AGLI Recortes de Prensa   Domingo 29  Marzo  2020

El sanchismo-podemismo o el comunismo epiléptico
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 29 Marzo 2020

El viernes 27 de marzo de 2020 demostró la deriva abiertamente comunista del gobierno Sánchez-Iglesias, en rigor, Iglesias-Sánchez. La ministra de Empleo Yolanda Díaz, comunista, anunció un decreto-ley, con fecha del mismo día, que prohíbe a todas las empresas el despido, anunciaba una minuciosa revisión de todos los ERTE (Expedientes de Regulación de Empleo Temporal) y, para añadir oprobio al atraco, advirtió, con su carita de vinagre, al empresariado que debía dar pruebas de "sensibilidad social".

Pero después de que Podemos se jactara y hagstara todo el viernes de su #ProhibidoDespedir, paso de gigante hacia la bolivarianización de la economía, el sábado por la mañana llegó al BOE en letra pequeña una pequeña rectificación: no se prohíbe despedir, sólo se encarece aún más: 33 días y sometidos al juez. O sea, que como las empresas cerraban por ruina, sin que les rebajaran ni un euro de impuestos, ahora cerrarán más deprisa. La arbitrariedad y la comunistización son idénticas: leninismo de 1917 o de la NEP, pero leninismo al fin. ¿Qué pasó en una noche para que ese alarde de expropiación de todas las empresas mitigara su letra, que no su música?

La crisis como posibilidad totalitaria
Pasó que los empresarios, algunos medios y los incansables Ayuso y Almeida, por una vez respaldados por el PP, dijeron que eso equivalía a cerrar empresas y crear más paro, una forma de señalar a los culpables de la ruina que ya tenemos encima. Y los tecnócratas monclovitas matizaron la furia bolchevique, aunque sólo en la cantidad, no en su calidad totalitaria.

Pero lo fundamental es entender que tenemos una política comunista epiléptica, un Gobierno que cambia cada día, sin un minuto de explicación ni un segundo de disculpas. Murcia pidió y el Gobierno rechazó la semana pasada lo que ayer anunció Sánchez: el paro de todos los sectores llamados no esenciales. O sea, todos. Hay argumentos, sin duda, pero el Gobierno no los da. La razón es que los tiene de dos clases: unos quieren aprovechar la crisis para ir hacia el modelo de Venezuela y otros se quedarían en México.

Queda prohibido el contrato
Conviene aclarar los conceptos básicos de economía y política que están en juego. Hasta ahora, el decreto-ley del Estado de Alarma suponía, como ya explicamos aquí, la atribución al gobierno de la capacidad legal para expropiar cuanto quisiera para atender la pandemia del coronavirus. Una atribución despótica en el artículo 13/c que la Oposición no discutió.

Pero aquello era aún un estado de posibilidad. La prohibición, luego encarecimiento, del despido nos coloca en un estado de realidad penal. La ley priva a las empresas y a los trabajadores la capacidad de despedir y de contratar. Proscribe así el mercado y la empresa, que se basan justo en eso.

Conviene leer Los enemigos del comercio de Escohotado para ver cómo, en toda la Historia, prohibir la libertad de contrato entre empleador y empleado reduce el mercado de trabajo a un régimen de esclavitud. Si no hay salario, decía Ayn Rand, y mucho antes la Escuela de Salamanca, sólo hay servidumbre, alteración de moneda y precios, seguro de ruina. ¿Y qué salario puede ofrecer una empresa sin capacidad de fijar su plantilla? En los comunistas es natural: buscan el poder absoluto y para ello necesitan hundir el sector privado. Pero que la Oposición se oponga tan poco y que todas las empresas del Ibex-35 sigan financiando el enorme aparato de propaganda del Gobierno, desde Prisa a La Sexta, demuestra que el valor intelectual de la Derecha desaparece ante su histórica inacción ante el Poder político. No les basta someterse al verdugo: buscan la ocasión de ofrecerle el cuello.

La Izquierda nos prefiere parados a todos
Domingo Soriano, con su brillante minuciosidad habitual, explicaba ayer aquí el mecanismo que conduce fatalmente de prohibir (o encarecer) el despido al concurso de acreedores y la desaparición empresarial. Esto no tendría explicación lógica si socialistas y comunistas no hubieran elegido el intervencionismo generalizado en la economía y la aplicación de todas las recetas que el comunismo ha acreditado como letales en su larga y criminal historia. Para Iglesias, como cuento en Memoria del Comunismo, sólo en situaciones de excepcionalidad pueden comunistas y fascistas tomar el Poder. Cuando se produce esa situación excepcional, y la crisis sanitaria lo es, hay que aprovecharla para dar pasos adelante de difícil rectificación.

La Derecha tontuela sueña aún con que Sánchez frene y despida a Iglesias. Lo que estamos viviendo es lo contrario: es Iglesias el que domina a Sánchez. La izquierda quiere una sociedad subsidiada, sometida, sin propiedad ni libertad, con la Ley sometida al poder político sedicentemente demócrata, en realidad plebiscitario, con los medios de comunicación y el Fisco como agentes electorales infalibles. Un gobierno de diseño y plasma, un despotismo basado en el asesinato cívico, para qué físico, del disidente.

¿Qué España habrá "el día después"?
Lo vertiginoso de la situación y las volteretas de este Gobierno, en el que la irresponsabilidad criminal se mezcla con la incompetencia técnica y las sospechas crecientes de corrupción -el timo de los test apesta a Filesa- nos impide ver no el día después de la pandemia, que, sin saber aún con cuántos muertos, llegará, sino la España del día después. ¿Habrá España? ¿Podrá sobrevivir el Estado a la crisis nacional que, sin duda, provocará el Gobierno antes de dejar el Poder por las buenas, o sea, por las urnas?

No es casualidad que los comunistas, chapoteando felices como el cerdo en el cieno, hagan vídeos comparando el coronavirus, que para muchos es el virus del 8M, con el Prestige, Irak y, sobre todo, el 11M. Ahí empezó la liquidación del régimen constitucional, con la manipulación de la masacre por el PSOE, rompiendo todas las reglas democráticas. Desde entonces, la mentira más descarada se impone por la fuerza mediática de la Izquierda y la Derecha la acepta, siempre que su expulsión del Poder sea temporal. Con tal de pisar moqueta de nuevo, traga lo que sea, véase Rajoy.

Casi todo es posible todavía
Pero ahora no afrontamos sólo una intervención de nuestra economía por la UE, como imploró ayer Don Déficit Sánchez, sino una crisis que no padecía España desde la Guerra Civil. Y en uno solo de los bandos: el rojo. El azul tenía claras cuatro cosas: propiedad, familia, nación y, con matices, religión. En nuestra próspera y democrática sociedad, todas están en crisis. Faltaba esta maldición del coronavirus para entender el valor de lo perdido. No todo y no el todo, claro. Pero mucho deberemos cambiar y muy deprisa para que este apocalipsis de salud y de bolsillo no se nos lleve por delante.

Casi todo es posible, todavía. Esta crisis es una oportunidad de acabar con el totalitarismo comunista en ciernes, antes de que él acabe con nosotros.

Una paralización total por una pésima gestión
Editorial El Mundo 29 Marzo 2020

Y al final, como se veía venir, Pedro Sánchez anunció ayer el cerrojazo total a la actividad "no esencial" en España, una medida tan drástica que ya deja al Gobierno sin ninguna bala en la recámara. Nuestro país sufrirá en los próximos 15 días las medidas de confinamiento más duras aprobadas por cualquier país, lo que confirma que por desgracia la crisis del coronavirus se encuentra muy lejos de estar bajo control. Las estremecedoras cifras de contagiados y de víctimas -5.690 fallecidos hasta ayer- nos sitúan en un escenario dramático. Y, sobrepasado, Sánchez reclama ahora a los españoles un impresionante sobreesfuerzo, que va a suponer la práctica paralización del país, con un impacto demoledor para la economía, en gran medida como consecuencia de la errática gestión que el Ejecutivo ha hecho de la pandemia desde hace semanas, incluidos los 15 días que llevamos en estado de alarma, sin haber tomado en cada momento las decisiones adecuadas. Llegar a este punto nos condena a una casi segura crisis económica superpuesta a la sanitaria, como alertaba en nuestras páginas Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, y ni siquiera está claro que dos semanas de cerrojazo vayan a ser suficientes para revertir una situación tan desesperada. Moncloa tira por elevación, e igual que el viernes decretó la prohibición de despidos, lo que probablemente redundará a la postre en mayor destrucción empresarial y de empleos, ahora promete un "permiso retribuido recuperable" sin el concierto de los agentes sociales y de difusa aplicación. Ni se puede despedir ni se permite la actividad; esto es, mantener gastos sin ingresos, lo que conduce inexorablemente a un callejón sin salida.

Es ya de sobra sabido que la inacción hasta el 8-M ha agravado las cosas de modo terrible. Pero es que en las dos semanas en las que el Gobierno lleva con poderes excepcionales tampoco se está actuando con eficacia. El Ejecutivo más proclive a vaciar de competencias al Estado, al decretar el estado de alarma optó por una férrea centralización en la adquisición y distribución de material de protección, por hablar de uno de los aspectos más sensibles de la gestión de la crisis. Y ello se ha saldado con un gravísimo fracaso. Claro que hacía falta un mando único para afrontar la pandemia, pero debía acompañarse de flexibilidad en los protocolos y de la máxima coordinación con las comunidades autónomas, porque desde que en 2001 se culminó la descentralización de la gestión sanitaria, el Ministerio del ramo no tiene ni al personal especializado ni la experiencia para determinadas responsabilidades.

El caos en el Ministerio de Sanidad se está saldando con el desabastecimiento en los hospitales y con fiascos lamentables como el de los más de 50.000 test rápidos inservibles que el Gobierno ha tenido que devolver a una empresa china sin licencia oficial en la que sin embargo se sigue confiando en lo que parece fruto de una desesperación absoluta. "Hay muchos intermediarios que se presentan, nos ofrecen gangas y después evidentemente resulta que no son gangas", soltó la ministra de Exteriores, revelando hasta qué punto se mueve el Gobierno como pollo sin cabeza.

Se ha perdido un tiempo muy valioso. Y Sánchez no puede pedir fe ciega en él cuando se sigue sin asumir responsabilidad alguna por tantos errores e ignoramos cuál es la estrategia de los supuestos expertos que le atesoran. Los ciudadanos necesitamos alguna luz. Y este cerrojazo añade mucha más incertidumbre. El Gobierno debe afinar muy bien en qué se traduce ese cese casi total de actividad. Y no basta remitirse de forma vaga a que estarán asegurados "los servicios esenciales". La prensa, sin ir más lejos, lo es, como ayer admitió en su comparecencia el presidente. Pero para que esta llegue al ciudadano hace falta garantizar la labor en las rotativas, el transporte o la apertura de quioscos, por ejemplo. Confiamos en la máxima responsabilidad del Consejo de Ministros, nos jugamos todos mucho en ello.

El Gobierno de la confusión
Editorial ABC 29 Marzo 2020

La enésima comparecencia de Pedro Sánchez, ayer, sembró más confusión e incertidumbre que expectativas y confianza. El presidente del Gobierno anunció que hoy se reunirá el Consejo de Ministros para adoptar nuevas medidas que prohíban actividades calificadas como no esenciales. Sin embargo, a preguntas -filtradas- de los medios de comunicación, Sánchez no fue capaz de indicar cuáles eran tales actividades. No sólo no aclaró este dato, sino que se remitió a las actividades permitidas por el decreto de alarma, lo que automáticamente genera dos preguntas. La primera: por qué no se ha ejecutado el decreto de alarma desde el primer día, tal y como ahora lo anuncia el presidente del Gobierno. La segunda: por qué tiene que reunirse hoy de nuevo el Consejo de Ministros cuando ya se reunió el viernes por la mañana y bastarían órdenes de los ministerios delegados para la ejecución del estado de alarma.

Sánchez banalizó aún más su anuncio cuando quiso aclarar que el objetivo del Gobierno es conseguir que entre el 30 de marzo y el 9 de abril España se paralice «como un fin de semana». Por eso puso el ejemplo, significativo, de la construcción, inequívocamente abocada al cierre desde mañana. En definitiva, lo que el Consejo de Ministros va a acordar hoy es un período de vacaciones pagadas, que se solapen con la Semana Santa, bajo la fórmula de permisos retribuidos recuperables. Sin embargo, poco habrá que recuperar si el Gobierno mantiene el calendario de pagos de impuestos inalterado, como si las empresas y los profesionales pudieran afrontarlo con normalidad. Al anuncio del presidente del Gobierno le faltó esta decisión, que además sería coherente con la pretensión de paralizar el país casi totalmente.

