AGLI Recortes de Prensa   Domingo 23  Febrero  2020

El apagón
La cosa está mal, piensan cada vez más españoles, pero peor que se va a poner
Antonio Burgos ABC  23 Febrero 2020

Andaba la otra noche zapeando cadenas de TV en busca de la retransmisión en directo de las coplas del concurso de agrupaciones del Carnaval de Cádiz, cada vez más exaltador del poder de Madrid y menos crítico con los políticos socialistas, ultraizquierdistas y separatistas, cuando me encontré en negro (vamos, en subsahariano o afroamericano, paro que no me acusen de incorrección política), el espacio donde tengo sintonizado Canal Sur TV. Pensé lo que hubiera hecho usted: que ya habían empezado a aplicar esa reasignación de frecuencias de TDT que se anuncia para antes de junio en toda España, para ganancia de antenistas y desesperación de comunidades de vecinos. Pero no era que ya hubiera cambiado el canal de TDT asignado
a la TV andaluza, sino que se trataba de una huelga de emisión, promovida por los sindicatos, en demanda de más contrataciones y, naturalmente, en protesta contra el Gobierno del Cambio en la Junta de Andalucía. Sintomático. En casi cuarenta años de Régimen del PSOE en la Junta, no ha habido ninguna pantalla en negro ni huelga contra el gobierno regional en la cadena autonómica y ha bastado poco más de un año de PP y Ciudadanos en el poder para que las pantallas, en protesta, se pongan como el carbón.

Si era a la hora de los telediarios, supongo que pocos espectadores se darían cuenta de este apagón en negro como protesta. Porque vengo observando que cada vez se ven menos telediarios en España. Yo diría que por recomendación médica. Porque tal como están las cosas, las noticias de cada día deben de subir el colesterol y la tensión arterial, con tanto disgusto como te encuentras en los informativos de las amañadas televisiones, adictas a Sánchez casi todas, con la excepción de la Trece, donde sus valientes tertulianos cantan las verdades del barquero que nadie dice en el resto del espectro televisivo. Pones el telediario, y nada digo La Sexta, y viendo las locuras y mentiras del Gobierno te llevas un disgusto más que ayer, pero menos que mañana. De ahí que cada vez la gente pase de telediario, pase de información, y observo que comienza a pasar también de cuanto incomprensible hace este Gobierno, que siempre tiene una razón final: que Sánchez se mantenga en el poder al precio que sea. La gente empieza a estar convencida de que tanto España como su propio PSOE le importan una higa: lo que quiere es mantenerse en el poder al precio que sea. Aunque sean las mentiras enchampeladas de Ábalos sobre el «Delcygate», que ya hay que echarle imaginación a inventarse una mentira nueva cada día. O aunque ese precio sea la concesión al gobierno autonómico vasco lo que ningún gobierno anterior, fuera del signo que fuese, se había atrevido: romper la Caja Única de la Seguridad Social. Y lo que nos quedará por ver. O por no ver. Porque la desazonada derecha que votó al PP, a Ciudadanos o a Vox cada vez da más el cante por La Piquer: «Que no me quiero enterar,/no me lo cuentes, vecina». El «Desencanto» que siguió a la terminación de la Transición se queda en nada ante este desfondamiento de la confianza en el propio sistema político sin separación de poderes, que es lo más peligroso.

La cosa está mal, piensan cada vez más españoles, pero peor que se va a poner. Que se buscan su autodefensa con la indiferencia ante cuanto perpetra el Gobierno cada día. Sí, he dicho «perpetra», ¿passssa algo? Cada martes, tras el Consejo de Ministros, cuando informa la portavoz María Jesús Montero, es un terror superior al de la semana pasada. Sí, ya sé que es una temeridad dejar algo tan importante como España en estas manos y lavárselas como Pilatos, desentendiéndose de la realidad, como cada vez hace más gente. Que piensan que para disgustos, los mínimos. Así que cada cual ha hecho su propio apagón por su cuenta, a la vista de los horrores presentes. Y de los que nos esperan.

Pablenin espiará al CNI y Kim Markeshian acecha a Ana Rosa Quintana
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  23 Febrero 2020

En sólo un mes, el gobierno socialcomunista uncido al separatismo ha alcanzado una velocidad que envidiarían Carlos Sáinz -padre e hijo- y el joven Fernando Alonso. Si la semana pasada medio Gobierno se calcinaba en una pira de embustes sobre la cómoda estancia en Barajas de la genocida Delcy Rodríguez, el jueves y el viernes se consumó el asalto a los cielos de los marqueses de Galapagar que apuntan a virreyes de la II República Bis. Kim Il Kong espiará a los espías. Kim Il ÉL, a la policía. Ni los Ceaucescu.

ÉL espiará al CNI
Lo peor para el sueño -insomnio, lo llamó Sánchez- de los españoles es la designación de Pablo Iglesias, agente del régimen asesino de Caracas y financiado por la teocracia iraní, como miembro del pequeño grupo de ministros que revisan los expedientes del CNI. Y contra esa pesadilla llegó el teledebut de Irene Montero como ministra-influencer (léase influyenta) y experta en Justicia de Género en el programa de Ana Rosa, donde denunció el trato vejatorio que la policía seguiría dando a las mujeres que denuncian abusos sexuales, aludiendo brumosamente al caso de la minifalda, aquella sentencia grotesca de 1989 que, claro está, no dictó un policía sino un juez.

Kim Markeshian exhibió así su oceánica ignorancia y su desprecio por las policías que desde tiempos de Aznar atienden a las denunciantes de abusos sexuales. Y trató de mentirosa a Ana Rosa, que negó esas supuestas conductas vejatorias en la policía, más aún explicadas con un caso de hace 30 años que mostraba su ignorancia. El alarde de la erudita de Galapagar se produjo al día siguiente de pasear a la Heredera en horario laboral para recibir el homenaje del servicio ministerial. Y de que, en las Cortes, tras responder Kim Il Kong por Kim Il ÉL, ambos vetaran la creación de una comisión sobre prostitución de menores en centros de acogida del Estado. En 48 horas, es difícil llegar a más con menos ética y menor inteligencia.

Sánchez, el tramposo trampeado
El Felón de la Moncloa está demostrando con los comunistas la misma debilidad que con los separatistas. Aterrado por la posibilidad de perder su apoyo parlamentario, sobre todo antes de votar los Presupuestos, les concede lo que pidan, incluso se adelanta a sus peticiones, mientras los ministros del PSOE se difuminan o calcinan ante su total indiferencia. Él envió a Ábalos a recibir a Ugly Delcy y sus cuarenta maletas doradas, pero está dejando que se coma solo el marrón que él le sirvió. Aunque Arancha Exteriores esté batiendo en pocos días la marca de majaderías de todos los gobiernos del PSOE y parte de los del PP, aunque la cobardía de Marlaska alcance niveles artísticos, aunque la desaparición de Margarita Robles siga preocupando a los que confiaban en ella como el último valladar frente al totalitarismo podemita, el que va camino de la pira es Ábalos, que es el que menos pintaba en Barajas, aunque su verborragia le dé grandes alegrías a su íntima enemiga Carmen Calvo. Ahora bien, a ella se las niega la marquesa de Galapagar, que ha impuesto su zarrapastrosa ley del sí es sí, pese a que su redacción espantó al meritxoll de Justicia. A ambos los vendió Sánchez en cuanto piafó el marqués. A la marquesa y feministra, ni tocarle un selfie.

Irene plagia ahora a Cayetana
Kim Mom Markeshian dio un paso más hacia el Nobel de Física al resumir así esa Ley de Libertad Sexual que suponemos pluralizará pronto: "Las mujeres somos dueñas de nuestra sexualidad. No hace falta decir "sí" todo el tiempo". Hasta ahora, eso era exactamente lo que sucedía. No sólo las mujeres: los hombres, los homosexuales y toda criatura adulta (no las menores prostituidas en lugares de acogida del Estado, cuyos abusos la ministra desprecia) era dueña de su voluntad para tener relaciones sexuales. ¿Qué pretende cambiar la Erudita? El abuso sexual estaba penado, incluso en esa sentencia de la minifalda que, como casi todo del pasado, desconoce.

La argumentación de esa sentencia fue grotesca y la pena por abuso sexual, baja, pero no era lo habitual. En el franquismo, abusos y violación estaban más duramente castigados que en democracia. Manuela Carmena fue una de las pioneras en la benignidad de las condenas a violadores y abusadores, distinción borrosa que la Izquierda judicial difuminó aún más. Esto sólo lo ignora alguien sin formación histórica o cultural. ¿Pero sabe algo sobre algo la ministra de Igualdad? ¿Es igualmente ignorante en todo?

