AGLI Recortes de Prensa   Lunes 6  Enero  2020

Boris, la corrupción y las autonomías
Luis Asúa. vozpopuli  6 Enero 2020

La bandera de la nueva derecha debe de ser acabar con las comunidades autónomas y reforzar en los municipios las competencias menos ideológicas

Hace algún tiempo me invitaron a un debate en televisión con dos políticos británicos, europeístas y visceralmente anti-Johnson. Uno de los reproches que lanzaron fue que éste había personificado el Brexit. “Boris is Brexit”, clamaban. Les repliqué que precisamente esta idea iba a ser clave en la futura victoria electoral de los “tories”.

Mis capacidades como futurólogo son bastante malas. Una muy querida colaboradora mía solía decir que lo más probable es que saliera justo lo contrario de lo que yo vaticinara, pero con Boris Johnson no me equivoqué, y no sólo por los números. En el Reino Unido se consiguen holgadas mayorías con porcentajes de voto que no llegan a la mitad del electorado y era evidente que, si Johnson conseguía aglutinar el voto Brexit, iba a obtener una buena mayoría.

Pero también hay factores más transcendentales que los exclusivamente numéricos. Johnson ha sido capaz de centrar el mensaje político en algunas cuestiones que son esenciales para muchos votantes. El Brexit por supuesto, pero también una inversión pública eficiente en sanidad e infraestructuras o la promesa de un nuevo modelo económico basado en la productividad y la calidad, no en los bajos salarios. Para esto último es crucial controlar una inmigración que, como ha manifestado -en el caso español y para las pensiones, pero es aplicable a los salarios- la Fundación de Estudios de Economía Aplicada, tiene un efecto perverso en la “moderación” (entiéndase, la reducción por exceso de oferta) de sueldos.

La campaña electoral ha estado en la tónica de lo que viene siendo habitual desde la irrupción de la nueva derecha, con una defensa a ultranza del consenso generalizado por un lado y una promoción por parte de la derecha de algunas políticas muy precisas que, de llevarse a cabo, resquebrajarían el “consenso progre”.

La defensa del consenso se hace sin profundizar en exceso y, eso sí, con una buena retahíla de insultos. Acordémonos cuando Hillary Clinton calificó de deplorable a la mitad de los votantes de Trump y de gente defraudada a la otra mitad. En España, Sánchez ha llegado a llamar clasistas a los casi cuatro millones de votantes de Vox. No se entra en profundidades porque causa estupefacción que alguien ataque un consenso que lo impregna todo, hasta la cultura o la forma de pensar. Del desconcierto a la violencia verbal hay un paso.

De Boris -socio aún en el grupo parlamentario europeo de Vox- se pueden aprender muchas lecciones. Una de ellas, la ambición por la reforma: el Brexit es el mayor ataque que cabe al consenso “progre” en el Reino Unido. En España, el equivalente podría ser la abolición de las comunidades autónomas.

Las comunidades autónomas han sido la mayor fuente de corrupción del país. Han generado o agravado problemas constitucionales en Cataluña y País Vasco, y podemos acabar teniendo problemas de la misma naturaleza en otras regiones que no me atrevo ni a mencionar. Son una fuente de despilfarro incesante, de gasto público descontrolado y que, con una deuda pública del cien por cien del PIB, simplemente no nos podemos seguir permitiendo. Han ahondado en el problema del “capitalismo de amiguetes”, que fue una de las causas del final del sistema alfonsino, que no solucionó el franquismo y que hoy hace que haya diecisiete economías diferentes en España con diecisiete conchabeos de amiguetes.

No existe un currículum nacional ni nada que se le parezca, lo cual produce localismo pueblerino y falta de competitividad y de esfuerzo en investigación. Es imposible crear un museo nacional sin que haya graves problemas de orden público o hacer una mínima política cultural de ámbito nacional. No hay un sistema de vacunación, de listas de espera o un conjunto de grandes hospitales donde desarrollar una investigación a nivel nacional. La justicia está atomizada y empieza a ser un problema tratar de litigar contra alguien local, y más si tiene alguna influencia. El derecho penitenciario aplicado por las comunidades es simplemente un escándalo. Hay que empezar a proclamar que el sistema autonómico no hay por donde cogerlo. Es un fracaso sin paliativos.

Hay un mantra del PP de Madrid para defender el sistema autonómico que tiene gracia precisamente por ensalzar este tribalismo cateto. Suelen decir que gracias a las comunidades se pueden paliar, en educación e impuestos, las políticas de izquierda nacionales, como si Madrid fuera Suiza o los madrileños monegascos.

El caso de Barcelona
Las comunidades autónomas son un anacronismo. El mundo se mueve de forma global generando centros de inversión en torno a grandes ciudades. Hasta hace poco, Barcelona era uno de esos centros -la gran ciudad del Mediterráneo- con una situación geográfica y unas capacidades humanas idóneas. Hoy por culpa del sistema autonómico, que ha dado alas al independentismo, Barcelona ha sido borrada del mapa. Sólo un gobierno nacional puede mantener las virtudes de estos polos o focos, aprovecharlos al máximo y generar los desarrollos regionales para paliar sus desequilibrios negativos.

La bandera de la nueva derecha debe de ser acabar con las comunidades autónomas. Reforcemos los municipios en las competencias menos ideológicas: limpieza, seguridad inmediata, infraestructuras urbanas, libertad de empresa, servicios sociales, etc. El resto deben volver al estado. Hoy el Gobierno central, atenazado por la UE y las autonomías sólo parece que se ocupa -como decía Felipe González- del museo del Prado.

Chapuceando
El doctor Sánchez considera, como buen movilista, quetodo lo que existe deviene, incluida España
Juan Manuel de Prada ABC 6 Enero 2020

Circula por ahí un vídeo, en el que Alfredo Pérez Rubalcaba afirma, allá por 2016: «Imagínese la que tendríamos montada si hubiéramos ido a una investidura con el apoyo de Podemos, que está en el derecho de autodeterminación, y de los independentistas, que ni le cuento. ¿Qué estaríamos diciendo a los españoles? Gobernar España es muy complicado y exige apoyos parlamentarios sólidos, si quieres hacer un buen Gobierno. Ahora, si quieres chapucear… El argumento lo conozco: «Vamos a sentarnos con ellos y acabarán siendo buenos». Pero, oiga, cabe la posibilidad de sentarse con ellos y acabar siendo malos, y que no te hagan caso. Yo le dije esto a Pedro Sánchez. Debo decir que dejamos de hablarnos. Bueno, me dejó de hablar él».

El vídeo nos demuestra que el maniobrero Rubalcaba no había entendido plenamente el principio movilista que anima la democracia, a diferencia del doctor Sánchez, que es un demócrata clarividente y sin concesiones. En efecto, la democracia introduce en las conciencias una visión movilista de las cosas, en aplicación de aquel principio heraclitiano («Todo fluye») que luego Hegel formularía de forma más incisiva y letal, afirmando que todo lo que existe deviene. El movilismo tiene su negociado teológico (el modernismo, según el cual Dios no es un ser inmutable, sino adaptable al gusto de cada época); tiene su negociado científico (el evolucionismo, según el cual existe una fuerza ciega que transforma la materia, siempre por supuesto hacia algo mejor); tiene su negociado moral (según el cual la conciencia no es más que un «instinto del alma» que santifica los apetitos y pasiones, por torpes que sean), etcétera. Y el movilismo tiene, por supuesto, un negociado político, que los conservadores llaman «progresismo» para fingirse libres de su influjo, pero que en origen es «liberalismo» o conversión de la libertad en un mero «poder moverse» sin importar el «hacia dónde», aunque sea hacia el barranco. Este movilismo político «consensúa» sus avances «chapuceando» con unos y con otros y postula una visión antropológica en perpetua mutación. De ahí que, en democracia, todos los debates antropológicos terminen siendo «debates superados»: el aborto, la eutanasia, el cambio de sexo, etcétera.

Un hombre como Rubalcaba, maniobrero incansable (o sea, un hombre de consenso), guardada sin embargo en su corazoncito algún freno moral, fruto tal vez de sus años de alumno pilarista, que le impedía llevar el movilismo político hasta sus últimas consecuencias. En cambio, un hombre como el doctor Sánchez es un movilista consecuente y «trans» que incluye en el consenso a quienes hasta hace cuatro días parecía aberrante incluir (¡como parecían aberrantes el aborto, la eutanasia o el cambio de sexo!). El doctor Sánchez considera, como buen movilista, que todo lo que existe deviene, incluida España; y también -lo repetía como un lorito en la sesión de investidura- que «los sentimientos no pueden imponerse por la fuerza», paparrucha típicamente movilista que ignora que los sentimientos, en toda criatura racional, están gobernados por la razón (que, cuando no está ofuscada por los apetitos, se adhiere a un «orden del ser»). Quiero decir que el doctor Sánchez es el hijo consecuente que viene a completar la tarea que sus padres iniciaron, pero no se atrevieron a completar.

En esta festividad de la Epifanía resuena aquella frase terrible, pero profética, de Donoso Cortés: «El principio electivo es de suyo cosa tan corruptora que todas las sociedades, así antiguas como modernas, en que ha prevalecido, han muerto gangrenadas». Lo siento, pero los Reyes siempre traen carbón a quienes se lo merecen.

Autogolpe
Un golpe, un autogolpe, asentado en la ambición de un parvenu. Sin escrúpulos
Gabriel Albiac ABC 6 Enero 2020

Muy lejos y hacia el norte, camino de un lugar en el que sólo hay noche, la realidad parpadea en un filo de cristal roto. Recuerdo, de pronto, el hipnótico cuento de Andersen: alguien, en la oquedad inmensa de un palacio en Laponia, juega a ajustar un puzle de angulosas piezas de hielo; pura geometría. Lo llama el rompecabezas de la inteligencia. Y sabe que nada importa más que descifrar su clave. La cual nada significa. Ni cura nada. Ni aspira a poner consuelo ni sentido en cosa alguna; sólo a entenderla.

En el avión, camino de los hielos, ha vuelto a mí esa imagen del huésped de la «reina de las nieves»: privado de poder para cambiar nada y preso en el empeño de entender todo. Y me digo que no es difícil interpretar esto de ahora. Es sólo desagradable. Mirada desde una saludable lejanía, la política española se reduce a fraude miserable: el que un avispado trilero impone a la turba de necios que de sus trucos se prenda. Pero es que, a quien juega con un trilero, bien está que le levanten la cartera.

A lo largo de las semanas que van del acuerdo Sánchez-Iglesias a la capitulación ante ERC, se ha tejido la red prolija de un autogolpe de Estado. Este que se consuma ahora, al aceptar un referéndum que malamente camufla el eufemismo «consulta». Hablo de golpe (de autogolpe) de Estado en sentido propio. En el golpe de Estado -desde que Naudé inventara la expresión en el siglo XVII-, la potestad se impone al derecho, el ejecutante a la ley, determinando la exigencia de legislar conforme a lo que los hechos ya han consumado.

El anuncio por ERC de lo arrancado es inequívoco: el nuevo gobierno habrá de convocar un referéndum acerca del destino de Cataluña, en el que votará tan sólo la población local. Lo cual presupone lo decisivo: que el sujeto soberano en Cataluña es la ciudadanía catalana, no la española. Y que, como sujeto constituyente, esa ciudadanía está llamada a dotarse de Constitución propia, ajena a determinación de cualesquiera otros ajenos sujetos. De este modo -y con independencia de su resultado-, en su sola aceptación formal, el arbitrio presidencial habrá abolido ya la vigencia de la Constitución que, en el 78, ponía al pueblo español como sujeto constituyente único. Si a eso no lo llamamos «golpe de Estado», es que los diccionarios no sirven para nalda.

Sabemos que las constituciones mueren, que mueren las naciones en el curso del tiempo. No es tan común, sin embargo, su suicidio. Gozamos el privilegio de estar asistiendo al espectáculo raro de uno de ellos. Pero, como sabía el inmenso Guicciardini, lo doloroso no es que las naciones se derrumben; lo doloroso es estar debajo cuando caen sus cascotes.