No se entiende la urgencia de una medida que, según Sánchez, en el decreto de alarma ya estaba habilitada, salvo que el Gobierno maneje datos que no avalan el moderado y sempiterno mensaje de Fernando Simón de que ya estamos en el pico de la crisis del Covid-19. La imagen de precipitación y de improvisación que transmite el Gobierno contribuye muy poco a generar confianza en sus medidas, porque parece que va a ciegas. Además, España es un Estado de Derecho y una democracia parlamentaria, y el planteamiento restrictivo del Gobierno sobre las libertades de movimiento de los ciudadanos comienza a superar el ámbito constitucional del estado de alarma. No se trata de cuestionar su necesidad, sino de adecuar la respuesta del Gobierno a los instrumentos constitucionales que la permiten ejecutar, pero también controlar democráticamente.

El segundo mensaje de Sánchez fue una advertencia a Europa. El discurso del presidente del Gobierno se movió en el filo de la amenaza y el victimismo, a punto de convertir a Holanda y Alemania en el chivo expiatorio de las consecuencias económicas de la pandemia en España. Es cierto que la respuesta del Gobierno holandés fue insolidaria y falta de empatía, pero el Ejecutivo español deberá aceptar que Europa apoya políticas fiables, gobiernos eficaces y presupuestos verosímiles de ingresos y gastos. La Europa que tiene que ayudar es el reverso de la Europa que tiene que disciplinarse. Y España, para salir de la crisis económica en la que ya estamos, deberá revisar los fundamentos de su gasto público, para hacerlo más eficiente y mejor gestionado. Sí, la Unión Europea debe ser un proyecto solidario, tal y como inspiró su fundación, pero su sentido paternalista, tan propio de la postguerra, se está viendo superado por la diversidad de formas de enfrentar las crisis y de entender el Estado de bienestar. El populismo económico de izquierda se ha hecho presente en las últimas medidas del Gobierno, y no son más que pan para hoy y hambre para mañana. Realmente, estamos asistiendo a un ejercicio de intervencionismo socialista y totalitario de la economía que la Unión Europea no va a financiar.

Este Gobierno es una fuente inagotable de confusión e inquietud. Siempre busca burladeros en los que esconderse de su incompetencia, ya sean las autoridades sanitarias, las competencias autonómicas, la UE, incluso su ignorancia deliberada sobre la gravedad de los avisos de la pandemia. Huye de la responsabilidad y asimila sin rubor haberse dejado engañar con 650.000 test, mientras la Policía Nacional confirmaba ayer públicamente, en el propio Palacio de la Moncloa -y ante el pasmo del secretario de Estado de Comunicación- que desde enero buscaba mascarillas para sus agentes.

No ha habido un Gobierno con tanto poder acumulado en la democracia como el de Sánchez; y pocos ejecutivos como el suyo cuentan con una población tan predispuesta al sacrificio como la española. No. El Gobierno no está a la altura de los españoles.

Sánchez desafía a Europa con marketing socialista e hipoteca a los españoles
Daniel Rodríguez Asensio Libertad Digital 29 Marzo 2020

La semana que finaliza será recordada como la que acabó de sepultar las pocas posibilidades de nuestro país de evitar una crisis bancaria, cuando pase la que ya estamos pasando. Cada paso que ha dado el gobierno de España durante estos últimos días ha sido un movimiento más hacia el descrédito internacional, la improvisación y la evidencia de que está afrontando esta batalla con pistolas de agua.

Comenzábamos la semana con una portada en el Financial Times: "España apuesta por un nuevo Plan Marshall para toda la Eurozona con el que liderar la recuperación". Como si los 3 billones inyectados en la economía europea no hubieran sido suficientes para que muchos países del Viejo Continente, especialmente los más comprometidos con la estabilidad presupuestaria, no se hayan dado cuenta de que las políticas de estímulo están acabadas.

Europa vuelve a ser el eslabón débil de la geopolítica mundial ante una situación de crisis internacional, que amenaza con ser la peor de todos los tiempos. Esto, a pesar de que desde 2008 hemos abordado:

Programa de inyección masiva de fondos por parte del BCE, por valor de 2,6 billones de euros, cuya totalidad prácticamente ha sido depositada en el balance del BCE ante la falta de demanda solvente de crédito y ha llevado al máximo organismo monetario a suponer más del 40% del PIB de la Eurozona.
Plan Juncker, creado en 2014 con una inyección pública de 360.000 millones de euros que, junto con la aportación del sector privado, han supuesto un plan de estímulo de 500.000 millones de euros en los últimos 6 años según la web de la Comisión Europea.
Sin olvidar los 200.000 millones de euros que invertimos en el 2008 para salvar Europa mediante la creación de millones de empleos y empresas en la Unión Europea.

Dicho de otra manera: Europa ya lleva inmersa en un enorme Plan Marshall correspondiente al 25% de su PIB de forma ininterrumpida en la última década, cuyos resultados ya eran evidentemente fallidos antes de la irrupción de la crisis por el coronavirus.

Merece la pena recordar en este punto que el Plan Marshall original supuso una partida correspondiente al 20% del PIB europeo orientada, exclusivamente, a la reconstrucción física del continente tras la II Guerra Mundial. Ahora, nuestro presidente se ha echado a Europa a pedir un plan similar sin ningún objetivo concreto más allá de luchar contra la crisis del coronavirus.

Los países europeos fiscalmente responsable le han dicho, como no puede ser de otra manera, que cada palo aguante su vela. Mientras él hacía campaña por un Plan Marshall Verde (escondido bajo otras siglas, como no puede ser de otra manera) y llamaba a la "justicia social" países como Alemania acumulaban 5 años consecutivos de superávit público. Como consecuencia, ahora el gigante teutón ha presentado un plan de 750.000 millones de euros, el 22% del PIB, pagado íntegramente con el sobrante acumulado de los últimos años.

Los coronabonos, los nuevos eurobonos
Algo similar ha ocurrido con los eurobonos, ahora denominados coronabonos en la interminable campaña de marketing del socialismo español. Unos productos financieros con los que pretenden empaquetar deuda de la máxima calidad, garantizada por países que se aseguran de mantener a salvo sus finanzas públicas, con la de países como España, Francia o Italia, que se muestran adictos al déficit y son incapaces de cumplir con el Tratado de Maastricht. La consecuencia es evidente: los primeros se muestran reacios a que los segundos, que no han realizado el esfuerzo presupuestario necesario para contar con una buena salud financiera, se aprovechen de su acceso a los mercados.

España llegó a la crisis de 2008 con enormes desequilibrios estructurales pero, al menos, contaba con una buena salud de sus finanzas públicas. Nos salvamos del rescate por muy poco, pero conseguimos salir adelante. Ahora, 10 años después y con 6 años de crecimiento ininterrumpido, parece que seguimos sin aprender la lección.

La casa se arregla con el buen tiempo. Es cierto que los eurobonos es un paso adelante en la construcción de una Europa incompleta, pero no podemos acudir a ellos cada vez que tenemos problemas financieros. Para que la unión bancaria y fiscal salgan adelante, primero tenemos que definir unos criterios de convergencia y después cumplirlos. Exactamente igual que ocurrió en Maastricht.

Apelar a la Unión Europea sólo cuando tenemos la soga al cuello es una excelente manera de acabar con la única razón por la que España no es Argentina: el euro y las garantías y posibilidades que conlleva. O, dicho de otra manera, es una manera muy sutil de apelar al euroescepticismo y a la aparición de populismos en Europa, que es exactamente lo que está ocurriendo. ¿Eurobonos? Sí, pero cuando todos nos comprometamos a cumplir una serie de normas presupuestarias… y las cumplamos.

La buena noticia es que el BCE, aunque con la pólvora mojada, sí que conserva la firmeza en la defensa del proyecto europeo. Ante la barra libre de liquidez de la FED, Christine Lagarde ha eliminado las restricciones autoimpuestas para la compra de deuda pública de un determinado país como parte del programa de 750.000 millones de euros inyectados en el Viejo Continente.

Esto significa que países como España o Italia mantienen asegurado el acceso al crédito a través del BCE, a riesgo de que éste sea no el último (que es lo que debería ser por estatutos) sino el único comprador de deuda pública de países que podrían asomarse, una vez más, a unos mercados financieros cerrados por riesgo de impago. Las primas de riesgo y los CDS ya han comenzado a asomar la patita, y volverán a hacerlo próximamente.

Recesión y paro
Las perspectivas económicas son muy negativas. Europa se enfrenta a una recesión severa, y países como España está a la cola, con caídas de hasta el 10% para el PIB ya en 2020.

Podemos estar a las puertas, en definitiva, de una caída del 10%, de un déficit del 10% y de una tasa de paro que se podría disparar hasta el 20% en un escenario que no es el más pesimista para 2020.

El gobierno de España no sólo no está a la altura, sino que está echando balones fuera. El Banco de España ha sido claro en su informe trimestral: el plan de choque ha llegado tarde y es insuficiente a todas luces. Los medios se pierden en titulares sobre el Plan Marshall mientras el Consejo de Ministros aprueba la sentencia de muerte de muchas empresas españolas. La imposibilidad de despedir a trabajadores va a suponer un ajuste más severo del empleo vía oleada de quiebras y, por consiguiente, la imposibilidad de que dichos asalariados vuelvan a ser contratados.

Mucho me temo que el último movimiento de Sánchez será un nuevo Plan E con cargo a la deuda del BCE y a la flexibilidad presupuestaria que permite Europa. Un nuevo plan de estímulo, que volverá a dejar un agujero notable en las arcas públicas, en lugar de hacer lo que están haciendo los países líderes: exenciones de impuestos e inyección directa de liquidez en las empresas. Ya hay 225.000 ERTE que afectan a 1,7 millones de personas, en un país que tras años de crecimiento económico mantiene a 3,2 millones en las listas del paro.

Estados Unidos, Canadá o Noruega han pulverizado sus máximos históricos en términos de peticiones de subsidios por desempleo. España no va a ser menos. Y Europa claro que es la solución, pero no bajo el prisma de un gobierno autoritario que sólo pretende seguir aumentando sus redes clientelares. Lo pagarán los pocos españoles que queden trabajando, como en 2008.

Poderes máximos, eficacia mínima
Jesús Cacho. vozpopuli  29 Marzo 2020

Lo más parecido a una dictadura. Eso es España hoy. ¿Cuál es la característica que distingue a las dictaduras por encima de cualquier otra? Sin duda la distancia abismal que separa la vida real, la que se masca en la calle, de la oficial, la artificialmente creada por el poder y difundida por los medios de comunicación que controla, casi todos en el caso español. Ayer sábado mis vecinos de Aravaca salieron también, puntuales a la cita, a aplaudir al personal sanitario que presta servicio en el Centro de Salud local, calle Riaza, y médicos y enfermeros aparecieron en la entrada, como todos los días, a corresponder a las muestras de afecto, y unos y otros se saludaban y aplaudían mutuamente, y aquello parecía una fiesta, un juego de galantes requiebros desde las ventanas, como si nada pasara, como si navegáramos sobre una balsa de aceite, como si el jueves no hubieran muerto 762 personas, como si el viernes no hubieran caído 832, y como si ayer sábado no lo hubieran hecho otras tantas. En total, cerca de 2.400 españoles se han ido en silencio, solos como perros, en los últimos tres días, y no es un guateque, no, esto es un drama de dimensiones apocalípticas para quienes se han ido y sus familias, esta es una guerra que va ganando ese cruel enemigo invisible al que un Gobierno enfermo de incompetencia y arrogancia es incapaz de frenar.

De modo que hay una España oficial, una España donde en apariencia no pasa nada, porque los españoles no ven cadáveres, ni féretros sobre una pista de hielo, ni duelos desgarrados, ni huellas de las heridas por las que sangra un país al borde del derrumbe sanitario, económico y político, y eso porque los medios, con las televisiones de mascarón de proa, han decidido construir un muro de silencio sobre el dolor de la España desgarrada por los 5.690 muertos y los 72.248 contagiados que, a falta de los datos de ayer, se llevan contabilizados, y lo hacen para no perjudicar al Gobierno social-comunista, para que Pedro Sánchez pueda seguir galleando en el Congreso perdonándonos la vida, sin dignarse siquiera dirigir la mirada al jefe de la oposición cuando Casado ocupa la tribuna de oradores. Y hay otra España, la España real que ha sido tocada por el virus, que conoce a este o aquel afectado, que sabe de tal o cual fallecimiento, la España aterrada que comparte su angustia a través de wasap y manifiesta su indignación en las redes sociales, la España abrumada ante la perspectiva de los 10.000, de los 20.000 muertos que se vienen, la del Estado en quiebra, la de la Economía destruida, y también la España de la dictadura silenciosa que avanza sobre el edificio constitucional en ruinas, el país que camina hacia el modelo bolivariano que aspira a imponer Sánchez, porque el enemigo que viene no se apellida Iglesias sino Sánchez Castejón. Ese es el sátrapa que amenaza nuestras libertades.