Cabe suponerlo, porque esa frase que en ella suena fatalmente banal es la que le lanzó a la cabeza, sin alcanzarla, Cayetana Álvarez de Toledo en el Congreso de los Diputados: ¿Hay que decir sí, sí, sí, todo el tiempo? ¿Para qué esa ley si no hace falta notario ni grabadora de síes, que de todas formas anularía esa Justicia que llama "con perspectiva de género", porque siempre podrá decirse que un sí condicionado por la historia o la psicología de la víctima, que lo es toda mujer desde esa ideología es realmente un no? Esa Ley se basará en un prejuicio, no en un juicio; en suposiciones y no en pruebas. Será un abuso convertido en uso, el derecho de pernada adaptado al empoderamiento -léase atropellamiento- sexista del Estado de Derecho.

La Oposición, acomodada a la división
Sin embargo, mientras la Izquierda golpista -no queda una que no lo sea- avanza a toda velocidad en la demolición del régimen constitucional, el centro y la derecha siguen peleándose por la primogenitura de la derrota. Para Vox parece más importante derrotar a Jordi Feijóo (apodo brillante) que al separatismo gallego, inseparable del socialismo y el comunismo. Y Feijóo, pétreo en la política injusta y suicida de discriminación del español, responde que Vox está "contra Galicia". O sea, que les da la razón a los que le llaman Jordi, que también culpaba a sus enemigos de serlo de Cataluña.

El único dato positivo en la oposición es el acuerdo electoral PP-Cs en el País Vasco, al que se resiste un político tan liliputiense como Alfonso Alonso. Pero lo de Galicia es una torpeza, acaso fatal, de Feijóo contra C´s, que en Cataluña podría compensar la venganza de Arrimadas contra el PP. Da la impresión de que en la Oposición se han hecho a la cómoda idea de esperar cuatro años a que el bloque de poder izquierdista y separatista se hunda. Y Podemos, clave del Gobierno, no parece precisamente náufrago.

Director de Es la Mañana de Federico.

El sector público adelanta a la industria como segunda actividad que más aporta al PIB de España
Mientras crece el proteccionismo de las administraciones, la industria se aleja cada vez más del objetivo marcado por la UE de representar el 20% del PIB para 2020
Francisco Núñez vozpopuli.es  23 Febrero 2020

El intervencionismo público sigue ganando peso en el PIB en detrimento de los sectores más competitivos ante la ausencia de reformas estructurales y liberalizadoras. Las administraciones públicas, ajenas a la libre competencia del mercado y con tasas de productividad muy por debajo respecto a los demás agentes económicos, se han convertido en la segunda actividad de la economía española desde el lado de la oferta, solo por detrás de la hostelería y el comercio. Por si fuera poco, cobra distancia sobre la industria, el sector más competitivo del PIB sobre el que se fundamentan las exportaciones.

La industria se ha convertido en la cenicienta del interés de la clase política a pesar de que el PSOE incluye, en la página 50 de su último programa electoral, la necesidad de alcanzar un Pacto de Estado para este sector, que se considera clave para una mayor estabilidad laboral y es la única alternativa al cambio de modelo de crecimiento económico anclado ahora a los vaivenes del sector de servicios.

El actual Gobierno ha prometido una nueva Ley de Industria “que adapte el marco regulatorio a los nuevos retos de la digitalización, la descarbonización y que actualice la regulación sobre calidad y seguridad industrial”. Sin embargo, mientras crece el proteccionismo del sector público, la industria se aleja cada vez más del cumplimiento del objetivo marcado por la UE del 20% del PIB en 2020.

Según los datos de Contabilidad Nacional, el peso de la industria en la economía siguió reduciéndose en 2019. Acabó en el 14,2%, es decir, dos décimas por debajo del registro del año anterior y 1,6 puntos menos de su participación en el PIB (15,8%) en el inicio de la crisis hace 12 años. Esa aportación era, por ejemplo, del 19% en 2000 y llegó a casi el 30% en los años ochenta.

En términos corrientes, la industria aportó al PIB 177.168 millones de euros el último año, unos 8.000 millones más que en 2007. Pero, en euros constantes sale que la industria ha perdido unos 20.000 millones de contribución al PIB. En cuanto al empleo, si en 2007 este sector ocupaba al 14,2% de la población laboral a tiempo completo (casi 2,8 millones) en 2019 sólo llega al 11,7% (2,1 millones). Esos 2,5 puntos de diferencia suponen una pérdida de más de 600.000 asalariados. La industria manufacturera, la que se dedica sobre todo a la exportación, es la más afectada. Antes de la crisis aportaba al PIB casi el 13% y daba empleo a 2,5 millones de personas y ahora sólo llega al 11% con 1,9 millones de ocupados.

Engorda el sector público
Mientras tanto, el sector público ha aumentado su presencia en la economía nacional. En 2007 representaba el 14,6% del PIB (157.201 millones) y en 2019 se situó en el 16,4% (203.432 millones). El alza es de 2,2 puntos, unos 46.000 millones más en euros corrientes. En cuanto al empleo, y ya que la Contabilidad Nacional computa conjuntamente todos los puestos de las Administraciones, sanidad y educación del país, hace 12 años llegaba al 17,5% (3,6 millones) del mercado laboral total y ahora representa nada menos que el 22,4% (4,1 millones).

Es decir, al menos uno de cada cinco trabajadores españoles se encuentra en este sector, pero sólo produce ese 16,4% del PIB. Si lo comparamos con la industria, sale que las Administraciones tienen el doble de empleo, pero sólo generan dos puntos más de PIB. Lo que demuestra la falta de productividad del sector público pese al elevado empleo de que dispone y, curiosamente, la alta inversión tecnológica realizada. Además, las Administraciones necesitan trabajar más de 6,7 millones de horas para generar esa aportación del 16,4% del PIB mientras que la industria realiza 3,9 millones de horas. Es decir, sólo el 58% de las que necesita el sector público para producir ese 14,2% de la economía.

Proteccionismo de las administraciones
El sector público es la actividad que más ha repuntado en la economía nacional. Uno de cada cuatro euros que se producen en el sector de servicios en España corresponde al proteccionismo de las Administraciones Públicas. Su peso en el PIB sólo es superado por la hostelería, el comercio y el transporte (21,6%), actividades también del sector de servicios.

Sin embargo, las tiendas y la restauración aportan cinco puntos más al PIB (unos 65.000 millones) que las Administraciones con poco más de un millón de asalariados. Lo que evidencia una mayor productividad de este grupo respecto al empleo público a pesar de las distintas condiciones laborales. No hay que olvidar que la precariedad, la rotación laboral y en particular los bajos sueldos se concentran en este colectivo de camareros y dependientes mientras que en el sector público abunda el empleo estable y en muchos casos de por vida.

La letra pequeña de los datos de la Contabilidad Nacional confirma además que los servicios se han convertido en el principal motor de la economía. Si en 2007 representaban el 61,3% del PIB, en 2019 se situó en el 67,9%. La hostelería y el comercio han aumentado su peso en casi dos puntos entre estos años, hasta ese 21,6% en 2019 (268.392 millones de euros) y algo similar sucede con las administraciones públicas (16,4%, es decir, 203.432 millones de euros).

La factura se produce en el resto de sectores y actividades. Por ejemplo, reducen su peso las actividades profesionales (-1,6 puntos), las financieras (-0,8%) o el sector de la información y las comunicaciones (-0,3%). La construcción baja su representación, pese al repunte en los últimos años, hasta el 5,8% del PIB frente al 10,5% en 2007 mientras que la industria pasa del 15,8% al 14,2% y la agricultura va del 2,5% al 2,7%. En términos de empleo, el sector servicios representa ya nada menos que el 77,5% de los puestos de trabajo de todo el país (casi ocho de cada diez) cuando al inicio de la crisis alcanzaba el 68,1%. Por actividades, la hostelería y el comercio tienen el 29,1% de los puestos (un punto más que en 2007) pero con casi 200.000 asalariados menos; las Administraciones alcanzan el 22,4% del empleo total frente al 17,5% hace 12 años, pero cuentan con 500.000 empleos más. Por su parte, la construcción ha pasado de tener el 13,7% del empleo total en España al 6,9% en la actualidad (1,4 millones de puestos menos) mientras que la industria reduce el 14,2% de ocupados del 2007 al 11,7% en 2019 (700.000 menos) y la agricultura se mantiene en el 3,8% pero con 80.000 empleos netos menos.

Acelera el consumo
Desde el lado de la demanda se observa que el consumo acelera su peso en la economía. El gasto en consumo final ha pasado de representar el 75,3% del PIB en 2007 al 78,5% en 2019. De ellos, casi 57 puntos corresponden al consumo de los hogares. Por su parte, la inversión, el segundo motor de la demanda interna, ha reducido sensiblemente su peso. Es ahora del 20,9% cuando hace 12 años suponía el 30,4% del PIB. Desciende sobre todo la contribución de la inversión en la construcción (del 20,2% al 10%) aunque también en maquinaria y bienes de equipo (del 7,2% al 6,4%). En cuanto a la demanda externa, mejora su participación en la economía. Si en 2007 era negativa (-5,8%), ahora aporta 2,7 puntos al PIB como consecuencia de la mejora de las exportaciones y también por la reducción de las importaciones ante el descenso de la demanda interna en particular en el último trimestre de 2019.

