muchas cosas, como cualquier civilización humana. Ha violado y destruido continentes y religiones. Pero posee un don que no conoce ninguna otra civilización: el de acoger, desde hace 2.500 años -desde que los orfebres griegos trabajaban para los escitas-, todas las tradiciones, los mitos, las religiones y a casi todos los seres humanos. Los comprende o intenta comprenderlos, aprende de ellos, les enseña, y después, con gran lentitud, modela una nueva creación que es tan occidental como oriental. ¡Cuántas palabras hemos asimilado! ¡Cuántas imágenes hemos admirado! ¡Cuántas personas han adquirido la ciudadanía "romana"! Éste es un don tan grande e incalculable que tal vez valga la pena sacrificarse, pro aris et focis, a cambio del derecho de pasear y ejercer la imaginación ante la catedral de Chartres, en el gran prado de la universidad de Cambridge o entre las columnas salomónicas del palacio real de Granada.”

Ensayo
Giulio Meotti: "La inmigración masiva está cambiando la composición interna de Europa"
www.latribunadelpaisvasco.com 12 Septiembre 2019

Extractos del artículo "Los sueños europeos vs la inmigración masiva", publicado en la web del Gatestone Institute.
(...)
Por desgracia, el precio del relativismo cultural ha quedado dolorosamente patente en Europa. La desintegración de las naciones-Estado occidentales es ahora una posibilidad real. El multiculturalismo —construido en un contexto de descenso demográfico, descristianización masiva y autorrechazo cultural— no es más que una fase de transición que comporta el riesgo de la fragmentación de Occidente. En la lista de razones que lo explican, el historiador David Engels citó "la inmigración masiva, el envejecimiento de la población, la islamización y la disolución de las naciones-Estado".

La inmigración masiva ya ha socavado la unidad y la solidaridad de las sociedades occidentales —junto a la demonización de Israel con la esperanza de obtener un petróleo barato y evitar el terrorismo— ha desestabilizado el consenso político posterior a 1945.

La política de puertas abiertas de la canciller alemana, Angela Merkel —"Wirschaffendas" ("Podemos hacerlo") tuvo como resultado la entrada de un partido de derechas en su Parlamento. Alternativa para Alemania (AfD). (AfD) lidera ahora las encuestas para las elecciones regionales en la antigua Alemania del Este. El Partido Socialista francés, que gobernó el país con el presidente François Hollande, está ahora desapareciendo. Los dictados de Bruselas en lo relativo a la inmigración y las cuotas han roto la unidad de Europa y propiciado la práctica "secesión" del grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia). La utopía migratoria de Suecia metió a un partido de derechas populista en el Parlamento, y la llegada de medio millón de inmigrantes ilegales aupó a la otrora marginal Liga de Matteo Salvini a lo alto del establishment político de Italia.

Esta lista ni siquiera incluye el Brexit, la votación de los británicos para salir de la UE. Según el periodista alemán Jochen Bittner, en un artículo en The New York Times del año pasado:

A finales de 2015, la campaña por el Leave empezó a colocar pancartas que mostraban el éxodo de los refugiados de Siria y otros países a través de los Balcanes, adornados con eslóganes como "El punto de ruptura" y "Recuperar el control". Cuando Merkel anunció su política de puertas abiertas, el mensaje fue un jarro de agua fría para millones de británicos y europeos preocupados. No por casualidad, fue entonces cuando el apoyo al Brexit empezó a crecer.
(...)
La inmigración masiva está cambiando la composición interna de Europa. En Amberes, la segunda mayor ciudad de Bélgica y capital de Flandes, la mitad de los niños matriculados en las escuelas de primaria son musulmanes. En la región de Bruselas, se puede atisbar el cambio si se estudia la asistencia a las clases de religión en las escuelas de primaria y secundaria: el 15,6% asisten a clases católicas, el 4,3% a protestantes y el 0,2% de judaísmo; el 51,4% asiste a clases de religión islámica y el 12,8% asiste a clases de "ética" laica. ¿Se ve más claro ahora qué pasará en la capital de la Unión Europea? No debería extrañarnos que la inmigración encabece la lista de preocupaciones de la población belga.

Marsella, la segunda ciudad mayor de Francia, ya es un 25% musulmana. Rotterdam, la segunda ciudad mayor de los Países Bajos, es un 20% musulmana. Birmingham, la segunda ciudad mayor de Gran Bretaña, es un 27% musulmana. Se calcula que, en una generación, un tercio de los ciudadanos de Viena serán musulmanes. "Suecia está en una situación en la que ningún país de Occidente se ha visto jamás", observó Christopher Caldwell. Según el Pew Research Center, Suecia podría ser perfectamente un 30% musulmana en 2050; y un 21% en el improbable caso de que el flujo de inmigrantes se detenga por completo. Hoy, el 30% de los bebés suecos nacen de madres extranjeras. La ciudad de Leicester, en Reino Unido, es actualmente un 20% musulmana. En Luton, 50.000 de cada 200.000 habitantes son musulmanes. La mayoría del crecimiento de la población de Francia entre 2011 y 2016 fue impulsado por las grandes áreas urbanas del país. En lo alto de la lista están Lyon, Toulouse, Burdeos y el área de París, según un estudio publicado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos de Francia. En Lyon, hay unos 150.000 musulmanes en una población de 400.000 habitantes. Según un artículo, el 18% de los recién nacidos en Francia reciben un nombre musulmán. En los años sesenta, la cifra era del 1%.

En el escenario más extremo, los porcentajes de musulmanes en Europa que se calculan para 2050 son: Francia (18%), Reino Unido (17,2%), Países Bajos (15,2%), Bélgica (18,2%), Italia (14,1%), Alemania (19,7%), Austria (19,9%) y Noruega (17%). El año 2050 está ahí mismo. ¿Qué cabe esperar, entonces, dentro de dos o tres generaciones, cuando señaló el difunto historiador que Europa sería "como mínimo" islámica?

