AGLI Recortes de Prensa   Sábado 26  Octubre  2019

Sánchez busca el poder a costa de la seguridad de Cataluña
OKDIARIO 26 Octubre 2019

Pedro Sánchez mantendrá al menos una parte del contingente policial de urgencia enviado a Cataluña para sofocar los ataques de terrorismo callejero justo hasta que pase el examen electoral, pero al día siguiente los Mossos tendrán que afrontar en exclusiva cualquier acto de violencia separatista. Esto es, el 11-N todos los policías y guardias civiles desplegados durante estas últimas semanas habrán retornado a sus ciudades de origen.

La medida plantea un evidente riesgo de que los CDR aprovechen la situación de vacío para intensificar sus acciones en un momento en que desde la Generalidad de Cataluña se ha puesto a los Mossos en el punto de mira. La decisión de Sánchez es inexplicable, porque la situación de extrema violencia registrada tras la sentencia del Tribunal Supremo puede reproducirse cuando comience el juicio a Quim Torra por desobedecer a la Junta Electoral que le instó a retirar los lazos amarillos de la Generalidad de Cataluña durante las pasadas elecciones generales.

¿Qué pretende Pedro Sánchez? Tal vez sus cálculos pasen por revalidar su victoria en las urnas y, obligado a buscar el apoyo de las mismas fuerzas separatistas que le hicieron presidente del Gobierno en la moción de censura, lanzarles un guiño cómplice para tratar de asegurarse sus votos. Es lo de siempre: al presidente del Gobierno sólo le interesa garantizar el orden público en Cataluña cuando entiende que le conviene electoralmente. Y despliega o pliega efectivos de la Policía y la Guardia Civil en función de sus particulares circunstancias.

¿Cómo es posible que en una situación de violencia potencial tras los gravísimos disturbios provocados por el terrorismo callejero independentista Pedro Sánchez haya tomado una decisión que supone un acicate para los separatistas radicales? ¿Cómo es posible que con la Generalitat de Cataluña señalando con el dedo acusador a los Mossos el presidente del Gobierno deje la seguridad pública en manos de una Policía autonómica que ha sido objeto de las críticas del propio Quim Torra?

¿Cómo es posible? Muy sencillo. La "seguridad" de Sánchez es más importante que la seguridad de Cataluña.

La momia resucita en un helicóptero
Jimmy Giménez-Arnau okdiario 26 Octubre 2019

Sánchez, en disfunciones mentales, se muestra irrespetuoso con los muertos y los vivos. Al mismo tiempo que saca de la cripta a Franco desatiende las necesidades de las fuerzas del orden que combaten la insurrección en Cataluña. Muertos y vivos le salen por una friolera. Ególatra desde la cuna busca inflar su ego, henchido de necedad, creyendo que le sale más rentable, electoralmente hablando, agradar a sus socios etarras y terroristas independentistas. Por eso les sirve en bandeja de plata a un difunto que, hará 44 años, dejó de existir en nuestras preocupaciones. ¡Qué estúpida maniobra, señor Sánchez! Sólo ha conseguido que la momia resucite a bordo de un helicóptero, reabriendo amores y odios enterrados.

Van verdades asombrosas en torno al sórdido suceso. Han tenido que sacar a la momia de la tumba para que toda la familia Franco se reúna otra vez. Hacía años que no se veía una estampa de la tribu entera, tan tierna, parecía un equipo de cross muy bien entrenado dirigiéndose en pelotón hacia el podio. Han tenido que subir a la momia en un helicóptero para que todos miraran al unísono hacia el cielo y vieran resucitar al dictador, como por arte de magia. Sánchez ha obrado el triste milagro, un cadáver, del que apenas cuatro gatos se acordaban, vuelve a estar vivo y coleando. Pedro cisne Sánchez, palmípedo de ley, a cada paso que da, suelta una cagada. Su barato ego le obliga a hacer el ridículo con una puntualidad exasperante.   

Malas lenguas, bien informadas, afirman que, tras el levantamiento de la lápida que mantenía inmóviles los restos del verdugo, se ha abierto un gran mercado que puja por ella. Francis, el nieto usurero, sueña con subastar la losa y a él se suman plurales inversores a quienes no les tiemblan las piernas a la hora de pujar por la tapa del ataúd. La lápida de tonelada y media del generalísimo, hoy alcanza, en el mercado de los chollos, millón de € arriba, millón de $ abajo, por tratarse de un esqueleto magníficamente conversado, el precio de un bello ejemplar de Tiranosaurio Rex subastado en Wall Street en las mismas condiciones. ¿Qué ultra, de derechas, o de izquierdas, no invertiría millones por tener en su salón un recuerdo semejante?

Volvamos al presente de la falsa mano del bobo en disfunciones y de la su nefasto predecesor y consejero, ZP, aquel que arruinó a España e inventó, entre los escombros de sus meninges, la Ley de Memoria Histórica que nos ha brindado la profanación. El cuate de Chaves y Maduro ha de estar en éxtasis viendo a una momia aerotransportada desde el mausoleo a una zona donde se sirve un exquisito conejo con patatas. Ambos lerdos, no han caído en la cuenta de que acaban de cargarse los comicios del PSOE, fijando el techo de cristal de sus atrocidades en menos de 120 escaños. La maldición del dictador consistirá en condenarle a cavar su propia tumba, cosa que tiene fácil, pues Sánchez, aparte de blando, es gafe. Con los muertos no se juega.

Mingorrubio era la excusa
OKDIARIO 26 Octubre 2019

El Gobierno de Pedro Sánchez se negó tajantemente a aceptar la voluntad de la familia Franco para que los restos del dictador fueran inhumados en la cripta que posee en la catedral de La Almudena. El argumento era que no consentiría ningún acto de exaltación de un dictador en el centro de Madrid, temeroso de que los simpatizantes del que fuera jefe del Estado convirtieran las inmediaciones del templo en una "celebración fascista". Sus argumentos, aceptados por el Tribunal Supremo, terminaron provocando que Franco fuera inhumado en el cementerio de Mingorrubio, en El Pardo. Pues bien, un grupo de vecinos del barrio madrileño ya está trabajando en organizar visitas turísticas al camposanto.

Si el propósito del Ejecutivo fuera -como advirtió- el de impedir a toda costa cualquier acto de exaltación, su objetivo se vería comprometido al trasladarse estos a pocos kilómetros del centro de Madrid, pero no nos engañemos. En realidad, lo que pretendía el Gobierno era ganarle el pulso a la familia de Franco, un triunfo en los tribunales que se encargó de vender como una victoria de la democracia. Una burda excusa.

Exhumado el dictador y convertido el traslado de sus restos en una gigantesca demostración de propaganda -aquello fue el mayor acto de campaña del PSOE-, está por ver que el Ejecutivo haga algo por impedir que Mingorrubio se convierta en el escenario de actos de exaltación. Una vez utilizado Franco como coartada electoral, no parece que el Gobierno tenga demasiado interés en perder su tiempo mirando al pequeño cementerio madrileño.

Todo ha sido una descomunal estrategia de marketing, una gigantesca puesta en escena cuyos ecos se irán desvaneciendo a medida que el Ejecutivo entienda que Franco ya no es rentable. En torno a Mingorrubio, convertido en nuevo centro de atracción, se reunirán unos cuantos simpatizantes ante la indiferencia de un Ejecutivo que, una vez explotado el cadáver del dictador, mirará para otro lado. Todo ha sido una gigantesca farsa.

La España de los dos bandos como lamentable arma electoral de Pedro Sánchez
EDITORIAL ESdiario_com 26 Octubre 2019     

España necesita puentes, no trincheras, pero Sánchez solo sabe excavar las segundas para dividir y tapar sus fracasos en los problemas que sí son suyos y no sabe atender.

La exhumación de Franco se convirtió, de manera grosera, en el gran acto de la campaña electoral de Pedro Sánchez y del PSOE, incapaz de resistirse nunca a la tentadora posibilidad de financiarse su propia propagando con recursos públicos.

Interrumpir el comienzo de los Telediarios para colgarse la medalla con una larga intervención sin preguntas y convertir el traslado de los restos de un personaje nacido en el siglo XIX en un maratón televisivo en la cadena pública, en contra además de lo anunciado, define al personaje y deja claro su objetivo estrictamente electoral.