Todo ello evidencia que la economía necesita un Pacto de Estado urgente que ponga en marcha un nuevo modelo de crecimiento económico, basado en la industria y en las nuevas tecnologías así como con un amplio espectro de reformas estructurales y liberalizadoras que faciliten el libre mercado y la competitividad en detrimento del rancio intervencionismo público.

Madrid simboliza el éxito de la libertad
Editorial larazon  23 Febrero 2020

El Gobierno socialcomunista se ha fijado como uno de sus propósitos prioritarios socavar la autonomía económica y fiscal de la Comunidad de Madrid. Los mensajes y las iniciativas apadrinados por los responsables gubernamentales y las baronías socialistas convergen en una estrategia que pretende desanclar los pilares principales de las políticas del gabinete de Isabel Díaz Ayuso y desacreditar sus logros como si fueran el fruto de la insolidaridad y el abuso con el resto de territorios de la nación. La versión cenagosa es que si a las regiones, pongamos socialistas o nacionalistas, les va mal, no se debe a sus errores en el diseño de unas actuaciones que asfixian o encorsetan la actividad y que son refractarias a la inversión, sino a que la Comunidad de Madrid es la competencia desleal que absorbe recursos con malas artes a costa de otros. Nada de todo eso responde a la verdad. En realidad, la izquierda necesita descomponer el proyecto de éxito que desnuda todas las vergüenzas de los planes expansivos de La Moncloa con cargo al bolsillo de los ciudadanos y a la capacidad inversora de las empresas y al endeudamiento público. Como los índices macroecónomicos acreditan que las decisiones eminentemente liberales, pero no descarnadamente liberales, están alimentando la potencialidad de la región capitalina y que ello se traduce en parámetros al alza en bienestar y prosperidad de la gente, el Gobierno está decidido a boicotear esa acción ejecutiva desde el Boletín Oficial del Estado y desde su mayoría frentista en el Parlamento. La excusa de la armonización fiscal, el falaz reproche del dumpin impositivo, vierte un caldo de cultivo tóxico en un borrascoso clima institucional para atacar la discrecionalidad competencial de Madrid y su derecho constitucional y estatutario a tomar decisiones en pos del interés general. Lo inteligente, llegado a este punto en el que el dogma estadístico es incontestable, sería que se imitara aquello que funciona y no que se impusiera una senda ya recorrida por la izquierda en otros periodos de nuestra historia reciente y que solo conduce a un escenario de crisis y desequilibrio y que nos condena a un futuro de sacrificios para recuperar lo perdido. Pero no. Esta izquierda es mezquina y sectaria, y esta coalición socialcomunista parece dispuesta reventar los umbrales de la arbitrariedad y las malas artes caiga quien caiga.

Si por sus obras los conoceréis, estas certifican que el fin justifica cualquier medio para acabar con el adversario. Armonizar en pos de la regresión económica garantizada con las recetas socialcomunistas es un tiro en el pie de los hogares españoles. Más cuando el modelo liberal, de flexibilidad y bajos impuestos, ha colocado a la Comunidad de Madrid como la primera potencia económica de España con un PIB 2.100 millones superior a Cataluña, un crecimiento del 2,3% el pasado año a gran diferencia del resto de los territorios, especialmente significativo frente al 1,5% de las comunidades catalana y vasca, una tasa de paro del 9,99% en 2019, el mejor cierre desde 2007 y un aumento de la inversión extranjera del 259% desde 2016. Todo ello además con el dato, este sí constatable sobre la capacidad de compromiso con la nación de la autonomía madrileña, de que ha aportado un 150% más que Cataluña al fondo de solidaridad del Estado del que se nutren la inmensa mayoría de las comunidades. Por lo tanto, como bien ha transmitido Díaz Ayuso a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, hay que dejarse de eufemismos y saber que el Gobierno quiere que nadie escape a su impuestazo aunque medie la intervención de regiones como la madrileña. El Ejecutivo podría volcar sus propósitos en sumar esfuerzos por un bien colectivo y no practicar la oposición a la oposición allí donde gobierna con una infame estrategia de persecución. Hay recetas económicas que funcionan y otras que no tanto. Obcecarse en las segundas para engrasar un proyecto particular a riesgo de perjudicar la vida de la gente es profundamente inmoral.

Barcelona no es de fiar
Gregorio Morán vozpopuli.es  23 Febrero 2020

Las ciudades enferman. Hay algunas que se mantienen con cuidados intensivos y así llevan siglos, con sus achaques y remedios paliativos. Véase Venecia. Aún sigue con multitudes de turistas que dan fe de cierta inclinación de los seres humanos a contemplar los restos, fastuosos, de lo que fue emporio de civilización y que hoy sobrevive a duras penas. En el otro extremo, nadie que la haya visto olvidará la imagen de Atlantic City, con aquel crepuscular Burt Lancaster en el no menos crepuscular filme de Louis Malle; ahí estaba una ciudad de antiguos sueños de juego y fiesta devenida en escenografía para ídolos rotos.

Ni lo uno ni lo otro, pero sí un poco de uno y de otro, Barcelona se ha ido deteriorando conforme la sociedad y sus poderes adoptaron el narcisismo urbano, lo que sumado a la situación política de Cataluña ha dado como resultado algo incontrovertible: esta ciudad no es de fiar. Con esa perspectiva no resulta extraño que la industria de los ordenadores, la más representativa de los tiempos que corren, se haya acogido a una disculpa de gran calado, el coronavirus, para dar el carpetazo a los riesgos que genera la incomodidad de una urbe desnortada.

Hasta que los grandes de la computación no mostraron su desinterés por arriesgarse a la feria del Mobile en Barcelona, parecía como si la ciudad condescendiera con ellos y les consintiera pisar esta tierra salutífera. Era un favor del narcisismo urbano a los comerciantes más avispados del planeta. Bastó que alguien soplara una improbable alarma para que el castillo de naipes se derribara y nos adentráramos en la fórmula barcelonesa por excelencia: la herencia de tiempos de industriales de fortunas y queridas exuberantes, ocultas a la indiscreción. El silencio de la complicidad se hizo dueño. Nadie se atrevió a preguntar a los poderes siempre ubicuos de esta ciudad sin prodigios por qué Ámsterdam celebraba su Mobile con una sola empresa ausente y por qué aquí nadie asumía si no había algo que dificultaba la empatía de esta urbe, jactanciosa de un pasado de acogimiento y urbanidad.

La elogiosa cita de Cervantes en el Quijote caducó y lo que ayer fue ahora ya no es. Nadie se juega su prestigio cuando éste se valora en miles de millones porque a una ciudadanía impotente y en ocasiones cómplice se le ocurra asumir lo inasumible. Cuando la alcaldesa Ada Colau considera que su timbre de gloria está en ser la primera edil que exhibe su bisexualidad, a mí me importa lo mismo que si tuviera inclinaciones a la zoofilia o al nudismo doméstico, un terreno limitado a la privacidad, y de lo que se trata es de hacer funcionar una ciudad abandonada a la improvisación.

Si una alcaldía vive de sus ensoñaciones puede ocurrir de todo; incluso aprovechar los escasos espacios libres para edificar, digo bien, edificar plazas duras. La invención de las plazas duras es uno de los escarnios a que someten los alcaldes con rostro de cemento armado a los vecinos, con la nada abnegada ayuda de los arquitectos ejecutores de este delito urbano. Son plazas en las que no debe haber nada verde, ni árboles. Todo obra muerta y cobrada con la tampoco abnegada colaboración de las taciturnas agrupaciones ecologistas. ¡Fuera el verde, que cuesta dinero, y viva el cemento, que da trabajo a los intelectuales del diseño! Desde que Barcelona se miró en su espejo y se creyó Narciso la ciudad está llena de plazas duras: hasta tiene una dedicada a los Países Catalanes, premiada por el gremio, cuya vista me produce siempre perplejidad y cuya única bondad reside en el lugar de la amplia instalación, frente a la Estación de Sants, lo que consiente que verla y escapar pueda hacerse en apenas un impulso.

Nadie recuerda ya las palmeras que se enseñoreaban de las grandes avenidas olímpicas, ni de los barrios para jóvenes profesionales asentados, convertido todo en pecios de naufragios sucesivos. Eso sí, la Policía Municipal podrá a partir de ahora llevar tatuajes. Gran decisión, porque confundirá a los urbanos con el paisaje humano de barrios fuera de control, sin ley, pero con mucha historia. Por algo antes se llamaba Barrio Chino y ahora se denomina El Raval. Cuando una concejal socialista, Itziar González, pretendió poner coto a la delincuencia en pisos y adicciones hubo de dimitir ante el silencio de sus compañeros de partido, de los medios de comunicación y de los poderes públicos. Entendió que le iba la vida en el empeño y lo dejó. Discreción es la norma, y para enseñanza de discretos nada como no darse por enterados. La última propuesta de la Consejería de Interior ante la alarmante inseguridad de Barcelona consiste en la “autoprotección”. Como el consejero Buch no puede apelar a Trump y el derecho a llevar armas, nos sugiere que llevemos bien apretado el bolso y la cartera, y que tengamos suerte. Sería para reír si no fuera para llorar. Una variante de aquel indescriptible anuncio oficial que clamaba, como quien tira el dinero para pagar la ronda: Barcelona, ponte guapa, sin precisar quién debe gratificar al cirujano plástico.

