AGLI Recortes de Prensa   Martes 5   Noviembre  2019

Abascal se proclama como el vencedor absoluto del debate en las encuestas y Rivera como el perdedor
¿Quién crees que ha ganado el debate electoral? Vota aquí en la encuesta de OKDIARIO
Las encuestas de los diarios coinciden en que el ganador del debate fue Abascal
OKDIARIO 5 Noviembre 2019

Las encuestas desvelan que el debate electoral previo a las elecciones generales de este 10 de noviembre tiene un claro vencedor. Según la encuesta de OKDIARIO, Santiago Abascal gana con al menos un 60%, seguido por Pablo Casado (23%), Pablo Iglesias (7%), Albert Rivera (5%) y por último Pedro Sánchez (5%).

El resto de encuestas de la prensa generalista más importante de España arrojan un resultado muy similar a primera hora de este martes. Así, la encuesta de El Mundo refleja que el vencedor fue el líder de Vox con un 52,14 % de votos, seguido de Pablo Casado (18,83 %), Pedro Sánchez (12,23 %), Pablo Iglesias (10,04 %) y Albert Rivera (6,76 %).

En la encuesta sobre el debate de El País, Santiago Abascal (35,43%) también vence, pero cambian los puestos interiores. De segundo dan a Pedro Sánchez (20,34%), de tercero a Pablo Iglesias (19,26%), cuarto Pablo Casado (12,52%) y último Albert Rivera (4,887%).

La Razón obtiene unos resultados similares a OKDIARIO. Para el 48% el líder de Vox ganó el debate electoral, seguido de Casado (22%), Sánchez (16%), Iglesias (9%) y Rivera (5%). La encuesta de La Vanguardia revela que Abascal gana abrumadoramente (37,33%) el debate, en segunda posición se queda el líder del PSOE (26,09%), en la tercera el de Unidas Podemos (22,02%), en cuarta el popular (9%) y en la última Rivera (3,37%).

Por último, casi la mitad de los lectores de ABC creen que Abascal es el ganador del debate, con un 49% de los votos. La encuesta desvela que en segundo lugar aparece el líder del PP con un 23%. El 15% considera que Pedro Sánchez ha sido el vencedor, mientras que los menos votados han sido Pablo Iglesias (8%) y Albert Rivera (5%).

Así fue el debate
Un Pedro Sánchez estratega; un Pablo Iglesias desdibujado; un Albert Rivera hiperventilado y repetitivo; un Santiago Abascal rotundo y un Pablo Casado presidencial. El combate entre los cinco principales candidatos a las elecciones dejó varias conclusiones. Sánchez salió vivo, sí, pero convertido en el fiel reflejo de que los silencios valen muchas veces más que las palabras.

Su bochornoso rechazo a responder a varias cuestiones clave es el ejemplo: "¿Cuántas naciones hay en España?", silencio, "¿Cataluña es una nación?", silencio, "¿Pactará con los independentistas?", silencio, "¿Dimitirá tras la sentencia de los ERE?", silencio. Bien podría ser ése el resumen de 165 minutos de debate bronco y enconado. Imagen y semejanza de los nuevos tiempos políticos.

El debate demostró, o quizás era ya evidente, que Cataluña sigue siendo el eje de órbita de la política española. Y que las diferencias en la forma de abordar la crisis son insalvables entre la izquierda y la derecha. Una izquierda inerte y una derecha combativa, firme en la defensa de la ley y la soberanía.

Los candidatos se demostraron incapaces también de resolver la pregunta que a estas alturas se hacen todos los españoles: "¿Cómo salimos del bloqueo?".

La economía fue un nuevo frente entre izquierdas y derechas. Dibujó a un Sánchez empeñado en negar la crisis venidera y decidido a esconder los malos datos en el eufemismo de los "pilares sólidos". Una afirmación que rebatió Casado, advirtiendo de que eso mismo dijo el ex presidente Zapatero y luego dio el "mayor hachazo" a la política social de la historia (que, por cierto, apoyó el propio Sánchez, entonces diputado). "El socialismo siempre trae la crisis", resumió el dirigente del PP.

Sánchez pierde el debate por un error garrafal y el PSOE intenta ocultarlo
Ana Isabel Martín esdiario  5 Noviembre 2019

Los candidatos tardaron en entrar en la confrontación. Abascal estuvo solvente en su estreno, Casado se lanzó al ataque, Rivera tardó en encontrarse e Iglesias tiene prisa por gobernar.

Hay debate sobre el debate. Porque después de casi tres horas de fuego cruzado entre los cinco candidatos, no quedó claro quién ganó. Lo que sí quedó claro fue quién no lo hizo: Pedro Sánchez, el que más tenía que perder y muy poco que ganar.

La negativa del candidato del PSOE a contestar a varias preguntas clave fue su perdición, su error garrafal. Sánchez se negó a responder a Pablo Casado si pactará con los "supremacistas violentos" -en alusión a los indepedentistas- con tal de quedarse en La Moncloa, por más que el líder del PP insistió en ello una y otra vez, consciente del talón de Aquiles de su adversario.

Pero es que tampoco contestó el presidente en funciones a Pablo Iglesias cuando éste le pidió que aclarara de una vez si lo que pretende es "un gobierno de coalición con nosotros o busca al PP". Ni a Albert Rivera cuando le retó a decir si dimitirá en caso de que la sentencia de los EREs sea condenatoria. Y mucho menos a Santiago Abascal cuando el candidato de Vox le pidió el coste de la asistencia sanitaria universal para los inmigrantes irregulares.

Abascal, Casado y Rivera arrinconan a Sánchez con Cataluña y éste se queda bloqueado
Tan poco se lució el secretario general del PSOE en el debate (con razón no quería debatir en esta campaña) que la parroquia socialista se lanzó rauda y veloz a las redes para intentar trampear el resultado de las primeras encuestas sobre el ganador del debate. Entre ellas, las de El País y El Confidencial. Y también para convertir en trending topic en Twitter la etiqueta #GanaPSanchez (y lo consiguieron).

En realidad no hubo debate hasta transcurrida, casi, hora y media de emisión. Durante ese tiempo Sánchez se dedicó a pasar lo más desapercibido posible y a pedir al resto que dejen gobernar a la lista más votada si no hay acuerdo, Casado tomó la iniciativa y la delantera, Rivera intentó encontrarse a sí mismo, Iglesias buscó el abrazo imposible del oso a Sánchez y Abascal rehuyó toda contienda dialéctica para adoptar un tono netamente mitinero.

Cataluña fue lo más destacado de esta primera mitad, con Sánchez incapaz de aclarar si a su juicio España es una nación de naciones y el PP, Ciudadanos y Vox haciendo frente común para pedirle dureza y garantías de que el 10N reinará la normalidad en los colegios electorales catalanes.

Los "chiringuitos"
Cómo sería el no debate para que el candidato de Unidas Podemos, en un momento dado, recordó a sus compañeros que en ese plató tenían "la obligación de debatir", y no de soltar cada uno "nuestro rollo".

Y poco a poco los candidatos fueron despojándose de corsés y la temperatura subió a raíz de un encontronazo entre Casado y Rivera primero y entre éste y Abascal después. El líder de Cs golpeó al del PP con la corrupción y él picó. "He ganado unas primarias para acabar con la corrupción. No dé lecciones. Viene a embarrar el terreno", se quejó Casado.

Después Rivera se lanzó a por Abascal por haber cobrado de "chiringuitos" cuyo cierre luego pidió. Y en ésas que Iglesias terció: "La derecha discute mucho entre ellos pero luego no tienen dudas en gobernar en coalición. A ver si aprendemos nosotros también", le espetó a Sánchez.

Hasta entonces el candidato del PSOE no se había dirigido siquiera a Vox ni a su líder, pese a su empeño e interés en que Abascal estuviera en el debate. Pero cuando este último mencionó la exhumación de Franco, un asunto que ha resultado un bluf electoral para Sánchez (a tenor de las encuestas), el socialista sacó su vena más combativa.

Y volvió a ser él hablando de la "ultraderecha" y de la memoria histórica: "La dignidad y reparación no es abrir heridas sino cerrarlas", dijo.

El agrio rifirrafe entre Rivera y Abascal por los "chiringuitos políticos" de las autonomías
Abascal, el único novato en esas lides, sin embargo maximizó sus oportunidades y logró introducir en el debate todos los asuntos troncales para Vox. La suspensión de la autonomía catalana, la supresión de las autonomías, la inmigración ilegal "subvencionada", las leyes de género, el "expolio" a las clases medias y la defensa de la unidad de España.

Hasta se permitió la licencia de recordar a Iglesias y a Sánchez que mientras uno estaba en una herriko taberna con Otegui y el otro "jugando al baloncesto y en el Consejo de Caja Madrid" él se jugaba la vida en el País Vasco.

En el minuto de oro cada candidato aprovechó para apuntalar una idea. Casado, la del voto útil al PP para echar a Sánchez. Rivera, la de la ruptura del binomio rojos/azules. Abascal, la de que por fin no son otros los que hablan de Vox sino Vox. Iglesias, la de un gobierno de coalición que cambie las cosas. Y Sánchez, la de un gobierno "fuerte y estable".

Pero el presidente en funciones sonó muy poco convincente. En el debate se visualizó lo que todas las encuestas pronostican: el panorama político estará aún más complicado el lunes 11 de noviembre.

