AGLI Recortes de Prensa   Lunes 13  Abril  2020

El PSOE de Sánchez el conciliador es el de la biliosa Lastra
EDITORIAL Libertad Digital 13 Abril 2020

El llamamiento a iniciar "cuanto antes" una "desescalada en la tensión política" realizado por Pedro Sánchez en su último sermón dominical es, como todo en este personaje, una nueva añagaza para tratar de dividir a la oposición y presentarla ante la opinión pública como causante del desastre que su Gobierno de la Vergüenza ha causado a la Nación por su calamitosa gestión de la pandemia de covid-19.

La llamada de Sánchez al consenso es tan auténtica como su doctorado (fechoría que en otros países le habría costado el cargo y, muy probablemente, una muy merecida visita a los tribunales de justicia). No hay más que recordar para comprobarlo el ominoso espectáculo que dio la semana pasada en el Congreso de los Diputados su lacaya Adriana Lastra, que volcó toda su hiel de resentida –sin la menor causa– sobre el principal partido de la oposición y sobre los Gobiernos autonómicos que más en evidencia han dejado al Gobierno del 8-M.

Las palabras de Lastra y su tono chulesco –qué distinto al que utiliza cuando negocia con los albaceas de la organización terrorista ETA y con los golpistas catalanes que han encaramado a su amo a la Moncloa– arrojan cal viva –que diría el socio de referencia de Sánchez, Pablo Iglesias– sobre cualquier posibilidad de acuerdo, salvo que el PSOE dé un giro brusco y se desprenda de lastres indignos de ostentar la menor responsabilidad pública como la propia Lastra. Pero, por desgracia y por descontado, el PSOE no hará nada parecido.

Y es que pocos socialistas representan tan paradigmáticamente el sanchismo como la ordinaria Lastra, arribista que suple sus brutales carencias intelectuales y formativas con toneladas de servilismo y populismo guerracivilista de la peor estofa. En estos días en que se llora la muerte por coronavirus de Enrique Múgica –que hizo de lucha por la libertad en una España para todos y de la denuncia sin desmayos del nacionalismo y los totalitarismos los ejes de su vida política en democracia–, la preponderancia de los Sánchez y las Lastras da cuenta de la catadura de un partido, el PSOE, con un tremendo historial de desprecio y traición a sus figuras más encomiables.

Pedro Sánchez el deseado por los serviles medios subvencionados, el socio de Iglesias y los golpistas catalanes, es un caso perdido y un auténtico peligro público ante el que cualquier vigilancia será poca. Sus ofrecimientos a la oposición valen exactamente lo mismo que su doctorado.

Sánchez o el fingimiento sin fin
Editorial El Mundo 13 Abril 2020

El programa semanal de Pedro Sánchez que los últimos fines de semana sustituye al Telediario fue ayer un ejercicio de provocación. Porque, valiéndose del gran altavoz mediático a su disposición, aprovechó para caracterizarse como un nuevo paladín de los pactos de Estado, incansable muñidor de un acuerdo nacional para la reconstrucción de España, sin que los líderes de la oposición tuvieran posibilidad de darle réplica y de desmontar algunas de sus falacias. No es ya que Sánchez haya hecho de la división su sello político. Es que hasta en el debate en el Congreso del pasado jueves se vivió justo lo contrario de lo que pregona ante las cámaras: ahí estuvo su escudera Lastra atizando con un arsenal de insultos a la misma oposición a la que su jefe dice invitar a unos nuevos Pactos de la Moncloa. El mundo al revés. Exige Sánchez una «desescalada de la tensión política» como si él fuera un árbitro neutral y no su principal provocador y apela a la "colaboración y cooperación" de todos para alcanzar esa gran unidad, cuando los presidentes autonómicos acababan de afearle que sigue sin consultar nada con nadie. Tanta propaganda incompatible con los hechos es un serio problema político.

Y si al menos se viera eficacia en la gestión de la pandemia. Pero cada vez es mayor la sensación de estar siguiendo a un mando sin estrategia. En ese sentido, cientos de miles de ciudadanos volverán desde hoy a sus puestos de trabajo toda vez que el Gobierno ha decidido que hay que retomar la actividad laboral no esencial. Tanto paralizar el país hace dos semanas como recuperar el pulso económico son decisiones con notables consecuencias, para empezar en el terreno de la salud personal, que debían adoptarse en base a criterios y objetivos muy claros. Pero ocurre todo lo contrario. El Gobierno suspendió la actividad económica de forma improvisada cuando se vio desbordado. Y ahora Sánchez decreta lo contrario amparándose en que siempre se siguen las recomendaciones del comité científico que le asesora, cuando este fin de semana sus miembros, hartos de cargar con la irresponsabilidad de Moncloa, han dejado claro que el presidente no les ha consultado.

Los ciudadanos están cansados de mentiras. Cinco semanas no han servido ni para trazar una hoja de ruta ni para que el Gobierno aprovisione todo lo necesario antes de adoptar cualquier nueva medida. Así, por seguir con la vuelta al trabajo, empresarios y sindicatos están alarmados porque la construcción y la industria no disponen de mascarillas protectoras ni de test de detección ni de equipos de protección individual para cubrir las necesidades de los empleados. En especial las pymes lamentan impotentes que Moncloa da directrices sobre unos protocolos de seguridad que ni el mismo Gobierno puede cumplir en el sector público, en especial en los hospitales. No sabemos dónde vamos ni si lo sabe quien nos empuja.

Sánchez no busca un gran consenso, sino una gran coartada para tapar sus errores
ESdiario 13 Abril 2020

El presidente pide un consenso que ya ha tenido, como jamás él concedió, y ha utilizado para intentar borrar su negligencia: ahora quiere disimular todos sus despropósitos.

Pedro Sánchez pidió ayer el consenso que, en realidad, ha tenido desde el primer momento de la crisis sanitaria pero jamás ha practicado: menos algunos de sus socios de investidura, toda la oposición ha respaldado sus sucesivos decretos para imponer el Estado de Alerta, el confinamiento de millones de españoles en sus casas y el cierre de la práctica totalidad de la actividad económica y social.

Todo ese respaldo lo ha tenido, además, pese a los clamorosos errores en su gestión, tan evidentes como concretados en terribles cifras: la misma pandemia y el mismo virus han provocado en España el doble de víctimas mortales por millón de habitantes que en los países más afectados; y hasta diez veces más que en otros, cercanos o remotos, gobernados por la izquierda o la derecha, con más y menos gasto sanitario.

Aún más, Sánchez ha utilizado esa situación tan excepcional, con un apoyo que él jamás dio a ningún Gobierno, para colar decretos ajenos al coronavirus, caso del ingreso de Pablo Iglesias en el CNI o el mantenimiento de la potestad de conceder indultos pese a la cuarentena. O para imponer medidas económicas que negaba días antes o imponía días después sin contar con los agentes sociales.

O para imponerle a las Comunidades Autónomas un mando único sanitario que, lejos de facilitar la respuesta, ha generado un desastre insólito y aún hoy explica la escandalosa falta de materia básico en hospitales de toda España.

Sánchez, en fin, no busca un gran pacto que ya ha tenido, sino una coartada para repartir las culpas de su lamentable gestión y anular toda crítica por ella y toda respuesta posterior a la epidemia, mientras sostiene además una política unilateral e ideológica ajena a ese espíritu.

