AGLI Recortes de Prensa   Domingo 15  Marzo  2020

Una nación unida, un Ejecutivo roto e insolvente
Editorial El Mundo 15 Marzo 2020

La insolvencia, lentitud y descoordinación que ayer acreditó el Gobierno acentúa la incertidumbre de los españoles por el coronavirus y coloca a Pedro Sánchez frente a la crudeza de una realidad ajena al márketing oportunista. El Consejo de Ministros que aprobó el estado de alerta -anunciado 24 horas antes- derivó en una tensa reunión como consecuencia de las discrepancias entre el PSOE y Podemos. Ello obligó a posponer la declaración institucional de Sánchez en la que detalló las medidas y a aplazar a hoy la conferencia de presidentes autonómicos.

Teniendo en cuenta la gravedad de la emergencia nacional que atraviesa España y el hecho de que se hayan disparado el número de contagios, resulta inaceptable y profundamente irresponsable que el Ejecutivo se muestre incapaz de operar con la rapidez y la determinación que exige una crisis de efectos imprevisibles. Máxime si median razones de pugna partidista entre los partidos que sustentan al Gobierno y un egoísmo tan irracional como esperado por parte de gobiernos autonómicos como el de Cataluña o el País Vasco. El ansia de Pablo Iglesias, quien ayer rompió su cuarentena para asistir a la reunión del Gabinete, de tener un mayor margen de poder en el estado de alerta dilató la aprobación de un instrumento fundamental para detener la propagación del Covid-19. A ello se suma la deslealtad de Torra y de Urkullu, renuentes a que las competencias de Salud e Interior recaigan en un mando único, tal como finalmente refleja el decreto del estado de alarma. Este instrumento, que contempla el artículo 116 de la Constitución, llega tarde pero contiene medidas acertadas e imprescindibles. El real decreto impone el confinamiento de los españoles en sus casas -salvo para trabajar y urgencias- y sitúa a todas las autoridades del Estado y a todos los cuerpos de seguridad a las órdenes del Ejecutivo. Además, se ordena la centralización del sistema nacional de salud y se decretan servicios mínimos en el transporte. «Las medidas son drásticas y van a tener consecuencias", alertó Sánchez. Corrigiendo a lo afirmado por la ministra de Economía hasta ahora, admitió que el daño económico será "grande". Asimismo, reconociendo de forma implícita la insuficiencia del plan de choque aprobado el jueves, avanzó de forma vaga más medidas para garantizar la liquidez y el respaldo a las empresas para "amortiguar" los efectos en el mercado laboral.

España es el segundo país de la UE con más contagiados por coronavirus. La pandemia continúa al galope, mientras el conjunto de las administraciones públicos reclaman a la ciudadanía un esfuerzo de confinamiento y de contención de su vida social para atajar la epidemia. En este trance, resulta descorazonador asistir al espectáculo de división interna y de insolvencia de un Gobierno desbordado por el calibre de una amenaza que minusvaloró desde el primer momento. El Consejo de Ministros, que ayer duró siete horas, debe ir precedido de una discusión técnica previa en órganos inferiores. Es obvio que la falta de cohesión entre PSOE y Podemos, y la estructura ministerial de un gobierno pensado para el eslogan, no para la gestión, dificultan la toma de decisiones. Esta parálisis resulta especialmente lacerante en momentos críticos. La falta de reflejos de las principales autoridades está llevando a algunas comunidades autónomas, como hizo ayer Andalucía al elevar el nivel de emergencias, a adoptar medidas que exceden los lentos pasos dados por Moncloa y Sanidad. Hasta el jueves pasado, las autoridades sanitarias y de emergencias habían restado alarmismo a la extensión del coronavirus, dando por hecho que ésta se situaba bajo control. La virulencia de la epidemia ha superado por completo la capacidad de un Gobierno que, de forma temeraria, permitió la manifestación del 8-M pese a que la UE había advertido de la contraindicación de autorizar concentraciones multitudinarias.

En este contexto, la colaboración ciudadana resulta clave. La policía tuvo que diluir ayer la aglomentación en parques y en zonas recreativas como la sierra de Madrid. Ello contrasta con el extraordinario coraje de los servidores públicos y con la conducta cívica de la mayoría de ciudadanos. España es un gran país que, como aseguró Sánchez, sabrá sobreponerse a los efectos del coronavirus, tanto en el ámbito sanitario como económico. Pero no lo hará gracias a un Ejecutivo roto e inoperante, sino por la capacidad de superación y la unidad de una nación que saca lo mejor de sí misma en las peores circunstancias. Es la hora, recurriendo sin vacilación a las previsiones constitucionales, de la unidad, la determinación y el liderazgo.

En las peores manos en el peor momento
EDUARDO INDA okdiario 15 Marzo 2020

Lunes 13 de mayo de 1940. Cámara de los Comunes. Londres. Reino Unido.
El hombre que ha sucedido al pusilánime Chamberlain como primer ministro, Winston Churchill, se dirige a una nación que observa impotente cómo Hitler avanza imparable. El mundo libre va de derrota en derrota. La cuna de las libertades modernas, Francia, está cayendo cual castillo de naipes. El angloestadounidense premier comieza su speech enérgico, puro Winston, pero a la vez con una serenidad que deja anonadados a todos y con una genialidad que no sorprende a nadie:

—No puedo ofrecer más que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor—, apunta en una frase que, tal y como señala el historiador John Lukacs, ganó la guerra.

Sin estas cuatro palabras, que la historia ha cambiado de orden sin alterar el producto, la nación más importante de la Historia Contemporánea jamás hubiera liderado al mundo democrático a la victoria. Sin Churchill, tres veces más importante a efectos morales que no prácticos que Roosevelt, la derrota del nazismo hubiera tardado más o tal vez no se hubiera producido nunca y el mal hubiera dominado el planeta.

Que Pedro Sánchez no es Churchill es una obviedad tautológica, es decir, una obviedad al cuadrado. No da mucho de sí un presidente, el nuestro, que es al primer ministro inglés por antonomasia lo que el delantero del equipo de mi pueblo a Cristiano Ronaldo o a Leo Messi. El drama es que jamás pensé que diera tan poco de sí, que ante un pedazo de crisis como la del coronavirus de marras lo hiciera tan rematadamente mal. Me cuentan que ayer en el Consejo de Ministros estaba desbordado, tan bloqueado que tuvo que llevar la voz cantante la vicepresidenta primera, Carmen Calvo. Cuestión de cuajo. Ciertamente, el rostro del marido de Begoña Gómez era todo un poema. En la comparecencia posterior estuvo bastante mejor.

No sé las urnas, porque ciertamente Spain is different, pero tengo meridianamente claro que la historia le condenará por su parsimonia, por la lentitud a la hora de tomar medidas, por hacer como si no pasara nada hasta el martes pasado y, sobre todo y por encima de todo, por anteponer su egoísmo y su interés partidista a la salud de todos los españoles. Sólo un incapaz patológico es capaz de mirar hacia otro lado silbando al cielo, como si tal cosa, mientras se monta la mundial en China y no digamos ya cuando observas las barbas de tu vecina Italia pelar.

Tan cierto es que cuando te ves obligado a tomar la decisión de tu vida lo normal es pensártelo muchas veces como que bloquearte conduce irremisiblemente al desastre. Es lo que le ha sucedido a un presidente que desde hace dos meses y medio sabe mejor que nadie la que se lio en China y hace uno y medio está al corriente de la realidad de Italia. Sabía lo que ocurría y el implacable modus operandi que ambos países y Corea del Sur implementaron para paliar un virus que se extiende a velocidad supersónica. Otra opción era imitar a Boris Johnson que aboga por mantener cierta normalidad para no cargarse la economía y porque los ingleses se contagien y se inmunicen cuanto antes. Una alternativa que a mí se me antoja locoide pero una alternativa. El problema es que aquí no ha habido ni alternativa ni contraalternativa hasta este sábado.