Por desgracia, la mentalidad europea se niega a afrontar la realidad, como si el desafío fuese demasiado difícil para abordarlo. "La progresión imparable de este sistema me hace pensar en una taza de té a bordo del Titanic", como escribe el destacado filósofo francés Alain Finkielkraut.

No será apartando la mirada de la tragedia como evitaremos que esto pase. ¿Cómo será el rostro de Francia dentro de cincuenta años? ¿Cómo serán las ciudades de Mulhouse, Roubaix, Nantes, Angers, Toulouse, Tarascon, Marsella y todo Seine Saint-Denis?

Si la población cambia, después le sigue la cultura. Como el señala el escritor Éric Zemmour, "después de un cierto tiempo, lo cuantitativo se vuelve cualitativo".

Mientras que el poder del cristianismo europeo parece estar cayéndose por un precipicio demográfico y cultural, el islam está avanzando a pasos agigantados. No es sólo una cuestión de tasas de inmigración y nacimientos: también de influencia. "En septiembre de 2002, participé en una reunión de los centros culturales de los principales estados miembros de la Unión Europea en Bruselas", escribió el intelectual germano-sirio Bassam Tibi, profesor emérito de Relaciones Internacionales de la Universidad de Gotinga.

"El congreso se desarrolló sobre el tema "Penser l'Europe" ["Pensar Europa"], pero se titulaba "El islam en Europa". Allí, me molestó oír a Tariq Ramadan referirse a Europa como "dar al Shahada" es decir, como la casa de la fe islámica. El público se alarmó, pero no captó el mensaje de la mentalidad islamista que ve Europa como parte de la casa del islam. Si Europa ya no se percibe como "dar al Harb", la casa de la guerra, sino como parte de una pacífica casa del islam, eso no es una señal de moderación, como se supone equivocadamente: es la mentalidad de una islamización de Europa".

La buena noticia es que nada está escrito en piedra. Los europeos aún pueden decidir por sí mismos cuántos inmigrantes necesitan sus sociedades. Podrían aplicar una solución que fuese coherente, en vez de caótica. Podrían querer seguir redescubriendo su herencia humanista. Podrían volver a tener hijos y lanzar un verdadero programa de integración para los inmigrantes que ya hay en Europa. Pero no se está dando ninguno de esos pasos, necesarios para evitar la transformación de grandes áreas del continente y su quiebra.

Es importante escuchar el pronóstico de Pierre Manent y rechazar la actual tendencia a la autohumillación. Europa parece afligida por el escepticismo sobre el futuro, como si el declive de Occidente fuese en realidad un castigo justificado y una liberación de las culpas del pasado. Sí, puede haber tenido defectos terribles, pero ¿de verdad son mucho peores que los de otros países, como Irán, China, Corea del Norte, Rusia, Mauritania, Cuba, Nigeria, Venezuela o Sudán, por citar sólo algunos? Más importante es que al menos Occidente, a diferencia de muchos otros lugares, ha intentado corregir sus fallas. Lo más importante es evitar excederse en las correcciones y acabar en una situación peor que la anterior.

"Para mí, hoy, lo más esencial es la civilización europea", señala Finkielkraut.

Un plagio que desprestigia la política
Editorial ABC 12 Septiembre 2019

Con una legislatura que hace tiempo emprendió la cuenta atrás para su conclusión, puede que no tengan mucho recorrido las peticiones del PP y Ciudadanos para que el presidente del Senado dé explicaciones convincentes y públicas sobre el plagio desvelado por ABC. En páginas de España publicamos hoy nuevas muestras de su particular método de trabajo académico, basado en la apropiación sistemática de textos ajenos y que la ministra portavoz del Gobierno -titular en funciones de Educación, para más inri- trata de situar en el ámbito de su «privacidad». Después de utilizar la maquinaria del órgano que preside para tratar de excusarse y de calificar la impecable e incontestable información de ABC de «desprestigio de la política», como un ataque a la democracia, Isabel Celaá improvisa una flagrante contradicción al intentar reducir a la privacidad el plagio de Manuel Cruz, realizado como funcionario del Estado y dirigido a los estudiantes que como catedrático de Filosofía tenía a su cargo. Presidir el Senado con semejante currículum resulta insostenible.

Como en el caso del plagio del presidente del Gobierno, encubierto por La Moncloa con trampas metodológicas y nunca afrontado ante una opinión pública privada del debate que exigía un episodio de tanta gravedad, los recortables didácticos de Manuel Cruz revelan la flexibilidad moral de un PSOE que no solo se retrata con la falta de ética -pública, nunca privada- de sus representantes, sino que muestra su verdadero rostro cuando se conjura para minimizar el escándalo, tirando por alto, al considerarlo un ataque a la política, o por bajo, al situarlo en la esfera doméstica. La democracia no se resiente cuando la prensa cumple su función de informar, sino cuando políticos como Sánchez o Cruz ocultan sus faltas.

Vox se equivoca al no acudir a la presentación de "España suma"
OKDIARIO 12 Septiembre 2019

Se equivoca Vox al no acudir al acto promovido por el PP en el que se presentará el embrión de lo que representa "España suma", el consenso de los partidos de centroderecha en torno a la defensa de valores tan altos como el de la unidad nacional para tratar de impedir que Pedro Sánchez siga en el poder con el apoyo, por activa o por pasiva, de quienes no tienen otro objetivo que romper nuestro marco constitucional.

Se equivoca Vox porque la situación que vive España no se presta a cálculos electorales ni a tacticismos partidistas, ni tampoco a estrategias cortoplacistas. Lo que hoy necesita España, más que nunca, es altura de miras y unidad para defenderse de una amenaza real. Si Vox ha emergido con fuerza en el panorama político español ha sido precisamente porque muchos españoles entendieron que el partido de Santiago Abascal aportaba la firmeza necesaria para denunciar y plantar cara a la pérfida estrategia de retroalimentación de intereses entre el socialismo, el independentismo y el populismo.