Porque si de verdad lo quiere, y la situación sin duda lo requiere, debería poner por escrito el programa para los próximos años, conformar un nuevo Gobierno de salvación con todas las fuerzas y contar de verdad con las propuestas de todos. Sánchez no quiere socios para ayudar a España, sino rehenes para disimular su incompetencia y su sectarismo.

Sánchez se declara culpable
Si nos basamos en los propios índices por los que Sánchez dice querer juzgar su labor, entonces no cabrá más que asignarle un rotundo suspenso antes del 9 de marzo
Juan Ramón Rallo elconfidencial 13 Abril 2020

Aunque fuimos muchos los que, durante la segunda quincena de febrero y la primera de marzo, advertimos públicamente sobre el grave riesgo al que nos enfrentábamos a raíz de la epidemia del Covid-19, el Gobierno de PSOE-Podemos hizo caso omiso a tales admoniciones hasta el 9 de marzo —fecha en la que dio paso a un escenario de “contención reforzada” por la que se suspendían clases en varias comunidades— y, sobre todo, hasta el 14 de marzo —fecha en la que se publicó el decreto de estado de alarma—. Esas semanas de absoluta parálisis fueron cruciales para que el virus se propagara dentro de nuestro país de un modo absolutamente descontrolado y para que, por ende, terminara colapsando el sistema hospitalario nacional causando muchísimas muertes evitables.

El Ejecutivo siempre se ha excusado en que en todo momento hicieron caso a las recomendaciones de las autoridades sanitarias y en que, por tanto, no cometieron ningún tipo de negligencia: si no actuaron antes, es simplemente porque nadie fue capaz de prever (y nadie habría sido capaz de prever) lo que iba a venir a continuación.

La primera parte de esta proposición autoexculpatoria —a saber, que el Gobierno siempre hizo caso a las autoridades sanitarias— ya sabemos que es falsa salvo acaso en un sentido reflexivo. Si por autoridades sanitarias entendemos el Ministerio de Sanidad, es obvio que el Ministerio de Sanidad se hizo caso a sí mismo en todo momento: pero ello solo equivale a decir que el Gobierno obró en todo momento como le vino en gana.

Ahora bien, si por autoridades sanitarias entendemos las autoridades sanitarias europeas, como el CDC europeo (European Centre for Disease Prevention and Control), ciertamente el Ejecutivo no les hizo caso alguno. A la postre, esto es lo que recomendaba expresamente el ECDC a fecha de 2 de marzo para aquellos países que, como España, ya tenían casos de transmisión comunitaria:

Asegurarse de que el público general adquiere conciencia de la gravedad del Covid-19.

Poner en práctica protocolos para testar en laboratorio, diagnosticar, vigilar y tratar el Covid-19.

Mejorar los mecanismos de supervisión, trazado de contactos y aislamiento de los contagiados.

Aplicar medidas de distanciamiento social, como la cancelación de los eventos multitudinarios, la suspensión de clases o el cierre de los puestos de trabajo.

Proveer del adecuado equipo de protección personal a los trabajadores sanitarios.

Preparar espacios suficientes para aislar, dar apoyo y tratar activamente a los pacientes.

Claramente, pues, el Gobierno desatendió hasta el 9 de marzo todas estas recomendaciones y gran parte del desastre que ha venido más tarde ha sido un desastre precisamente derivado de no haberlas atendido. Mas acaso PSOE y Podemos podrían escudarse en que todos los otros gobiernos europeos fueron igual de negligentes: que ninguno escuchó al ECDC, por considerar que estaba exagerando en sus prescripciones.

Pero tampoco: el propio Sánchez nos acaba de proporcionar, en sede parlamentaria, el criterio con el que evaluar los términos de su propia negligencia. Y es que el presidente del Gobierno quiso sacar pecho diciéndonos que, de acuerdo con el Oxford Covid-19 Stringency Index (un índice elaborado por la Universidad de Oxford que intenta medir —a partir de indicadores como el confinamiento domiciliario, la suspensión de clases, la prohibición de grandes eventos…— cuán duros están siendo los distintos gobiernos en su lucha contra el Covid-19), España es ahora mismo el país occidental que está aplicando medidas más contundentes contra el virus. La afirmación de Sánchez era, como suele suceder en él, falsa —en el momento en que pronunció sus palabras, España obtenía una puntuación de 90, por debajo de la de Israel o Nueva Zelanda, con 100, y también por debajo de Francia, Italia o Austria, con 95—, pero lo relevante del asunto no es tanto qué posición ocupaba nuestro país el 5 de abril en este 'ranking', cuyo rigor ha sido avalado por el presidente del Gobierno, sino cuál ocupaba el 8 de marzo.

A la postre, si fuera cierto que, hasta la semana posterior al 8-M, nadie podía saber absolutamente nada sobre la extensión y profundidad de la gravedad de este virus, todos los gobiernos occidentales deberían haber adoptado un nivel de dureza igualmente bajo por esas fechas. Pero hete aquí que no: el 8 de marzo, nuestro país apenas registraba una puntuación de 14 en este índice (lo que equivale a prácticamente no haber tomado medida alguna), mientras que Alemania marcaba 48, Francia 43, Israel 38 y Suiza, República Checa o Grecia, 24. En otras palabras, muchos otros países europeos ya habían adoptado medidas más serias —insuficientes, pero más serias— que España.

Acaso se crea que Francia y Alemania fueron más estrictas porque su número de contagios era muy superior al nuestro. Pero no: el 8 de marzo, Francia tenía 18,5 contagiados por millón de habitantes, España 14,4 y Alemania 12,4. Es decir, nuestro país estaba en una situación de infección similar a la de Francia y Alemania pero, antes del 9 de marzo, su dureza contra el Covid-19 era enormemente inferior.

En definitiva, si tomamos como referencia los propios índices por los que Sánchez dice querer juzgar la labor de su Gobierno ante esta crisis sanitaria, entonces no cabrá más que asignarle un rotundo suspenso antes del 9 de marzo. La cuestión, claro, es por qué hallándonos en una situación similar a la de Francia y Alemania, PSOE y Podemos decidieron retrasar cualquier medida de contención reforzada hasta un día después del 8-M. ¿Casualidad o causalidad?

Sánchez, «sincero y de corazón»
Casi se escuchaban las risas en off ante su oferta de concordia
Luis Ventoso ABC 13 Abril 2020

Como cada fin de semana desde que estamos enjaulados, y por tanto a tiro de propaganda, no ha faltado la preceptiva alocución de Sánchez como si fuese el jefe del Estado, rol que constitucionalmente no le corresponde. En la nueva emisión de «Aló Presidente», serial que uno sigue con atención profesional y sopor existencial, emergió un nuevo Sánchez, ecuménico y beatífico, un apóstol de la concordia. Ofreció «un gran pacto de reconstrucción económica y social del país» (ha aparcado ya la coña de los Pactos de La Moncloa). El momento estelar llegó cuando buscando la cámara con ojillos de teatral inocencia nos soltó: «Mi propuesta es de corazón y sincera». Al escuchar la frase pensé que de repente se iban a oír unas risas en off, como en las viejas telecomedias de Bill Cosby.

