AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 18  Marzo  2020

«Esenciales» somos todos
OKDIARIO18 Marzo 2020

Después de que el Ministerio de Sanidad confirmara la información de OKDIARIO sobre la reducción de test de coronavirus a los sospechosos de sufrir la enfermedad, el Departamento de Salvador Illa seguirá sometiendo a estas pruebas a los cargos políticos del Estado y de las Comunidades Autónomas por ser considerados «personal esencial». Nada que objetar sobre la pertinencia de esta medida, pero si los cargos políticos son esenciales, también lo es el resto de la población. Por supuesto que sanitarios y policías, en virtud de sus funciones, son colectivos prioritarios y «personal esencial». La sociedad española es lo suficientemente madura y agradecida para reconocer su trabajo abnegado en defensa del bien común. Si hay alguien que hay que proteger en estos momentos es a quienes se han convertido en garantes de nuestra seguridad. Nuestras vidas dependen de las suyas.

En cuanto al carácter de «personal esencial» que Sanidad otorga a la clase política no merecería ninguna objeción si no fuera porque el concepto de «esencial», fuera del ámbito sanitario y policial, se presta a una profunda reflexión. No se trata, en absoluto, de demonizar a la clase política, sino de subrayar que hay una multitud anónima de españoles que, en las actuales circunstancias, merecen la consideración de «personal esencial» al mismo nivel que los cargos públicos.

Fuentes de Sanidad confirman a OKDIARIO que el Gobierno considera a los miembros de la Administración como personal que presta «servicios esenciales», por su papel en la toma de decisiones durante el estado de alarma y que, en consecuencia, entran dentro de los únicos dos supuestos a los que Sanidad permite realizar el test del coronavirus: enfermos hospitalizados con dificultades respiratorias agudas -o que cumplan criterios de hospitalización- y personal médico o policial con síntomas.

Lo lógico sería redoblar los esfuerzos para que, en lugar de reducir los test de coronavirus y tener que establecer supuestos de aplicación en función del carácter «esencial» de las personas, se ampliaran los márgenes y criterios para que, dentro de las posibilidades del sistema, cupiéramos todos.

Sánchez no incluye en su plan ni una sola medida de recorte del derroche en las administraciones
Carlos Cuesta okdiario18 Marzo 2020

Avales, líneas de crédito y mucho esfuerzo exigido a las empresas privadas a las que tanto critican el PSOE y Podemos. Pero ni una sola medida de austeridad, ni de revisión de gasto superfluo de la administraciones públicas españolas. Así es el plan lanzado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para movilizar hasta 200.000 millones de euros con el fin de combatir los efectos económicos del coronavirus.

El paquete de medidas anunciado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez ha logrado reactivar la Bolsa. Y es lógico, porque lo cierto es que el anuncio va mucho allá de la inacción que se había visto hasta el momento por parte del Ejecutivo socialcomunista. Sin embargo, se trata de un plan en cascada: el Gobierno se apoya en la espalda de las empresas –nada menos que por valor de 83.000 millones de euros–; que, simultáneamente, deberán apoyarse para poder soportar el esfuerzo en los avales del propio Gobierno; que, a su vez, se apoyará en la espalda de la inyección de dinero del BCE –solamente en la última oleada ha anunciado la inyección de 120.000 millones de euros más– para lograr la liquidez necesaria en los mercados de deuda. Y, sobre todo, el BCE soportará con la barra libre de liquidez a las entidades financieras, el esfuerzo que les pide ahora Pedro Sánchez.

Se trata de un esquema perfectamente pensado para repartir cargas hacia Europa, hacia las empresas privadas y hacia los contribuyentes, que, sin una rebaja fiscal a la vista, tendrán que soportar los intereses de lanzar a deuda pública la parte que se ejecute de los 100.000 millones en avales prometidos por el Gobierno de Sánchez.

Rebote del Ibex
La bolsa acogía con optimismo el plan nada más ser anunciado. Y es normal: la expectativa de una falta de liquidez en las empresas se aleja en el corto plazo. Pero queda la duda del largo plazo. Porque no hay ni una sola medida en todo el plan de achique de gasto público superfluo, de supervisión de partidas innecesarias en la Administración española. Ni una sola medida de congelación de créditos presupuestarios innecesarios. Y, en consecuencia, ni una rebaja fiscal para ninguno de los colectivos que sufrirán la crisis del coronavirus.

Eso hará que, si el impacto de la enfermedad es más largo de lo previsto, los avales se vayan ejecutando en mayor porcentaje y, por lo tanto, la capacidad de aguante de la economía se ponga en duda. Pero eso será el largo plazo. Y, hoy por hoy, la Bolsa se contenta con saber que soporta el corto.

Por eso ha rebotado el selectivo. Y lo ha hecho, mientras la prima de riesgo ofrecida a los inversores en bonos españoles con vencimiento a 10 años mantenía su racha alcista pese al paquete de medidas anunciado por el Gobierno para paliar las consecuencias económicas del Covid-19. De hecho, la prima de riesgo saltaba hasta rozar los 150 puntos básicos, su mayor nivel desde abril de 2017.

El diferencial inició su jornada a la baja, hasta situarse en un mínimo intradía de 128,7 puntos básicos, frente a los 132,9 enteros en los que cerró el lunes. Sin embargo, al llegar al mínimo ha comenzado una racha al alza que no se ha frenado, sino todo lo contrario, con el anuncio del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de un paquete de ayudas y estímulos para atajar los efectos del coronavirus, entre los que se incluye la movilización de hasta 200.000 millones de euros, el 20% del PIB español.

El único proyecto político es el virus
Editorial larazon18 Marzo 2020

Las medidas de emergencia tomadas ayer por el Consejo de Ministros son, probablemente, las únicas que están al alcance de la situación económica y presupuestaria de España, al menos, hasta que el conjunto de la Unión Europea, cuyos socios van por libre azuzados por la alarma sanitaria, coordine un plan de contingencia financiera más ambicioso. Tienen la virtud de que, al contrario de lo que sucedió en la crisis de 2008, tratan de paliar sus efectos más inmediatos y conocidos, la caída del mercado laboral y la necesidad de financiación y liquidez de las empresas, y el defecto de que operan sobre bases ya trilladas del aplazamiento de pagos que, tarde o temprano, habrá que afrontar. Asimismo, obligan a un endeudamiento mayor de las arcas del Estado, no sólo por el coste del seguro de desempleo, que se espera limitado en el tiempo, sino por la inevitable reducción de los ingresos fiscales, imposibles de cuantificar en el momento presente porque nadie es capaz de proyectar un escenario probable de la evolución de la epidemia. El más pesimista nos advierte de unas pérdidas superiores a los 120.000 millones de euros y de un aumento del número de parados superior al millón.

El futuro, pues, se presenta con tintes obscuros, especialmente, porque ya se da por perdida la temporada turística, cuya industria supone el 12 por ciento del PIB. Y sin embargo, la emergencia pasará, la sociedad española logrará superar la epidemia y llegará el tiempo de reparar los daños y de relanzar la economía a poco que se reinstaure la normalidad social. Si los cálculos del Gobierno se cumplen, es decir, si los ERTE no derivan fatalmente a una destrucción permanente de empleo, es posible que la recuperación sea mucho más rápida de lo que auguran las voces más pesimistas. Dicho esto, es de toda evidencia que el coronavirus se ha llevado por delante el proyecto político del actual Gobierno de coalición, cuyos planteamientos presupuestarios, por muy rápida que sea la recuperación, se nos antojan inviables.

De ahí que el presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, confrontado a la realidad, se verá obligado a articular un nuevo programa de Gobierno que, forzosamente, llevará a un desencuentro mayor de sus socios de Unidas Podemos, cuyo desempeño a lo largo de toda la crisis se ha demostrado manifiestamente mejorable, además de lastrar la imagen del Gobierno, en su conjunto, ante una opinión pública que ha interiorizado muy mayoritariamente que las autoridades gubernamentales actuaron tarde y mal frente a la crisis sanitaria. Como parece, cuando menos, dudoso que el partido que lidera Pablo Iglesias se preste a una colaboración leal con el inevitable giro que habrá que dar a la estrategia económica –entre otras cuestiones, porque la crisis ha reducido al mínimo el margen de gasto social, que se irá, lógicamente, en atender a los desempleados y en paliar el coste sanitario–, no es descartable en absoluto que Sánchez se enfrente a una crisis interna en el Gabinete que puede dar al traste con la legislatura.

De ahí que volvamos a insistir en el hecho de que el principal partido de la oposición y su presidente, Pablo Casado, que ha respaldado al Gobierno en los peores momentos de la epidemia y que, pese a las evidentes diferencias de criterio, se mantiene en el principio de unidad de actuación, es la opción más razonable no sólo para afrontar el día después, sino para abordar el gran cambio que necesita el modelo económico español. Si Sánchez, una vez pasado el pasado el peligro, retorna a su conocida posición de desprecio a lo que llama «las derechas», corre el riesgo de verse sometido a una mayor imposición de sus socios populistas y nacionalistas, estos últimos siempre atentos a aprovechar momentos de debilidad del Estado, con malas consecuencias para la sociedad española.