Sin discutir la necesidad de adoptar cualquier decisión que profundice o culmine en la reconciliación nacional, un viaje por definición incompleto mientras haya deudas pendientes o el frentismo se imponga a la fraternidad; Sánchez se ha servido de ese espíritu para hacer justo lo contrario.

Su intención no es, como dice de palabra, culminar la Transición, sino lo opuesto: reabrir heridas para activar una movilización electoral, por razones emocionales, que ahora mismo no tiene garantizada tras forzar una repetición de los comicios.

Sus excusas
Homenajear a las víctimas nunca puede ser ofensivo, pero utilizarlas como pretexto para recrear dos bandos en el presente y arrogarse la representación de uno de ellos es vergonzoso: una mercancía tan delicada como el pasado, repleto por definición de dramas cuando viene marcado por una Guerra Civil, requiere de un cuidado que Sánchez no ha tenido ni querido tener.

Porque lejos de culminar la reconciliación, su torpe manipulación de las emociones intenta devolvernos a un pasado de trincheras y no de puentes, que se escribe en términos de vencedores y vencidos nuevamente, y no de españoles capaces de recordar, homenajear y honrar a todas sus víctimas, de todos los colores, y hacer de su triste legado un combustible moral, ético y político de su democracia.

Ante la campaña electoral
Pío Moa gaceta.es26 Octubre 2019

La profanación de la tumba de Franco y del Valle de los Caídos es una derrota momentánea de la paz, la democracia y el estado de derecho. Y un reflejo de la muy profunda degradación a que ha llegado el régimen actual. Porque el triunfo del gobierno del estafador y la marimacho y los separatistas no habría podido producirse sin los servicios que les han rendido unos jueces inicuos, una jerarquía eclesiástica absolutamente abyecta,  la panda de monárquicos indecentes del ABC  y, desde luego y como siempre, el PP  de los señoritos incultos y cantamañanas, representados por el chiquilicuatro Casado,  celebrando las glorias (como el ABC y otros), de un falsificador sistemático de la historia como Santos Juliá. O de Preston, otro aún peor.

   Constatados lo hechos, es preciso plantearse la resistencia. Cuando se anunció el propósito del gobierno del PSOE (el partido español o antiespañol  de mayor historia criminal de los siglos XX y lo que va del XXI) dije que, al margen de las acciones legales contra el brutal atropello, debía aprovecharse al máximo para divulgar la historia real de Franco y el franquismo. Por mi parte he hecho lo que estaba en mis manos, pero he de reconocer que el llamamiento no lo siguió casi nadie. Así, apoyándose en el “Himalaya de falsedades”, que decía Besteiro, los enemigos de España y de la libertad han podido realizar su fechoría. Sin embargo la idea sigue plenamente en pie. Es preciso organizar la difusión de la realidad del franquismo, y para ello propongo empezar por dar a conocer lo más ampliamente posible mi estudio Los mitos del franquismo, que es el análisis y valoración más completos publicados hasta hoy.

   Me preguntan unos amigos qué se podría hacer en concreto. Por mi parte he sugerido a VOX una campaña electoral basada en tres puntos: Unidad de España, Regeneración democrática y Respeto a la historia. Creo que son tres lemas del mayor calado y que reflejan lo que es preciso ahora. No soy de VOX, no sé qué atención pueden prestar a la propuesta, pero como español, creo que VOX es la gran esperanza para millones de personas y debe aprovechar una situación que le vienen brindando en bandeja sus enemigos para llegar con un mensaje claramente distinto a la opinión pública.

   En cuanto a la profanación, son precisos cuatro ejes, tanto en la campaña electoral como en adelante: Presencia permanente de Franco y el franquismo; Derogación de la ley norcoreana; Denuncia permanente de la historia criminal del PSOE; Denuncia de los separatismos como racismos similares a los nazis.
    Es preciso aprender de la técnica de los canallas cuando repiten mil veces lo de la “extrema derecha”. La historia criminal y el racismo separatista deben ser lemas permanentes. Siempre hay que referirse al PSOE en virtud de su historia criminal que permanece ahora mismo. Y a los separatistas como racistas asimilables a los nazis. Estas ideas deben entrar más y más en la mente de unas gentes acostumbradas durante casi cuarenta años a ver la realidad como la han presentado los ilusionistas de la política.

   La presencia de Franco debe estar permanentemente en las redes, con expresiones que inviten a la gente a enterarse de lo que fue aquel estadista y su régimen, y por qué solo de él podía salir una democracia razonable. Por ejemplo:  “¿Quiénes condenan a Franco? Los separatistas, los corruptos del PSOE y los señoritos cantamañanas del PP”. “¿Es necesario explicar por qué odian a Franco los separatistas, los chorizos del PSOE y los del PP?”. “¿Por qué el PSOE, el partido de historia más criminal y corrupta de España, aupado al poder por los separatistas, quiere ganar la guerra ochenta años después? Respóndase usted mismo”. “Los separatistas están de acuerdo. El PSOE está de acuerdo. El PP está de acuerdo. Podemas está de acuerdo: Hay que derrotar a Franco 40 años después de muerto”. Estas frases bastante explicativas serían de gran efecto si se difundieran masivamente.

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Conocer lo que fue el franquismo es esencial para mantener la democracia y la unidad de España:

Los Mitos Del Franquismo (Historia)
Galería de antifranquistas. No pueden imaginar ustedes su catadura moral: https://www.youtube.com/watch?v=-fn3bGUQrSg
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Creo que ahora mismo sería muy útil una explicación parecida a esta:

MENSAJE (¿DE VOX?)  A LOS CATALANES.
 El separatismo está llevando a Cataluña a una situación límite  contra la paz pública, prácticamente a un golpe de estado al declararse en rebeldía contra la nación unas autoridades que teóricamente la representan.  Golpismo que se ha hecho permanente por la incapacidad de los gobiernos para aplicar la ley y defender la Constitución y a la  mayoría de catalanes no separatistas. Esa incapacidad supone en la práctica  complicidad real del gobierno del PSOE y antes del PP en la destrucción del estado de derecho. Importa mucho, por tanto, comprender cómo se ha llegado a esta situación.

   El separatismo es históricamente muy reciente. Durante siglos, los catalanes se han sabido y sentido españoles, solo a principios del siglo XX algunos orates, aprovechando la crisis moral del “desastre del 98” lograron convencer a los más torpes de ser una raza superior que debía gobernar a los demás inferiores españoles o, en otro caso, separarse de ellos. Los separatistas explotaron las amplias libertades garantizadas por el régimen llamado de la Restauración para desplegar una intensa propaganda de odio y desprecio a España, que junto con el terrorismo anarquista y la violenta demagogia del PSOE, hizo quebrar aquel sistema de libertades.
  
En la república, los separatistas volvieron a sus propagandas y a su racismo ridículo y demencial, que les llevó, bajo la dirección de Companys,  a rechazar el resultado de las urnas en 1933 y a rebelarse al año siguiente contra la legalidad, de acuerdo con el PSOE, contribuyendo así a la guerra civil.  Durante esta guerra,  Companys presidió la etapa de mayores asesinatos y robos de la historia de Cataluña. No obstante, los separatistas exaltan a tal personaje como un “héroe nacional”, insultando así a los catalanes, al sentido común y a la democracia, resumen de sus  “heroísmos”.

  Tras la experiencia nazi, aquel racismo, antes descarado,  ya no osa decir su nombre, pero continúa como raíz y savia del separatismo, con sus ínfulas de superioridad y su permanente falsificación de la historia e injuria a España. Sin ese oculto racismo de fondo, el separatismo quedaría sin argumento.

    Al llegar la transición, la memoria del pasado estaba aún fresca, por lo que los separatistas eran muy pocos y aun ellos se disfrazaban de simples autonomistas.

Pero desde el primer momento aprovecharon la amplia autonomía, concedida irreflexivamente, para conculcar las leyes,  promover la división social,  adoctrinar a niños y jóvenes en sus ideas entre narcisistas y victimistas, y cultivar como siempre el odio y desprecio de “superioridad” a España, que es implícitamente el odio a los catalanes y a la  Cataluña históricos. Así han avanzado hasta el momento en que creyeron madura la situación para el golpe secesionista.

