AGLI Recortes de Prensa   Domingo 19  Abril  2020

El grito en la red que clama por la dimisión de Sánchez, trending topic mundial y nacional
OKDIARIO 19 Abril 2020

Durante gran parte de la tarde-noche de este sábado las redes sociales ardían contra Pedro Sánchez y han elevado su clamor, que ha llegado a ser mundial, pidiéndole la dimisión. Concretamente, durante y tras su intervención pública en la que ha anunciado la prórroga del estado de alarma y el desconfinamiento de los niños, los tres primeros hastags han sido para pedir la marcha del presidente de Gobierno.

El primero de ellos, a una enorme distancia del resto ha sido #SanchezVeteYa, que durante varias horas se ha aupado en la primera posición en Twitter desde las 19.30 hora de la tarde, con más de 130.000 tuits. Esta etiqueta se ha posicionado en la lista de tendencias mundiales, con más de 380.000 tuits, llegando a ser número 2 del mundo en acumulados. Y ha llegado a posicionarse en la cuarta posición de los trending topics internacionales.

«Ya eres responsable de la tragedia de muchos miles de familias españolas. Hazte un favor a ti mismo y no seas responsable de más tragedias por venir.#SanchezVeteYa», aseguraba uno de los mensajes en la red social citada.

Otro aseguraba que: «Que el hashtag #SanchezVeteYa sea Tendencia Mundial con más de 180.000 tweets no es casualidad. Es la respuesta de la sociedad española a la mala gestión que está realizando @SanchezCastejon frente al virus chino. Seguiremos cada día hasta desalojar a Sánchez de la Moncloa.»

Les siguen #Pedro Sánchez y #AloPresidente, con más de 48.000 tuits entre ambos. La mayoría de los mensajes culpan de la dramática pandemia de coronavirus en España a la pésima gestión de Pedro Sánchez y su Gobierno.

De hecho a la hora de redactar estas líneas, el clamor contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sigue encabezando las tendencias de la citada red social a una enorme distancia de la que ocupa el número dos. En concreto el hastag #SanchezVeteYa, suma 209.000 tuits, frente a los 6.940 del segundo.

Cuando todos los días son de difuntos
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 19 Abril 2020

Cada día, no recordamos desde cuándo, los españoles se asoman a los periódicos como si fueran una interminable esquela, un obituario en el que la lectura provoca tanta pesadumbre como alivio, porque, al cabo, el que lee, vive, aunque sólo sea para lamentar la muerte de sus compatriotas. Nunca había vivido la población española tanta despoblación, nunca cinco generaciones se habían encontrado bajo arresto domiciliario, con las calles vacías, las carreteras desiertas y el paro como único horizonte laboral.

Ha pasado más de un siglo desde la última epidemia masivamente mortal y en la última Nochevieja nadie sospechaba que un virus pudiera matar a más gente que la Guerra Civil. Pero eso es lo que está pasando, con 46 millones encerrados forzosamente en su domicilio, por angosto que sea o en agobiante acabe convirtiéndose, mientras el millón restante mantiene el abastecimiento de comida y cuida a los enfermos, hasta morir con ellos.

Empeñados en empeorarlo todo
Tanto heroísmo queda empañado por la cobardía de un Gobierno despótico, tan legal como ilegítimo, y con tan poco respeto por la vida de sus semejantes como por la verdad. Es un Poder que vive de mentir y lo hace a diario para seguir mandando sobre una pirámide de muertos, sin límite de tiempo, sin control para esa forma letal de antropofagia llamada incompetencia. Ya es un lugar común que España vive la peor crisis con el peor Gobierno. Pero no es sólo una pandilla de ineptos y despotillas que no sabe hacer las cosas bien. Es que están más que dispuestos a hacerlas peor.

El coronavirus, dijimos hace semanas, no es un obstáculo para el plan colectivista del Poder político-mediático, más mediático que político; al contrario, la excepcionalidad soñada por el vicepresidente comunista del Gobierno, Pablo Iglesias, se le presentó de golpe, y la está aprovechando. El pueblo español ni siquiera puede echarse a la calle. El Parlamento no se puede reunir normalmente. Los medios de comunicación oscilan entre el terror económico y el terrorismo de desinformación, ideológico y político. Nunca, desde la Guerra Civil, ha padecido España tantos periodistas cuyo trabajo es el de mentir a diario, en todo y a todos, para su propio beneficio y a las órdenes de un Gobierno al que no basta con denominarlo criminal.

En una carrera contra reloj, el Gobierno está acelerando el proyecto comunista para deshacer una civilización bimilenaria y una vieja nación cuyas raíces son Roma y la Cruz: libertad, propiedad, igualdad ante la Ley. ¿Y cómo va a defenderlas nadie si nadie puede salir siquiera de su casa? Es imposible imaginar un alineamiento de estrellas negras tan favorable para los liberticidas. Cuando se formó este Gobierno maldito dije aquí que sería el de las Tres R: Ruina, Represión, República. Ya no se molesta siquiera en disimularlo. El delirio colectivista exhibido por Borrell es idéntico al de Sánchez: el mecanismo para implantar el plan colectivista de Iglesias. Es como si el PSOE se hubiera arrepentido de no entrar en la III Internacional, a la que sirvió la República que quiere revivir y la guerra que quiere ganar.

La maldición de Cuelgamuros
Algunos lo llamarán justicia poética; otros, simple casualidad; otros, venganza desde el más allá, pero lo cierto es que pocos meses después de sacar vilmente de su tumba a Franco, caudillo militar y símbolo de la media España nacional y católica, no hay tumbas en que enterrar a los muertos. Ni fosas, ni nombres, ni siquiera números: decenas de miles de españoles están condenados a vagar en el limbo administrativo de los sin vida y sin muerte, desterrados de la última tierra, la que debe acoger nuestras cenizas en el solar de nuestros antepasados.