La gota china
Nota del Editor18 Marzo 2020

El PP siempre ha sido una parte importante del problema. Nunca se preocupó de que el sistema legal tuviese las protecciones necesarias para evitar los disparates de quienes estan conviertiendo España en Españazuela. Los empeñados en seguir fabricando la solución de quien tiene la culpa no paran de soltar gota a gota para que todo siga igual, empeorando. Los españoles debemos apoyar a Vox si no queremos equipararnos a los depauperados venezolanos.

Las cifras de la verdad
¿Qué confianza podemos tener en un Ejecutivo que asume todos los poderes pero quiere gobernar desde el ocultamiento?
Ramón Pérez-Maura ABC18 Marzo 2020

Hay un viejo dicho que sostiene que «hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas», del que se deriva el ejemplo de que si una persona tiene dos coches y otra no tiene ninguno, la estadística te dice que tienen un coche cada uno. Lo que, obviamente, no es cierto. En estos días todos los medios de comunicación publicamos gráficos en los que damos las cifras de enfermos, de fallecidos y de curados. Desgraciadamente he llegado a la conclusión de que esas cifras carecen de credibilidad.

El pasado viernes contaba a los lectores en esta página mi peripecia para hacerme la prueba del coronavirus, lo que resultaba imposible en la sanidad pública y casi imposible en la sanidad privada. Como era previsible, dados mis síntomas, la prueba salió positiva. Yo no sé cómo se comunica eso desde el centro privado a la estadística oficial, pero lo que sí sé es que en el 900 102 112 se me sigue diciendo que mientras no empeore me quede en casa. La realidad es que no estoy mal y puedo aguantar en mi domicilio sin problema. Y con toda probabilidad esto pasará. ¿Cómo se registrará mi cura si no me ve ningún médico?

A mayor abundamiento: a mí me dijeron que no era necesario hacerme la prueba del coronavirus si no me ponía mucho peor. Algo que, ciertamente, no ha ocurrido. Supongo que eso es lo que dicen a casi todos los potenciales enfermos. Incluso a los que pertenecemos a grupos de alto riesgo -grupo en el que estaba también la persona que me acompañó al primer hospital en el que intenté hacerme la prueba-. Por lo tanto, puede haber miles de enfermos, como yo, a los que no se hace la prueba. Y eso no es tanto porque no sea necesaria como porque no hay suficientes bastoncillos para hacer el incómodo test. Lo que sí podemos saber es que las cifras que nos dan tienen un valor muy limitado. Y yo sospecho que el porcentaje real de curaciones es infinitamente superior.

Algunos científicos calculan que los supuestos 11.409 contagios en España son en realidad alrededor de las 300.000 personas. Y a mí me parece verosímil. Pero para este Gobierno que ha pasado en cinco días de convocar múltiples manifestaciones, una de ellas de hasta 120.000 personas, a declarar el estado de alarma es difícil reconocer las cifras de la verdad. Con la cifra de casi 11.500 infectados se calcula que la epidemia seguirá al alza diez días más. Calculemos las cifras a las que podemos llegar durante diez días más partiendo de que ahora haya 300.000 enfermos. Aunque es evidente que el aislamiento va a generar una reducción rápida del contagio del virus.

Pero lo que cabe preguntarse es qué confianza podemos tener en un Ejecutivo que asume todos los poderes -y eso es mejor que tener las competencias de sanidad desparramadas en diecisiete autonomías- pero luego quiere gobernar desde el ocultamiento. Un Gobierno que ha puesto al frente de la emergencia a un ministro de Sanidad que sabe de esa materia lo mismo que yo de física cuántica. Y probablemente de otras materias también. Yo no sé cuál es la especialidad de este filósofo de la Universidad de Barcelona. Pero el pasado domingo en la rueda de prensa conjunta con los ministros del Interior, Defensa y Transportes demostró su desconocimiento total de lo que tiene que coordinar. Pretendió dirigir una pregunta sobre fronteras al ministro de Transportes. El pobre Ábalos tuvo que aclararle que de eso se ocupa... el ministro del Interior. En estas manos estamos en una situación de alarma. Créanme, no paramos de mejorar.

Fernando Simón, el epidemiólogo que desoyó a sus colegas y tras el que se esconde el ministro de Sanidad
El director de Alertas Sanitarias ignoró los mensajes de las sociedades de epidemiología en España hasta que se celebró el 8-M.
Elena Berberana Libertad Digital 18 Marzo 2020

Fernando Simón, o el doctor Simón al que todos debemos escuchar, según nos manda Pedro Sánchez, está siendo la cara protagonista de la crisis sanitaria del coronavirus. El epidemiólogo ha sido elevado a los altares y alabado por el establisment mediático y la prensa afín al izquierdismo político. No existe por parte del Gobierno ninguna intención de deponer o realizar un recambio en el equipo médico responsable de informar sobre la fiereza del coronavirus.

El director de Alertas Sanitarias que no alertó con su calma zen de la que se avecinaba, cumple con todos los requisitos para ser dimitido. Motivos hay de sobra, hay razones empíricas para estar subiéndose por las paredes. La cronología de los hechos delata las meteduras de pata que ha ido cometiendo el bueno de Simón, el afable médico que conquista por no llevar corbata, por su voz ronca aflautada, como dirían en El País, o por su gran sentido del humor al hablar de la epidemia como recogió la Cadena Ser.

Merece la pena recordar cómo intentaban justificar en la Ser el comportamiento cínico en mitad de la pandemia del cándido e inocentón epidemiólogo:

No prepara sus intervenciones, informa con naturalidad pero sin dejar de ser preciso. Este miércoles volvía a dar muestra de su sentido del humor en la comparecencia cuando, tras hacer un gesto con la mano, le siguió un reguero de flashes y no pudo contener la risa. En otra ocasión, cuando los periodistas le preguntaron que a qué nos podremos enfrentar ante un tercer escenario de la epidemia, reconoció que "las medidas que se aplicarían no tienen interés práctico porque son ya, expresándolo coloquialmente, de perdidos al río".

El director de Alertas Sanitarias visto así parece Platero de Juan Ramón Jiménez: "Es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos". El chorreo de titulares y noticias con alabanzas a la gestión de la crisis en buena parte de los medios de comunicación afines al gobierno no tiene paragón. (Busquen, hagan la prueba).

El ébola y Simón
Pero, más allá del sentimentalismo publicitario que se usa como detergente para lavar desastres políticos, la gravedad de los hechos invita a que el epidemiólogo abandone hasta su profesión por el bien de todos. Su actitud como sabio consejero ha sido letal para el país. No fue así con la gestión del ébola. El científico llegó al Ministerio de Sanidad de la mano de Mariano Rajoy en 2012. Creó la unidad de alertas y emergencias de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica tras haber vivido en África y Latinoamérica y haber ejercido como epidemiólogo y científico en sendos continentes.

Con un currículum espléndido gestionó el ébola que se saldó con un muerto (que venía ya contagiado) y el perro de la enfermera infectada que desgraciadamente tuvo que ser sacrificado para evitar males mayores.

Por él han pasado ministros de izquierda y derecha. Es el típico alto cargo médico del Estado que siempre cae de pie. Sin embargo, el doctor se ha estropeado, o escacharrado, con el Gobierno de Pedro Sánchez. Está torpe, y es un verdadero peligro público.

Desoyó a sus colegas
El 24 de enero y con la experiencia de Wuhan, Fernando Simón insistía en que en España "la posibilidad de infección era muy baja". Estuvo repitiendo el mantra de la tranquilidad hasta que se celebrara el 8-M. En todo este periodo, y con el número de fallecidos y contagios subiendo velozmente en las gráficas, el reputado doctor llegó a decir que si su hijo le preguntaba si podía ir a la manifestación del Día de la Mujer él le diría que "haga lo que quiera". Además, añadió que "no proponía suspender ningún evento". Y menos el día del hembrismo comunista.

En esos días previos al 8-M, colegas de Simón de gran prestigio pertenecientes a las entidades Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (Seimc); la Sociedad Española de Medicina Intensiva Critica y Unidades Coronaria (Semicyuc); la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (Semes), y la Sociedad Española de Medicina Interna (Semi), enviaban mensajes públicos y a través de sus cuentas oficiales al Ministerio de Sanidad avisando de la epidemia del coronavirus en España: "Hay que parar ya esto", "hay que actuar con rapidez", "hay que hacerlo ya".

Justamente el 2 de marzo, llama la atención que la doctora Pilar Aparicio, perteneciente al Ministerio de Salud Pública diera una charla en la sociedad SEIC sobre la gravedad de las transmisiones del coronavirus. Entretanto, Simón estaba lá lá lá, no te escucho cartucho.