La esforzada Adriana Lastra, que fue incapaz de completar sus estudios y no ha tenido jamás nómina fuera de la política, suple con una lealtad ciega al líder su escueta fortuna en la lotería de la capacidad. Que hoy sea la número dos nominal del PSOE da idea del elenco de estrellas del partido. Hace tres días, Sánchez la lanzó en el Congreso contra la oposición. Adriana se quedó a gusto. Llamó a Casado «inútil, falso, desleal e inseguro». Al PP, partido «indigno, bochornoso e incompetente», dedicado «a alimentar bulos, mentiras y odios». Tras días después de esa retahíla de piropos, llega una propuesta de su jefe, «de corazón y sincera», para que los partidos se unan y «dejen fuera las palabras gruesas y el lenguaje agresivo». «No saldrá de mis labios ni un reproche, ni una crítica, ni un desplante», proclamó Gandhi Sánchez, el autor de «no es no, ¿qué parte del no no entiende?», el tipo que nos mantuvo cuatro meses sin Gobierno porque se negaba a reconocer la victoria de un adversario «indigno» que había ganado las elecciones con 17 escaños más de los que él tiene ahora. Un presidente que apela a la unidad y que durante trece días no se dignó a telefonear al líder de la oposición, sumidos en lo que llama «la mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial».

Tal vez acostumbrado a tratar con Adriana, Sánchez cree que puede chotearse de la inteligencia de los españoles. Pero su última maniobra es demasiado zafia. Lo que en realidad pretende es mutualizar sus pifias entre todos los partidos. Busca un apoyo general a su figura que proscriba la crítica y borre la terrible pregunta que hoy lo desenmascara: si el Gobierno lo ha hecho tan bien como proclama, ¿cómo es que somos el país del mundo con mayor tasa de mortalidad en relación a su población?

Demandar a la oposición que se vuelva ciega y muda, que rinda pleitesía a un gobernante que ha gestionado con torpeza esta complejísima crisis, denota que Sánchez se fumó las clases de Primero de Democracia. Pedir apoyo sin concretar para qué supone además apelar a la fe ciega en un político hasta ahora siempre volátil y liante. ¿Un gran pacto de país? Eche del Gobierno a su socio populista, que ya fábula con intervenciones marxistas en las empresas, rompa con los separatistas antiespañoles que lo sostienen, y se podría empezar a hablar. Esa es la oferta que le harían millones de españoles, «de corazón y con sinceridad».

Además de mentiroso, hipócrita
Después de insultar a la oposición en el Congreso, Sánchez pide pactos y unidad
Isabel San Sebastián ABC 13 Abril 2020

Tras su actuación desafiante y chulesca del pasado jueves en el Congreso, Pedro Sánchez hizo ayer un alarde de hipocresía rampante para pedir humildemente «unidad» ante la pandemia. Nos vino con el cuento de la «desescalada política», el rechazo a las «palabras gruesas», el «diálogo» y la «mano tendida». Después de mostrar su más profundo desprecio a los representantes de la soberanía nacional, mintiendo con descaro en sede parlamentaria además de insultar a cuantos intervinientes no le rindieron pleitesía; después de lanzar a su portavoz, Adriana Lastra, a un ataque brutal contra la oposición de centro-derecha, ayer se puso al fin la corbata negra, se enfundó en la piel de cordero y adoptó un tono fingidamente conciliador para suplicar un gran pacto nacional destinado a enfrentarnos juntos al «enemigo exterior». ¿Cabe mayor cinismo? ¿Habrá alguien tan rematadamente ingenuo o directamente idiota como para comprar semejante bazofia? Confío en que ni Pablo Casado ni ningún presidente autonómico se tragaran tamaña sarta de embustes, porque no pasará mucho tiempo antes de que el mismo que ayer decía tenderles la mano los apuñale por la espalda culpándolos de los fracasos imputables a su Gobierno. Lleva semanas haciéndolo en lo que respecta a Madrid, con una desvergüenza propia de quien está infinitamente más preocupado por su propia supervivencia política que por brindar soluciones a una población atenazada por el miedo a la enfermedad y la ruina.

La sesión parlamentaria celebrada con el fin de avalar la ampliación del estado de alarma pasará a los anales de la infamia. La rueda de prensa de ayer, a los de la hipocresía. Con todos los años que llevo haciendo información y análisis político, nunca había asistido a nada más burdo. No sé si nos toman a todos por imbéciles, están muy nerviosos ante las consecuencias de su negligencia o es que la arrogancia del personaje le lleva a creerse sus propias patrañas, pero lo cierto es que ayer Sánchez se jactó de ser un ejemplo de humildad en la aceptación de las críticas. Una afirmación que induciría a la risa si no fuera por el dolor y la rabia que inspiran más de quince mil fallecidos.

En su incalificable intervención parlamentaria de la semana pasada, cuajada de engaños proferidos sin sonrojarse, Sánchez presumió de encabezar el Ejecutivo más transparente ante esta crisis. Ayer demostró una vez más la magnitud de esa falacia ofreciendo una pseudo «rueda de prensa» en la que no tuvieron derecho a preguntar ninguno de los grandes diarios nacionales, empezando por ABC, ni de las radios independientes. Ningún medio de primer nivel y sí panfletos podemitas como «la marea». En esa misma alocución parlamentaria aseguró que España había recibido la puntuación más alta de los países occidentales en un estudio de la Universidad de Oxford en cuanto al rigor en la respuesta a la pandemia. ¡Gran trola! Nos superaron Francia, Italia, Austria, Croacia, Nueva Zelanda y algunos más. Su fiel escudera Lastra, convertida en una máscara de odio, dedicó buena parte de su diatriba a injuriar al PP, aunque halló tiempo para faltar burdamente a la verdad al decir que el nuestro fue «el país que antes tomó medidas ante los primeros muertos». Nos predecieron Portugal, Hungría, Bélgica, Grecia, Austria y Lituania, entre otros. Lo que sí hizo este gobierno fue bloquear las compras de material sanitario y enviar a nuestros sanitarios a combatir esta guerra desnudos, provocando que más de 25.000 se hayan contagiado y que encabecemos tristemente el podio de víctimas mortales por millón de habitantes. Ese es, a día de hoy, el legado de Pedro Sánchez.

Sánchez lo ha hecho todo mal: los tres escenarios a los que podría llevar a la economía española
José María Rotellar Libertad Digital 13 Abril 2020

Desde hace semanas, al analizar las medidas económicas que el Gobierno iba anunciando, he mantenido que tiempo habría, cuando se superase la enfermedad, para analizar detalladamente el motivo por el que se ha llegado hasta esta terrible situación, tanto desde el punto de vista sanitario como económico, ya que convenía que se centrasen todos los esfuerzos en salir de la penosa situación que vivimos. Pensaba que era lo adecuado y así lo he venido haciendo, sin dejar de valorar -positiva o negativamente- las medidas económicas que se detallaban, pero sin entrar a calificar la gestión global o el motivo que nos ha conducido a las circunstancias actuales.

Si embargo, el presidente del Gobierno quiso entrar en valoraciones en su discurso en el Congreso el Jueves Santo, cuando acudió a pedir la aprobación de la prórroga del estado de alarma y la convalidación de tres reales decretos-ley. Para el presidente Sánchez, el Gobierno lo ha hecho todo bien, incluso lo que podría atisbarse como autocrítica, que enseguida se vio que no lo era: la crisis ha sorprendido a todos, pero España reaccionó la primera, o que nuestro país está siendo puesto de ejemplo en el mundo en la manera de combatir la pandemia, son algunas de las ideas que deslizó el jefe del Ejecutivo.