Los afortunados de entre los desterrados de su propia fosa, yacen, pulcramente ordenados, en un Pabellón de Hielo. Los desafortunados ni siquiera pueden yacer, porque se les ha negado la causa de la muerte, y por tanto, su sagrada condición de muertos. Sagrada, antaño. Ahora tienen por sudario la mentira cotidiana en la que este Poder, despótico por afición y sacrílego a fuer de incompetente, los envuelve en el diario parte de bajas con que nos sirve el almuerzo de humo. Y de postre, la telecomedia sobre el arresto domiciliario, sobre el que bromea el titiriterío rojo y millonario.

La premonición de Larra
Malo es que tantos estén muriendo por culpa de tan pocos. Peor es que se les niegue de muertos el respeto que tampoco se les guardó vivos. Poco antes de pegarse un tiro, que es lo que España está a punto de hacer si cae en el comunismo y el separatismo, Larra publicó uno de los mejores escritos en lengua española sobre el ahogamiento personal en un país que huele a muerto: El día de Difuntos de 1836, cuyas últimas frases son éstas:

Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.

No había "aquí yace" todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.

"¡Fuera –exclamé– la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia!" Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.

Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! "¡Aquí yace la esperanza!"


El ingreso mínimo vital y la transición al comunismo
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli  19 Abril 2020

Si una cosa hay que reconocerle a Pablo Iglesias es su perseverancia a prueba de bomba en la persecución de sus fines. Un partido y un líder que desde su avasalladora irrupción en el Congreso en 2015 con 71 escaños no ha dejado de retroceder convocatoria tras convocatoria hasta sus 35 actuales, ha sabido paradójicamente entrar en el Gobierno con cuatro carteras y una influencia notable en su ejecutoria. La habilidad de transmutar los fracasos en éxitos demuestra una adaptabilidad realmente sorprendente mediante el uso persistente de las tácticas marxistas de manual para tomar el poder valiéndose de atajos. En nuestro contexto español actual, y salvando todas las distancias, a Sánchez le correspondería el papel de Kerensky y al terrateniente de Galapagar el de su tan admirado Lenin.

Frente a semejante depredador, ágil e implacable, el cándido dúo Casado-Arrimadas no parece que sea un valladar demasiado sólido. Otra cosa es Abascal, que es bastante más rocoso, pero al que una campaña feroz de demonización tiene por ahora bastante neutralizado y al que determinados excesos verbales y gestuales de algunos de sus colaboradores y ciertos patinazos en las redes de entusiastas espontáneos entre sus bases dificultan emerger como alternativa creíble. Es una lástima porque sus propuestas económicas para hacer frente a la crisis generada por la pandemia destacan por su claridad y sensatez comparadas con la confusión mental y la indefinición del resto de la oposición.

No pocos analistas han destacado en estos últimos tiempos el peligro que se cierne sobre España de evolucionar, velozmente arrastrada por el coronavirus, de una Monarquía democrática y parlamentaria a una república popular bolivariana. Desde luego, este es el plan de Podemos y empieza a resultar inquietante lo poco que lo disimula. Un instrumento muy eficaz para avanzar en su siniestro diseño es el famoso Ingreso Mínimo Vital. El paso previo a la transformación de un sistema productivo de mercado en otro colectivizado de planificación estatal es la destrucción del tejido empresarial, de los trabajadores autónomos y de las profesiones liberales, los tres motores de la libertad económica.

Las grandes corporaciones industriales y financieras, al ser un número pequeño, son más fáciles de controlar vía nacionalizaciones, una de las medidas, por cierto, que el osado penene de la Complutense intentó llevar a cabo al inicio de la catástrofe vírica. Para este propósito, es decir, la reducción de los autónomos a dependientes, el cierre de las PYMES y la mutación de los profesionales liberales en funcionarios del Estado o en residentes en campo de concentración, el programa de Iglesias es diáfano. En lugar de garantizar la supervivencia de las empresas y de los autoempleados aliviándoles fiscalmente y asegurándoles sus ingresos durante la crisis, facilitando así que una vez recuperada la normalidad vuelvan al trabajo con renovada pujanza, los ahoga a impuestos y ofrece una paga a cargo del presupuesto a aquellos a los que su estrategia deja a la intemperie. Centenares de miles de empresas pequeñas y medianas y de autónomos desaparecen y quedan prisioneros de por vida de la dádiva que el Leviatán comunista les otorga a cambio de su libertad. Dado que esta operación implica un endeudamiento público ingente, el sector privado se agosta y la etapa siguiente es el default, el corralito, la hiperinflación y la miseria generalizada. Eso sí, el chalé con jardín del Guía Supremo se convierte en un palacio suntuoso desde el que el Secretario General del partido único pueda regir cómodamente los destinos del pueblo.

Barreras democráticas
Es evidente que este es el sueño húmedo de la pareja rectora de Podemos y que, con la colaboración activa de Pedro Sánchez, están desarrollando sin pausa y prescindiendo atrevidamente del sigilo. Sin embargo, a diferencia de sus modelos leninista, maoísta, castrista y chavista, en la España de 2020 existen formidables obstáculos para que su febril designio culmine con éxito. Estas barreras entre la democracia y el totalitarismo que Pablo e Irene se afanan en derribar son demasiado altas y sólidas para sus fuerzas, por mucho empeño que le pongan. En primer lugar, está la Unión Europea, que ya se enfrentó a la experiencia de la Grecia de Tsipras y Varoufakis. Hoy el motero ministro de Economía es consultor internacional y el revolucionario primer ministro se ha desvanecido en la nada. La Hélade está gobernada de nuevo por el centro-derecha y es uno de los países que ha manejado la pandemia con mejores resultados.