Camino de un lugar en el que sólo hay noche, todo cobra la nitidez del hielo: es un golpe, un autogolpe, asentado en la ambición de un parvenu. Sin escrúpulos. Asentado, aún más, sobre el plácido suicidio de un país que se acuna en su siesta. Étienne de la Boétie dio nombre a eso: «Servidumbre voluntaria». No tiene cura.

Los desvaríos económicos del discurso de investidura de Sánchez que anticipan el desastre
Diego Sánchez de la Cruz Libertad Digital 6 Enero 2020

Un repaso a los datos, las afirmaciones y los errores más preocupantes de la intervención del líder socialista en el debate.

El debate de investidura del candidato socialista a la presidencia del gobierno, Pedro Sánchez, se ha producido en el marco de una encendida polémica referida a las alianzas del líder socialista con las agrupaciones comunistas y separatistas con representación en las Cortes. Este pacto genera especial inquietud por motivos ligados a la cohesión territorial y la unidad de España, pero sería un error pensar que los riesgos de esta confluencia de fuerzas radicales se limita a dichas cuestiones, sin duda importantes, ya que, de hecho, la economía está también llamada a sufrir un notable deterioro en caso de que se cumplan las promesas realizadas por el PSOE, Podemos y sus diversos socios, esbozadas todas ellas por Sánchez en su comparecencia en las Cortes. En su discurso de investidura de ayer sábado, Sánchez no dejó lugar a dudas de sus desvaríos económicos.

Pensemos, por ejemplo, en el salario mínimo interprofesional (SMI). Si su aumento fuese gratuito, es evidente que todos favoreceríamos una subida generalizada. Sin embargo, el coste laboral mínimo determina a menudo la diferencia entre estar empleado o no. Esto es especialmente acusado en ciertos sectores y grupos de población. La evidencia disponible muestra que, durante el pasado año, el fuerte aumento del 22% en el salario mínimo generó una fuerte caída de la ocupación en los segmentos laborales más vinculados al mismo. De enero a noviembre, el empleo bajó en 18.386 personas entre los jóvenes, en 10.098 asalariados entre los trabajadores inmigrantes, en 8.829 efectivos en el sector agrícola… También en el empleo doméstico se percibió un fuerte descenso: en los tres primeros trimestres del año, el número de personas ocupadas en dicho ámbito cayó en 35.700.

Sin embargo, Pedro Sánchez ha propuesto que, al final de la legislatura, el SMI sea "el 60% del sueldo medio de nuestro país". Esto implicaría alcanzar los 1.200 euros o, lo que es lo mismo, un aumento del 70% entre 2018 y 2024. Y, como es lógico, la consecuencia directa de esta medida será una notable pérdida de empleo entre cientos de miles de trabajadores.

Pero Sánchez no solo mueve ficha en el SMI: también se anuncian cambios en todo el mercado de trabajo, donde el líder socialista se ha comprometido a "derogar la reforma laboral". La idea sugerida en la sesión de investidura fue la de "un crecimiento que se convierta en empleo" y que "garantice el trabajo estable y de calidad".

Si estas son las razones para acabar con la reforma laboral, quizá el presidente debería repasar los datos. Por ejemplo, si uno cruza las tasas de crecimiento del empleo con las del aumento del PIB, puede comprobar que ambos indicadores se han movido de forma muy pareja entre 2014 y 2018. Por ejemplo, en 2016 veíamos que el PIB subía un 3,4% y el empleo lo hacía un 3,2%. No solo eso: tal y como ha demostrado recientemente el Banco de España, la reforma laboral ha permitido mejorar incluso tal relación, puesto que ahora es posible crear empleo con menos crecimiento que antes (a partir de aumentos del PIB inferiores al 1%). ¿Y qué hay de la creación y calidad de empleo? Libre Mercado ya ha desmontado anteriormente el falaz discurso de Sánchez referido a estas cuestiones, pero conviene recordar de nuevo las cifras clave de aquel análisis. En efecto, el PSOE dijo en 2012 que la reforma laboral del gobierno del PP traería consigo un aumento del paro, pero desde su aprobación se han generado 2,2 millones de puestos de trabajo. Posteriormente, la izquierda habló de un giro a la precariedad, pero la temporalidad cayó del 35% al 25% y el empleo indefinido llegó a suponer hasta el 70% del nuevo empleo creado. También se dijo que se estaba generando un reparto de las horas trabajadas, pero la subida del empleo a tiempo completo fue de 1,9 millones de personas, mientras que el tiempo parcial solo creció en 300.000. Otra línea de ataque del socialismo español contra la flexibilización laboral diseñada por el Mariano Rajoy y su ministra de Trabajo, Fátima Báñez, se refería a los sueldos, pero los datos del ministerio de Trabajo apuntan que han subido un 1% en 2016, un 1,5% en 2017 o un 2% en 2018. Además, si se estudian los microdatos salariales que aporta el INE, vemos que el 10% de menos renta del año 2013 tenía tres años después un 90% más de ingresos o que el sueldo más habitual del conjunto de los españoles aumenta a tasas del 6%. Por último, aunque el PSOE hable reiteradamente de "recuperar el diálogo social" y "volver a la negociación colectiva", lo cierto es que no ha habido cambios significativos en la cobertura de dichos acuerdos, tal y como acreditan las cifras publicas por la Organización Internacional del Trabajo.

Hay que tener en cuenta, además, que el bagaje del empleo en el primer año entero de gobierno de Pedro Sánchez ha sido francamente preocupante. Además del aumento del paro entre los colectivos más vulnerables, descrito en párrafos anteriores, lo cierto es que el curso 2019 se ha cerrado con el peor dato anual desde los momentos más duros de la crisis. No solo eso: el empleo indefinido, que subía a una tasa interanual del 20% cuando Sánchez llegó al gobierno, está ahora bajando a un ritmo del 4%. Y, de hecho, estas cifras podrían ser peores, puesto que el grueso de la creación de empleo que aún se sigue dando se concentra ahora en los feudos políticos del centro-derecha político (Andalucía, Comunidad de Madrid, Castilla y León…).

Surrealismo entre gastos e ingresos
Pero quizá el punto más surrealista de todos los que tocó Sánchez en clave económica fue el referido a gastos e ingresos. Por ejemplo, el líder del PSOE prometió "ser vigilante en la efectividad del gasto", a pesar de que los desembolsos de las Administraciones Públicas han subido tanto en 2019 que se han comido literalmente todo el aumento de la recaudación tributaria, impidiendo una reducción del déficit. De hecho, entre enero y septiembre de 2019 se produjo un repunte del 26% en el diferencial negativo entre ingresos y gastos. No solo eso: el propio gobierno reconoce que dicho desfase permanecerá casi inalterado respecto a 2018, lo que ha hecho que muchos analistas hablen ya del curso 2019 como el año perdido en materia de reducción del déficit.

Pese a esta creciente brecha fiscal, Sánchez insistió en defender durante su discurso de investidura que su gobierno "cumplirá los compromisos con Europa" y "controlará el gasto público". No obstante, a fecha de hoy, lo único cierto es que su paso por La Moncloa se está saldando con un franco retroceso en este campo, puesto que el escenario más optimista planteado por su Ejecutivo contempla que, durante la legislatura que ahora comienza, se producirá un aumento de la deuda equivalente a 1.400 euros por hogar. No solo eso: el Banco de España ya ha alertado de que el déficit seguirá descontrolado en los próximos años.

Sin embargo, el programa de gobierno que esbozó Sánchez en su discurso de investidura estuvo repleto de llamadas a seguir disparando el gasto. Por ejemplo, cuando propuso que el gasto en educación suba hasta el 5% del PIB, lo que puso encima de la mesa fue un aumento equivalente a 9.600 millones de euros. Y la educación es una sola una parte. Si se consideran todos los compromisos asumidos por los socialistas, estamos ante un aumento del gasto estimado en los 35.000 millones de euros, según cálculos de Carlos Segovia publicados por el diario El Mundo el pasado 30 de diciembre.

Evidentemente, tal situación prefigura un escenario desastroso para la estabilidad presupuestaria. Consciente de ello, Sánchez habló también de "justicia fiscal" y de "progresividad", dos palabras que vinculó con el objetivo de situar la recaudación "en la media de los países de la Eurozona". ¿Qué significa esto? Si comparamos la estructura recaudatoria de nuestro país con el promedio europeo, podemos ver que la equiparación tributaria implica aumentar el IVA (400 euros más por persona), el IBI (360 euros más por recibo), el IRPF de los jubilados (con la consecuente pérdida de poder adquisitivo), etc. En paralelo, otra de las fórmulas que habilitaría la armonización fiscal sería la supresión de Sucesiones y Donaciones o de Patrimonio, curiosamente dos gravámenes defendidos a capa y espada por los mismos socialistas españoles que dicen querer acercarse a los sistemas europeos donde muchos de sus homólogos rechazan ambas tasas.

Pero Sánchez sostiene que, en el caso español, la armonización de ingresos llegará por otras vías, con "un sistema fiscal progresivo en el que paguen más los que ganan más". Resulta un tanto chocante que el líder socialista declare algo así, puesto que es evidente que, de acuerdo con nuestro modelo impositivo, quienes más ganan son también quienes más recursos dejan en las arcas de la Agencia Tributaria. Vayamos impuesto por impuesto:

En el IRPF vemos que el 20% que más gana arroja el 75% de los ingresos conseguidos por Hacienda, mientras que el 40% que menos gana solo aporta el 1%. Ajustando un poco más el tiro, vemos que el 5% que más gana (rentas de más de 60.000 euros) deja casi el 40% de los recursos fiscales.

Si analizamos el Impuesto de Sociedades, ocurre algo similar: el 0,002% de las empresas aporta el 60% de toda la caja generada por este tributo.

En el IVA hay horizontalidad en los tipos, puesto que todos los contribuyentes abonan los mismos, si bien un mayor nivel de renta tiende a suponer un mayor nivel de consumo, de modo que la aportación monetaria es superior en el caso de los que más ganan (es decir, todos pagamos un tipo general del 21%, pero si nuestro consumo anual es diez veces mayor, habremos contribuido también diez veces más al fisco en concepto de IVA).

En el Impuesto de Sucesiones y Donaciones vemos que muchas comunidades han empezado a bonificarlo por debajo de ciertos umbrales, pero han seguido aplicándolo para transmisiones patrimoniales abultadas.

En el IBI encontramos que el recibo está relacionado con el tamaño del inmueble y el valor catastral asociado al mismo. Aunque esto no está directamente vinculado con el nivel de renta de los contribuyentes, sí es cierto que, por lo general, quienes habitan en domicilios de mayor tamaño y mejor emplazamiento son también quienes tienen un mayor nivel de vida.

El Impuesto de Patrimonio fue creado expresamente para captar más recursos fiscales de quienes tienen más activos, de modo que resulta evidente que esta tasa golpea únicamente a quienes poseen más riqueza, si bien es cierto que algunas personas pueden tener ingresos altos y patrimonio bajo, o viceversa (flujo vs stock).

Aún así, Sánchez promete que el gran aumento del gasto planteado para la próxima legislatura saldrá íntegramente del bolsillo de este reducido grupo de contribuyentes. Pero los números son los que son y desmienten que un programa de expansión del gasto tan pronunciado pueda financiarse solamente con el dinero de unos pocos. Por ejemplo, el Impuesto de Patrimonio genera apenas 1.000 millones de euros, es decir, un insignificante 0,5% de la recaudación fiscal total. Incluso duplicando los ingresos derivados de tal gravamen, solo estaríamos ante el 1% de la recaudación total. Y, ni que decir tiene, que nuevos movimientos fiscales en este impuesto pueden tener consecuencias negativas en otras áreas (menos inversión, menos creación de empleo, "exilio fiscal" de contribuyentes acaudalados que elijan radicarse en otros países, etc.). Por otro lado, si estudiamos el IRPF podemos ver que la última subida impositiva del PSOe a las rentas altas aumentó los ingresos fiscales un nimio 0,2% y que los principales expertos en el gravamen alertan de que nuevas subidas como las planteadas por Sánchez pueden reducir la recaudación un 4%, en vez de generar un aumento del dinero obtenido de dicho grupo de contribuyentes.