Una vez que Sánchez ha considerado que se puede hablar sin problema de la gestión del coronavirus de su Gobierno, no se hace ya necesario aplicar la cortesía autoimpuesta para dejarlo hasta que pasase la crisis sanitaria, de manera que vamos a analizar con detalle esa actuación gubernamental. Si Sánchez quiere hablar de gestión, hablemos de ella.

El Gobierno ha hecho todo mal. Es casi imposible que se pudiese hacer peor. Desde no dar importancia a la posible conversión del virus en pandemia (en eso es en lo único en lo que posiblemente todos lo hicieron mal), hasta no tomar ninguna medida de cierre de fronteras a ciudadanos procedentes de China, primero, o de Italia, después. Es más, la izquierda llamó racistas a quienes proponían dicho cierre de fronteras para preservar a España del posible contagio o, por lo menos, controlarlo más. Tampoco adoptó medidas que protegiesen a los grupos de riesgo y que permitiesen mantener activo el resto del país.

Desatendió después las indicaciones de diferentes organismos e instituciones para impedir la celebración de grandes concentraciones de personas. Documentos publicados en diversos medios de comunicación muestran cómo había recomendaciones de impedirlos días antes de la manifestación del ocho de marzo, donde decenas de miles de personas se reunieron. Es cierto que hubo otras concentraciones, que no deberían haberse producido, pero también fue responsabilidad del Gobierno no evitarlo, todo para no tener que cancelar la concentración política del domingo ocho de marzo, la cual, incluso, incentivaron. En dicha manifestación tuvo que haber miles de contagios, que incrementaron una semana después el número de infectados, poniendo contra las cuerdas a la sanidad. La mujer del presidente del Gobierno, una vicepresidenta y dos ministras resultaron infectadas, eso que sepamos.

Del mismo modo, tampoco hicieron caso a las instrucciones internacionales para aprovisionarse de material sanitario, como respiradores, mascarillas, test rápidos o equipos de protección. Nada. El Gobierno no hizo nada, y cuando quiso hacerlo, tarde y mal. De ahí, pasamos a la frivolidad de la ministra de Exteriores al decir que los test rápidos que compraron que no sirven para nada -y que siguen sin decir a quién se lo compraron- eran una ganga.

De ahí, a las denuncias de distintas comunidades autónomas sobre las retenciones que el Gobierno estaba haciendo en Aduanas, de manera que no llegaba el material que ellas mismas compraban, sin hacerlo tampoco lo supuestamente comprado por el Gobierno, pues se ha demostrado la incapacidad del titular de Sanidad como responsable de compras centralizadas y como gestor en esta crisis.

En lugar de tomar medidas preventivas que protegiesen a los grupos de riesgo y mantuviesen el ritmo económico al máximo posible, como he dicho, no hicieron nada y, después, mataron moscas a cañonazos al dejar crecer el problema de tal manera que ya se precisaban medidas durísimas para que no colapsase la sanidad. Cerraron por decreto la práctica totalidad del sistema productivo, provocando lo que puede ser la ruina de muchas empresas.

Después, dijeron que iban a facilitar 100.000 millones de euros en avales, en lugar de haber elegido alguna otra medida más eficaz, pero podría haber sido válida, pero una semana después deciden trocearlos y sacarlos de 20.000 en 20.000 millones, cuando ya están gastados casi la totalidad de lo anunciado y se precisaría que el Gobierno garantizase liquidez ilimitada. En lugar de eso, se dedica a prohibir el despido, con el que se asfixia más a las empresas, y a tratar de imponer una renta mínima para la que no hay dinero. Si no lo hay casi para pensiones, cómo lo va a haber para dar entre quinientos y ochocientos euros al mes a cinco millones de personas, como pretenden.

Han de centrarse en medidas de oferta, pues es la oferta, con su sistema productivo, el que han parado por decreto. Si éste se muere, no se recuperarán los empleos y a la crisis de oferta le seguirá una de demanda, que desencadenará otra de oferta, que agravará la de demanda, y así sucesivamente. Parecería que el Gobierno o, al menos, su parte morada, quiere aprovechar esta crisis para llevar a cabo sus planes. Podemos lo ha dicho bien claro en Twitter: "El Gobierno de coalición prohíbe los despidos aprovechando el #coronavirus".

El problema es que eso no se queda ahí, porque el propio presidente del Gobierno no deja de repetir que después de esta crisis hay que reforzar el sector público, lo que implicaría un mayor gasto que no nos podemos permitir. Bastante tendremos con afrontar el nuevo endeudamiento que será necesario ahora para mantener en pie al tejido productivo. No hay margen para ello. Si eso son sus Pactos de La Moncloa, con Podemos de guía político y económico, no podrán llevarse a cabo, porque sería el camino más rápido hacia el desastre.

Sánchez no está generando confianza. En lugar de realizar ya test rápidos y conseguir el aislamiento de los contagiados (sin imponerles confinamientos obligatorios fuera de su hogar, como también llegaron a decir, cosa que atentaba contra la libertad de las personas), se enroca en un encierro de todos los ciudadanos (cuya medida es dudosa en la medida en la que se ha tomado, ya que dicha reclusión suspende un derecho fundamental, que, según la Constitución, en su artículo 55, sólo puede hacerse a través del estado de excepción, no de del de alarma) que lleva a la economía al abismo.

Tres peligrosos escenarios
Así, nos podemos mover en una caída entre el 4,59% (primer escenario) y el 10,6% (tercer escenario), con un escenario central del -6,7% (segundo escenario), dependiendo de que se levantase la prohibición de despedir y fluyese la liquidez, generando confianza, que se levantase la restricción de la prohibición de despedir, afectando las grandes restricciones sólo durante un mes a la economía, y llevando esas restricciones a un mes y medio, sin generar confianza y sin dotar de suficiente liquidez a las empresas, que destruiría nuestro tejido productivo, respectivamente.

Esa caída del PIB nos llevaría a tener 1.376.000 parados más (escenario uno), 2.042.000 parados más (escenario dos) o 3.448.000 parados más (escenario tres), que haría que la tasa de paro se moviese entre el 19,72% y el 28,67%.

Eso nos llevaría a tener entre 4.567.900 parados y 6.639.900 parados.

Tras la pésima gestión sanitaria por una mala previsión que no ha permitido proteger a los más débiles y limitar el efecto de contagio, se le ha unido el impacto económico agravado en España por las erróneas decisiones adoptadas, al optar por cerrar la economía en lugar de aprovisionarse de millones de test rápidos para hacerlos y acotar el problema. No se trata de responsabilizar al Gobierno de los fallecidos -aunque habría que haber visto a la izquierda en una situación idéntica si quien gobernase fuera el PP; por actuaciones anteriores podría intuirse que las calles, pese al encierro, estarían ardiendo y que muchos llamarían asesinos a los miembros del PP, como cuando sucedió en el atentado del 11-M o cuando hubo que sacrificar a un perro por la crisis del Ébola-, pero sí que son responsables de la nefasta gestión que están aplicando, de la ruina económica que ello está provocando y de la mayor ruina, todavía, que provocarían las medidas de incremento de gasto estructural si a medio plazo se aplicasen las recetas de Podemos, que no puede seguir en el Gobierno si se quiere reconstruir nuestra economía, porque sus propuestas son nocivas.

