AGLI Recortes de Prensa   Lunes 16  Marzo  2020

Destrozo sin precedentes del mercado laboral
Jaime Manuel González Martínez okdiario 16 Marzo 2020

Estamos ante una avalancha de despidos colectivos (ERES) y temporales (ERTES) “nunca jamás vista”, según señala a OKDIARIO el responsable de uno de los grandes despachos de abogados españoles. Es una opinión compartida por todas las empresas consultadas por este periódico, que prefieren mantener el anonimato mientras tramitan los despidos. El desplome laboral “será tremendo” y, “en caso de no adoptarse medidas urgentes por parte del Gobierno, los despidos pueden afectar a toda la capa temporal en sectores como el turístico u hostelería”.

La opinión la comparte Lorenzo Amor, responsable de la Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA), que pide al Ejecutivo de Pedro Sánchez que “de forma urgente decrete medidas sociales para los autónomos, porque los cierres y los parones de actividad van a provocar situaciones dramáticas”.

Lo cierto es que las medidas económicas adoptadas por el Gobierno socialcomunista han sido un parche que no resuelve, en absoluto, el problema de fondo. La solución no puede centrarse exclusivamente en permitir el aplazamiento de impuestos -faltaría más-, porque lo que reclaman los autónomos forzados estos días a tener que quedarse en casa y, por lo tanto, a paralizar por completo su vía de ingresos, es prestaciones por desempleo; o sea, cobertura por despido.

Las empresas han presentado a lo largo de los últimos días toda una lluvia de ERES y ERTES ante el evidente freno a la actividad provocado por el coronavirus. Y vendrán muchos más, después de que las distintas administraciones hayan ordenado el cierre de comercios.

La patronal madrileña (CEIM) considera imposible paliar el brutal impacto negativo para las empresas con las «ayudas» lanzadas por el Gobierno de Sánchez. O el Ejecutivo socialcomunista toma medidas adicionales o el destrozo tendrá consecuencias incalculables para el tejido empresarial. Porque el problema está en que miles de pequeñas y medianas empresas, un rosario interminable de comercios, han visto cortada en seco su facturación y, lo que es peor, no saben aún cuándo volverán a ingresar.

En estas circunstancias, lo que cabe exigir del Ejecutivo es que, entre otras medidas, se permita la exoneración del abono de las cuotas de la Seguridad Social. Es lo mínimo dada la situación, aunque hace falta ir mucho más allá. Porque está en juego la supervivencia de miles de pequeñas y medianas empresas.

Sánchez e Iglesias, dando ejemplo
Nuestros próceres patrios condenan a la ruina a millares de españoles mientras se saltan la cuarentena para salir en la foto
Isabel San Sebastián ABC 16 Marzo 2020

Confieso mi estupefacción. ¿Cuánta incompetencia es capaz de exhibir este Gobierno? ¿Cuánta incuria, cuánta insensatez, cuánta división? Y no me vengan, por favor, con eso de la unidad ante la grave crisis que nos atenaza. Unidad y ejemplaridad es lo que deberían mostrar nuestros próceres patrios, constituidos en paradigma de lo que no hay que hacer en una situación de emergencia como la que plantea esta pandemia.

El sábado, sin más lejos, vimos al presidente del Ejecutivo y a su vicepresidente para asuntos sociales asistir al Consejo de Ministros como si tal cosa, habiendo obtenido sus respectivas esposas resultados positivos en el test del coronavirus. Se reunieron con el único propósito de encerrarnos en nuestras casas para no propagar la enfermedad, ya que las medidas de índole económica naufragaron en la tormenta de su enfrentamiento, mientras ellos mismos se convertían en bombas víricas andantes saltándose a la torera la preceptiva cuarentena. ¿Con qué autoridad moral apelan ahora a nuestro sentido de la responsabilidad para que permanezcamos aislados? ¡No tienen vergüenza!

Tanto Irene Montero, señora de Pablo Iglesias, como Begoña Gómez, cónyuge de Pedro Sánchez, fueron entusiastas participantes en la multitudinaria manifestación celebrada el pasado 8 de marzo, cuyos efectos devastadores colapsan ya los hospitales madrileños. Es más; jalearon desde sus redes sociales y las de Podemos y el PSOE la necesidad de salir a la calle desafiando al virus, haciendo gala de una irresponsabilidad sin precedentes. Después, beneficiándose del trato de favor reservado a los miembros del Gobierno y sus familiares, se sometieron a las pruebas diagnósticas correspondientes y han dado positivo. Subrayo trato de favor, privilegio, prebenda. Porque los españolitos de a pie no tenemos acceso a esas pruebas, al menos en Madrid, salvo casos de extrema gravedad que requieran ingreso hospitalario. Lo contaba Ramón Pérez-Maura en estas páginas hace unos días y lo corroboran multitud de testimonios cercanos. Ante la escasez de recursos disponibles y la saturación de los laboratorios, dichos tests llevan tiempo severamente restringidos en base a criterios médicos... y políticos. Lo cual podría ser hasta razonable si los beneficiarios de esa regalía demostraran que se la merecen en razón de sus altas responsabilidades. Si actuaran en consecuencia. Pero lo que hemos visto es justo lo contrario. Un comportamiento demencial que ignora las más elementales pautas de contención. Dicho de otro modo; quienes invocan la salud de nuestros mayores para instarnos a extremar las precauciones; quienes han obligado a millares de compatriotas a cerrar sus negocios y prepararse para la ruina; quienes se llenan la boca conminándonos a obedecer el consejo de los expertos, conviven con dos contagiadas y lo saben, pese a lo cual se juntan durante horas en una sala cerrada con docena y media de personas que saldrán de allí, infectadas o no, a jugar a la ruleta rusa en sus respectivos entornos. ¿Cabe mayor desprecio a lo que se dice proteger?