En segundo lugar, nuestra sociedad dispone de una clase media amplísima que, tras décadas de duro trabajo, ha acumulado unos modestos ahorros y un pequeño patrimonio inmobiliario y que ha interiorizado con convicción la cultura del emprendimiento, de la iniciativa individual, de la innovación y de la competitividad. Es prácticamente imposible que millones de nuestros conciudadanos acepten mansamente renunciar a su condición de personas libres para someterse a las imposiciones ideológicas de un iluminado revanchista y rebosante de rencor.

La lástima es que, tal como sucedió en Grecia, la huella que imprimirá en nuestra prosperidad, nuestra calidad institucional y nuestra moral colectiva, esta etapa de predominio de una utopía tiránica será profunda y muy destructiva. La labor de recuperación se prefigura titánica, pero habrá que acometerla tan pronto ambos patógenos, el Covid-19 y Pablo Iglesias, sean tan sólo una pesadilla superada diluyéndose en el olvido.

Sánchez se compra 9,2 millones de votos
EDUARDO INDA okdiario 19 Abril 2020

Que España avanza por la senda de Venezuela no es algo que ni aquí, ni ahora, pueda discutir nadie con una pizca de sinceridad, sentido común y objetividad. Tan cierto es que aquí los comunistas lo tienen más difícil porque formamos parte de la Unión Europea como que eso me suena al “aquí no pasará nada, somos el país más rico de Sudamérica” con el que se descolgaba a modo de excusa la sociedad civil en los inicios del chavismo. Cuidadín, pues, porque eso de que nuestro sistema de libertades es intocable no deja de ser una memez como otra cualquiera: la libertad hay que defenderla día a día, metro a metro, barrio, a barrio, provincia a provincia, por tierra, mar y aire, que diría ese gran Churchill al que llamarle político constituye un insulto si la comparación se establece con los actuales profesionales de la cosa.

Anticipé aquí que de toda la vida de Dios en los gobiernos de coalición mandan siempre las minorías chantajeando al pez grande como si no hubiera un mañana. Y corroboro ahora que, desgraciadamente, he tenido razón. Podemos S.L. tiene la sartén por el mango por la perogrullesca razón de que pueden hacer caer a sus socios cuando les dé la realísima gana. En la misma línea, pronostiqué también que el presidente de facto sería Iglesias, que Sánchez sería un títere en sus manos y en este apartado tampoco me he equivocado. Para pavor mío toda vez que el multimillonario de Galapagar me ha amenazado, hace un mes para más señas, con meterme en la cárcel.

La preguntita del CIS, invitando a censurar a los medios de comunicación y a fiarlo todo a las fuentes oficiales, dibuja como ayer escribía Juan Carlos Girauta “un golpe de Estado”. La primera libertad que se cercena cuando se transita de una democracia a una dictadura o autocracia es la de expresión. Ésa fue la hoja de ruta de Chávez: primero cerró los medios libres, al ver que el camino quedaba expedito y libre de toda crítica, metió mano a la independencia judicial, y más tarde se dedicó a robar la propiedad privada en compañía de sus compinches narcoterroristas. Este relato no es una hipérbole sino simple y llanamente la Historia de Venezuela de 20 años a esta parte. Nada que ver con el cuento de Disney que Iglesias, Monedero y demás gentuza hacen de esta tragedia democrática, económica y social.

Una de las prácticas que más molaban al narcodictador Chávez, al que Satanás tenga en su gloria, era la compra del voto popular. Con cargo al erario, claro está. El militar venezolano tuvo la suerte de que el barril se situó en el epicentro de su mandato, allá por 2008, en los 150 dólares, lo que proporcionó billetes en cantidades industriales para asentar su satrapía. Ciento cincuenta dólares por barril dice bastante pero más aún si tenemos en cuenta un detalle capital: Venezuela cuenta con las mayores reservas de petróleo del mundo por encima de Arabia Saudí. Increíble pero cierto en una nación que ahorita mismo muere de hambre.

Los españoles quieren unidad, no radicalidad
Editorial El Mundo 19 Abril 2020

Mientras Sánchez siga atado al populismo, será inviable un acercamiento entre PSOE y PP

La encuesta de Sigma Dos que hoy publica EL MUNDO revela que los españoles desean reforzar el bipartidismo. El PSOE sube cuatro puntos en comparación con los resultados del 10-N y el PP escala cinco. Cae Vox y se hunde Podemos, mientras Cs no se recupera. De todo ello cabe inferir que, en un tiempo marcado por la incertidumbre que genera el coronavirus, los ciudadanos tienden a confiar en PSOE y PP, las dos fuerzas con más experiencia de gobierno. Es obvio que España afronta una emergencia sanitaria que ya está provocando una crisis económica y social sin precedentes. Ello exige unión y estabilidad, pero no al precio de regalar al líder socialista una foto bajo el ardid de los Pactos de la Moncloa. En su intervención de ayer, el presidente fue incapaz de detallar su propuesta a la oposición. Se limitó a verbalizar una vaga apelación a la "unidad". Mientras Sánchez siga atado a la radicalidad de Podemos, es inviable que pueda ahormar un acuerdo de Estado con Casado. Este periódico pidió una gran coalición tras las últimas generales. Si esto no es posible, lo deseable sería conformar una mayoría parlamentaria estable capaz de encarar los retos inminentes. Pero este objetivo será una quimera mientras el PSOE mantenga su coalición con populistas y comunistas, y su alianza con los separatistas, anteponiendo la ideología a la gestión.