Con las muestras de incompetencia dejadas por este Gobierno desde el inicio de la crisis podría llenarse una biblioteca. El episodio de los test rápidos, hasta 640.000, comprados a China, de cuya falta de fiabilidad tuvimos noticia este jueves, resume en sí mismo la tragedia y la farsa que se ha adueñado de este pobre país en uno de los momentos más críticos de su historia. El pasado sábado, 21 de marzo, a las 9 de la noche, el señorín de Moncloa apareció en la primera de TVE, la voz hueca y engolada, marcando las pausas, inerme como espantajo en trigal, para anunciarnos: “Ya se ha materializado la compra y puesta en marcha de los test rápidos. Algo muy importante. Los test rápidos. Se trata de test fiables, homologados, y esto es muy importante: la homologación. Es muy importante porque deben contar con todas las garantías sanitarias…”. Resultó que no funcionan, que eran inservibles porque se compraron a una empresa china no homologada. La propia embajada del país asiático en Madrid se encargó de ponerle colorado. Un ridículo semejante hubiera forzado a cualquier persona sensible a recluirse en La Trapa de por vida. En 2014, el figurín pedía enérgicamente la dimisión de Rajoy con motivo de la crisis del Ébola (dos misioneros muertos que llegaron a España contagiados). La ministra González Laya, Exteriores, pretendió lanzarle un salvavidas echando más leña al fuego: “Hay intermediarios que nos ofrecen gangas y luego resulta que no lo son”. Hay vendedores de crecepelo capaces de engañar a Gobiernos incompetentes que no se han asomado nunca al mundo y no saben nada porque nunca han gestionado nada.

Mi amigo Manolo Martínez, 70 tacos bien cumplidos, natural de Linares, donde tres huevos son dos pares, sigue recorriendo el mundo vendiendo chatarra procedente de grandes desguaces sin hablar una palabra de inglés. No le engaña nadie. Con todos se entiende. Estos días son incontables los testimonios de empresarios y ejecutivos que se han ofrecido a Moncloa para gestionar la compra de material sanitario a China y otros países. Esfuerzo vano. Hace 15 días una gran empresa del Ibex que reclama el anonimato ofreció 200.000 mascarillas a Sanidad: “Tardaron cinco días en decirnos dónde se las teníamos que dejar”. Incompetencia. Los ejemplos del desbarajuste que nos rodea serían incontables. Salvador Illa, filósofo en funciones de ministro de Sanidad, ha reconocido que “la compra se hizo a través del proveedor habitual”. ¿Quién es ese proveedor? ¿Por qué no se conoce su nombre? ¿Ha cobrado alguien comisiones en este trueque? Los resultados de tanta impericia se agolpan en los féretros que reposan en una pista de hielo de Madrid y es tal la lista de espera que se va a habilitar otra morgue en la difunta Ciudad de la Justicia, en Valdebebas. También en los más de 10.000 sanitarios contagiados por falta de material de protección adecuado. Impericia e incompetencia con resultado de muerte. Poderes máximos, eficacia mínima.

La mentira como forma de Gobierno
Los especialistas médicos se dieron cuenta de que los test no servían (“daban muchos falsos negativos”) el mismo lunes 23, apenas 24 horas después de que el pavo real se esponjara en televisión, pero el Gobierno decidió ocultarlo hasta el jueves 26. Como el positivo de la vicepresidenta Calvo, negado por Moncloa a este diario cuando lo adelantó en exclusiva. Porque esta es una constante en quienes nos gobiernan: la ocultación sistemática, la tergiversación, la manipulación, la mentira como arma de defensa personal y de partido. Esta es la verdadera España de la pandereta, la España del túnel de la risa si la muerte no diera tanta pena, si la tragedia no causara tanto dolor. La mentira como forma de Gobierno, tarea a la que se presta complacida la flota mediática que apoya al Ejecutivo, que es la mayoría, con las televisiones en su totalidad, y con TVE a la cabeza siempre dispuesta a echar mano con el Prestige o los recortes sanitarios de la Comunidad de Madrid, que, ya se sabe, la culpa es siempre del PP. Nunca el periodismo se arrastró tanto. Un tuit muy celebrado resumía ayer la situación del oficio al anunciar la llegada de “640.000 rodilleras para los periodistas imparciales de televisión y radio. Pueden pasar a recogerlas”.

Estamos perdiendo la batalla sanitaria, al menos de momento, y es muy probable que perdamos la económica, la recesión que cual tsunami se nos viene encima con su ejército de nuevos parados amenazando colapsar las calles en cuanto acabe la pandemia. El anuncio efectuado el viernes por la ministra comunista de Trabajo, según el cual las empresas no podrán despedir alegando el Covid-19, con el añadido de que las que se acojan a ayudas deberán mantener plantilla durante los seis meses siguientes, es una prueba más del alma totalitaria de un Ejecutivo que, parapetado tras el estado de alarma en curso, toma decisiones que abiertamente vulneran la Constitución e ignoran las normas que rigen una economía de libre mercado en una democracia parlamentaria. “No se puede despedir”, sentenció la ministra. El escándalo en la comunidad empresarial fue de tal calibre que el Gobierno se vio obligado a matizar unas horas después, BOE de ayer sábado. Lo explicaba aquí Alejandra Olcese: las empresas podrán seguir despidiendo por causas económicas, pero el despido tendrá que ser improcedente y además más caro, porque en lugar de abonar 20 días por año trabajado, de acuerdo con la legislación laboral en vigor, tendrán que pagar 33 días. Porque lo digo yo.

Está en el aire la batalla sanitaria, podemos perder la económica, y vamos a perder también la más importante de las tres en curso, la batalla de la libertad ("la capacidad del ser humano para determinar su propio destino y crear su propio proyecto de vida sin interferir en la de los demás", según la definió Hayek). Las libertades amenazadas por un Gobierno que, en su radical sectarismo, pretende aprovechar el tumulto causado por esta maldita pandemia para, a poco que la suerte acompañe, acabar con la España constitucional e instaurar una especie de satrapía según el modelo Putin y/o Erdogan, en Rusia y Turquía, con un sector público elefantiásico, con restricciones a la iniciativa privada, control total de los medios de comunicación, ocupación de la Justicia y elecciones cada cuatro años, sí, que serían fácilmente ganadas por el sátrapa con la ayuda del gigantesco aparato del Estado a su servicio. Es falso, por eso, que “el Gobierno sea prisionero en sus decisiones de los pactos con sus socios de Podemos y los independentistas catalanes y vascos”, como días atrás escribía Juan Luis Cebrián. Es falso porque Sánchez es hoy más Podemos que Iglesias. El problema no es ya un Iglesias encantado en su dacha de Galapagar, sino Sánchez Castejón. Él es el cáncer que amenaza nuestras libertades, el populista radical que persigue instaurar en nuestro país esa agenda social bolivariana antaño pregonada por un Podemos que acabará pronto vertiendo sus aguas residuales en el sanchismo.

Compartir responsabilidades con el PP
Aprovechando los poderes especiales del estado de alarma, Sánchez intenta dar forma a ese Estado leviatán contra el que advirtió el citado Hayek en su Camino de servidumbre, al recordar la obligación de todo liberal de velar por mantener al Estado bajo control y estar alerta ante las ambiciones de líderes mesiánicos que pretenden extender ilimitadamente los poderes de ese Estado en nombre del “bien común”. Que la batalla por la libertad se está jugando ya lo prueban las voces que, cada día en mayor número, reclaman, casi con desesperación, algún tipo de Gobierno de concentración o de salvación nacional, con el PP como muleta. Intento vano. Y no por Pablo Casado, sino por un Sánchez que desprecia a la derecha y ha despachado con desdén las oportunidades que ha tenido de llegar a algún tipo de pacto con los populares. Ni un solo guiño, nunca, sobre la posibilidad de un acuerdo. Lo que a Sánchez le gustaría ahora, se vio en la sesión del miércoles en el Congreso, es consensuar con Génova algunas de las medidas más duras a adoptar en la lucha contra el virus.

El chico está asustado (lo volvió a demostrar ayer tarde en su ¡Aló presidente!, buscando nuevos culpables de la tragedia española, que esta vez ha resultado ser la Unión Europea) y quiere compartir riesgos y eludir responsabilidades. También, por supuesto, le encantaría que el PP le apoyara unos Presupuestos Generales del Estado cuando toque, si es que toca algún día. “Este quiere que dentro de unos meses le aprobemos unos Presupuestos draconianos para combatir la crisis y así poder mantenerse en el poder siete u ocho años más, mientras nosotros nos comemos su mierda”. Nuestro Erdogan tiene ciertamente difícil asentarse en el poder. Radicalmente amoral, ayer censuró también a quienes “buscan culpables” de lo ocurrido. El peso de los muertos, decenas de miles de muertos por causa de una pandemia que él ha contribuido a expandir con su ineficacia y radical irresponsabilidad, es tan brutal, su realidad tan devastadora, que lo normal es que el personaje acabe no muchos años en el poder, sino en la cárcel.

Mercancías averiadas
Ignacio Camacho ABC 29 Marzo 2020

Es sabido que el Gobierno Sánchez-Iglesias se ha especializado desde que comenzó su andadura en la venta de mercancía política averiada, consignas superficiales y relatos ficticios difundidos en masa a través de su bien engrasada maquinaria de propaganda. La crisis del coronavirus lo ha llevado, sin embargo, al salto cualitativo que significa pasar de venderla a comprarla, en el sentido literal que demuestra el descomunal fiasco de los test chinos de detección rápida, un asombroso caso de incompetencia en el manejo de la gestión sanitaria. No pasa día sin que la práctica desnude la incapacidad del Ministerio de Sanidad pública para asumir el mando único al que le faculta la declaración del estado de alarma; un fracaso clamoroso que no
puede encubrir la pesada cháchara con que el presidente trata de publicitar sus logros en reiteradas comparecencias televisadas o parlamentarias.

Las bromas con que la opinión pública ha recibido el escándalo de los test truchos adquiridos mediante intermediarios edulcoran en parte la realidad de un Estado que ha asumido funciones para cuyo desempeño no estaba preparado. Tras dos semanas de confinamiento de la población, ahora ampliado, y un mes desde que se detectaron indicios de riesgo inmediato, el Gabinete sigue sin disponer -o sin revelar- de un simple mapa en detalle del contagio. Los epidemiólogos y estadísticos independientes consultados por este columnista se desesperan ante la falta de cifras esenciales para elaborar modelos matemáticos que tracen la verdadera curva de crecimiento de la enfermedad a través de una hoja de cálculo. Si existen -y algo cabe suponer al respecto cuando el portavoz Simón avanza sus datos- permanecen en un plano opaco incomprensible dada la gravedad del caso, y que sólo puede tener relación con la impotencia gubernamental para levantar mediante pruebas masivas un censo real de infectados.

La cuestión tiene enorme relevancia en primer lugar porque es general la sospecha de una multitud de enfermos asintomáticos que desparraman el virus al no ser conscientes de haberse contaminado. En segundo término, porque la ausencia de la localización precisa de los focos principales de contagio impide actuaciones selectivas que serán cruciales a la hora de levantar el internamiento domiciliario. Y en tercer orden, porque de confirmarse la existencia de cientos de miles de portadores invisibles, la tasa de letalidad real o plausible sería realmente mucho más baja de ese casi 8% que se está divulgando, con el consiguiente efecto tranquilizador en la percepción de los ciudadanos. El problema es que para realizar ese trabajo geodemográfico es preciso primero ordenar y centralizar multitud de cifras que sólo están ahora mismo -y no siempre- en poder de las autonomías, y contar además con suficientes test de verificación fiable cuya adquisición se ha puesto cuesta arriba por la llegada tardía a un mercado colapsado y en circunstancias críticas. Si a esa dificultad operativa se suma el atasco en la compra y reparto de trajes de protección y mascarillas, la sensación que deja el ministerio es la de un equipo desbordado, sin experiencia administrativa ni clínica, superado por la presión, en el que la imagen agobiada de Salvador Illa refleja de forma casi patética el braceo desesperado de un Gobierno a la deriva, sin otra estrategia que la de la reclusión y la parada completa del país a la espera de que la epidemia frene sola su salvaje progresión expandida.