La cosa se pone seria. Y debido a la cascada de informaciones alertando y presagiando lo peor por parte de estas entidades científicas (incluso doctores como Pilar Aparicio) el Ministerio de Sanidad lanza la campaña #StopBulos el 4 de marzo con el lema de "Solo fuentes oficiales" para informarte sobre el coronavirus. Es decir, la verdad solo la tiene el Gobierno, el Gran Hermano que vigila. Desde Sanidad ponen en marcha todo lo necesario para desacreditar a todo aquel que se atreva a publicar información que no sea la de los científicos y médicos del Ministerio. Un Chernóbil de manual. Orwelliano.

En vista de la ignorancia de las autoridades políticas las cuatro sociedades emiten un comunicado y envian una carta de urgencia al ministro de Sanidad, Salvador Illa y al Centro de Alertas Sanitarias que dirige Fernando Simón. En la petición le piden el 11 de marzo entrar a formar parte del Comité de Médicos para coordinar las medidas sanitarias que fueran necesarias.

Estos científicos están viendo "con preocupación" la evolución de la pandemia del coronavirus. "Los escenarios más desfavorables deben ser contemplados cuanto antes", destacan.

Estas sociedades científicas creen que es imprescindible preparar y proteger el sistema sanitario ante la expansión del coronavirus y, para ello, piden recursos específicos y una mejora de la coordinación.

"Creemos también que es necesario que exista un canal de comunicación permanente entre el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias y los profesionales sanitarios", añaden los científicos para justificar la creación del comité técnico permanente.

Las cuatro sociedades científicas de gran prestigio internacional que se dedican a combatir las enfermedades infecciosas, e instan al epidemiólogo celebrity Simón a "la necesaria participación de los profesionales más expertos en un comité técnico permanente. De poco sirvió.

Las instituciones españolas, cada vez más extractivas y opacas, se han convertido con la llegada de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias al poder en entes aún más oscuros, menos transparentes. Del Comité de Médicos de Fernando Simón nada se sabe. ¿Quiénes son? ¿Existen? ¿Cuáles son sus nombres y carreras? Es el culmen del modelo panóptico. La sociedad civil ya no conocen a quienes los vigilan.

Un médico a lo soviético
Prosigamos. El 8-M se celebra con la oleada de contagios correspondientes. Carmen Calvo e Irene Montero se disputan la hegemonía del feminismo en España, una gran empresa que garantiza millones de adeptos y la perpetuidad en el poder. El coronavirus no lo va a frenar, tampoco los científicos. Para contrarrestar las teorías médicas ya está Fernando Simón que es de los suyos.

El experto estrella transmite con alegría que no hay peligro de acudir a manifestarse. Los periodistas mainstream aplauden, y todo es un jolgorio en plena fase de contagio. Se ignora a la Comunidad de Madrid y sus advertencias. "Ningún virus va a pararnos", repite Cristina Almeida en La Sexta apoyada por numerosas estrellas del universo televisivo. Y que corra el vino, y el virus.

¿De verdad no supo ver lo que iba a pasar el epidemiólogo con formación en las mejores escuelas de Medicina de Londres y trabajos en medio mundo sobre enfermedades infecciosas? Probablemente sí que fue consciente, pero se puso al servicio del socialcomunismo. Pero esto no le resta responsabilidad. Ojo. Incluso tendría mucha más porque, sabiéndolo, se calló por "no tener problemas", seguro.

Salvador Illa, el filósofo escondido
Mientras tanto, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, quien decide si hacer caso o no a Fernando Simón, el que realmente ordena y manda, el que toma las decisiones finales en este ámbito y se las traslada al presidente, ¿dónde está? ¿Quién es? Los españoles conocen de buena tinta al epidemiólogo mediático, le ponen cara y nombre. En cambio, el ministro de Sanidad, el filósofo de carrera, ha tenido escasas y tímidas comparecencias. Por si acaso, pensará él y su equipo de asesores.

Fernando Simón se convierte así en el chivo expiatorio perfecto. El PSOE sigue sin pedir perdón, sin reconocer sus errores sobre el tratamiento del coronavirus. Las clásicas estrategias del socialcomunismo nos indican que, cuando la catástrofe sobrepase los límites permitidos por la moral de un país, hay que buscar responsables ajenos con los que eludir la culpa.

Cabeza de turco ideal
Cabe destacar que, siguiendo esta tesis, El País, ya parece estar allanando el terreno o preparando la soga del médico por lo que pueda pasar en un futuro. Hay que estar prevenidos. En una entrevista reciente (17 de marzo y con casi 500 muertos en las gráficas) al infectólogo e investigador de la Fundación Lucha contra el Sida, el médico Oscar Mitja, el diario digital da voz por primera vez al sanitario que lleva anunciando lo que va a pasar desde que comenzara la epidemia en Wuhan.

"¿Alguien tiene que asumir responsabilidades por esta crisis?", pregunta el periodista. El infectólogo responde: "Sí. Es necesario que haya un recambio en las personas que están dirigiendo esta crisis y un nuevo plan de acción, en el que nadie tenga miedo a actuar o a ejecutar acciones. El país está en la UCI y el médico que lo trata ha cometido errores". Es mejor cambiar de médico mientras estamos a tiempo y no lamentarse cuando no haya solución", especifica el doctor.

Por su parte, Onda Cero, también se ha hecho eco de las declaraciones de Mitja: "El epidemiólogo Oriol Mitjà pide la dimisión de Fernando Simón por su 'incorrecta' gestión del coronavirus", reza el titular. Uy, uy, uy.

Y, aunque nada indica que vayan a echar la culpa Simón y lo destituyan, hay que saber que los conocimientos propagandísticos de la izquierda van por delante del pensamiento de sus oponentes políticos. De momento, Pedro Sánchez, en su comparecencia sobre las medidas económicas ya se ha hecho una puesta en escena como salvador todopoderoso del desastre. Para terminar con un "hay que seguir haciendo caso a Fernando Simón. Es una gran labor la que está llevando a cabo. Está haciendo pedagogía". Adulaciones, repetimos, por si acaso el hundimiento es peor de lo imaginado. El chivo expiatorio ya está listo.

Hasta aquí llegó la ultraizquierda
Pablo Molina Libertad Digital 18 Marzo 2020

La crisis sanitaria debe servir para crear en el cuerpo nacional una sólida reserva de anticuerpos contra el ultraizquierdismo que venimos soportando en los últimos años.

Todos deseamos que los científicos encuentren pronto una vacuna para el coronavirus (todos salvo Torra y sus amigos, que si no sale de un laboratorio catalán no se la pondrán), pero la actual crisis sanitaria debe servir también para crear en el cuerpo nacional una sólida reserva de anticuerpos contra el ultraizquierdismo que venimos soportando en los últimos años.

Como ocurre con las vacunas, que utilizan virus para provocar una respuesta del sistema inmunitario contra futuras infecciones, son los propios ultraizquierdistas los que van a hacernos invulnerables a sus ideas, al menos hasta que el izquierdismo no experimente una nueva mutación y haya que volver a empezar.

La actuación de los podemitas desde que saltó la alarma por el coronavirus ya debería inhabilitarlos para sacar en las próximas elecciones ni un voto más que el de los propios candidatos y sus familiares consanguíneos en primer grado. Todos ellos animaron a asistir a concentraciones multitudinarias cuando en otros países afectados ya estaba la población recluida y aislada, con lo cual provocaron miles de contagios, como demuestran los datos más recientes. Solo por eso deberían salir de la política para siempre, sin que nadie debiera rodear sus sedes y correrlos a gorrazos por las calles, que es lo que estarían haciendo ellos si un Gobierno de derechas hubiera cometido un despropósito tan descomunal.

Pero es que aún nos sangran los oídos de escuchar sus lamentos y amenazas a cuenta de las majaderías más absurdas que han utilizado en los últimos años para llegar al poder. Así, les hemos visto declarar la alerta antifascista cuando Vox consiguió representación en un Parlamento autonómico, el apocalipsis climático junto a la niña Greta y el Defcon 5 antifranquista para profanar la tumba del anterior jefe del Estado. Antes de llegar ellos al Ayuntamiento de la capital, los niños madrileños morían de desnutrición en las manos yertas de sus padres, derrumbados sin vida junto a los contenedores de basura. La anterior pareja de Pablo Iglesias, hoy relegada al último puesto del Hemiciclo por no haber sabido conservar su amor, avisaba en las tertulias televisivas cuando todavía era primera dama perroflauta de que el 25% de la población española podía morir de hambre por culpa de los recortes de Rajoy.

Pues bien, ahora llega una amenaza cierta con ellos en el Gobierno y los hemos visto hacer tres cosas: agravar sus consecuencias, tratar de sacar partido de la desgracia para implantar aquí el modelo chavista y correr de un lado para otro como la tonta del bote tratando de esconderse y evitar cualquier responsabilidad. Esto es demasiado incluso para el español medio, capaz de elegir por dos veces a ZP.