La manifiesta insuficiencia de los ingresos potenciales obtenidos de las rentas altas y los grandes patrimonios explica que Sánchez hable de aplicar otros tributos, pero "evitando cualquier aumento de la presión fiscal sobre las clases medias y trabajadoras, que en ningún caso se van a ver afectadas". Sin embargo, la legislatura que está por comenzar incluye compromisos de subir impuestos a las empresas tecnológicas, a las operaciones financieras, al combustible de diésel… Es decir, a bienes y servicios consumidos por millones de españoles, esas "clases medias y trabajadoras" a las que Sánchez pretendía blindar ante cualquier aumento tributario pero que soportarán precios más altos como consecuencia de dichas cargas adicionales sobre las empresas prestatarias de tales productos.

Ahondando en esta cuestión, es interesante recordar que Sánchez plantea subir la presión fiscal de las grandes empresas pero bajar del 25% al 23% el Impuesto de Sociedades de las pymes. La intención es evidente: se pretende trasladar a la opinión pública la idea de que las empresas de menor tamaño salen beneficiadas con el nuevo gobierno. Pero la realidad es muy distinta. De entrada, pensemos que, aunque hay 1,4 millones de empresas facturando por debajo del millón de euros, solo unas 350.000 tienen beneficios y pagan este gravamen. En consecuencia, el efecto llega solo a la cuarta parte de las pymes. Además, el ahorro estimado es de apenas 260 millones de euros, que suponen el 1% de la recaudación generada por este impuesto (unos 24.848 millones). Las sociedades beneficiadas se ahorrarían solamente 740 euros, pero seria un error pensar que estas pymes salen ganando, porque en paralelo a esta medida se dan muchas otras que suponen un fuerte aumento de los costes fiscales o de los gastos regulados que deben hacer frente. Por ejemplo, asumirán anualmente 3.600 euros de costes laborales adicionales por cada trabajador que pase a percibir el nuevo SMI de 1.200 euros defendido por Sánchez. Y, no lo olvidemos, muchos de los responsables de estas pymes son autónomos que, al final de la legislatura, podrían ver cómo sus cotizaciones sociales se triplican, en caso de que PSOE y Podemos cumplan su promesa de hacer que los trabajadores por cuenta propia "coticen por sus ingresos reales".

Pensiones
El decálogo de medidas de gobierno sugerido por Sánchez en su intervención tocó también otro de los puntos que más nerviosismo debería generar entre los ciudadanos: el de la regulación. Socialistas y comunistas se han comprometido a regular los precios del alquiler y a introducir nuevas restricciones verdes. Lo primero ha fracasado en buena parte de las capitales europeas (Berlín es el último ejemplo, pero también en Estocolmo o en París se han producido efectos similares). Lo segundo preocupa, y mucho, en ámbitos como la industria, donde por ejemplo el globo sonda de la prohibición del diésel ha provocado un hundimiento de ventas y ha empujado a la recesión a un sector que venía liderando la recuperación de la actividad secundaria.

Y, por último, no podemos ignorar la gravedad de lo que está ocurriendo con el sistema de pensiones. Si estudiamos la salud financiera de la Seguridad Social en términos de caja, vemos que España tiene el mayor agujero de toda la Unión Europea. De hecho, la norma en casi todos los países de nuestro entorno es el superávit, de modo que el déficit español resulta doblemente preocupante. Sin embargo, el sanchismo y sus aliados insisten en subir las pensiones de acuerdo con la evolución IPC. Si los ingresos necesarios se obtienen por la vía del aumento de las cotizaciones, los trabajadores pagarán a la Seguridad Social 830 euros más cada año, con el consecuente golpe a sus bolsillos. Y si se tira de déficit, pues ensancharemos más aún la deuda de un sistema donde las pensiones están, de media, 150 euros por encima de lo que permiten financiar las cotizaciones. Un auténtico desastre que solo puede ir a peor si el PSOE insiste en aumentar los desequilibrios de la Seguridad Social.

Patriotismo anti-liberal
Sánchez también tuvo tiempo para hablar en clave ideológica. Hay que recordar que, en enero de 2019, el líder del PSOE afirmó que "el liberalismo político en España está huérfano" y dijo aspirar "a representar a la socialdemocracia, pero también al liberalismo". Sin embargo, su mirada del liberalismo en enero de 2020 parece muy distinta a la de hace apenas un año.

Y es que el líder del partido del puño y la rosa no dudó en cargar las tintas contra el liberalismo a lo largo de varios segmentos de su discurso:

"No creemos en una sociedad de mercado"
"El dinero no siempre está mejor en el bolsillo de aquel que posee una fortuna"

"El mercado no puede gestionar la educación, la salud o la seguridad"
"Es rotundamente falsa la concepción neoliberal que afirma que la sociedad no existe como sujeto y que solo considera como tal a los individuos y familias"

Sánchez entroncó esta parte de su discurso con su particular definición de patriotismo, que más de un observador podría confundir con una mera descripción de servicios públicos… He aquí algunos ejemplos:

"Quienes defienden tanto la libertad o el patriotismo deberían prestar más atención a los bienes públicos. Eso es lo que nos une, ese es el patriotismo social"
"España, para muchos de nosotros, es la educación pública, las pensiones públicas, la sanidad pública, los impuestos que pagamos"

"Es lo público lo que nos une y nos vincula"

Un previsible desastre económico
De todo lo anterior se puede deducir que el comportamiento de la economía española puede experimentar un franco deterioro en los años venideros. El crecimiento, que estaba por encima del 4%, se sitúa ya por debajo del 2%. La deuda ha saltado del 40% al 100% del PIB y, pese a las inyecciones del Banco Central Europeo, no hay avances en materia de reducción del déficit. El paro, que sigue cerca del 14%, es de los más altos de Europa y puede volver a aumentar si se consolida el frenazo del mercado de trabajo. La industria y otros sectores de actividad llevan ya muchos meses en números rojos. Y el populismo imperante en materia de pensiones puede llevarnos a la quiebra de la Seguridad Social.

A pesar de todas estas señales de alerta, el discurso de investidura de Pedro Sánchez plantea todo tipo de medidas irresponsables. En caso de aplicarse, veremos que, de forma progresiva, los desequilibrios irán en aumento, llevándonos a un nuevo ciclo de mediocridad económica que afectará gravemente a familias y empresas, sumiendo a España en una nueva crisis.

Infamia permanente del PP / La atracción del marxismo
Pío Moa gaceta.es 6 Enero 2020

Conocer la historia criminal del PSOE es esencial para regenerar la democracia. Intento socialista de crear una gran hambruna: https://www.youtube.com/watch?v=NjlWfCrqdng

Usted apunta siempre al PP como el elemento más pernicioso del panorama político, y pone a Rajoy como peor que ZP, y a Casado como un mequetrefe…
–La misión histórica que en principio correspondía al PP era la defensa del referéndum del 76, una democratización apoyada en el legado de Franco y contra el embrión de frente popular que por entonces se formaba. Ha hecho exactamente lo contrario, y es preciso repetirlo para entender lo que nos ha pasado: se ha convertido en auxiliar ideológico y político de aquellos partidos que se consideraban herederos del régimen funesto salido de las elecciones fraudulentas de 1936. Y lo ha hecho a conciencia de que estaba engañando a millones de votantes con el cuento del “voto útil”.

Moralmente los peperos son mucho peores que los socialistas o los separatistas, porque estos creen más o menos en lo que dicen, mientras que el PP no cree verdaderamente en otra cosa que en repartirse con ellos el poder y los dineros.

Pero Pablo Casado ha cambiado de política, según aprecian muchos analistas.
–Casado es un farsante. Para cambiar realmente tendría que haber planteado un examen crítico de la anterior política y un congreso. De ahí tendrían que salir expulsados la mayor parte de los viejos dirigentes, inevitablemente. Pasa como con el PSOE sobre el marxismo: su abandono tendría que haberse acompañado de un análisis crítico de lo que esa ideología había supuesto en la historia criminal de ese partido. Por supuesto, nada de eso se hizo, ni hace ahora Casado con el PP. Toda la motivación de unos y otros se cifra en el temor a perder votos y el poder y dinero correspondientes. Por lo tanto, el PP trata de apoderarse del discurso de VOX, incluso exagerándolo, para neutralizarlo y volver a lo único que sabe hacer: el centrismo, es decir, la complicidad con el frente popular. Su complicidad infame en la profanación de la tumba de Franco («el dictador», llama el miserable fantoche Casado a uno de los estadistas más importantes del siglo XX y no solo en España) ha sido toda una declaración de principios o más propiamente de su falta de ellos. Esto tendría que costarle muchos votos, aunque es verdad que la sucia labor ideológica del PP ha contribuido a infectar a millones de españoles de la falsificación histórica izquierdo-separatista. En cuanto a esos analistas que usted dice, solo demuestran su bajo nivel crítico y su ignorancia u ocultación de la historia, incluso de la más inmediata. «Analizan» en función del chismorreo político del momento.

Por lo tanto, mientras VOX no consiga gobernar, y eso va para largo, la democracia y el país mismo podrían desmoronarse.
–No sé lo que va a ocurrir. Pero VOX tiene otros medios a los que recurrir para frenar a los liberticidas y antiespañoles antes de que la única solución sea la violencia. Lo importante es que VOX está arrancando al nuevo frente popular la bandera de la democracia en la que han encubierto todas sus corrupciones y delitos, ¡ya era hora! Empieza a arrebatarles también su dominación de la historia, base de su política presente. Y no ha adoptado las letanías antidemocráticas de los seudofranquistas. Esto abre la vía a un cambio radical. Déjeme que le diga que para VOX es un peligro la afluencia de personajes políticos del PP con aspiración a cargos de relieve. Todos esos personajes han estado muchos años con la política llamada «centrista», se han nutrido de ella, de sus ideas o más bien argucias, y he comprobado en algunos que reproducen todos los tópicos “centristas”, que solo significan el acuerdo y seguidismo hacia el frente popular. Por lo que veo, VOX se ha ido depurando en estos años de adherencias de ese tipo, pero el peligro sigue ahí.
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Para difundir: https://www.youtube.com/watch?v=-bYbx7fFYhE&list=PLVw8hISUcZM6qky-GbFpfvDlxuiQU7bHE&index=4&t=327s

La atracción del marxismo
En la cuarta parte de Por qué el Frente Popular perdió la guerra, defines las ideologías a partir de un empleo particular de la razón. Así, el marxismo sería la razón igualitaria, el anarquismo la libertaria, el liberalismo la económica, el fascismo la jerárquica, etc. ¿No tiene algo de arbitrario? ¿Todos ellos se basaban en la razón?
–He definido las ideologías como sistemas de ideas basados en la razón, que aspiran a una coherencia racional o incluso científica que nunca alcanzan y pretenden por ello prescindir de la fe religiosa. La experiencia demuestra que la razón no solo tiene una capacidad de previsión limitada, sino que genera diversas y contradictorias interpretaciones el mundo y la vida. Veamos el marxismo: hace una crítica muy aguda al liberalismo, basada en una idea moral, incluso de raigambre cristiana, la de la igualdad entre los seres humanos. También el liberalismo preconiza esa igualdad, limitándola al aspecto jurídico, al paso que da máxima importancia a la economía. El marxismo afirma que sin igualdad económica, asimilada a la ausencia de explotación, la igualdad solo puede ser una ficción, un engaño. Marxismo y liberalismo comparten en gran medida la idea de que la economía es la base explicativa de la condición e historia humanas: muchos liberales plantean la actitud ante el comercio como la explicación de los males de la historia y la panacea para superarlos. Esto no deja de ser también un materialismo histórico, como expuse hace años en un pequeño ensayo sobre el libro de Hayek La fatal arrogancia. En esa concepción igualitaria radica el enorme atractivo del marxismo para millones de personas.