Barcelona sufre todas las tardes a partir de las ocho un piquete que no alcanza a cien personas pero que bloquea la vía norte de la ciudad, la Meridiana. Llevan así varios meses y seguirán hasta que les pete, y ojito con acercarse a preguntar o fotografiar, como lo hizo el periodista Xavier Rius. Te agredirán ante la mirada ingrávida de los Mozos de Esquadra.

Seamos coherentes: qué interés puede tener alguien en arriesgar sus millones en una ciudad donde se jalea a los muchachos de los CDR, protegidos por sus padres en la Generalidad, que pinchan las ruedas de las bicicletas de alquiler, queman autobuses de turistas o pintarrajean las sedes de sus adversarios. Barcelona no es lo que fue. Podemos ponernos estupendos y abonar el huerto narcisista para introducir el conflicto de Trump y China, en la misma medida que un día se reaccionó al atentado yihadista de las Ramblas gritando No tenemos miedo, el lema más críptico de manifestación alguna. No se decía por miedo a quién no se tenía miedo, ni por qué no había que tenerlo cuando toda la ciudad estaba acojonada, los poderes públicos mintiendo y los muertos abandonados.

Venecia tiene una larga lista de homenajes; a Atlantic City le basta con el de Malle y Lancaster; aquí ¡oh Narciso! apenas nada. Barcelona no es de fiar; se lo ha trabajado a pulso y púa.

¿Ha muerto la izquierda? 40 claves del asesinato de una ideología a manos de PSOE y Podemos
Pactan con la ultraderecha nacionalista, exaltan las identidades particulares y trabajan por la desigualdad de los ciudadanos españoles. ¿Sigue siendo eso "la izquierda"?
Cristian Campos elespanol  23 Febrero 2020

1. En la España constitucional han existido tres partidos que han defendido los principios de la izquierda democrática, a veces conocida como socialdemocracia y a veces, con mayor osadía dado el certificado de antecedentes penales de la cosa, como socialismo.

2. Esos tres partidos son el PSOE de Felipe González, UPyD y Ciudadanos.

3. El resto de lo que en España se ha llamado tradicionalmente "izquierda" no es más que izquierda no democrática, es decir comunismo.

4. También ese extraño híbrido de populismo, doctrina social falangista, modas altoburguesas de la identidad, filias castrenses bolivarianas y formas monárquicas que es Podemos.

5. El PSOE de Felipe González murió con la corrupción y los crímenes de Estado, pero hasta eso le habría perdonado su público de no ser por la llegada a la secretaría general de un José Luis Rodríguez Zapatero sin mayores referentes políticos, intelectuales, culturales o morales.

6. Un Zapatero que exterminó cualquier rastro de socialdemocracia que pudiera quedar en el partido.

7. UPyD murió a manos de los medios de prensa alimentados por el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero.

8. A día de hoy, la inmensa mayoría de los españoles sigue creyendo que UPyD cayó por los errores de una Rosa Díez que, en el peor de los casos, son sólo los que puede esperarse que cometa un partido embrionario que busca su espacio en el ecosistema político español.

9. Ciudadanos anda recuperándose de las graves heridas provocadas durante el atentado que intentó acabar con su vida y del cual fue autor el PSOE de Pedro Sánchez, que es la versión corregida y aumentada del PSOE de Zapatero.

10. A día de hoy, la inmensa mayoría de los españoles sigue creyendo que fue Ciudadanos el que no quiso pactar con un Pedro Sánchez que antes habría renunciado voluntariamente el poder que aceptar una sola de las exigencias de sentido común, estrictamente socialdemócratas, que le planteaba Ciudadanos.

11. Por ejemplo, la de comprometerse a no atentar contra la igualdad de todos los españoles.

12. Ni siquiera eso aceptó un Pedro Sánchez que llama "progresismo" a detraer inversiones de las regiones pobres como Extremadura para pagar las deudas de las ricas como Cataluña.

13. La situación actual es paradójica. El PSOE de 2020, que nada tiene que ver ya con los valores tradicionales de la socialdemocracia, se ha arrogado la representación de "la izquierda" y mandado a las catacumbas de "la extrema derecha" no sólo a UPyD y Ciudadanos, sino también a aquellos socialistas de los años ochenta y noventa que han osado mostrarse críticos con los actuales responsables del partido.

14. La paradoja es aún mayor. El PSOE de 2020 no sólo reniega de los socialistas de 1980, sino también del socialismo que ellos mismos defendían en 2019.

15. Empiezan a brotar por doquier los artículos de intelectuales y periodistas de izquierdas que dicen sentirse desconcertados por la deriva del PSOE.

16. La deriva de Podemos la dan por descontada porque la mayoría de ellos no confío nunca en Pablo Iglesias e Irene Montero.

17. Son intelectuales y periodistas como Félix Ovejero, Alberto Olmos, Andrés Herzog o Juan Claudio de Ramón, entre otros. Gente que dice añorar una izquierda antinacionalista o qué se pregunta a qué intereses responde esta "izquierda" de hoy.

18. En este artículo, imprescindible para comprender el desconcierto de alguien que se considera a sí mismo de izquierdas, Alberto Olmos escribe: "Así surgió la izquierda que hoy conocemos: dejó de lado la igualdad y empezó a promocionar su propia línea de artículos exclusivos, conformada por un abanico de identidades irredentas cuyos problemas se achacarían siempre al capitalismo".

19. Luego, Olmos añade:
"Los refugiados les enternecen; los mendigos, no; las mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas (70) les conmueven; los suicidios (3000; 700 de mujeres), no; los inmigrantes cuentan con su solidaridad; los obreros, los pobres, los barrios marginales de su propia ciudad, no; los transexuales les importan; los muertos en accidente laboral (400), no; creen en el cambio climático, y luchan verbalmente contra él, pero no contra su propia adicción al consumo que, a fin de cuentas, lo causa; respetan escrupulosamente a las mujeres, salvo que sean de derechas, sesgo que vuelve una simple chiquillada llamar puta a Arrimadas o imbécil a Díaz Ayuso; PP, Ciudadanos y Vox son fachas; PNV y JxCat, no; defienden la corrección política, mientras tildan de 'carapolla' a Martínez Almeida; creen en la libertad de expresión, salvo que alguien diga algo distinto a lo que ellos piensan, momento en el que se convierte en un facha".

20. En este artículo, Juan Claudio de Ramón se resigna a lo que parece ser ya el sentir mayoritario entre esos españoles que se dicen de izquierdas mientras votan al PSOE y a Podemos y exigen a gritos pactar con Otegi, Junqueras, Urkullu, Torra y los cantonalistas del villorrio soberano antes que con Inés Arrimadas o Pablo Casado.

21. "Quien manda en España", dice Juan Claudio de Ramón, "no acepta que el discurso de lo común español sea un discurso propio de la izquierda. Algunas de las mejores inteligencias del país creen que semejante estado de cosas es una anomalía y quieren combatirlo. Simpatizo, pero me temo que sus esfuerzos les abocan a la melancolía. No es que no haga falta, es que no es viable".

22. En este otro artículo, el periodista David Mejía recuerda que "en España defienden el concierto vasco tanto el economista liberal Juan Ramón Rallo como los dirigentes de Podemos. Estos últimos son capaces, en el mismo discurso, de clamar contra la competencia que tienen las autonomías para bonificar el impuesto de sucesiones, y de defender el derecho de Cataluña a la secesión unilateral. Es su tónica general: por un lado va el eslogan y por otro los actos, que suelen servir para dinamitar el principio de igualdad de oportunidades".

23. En esta entrevista, Félix Ovejero afirma que "en España hay un espacio político por cubrir, por razones de principio y de eficacia electoral: la izquierda antinacionalista. Después de todo el PSOE, una cáscara intelectualmente vacía, está en compañías mucho más reaccionarias que Vox, con partidos que apelan a variantes de la etnia para negarse a redistribuir. Vox es un partido conservador. Esos son reaccionarios y algunos probadamente golpistas".

24. El simple hecho de calificar a Vox de "partido conservador", que es lo que es, y de "reaccionarios y golpistas" a los partidos nacionalistas, que es lo que son, supone una enmienda a la totalidad de la narrativa del PSOE y de Podemos. Anatema.

25. En su nuevo libro, Sobrevivir al naufragio, una continuación oficiosa de su anterior La deriva reaccionaria de la izquierda, Ovejero escribe:

"La victoria del PSOE [en 2004] no fue resultado de la calidad de sus ideas, de que un saludable virus republicano se hubiera extendido entre la población, sino del brutal atentado terrorista del 11 de marzo de aquel año –algo que, aunque sólo sea para reivindicar la buena ciencia social, se puede afirmar con rotundidad; así lo mostró García-Montalvo en un artículo publicado en 2011, en Review of Economics and Statistics, cuando, acudiendo a un ingenioso procedimiento para responder a la pregunta que tantas veces nos carcome en la vida (¿qué habría pasado si las cosas hubiesen seguido otro curso?), proyectó los resultados de una hipotética votación sin atentado a partir de una singular muestra hasta entonces desatendida: la formada por aquellos que habían votado por correo días antes de la tragedia. Y concluyó que, en condiciones normales, sin atentado, Zapatero no habría ganado".