Estamos en un escenario de pesadilla. Nos enfrentamos a un enemigo pavoroso, que se expande a toda velocidad y ha matado ya a incontables personas en todo el mundo, huérfano de liderazgo. A los mandos de la Nación se encuentra un Ejecutivo cuyos principales integrantes están más preocupados por marcar territorio y salir en la foto que por resolver este aterrador problema. Un Gobierno impotente e incoherente donde la vanidad prevalece con creces sobre el talento y la ambición de poder gana por goleada a la vocación de servicio público. Solo nos queda encerrarnos a cal y canto y confiar en la calidad y dedicación de nuestros sanitarios.

La doble fractura del Gobierno
Editorial ABC 16 Marzo 2020

La aprobación del estado de alarma ha abierto una nueva fase en la lucha contra la pandemia del Covid-19, y el liderazgo del Gobierno central es lo que debe consolidarse para que esta lucha sea efectiva. La unidad social y política en torno al Ejecutivo de Pedro Sánchez es una necesidad racional, porque la dispersión de respuestas solo conduce a malgastar los recursos públicos. Sin embargo, una democracia no deja de serlo por vivir una pandemia. Unidad no significa mordaza, porque el silencio ante los errores y las deslealtades genera más errores y más deslealtades. En la situación política del Gobierno hay mucho de unos y otras y, aunque el momento de responder por todos ellos no sea este, sí es necesario constatar que el Ejecutivo de Pedro Sánchez se ha quebrado en los dos pilares sobre los que apoyó su investidura.

En el discurso de la unidad autonómica en torno al Gobierno, tuvo que ser el presidente catalán Joaquim Torra quien desafinara nuevamente con unos juicios de valor tan absurdos como reveladores de su obsesión separatista. Para Torra, la aplicación del estado de alarma es una excusa para cercenar competencias autonómicas, no para combatir la pandemia del coronavirus. Este sujeto es a quien Pedro Sánchez debe su investidura. La deslealtad de Torra con España en este momento crítico tiene que quedar anotada para cuando superemos esta crisis sanitaria y se normalice la vida política, incluyendo las responsabilidades en las que algunos están incurriendo. El problema de Torra es que sabe que es el momento de ese Estado español con el que quiere acabar. Y sabe que el ciudadano, también el catalán, quiere superar esta crisis, y sin el Estado no será posible. También Torra se ha dado de bruces con el Estado.

La otra pata del Gobierno está rota. El Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos se extinguió en la mesa del Consejo de Ministros del sábado pasado. Ni uno solo de los ministros «sociales» del bloque comunista está en el equipo ejecutor del estado de alarma, y esta exclusión es toda una declaración de principios. En cuanto ha sido puesto a prueba de verdad, no con eslóganes ni propaganda, el Gobierno de coalición no ha resistido la tensión, porque nunca fue una coalición de gobierno, sino de mera posesión del poder. Gobernar es otra cosa y Pablo Iglesias se ha confirmado como un político incompatible para el gobierno de una sociedad como la española, cuya lealtad y sacrificio en estas horas no ha sido honrada por las ambiciones de poder de unos políticos que aún piensan como comunistas rancios.

La letal arrogancia de este Gobierno
Marcel Gascón Barberá Libertad Digital 16 Marzo 2020

Con la negligencia podía contar. Estamos gobernados por apparátchiki de medio pelo agresivamente ideologizados. Y sería una gran sorpresa descubrir que uno, solo uno entre los instagramers abonados al eslogan que aquí cortan el bacalao, hubiera atendido no ya con rigor, solo con una mínima atención desprejuiciada a la realidad, al detalle, a alguno de los asuntos públicos sobre los que decide.

Más chocante me ha resultado la arrogancia con que hasta esta misma semana han tratado la amenaza del coronavirus. Y cómo esa red de cuadros expertos que creemos que sostienen la estructura del Estado en la sombra no ha podido conjurarla para imponer la necesidad de medidas que a cualquiera medianamente consciente le dictaba el precedente de Italia.

En las declaraciones oficiales de los ministros, y a través de eso que llaman con bellísima precisión conspirativa sus "terminales mediáticas", quienes mandan en España hicieron gala desde que surgió el virus en China de una arrogancia adolescente francamente escandalosa e incompatible con cualquier tarea de gestión o gobierno.