Aquí nos ha caído en desgracia un presidente que sólo sabe pronunciar una palabra, “so”, tal vez porque el obligado “arre” no figura en su diccionario. O porque no da más de sí. El desaguisado lo resume mejor que nada ni nadie un meme que, presidido por la foto de los superlativos Hermanos Marx, ayer circulaba como la pólvora en internet: “El Gobierno declara que mañana hará una declaración para declarar que queda declarado el estado de alarma cuando acabe la declaración”. Entre su comparecencia del martes, ¡¡¡primera en el mes y pico de coronavirus que llevamos en España!!!, y la adopción de medidas de este sábado se han perdido cuatro preciosos días.

El colmo de la irresponsabilidad moral y de la responsabilidad penal había llegado el domingo pasado con la autorización de la celebración de decenas de manifestaciones con motivo del 8-M. Cientos de miles de personas se juntaron por las calles de las grandes capitales de toda España provocando el obvio contagio masivo. Sánchez sabía el riesgo sanitario que representaba dar el nihil obstat pero dijo amén a los caprichos de esa ministra júnior que es Irena Montera. Consecuencia: el número de positivos por coronavirus se ha disparado exponencialmente. La primera víctima o verdugo es esa titular de Igualdad que se empeñó en tirar adelante aun a riesgo de su propia salud… y, lo que es peor, de la de los demás. O bien contagió o bien se contagió. Sea como fuere, una mala ciudadana y una peor gobernante. Otra víctima de la banalidad, la niñería y el populismo del Gobierno ha sido la mujer del presidente. Begoña Gómez se fue al 8-M a cantar “¡Madrid será la tumba del fascismo!” y volvió infectada. El karma es así de insolidario.

El incremento del número de contagios, de enfermos y de muertes es responsabilidad exclusiva de este Gobierno de jardín de infancia. La de dolor que nos hubiéramos ahorrado si se hubiera actuado cuando la pandemia constituía ya una realidad global. Por no hablar del crash económico que desencadenará el coronavirus en todo el mundo pero que en España tendrá un plus por culpa de un Ejecutivo atado de pies y manos por un Iglesias que exige gasto, gasto y más gasto público. Del ridículo internacional que estamos protagonizando no les diré nada porque ya lo dice todo The New York Times, que ayer se descolgaba con un titular revelador: “España se ha convertido en el último epicentro del coronavirus por culpa de una respuesta vacilante”. El subtítulo era aún más demoledor: “El Gobierno declaró el viernes el estado de alarma días después de permitir aglomeraciones masivas en la capital [por el 8-M] y ya hay 4.200 casos”. Esta vez no fueron los malos-malísimos de OKDIARIO los que criticaron sin ambages a Sánchez sino un rotativo progre y con fama de ser uno de los mejores del mundo.

La guinda al pastel la puso ayer el psicópata de Pablo Iglesias, al que no se le ocurrió mejor cosa que saltarse la cuarentena obligada por el positivo de su pareja y participar presencialmente en el Consejo de Ministros extraordinario. El cabreo de los ministros socialistas era cósmico: “No sólo ha puesto en riesgo nuestra salud sino que, además, hemos dado una imagen y un ejemplo lamentable a la ciudadanía”. Moncloa llamando a no salir de casa y va el pollo y se pasa la cuarentena por el arco del triunfo. ¡Qué chusma! Le puede el protagonismo. Quiere ser el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro. Mata por una foto aunque contagie al resto del Ejecutivo e invite a la ciudadanía a incumplir el estado de alarma. Pero además fue a exigir la nacionalización encubierta mediante una intervención de los hospitales privados. Una inconstitucionalidad como la copa de un pino.

El presidente estuvo anoche bien en las formas pero el fondo de la cuestión hay que darlo por perdido porque ha actuado tardísimo. Ahora ya no se trata de minimizar los daños sino de corregir los bestiales daños causados, que parece lo mismo pero obviamente no lo es. Dios o el destino quieran que lo consiga. Nuestra maldición es que llegamos al peor momento de nuestra historia reciente, quién sabe si más grave que la crisis económica de la era ZP, en las peores manos. ¿Qué podemos esperar de un Gobierno comandado por Sánchez y condicionado por el diabólico Iglesias y la júnior Montera? Por si acaso acojámonos al recurso de rezar (los creyentes) o de cruzar los dedos (los agnósticos). OKDIARIO apoyará a las autoridades para salir de este trance pero no a cualquier precio, no al precio de silenciar fallos clamorosos, vergonzosos e indignantes como los producidos del estallido de la crisis del Covid-19 a esta parte. Esto no os puede salir gratis, Sánchez e Iglesias. Habéis intervenido, sí, pero 45 días, 6.400 contagiados y casi 200 muertos después

Un Gobierno alarmante
Ediorial ABC 15 Marzo 2020

El momento de España es de una alarma excepcional, y es necesaria grandeza política para gestionarla sin amenazas

Más de veinticuatro horas después de haberlo anunciado, el Gobierno por fin aprobó ayer el decreto que impone en España el necesario estado de alarma. Tarde y mal, cuando ya se han producido más de 6.000 infecciones por coronavirus, más de 1.500 personas en los últimos dos días, y con casi doscientos fallecidos, lo cierto es que Pedro Sánchez no ha podido gestionar peor la crisis en las últimas 72 horas. Resulta lamentable e indigno que el Gobierno filtrase su inicial borrador de decreto para restringir los movimientos de los españoles sin hacerlo público a todos los ciudadanos en tiempo y forma. De nuevo, el Ejecutivo incurrió ayer en una banalización del problema más grave de salud pública al que hemos tenido que enfrentarnos, con las repercusiones económicas que ello lleva aparejado en un país literalmente paralizado. La improvisación se ha apoderado de un Gobierno que lleva semanas subordinando la sensatez y la cautela a la improvisación sistemática. No ha sido capaz de calcular el alcance de un drama de alcance nacional, y ha estado más preocupado por su propia imagen que por la seguridad de los españoles. De lo contrario, ¿qué sentido tiene que el vicepresidente Pablo Iglesias, consciente del riesgo cierto de infección que padece por el diagnóstico positivo de su pareja, la ministra Irene Montero, se presentase ayer in situ en el Consejo de Ministros extraordinario? Pretender que los españoles queden confinados, lo cual parece lógico, y a su vez fingirse liberado del virus para no perder cuota de protagonismo político y mediático dice mucho de la envergadura política de Iglesias, que es nula. Lo ocurrido ayer es una irresponsabilidad nada ejemplar.

Sánchez se ha visto desbordado en las últimas horas por dirigentes regionales con más sentido de Estado y con más vigor en la protección de la ciudadanía que él. Hay un estado de confusión política destructivo y alarmante. Sánchez ha amagado demasiado y su indecisión lo ha convertido en una rémora política, supeditada además a Unidas Podemos. Antes de esta crisis, ya había una profunda división interna en el Gobierno. Ahora, esa falla de brutal desconfianza interna se ha abierto mucho más, agravando la brecha de una crisis política sin parangón ni liderazgo. Ayer, el Consejo de Ministros se demoró por la negativa de Pablo Iglesias a asumir decisiones económicas trascendentales y aavalar el plan de choque económico del Ejecutivo. Y España sigue sin conocer la concreción de esas medidas. Sánchez vive de su imagen, pero Iglesias vive de una falsa utopía comunista capaz de destruir el tejido financiero e industrial de esta nación. Además, es indudable que al conformar ayer un núcleo duro de cuatro ministros del PSOE para la toma de decisiones, Sánchez fulminó a Podemos en la gestión de esta crisis, delatando su nulo peso político y su descreimiento absoluto en la utilidad de Iglesias.