26. En un escenario político e intelectual sereno y normalizado, en España se consideraría de izquierdas, y sin mayores debates, a todos los mencionados anteriormente. También a Félix de Azúa, Antonio Escohotado, Albert Boadella o Fernando Savater, por poner cuatro ejemplos absurdos.

27. En la España actual, todos ellos han sido desterrados a los yermos de la derecha por esa oclocracia "progresista" que vegeta en las instituciones y las televisiones a cargo del presupuesto público. Y si no han sido desterrados personalmente, con nombres y apellidos, sí han sido desterradas sus ideas.

28. El caso de Podemos es paradigmático. El partido de Iglesias y Montero se dice republicano aunque replica sin rubor, y probablemente de forma intencionada, las formas y los rituales de la monarquía.

29. Pero no las formas y los rituales de una monarquía democrática como la española, la británica o la holandesa, sino las formas y los rituales de una monarquía absolutista.

30. Y de ahí los vídeos de la reina madre de Podemos. Esos en los que puede verse a su corte de damas de cámara, aquellas que le deben salario y posición social, agasajando a su soberana con pasteles y lisonjas.

31. Una escena que, protagonizada por Inés Arrimadas, Cayetana Álvarez de Toledo, Isabel Díaz Ayuso o Bea Fanjul habría provocado su adiós definitivo a la política. De "caciquismo", "culto al líder", "cesarismo" y "despotismo" no habrían bajado los calificativos en La Sexta.

32. Probablemente, hasta se habría citado al señorito Iván, a la 'milana bonita' y al Paco 'el bajo' de Los santos inocentes. Por una vez, con razón.

33. En la Corte de Podemos, tu jornal y tu posición en la jerarquía social no dependen de factores objetivos como el mérito, la inteligencia o la experiencia, sino de factores caprichosos y aleatorios como tu ardor en la defensa de las supersticiones ideológicas de moda o de los arcanos deseos del matrimonio regente.

34. Y de ahí que el favor del líder deba ser suplicado mediante escenificaciones de pleitesía más propia de otras épocas y regímenes que de una democracia del siglo XXI.

35. Lo decía J.R. Delacroix en Twitter. La frase "el pueblo quiere más trabajo, subamos el sueldo mínimo" es el "si el pueblo no tiene pan, que coma pasteles" de la María Antonieta de la Francia de finales del siglo XVIII.

36. Más allá de las formas, inéditas en cuarenta años de democracia, está el fondo de las políticas de la izquierda realmente existente. Por ejemplo, su sumisión a los nacionalismos identitarios periféricos, a los que PSOE y Podemos consideran aliados en la lucha contra la Constitución, el Estado de derecho y la monarquía parlamentaria.

37. O su obsesión por controlar todas las instituciones del Estado mediante la colocación de afines a los que apenas se exige sumisión a las consignas del líder: CIS, agencia EFE, RTVE, Fiscalía…

38. O su nada disimulado asalto a la independencia del Poder Judicial, una de las señales más claras de que una democracia está metarmofoseando hacia un régimen, en el mejor de los casos, rayano en la autocracia.

39. ¿Un socialismo nacionalista, identitario, irracional, naturalista, populista y defensor de la idea de que la voluntad del pueblo está por encima de la ley? Eso ha tenido un nombre histórico, sobre todo durante la década de los años treinta del siglo pasado, y no era precisamente "izquierda".

40. Quizá la opción correcta no sea la de rebelarse contra la realidad exigiendo un retorno a las esencias de la izquierda sino aceptar que la palabra 'izquierda' no designa ya el mismo objeto que designaba hace años. Lo lógico sería que fuera esa 'izquierda' actual, que ha okupado el nombre de la antigua, la que cambiara de nombre dado que el actual no le pertenece. ¿Pero quién renuncia a una imagen de marca de tanto y tan probado éxito histórico?

41. Quizá sea hora de empezar a hablar de ideas progresistas/liberales y de ideas regresivas/reaccionarias en vez de hablar de ideas de derechas o de ideas de izquierdas. Es decir, de disociar el concepto 'progresismo' de la retrógrada izquierda actual. Pero esa labor le corresponde a los citados en este artículo, no a la derecha.

Como dicen los anglosajones, "no es mi circo, no son mis monos".

******************* Sección "bilingüe" ***********************

De brocha gorda
Decir que Feijóo es nacionalista es como sostener que Abascal es sanchista
Luis Ventoso ABC  23 Febrero 2020

Una y otra vez se ha probado que el nacionalismo se inculca desde el poder, con programas de ingeniería social que lo exacerban. La pesadilla del «procés» no brotó espontáneamente desde la calle, sino que se ideó en los despachos tras una larga siembra del pujolismo. No fue fruto de un anhelo incontenible de independencia por parte de los catalanes de a pie. La espoleta la activó Artur Mas desde la Generalitat, agobiado por la quiebra de su administración y calculando que el victimismo llenaría sus alforjas de votos. La ikurriña, que muchos colegiales vascos tendrán por una enseña casi milenaria, se la inventaron los hermanos Arana en el café Iruña de Pamplona y se estrenó en 1894.

En Galicia los nacionalistas solo tocaron el poder autonómico en una ocasión, entre 2005 y 2009, en un Gobierno de coalición PSOE-BNG. El Bloque Nacionalista, que ocupaba la vicepresidencia, de inmediato comenzó a predicar su fe. Galicia cambió de nombre y pasaron a llamarla Galiza. El gallego obligatorio se expandió en la educación, copiando los modelos de «inmersión» del País Vasco y Cataluña. Se instigó el extrañamiento cultural hacia «lo español» e incluso se fomentó un Papa Noel gallego, O Apalpador, copiado del Olentzero. Una gran tradición... de la que nadie había oído hablar jamás, pero que de haber continuado los nacionalistas en el poder se habría convertido con los años en parte del acervo «ancestral» gallego. Perdió la Xunta el BNG y nunca más se ha sabido del famoso Apalpador. La anécdota reitera lo dicho: el nacionalismo y sus rituales identitarios se imponen desde arriba.

La persona que le ha ahorrado a Galicia una inmersión en un nacionalismo ensimismado y sectario como los que sufren otras comunidades es Feijóo, que en 2009 y contra pronóstico derrotó al bipartito PSOE-BNG. Sus tres mandatos consecutivos han propiciado que el sentimiento separatista sea residual en Galicia, donde formar parte de España se vive como lo que es, lo natural.

«Feijóo es un nacionalista, no hay duda», ha soltado esta semana Espinosa de los Monteros (Vox). Abascal se ha sumado a la acusación y hasta le ha inventado un mote irónico: «Jordi Feijóo». Además lo acusa de postular que «Galicia es una nación sin Estado». Los dirigentes verdes han tergiversado a sabiendas la realidad. La declaración de la nación sin Estado está manipulada. Han recortado un vídeo donde precisamente Feijóo, por entonces en la oposición, rechazaba ese planteamiento. En cuanto a la teoría de que es nacionalista, parece un tanto psicodélica, toda vez que en las próximas elecciones el objetivo de todos los nacionalistas gallegos no es otro que cepillarse al «nacionalista» Feijóo, al que consideran un dique para sus utopías a la catalana. Paradójicamente, quien sí puede acabar haciendo un buen servicio al nacionalismo gallego es Vox, pues cada voto que vaya a ellos pondrá en riesgo -y para nada- la mayoría absoluta del PP en Galicia, abriendo de nuevo las puertas de la Xunta al PSOE y el BNG. Es una simple cuestión de matemáticas. Confiemos en que el rigor habitual de Vox no sea la brocha gorda de esta ocasión.

Nazionalista panzista
Nota del Editor  23 Febrero 2020

La comparación es insultante porque Abascal defiende España y el Dr Cum Fraude la destruye. Hace pocos días tuve que recordar, contra los intoxicadores, que la ley de aplastamiento del español en Galicia la firmó un tipo del PP, Gerardo Fernández Albor y nadie del PP ha movido un dedo en favor de los derechos humanos y constitucionales de los español hablantes. Incluso el "centroman" que habla catalán en la intimidad, se permitió la desfachatez de parar al defensor del pueblo, que se limitó a aconsejar a los pujolianos en vez de haber presentado recurso de inconstitucionalidad como era su obligación, pero como estaba libre de ser atacado en justicia, así nos va.

Los tentáculos del poder en Galicia son enormes. La Junta hace el reparto que más le conviene para mantenerse en el poder: panzistas a ambos lados.

Mas arriba, FJL "Y Feijóo, pétreo en la política injusta y suicida de discriminación del español, responde que Vox está "contra Galicia". O sea, que les da la razón a los que le llaman Jordi, que también culpaba a sus enemigos de serlo de Cataluña."