El virus no ha llegado a España ni va a llegar, y si llegara contagiará a muy pocos y en ningún caso nos supondría un gran problema, dijo el inefable Simón, todo flacidez y desaliño, por fuera y por dentro, y la voz elegida por el Gobierno para explicar la reacción de a crisis. El mensaje oficial fue repetido mil veces en las televisiones y periódicos afines a Moncloa.

Simón daba tranquilidad, prometía seguridad sin dar ningún dato o hecho concreto que justificara el mensaje. España no debía preocuparse porque lo decía Fernando Simón. Como si por alguna razón que no podía compartir los españoles estuviéramos a salvo de un virus que ya había infectado a centenares de personas en todo el mundo y seguía expandiéndose por cada vez más países, también en Europa.

Esa despreocupación, construida en parte colgando el sambenito de 'paleto' a todo el que reconociera miedo o empezara a tomar precauciones, fue fundamental para poder seguir adelante con las manifestaciones del feminismo anticapitalista del 8 de marzo.

Medio Gobierno de España (o quizá solo un tercio, que más que un Gobierno pagamos la plantilla entera de un equipo de fútbol) salió ese día a la calle y convocó a cientos de miles de personas en todo al país a hacer lo mismo, ignorando los consejos médicos más básicos y el más elemental sentido común para protegerse de una epidemia.

Todos tenían claro que no convenía, y los gritos y los saltos de las ministras de la boina de chulapo, el pañuelo y los guantes morados que en representación del Estado –¿el Estado opresor que es un macho violador?– desfilaron por Madrid con el ministro Marlaska no iban a salvar a una sola mujer amenazada por el cafre que eligió o le tocó por marido. Pero ¿iba a hacer un virus inoportuno que renunciaran a salir de despedida de soltera, después de tantos meses preparándose?

Tan responsable como ellas fue, por supuesto, su jefe Sánchez, y un poco menos, pero solo porque no tienen responsabilidades nacionales de gobierno, los políticos de oposición dispuestos a acostumbrarse al papel de gusano en las representaciones europeas de los actos de repudio cubanos.

Quizá no se atrevieron a posicionarse en contra de las marchas por miedo, para evitar que les llamaran machistas y les metieran en el saco de Vox. Pero lo cierto es que cedieron a ese miedo, ¿y qué es hacer alta política sino pagar el precio de la calumnia demagógica en aras del bien común?

(Mención aparte merece el monumental error de Vox en Vistalegre, por el que le honra haber pedido perdón. ¿Qué otra cosa podría haber hecho después del positivo de Ortega Smith?, preguntan algunos. Podría haber hecho lo que ha hecho el Gobierno después de convocar al 8-M).

La actitud del Gobierno y sus palmeros de la prensa y la intelectualidad en el primer capítulo de esta crisis que se promete larga y dolorosa es de un narcisismo adolescente de consecuencias gravísimas. Como la realidad no les convenía, el Gobierno de Sánchez y quienes le acompañaron en la minimización del peligro del coronavirus decidieron ignorarla y avanzar con sus consignas hacia el precipicio. (Algo no muy distinto, si se piensa bien, han hecho hasta ahora los socialistas con todas las crisis económicas).

Por suerte para ellos, parecen tener bula. Gracias a la alucinante flexibilidad perceptiva de una parte sustancial de la sociedad devastada, hasta perder el equilibrio cognitivo, por la totalizarización ideológica. Y gracias también a la imponente capacidad de propaganda de la izquierda, siempre capaz de presentarse como oposición cuando le quema la responsabilidad de gobierno con que por hechos mucho menos graves achicharró a otros.

Sánchez debe empezar a expiar sus culpas
EDITORIAL Libertad Digital 16 Marzo 2020

Es difícil concebir mayor descoordinación e incompetencia que las mostradas por el Gobierno de Pedro Sánchez a cuenta de la crisis del coronavirus. La imagen del Ejecutivo, con un presidente sonado y un vicepresidente con pujos leninistas intentando aprovechar la emergencia sanitaria para avanzar en su agenda bolivariana, es devastadora y, ciertamente, lo último que necesita la ciudadanía para afrontar las duras fechas que tiene por delante.

Sánchez, sus ministros y los partidos que sostienen su Gobierno tienen una gravísima responsabilidad en los miles de contagios que se siguen produciendo por su ominosa inacción y su incitación al activismo callejero en los aquelarres feministas del pasado día 8. El Gobierno del agitprop que declara tan alegremente la alerta antifascista o el apocalipsis climático corre de un lado para otro como pollo sin cabeza cuando se presenta una crisis de verdad. Como consecuencia, España es ya uno de los países más afectados por la pandemia, y la manera en que ha gestionado el problema le ha granjeado numerosas críticas internacionales.

Por su parte, los Gobiernos regionales vasco y catalán han actuado con una deslealtad no por esperable menos escandalosa e indigna. Sánchez debe dar de una vez un puñetazo en la mesa y asegurarse de que se someten a lo dispuesto en el estado de alarma. España no está para más contemplaciones con semejantes indeseables... ni se merece un Gobierno que actúe en estos momentos decisivos sometido a su chantaje infame. Sánchez, el incompetente Sánchez, el tremendamente irresponsable Sánchez, debe empezar a expiar sus numerosas culpas poniendo en su sitio a los descalificables Urkullu y Torra; y, ya de paso, restaurando el orden constitucional en Cataluña, poniendo fin a su insostenible coalición con los comunistas de Podemos y llamando a un gran acuerdo con todas las fuerzas verdaderamente defensoras del orden constitucional.