Hay presidentes autonómicos y alcaldes con más eficacia en la concienciación social que la del propio presidente del Gobierno. Las medidas que adopta el Ejecutivo son imprescindibles, pero es notorio que ha incurrido en un exceso de confianza que nunca debió producirse. De hecho ha cerrado España demostrándose incapaz de frenar, ni siquiera en condiciones de alarma nacional, al nacionalismo. Cuando ayer mismo Torra e Urkullu lamentaron que se aplique un «nuevo 155» en Cataluña y el País Vasco, lo hicieron con un desconocimiento palpable de la entidad de este problema. En España nadie «confisca» competencias. Solo se atiende al interés general, y anteponer sus veleidades separatistas y su autoridad sobre las policías autonómicas frente a la salud de los españoles es temerario. Nadie debe dudar de que el Estado tiene la obligación de asumir las competencias en todo tipo de ámbitos para contener la enfermedad por más que unos dirigentes autonómicos se puedan indignar. Allá ellos con su absurda concepción del interés público. Es la hora de la unidad nacional, mal que les pese en su cinismo, porque conviene no olvidar que tanto el País Vasco como Cataluña no solo han pedido ayuda al Gobierno, sino que también dependen del resto de los españoles. Sus poses de independentistas de salón se dirigen una vez más contra España y ningún Gobierno solvente debe tolerarlo, aunque le cueste la legislatura. España es el segundo país de la UE más afectado por el virus, y hasta ayer no adoptó una sola decisión a nivel nacional. Sánchez tiene el apoyo de partidos como el PP, Ciudadanos, e incluso Vox, para no trocear más España, y menos aún en términos de salud pública. Cualquier otro planteamiento sería delirante. Por eso es exigible que el Gobierno de Sánchez actúe con la contundencia necesaria, sin cortapisas, presiones ni chantajes de sus socios. El momento de España es de una alarma excepcional, y es necesaria grandeza política para gestionarla sin amenazas. Si ni lo hace, seguirá siendo un Gobierno alarmante.

No es Gobierno para crisis
Ignacio Camacho ABC 15 Marzo 2020

El liderazgo no es un don infuso como el genio o el carisma; hay que construirlo, ganárselo, merecerlo y asentarlo, sobre todo cuando se carece de rasgos carismáticos. Y es la realidad, no la propaganda ni el postureo, la que moldea al líder cuando lo enfrenta a trances extraordinarios y circunstancias cruciales ante los que no vale el diseño de escenarios mágicos ni la aplicación rutinaria de clichés prefabricados. Cuando la palabra «emergencia» cobra pleno sentido en medio de una crisis de pánico, el dirigente tiene que elegir entre la condición de estadista y la de candidato. Y ésa es exactamente la alternativa para la que Pedro Sánchez no estaba preparado. Acostumbrado a la «democracia de audiencias», le falta nervio, madurez y criterio para enfrentarse a un compromiso de gran impacto. Es mal momento para disparar sobre el piloto porque no hay otro de recambio, pero nadie puede ignorar ya que aunque no quede más remedio que hacerle caso, la epidemia ha sorprendido al país en malas manos. Lógico: un Gobierno de políticos mentalmente adolescentes no podía sino cometer errores de novato.

La insensatez de autorizar -y promover- la manifestación del 8-M va a pesar sobre el Gabinete más que la losa de Franco. Porque fue más que una equivocación: fue un empeño motivado por un designio ideológico ciego. Y sus consecuencias, simbólicas y/o reales, han calado en esa opinión pública a la que el presidente está obsesivamente atento. Lo que ha venido después han sido una serie de decisiones compulsivas ejecutadas a rastra de los acontecimientos. Necesarias pero la mayoría fuera de tiempo, descoordinadas con las autonomías y en medio de una sensación flagrante de desconcierto ante la evidencia de que había llegado un momento en que no bastaba parapetarse en la opinión de los expertos. El mayor despropósito -por ahora- lo constituye la declaración del estado de alarma a plazos, sin especificar hasta el día siguiente su traducción en mandatos concretos y sin enjaular la comunidad de Madrid, el principal foco de infección, con carácter previo, provocando una irracional pero previsible estampida de insolidaridad y miedo. No es difícil identificar la causa esencial de ese titubeo: el mando único exigía pasar por encima de las competencias autonómicas y ponía en riesgo la relación con los aliados preferentes de la «coalición de progreso».

Con su actuación torpe, prolongada ayer mismo hasta el esperpéntico disparate de un Consejo de Ministros incapaz de resolver su propias dudas hasta bien avanzada la tarde, el Ejecutivo ha venido a confirmar el prejuicio de desconfianza que la reiterada ausencia de credibilidad de su líder suscitó desde el primer instante. El comienzo prometedor con que abordó la gestión del coronavirus -perfil bajo y poniendo a los epidemiólogos por delante- no era, al cabo, una muestra de cautela sino una manifestación de incompetencia para enfrentarse a un fenómeno de naturaleza poco controlable y muy antipática a efectos de réditos electorales.

Ni Sánchez ni Iglesias ni sus respectivos equipos tienen solvencia para manejar un problema de trapío, y lo intentaron dejar en manos de las autonomías y los científicos; un método juicioso en principio... hasta que los hechos tomaron velocidad por sí mismos. No había un plan económico ni sanitario, como se ha visto en los posteriores pasos improvisados a base de tanteos y bandazos que han calcado todos los desatinos del modelo italiano. La idea de frenar el nerviosismo popular para evitar el colapso era un propósito acertado pero le faltó -algo insólito en un Gabinete de Presidencia dirigido por técnicos publicitarios- una estrategia de comunicación en el plano mediático. El portavoz médico Fernando Simón se ha achicharrado al ofrecer, pese a su buen oficio, una clara impresión de falta de respaldo. En una sociedad abierta, con las redes sociales divulgando a todo trapo noticias y bulos mezclados, se vuelve política y socialmente letal la carencia de un discurso claro.

Y no se puede quejar Sánchez de oposición combativa. A diferencia de la desaprensiva actitud que él adoptó ante el brote de ébola -que no causó una sola víctima-, la derecha ha declinado cualquier tentación oportunista pese a las voces que reclamaban una postura más crítica. Tanto Casado como Arrimadas -Vox se autoanuló con la inconsciencia de su mitin el día de la marcha feminista- han evitado la marrullería y ofrecido con responsabilidad de Estado un apoyo que el presidente ni siquiera fue capaz, no ya de solicitar, sino de agradecer en términos adecuados. Los dirigentes autonómicos del PP -que también se han lucido al anunciar o negar cosas que escapaban a su ámbito y al decidir por su cuenta asuntos que requerían un acuerdo competencial más amplio- han cooperado incluso al punto de ocultar o minimizar los roces y desencuentros con un Ministerio de Sanidad en pleno caos. Paradójicamente el más duro objetor de las disposiciones gubernamentales ha sido García-Page, el mandatario socialista manchego. Sólo las medidas económicas han quedado, como es natural, fuera del consenso, y ello por la insuficiente respuesta de un Gobierno cuyo titular aún ha tenido el desparpajo ventajista de aprovechar la circunstancia excepcional para pedir sin negociación previa la aprobación de sus presupuestos. Como las hipótesis contrafactuales no tienen contraste objetivo, vale más obviar con elegancia lo que habría ocurrido de ser el centro-derecha el encargado de dirigir la batalla contra el virus.