Un pequeño paso para Casado pero un gran salto para el centroderecha
EDUARDO INDA okdiario  23 Febrero 2020

Alfonso Alonso, ese hombre, debería estar preocupado. Cuando te elogian, te aplauden y te ensalzan unánimemente todos los enemigos de tu partido, de tu ideología y hasta de ti mismo es para hacértelo mirar. Algo estás haciendo mal. O, mejor dicho, lo estás haciendo rematadamente bien… pero para los intereses del adversario. Está por ver que uno solo de los comentaristas, contertulios y políticos que jalean al perdido personaje sea del ámbito liberal o, simple y llanamente, conservador. El vitoriano se ha convertido en una suerte de caballo de Troya que amenaza con llevarse por delante lo poco que queda de un partido que, no lo olvidemos, logró 19 escaños en 2001 con el insuperable Jaime Mayor Oreja y a punto estuvo de conquistar la Lehendakaritza de la mano de ese otro gran constitucionalista que es Nicolás Redondo Terreros.

Un Nicolás Redondo al que se fumigaron precisamente por eso: por estar del lado de quienes defienden la Carta Magna y el Estado de Derecho en general en territorio comanche. Luego es obvio que la deriva anticonstitucionalista del Partido Socialista de Euskadi no es cosa de Pedro Sánchez sino que, para ser más exactos, la parió José Luis Rodríguez Zapatero y la está rematando con precisión de relojero suizo el actual presidente del Gobierno y caudillo de Ferraz. Algo parecido a lo que quiere hacer el presidente del PP vasco, que no disimula lo cachondo que le pone relativizar el nauseabundo rol que ha jugado el antecedente de Bildu, Batasuna, en el País Vasco en las últimas cuatro décadas. Que no era otro que señalar los objetivos que debía rematar la banda terrorista ETA.

Siempre he pensado que Borja Sémper es un buen tipo y un político que entiende mejor que nadie las nuevas tendencias de la política, basadas en las redes sociales y en un cierto toque modernito en las formas. Pero aluciné cuando hará cosa de unos siete años se descolgó con una frase que parecía salida de ese hijo de Satanás que es Otegi: “El futuro del País Vasco hay que construirlo con Bildu”. Lo desafortunadamente normal en una formación, el PP vasco de la era Rajoy, que venía haciendo de las suyas desde 2008 cuando echó por la puerta de atrás a lo mejor de lo mejor: María San Gil. Un partido que jamas debe olvidar el coste que ha tenido para ellos defender la democracia en Vizcaya, Álava o Guipúzcoa, entre otras cosas, porque les han matado a más gente que a nadie.

El epítome de esta deriva lamentable llegó hace nada, el 12 de julio del año pasado. Ese día de la infamia el PP guipuzcoano votó “sí” a que el partido de ETA, Bildu, presida la Comisión de Derechos Humanos de las Juntas Generales de Guipúzcoa. Esto es como si el Tribunal de Núremberg lo hubiera presidido Adolf Hitler redivivo o Eichmann recién traidito de Argentina. Antes Alonso nos había sorprendido con imbecilidades manifiestas, como esa petición de “federalizar” al PP vasco o esas declaraciones en las que se autodefinía como “patriota vasco y patriota español”. Olvidó el genio alavés que sólo hay una patria y que patriotas vascos, “abertzales” más bien, es como se definen los miembros de Bildu y de ETA. Por no hablar de su indecente decisión de asfixiar a la Escuela de Verano Miguel Ángel Blanco. El nombre de esta maravillosa iniciativa de las Nuevas Generaciones lo dice todo acerca de la catadura moral de nuestro protagonista.

Por todo ello, y por su apoyo incondicional a Soraya Sáenz de Santamaría, Alfonso Alonso debería dar gracias a Dios y besar por donde pisa Pablo Casado por haberle mantenido como candidato del PP vasco pese a que en 2016 llevó al partido a los peores resultados de la era moderna. No entiendo yo a santo de qué viene el pollo que está montando por la coalición electoral que se ha forjado con Ciudadanos para las autonómicas vascas y que presumiblemente será el inicio de grandes cosas. En lugar de estarse calladito, monta el pollito. El todavía presidente del PP regional mantiene que carece de sentido porque Ciudadanos no es nadie en el País Vasco. Tan cierto como que si esa alianza se hubiera producido para las generales, Maroto no se hubiera quedado sin escaño en el Congreso de los Diputados en favor de los proetarras.

José María Aznar tuvo que hacer de la necesidad virtud, con infinidad de gestos al centro para centrar un partido que, no lo olvidemos, procedía de la derechona de Manuel Fraga. Meter a ucedistas de pro como Arias-Salgado, Mayor Oreja o Javier Arenas requirió algún que otro sacrificio de históricos de AP y, aunque a corto plazo no se vieron los resultados, a largo fue la clave de un éxito que se resume en la derrota de Felipe González en 1996 y la mayoría absoluta de 2000.

La unión hace la fuerza o concordia res parvae crescunt que decían los clásicos. Lo del País Vasco no es, como están haciendo ver los opinadores del pensamiento único izquierdista, un capricho de Pablo Casado o una puñalada a Alfonso Alonso por haber respaldado en el Congreso del PP de 2018 a la persona que hundió para mucho tiempo un partido con vocación mayoritaria, un partido que aglutinaba desde el centro a las posiciones más conservadoras y carcas de la derecha en materia social. La UCD en versión moderna, en definitiva. La entente PP-Cs es el final del principio, que no el principio del final, de un camino que ha de acabar sí o sí en Moncloa.

A ver si se enteran los enemigos del centroderecha y los tontos útiles a su servicio: lo de menos es un País Vasco que está perdido de momento para el constitucionalismo. Digo de momento porque el día que reflote sus señas de identidad, mandando al basurero el relativismo ético y político, volverá la pasión electoral y consecuentemente los votos. Ni siquiera es una cuestión catalana teniendo en cuenta que las encuestas otorgan a Ciudadanos aún menos escaños que al PP. Es un asunto nacional. Porque si se reconquista el Gobierno de España, será mucho más sencillo recuperar plazas como Aragón, Cantabria, Asturias, Comunidad Valenciana, Canarias e incluso una Extremadura en la que el PSOE va a sufrir de lo lindo por esa demagoga chapuza del Salario Mínimo Interprofesional que ha destrozado el sector agrario de la región.

Nunca seguramente tuvo tanto sentido la tan manida como incontrovertible frase de los economistas de toda la vida: “Lo que no son cuentas, son cuentos”. Subraya esa legión de contertulios izquierdosos que Ciudadanos tenía mucho voto socialdemócrata porque el partido lo fundaron tipos procedentes de ese ámbito ideológico como Antonio Robles, Francesc de Carreras o el propio Girauta. Olvidan deliberadamente que el que metió al partido naranja de hoz y coz en el centroderecha fue su líder bonito, el individuo que lideró con puño de hierro la formación hasta la derrota final, Albert Rivera.

Y las estadísticas tampoco mienten. Mariano Rajoy se metió en el bolsillo 10.866.588 votos en las generales de ese 20-N de 2011 que, visto lo visto, con esos 186 pedazo de escaños, fue la gran oportunidad perdida para acometer las grandes reformas que este país necesita y para deshacer las incontables barrabasadas zapaterianas. La suma de PP, Ciudadanos y Vox dio algo más de esa cifra, no mucho más, en abril del año pasado: 11.160.000 papeletas. Y en noviembre los guarismos se redujeron ostentóreamente, que diría Jesús Gil, pero porque la participación total cayó a plomo fruto del hartazgo electoral y por la espantada de cerca de un millón de electores —que se dice pronto— de Ciudadanos que en lugar de decantarse por el PP o por Vox se quedaron en casa. La derecha se anotó 10.296.000 apoyos en las urnas el 10-N. Todo lo cual demuestra que los votos de PP, Cs y Vox forman vasos comunicantes, vamos, que son la misma cosa. Es, básicamente, un sufragio transversal que se va moviendo de partido en partido en función de las sensaciones.

Dicho todo lo cual una cosa está clara: si hubieran concurrido juntos a las urnas en abril, no tendríamos que soportar el Gobierno que nos ha caído en desgracia con los comunistas bolivarianos llevando la voz cantante y mandando mucho más de lo que en el peor de nuestros sueños pudimos imaginar. Y digo sólo abril y digo bien porque no hubiera hecho falta repetir los comicios por una sencilla razón: la derecha tendría mayoría absoluta en el Parlamento. El acuerdo preelectoral PP-Ciudadanos seguramente es un pequeño paso para Pablo Casado, porque lo del País Vasco está complicado con este cabeza de cartel, pero indiscutiblemente será un gran salto para un centroderecha que está que trina con este Ejecutivo socialcomunista que quiere imponer el pensamiento único, que se cargará la economía y que hará saltar por los aires la unidad nacional. Éste es el camino. No será fácil, Pero no hay otro.