    Los autores de este proceso no habrían podido avanzar sin la colaboración de los gobiernos tanto del PP como del PSOE, los cuales no solo cedieron a sus exigencias y chantajes,  sino que aceptaron y financiaron sus vulneraciones de la ley, y marginaron la resistencia espontánea de tantos catalanes opuestos a  aquella demagogia. La responsabilidad de dichos gobiernos, es mayor aún que la de los propios separatistas.

   Estos hechos no deben ocultarse, pues así  hemos llegado, a la gravísima situación de golpe de estado y pisoteo sistemático de la ley, por unos y otros. Todos debemos tener muy presente que el respeto a la ley es la única garantía de una convivencia pacífica en paz y en libertad entre distintas opciones,  y que su constante vulneración empuja al enfrentamiento social y hasta a la guerra civil. La Constitución votada por gran mayoría en Cataluña y resto de España reconoce la unidad nacional de España, unidad política y cultural forjada a lo largo de muchos siglos, y cuya ruptura solo puede ser deseada por auténticos orates que nos empujen al enfrentamiento civil y a la división del país en estaditos hostiles entre sí y juguete de otras potencias.

    Pero eso no ocurrirá. VOX proclama que la unidad de España, el estado de derecho y la democracia no se discuten, se defienden por todos los medios, y una vez más fracasarán las intentonas contrarias, como han venido fracasando, entre lo ridículo y lo trágico, desde hace más de cien años.
   Es necesario que antes las próximas elecciones, los catalanes y demás españoles comprendan cuál es el partido que los defiende, que defiende la paz civil y la libertad.

Doctor Sacamuertos
La democracia española consuma ese anhelo tan edípico de matar al padre
Juan Manuel de Prada ABC 26 Octubre 2019

Decía Foxá que morir por la democracia es como morir por el sistema métrico decimal. La frase, muy cínica y malévola, encubre sin embargo una verdad dolorosa: la democracia genera pueblos cada vez más apoltronados que no están dispuestos a la épica. Y para evitar que sus prosélitos se apoltronen del todo, la democracia urde taumaturgias que les hagan vibrar de emoción y suplan la falta de épica. Sólo que los prosélitos, a medida que se apoltronan más, necesitan platos cada vez más fuertes para vibrar de emoción. Y, puestos a aliñar platos fuertes, todavía no se ha descubierto un condimento más picante que la cadaverina. Así que el gobernante demócrata fetén se esfuerza por hallar algún muerto que le haga el caldo gordo.

Era inevitable que un tipo tan insípido como el doctor Sánchez recurrirse al aliño de la cadaverina para condimentar su guiso. Y, puesto a buscar un muerto que le hiciese el caldo gordo, no pudo encontrar ninguno más jugoso que Franco. Mediante la exhumación de Franco, la democracia española consuma ese anhelo tan edípico de matar al padre, que según Freud permite a la vez satisfacer una pulsión irrefrenable y sepultar una verdad reprimida. La pulsión irrefrenable que se satisface con la exhumación de Franco es el resentimiento de los hijos de papá (rebozadito demagógicamente de «reconciliación» y «resarcimiento a las víctimas»); y la verdad reprimida que se sepulta es la biografía de sus familias, que salieron de la miseria durante el franquismo, que medraron con el franquismo y pudieron pagar los estudios de sus hijos y disfrutaron de sus primeras vacaciones gracias a la paga extra del 18 de julio. Y ahora los hijos de papá, encarnados en este doctor Sánchez o Sacamuertos, resentidos de que sus familias no movieran un dedo por combatir el franquismo (eran tan demócratas que no creían en la épica del combate), se vengan de su pasado exhumando a Franco, que es tanto como inhumar la verdad sobre sus familias, que se acostaron franquistas y se levantaron demócratas, para seguir chupando del bote.

Pero en la exhumación de Franco no sólo hallamos el resentimiento típico de los hijos de papá; también el oportunismo de quienes sacan tajada de los muertos. Hubo un tiempo en que las gentes desenterraban a los muertos ricos para arrancarles las muelas de oro; y, en uno de sus tétricos grabados, Goya dibujaba a la chusma desvalijando a los ahorcados. El doctor Sacamuertos, como esos desvalijadores de cadáveres, saca a Franco de la tumba para arrancar votos, más valiosos que cualquier muela de oro. En «El estudiante de Salamanca», Félix de Montemar se abrazaba macabramente al esqueleto de su novia, para seguir amándola, sin importarle que los gusanos infestasen su cuerpo. Este doctor Sacamuertos, menos romántico pero más macabro todavía que Espronceda, se abraza al esqueleto de Franco, porque sabe que el olor de la cadaverina lo convierte en el candidato predilecto de la España que medró con el franquismo y ahora necesita matar al padre, satisfaciendo la pulsión irrefrenable del resentimiento y sepultando la verdad reprimida sobre sus familias. Los demócratas que medraron con Franco se alimentan hoy con los gusanos que se desprenden de su cadáver; así comen de Franco por partida doble.

-¡Pitas, pitas, pitas! -invita el doctor Sacamuertos a la pitanza.

Y luego, como sabe que a los pueblos sin épica los conmueve cualquier pamplina lacrimógena, por burda y chirriante que sea, ofrenda un ramo de flores mustias (el olor de la cadaverina las habrá amustiado) a las Trece Rosas. ¡Que vuelva Goya para dedicar una nueva serie de grabados a este grandísimo demócrata!

Franco y el paréntesis de la Democracia
Javier Somalo Libertad Digital 26 Octubre 2019

La gran mayoría de los que tuvieron algo que ver en la Transición fueron monárquicos tan convencidos como el propio Franco. Tras no pocas tensiones con los legitimistas que, a izquierda y derecha, y de las formas más variopintas, veían en don Juan la reinstauración borbónica tras la dictadura, Franco tomó la decisión de saltarse la línea dinástica –costumbre ya arraigada en los Borbones– y forjar a un niño llamado Juan Carlos como sucesor… de nada en absoluto. Porque, por aquel entonces, después de Franco no había absolutamente nada.

Quizá eso explique la razón de tantos vértigos en la camarilla de El Pardo –que sí ansiaba una herencia política y metía inútilmente la nariz en cada asunto desde que Franco enfermó de verdad– y quizá también por ello nadie sabía qué hacer o decir tras cada parte médico del famoso "equipo habitual", más allá de alargar la agonía y ganar tiempo al tiempo.

Franco no ató el destino de España a su familia o a su círculo más próximo, que bien pudo hacerlo, sino a Juan Carlos de Borbón, hijo del primogénito del último rey que hubo antes de la Segunda República, Alfonso XIII. Y muchos, por no decir todos, advirtieron con el tiempo que Juan Carlos pondría fin a la dictadura para entrar cuanto antes y de lleno en un sistema democrático de partidos políticos. Acabaron sabiéndolo hasta las Cortes franquistas y aun así dejaron la llave en el felpudo para que se abriera la democracia, a través de la Ley de Reforma Política, protagonizando lo que se conoció después como el "harakiri" del Régimen.

Hubo lógicas reticencias y simbólicas protestas –¡eran las cortes franquistas!– reflejadas en aquel apabullante resultado de 425 votos a favor 59 en contra y 13 abstenciones. Incluso hoy –o sobre todo hoy–, con tanta ronda estéril de consultas, resulta sobrecogedora aquella decisión de autodestrucción para no constituir un obstáculo. Se entiende pues, que al PSOE le duela profundamente el origen de nuestra democracia ya que ellos andaban desaparecidos por entonces. No se puede decir lo mismo del PCE, que se jugó el tipo y después facilitó la concordia nacional. También se explican pues, los resquemores izquierdistas actuales contra aquel comunismo que asumió la bandera española y el respeto por la monarquía que lo trajo de vuelta. No había otra forma de salir. Y había voluntad de hacerlo. Así llegó la concordia.