Fuera del aspecto estrictamente técnico tampoco se observan en el Ejecutivo síntomas de reacción eficaz más allá del recurso a la colaboración siempre competente del Ejército. El círculo de confianza del presidente sólo está atento al impacto de su argumentario en los medios, donde trata de hacer calar el mensaje sobre la imposibilidad de haber identificado a tiempo el riesgo -otra mercancía propagandística defectuosa-, y a dispersar su responsabilidad cargando sobre «los recortes del PP» la culpa de los aprietos que sufre el personal médico. Las bienintencionadas medidas económicas tropiezan con serias dificultades de arranque y de soporte financiero agravadas por el bloqueo que algunos países comunitarios han impuesto a la propuesta de bonos europeos. El colectivo de autónomos se siente asfixiado ante la negativa al aplazamiento de cuotas y el de empresarios protesta por la sorprendente prohibición del despido y la práctica nacionalización de la regulación temporal de empleo. Los botones del cuadro de mandos no responden a las desesperadas pulsaciones de un Gobierno enfrentado a la plaga con palos de ciego y lastrado por la mala conciencia -ay, la maldita manifestación- de sus fatales desaciertos, tercamente negados contra toda evidencia, incluida la de su infección personal, por Irene Montero.

Pero además, el Gabinete está pidiendo a la nación una unidad de criterio que no logra mantener en su propio seno. Sus miembros con más experiencia sufren el desgaste de la continua presión de Podemos. Un grupo de ellos, alrededor de media docena, consideran en privado que la coalición se ha roto de hecho y que cuando afloje la emergencia será necesario buscar apoyos distintos para los presupuestos. También es patente la decepción con los independentistas catalanes, que han devuelto todos los gestos previos -incluido el alivio penal de sus dirigentes presos- con el desleal intento de gestionar la crisis al margen de las reglas generales de juego. El esquema de la legislatura ha saltado sin remedio y cada vez más ministros ven inviable la continuidad de los actuales acuerdos. Todos los conflictos internos que se presumían han hecho su aparición ante el primer reto serio.

Será difícil, empero, que Sánchez se presente a sí mismo una enmienda a la totalidad y renuncie a la alianza de izquierdas. Aún confía en el rédito que puede darle el final de la clausura para presentarse como el líder vencedor de la pandemia y enfrentarse a la oposición en un durísimo ajuste mutuo de cuentas. Si le queda un poco de prudencia tendrá que aceptar que no lleva la compañía adecuada para la tarea que le espera: la reconstrucción de una economía y un empleo devastados y en condiciones de precariedad extrema, bajo un escenario de recesión o de depresión de enorme dureza. Ahí no van a servir las baratijas electoreras, ni el postureo de una política adolescente llena de trucos de vendedor de feria.

¿Sobrevivirá el Gobierno al Covid-19? Siete razones para el sí y siete para el no
Los inverosímiles errores de gestión de la epidemia por parte del Gobierno más débil de la historia de la democracia podrían convertir a este en una víctima más del Covid-19.
Cristian Campos elespanol 29 Marzo 2020

7 razones para el sí
1. La Brunete pedrette

Ningún Gobierno en cuarenta años de democracia ha acumulado tanta munición mediática como el de Pedro Sánchez.

Suyas son prácticamente todas las cadenas de televisión, buena parte de los medios de prensa, la Agencia EFE y un batallón de tertulianos de cuya estricta obediencia a las consignas del Gobierno es imposible dudar.

Cuando llegue la hora de dar la batalla por el relato y ese ejército se ponga en marcha, este arrasará todo lo que se interponga en su camino. Las redes sociales no son rivales para la televisión, como han demostrado las elecciones de los últimos dos años.

2. El PP sigue sin tener su Iván Redondo
El PP ha reaccionado a la crisis con lealtad institucional y sentido de Estado.

No ha sido sin embargo correspondido en ese aspecto por un PSOE que ya ha puesto su maquinaria propagandística en marcha para fabricar un relato alternativo de la crisis: el de que la culpa del Covid-19 es de los recortes del PP.

La tesis es falsa, pero el hecho de que el PP carezca de un Iván Redondo capaz de construir un relato propio que vaya dos pasos más allá de la media docena de lugares comunes del centroderecha convierte a los de Pablo Casado en el chivo expiatorio perfecto para esta crisis. Pura mantequilla en manos de Iván Redondo.

3. El CIS
El CIS se ha convertido en un arma formidable en manos de Pedro Sánchez e Iván Redondo. A las órdenes de José Félix Tezanos, el CIS ha pasado de ser un organismo encargado de reflejar la realidad a convertirse en uno encargado de generar esa realidad.

El prestigio atesorado durante décadas ha quedado demolido, quién sabe si para siempre. Pero en las circunstancias actuales, el CIS sigue siendo un formidable surtidor de propaganda socialista.

4. "No se podía saber"
El público de los medios de prensa no es el ciudadano medio. La información que atesora el lector de un periódico como EL ESPAÑOL no es la que atesora ese español que tiende a informarse en las televisiones más que en la prensa digital y analógica. Y las audiencias de unos y otros medios son la prueba de ello.

Ahí fuera, a la intemperie de los mensajes predigeridos y preaprobados de las televisiones, la epidemia de Covid-19 cayó del cielo de forma absolutamente imprevista apenas unas horas después de las manifestaciones del 8-M.

Lo que no se podía saber no se supo y el Gobierno reaccionó como pudo. Ese será el relato. Y cuajará.

5. El estado de alarma
La proclamación del estado de alarma ha dotado al Gobierno de unos poderes extraordinarios que han convertido España en lo más parecido a un régimen autoritario que cabe concebir en una democracia en tiempo de paz.

Y es razonable que así sea dadas las circunstancias actuales.

Pero es razonable también pensar que un Gobierno formado por el PSOE más radicalizado de su historia y un Podemos cuyo modelo económico y político es la Venezuela de Hugo Chávez podría sentirse tentado de aprovechar esos poderes extraordinarios para alcanzar unos objetivos políticos inalcanzables en circunstancias de normalidad.

6. El sentimentalismo
Si en algo ha alcanzado la excelencia el PSOE de Pedro Sánchez es en la manipulación de las emociones más básicas del electorado.

Hasta ahora, esas emociones que el PSOE ha exprimido han sido dos. El miedo al renacimiento de una ultraderecha que sólo existe en la cabeza de Iván Redondo. Y el odio a la derecha realmente existente. Una derecha que, en la práctica, es más socialdemócrata que el mismo PSOE.

En las circunstancias actuales, y en combinación con las dos anteriores, la propaganda socialista exprimirá una tercera emoción. El sentimentalismo, que es a los verdaderos sentimientos lo que las gulas a las angulas. Un sucedáneo barato.

¿Cómo lo harán? Una vez superada la crisis, cualquier critica al Gobierno de PSOE y Podemos será demonizada como una crítica a los médicos, los policías y los ciudadanos que lucharon contra el Covid-19. Incluso como una ofensa a los muertos. Al tiempo.

7. Este PSOE es indestructible
En circunstancias normales, la pésima gestión que ha hecho el Gobierno de la crisis sería la tumba de cualquier Gobierno democrático.

Pero el PSOE actual ha logrado que la sentencia de los ERE apenas permaneciera 24 horas en las pantallas de las televisiones.

Que el plagio de la tesis del presidente haya caído en el olvido.

Que los pactos con el nacionalismo vasco y catalán hayan sido interpretados como "diálogo".

Que los recortes en Sanidad exigidos por el Gobierno a todas las comunidades autónomas hace apenas unos meses hayan sido transformados en "recortes del PP".

Que el ministro José Luis Ábalos haya sobrevivido al escándalo de su reunión con Delcy Rodríguez.

Que la alianza del PSOE con un partido cuyos líderes se han confesado admiradores de dictadores haya sido digerida como un pacto político legítimo más.

Si el PSOE ha sobrevivido a todo eso, ¿por qué no iba a sobrevivir a la crisis del Covid-19?

Quizá incluso le haga subir en las encuestas. El Gobierno ya se está presentando como una víctima más de la epidemia. Y el victimismo es uno de los principales motores de emociones en las sociedades occidentales del siglo XXI.

7 razones para el no
1. El 8-M

Es el pecado original de este Gobierno. Un capricho personal de la ministra Irene Montero y de la vicepresidenta Carmen Calvo, en disputa por el trono de hembra alfa del feminismo español.

Un capricho por el que el Gobierno retrasó la adopción de medidas de prevención y contención de la epidemia hasta que ya era demasiado tarde.

Las responsabilidades en este punto en concreto superan lo político y podrían entrar de lleno en el terreno de lo penal. Ya hay iniciativas en este aspecto. La insistencia del Gobierno en demostrar que no hay relación entre el 8-M y el incremento en los contagios demuestra su pavor a que le sean exigidas responsabilidades en los tribunales.

2. La pésima gestión
Los datos de contagios y de muertes son inaceptables. También lo es el porcentaje de médicos y enfermeras contagiados por la falta de material de protección.

Las imágenes más duras de la crisis están siendo hurtadas a los españoles por una mezcla de motivos nobles e innobles. Entre los primeros, evitar el alarmismo. Entre los segundos, proteger al Gobierno.

Faltan mascarillas, faltan batas, faltan respiradores, faltan camas, faltan médicos y faltan enfermeras.

El Gobierno ha sido incapaz de hacer llegar el material a las comunidades autónomas.

Ha comprado cientos de miles de test defectuosos a una empresa china no homologada.

Se ha negado a impulsar una amnistía fiscal, como sí han hecho muchos otros países europeos y del resto del mundo. A cambio, ha lanzado un paquete de medidas que provocarían la ruina de cualquier país próspero en tiempos de bonanza y que pueden resultar letales en el contexto actual.

Pero, por encima de todo, ha renunciado a impulsar un Gobierno de emergencia o de concentración nacional con el PP y se ha lanzado en brazos del sector más radical del Gobierno, el de Podemos, en una desesperada huida hacia adelante que acabarán pagando los españoles.

3. Un Gobierno diseñado para la propaganda
El Gobierno más invulnerable a los escándalos de la historia de la democracia es también el más frágil frente a crisis como la actual, donde la propaganda no sirve de mucho y la gestión lo es todo.

Diseñado para ejercer de oposición de la oposición, el Gobierno de Pedro Sánchez se ha visto superado por una crisis que exigía profesionales y tecnócratas, no activistas universitarios de pancarta.

4. La UE
Ayer, en una de sus muchas huidas hacia delante, Pedro Sánchez sumó a la UE a su ya larga lista de muñecos de paja a los que culpar de la crisis.

La referencia a la UE es sintomática. Demuestra que la situación económica del Gobierno es desesperada. Y que la del Gobierno en sí también lo es.

Enfrentarse a la UE, demonizar a Angela Merkel con filtraciones al diario El País y estimular el sentimiento antieuropeo de una izquierda radical cuyo modelo de país es más el de la Argentina peronista que el de la Alemania calvinista no parece un camino que conduzca a ningún paraje fértil.

La UE ha dejado abandonada a España e Italia, sí. Pero con argumentos tan egoístas, e incluso xenófobos, como comprensibles. España ha despilfarrado durante décadas en la creación de un régimen socialdemócrata prácticamente inexpugnable. Y ahora toca pagar las consecuencias.

5. Pedro Sánchez ha perdido toda credibilidad
Las comparecencias públicas de Pedro Sánchez se han convertido en una ceremonia de la confusión de las que los ciudadanos españoles salen aturdidos y pesimistas. La credibilidad del presidente es cero y la confianza en el Gobierno parece nula.

El filtrado de las preguntas de los periodistas y el control de la información por parte del jefe de prensa de Sánchez parecen medidas a la desesperada de un Gobierno incapaz de sostener por más tiempo el relato diseñado para perpetuar al presidente en el cargo.

Las adhesiones al Gobierno son ya más ideológicas o emocionales que racionales y pocos ciudadanos dudan en España de que la crisis económica que se avecina nos ha cazado con el peor presidente posible y los peores socios de Gobierno imaginables.

6. La derecha reaccionará
PP, Ciudadanos e incluso Vox han demostrado una lealtad que no ha demostrado sin embargo un Gobierno ofuscado en luchas intestinas, protestas contra la Corona y ataques a la oposición.

Es de prever que el silencio casi absoluto que los tres partidos de la derecha y el centroderecha español están manteniendo en la actualidad será roto en cuanto la crisis sanitaria amaine y llegue la hora de reconstruir la economía española.

Es de prever que los tres partidos de la derecha y el centroderecha tengan algo parecido a un plan. No un plan de derribo del Gobierno sin más. Sino un plan de reconstrucción nacional que cierre estos dos años de sanchismo. Dos años que pasarán a la historia como una de las etapas más oscuras de la democracia española.