Todo a una carta
Nota del Editor  23 Febrero 2020

Si está demostrado que los votos de PP, C's y Vox forman vasos comunicantes, está claro que la solución pasa por votar todos a Vox. Eso de jugarse España a una carta, con la efigie del presidente del partido, sin tener en cuenta la rémora que tiene detrás, no deja de ser jugar a la ruleta rusa. Confiar en que el PP o C's cambien y sean capaces de no repetir errores y traiciones para que parezca que algo cambia y siga todo igual en manos de los frentepopulistas, es claramente suicida.

Casado y las uvas
Luis Herrero ABC  23 Febrero 2020

Hace tanto tiempo que no vemos a Pablo Casado en otro sitio que no sea un berenjenal que ya no está muy claro si su afición por lo hortense es pasajera o permanente. La finalidad de la política, y por lo tanto de los políticos, es resolver los conflictos, no acrecentarlos. Sin utilidad no hay paraíso. Y sin simpatía, tampoco. Suárez y González supieron combinar durante algún tiempo esas dos virtudes. A Aznar le perdió la antipatía. A Zapatero y a Rajoy, la inutilidad. Sánchez lleva camino de convertirse en la antítesis de ambas. Si Casado quiere sobrevivir en la vida pública debe darse cuenta de que corre el mismo peligro que Sánchez.

El líder del PP ha sido noticia, esta semana, por tres motivos fundamentales: por su reunión con el presidente del Gobierno, el lunes pasado, y por el guiso de las coaliciones electorales en Galicia y el País Vasco. De Moncloa salió verborreico y confuso. Dijo que no negociaría nada con el PSOE mientras siguiera tonteando con el independentismo catalán. ¿Nada? ¿Entonces qué podemos esperar de su contribución a esta legislatura? Si su mejor baza para recuperar la confianza del electorado es hacer propuestas que se saben imposibles de antemano, ¿qué utilidad tiene el voto al PP? ¿Reafirmar principios?

Supongamos que la apuesta de Casado vaya por ahí. ¿Entonces por qué pastelea con uno tan importante como el de despolitizar la Justicia? Lo que yo había entendido es que su partido se negaba a negociar la renovación del CGPJ mientras no se cambiara el sistema de elección de los vocales. ¿Pero entonces por qué le puso precio durante su conversación con Sánchez? Lo que dio a entender es que volvería a prestarse al cambio de cromos —tres vocales para ti, dos para mí— siempre que el PSOE renunciara a nombrar a Dolores Delgado Fiscal General del Estado y a la reforma «ad hoc» del Código Penal. ¿De verdad es esa su mejor ocurrencia para resolver el problema?

Luego vino lo de Galicia. Feijóo dijo que no a la coalición con Ciudadanos, y Génova —que estaba por la labor de tender puentes con Arrimadas— tuvo que agachar la cabeza para no meterse en un lío morrocotudo. El líder territorial impuso su criterio y el presidente del partido reculó con el rabo entre las piernas. Era una batalla que no podía ganar. Los platos rotos los pagó Alfonso Alonso. Después de haberse mostrado débil ante el fuerte, Casado discurrió que para poner a salvo su liderazgo no tenía más remedio que mostrarse fuerte ante el débil. ¿Alguien le imagina diciéndole a Feijóo «aceptas o te vas»? Nada hay más antipático que la «potestas» sin «auctoritas». Los abusones irritan.

A mediados de septiembre, el PP vasco celebró una Convención con el propósito declarado de potenciar «un perfil propio». «Defiendo un proyecto desde el País Vasco y para el País Vasco», dijo Alonso. Casado acudió a la cita, comió con los dirigentes regionales del PP, les colmó de lindezas y, para asombro de propios y extraños, en vez de exigirles un cambio de rumbo por haber llevado al partido al borde de la nada (apenas tienen 55 ediles en toda Euskadi y solo 11 escaños de 153 en las Juntas Generales), les hizo la ola y bendijo su apuesta por el «perfil propio» en medio de abrazos y risotadas. Desde ese día se hizo co partícipe de lo que el futuro pudiera deparar.

Una de las metáforas más utilizadas por la clase política es la de las luces largas, una versión cutre de la fábula de la zorra y las uvas. Ya que no podemos alcanzar nuestro objetivo, finjamos que no está maduro. Si en Génova se hubieran cargado a Alonso en septiembre, su sustituto hubiera debutado con una debacle electoral a los pocos meses. La idea era que Alonso se comiera el marrón para empezar desde cero. ¿Pero de verdad cree Casado que se salvará de la quema? Pincho de tortilla y caña a que no. El 5 de abril por la noche, Feijóo habrá ganado sin Génova en Galicia y Génova habrá perdido sin Alonso en el País Vasco. Pase lo que pase, Casado pierde.

La España inevitable
Una nación es el resultado de la dialéctica entre las fuerzas que en cada momento histórico son capaces de imponer su influencia. En España, esa tensión se dirime en torno a la idea del espacio común de soberanía y convivencia, sometido al estrés de las presiones periféricas. El modelo de dos velocidades amenaza con imponerse con el Ebro como frontera
Ignacio Camacho  23 Febrero 2020

Cuarenta años después del referéndum andaluz que cambió el inicial diseño constitucional de una España de dos velocidades, el río Ebro vuelve a configurarse como una frontera política entre las autonomías de régimen común y las que apuntan, en el mejor de los casos, cada vez más nítidos rasgos confederales. El proceso de centrifugación administrativa a favor de Cataluña y Euskadi ha sido una constante de todas las legislaturas con mayorías inestables, pero ha llegado a un punto más allá del cual el Estado amenaza con disolverse en esas dos comunidades como consecuencia de un fenómeno de licuación constante. En su diferente intensidad reivindicativa, los nacionalistas vascos y los separatistas catalanes han intuido en la debilidad de Pedro Sánchez la ocasión idónea para pasar a otra fase: la de un cambio de régimen diluido bajo la apariencia suave de un diálogo o un «reencuentro» que disfrace la áspera realidad de un perseverante chantaje.

Fue el novelista Manuel Vázquez Montalbán quien en los años noventa, ante la transformación de la Barcelona olímpica, acuñó la expresión de «la ciudad inevitable». Se refería el lúcido escritor catalán a que la evolución urbana es el resultado de todas las presiones, maniobras y designios que logran pasar el filtro de la resistencia de los habitantes; es decir, el producto del grado de rendición de los ciudadanos al criterio dominante de los sectores de influencia que en cada momento histórico son capaces de imponer sus proyectos. Según esta visión, la vida de las ciudades está sometida a una tensión continua entre las fuerzas voraces de la política, el dinero y otros polos de intereses particulares, por un lado, y por otro una cierta conciencia social crítica cuya oposición a las primeras determina la configuración real del paisaje y de la convivencia a través de una dialéctica de energías opuestas. Dicho de otro modo, cada ciudad vendría a ser el fruto de una confrontación de impulsos contrarios a la que sobrevive, por evolución darwiniana, sólo aquello que no puede ser evitado.

Algo similar podría decirse de las naciones, de los Estados, que vienen a resultar también el desenlace de un enfrentamiento entre sus agentes internos. En el caso español, y desde hace mucho tiempo, ese antagonismo se dirime en torno al modelo territorial, a una idea de espacio de soberanía común sometido al estrés de los nacionalismos periféricos. España es cada vez más lo que queda tras el permanente traspaso de competencias y recursos de autogobierno a las regiones cuyas clases dirigentes andan empeñadas en la construcción de sistemas ajenos al que la Constitución determina como marco supremo de las reglas de juego. Sólo que se trata de un conflicto que siempre se acaba resolviendo en una sola dirección, en detrimento de la cohesión y de la igualdad y a favor de la perpetua reclamación de privilegios.

La formación del actual Gabinete de coalición auguraba desde el principio una etapa de nuevos desequilibrios, toda vez que los socios del Ejecutivo son, sin excepción, partidos identitarios firmemente decididos a utilizar la precariedad sanchista en su propio beneficio convirtiendo al presidente en rehén de sus compromisos. Apenas asentado en el poder, Sánchez ha comenzado a abonar las facturas del pacto: ya está convocada la mesa de negociación con los independentistas catalanes y trazado el calendario de nuevos y decisivos paquetes de transferencias inmediatas al País Vasco.

Con los primeros, además de las decisiones urgentes para propiciar la libertad de sus líderes presos, está cerrada de antemano la convocatoria de un polémico referéndum que convalide los eventuales acuerdos políticos y financieros. A los segundos se les concede del tirón la gestión de la Seguridad Social, las cárceles -con los reclusos de ETA dentro-, la política de recursos energéticos, los puertos de interés general y hasta los paradores de turismo, bastión de escaso interés estratégico que demuestra hasta qué punto el PNV amarra cualquier detalle suelto. Ciertamente, y a diferencia de lo que proponen los secesionistas de Esquerra, se trata de competencias contempladas en el Estatuto de Guernica, pero su cesión, largamente retrasada por distintos Gobiernos, confirma la desaparición de cualquier estructura o cuerpo estatal en suelo vasco a salvo de la residual presencia del Ejército y de algunos mínimos elementos cuyo débil anclaje garantiza un confederalismo de hecho. Todo ello a la espera de un nuevo boceto estatutario con la autodeterminación en el centro de un debate que promete desatornillar aún más los escasos pernos que mal que bien sujetan el proyecto nacional a la ribera del Ebro. Justo el límite en el que el Rey, último símbolo unitario, puede viajar sin riesgo de exponerse a reproches, ultrajes y denuestos.