El rey colocó a Torcuato Fernández Miranda como presidente de las Cortes y éste consiguió colar a Adolfo Suárez en una terna para ser presidente del Gobierno en contra de cualquier pronóstico… pero de cualquiera. Suárez no aparecía en análisis político alguno y cuando lo hizo sonó a broma. Hacía falta mucho ingenio para crear una tormenta tan perfecta sin dejar un solo cabo al albur de posibles carambolas. Y se hizo. Se suele citar con acierto aquello de que la Transición se construyó "de la Ley a la Ley", pero hay que añadir que eso sólo era posible si además quien lo proponía tenía la autoridad suficiente como para formularlo sin pasar por un simple traidor o un arribista de la nueva situación tras la muerte de Franco. Y Fernández Miranda tenía tal autoridad, lo que se tradujo, en la mayoría de los casos, en un enorme poder de convicción.

Para José Antonio Girón de Velasco, búnker en sí mismo y ariete de la camarilla de El Pardo para eternizar a Franco con más franquismo, el plan suponía borrar, de la noche a la mañana, el legado del caudillo y volver a 1939 satisfaciendo de algún modo la sed de venganza de la izquierda. Pero Torcuato le ofreció reforma, no ruptura. Parece que Suárez llegó a decirle a Girón que la cosa no iría tan lejos como para legalizar al PCE –aún me queda la duda de si alguna vez lo creyó de veras o era una simple herramienta de trabajo que también usó con la cúpula militar–, única izquierda que se arriesgó con Franco vivo. Girón, más franquista que Franco y receloso de cualquier apertura, más aún si era monárquica pese al monarquismo del dictador, concluyó diciendo que no contarían con su voto –era procurador en Cortes y votaría– pero tampoco con su oposición activa y que, en cualquier caso, prefería morir de acuerdo a su conciencia aunque los demás decidieran suicidarse. La duda tardofranquista del "y después, qué" empezaba a despejarse a una velocidad vertiginosa.

Cuántas añejas lealtades se hicieron a un lado para no estorbar gracias a la astucia de los tejedores de la Transición. Como la de Pilar Primo de Rivera, cuya abstención en la votación se debió a que su primo, Miguel Primo de Rivera, era, además de estrecho colaborador de Juan Carlos, de Fernández Miranda y de Adolfo Suárez, uno de los ponentes de aquella Ley. Fue él quien "anunció" a Juan Carlos en julio de 1969 –creyendo que el príncipe todavía no lo sabía– que sería el sucesor de Franco. La alegría del abrazo al que sería Rey de España, el carácter festivo del momento y el perfil bromista de ambos les llevó a caer vestidos a una piscina o, al menos, así ha sido relatado por quienes, como Luis Herrero, conocen bien las pequeñas historias que hicieron posible la Transición.

El rey Juan Carlos nunca lo tuvo fácil en aquellos años y, mientras padecía con angustia los desplantes y maniobras de su padre por la continuidad dinástica que encarnaba y que Franco quebró, preparó a conciencia su labor. Hay abundante documentación que revela hasta qué punto de detalle se asesoró para diseñar la salida de España de la dictadura habiendo jurado los Principios del Movimiento. Sus dudas y frustraciones fueron muchas veces disipadas por Fernández Miranda, capaz de simplificar los grandes problemas de la única manera posible, con dedicación:

"No os angustiéis. Será más fácil de lo que imagináis. Cuando la gente vea que en lugar de Franco hay un rey comprenderá, sin necesidad de explicárselo, que las cosas no pueden continuar como antes".

Es la respuesta de Torcuato a tantos desvelos, relatada por el propio Juan Carlos a José Luis de Vilallonga en el libro de conversaciones titulado El Rey.

Torcuato consiguió todo eso habiendo mantenido inquebrantable su lealtad a Franco hasta la muerte del dictador. Y en ningún momento lo consideró incompatible. Quizá eso sea así porque el propio Franco, como casi todos los dictadores, no quería la prolongación de su régimen más allá de su persona. Los que estaban cerca de él, salvo aquellos que en camarilla buscaban provecho en cualquier debilidad para brillar sin valía, también lo sabían.

De hecho, ante las insistentes preguntas de Juan Carlos a Franco sobre su forma de gobernar, basta citar la frase del dictador, relatada en varias ocasiones por Stanley G. Payne: "¿Para qué quiere que le diga algo? ¡Si usted no va a poder gobernar como yo!". Franco jamás satisfacía la curiosidad de una pregunta, si es que contestaba verbalmente. Quizá en aquella ocasión estuvo más cerca que nunca.

Fue en ese triángulo Juan Carlos-Torcuato-Adolfo donde se perfiló nuestra democracia tras la muerte de Franco. Y no hará falta mucho esfuerzo para deducir que aquello no fue improvisado, que todo venía de antes y que lo que hoy disfrutamos se gestó con Franco vivo y un "sucesor a título de Rey" –nombrado en julio de 1969– que no continuaría a su mentor y que conocía y preparaba a conciencia su misión porque la ansiaba.

Pero todavía los hay que discuten el carácter demócrata de Fernández Miranda o del propio Suárez, que fue secretario general del Movimiento y que, como el Rey, juró los principios franquistas. Sí, todavía hay quienes se atreven a juzgar desde la comodidad del siglo XXI el perfil de ciertas figuras de la Transición. Lógicamente, por la mente de Torcuato no pasaba nada parecido al sistema actual de partidos o, menos aún, la legalización del PCE que ni Suárez contemplaba aunque, como digo, hoy creo que fue un recurso para mantener quietos a generales y azules inmovilistas. Todo eso es lo que hace aún más grande su labor. Hicieron, en su tiempo, lo que no había más remedio que hacer sin caer en la tentación de imaginar lo mucho que se alejaría aquello de sus lealtades. Eso sí fue mirar al futuro. Pero ellos podían hacerlo porque lo construyeron en presente. Si, habiendo siendo franquistas –incluso algunos sin dejar de serlo– maquinaron el paso incruento de una dictadura de 40 años a una democracia, el valor del proceso resulta inmenso y desde luego inalcanzable con cualquier mamarrachada caduca que pretendan dejar para la historia en minúsculas los gobiernos de Zapatero o Sánchez.

Por eso no le faltaba razón a Santiago Abascal cuando dijo que, en realidad, la meta última de esta corriente revisionista con forma de Ley es el fin de la monarquía, tan extemporánea si la aislamos de contextos como extraordinariamente útil en España para presumir de una democracia tras una dictadura. Pero además, son muchos los que han dejado claro que el único republicanismo posible en España es tricolor y, por lo tanto, otra vuelta a la criminal discordia del 34 y el 36. Mientras eso no evolucione, el monarquismo en España tendrá siempre una justificación coyuntural ganada a pulso.

La concordia tras una guerra y la construcción de la democracia desde una dictadura, sin revolución sangrienta, son bienes demasiado preciosos como para pasearlos en helicóptero a quince días de unas elecciones generales. Quieran o no, la izquierda y la derecha hunden sus raíces en la Historia de España, no son generación espontánea. Nadie puede esconder tampoco que esas raíces han pasado no sólo por la guerra civil sino por los escenarios previos y desencadenantes de la contienda, por más que quieran ocultarse en los libros de texto. Pero ante el show de Sánchez –con guion de Zapatero– ningún heredero ha estado a la altura. Ni los de la izquierda que renunció a la revancha, ni los de la derecha que difuminó el franquismo hasta llegar a la democracia. Tampoco la Iglesia, que hoy aparta la vista del nacionalcatolicismo persistente en Cataluña y el País Vasco.

Ante tal abandono, Pedro Sánchez, incapaz de hacerse valer por una gestión política para la que no está preparado, ya ha prometido más exhumaciones y más presión sobre los españolitos de Machado porque, según le han dicho, da votos.

Lo sucedido en estos días recuerda a ese "paréntesis en la democracia" que tanto temía ser Adolfo Suárez y que le llevó a dimitir porque sabía, como tantos otros de todos los partidos, que habría un golpe de Estado en 1981. No consiguió evitarlo pero ya se había quitado de en medio antes de que Tejero irrumpiera en el Congreso de los Diputados.

Sánchez es ya ese paréntesis abierto por José Luis Rodríguez Zapatero bajo la atenta e inmóvil mirada, también hoy, de todos los partidos políticos. Puede cerrarse el 10 de noviembre de 2019 para seguir construyendo la democracia que tanto costó diseñar. Esa idea, la defienda quien la defienda, también debería dar votos.