7. Sentido común
Ningún Gobierno democrático, ninguno, sobreviviría durante un largo periodo de tiempo a una tormenta perfecta de incompetencia, irresponsabilidad y manipulación mediática como la actual. Ninguno.

Y este Gobierno no será, o no debería ser, una excepción a esa sana regla de la democracia.

Ni Pedro Sánchez ni sus socios se merecen la tregua y el apoyo de la oposición
ESdiario 29 Marzo 2020

Pedro Sánchez compareció de nuevo para soltar su enésimo mitin de autodefensa, exculpación y promoción, con un formato enlatado que le permite elegir qué responder y conocer de antemano las preguntas, algo indigno de una democracia e incompatible con las necesidades y derechos de la opinión pública en materia de libertad de información y expresión, que ejercen los medios de comunicación por delegación de los ciudadanos.

Si las formas son insoportables, el fondo es directamente indecoroso. Porque Sánchez pretende hacer creer a los españoles que todo se ha hecho bien, que la solución tiene que venir exclusivamente de Europa y que, mientras, todo aquel que se atreva a discutirle lo que hace, lo que no hace o cómo lo hace es, poco menos, un traidor.

La realidad es bien distinta. Ningún presidente ha gozado del respaldo y del consenso que Sánchez tiene de la oposición, expresado en el reiterado apoyo de PP, Ciudadanos y hasta Vox a sus dos decretos de Estado de Alarma, rechazados por cierto por los mismos partidos independentistas que le auparon a él dos veces a La Moncloa.

Las razones de Estado que imponían el consenso reclaman ahora acabar con él: solo ha valido para que Sánchez prolongue sus chapuzas

Y ningún país como España, presenta una estadística tan particularmente dolorosa, pese a que el coronavirus es el mismo para todos: siendo solo el 0.6% de la población mundial, soportamos más del 20% de las víctimas mortales, una estadística insoportable que atestigua, sin la menor duda, los inmenso fallos en la gestión de una epidemia que no afecta por igual a todos .

Preguntarse por qué es así no solo no es improcedente, sino que es imprescindible: precisamente porque está en juego la salud pública y la vida de millones de personas, analizar y enjuiciar la labor de los responsables puede salvar vidas y paliar los estragos de la enfermedad y de cómo se la combate.

Sánchez ignoró hasta tres alertas científicas sobre la gravedad del coronavirus
Y si esto vale siempre, más aún cuando la cadena de silencios, negligencias y chapuzas de este Gobierno da la vuelta al mundo tanto como el propio COVID-19: está perfectamente documentado cómo desoyó los reiterados avisos de la OMS, la OMC o la propia Europa al respecto de la pandemia que venía, potenciando con ello los contagios masivos que ahora pagamos.

El virus iba a llegar, sí, con su carga letal, pero el mes y medio que se tardó en reaccionar a sabiendas de la gravedad de la emergencia no es fortuita ni inevitable y se acerca más al comportamiento doloso. ¿Cómo es posible que el Gobierno se permita regañar a nadie teniendo las peores cifras del mundo en muertos y en sanitarios infectados?

Otro portavoz ya
Y es evidente el despropósito en la compra de material, defectuoso y tardío; en la coordinación con las Autonomías o en los negligentes discursos de las autoridades, empezando por el portavoz de la crisis, Fernando Simón: es indecente que siga informando a la opinión pública la misma persona que, hace apenas tres semanas, limitó el impacto de la epidemia a "casos aislados" para proteger la estrategia kamikaze de Moncloa con el 8-M.

Que con ese trágico contexto de errores mayúsculos, despropósitos constantes y consecuencias demoledoras Sánchez esté, además, más pendiente de su supervivencia personal y se prepare el día después para atacar a los rivales que le han auxiliado, convierte la tregua al Gobierno en otro acto de irresponsabilidad trufado de ingenuidad.

Sin necesidad de recordar cómo el mismo partido y el mismo líder político exigían dimisiones por el sacrificio de un perro en la inexistente crisis del Ébola o lo hacían por una nevada que colapsó carreteras; los meros hechos que estamos viviendo con el coronavirus son suficientes para cambiar el ritmo y acabar con la indulgencia hacia un Ejecutivo plagado de incompetentes en cuarentena que simbolizan, ellos mismos, la ineficacia de su gestión.

Si las razones de Estado imponían de entrada el respaldo al Gobierno, reclaman ahora quitárselo para enjuiciar, con toda la exigencia posible, sus decisiones o la falta de ellas. Los mismos que criticaban pese al consenso seguirán haciéndolo, pero al menos los españoles estarán un poco mejor protegidos. Que de eso se ha tratado siempre.

La unidad de riesgos biológicos de la Guardia Civil alertó en enero al Gobierno de la virulencia del coronavirus
La OMS avisó a España el 30 de enero: «El coronavirus se puede frenar si se aplican medidas»
R. Tejero y P. Barro okdiario 29 Marzo 2020

La unidad de la Guardia Civil especializada en riesgos biológicos advirtió ya en enero de que era necesario comenzar a tomar medidas de prevención frente al coronavirus. Así consta en un informe que elevaron tras conocer el avance de la pandemia en China.

Cada vez salen a la luz más voces de alarma que recibió el Gobierno sobre lo que se avecinaba con el coronavirus. La última, que ha podido constatar OKDIARIO, partió de una unidad de la Guardia Civil especializada en actuaciones frente a riesgos de carácter biológico. Concretamente de las Unidades de Defensa NRBQ (siglas de Nuclear, Radiológico, Biológico y Químico, sus cuatro frentes de acción).

Esta unidad puso de manifiesto en enero las dificultades que podrían provocarse a raíz del brote de coronavirus. Lo hizo tras analizar la información técnica que procedía de China y tras comprobar el alcance de las drásticas medidas que se estaban tomando en el país asiático.

En un informe que ha conocido este periódico, técnicos de la unidad ponen en conocimiento del Estado Mayor de la Guardia Civil la necesidad imperiosa de tomar decisiones inmediatas para poder elaborar un protocolo de actuación frente al virus. Una ‘hoja de ruta’ para que los agentes de todo el cuerpo pudiesen estar bien pertrechados de material y de conocimientos frente a la amenaza que, según valoraban, podría acabar afectando a España. Como así ocurrió.

Ese informe hacía especial hincapié en lo referente a zonas aduaneras, áreas de contacto directo con viajeros procedentes de otros países. En aquel momento el Estado Mayor no consideró oportuno tomar medidas especiales de protección. En aquellos días se confirmaba la primera muerte en Wuhan (China).

La decisión de comenzar a tomar medidas no se tomó hasta el mes de febrero. Fue entonces cuando se elaboraron los protocolos de protección para los agentes de la Guardia Civil. Además, su aplicación no tuvo efectividad hasta la proclamación del estado de alarma, cuando se comenzó a repartir el material necesario para ello.

Las Unidades NRBQ de la Guardia Civil están «orientadas a la primera actuación ante una situación de emergencia» como la que vive actualmente España. Son capaces de «adoptar las primeras medidas preventivas y de reacción». La Guardia Civil también cuenta con UPI’s, Unidades de Primera Intervención, diseñadas para actuar de forma inmediata y evaluar el riesgo que supone una emergencia en la que medie una amenaza biológica o de otro tipo especial.

Y encima Irene se pone chula
EDUARDO INDA okdiario 29 Marzo 2020

Cuando mis hijos tenían seis, siete y no recuerdo bien si también con ocho años echaban la culpa a todo el mundo de todos su males. Ellos nunca eran responsables de nada. Sus cabreos se resolvían con su dedo índice apuntando al primero que pasaba por allí. Ahora, con 13, 16 y 18 años asumen la responsabilidad de todas las equivocaciones que cometen con humildad y naturalidad, entre otras cosas, porque desde muy chicos les insuflé una teoría tan vieja como la humanidad: que errar es de humanos pero empecinarse en el error es del género tonto.

La júnior ministra Irene Montero, más conocida por voluntad propia como Irena Montera, reapareció el jueves tras un enclaustramiento por el coronavirus que casi con toda seguridad contrajo en la manifestación capitalina del 8-M. Lo hizo en el programa Al Rojo Vivo de Antonio García Ferreras. La titular de Igualdad optó por el camino que todos preveíamos. Optó por entrar cual elefante en cacharrería en lugar de pedir perdón y asumir el error de haber forzado la celebración de los actos por el Día de la Mujer como haría un estadista, aunque sólo fuera por el egoísmo propio de quien quiere perdurar en la política.

La enchufada ministra de Igualdad resolvió su reaparición de manera moralmente vomitiva, endosándole el marrón al Ministerio de Sanidad de su teórico compañero Salvador Illa. Un Illa que, a pesar de los numerosos errores cometidos, es el más serio de todos los participantes en esa Pasarela Cibeles que ha montado Iván Redondo para aprovechar mediáticamente la crisis sanitaria en una aplicación diabólica de ese aserto patrio que invita a hacer de la necesidad, virtud. “Hicimos en todo momento”, enfatizó más chula que un ocho, “lo que dijeron los expertos y las autoridades sanitarias”. Y se quedó más ancha que pancha. Olvida que fue exactamente al revés: que las autoridades sanitarias obedecieron como corderitos lo que les ordenaron nuestros desahogados políticos.

La imagen, que pesará sobre él mientras viva, de Fernando Simón animando a los españoles a acudir al 8-M y deseando “que sea un éxito” demuestra que los expertos se avinieron a anteponer sus carreras a la seguridad epidemiológica de sus conciudadanos. Desde finales de febrero se conocía perfectamente la descomunal magnitud de la que se nos venía encima, tal y como reconoció el propio Illa. Y, además de todos los ademases, no aprovechamos el macabro ejemplo de China e Italia para haber puesto nuestras barbas a remojar.

“Las mujeres tenemos que ir al 8-M porque en ello nos va la vida”, explicó tan demagógica como fatalmente su compañera de Gabinete y también supuesta jefa suya, Carmen Calvo. Por no hablar de las campañas que se hicieron en los medios de comunicación públicos y en una buena parte de los privados afectos al Gobierno socialcomunista instando a la ciudadanía a salir masivamente a las calles para promover el por otra parte sanísimo y legitimísimo feminismo —otra cosa es el feminazismo—. Tan cierto es que nadie discute el derecho de manifestación recogido en el artículo 21 de la Constitución, sólo faltaba, como que fue un capricho doloso haber mantenido los actos cuando las evidencias científicas eran incontrovertibles. Aquella misma mañana, las pocas voces sensatas que quedan en el Ministerio de Sanidad hicieron un intento a la desesperada para parar el aluvión de cientos de miles de personas en el centro de las grandes capitales españolas. Sus advertencias cayeron en saco roto.

Quien más forzó la máquina, incluso con amenazas de ruptura, fue el Ministerio de Igualdad. Irene Montero no tiene culpa de la pandemia. Obvio. Se originó en China y espero que más pronto que tarde se sepa si fue cosa de la madre naturaleza o de esa dictadura sin escrúpulos que manda a los 1.400 millones de súbditos —que no ciudadanos— del país asiático. Pero igual de perogrullesco resulta que el 8-M, que provocó a su vez que se permitieran los partidos de fútbol a puerta abierta o citas multitudinarias como la de Vox, multiplicó exponencialmente el número de contagios y consecuentemente de fallecidos. Qué casualidad que de las siete u ocho personas que iban en la cabecera de la delegación socialista, cuatro hayan contraído el virus: Carmen Calvo, Carolina Darias, Begoña Gómez y su suegra y madre del presidente, Magdalena Pérez-Castejón.

La propia Irene Montero es ejemplo elocuente de la irresponsabilidad de no haber impedido por sus narices la celebración del 8-M. Se contagió allí. Y, si no fue así, si llegó ya enferma, su negligencia se multiplica por dos porque habría contagiado a sus compañeras de marcha. No es imprescindible ser Premio Nobel de Biología para colegir que el 8-M fue una bomba de relojería en términos de salud pública. Y en lugar del obligado acto de contrición, nuestra infantil protagonista volvió a arremeter contra “la derecha” a la que acusó de “culpabilizar con saña y con odio al mundo feminista y a las mujeres”. Que es tanto como mezclar churras con merinas. Pero los españoles, que no somos gilipollas como piensan nuestros prepotentes políticos, han tomado buena nota de un Gobierno que agigantó las dimensiones de la pandemia convirtiendo un drama en un dramón que contabiliza ya casi 6.000 muertes y que terminará desgraciadamente con muchas miles más.