Un día dicen que no son necesarias mascarillas, y al poco tiempo, que sí. Y así todo, escudándose en un grupo de técnicos cuyos informes no conocemos. No nos han mostrado, por ejemplo, si han realizado algún estudio de correlación entre el encierro y el fin de la enfermedad o si ello sólo sirve en el corto plazo para que no colapse la sanidad, pero de nada a medio plazo sin que adopten medidas eficaces, como la de los test. Pero ellos lo han hecho todo bien, como dijo Sánchez, y no tienen nada de qué arrepentirse, como dijo Grande Marlaska. Si falla algo, la culpa será de la Comunidad de Madrid. Si la economía se hunde, la responsabilidad será de Europa. Si se incrementa el número de contagios, los responsables serán los ciudadanos, que no habrán respetado el encierro (por cierto, hasta qué punto han inoculado el odio en muchas personas, que actúan como denunciantes, como si se volviese a ese horror de delatores de tiempos de la guerra civil, cuando no saben las circunstancias por las que una persona ha tenido que salir a la calle). No protegieron a tiempo a los grupos de riesgo, con acciones rápidas, cierran la economía, y ahora muchos mayores pueden caer en depresión por verse encerrados, o con problemas de movilidad, si necesitan ejercicio diario, o de incremento de enfermedades cardiovasculares, por aumento del colesterol, al tiempo que muchos españoles pueden acabar en el paro. Pero todo será culpa del resto, porque el Gobierno todo lo ha hecho bien, según Sánchez.

Una mala gestión económica tras una mala previsión sanitaria a tiempo, antes de que llegase la enfermedad. Si se hubiesen fijado en lo que en 2005 dijo George Bush (pero, claro, lo odian), mejor nos habría ido.

El presidente Bush dijo claramente que había que prevenirse frente a un virus antes de que se convirtiese en pandemia, porque, si no, una vez que lo fuese, ya sería muy doloroso para todos, en términos de fallecimientos y de caída económica. Desgraciadamente, no ha sido el caso del Gobierno español, que deberá rendir cuentas en cuanto se empiece a salir de esta catástrofe, aunque ya han puesto en marcha su campaña insultando a la Comunidad de Madrid y al PP y a todo el que, pese al apoyo por sentido de Estado a los decretos de alarma, no les dice que sí a sus propuestas de ruina. Sánchez ha querido hablar de gestión. Ahí lo tiene.

El Gobierno está abusando del estado de alarma para salir fortalecido de la crisis del coronavirus
Álvaro Nieto vozpopuli.es 13 Abril 2020

"Si gestionamos con habilidad esta crisis, no nos sacan del Gobierno hasta 2030". Esta frase la ha pronunciado estos días un alto cargo del Ejecutivo de Pedro Sánchez y resume a la perfección cómo se está viviendo el coronavirus en el palacio de la Moncloa y aledaños. Más que como un problema, como una oportunidad para consolidarse en el poder.

La idea es del gurú de cabecera del presidente del Gobierno, Iván Redondo, que justo recibió la semana pasada el encargo de dirigir el denominado grupo de desconfinamiento progresivo a pesar de no constar en su currículo que sea experto en epidemias o en economía. Él de lo que sabe es de marketing político y de cómo ganar elecciones, y por eso mismo está pilotando esta crisis en primera línea... para garantizar que Sánchez salga mucho más reforzado de lo que entró.

Esa filosofía es compartida al 200% por Pablo Iglesias, con quien Redondo se lleva de maravilla desde que en 2016 le entrevistó en su programa de televisión. De hecho, su entorno asegura que el líder de Podemos está estos días eufórico ante la certeza de que esta crisis brinda una ocasión sin igual para acelerar la hoja de ruta prevista en su cabeza.

Para entender los motivos de esa 'alegría' conviene tener muy presente el escenario previo a la formación del Gobierno. Tanto Sánchez como Iglesias se fundieron en un abrazo en un pacto de supervivientes con el que lo único que pretendían era salvar su propio pellejo. Y, cuando diseñaron su programa conjunto, ambos fueron muy conscientes de que poco iban a poder hacer, porque el ajuste presupuestario pactado con Bruselas exigía seguir haciendo esfuerzos en la consolidación fiscal, sobre todo teniendo en cuenta que en 2019 ya se le había ido la mano a Sánchez con el gasto y por primera vez desde 2012 se había incrementado el déficit público en España. Si a ello unimos las dificultades para aprobar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado, el margen de maniobra de PSOE y Podemos quedaba muy limitado.

Gran oportunidad
Pero, de pronto, todo ha cambiado. La emergencia sanitaria desatada por la Covid-19 ha abierto la caja de Pandora. El Gobierno ha activado el estado de alarma y, gracias a él, ha logrado acaparar el mayor poder jamás visto en democracia. Con los tribunales medio parados y la prensa adormecida, la oposición no ha tenido más remedio que tragar con las sucesivas prórrogas del confinamiento.

El Ejecutivo está haciendo justo lo que tenía limitado antes del 14 de marzo: gobernar a golpe de decreto y empezar a repartir dinero sin ningún control. Con el virus como coartada y ante el convencimiento de que la era de la austeridad ha terminado, se ha puesto en marcha todo aquello que PSOE y Podemos jamás imaginaron poder realizar. Ya se habla incluso de empezar a poner límites al capitalismo y de iniciar un proceso de nacionalización de la economía, según ha expresado el propio Josep Borrell, encargado de la política exterior de la UE.

Ejemplos de lo anterior hay varios durante las últimas semanas. El más descorazonador es el gasto de millones de euros de forma totalmente opaca para comprar material sanitario, con contratos adjudicados a dedo con la excusa de la urgencia. Ni siquiera ante las preguntas insistentes de los periodistas el Gobierno ha accedido a dar el nombre, por ejemplo, del distribuidor español al que le compró los famosos tests defectuosos. Sin embargo, como ha explicado en Vozpópuli el abogado Eduardo Gamero, la ley que regula la contratación de emergencia por parte del Estado no contempla ningún tipo de excepción que ampare la falta de transparencia. Semejante comportamiento es completamente ilegal, pero aquí casi nadie dice nada.

Y luego está ese gusto que le ha cogido el Gobierno a los decretos durante el estado de alarma, no sólo para tomar medidas que afectan a la crisis sanitaria, sino para sacar adelante decisiones colaterales aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid: desde los 15 millones de euros concedidos a las televisiones privadas hasta la decisión de facilitar la ocupación de viviendas por parte de las "personas vulnerables" durante ¡los próximos cinco años!

Con la economía prácticamente parada y la gente recluida en sus casas, bajo amenaza de multa y con el miedo en el cuerpo ante la posibilidad de contagiarse, España se encuentra estos días en una especie de 1984 orwelliano donde, para colmo, si enciendes el televisor, las posibilidades de que salga un ministro o el propio presidente dándote la chapa son altísimas, sobre todo a la hora en que la gente suele conectar para informarse. Si a eso añadimos que hasta redes como WhatsApp se han sumado al aquelarre limitando el reenvío de mensajes, con el supuesto objetivo de evitar la propagación de bulos a nivel mundial, el panorama no puede ser más sombrío.