No hay que ser muy sagaz para concluir que un buen número de votantes de Vox no entenderá que la formación que hizo bandera del patriotismo y de la defensa de la unidad nacional no esté hoy en el acto que se celebra en el Congreso de los Diputados y al que asistirán representantes de la sociedad civil de todos los ámbitos. Y no lo entenderán porque no hay objetivo más noble y digno en estos momentos que la defensa de lo que somos como pueblo.

Si Vox ha colocado su legítima estrategia de partido por encima del interés nacional -nunca mejor dicho- y ha llegado a la conclusión de que lo más conveniente era excusar su presencia por una cuestión de cálculo electoral, la formación de Abascal se ha equivocado. Precisamente, porque lo que requiere España en este momento convulso de su historia es no perderse en cuentas estériles, sino salir decididamente en su defensa.

El PP no resta, el PP hunde
Nota del Editor 12 Septiembre 2019

Siguen los desmemoriados intentando mantener al PP en la UVI. Hoy en EsRadio, Luis del Pino le ha largado una pregunta torpedo a la línea de flotación del semihundido barco del PP: en Galicia el PP gobierna en mayoría y ha desterrado el español, y la portavoz del PP ha levanado una cortina de humo para despistar sin decir nada coherente.

Sánchez también quiso mandar en el Vaticano
OKDIARIO 12 Septiembre 2019

Que el Gobierno ha convertido la pretendida exhumación de Franco en un elemento generador de tensión y división sociales para explotar el hecho con fines meramente electorales resulta una evidencia. Que lo que buscaba Pedro Sánchez era utilizar al dictador como mera coartada propagandística es una realidad empírica, a tenor de cómo ha ido manejando un asunto en el que para lograr su objetivo no ha reparado en medios, incluso tratando de saltarse la ley.

Por decirlo de una manera muy clara, el Gobierno socialista emprendió una obscena campaña de marketing revestida de un sedicente deseo de hacer justicia, cuando en realidad lo que pretendía era atizar viejos fantasmas para tratar de enfrentar a la sociedad. La jugada no le ha salido bien, en parte porque sus intenciones era tan burdas que quedaron pronto al descubierto. Ha intentado todo: orillar la ley y, como informa OKDIARIO, presionar a la Iglesia y al mismísimo Vaticano, que, como era previsible, no cayó en la chusca trampa del Ejecutivo socialista. La diplomacia vaticana está curtida en mil batallas como para dejarse engañar por un Gobierno que en este asunto ha demostrado, además de malas artes, una impericia supina.

La información ofrecida por este diario según la cual Moncloa pretendió que el Papa retirase el poder de los Benedictinos sobre el Valle de los Caídos para tratar de exhumar al dictador demuestra candidez y mala fe a partes iguales. Es la prueba del nueve de la obsesión patológica de Sánchez por utilizar al dictador como mera coartada electoral.

Después de amenazar, incluso, a la familia Franco con desposeerla de los títulos nobiliarios, el Gobierno se ha plegado a la evidencia tras darse de bruces con la realidad de nuestro marco legal. El Ejecutivo socialista ya ha admitido que esa pretensión no es posible, lo que evidencia que todas sus promesas de exhumar a Franco sí o sí no eran otra cosa guiños electorales.

La Justicia se pronunciará en breve, pero con independencia de lo que diga el Supremo, está muy claro que Sánchez no se movía por un sentido de la dignidad o la justicia, sino por su propio interés.

La politización de la Justicia en España, por activa y pasiva
Si aceptamos, como dice el dogma, que no puede existir un verdadero Estado de derecho sin una adecuada separación de poderes, ¿en qué clase de Estado viviremos en España?
Javier Goizueta El Confidencial 12 Septiembre 2019

El pasado 3 de septiembre, ante las dificultades para gobernar España tras las últimas elecciones generales (¡más de cuatro meses han pasado ya!), el PSOE emitía una 'Propuesta abierta para un programa común progresista', documento que dedicaba un epígrafe de cuatro puntos a la 'Justicia independiente'. El enunciado me trajo un recuerdo. Y no porque el documento lo hubiera emitido un determinado partido. A estas alturas, me hubiera dado igual quién lo escribiera.

Hace un tiempo, paseando por las calles de Edimburgo (la ciudad se encontraba en pleno apogeo de su festival 'Fringe' —festival alternativo de artes escénicas—, y por tanto, sus calles plagadas de espectáculos callejeros), me encontré con una curiosa actuación. Se trataba de un cuentacuentos que relataba el cuento de nunca acabar, pero prometía que esta vez el cuento sí que tendría un final. Y solicitaba al público que le lanzara unas cuantas monedas antes de desvelar el fabuloso desenlace, que se prometía apasionante. El público, claro está, arrojaba monedas al artista esperando oír el final.

El espectáculo se prolongó durante varias sesiones. Cada tarde, a la misma hora, en el mismo lugar de la calle Royal Mile, se hallaba el mismo artista u otro en su lugar —iban alternándose—, contando el mismo cuento, que en realidad eran muchos diferentes, depende de quién lo contara, para justificar esa gran mentira: que el cuento tendría un final. Tras cinco días de actuación, se emplazó al público a acudir de nuevo al año siguiente para asistir al extraordinario final.

Se trataba en definitiva de contar indefinidamente el mismo cuento mientras se mantenía al público entretenido, lanzando monedas a los artistas. Igual ocurre con el cuento de la Justicia en nuestro país.

El epígrafe introducido por el PSOE en su propuesta progresista, 'Justicia independiente', es tanto como reconocer que la Justicia no lo es. O que algo funciona mal, lo suficientemente mal como para merecer una propuesta específica que mejore la situación de dependencia de la Justicia respecto del poder político. Cosa especialmente grave si tenemos en cuenta que la Justicia, el poder judicial, en definitiva, es, debería de ser, el gran garante del Estado de derecho y de la separación de poderes, controlando especialmente al poder ejecutivo frente a sus excesos.