La enchufada ministra también aprovechó su cita en Al Rojo Vivo para invocar lo que ellos mismos y sus cuates del Partido Socialista obviaron el 11, 12, 13 y 14 de marzo de 2004 cuando escracharon las sedes del PP: “Unidad”. La indecente táctica de un Gobierno inmoral e incompetente que tendrá que vérselas con la Justicia cuando se reabran las puertas de nuestros tribunales. Desde OKDIARIO estamos echando y vamos a seguir echando el resto ayudando a nuestros médicos, enfermeros, personal auxiliar y autoridades sanitarias para que nos saquen de este infierno que está convirtiendo España en el erial económico y social que sucede a cualquier guerra. Pero ni por el forro nos vamos a callar, ni tampoco a silenciar, las omisiones, las negligencias y los caprichos que han disparado las consecuencias de una tragedia cuya dimensión la cantan y la cuentan las insobornables cifras: España acumula ya casi la quinta parte del número de víctimas por coronavirus a nivel mundial cuando tan sólo somos el 0,6% de la población. Más claro, agua.

Los tiempos de la mordaza y de la autocensura pasaron, afortunadamente, a mejor vida ese 20 de noviembre en el que el dictador expiró en un hospital público: La Paz. OKDIARIO va a seguir destapando los errores perpetrados a la par que respaldamos a nuestras autoridades sanitarias, las que nos han caído en suerte o en desgracia, para acortar los tiempos, aminorar las víctimas mortales y aplacar el contagio. Pero de ahí a mirar hacia otro lado media un abismo. El que quiere imponernos este Gobierno que está aprovechando la pandemia para recortar libertades y derechos que, esperemos, regresen cuando superemos este trance.

Y, mientras tanto, los españoles tendremos que seguir soportando el cinismo, la cara dura y los embustes de este Gobierno fake. Y la prepotencia macarra de una ministra de Igualdad que hasta el fin de sus días vivirá con una infinita tacha sobre su conciencia: la de haber echado un pulso a quienes desde dentro del Consejo de Ministros abogaban por cerrar todo la semana previa al 8-M. Nosotros, querida Irene o Irena o como diantres quieras que te llamen, no te vamos a perdonar ni una. Jugar con la salud y la vida de la gente no puede salir gratis. Se lo debemos a los 5.690 muertos y 72.248 contagiados. Y a los que, desgraciada e inevitablemente, vendrán. Ni hay ni habrá perdón.

El jefe de la Policía desenmascara al Gobierno: Interior busca mascarillas desde hace 2 meses
P.Barro y J.Guirado okdiario 29 Marzo 2020

El Director Adjunto Operativo (DAO) de la Policía Nacional, José Ángel González, ha admitido en la rueda de prensa de seguimiento técnico del coronavirus de este sábado que Interior lleva ya dos meses intentado comprar mascarillas y guantes para sus agentes. Hoy mismo, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha instado a la Dirección General de la Policía Nacional a que entregue de inmediato material de protección a su plantilla.

«Hace ya dos meses que el Director General de la Policía nos encargó, a la Subdirección de Logística, que empezáramos a mover la compra de mascarillas y guantes», admitió el DAO a preguntas de la prensa.

Según ese cálculo, el Ministerio del Interior ya estaba detrás de la compra de material de protección desde el mes de enero, a pesar de que el Gobierno ha venido negando sistemáticamente hasta el 9 de marzo que el coronavirus fuese a convertirse en un problema sanitario de primer orden. En vistas a las críticas reiteradas que está recibiendo Interior por parte de agentes y asociaciones representativas, ese material no ha llegado aún a las comisarías.

Visiblemente molesto con la pregunta, el DAO ha admitido que ha «recibido críticas» por en este sentido, y ha anunciado que dentro de poco «dejará de ser noticia lo de las mascarillas». Confía, ha admitido, en que «dentro de unos días» ya se habrá solucionado la falta de material de protección. Además, ha asegurado que algunas de esas críticas provienen de agentes que están destinados «en despachos» y que no necesitan esa protección.

«Esto no ha sido un problema de la Policía ni ha sido un problema de Interior o de Defensa. No ha sido un problema a nivel nacional, sino internacional», ha advertido el DAO.

Decisión del TSJM
La pregunta al DAO venía precedida del anuncio de la decisión que ha tomado el Tribunal Superior de Justicia de Madrid este sábado, en la que estimaba las reclamaciones de la asociación policial Jupol y exigía a la Secretaría de Estado de Seguridad que facilitase «todas las medidas de protección necesarias» a los agentes.

Según explicaba esta mañana en un comunicado Jupol, el TSJM ha aplicado esta medida cautelarísima por la denuncia que el pasado 25 de marzo interpuso este sindicato a la Secretaría de Estado de Seguridad por incumplimiento de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales.

La frágil realidad de la Unión Europea
Francisco Marhuenda larazon 29 Marzo 2020

La Unión Europea como mucha gente la imagina es solo una quimera. No tiene ningún fundamento. Es solo lo que quisiéramos que fuera y no lo que realmente es. El sueño de una Europa unida salta por los aires cada vez que surge una crisis. Todos nos llenamos la boca recordando a los padres fundadores, interpretando cuáles eran sus deseos y los de sus contemporáneos, analizando sus escritos y hablamos de la grandeza y la visión europea para superar los efectos de la Segunda Guerra Mundial e impedir un nuevo conflicto. La realidad es que estas reflexiones se hacen desde una gran ignorancia de la historia, así como de la carambola que permitió esa frágil creación que fue la CEE en el peligroso contexto de la Guerra Fría. Fue un proyecto que contó con el rechazo del Reino Unido y fue posible por la necesidad que tenía Francia de la economía alemana y su obsesión, como ahora, de ser muy importante en el mundo aunque sin conseguirlo; con una Alemania que estaba dispuesta a pagar cualquier factura con tal de comprar la respetabilidad tras el horror del nazismo y de haber provocado la Segunda Guerra Mundial; estaba la conveniencia económica de los pequeños e insignificantes países del Benelux siempre necesitados del poderoso mercado alemán, y que decir de una Italia tan deseosa como necesitada de afecto y apoyo, aunque orgullosa por considerarse la heredera de Roma.

Los británicos han sido un incordio, en su línea, desde el final de la guerra hasta nuestros días. El colofón de su egoísmo e insolidaridad fue el Brexit, que era algo previsible desde el mismo día que se integraron. La historia británica resulta muy útil para entender su comportamiento, pero también las respectivas historias del resto de países europeos. El problema es que la ignorancia es la moneda común en una parte de la clase política, que en muchos casos superó con dificultad la carrera y debe creer que la historia es la que leen en las novelas o ven en las películas y la economía son las cuatro chorradas aprendidas en Wikipedia. Lo que llamamos Europa es un territorio que lleva siglos con guerras de diversa dimensión, pero con un mayor número de conflictos armados que ninguna otra zona en la historia del mundo. Y además tenemos esa insufrible arrogancia del eurocentrismo como consecuencia de haber constituido algunos de los imperios más poderosos de la historia. Hemos paseado esa arrogancia por los lugares más inhóspitos del planeta, hemos cometido las mayores crueldades imaginables y robado todo lo que nos ha venido en gana para conducirnos a una visión de nuestra superioridad que, incluso, permite explicar la displicencia con que contemplamos la aparición de este coronavirus, cuyo nombre real me niego a reproducir, en un lugar tan alejado como China, porque los europeos somos superiores en todos los terrenos.

Y ahora llega la cuestión de la realidad que se vive estos días, no solo la terrible pandemia que ha destrozado nuestra sociedad sino la incapacidad de alcanzar un acuerdo en la UE para hacer frente a las devastadoras consecuencias económicas que se traducen en una crisis que será probablemente más grave que la anterior. Hace pocos meses, con la habitual arrogancia de la izquierda española, se anunciaba un gobierno de coalición que era la quinta esencia de la genialidad política y que se disponía a gastar a manos llenas como expresión de su sensibilidad social. Las ideas comunistas volvían al gobierno de España y tras haber jaleado desde el 15-M aquellas consignas contra Merkel, el capitalismo y la UE ahora estaban en el gobierno para dar lecciones a estos tontorrones del centro derecha europeo, incluso también a los socialdemócratas, y a los euroburócratas. Nada mejor que el dirigismo, la chulería presupuestaria, el gasto público desaforado y el populismo facilón. Ya se sabe que la derecha es insensible con las necesidades de la población y solo se preocupa de los ricos. Es la superioridad de los progres.

Con estos antecedentes no parece fácil que Pedro Sánchez tenga una posición de excesiva credibilidad ante Merkel y sus aliados que no son seres malvados que odian al sur de Europa. El problema es que saben que un cóctel formado por socialistas y comunistas conduce necesariamente a una catástrofe económica y al rescate o al impago de la deuda pública. Es un problema de rigor y eficacia, algo que gusta mucho en esos países, frente al cachondeo de vivir a costa del presupuesto que tan grato es para la izquierda nacional siempre dispuesta a dar lecciones y, sobre todo, a despilfarrar como si el dinero no fuera de nadie. Estoy a favor de un Plan Marshall e incluso de una renta básica limitada en el tiempo, pero no a las excentricidades, el despilfarro y la inconsistencia.


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Sánchez, abocado a su sacrificio político
Todo el plan político del presidente ha quedado arrastrado por la gestión de la crisis sanitaria. La previsión es que el estado de alarma se prolongue todo el mes de abril y llegue incluso a mayo
Carmen Morodo larazon 29 Marzo 2020

España vive sus horas más oscuras. Son tiempos de Churchills y de Gobiernos de unidad ante la crisis. Pero la política actual sigue sus ritmos como si nada estuviera pasando, aunque lo que está pasando es el fin del mundo para muchas familias españolas. Mientras la crisis sanitaria sigue evolucionando bajo una sensación de falta de control, los análisis políticos continúan trabajando, y los de una parte, Gobierno, y la otra, oposición, coinciden en que esta emergencia nacional supondrá un antes y un después en la economía, en la sociedad y en la política.

El Gobierno trabaja con escenarios que plantean que la situación de alarma dure todo el mes de abril e incluso se prolongue hasta mayo. La estrategia es ir concienciando poco a poco a la población, para que el desánimo no sea tan brutal como para dejarse caer por el precipicio. Pero la batalla, según cálculos de Gobierno y de comunidades, será larga y dura. Y dejará tantas secuelas que es muy difícil que no afecte a sus gestores hasta el punto de llevárselos políticamente por delante. No es una cuestión doméstica, el ritmo es el mismo a nivel internacional. Pero hay particularidades domésticas que explican que al Gobierno le tiemblen más las piernas que a otros Gobiernos extranjeros y que esta oposición vea más fácil hincarle el diente y alcanzar el trono de La Moncloa, aunque la sensación de que se mueve la tierra bajo los pies sea parecida en todos los laboratorios políticos.

El recuerdo que dejará esta crisis será traumático en la mayoría de la población y las secuelas de este recuerdo traumático serán las que condicionen el resto de la Legislatura. Génova ha visto su espacio para consolidar su alternativa, aunque desde los territorios del partido adviertan a Madrid que «debe contener la ansiedad por aprovechar su momento». En las estructuras territoriales del PP también miran con el rabillo del ojo hacia Vox, con dudas y miedo a que no cuaje la alternativa de su formación y sea Vox el que una vez más se aproveche de la situación.

El «Manual de Resistencia» de Sánchez no anticipó nunca que el presidente del Gobierno podría tener que enfrentarse a una situación tan extrema como ésta. Es en su propio partido donde saben que tiene muy difícil sobrevivir políticamente a un huracán que está dejando en evidencia las debilidades de la estructura del Gobierno y la falta de experiencia de algunos equipos, aunque no haya equipo que se haya entrenado jamás para una crisis sin patrón previo de ensayo. En el PSOE asumen que estamos viviendo unos hechos que marcarán a una generación y que obligan a su «jefe», a Sánchez, a asumir que es el momento del «sacrificio», aunque en la primera línea estratégica del Gobierno estén todavía trabajando en la batalla mediática por salvar lo más posible la imagen del líder de los daños de la «guerra». Por más que se hable en términos bélicos esto no es una «guerra», reconoce un presidente autonómico socialista, al menos para el Gobierno, «porque en toda guerra hay estrategia, y aquí la fuerza de los acontecimientos nos ha desbordado cualquier intento de plan». Es verdad como dice Moncloa que en todos los países los acontecimientos se están precipitando de una manera parecida, pero no en todos hay un Gobierno artificialmente ensamblado para ganar tiempo y resistir en el poder sobre la base de dos socios que tienen en la desconfianza mutua y en el afán compartido por colocar la zancadilla a la otra parte su principal punto en común.