Javier Somalo, director del Grupo Libertad Digital.

La excusa antifranquista
Jesús Laínz Libertad Digital 26 Octubre 2019

El fabricante de separatistas no ha sido ninguna opresión por parte del régimen de Franco, sino el lavado de cerebro totalitario por parte de Pujol.

La izquierda española, enferma de frustración y resentimiento, saca el cadáver de Franco del Valle de los Caídos porque, según ha explicado una ministra de cuyo nombre no puedo acordarme, los vencidos del 39 consiguen con ello su primera victoria. La Constitución de 1978, barrida de un plumazo.

Pero, ya que se impone la actualidad catalana, engarcemos la profanación de la tumba por los socialistas con la incineración de Cataluña por los separatistas. Porque uno de los principales mitos fundacionales del régimen de 1978 consiste en acusar a Franco de ser el mayor fabricante de separatistas por haber provocado en Cataluña el rechazo a España. Si así hubiese sido, dicho rechazo tendría que haberse manifestado intensamente en las primeras elecciones tras la muerte de Franco, con las supuestas heridas todavía en carne viva. Pero en aquellas elecciones (junio de 1977) el voto separatista, representado por ERC y afines, alcanzó un insignificante 4,72%. Otro 16,68% fue el resultado del Pacte Democràtic per Catalunya, la coalición encabezada por Jordi Pujol, en aquel entonces explícitamente autonomista y ajena al separatismo. En las elecciones de abril de 2019, tras cuarenta y dos años de régimen democrático y autonómico, el resultado conjunto de todas las opciones separatistas, de diversas intensidades y matices, alcanzó el 54,27% (ERC 24,59%, ECP-Guanyem 14,89%, JxCat 12,05, Front Republicá 2,74%). Teniendo en cuenta que Franco murió hace casi medio siglo y que aproximadamente la mitad del electorado actual nació durante el régimen democrático, la conclusión es evidente: el fabricante de separatistas no ha sido ninguna opresión por parte del régimen de Franco, sino el lavado de cerebro totalitario por parte de Pujol.

El lavado efectuado mediante aulas y televisiones es tan evidente que no merece la pena gastar tinta en explicarlo. Pero lo curioso es que, cuando se menciona el adoctrinamiento infantil por el totalitarismo catalanista, inmediatamente salta al terreno de juego el comodín de Franco: "¡Pues anda que la Formación del espíritu nacional!". Sin embargo, el problema del argumento "¡Pues anda…!" es que, aun pretendiendo transferir la culpa a la otra parte, lo que realmente consigue es confesar la propia. Y además dicha confesión, al haber sido empleada para establecer un paralelismo con un régimen dictatorial, hunde doblemente la pretensión del catalanismo de presentarse como democrático.

Pero ni siquiera la comparación franquista hace justicia al totalitarismo catalanista. Efectivamente, el régimen del 18 de julio imitó en sus primeros años los ejemplos de los regímenes totalitarios que en aquel tiempo marcaban tendencia en Europa: sobre todo, como es lógico, la Italia mussoliniana y la Alemania hitleriana, pero no hay que olvidar, aunque pueda parecer paradójico, la Unión Soviética, primera potencia mundial en control del pensamiento y adoctrinamiento de las masas. Y así apareció el Frente de Juventudes, principal iniciativa del régimen para el encuadramiento y adoctrinamiento de los jóvenes. Pero según el curso de la guerra se torcía para el Eje, el régimen español fue eliminando, tanto en la forma como en el fondo, sus facetas más cercanas al totalitarismo. Por eso el Frente de Juventudes acabaría desapareciendo y dejando paso a la despolitizada OJE. La última reliquia del interés adoctrinador del régimen franquista fue la famosa Formación del espíritu nacional, asignatura sobre la que ponen la lupa quienes necesitan agitar el ectoplasma franquista para esconder las culpas propias.

Pero, para disgusto de los totalitarios hodiernos, hasta ese paralelismo se queda corto. El objeto de aquella asignatura fue el estudio de la historia de España y del régimen jurídico de aquellos días. En cuanto a la primera, quienes tuvieron que estudiarla –así como quienes consulten hoy los textos de entonces– pueden atestiguar que se trató de un relato, aunque orientado por el nacional-catolicismo imperante, mucho más serio que los disparates impartidos hoy en las madrasas separatistas. Y el componente jurídico podría equipararse a la enseñanza actual de la Constitución y otras normas nacionales e internacionales que configuran la base de nuestro ordenamiento. Pero lo más importante es que aquella asignatura tuvo una importancia decreciente con el paso de los años y fue siempre una maría a la que no se prestaba demasiada atención, en la que solía darse el aprobado general y que a menudo quedaba a cargo del profesor de gimnasia. Hasta hubo profesores de ella, y redactores de sus textos, que acabarían de diputados socialistas…

Por el contrario, el adoctrinamiento separatista actual ha ido ganando paulatinamente intensidad en los sistemas educativos autonómicos hasta el punto de impregnar asignaturas y actividades de todo tipo, incluido el tiempo de recreo, como diseñaron sabiamente hace cuarenta años los ideólogos de CiU. Y, por supuesto, para lograrlo es necesario que no haya voces discordantes. Como ha explicado recientemente el profesor Francisco Oya, promotor de Las Termópilas, plataforma que agrupa a profesores, mozos de escuadra y otros funcionarios acosados por no ser separatistas, el gobierno catalán sume al funcionario disidente con el separatismo en una situación de acoso laboral y social, a ser posible empujándolo a la depresión y destruyéndolo como persona con el fin de neutralizarlo completamente. Es habitual la instrucción de expedientes disciplinarios sin ninguna base y alimentados con falsedades. También la familia de los afectados, singularmente los hijos en edad escolar, acostumbran a ser blanco de los ataques supremacistas.

Y resume así la posible comparación con el régimen franquista:
    El miedo a ser sancionado es algo que no sucedía en la época de Franco. Cuando yo comencé a dar clase, todos los profesores eran por oposición y, excepto quienes daban Formación del espíritu nacional, había trotskistas y maoístas que hablaban abiertamente. Eso ahora es imposible. Cualquier profesor que diga que es del PP o Ciudadanos es señalado. Ése es el tipo de sociedad que ha creado el procés.

Todo esto, en conjunción con unos medios de comunicación en régimen de monopolio y con cuya omnipresencia el régimen franquista no pudo ni soñar, ha logrado crear una atmósfera social cuya existencia se tiene por natural y de la que resulta muy difícil escapar. ¡Esto sí que es totalitarismo!

¿Será casualidad que ronde los veinte años la edad media de los pimpollos que iluminan la Ciudad Condal con sus hogueras para protestar contra una división de poderes que su analfabetismo funcional les impide comprender?

Aunque haya coincidido con la profanación de su tumba para agitar odios políticos con un siglo de retraso, no le echemos esta vez la culpa a Franco, a su régimen y a sus asignaturas. La edad de los protagonistas lo prueba: la culpa es del todopoderoso Pujol, de sus aliados de la Moncloa y del Esta

Lloro por ti, Cataluña
Eduardo Goligorsky Libertad Digital 26 Octubre 2019

Cuarenta y tres años después de mi feliz arribo a Barcelona, veo que a mi amada ciudad la incendian y saquean.

Siempre recuerdo con emoción y gratitud el afecto y la solidaridad con que me acogieron los primeros catalanes que conocí cuando llegué a Barcelona, el 1 de septiembre de 1976, escapando de los dos demonios que desangraban Argentina: la guerrilla peronista-castrista-trotskista y la dictadura militar cavernícola. Me recibieron con los brazos abiertos y desde entonces procuré retribuir con hechos su comportamiento ejemplar.

Me integré incondicionalmente a mi nuevo entorno, aunque sin caer en el pintoresquismo ni en el folclorismo. Participé en la Diada de 1977 y me incorporé a la columna que acompañó al retornado presidente Josep Tarradellas hasta el palacio de la Generalitat. Dada mi vocación innata por la política siempre tomé partido, como periodista y escritor castellanohablante, por el afianzamiento, en Cataluña y en el resto de España, de los valores de la sociedad abierta, poblada por ciudadanos libres e iguales. También me comprometí a combatir el virus nacionalpopulista que infectó, y continúa infectando, a mi país de origen. Parte de mi deuda de gratitud la pago machacando a ese virus nefasto.