Tres de las cuatro asociaciones de jueces existentes en España ya se han pronunciado abiertamente contra una de las medidas propuestas: la modificación del sistema de acceso a la carrera judicial. No se sabe muy bien qué se pretende, dados los términos genéricos y poco precisos de la propuesta, ni por qué se propone esta medida y no otras, pues aunque sin duda el actual sistema de oposiciones es mejorable y podría modernizarse, superando el concepto decimonónico en que parece estar inspirado, una de las pocas cosas que precisamente funcionan con normalidad y 'justicia' es el sistema de acceso a la carrera judicial.

Sorprende y levanta suspicacias no solo el interés en modificarlo sino en proponer esta medida y no otras de mucha mayor trascendencia: no se incluye entre las propuestas ninguna relativa a dotar de mayores medios materiales y humanos a la Administración de Justicia, o dirigida a mejorar su organización y procesos, tan ineficaces como obsoletos en muchos casos.

El tráfico mercantil y la empresa, con la que me identifico especialmente por mi actividad en derecho mercantil, exigen soluciones rápidas y eficaces de los conflictos, a los que la actual Administración de Justicia parece incapaz de dar respuesta. Puede afirmarse que las carencias y el mal funcionamiento de la Administración de Justicia inciden negativamente en la economía nacional.

El 29 de febrero de 2016, las cuatro asociaciones de jueces existentes en España emitieron un documento conjunto titulado precisamente 'Justicia independiente' (sin duda, el título debe resultar de lo más sugerente para el poder político), en el que se concluía que se hace imprescindible dotar al poder judicial de la máxima independencia en el ejercicio de su función frente a la elección y control de los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) por parte del poder legislativo y no del propio poder judicial, como parecería lo lógico.

A que el poder legislativo elija a la cúpula del poder judicial, el CGPJ, influyendo decisivamente en este órgano y, derivativamente, en los órganos judiciales superiores (Tribunal Supremo, Tribunales Superiores de Justicia y hasta en la Audiencia Nacional), han contribuido todos los partidos políticos con influencia en el gobierno, incluidos los nacionalistas. En instancias inferiores, no parece que la independencia judicial esté hoy por hoy afectada. Por eso preocupa tanto la propuesta de modificar el sistema de oposiciones a juez, no vaya a ser que lo que se pretenda realmente no sea mejorar el sistema, sino politizar la Justicia también por abajo.

La confianza que tienen los ciudadanos en la Administración de Justicia está por los suelos. Según el último barómetro del CIS, publicado el pasado mes de julio, la mitad de los españoles considera que la Justicia en España funciona mal o muy mal, frente a algo más del 20%, que considera que funciona bien.

¡Quién lo diría, si atendemos a la cantidad de iniciativas que el poder político ha propuesto en las últimas décadas, a pesar de todos los grandes pactos de Estado que para la reforma de la Justicia se han intentado, a pesar de la existencia de una Dirección General para la modernización de la Justicia —institución que, por cierto, nadie conoce—, a pesar de todas las promesas de que el cuento, esta vez sí, tendrá un final!

No parece que exista una verdadera voluntad política de solucionar el problema de la Justicia en España. No se sabe o no se quiere arreglar, más bien lo segundo, porque no interesa en términos de réditos políticos. Entretanto, los ciudadanos seguiremos lanzando monedas a nuestro actor favorito, al que más nos entretenga o al que menor desconfianza genere, sabedores de que ninguno de los actores tiene, en realidad, verdadera voluntad de desvelar el final.

*Javier Goizueta es abogado y analista financiero. Especializado en derecho mercantil y procesos de fusión y adquisición de empresas, actualmente es socio director del departamento mercantil de Kennedys Abogados en España. Comenzó su carrera profesional en 1993 en Cuatrecasas, en el año 2000 se incorporó a KPMG, donde permaneció hasta su integración en Siemens Gamesa en 2012. Ha sido profesor universitario e impartido clases en diversos másteres jurídicos, entre otros, en IE e ISDE.

Instituto de Seguridad y Cultura
Ciclo de cine "El terrorismo de ETA en la gran pantalla"
www.latribunadelpaisvasco.com 12 Septiembre 2019

Hace 10 años, la banda terrorista ETA cometía su último atentado mortal en España. Dos guardias civiles eran asesinados en Calviá con la explosión de una bomba lapa adosada a su vehículo.

Una década después del último crimen de la banda terrorista en España, el Instituto de Seguridad y Cultura organiza el ciclo de cine El terrorismo de ETA en la gran pantalla. Un cine fórum que se celebrará en Madrid los días 30 de septiembre, 14 y 28 de octubre a las 19:00 horas y en el que se proyectarán las películas 1980, de Iñaki Arteta; El Lobo, de Miguel Courtois; y Todos estamos invitados, de Manuel Gutiérrez Aragón. Tras cada proyección habrá un debate con la participación, entre otros, de Iñaki Arteta, José María Múgica, Antonio Rubio, Fernando Lázaro, Nicolás Redondo Terreros y José Eugenio Azpiroz.

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Menos es mejor
FÉLIX OVEJERO El Mundo 12 Septiembre 2019

El autor rechaza el mantra de preservar las lenguas que están en peligro y considera que, desde el punto de vista de la democracia, la igualdad y el entendimiento, es mejor que todos nos manejemos en una misma lengua

El debate sobre la lengua es uno de los más confusos que ofrece nuestro ya de por sí confuso mundo político. Para empezar, el debate son varios debates, todos ellos sostenidos en menesterosos andamios intelectuales: igualdad de las lenguas; concepciones del mundo asociadas a las lenguas; derechos de las lenguas; discriminación positiva de las lenguas; bondades de la diversidad lingüística; lenguas propias. Todos esos asuntos se sostienen en una vaporosa trama conceptual que arropa a políticas en ocasiones inteligibles y siempre incompatibles con elementales consideraciones de eficiencia y de igualdad. Una circunstancia que justifica repetir algunas consideraciones elementales.