Por otro lado, el sondeo arroja que la mayoría de ciudadanos suspende al Ejecutivo a raíz de la Covid-19. Los encuestados creen que Sánchez ignoró las recomendaciones de la OMS y censuran su incapacidad para proteger a los profesionales sanitarios, con una alarmante falta de material y con la compra de suministros que se demuestran inservibles. Además, que nada menos que el 78,4% tache de error haber autorizado la manifestación del 8-M muestra una percepción generalizada entre la ciudadanía :el empeño de Sánchez de preservar a toda costa aquella marcha supuso aplazar el confinamiento, una flagrante negligencia con consecuencias dramáticas. Cabe subrayar, en todo caso, la pertinencia de este tipo de preguntas en la encuesta de Sigma Dos. Solo desde la manipulación y el uso espurio del CIS se entiende que este organismo no sondee a los españoles con cuestiones de oportuna evaluación. Una prueba más de que la apelación de Sánchez a la unidad no es más que un señuelo para eludir sus responsabilidades y perpetuarse en el poder.

La indispensable dimisión de Sánchez, la absolutamente dimisión del Dr Cun Fraude
Nota del Editor  19 Abril 2020

Si "los ciudadanos tienden a confiar en PSOE y PP", en cuanto pueda me acercaré a un cuchillero para comprar una katana y hacerme el harakiri, ya que no puedo cambiar de país e irme a vivir a Marte, donde podría ser posible no pudieran llegar tantos descerebrados.

Cualquier camino que no incluya como primer paso la dimisión del Dr Cum Fraude y su desgobierno, es un suicidio.

La memoria de nuestros muertos
Xavier Pericay ABC 19 Abril 2020

Suelen llegar entrada la mañana, en forma de cuantías y gráficos, como un chaparrón repentino al que no ha precedido goteo alguno. Innominados, sin rostro, privados de una fe de vida que los acredite y nos instruya; mera estadística. Son, desde hace ya demasiado, nuestros muertos de cada día. Sólo cuando alguno de ellos reviste a la vez la condición de conocido, de amigo y no digamos de familiar, la frialdad de las cifras deja paso al duelo. No al acostumbrado, por desgracia, dadas las restricciones a que nos somete la pandemia, pero sí al que cada uno, en su reclusión involuntaria, es capaz de llevar y sentir.

Esa mortalidad inusitada que ha situado a España, para vergüenza de nuestros gestores públicos, en la cúspide del palmarés mundial atendiendo al número de fallecimientos por millón de habitantes, nos ha traído asimismo los peores presagios. En el orden económico y, por descontado, en el social. Nuestra dependencia de un sector como el turismo, basado en el libre desplazamiento de las personas a través del orbe, sumada a la endeblez de un sistema productivo falto de reformas y al insensato incumplimiento por parte del Gobierno del objetivo de déficit acordado con Bruselas para 2019 -lo que va a dificultar en el futuro la petición de ayuda a la Unión Europea-, anuncian lo más parecido a unos años negros. Una negritud a la que corresponde en el ámbito social la migración de asalariados hacia las oficinas del paro de resultas del inevitable cierre de empresas, y, en general, el más que previsible arrasamiento de las clases medias, personificadas en la triste y desvalida condición de trabajador autónomo. (Para muestra de malos augurios, los del FMI, que cifraba hace unos días para el año en curso un desplome del PIB español en un 8 por ciento y un crecimiento del paro hasta una tasa del 21 por ciento). Y, ya como corolario, no deberíamos subestimar las consecuencias que puedan seguirse de la indignación y el malestar de tantos ciudadanos a los que no sólo se habrá hurtado los sueños, sino también muchas realidades de las que se creían, hasta la fecha y con razón, legítimos propietarios.

Pero, aun así, existe un efecto de la pandemia tan perverso o más incluso que los anteriores y al que no se ha prestado, a mi entender, la suficiente atención. Como es sabido, la mayoría de esos muertos tan nuestros que van quedando por el camino pertenecen a lo que convenimos en llamar la tercera y la cuarta edad. Se trata de personas que apenas vivieron la guerra civil -aunque a muchos sí les tocó sufrir la posguerra- y que vieron su esfuerzo recompensado con la transformación del país y la obtención, para todos sus habitantes, de cotas de libertad, justicia y bienestar jamás imaginadas. Por más que el reconocimiento suelan llevárselo los políticos que protagonizaron la Transición -y acabamos de perder a dos ellos, Enrique Múgica y Landelino Lavilla, este último sin que mediara en su defunción el coronavirus-, fueron los ciudadanos de entonces -que constituyen en gran medida los muertos de ahora- quienes influyeron de forma decisiva, con su determinación y su voto, en que la llegada de la democracia fuera, a un tiempo, un hecho y un éxito. (Lo que no quita, por supuesto, que los representantes políticos de aquellos años sean también merecedores del aprecio y la gratitud de sus compatriotas). Si bien se mira, pues, ese mal bicho que nos asola está golpeándonos en una parte del cuerpo social que no tiene recambio posible: la memoria. Una generación entera se ve diezmada día a día. Y con ella, los valores de los que es portadora. Se me dirá que en cualquier país la memoria se transmite de generación en generación. Que para eso está la escuela. Y la universidad. Y, claro, la acción política e institucional. A quien así discurra no le faltará razón. Pero eso vale para cualquier país de nuestro entorno menos para el nuestro. Aquí vivimos sometidos a la permanente erosión de nacionalismos y populismos, empeñados en barrenar, con cierta contención al principio y ahora ya sin contemplaciones, la convivencia, la libertad y la igualdad de las que llevamos disfrutando, desde hace más de cuatro décadas, los españoles. O, lo que es lo mismo, empeñados en barrenar los propios cimientos de la Transición.

Las estrategias para lograrlo son diversas, pero una de las más eficaces atañe a la transmisión del conocimiento. En nuestras aulas el conocimiento no sólo ha perdido valor, sino que se ha convertido para muchos en un estorbo. La pedagogía actual rechaza de plano la memoria, en toda su extensión. Y si alguna vez se sirve de ella, no es para trasladar la robustez de un saber cualquiera, sino la deformación ideologizada de un tramo de nuestra historia común, llámese Segunda República, guerra civil, franquismo o Transición -por no movernos de la que tenemos más cerca-.