El voto de los tontos
Ignacio Camacho ABC 5 Noviembre 2019

Hace tiempo que las campañas electorales en España parecen dirigidas a captar el voto de los tontos. No ya de los ingenuos que aún son capaces de creer en promesas, sino de los espíritus simples, de los forofos de mentalidad estrecha que eligen su papeleta en función de zascas dialécticos, consignas ramplonas o frases hechas. El espejismo de realidad aumentada de las redes digitales, la sacralización de las emociones y de la cultura de la queja, y la ausencia de una educación en el pensamiento crítico han construido una sociedad adolescente y maniquea, intelectualmente banal y políticamente hemipléjica, refractaria a razonamientos matizados y a premisas complejas. El populismo triunfa y se contagia aprovechando esa generalizada pereza que provoca en la opinión pública un desolador vacío de ideas. Qué líder se va a molestar en dirigirse a ciudadanos maduros, capaces de discurrir por su cuenta, cuando puede ganar voluntades a base de baratijas ideológicas y de demagogia garbancera.

El debate de anoche resultó una lastimosa constatación de ese proceso trivial que ha convertido la política en un espectáculo de baja calidad para un público adocenado. Reproches cansinos, recetas de brocha gorda, sofismas, argumentos vacuos. Un enredo circular sobre el bloqueo y los pactos —como si los fuesen a desvelar, caso de que lo supieran—, la sombra retrospectiva de Franco y la habitual secuencia de interrupciones y numeritos de pretendido impacto favorecidos por la heterogeneidad del formato. Sin profundidad, sin enjundia, puro vuelo gallináceo. El retrato de la actual política española, deshabitada de responsabilidad de Estado y de cualificación para el liderazgo. La sola evidencia de que Sánchez era el único con mínima experiencia de gestión —¡¡y con qué resultados!!— provocaba en cualquier espectador consciente un escalofrío de pánico.

El presidente estuvo casi ausente, tímido, muy incómodo con el tema catalán, envuelto en una pose de comedimiento postizo, cínico para proponerse como solución de un problema que ha creado él mismo. Estas confrontaciones no le van porque revelan su carencia de rigor discursivo. Rivera tiene una dificultad para convencer: dice cosas sensatas, irreprochables en su buen sentido, pero se confunde de enemigo y acaba pareciendo el primer indeciso. Abascal es un populista de derechas, con aire enérgico y fórmulas de arbitrismo expeditivo, pero lejos de los mítines y las banderas se le ve desarropado, fuera de sitio. Creció al atacar la memoria histórica, su mejor momento, pero está pez en economía y se agarra a la teoría de la conspiración internacional de la masonería y el globalismo. Iglesias se trabajó el perfil proteccionista en busca del voto desfavorecido y volvió a llamar, casi con desesperación, a la puerta de un Sánchez que sigue desdeñando su auxilio. Sabe a quién dirigirse, pero si no entra esta vez en el Gobierno perderá la última baza que lo sostiene al frente de su partido; está ya pesado con su versión perifrástica del “qué hay de lo mío”. Casado, siendo el más joven, parecía el único adulto de los cinco, al menos el más pragmático y constructivo, pero quizá le faltó contundencia para estimular al votante fugado del marianismo. A todos se les echó la madrugada sin propuestas sólidas; les falta solvencia, oficio, cuajo, trapío. Oyéndolos, habría que actualizar la célebre frase de Hayek: populistas de todos los partidos.

Es probable, con todo, que algunos lograsen persuadir a un número significativo de votantes inciertos, pero eso sólo demuestra el ínfimo rasero que este país exige a sus élites de Gobierno. Y que hay muchos ciudadanos que votan con la misma superficial ligereza con que otorgan likes en Facebook.

El trío que salva a uno
Lo conocido: la partición de la derecha en tres es una bendición para un flojo Sánchez
Luis Ventoso ABC 5 Noviembre 2019

Nos estamos volviendo un país peculiar. Cuatro elecciones en cuatro años. Debates electorales en jornada de diario que concluyen a hora más propicia para copear en los pubs. El país más feminista del orbe (o de eso se jacta nuestro Ejecutivo hasta el empalago)... donde los cinco candidatos a presidente son hombres, incluido, por supuesto, el del partido que se hace llamar Unidas Podemos y donde siempre manda el mismo barbas (que además ha colocado a su mujer como su número dos).

La cita se presumía un todos contra Sánchez. Pero acabó evidenciando la falla que permite flotar a este flojo presidente: la fractura de la derecha en tres, que merma las posibilidades de dar relevo al PSOE. El debate arrancó con el conflicto catalán, talón de Aquiles de Sánchez, que -nunca se olvide- okupó el poder con los votos de Torra y Puigdemont (y con una morcilla en una sentencia escrita por un juez de su cuerda). Y aunque Casado, Rivera y Abascal le afearon con acierto sus incongruencias, Sánchez salió vivo, porque las críticas se dispersaron al empezar a zurrarse entre ellos aquellos que han de construir la alternativa. Incluso Casado y Rivera, que deberían haber concurrido juntos a estos comicios, pues piensan lo mismo, se cruzaron facazos dialécticos. Todo para felicidad de Sánchez, que sacudía la cabeza con gesto teatral y paternalista y se aferraba a su estrategia de no responder jamás a nada. Por su parte Abascal, que hizo toda su vida política -y económica- en el PP, casi dedicó tanto esfuerzo a zaherir a su ex partido como al PSOE.

No hubo bala de plata contra Sánchez porque no hubo pinza contra él. El candidato socialista, para el que el pasado nada importa y que tiene el tacticismo amoral por divisa, hasta se permitió anunciar la recuperación del delito por convocar referéndums ilegales, cuando es una figura que se cepilló precisamente el PSOE con Zapatero. Además prometió una nueva asignatura en “valores” políticos, que suena a otro pegajoso utensilio de ingeniería social (esos valores serán obligatoriamente progresistas). Pero casi lo más inquietante fue escucharle enfatizar aquello de “los pilares de la economía española son sólidos”, la tonada que repetían Solbes y Zapatero cuando la primera oleada de la crisis ya nos mojaba los tobillos.

El debate tuvo un nivel discreto, aunque fue vivo. No se percibió un ganador rotundo. Casado, el más centrado, mejoró respecto a abril y anduvo bien en las réplicas. Rivera ya no llama la atención como antaño con sus efectos especiales y su viva dialéctica, pero sin duda sumó algún voto. Abascal es claro, y aunque no tiene la finura intelectual de su compañero Espinosa, da a su público exactamente lo que quiere. Iglesias, desdibujado y en su realidad paralela. Y Sánchez, dialéctico ramplón, sobrevivió fumándose impertérrito todas las preguntas que le hicieron a bocajarro, algunas de respuesta inexcusable para quien pretende gobernar España.

(PD: Curioso, casi ni un reproche directo de Sánchez a Abascal. Sabe que su subida merma al PP y le conviene. Hasta le robó a Vox el latiguillo de “la derecha cobarde”).

Pobre Sánchez
El mejor exponente de lo que ha sufrido en el debate es que cuando le criticaban sus rivales, cuando se dirigían a él, no se atrevía a mirarles a la cara
Ramón Pérez-Maura ABC 5 Noviembre 2019

El papel de Sánchez en el debate de esta noche ha sido verdaderamente penoso. Lo acorraló Casado recordando las razones por las que planteó la moción de censura y explicando en qué ha quedado. E incluso más las dos veces en que le pidió que aclarase si pactaría con Torra, Junqueras y Otegui. Le dejó sin palabras Rivera al preguntarle por los ERE; también guardó silencio. Iglesias le acorraló con su petición de abstención al PP y ciudadanos para que se abstuvieran. El mejor exponente de lo que ha sufrido Sánchez en el debate es que cuando le criticaban sus rivales, cuando se dirigían a él, no se atrevía a mirarles a la cara. Eso sólo puede ser cobardía. Confieso que hubo momentos que me dio pena. Y eso empezó a pasar desde su primera intervención, cuando demostró estar muy nervioso. Llegó incluso a prometer otra Vicepresidencia del Gobierno y otro Ministerio. Debe de ser que eso no le cuesta a nadie porque el dinero público, como gusta decir la (todavía) vicepresidenta del Gobierno, el dinero público no es de nadie.

Sánchez tuvo que volver a recurrir a Franco con el que volvió a equipararse al decir que “la España democrática es fruto del perdón, pero no del olvido”, igual que el general decía “Españoles: perdonad, pero no olvidéis”. Y Abascal le respondió muy bien poniendo la memoria en su sitio, algo que también hizo Casado al recordar que él tiene un abuelo republicano víctima. Quedó claro, una vez más, que Sánchez exhumó a Franco por razones electorales. Un acto de propaganda sin matices.

Pablo Iglesias estuvo especialmente hábil para quitar votos a Sánchez -veremos el resultado- denunciando la falta de mujeres en el debate en un tono en el que, confieso, casi se me saltan las lágrimas o pidiendo que el Estado lo pague prácticamente todo. Sólo le faltó anunciar que su Gobierno va a pagarnos la gasolina. En conjunto, hay que decir que fue un debate muy vivo para ser uno en el que había cinco participantes. El que se decidiese permitir todas las interrupciones que quisieran le dio mucha vida. Quizá a ratos se pisaban demasiado. En todo caso, dudo que lo acontecido cambie sustancialmente la orientación de voto. Entre otras cosas porque nadie cometió un error relevante. Baste decir que el más relevante fue el de Pablo Iglesias cuando se trastabilló y mencionó las “mamadas” cuando pretendía decir las “manadas”. En qué estaría pensando.