Evitar el desastre
Urge, por tanto, romper con esta situación cuanto antes y volver a la legalidad. Sí, a la legalidad, porque el Gobierno está haciendo un uso abusivo del estado de alarma, no sólo por todo lo mencionado anteriormente sino además porque, como ha denunciado el magistrado Manuel Aragón, nada sospechoso de ser un peligroso facha, se está vulnerando la Constitución al limitar libertades esenciales mediante un instrumento que no está previsto para ello.

Ante los excesos del Gobierno, algunos corregidos parcialmente tras las protestas iniciales, como las ruedas de prensa en Moncloa (al principio se censuraban las preguntas) o las sesiones de control en el Parlamento (no previstas hasta esta semana), cabe preguntarse si no es mejor empezar a poner fin al estado de alarma, como por cierto solicitan numerosos expertos que no suelen aparecer en los medios de comunicación, y ahí están por ejemplo el manifiesto 'Contra el confinamiento de la población' o lo que argumenta con cifras el siempre polémico Martín Varsavsky.

España necesita cuanto antes recuperar su normalidad democrática para que la actuación del Ejecutivo pueda ser fiscalizada por los tres contrapoderes que ahora mismo están trabajando a medio gas: el Parlamento, los tribunales y los medios de comunicación. Sólo así se podrán evitar los abusos y que se sigan tomando decisiones que tendrán enormes consecuencias en el futuro.

Ante este panorama, y tras la llamada de Sánchez para buscar unos nuevos 'Pactos de la Moncloa', el líder de la oposición, Pablo Casado, tiene dos opciones encima de su mesa: aceptar el envite del presidente, pero obligándole a volver a la senda ortodoxa y a soltar el lastre podemita, o enfrentarse a él con todas sus fuerzas y convertirse en su alternativa. Cualquiera de las dos opciones tiene sus riesgos, pero lo que no le vale es quedarse parado como si aquí no pasase nada... porque eso lo único que garantiza es que el dúo Sánchez-Iglesias siga en La Moncloa hasta 2030. O se para a tiempo la fiesta de Galapagar, o España tendrá que abonar antes o después la onerosa cuenta de la juerga.

La guerra que estamos perdiendo
Carlos Mármol cronicaglobal 13 Abril 2020

Tras un largo mes de confinamiento marcial, con la economía hundida, miles de empresas agonizando por impagos o falta de liquidez y una legión creciente de despidos y quebrantos laborales en camino, resulta asombroso que el Gran Insomne, presidente de todas las Españas –tanto las que quieren serlo como las que no–, siga utilizando el lenguaje bélico para tratar de disimular los errores (conscientes) que pueden hundirlo para siempre en el agujero negro de la historia. Ayer, en su homilía semanal, proclamó: “No podemos deponer las armas todavía, tenemos que seguir combatiendo. Estamos a punto de cambiar el curso de esta guerra, pero aún estamos lejos de la victoria”.

Encerrarse en casa con la familia, el perro y la prole no es combatir. Tampoco podemos considerarlo una actitud heroica, salvo que la honorable épica de antiguos poetas como Homero sea comparable, cosa imposible, al mundo piruleta en el que la actual generación de gobernantes ha convertido la política cotidiana. Y mucho menos en un país donde la milicia obligada –deo gratia– pasó hace mucho tiempo a la historia. Los que estamos encerrados no somos soldados de nadie. Somos ciudadanos indignados o resignados. Depende del día y del estado de ánimo.

La retórica militar, por otro lado, es el lenguaje que identifica los instantes críticos, cuando lo que está en juego es la supervivencia. En esos momentos vencer implica sobrevivir y fracasar significa morir de una vez y para siempre. El coronavirus ha matado ya a casi 17.000 personas –aunque algunos simulen ser ciegos ante esta evidencia–, pero una parte nada despreciable de estos caídos han cruzado al otro lado de la Estigia no tanto porque el enemigo invisible les haya rodeado como porque los generales de su ejército los abandonaron a su suerte al no actuar cuando debían hacerlo, o los desahuciaron –como está sucediendo con nuestros viejos– ante el avance súbito de la tempestad.

La muerte política de Sánchez, que es un escenario más que probable el día que haya que volver a las urnas, no es equiparable a la tragedia que la dejadez y la mentira están provocando en una sociedad convulsionada por un apocalipsis sin rostro, pero con consecuencias fatales. La primera, si se produce, será un episodio minúsculo. La segunda, en cambio, es el Armagedón de nuestro tiempo.

Seamos sinceros: no estamos librando ninguna guerra heroica. Esto no es Troya. Aquí no hay vanguardia ni tampoco línea de retaguardia. Estamos escondidos en nuestras madrigueras, como animales asustados, esperando a que amaine esta desgracia en la que nos hemos instalado sin darnos cuenta. Los soldados, es sabido, combaten en campo abierto y con armas mortales. No es nuestra situación: ni el Gobierno ni las autonomías, que se suponía que son el Mando Mayor, han sido capaces en cuatro semanas de darnos mascarillas o comprar respiradores suficientes para los caídos en la batalla. ¿De qué maldita guerra hablan?

La estampida y los cuatreros
Pedro de Tena Libertad Digital 13 Abril 2020

En las películas del Oeste, la estampida de animales, ya vacas, ya caballos, ya ovejas, tenían, entre otros fines, el de causar una polvareda tal que fuese imposible ver con claridad a los cuatreros que aprovechaban el barullo para apropiarse de lo ajeno y huir. No hacían más que perpetuar una vieja experiencia de la estrategia de la guerra. El famoso tratado del general Sun-Tzu ya destacaba que el adversario puede desatar artificialmente la confusión y el desorden, pero advertía agudamente de que tal circunstancia era la consecuencia de una voluntad perfectamente ordenada. Esto es, el desorden es una de las formas de distraer la atención del enemigo para que no perciba adecuadamente la realidad del peligro. Entre nosotros, más sencillamente, se ha dicho siempre que a río revuelto, ganancia de pescadores.

La fabricación artificial del desorden y el galimatías responde, naturalmente, al miedo del adversario a la claridad, en la convicción de que los hechos desnudos no beneficiarían a su causa. Por ello, es fundamental que quienes se enfrentan a una estampida sean capaces de distinguir entre informaciones contradictorias, falsas y dudosas, como ya prescribió Von Clausewitz, si se quiere superar la confusión orquestada.

La irrupción del coronavirus en la vida española, con su rosario de tragedias y limitación de libertades, está siendo acompañada de una gran estampida de datos, bulos, infundios, contradicciones, medias verdades, deformaciones, torturas estadísticas y otras maneras de impedir que la verdad se abra paso y que la ciudadanía pueda emitir un veredicto justo sobre la responsabilidad política y ética de lo que está pasando y ha pasado. Contra quienes creen que la bulla es consecuencia de la anómala situación, como ya se propaga, yo creo que la marimorena está perfectamente diseñada y que hay quien trata de ocultar la nocividad de sus actos para la salud pública.