Añadan a lo anterior eso que podríamos denominar «el descrédito de la edad». Vivimos en un mundo donde la insolencia de la juventud es un valor; donde el latiguillo y la improvisación huera pero ocurrente cotizan mucho más alto que el razonamiento pertinente y sosegado; donde la tradición y la continuidad institucional son vistas como rarezas, y donde el respeto a los demás, concretado, entre otras fórmulas, en el trato de usted, es despreciado por el propio presidente del Gobierno de España cuando se dirige al conjunto de los ciudadanos.

En un mundo así, ¿qué papel aguarda a los supervivientes de esa generación profundamente mermada por la pandemia, esa generación integrada grosso modo por los que tienen hoy entre 60 y 90 años? ¿El de echarse a un lado? Aunque sólo sea como tributo a la memoria de quienes, formando parte de ella, ya se han ido sin remedio, yo espero que se trate de un papel importante y decisivo. Por su bien y por el de todos los españoles.
======================================
Xavier Pericay es escritor

¿Engañando a la ciudadanía, señor Sánchez? ¿Aprobado general, señora Celaá?
“La educación es lo que sobrevive cuando lo aprendido ha sido olvidado” (B. F. Skinner)
Miguel Massanet diariosigloxxi 19 Abril 2020

Es difícil que alguien, en su sano juicio, hubiera sido capaz de anticipar una catástrofe semejante a la que está azotando a España con el coronavirus. Es cierto que las grandes catástrofes, con las que nos castiga la naturaleza, casi siempre han venido de improviso, han cogido desprevenidos a sus víctimas y se han manifestado de repente, demostrando el poder inmenso que tienen los elementos cuando las fuerzas telúricas se desatan con todo el poder que llevan acumulados estos fenómenos, capaces de causar la muerte, el espanto, la ruina y la desolación de cientos de miles de personas, cada vez que el interior de nuestro planeta tiene necesidad de librarse de la inmensa presión que acumula su núcleo, que se calcula en 3,5 millones de veces superior a la presión superficial mientras que las temperaturas son unos 6000 grados más altas. Recordemos las explosiones del volcán Krakatoa o las erupciones que ya, en la antigüedad, fueron capaces de destruir ciudades romanas como fue el caso de la ciudad de Pompeya, que quedó arrasada como consecuencia de la erupción del Vesubio o las grandes pestes, como el cólera, azote de Europa en la edad media o, más recientemente, en el 1918 la gran gripe que se llevó a más de 40 millones de personas en todo el mundo o el tsunami que recientemente azotó al Japón, en el 2011, donde la Policía Nacional japonesa confirmó 15 893 muertes, 2556 personas desaparecidas y 6152 heridos, a lo largo de 18 prefecturas de Japón.

El Covid19, un virus raro, prácticamente desconocido en su mutación actual que es muy posible que pillara a China, el país de origen, de improviso, aunque es cierto que ya hubo algunos médicos que quisieron alertar a las autoridades sanitarias de los primeros casos que, como suele ocurrir cuando los políticos quieren evitar que el pueblo se asuste, fueron represaliados por las autoridades y obligados a firmar documentos renegando de lo dicho. La epidemia (entonces sólo se estimaba que esto es lo era) se fue extendiendo hasta tales proporciones que sobrepasó las previsiones gubernamentales dando lugar a que se tuvieran que tomar medidas extremas. Pero, contrariamente a lo que se esperaba, el virus saltó a Europa y a Irán, sorprendiendo a Italia que, inopinadamente, sufrió con toda su fuerza la invasión del coronavirus convirtiendo al pueblo italiano en la víctima imprevista del cruel ataque de la enfermedad que, en pocos días, se cobró a miles de muertos.

Es evidente que, en el caso de España, el actual gobierno hubiera tenido tiempo más que suficiente para tomar las medidas excepcionales que se recomendaron en toda Europa, ante el ejemplo italiano. No lo hizo. Pese a que, en lugar de entonar el mea culpa, el señor Sánchez y sus ministros siguen intentando esparcir la especie de que “actuaron debidamente” no han podido explicar el por qué consintieron que se celebrara la manifestación multitudinaria de exaltación a la mujer, el día 9 de marzo, cuando ya desde la OMS y de todas las naciones europeas, se había tomado conciencia del peligro de contagio de la pandemia. Y aquí unas cifras para recordarle a nuestro Ejecutivo la negligencia, que podríamos calificar de criminal, de autorizar la manifestación anteriormente reseñada. Según la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea): si el Gobierno español hubiera aplicado el estado de alarma una semana antes, se habrían evitado un 62% de los contagios por coronavirus.

Por otra parte, las cifras que da el Ministerio de Sanidad no coinciden con las que proporciona el Instituto Carlos III (Momo). Resumiendo: España es la nación que tiene mayor número de fallecidos por cada millón de habitantes (398) por encima de los EE.UU e Italia (360´75). Si nos fijamos en la diferencia del Ministerio de Sanidad respecto a los facilitados por el Momo veremos que el 14/04/2020, señala que, para Sanidad, la suma de fallecidos en todas las comunidades ascendía a 18.056 mientras que, los datos del Momo respecto a los difuntos de aquel mismo día, ascendían a 20.822, lo que da una diferencia de 2.766 fallecidos más de los informados por Sanidad.