Cataluña y el bloqueo dominan el debate
Editorial ABC 5 Noviembre 2019

El debate de anoche, como las encuestas, fue una fotografía del colapso político, reflejo del estancamiento de los bloques y será difícil que sirva para que se aclaren los indecisos

En el primer y único debate entre los candidatos de los principales partidos nacionales para el 10-N, dominado por el conflicto en Cataluña, cada uno respondió a los escenarios diversos en los que se mueven sus expectativas electorales. Dando todos por hecho que no habrá ni mayorías absolutas, ni coaliciones fáciles para una investidura, el debate permitió a cada candidato gestionar de antemano sus retos electorales más inmediatos. El éxito en la tarea fue muy desigual. Sánchez se esforzó en evitar ser responsable de un posible fracaso en el objetivo de una mayoría de izquierda liderada por el PSOE pidiendo a los demás candidatos un compromiso para que gobierne el más votado. Y quiso soslayar el problema catalán, que pesa sobre él como una losa, con una sorprendente recuperación del delito de referéndum ilegal, que fue introducido por el gobierno de Aznar y eliminado por el PSOE que ahora él lidera. Salió mal parado de ese bloque Sánchez, incapaz de responder a qué era una nación o a si se comprometía a no pactar más con los separatistas, como le exigió Casado una y otra vez. Iglesias se mantuvo fiel a sí mismo, sabedor de que las encuestas le tocan pero no le hunden, y eso es un torpedo en la línea de flotación de la estrategia del PSOE. En todo el debate pareció como si Iglesias se conformara con ser muleta de Sánchez en La Moncloa, aferrado al discurso de los poderosos, el IBEX y el resto del manual del comunista del siglo XXI con residencia en Galapagar.

Casado es consciente de que su única opción es formar un acuerdo con mayoría absoluta en el Congreso. Por eso, ayer apostó por ser el líder indiscutible de la oposición al PSOE y de una futura alternativa al gobierno de Sánchez. Eso le exigió dosis parejas de firmeza y moderación, tanto para frenar la fuga de votos a Vox como para retener a los votantes recuperados de la debacle anunciada de Cs. Por su parte, estos dos partidos encararon sus desafíos antagónicos. Abascal siguió la pauta de lanzar mensajes sencillos -también simples- para las grandes cuestiones políticas del momento, evitando el descenso a detalles que habrían permitido valorar su viabilidad como políticas de gobierno. Por el contrario, Rivera salió al debate consciente de que tanto él como su partido viven un «todo o nada» tras estas elecciones, por eso disparó a un lado y otro, ora a Sánchez o Iglesias, ora a Casado.

El debate de anoche reflejó el estancamiento de los bloques, por el momento irreversible si tenemos en cuenta el mejorable nivel medio que ayer dejaron los candidatos en un debate quizás viciado de origen por ese formato que se convierte en cinco mítines en uno. Si no hubo una ganador claro, sí que tuvo un claro perdedor: ese Sánchez que no garantizó a los españoles que no volverá apoyarse en el separatismo. Es imprescindible recuperar el debate entre las dos fuerzas que tiene posibilidad de gobernar porque es la única manera de movilizar a ese tercio de indecisos que, visto lo visto anoche, no tienen fácil salir de dudas.

Pedro Sánchez perdió el debate, ¿pero perderá el domingo en las urnas?
EDITORIAL ESdiario  5 Noviembre 2019

El líder del PSOE dejó claro que no sabe qué hacer con España, a la que ni siquiera sabe definir, y además no rechazó entenderse con el independentismo. Dos problemas muy graves.

El único debate electoral del 10N -conviene insistir en el bochorno de que no haya más ni formatos 'cara a cara'- se saldó sin un ganador claro -es muy dífícil que lo haya con cinco intervinientes y todo tan reglado- pero con un perdedor nítido: Pedro Sánchez fue incapaz de responder a ninguna de las grandes cuestiones, planteadas por sus rivales con la precisión de Pablo Casado, la contundencia de Santiago Abascal o la claridad de Albert Rivera.

El líder socialista no supo qué decir a una pregunta elemental del líder del PP, ganador como poco moral de un debate que le refuerza como alternativa, que cualquier aspirante a gobernar este país debería tener muy clara: "¿Cuántas naciones hay en España?".

No se puede gobernar España sin saber definirla, y menos aún si no descartas entenderte con el separatismo de nuevo

Que la pregunta no resultara extemporánea refleja la errática, confusa e inquietante política que los socialistas, desde Zapatero hasta Sánchez, llevan practicando en Cataluña desde hace demasiado tiempo, consistente en alimentar una imposible expectativa separatista para luego culpar a quienes defienden la Constitución acusándoles, de manera vergonzosa, de generar independentistas.

Y si el candidato socialista no fue capaz de aclararle a Casado y a toda España esa cuestión, probablemente la explicación esté en el segundo hito de la noche: se negó a aclarar también si volverá a pactar con los nacionalistas que la le hicieron presidente, y si lo hizo fue en el sentido menos deseable a España.
Sánchez pierde el debate por un error garrafal y el PSOE intenta ocultar su derrota

Porque a estas alturas, el mismo Sánchez que lleva desde 2015 sometiendo a España a un bucle electoral eterno con todo tipo de artimañas, volvió a exigir que todos les respaldaran si consigue tener más votos que el resto, negándose a cualquier tipo de pacto estable inherente a un resultado electoral fragmentado.

Derrotado, ¿pero y el domingo?
Que el socialista exija a PP y Cs un respaldo ciego es simplemente insólito e inviable; pero que lo haga con Podemos equivale a apostar por repetir la fórmula de la moción de censura, respaldada por los partidos de Quin Torra, Oriol Junqueras y Arnaldo Otegi.

Si a esa actitud se le añade el alocado discurso económico del PSOE, empeñado en subir impuestos y aumentar el derroche público en un país extenuado por la crisis y endeudado hasta límites inadmisibles, la conclusión no puede ser otra: es de desear que Sánchez, además del debate, pierda el próximo domingo en las urnas.

Las cuatro grandes mentiras económicas de Sánchez e Iglesias en el debate
Borja Jiménez okdiario 5 Noviembre 2019

La izquierda ha intentado manipular, sin éxito, algunas de las principales cifras que han dado en el segundo bloque de ‘el debate’ celebrado este lunes, 4 de noviembre. Pablo Iglesias ha sido el gran ‘mentiroso’ con algunos nuevos mantras podemitas y con otros sorprendentemente nuevos.

1. Criminalización de las empresas españolas
Pablo Iglesias ha vuelto a repetir la falsedad de que las grandes empresas pagan un tipo efectivo del 5%. Sin embargo, cabe recordar al líder de Podemos que la media del Impuesto de Sociedades pagado por las empresas del Ibex 35 es del 25%, mientras que la media de las grandes empresas es del 19,7%. La fuente es una que bien debería conocer Iglesias: la Agencia Tributaria, ese ente a través del cual quiere asfixiar a todos los españoles.

2. Mentira creación empleo.
Pedro Sánchez ha dicho que, desde el tercer trimestre de 2018 "hemos creado en torno a 530.000 nuevos puestos de trabajo”. Sin embargo, lo cierto es que entre el tercer trimestre de 2018 y el tercer trimestre de 2019 se han creado 350.000 empleos según la EPA. Si se mide con la afiliación a la Seguridad Social ,el aumento es de 460.000 cotizantes. Pero en ningún caso los 530.000 nuevos empleos que ha asegurado Sánchez.

3. Autónomos
Pablo Iglesias ha afirmado en ‘el debate’ que "si tienes un solo pagador no eres autónomo". Sin embargo, Twitter, y cualquier ciudadano que tenga unos conocimientos básicos económicos, le han recordado la realidad. Se puede tener un sólo pagador y ser autónomo.

4. Pensiones
De nuevo Pablo Iglesias. En esta ocasión, el líder de Podemos ha afirmado que "la Constitución dice que las pensiones se tienen que actualizar conforme el IPC". Algo rotundamente falso. De hecho, el artículo 50 de la Constitución española dice que los poderes públicos garantizarán que las pensiones deben ser "adecuadas" y "periódicamente actualizadas", pero en ningún caso menciona al IPC, ni ningún otro indicador.

¿Cuántas naciones hay en España?
Alejandro Tercero cronicaglobal 5 Noviembre 2019

En los últimos debates electorales se ha repetido una pregunta entre los candidatos a las generales del 10N: ¿Cuántas naciones hay en España? La interpelación la han lanzado insistentemente desde la filas de PP y Cs a los representantes del PSOE, pero también a los Comunes. Y ha surgido a colación de la reciente polémica en torno a la ausencia de cualquier referencia a una supuesta “España plurinacional” del borrador del programa electoral de los socialistas para el 10N y su posterior incorporación en el texto definitivo a petición del PSC.

Lo cierto es que el programa electoral del PSOE no recoge ninguna alusión explícita a este planteamiento --como tampoco lo hacía el del 28A--, pero sí apela a las declaraciones de Santillana del Mar (2003), Granada (2013) y Barcelona (2017)? --como también lo hacía el del 28A--. Las dos primeras no hacen mención a ninguna España “plurinacional”, pero sí la tercera, que llama a “reconocer” la “realidad plurinacional” y el “carácter plurinacional” de España, así como la “personalidad nacional”, la “identidad nacional” y las “aspiraciones nacionales” de Cataluña.