No obstante, sería una insensatez cuestionar las órdenes de un general en pleno combate. Ahora sólo toca obedecer, colaborar, poner de nuestra parte la mayor dosis posible, si no de confianza, sí al menos de civismo responsable. La prioridad colectiva no está en las calles sino en los hospitales, donde la saturación roza límites paralizantes y amenaza vidas de enfermos de toda clase, sean de coronavirus o de otras patologías potencialmente mortales. Esperan quince días -que tal vez sean más- poco gratos, con una población de hábitos muy socializados recluida en práctico arresto domiciliario. Un sacrificio general para evitar una crisis de salud pública de primer grado, al que probablemente sucederá un desastre económico de imposible cálculo cuyos efectos amenazan con descoser el ya deshilachado tejido de los negocios pequeños y medianos. El coste de esta experiencia va a ser muy alto. Pero ya que no hay líder, vamos a ver si al menos hay ciudadanos.

Cientos de muertos y un millón de parados
Jesús Cacho. vozpopuli 15 Marzo 2020

Pedro & Pablo, el peor Gobierno posible para la peor de las contingencias.

Es tan escaso el crédito del que dispone el señor presidente del Gobierno que cada vez que habla sube el pan. Andaba el Ibex 35 intentando remontar el vuelo en la mañana del viernes, nada menos que 10 puntos porcentuales arriba, y fue aparecer el señorín en televisión para anunciar que al día siguiente anunciaría (¡!) el estado de alarma en todo el país y hundirse de nuevo las Bolsas, que cerraron con una ganancia de apenas 2,23%. Otro tanto había ocurrido el día anterior, jueves 12, cuando el selectivo español registró el mayor batacazo de su historia, nada menos que del 14,6%, después de que el asalta caminos que nos preside protagonizara una de esas performances suyas en televisión, la nada con gaseosa o todo por la imagen, esa suficiencia impostada, esa solemnidad de cartón piedra, esa sensación fatal de que el tipo no sabe nada, ni controla nada, ni siente nada porque todo en él es artificial, forzado, falso. Estamos viviendo la peor crisis nunca imaginada en España –también posiblemente en el planeta-, con el peor Gobierno posible a los mandos. Un chimpancé pilotando un Ferrari a 250 km por hora. ¿Qué puede salir mal?

Han sido tres apariciones seguidas en la pequeña pantalla que hasta la de este sábado –cuarta de la serie, cara de auténtico funeral- han servido de muy poco, que no han aclarado nada ni despejado ninguna duda porque todo en el personaje es pura extenuante fanfarria verbal plagada de frases tan campanudas como vacías de contenido. Decir que posponer el pago de impuestos durante seis meses a las pymes es “inyectar 14.000 millones de liquidez en el sistema” es una solemne tontería, por más que sea cierto el aserto liberal según el cual el dinero está mejor en el bolsillo de su dueño que en las arcas de ese depredador insaciable que es el Estado. Entre la estulticia del Gobierno que dizque nos gobierna y el pánico provocado por el maldito virus, cientos de miles de negocios han visto en apenas unos días caer de forma drástica su cifra de facturación. Tiendas que no despachan, restaurantes que no sirven comidas, bares que no tiran cañas… Cientos de miles de empleos en el aire, millones de empleos que pueden irse al garete. España vuelve a asomarse al precipicio de una crisis mucho más profunda que la de 2008. Una crisis que, una vez superado el gravísimo problema sanitario -los Dioses y la ciencia nos ayuden- podría dejar tras sí el desolador panorama de un tejido productivo destruido. Como en 2008.

Todo lo que ha venido haciendo este Gobierno en materia de política económica desde que tomó posesión ha sido un desatino juzgado bajo el prisma de un entorno que apuntaba claramente al estancamiento, caso del rally alcista del SMI o las últimas subidas de las cotizaciones a la seguridad social, de modo que todo el mundo sabía que eso acabaría por tener su reflejo en la caída del empleo, porque todo era equivocado, todo iba en la mala dirección. Nada, sin embargo, es comparable a la gravísima situación que ahora plantea una pandemia que se puede llevar por delante a un montón de empresas, firmas que se enfrentan a “imputs” más caros, a aumentos del coste por hora trabajada, al mismo tiempo que ven recortadas sus ventas. Una crisis de oferta que hace inútil el uso de instrumentos monetarios, y que exige por tanto profundos cambios estructurales para aliviar la situación a la que se enfrenta ese 90% de pymes que componen nuestro tejido productivo.

Cuatro decisiones que más que importantes parecen imprescindibles. En primer lugar, dotar a las empresas de la máxima flexibilidad laboral para poder ajustar plantillas sin coste para su tesorería, un asunto esencial para poder volver a contratar cuando pase el pico de la crisis. Multitud de empresas españolas fueron a la quiebra en 2008 obligadas a pagar costosas indemnizaciones por despido. Alemania, por contra, decidió subsidiar a sus empresas para que no recortaran plantilla, porque el sistema le resultaba más barato que afrontar el pago de los correspondientes seguros de desempleo. En segundo lugar, sería necesaria una drástica reducción de las cotizaciones empresariales a la seguridad social, lo que supondría como poco echar por tierra las dos últimas subidas registradas, la del 22,3%, bases mínimas de cotización -del 7% en el caso de las máximas- de 2019, y la del 5,5% (lo mismo que el SMI) para las mínimas registrada este año, olvidando esa subida del 2,8% para las máximas que ha anunciado el ministro Escrivá. Imprescindible dejar de ahogar a las empresas con cotizaciones que siguen encontrándose entre las más altas de la OCDE.

En tercer lugar, sería muy conveniente tener el coraje, o el simple valor, para echar por tierras las dos últimas subidas del Salario Mínimo Interprofesional (el incremento del 22% en 2019, con salto desde los 735,90 hasta los 900 euros en 14 pagas, y el aumento adicional del 5%, hasta los 950 euros, de este año), porque todos los trabajadores que se hayan visto afectados, teóricamente para bien, por esas subidas serán los primeros en ser pasados por la quilla del paro en esta brutal crisis que se nos viene encima. Como sostiene desde hace tiempo el economista José Luis Feito, auténtica autoridad en la materia: “El aumento del SMI y de las bases mínimas de cotización ralentiza la creación de empleo a tiempo completo, fomenta la contratación temporal y la economía sumergida y eleva el paro estructural de los jóvenes y de los trabajadores menos cualificados. Cuando el coste salarial mínimo en términos reales asciende hasta un determinado nivel, los trabajadores empleados o parados cuya productividad sea inferior a dicho nivel tienen un riesgo elevado de perder su empleo o de permanecer en el paro, circunstancia que se agudiza en las crisis o el periodo descendente del ciclo”.

Un Gobierno incapaz
Y en cuarto y último lugar, sería necesario habilitar un macrofondo para el suministro de liquidez automática a las empresas, algo que seguramente tendría que hacerse a través del ICO y en cantidad muy superior a los miserables 400 millones que el Instituto ha anunciado en líneas de crédito. La banca privada, Santander, Caixa Bank y BBVA, parece haber reaccionado con rapidez al poner a disposición de pymes y autónomos créditos y financiación para circulante. Como de costumbre, Alemania marca la pauta. El viernes, en efecto, el ministro de Finanzas, Olaf Scholz, anunció en rueda de prensa la puesta en marcha de un programa de avales “sin límites” a empresas, destinado a evitar problemas de liquidez a su tejido empresarial. La solidez presupuestaria alemana (su ratio deuda pública/PIB está hoy situado en un envidiable 60%), permite al Gobierno de Merkel emplearse a fondo a la hora de luchar contra la pandemia. Según Scholz, Alemania pondrá en marcha una “red de seguridad de muchos miles de millones” de euros para ayudar a las empresas y conservar los puestos de trabajo.