En otro comentario nos referíamos a la tomadura de pelo de las compras del Gobierno, de material de prevención contra el Covid19, a comerciantes chinos. Hoy podemos decir que el nuevo material que se viene recibiendo (todavía persiste la cerrazón gubernamental de no dar a conocer los proveedores de los que se ha valido) y que se va repartiendo a los sanitarios que trabajan en los hospitales, para evitar contagiarse del virus, según información de los médicos y enfermeras: no vale. Siguen, pues la desprotección que ya venían padeciendo debido a que los equipos de Protección Individual que se les han facilitado por el Gobierno y las autonomías “se rompen, son plásticos finos, no son impermeables por lo que el virus traspasa el material. Además el cuello está al descubierto, en las batas se traspasan las gotas que caen” según ha declarado, a Libertad Digital, el doctor Jesús García ramos, médico de atención primaria. Una de las enfermeras le ha comentado, al mismo medio informativo, que “El gobierno se está gastando dinero en un material que no nos protege del contagio. Esto es un chiste. Los están engañando y ni se enteran. Son unos incompetentes que a estas alturas nos envían al matadero”. ¿Qué dicen, a todo esto el señor Illa y el señor Ábalos, los encargados de la compra y distribución de este material que, evidentemente, no vale lo que han pagado y que, difícilmente, se van a librar de tener que dar cuentas ante la Justicia, de semejante despilfarro del dinero público?

Y en medio de este tinglado, de esta muestra de falta de previsión y de mala gestión de la pandemia, aparte de los intentos del señor vicepresidente segundo, el señor Iglesias, de dar un golpe de Estado por la puerta trasera, se nos presenta esta inefable señora Celaá, la ministra de Educación, para darnos una muestra más de cómo a estos que nos gobiernan, sin haberse tomado la molestia de intentar u aprobar una ley consensuada con la oposición capaz de sustituir, con ventaja, a la Lomce (2013, aprobada por el PP y que no fue puesta nunca en práctica debido a que los socialistas lo impidieron); se han sacado de la manga la “Ley Orgánica para la reforma de la Ley Orgánica de Educación (LOE)”, también conocida para la 'Ley Celaá' y que, como es habitual en este tipo de gobiernos de izquierdas, era la principal propuesta en educación del Gobierno de Pedro Sánchez. "Es un proyecto muy enriquecido por la comunidad educativa y muy respaldado", defendió en su día la ministra de Educación y Formación Profesional, portavoz del Gobierno, Isabel Celaá.

A cualquiera que se le preguntara ¿Cuál debería ser el objetivo de la enseñanza pública infantil, media y superior, en un Estado de derecho? No creo que se pudiera contestar algo distinto a lo siguiente: “El proporcionar a la juventud española, sin distinción de ricos ni podres, la posibilidad de adquirir una cultura, unos conocimientos, unas habilidades y unas herramientas mentales que le permitieran ganarse la vida, desenvolverse dentro de la sociedad, trabajar para ella, intentar mejorarla y devolverle, con su esfuerzo y trabajo, la carga que a la sociedad española le representa, en forma de impuestos, el coste de sus años de estudios”. Ahora se ha producido una situación en la que, desgraciadamente, el confinamiento motivado por el virus, ha impedido que los estudiantes de todas las edades hayan podido seguir acudiendo a las aulas. Como es natural estos días, meses o trimestres que se calcula que van a perder respecto a las enseñanzas que debían recibir en sus respectivos centros lectivos, presenta un grave problema.

No todos los estudiantes, ya fuere por sus circunstancias económicas, por tener una edad que todavía no les permite acceder a las nuevas tecnologías, por problemas organizativos de las escuelas, universidades y centros de formación profesional o por cualquier otra circunstancia física o intelectual, han estado en condiciones de seguir, de forma telemática, las enseñanzas de sus profesores desde sus propios domicilios de internamiento; un hándicap que pudiera dejarlos en situación de desventaja respecto a aquellos educandos que sí hayan podido mantenerse al día en cuanto a la adquisición de conocimientos. Y aquí nos encontramos ante una difícil alternativa. O se espera a que el coronavirus permita reanudar las clases en el punto en el que se interrumpieron, alargando el curso escolar o, como parece ser la intención del Gobierno, según ha anticipado la señora Celaá, dar por finalizado el curso con unos exámenes que se anuncian que serían, para la gran mayoría de alumnos, un mero trámite formal o bien dejar la escuelas de enseñanza media y la universidades abiertas durante el verano para que los que no han podido mantenerse al día en sus estudios tuvieran la ocasión de recuperar el tiempo que han dejado de recibir las preceptivas enseñanzas. Ya hemos escuchado, al respeto, excusas poco solventes como la de que, en verano, es más difícil el concentrarse, el estudiar o sacrificarse ante tentaciones, como son acudir a las playas o hacer deporte etc. Pero no debemos olvidar que cada año, a miles de estudiantes que, suspenden asignaturas en invierno, luego se les permite recuperarlas examinándose al finalizar sus vacaciones.

Si se busca salir del paso sin más, es posible que el anticipar la finalización del curso, aprobando a todo quisque y pelillos a la mar, puede que sea lo más sencillo; pero es difícil de entender que una señora que es catedrática universitaria, que sabe lo que es la excelencia, lo que representa sacar un título a base de esfuerzo, tesón y sacrificio para que, el diploma, represente algo más que un papel para poner en un marco, y ponga en evidencia que, el que lo obtuvo, reúne los conocimientos suficientes para poder ejercer aquella profesión o maestría en la que se ha licenciado, con las garantías de que el trabajo que haga esté respaldado por la ciencia que adquirió en sus estudios universitarios o de formación profesional.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadanos de a pie, tenemos que manifestarnos en contra de que nuestra nación, pionera en poner impuestos por cualquier motivo, ahora para salir del paso permita que nuestros estudiantes pasen curso sin esta completamente desasnados, como es evidente que lo correcto sería lo contrario. O aprender con esfuerzo o esperar, como decía Virgilio en la Eneida, aquello de: Deus ex machina.