El debate sobre esta cuestión no es irrelevante. Es evidente que quien defiende que España es plurinacional rechaza que España sea una nación --lo de “nación de naciones” está muy bien para hacer poesía pero no sirve para la política ni para su consecuente plasmación en las leyes y, por tanto, en los derechos y las obligaciones de los ciudadanos-- y debería tener claro cuántas naciones hay en España.

Sin embargo, los representantes socialistas se han negado a responder a esa pregunta. Y el candidato de los Comuns, el independentista Jaume Asens, quedó en evidencia cuando la dirigente de Cs Inés Arrimadas le instó a concretar una respuesta. “El Estado español está compuesto por varias naciones y una es Cataluña”, señaló en un debate. “¿Andalucía, por curiosidad, también?”, preguntó la naranja. “También”, respondió Asens. “¿Y Murcia?”, insistió Arrimadas. “Murcia no es una nación”, zanjó el nacionalista.

Tampoco es muy coherente el planteamiento de Josep Maria Colomer de este domingo en El País. Según el economista, en España “hay ocho naciones”, que corresponderían a las CCAA que se han definido en sus Estatutos como “nacionalidades”, en base al artículo 2 de la Constitución española --Navarra, curiosamente, quedaría fuera de ese listado--. Pero la Carta Magna es meridiana al respecto y reserva la condición de nación únicamente para España. Además, la RAE define el término “nacionalidad” como “comunidad autónoma a la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad histórica y cultural”. De ocho naciones, nada de nada.

También lo ha dejado claro el Tribunal Constitucional en su sentencia sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña, al reiterar que la única nación “en sentido jurídico-constitucional” es la española. Y de eso estamos hablando, insisto, no de poesía ni de sentimientos.

De hecho, el propio Constitucional advirtió sobre lo trascendente del término al asociar el concepto de nación con el de soberanía. Y subrayó que, en España, la única nación es la española pues el “único titular reconocido” de la soberanía es “el pueblo español” en su conjunto.

Apelar a una supuesta “España plurinacional” es comprar el discurso del nacionalismo catalán y es un error comparable al que incurren algunos constitucionalistas --de todos los colores-- cuando tratan de deslegitimar el proyecto independentista unilateral --y, por tanto, ilegal-- argumentado que su proyecto no tiene el apoyo mayoritario en Cataluña.

Reconocer jurídicamente que Cataluña es una nación supondría, antes o después, reconocer que es soberana --¿por qué no lo haría algún tribunal internacional?--, es decir, en lenguaje nacionalista, que tiene “derecho a decidir”, derecho a independizarse unilateralmente. De igual forma que rechazar un referéndum secesionista en Cataluña alegando que el independentismo no es mayoritario en Cataluña es como decir que, cuando lo sea --si algún día lo es--, sí debería facilitarse dicha votación.

No. Ni Cataluña es una nación, ni es jurídicamente relevante qué apoyo tiene el independentismo en Cataluña. El único titular de la soberanía en España es el pueblo español en su conjunto, es decir, la nación española. Para lograr la independencia, el secesionismo debe convencer al titular de la soberanía. Y, mientras no lo logre, aguantarse, como hacen todos los demócratas cuando no les gustan las leyes y no pueden cambiarlas. O, si lo prefiere, escoger el camino de la ilegalidad, con todas las consecuencias.
El escapismo de Pedro Sánchez
Editorial El Mundo 5 Noviembre 2019

Durante el debate entre candidatos al 10-N, ni reniega de pactos con los secesionistas ni aclara cómo pagaría su política de gasto
Pedro Sánchez evita contestar a la pregunta de Pablo Casado: "¿Es Cataluña una nación?"

Pedro Sánchez aprovechó el debate televisado de anoche entre los principales candidatos que concurren el 10-N para instalarse en el escapismo. Ni rindió cuentas sobre su pésima respuesta al desafío separatista en Cataluña, ni renegó de los independentistas a la hora de reeditar un Gobierno apoyado en los socios de la moción de censura que le auparon a La Moncloa, ni detalló cómo piensa financiar las medidas de gasto -incluida la creación de nuevos ministerios- en un contexto de desaceleración económica. Sánchez, quien pidió dejar gobernar a la lista más votada -posición que rechazaba cuando la defendía el PP-, naufragó en su intento de defender su gestión tras la ola de violencia desatada tras la sentencia del procés. Este fracaso le llevó ayer a proponer la modificación de la legislación audiovisual para intervenir TV3 y reformar el Código Penal en aras de impedir la convocatoria de un referéndum ilegal. Son dos rectificaciones de calado no solo con relación a su propio discurso, sino a la herencia de gobiernos anteriores del PSOE. Dos enmiendas, que supondrían un 155 encubierto, carentes de credibilidad por el tancredismo y la carencia de liderazgo del presidente del Gobierno en funciones, incapaz de frenar la insurección institucional y social del separatismo.

Aunque los cabezas de lista del centroderecha se enzarzaron en un duro cruce de reproches, especialmente en materia económica y de corrupción, Sánchez se vio acorralado por la inconsistencia de su proyecto de país. Lejos de la defensa de la plurinacionalidad de la que hizo gala en abril y parapetado en el negacionismo sobre la erosión de la economía, Sánchez dinamitó puentes con Podemos y fingió un endurecimiento de su postura con el soberanismo. Casado, Rivera y Abascal exigieron medidas contundentes y a largo plazo para blindar la convivencia en Cataluña. Por su parte, Iglesias situó al líder socialista ante el espejo de sus contradicciones y sus continuos bandazos. En el caso del candidato de Vox, pese a las carencias de sus recetas económicas, consolidó un discurso -sobre todo, en inmigración y memoria histórica- dirigido a su base electoral.

La brevedad de esta campaña y la consolidación de un escenario fragmentado amplifican el impacto entre los indecisos de un debate que no cumplió las expectativas por su tono hosco. No obstante, en contraste con la polarización partidista, cabe recordar que España necesita concordia y abandonar el bloqueo desde el respeto al consenso constitucional. Es decir, todo lo contrario que ayer pudo visualizarse. Las amenazas a las que se enfrenta nuestro país exigen altura de Estado. Superada la batalla electoral, los partidos constitucionalistas deben alcanzar acuerdos para hacer frente a la intolerancia separatista, fortificar la economía en un marco internacional de incertidumbre y afrontar las reformas pendientes.

Del "dumping fiscal" al "efecto capitalidad": los argumentos falsos de Sánchez sobre Madrid
José María Rotellar Libertad Digital 5 Noviembre 2019

En el período en el que los socialistas gobernaron en la Comunidad de Madrid, la región no era ni sombra de lo que hoy es. Solía crecer por detrás del conjunto de España y de Cataluña.

El Gobierno se ha lanzado en bloque a repetir, una y otra vez, que la Comunidad de Madrid no puede tener los impuestos más bajos que el resto, que quieren homogeneizarlos al alza y que la competencia fiscal es mala porque deteriora los servicios públicos.

Y cuando se le sacan a relucir los buenos datos de la Comunidad de Madrid, entonces, Pedro Sánchez dice que se debe al efecto capitalidad, es decir, al hecho de que en Madrid se encuentre la sede de muchas empresas, que llevaría a Madrid a recaudar más, a generar más actividad económica y a ir mejor.

Pues bien, no es cierta la cantinela que repite la izquierda, ni siquiera es nueva, pues ya la repetía en la Asamblea de Madrid hace años. Este mantra viene a decir que la Comunidad de Madrid crece más que España y tiene una mayor fortaleza económica desde que Felipe II le otorgó la capitalidad de España. Nada de eso. Los datos demuestran que no siempre ha sido así. Si nos remontamos a algunos años antes del Estado de las Autonomías encontramos que la Comunidad de Madrid no era de las regiones más destacadas.

Así, en 1976, la Comunidad de Madrid tenía 2 décimas más de paro que España y 1,2 puntos más que Cataluña.

Del mismo modo, en 1977, todavía era peor, ya que la región madrileña tenía una tasa de paro 2,29 puntos superior a Cataluña y 1,5 puntos mayor que España.

Al llegar al Estado de las Autonomías, la tónica siguió igual durante un buen número de años: la Comunidad de Madrid iba siempre por detrás de la otra región con la que, por tamaño económico, se podía comparar, que era Cataluña. Y en muchas ocasiones también iba por detrás del conjunto nacional.

De hecho, en el período en el que los socialistas gobernaron en la Comunidad de Madrid, la región no era ni sombra de lo que hoy es. Así, solía crecer por detrás del conjunto de España y de Cataluña:

En 1984, Madrid crecía 4 décimas menos que España y un punto menos que Cataluña.
En 1985, Madrid crecía 2 décimas menos que España.
En 1987, Madrid crecía 1 décima menos que España y 1 décima menos que Cataluña.
En 1988, Madrid crecía 8 décimas menos que España y 1,8 puntos menos que Cataluña.
En 1989, Madrid crecía ligeramente menos que España y casi 8 décimas menos que Cataluña.
En 1990, Madrid crecía 9 décimas menos que España y casi 3 puntos menos que Cataluña.