Peligra la sociedad abierta
Hoy veo peligrar la sociedad abierta, de ciudadanos libres e iguales, embestida por una horda de vándalos, y rescato, para denunciarla, lo que escribí en circunstancias parecidas, en mi libro Por amor a Cataluña (Ediciones Flor del Viento, 2003):

    El 24 de junio del 2001, Barcelona se convirtió en escenario de una manifestación contra la globalización que degeneró en violentos incidentes, con la destrucción de escaparates de tiendas de ropa y hamburgueserías, roturas de lunas de bancos y cajas de ahorro, y todo tipo de desmanes contra instituciones públicas. Los daños fueron valorados en más de 100 millones de pesetas. Al terminar la manifestación hubo cargas policiales, con lesionados y detenidos en la plaza Cataluña. Las pintadas que dejaron tras de sí los vándalos fueron explícitas contra la sociedad capitalista, contra las fuerzas del orden y, cómo no, contra España. (…) Para una parte de los políticos y formadores de opinión afines a la izquierda acrítica y mal reciclada, la culpa de todo fue de la policía: la manifestación fue pacífica y solo la empañaron unos pocos alborotadores sobre los que se arrojó, además, la sospecha de que fueron provocadores policiales.

¿Les suena? El libreto es el mismo: tanto la filiación de los gamberros ("pintadas contra la sociedad capitalista, contra las fuerzas del orden y contra España"), como su hostilidad a la vida civilizada. También son iguales las argucias que empleaban y emplean los instigadores, encubridores y cómplices para desviar la atención, culpando a las fuerzas del orden y a infiltrados anónimos, y absolviendo a los verdaderos malhechores. Marius Carol corrobora la existencia de dos pandillas amancebadas ("Una semana interminable", LV, 21/10):

    Ahora han llegado grupos anarquistas del sur de Europa para apuntarse a la fiesta callejera de la respuesta a la sentencia del 1-O. Sin embargo, eso no resta responsabilidad a sectores radicales del independentismo, perfectamente identificados y a grupos de jóvenes inexpertos que sienten estar haciendo historia.

Matones bien entrenados
De inexpertos, nada. Los policías acosados por estas bandas de delincuentes informan que se trata de matones bien entrenados para la guerrilla urbana, cuyo armamento incluye cohetes para disparar contra helicópteros y un nutrido arsenal de instrumentos contundentes para la agresión y el sabotaje, amén de sofisticadas redes de intercomunicación.

Tampoco es extraño que a los depredadores autóctonos se sumen bárbaros llegados de los cuatro puntos cardinales. Bastó que un equipo antisistema se instalara en la alcaldía de Barcelona para que esta metrópoli antaño culta y emprendedora se convirtiera en un foco de atracción para narcotraficantes, proxenetas, atracadores, carteristas, okupas, manteros e indeseables de todo tipo. Ocurre lo mismo en el campo político. Cuando un gobierno regional, como el catalán, exhorta a desobedecer la ley y rinde pleitesía a sediciosos y malversadores convictos, es lógico que atraiga y ponga a su servicio a la hez de la sociedad. Con el consiguiente estallido de violencia.

Ensalzan a los asesinos
Extraigo de mi libro arriba citado otra opinión antigua que se aplica al desbarajuste actual. La formuló Julián Delgado, ex jefe de la Guardia Urbana de Barcelona cuando se produjeron los incidentes en esta ciudad ("La represión de la violencia anti-global", ABC, 26/6/2001):

    Los organizadores [de las marchas] que conocen perfectamente que estos grupos les acompañan en sus lomos como los pájaros a los rinocerontes, podrían hacer algo para despegárselos o bien quitarse de en medio en cuanto estos energúmenos empiezan a destrozar las ciudades por donde pasan. No parece que se haga ni una ni otra cosa, como si el protagonismo que le dan a la causa compensara la mala imagen, incluso la alianza con el sector abertzale que justifica y apoya las acciones terroristas.

La historia se repite. Hoy los cabecillas del procés se abrazan con Arnaldo Otegi y sus sicarios y ensalzan a los pistoleros y a los escamots fascistas de los años 1930 y a los asesinos veteranos de Terra Lliure.

Sembrador de cizaña
La violencia callejera no es, sin embargo, la única vía para acoplarse con los delincuentes sediciosos y malversadores. Existe otra que puede inducir a algunos lenguaraces a hundirse en el estercolero de la indecencia sin exponerse a recibir los merecidos porrazos. Es lo que le sucedió a John Carlin cuando vomitó su artículo "La ley es un burro" (LV, 20/10, reproducido en Clarín, Buenos Aires, con el título "Los catalanes argentinos"). Después de repetir la mentira viral de que los reos fueron condenados a 100 años de cárcel, sumando torticeramente todas las sentencias individuales, y de manifestar su "sorpresa de que no haya habido más violencia", este sembrador de cizaña -cizaña racista antiespañola, de sello goebbeliano- excretó:

    Me enternecen mis amigos catalanes que no han querido detectar la inquina generalizada que hay en el resto de España contra los suyos. Los catalanes son para el resto de España como los argentinos para el resto de América Latina.

Doble difamación que no consigue ocultar el hecho de que el resto de España, empezando por Madrid, se ha convertido en el refugio ideal para los miles de empresas que buscan allí la seguridad jurídica y física que les niegan los sátrapas de su tierra de origen. Empresas a las que se suma, desde el siglo XIX hasta hoy, una pléyade de intelectuales y artistas -desde el teólogo Jaime Balmes hasta el iconoclasta Albert Boadella- hartos del provincianismo etnocéntrico de sus paisanos más incultos.

Hibridación contra natura
¿Inquina? Inquina es la que destiló el actual presidente putativo de la Generalitat cuando escribió aquel sonado panfleto atrabiliario contra sus conciudadanos castellanohablantes ("La lengua y las bestias", El Món, 19/12/2012):

    Miras a tu país y vuelves a ver hablar a las bestias. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana.

John Carlin apela a las vísceras para enemistar a sus amigos catalanes con España y para enrolarlos en la cruzada cainita que mangonea este desquiciado con ínfulas de gobernante.

Cuarenta y tres años después de mi feliz arribo a Barcelona, veo que a mi amada ciudad la incendian y saquean los feroces productos de la hibridación contra natura de otros dos demonios del pasado: la marcha fascista sobre Roma y la columna del temible mafioso anarquista Buenaventura Durruti durante la guerra incivil española.

Lloro por ti, Cataluña.

PS: Los claustros de la Universidad de Barcelona y de la Universidad Autónoma de Barcelona se han alzado contra el Estado de Derecho al rechazar la sentencia del Tribunal Supremo por los hechos del 1-O. Reclaman "la inmediata libertad de las personas presas políticas injustamente condenadas o en prisión provisional", expresan su apoyo a "movilizaciones cívicas y pacíficas" y rechazan "la represión y la violencia policial" (LV, 21/10). Los que fueron dos ejemplares centros de enseñanza (¡ah, los tiempos del ilustrado Fabián Estapé!) dejan de ser templos del saber, de la libertad de pensamiento y del espíritu crítico, para convertirse en incubadoras del huevo de la serpiente y en reductos del oscurantismo tribal, que exige privilegios para los delincuentes sediciosos y malversadores convictos y denigra a las fuerzas del orden que nos protegen, con riesgo para sus vidas, de la barbarie rampante.

******************* Sección "bilingüe"
Los aliados del PSOE, en rebeldía
Editorial El Mundo 26 Octubre 2019

En medio de una insurrección abierta, después de que Torra anunciara en sede parlamentaria la intención de convocar otro referéndum y con las calles amenazadas por la facción más violenta del independentismo, 12 formaciones nacionalistas se reunieron ayer en Barcelona para redoblar su pulso al Estado. El intento de galvanizar el desafío separatista mediante la concertación de objetivos no es nuevo en el nacionalismo. La novedad ahora es doble. Por un lado, que ya no pivota sobre las reivindicaciones alrededor del autogobierno, sino ante el ejercicio de la autodeterminación. Por otro, causa pavor desde el punto de vista de la defensa de la soberanía nacional que la mayoría de los partidos congregados en la Llotja de Mar sean aliados del PSOE. Desde las fuerzas políticas que acordaron la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a La Moncloa hasta el partido soberanista que apoya a los socialistas en Baleares. Si Sánchez nunca hubiera abrazado la plurinacionalidad, siguiendo los dictados de Iceta, ahora las formaciones que amenazan la unidad de España no usarían la sentencia del procés para intentar chantajearle, y la cohesión del constitucionalismo permitiría al Gobierno articular una respuesta firme al reto secesionista.