Pero usted ha señalado que para el marxismo la moral es una especie de superestructura que cambia según las formas de producción y explotación. Y dice al mismo tiempo que el marxismo se asienta en una concepción moral antiquísima.
–Sí, es una contradicción. La igualdad entre las personas no es propiamente una idea sino un sentimiento. En último extremo, diríamos: «¿Por qué, si todos estamos en el mismo mundo y con el mismo destino, abocados a la muerte, hemos de llevar unas vidas tan diferentes, unos gozando de todos los bienes y otros trabajando en las condiciones más duras para no sacar casi nada?». Es una pregunta que surge de un sentimiento fuerte, que lo racionaliza y que choca con la realidad más palpable, vista como injusticia, porque esa igualdad nunca se da.

Luego, ¿hay una similitud también de fondo entre el marxismo y el cristianismo, que señala que todos somos hijos de Dios?
–La hay en ese sentido. Pero el cristianismo no afirma que esa igualdad pueda darse en este mundo, de ahí que en el famoso diálogo con los marxistas hayan ganado estos. Prácticamente decían a los católicos: ustedes piensan en otro mundo del que no hay constancia alguna; nosotros pensamos en este, que es donde transcurre nuestra vida. Su igualdad es pura retórica basada en una esperanza para la cual no hay base racional o práctica ninguna. Por consiguiente es un engaño para tener sometidos y tranquilos a los explotados. Nosotros, en cambio, combatimos la injusticia tradicional de la explotación del hombre por el hombre aquí, en la realidad, no engañamos a nadie.

No obstante, ese es un sentimiento no solo marxista. También lo exhiben de siempre los utopismos, tan despreciados por los marxistas.
–El marxismo trata de convertir el sentimiento en idea y la idea en ciencia. Su ciencia trata de eliminar los sentimentalismos utópicos al explicar la explotación como una necesidad histórica. El desarrollo técnico de la humanidad ha sido hasta hace poco insuficiente para alimentar a todo el mundo por igual, digo alimentar en un sentido muy amplio, como resumen de todos los bienes producibles por la técnica. Por lo tanto, una rebelión de los explotados, aunque pareciera digna de alabanza, no podría desembocar más que en la formación de una nueva oligarquía económica y política que seguiría explotando a la mayoría. Sin embargo el capitalismo ha desarrollado la técnica, la capacidad productiva, a un nivel que ya permite pensar en abolir la explotación. Por primera vez en la historia humana, la rebelión de los explotados no solo tiene las mejores perspectivas de éxito, sino que también alumbrará por primera vez en la dura historia humana una sociedad sin explotadores ni explotados, en la que el hombre desplegará todas sus potencialidades hasta entonces deformadas y limitadas por la división entre clases explotadoras y explotadas. Marx, además, creyó encontrar la forma típica de la explotación capitalista en la plusvalía, así como las contradicciones de esta, que abocarían más bien antes que después, al derrumbe del sistema. Algo de eso he tratado en un ensayo sobre su teoría del descenso de la tasa de ganancia.

¿Por qué, entonces, ha dado el marxismo lugar a regímenes tan brutales?
–Obviamente, porque es falso. Y no deja de ser irónico que sea el criterio de la práctica, que según Marx resolvía las cuestiones que la teoría no lograba clarificar, el que ha hundido al comunismo; y que haya caído en gran medida por la economía, precisamente. Ahora bien, la práctica ha dictado sentencia, por así decir, pero el problema teórico de fondo persiste. Decía Schumpeter que el marxismo logra resurgir una y otra vez, como las cabezas de una hidra. Y es porque se basa en un sentimiento persistente que precisa de análisis teóricos capaces de explicar, por ejemplo, por qué en la práctica tan buenas intenciones conducen a la pesadilla. Decía Donoso Cortés que el intento de crear un paraíso en la tierra haría salir sangre hasta de las rocas. Algo así ocurrió en nuestra guerra civil. Pero es necesario explicarlo en los propios términos en que los plantea el marxismo, y no resulta tan sencillo como algunos piensan.

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Sánchez es el único culpable
Editorial ABC 6 Enero 2020

Tal como estaba previsto, Pedro Sánchez no logró la mayoría necesaria para ser investido ayer, aunque lo logrará mañana en segunda votación. Así empezará su andadura el primer gobierno social-comunista de nuestra democracia, con el gravísimo añadido de estar sometido a la extorsión de partidos cuya voluntad de destruir España, y derogar el marco constitucional en que se asienta desde 1978, es innegable. Y peligrosa. El dato objetivo es que Sánchez necesita a ERC y a Bildu para poder gobernar, y por eso los protegió ayer como si fuesen unos aliados inofensivos. Sin embargo, aun siendo partidos legítimos, son profundamente inmorales y destructivos. No hace falta revisar la historia de cada uno de ellos. Ambos han sostenido y dado cobertura política a organizaciones terroristas, ETA y Terra Lliure, sobre cuya estrecha relación con ERC podría ilustrar Gabriel Rufián a los diputados. Ambos desnudaron ayer a Pedro Sánchez, humillándolo incluso, dando por dinamitados los consensos de la Transición y el espíritu del constitucionalismo. El Gobierno de la nación justifica, favorece e indulta al independentismo, aunque sea a costa de la más severa crisis de Estado que pueda vivir en más de cuarenta años de democracia. Sánchez tenía la opción de elegir entre los partidos respetuosos con la ley más allá de las diferencias ideológicas, o entre los partidos motores de una infamia política que va a enfrentar a media España con la otra media. Y dejó clara su elección.

Ayer el PSOE, a través de la presidenta del Congreso, permitió la vergüenza de que se reivindicase a Arnaldo Otegui como un preso político, y no como lo que es, un terrorista, con Esquerra aplaudiendo fervientemente el sacrificio de una dignidad parlamentaria ya perdida. Fue hiriente para las víctimas del terrorismo y para los millones de españoles que no quieren ver destruida su nación. Los presos de ETA son asesinos, criminales, secuestradores y extorsionadores, no mártires de una democracia manejada por Franco desde su tumba. Pero el PSOE calló. Incluso reprendió a los partidos que expresaron su indignación y la grosera perversión del reglamento de la Cámara para dar cobertura a quienes quieren convertir la política en la más miserable herramienta para acabar incluso con la monarquía. Se insultó al Rey y ni un solo escaño del PSOE hizo ademán de revolverse. La legitimación expresa que hizo Sánchez de los partidos que adopta como cómplices es de una irresponsabilidad extrema que debe pasarle factura cuanto antes. La nueva legislatura nace bajo el ataque sistemático de Podemos a los jueces, bajo las amenazas chulescas de ERC y con la desfachatez crecida de los herederos del terrorismo. En el PSOE no solo falta valentía. Falta la dignidad más básica y sobra obediencia debida a unos partidos sectarios, revanchistas y carentes de principios democráticos.

La sangre helada
Segunda jornada de la sesión de investidura de Pedro Sánchez
Editorial larazon 6 Enero 2020

El 16 de mayo de 2005, Pilar Ruiz Albisu, madre de Joseba Pagazaurtundua, asesinado por ETA dos años antes, escribió una carta al líder de los socialistas vascos entonces en la que le dejó una frase que hoy es todo un símbolo: «Dirás y harás muchas cosas que me helarán la sangre». Y añadió: «Hay muchos ciegos que serán leales a lo que hagáis, aunque nos traicionéis, porque sólo ven las siglas». Fue una premonitoria declaración que, de cuando en cuando, remueve la memoria democrática de este país marcada por uno de los episodios que constituyeron la mayor defensa de nuestra democracia: la resistencia contra el terrorismo nacionalista vasco. Ayer, sin embargo, vivimos un momento en el que se nos volvió a helar la sangre, precisamente en la segunda sesión de investidura, cuando la representante de EH Bildu, Mertxe Aizpurua, atacó directamente al Rey por su discurso el 3 de octubre de 2017 en defensa del orden constitucional en Cataluña ante la «deslealtad inadmisible» de la Generalitat. La representante abertzale dijo que España era un Estado «autoritario» y que la intervención de Felipe VI fue «una de sus expresiones más evidentes». Nada se puede esperar de los herederos de ETA, que en nada se han desdicho de sus crímenes, pero sí de la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, y sobre todo del presidente del Gobierno en funciones, allí presente en tan solemne sesión. No vamos a decir aquí lo que Pedro Sánchez tendría que haber replicado, pero hubiera bastado recordarle a quien profirió tan graves insultos que el Rey cumplió su papel y salió en defensa de la democracia en un momento grave para nuestro país. Pero no lo hizo, prefiriendo una réplica que no alterase su cálculo electoral: la abstención de los cinco diputados de EH Bildu es necesaria para la investidura de Sánchez. Es tal la fragilidad del candidato y tal su abulia moral, que prefiere dañar de raíz a las instituciones del Estado antes que molestar en algo al grupo de Otegi.
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En la misma línea actuó Batet, que ni siquiera aceptó aplicar el Reglamento del Congreso, que especifica claramente en su artículo 103 que los diputados serán llamados al orden «cuando profirieren palabras o vertieren conceptos ofensivos» contra las Instituciones del Estado. No lo hizo y no exigió a la representante proetarra a que retirase su palabras, añadiéndose así al cúmulo de insultos y descalificaciones han sufrido las instituciones del Estado –Poder Judicial y Jefatura del Estado con especial inquina– durante la investidura. En el Congreso se han oído discursos de los portavoces abertzales que dañaban la memoria democrática del país y de las víctimas del terrorismo, pero siempre han encontrado la respuesta justa de la presidencia de la Cámara y de todos los partidos constitucionalistas, incluido el PSOE. Lo que se vivió ayer fue la aceptación del discurso del nacionalismo radical vasco de entender a España y sus instituciones como un Estado autoritario, que ha sido el relato que se impuso durante el debate de investidura sin que Sánchez saliese en su defensa, dado que sus socios –Unidas Podemos, ERC, PNV y EH Bildu– no lo harán nunca.

Es, por otro lado, significativo que los abertzales se sumen al «proceso» independentista catalán, como vehículo para alcanzar los mismos objetivos –el derecho de autodeterminación– y como forma de desestabilizar al Estado. Pueden estar satisfechos, porque la investidura y los pactos que llevaran a Sánchez de nuevo a La Moncloa han supuesto una merma de la legitimidad de las instituciones democráticas. El gran logro de esta estrategia aventurera es haber creado un frentismo que supone acabar con el pacto de la Transición. Sánchez debería tener en cuenta que se corre un alto riesgo sumando a su frente a fuerzas como las herederas de ETA. Decía Pilar Ruiz Albisu en su carta: «La defensa de la vida y de la libertad y de la dignidad es más importante que el poder o que el interés del Partido Socialista».

La España en blanco y negro
Mentiras progresistas
Juan Fernández-Miranda ABC 6 Enero 2020

Por mucho que Sánchez vista su investidura de «esperanza», por mucho que trate de dibujar una derecha uniforme, intransigente y reaccionaria, y a pesar de las inmensas tragaderas del PSOE, quien dijo que no pactaría con populistas e independentistas no fue la oposición: fue Sánchez. ¿Qué opinarán los votantes socialistas que le votaron pensando que cumpliría su palabra?

El presidenciable Sánchez mintió ayer recurrentemente. Lo hizo, por ejemplo, al decir que UPN pactó con HB en 1991. No hubo tal acuerdo, es sencillamente falso, y así se lo explicó el diputado navarro Sergio Sayas. Pero a Sánchez le dio igual y volvió a decirlo porque necesita justificar su buenrollismo con los herederos de HB. «Con Bildu no se acuerda nada», dijo antes de las elecciones para atraer al votante socialista moderado; pero ayer calló cuando Mertxe Aizpurua -condenada por apología del terrorismo y nunca arrepentida- atacó a España y al Rey, entre otras lindezas. ¿Qué opinarán hoy esos votantes socialistas?