Sánchez diseñó un Gobierno para el «vino y las rosas», dicen ahora sus barones críticos, y lo que viene por delante son sólo espinas. Todo su plan político ha quedado arrasado por la gestión para contener al virus que está destrozando a tantas familias. En la dirección del PP creen que Sánchez saldrá de esta crisis «amortizado» y que la opinión pública «no olvidará», resista lo que resista antes de convocar unas elecciones. Es inimaginable, es verdad, que mantenga como socios a los independentistas catalanes y hasta a EH Bildu después de las posiciones ruines y desleales que esos socios están manifestando durante esta crisis nacional de primer nivel.

Y también es inimaginable que en la agenda pueda entrar de nuevo la mesa de partidos y el «conflicto» catalán por más que el secesionismo se empeñe en intentar convertir esta tragedia nacional en una nueva oportunidad para inventarse más agravios contra el Estado español. Todas las prioridades políticas, económicas y sociales han dado un giro de 180 grados, y todo lo que parecía importante y clave hace unas semanas ha quedado reducido a la mayor de las insignificancias. Y para afrontar ese giro copernicano Sánchez sabe que se ha quedado sin socios, y que hasta el compañero de coalición puede que se baje antes de tiempo del «caballo» cuando llegue el momento de que el sacrificio lo tenga que poner el Gobierno en primera persona, después de que por delante haya estado el sacrificio de la sociedad española. Los millones de parados y la recesión económica que se avecina, según calculan analistas políticos y económicos, no dejarán espacio para las políticas sociales de galería y lucimiento, la base del Gobierno de coalición. El Ejecutivo tendrá que hacer ajustes y seleccionar partidas presupuestarias sobre las que aplicar los recortes para cubrir los gastos que nunca estuvieron en sus cálculos, y para entonces, habrá que ver si «Pablo aguanta o se ha caído, o le han tirado, antes».

Sánchez, cortinas de humo
Lastrar más la economía no va a arreglar ahora la crisis médica
Luis Ventoso ABC 29 Marzo 2020

Una aclaración preliminar de justicia: el estadista más dotado que quepa imaginar -Roosevelt, Adenauer, Clement Attlee- no lograría vadear con éxito el desafío de la pandemia de coronavirus. No hay país que no esté apurando tragos muy amargos. De China, génesis del problema, ni siquiera poseemos datos fiables sobre sus quebrantos económicos y sanitarios. Estados Unidos, sin sanidad pública universal, semeja una bomba de relojería. El Reino Unido, que comenzó tomándoselo con choteo nacionalista, confiados en su gloriosa insularidad, ve cómo se han contagiado el premier, su asesor científico y el propio ministro de Sanidad.

El Gobierno de Sánchez se enfrenta a un reto nuevo y complejísimo, y así debe reconocerse. Pero la verdad obliga a añadir que el envite nos ha pillado con un Ejecutivo amateur, que no ha dado una ante la epidemia. Primero minimizaron su alcance y reaccionaron tarde, permitiendo y hasta alentando concentraciones masivas, cuando los datos certificaban que ya estábamos en la angustiosa senda de Italia. También llegaron tarde a la hora de establecer un mando único, porque estaban entregados a lisonjear al nacionalismo antiespañol. Fueron incapaces de aplicar test masivos (único modo de poseer datos reales y frenar los contagios con criterio). Por último, el jueves y el viernes han rondado el sainete con el culebrón de la compra de material chino. A estas horas, lo cierto es que el Gobierno de España todavía no ha sido capaz ni de dotar de nuevos respiradores a unas urgencias en riesgo de colapso.

Sánchez, que siempre ha primado la propaganda sobre la gestión, ve cómo se apolilla su imagen. ¿Reacción? Tapar sus vergüenzas con todo lo que encuentre (de ahí su extraordinario ataque a la UE). Gestos tipo cortina de humo para encubrir su incompetencia práctica y de paso contentar a su socio rebelde, los tardoadolescentes de Podemos, y a sus insolidarios aliados separatistas. Parar por completo el país desde este lunes hasta el miércoles 8 de abril, como le exigían Torra, ERC y Bildu, solo supone cercenar el escaso pulso económico que conservábamos y dificultar la recuperación. La epidemia pasará, pero detrás vienen la recesión, el paro y un inmenso malestar social. La decisión de estrangular la economía resulta además un brindis al sol a efectos de frenar la epidemia, porque el virus ya se ha expandido (de hecho Simón, el portavoz oficial, nos está diciendo que nos acercamos al declinar de la curva). Error también haber prohibido los despidos por decreto, intromisión aberrante en la empresa privada, que parte del prejuicio izquierdista de pensar que a los empresarios les encanta despedir, cuando en realidad las plantillas amplias son sinónimo del éxito. Pero con los ingresos cortados por completo durante meses, reducir el número de nóminas puede ser la única alternativa a quebrar y desaparecer. Esta dinámica elemental no se entiende en un Gobierno de aficionados híper ideologizados, que no saben lo que es trabajar en una empresa.

La salud de las personas es lo primero, por supuesto. Pero cerrar la economía para simular que haces algo y camuflar así tu impericia no va a curarlas. En cambio sí encarecerá extraordinariamente el tremendo día después.

Gobierno de Concentración o concentración de catástrofes
Pedro J. Ramírez elespanol 29 Marzo 2020

Este sábado todo ha empeorado mucho más porque Sánchez ha tomado decisiones de consecuencias tremendas, sin pactarlas ni con la oposición ni con los empresarios, ni plantearlas ante el Parlamento. Pero el debate sobre la prórroga del estado de alarma ya había sido, setenta y dos horas antes, el más deprimente de la historia de nuestra democracia.

No sólo por la visión semidesértica del hemiciclo -no hay nada tan antinatural como un parlamento vacío- o por las cifras dramáticas y rampantes de infectados, hospitalizados en condiciones precarias y cadáveres despojados de toda dignidad sobre los que tocaba debatir. Sino sobre todo por la falta de un horizonte de colaboración que permita representar en el plano de la política la imprescindible unidad de la Nación para hacer frente a las tragedias concatenadas que se nos avecinan.

El resultado, al filo de las dos de la madrugada, reflejó la desoladora realidad de un gobierno, tambaleante en su autoridad hacia el exterior y su cohesión interna, que ha sustituido el apoyo de algunos de sus socios de investidura -Esquerra, Bildu- por la aquiescencia crítica de las fuerzas de oposición. La aprobación por abrumadora mayoría de la extensión del confinamiento de los españoles, hasta el 11 de abril, fue más una resignada expresión de impotencia que el fruto de un consenso sobre lo que se ha hecho y lo que se debe hacer.

En la que fue su octava intervención en dos semanas, Sánchez apareció más abatido e irritado que nunca, abrumado sin duda por la losa de unas cifras que ni siquiera trató de explicar. ¿Cómo es posible que España acumule el 20% de las víctimas mortales del planeta por coronavirus y más del 10% de los casos diagnosticados? ¿Por qué el número de fallecimientos en nuestro país duplica el de Alemania, Francia, Gran Bretaña y Portugal juntos? Son preguntas que, ineludiblemente, exigen respuestas.

Son preguntas que, ineludiblemente, exigen respuestas. Sánchez volvió a eludirlas este sábado, remitiéndonos a una estrafalaria teoría sobre la itinerancia del virus.

El presidente sigue escudándose en el seguimiento de las directrices de la Organización Mundial de la Salud, pero eso no viene sino a agrandar su descomunal problema de credibilidad. ¿Acaso la OMS hizo a España recomendaciones diferentes de las que recibieron los demás países?

El hecho de que aún seamos superados por Italia, en ese ranking fatídico, no atenúa la patente imprevisión de las semanas críticas de finales de febrero y primeros de marzo, sino que en realidad la agrava. Indica que, ni siquiera cuando vimos pelar las barbas de un vecino tan próximo, fuimos capaces de poner las nuestras a remojar a tiempo.

Los españoles merecían una explicación y Sánchez ha desaprovechado dos oportunidades clave -miércoles y sábado- para intentar dársela. Todo sugiere que la infección de su esposa y tres de sus ministras, asistentes a la manifestación del 8-M, le ha llevado a interiorizar la metonimia por la que la extrema derecha ha tomado la parte por el todo, generando un sentimiento de culpa que actúa como bloqueador de lo que debía ser una razonable autocrítica.

El Gobierno se equivocó al no prohibir todas las concentraciones de ese fin de semana, fueran de carácter reivindicativo, político, lúdico, deportivo o cultural. Tuvo mal asesoramiento científico y es probable que el radicalismo que anida en su seno contribuyera a nublar su buen juicio.

Esto no es algo que convenga dilucidar en los tribunales y ya es desdicha que la denuncia presentada contra el delegado del Gobierno en Madrid haya recaído en la misma juez que pretendió convertir en delincuente a Pablo Casado por haber tenido enchufe en su máster. Pero el debate sería muy distinto si Sánchez empezara por reconocer lo ocurrido y pedir perdón a los españoles por el terrible daño que su error de criterio viene causando exponencialmente desde entonces.

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Decía Bismarck que un estadista es el que pone la oreja sobre la hierba y escucha a tiempo el sonido de los cascos del caballo de la historia, cuando se acerca al galope. Es innegable que, tras lo sucedido en China, esta vez se oían hasta los relinchos de desesperación, pero Sánchez estaba demasiado distraído por la espuma de los días -cortejo de Torra incluido- como para agacharse a escuchar el mensaje del lacerante porvenir.

Había y hay una única manera de absorber esa culpa: mutualizándola, junto con las -en ningún caso comparables- contraídas por los gobiernos anteriores, tanto del PSOE como del PP, tanto centrales como autonómicos, que recortaron o dejaron de invertir en Sanidad y dejaron al Estado sin resortes para responder eficazmente a una emergencia. Es probable que lo que les ha ocurrido a Sánchez y sus ministros, le hubiera ocurrido igual a un ejecutivo encabezado por Casado y su guardia de corps, pero, claro, el agit-prop político-mediático de la izquierda lo inundaría todo, llamándoles "asesinos" hasta obligarles a dimitir.

En España siempre se ha gobernado al día, sin planificación ni proyectos de medio plazo. Por "repugnante" que, con razón, le parezca al primer ministro portugués que Holanda plantee ahora el asunto, hay que preguntarse en qué y por qué hemos fallado. La repentina carencia de respiradores, mascarillas y test no es solo fruto del despiste de unos pocos días, sino resultado de decisiones de muchos años, empezando por la transferencia de las competencias de Sanidad a las autonomías, sin financiación adecuada ni red de seguridad nacional suficiente.

Sólo un Gobierno de Unidad Nacional, capaz de aparcar los respectivos reproches, y convertir la confrontación en colaboración, permitiría superar las pésimas vibraciones que nuestra clase política está transmitiendo a la ciudadanía. El espectáculo de la otra noche, con Pablo Iglesias escuchando, como quien oye llover, las fundadas imprecaciones por la inclusión de matute de su habilitación para acceder a los secretos del CNI como parte de las medidas urgentes para luchar contra el coronavirus, es de los que desmoralizan a cualquiera. Que ni siquiera tuviera reflejos para renunciar temporalmente a esa prebenda, en aras de facilitar la digestión del estado de alarma, indica no ya egoísmo supino, sino un nivel de esclerosis política inaudito en alguien de su anterior audacia.

Mi reflexión sobre la crisis de los test defectuosos va en paralelo. El gobierno es sin duda responsable de la monumental pifia cometida, pero las circunstancias explican, o al menos contextualizan, lo ocurrido. ¿Qué aporta a la solución del problema la petición de dimisión de Illa que acaba de formular el PP, siguiendo el camino que ya emprendió Vox, disparando a bulto contra medio gabinete, cuando aún no se había producido el fiasco?

La consecuencia directa de este grave resbalón es que aleja un poco más el final de la pesadilla del confinamiento masivo, pues es evidente que aunque se aplane la curva de contagios y fallecimientos, sólo cuando se practiquen de forma masiva y fiable los test podrán reanudarse de forma selectiva y progresiva los contactos sociales. Pensar que el 11 de abril volveremos a la normalidad es acariciar una quimera.

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Todo sugiere que habrá que prorrogar de nuevo el estado de alarma, al menos hasta finales de abril, quién sabe si manteniendo los términos draconianos anunciados este sábado por Sánchez. Esa sería la situación límite, en la que toda España entendería y aplaudiría que Sánchez formara un Gobierno de Concentración con Pablo Casado, Inés Arrimadas y tal vez Ana Pastor, como médica y ex ministra de Sanidad, en su núcleo duro. Acaba de perder otra oportunidad de oro de plantearlo.

Se trataría de un auténtico Gabinete de Guerra de no más de doce miembros, incluidos los actuales vicepresidentes y algunos de los ministros que ahora encarnan la autoridad única. Los demás podrían formar un segundo escalón de ministros y secretarios de Estado, en el que sería conveniente contar con representantes del PNV, Esquerra o incluso Vox, si se prestan a ello.