Unas cuentas públicas saneadas, que permiten esfuerzos excepcionales para situaciones extraordinarias, y la determinación necesaria, la voluntad política imprescindible para defender los intereses generales por encima de los particulares y de partido. Por desgracia, nada de eso se da en este Gobierno de coalición entre un socialista radicalizado y un neo comunista sin la menor idea del funcionamiento de una economía de mercado en una democracia parlamentaria. El peor Gobierno posible para la peor de las contingencias. El Gobierno de Pedro & Pablo, al que la crisis del coronavirus ha asestado una puñalada seguramente mortal apenas dos meses después de echar a andar, será incapaz de adoptar las decisiones de política económica imprescindibles en este momento. Por incompetencia y sectarismo. Porque su política no conoce otra cosa que no sea tirar del gasto público para mantener una claque electoral subsidiada, sobre la base de freír a impuestos al prójimo, particularmente a clases medias y empresas. El corolario, en fin, es que si no se acometen medidas estructurales (aunque sean temporales) en línea con lo arriba enunciado, el coronavirus podría despedir el año con cientos de muertos, quizá miles, y desde luego con un millón de nuevos parados, además, naturalmente, de con un PIB en negativo y unos ratios de deuda y déficit disparados.

Lo cual quizá solo sea una parte, desde luego no desdeñable, de nuestros problemas. El andamiaje de este Gobierno de cartón piedra se ha venido abajo con estrépito en cuanto el fantasma de una crisis tan brutal como la del coronavirus ha hecho acto de presencia. La de ayer tarde en Moncloa fue una jornada para el escarnio. La caída de los dioses de hoja de lata. De pronto el brillante señorito de las frases hechas, al que arropa todo un ejército mediático, ha quedado retratado como lo que es: un personaje sin sustancia asustado ante la enormidad del problema que afronta, incapaz de tomar decisiones, bloqueado, casi hundido. Un tipo a cuyas barbas se sube su colega de coalición. Un presidente del Gobierno al que Urkullu y Torra, un delincuente confeso, se atreven a echar un pulso. Dos supuestos representantes del Estado que aseguran a cara descubierta que no aceptarán el estado de alarma decretado por Madrid. La independencia de facto de Cataluña y el País Vasco. Nada volverá a ser lo mismo. España en un momento crítico de su historia. La situación me parece tan grave que no veo otra solución de urgencia que no pase por el sacrificio de PP y Ciudadanos, incluso de Vox, ofreciendo al insensato de Moncloa algún tipo de Gobierno de coalición o, simplemente, de salvación nacional. Así están las cosas.

...y se hizo viral
Lo que iba a hacerse viral, y no en las redes sociales, era un virus maldito
Antonio Burgos ABC 15 Marzo 2020

Con la venia de ustedes, que estarán como servidor, hasta las mismísimas trancas, vamos a tratar de desdramatizar un poco la doble crisis que tenemos encima: la de la pandemia del coronavirus y la económica y laboral. A la que otros añaden una tercera, cual inepcia del presidente del Gobierno, que igual que Zapatero negó la crisis económica de 2008, Sánchez tampoco atajó desde el comienzo lo que nos parecía que era algo de los chinos, lejísimos, y que nunca llegaría aquí.

Virus. Es lo que hasta ahora te decían algunos médicos chungaletas cuando no sabían lo que tenías:
-Eso es un virus.

Pero había otro virus que servidor no comprendía. Era el virus de las redes sociales. Sí, las que cuando alguien pone algo lleno de sentido común o políticamente incorrecto dicen que «arden las redes sociales». Como las rastrojeras al terminar la siega. Usted lo habrá leído multitud de veces: «Arden las redes sociales por una frase del cantante José Manuel Soto». Y Soto, a lo mejor, lo que ha dicho es algo cargado de sentido común y de sentimiento patrio. Las redes arden, por un lado, y por otro en ellas muchos asuntos dicen que «se hacen virales». Esto es lo que no comprendía: lo de «virales». Aseguraban que se hacían virales, de teléfono móvil a tableta y de tableta a ordenador, vídeos simpáticos, como las parodias de Los Morancos sobre asuntos de actualidad. O el fragmento del otro que decía: «Eres tonto del tó... ¡y pá siempre!». O se hacían virales insensataces culposas de los que buscaban notoriedad subiendo ellos mismos un vídeo en el que conducían un coche a 200 kilómetros por hora en una autovía o se ponían al lado de un precipicio, a punto de pegarse el mochazo del siglo. Insisto que no comprendía esto de «hacerse viral». Culpa mía, por no mirarlo en el Diccionario de la Academia. Donde lo pone bien clarito en la segunda acepción del adjetivo derivado de «virus»: «Dicho de un mensaje o de un contenido: que se difunde con gran rapidez en las redes sociales a través de Internet».

Pero no podía pensar que, de las musas del afán de protagonismo al teatro de la realidad, lo que se iba a hacer viral de verdad en menos de horas veinticuatro era un verdadero y terrible, arrasador virus. Y sin redes sociales ni gaitas de las nuevas tecnologías. (Las que un día no tan lejano llamaron «autopistas de la información», por las que muchos van como locos con sus noticias falsas). No podía pensar que lo que de verdad iba a hacerse viral, y no en las redes sociales, sino en la realidad era un virus maldito, y que ante la pandemia se iba a desencadenar poco menos que una guerra por la salud de todos y a casi paralizar el mundo. No me imaginaba que en este milenio del terror la litiasis de la carne mechada, que en su momento creímos gravísima, iba a ser una anécdota ante los hechos que te desgrana el telediario y que cada vez te van poniendo más deprimido... hasta que lo apagas.

Pero con el coronavirus se han hecho virales muchas otras cosas, tristemente. Entre otras, este absurdo que hemos padecido de que haya habido en España 17 modos distintos de entender la lucha contra la pandemia global, uno por cada autonomía. Que hasta la aplicación del Estado de Alarma del 116 nadie haya hablado de usar el artículo 155 de la Constitución para unificar delicadas materias en estos problemas, como Sanidad o Enseñanza, para que cada autonomía no campara por sus respetos. Y que haya habido quienes, como los niños no tienen cole, desoyendo confinamientos voluntarios en casa para no contagiarse ni ser contagiados, se han ido estos días a las playas desde las «zonas rojas» de mayor incidencia, ¡hala!, a esparcir el mal por toda España. No me negarán que los insensatos, los insolidarios, los insensibles también se han hecho virales.

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El coronavirus pone en cuarentena el cambio de régimen
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 15 Marzo 2020

En los 70 días que van desde el 31 de diciembre, hasta el 9 de marzo el comportamiento de Sánchez y Asociados ha sido atroz.

El numerito de autoridad ternurista protagonizado ayer por El Felón satisfará las expectativas de los sociatas y medios anejos, pero no garantiza en absoluto que se vaya a cumplir el estado de alarma ni que las medidas económicas incógnitas remedien la catástrofe que tan concienzudamente ha labrado el bigobierno socialcomunista, incapaz de entender la economía como un conjunto de decisiones de los ciudadanos a través de las reglas del mercado y no un juguete a merced de un poder político lerdo cuanto ladrón. Por de pronto, las decisiones económicas se aplazan hasta el martes. Y con toda probabilidad, el martes volverán a aplazarse, jibarizarse o nulificarse. No hay Gobierno con dos gobiernos. Con un pasmado y un tirano, menos.