El socio prioritario de Sánchez postuló ayer a Alberto Garzón como ministro de Consumo. Casualmente, el líder de IU borró recientemente un tuit que escribió en 2012 y en el que decía lo siguiente: «El único país cuyo modelo de consumo es sostenible y tiene un alto desarrollo humano... es Cuba». Ese es el modelo. No lo digo yo, lo dijo Garzón. ¿Qué opinarán los votantes socialistas?

La fiel Adriana Lastra atacó ayer a Inés Arrimadas por su llamamiento para que algún «valiente» diputado del PSOE vote el martes en contra de la investidura. La acusó de llamar al transfuguismo, cuando Lastra sabe que ser tránsfuga es cambiar de partido, no votar en conciencia. Y Sánchez lo sabe, porque tiene el ejemplo muy cerca: la presidenta del Congreso se saltó la disciplina de voto del PSOE en 2013 al apoyar el derecho a decidir. ¿Es entonces, según la lógica socialista, Meritxel Batet una tránsfuga? No lo digo yo, lo dijo Lastra, en su afán por dibujar esa derecha en blanco y negro que tanto le gusta a este PSOE. Pero, ¿qué opinarán los votantes socialistas?

En su cínica impostura, la portavoz socialista fue capaz ayer, en la misma intervención, de dar las gracias al portavoz de ERC y acusar a «las derechas» de amenazar con un «golpe de Estado». Señora Lastra, el del golpe de Estado es el presidente del partido de Rufián. No lo digo yo, lo dice el Tribunal Supremo. ¿Qué opinarán los votantes socialistas del trato desigual a uno y a otros?

Incluso llegó a decir que el Gobierno de Rajoy consiguió «lo que nunca se había visto en España: trabajadores pobres». Lo dijo la portavoz de un partido que ha llevado a España en dos ocasiones al 20 por ciento de paro. ¿Qué opinarán los votantes socialistas al observar a Sánchez bailar acompasado con Garzón, Rufián y Aizpurua? ¿Esperanza o miedo? Esa es la auténtica España en blanco y negro

Anatomía de un instante
Un presidente servil ante los herederos del terrorismo. Otra frontera moral rebasada, otro dique político demolido
Ignacio Camacho ABC 6 Enero 2020

La verdadera vergüenza no estuvo en el discurso de la portavoz de Bildu. Eso fue sólo el resultado de la generosidad ingenua, o débil, de un régimen de libertades tan permisivo que concede voz y representación a los enemigos que pretenden destruirlo. La diputada Aizpurua, condenada en su momento por exaltación del terrorismo, no hizo otra cosa que retratar la catadura moral de su partido, heredero legal de una banda de asesinos. Tampoco cabía esperar otra cosa que la benevolencia de la presidenta del Congreso, obsequiosa en la interpretación del reglamento para no molestar a quienes al fin y al cabo debe su puesto. No: el oprobio para la dignidad del Estado democrático lo provocó la cordialidad con que Pedro Sánchez respondió a la oradora que había escupido sobre la Constitución, denigrado al Rey, humillado a las víctimas, reivindicado a un dirigente condenado por secuestro y calificado de «fraude» al sistema entero. El servilismo genuflexo con que, lejos de defender las instituciones y el ordenamiento, le agradeció su apoyo, la invitó a desarrollar puntos de encuentro y le dio la bienvenida a su proyecto. Una ignominia semejante carece de precedentes en este Parlamento. Nunca los testaferros de ETA habían gozado de tal deferencia, ni siquiera durante el proceso negociador de Zapatero. Ni en sus más optimistas sueños hubieran pensado que podían llamarse a más, ni cabía imaginar que un jefe del Gobierno se rebajase a menos. Ésta es, sin embargo, la cruda, amarga realidad del momento.

Le molesta oírlo pero el presidente le va a deber el cargo a los gestores del posterrorismo. Ni Esquerra, ni el señor de Teruel, ni Errejón, ni el Bloque gallego le sirven sin su auxilio. Otro límite roto, otra barrera moral sobrepasada, otro dique político destruido. Tienen razón Aizpurua, y Pablo Iglesias, y Rufián, cuando se ufanan de haber comenzado la demolición del «régimen del 78» para abrir una nueva etapa. Lo que quizá nunca supusieron es que contarían con la colaboración decisiva del partido que asentó la actual arquitectura democrática, mutado ahora en dinamitero de la legitimidad constitucional, en inexplicable agente ejecutor de su derribo entusiasta. La antigua socialdemocracia moderada que por unos cuantos votos, prescindibles al existir otra alternativa mayoritaria, ha sido capaz de permitir una exhibición de ruindad en la misma sede de la nación soberana.

Con todo, en esa mañana infame quedó congelada una imagen de reconfortante dignidad sobre la que Javier Cercas podría diseccionar otra «anatomía de un instante». Fue la de un hombre sentado dándole la espalda a la congresista filoetarra que desde la tribuna arrojaba lodo verbal sobre el intachable legado de su padre. Se llama Adolfo Suárez, como el protagonista de aquel otro gesto honorable. Y representa todos los ideales de convivencia arrumbados en esta España de Sánchez.

Esto no puede salir bien
Isabel San Sebastián ABC 6 Enero 2020

Salvo que, por milagro, algún diputado socialista o acaso el de Teruel Existe sufran un ataque de dignidad previo a la sesión parlamentaria de mañana martes, Pedro Sánchez será investido presidente del Gobierno con la mayoría más exigua de la historia democrática, alcanzada previo pacto de sumisión a Esquerra Republicana de Cataluña y Bildu. ¡Bonito timbre de gloria para el estandarte del puño y la rosa! El partido de Felipe González y Alfonso Guerra, el de Juan Carlos Rodríguez Ibarra y José Bono, el de Emiliano García-Page, Javier Lambán o Guillermo Fernández Vara, por mencionar únicamente a los vivos, aupado hasta La Moncloa por los herederos de una banda terrorista que asesinó a muchos de los suyos, unidos en comandita al más rancio independentismo supremacista catalán. Y tienen la desfachatez de llamarlo «progresismo». ¿Quién progresa con este engendro más allá de Rufián, Junqueras, Otegui, la apologeta de etarras Aizpurua y por supuesto el matrimonio Iglesias-Montero, que camina unido hacia la obtención de sendos ministerios sin el menor signo de rubor? No será España, desde luego, amenazada por las exigencias de estas fuerzas cuya razón de ser es destruirla, desgajando del conjunto a dos de sus regiones más ricas. Tampoco los ciudadanos españoles, cuya igualdad de derechos y oportunidades choca frontalmente con las pretensiones de esas formaciones nacidas para reivindicar privilegios y rasgos identitarios. Ninguno de los valores tradicionalmente defendidos por el socialismo sale reforzado de un pacto logrado a costa de agachar el testuz ante grupos que, por su naturaleza, ideario e historial serían ilegales en muchas democracias consolidadas de nuestro entorno. Los únicos beneficiarios del mismo son los citados chantajistas, que jamás soñaron con llegar a tanto, y el propio Sánchez... de momento.

El líder socialista se dispone a tocar el cielo, pero su éxito será efímero. No hace falta una bola de cristal para vaticinarlo. Basta haber asistido al debate de investidura y escuchado la sarta de barbaridades que engulló, sin rechistar, en su afán por alcanzar el poder a cualquier precio. Amenazas explícitas y descalificaciones personales de Rufián, ofensas al Rey, a la Justicia y a la Nación de Aizpurua. Desprecio escupido a su rostro con infinita chulería, soportado por su bancada en actitud de humillación absoluta. ¿Hasta cuándo será capaz de tragarse el PSOE esa mercancía pútrida? ¿Cuántos plazos podrá pagar a sus extorsionadores? Sin poner patas arriba el Estado de Derecho, no muchos. Sánchez será investido, pero no conseguirá gobernar, salvo que se embarque en un proceso revolucionario. El apaciguamiento es pan para hoy y hambre para mañana.

En esto consistía el «proceso» que puso en marcha Zapatero, asignándole el apellido falsario de «paz». Una enmienda en toda regla al régimen del 78. La voladura de la España constitucional, del imperio de la Ley, que a decir del candidato ya no basta para defender el sistema democrático, de la Monarquía, impunemente atacada desde la tribuna del Congreso con el aval de su presidenta, y de la soberanía nacional de los españoles, fraccionada por comunidades autónomas con la aceptación de «consultas» impuestas por los separatistas. La liquidación de todos los consensos que nos han brindado los años de mayor prosperidad de nuestra historia. Ese es el plan de la coalición que ha encumbrado a Pedro Sánchez y por eso ha contado su Frankenstein con el respaldo de Bildu y ERC. Está por ver ahora hasta dónde se atreve a llegar el socialista en sus ataques a la Carta Magna y cuánto margen de actuación le dejan los indeseables que le acompañan.

Sánchez pacta con ERC usar la Fiscalía para bloquear los procesos por delitos separatistas
Carlos Cuesta okdiario 6 Enero 2020

Pedro Sánchez sabe que no puede sacar de los tribunales de forma legal las causas penales abiertas por delitos relacionados con el separatismo. Pero lo ha pactado con ERC. Y eso supone que el mecanismo que usará rebasará los límites legales. Un mecanismo basado en entrometerse y presionar a la Fiscalía para intentar rebajar las peticiones de pena y las calificaciones de los delitos, de forma que, en la práctica, haya menos condenas.

Sánchez ha asumido con ERC el compromiso de vaciar los tribunales de causas abiertas contra los separatistas. El pacto invade de este modo la independencia judicial y pisotea la capacidad de actuación de la Fiscalía al asumir, como compromiso de Gobierno, “el reconocimiento del conflicto político y la activación de la vía política para resolverlo […], superando la judicialización del mismo”.

La frase introducida en el pacto entre el PSOE y ERC señala lo siguiente: "Partimos del reconocimiento de que existe un conflicto de naturaleza política en relación al futuro político de Catalunya”. Y, como solución plantea que “como cualquier conflicto de esta naturaleza, sólo puede resolverse a través de cauces democráticos, mediante el diálogo, la negociación y el acuerdo, superando la judicialización del mismo”.

“Superar la judicialización” es la fórmula que han empleado tradicionalmente los separatistas para referirse a la paralización de los juicios contra los acusados de delitos separatistas -desde los producidos en los ataques callejeros, la utilización de espacios públicos para poner los lazos amarillos o hasta incluso directamente los de terrorismo-.

Hay que recordar que son varios los delitos relacionados con separatismo que están siendo juzgados en estos momentos. La Audiencia Nacional, sin ir más lejos, decretó recientemente la libertad bajo fianza de 5.000 euros para Ferran Jolis, uno de los miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR), investigados por integración en organización terrorista.

Hace menos de un mes el tribunal dejó en libertad bajo fianza a Xavier Duch, Eduard Garzón y Xavier Buigas, que cumplen medidas cautelares, como la comparecencia semanal ante el juzgado, la prohibición de salir de España y la fijación de un teléfono, domicilio y persona de contacto para recibir cualquier tipo de comunicación judicial. Todo ello tras haber sido detenidos por tenencia de material explosivo dentro de los preparativos de un atentado.

El propio Quim Torra ha sido inhabilitado por poner lazos amarillos en sedes públicas. Y Carles Puigdemont está pendiente de juicio por el golpe separatista del 1-O. Todo ello sin contar con los presos condenados ya -encabezados por el líder de ERC, Oriol Junqueras– que cumplen penas por sedición y malversación; y con una larga serie de delitos que se completan ya judicialmente y que afectan a grupos de CDR o Tsunami.

Vaciar esas causas de los tribunales es imposible legalmente. Por eso Sánchez pretende quitar del cargo a la actual fiscal general, María José Segarra, y presionar a partir de ese momento a los fiscales con el fin de lograr un trato más favorables desde el Ministerio Público para los delincuentes relacionados con causas separatistas.