La lengua sirve para comunicarnos. Si no es un instrumento de comunicación, no es una lengua. Puede cumplir otras funciones, pero si deja de ser una herramienta de comunicación deja de ser una lengua. Sucede como con un coche, que puede servirnos como vivienda, para bloquear carreteras, ostentar y mil cosas más, pero si no sirve para desplazarse, deja de ser un coche. Por eso, una lengua con un único hablante no es una lengua. Por eso, no se puede decir que el roncalés murió en 1976, con su última hablante (o al menos eso decían) Antonia Anaut. Por eso, tenía sentido crear el artificial euskera batúa, que unificó las diversas variantes -los diversos dialectos- del euskera, y por eso resulta razonable la preocupación porque las diversas variantes del catalán no acaben por convertirse en diferentes lenguas, con problemas de compresión entre sus hablantes. En tales casos, en aras de facilitar la comunicación, se opta por evitar la diversidad, el desarrollo de lo que son o pueden llegar a ser diversas lenguas y hasta se sacrifican los derechos de hablantes. Si nos interesa entendernos, cuantas menos lenguas mejor. Otra cosa es que para el filólogo la diversidad de lenguas tenga un interés académico, como lo pueden tener las sociedades animistas para el antropólogo, como un motivo de estudio.

Disponer de una lengua común es importante para las sociedades democráticas e igualitarias. Los mandarines conservaron su poder durante siglos porque dos chinos, que no se entendían hablando, sí lo podían hacer mediante la escritura que ellos controlaban y que requería años de aprendizaje. Las revoluciones democráticas, comenzando por la francesa o las que acompañaron a los procesos de independencia en América Latina, tenían como prioridad que los ciudadanos compartieran una misma lengua: facilitaba la comunicación, la participación, el conocimiento de la ley, de sus derechos, y el acceso en condiciones de igualdad a las posiciones sociales. Mientras a un monarca del siglo XVII le traía sin cuidado qué lengua se hablaba en sus territorios, los revolucionarios franceses buscaron en la educación obligatoria y gratuita para los niños de los 6 a los 13 años (ley Bouquier de diciembre de 1793), además de la enseñanza de las virtudes republicanas, la uniformidad lingüística en un francés simplificado: "Asegurar la comunicación horizontal y vertical en el seno de la nación: sea cual fuere su origen geográfico y social, todos los miembros deben comprenderla y utilizarla. Debe permitir la expresión de cualquier idea y de toda realidad" (A-M. Thiesse, La création des identités nationales).

En poblaciones analfabetas, en raros tratos con la administración, si había administración, y sin medios de comunicación de masas, las leyes que imponían lenguas (la inexacta interpretación nacionalista del Decreto de Nueva Planta) resultaban papel mojado. Un campesino del siglo XVIII no abría cuentas corrientes ni trataba con notarios. Tradicionalmente, los procesos de extensión de las lenguas respondían a su funcionalidad práctica, bien como lenguas de prestigio, bien, sobre todo, como medios de interacción, en un proceso de mano invisible que, por retroalimentación, conduce a utilizar los códigos con más usuarios. Ejemplo de lo primero es el uso os del griego, lengua de la diplomacia, entre las élites romanas o el del castellano, la lengua de la cultura, entre nosotros, como lo confirma que en el siglo XVI en Cataluña se imprimían más libros en castellano que en catalán, entre los que, por cierto, se incluía la poesía de Ausiàs March, editada antes en castellano (1539) que en catalán (1549), o que, en 1641, en plena independencia frente al "ocupante español", según la mitología nacionalista, se escribiera en castellano el panegírico fúnebre de Pau Claris, "presidente" durante unos días de la única República catalana realmente existente.

En todo caso, el mecanismo de extensión mediante el prestigio afectaba a segmentos muy limitados de la población, los alfabetizados. Otra cosa es que el prestigio oficie como una ventaja posicional, las ventajas de ser el primero en instalarse, como las que llevaron a triunfar en su día a los tradicionales sistemas de vídeo VHS o a Microsoft: los recién llegados optan por lo mismo que aquellos que ya están. A partir de cierto momento, se impone un mecanismo de mano invisible, parecido al que nos lleva a elegir, entre distintos sistemas de pesos y medidas (leguas, fanegas, etc.), aquel con más usuarios (metros, kilos, etc.). Nadie nos obliga, pero nos conviene dada la naturaleza de la actividad: intercambiar, entendernos. Los procesos se retroalimentan, como el que conduce a optar por la senda más desbrozada: cada uno con su decisión de caminar cómodamente por ese camino, hace el camino más cómodo, un argumento para que el siguiente haga lo mismo. A nadie le impiden escoger otro camino, pero no parece razonable que, para que él vaya cómodamente por donde quiera, se les imponga su senda a los otros. Cada uno con su libre decisión contribuye a consolidar un equilibrio que a todos resulta interesante, como a todos nos resulta interesante conducir por la derecha mientras los demás hagan lo mismo. Así funcionan convenciones y normas sociales. Por eso a nadie puede extrañar que, desde el siglo XVI, el 80% de los peninsulares utilicemos el castellano como lengua de comunicación, si se tiene en cuenta que en el siglo XV, Castilla, que incluía Galicia, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, tenía 4,5 millones de habitantes y la Corona de Aragón 850.000. Algo que no sucedía en otra partes. En Francia, en tiempos de la revolución, sólo uno de cada tres franceses hablaba francés; en Italia, en 1830, solo el 3% de las gentes hablaban lo que más tarde se llamaría italiano, el toscano.