Tras la pompa del Irresponsable vendrán las rebajas de los socios. Si tardó siete horas en sujetar al marido de la Infectada, más le costará sujetar al catanazi Torra, que, como siempre, arrastrará a ERC; amén del aizkolari Urkullu y a la harka separatista, atlántica y mediterránea, cuyo embajador es el cuarenteno Iglesias, que se cisca en la gente y en el Estado y quiere sacar partido de una situación de excepcionalidad, como a él le gustan. Lo único que debía concretar es lo que no concretó: las medidas económicas. Lo último que debía hacer es prometer. Y en realidad es lo único que hizo. Podemos y sus socios dejaron el alarde caudillista en alarde… sin caudillo.

70 días de irresponsabilidad, hasta el 8-M
El komisar Oliver no le pasó esta vez preguntas sobre el 8-M, cuyas víctimas empezarán a llenar esta semana las UCI de Madrid y toda España. Pero en esa jornada está la cima de la culpabilidad criminal y criminosa de las izquierdas y sus infinitos medios televisuales. ¿Es posible que nadie preguntara sobre la infección de Montero y sí sobre la cuarentena rota por su marido? No. ¿Es verosímil que ni un solo medio recordara que seis días antes del 8-M las autoridades sanitarias de la UE habían prevenido contra las aglomeraciones o reuniones multitudinarias? No. Es que se ha decretado el Estado de Alarma contra la memoria. Y con razón, porque los 70 días que van desde el 31 de diciembre, fecha en que China informa a la OMS de la epidemia, hasta el 9 de marzo, al día siguiente del alarde femirrojo, fecha en que el Gobierno se declaró alarmado a través del ojiplático ministro de Sanidad Illa, el comportamiento de Sánchez y Asociados ha sido atroz. Repasemos, con Luis del Pino, esa cronología de la irresponsabilidad.

31 de enero: primer diagnosticado por coronavirus en España -un turista italiano en Tenerife-. Pedro Sánchez se prepara para acudir al día siguiente a la cumbre de Beja, donde piensa hablar de cambio climático con sus socios europeos. Diez días antes, ha declarado la emergencia climática en España. Ese mismo 31 de enero, Fernando Simón declaraba que España no iba a tener "más allá de unos cuantos casos diagnosticados".

9 de febrero: segundo diagnosticado en España. Pedro Sánchez se ha reunido tres días antes con Quim Torra para su operación diálogo y ha firmado con Ada Colau dos días antes un convenio de colaboración. Después se ha recluido con su gobierno en Quintos de Mora para abordar los planes legislativos y presupuestarios.

13 de febrero: 3 casos diagnosticados. Pedro Sánchez ha anunciado dos días antes su ley de eutanasia. El día anterior, en el Congreso, ha anunciado también que actualizará la Ley de Memoria Histórica. El mismo 13 lamenta en Twitter la cancelación del Mobile World Congress, pese a que llevaban semanas desertando todas las grandes empresas. Dice que la cancelación es "una decisión que, de acuerdo con los expertos y la información disponible, no responde a razones de salud pública en España". Fernando Simón, insiste en que en España "no hay coronavirus", "no existe riesgo de infectarse", y que la ansiedad social está "un poco fuera de lo razonable".

24 de febrero: 4 casos diagnosticados. Cuatro días antes, Pedro Sánchez ha empezado a discutir con nuestros socios de la UE los presupuestos europeos tras la salida del Reino Unido. Dos días antes, Pedro Sánchez hablaba en Twitter de la supuesta brecha salarial y de Antonio Machado. El día anterior presentaba la candidatura del PSOE a las elecciones gallegas.

25 de febrero: 8 casos diagnosticados. Pedro Sánchez se hace la foto en la reunión Interministerial sobre el coronavirus, sin tomar ninguna medida, y anuncia el calendario legislativo, afirmando en Twitter que "España necesita un Gobierno de acción, resolutivo y ejecutivo".

26 de febrero: 14 casos diagnosticados. Pedro Sánchez reafirma en el Congreso su compromiso con el diálogo en Cataluña, recibe a Torra con todos los honores en Moncloa y sentencia en Twitter que "el machismo mata". El Ministerio de Sanidad decía en Twitter que aquellos que hubieran venido de zonas de riesgo podían hacer vida normal.

27 de febrero: 26 casos diagnosticados. El Congreso aprobaba, a solicitud del gobierno, el nuevo techo de gasto.

28 de febrero: 45 casos diagnosticados. Pedro Sánchez declara en Twitter "somos un Gobierno resolutivo, de acción, comprometido con el diálogo territorial" y preside la reunión de la Comisión Delegada para el Reto Demográfico.

29 de febrero: 59 casos diagnosticados. Pedro Sánchez habla en Twitter de las medidas que piensan tomar para hacer frente a la revuelta de agricultores y ganaderos.

1 de marzo: 84 casos diagnosticados. Pedro Sánchez presenta en Vitoria la candidatura del PSOE a las elecciones vascas y vuelve a defender lo que él llama "diálogo" en Cataluña.

2 de marzo: 125 casos diagnosticados. Pedro Sánchez reúne al Comité Federal del PSOE para hablar del proyecto de nueva Ley Educativa. Reafirma en Twitter el compromiso de su gobierno con la descarbonización.

3 de marzo: 169 casos diagnosticados y 1 muerto. El gobierno Sánchez presenta sus proyectos de Ley Educativa y de Ley de Libertad Sexual.

4 de marzo: 228 casos diagnosticados y 2 muertos. Pedro Sánchez se hace la foto con el personal del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, mientras sigue sin tomar ninguna medida de contención. Eso sí, transmite por Twitter sus "condolencias a las familias de los fallecidos con coronavirus en Euskadi y Valencia" y su "solidaridad con las personas afectadas por este virus". Participa también en el Consejo de Seguridad Nacional, al que asiste por primera vez Pablo Iglesias.

5 de marzo: 282 casos diagnosticados y 3 muertos. Pedro Sánchez anima a través de Twitter a participar en los actos del 8M.

6 de marzo: 365 casos diagnosticados y 8 muertos. Pedro Sánchez sigue animando a través de su cuenta de Twitter a conmemorar el 8M, porque "sin feminismo no hay futuro".

7 de marzo: 430 casos diagnosticados y 10 muertos. El PSOE dice en su cuenta de Twitter que "hay que salir a llenar las calles" al día siguiente.

Simón: "casi todos (los casos) están asociados a grupos bien identificados que se han producido a partir de casos conocidos, con lo cual no han aumentado, sino que incluso se han reducido algunas de las zonas con las que teníamos dudas sobre el origen y una posible transmisión comunitaria asociada a esos posibles casos". Así que "no hay una avalancha de casos".

A preguntas de periodistas sobre la manifestación del 8-M, aclara que "él no iba a decirle a nadie lo que tenía que hacer" pero si su hijo le preguntaba, le diría "que haga lo que quiera". "Es una convocatoria para nacionales en la que en principio participan nacionales, pero no quiere decir que no haya extranjeros ni tampoco algunos de alguna zona de riesgo, pero no es una afluencia masiva de personas de zonas de riesgo".

8 de marzo: 674 casos diagnosticados y 17 muertos. Pedro Sánchez y el PSOE echan el resto en las redes animando a conmemorar, también en las calles, el Día Internacional de la Mujer. Sólo en Madrid, acuden 120.000. Irene Montero, según un vídeo ocultado, ya está enferma, y tose a Boti, pero no quiere dejar el protagonismo a Carmen Calvo y Begoña Gómez.