En 1992, Madrid se adelanta a la recesión de 1993 en toda España, y decrece, de manera que se sitúa 8 décimas por debajo de España y 1,5 puntos por debajo de Cataluña.
En 1993, aunque Madrid cae menos que España, cae una décima más que Cataluña.
En 1994, aunque Madrid crece una décima más que España, crece 6 décimas menos que Cataluña.
En 1995, Madrid crece 2,4 décimas menos que España.

En todos y cada uno de esos años, gobernaba el PSOE en la Comunidad de Madrid. Por tanto, de los doce años en los que los socialistas gobernaron en Madrid, en diez de ellos, es decir, en el 83,3% de los años de su mandato, la Comunidad de Madrid creció menos que Cataluña y, en muchas ocasiones, que el conjunto de España.

¿Y qué sucede si nos fijamos en los datos de empleo? Lo mismo:

En 1983, con el PSOE en el Gobierno en la región, la Comunidad de Madrid tenía una tasa de paro ligeramente mayor que España.
En 1995, cuando finalizaba el Gobierno del PSOE, la Comunidad de Madrid tenía una tasa de paro 1,32 puntos superior a la de Cataluña.

¿Es que el efecto capitalidad no se daba entonces? ¿O realmente es que ese efecto capitalidad al que se refiere Sánchez no tiene la importancia que los socialistas ahora quieren darle? ¿No será que sí que influyen las políticas que se apliquen?

En 2003, llega Esperanza Aguirre al Gobierno de la Comunidad de Madrid, e implanta una importante bajada de impuestos, desde el IRPF a Sucesiones y Donaciones, pasando por Transmisiones y AJD. Todos ellos hacen que la Comunidad de Madrid tenga los impuestos más bajos de España, senda por la que han continuado todos sus sucesores en la Real Casa de Correos.

Pues bien, desde los años de Gobierno regional de Esperanza Aguirre hasta ahora, la Comunidad de Madrid ha crecido mucho más, en la media del período, que Cataluña y que el conjunto de España.

Por tanto, no es efecto capitalidad, sino efecto riqueza, gracias a las rebajas de impuestos que aplica la Comunidad de Madrid. De hecho, cuando mejor le fue a Cataluña en crecimiento económico en este último período se circunscribe al momento en que Artur Mas quiso imitar a Madrid bajando el Impuesto de Sucesiones, pero que tuvo que reponer por la presión de sus socios.

Y no hay dumping fiscal alguno, ya que el resto de regiones puede hacer lo mismo que Madrid: bajar impuestos. Lo que sucede es que es fácil escudarse en la bajada de impuestos de Madrid para no tener que rendir cuentas frente a los ciudadanos los gobernantes que incrementan el gasto sin eficiencia y suben, por ello, impuestos.

La competencia fiscal es buena, genera prosperidad. De hecho, si hubiese más regiones que bajasen los impuestos como Madrid, mejor le iría al conjunto de España y mejores servicios esenciales tendrían todos los españoles. Ahí están los datos.

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El largo adiós de Torra
Valentí Puig okdiario 5 Noviembre 2019

El actual presidente de la Generalitat es ahora mismo un “zombie” que choca con las pocas puertas abiertas que quedan, el náufrago agarrado al salvavidas que le prestan los CDR, ya a punto de sumirse en el agujero negro de la inhabilitación, según dictamine dentro de poco el Tribunal Supremo de Justicia de Cataluña. Una errática noción del tiempo no nos permite saber si su adiós va a ser breve o largo pero no va merecer ninguna salva de honor por parte de nadie, por mucho que lo espere, como todo redentor. Es una suerte de ‘Terminator’ nativista de videojuego, destrozado por una carabina láser. Se irá, más pronto que tarde con una secuencia de olvidos, imputaciones y descrédito casi ritual.

Su paso por la vida pública lo trazan acciones fallidas y desacatos y, como clímax, esas imágenes de Barcelona con barricadas, hogueras y encapuchados. Torra se ha desentendido, hasta ahora de forma impune, de que a la sociedad plural le sale muy caro no contar con una ley inexorable: sin orden no hay libertad. No extrañe porque él va mucho más allá de neopopulismo identitario y excluyente. Su apuesta es por lo absoluto; su ídolo, una nación que no sabe si lo fue ni lo que eso significa; sus enemigos, el Derecho, la monarquía y las Cortes de Cádiz. Sus aliados le han llevado dócilmente al antisistema.

Ahí está Torra, sombra de lo que nunca será, personaje hispanófobo de una tragicomedia cuyos comparsas en la revuelta incluso le aventajan en uso de la táctica. Amedrentado, seudo-heróico, impersonal, sin carácter ni sentido de la realidad, sin respeto a las urnas y a sus conciudadanos, ese político sedentario tan devoto del caos confía en la perfección orgánica de la nación irredenta, abierta al bullicio de esos traviesos chicos CDR, con la CUP a punto de tener escaños en el Congreso de los Diputados.

Lo que vayan a votar las gentes de orden en Cataluña es una incógnita central. Pero lo que no harán es sumarse a la patochada de hacer cola para ser un auto-inculpado, del mismo modo que todavía causa estupor que el máximo representante del Estado en Cataluña haya dañado tanto el país real en nombre de una entelequia que ya es irrespirable. Añorar una Cataluña que nunca ha existido te lleva a pedir un referéndum cuando los viejos compañeros de viaje intentan, muy ambiguamente, desligarse del unilateralismo y aminorar un victimismo que con Torra se ha hecho exponencial y altamente combustible. Presenciamos la escena folletinesca de ERC “versus” JxCat aunque vayan de la mano en el intento de escrache al rey.

Sartori dice que democracia no significa que el pueblo siempre tenga razón sino que es el pueblo quien tiene derecho a equivocarse. En la democracia plebiscitaria pierde sus contrapesos la democracia representativa mientras ganan ventaja el neopopulismo y una reactivación de la política de masas por las arterias del gran sistema digital, segmentado y centrifugado por la desacreditación del bien común. Cariacontecido y ausente, con aspecto de no entender nada, ese “zombie” transita los pasillos de la Generalitat sin que nadie le vea ni le haga caso. Torra tiene que irse ya pero, como ocurre en la república romana, por ahora no existe un Bruto que acepte empuñar la daga. Va a encargarse la ley.

El PSOE y el federalismo
DANIEL GUERRA SESMA El Mundo 5 Noviembre 2019

El autor repasa la historia del socialismo para concluir que ha mantenido una actitud dubitativa ante la forma de Estado. De forma retórica se ha acercado al federalismo, pero ha mantenido un jacobinismo dubitativo

Nunca ha tenido el PSOE una posición unívoca con respecto al federalismo. Históricamente fue un concepto ajeno a su tradición ideológica obrerista, y en la actualidad es un término que seduce a algunos sectores internos y provoca alergia en otros. Ello es consecuencia de las dudas metódicas del socialismo español con respecto a la llamada "cuestión nacional", que nunca tuvo como un asunto teórico prioritario.

No es de extrañar, pues, que de vez en cuando el PSOE se líe con la propuesta federal si se tienen en cuenta los antecedentes históricos. El PSOE nació en 1879 asumiendo la idea de nación política del liberalismo progresista: España era su nación, una nación que había que transformar radicalmente, pero su marco natural de lucha proletaria. Así, quedaban unidos los conceptos de nación y proletariado: defender la unidad de la primera era defender la unidad del segundo. Los primeros socialistas estaban muy lejos de la idea federal de Pi y Margall, tanto en lo territorial como en lo social.

Desde un principio, los socialistas tuvieron más clara la defensa de la autonomía municipal que de la regional, pues fueron los ayuntamientos las primeras instituciones en las que entraron. Conforme avanzaba su lenta institucionalización y su acercamiento a los republicanos, el PSOE fue incorporando postulados autonomistas, al asumir la idea organicista de la región de Giner de los Ríos y los krausistas. Pero seguían entendiendo el federalismo como una idea disgregadora del Estado, y a los nacionalismos vasco y catalán como movimientos burgueses y reaccionarios. Curiosamente, la consideración del federalismo es exactamente inversa según sea el punto de partida político: si se parte de un Estado unitario, aparece como una propuesta disgregadora; si se parte de una confederación, se considera como una idea unitarista (como se reflejó, por ejemplo, en el debate constituyente de los Estados Unidos).

Con pocas ideas sobre la cuestión, inspiradas por el marxismo francés de corte jacobino, el PSOE llegó al XI Congreso de 1918, en el que un grupo de socialistas catalanistas (Nin, Campalans, Serra i Moret, Comorera), querían federalizar el partido con una moción en favor, nada menos, que de la Confederación republicana de nacionalidades ibéricas. La moción fue aprobada con el apoyo de Julián Besteiro, pero sustituida solo un año más tarde, en un congreso extraordinario de 1919, por otra gradualmente autonomista inspirada por Indalecio Prieto.

Con esta resolución autonomista se llegó al final de la dictadura de Primo de Rivera, momento en el que la posibilidad de una República Federal aparecía como horizonte para algunos dirigentes socialistas. El más claramente favorable, además de los socialistas catalanes, fue Luis Araquistáin, que en El Ocaso de un régimen (1930) defendió incluso que Cataluña tuviera derecho a decidir su futuro. Algo así apoyó, en un arrebato solidario, Manuel Azaña en un encuentro de intelectuales catalanes y castellanos en marzo de 1930. Pero, después de defender en el verano de 1932 un Estatuto catalán más moderado, expresó en La velada en Benicarló y en los Cuadernos de la Pobleta, su amargura ante lo que consideraba una actitud insolidaria de los nacionalismos catalán y vasco con la República durante la Guerra Civil. De hecho, en el Pacto de San Sebastián (agosto de 1930) no se planteó ni el Estado federal ni mucho menos la autodeterminación (como aseguraba Carrasco i Formiguera), sino la autonomía de Cataluña.