Ahora toca evitar contagios y curar a los enfermos, pero el coronavirus pasará y llegará el momento de pedir cuentas a esta banda de fanáticos peligrosos. Han abusado tanto de los españoles que la reacción puede ser apabullante. Nos han vacunado y se lo vamos a demostrar.

Una España ejemplar
¿Se imaginan que esta crisis nos hubiera cogido con un gobierno del PP, la que hubieran liado?
Antonio Burgos ABC18 Marzo 2020

Por teléfono, claro, porque no es cosa de verse con nadie ni hay nada abierto donde poder tomarse un café tranquilamente para comentar. El amigo me dice, sobre el Gobierno, naturalmente: «Tienen un país y una ciudadanía que no se la merecen». Yo diría que ejemplar. Cuando dijeron que en la Lombardía habían decretado el confinamiento de los vecinos en sus casas, pensé: «Pues verás tú si aquí llegamos a eso. Para que la gente no salga, con lo callejeros que somos, que hacemos la vida en la calle, va a hacer falta que pongan un guardia civil en cada portal». No ha sido así, sino todo lo contrario. La gente te invita a no salir ni lo imprescindible. Hay una ola de espontánea solidaridad:

-Oye, que si quieres que le traiga algo del supermercado a tu madre, que ya es mayor, no tiene más que decírmelo y aprovecho cuando yo vaya.

Ayer tarde, a las 8, como todas, de pronto empecé a oír aplausos desde mi confinamiento en favor de la salud de todos, empezando por la de uno mismo. Era el aplauso que cada tarde le da España al personal sanitario de los hospitales y a cuantos están en primera línea de fuego en esta batalla, cubriendo el frente de una guerra que nunca hubiéramos sospechado que íbamos a tener que librar.

Y que ganaremos.

Sonaban los aplausos desde los balcones y las terrazas ayer tarde a las 8 y para mí que la ovación, personal sanitario aparte, debía ser interpretada como una ovación del pueblo a sí mismo, a su propio comportamiento ejemplar. No es que no nos merezcamos este Gobierno, con su inmenso desacierto de promover irresponsablemente la manifestación del 8-M con el coronavirus encima. Es lo que dice mi amigo del teléfono: que hay veces en que el pueblo supera y desborda a sus dirigentes. Lo vimos en Andalucía cuando el 28-F, en que la voluntad autonómica popular superó, desbordó y se adelantó al Gobierno. Y en toda España, tras el asesinato por la ETA de Miguel Ángel Blanco, el «espíritu de Ermua» también desbordó a los dirigentes. No quiero ponerme pedante pensando que esta España es la del 2 de mayo, que hizo la Historia por su cuenta, como protagonista colectivo y autoridad de sí misma. Pero sí columbro, y no sabría cómo razonarlo, que en España se ha extendido un sentimiento de firmeza parecido, mutatis mutandis, a lo que fue en su momento el «espíritu de Ermua».

Pasa por la calle un patrullero de la Policía Local con un megáfono. No se rían, porque no estamos para risas, pero lo escucho confusamente desde mi escritorio y me pregunto: «¿Cómo se anuncia precisamente ahora el tapicero con su furgoneta?». No es el tapicero. Salgo al balcón y es la Policía Local que nos recuerda que permanezcamos en nuestras casas, sin salir, para cumplir el estado de alarma. Lo pregona el megáfono del patrullero en una calle desierta. No hace falta recordarlo a quien no sale, por aburrido que esté, y espera que sean las 8 de la tarde para abrir el balcón para aplaudir quizá a sus propios vecinos y a este sorprendente ejemplo colectivo de prudencia en la autoprotección y en el cumplimiento estricto de las normas del Gobierno para el Estado de Alerta.

Gobierno que menos mal es una coalición de la izquierda con la ultraizquierda. ¿Se imaginan que esta crisis nos hubiera cogido con un gobierno del PP, la que hubieran liado los que usted sabe? El grito que no se ha oído, ni se oirá, «¡Gobierno dimisión!», hubiera resonado por España entera. Hasta del murciélago que se comió el guarro del chino hubiera tenido la culpa el PP. Insisto en lo que mi amigo dice y lo hago mío: tienen una ciudadanía que no se la merecen. En ningún portal hay un guardia con metralleta, pero nadie sale a la calle. ¿Me permiten que grite un «¡Viva España!»?

Iván Redondo ya va por delante
Cristian Campos elespanol 18 Marzo 2020

Una de las tácticas más eficaces de Iván Redondo es la de dividir sus equipos de trabajo para que la maquinaría mediática y política socialista bombardee varias posiciones enemigas al mismo tiempo.

Piensen en esas Fuerzas Armadas de los Estados Unidos que hasta 2001 debían estar preparadas en todo momento para librar, y ganar, dos guerras de categoría mundial simultáneas, y que a partir del 11-S de ese año lo están para A) librar una guerra mundial, B) defenderse de un ataque en suelo americano y C) combatir en dos-tres guerras regionales simultáneas contra la insurgencia de tipo terrorista.

Eso, en el terreno de la estrategia política, es el ivanredondismo.

Recuerden con qué precisión machacó el ejército socialista las posiciones de Ciudadanos y Podemos simultáneamente, y con argumentos no ya contradictorios sino radicalmente incompatibles, durante la campaña electoral de noviembre de 2019 y sin que las costuras ideológicas del partido se resintieran en lo más mínimo.

Y todo ello en el marco de un relato mayor. El de la resistencia contra un supuesto renacimiento del fascismo. Fascismo que sólo existía en realidad en tres rincones de España: Cataluña, el País Vasco y la libreta de notas de Iván Redondo.

Frente al realismo de Ciudadanos, el ejército socialista golpeó con el ideal. Es decir, con la fantasía de una España unida, moderada, refractaria a la crispación, orgullosa de los derechos conquistados, respetuosa de la Constitución, amante de la diversidad y en dialogante armonía con las naciones catalana y vasca.

Frente al idealismo de Podemos, el socialismo golpeó con la realidad. Con la evidencia de la inexperiencia de Podemos, de su amateurismo, de su radicalismo, de sus afinidades sentimentales con las dictaduras narcobolivarianas, del desastre que supondría un gobierno de coalición con un partido aliado con el nacionalismo y cuyo objetivo es la destrucción de la democracia constitucional.

Frente a la irrupción de Vox, un partido capaz de captar voto abstencionista por la derecha y desequilibrar lo que el PSOE considera el equilibrio político ideal –33% PP, 33% PSOE y 33% nacionalismo, lo que le garantiza a España gobiernos socialistas para varios ciclos políticos–, Iván Redondo respondió con la emoción política más primaria. El miedo.

La exhumación de Franco no fue sólo un ardid propagandístico, como analizaron muchos de forma superficial, sino el perro Lucas del PSOE. Marketing político primario: en vez de explicar tus ideas con farragosas explicaciones políticas, busca un elemento visual que las simbolice y deja que el cerebro reptiliano del electorado haga el resto.

Eso fue el perro Lucas, sí, pero también la impresora y las esposas de Gabriel Rufián, el adoquín de Albert Rivera, las cartas de dimisión del director de TV3 que Inés Arrimadas lleva siempre encima o Cayetana Álvarez de Toledo desatando lazos amarillos por los pasillos de la cadena autonómica catalana.

En el caso de Iván Redondo, Franco saliendo de su tumba. Es decir, el renacimiento del zombi franquista. Pocas veces en la historia de la política moderna –yo no recuerdo un caso similar– habrá tenido un estratega electoral la posibilidad de incrustar su relato en la psique colectiva con una metáfora visual tan poderosa como la de la exhumación del mismo Satán.

La metáfora sólo falló en dos detalles menores. El hecho de que el exhumador de Satán fuera el mismo PSOE. Y la incomparecencia de esa masa de 5.000 o 6.000 franquistas nostálgicos que deberían haber intentado impedir con violencia el traslado de los restos de Franco.

Dos hechos que demostraban de forma flagrante la falsedad de la tesis original ivanredondista –vuelve el franquismo–, pero que en ese paraíso de la sal gorda que son las televisiones fueron obviados como quien ve llover.

El primero de ellos sirvió incluso para argumentar en sentido contrario al evidente: "Si PP y Ciudadanos no han desenterrado a Franco todavía, no es porque lo hayan relegado sin mayor trauma a ese rincón de la historia en el que sólo lloran unas pocas docenas de nostálgicos, sino porque pretenden mantener vivo su recuerdo".

La crisis actual es un nuevo ejemplo de libro de ivanredondismo aplicado. Las tácticas son más chapuceras e improvisadas que las explicadas en los párrafos anteriores porque la epidemia ha desarbolado por completo el relato vigente hace apenas un mes. Pero las guerras simultáneas están ahí, a poco que uno se moleste en buscarlas.