Alguien dirá que esta insistencia en promover una fórmula tan excepcional, cuando no existe el menor indicio de que Sánchez esté dispuesto a compartir el poder y el protagonismo, es uno de esos esfuerzos inútiles que conducen a la melancolía e incluso no faltará quien me compare con el tonto que coge una linde y sigue en su obcecación, hasta cuando se acaba la linde.

Pero prefiero ser la voz que clame en el desierto y aquel de quien se rían los instalados en el inmovilismo sectario mientras el barco se hunde, antes que arrugarme y enrollarme sobre mí mismo como esos pobres pangolines, a los que sólo les resta esperar a que escampe la epidemia de la que son presuntos transmisores y víctimas.

La gran virtualidad del Gobierno de Unidad Nacional es que trasladaría, según la legendaria fórmula de Adolfo Suárez, a la España oficial lo que ya es normal en la España real. O sea, la solidaridad que se ha contagiado desde los magnates que han hecho grandes donaciones y los presidentes del Ibex que han reducido su sueldo a la mitad, a todos esos vecinos solidarios que atienden a las personas impedidas y solas; desde los empresarios que han reconvertido hoteles en hospitales, a los sanitarios que se vuelcan en su tarea pese al riesgo creciente de contagio; desde los empleados de las industrias básicas y las cadenas de distribución, a los periodistas que, sin reparar en síntomas ni declives publicitarios, cumplen con su deber de informar siete días por semana. Esa España de los balcones y ventanas, unida en el temor y la esperanza, y escandalizada a la vez por las querellas y cortedad de miras de los políticos.

En términos prácticos ese Gabinete de Guerra podría aunar todas las fuerzas de la administración central, los gobiernos autonómicos y los ayuntamientos, sin las disfunciones detectadas hasta ahora. También podría reforzar nuestra posición ante la Unión Europea, a la hora de exigir la puesta en marcha de los 'coronabonos' que permitan financiar el ingente déficit que vamos a echarnos a las espaldas.

Porque tras la devastadora crisis sanitaria ya acecha una crisis económica de efectos incalculables. Después de escuchar estos días los mensajes de miembros del Gobierno o asimilados como Irene Montero, Echenique o Rufián estremece pensar en la nueva catástrofe a la que nos arrastraría cualquier programa de salida de la crisis, basado en su demagogia barata contra el capitalismo, el derecho a la propiedad, la Sanidad privada y "los de siempre". Si por ellos fuera, ya sólo habría empresas cerradas o nacionalizadas y ninguna receta económica dejaría de incluir la expresión "nuevos impuestos".

***
Como advirtió el diputado del PP, Mario Garcés, en su brillante intervención en el debate sobre los decretos económicos, es obvio que esos elementos gubernamentales han visto en la pandemia "una puerta abierta a un cambio de modelo", en detrimento de la libertad de empresa. Eso es lo que abruptamente significa la decisión del Consejo de Ministros de este viernes de prohibir los despidos e imponer la prórroga de los contratos temporales, ofreciendo el único cauce de los ERTE para congelar cautelarmente el mercado laboral. Y con la coletilla añadida de que, quien despida en los seis meses posteriores, perderá los beneficios de su aplicación.

Sólo faltaban estos quince días de "permisos retribuidos recuperables" en los que lo contante y sonante será la "retribución" -sin entrada ninguna en la caja de las empresas- y lo etéreo e indefinido la "recuperación".

Son medidas bolivarianas que ponen entre la espada y la pared a todos los empresarios y les privan de sus derechos, nacionalizando de facto el sistema productivo. El que no haya contrapartida alguna que disminuya la carga fiscal ni de los individuos ni de las empresas o autónomos, en forma de aplazamiento del pago del IRPF o rebaja de las cotizaciones sociales, como si no se atisbara un escenario de dramática caída de los ingresos que sólo podría aliviarse vía reducción de costes, corrobora que hay un ala radical del gobierno, dispuesta a aprovechar la epidemia para impulsar una revolución colectivista. A la ministra de Trabajo que advirtió que no se va a permitir a los empresarios "utilizar el Covid-19 para despedir", le faltó añadir que también se les impedirá quebrar por decreto. E incluso morirse sin pagar antes las nóminas.

¿Dónde están Calviño, Ábalos o Escrivá? De repente ha tomado cuerpo un escenario en el que Sánchez parece que trata de tapar su responsabilidad por los diez mil o quince mil muertos, quien sabe si más, que van a terminar pavimentando su gestión, huyendo hacia delante con las recetas de Pablo Iglesias, Irene Montero y Echenique, aderezadas por Errejón, Rufián y los de Bildu, como si los culpables de no haber visto lo que se nos venía encima fueran los banqueros, las eléctricas y, por supuesto, los empresarios de la Sanidad privada.

Imaginar unos presupuestos con esos mimbres, plagados además de concesiones al separatismo, sería cimentar una catástrofe sobre otra, y adentrarnos en el valle oscuro de una España como la de los años treinta del siglo pasado. Sánchez tiene razón en que nuestra prioridad es "ganar tiempo" a la espera de que se descubra la vacuna contra el coronavirus. Mientras eso sucede, vacunémonos al menos con la receta de la unidad contra el virus del resentimiento y la destrucción del orden social que cada día inoculan sus compañeros de viaje. Yo, al menos, no dejaré de pedirlo, incluso en una hora tan lóbrega como ésta.

Incompetentes
(ahora resulta que, de antemano, quedan descalificados los que quieran opinar o ejercer la crítica a la desastrosa gestión del gobierno en esta crisis)
Antonio Moya Somolinos diariosigloxxi 29 Marzo 2020

A estas alturas, lo mismo que los grandes generales se prueban en el campo de batalla, y no en el de los trienios, el gobierno da ya muestras patentes de una incompetencia que ni siquiera los que no les votamos imaginábamos. Me ratifico en que lo peor que nos ha pasado a los españoles en la crisis del 2008 y en esta es que las han conducido dos tipos demasiado incompetentes: Zapatero y Sánchez; este último ayudado por otro todavía más incompetente, el marqués de Galapagar.

En mi opinión, hay algunas cuestiones en las que el mentiroso compulsivo de la Moncloa se viene aferrando desde hace días, cuestiones que en el pleno del Congreso pasado quedaron en evidencia y que querría comentar.

Una de ellas es el populismo patriotero de que Sánchez viene haciendo gala en sus múltiples comparecencias diarias de “Aló presidente”, al estilo del maestro venezolano de Iglesias, felizmente desaparecido.

Varios diputados de diverso signo político le puntualizaron a Sánchez que lo que los españoles necesitan no son sermones presidenciales militaristas, sino soluciones eficaces al problema.

El recurso a “esto es la guerra”, más parecido a Groucho Marx o a la guerra telefónica de Gila, despertó en las diputadas de Bildu y CUP los peores comentarios hacia el ejército. A mi modo de ver, lo que realmente sucede aquí es una confusión propiciada por el errático planteamiento del presidente. Coincido con estas diputadas en que esto no es una guerra, sino un virus, y por tanto sobran todas las liturgias militares de las que viene haciendo gala el gobierno en los últimos días.

Ahora bien, sin tratarse de una guerra, lo cierto es que estamos en una situación de economía de guerra sin guerra, pero economía parecida o similar a la que se lleva a cabo en situaciones de guerra, caracterizada por una pérdida espeluznante de la productividad y por una extrema necesidad de reconducir recursos para hacer frente al enemigo, en este caso la pandemia, exigiendo aparcar otras cuestiones – que temporalmente pasan a un segundo plano – para centrarse en este objetivo, casi único, de vencer la pandemia. Es decir, una exigencia temporal de unidad de acción, lo cual exige UN ÚNICO MANDO.

Aquí es donde está la piedra de toque de la incompetencia de este gobierno. Efectivamente, esta situación exige una unidad de acción en vez de 17 reinos de taifas. Ahora bien, el gobierno se ha equivocado al confundir el principio de unidad de acción y de coordinación con un centralismo político sobrevenido, ajeno a nuestra situación legal constitucional.

Es verdad que ante una situación de emergencia, determinados poderes deben coordinarse bajo una unidad de mando, y que el ejército debe salir a la calle a prestar determinados servicios propios de emergencia, análogos a los que lleva a cabo en situaciones de guerra. Todo esto es verdad. Y es lo que está haciendo perfectamente.

Pero es un error por parte del gobierno IGNORAR que España es un Estado descentralizado en 17 autonomías, las cuales tienen competencias propias sobre la Sanidad, y aunque una situación como esta exija una COORDINACIÓN con mando único, los sistemas de sanidad de las autonomías son un activo valioso en cada comunidad autónoma que el gobierno ha ignorado y sustituido por un ministro de sanidad recién llegado que no tiene ni idea de lo que pasa en la sanidad de cada comunidad autónoma.

El resultado ha sido una parálisis propia de una burocracia esclerótica, incapaz de dar solución a un problema que le viene grande, porque si hay algo evidente es que los señores que ocupan el gobierno tienen como factor común el no saber gobernar.

Mitinear, lo saben sobradamente. Engañar al pueblo, también, incluso con discursos ñoños, como Pablo Iglesias, que se emociona con las caceroladas o que llora cuando Pedro Sánchez logra la investidura. Pero en cuanto a gestionar situaciones, han demostrado no tener ni la menor idea.

Siempre me ha llamado la atención el nombre de esa carrera universitaria “Administración de Empresas”. Para administrar, para gobernar, hay que prepararse, estudiar, aprender, saber. Esta gente del gobierno, auténticos irresponsables, creen que son capaces de gobernar por ciencia infusa o a golpe de ocurrencia. Una situación como esta les ha venido larga, porque a su osadía se une una ignorancia enciclopédica en cuanto a dirección y administración de organizaciones.

El pasado día 25, Pedro Sánchez, con varios miles de muertos a las espaldas, vino a mencionar que ya se han repartido casi un millón de mascarillas, y “prometió” que en el “breve plazo” de 8 semanas habrá mascarillas para todos. Esto suena a chiste surrealista cuando hace varios días oí en la radio que en China hay muchas empresas fabricantes de mascarillas que producen tres millones de unidades diarias. ¿En qué coño ha estado pensando Pedro Sánchez durante los dos meses pasados en vez de preocuparse de conseguir material sanitario.

Cuando veo a Pedro Sánchez diciendo que las mascarillas “han de ser homologadas” y por otra parte veo a monjas de clausura en whatsapp fabricando gratis mascarillas a destajo, o montones de tutoriales de youtube para autofabricar mascarillas, me doy cuenta de que el presidente está en la inopia con su guerra de salón, o que cree que en la guerra son preferibles mascarillas homologadas que nunca llegan y a precio de oro (los empresarios chinos no son tontos ante la ley de la oferta y la demanda), en vez de aprovechar las sinergias de un gran pueblo como el nuestro, cuyo único defecto es que es tonto a la hora de elegir a sus gobernantes.

A punto de terminar este artículo, me entero de que han llegado por fin unos aparatos de diagnóstico rápido importados desde China por el ministro de Sanidad y que al probarlos resulta que son una patata, pues no solo no funcionan, sino que tampoco están homologados. Vaya, que son un timo y que al ministro Illa le han engañado como a un chino de los de antes por tratarse de testadores piratillas. ¿Pero no habíamos quedado que desde el gobierno solo se iban a comprar aparatitos homologados?

Ante este incidente responde el ministro que no nos podemos hacer idea de lo complicado que es comprar estos aparatitos a los chinos.

No es que sea complicado, chaval, es que los que saben de sanidad en este país son las consejerías de las comunidades autónomas, que se dedican a ello como competencia propia desde hace muchos años, y no tú, que eres un advenedizo incompetente, como todos los del gobierno, que no os aclaráis con este problema, y que con vuestra incompetencia habéis logrado que incluso las comunidades autónomas empiecen a ser ineficaces también.

Dice Pedro Sánchez que mientras dure esta pandemia no va a polemizar ni se va a defender de quienes le atacan, que su única focalidad es vencer al virus.

Vaya, ahora resulta que, de antemano, quedan descalificados los que quieran opinar o ejercer la crítica a la desastrosa gestión del gobierno en esta crisis.

Esto es lo propio de las repúblicas bolivarianas o de las dictaduras bananeras: Está prohibido criticar al jefe; no se oirán las críticas; el disenso está mal.

Centralismo, militarismo de pacotilla, descalificación de la crítica y la opinión contraria…Todo esto suena mal, pero que muy mal.

En cuanto a la lamentable intervención de la ministra de defensa acusando de posible delito a los cuidadores de las residencias de ancianos, ya comentaré el asunto en próxima entrega porque merece comentario aparte.
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