El PSOE cerró entonces la puerta al federalismo con un reiterado rechazo de manera oficial. Primero, en el Congreso de julio de 1931, preparatorio del debate constituyente, en el que la agrupación de Barcelona propuso la República Federal. Fernando de los Ríos, en nombre de la ponencia, lo rechazó señalando que "la concepción federal tuvo su época gloriosa, pero no es la fórmula del día". Días más tarde, en la presentación del proyecto constitucional, Luis Jiménez de Asúa aclaró que hablaba en nombre de la comisión redactora pero también del Partido Socialista, y descartó la República Federal por tres motivos: por el desequilibrio regional de España, porque los Estados federales conocidos (EEUU, Alemania, Austria y Suiza) se estaban centralizando, y porque España no podía contemplar una construcción federal al ser ya un Estado constituido. Este último argumento es el que también reprocharon a Pi y Margall cuando presentó la propuesta federal en las Cortes de 1869, pues entonces no se contemplaba la posibilidad de que un Estado unitario pudiera convertirse en otro federal, lo que sí había admitido Kelsen en su Teoría General del Estado (1925). Es decir, se admitía la federación de Estados soberanos, pero no la federalización de un Estado unitario, que es lo que se plantea ahora con la reforma constitucional.

Así, el PSOE, como la mayoría republicana de entonces, rechazó formalmente el federalismo para España y se estableció el Estado integral, que contemplaba la autonomía de algunas regiones (especialmente Cataluña) y la vinculación de las demás provincias con el poder central. Tendrían que pasar unos cuantos años para que otro socialista, el segoviano Anselmo Carretero, volviera a plantear el Estado federal, considerando España como una Nación de naciones. Sin embargo, Carretero rechazó expresamente que tal fórmula se equiparase a la del Estado plurinacional, pues consideraba que España no era Yugoslavia y que debía mantener una única soberanía.

Como al final de la dictadura de Primo de Rivera, será al final de la de Franco cuando el PSOE vuelva a acercarse a planteamientos federalistas. Como entonces, entendía que el centralismo totalitario era no solo un atentado contra las libertades políticas y sociales, sino también contra las de los territorios con personalidad colectiva definida. Así, el federalismo como salida lógica y la solidaridad con los nacionalismos regionales se presentaba como bandera. Pero, al igual que en 1931, en el debate constituyente de 1978 el PSOE adoptó una actitud más realista, sustituyendo el federalismo por el autonomismo e incluso la defensa de la LOAPA en 1982.

El socialismo catalán, en cambio, ha asumido el concepto de una manera más clara. Desde el principio, ha deambulado entre un sector más próximo al PSOE (Comaposada, Fabra Ribas, Pla Armengol), frente a otro más catalanista, que acabaría imponiéndose, y que tendría como representantes más insignes a Alomar, Xirau, Campalans o Serra i Moret. Ante las difíciles relaciones entre ambos grupos, los segundos crearán en 1923 la Unió Socialista de Catalunya. Un intento de fusión en 1933, protagonizado por Largo Caballero y Joan Comorera, también fracasó.

Esto da idea de la diferencia histórica e ideológica entre ambos socialismos. Si el español proviene del internacionalismo obrero marxista, el catalán tiene su origen en el republicanismo federal catalán, siguiendo los postulados particularistas de Almirall antes que los generalistas de Pi y Margall. Históricamente, el socialismo catalán ha actuado más como corriente socialista del nacionalismo catalán que como corriente catalanista del socialismo español. El PSC actual es heredero indirecto de la USC, lo que provoca diferencias con sus homólogos del resto de España en esta cuestión.

Así pues, el socialismo español siempre ha tenido una actitud dubitativa ante el federalismo, al que, dentro de su jacobinismo dominante, se ha acercado retóricamente en momentos puntuales. Pero desde luego no se puede decir que su tradición histórica sea la federalista, ni mucho menos. Por otra parte, socialismo español y catalán son dos socialismos distintos, en su origen y en su evolución posterior. Partiendo de estas dos consideraciones, se pueden entender muchas cosas de las que pasan ahora.

Daniel Guerra Sesma es politólogo y autor de Socialismo español y federalismo (KRK y F. José Barreiro, 2013), El pensamiento territorial de la II República (Athenaica, 2016) y El pensamiento territorial del siglo XIX español (Athenaica, 2016).

Sánchez menospreció a Abascal
Javier Somalo Libertad Digital 5 Noviembre 2019

Abascal inhumó –políticamente– a Sánchez con un discurso tan poco fascista como el de la concordia.

Dice Ana Blanco, inspirada por Tezanos, que en las pasadas elecciones un 7% de los ciudadanos decidió su voto tras ver el debate de TVE. A la vista está que no solucionó mucho la cosa pero, tras tanto gatillazo político, al de ayer se le colgó el cartel de aforo completo. En términos competitivos, que es como se miden los debates, creo que sólo podemos atender al último tramo, el que comenzó recién pasada la media noche, y que dio casi todo el protagonismo a Santiago Abascal.

Gracias a un rebote de Pablo Iglesias al preguntar por los pactos que propondría cada partido, los candidatos empezaron a ser candidatos y no portavoces de sus jefes de campaña, dicho sea con todos los respetos para el que los merezca. Fue en ese punto de ruptura cuando Pedro Sánchez rompió a sudar y, si mi atención a la pantalla no fue vencida por la vergüenza, comenzó a sufrirlo visiblemente la sisa de su chaqueta. Estaba a punto de salir Franco… baluarte electoral del candidato presidencial de Moncloa más pobre que recuerdo.

Ya Pablo Casado le había aguado minutos antes los anuncios de dureza de cartón piedra contra el golpismo que jamás ha reconocido y nos quedamos sin saber cuántas naciones hay en España y si Cataluña lo es, como reconoció en inglés Josep Borrell. Cuando Sánchez no sabe contestar se esconde puerilmente como si estuviera repasando los gastos de combustible del Falcon, su inconfundible blasón. Casado cogió carril pero no insistió lo suficiente como para evitar que Albert Rivera le robara el turno. Es difícil competir con la rebotica del líder naranja, cuyo estrado parece siempre la gabardina de Harpo Marx, en el que sí se explicaba tanto atrezzo porque el pobre era mudo. Así que el primer tanto se lo apuntó Pablo Casado pero, lamentablemente, no volvió a golpear con la dureza suficiente como para anotar puntos claros.

Tras un asalto de agresiones callejeras entre los partidos del centro derecha en el que Albert Rivera agotó las existencias de su bazar y en el que Casado consintió que Pablo Iglesias le hablara de sobres y de evasiones fiscales sin mencionar siquiera a Echenique el negrero, llegó el momento de Santiago Abascal. No lo había pasado demasiado bien en materia económica, único momento en el que el líder de Vox tuvo que bajar la vista al atril para revisar los datos de deuda. Pero en cuanto asomaron los Fundamentos del Progre, que siempre parecen inmutables e inalterables, el vasco vio el campo abierto, se relajó, dejó hablar para poder contraatacar y lidió la faena de la noche. Sánchez exhumó a Franco por enésima vez y Abascal inhumó –políticamente– a Sánchez con un discurso tan poco fascista como el de la concordia. Pablo Casado asintió parte de ese discurso, cosa que le honra y mucho porque la honestidad también es un valor político, Sánchez rabió y volvió a sudar, Iglesias se encorvó como cuando vivía en el pisito de Vallecas comparando los bandos de la Guerra Civil con las SS y los judíos y Rivera se disolvió definitivamente pidiendo a los chicos que dejaran el pasado y volvieran a no sé dónde, que tenía carteles preparados.

A partir de ese momento, lo que yo vi fue a un candidato tranquilo porque defendía cosas sencillas por las que ya le llevan llamando facha mucho tiempo. Él no tenía nada que medir, Casado algo y Rivera todo. Y se notó. En Memoria Histórica, en inmigración ilegal –hay valla en Ceuta y no la puso Abascal, no nos engañemos, pero no impide la entrada, hiere a los que escapan de su infierno y pone en peligro a policías y guardia civiles–, en política sexista e ineficaz contra la violencia doméstica, familiar o como la quieran llamar, y en terrorismo. Iglesias intentó minimizar el riesgo que Abascal –y toda su familia y todo el PP y el PSOE– sufrió en el País Vasco desde bien joven pero le salieron sus chiquitos en las herriko tabernas, tascas de ETA con hucha, para entendernos. Y ahí lo dejó, con el ceño fruncido y las cervicales hundidas como si tuviera que esquivar los latigazos que dan las encinas cuando vas del cenador del lago a la casa del servicio, allá en la finca.

A esas horas, Pedro Sánchez estaba desfondado y completamente sonado. Tanto, que por dos veces dijo sentir envidia de Angela Merkel para quitarse de encima el guante de Abascal. Le llegarán hoy noticias confusas a la política de Hamburgo...