Es la campaña contra Isabel Díaz Ayuso a cuenta del trato con las empresas Telepizza y Rodilla para atender a los 11.500 alumnos con beca comedor pertenecientes a familias perceptoras de la renta mínima de inserción.

De nuevo una medida realista, en el sentido de "posible", a la que el ivanredondismo ha opuesto el ideal: menús saludables al gusto de las modas dietéticas del progresismo y reparto a cargo de unos servicios auxiliares acogotados por los ERTE y sin la logística necesaria para un reparto masivo como este.

Es la batalla del "no se podía saber" emprendida ahora por los mismos soldados mediáticos que hace sólo una semana esgrimían con fe de conversos el "es sólo una gripe, está todo controlado, sola y borracha quiero llegar a casa".

De nuevo un escenario idealizado -el meteorito que cae sin previo aviso- que oponer al realismo de esos apocalípticos que exigían medidas contundentes contra el coronavirus días antes del 8-M y a partir de la experiencia china e italiana.

Está por ver también cuál es el papel del ivanredondismo en las filtraciones que el pasado sábado desvelaron las presiones de Podemos para ejecutar un plan económico y político que iba mucho más allá no ya de la crisis sanitaria, sino de la Constitución, y que suponía en la práctica un cambio radical de la arquitectura económica y política española.

Es la insistente exigencia de "sentido de Estado" y de silencio mediático en apoyo de un partido cuya historia demuestra una inaudita carencia de sentido de Estado. Y sólo hay que recordar la actuación del PSOE durante la crisis del ébola, el hundimiento del Prestige, las horas posteriores al 11-M o esa moción de censura pactada en 2018 con Podemos, nacionalistas e incluso simpatizantes del terrorismo.

Mientras la sociedad española lucha contra el coronavirus, el ivanredondismo sigue librando varias guerras regionales propagandísticas simultáneas.

Cuando salgamos de la crisis sanitaria y nos sumerjamos en la económica, el PSOE ya tendrá su relato armado y a sus soldados mediáticos atrincherados en él. ¿Está la oposición avanzándose a esos acontecimientos, como han hecho Ayuso o Almeida, o piensa reaccionar a remolque de los acontecimientos, como solía Rajoy?


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El destino de Juan Carlos y de otros héroes de la Transición

Pío Moa gaceta.es18 Marzo 2020

Para difundir
En La transición de cristal señalé el hecho llamativo de que los autores de un proceso que se ha pintado a diestra y siniestra como ejemplar y maravilloso («la mejor época de España», dicen los golfos del ABC) hayan terminado tan mal: Fraga, Torcuato, Suárez, González, Carrillo y Juan Carlos.

El mejor de todos fue sin duda Torcuato Fernández Miranda, que diseñó la única transición consistente, mediante reforma desde la legitimidad del franquismo, y la asentó en la votación de las Cortes y en un sólido referéndum, desafiando la huelga general y el boicot de los rupturistas. Cometió el error de creer que Suárez, a quien le había dado todo, políticamente hablando, seguiría su política. Error del que no fue culpable, pues nadie puede prever el futuro, y menos el de sus sucesores. Enemistado con Suárez, se negó a votar una Constitución que ya llevaba dentro varias bombas de relojería, falleció enseguida y su criatura ni se molestó en asistir a su funeral.

De Fraga decía que «fue sobresaliente en la primera época de la transición, y precisamente el ser sobresaliente le valió el quedar relegado y contemplar cómo sus esfuerzos y avances en la reforma abonaban, desvirtuados, el campo a otros». Su poco fondo político le empujó a traicionarse a sí mismo imitando a Suárez, para quedar relegado a político regional, con una línea cada vez más proseparatista.

Suárez fue un politiquillo de tres al cuarto, sin la menor talla de estadista, que tuvo la suerte de heredar una sociedad próspera, pacífica y reconciliada, sobre la cual emprendió maniobras peligrosas que condujeron a la destrucción de su partido, la UCD, al mayor impulso al terrorismo y al separatismo, hasta provocar la intentona del 23-f, de la cual fue máximo culpable, cosa que nunca se dice. Tuvo que dimitir en vísperas de la intentona, entre los denuestos de todo el mundo. Sus desgracias personales suscitaron luego una simpatía sentimental hacia él. Cuando murió, algunas encuestas en nuestra desastrosa universidad demostraron que casi ningún joven recordaba medianamente quién era o qué había hecho. Y sigue ocultándose o desvirtuándose lo que realmente hizo, a cambio de lo cual su nombre estropea el de un aeropuerto.

No menciono a Leopoldo Calvo Sotelo, servil anglómano que no logró recomponer su partido, ni frenar el terrorismo ni las tensiones disgregadoras ni la crisis económica. No sabemos si habría alcanzado algún logro en esos campos, porque afortunadamente pasó enseguida a la historia.

Felipe González llegó anulando la victoria histórica de España en relación con Gibraltar, proclamó a través de su lugarteniente Guerra la muerte de Montesquieu, es decir, la liquidación progresiva de la democracia, amparó una corrupción generalizada desde la confiscación de Rumasa, practicó el terrorismo de gobierno, dejó tres millones de parados. Y se libró de la cárcel por muy poco. Probablemente porque chantajeó con sacar a la luz las vergüenzas del monarca y provocar una crisis de todo el régimen parecida de otro modo a la que había llevado al 23-F.

El caso de Carrillo es diferente: vio cómo, siendo su partido el único que había luchado realmente contra el franquismo, los frutos le eran birlados limpiamente por un PSOE que no había hecho nada reseñable, y había sido protegido desde antes de la transición por el propio régimen de Franco. Tuvo que aceptar la bandera, la monarquía, la economía de mercado y unas normas que su propia ideología detestaba. Su PCE entraba en crisis creciente conforme se fortalecía el PSOE, muy ayudado desde todos los ángulos, incluida la extrema derecha alemana. Terminó siendo excluido de su partido en 1985. No vio, como hubiera deseado, el fusilamiento de Franco y sí, en cambio, el derrumbe del bloque comunista. Y sin embargo no dejó de tener un fin triunfal: en su 90 cumpleaños representantes de casi todos los partidos, los medios y el propio rey, le homenajearon y le dieron además la satisfacción de la retirada nocturna de la estatua de Franco en Madrid: algo era algo, a cambio del fusilamiento. La farsa y esperpento a que habían llevado la democracia aquellos políticos. Y Carrillo murió en «olor de santidad democrática». Recuerdo que una cretina de la COPE me llamó para que opinase, y al recordar algunas verdades, la muy zorra me cortó sin aviso, por lo que tardé e unos minutos en darme cuenta de que hablaba para nadie.

En cuanto a Juan Carlos, rebautizado agudamente «Campechano I» por Jiménez Losantos — a quien había intentado echar de la COPE– es especial. Cuando escribí el libro seguía siendo rey. Había congeniado mucho con Suárez porque eran muy parecidos: simpáticos y hábiles en el trato personal, pero frívolos, incultos, sin mucho sentido del estado ni de la historia, aunque algo más por parte de Juan Carlos, que llegó a asustarse de los rumbos que Suárez imponía al estado, motivo real del 23-f. Hombre económicamente corrupto y dado a las relaciones adulterinas, perjudicó gravemente el prestigio de la monarquía. Se llevó luego bien con Felipe González, no tan bien con Aznar, y terminó firmando su propia ilegitimidad con la ley de memoria histórica, de cuyo alcance real no se dio o no quiso darse cuenta.

Dicha ley, típicamente totalitaria y que para más inri proclama como «víctimas democráticas» a los chekistas y asesinos del Frente popular y de la ETA, pretende revertir lo que no lograron cuando la reforma de Torcuato. Su sentido viene a ser la deslegitimación radical del franquismo, por lo que la monarquía, que lo debe todo a Franco, queda a su vez deslegitimada. Viene a ser un golpe de estado encubierto, hecho del que casi nadie ha querido darse cuenta. Desde entonces la monarquía tiene una carga de ilegitimidad, cuyas consecuencias se van viendo progresivamente hasta el actual golpe de estado permanente en que vive la nación. La doble corrupción económica y sexual de Juan Carlos le está castigando con la amenaza de su amante Corinna de llevarlo a los tribunales por amenazas; y su hijo ha necesitado distanciarse abiertamente de su padre por la misma razón. Que sigue sin ser suficiente, pues, como recuerdan muy justamente Podemos y muchos otros, e implícitamente el doctor, ¡la monarquía viene de Franco! Pero al renunciar a su origen se convierte en una democracia esperpéntica, al gusto de Podemos.

Uno puede preguntarse cómo con políticos tan endebles, digámoslo así, el país no se ha hundido ya. La respuesta es que todos ellos han contado con la espléndida herencia del franquismo, que todavía resiste. Y sobre la que deberá reconstruirse la democracia y la nación, porque no podrá hacerse sobre otra base.