******************* Sección "bilingüe" ***********************
Gravedad extrema, decisiones heroicas
Jesús Cacho. vozpopuli  19 Abril 2020

Treinta y cinco días después de decretado el estado de alarma, la situación por la que atraviesa España en la triple vertiente sanitaria, política y económica no puede ser calificada sino de extrema gravedad. A lo largo de esta semana hemos visto al presidente del Gobierno tomar partido por las tesis de Pablo Iglesias en favor de la inmediata puesta en marcha de un llamado Ingreso Mínimo Vital y en contra de los ministros del área económica, una clara victoria del vicepresidente que refuerza considerablemente su poder; hemos sido testigos desde las pantallas de La Sexta de una tan brutal como concreta amenaza a las libertades informativas por parte del mismo personaje; y, finalmente, hemos podido comprobar en directo que el ministro de Sanidad y el Gobierno del que forma parte no tienen ningún control sobre los datos de la pandemia, lo que hace particularmente difícil luchar contra ella. No disponen de cifras reales sobre infectados y fallecidos, y nada saben sobre la posibilidad de contar en fecha próxima con los test adecuados para someter a la población a las pruebas que permitirían un abandono paulatino del confinamiento. La economía, en manos de un comunista sin formación en la materia; la libertad, amenazada por un tirano vocacional; y la salud -la vida- en el limbo de una suma de ineficacia y torpeza difícil de conjugar con tan funesta plenitud como en el caso español. Un panorama desolador.

Como supongo hace una mayoría de españoles, en las últimas horas he hablado con mucha gente entrada en razón para pulsar opinión. La alarma es general, como compartido es el sentimiento de que es preciso acometer iniciativas excepcionales capaces de romper la tenaza que nos aprisiona. De nada vale la política tradicional. Gravedad extrema, decisiones heroicas. Mañana lunes, el presidente del Gobierno se reúne con el líder del primer partido de la oposición. Reconociendo que el marco adecuado para ello sería el Congreso y no un saloncito de Moncloa, creo que Pablo Casado debería plantear a Pedro Sánchez con toda franqueza un pacto de Gobierno a dos años garantizándole apoyo presupuestario y estabilidad parlamentaria para el periodo, a cambio de la inmediata ruptura de la alianza con Podemos, la consiguiente remodelación del Ejecutivo con salida de los ministros comunistas y el abandono de los actuales socios parlamentarios separatistas y bildutarras. De modo que el PSOE pudiera gobernar en solitario esos dos años hasta la convocatoria de nuevas elecciones, sin más líneas rojas que el respeto a la Constitución del 78 y el cumplimiento de los compromisos contraídos en materia presupuestaria con la UE. Me parece el único Pacto de la Moncloa que tendría sentido en las actuales circunstancias.

Yendo un poco más allá, ambas partes (que serían tres si Ciudadanos, como parece lógico, se sumara al pacto) deberían acordar la puesta en marcha de un comité de auténticos expertos formado por verdaderas personalidades independientes, incluso extranjeras, del mundo científico y sanitario con el fin de reenfocar, desde una perspectiva no partidaria, la lucha contra la pandemia y acelerar su derrota, haciendo posible cuanto antes la vuelta a la “normalidad”, así como el diseño de una estrategia de prevención a futuro para hacer frente a este tipo de catástrofes (un plan sanitario a largo plazo). De manera inmediata, el acuerdo debería contemplar, en efecto, la entrada en vigor de una ayuda económica, llámese como se quiera, a las familias más directamente golpeadas por la crisis, asegurando que se tratará de un subsidio temporal y que el dinero irá efectivamente a manos de los necesitados, gente hoy en dificultades para poder comer, y no de los golfos acostumbrados a vivir del dinero del contribuyente. Finalmente, debería revisar en profundidad los palos de ciego (cuando no las decisiones abiertamente inconstitucionales) dados por este Gobierno en materia de ayuda a las empresas, con el norte puesto en la protección del tejido productivo, única forma de afrontar con garantías de éxito la salida del socavón que se nos viene encima.

Motivos para la esperanza en el medio y largo plazo habría si las partes, además, se pusieran de acuerdo en empezar a pensar, simplemente eso, en las cuatro o cinco grandes reformas estructurales que necesita este país varado en la arena de la autocomplacencia desde al menos 2013. Como es imposible pedir peras al olmo, seguramente los españoles se conformarían con que los responsables políticos fueran capaces de identificar a los Enrique Fuentes Quintana del momento, en sus respectivas áreas de conocimiento, hombres de acrisolado currículo e intachable prestigio, a quienes situar al frente de equipos de expertos mandatados para ir elaborando los materiales teóricos necesarios sobre los que, andando el tiempo, poder discutir, acordar y poner en marcha esas grandes reformas.

Un pacto casi imposible
Sé que las reticencias a cualquier tipo de pacto son muy grandes dentro del PP y razones para la desconfianza no le faltan a un Casado que ha recibido muchas coces por parte de un Sánchez incapaz siquiera de mirarle a la cara cuando está en el uso de la palabra en la tribuna del Congreso. Es muy difícil fiarse de un político acostumbrado a hacer lo contrario de lo que promete, y es también muy tentadora la alternativa de no moverse, quedarse quieto esperando ver desfilar, más pronto que tarde, ante tu puerta el cadáver de tu enemigo achicharrado por la dimensión de una tragedia como la que ahora asola a una España que va camino de los 30.000 muertos. Pero si solamente existiera una posibilidad entre cien de alcanzar algún tipo de pacto en línea con lo enunciado, Casado debería explorarla, entre otras cosas porque el coste de esperar sentado el fracaso del contrario podría terminar siendo demasiado oneroso para todos, y no solo en términos económicos sino también en lo que atañe a las libertades democráticas. Intentar emular la estrategia del inane Rajoy en 2011, cuando todo el mundo sabía que terminaría siendo presidente del Gobierno a pesar suyo, podría resultar en esta ocasión un suicidio colectivo.