Viene, pues, la enésima oleada de dispersión, una diáspora desigualitaria que culminará con lo que pueda arrancar la presión soberanista catalana, y que corre en paralelo con la paradójica centralización tributaria (al alza) que Hacienda trata de imponer por las bravas para sujetar el impulso liberalizador de Madrid y otras autonomías dinámicas. Como es lógico, el resto de las comunidades va a exigir su cuota niveladora, en un proceso que ya tuvo lugar en la etapa de Zapatero y que desembocó en un esperpento particularista de disparates y excesos. Andalucía ya se dispone a celebrar la efeméride del 28 de febrero en un clima de motín contra la nueva derrama de franquicias y fueros; el eterno ritornello del agravio que vuelve en medio de una crisis de modelo, con un Gobierno sin capacidad de control sobre los efectos de su demencial y sesgada deriva de apaciguamiento y un emergente populismo de derecha experto en sacar provecho del temor de tantos españoles a que la unidad nacional se desagüe por el sumidero.

Estamos, pues, ante uno de esos momentos claves en que «la nación inevitable» de los próximos años será la consecuencia de lo que no consigan impedir sus ciudadanos. No queda apenas margen para mantener intacto un proyecto territorial ya bastante desequilibrado. La irresponsabilidad de Sánchez va a jugar con un fuego que le puede acabar quemando las manos; roto el consenso de Estado no parece en absoluto descartable que un nuevo escarnio separatista desemboque en un estado de opinión pública peligrosamente proclive a un indeseable pendulazo.

Sánchez otorga al País Vasco el Estado Libre Asociado
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli   23 Febrero 2020

No existe otro Estado en todo el planeta que esté dedicado con tanto empeño como el español a su propio desmantelamiento. Normalmente, los Gobiernos, en la medida que se saben y se quieren guardianes de las naciones sobre las que ejercen su poder ejecutivo y en las democracias parlamentarias también en gran medida el legislativo, procuran mantener e incrementar su capacidad de dirigir los asuntos públicos y de hacer visible y efectiva su presencia dentro de sus fronteras. Sorprendentemente, nuestro sistema político e institucional fruto de la Transición y encarnado en la Constitución de 1978, ha tenido el efecto contrario. Desde el momento mismo del tránsito del autoritarismo a la democracia y a lo largo de cuatro décadas de forma ininterrumpida, con etapas de pausa y ralentización y otras de aceleración, pero siempre sin marcha atrás, los sucesivos inquilinos de La Moncloa han rivalizado en la cesión de competencias a las Comunidades Autónomas con especial atención a Cataluña y al País Vasco, precisamente los dos territorios con los que hubieran debido ser más cautos a la hora de proporcionarles instrumentos de autogobierno, como la experiencia ha demostrado amargamente.

Ni siquiera la rebelión abierta de la Generalitat catalana separatista y su intento de acabar con la unidad nacional y el orden legal vigente ha sido suficiente para que los dos grandes partidos reaccionen y pongan pie en pared. Por el contrario, el actual Gobierno socialista-comunista se ha lanzado a intensificar este proceso de demolición y su ya aprobada ola de traspasos a la Comunidad Vasca entra de pleno en el ámbito de la irresponsabilidad, por no utilizar la palabra sin duda más fuerte, pero más adecuada, de traición. La transferencia de la gestión de la Seguridad Social es la que más ha llamado la atención y más tinta ha hecho correr, pero las prisiones, los puertos de interés general, los aeropuertos, el litoral marino, la seguridad privada, la matriculación de vehículos, el transporte por carretera, la meteorología, los hidrocarburos, las convalidaciones de títulos académicos extranjeros, los seguros, el mercado de valores, el régimen electoral municipal, la cinematografía, el ISBN de los libros y los ferrocarriles de cercanías configuran un conjunto que corona, al añadirse al ya amplísimo espacio de administración autónoma vasca, la práctica desaparición del Estado en esa parte de España.
Separación sin presos

La estrategia del nacionalismo vasco, una vez allanado el camino y ablandado el enemigo mediante el tiro en la nuca, la bomba, el secuestro y la siembra del pánico durante décadas, es mucho más inteligente y productiva que la catalana. En vez de proclamas independentistas absurdas y de agitación internacional grotesca, los jerarcas del PNV han aprovechado y aprovechan la ausencia de patriotismo, de principios y de visión histórica de sus sumisos interlocutores del Gobierno central para ir avanzando con paso inexorable hacia el Estado Libre Asociado. La llegada a la Presidencia del Consejo de Ministros de un aventurero sin escrúpulos que tiene la mentira como divisa les permite hoy dejar casi culminado su plan de separación sin traumas, sin presos por sedición, sin embargos de sus bienes y sin despeinarse. El diseño del Euzkadi Buru Batzar salta a la vista: control absoluto sobre todos los aspectos políticos, institucionales, financieros, fiscales, culturales y simbólicos de la gestión pública en el País Vasco sin intervención alguna del Estado y aprovechamiento de las ventajas de la integración nominal en España, tales como la pertenencia a la Unión Europea, a la zona euro y a la OTAN, así como la cobertura, en caso de necesidad de un avalista de último recurso, de la Hacienda estatal.

Por supuesto, la oposición está cubriendo de denuestos a Pedro Sánchez por sus claudicaciones vergonzosas ante los nacionalistas, pero ¿acaso está comportándose de manera distinta a sus predecesores que siguieron la misma tónica incluso cuando tuvieron mayoría absoluta durante un tiempo suficiente para haber detenido y rectificado este entreguismo suicida?

Está anunciada para la semana próxima durante el I Congreso Nacional de la Sociedad Civil como atracción estrella una conversación-debate entre Felipe González y José María Aznar. Será interesante escuchar su análisis sobre la situación que atravesamos, aunque todo lo que digan será irrelevante si no va precedido de un sincero, sentido y dolorido acto de contrición.

Sánchez amplía su «cordón sanitario»
Editorial ABC  23 Febrero 2020

Es una muy mala noticia para España que los socialistas continúen, día a día, estrechando lazos con partidos que solo buscan dañar al Estado

El líder del PSOE comienza hoy en Galicia la precampaña electoral para las próximas autonómicas, donde piensa volcarse para intentar que Alberto Núñez Feijóo no obtenga su cuarta mayoría absoluta consecutiva. Si se diera el caso, para ello debería contar con el apoyo de los separatistas del Bloque Nacionalista Galego, de la misma manera que en los comicios vascos, que se celebran también el próximo Domingo de Ramos, parece haber elegido ser, en ese caso, el socio de los nacionalistas del PNV, favoritos para la victoria según señalan los sondeos. Cada vez es más diáfano que el sanchismo tiene entre sus características la predilección por los pactos con los partidos que no forman parte del bloque constitucional, porque aunque no se atreva a decirlo públicamente parece absolutamente incómodo en el texto del 78, como si se hubiera contagiado del discurso sobre el modelo de Estado que le sugieren los socios que va eligiendo por el camino, todos refractarios a la Constitución y mayoritariamente adversos a la unidad de España, por ejemplo.

Por eso a Sánchez no le ha provocado complicación alguna pactar con ERC, PNV y Bildu en el Congreso de los Diputados, sabedor de que favor con favor se paga, y ello debería ser correspondido en otros gobiernos o parlamentos autonómicos. En realidad se trataba de tejer una red de aliados que supusiera una especie de cordón sanitario para los partidos constitucionalistas del centro-derecha. Por eso en cuanto surge la posibilidad, Sánchez mira en Galicia al BNG, como mirará a ERC en cuanto se convoquen las autonómicas catalanas. Porque la costumbre viene de lejos y porque quizá parte de la opinión pública haya olvidado que el PSOE ya fue socio de los separatistas catalanes en dos legislaturas, la de Pasqual Maragall y la de José Montilla. Y de aquellos lodos viene este barrizal, agravado en este caso pues varios dirigentes de ERC se encuentran condenados por intentar un golpe contra el Estado y pese a ello Sánchez ha decidido elegirles como socios.

Es una mala noticia que el PSOE haya emprendido esta deriva que le ha hecho olvidarse de España y que presenta un pronóstico poco halagüeño al cimentarse en aliarse con formaciones que buscan dañar al Estado o hacerlo cada vez más débil para que sea más sencilla la secesión. Por eso la llamada «mesa de diálogo» que este miércoles Sánchez le ha montado al inhabilitado Quim Torra en La Moncloa es un grave error que no servirá para apaciguar a unos separatista que han entendido que a Sánchez si se le presiona un poco, cede. En menos de un mes a ERC le ha cedido la mesa, y al PNV, la gestión de la Seguridad Social y de las cárceles. Y ya estará rondando en su cabeza lo que le cederá al BNG.
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