Pedro Sánchez, puerta grande o enfermería
Javier Caraballo elconfidencial 6 Enero 2020

Cada vez que el Partido Socialista se ha acercado a Esquerra Republicana, ha salido corneado, lo cual convierte la estrategia de Pedro Sánchez en esta legislatura en una apuesta de alto riesgo en la que, como en el clásico taurino, solo hay dos posibles salidas, puerta grande o enfermería.

El propio Pedro Sánchez debe ser el primero consciente de la tesitura en la que se encuentra y de las consecuencias que tiene la decisión que ha tomado, ese Gobierno de coalición con Podemos apoyado en el Congreso por un arco parlamentario heterogéneo en el que destaca Esquerra Republicana; por eso ha repetido en esta sesión de investidura que es una persona que se crece en los peores momentos, como le ha sucedido otras veces, siempre al borde del abismo, desde que ascendió a la secretaría general del PSOE. “Trabajo mucho mejor bajo presión”, dijo en uno de los momentos del debate. Cuando salga elegido presidente en la última sesión de este debate de investidura, la presión constante no va a faltarle, porque le va a llegar desde todos los frentes: desde el propio Consejo de Ministros, por la tentación de algunos ministros de seguir ejerciendo de 'antisistemas', y, desde Esquerra Republicana, por la historia de deslealtad que puede volver a repetirse en su intento de normalización de la revuelta catalana. Pero si consigue embridar el enorme embrollo de Cataluña, habrá resuelto la mayor crisis institucional que hemos conocido. Puerta grande o enfermería, está claro.

La mayor apuesta, una vez que el riesgo de sorpaso electoral de Podemos parece haber quedado definitivamente amortizado en los últimos ciclos electorales, en los que el PSOE ha recuperado la hegemonía política de la izquierda y el ‘voto útil’, está en el intento de reconducir el conflicto de Cataluña a la vía constitucional. Si el PSOE consigue eso, si logra que los independentistas catalanes renuncien, como han hecho los vascos, a la unilateralidad, podrá decirse que la democracia española ha superado definitivamente el intento de golpe de Estado que se produjo en el otoño de 2017, cuando los dirigentes de la Generalitat declararon la independencia después de convocar un referéndum ilegal. No es pequeño, ni baladí, el reto que se ha marcado Pedro Sánchez en esta legislatura, no, sobre todo por la desconfianza que suscitan los independentistas catalanes, demostrada en la historia.

Antes de entrar en eso, en todo caso, conviene repasar levemente lo sucedido hasta ahora, sobre todo para aquellos que se recrean con el pensamiento tremendista e inexplicable de que los independentistas le han ganado el pulso al Estado de derecho: los que protagonizaron aquella revuelta fueron encarcelados, condenados en sentencia firme y, por ello, llevan en prisión casi dos años y medio. Quien ha vuelto a burlar la ley desde entonces, como Quim Torra, ha sido condenado y los que se fugaron para huir de la ley no se atreven a volver a España porque saben que les ocurrirá lo mismo. Si, una vez que la Justicia ha actuado, el Gobierno de la nación logra que los independentistas acepten de nuevo el marco constitucional y autonómico, la gravísima crisis institucional que estalló en España en octubre de 2017 se habrá superado. Conviene remarcar lo de volver al marco constitucional porque, digan lo que digan los portavoces de Esquerra, no existe otra posibilidad de diálogo más que aquel que se produzca dentro de la Constitución; lo contrario convertiría al presidente del Gobierno en un presidente delincuente y su pacto en una ilegalidad. Con lo cual, en lo que se refiere a los independentistas, atendamos a los hechos y prescindamos de las provocaciones.

El principal recelo, o presagio, de que Esquerra Republicana acabará traicionando al PSOE está, como se decía antes, en la historia, porque cada vez que ha sucedido algo similar, lo ha acabado haciendo. Los dirigentes de Esquerra, como hace su portavoz, Gabriel Rufián, recalcan que ellos no engañan a nadie, que son demócratas que siempre han defendido la independencia. Es verdad; lo que se les olvida añadir es que un demócrata no conspira contra las leyes de la democracia, sino que las acata. Y es lo que no hace Esquerra, nunca lo ha hecho, y el PSOE es el que más lo ha pagado. Le ocurrió en la Segunda República, cuando declararon de forma unilateral la independencia de Cataluña, después de haberse aliado y comprometido con los demás partidos para instaurar un nuevo régimen en España.

El dirigente socialista Indalecio Prieto dejó dicho en el Congreso: “En los 32 años de vida política que llevo, no he conocido un caso de deslealtad más característico que el realizado por los republicanos catalanes con relación a lo que en el Pacto de San Sebastián se convino”. Con la democracia, ha ocurrido igual, otra vez lo mismo. Después de que el catalanismo aceptara en el Congreso el marco autonómico como única aspiración en las Cortes constituyentes, la deriva ha sido constante, acelerada a partir de aquel Pacto del Tinell de 2003 y la reforma del Estatuto con Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno. La sentencia del Tribunal Constitucional fue solo la excusa que se estaba buscando para armar la insurrección del otoño de 2017. Igual que Indalecio Prieto en la República, en las elecciones generales de abril de 2019, la actual presidenta del Congreso, Meritxell Batet, dijo también que “Esquerra Republicana no es de fiar”.

Veremos qué ocurre en los próximos meses, ya que la comparación con cualquier tiempo pasado siempre es inoportuna porque el entorno político, económico y social se va modificando; la diferencia es abismal si se compara, desde luego, con los años treinta del siglo pasado, como se está haciendo. Ahora, en esta España democrática del siglo XXI, plenamente asentada en la Unión Europea, es la propia Esquerra Republicana la que tiene la necesidad de encontrarle una salida a la unilateralidad en la que se embarcó. El fracaso más elocuente es el nulo apoyo internacional, y los dirigentes independentistas lo saben. La aspiración más razonable ahora es la de desarmar la unilateralidad, desprenderse de los elementos más radicales del independentismo y optar a una nueva etapa en la Generalitat sin el lastre de Puigdemont. Antes, les dirán traidores, 'botiflers'. A su modo, también ellos deben tener la sensación de que con este acuerdo con el PSOE les ocurre lo mismo que a Pedro Sánchez, puerta grande o enfermería.

El presidente-indecente
No puede ser creíble un Gobierno solidario y progresista cuando se establece una diferencia entre el pueblo llano y los pueblos elegidos
Rubén Amón elconfidencial 6 Enero 2020

Entre prisas, resacas y pascuas militares, la siniestra investidura de Pedro Sánchez merecería haberse urdido en la clandestinidad, alevosa y nocturnamente: un Gobierno que se exilia de la Constitución y que se encomienda a la extorsión del soberanismo incurriendo en el problema nuclear de la desigualdad entre españoles. ¿Cómo pueden pavonearse Sánchez e Iglesias de haber apuntalado un gran proyecto social, solidario, cuando el soborno de ERC implica una diferencia jerárquica y hasta categórica entre catalanes y no catalanes?

No puede hablarse de igualdad ni de justicia mientras las ambiciones de Sánchez las hayan subordinado a una temeraria subasta de privilegios territoriales e identitarios. La propia abstención de Bildu proporciona a la orgía soberanista un obsceno argumento de euforia. No puede hablarse de un proyecto progresista. Lo contradice el populismo justiciero de Iglesias y lo contraindica la regresión nacionalista de los pueblos elegidos, pero ocurre que Sánchez se ha convertido en acelerador y benefactor providencial del sueño cavernario. Derecho tenía a la investidura porque no había alternativa posible, pero el patriarca narcisista ha decidido ungirse de cualquier manera y a cualquier precio. Así se desprende del memorial suscrito con ERC y amparado por los frailes del PNV. No hace falta resucitar a Umberto Eco para escudriñarlo. El texto de la vergüenza no dice nada escrutado en diagonal o leído con el monóculo de Carmen Calvo, pero lo dice todo en sus requiebros escolásticos: el referéndum, la mesa simétrica entre gobiernos, la mordaza a los procedimientos judiciales, el libro prohibido de la Constitución.

Avergüenza el silencio de las baronías, su implicación en la 'omertà'. La Península de las ocho naciones que postulaba Iceta sobrentiende la humillación de los territorios mesetarios y 'extremoduros', pero el cesarismo de Sánchez y la cobardía de sus virreyes han enmudecido la dignidad del PSOE. Que no es un partido socialista, es un partido sanchista en la identificación enfermiza con el líder, en la abrasión de sus principios, en la capitulación de sus ideas.

Merecía Sánchez el bochorno al que lo expusieron los partidos constitucionalistas, pero los contratiempos y los episodios altisonantes que se han amontonado este fin de semana va a convertirlos él mismo en una nota a pie de página del 'Manual de resistencia'. La investidura que mañana profana el principio de convivencia ha explorado todos los límites de la capacidad adaptativa, del cinismo y de la decencia. Bien se la discutió Sánchez a Mariano Rajoy en aquel debate televisado de diciembre de 2015. “Usted no es decente”, objetó entonces el candidato del PSOE a propósito de las corruptelas genovesas. Cuatro años después —y parece que han pasado 10—, Sánchez se apropia de la indecencia para asegurarse el trono de la Moncloa. Y para encubrirse en una conspiración de factores fácilmente manipulables: le ha beneficiado la indecorosa indolencia de Casado; ha prometido convertir Teruel en Shangri-la; se ha arropado en la superioridad moral que la izquierda se atribuye a sí misma; han olvidado sus mentiras los profetas de la prensa progre, y se han multiplicado a su favor los voceros del Apocalipsis.

A Sánchez le convienen sobremanera las hipérboles reaccionarias que evocan la Guerra Civil o que comparan el nacionalismo con el 'nazionalismo'. Las menciones al Frente Popular, las extrapolaciones históricas e histéricas de Abascal, las prédicas cainitas de la caverna ultraderechista se utilizan desde la izquierda política y mediática como la demostración de que no había otro camino posible al emprendido por Sánchez en aras de la justicia social.

Y no es verdad. El presidente en funciones —todavía hay esperanza— ha despreciado la alternativa constitucionalista, ha vejado la propuesta de Inés Arrimadas y ha forzado una crisis institucional que socava la separación de poderes, que degrada la Justicia —“la deriva de los tribunales”, llegó a decir Sánchez el sábado— y que convierte la legislatura en una amenaza al modelo de convivencia territorial. No hace falta exagerar la gravedad del sanchismo con relatos catastrofistas y nostalgia guerracivilista cuando el sanchismo ha acreditado por sí solo y por sí mismo la temeridad y la irresponsabilidad de un proyecto sometido a la estricta supervivencia del timonel. Ya quisiéramos que fuera el suyo un programa clarividente, una visión de Estado. Ya nos gustaría que la sumisión al chantaje del soberanismo resolviera la clave de bóveda del problema catalán. Nos maravillaría incluso que Pablo Iglesias mutara en un sublime exégeta de la Constitución, pero fue el propio Sánchez hace unas semanas quien inculcó en la opinión pública la angustia que supondrían para España un Gobierno y una legislatura expoliadas entre los vaivenes del populismo y el nacionalismo.

La unción del presidente-indecente predispone un periodo de estremecimientos políticos e institucionales. Sánchez ha precipitado una desproporcionada prueba de estrés al 'sistema'. No es sencillo demolerlo, porque reviste más solidez de la que muchas veces aparenta —las instituciones, los partidos, la tutela de la UE, los mercados...—, pero el mayor optimismo de la danza macabra de Frankenstein proviene de la incorregible relación de Sánchez con la mentira. Su palabra no tiene valor. Y no pueden fiarse de ella ni Iglesias ni Junqueras.

El problema es que no está jugando a las cartas con su dinero, sino con la credibilidad del Estado y con la decencia de la democracia. Cuánto desparpajo tuvo Sánchez ayer para vengar el discurso del PP y de Cs. Y qué silencioso se mantuvo cuando la portavoz de Bildu se despojó del pasamontañas y soltó entre los presentes la serpiente de la paz.