Hay una observación indiscutible. La diferencia es muy notable entre el modo en que el virus se ha introducido y extendido en España, y sus consecuencias derivadas de infectados y fallecidos, y el modo en que lo ha hecho en otros países. Llevo confinado un mes en El Castillo de las Guardas (Sevilla) y ayer mismo, 11 de abril, volví a ir a la farmacia para comprar mascarillas y gel y seguían sin llegar, a pesar de los reiterados pedidos. Algo ha fallado en España, y ese algo debe ser determinado con claridad, su qué, su por qué y sus quiénes, porque una nación como la española no puede aceptar, por dignidad democrática, vivir continuamente en la mentira y la deformación ni puede permitirse repetir los errores si se volviera a producir una situación semejante.

Convencido ya de que el Gobierno de la nación no da ni dará explicaciones verosímiles sobre lo ocurrido, y que cabe la duda acerca de la versión de los Gobiernos autonómicos y municipales, se trata de que los propios ciudadanos, mediante las organizaciones de la sociedad civil, impulsemos la elaboración de un informe general y minucioso sobre el impacto del coronavirus en la sociedad española (una especie de Informe Foessa), con precisión de fechas, hechos, medidas, omisiones y demás circunstancias, para conocimiento de todos.

No sería posible impedir que persista la estampida proyectada para nublar las visiones y emponzoñar los juicios, pero cuando menos se dispondría de un relato ordenado y cabal, redactado por personas de la máxima cualificación científica, jurídica, técnica y moral, cuyo prestigio reconocido fuera aceptado por muchos.

¿Sería posible que las diversas fundaciones y asociaciones de trayectoria intachable que existen en España y defienden la dignidad democrática se pusieran de acuerdo en la confección de este informe? La oposición en su conjunto haría bien en apoyar de forma unánime la realización de un documento de esta índole, que debería servir de base para la reflexión nacional.

De lo contrario, continuará la estampida oscureciendo hechos y juicios, los cuatreros seguirán brindando por su éxito y nuestros miles de muertos y sus familiares quedarán sin saber qué ha pasado y cuáles, y, en su caso, de quiénes, son las responsabilidades.

Acabemos ya con la fiesta de Galapagar

El demoledor informe que hunde a Pedro Sánchez y ya está en manos de la OMS
Nando del Conde ESdiario 13 Abril 2020

Un sindicato de enfermería ha remitido un detallado informe a la Organización Mundial de la Salud denunciando cómo ha intentado tapar el Gobierno su "negligencia" ante el Covid-19.

Cada día que pasa, se estrecha el cerco internacional contra Pedro Sánchez por su papel más que mejorable en la crisis del coronavirus. Primero fue The New York Times, criticando la "respuesta vacilante" del presidente de Gobierno ante la amenaza del Covid tras permitir manifestaciones masivas durante la jornada del 8-M.

Después otros medios prestigiosos a nivel mundial, como The Guardian y la agencia de noticias Bloomberg que, al igual, que la fundación Konrad Adenauer, de Alemania, han puesto en el disparadero la gestión tardía y llena de errores del Ejecutivo central ante la crisis sanitaria provocada por el Covid-19 en España.

Ahora, la principal amenaza para la menguada credibilidad de Sánchez está nada más y nada menos que en la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y todo porque el director de esta organización internacional, Tedro adhanom, ya tiene en sus manos un prolijo informe del Sindicato de Enfermería SATSE, que acusa al Gobierno de una negligencia que pone en peligro las vidas de los miles de sanitarios que se están batiendo el cobre para combatir el virus.

Así, SATSE asegura que el Ejecutivo de Sánchez ha reducido "a la mínima expresión" las medidas de protección para "ocultar su tardía y presuntamente negligente actuación a la hora de poner a disposición de los profesionales los equipos de protección necesarios para hacer frente de manera segura al Covid-19".

Récord mundial de sanitarios infectados
El sindicato señala que esta actuación por parte de las autoridades españolas ha sido determinante para que nuestro país haya alcanzado el récord mundial de profesionales de la sanidad infectados por el coronavirus, con al menos 14 muertos en el colectivo y más de 25.000 afectados ya.

En su informe, SATSE asegura que Sánchez y su Gobierno han "desoído continuamente los llamamientos realizados por la OMS, así como por otros organismos e instituciones internacionales, que pedían que se adoptasen las medidas adecuadas para reducir su propagación, como la detección de las personas enfermas, el seguimiento de los contactos, la preparación de los hospitales y otros centros sanitarios para gestionar el aumento de pacientes y proteger a los profesionales sanitarios".

Respectos a los equipos de protección, los enfermeros aseguran que el Ejecutivo de Sánchez obvió hasta en cinco ocasiones, los consejos de la Organización Mundial de la Salud y que, en lugar de seguirlas, el Ministerio de Sanidad optó por rebajar las exigencias de protección para los profesionales sanitarios.

El sindicato de enfermería atribuye a esta decisión al menos el 15% de los contagios entre los profesionales de su colectivo. En este sentido, recuerdan que el Gobierno de Sánchez tardó varias semanas, hasta finales de marzo, a gestionar la compra masiva del material básico que precisan enfermeros y médicos para atender a los pacientes afectados por el coronavirus.

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Un gran acuerdo nacional por España
Editorial larazon 13 Abril 2020

Ni el estratega mejor informado de La Moncloa podía prever que la coalición de izquierdas gobernante tuviese que afrontar a los meses de su constitución la peor crisis sanitaria que ha tenido España, ni, como consecuencia, la recesión económica que se nos viene encima. Se trataba de un Gobierno de laboratorio, fabricado con más dosis de ambición de poder que reflejo real del pulso de la sociedad española, muy alejado de realidad del país en todos los aspectos –político, social, económico–, con un programa de mucha simbología ideológica, pero que era incapaz ni siquiera de aprobar los presupuestos. Ya no por los apoyos de ERC y Bildu, asociación que ha descompuesto un pacto no escrito entre las fuerzas constitucionalistas por su nulo interés en la gobernabilidad del país, sino por su socio principal, Unidas Podemos. Su papel en la pandemia del Covid-19 es, peor que irrelevante, un verdadero impedimento para transmitir al país un activo que no cuesta dinero: confianza en sus gobernantes. Es decir, en la peor crisis en décadas, tenemos al peor gobierno posible. Salvando los ministerios de Estado, la mayoría corresponden a cuotas políticas para conformar a todas las «sensibilidades». La formación de Pablo Iglesias está más preocupada en aplicar políticas de estatalización de la economía, cuando no abiertamente de nacionalización de determinados sectores estratégicos, que en arbitrar medidas para contener el virus o, por lo menos, sus efectos sociales. La última propuesta de la vicepresidencia de Iglesias ha sido intentar aprobar un llamado «ingreso mínimo vital puente» hasta la aplicación del IMV definitivo. Su intención, como viene siendo habitual, es sobrepasar al Gobierno y persistir en su estrategia de enfrentamiento con el núcleo duro de Pedro Sánchez, sin tener preparado un texto legal intachable o el concurso de las comunidades autónomas, que son quienes deben implementar dicho IMV. De nuevo estamos en una de las patéticas maniobras para acaparar la luz en una crisis en la que Iglesias y su equipo no tiene nada que ofrecer. Para afrontar la recesión en la estamos entrando, tarde o temprano Sánchez deberá romper amarras con Iglesias.