Desde el punto de vista de político moral hay poco que reprochar a esos procesos. El resultado final, la consolidación de unas sendas y no otras, es resultado de las decisiones voluntarias. Nadie obliga a nadie, aunque razonablemente todos optarán por lengua que les permite entenderse con más personas. Se respeta, si se quiere decir así, el derecho a elegir. Pasa con frecuencia y nos parece bien. Yo tengo el derecho a emparejarme, pero eso no quiere decir derecho a emparejarme con quien yo quiera, entre otras razones, porque Natalie Portman también tiene derecho a elegir. El derecho a hacer uso de una lengua no supone un derecho a tener interlocutores.

Es cierto que, al final, los hablantes exclusivos de una lengua minoritaria verán reducidas sus posibilidades. Pero, mientras no se les impongan, no hay nada que lamentar. Su situación es consecuencia de la acción de todos, pero no es voluntad de nadie. No se viola el derecho de nadie a hablar como quiera. De hecho, el resultado es consecuencia de que cada cual dispone de ese derecho. Desde el punto de vista moral y político, es importante conocer cómo ha sido el proceso. No es lo mismo si es resultado de una imposición que de las decisiones libres de los individuos. Los radioaficionados no se quejan porque, con internet, ha disminuido la cantidad de colegas con quienes echar la tarde. El último de la fiesta no se puede lamentar porque no le queda otra que intentar emparejarse con otro saldo como él porque los demás se han ido emparejando antes y ellos se han quedado los últimos. Cada uno ha escogido libremente y nadie ha interferido en las decisiones de los demás. Es la diferencia, importante, entre Tinder y los matrimonios concertados.

La igualdad importante -la única inteligible- es entre las personas. Desde el punto de vista de lo que importa, la democracia, la igualdad y la posibilidad de entendimiento, es mejor que todos nos manejemos en una misma lengua. Una obviedad que, como algunas otras, en estos tiempos trastornados, se considera un escándalo. Si esas cosas nos preocupan, lo razonable consistiría en promocionar el uso de la lengua común. Otra obviedad que también parece un escándalo. Las lenguas ni sufren, ni padecen ni se mueren. No son especies animales que debamos conservar. La utilización de requisitos asociados a "lenguas propias" en el acceso a las posiciones sociales o laborales, con independencia del mérito o el talento, en aras de asegurar su conservación, viola elementales consideraciones de igualdad y, dicho sea de paso, de buena asignación de recursos públicos. Eso, claro, si ponemos el foco en las personas. Si lo ponemos en la lengua, si asumimos la fanfarria de que "hay que preservar las lenguas en peligro", esto es, que las lenguas tienen derecho a tener hablantes, las implicaciones son otras. Como ejercicio mental, me he puesto a pensar en qué debería hacer si, asumido el objetivo conservacionista, tuviera que gobernar Papúa Nueva Guinea: 838 lenguas compitiendo por un número limitado de hablantes. Fatigado, he decidido dar por terminado este artículo.

Félix Ovejero es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita).

La Diada del himno nacional
EDITORIAL  Libertad Digital 12 Septiembre 2019

La ofrenda floral del golpista Quim Torra y su Gobierno talibánico ante la estatua de Rafael Casanova con motivo de una nueva Diada se vio felizmente amenizada por los sones del Himno Nacional. Muy en sazón, ciertamente: y es que Casanova fue un patriota español que, como tal, abominaría de la canalla separatista. Consejero en jefe de Barcelona durante el asedio de las tropas borbónicas a la Ciudad Condal en la Guerra de Sucesión, el involuntario referente idel separatismo hizo un llamamiento a defender la plaza "por la Patria y por la libertad de toda España". Para enmarcar y colgar en el despacho del, cómo decirlo, menos aguerrido Torra.

En efecto, resulta especialmente apropiado que el tributo a un patriota español se lleve a cabo a los acordes de la Marcha Real, detalle que hay que agradecer a unos admirables vecinos de la zona que tuvieron la decencia de hacerlo sonar por todo lo alto. Sin embargo, los indeseables que están al frente de la Generalidad pusieron a los Mozos de Escuadra en acción para que hicieran lo que no hacen con los liberticidas que siembran el miedo nacionalista en las calles catalanas: identificar a los culpables.

Los separatistas han convertido a los Mozos en una policía política, como quedó ominosamente de manifiesto en el otoño golpista de 2017. El presidente del PP catalán, Alejandro Fernández, ha denunciado que la policía de Torra solo actúa cuando algo molesta a los supremacistas, es decir, a los verdaderos enemigos de Cataluña, los que están dinamitando la convivencia en el Principado. Cuando los constitucionalistas son acosados, agredidos, insultados, mira hacia otro lado o, en días de especial indecencia, hasta pareciera alentar a los linchadores infames. Qué escándalo y qué vergüenza.

Una vez más, se ha comprobado que la Diada no es la fiesta de todos los catalanes, sino una excusa para que lo peor de la sociedad catalana dé rienda suelta a sus perversiones ideológicas. La Diada es una estafa y una afrenta, y por eso debería ser sustituida, como ya han pedido repetidas veces desde las filas constitucionalistas, por la mucho más cívica festividad de Sant Jordi.

Espantados por el himno
Cristina Losada  Libertad Digital 12 Septiembre 2019

Torra y su comitiva fueron a hacer la ofrenda a Rafael de Casanova de cada 11 de septiembre y se encontraron con que empezó a sonar, por encima de Els Segadors, el himno nacional. En los vídeos del acontecimiento, se aprecia desconcierto en las filas de la delegación oficial separatista. Desconcierto incomprensible, porque la gente del separatismo tiene perfectamente entrenada la reacción al himno: en cuanto oyen sus primeros acordes, se ponen a pitarlo. Es verdad que la pitada la tienen asociada, perritos de Pávlov, a las finales de la Copa del Rey y a que esté el Rey en persona. Para que reciba, también en persona, el sonoro insulto. Eso les encanta. A los presidentes de la Generalidad se los ha visto allí, al lado del monarca, sin poder contener la sonrisa de satisfacción. Satisfacción por la demostración de fuerza contra España en directo delante de las cámaras, de los micrófonos, del mundo entero. Satisfacción por la demostración de obediencia de sus hinchas.