La podemización del PSOE, la balcanización de España
Iglesias ha impuesto su discurso y sus propuestas a Sánchez. En el PSOE creen que la estrategia es acertada, pero minusvaloran al jefe de Podemos, que ha muerto y resucitado en menos de un año
Álvaro Nieto vozpopuli.es 6 Enero 2020

Si algo ha quedado claro en las dos primeras sesiones de la investidura clandestina que ha forzado Pedro Sánchez en mitad de las fiestas navideñas es que el Partido Socialista ha sucumbido a los encantos de Podemos. Pablo Iglesias, un líder que estaba medio moribundo y que llevaba tres elecciones generales perdiendo votos y la amistad de los que montaron el partido con él, ha conseguido lo que parecía imposible: resucitar y gobernar sin ni siquiera ser el presidente. Y lo ha logrado gracias a la debilidad del líder del PSOE, que cuando ha visto amenazado su puesto tras el fiasco de las elecciones del 10 de noviembre se ha echado en brazos de Iglesias para salvar el pellejo.

Sánchez, que ha dado sobradas muestras ya de que sus principios son volubles, ha decidido sobrevivir cediendo en todo lo que le han pedido unos y otros para tener a cambio esos 167 votos con los que este martes presumiblemente saldrá elegido. Iglesias no sólo coloca cinco ministros en el Gobierno (él mismo y su pareja incluidos, en un extraordinario caso de nepotismo que nadie se atreve a denunciar), sino que ha conseguido que sus propias tesis y postulados se abran paso en el programa de Gobierno y hasta en la dialéctica empleada por los dirigentes del PSOE.

De Batet a Lastra
La primera muestra de esa podemización se vio el sábado cuando el candidato socialista prometió en su discurso poner fin a la “judicialización del conflicto político de Cataluña”, como si un presidente del Gobierno por sí mismo pudiera ordenar a los jueces que dejen de perseguir a todos aquellos que infringen la ley. Y algo parecido sucedió cuando tanto el sábado como el domingo Sánchez permaneció impasible ante los constantes ataques a la democracia española que profirieron en sus discursos los portavoces de los grupos independentistas y nacionalistas, y que tuvieron como punto culminante las intervenciones de Bildu y de la CUP. El líder del PSOE estuvo callado cuando se tildó al Rey de "autoritario" y toda su bancada prefirió aplaudir a la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, cuando esta defendió como libertad de expresión los ataques a las instituciones que se estaban produciendo desde la tribuna. Y el colmo de la deriva del PSOE se vio en la intervención de la portavoz del grupo socialista, Adriana Lastra, que llamó extremista a todo aquel que osara votar en contra de su candidato y que acabó elogiando la responsabilidad de Gabriel Rufián, el excéntrico portavoz de Esquerra Republiana de Catalunya (ERC), ese mismo que hace tres años provocó la declaración de independencia cuando Carles Puigdemont pretendía anticipar las elecciones autonómicas.

Los aliados del Gobierno tienen serias dudas de que este repentino travestismo de un partido con 140 años de historia y que ha gobernado España con seriedad en el pasado vaya a mantenerse mucho tiempo. Son conscientes de que Sánchez no es de fiar. Y la prueba es que en la dirección del PSOE justifican esta deriva como pura estrategia electoral: una vez hundido Ciudadanos, ahora toca el turno de acabar con Podemos. Es la famosa teoría del abrazo del oso, según la cual Sánchez se mimetiza con Iglesias para dejarle sin espacio y que desaparezca en los próximos comicios.

El problema es que Sánchez minusvalora a Iglesias y su cuadrilla. Los dirigentes de Podemos tienen muy claro su modelo de país. Llevan años aplicándolo en Latinoamérica, donde han sido asesores de varios gobiernos. Es verdad que los ministerios que gestionarán son meros floreros sin mayor trascendencia, pero no conviene caer en el error de creer que Iglesias se quedará manso como un corderito por haber tocado al fin moqueta.

No obstante, si el problema fuera Podemos, la cosa no sería tan grave. El verdadero desastre es que el nuevo Gobierno no sólo pretende llevar a cabo la agenda del populismo neocomunista español, sino que necesita para sostenerse a todos los enemigos declarados de España (Bildu, ERC, BNG…) y como consecuencia de ello Sánchez ha tenido que prometer lo que en circunstancias normales ningún político sensato habría prometido.

España ya está rota
“España no se va a romper”, dijo el candidato nada más tomar la palabra en su discurso de investidura. En efecto, no se va a romper porque, de hecho, España ya está rota desde el mismo momento en que el Congreso salido de las urnas el 10-N está compuesto por 22 formaciones políticas diferentes, la inmensa mayoría de las cuales sólo están preocupadas por sacar tajada para su territorio, sin importarles para nada el interés general. Y Sánchez, en vez de buscar soluciones para evitar una mayor fragmentación en el futuro, lo único que ha hecho es premiar todos esos egoísmos nacionalistas entregando a cada cual lo que le han pedido con tal de ser elegido presidente.

El caso más extremo y paradójico es el de Teruel Existe, un partido nacido como consecuencia del cabreo de una provincia que se considera históricamente maltratada y que ha ‘logrado’ la vaga promesa de que se construirán varias carreteras en su comarca… pero sin importarle que con su apoyo a Sánchez se aplicarán también otros acuerdos con el PNV y ERC que lo único que persiguen es prolongar los privilegios para dos de las regiones más ricas de España: País Vasco y Cataluña.

Por tanto, la estrategia seguida por Sánchez para ser investido no sólo convierte al PSOE en un partido mucho menos moderado de lo que era, sino que premia a los que se saltaron la ley para declarar la independencia y alienta nuevos fenómenos disgregadores en territorios que puedan sentirse agraviados: ahí está ya el ejemplo de León y otros movimientos por el estilo que se están preparando en Soria, Cartagena o Extremadura, por citar sólo tres de ellos.

Estamos, pues, ante la progresiva balcanización de España, fruto de un fallido Estado de las autonomías y de una nefasta ley electoral que lo único que han fomentado es el cantonalismo. La culpa de ello no es de Sánchez, por supuesto, pero para los anales de la historia quedará como el presidente del Gobierno que, cuando el sistema dio las más claras señales de agotamiento, prefirió darle la puntilla en lugar de buscar un consenso con las fuerzas moderadas para propiciar su reforma.

Lo que viene a partir de ahora es un territorio inexplorado, pero muy peligroso si se tienen en cuenta los precedentes en la propia Europa. Sánchez cree que puede domar al tigre, pero no se da cuenta de que es muy difícil engañar a todo el mundo todo el tiempo. Él cree que podrá contentar a sus socios con cuatro o cinco medidas cosméticas, pero eso no les calmará porque ellos no quieren una España mejor, sino vivir en otro país. Cuanta más cuerda dé a los independentistas, peores serán las consecuencias. Y la única esperanza que nos queda es que, dados sus continuos cambios de opinión, más pronto que tarde abandone la senda del podemismo y deje de dar alas a los que pretenden destrozar España.

La historia mentida
Juan Van-Halen ABC 6 Enero 2020

Comienzo con una evocación gozosa. En el viejo castillo de Luc de Clapiers, marqués de Vauvenargues, moralista francés del XVIII, está enterrado Pablo Picasso que lo compró en 1958. Conocí las lúcidas máximas del marqués en la excelente traducción de Manuel Machado. Dejó escrito que «todos los hombres nacen sinceros y mueren mentirosos», mientras Cioran, en exceso generoso, concluyó que «la mentira es una forma de talento». Trapacería o valor intelectual, la mentira invita a la reflexión.

Padecemos una interesada memoria histórica, concepto ya de por sí falso según el certero juicio de Gustavo Bueno. Se trata de una Historia mentida, manejada con pertinacia por cierta izquierda. Cuando la mentira se hace colectiva adquiere la fuerza de una verdad. Sobran los ejemplos. Refrescaré una reiterada falsedad histórica, atendiendo a lo que parece nos espera: la bondad casi angelical de la Segunda República. Quienes desean una tercera experiencia republicana declaran, por ceguera o ignorancia, que su ejemplo es aquella república fallida. Para Huxley «la más grande lección de la Historia es que nadie aprende las lecciones de la Historia».

El régimen del 14 de abril de 1931 no nació de la voluntad nacional expresada en las urnas; llegó desde una inducida movilización callejera tras unas elecciones municipales que en el conjunto de España ganaron las candidaturas monárquicas. El comité revolucionario, nacido del Pacto de San Sebastián en agosto de 1930, se autonombró, sin título legítimo alguno, Gobierno provisional de la República. En menos de un mes se produjo la quema de conventos; ardieron más de cien edificios religiosos sin que actuasen los bomberos ni la Policía, salvo para impedir que el fuego dañase los edificios colindantes. Azaña, presidente del Gobierno, reaccionó: «Ni todos los conventos de Madrid valen la vida de un republicano». Pero ninguna vida estaba en peligro.

La Constitución republicana de 1931, no sometida a referéndum, representó a una mitad de España contra la otra mitad. El presidente de la Comisión Constitucional, Luis Jiménez de Asúa, la definió en el Congreso como «una Constitución avanzada, democrática y de izquierda». No se contemplaba una república de derecha. Ese grave lastre fue el motivo último de su fracaso.

En 1933 el centro-derecha ganó las elecciones y la izquierda amenazó con acciones violentas si accedían al poder los triunfadores. Ante las presiones, Gil Robles, líder de la CEDA, coalición vencedora, renunció a encabezar el Gobierno. Un año después Lerroux, del Partido Republicano Radical y presidente del Gobierno, incorporó a tres ministros cedistas, y la izquierda cumplió su amenaza: la revolución de Asturias del 6 de octubre de 1934 contra el Gobierno legítimo. Hubo cerca de 2.000 muertos y graves daños en edificios históricos como la catedral de Oviedo y la universidad.

Lluís Companys, de ERC, presidente de la Generalitat, aprovechando la situación, proclamó «el Estado catalán dentro de la República Federal española». Aquel golpe de estado fue sofocado a cañonazos, con escasas víctimas, por el general Domingo Batet, jefe del Ejército en Cataluña. Suspendida la Generalitat, Companys y sus consejeros fueron juzgados y condenados a treinta años de prisión.

Días antes «El Socialista» amenazaba, 27 de septiembre de 1934: «Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado». Y el 30 de septiembre: «Nuestras relaciones con la República no pueden tener más que un significado: el de superarla o poseerla». La revolución de Asturias llevó a escribir al exministro e intelectual republicano Salvador de Madariaga: «Con la rebelión de 1934 la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936».

Ante las elecciones de febrero de 1936, Largo Caballero anunció: «Si triunfan las derechas tendremos que ir a la guerra civil declarada». Y más tarde: «Ahora, después del triunfo, se precisará salir a la calle con un fusil al brazo y la muerte al costado». El Frente Popular ganó los comicios pero aquel resultado es todavía discutido. Hubo amenazas, secuestros de urnas y violencia en muchos distritos electorales, y la posterior intervención de la Comisión de Actas del Congreso, presidida por el socialista Indalecio Prieto, hizo bailar decenas de escaños a favor del Frente Popular. Pocos creen hoy que no hubo fraude. Companys y el resto de los condenados por el golpe de estado de octubre de 1934 fueron amnistiados. Es la libertad que esperan de Sánchez nuestros nuevos golpistas. Montesquieu hace tiempo que es un molesto recuerdo.

Las libertades democráticas fueron vulneradas repetidamente durante la Segunda República que, además, vivió una espiral de violencia, como reflejan los «Diarios de Sesiones» del Congreso. Repasar los periódicos de la época es un ejercicio saludable. Las intenciones de socialistas y comunistas estaban claras si perdían las elecciones de 1936. Y, a medio plazo, también si las ganaban. Con el prólogo del asesinato del líder opositor Calvo Sotelo por policías y pistoleros socialistas, fracasado el golpe militar del 18 de julio, el país desembocó en la tragedia de la guerra civil.