9 de marzo: el Gobierno despierta, Salvador Illa alega que el "cambio de la situación" del coronavirus se produjo "el domingo al anochecer". "Hemos tomado las medidas que hemos considerado oportunas en el momento en que las hemos considerado oportunas. (...). La situación del lunes no es la misma que la del domingo, o que la del sábado. Esto va a ser así". En realidad, la víspera ya conocían el repunte en Madrid de los casos de virus, pero no quisieron anular una apuesta propagandística que creían decisiva.

13 de marzo: con más de 6.000 infectados y de 100 muertos, el Gobierno anuncia el confinamiento de todos los españoles en sus casas.

15 de marzo: Sánchez convoca un borrascoso Consejo de Ministros, al que acude Iglesias pese a estar en cuarentena. Pretende intervenir las empresas eléctricas y evitar que el Estado de Alarma anunciado deje sin funciones a Cataluña y País Vasco. Urkullu y Torra denuncian "un 155 camuflado". Rumores de crisis de Gobierno. Se aplazan las "medidas económicas urgentes" hasta el martes, pero Iglesias queda fuera del grupo de aplicación del estado de alarma. En su círculo, Iglesias anuncia que "dará la batalla". Abascal ofrece su respaldo al Gobierno contra los separatistas. Casado dice que "el Gobierno no ha estado a la altura". Mientras habla, miles y miles de madrileños responden a una movilización espontanea en las redes sociales y salen a sus balcones para aplaudir a los sanitarios por su abnegada labor.

El coronavirus parece lograr el fin de la LOAPA: recuperar para el Estado las competencias en Sanidad, Educación y Seguridad. La Oposición, entre el positivo de la cúpula de Vox en Vista Triste y la cautela de Casado, se diluye y desvanece.

La maldición de Francokammon
Hace algunos meses vaticiné la maldición de Francokammon a los que lo sacaron de su tumba de mala manera y lo enterraron en contra de los derechos civiles de su familia y de la base de toda civilización: el respeto a los muertos. Añadí que, si bien el mérito de Franco era haber derrotado al comunismo y traer, aunque a la fuerza, una gran prosperidad económica para la inmensa mayoría de los españoles, los comunistas sobrevivieron a su dictadura. En cambio, el PSOE nunca pudo con Franco. Se empeñó en declarar la guerra civil a media España y Franco lo derrotó. Luego perdió la posguerra con el franquismo; y la Transición ante franquistas y comunistas. El 99% de los afiliados del PSOE, según sus datos, lo hizo tras la muerte de Franco. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Sabio temor al muerto.

Creerse invulnerables a las lecciones de la Historia es lo que, como en la bolchevización de las facciones de Largo y Prieto contra Besteiro en la II República, que acabó en la ruina de 1939, produjo la zapaterización de 2008, de la que Sánchez es hijo político. Y cuando menos lo esperaba, zas, a su Gobierno, asociado a separatistas y comunistas, los grandes enemigos de Franco, le alcanza el coronavirus, la peor crisis sanitaria del siglo. Si no es venganza de desenterrado, lo parece. Si no España, Sánchez lo merece.
Los comunistas siguen en el Poder

El asalto a la Tumba de Franco se produjo al tiempo que Sánchez, con el respaldo de los separatistas catalanes, vascos y gallegos, formaba gobierno con los comunistas de Podemos en noviembre de 2019, ochenta años justos después de que los socialistas los echaran a bombazos del único gobierno de España al que habían pertenecido, el socialista. Entraron con Largo Caballero y salieron tras alzarse toda la Izquierda contra Negrín y el PCE, por empeñarse, al servicio de Stalin, en alargar una guerra ya perdida.

Ese recuerdo fue borrado legalmente, con la Derecha de menordomo, por Zapatero y su Ley de Memoria Histórica, que deslegitimó la Transición a la vez que el franquismo, porque de él provino. También la Constitución, basada en la soberanía nacional, que el PSOE de Zapatero estaba dispuesto a liquidar junto a los separatistas. Y Sánchez, junto a ellos y con Podemos. Su voluntaria alianza parlamentaria con los golpistas catalanes ha llevado al PSOE y a Podemos a prohijar la liquidación del régimen constitucional. Ayer, Sánchez perdió la ocasión de echar del Gobierno a Iglesias, pero la Oposición tampoco aprovechó la cuarentena impuesta por el coronavirus al proyecto de cambio de régimen, que, por desgracia, continuará. También la maldición de Francokammon: ya han caído Irene y Begoña. Habrá más.

Una coalición en estado de alarma

Editorial larazon 15 Marzo 2020

Cuando una sociedad sufre los efectos desoladores de una grave crisis de salud pública, en este caso de dimensión mundial, que ha derivado en una convulsión absoluta de la vida nacional como no la han conocido generaciones de españoles, y se le exige severos, pero necesarios sacrificios, es una obligación que el Gobierno de turno demuestre en todo momento la responsabilidad y el rigor que se le suponen. En nuestro país, a mediodía de ayer, los positivos por coronavirus sumaban 5.753 casos, con un aumento de 1.522 personas contagiadas respecto a las 18 horas del viernes, mientras que los fallecidos se elevaban a 136, quince más, pero con el doble de óbitos en la Comunidad de Madrid respecto a la cifra de 24 horas antes. Luego sería peor hasta más de 6.000 afectados y casi 200 muertos. En estas circunstancias, y durante buena parte de la jornada, el Ejecutivo socialcomunista no fue capaz de aprobar ni presentar el decreto sobre el estado de alarma anunciado un día antes por abiertas desavenencias entre los socios coaligados. Ya resultó sorprendente, por temerario y absolutamente reprobable, que el vicepresidente Pablo Iglesias, en cuarentena por el positivo de su pareja, la ministra Irene Montero, se presentara en el Consejo de Ministros que debía debatir el estado de alerta. Por cierto, que la pasividad en este trance del titular de Sanidad, Salvador Illa, tampoco lo deja en buen lugar. Con su comportamiento, el líder de Podemos puso en peligro al resto del gabinete que tiene por delante un trabajo esencial en un escenario crítico para el país. Sinceramente, el pecado de vanidad y soberbia de quien parece considerarse insustituible en estas circunstancias resulta incalificable y nos recuerda de paso el canto movilizador e inconsciente de la izquierda a la participación en las manifestaciones del 8-M con el resultado desgraciadamente anunciado.

El pulso entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que se prolongó durante horas aparentemente por el afán de poder y la cuota de protagonismo del segundo, es el perfecto retrato de la naturaleza tóxica y de la pulsión coyuntural y de conveniencia de la coalición. La imagen y el mensaje de falta de altura y descoordinación que se proyectó a una sociedad desorientada, titubeante y atemorizada son la antítesis de lo que se precisa en estas horas. Por si le faltaba algún gramo de deslealtad al presidente del Gobierno entre sus socios parlamentarios, los gobiernos vasco y catalán exigieron que se respetara el autogobierno desde La Moncloa con bochornosas referencias a un nuevo 155 y críticas a que las competencias de salud y el mando de Mossos y Ertzaintza pasen a la autoridad central. Cuesta creer que una parte de los responsables políticos sean capaces de priorizar sus particularísimas mezquindades sobre el bienestar y la prosperidad colectivas mientras la gente agoniza, pero los hechos y las palabras son tozudos y ponen a cada uno en su sitio, que no es precisamente ejemplar. No es el panorama deseable para manejar el escenario que nos atropella, pero Sánchez está obligado a ello con la contundencia necesaria, sin atender a equilibrismos inconvenientes que satisfagan el egoísmo voraz de los fanáticos particularistas que un día le prestaron su voto chantaje mediante. El presidente tiene otros apoyos a los que mirar en el presente instante de urgencia y la oposición democrática ya ha demostrado que sabe estar a la altura. Sólo es preciso dar el paso. Los españoles necesitamos que nuestro Gobierno, sea el que sea, se centre en el único objetivo global que es la derrota de Covid-19, con todo lo que ello supone, sin espacios para cualquier tentación ventajista o sectaria. Hemos entendido desde el comienzo de esta catarsis vírica que nos azota que no es hora de reproches a Pedro Sánchez, que es el encargado de dirigir esta nave y llevarla a buen puerto en medio de una galerna infernal. Pero ese deber, nos conmina también a exigir al Ejecutivo que lidere con lealtad y que rija sus actos con atención exclusivamente al interés general. Para la crítica, habrá tiempo y razones de peso.