El hecho de que el aquelarre secesionista tuviera a Arnaldo Otegi como estrella invitada revela el infame objetivo de esta sopa de siglas. Otegi, condenado e inhabilitado por delitos de terrorismo, es una figura con una trayectoria abyecta y una hoja de servicios siniestra al servicio de la causa proetarra. Aún hoy justifica la violencia ejercida como método para la consecución de fines políticos. Y ello le incapacita como interlocutor, por mucho que se jacte de dar lecciones a la democracia española desde las páginas de periódicos europeos que creíamos serios. La declaración suscrita incardina a Bildu, el BNG y los socios del PSOE en Baleares en el mantra del derecho a decidir. Ni el Gobierno ni el resto de fuerzas constitucionalistas pueden permanecer impávidas ante la concatenación de pasos dados después de la condena por sedición a los golpistas del procés. A la inaceptable deriva filoterrorista del separatismo radical se suma la moción aprobada en el Parlament que tacha de "autoritario" el fallo del Supremo y la declaración del Ayuntamiento de Barcelona -una vez más, Colau ejerciendo de palanca de los separatistas- que exige la liberación de los políticos presos.

No estamos ante un intento de presionar al Gobierno para arañar más competencias, como ocurría antaño con partidos de corte nacionalista. Estamos ante una amenaza coordinada para destruir la nación y el ordenamiento constitucional del 78. Los enemigos de España usan la sentencia del Supremo como subterfugio para relanzar su desafío. Este diario ya defendió que la condena por rebelión se ajustaba con mayor precisión a la asonada secesionista. Carlos Lesmes, presidente del TS, admitió ayer en Onda Cero que su impresión en octubre de 2017 es que las autoridades catalanas "quisieron subvertir el orden constitucional". Sus palabras, aunque verbalizadas desde el respeto al fallo de la Sala presidida por el juez Marchena, suponen un aldabonazo. Ni las leyes de desconexión, ni el referéndum ilegal del 1-O, ni la declaración independentista fueron una ensoñación para forzar al Estado a negociar, sino un intento real y planificado para expulsar a Cataluña del marco constitucional. Esta amenaza es justo la posición consensuada en la cumbre separatista de Barcelona. El PSOE, por eso, debe romper sus vínculos con partidos desleales.

«Kale borroka» pura y dura
Editorial ABC 26 Octubre 2019

El denominado «terrorismo de baja intensidad» que rebrota en Cataluña ya fue tipificado por el Código Penal, y el Estado supo contenerlo

Cientos de los jóvenes radicales que han protagonizado violentos episodios de «kale borroka» en las calles catalanas recibirán en las próximas semanas notificaciones con multas para sufragar los gastos de los destrozos causados. También se producirán detenciones, según ha podido saber ABC, ya que durante los disturbios las Fuerzas de Seguridad han podido identificar a muchos de los responsables para que respondan ante la ley. Los cortes de carreteras y vías férreas, los actos de sabotaje y saqueo de negocios, la destrucción de mobiliario urbano y, sobre todo, los brutales ataques a la Policía no son simples desórdenes. No responden al legítimo ejercicio de protesta en una democracia, sea cual sea el motivo. No les ampara ni la libertad de expresión, ni la libertad de reunión, sencillamente porque incendiar media ciudad, lanzar cócteles molotov contra los agentes o causar miedo entre la población no tiene nada de pacífico. Por el contrario, es sintomático de conductas cuasi terroristas que están tipificadas en el Código Penal.

Desde hace años, nuestra legislación prevé sancionar como delito terrorista a aquellas personas, incluso menores, que causan estragos como los vividos en Cataluña. Años atrás, en el País Vasco, el mal denominado «terrorismo de baja intensidad» pasaba por destruir sucursales bancarias y cajeros, incendiar autobuses urbanos, quemar contenedores, amenazar a personas con pintadas señalando objetivos para ETA o destrozar sedes de partidos políticos. Esas conductas fueron tipificadas como terroristas, y el Estado se defendió con éxito frente a ellas obligando a sus autores, o a sus progenitores en el caso de ser menores de edad, a pagar los gastos del daño causado. Ahora en Cataluña la previsión es que ocurra lo mismo, porque la impunidad no es una opción, por más que el Gobierno de Pedro Sánchez trate de minimizar lo ocurrido, y por más que la Generalitat se empeñe en blanquear, cuando no en jalear, ensalzar y proteger a estos «cachorros» del terror, algunos integrantes de las «células durmientes» de las que ABC informó el pasado jueves.

Infravalorar la gravedad de lo sucedido en Cataluña no tiene sentido ni siquiera desde una perspectiva política. Cultivar la inacción contra quien pretende la destrucción del Estado de Derecho oponiéndola a un pretendido derecho de autodeterminación es una irresponsabilidad. Primero porque ese derecho no existe en nuestra legislación, y segundo porque el resto de ciudadanos de España puede llegar a sentirse indefenso a manos de su propio Estado. Hay una cuestión de fuerza mayor: la ley. Y quien la vulnere debe responder por ello de manera contundente. Lo contrario sería debilitar al Estado dando bazas a un secesionismo que aún no es consciente de que ha perdido su batalla y ha fracturado a Cataluña de modo irreversible durante años.

Sánchez, retratado por sus socios
La razon 26 Octubre 2019

A pocos días de las cuartas elecciones generales en cuatro años, el panorama político aparece más abierto que nunca en los pronósticos y con posibilidades relativas de articular mayorías de desbloqueo que permitan que el país regularice su situación y afronte al fin una legislatura cuatrianual en condiciones de emprender las reformas que el país necesita frente al complicadísimo horizonte que se vislumbra. Pedro Sánchez se ha autoerigido con eufórica antelación en el ganador de los comicios del 10-N, y por tanto en el elegido para conformar ese bloque que desenrede el nudo gordiano. Lo cierto es que su discurso es de lo más errático por ecléctico para no espantar votos de los que no andará sobrado, según la inquietante –para Ferraz– deriva demoscópica de los estudios de intención de voto más recientes. Son llamamientos a izquierda y derecha con el propósito de que tras el paso por las urnas nadie se convierta en un obstáculo a prorrogar su estancia en La Moncloa, bien sea con el apoyo de sus socios preferentes de la moción de censura o con la abstención técnica de PP y Ciudadanos. De nuevo, todo gratis.

Aunque está por ver que el escenario postelectoral sea el hegemónico que los adivinos gubernamentales prevén, sí es un hecho que Pedro Sánchez tiene aliados con los que mantiene acuerdos de gobierno en comunidades autónomas, ayuntamientos y diputaciones. Con todos ellos ha establecido vínculos y sintonías que se urdieron para perpetrar la maniobra parlamentaria que acabó con Mariano Rajoy y que se han prolongado hasta el presente. El presidente del Gobierno en funciones ha sumado sus votos y su proyecto a EH Bildu, ERC, los partidos de Puigdemont o los independentistas baleares en distintos ámbitos y circunstancias. Recordar ahora cómo se ha blanqueado a Otegi y a las siglas proetarras desde la mesa del Consejo de Ministros es un baldón contra el que el propio Sánchez no ha movido un dedo siempre motivado por su tacticismo endémico.

El caso es que el Gobierno y el PSOE pueden mañana compartir manifestación con las fuerzas constitucionalistas en Barcelona mientras se jactan de mantener acuerdos con las fuerzas secesionistas que urdieron el golpe y alentaron la violencia. Una vela a Dios y otra al Diablo sólo evidencia una moralidad vacía en línea con que el fin justifica los medios, en este caso, los pactos. Desde ayer tendrá más complicado si cabe pavonearse como la única fuerza capaz de hablar con todos. Buena parte de sus coaligados nacionalistas catalanes, vascos, gallegos, baleares y valencianos firmaron un manifiesto, denominado «Declaración de la Lonja del Mar», que básicamente retrata a España como una tiranía liberticida y violadora de los derechos humanos que subyuga a esos territorios y sus ciudadanos bajo el control de las estructuras franquistas. Obviamente, exigen un acuerdo para Cataluña, el derecho de autodeterminación y la liberación de los «presos políticos», es decir, de los hoy ya sí políticos delincuentes.