¿No anda Sánchez pidiendo unión, altura de miras y sentido de Estado? Que predique con el ejemplo. El momento no puede ser más trascendentalmente oportuno.

El episodio antinacional del Gobierno y sus socios
Pedro de Tena Libertad Digital 16 Marzo 2020

Este Gobierno puede resultar más peligroso para los españoles que el propio virus.

Galdós no habría podido escribir sobre el coronavirus y el comportamiento del Gobierno, sus socios y algunos de sus miembros. Él deseaba dejar clara su percepción de la nación española, con sus luces y sombras. Pero lo que hemos padecido desde que se conoció oficialmente el virus, hace dos meses y medio, y durante su rápida expansión, no ha sido una sombra de este Gobierno. Es lo que irradia de por sí. Cuando en una crisis de esta envergadura se muestran las tinieblas de un poder sin escrúpulos es que la nación está desamparada.

Escribió el filósofo Xavier Zubiri, en referencia: "Los virus tenían actuidad desde hace millones de años, pero sólo hoy han adquirido una actualidad que antes no tenían". De marcado carácter realista, el gran Zubiri reelaboraba así la vieja pareja categorial de potencia y acto de la filosofía aristotélica, que aún no sabía de los virus. Éstos han existido siempre, pero no hemos sido conscientes de ellos hasta que dispusimos de la capacidad de visión para detectarlos. Una vez que eso ha ocurrido, los virus pasaron a ser actuales, cobraron actualidad para nosotros, tienen presencia para nosotros y, por ello, pasan a formar parte de nuestras responsabilidades.

Por ello, nadie podría haber acusado al Gobierno de España, ni a ningún otro de Europa y del mundo, de irresponsabilidad antes de haberse conocido la actualidad del coronavirus. Otra cosa es su comportamiento después de haberse conocido la enfermedad, su capacidad de contagio y la trascendencia sanitaria, social y económica de la ahora reconocida pandemia.

Hay cinco irresponsabilidades esenciales en la conducta de un Gobierno nacional que deben ser reseñadas y denunciadas. La primera, no haberse informado bien acerca de la trascendencia de la pandemia venidera, algo que los coreanos y los taiwaneses ya se temían y que los italianos hace mucho que percibieron. ¿Para qué tanto servicio secreto, tanta diplomacia, tanta Europa y tanta ONU? La segunda, no haber actuado con respeto a la salud de los ciudadanos permitiendo concentraciones multitudinarias en una fecha, el pasado día 8, cuando ya se conocía la virulencia de la enfermedad y cuando ya se estaban adoptando decisiones de cancelaciones, suspensiones y retrasos de acontecimientos sociales. La tercera, aún más grave si hay que establecer grados, es su decisión de no asumir el control nacional e inequívoco de la gestión de la crisis sanitaria, dando lugar a la exhibición de una España fragmentada, descoordinada y desorientada. Claro, era preferible que las autoridades municipales, provinciales, autonómicas y civiles fueran quemándose en un espectáculo bochornoso de dispersión y desorganización. Madrid, por ejemplo, no perdonará lo que se ha hecho con ella. Ayer, por fin, se unificaron las decisiones y competencias. De haberse hecho antes, muchos riesgos no se habrían corrido.

La cuarta es el numerito de ayer de la bronca en un Gobierno en el que un vicepresidente que está en cuarentena se presenta en el Consejo de Ministros como si las normas no fueran con él y con el único fin de reclamar sus cuotas de poder en la gestión de la pandemia. El retraso ocasionado es una infamia que no olvidaremos fácilmente.

Por último, el comportamiento antinacional e insolidario de los Gobiernos catalán y vasco, que son los socios del Gobierno que va a conducir esta crisis. Su preocupación por la prioridad de sus competencias autonómicas por encima del interés general de la nación, España, que es la única nación que hay y que queremos muchos que la siga habiendo, da una idea de la calidad moral de la jauría separatista.

Así que, como Albert Boadella, me declaro doblemente alarmado. Por el coronavirus, naturalmente, pero asimismo por el episodio antinacional de un Gobierno que puede resultar más peligroso para los españoles que el propio virus.

El virus del hambre
Jaime del Burgo Azpíroz, empresario okdiario 16 Marzo 2020

Querido director:
Esto no tiene sentido.

Acabo de regresar de Estados Unidos para estar cerca de los míos en caso de necesidad.

Dicho lo cual.

No se puede cerrar un país. No se puede restringir la libertad de los ciudadanos. No por esto. ¿Qué haremos el día en que nos enfrentemos a una pandemia de verdad donde los muertos no se cuenten por decenas sino por millones? La verdadera pandemia está por llegar.

La economía tiene que funcionar. Todos tenemos que trabajar. Y tenerle menos apego a la vida. Hay pánico a la muerte. No queremos aceptar nuestra única certeza: el destino que a todos nos llega. Ésta es una sociedad de cobardes atrincherada detrás de la pantalla de un móvil.