De momento, la realidad es que el decreto sobre el estado de alarma que hemos conocido por las filtraciones gubernamentales dispone el confinamiento de los españoles en sus casas salvo para trabajar, emergencias relacionadas con el coronavirus y otras pocas excepciones vinculadas al abastecimiento y al cuidado de mayores. Desde mañana todas las autoridades del Estado estarán a las órdenes del Gobierno, que en la práctica supone centralizar las decisiones especialmente en sectores críticos como la Sanidad, la Seguridad y el Transporte. El Ejecutivo se reserva además la posibilidad de intervenir fábricas y requisar «todo tipo de bienes necesarios», además de dejar abierta la posibilidad de la colaboración de las Fuerzas Armadas. Lo que toca preguntarse en este instante de contagio incontrolado, y con todo lo que conocemos sobre los escenarios que nos aguardan, es si toda esta excepcionalidad esta justificada. La respuesta sólo puede ser sí. Y la siguiente incógnita es si será suficiente o si su desarrollo es el correcto para ser eficaz en la gobernabilidad de esta crisis y el freno de la pandemia. Y ahí tenemos nuestras dudas. Entendemos que el texto establece un marco global que peca de preventivo cuando lo que se necesita es ejecución. O lo que es igual, demasiada parsimonia cuando no tenemos tiempo que perder y cada hora extraviada se traduce en contagios y muerte. Que las propuestas económicas fueran mínimas –suministro energético, teletrabajo, reducción a la mitad del transporte y poco más– alimentó de paso el enfrentamiento entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, incapaces de alcanzar un consenso en este apartado esencial. Mal presagio y peor mensaje para un país que no está para un choque de egos, sino para que el poder ejecutivo lidere y genere confianza y esperanza ahora que es cuando faltan. Es cierto que las crisis afloran lo peor y lo mejor de los individuos y de las sociedades. Ayer, quedó claro que, además del país, la alianza gubernamental también está en estado de alerta.
 

España no merece más decepciones
Editorial ABC 15 Marzo 2020

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció ayer que el Consejo de Ministros aprobará hoy la implantación del estado de alarma. Este juego de fechas expresa la torpe dinámica que el Ejecutivo ha impuesto a sus decisiones, siempre a rebufo de unos acontecimientos cuya evolución era perfectamente descriptible a la vista de los precedentes chino e italiano. Otra vez, Pedro Sánchez anunció que aplazaba lo urgente. Lo hizo ya con el famoso plan de choque, que no fue tal y hasta ayer no vio la luz en el Boletín Oficial del Estado. El presidente del Gobierno de una nación golpeada por una pandemia inédita y sometida al estrés del temor y la incertidumbre no debe comportarse de esta manera. Si su Gobierno ya tenía ayer previsto aprobar el estado de alarma, ayer mismo debió reunirse el Consejo de Ministros para dar el visto bueno al decreto de medidas que deben reflejar el cambio implicado por esa declaración. En cambio, habrá que esperar a la mañana de hoy -de nuevo, superado por la crisis- para saber en qué va a consistir el estado de alarma. Mientras, se expande el virus de la duda y el temor. Por exigente que parezca, los acontecimientos exigían del Gobierno haber actuado con mayor celeridad. Parece que el confinamiento de 70.000 ciudadanos de Igualada y otras localidades, decidido por la Generalitat catalana, ha forzado una decisión sin la cual el Gobierno central volvía a quedar en evidencia, como le está sucediendo con los gobiernos populares de la Comunidad de Madrid y del Ayuntamiento de la capital.

Pedro Sánchez pudo haber despejado ayer la incógnita al menos sobre la autoridad que deberá asumir las competencias derivadas del estado de alarma. Debe ser el Gobierno de la Nación quien lidere esta reagrupación de recursos públicos y privados, si fuera necesario, porque la crisis del Covid-19 es una crisis global. Toda respuesta pública debe basarse en una planificación centralizada, que imponga -sí, imponer- una sola política de distanciamiento social, confinamientos urbanos, garantía de distribución comercial, armonización de la red pública sanitaria, participación de recursos privados y despliegue de unidades militares. El diálogo es muy necesario, sobre todo para la supervivencia de un Ejecutivo débil y construido sobre el chantaje de sus socios. El presidente del Gobierno no necesita más refrendos de presidentes autonómicos, ni más respaldos de los agentes sociales. Le toca decidir como máxima autoridad política del Estado. Quizá Sánchez y su Gobierno se han topado con algo que no tenían en su agenda: el Estado. Ahora debe defenderlo y actuar como lo están haciendo otros gobiernos europeos, con situaciones mucho más favorables que la española, que no han dudado en aplicar políticas nacionales y centralizadas para combatir el Covid-19.

El estado de alarma no es una derogación del Estado autonómico, ni una oportunidad para desatar las pulsiones confiscatorias de una parte del Gobierno. Es una solución temporal, para quince días, cuya prórroga debe contar con el aval del Congreso. El líder del PP, Pablo Casado, garantizó ayer el apoyo de su partido a la decisión del Gobierno y a la prórroga del estado de alarma, que será necesaria a la vista de las proyecciones actuales. No puede quejarse el Gobierno de la leal respuesta que está recibiendo de la oposición. Respuesta necesaria, porque la marea alta de infectados y muertos se sitúa para principios de abril, lo que hará imposible la reanudación en esas fechas de las clases en colegios y Universidades antes de Semana Santa y, probablemente, antes de que finalice el curso académico. Esta unidad política es ahora mismo imprescindible, porque los ciudadanos no podrían soportar una contienda partidista en este momento, cuando a ellos se les está reclamando un comportamiento unitario y responsable. Den ejemplo, por favor.

Tiempo habrá de pedir responsabilidades políticas, porque esta crisis sanitaria está poniendo a prueba a la sociedad española, pero también a su clase dirigente. Y cuando la situación se normalice, será necesario valorar cómo se ha gestionado, y por quién, esta etapa aciaga de la historia de nuestro país. Es necesario que cada español haga honor a su condición de ciudadano y asuma la responsabilidad de cuidar de los demás con tanta intensidad como debe cuidar de sí mismo. Ser ciudadano en España se convierte en estas circunstancias en un reto ético y en una prueba de sensatez. La española es una sociedad del mundo más desarrollado, con servicios públicos y redes privadas para toda necesidad, inmersa en una cultura del ocio y del bienestar garantizado. Por eso, esta crisis del Covid-19 es una terapia de choque que ha de demostrarle a sí misma que puede salir de su confort y asumir todos los sacrificios necesarios para volver a pasear por las calles sin temor.
 


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