El estado de Alarma decretado por el Gobierno y prorrogado ha sido una medida lógica, pero se puso en marcha con retraso, al ritmo que marcaba el avance del virus y, sobre todo, el número de muertos. Se ha paralizado la economía del país, cuyas consecuencias serán nefastas, como advierten el Banco de España o el Fondo Monetario Internacional. En esta situación, lo más razonable es que Sánchez hubiese consensuado con los partidos de la oposición las medidas, compartir las responsabilidades y no cerrarse en un optimismo teatral como el que tuvimos que ver esta semana en el Congreso. No contar con los empresarios es desconocer la realidad de nuestra economía. España ni es líder en las medidas contra el Covid-19, ni es un ejemplo de cómo abordar una crisis de estas dimensiones: los números de fallecidos son tristemente demoledores. Desde un principio, reaccionó tarde, no se valoró adecuadamente las medidas a aplicar, se cometieron errores muy graves en la compra de material y en la coordinación con las comunidades autónomas. En un futuro habrá que investigar y pedir responsabilidades. Cada uno ha afrontado esta guerra desde su territorio como ha podido, algunos, como la Generalitat de Cataluña –con cuyo presidente Sánchez está empeñado en abordar una negociación política para solucionar el «conflicto»–, desde una deslealtad que invalida cualquier diálogo futuro, por lo menos en esos términos de claudicación. Aún y así, el PP mostró su apoyo al Gobierno en cuantas medidas debía tomar, pero siempre que éstas estuviesen acordadas en un marco de cooperación leal. Pablo Casado deberá actuar como el líder de un partido que nunca ha renunciado a sus responsabilidades de Estados. Como lamentó Núñez Feijóo no podemos estar en manos de «políticos adolescentes».

Este acuerdo nacional debe clarificarse, en fondo y forma. Salvar la economía o tomar las medidas que puedan aliviar el duro golpe que va a suponer esta parálisis sólo puede hacerse desde un compromiso de gobierno. Es decir, haciéndose copartícipe de las decisiones y medidas, teniendo en cuenta que aumentará el desempleo, se destruirán puestos de trabajo –es decir, muchas empresas se verán obligadas a cerrar–, habrá una demanda de prestaciones sociales que deberán cubrirse y debemos evitar endeudarnos más de lo previsto. El Estado no se puede convertir en la primera empresa de España. Estas medidas requieren que se cuente con el tejido empresarial, que participen de ellas y que los años que vienen estén gobernados con un sentido patriótico: en beneficio del conjunto de la sociedad y de todos los españoles. Pero no nos engañemos: Sánchez es el presidente del Gobierno y al que le toca alcanzar este acuerdo nacional. Así lo reclaman los españoles: un 74,7 por ciento está a favor de un pacto para afrontar la crisis (según un sondeo de NC Report que publicamos hoy).

Hasta ahora, Sánchez ha reclamado compromiso a la oposición, pero sin mostrar el menor gesto de que está dispuesto a compartir decisiones que van a hipotecar el futuro del país. Es el momento de que rectifique porque sabe que el único partido con el que puede contar en este momento para sacar a España de la situación en que encuentra es el PP. No se puede reclamar apoyos mientras su portavoz parlamentario insulta a la oposición. Se ha apelado a los Pactos de La Moncloa de 1977, pero no debería abusar del símil –es, sin duda, una buena marca publicitaria–, porque nada tienen que ver aquella con esta situación. Entonces, España salía de una dictadura, estaba dando forma a un Estado democrático en todos los sentidos, pero con una economía que en nada tiene que ver con la actual. La fórmula de nuevos Pactos de La Moncloa no debe entenderse como un cheque en blanco para Sánchez, sino una forma de cooperación leal con la oposición en un momento grave para España. Hay que estar a la altura de la situación.

Más disparates
Nota del Editor 13 Abril 2020

El Dr Cum Fraude y sus quates deben dimitir, devolver el dinero y largarse a cualquier país bolivariano, previo paso por el banquillo y cumplimiento de las condenas que se les impondrán.

Pretender llegar a un acuerdo con un tipo que no puede parar de mentir con una absoluta desvenguenza es un un disparate.

Hay que atacar al Dr Cum Fraude con sus mentiras y falsedades para obligarle a dimitir, y hay que desvelar la procedencia de las finanzas de sus quates para juzgarlos por traición a España y encerrarlos unos cuantos años en una cárcel sin gimnasio ni piscina, como en nuentro confinamiento.

El hombre que juró no perdonar
Enrique Múgica sufrió un desengaño definitivo al ver que su partido desamparaba a las víctimas del terrorismo
A Mapi y Tina
Ignacio Camacho ABC 13 Abril 2020

Cuando en el funeral de su hermano Fernando (Poto) prometió no olvidar ni perdonar a sus asesinos, Enrique Múgica Herzog estaba muy lejos de imaginar la negociación con ETA que acabaría emprendiendo su propio partido. Aquel falso «proceso de paz», el acercamiento complaciente a los que llamaba euskonazis desde la autoridad moral de su ascendiente judío, lo desancló emocionalmente del PSOE y le produjo un desengaño definitivo que se amplió con el Estatuto de Cataluña pactado a la medida del nacionalismo. Múgica, fue de los primeros en entender que Zapatero y otros dirigentes del posfelipismo habían decidido abrazar un proyecto político distinto al que durante treinta años había prestado servicio. Acertó pero aún le deparaba el destino la desazón de ver, desde el retiro en el que ha ido a buscarlo el maldito coronavirus, a un presidente socialista elegido con la colaboración de Bildu. Lo que opinaba al respecto era bien conocido de todo el que dedicase cinco minutos a oírlo.

En su larga vida política, que comenzó en las cárceles de Franco, hizo cuatro cosas lo bastante importantes para ennoblecer su balance. Fue decisivo en el pacto de Suresnes que aupó al liderazgo a González; promovió las relaciones diplomáticas con Israel; dirigió la estrategia de dispersión de presos etarras y recurrió al Constitucional, como Defensor del Pueblo, la temeraria deriva estatutaria catalana. Felipe tardó siete años en hacerlo ministro, quizá porque al llegar al poder aún pesaba el recuerdo de aquella oscura entrevista con el general Armada. En los tres años que ocupó la cartera de Justicia se esforzó en desmontar la estructura carcelaria de la banda criminal vasca. El precio fue sufrir el derramamiento de sangre amiga y hermana, pero siempre entendió que la resistencia al holocausto terrorista era un elemento crucial de la cohesión democrática. Ese concepto le aproximó a Aznar -sin abandonar su militancia- en el común empeño de amparar a las víctimas, de darle sentido a su sufrimiento y de aislar al brazo político de los pistoleros. Había asistido a demasiados entierros para aceptar los relatos equidistantes, el cuento buenista del «nuevo tiempo» y similares tentativas de blanqueo. Por eso le asqueaba el desistimiento de sus compañeros, que consideraba sin tapujos una traición a la memoria y al sacrificio de sus propios muertos.

Los Múgica, Enrique y Fernando, formaron parte de la generación que convirtió al PSOE en una fuerza socialdemócrata moderada y con sentido de Estado tras romper con la tradición legitimista del exilio republicano. Un honorable legado que Sánchez, siguiendo la estela zapaterista, malversa recorriendo el camino contrario, el del frentismo sectario y la quiebra del consenso constitucional monárquico. González, Guerra y otros veteranos no dejan de preguntarse qué queda del partido que refundaron.


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