El resumen de lo que yo percibí es que Santiago Abacal ganó el debate por sinceridad y Pedro Sánchez lo perdió estrepitosamente por su infinita vanidad, sólo comparable a su escasa preparación para presidir un país democrático como España. Pablo Casado acertó en muchos puntos pero no supo hacerse oír en el momento en que arrinconó al presidente en funciones con el recuento de naciones. Albert Rivera llevó el "doble o nada" al doble de nada por abuso de alforjas aunque acertó con algún golpe, los que da con sinceridad por Cataluña o las dictaduras bolivarianas. Y, por lo que parece, Iglesias no será nunca vicepresidente. Yo ya sólo veo su finca cuando habla y reconozco que el bosque no me deja ver el árbol. En cuanto al minuto de oro final… ya tenemos bastante con la campaña. Deberían evitarlo los organizadores.

Pero esto fue sólo un debate. Si Rivera es capaz de taponar la supuesta hemorragia de votos –sobredimensionada, en mi opinión– y Casado hace realidad el mejor tramo de sus encuestas, queda espacio para que merezca mucho la pena salir a votar.

Por cierto, o me lo perdí, o nadie quiso ofrecer un velero con remos para Greta.

El día después
Cayetano González Libertad Digital 5 Noviembre 2019

A expensas de lo que el debate electoral a cinco de esta noche pueda deparar en cuanto al movimiento del voto, todo parece indicar que el próximo domingo el llamado bloque del centro-derecha –PP, Ciudadanos y Vox– no llegará a la mayoría absoluta de 176 escaños y que el bloque de izquierdas –PSOE, Podemos, Más País, independentistas catalanes, PNV y Bildu– sí la puede alcanzar. Otra cosa es, como se vio tras las elecciones de abril, que ponerse de acuerdo entre ellos no sea tarea fácil.

Hay además otro factor que puede incidir en el resultado electoral: los disturbios y la violencia en Cataluña con motivo de la visita de los Reyes y sus hijas para la entrega de los premios Princesa de Gerona y, después, en la jornada de reflexión y en el propio día electoral, en que las turbas independentistas tienen previsto hacer de todo menos permitir votar libremente.

Lo que suceda esta semana en Cataluña y la reacción que el Gobierno en funciones tenga puede llevar a muchos españoles a pensarse muy seriamente su voto, hartos de ver cómo el Ejecutivo –el anterior de Rajoy y el actual de Sánchez– no aplica las medidas políticas, legales y de orden público que la ley permite para acabar con ese clima de impunidad y de desafío a la Constitución que lidera Torra desde el Palau de la Generalitat y Puigdemont desde su mansión de Waterloo.

Sigo pensando que la tendencia natural de Sánchez, si, como candidato del partido más votado, le toca liderar el proceso de formación del Gobierno, será intentar formar un Ejecutivo frentepopulista con el apoyo de los independentistas catalanes, los nacionalistas vascos y los herederos de ETA. Si lo ha hecho en Baleares, Navarra, en cerca de cuarenta ayuntamientos de Cataluña o en la Diputación de Barcelona, ¿por qué no lo va a hacer en el Gobierno de España? Otra cosa es que esa tarea no sea fácil, y el precio que puedan poner tanto los independentistas catalanes como el PNV es perfectamente imaginable y, desde luego, muy malo para el interés nacional.

La alternativa a ese Gobierno frentepopulista-independentista es un acuerdo entre los que todo indica van a ser los dos partidos más votados: el PSOE y el PP. Las modalidades de ese acuerdo pueden ser diversas: desde una abstención de los populares –en el caso de que el PSOE sea el más votado– para permitir la investidura de Sánchez, pasando por un compromiso que conlleve algo más que la investidura: por ejemplo, una serie de pactos en cuestiones esenciales como pueden ser la unidad territorial de España o las medidas que aplicar en Cataluña si el independentismo sigue desafiando al Estado. En ese supuesto, el líder del PP, Pablo Casado, debería exigir a Sánchez que rompa todos sus pactos y acuerdos de gobierno con partidos independentistas: en Navarra, en Baleares y en la propia Cataluña.

Pero para ese acuerdo PSOE-PP es imprescindible una cosa: que Sánchez quiera ir por esa vía. A día de hoy, no hay ninguna señal que lleve a pensar eso, sino más bien todo lo contrario. Pero como el personaje es como es y su objetivo principal ya se sabe que es permanecer en el poder, no hay que descartar que donde dijo "digo" ("No vamos a hacer una gran coalición con el PP", acaba de afirmar") diga "Diego", es decir, que acepte su abstención en una hipotética investidura. En todo caso, ante una situación tan endiablada como la que pueden arrojar las urnas el próximo domingo, todo puede pasar, incluso una nueva repetición electoral dentro de seis meses, con el agravante de que tampoco eso garantizaría una solución.

Volver a decir Gerona
El respeto absoluto que se le tiene a la lengua catalana tiene el límite en el respeto al castellano; como la misma libertad personal, que se acaba donde empieza la de los demás
Javier Caraballo elconfidencial 5 Noviembre 2019

La inversión de los conceptos es la primera anormalidad de la locura independentista. Por eso, en este artículo se hablará de la princesa de Gerona, porque ha llegado la confusión y la histeria al punto dislocado en el que, incluso, mencionar la provincia catalana, o la ciudad, por su nombre en castellano, en español, puede parecer un acto de provocación innecesario al catalanismo.

Y no es así, porque el respeto absoluto que se le tiene a la lengua catalana tiene el límite en el respeto al castellano; como la misma libertad personal, que se acaba donde empieza la de los demás. Desde hace años, quizá de forma inconsciente o acomplejada, en los propios medios de comunicación hemos asumido que se debe escribir siempre Lleida o Girona, porque lo otro, Lérida o Gerona, podría interpretarse como una desconsideración (hay quien piensa, incluso, que solo los fachas hablan así).

A nadie, en ningún medio de comunicación, se le ocurre decir London, ni Brugge, cuando habla de Londres o de Brujas. Ni siquiera pasa con el País Vasco, porque no decimos Bilbo o Donostia, ni Iruña, cuando hablamos de Pamplona, pero en el caso de Cataluña es distinto. ¿Por qué? Pues se acabó, volvamos a lo elemental, a lo que nunca se debe perder ni manosear: el derecho que tenemos a hablar la lengua que nos une, el español, la primera víctima de la intransigencia. Decir Gerona, hablar de la princesa de Gerona en España, no es un menosprecio, sino un reconocimiento de la pluralidad de este país y, en los tiempos que corren, supone un acto de rebeldía contra el intento de los independentistas y de sus voceros de imponer una dictadura de odios y de exclusión.

Solo algunos personajes políticos tan mediocres como la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, son incapaces de entender que el boicot de ayer de las bandas independentistas al acto de entrega de premios ‘Princesa de Gerona’ no era un acto de reivindicación de la república, contrario a la monarquía, sino un escrache a la libertad.

El rey de España, Felipe VI, y toda la familia real no son el objetivo de quienes se manifestaron ayer, sino la Constitución española, la vigencia de un Estado de derecho en España, que es lo único que les estorba. No era un acto contra el Rey, sino contra la libertad de cada uno de nosotros. En un acto de cobardía que ya la caracteriza, Ada Colau decidió no acudir al evento justo en el día en que todo republicano que ame la democracia hubiera optado por acudir al acto para desafiar a quienes intentan imponer la ley del escrache, del sabotaje, del insulto. Cuando está en cuestión la democracia, solo existe un bando, el de los demócratas; en esos momentos, no hay más debate que el de la defensa de la libertad.

Ada Colau solo ha entendido algo tan elemental cuando los mismos radicales de este lunes la acosaron a ella y la llamaron “zorra traidora” cuando se alió con los socialistas tras las últimas elecciones municipales para retener la alcaldía de Barcelona. Tras aquel incidente, Colau se echó a llorar en una radio catalana y confesó que había pensado, incluso, en dejar la política, en dejarlo todo, porque cuando la gritaban, cuando la insultaban, solo pensó en sus hijos.

Este lunes, ni pensó en sus hijos, ni pensó en los hijos de los demás ni en los jóvenes galardonados; por supuesto, tampoco en los 14 años de la princesa de Gerona. Una niña que fue a Barcelona de decir que “Cataluña siempre ocupará un lugar especial en mi corazón”, con un discurso en el que utilizó el catalán, el español y el inglés.

La ausencia de Ada Colau en ese acto solo era una medida exacta de su cobardía, su impropia representación de una ciudad y de una historia a las que avergüenza con sus actos. Dijo Felipe VI que “hay un momento en que los gestos y las actitudes son más importantes que las palabras”. Pues eso.

Cuando los Reyes de España, y las infantas, entraron en el auditorio del Palacio de Congresos de Barcelona, todos los invitados, los que pudieron entrar y sortear la avalancha de insultos y de escupitajos de los vándalos independentistas, se pusieron en pie a aplaudir, con gritos de “viva el Rey”.

El contraste con lo que ocurría en las inmediaciones del palacio es la triste realidad de la sociedad catalana hoy, y la triste existencia de quienes todavía callan, por cobardía o por una inexplicable equidistancia, ante la barbarie que se perpetra a diario y que, para algunos, forma parte de la normalidad, justa respuesta a una sentencia con la que no se está de acuerdo, en favor de una república a la que ya traicionaron cuando la hubo en España. Este disparate expansivo, en fin, que nos ha llevado a considerar subliminalmente que decir Gerona es ofender a un pueblo; que hay que decir Girona para que nadie se moleste.