El himno nacional está para ser boicoteado. Esto lo tiene claro el separatismo. En todos sus niveles jerárquicos, desde el más bajo hasta el más alto. Pero se acaba de ver este 11 de septiembre que no saben qué hacer cuando el himno suena, sin protocolo, sin previo aviso, en medio de un acto que consideran suyo. Entonces, en lugar de pitarlo a todo pulmón, salen aturdidos y espantados, como ciertos animalitos a los que se ahuyenta con ultrasonidos, aunque, eso sí, llaman a la policía. A la autonómica, naturalmente. Sus agentes, lejos de la pasividad cachazuda que desplegaron el 1-O, lejos de la pachorra con la que han consentido desde cortes de carretera y vías ferroviarias hasta ataques a grupos constitucionalistas, actuaron con celeridad y eficacia. En un pispás tenían identificados el lugar y los autores del delito. No es broma, no. Les comunicaron que van a atribuirles un delito de desórdenes públicos. Antes –hay que contarlo por la belleza– trataron de cortar la electricidad para boicotearles el equipo de sonido.

Y ahora estamos con la matraca del boicot. La consejera Budó, la que no quería hablar en la lengua de las bestias, acusa de falta de respeto y de "intentar un boicot con el himno de España". Pero ¿qué boicot? ¿A quién? A la figura de Rafael Casanova no, porque Casanova no era ningún separatista avant la lettre. Los que carecen de respeto por el personaje –y por los hechos históricos– son quienes lo disfrazan de protoindependentista y le dejan allí ofrenda intoxicada. En realidad, el separatismo va a la estatua de Casanova a hacerse un homenaje a sí mismo. Y ¿qué respeto merecen los que no respetan? ¿Qué respeto pueden pedir los que no respetan la ley, no respetan a sus conciudadanos no separatistas, no respetan al resto de españoles?

En qué duplicidad vive esta gente. Pitar el himno nacional es libertad de expresión. Poner los lazos amarillos en edificios públicos es libertad de expresión. Quitar banderas de España de los mismos edificios es libertad de expresión. Quemar fotos del Rey es libertad de expresión. Agredir a constitucionalistas es libertad. Insultarlos gravemente es más libertad. Boicotear sus actos en la calle, en la universidad o en cualquier sitio es pura libertad. Insultar a España es libertad y obligación. Acosar a jueces y fiscales es libertad. Espiar a los escolares para que no hablen en español es libertad. Sí, estos no son más que algunos de los actos ofensivos y de intimidación y violencia que los separatistas incluyen entre los márgenes de la libertad, pero dan una idea de lo ancha, anchísima, que es la libertad que se toman. Tan ancha la que se toman como estrecha la que dan. Y en su estrechez llegan al supremo ridículo de pretender que hacer sonar el himno nacional sea delito. Venga ya. Delitos fueron los del 1-O.

La secesión mental
Ignacio Camacho ABC  12 Septiembre 2019

El independentismo catalán está políticamente dividido y socialmente melancólico. Sus dirigentes esperan en la cárcel un veredicto que los mantendrá unos años encerrados y el horizonte de la república vuelve a ser un mito lejano. Sin embargo, un importante sector de Cataluña, territorial y demográfico, vive en estado de independencia psicológica, en una especie de secesión mental que impregna su comportamiento cotidiano. La insurrección ya no es una posibilidad que nadie contemple en serio a corto plazo, pero desde octubre de 2017 tampoco han aumentado en la comunidad los anclajes del Estado. Y pese a la evidente deflación del movimiento rupturista, patente ayer en la Diada, y a sus notorios problemas de liderazgo, los partidos que lo representan continúan siendo necesarios para la conformación de un Gobierno que no les hace ascos. Aunque las prioridades inmediatas del nacionalismo hayan cambiado, centradas ahora en el porvenir penal de sus líderes, el proyecto sigue intacto, a la espera de un replanteamiento que supere la digestión del fracaso. El cisma de la sociedad es claro; el 11-S ya no es la fiesta de todos los catalanes, ni siquiera de los nacionalistas, sino del separatismo más excluyente, irredento y sectario.

La pregunta que cabe plantear es la de qué avances ha hecho el Estado desde la revuelta para proteger el modelo de convivencia. Y tiene una mala respuesta: el único signo de firmeza institucional ha sido el juicio del Supremo, gracias a la determinación procesal, no siempre comprendida, de los jueces Llarena y Marchena. Sólo eso. Al frente de la Generalitat hay un orate visionario que obedece órdenes de Bruselas y que se cree portador de una misión esencialista de resistencia. La televisión de cabecera y el sistema educativo siguen intoxicando sin tregua con consignas antiespañolas a jornada completa. El sistema político autonómico está fracturado y la Administración paralizada y en quiebra porque sus responsables se han desentendido de ella. La mayoría de las empresas que huyeron del motín no han regresado y carecen de planes de vuelta. Barcelona es una ciudad atemorizada por la inseguridad callejera. Y el Ejecutivo de Sánchez, inmerso en una campaña electoral eterna, no ha efectuado una sola propuesta sobre la cuestión catalana para no meterse en problemas; quizá cuando lo haga sea peor si se piensa en los aliados con que cuenta. Ahora sólo parece preocupado por la gestión de la inminente sentencia.

Faltan, pues, motivos para el optimismo. El conflicto permanece agazapado pero de ningún modo ha desaparecido. Rebrotará -«ho tornarem a fer»- en cuanto los separatistas encuentren aliento para abrir cualquier resquicio; si en algo merecen ser creídos es en su resolución de perseverar en su designio. Dos años después de la gran crisis no existe ningún elemento objetivo para descartar la necesidad del Artículo 155.