Leo algunas objeciones a la transición señalando que «se reforma lo que se quiere conservar» y en cambio se demolió por completo el régimen anterior, por lo que la reforma habría sido un fraude desde el comienzo. Nada más lejos de la realidad. El franquismo no fue un régimen de partido único, sino de cuatro partidos unidos por un cierto catolicismo y la autoridad de Franco, pero el Vaticano II lo privó de cohesión y de futuro. A la muerte de Franco, ¿quiénes podrían mantener aquel régimen? ¿Los carlistas? ¿Los falangistas? ¿Los monárquicos, muchos de los cuales siempre habían conspirado contra él? ¿El episcopado, que apoyaba a sus enemigos, incluidos comunistas y etarras? Basta plantear la cuestión en sus términos reales para entender la enorme habilidad y sentido histórico de la gran reforma de Torcuato. Lo que era preciso conservar era la legitimidad del franquismo como base de la democracia. Pero ni Franco tuvo la culpa de que Juan Carlos le saliera tan campechano ni Torcuato de que Suárez resultase otro campechano o de que más adelante Aznar se ciscase en un régimen al que le debían todo. Hoy vivimos bajo un nuevo frente popular sin haber aprendido nada del anterior, las cosas son así y solo pueden cambiarse a partir de su realidad.

Una gripecilla de nada
Liberal Enfurruñada okdiario18 Marzo 2020

«Los liberales no se han dado cuenta de que el alarmismo tiene consecuencias muy graves. Esto va a ser una enfermedad que en abril se nos habrá olvidado» sentenciaba el periodista Fernando Berlín en La Sexta, cuando hace apenas un mes se tuvo que anular el Mobile World Congress de Barcelona por un motivo que el también periodista Ferreras definió con estas palabras: “No hay una razón médico sanitaria. El miedo es poderoso”, sentenció. Pero no fueron ellos solos. Todos los políticos de izquierda y extrema izquierda, todos sus periodistas afines y todos sus simpatizantes en redes sociales han estado hasta hace dos días repitiendo la milonga de que el coronavirus es como una gripecilla de nada. A Berlín y Ferreras hay que sumarles los Jordi Évole, Ana Pastor, Julia Otero, Risto Mejide, Ignacio Escolar, Susanna Griso, Antonio Maestre, etc. Todos han contribuido a propagar la enfermedad hasta convertirnos en una potencia mundial en coronavirus, porque su prioridad era obedecer las órdenes de un Gobierno socialcomunista que no podía permitir que se le fastidiara el gran jolgorio de un 8M que han convertido en la megafiesta de la extrema izquierda.

Y entre todos consiguieron engañar a muchas personas de buena fe que, tras escuchar mil veces el discurso único de la gripecilla -incluso en boca de supuestos expertos, científicos y responsables de departamentos de salud-, llegaron a creerse esa mentira que, por repetirse tantas veces no se va a convertir en verdad. Pedro Sánchez ha construido toda su carrera política sobre las mentiras. Se fabricó un currículum falso con estudios y doctorados de pacotilla, se aupó a la secretaría general del PSOE engañando a sus militantes y se encontró con el asesor áulico Iván Redondo, que sabía cómo sacar provecho a las patrañas manteniendo la cabeza bien alta, sin rectificar ninguna cuando lo pillaban, arrasando con todo. Y en el peor momento imaginable coincidió que los intereses del embustero Cum Fraude coincidieron con los del segundo mayor mentiroso de España, el comunista machista y ambicioso Pablo Iglesias al que tampoco le importa nada ni nadie con tal de satisfacer su ambición personal. Y entre falacias, bulos y paparruchas se montaron un Gobierno de extrema izquierda gracias a golpistas y proetarras, al que la verdad le importa un comino.

Pero tarde o temprano el pueblo acaba viendo que el emperador está desnudo y la verdad se impone por encima de sus trucos de embaucadores baratos. Y la verdad es que los datos de países como China, Corea o Italia, que habían empezado a sufrir esta pandemia antes que España, estaban ahí. Y no hacía falta ser ni científico ni experto para ver que este virus no era “una gripecilla de nada”, como todos repetían para que no se les fastidiara su fiesta. Cualquiera que supiera interpretar un simple gráfico o comprender una serie matemática veía la que se nos venía encima. Otros periodistas, casualmente no de extrema izquierda, llevaban desde enero difundiendo en España la información internacional que los palanganeros patrios ocultaban, pero se reían de ellos llamándoles alarmistas.

Desde hace dos meses se sabía que los hospitales iban a colapsar, que no habría camas ni respiradores suficientes para todos los infectados, que los sanitarios enfermarían y habría que tener previsto cómo sustituirlos, que se agotarían las mascarillas, los guantes y los desinfectantes, que morirían miles de ancianos con patologías respiratorias preexistentes, pero también muchos jóvenes sanos. Hace dos meses ya se sabía lo que iba a pasar y se debieron empezar a tomar las medidas necesarias, dotando a nuestra sanidad de los medios que ahora faltan. Encerrarnos en nuestras casas era inevitable, se podía haber hecho antes del 8M salvando miles de vidas o después, provocando que la infección se desbocara. Pero nos gobierna un mono con dos pistolas, un psicópata mezquino, egoísta, fatuo, incompetente e insensible al sufrimiento ajeno, sin más interés que su propio egoísmo.

Liderazgo inmunodeprimido
En ausencia de respuestas políticas efectivas, le va a tocar de nuevo al Rey el rearme moral de la nación unida
Ignacio Camacho ABC18 Marzo 2020

Hay algo de lo que el Gobierno aún no se ha dado -ni es probable que se dé- cuenta, y es de que el coronavirus se ha llevado ya por delante toda su estrategia. La de fondo, la de la legislatura, la de la alianza «de progreso» entre el nacionalismo y la izquierda. Sánchez puede, aunque le va a resultar difícil porque arrastra el lastre crucial del 8-M, mejorar su gestión de la epidemia; de hecho al menos ha recompuesto la desastrosa comunicación que brilló por su ausencia cuando se extendió por el país una oleada de alarma rayana en la histeria. Pero no va a enderezar la situación mientras continúe amarrado a Pablo Iglesias. Muchos socialistas, incluidos bastantes ministros, están convencidos de la perniciosa influencia que el líder de Podemos ejerce sobre un presidente que hasta le permitió asistir al Consejo de Ministros saltándose la cuarentena. Es cierto que lo excluyó del núcleo de mando, del minigabinete de emergencia en el que se resistía a quedarse fuera; sin embargo, las medidas económicas de ayer están directamente relacionadas con su fuerte ascendencia. El grueso de ellas prioriza la cobertura social, de todo punto imprescindible en circunstancias como ésta, pero se quedan cortas en la ayuda a autónomos y empresas, ese tejido productivo crucial al que el cierre obligado de la actividad empuja al borde de la quiebra. Iglesias ha olido en la crisis una oportunidad de intervenir a fondo en la banca, la sanidad privada, la cadena de distribución alimentaria o la vivienda; hasta llegó a proponer el sábado la nacionalización de las compañías eléctricas y de la prensa. Ha visto de cerca el desconcierto de un Sánchez carente de ideas y ansía tomar el control con una demostración de fuerza, el clásico acelerón leninista cuando se tambalean las estructuras del sistema.

El jefe del Gobierno, en cambio, no es capaz de percibir otra cosa que el miedo al deterioro de su liderazgo (?). Se niega a aceptar que se está cumpliendo todo lo que él mismo había pronosticado: que la coalición es inviable, que Podemos no se conduce con lealtad, que el separatismo -¿dónde está la «pragmática» Esquerra?- sigue al margen y en contra del Estado. Ni siquiera se ha atrevido a desplegar a la UME en Cataluña y el País Vasco. Continúa aferrado a un esquema que la irrupción del virus ha desmantelado; ya no sirve la política de bloques, ni tiene sentido la propaganda efectista, ni la agitación de causas nimias con las que cavar trincheras de ideología. La población encerrada en sus casas espera respuestas efectivas. Qué absurdo parece ahora el conflicto independentista, qué lejos queda la sentencia del procés, qué insignificantes la reforma penal, las leyes de ingeniería social o el asalto a las instituciones de justicia. Con una clase dirigente bajo inmunodepresión crítica, le va a tocar de nuevo al Rey ejercer como líder moral de la nación unida.