En los actos, los organizadores de los Premios Princesa de Gerona volvieron a destacar la importancia de unos galardones que premian la excelencia de los jóvenes en las materias más variadas, la empresa, la investigación científica, el sector social o las artes y las letras. El lema de esos premios es 'El talento atrae al talento'.

Tendrían que saber los catalanes que todavía dudan que el dilema de estos años, el que se vive hoy en las universidades catalanes, es todo lo contrario. ‘El odio atrae la violencia’. Muy lejos va quedando ya la sociedad catalana que era envidiada en todas partes por su personalidad y su talante abierto y cosmopolita.

En 2009 se creó la Fundación Princesa de Gerona; 10 años después ni siquiera puede reunirse en la ciudad que le da nombre por miedo al independentismo. Es tan vertiginoso el deterioro que ni siquiera cabe preguntarse lo de siempre, que cuándo se jodió todo.

Fábula de Pedro y el lobo
Miquel Giménez. vozpopuli 5 Noviembre 2019

Ese es el gravísimo error que comete la progresía en general y la socialista en particular, no atribuir la condición de derecha – de extrema derecha – al separatismo. Una condición que no es gratuita, pues que se fundamenta en los textos inspiradores del movimiento, en los discursos de sus dirigentes y en sus políticas homogeneizadoras del individuo en pro de la “nación” catalana. En todo se destila el mismo perfume a chauvinismo rancio, a repudio hacia el disidente, a clasismo de quien se considera pueblo superior.

En unos tiempos en los que solo se habla de derechos, esa ideología tenía todos los puntos para acabar triunfando, lógicamente. El hilo argumental del separatismo, y el de los ninis de acampada con iPhone y preservativos, gira alrededor del mismo leitmotiv, el de “yo tengo derechos”. Ese YO en mayúsculas, que elimina posibilidades tan humanamente enriquecedoras como el NOSOTROS o el TÚ, incitadoras de empatía con las realidades humanas que van más allá de nuestro ombligo, es lo que realmente convierte a esos movimientos en totalitarios, excluyentes y, por tanto, de extrema derecha.

Alguno me dirá que extrema izquierda y extrema derecha no son lo mismo, de la misma manera en la que otro puede decirme que son iguales. Lo que equipara ambas cosas es el totalitarismo simplista y dictatorial de sus postulados. Que Pedro Sánchez avise constantemente del peligro que supone Vox, la extrema derecha según él, sin que advierta a su vez de lo arriesgado que es ir de la mano de la extrema izquierda, es decir, Podemos, o del nazismo nacionalista, es lo que resulta inquietante.

Sánchez y el conjunto de la falsa progresía pertenecen a aquellos rojos de cartón piedra a los que debió parecerles muy bien el pacto Ribbentrop-Mólotovque, entre otras lindezas, dejó solos a los patriotas polacos cuando Hitler invadió Polonia y se la repartió con Stalin como si de un pastel se tratase, o la actitud de brazos cruzados del Partido Comunista Francés cuando las tropas alemanas invadieron el país galo. Recordemos que, al inicio del movimiento de la Resistencia, esta contaba solamente entre sus filas con algunos policías, militares, un puñado de incipientes gaullistas, prácticamente todos los masones, unos pocos liberales y algunos socialistas. A los comunistas, ni se les esperaba ni estaban. El nacional-bolchevismo nació ahí, seguramente.

Decimos esto porque el grito del pastor Pedro acerca de que viene el lobo suena tan viejo y desgastado que quizás pueda movilizar a algunos miles de indecisos, pero resulta del todo inexacto política e históricamente. Son demasiados los lobos que esperan agazapados en el umbral de nuestra democracia a que se abra una rendija para colarse y destruirla. No es Vox lo que debería preocuparnos porque, a fecha de hoy, el partido de Abascal no ha incumplido ninguna ley ni ha robado fondos públicos ni ha intentado dar un golpe de estado ni ha asesinado a nadie.

Puestos a buscar lobos, mire el pastorcillo Sánchez en el PSC. Se encontrará con una sorpresa en forma de documento. Hablo del borrador titulado “NouprotocolderelacióCatalunya-Espanya”. Seguiremos hablando del asunto porque sí que viene el lobo, sí.

El ladrón, el iluminado y el descerebrado
La sentencia del 'procés' ha dado el pistoletazo de salida a una nueva carrera electoral en Cataluña
Álvaro Nieto vozpopuli.es 5 Noviembre 2019

Creíamos que el nivel de jeta de Carles Puigdemont difícilmente podría ser superado al frente del Govern de la Generalitat de Cataluña, pero la política española, y por ende también la catalana, siempre demuestra que la incompetencia de sus líderes no tiene límites.

Tras un estadista-ladrón como Jordi Pujol apareció un hereu sin escrúpulos como Artur Mas, al que sucedió el iluminado Puigdemont quien, tras su cobarde fuga para evitar la cárcel, ha sido sustituido por un descerebrado que, en vez de velar por los intereses de Cataluña, alienta las protestas que están manchando la buena imagen de esa región.

Hablamos, por supuesto, de Quim Torra, el monigote al que Puigdemont puso para que le guardara la silla durante su 'exilio' y que tras la sentencia del 'procés' ha demostrado sobradamente su nivel de locura: se sumó a una manifestación que ilegalmente cortó una autopista, estuvo tres días sin repudiar la violencia mientras ardía Barcelona, echó la culpa de los incidentes a grupos "infiltrados" ajenos al independentismo y, como colofón, no se le ocurrió mejor idea que proponer un nuevo referéndum para 2020, a sabiendas de que el de 2017 fue el origen de todo lo que está pasando.

Torra se ha convertido en el líder de la rebelión, el jefe de la banda que tiene secuestrada Cataluña y a los catalanes y que lo único que pretende es que las cosas vayan cada vez peor con la vana esperanza de que el caos acabe haciendo ceder a la otra parte. Es el típico pirómano al que nada importan las consecuencias de sus actos.

Elecciones en 2020
Torra es, por tanto, el principal problema que tiene ahora mismo Cataluña, pero afortunadamente por poco tiempo porque, como se preveía, la sentencia del Tribunal Supremo ha abierto la carrera de las próximas elecciones autonómicas, que se celebrarán en 2020 según lo pactado en su día entre los dos partidos que sostienen al Govern: Junts per Catalunya y Esquerra Republicana (ERC).

La única discrepancia entre ellos es la fecha en que deben celebrarse esos comicios. ERC tiene prisa porque ahora mismo los sondeos le dan una victoria holgada. Su idea es aprovechar que la derecha independentista está más descabezada que nunca para intentar armar un tripartito de izquierdas sostenido por los comunes de Ada Colau y los socialistas de Miquel Iceta. Eso tendría un primer efecto balsámico porque al menos inicialmente se rompería el eje sobre el que se lleva haciendo política en Cataluña durante los últimos años: independencia sí-independencia no.

Además, ERC quiere elecciones cuanto antes para evitar que Mas se pueda presentar como líder salvador del mundo soberanista. Y es que el expresident vuelve a estar habilitado para ocupar cargo público a partir del 23 de febrero de 2020, y la tentación de presentarse como candidato será muy alta a partir de esa fecha.

No obstante, en el campo de los 'indepes' de derechas no hay unanimidad acerca de una posible candidatura de Mas. De hecho, ese mundo está fracturado en dos facciones: los más radicales, que son partidarios de volver a presentar a Puigdemont como cabeza de lista, y los más moderados, que apuestan por Mas.

La división del soberanismo y la ausencia de líderes abren la puerta a la irrupción de nuevos protagonistas en la política catalana

Nuevos actores
Esa división del soberanismo y la ausencia de líderes de peso que no estén encarcelados o inhabilitados convierten las próximas elecciones catalanas, las quintas en diez años (y luego dirán que no les dejan votar), en una oportunidad para la aparición de nuevos actores que ayuden a romper el statu quo. Y al menos tres se atisban ya en el horizonte:

1.- Los soberanistas-constitucionalistas. En este grupo destaca el colectivo "El país de demà", integrado por antiguos líderes convergentes que, aún siendo independentistas, pretenden construir su nuevo Estado mediante una reforma de la Constitución que permita el derecho a la autodeterminación. Es decir, renuncian a la vía unilateral. Ahí están gente de peso en el mundo nacionalista moderado como Jordi Xuclà, Marta Pascal, Carles Campuzano, LluísRecoder, SilviaRequena...

2.- Ada Colau. En principio no está claro si ella quiere dar el salto a la política autonómica pero, en ausencia de otros referentes de izquierdas en Cataluña, su partido jugará un papel fundamental en los próximos comicios.

3.- Manuel Valls. Tampoco está muy definido qué rol quiere desempeñar el exprimer ministro francés en la política catalana. Fracasó en las pasadas elecciones municipales cuando pretendió ser alcalde de Barcelona, pero es evidente que no quiere quedar aparcado en el Ayuntamiento y que aspira a mucho más, por eso hace unos días presentó una plataforma política en Madrid.

Así las cosas, las próximas elecciones autonómicas catalanas depararán, casi con total seguridad, un nuevo escenario que esperemos sirva para alejar la triste etapa que todavía padecemos. Lo que no sabemos todavía es si el nuevo inquilino del Palacio de la Generalitat hará buenos a sus sucesores (el ladrón, el 'hereu', el iluminado y el descerebrado) o si, definitivamente, habrá un punto de inflexión y mejorará la especie. Veremos.


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