Franco y el declive de la Diada
Javier Caraballo El Confidencial 12 Septiembre 2019

“¡Visca Catalunya!”. Esta vez, el sorprendido fui yo. Es normal; pensamos que son los niños catalanes los que tienen el coco comido con la manipulación histórica de Cataluña y uno se ruboriza cuando eso mismo le sucede a él. La secuencia es bien elocuente: en una tarde cualquiera de sábado, uno de nosotros detuvo el 'zapping' de la sobremesa en la película ‘La familia y uno más’, protagonizada por el gran Alberto Closas, segunda parte de la muy franquista saga de ‘La gran familia’, considerada como uno de los principales exponentes de los valores de la dictadura en esa época de desarrollismo, familias numerosas y valores cristianos. Por algo la declararon ‘película de interés nacional’ cuando se estrenó, en 1962.

En esas andábamos mis colegas y yo cuando ocupó la pantalla entera de la televisión un autobús de universitarios catalanes que habían acudido a Madrid a jugar un campeonato de baloncesto. Ganaron el trofeo y se les veía en un autobús atravesado por una gran pancarta, 'Visca Catalunya', mientras los jóvenes cantaban “baixant de la Font del Gat/una noia, una noia;/baixant de la Font del Gat/una noia i un soldat”, que con seguridad reconocerán la inmensa mayoría de los catalanes. “Pero ¿cómo es posible?, ¿en pleno franquismo, en esa película, una exhibición de catalanismo y del catalán?, pero ¿no estaba prohibido?”.

Esa fue la sorpresa y el rubor, que tanta ha sido la matraca independentista que hasta nosotros mismos nos hemos acabado tragando algunas de las mentiras y de las invenciones de la manipulación histórica. El escritor Eduardo Mendoza, cuando escribió en el crítico año de 2017 su ensayo ‘Qué está pasando en Cataluña’, ya se vio en la obligación de recordar que “el catalán como lengua de uso nunca estuvo prohibido”, a pesar de la evidente antipatía del régimen franquista hacia la lengua catalana. Eso, además de precisar que la represión franquista en Cataluña “no fue tan violenta como en otros puntos de la Península porque la entrada de tropas se produjo al final de la guerra y porque la proximidad de la frontera permitió la huida de muchas víctimas potenciales”.

“Pese a la obligación expresa de impartir la enseñanza en castellano, en algunos lugares, sobre todo fuera de las grandes ciudades, donde el uso del catalán no era ya habitual sino casi exclusivo, las clases se impartían en catalán. De lo contrario, se habrían tenido que impartir en una lengua que el maestro apenas hablaba y los alumnos apenas entendían”. Conforme se fue alejando la Guerra Civil, la absoluta prohibición inicial de publicar textos literarios en catalán se fue olvidando y comenzaron a proliferar actos culturales en catalán, como ocurrió con el teatro. En esas, se llega a la película de antes, a la escena de antes, que, por paradójico que parezca, es posible que llame más la atención ahora que cuando se proyectó en los sesenta en todos los cines de España. Quien comparta la misma sorpresa, entenderá el laberinto de mentiras en el que nos hemos instalado.

Ayer, cuando llegaban noticias de la Diada de Cataluña que hablaban de declive, la menor asistencia a esa macromanifestación desde que comenzaron la ‘hoja de ruta’ del independentismo y la efervescencia callejera de esa locura, entendí que no podremos salir adelante si no se extraen algunas lecciones esenciales de todo lo ocurrido. La primera tiene que ser esa, comenzar a desmadejar en las escuelas y también en la conciencia colectiva la desinformación y la inquina que se han inoculado en este tiempo.

La ausencia de España en Cataluña tiene que restituirse; la España constitucional que hemos construido entre todos, empezando por Cataluña, principal defensora de aquel lema de “libertad, amnistía y estatuto de autonomía” que se extendió por todas partes y acabó cuajando en el Estado autonómico. Es evidente que se necesitan ajustes y reformas, empezando por la definición autonómica en la propia Constitución, donde no se menciona, pero con la convicción profunda de que es este modelo de Estado el que más se acerca al profundo deseo de convivencia, de conllevarnos, entre todos los pueblos de España.

El declive de la Diada de este 2019 es un factor más que tiene que llevar a muchos catalanistas que han abrazado el independentismo a comprender que el único camino posible de futuro es el regreso, con lealtad, al modelo autonómico y constitucional, a la Constitución que ganó en Cataluña por más del 91% de los votos. Si a pocas semanas de que se conozca la sentencia del Tribunal Supremo contra los políticos que encabezaron la revuelta independentista, esa manifestación es la que convoca a menos gente, quizá lo que significa es que muchos de ellos ya lo han entendido.

Ninguna de las previsiones que se hicieron cuando comenzaron a entrar en la cárcel los cabecillas del independentismo, donde siguen de forma preventiva, se han cumplido: ni revueltas callejeras permanentes, ni calles incendiadas por huelgas generales, ni nuevas declaraciones de independencia unilaterales. Entraron los Jordis en la cárcel y no ocurrió nada, como ya pudimos apreciar entonces.

Esta Diada de 2019 debería contemplarse como el cierre de la ‘hoja de ruta’, el comienzo del fin. Igual ocurrirá con la sentencia. El Estado de derecho, en España, una vez más, acabará imponiéndose por la lógica aplastante de que, fuera de ese marco de legalidad, solo nos espera el caos, a veces el más trágico caos. Así que ahora, y en adelante, de lo que se trata es de que se vayan cayendo muchas vendas, que se pudran los rencores de quienes los hayan cultivado, dentro y fuera de Cataluña, y que aspiremos a un aterrizaje suave en la normalidad conquistada.


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