Lenin predijo ya en 1920 que «el segundo país de Europa que establecerá la dictadura del proletariado será España». A ese fin se empleó Stalin en la guerra civil, potenciada su intervención tras los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona; una guerra dentro de la guerra, como cuenta George Orwell, testigo de aquella sangría. Su vanguardia armada fueron las Brigadas Internacionales. Muchos combatientes del bando republicano no defendían la democracia sino planteamientos revolucionarios totalitarios.

Recordar todo esto acaso llegue a ser delictivo, merced a la nueva ley de Memoria Histórica que nos amenaza. El mentiroso más acreditado es el que cree sus propias mentiras. Hay mentirosos perennes que, a veces, llegan a ocupar altas responsabilidades y, pese a que sus falacias son públicas y notorias, no reciben rechazo social, incluso son jaleados por una abulia y una comodidad generalizadas, convertidas en corrección política. Pienso en el caso de Sánchez, ese mentiroso pertinaz.

Padecemos una Historia mentida en una realidad social en la que abundan la falta de «relato» y la credulidad. Como recordaba Eduardo Serra Rexach en una reciente Tercera «carecemos de un verdadero proyecto nacional que nos aúne alrededor de un objetivo común». Sánchez pacta con quienes ansían acabar con la Monarquía, la Constitución y la unidad de España. ¿Lo harán por el método del 14 de abril, con movilizaciones callejeras, añadiendo esta vez un referéndum cocinado? Sería ingenuo confiar en que se siga la vía constitucional para acabar con la Constitución. ¿En manos de quiénes estamos? Y la sociedad, muda.
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Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la historia y de bellas artes de san fernando

La investidura (falaz) de Sánchez I, el Insomne
Carlos Mármol cronicaglobal 6 Enero 2020

La suerte está echada y la investidura casi resuelta, pero el presente inmediato de eso que todavía nos atrevemos a llamar España augura un desastre político duradero, de dimensiones colosales y equivalente al que se vivió hace ahora más de un siglo. Concretamente en 1898, cuando se perdieron las últimas colonias de ultramar --vestigios postreros de un imperio en decadencia-- y el país real se hundía en la miseria moral al mismo tiempo que sus élites acudían a los toros, previo paso (espirituoso) por el casino del pueblo.

El sistema institucional de la Restauración, basado en un turnismo de conveniencia creado para evitar las tentaciones revolucionarias, se venía definitivamente abajo, el caciquismo consolidaba su poder (el mayorazgo) en todos los villorrios y la vida social quedaba supeditada a los dogmas eclesiales. Los intelectuales de aquel tiempo se preguntaron por el significado de España, ese arcano, y propusieron una reforma del país que lo librase de la ignorancia, el atraso secular y la corrupción endémica. Querían, cada uno a su modo, resucitar una patria cultural que parecía anímicamente muerta.

Tras ver el debate de investidura de Pedro I, el Insomne, uno se pregunta cómo es posible que, igual que entonces, el regeneracionismo político terminara quedándose en la cuneta del olvido mientras los extremismos (populistas) crecían sin cesar. Los reformistas en España parecen ser animales mitológicos. En cambio, la partitocracia de la Transición ha logrado el milagro de que los intereses generales queden desplazados por un nuevo tiempo --que en realidad es muy viejo-- regido por “las identidades territoriales”.

Nuestra democracia, sin duda, es una obra maestra: no resuelve ni uno de los problemas de la calle, pero sí permite que los representantes políticos jueguen con las instituciones --de todos-- a su capricho, como si fueran coches de choque. Sánchez está logrando hacer historia: revalidará la presidencia del Gobierno con muchos de los apoyos de la moción de censura contra Rajoy pero, al contrario que entonces, estos votos ya no son gratuitos, sino tan costosos que suponen la alteración de facto del orden constitucional. Por supuesto, no se trata de ninguna tragedia. En absoluto. Sólo es el inicio de la anarquía que siembra el relativismo político, que en el caso concreto del líder socialista se ha convertido directamente en nihilismo. O en abulia. El procés catalán ya contamina por completo la vida pública española.

Los dos puntos esenciales en los que se sustenta la naciente mayoría parlamentaria --legítima, pero criticable-- son el supremacismo del interés político sobre la verdad judicial --sea ésta la que sea-- y la destrucción --en el orden intelectual-- del principio de legalidad, que es sustituido por los dogmas nacionalistas sobre la identidad colectiva. Ambas cuestiones son dos absolutos dislates. Es necesario decirlo de entrada, con las palabras exactas y sin caer en las trampas del lenguaje a la que nos tienen acostumbrados los impostores que quieren pasar a la historia como héroes.

Sobre el primer punto, aplicado a la crisis catalana, la trampa semántica no puede ser más gruesa. Afirmar que hay que terminar con la "judicialización de la política", tal y como plantean los nacionalistas y ha terminado asumiendo el PSOE, supone en realidad politizar la justicia, uno de los poderes del Estado que debería operar al margen de presiones, intereses y conveniencias. Montesquieu no va a resucitar. Eso está claro. Dar por bueno que la fontanería política está por encima de la ley (democrática) significa desconocer lo que significa la democracia --el cumplimiento de las leyes-- y conceder una suerte de inmunidad genética a las nuevas élites políticas, que de esta forma quedarían al margen del único instrumento democrático de control que existe en cualquier sociedad civilizada. No es demasiado diferente a un pacto entre mafiosos, que piensan que sus negocios son cosa suya, en lugar de nuestra. Con respecto a la crisis catalana, supone avalar a quienes malversaron el dinero público y cometieron sedición.

No es de extrañar que los nacionalistas estén crecidos: nadie, hasta ahora, había llegado al grado de emulación de Sánchez, que ha pasado de no cogerles el teléfono a cargar contra las propias instituciones del Estado que representa en su calidad de jefe del Ejecutivo, alimentando de esta manera a escala nacional la polarización social que ha llevado a Cataluña a una situación prebélica; situándose junto al populismo nacionalista y abandonando la senda constitucional, única fuente de legitimidad de su Gobierno. “Si no hay Dios, todo está permitido”, decía Raskólnikov, el protagonista de Crimen y Castigo, la novela de Dostoyevski. Si aplicamos este principio a lo acordado por los socialistas con los nacionalistas, obtenemos las razones de Rufián: sin ley, la amnistía (de los políticos presos) cae por su propio peso. En caso contrario, no habrá legislatura. Ni Moncloa.

El segundo elemento del pacto es todavía más perverso: la sustitución de la razón legal, consagrada en la Constitución, por la razón sentimental de las identidades territoriales. Una fórmula que, sin necesidad de respetar los cauces ortodoxos de reforma de la Carta Magna, imposibles de alcanzar de forma limpia, viene a dinamitar el Estado de Derecho. La España que Sánchez ha acordado con Podemos y los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos (es muy significativo que en este pacto entre caciques no se incluya a Andalucía) es la del retorno a la tribu, en tanto en cuanto la igualdad entre los ciudadanos --un principio republicano-- desaparece en favor del neovasallaje territorial, donde serán los nacionalistas los que decidan qué rasgos debe tener cada individuo para ser incluido dentro de su patrón identitario. Alterar “la estructura del Estado en función de las identidades territoriales” no es crear una España mejor. Es socavar los acuerdos de todos (sin la participación de todos).

Ningún Estado moderno puede fundarse sobre las arenas movedizas de las utopías regresivas. Este camino conduce al saqueo (sentimental) del presupuesto común, que es la estación término donde ansían llegar todos los nacionalistas, sin excepción. El único pilar de las sociedades razonables es la ley democrática, que debe aplicarse por igual a ciudadanos e instituciones, gobierne quien gobierne y sea donde sea. No entender esto es instalarse en el delirio. Y ante esta evidencia resulta irrelevante que la derecha exagere o que Sánchez sea el nuevo jinete del Apocalipsis. De hecho, no son situaciones incompatibles. Ambas cosas ya están pasando en la nueva España de los años veinte.

Cuando los muertos hablan
Miquel Giménez. vozpopuli  6 Enero 2020

La portavoz de EH Bildu en el Congreso, Mertxe Aizpurua, interviene durante la segunda jornada del debate de investidura.

En las dos sesiones de investidura hemos podido escuchar muchas voces, incluso la de aquellos que defienden a ETA. Meritxell Batet lo denomina libertad de expresión. Pero la voz de las víctimas se alza poderosa por encima de la mezquindad política.

Cincuenta años asesinando, secuestrando, extorsionando, aterrorizando, con tres mil quinientos atentados, ochocientos sesenta y cuatro muertos y más de siete mil víctimas. El último crimen fue en el no tan lejano dos mil diez. No hablamos de la guerra civil ni de la dictadura franquista, que tanto gusta rememorar a la pseudo izquierda entreguista. Hablamos de ETA y su legado de viudas, de huérfanos, de vidas segadas por la mano criminal de una banda terrorista, de esos chicos alocados que sacudían el árbol en expresiones de los nacionalistas vascos, esos mismos que miraban inexpresivamente aquella ordalía de sangre y crimen y que ahora nos dirigen reprimendas democráticas desde la sede de la soberanía de la nación. Hablamos también de quienes consideran a Otegui hombre de paz, de un PSOE que finge no ver como Bildu posibilita la investidura de su candidato, de la presidenta del congreso que les da pábulo para que vomiten su odio desde el mismo atril en el que escuchamos en su día a Ernest Lluch.

Hablamos de los muertos, aunque ellos tengan, por insólito que parezca, una voz que trasciende sus sepulcros. Hablamos de España, el país de la Unión Europea que más víctimas por terrorismo padeció entre el 2000 y el 2018. Balance trágico para una tierra ya de por sí abundantemente regada con la sangre de quienes fueron asesinados simplemente por no pensar como el asesino. Hablamos también del terrorismo yihadista que tampoco parece suscitar demasiada inquietud en quienes defienden lo indefendible.

Por ellos, por nosotros, por todos, jamás hay que renunciar, jamás hay que resignarse

Porque de eso hablamos en la hora presente, del crimen, vencido por las fuerzas de seguridad del Estado y el coraje de un pueblo, ahora blanqueado y triunfante por la cobardía incalificable de quienes han sido también su víctimas. Lo inmoral ha sentado sus reales en el Congreso por culpa de una sociedad estúpida que sigue otorgando la confianza en quienes le traicionan una y otra vez solo por asegurarse su posición de privilegio en unión con los odiadores profesionales, los que hacen de la sórdida venganza una ideología, los egoístas, los timoratos, los que están siempre dispuestos a relativizar con cosas que no admiten ambages ni dudas.

Hablamos de esos que, a fuer de ultra progres, comparan víctimas y verdugos y nos hablan de la libertad de poder decir en sede parlamentaria cosas intolerables en cualquier democracia que se tome en serio a sí misma. Hablamos de muertos, sí, pero también lo queremos hacer de vida, de esperanza, de verdad, porque cuando el criminal se cree impune es momento de hacer una afirmación de luz y de valentía democrática. E interpelamos a todos quienes se creen por encima de la ley, sea para matar o para romper las normas cuando no les gustan. ¿Qué verdad, qué horizonte, qué bondad habita en vuestras palabras? ¿Sois acaso un faro que pueda iluminarnos en nuestro camino como país, como sociedad, como individuos? ¿Albergáis acaso una chispa, un átomo de nobleza en vuestras palabras? ¿Podéis elevar nuestros espíritus hacia un horizonte mejor, más cargado de razón, de justicia, de belleza? ¿Qué nos ofrecéis, como no sea la oscuridad de la tumba o de la sociedad totalitaria?

Nada, no podéis ofrecer nada más que eso, tinieblas, dolor, amargura, puesto que otra cosa no sabéis ni queréis. Lo dicen vuestros actos y lo dicen también, desde una estrella que brilla más que nunca en el firmamento de la noche que se aproxima, las voces de aquellos que, aun estando muertos, poseen un mensaje de vida infinitamente más pleno que toda vuestra criminal palabrería. Por ellos, por nosotros, por todos, jamás hay que renunciar, jamás hay que resignarse, jamás hay que traicionar la antorcha que nos ha sido legada.

Porque, por duro que parezca, la luz acabará venciendo siempre a las tinieblas.


 


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