Durante muchos años, tú lo sabes bien, vivimos sufriendo un virus letal que se llamaba ETA. Y no dejamos de hacer nuestras vidas. Podríamos haber recibido un tiro en la nuca cualquier día, como aquella mafia hizo con tantos de nuestros amigos. La sociedad estaba infectada a un extremo imposible de comprender para quienes no estuvieron en la primera línea. ETA (mis cálculos) mató a 1 .000 personas. Hoy hay 5.000 muertos por este virus en el planeta y cerramos fronteras, coartamos la libertad de los ciudadanos y destruimos en horas un patrimonio económico global que hemos conseguido a base de mucho esfuerzo y sacrificio. Esto sí es letal. El #quédate en casa traerá miseria. Diezmará la clase media. Los que menos tienen no tendrán nada. Una cantidad ingente de negocios familiares que viven del día a día desaparecerán… en días. Y a ellos las ayudas gubernamentales no les llegarán. No hay ayuda capaz de paliar esta pérdida. España ha perdido en una semana 1/4 de su riqueza. Interioricémoslo: 1/4 de la riqueza en una semana. ¿Quédate en casa? Y luego, después del aislamiento, cuando el virus vuelva a surgir, ¿qué hacemos? ¿Vuelta a empezar? ¿Cuando los italianos recuperen la libertad y el virus se les presente otra vez porque lo importen los millones de turistas que reciben cada año… otra vez a casa?

El bien común se llama progreso. Esto es lo que hemos de proteger. Y esto es lo que estamos destruyendo. Sanos entre las ruinas vamos a quedar.
Por encima de la ley positiva está la ley natural. Esta rige mi vida desde que la conocí en las aulas a los 20 años. Así que yo voy a seguir viajando. Voy a seguir ocupándome de mis asuntos y de las personas que empleo. Voy a seguir viendo a mis socios y colaboradores como acostumbro. He sufrido tres embolias desde 2008, tres cicatrices hermosas en mi pulmón derecho. Y no me voy a quedar en casa. Lo digan los Rodolfo Chikilicuatre de Moncloa. Lo diga Trump. Lo diga el Papa de Roma. La ley natural que protege y ampara nuestras libertades en última instancia está por encima de todo.

Quiero dejarle a mi hija Ulla de cuatro meses un mundo mejor. Y si te mueres en el intento porque tienes la mala suerte de toparte con un virus que mata a un porcentaje irrisorio de los que lo contraen, pues te vas libre y en paz. No voy a dejarle un futuro mejor a nuestra hija quedándome en casa si me siento bien.

Condenamos al comunismo pero nos aprovechamos de sus miserias. Embargamos Cuba pero permitimos a China fabricar el pan de cada día porque la mano de obra explotada y esclava allá no vale nada. ¡Cuánta hipocresía! El socialismo y el comunismo siembran odio y miseria. Y la miseria… virus. Tenemos la oportunidad de aprender de esta lección: industrializar de nuevo Europa donde para nuestra vergüenza no producimos un ratón de ordenador. Esta sociedad está histérica. Las redes sociales la están volviendo loca. Estoy solo en un hotel donde podría haber mil cuartos ocupados de gente trabajando.

Si estás bien, sal a la calle y haz vida laboral normal. Trabaja. Si hacemos una vida anormal la anormalidad se instalará entre nosotros en todos los órdenes.
Tengamos un poco más de valor. Menos miedo a la muerte. Aquí todos estamos de paso unos años.

Hay que huir de las redes. Trabajar más que nunca para empezar a recuperar mañana tanta riqueza perdida por culpa no del virus, sino de unos dirigentes vergonzantes.


******************* Sección "bilingüe" ***********************

Un separatismo enfermo de deslealtad
Editorial larazon 16 Marzo 2020

Lo de Torra es una ceguera, por causas bien diagnosticadas, que puede causar graves daños a quienes viven en Cataluña, pero, también, al resto de los españoles. Es, pues, una inaceptable muestra de insolidaridad que, por supuesto, la mayoría de los catalanes no comparte»

Ni desde la lógica política ni desde un mero planteamiento práctico se entiende la posición del presidente catalán, Joaquim Torra, ante la declaración del estado de alarma. Por supuesto, era predecible, lo cual es la peor crítica que se puede hacer a un gobernante que antepone sus prejuicios ideológicos a las exigencias de los hechos, mucho más, cuando éstos suponen un riesgo cierto para la vida y la salud de los ciudadanos. La expansión del coronavirus es una realidad que, según el diagnóstico más optimista de los epidemiólogos, no remitirá hasta finales del mes de abril, con casos ya más infrecuentes hasta junio.