Por supuesto, nada mejor se podía esperar de un colectivo que tiene entre sus padrinos a terroristas como Otegi o a fuerzas que, de una forma u otra, legitiman los actos de fuerza como instrumentos para acabar con la democracia. Sí debemos exigir y esperar del presidente del Gobierno en funciones que rompa toda conexión con gentes que pretenden dinamitar a una de las 19 democracias plenas del mundo desde una institucionalidad y una legitimidad que el PSOE les brinda con sus proyectos compartidos. Entre el mal y el bien no existen equidistancias ni tercerismos. No es aceptable el mal menor ni cualquier otra expresión de relativismo hediondo. El Estado de Derecho no puede blanquear conductas desleales y perniciosas para los españoles y sus derechos. Sánchez está obligado a desmarcarse de quien quiere destrozar el marco constitucional. Sería su primer gran servicio a la nación. Nunca es tarde.

El coste de la independencia
Antonio Bueno Cronica Global 26 Octubre 2019

Los sentimientos no tienen precio, pero no viene mal saber lo que cuestan. Tenemos un ejemplo cercano, el Brexit. Se votó la salida de la UE sin hablar de su coste para los ciudadanos y ahora son muchos los que se arrepienten de su voto.

El independentismo no es un sentimiento nuevo, pero hasta 2012 no se puso en el centro del debate político catalán. Es más, quien arrancó todo este proceso manifestó en 2010 en el Parlamento de Cataluña que él no iba a impulsar un proceso que dividiría a la sociedad catalana. Pero algo le hizo cambiar de opinión en el verano de 2012, y desde entonces Govern, ANC y varios medios de comunicación han ido de la mano logrando una movilización sin precedentes para lograr una independencia donde todo serían beneficios al cortar los flujos de solidaridad fiscal con el resto de España, asumiendo que pagan impuestos los territorios y no las personas y empresas. Hablar en esta arcadia feliz del coste de la independencia era señal de debilidad cuando no de manipulación o incluso de traición. A unos cálculos se le enfrentaban otros diferentes, y las matemáticas y la econometría comenzaron a tener ideología. De aquellas balanzas fiscales vienen estos lodos. El libro Las cuentas y los cuentos de la independencia de Josep Borrell es una obra tan racional como vilipendiada por los creyentes del procés aunque, eso sí, leída por pocos, porque eso de leer no se lleva mucho. En junio de 2016 se televisó un debate entre el propio Borrell y Junqueras tremendamente clarificador. Borrell iba cargado de datos y Junqueras, acorralado intelectualmente, acabó apelando al sentimiento. Razón frente a corazón, algo más que lícito, porque Junqueras ha demostrado que no le importa el coste para lograr lo que persigue, ni siquiera el de su libertad.

Hablar de las casi 5.000 empresas que se han marchado de Catalunya, de la caída del turismo del resto de España o de la transformación de la burguesía catalana en meros rentistas con su dinero a buen recaudo al otro lado del Ebro, ha sido considerado como anecdótico y nunca asumido como un coste. El mantra imperante era el de una transición suave, armoniosa, indolora y, sobre todo, sin coste. Pero ahora, tal vez, se comienzan visualizan otros costes. Ya hay nueve personas sentenciadas a muchos años de cárcel y otras seis que si no quieren pasar por lo mismo deberán vivir aún más años fuera de su casa. Ellos son los primeros que pagan un tremendo coste personal, como también asumen un coste los heridos de las algaradas post sentencia, especialmente quienes tendrán secuelas para toda la vida. Pero la violencia que ha invadido nuestras calles y, sobre todo, lo que transmite, es un coste elevadísimo tanto para el movimiento independentista como para el resto de los ciudadanos.

La vía pacífica capaz de movilizar a cientos de miles de ciudadanos de prácticamente toda edad y condición es una vía lenta pero que, de sostenerse en el tiempo, podría cambiar el status quo. El mensaje de ERC de ensanchar la base es tan inteligente como lo ha sido la trinidad Govern, ANC y medios afines para crear la sensación que “todos los catalanes” queremos ser independientes. Pero tener prisa, dar por buena la violencia, aceptarla como normal o acostumbrarnos a cortes cotidianos de calles, carreteras y vías de tren es un severo error si es que no se hace de manera absolutamente consciente. Por más que en los incidentes más graves participen antisistema profesionales, no es menos cierto que la infantería la forma una masa de chavales que no saben lo que significa democracia, fascismo o revolución. Es patético ver la cantidad de selfies que corren por las redes para inmortalizar no se sabe si un momento histórico o una especie de videojuego, alentados por la pornografía de las imágenes en directo que solo hacen realimentar su exhibicionismo. ¿Son necesarios tantos periodistas y cámaras incrustados en los hechos? ¿Aportan algo tantas horas en directo? ¿La televisión no produce un efecto llamada alimentado por la creciente estupidez humana?

Quienes creen que cuanto peor, mejor, pueden acabar precipitando a Cataluña al abismo, sobre todo si la gran mayoría pacífica lo consiente aunque sea por pasiva. Quienes realmente buscan el conflicto son una minoría que mancha la reputación de la antigua Convergencia (PdeCat), de ERC y de quienes se apuntan a los eventos de la ANC con convicción, pero con un ánimo similar a quien va a una calçotada con amigos. Las imágenes de las Diadas no son compatibles con lo que hemos vivido. La pregunta del millón es cuántas personas están dispuestas a poner conscientemente en riesgo vida y hacienda para lograr la independencia. Comín tenía razón cuando decía que si se quiere la independencia qué más da perder el trabajo, y Cuixart cuando interpelaba a sus seguidores respecto a lo que están dispuestos a poner en juego. Pero si no son cientos de miles, o un millón como citaba el propio Comín, los que asumen que cualquier coste merece la pena, entonces la violencia o el desorden crónico no es el camino aceptado por la mayoría de independentistas. En sus manos está parar un sinsentido que solo perjudica a Cataluña.

La situación de caos tiene un coste claro. Lo de menos es el coste del mobiliario urbano y de las tareas extras de limpieza y reparación, por muy altos que estos sean, que lo son. Se están perdiendo ventas en las tiendas, consumiciones en bares y restaurantes, noches de hotel, viajes en tren y avión, y más que se puede perder. Ya han sido varios los cruceros que han saltado la escala de Barcelona, los congresos que se posponen o las reservas hoteleras que se cancelan. Si no se pone coto pronto a estos desmanes se caerán muchos congresos, quien sabe si hasta el Mobile World Congress, Barcelona dejará de ser la base en el Mediterráneo de algunas líneas de cruceros, se cerrarán tiendas, se perderán inversiones y, en definitiva, perderá su atractivo. El mundo no necesita Barcelona, pero nosotros sí. Una jornada de paro político como el 18-O se puede gestionar como lo demostraron SEAT y Nissan con estrategias diferentes. Pero si esto sigue, el clima pesará en contra cuanto tengan que solicitar inversiones para garantizar el empleo de los próximos años. ¿Qué pensarán en Japón o en Alemania de lo que está pasando? ¿Cómo explicar que aquí somos gente de paz?. Las multinacionales, todas, tienen muchos lugares donde invertir y a Cataluña le piden sobre todo una cosa: estabilidad y que las cosas funcionen. Una vez que se han apagado, esperemos que definitivamente, las barricadas, hay que replantearse los cortes de calles, carreteras y vías ferroviarias. Aunque son menos graves que las barricadas, implican un goteo de descontrol que no hace ningún bien.

Sería bueno comenzar a pensar cuánto está dispuesto a sacrificar cada uno de quienes apuestan por la independencia y actuar en consecuencia. Sería muy triste llevar a la economía catalana al suicidio sin ni siquiera ser conscientes de ello.


 


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