La inmundicia separatista se muestra tal y como es: intratable
¿Va a seguir P.Sánchez alimentando a Torra, Ponsetí y a toda esta camada de traidores a España?
Miguel Massanet diariosigloxxi18 Marzo 2020

No se podía esperar menos de este personaje, Quim Torra, que ha decidido convertirse en la chinche metida entre las costuras del Gobierno, siempre decidido a no perder ocasión de ir avanzando en su empeño de convertirse en la referencia del separatismo catalán, aunque para ello se deba valer de una excusa tan impropia, oportunista, rácana y desleal como ha sido emplear el tema del coronavirus para criticar la actuación del Estado español, en cuanto a la forma en la que se ha enfocado su prevención, control y posterior intento de evitar su expansión por todo el territorio nacional. No es que pensemos que la forma en la que, el señor Sánchez y su equipo, han enfocado el tratamiento del problema social, económico, sanitario y administrativo de esta peste a la que nos hemos visto obligados a enfrentarnos, haya sido la mejor de las posibles, especialmente en lo que hace referencia a la tibieza con la que se han encarado las consecuencias económicas, industriales, empresariales, turísticas, financieras y competenciales, de modo que, muchas de las decisiones que ha tomado sobre esta cuestión han adolecido de improvisación, retraso, insuficiencia y falta de la valentía con la que debería haberse enfocado una pandemia de tal magnitud; sino que nos subleva el hecho de que, un personajillo como es el señor Torra, se atribuya la capacidad, las facultades, los derechos y la temeridad de pretender suplantar al Estado en una materia en la que, lo único que le correspondería hacer, sería colaborar y obedecer las órdenes del Gobierno, tal y como vienen haciendo el resto de autonomías de la nación, incluida la vasca (aunque, en este caso, con protestas y gestos impropios de enojo y de queja por parte del señor Urcullo, que tampoco desaprovecha ocasión de reclamar plena autonomía para lo que él considera su nación, el País Vasco).

Sólo la dependencia, como la que tienen el señor Sánchez y su ejecutivo, del apoyo de los separatistas catalanes, puede justificar que no se haya producido una destitución fulminante del presidente de la Generalitat catalana, ante un desplante (uno más de la multitud de ellos con los que ha pretendido humillar a la nación española), una salida de tono, una desvergüenza y una falta de lealtad, con amenazas de rebelarse contra las órdenes del Gobierno, con las que se ha despachado a gusto y públicamente, el señor Torra. Ha dicho, sin contención alguna, que “seguirá tomando decisiones basadas en voces expertas (por lo visto las que asesoran al Estado español, para este mequetrefe de la política, no lo son) porque para él “no podemos esperar a decisiones que no llegan”. Parece ser que para este personaje, ególatra e incapaz de dominar su sectarismo catalanista, lo que debería hacer el Gobierno central es dejarse aconsejar por la Generalitat, porque “Esto va de salud y vidas, no de proclamas patrióticas caducas y no recentralizar y liquidar el buen trabajo hecho desde el Gobern”.

Sí señores, al parecer nadie en España, salvo él, se ha dado cuenta de que el coronavirus es potencialmente letal y de que se expande a una velocidad de vértigo. Seguramente se debe al buen trabajo de su gobierno, la Generalitat, el hecho de que los contagiados en Cataluña superen los 903 y ya haya registrados 12 fallecimientos. Y por si no faltaran motivos para ponerles un bozal a los soberanistas catalanes, la portavoz del Gobern, la señora Meritchell Budó, en una de sus ruedas de prensa, se ha mostrado irascible y peleona exigiendo, una y otra vez al Gobierno de la nación, que “no se vulneren las competencias de Cataluña”, algo que el Gobern no va a permitir que suceda. ¿Cómo lo van a hacer? ¿Cuáles van a ser los medios que van a utilizar para impedirlo? Es un misterio si se tiene en cuenta que el Gobierno ha asumido todas las competencias sobre la policía, los mossos, el ejército etc. Pero lo que no se puede admitir de ninguna manera es que, en unos momentos de alerta general, de amenaza de una pandemia de la que todavía no se sabe cómo luchar contra ella, cuando todos los españoles estamos amenazados de contagiarnos, venga una señora como la Budo diciendo que ellos no están haciendo política sino que lo que pretenden es que les dejen hacer lo que consideren conveniente en Cataluña porque, a su criterio, ellos son los únicos que tienen competencia sobre los catalanes, olvidándose de que la mitad de los catalanes no son partidarios de dejarse gobernar por ellos ni están de acuerdo con el actual gobierno de la Generalitat.

Y, sin que sirva de precedente, en esta ocasión tenemos que romper una lanza en favor de la señora ministra de Defensa, la señora Robles que, en la rueda de prensa que dieron los ministros de Fomento, Defensa, Sanidad e Interior, fue la única que tuvo los arrestos necesarios para dejar clara su postura respecto a la insolidaridad de Cataluña y de las amenazas del señor Torra de incumplir las órdenes del Gobierno. En esta ocasión la señora Margarita Robles supo estar en el puesto que le correspondía y, ante la forma meliflua con la que el señor ministro de Sanidad se sacó de encima la pregunta que le hicieron los periodistas respecto a cuál sería la reacción del Gobierno en el caso de que Cataluña se insubordinara y no obedeciera las instrucciones que se le dieran; la señora ministra no tuvo pelos en la lengua al decir que se tenían los medios para hacer que se cumplieran en todas las comunidades las instrucciones respecto a las actuaciones que se deberían llevar a cabo en orden a la lucha y prevención de la grave epidemia que está padeciendo España y que quienes desobedecieran deberían aceptar las consecuencias.

Nos guste o no, seamos partidarios o detractores suyos, en estos momentos no toca otra cosa que ponernos a las órdenes de nuestros gobernantes, seguir sus instrucciones y esperar que las medidas que se están tomando sean capaces de poner freno a la expansión de la enfermedad y su posterior erradicación de todos los países sobre los que se ha expandido. Resulta infantil que desde el separatismo catalán pretendan justificar su postura rebelde, sus palabras de reproche, sus airadas reacciones y sus exabruptos improcedentes, dando a entender que lo único que pretenden es que se los deje solos, convirtiendo a Cataluña en una ínsula Barataria, alejada del resto de España y bajo el dominio absoluto de la Generalitat para que, de esta forma, se puedan ir entrenado en gobernar como si se tratara de un estado independiente del resto de la nación española. Creemos que ya ha llegado la hora de que se les enseñe a estos señores que todo este tinglado que pretenden imponernos, con Sánchez o sin él, está condenado al fracaso y que si se sigue por este peligroso camino puede que el resultado no sea precisamente el que ellos pretenden que sea. Como todo lo que ocurre en este planeta, con más o menos muertos; más tarde o más temprano esta peste del 2021 acabará un día u otro y, España, volverá a la normalidad. Entonces ya habrá tiempo para pasar la factura a aquellos que no hayan sabido cumplir con su cometido o respecto a los que hayan pretendido valerse de una situación de extremo peligro, para sacar réditos políticos de ella.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, creemos que ha llegado el momento en que nos ocupemos de la salud de los españoles, de superar una epidemia que se viene mostrando incontrolable, de olvidarnos por un tiempo de nuestras ideas políticas, de nuestros enfrentamientos partidistas o de lo que unos y otros podamos pensar de nuestros adversarios o de nuestro gobierno, para sumar en lugar de dividir, mostrar solidaridad en lugar de repulsa y, en definitiva, trabajar todos unidos bajo la directiva del Gobierno para poder superar, cuanto antes, esta situación de extrema inseguridad en la el Destino o la Providencia nos ha colocado. “Cuando se sugieren muchos remedios para un solo mal, quiere decir que no se puede curar.” Antón Pavlovich Chéjov.

Los gallegos y las mujeres, según Sabino Arana
Pedro José Chacón Delgado elespanol

Es fácil y habitual atacar a Sabino Arana por machista. Pero abordar así su figura tiene poco recorrido. Sus seguidores además están muy entrenados ya contra este tipo de ataques. Los esquivan muy fácilmente porque en la época del fundador, hace ahora 125 años, el ambiente era todavía bastante conservador, no solo en el País Vasco o España, sino en toda Europa. Hay muchas declaraciones de esa época, incluso de intelectuales de renombre, donde la mujer no sale muy bien parada para la mentalidad actual. Pensemos además en lo tarde que se introduce el voto femenino en toda Europa. En España en 1931.

Así que hay que afinar más para descubrir lo verdaderamente repulsivo del mensaje del fundador del nacionalismo vasco en relación con las mujeres. Sus seguidores piensan que lo único que debe contar hoy del mensaje nacionalista originario es su independentismo. De ese modo, contextualizan y disculpan la actitud de Sabino Arana hacia los inmigrantes y las mujeres como algo anecdótico o peculiar de su época y común al entorno conservador en el que se educó su líder político. Pero ese vergonzoso blanqueo solo es posible si tergiversamos el proceso de aparición del nacionalismo vasco.

En efecto, no es posible desvincular independentismo y ultraortodoxia religiosa, porque en Sabino Arana aquel es la consecuencia directa y necesaria de esta. El fundador del nacionalismo vasco pensaba que la sola presencia de inmigrantes españoles impedía que el vasco nativo alcanzara su salvación.