El panorama, sin que guardemos la menor intención de fomentar el miedo, es, cuando menos, incierto y va a depender de que el conjunto de la sociedad española sea capaz de mantener en el tiempo, que es lo más difícil, el compromiso de lucha y de solidaridad que imponen las circunstancias. Nada peor, casi criminal, que por razones de interés político, en este caso, la presión independentista en algunas partes del territorio español, se animara a la desobediencia desde las propias instituciones públicas. Si ya le va a costar al Gobierno de la nación recuperar la plena confianza de la opinión pública en su gestión de la crisis, no sólo por la inacción de las primeras semanas, sino por la imagen de pugna interna que trasmite el Gabinete de coalición, no parece que abrirle un frente en la cansina línea secesionista vaya a servir para otra cosa que para distraer a las autoridades y a la sociedad del objetivo que de verdad importa. Pero es que, además, el presidente de la Generalitat de Cataluña peca, seguramente desde la ignorancia de la soberbia, de una imprudencia que, a la larga, puede resultar suicida para la mala causa que defiende. Debía haber atendido al jefe del Gobierno vasco, Íñigo Urkullu, quien, tras la protesta oficiosa de rigor y tras reivindicar su condición de representante del Estado en las Vascongadas –¡quién nos lo iba a decir!– se mostró dispuesto a aceptar las decisiones del equipo ministerial. O a la intervención de la presidente madrileña, Isabel Díaz Ayuso, reclamando del equipo de crisis los medios para garantizarla seguridad de los trabajadores sanitarios, que están en primera línea de frente y de quienes depende el éxito de la empresa, conocedora del riesgo de colapso del sistema de salud, aunque sea fuerte como el de Madrid. O, también, la del presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, quien, desde una sensatez aplastante, señaló la evidencia de que coordinar no significa sentarse a conversar, sino que haya alguien capacitado que dé las instrucciones pertinentes. En realidad, si quisiéramos ser cínicos, señalaríamos que todos ellos intervinieron en la videoconferencia de presidentes desde el principio de precaución, pero también seríamos injustos, porque, en general, lo que se trasluce es la convicción de la gravedad del problema y de la inutilidad de enfrentarlo en solitario.

La asistencia de Urkullu y Torra a una reunión de este tipo, alejada de bilateralidades, explica lo que decimos. De ahí que resulte inicuo el rechazo de Torra al estado de alarma, que es un instrumento, desde el punto de vista de los derechos individuales, más lesivo en potencia que el artículo 155, pero que no pone en duda la estructura del Estado de las autonomías. Con el agravante de que ni él ni nadie puede, a día de hoy, pronosticar cuál va a ser la evolución de la epidemia y con qué intensidad afectará a unas regiones o a otras. Es decir, dónde y en cuál momento deberá aplicarse el mayor esfuerzo. En definitiva, la lucha contra el coronavirus es una, la libra todo el pueblo español y a todos se nos pide por igual que estemos dispuestos a servir a la nación, que es lo mismo que servir a nuestros conciudadanos. Lo de Torra es una ceguera, por causas bien diagnosticadas, que puede causar graves daños a quienes viven en Cataluña, pero, también, al resto de los españoles. Es, pues, una inaceptable muestra de insolidaridad que, por supuesto, la mayoría de los catalanes no comparte.

El naufragio de España
Carlos Mármol cronicaglobal 16 Marzo 2020

Inmersos ya en el estado de alerta, que en realidad es de excepción, el súbito apocalipsis del coronavirus arroja algunas enseñanzas sobre el trasfondo de la perpetua anomalía política española. Por fortuna, muchas no coinciden con la actitud individual de buena parte de los ciudadanos. La conclusión esencial es devastadora: la España oficial no ha sabido –o no ha querido– adoptar las decisiones preventivas que eran a todas luces necesarias para impedir la actual situación de pánico social. Una larga cadena de ignorancias, caprichos, improvisación, egoísmos y falta de realismo nos ha conducido al punto exacto en el que nos encontramos: un confinamiento colectivo marcial, un auténtico apagón general, casi la muerte social.

A pesar de ser un hecho extraordinario, no podemos decir que se trate de una patología nueva: la arquitectura de nuestro desconcierto tiene cimientos profundos, consolidados durante décadas por una insolidaridad política cuyo reflejo es la eterna disputa territorial. España es un gran carajal. Ahora que casi todos nos encontramos encerrados entre cuatro paredes, como aconsejaba Pascal, se percibe de forma nítida. Tenemos un Gobierno incapaz de enfrentarse a situaciones de urgencia, visiblemente dividido entre los obsesos del márketing político y los doctrinarios de salón, y 17 comunidades autónomas que creen ser, en mayor o menor medida, sujetos soberanos propios. Al mismo tiempo, una parte nada despreciable de la población no cree en ningún proyecto colectivo, a excepción de su bienestar o el de su tribu. La pandemia, mientras tanto, sigue cobrándose vidas, sometiendo a muchísima gente a sacrificios dolorosos y extendiendo el miedo a la misma velocidad que la desconfianza.

La falta de decisión de la Moncloa para cerrar las zonas geográficas donde el virus había aparecido con mayor intensidad –Madrid, Euskadi, La Rioja– ha hecho que la epidemia, como ya sucedió en Italia, se extienda por toda España, sirviendo de gasolina incendiaria para los eternos agravios de unos contra otros. Un alud de madrileños prefirieron irse este fin de semana de vacaciones en lugar de respetar las medidas cautelares. Los nacionalistas vascos y catalanes, enredados en su bucle de miseria sin límite, han empezado a manipular la crisis sanitaria en su favor, como si una emergencia nacional no requiriera la colaboración de todos. Si la crisis del ladrillo, que fue un coronavirus que golpeó al sector financiero, hizo rondar hace una década la sombra del default sobre España –Europa nos salvó del trance a cambio de unos recortes distribuidos de forma injusta– la actual pandemia se vislumbra como un hecho equiparable sobre algo aún más valioso: la salud. Europa, en este caso, parece ausente.

Todas estas circunstancias proyectan una sensación de naufragio colosal. El barco español, pese a los profesionales que cumplen cada día con su deber, ahora en los hospitales, hace aguas porque internamente no es un terreno estable. Por desgracia, se parece mucho a la dramática imagen de La balsa de la Medusa, el óleo de Théodore Géricault, donde una fragata encalla y su tripulación vaga a la deriva durante 15 días. La incompetencia del gobierno de turno –en este caso, francés– dilata su rescate y provoca la muerte de la mayoría de los embarcados tras un calvario de hambre, sed, canibalismo y desesperación.

Habrá quien crea que se trata de una comparación exagerada, pero nuestra encrucijada como país no es muy diferente: vivimos contaminados por la desunión, el egoísmo y la invención (infinita) de agravios interesados. Habitamos en un país cuyo presidente del Gobierno reclama una unidad que él no practica –su acuerdo con Podemos y los nacionalistas va justo en la dirección opuesta– y que, tras un mes y medio sin adoptar medidas preventivas, ni reforzar los escasos recursos de un sistema sanitario entregado al capricho de los virreyes regionales, tarda más de siete horas en explicar un decreto cuyo cumplimiento efectivo depende de los ejecutivos regionales que discuten su contenido (como es el caso de Cataluña y Euskadi).

El mensaje de Sánchez I, El Insomne, tras el último y tormentoso Consejo de Ministros, además de tardío, tenía algo de melodrama. De frustración disfrazaba bajo apelaciones sentimentales. Que sea noticia que el Gobierno de España haya dicho ser “la única autoridad en todo el territorio nacional” –en una situación similar a una situación de guerra– da una idea de cuál es la causa última de nuestra incapacidad como Estado. El coronavirus de España son las actuales autonomías. O lo corregimos ya o estamos abocados a un naufragio permanente.

Qué desgobierno
Mikel Buesa Libertad Digital 16 Marzo 2020

La epidemia de coronavirus amenaza con desencajar el precario sistema de gobierno español, en el que, junto a un Ejecutivo nacional incapaz de tomar decisiones a tiempo, se levantan diecisiete Administraciones autonómicas con competencias sanitarias que han actuado hasta ahora con una descoordinación manifiesta –algunas con bastante acierto, como la vasca, la madrileña y la riojana, y otras que operan al rebufo de los acontecimientos–. Éstos, los acontecimientos, son los que nos tienen que servir para valorar lo que se está haciendo, aunque ello sea difícil por la velocidad a la que se suceden y por las dificultades que ofrece la información sobre ellos. Pero puede intentarse.

La del coronavirus, más allá de su intensidad y letalidad, es una epidemia como todas las demás que se desenvuelve temporalmente siguiendo un modelo matemático conocido como 'curva logística'. En ella, a una fase inicial en la que la difusión de la enfermedad es lenta sucede otra explosiva que puede ser más o menos prolongada, dependiendo de la política sanitaria, hasta que el número de contagios acaba atemperándose y finalmente desaparece. Nosotros, ahora, después de tres semanas de expansión, nos encontramos en la fase de mayor crecimiento, como el lector puede ver en el gráfico. Esta fase comenzó con el mes de Marzo y, por ello, centraré mi análisis en las dos semanas que han transcurrido desde entonces.

El gráfico también recoge (en línea discontinua) la función exponencial a la que el día 15 de marzo se ajustaba la difusión del coronavirus, acompañada de la correspondiente ecuación. Con ésta, se pueden proyectar los datos hacia el futuro para prever lo que pudiera ocurrir en los días siguientes al del momento en el que se hace el análisis. He estimado esta función para los quince días de marzo que han transcurrido ya y, a partir del resultado, he obtenido las proyecciones que ofrecía, en cada caso, para los cuatro y siete días siguientes. A continuación he comparado cada resultado con el del día anterior para ver en qué porcentaje aumenta cada proyección con respecto a la precedente. De esta manera se puede comprobar si el potencial epidémico se va atemperando o si, por el contrario, se acelera. El resultado de esta operación se recoge en el segundo gráfico. Sobre él sustentaré el análisis ulterior de la política seguida con respecto a la epidemia.

Como el lector puede ver, en los primeros días del mes las proyecciones ofrecían resultados cuya tasa de crecimiento era cada vez más reducida. Pero llegado el día 5 la dinámica se tornó inversa, indicando que el potencial expansivo de la enfermedad se estaba acelerando. Fue entonces cuando el Gobierno de la Comunidad de Madrid –la región más afectada– empezó a solicitar una actuación más contundente del Gobierno nacional. Éste estaba, en ese momento, quitando hierro a la epidemia, tal como evidenció el ministro de Sanidad en su primera comparecencia pública del día 3, cuando habló de la fase de contención, tesis ésta que corroboró Fernando Simón –el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que en todo momento ha actuado más como un subordinado correveidile que como un funcionario independiente– y que no se compadecía con el hecho de que ya había un buen número de contagios de origen desconocido. Más aún, fue el día 4 cuando la ministra de Trabajo sacó una guía para empresarios y trabajadores, luego desautorizada desde la Moncloa, cuya lectura se puede resumir así: ¡sálvese quien pueda!