Esa convicción surgió de un individuo de finales del siglo XIX en el rincón vasco del norte de España, que es el país que más ha hecho en el mundo y en la historia por la defensa y propagación del catolicismo. Y es a partir de esa rareza extrema como hay que explicar todo lo atroz del mensaje sabiniano respecto de las relaciones de pareja o de su concepto de mujer. Porque en aquella época, es cierto, había más conservadores, misóginos y machistas que ahora, sin duda, pero de entre ellos solo a Sabino Arana se le ocurrió convertir eso en un programa político independentista.

Es por eso que sus típicas diatribas contra el baile “al agarrao”, que ya empezaba a verse como algo natural en las romerías y pueblos de aquella sociedad vasca de finales del siglo XIX (“causa náuseas el liviano, asqueroso y cínico abrazo de los dos sexos”), él las identificaba solo con lo español: “Al norte de Marruecos hay un pueblo cuyos bailes peculiares son indecentes hasta la fetidez”.

Por otra parte, ya sabemos en qué consideración tenía a los españoles como maquetos. Pues resulta que peor aún que los maquetos, o como subespecie inferior de los mismos, aparecen en Sabino Arana los gallegos. Esto tendrían que saberlo esos partidos galleguistas que celebran con el PNV los días de la patria vasca o gallega. Así como el presidente de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, que se reúne de vez en cuando con el lehendakari Urkullu.

En el periódico Bizkaitarra hay un artículo titulado “La gallegada”, donde se ridiculiza que hubiera gallegos que tocaran el órgano en alguna iglesia vasca. Y en Baserritarra otro: “La banda duranguesa recorrió, por la noche, varias calles de Mundaka tocando la gallegada. Es admirable la paciencia de los mundakeses”. Y no lo decía en broma.

Los gallegos desagradaban mucho a Sabino Arana, por razones que no alcanzamos a comprender: “Los miserables que no aprecian en nada la sangre derramada por nuestros antepasados para legarnos una Bizkaya libre, han degenerado hasta el punto de parecer gallegos”. O qué me dicen de esta: “Va degenerando de tal suerte nuestra raza, que ya en muchos casos su proverbial altivez se convierte en el proverbial envilecimiento del gallego”.

Y por lo que respecta a las mujeres, Sabino Arana pasa de un extremo al otro. A la mujer vasca la considera la quintaesencia de la pureza de raza, como es el caso de su esposa, Nicolasa Achica-Allende, a la que convierte en Nikole Atxika, como si fuera una especie de trofeo étnico, después de comprobar que sus primeros 126 apellidos eran eusquéricos y de quitarle el Allende.

Pero si la ocasión iba de xenofobia, entonces metía a las mujeres y a los maquetos en el mismo saco y de allí podía salir cualquier cosa. Como esta noticia que da en su periódico Bizkaitarra, que es solo una muestra de otras del mismo tono y tema: “Un maketo llamado Martínez asesinó bárbaramente en Castrejana a un bizkaino llamado Arteche, siendo cómplice del crimen otro maketo cuyo nombre es Burcillo y la mujer del interfecto, también maketa. Y ¡corra la bola!”.

Su concepto de mujer lo utilizaba para insultar a los vascos que no se sumaban a su causa: “Se retraen en absoluto, cual vanas y cobardes mujerzuelas”. O a los candidatos de otros partidos, a los que les gustaba “figurar como vanas mujercillas”. O, en fin, al partido fundado por Fidel de Sagarmínaga –el liberal-fuerista–, al que considera “de cerebro flojo y corazón femenil, como el padre que lo engendró”.

Y es así como llegamos en Sabino Arana a una extraña fusión xenófoba y misógina, con gallegos y mujeres de por medio, cuyo cénit lo alcanza hablando precisamente de ese partido liberal-fuerista fundado por Sagarmínaga, a partir de la sociedad Euskalerria: “Los euskalerriacos, por el contrario, parece que se empeñan en buscar cinco pies al gato, y cuando están muchos reunidos, les da, como a los gallegos y a las mujeres, por desmandarse, y muy especialmente si tienen ya el sistema nervioso fortalecido y excitado por el estómago, para luego venir a arrepentirse tan pronto como se ven solos y vuelve su cerebro al estado normal.”

Y un ejemplo más de esta mezcla absurda e intolerable en la que vilipendia a la vez a los gallegos y a las mujeres la vemos en sus sarcásticos comentarios sobre el primer tomo de la Historia de Bizcaya, del carlista Labayru, recién editado entonces, donde criticando las ilustraciones, cada una por su título y autor, dice de una de ellas: “Tocados de mujeres baskas, por N. Dapousa: son cinco cabezas de mujeres gallegas con tocados de todos los países”. Los estereotipos vascos que le parecían mal reproducidos, por deformes o inapropiados –y lo hizo con alguno más de esta obra–, Sabino Arana los consideraba gallegos y lo ponía por escrito con total naturalidad.

*** Pedró José Chacón Delgado es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV-EHU.

Un consistorio mallorquín difunde un vídeo informativo sobre el coronavirus solo en catalán y árabe
En la grabación realizada en la Unidad Básica de Salud de Porreres se dan pautas sobre cómo actuar en caso de que un residente en el municipio sospeche que podría estar infectado por el Covid-19
Josep María Aguiló ABC 18 Marzo 2020

El Ayuntamiento de Porreres, en Mallorca, ha difundido un vídeo grabado en la Unidad Básica de Salud del citado municipio, en el que se dan pautas sobre cómo actuar en caso de que una persona residente en Porreres sospeche que podría estar infectada por el coronavirus. El vídeo ha sido grabado en catalán, en árabe y en el lenguaje de signos, pero no en castellano.

En el presente mandato, la corporación municipal de Porreres está presidida por Francisca Mora, del partido nacionalista de centro Proposta per les Illes (PI). Mora repite en el cargo, ya que fue también la alcaldesa del consistorio en la pasada legislatura. Su equipo de gobierno está conformado en la actualidad por seis ediles del PI y uno del PSOE, sobre un total de trece escaños, mientras que en la oposición se encuentran tres concejales de la formación ecosoberanista MÉS y tres regidores del Partido Popular.

El mencionado vídeo dura casi siete minutos. Las recomendaciones que se hacen, siempre en catalán, corren a cargo de la doctora Margalida Salamanca, que cuenta con la colaboración de una joven administrativa para traducir sus palabras al árabe. La doctora explica, en primer lugar, cómo funciona ahora mismo el centro de salud de Porreres. Así, cuenta que se han suspendido todas las actividades que se llevaban a cabo hasta hace poco. «Se intenta que estéis en casa», señala, y añade que en estos momentos lo que se pretende es resolver los casos «por teléfono» siempre que sea posible. Por tanto, se ha de llamar al teléfono de cita previa, que es el 971 43 70 79, o al 902 079 079.

Consejos a seguir
En principio, se debe llamar al centro de salud de Porreres sólo en los casos de una posible «urgencia vital», como sería por ejemplo una caída en el propio domicilio. «Se ha de tener el teléfono disponible para poder veniros a ayudar», recalca la doctora Salamanca. En este contexto, cabe recordar que el número de teléfono de Baleares específico para las urgencias es el 061. «Al 061 sólo tenéis que llamar por síntomas respiratorios si habéis estado en contacto con casos confirmados del Covid-19 o si venís de lo que se han denominado las zonas de riesgo, como Madrid, País Vasco, Italia y zonas determinadas de Francia, porque hacen un seguimiento», prosigue.

«Todos los demás que tengáis síntomas respiratorios, por favor, llamad al teléfono de cita previa», insiste en el vídeo, para añadir: «Nosotros, después, ese mismo día os llamamos». La doctora aclara que ahora puede pasar que muchas personas tengan problemas respiratorios. «Lo importante es si son graves o no», destaca, recordando que no se hacen pruebas de diagnóstico a la población en general del Covid-19 si no hay signos de gravedad. Por tanto, lo que se requiere es «aplicar el sentido común». Si se tiene un resfriado o un síndrome gripal, lo mejor es, según dicha facultativa, quedarse en casa, descansando, durante 14 días. «Nos llamáis y os diremos lo que tenéis que hacer», indica a continuación.

«El único motivo para venir presencialmente al centro de salud es la complicación de una gripe normal y corriente», especifica la doctora. Si una persona respira con dificultad ha de ir al centro de salud o ha de llamar enseguida al teléfono que se ha facilitado, «porque tenemos que ver cómo gestionamos esta urgencia». Otra circunstancia que debe ser controlada es si una persona tiene fiebre alta, mantenida, de 39 grados, durante cinco días. «Al quinto día, nos llamáis, porque miraremos que os hemos de revisar», afirma también. «Nosotros estamos sólo para valorar y atender a las personas con complicaciones en una gripe», resume a modo de síntesis, pidiendo por último la colaboración de los residentes de Porreres «por el bien común» del municipio. «Muchas gracias. Todos hacemos Porreres», concluye la doctora.
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