Ese argumento lo reiteró el ministerio de Sanidad en los días siguientes, cuando ya la tendencia de la expansión de la epidemia era ascendente, al parecer con la finalidad política de no alterar las pretensiones feministas de las partes socialista y podemita del Gobierno, cada una por su cuenta, que se expresaron en las manifestaciones del día 8. Se trató de una imprudencia del Ejecutivo de Pedro Sánchez que, seguramente, propició, al menos en parte, el vertiginoso ascenso de la dinámica contagiosa del coronavirus que se evidencia entre los días 8 y 10 en el gráfico. Aun así, todavía el día 9 el ministro de Sanidad y su adlátere Simón seguían en sus trece, lo que no fue óbice para que los Gobiernos regionales del País Vasco y Madrid decretaran el cierre escolar –eso sí, en contra de la opinión del Gobierno nacional, que sin embargo no se atrevió a ponerle freno–. La alarma empezó a instalarse en la opinión pública desde ese momento, alimentada por el anuncio de medidas adicionales destinadas a reducir drásticamente las interacciones individuales entre los ciudadanos. Tal vez por eso, el día 10 Sánchez salió por primera vez a la palestra para anunciar un plan de choque, principalmente de naturaleza económica, pero no sanitaria. En esa fecha, el gráfico muestra que se alcanzó el mayor potencial expansivo del coronavirus en el conjunto de España, lo que contrasta con el desprecio que el presidente mostró en ese momento a los aspectos de la epidemia relativos a la salud de los ciudadanos.

El caso es que el mencionado plan de choque –que se adoptó en una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros el día 11– quedó reducido a poco más que la suspensión de los vuelos a Italia, pues las medidas de carácter laboral –que ya eran perentorias, pues en Vitoria, Madrid, La Rioja y, después, en otras regiones el cierre escolar requería considerar la situación de fuerza mayor de los trabajadores que tenían que cuidar a sus hijos, y además empezaban ya las regulaciones de empleo derivadas del cierre de establecimientos o de las suspensiones de actividad– quedaron inéditas. Con ello, por cierto, los trabajadores afectados se han quedado con el culo al aire, salvo en los casos en los que sus empresas han decidido asumir, de momento, el coste de la situación.

Parece que las medidas regionales a las que he aludido han logrado frenar la dinámica expansiva de la capacidad de contagio de la enfermedad, de manera que se ha entrado en una rebaja gradual, muy atemperada, de su ritmo de crecimiento –que sigue siendo elevado–. Ello debiera haber sido apuntalado rápidamente por un cambio en la política nacional, pero no ha sido así, toda vez que Sánchez se ha tomado el asunto con una parsimonia sorprendentemente imprudente. El día 13 compareció en los medios para anunciar la declaración del estado de alarma, pero para el día siguiente. Éste ha llegado efectivamente y después de muchas horas de reunión del Consejo de Ministros en jornadas de mañana y tarde durante el día 14. El paquete de medidas se ha centrado ahora en el aspecto sanitario, tanto reforzando los medios de atención a los enfermos como limitando severamente la movilidad de los ciudadanos. Pero ha quedado incompleto, pues se ha dejado de lado, para ulteriores decisiones, el terreno económico-laboral, simplemente porque los ministros son incapaces de ponerse de acuerdo. Por cierto, que, a pesar de sus declaraciones retóricas, Sánchez tampoco ha podido coordinarse enteramente con las comunidades autónomas, como muestran las resistencias a la norma reguladora del estado de alarma expresadas por el lehendakari Urkullu –finalmente reducidas– y sobre todo el president Torra –que se ha declarado en rebeldía–. Asimismo, en Madrid, la presidenta Díaz Ayuso –que, mostrando su liderazgo, no tuvo empacho en quejarse porque Sánchez no supo informarle la pasada semana sobre sus ideas acerca de estos asuntos, tal vez porque no las tenía– ha hecho un llamamiento de urgencia a fin de que se normalice el suministro de materiales y equipamientos a los hospitales madrileños para poder atender la mayor avalancha de casos que se produce en España en estos momentos. Entre tanto, el domingo 15 el potencial de contagio sigue casi estancado. Y habrá que ver en los próximos días si el estado de alarma logra hacer efectiva la vida recluida que se propone a los ciudadanos.

Hasta dentro de unos días no se podrá valorar su incidencia en la curva de contagios. Mientras tanto, sólo cabe concluir que la parsimonia sanchista ha servido, hasta ahora, para empeorar las cosas en el terreno sanitario de la epidemia; en el económico-laboral, la incógnita no se despejará hasta más adelante. ¡Qué desgobierno!


Recortes de Prensa   Página Inicial