Una oferta de este tipo tendría en todo caso réditos de imagen, reembolsables a futuro, para el PP, y contribuiría a llevar un poco de esperanza a una ciudadanía que, encerrada en sus casas, desespera ante el horizonte de inanidad que hoy parece presidirlo todo. Está claro que el gran obstáculo para un pacto de Gobierno de este tipo se llama Sánchez Pérez-Castejón. El presidente del Gobierno se ha uncido al carro de unos socios que representan la marginalidad social y el extremismo ideológico, y al hacerlo ha volado los puentes por los que hoy podría efectuar una honrosa retirada hacia posiciones más centradas. Está por ver, además, si su identificación ideológica con Iglesias ha llegado al punto de hacer imposible cualquier acuerdo con el centro derecha, porque en ese caso debemos olvidarnos de una vuelta atrás y prepararnos para lo peor. Sánchez es prisionero de sus errores, hasta el punto de que sentarse a hablar con PP y Cs le obligaría a pedir primero el plácet de la armada mediática que le apoya, el mundo de los capos de la televisión y el de los ricos de las “tres capas de calzoncillos”, a cambio de jugosas subvenciones.

¿Queda vida inteligente en ese PSOE hoy reducido a escombros sobre el que reina incontestado un aventurero de la política sin escrúpulos? ¿Cabe esperar alguna reacción de esa masa de votantes socialista, que no de una militancia cautivada por Podemos, antaño votante de Felipe, de Almunia o de Rubalcaba? Anoche nos reveló su estrategia para la “reconstrucción económica y social” (?) del país: que la UE suelte la pasta. No tiene otra. La manguera de los fondos europeos y sin condiciones, para poder seguir gastando a gusto. A día de hoy resulta difícil conjeturar quién es esclavo de quién, si Sánchez de Iglesias o viceversa. Confieso que me equivoqué con el señor marqués. Pensé que su rápido ascenso a la condición de casta, previo abandono del pisito en Puente Vallecas con entrada triunfal en Galapagar, iba a mitigar hasta diluir en la niebla del clásico bon vivant sus ansias revolucionarias. No señor. Hoy creo que el de la coleta no se conforma con el jardín y la piscina de nuevo rico.

Lo acabamos de ver arrollando a los ministros económicos, y al frente del batallón perseguidor de creadores de bulos (“El periodismo es un arma que vale para disparar”) contra el Gobierno. Lo tenemos también en las cocinas del CNI, recuerde el alma dormida, y el viernes, lo contaba aquí Marcos Sierra, supimos que, con ayuda del ministro Marlaska, vigila estrechamente a los llamados “operadores críticos”, aquellas empresas (Telefónica, Iberdrola, AENA, Repsol…) necesarias para garantizar los servicios básicos a la ciudadanía. Todo lo permite este estado de excepción disfrazado a alarma. Lo próximo será introducir un comisario en los consejos de administración del entero Ibex. Control de la economía. Control de los medios. Control de las infraestructuras críticas. Así se toma un país. Iglesias lo quiere todo. Desde luego, el puesto que ocupa Sánchez. Dispuesto a aprovechar la pandemia para acelerar el golpe de mano que acabará por enterrar el régimen del 78 para inaugurar, a poco que el PSOE se distraiga, un nuevo régimen en nada parecido a lo que hemos conocido en las últimas décadas, quiere también nuestra libertad. Si le dejamos. He aquí un tipo que diariamente afina su perfil de enemigo público número uno de nuestra democracia. Del brazo de Sánchez, o pasando por encima de Sánchez. Si se lo permitimos.

Dimisión ya
Nota del Editor 19 Abril 2020

Los que quieran esperar un poco antes de tener que hacerse el harakiri, pueden apoyar al Dr Cum Fraude. Los que no estamos dispuestos a ello debermos conseguir su dimisión. Es de locos tener esperanza de llegar a cualquier cosa razonable con los social comunistas.

«El Gobierno está roto y la economía, en shock»
Los empresarios lamentan que el presidente ceda ante Iglesias. «Sabemos que él quiere Venezuela, pero no entendemos a Moncloa»
El PNV pregunta a Iglesias si le parece adecuada su descordinación con el Gobierno a cuenta del ingreso mínimo
Pilar Ferrer larazon 19 Abril 2020

Un amplio consenso político y económico, medidas alejadas de tintes bolivarianos, reformas que frenen la destrucción del tejido productivo y protagonismo en una gran Mesa de expertos en la economía real. Son las peticiones de las principales patronales españolas para salir de la tremenda crisis actual.

Pero los dirigentes de CEOE, CEPYME y las organizaciones industriales claman en el desierto y se muestran profundamente decepcionados con Pedro Sánchez. «El Gobierno está hecho trizas», aseguran todos ellos ante la división latente en el Consejo de Ministros y las tensiones provocadas por Pablo Iglesias. Las últimas, a propósito de la polémica renta vital forzada por el vicepresidente podemita y la amenaza de la comunista titular de Trabajo, Yolanda Díaz, para inspeccionar a las empresas. Ante ello, los ministros de Seguridad Social, José Luis Escrivá, y la de Industria, Reyes Maroto, tuvieron que parar el golpe con cara de póker.

«La economía está en estado de shock», advierten los dirigentes empresariales. Uno de los más activos en esta crisis es sin duda el presidente de la potente patronal catalana Foment del Trabajo y vicepresidente de CEOE, Josep Sánchez-Llibre, que no ha cesado de implorar medidas impositivas adecuadas que liberen de la asfixia a las empresas y autónomos, al tiempo que plantea la importante iniciativa ante Europa de los coronabonus. «El Gobierno debe escuchar, dejarse asesorar por los mejores y tener en cuenta nuestras aportaciones», afirma el presidente de Foment.

En su opinión, es urgente un Gobierno con una hoja de ruta bien definida, que fije claramente las prioridades para la reconstrucción económica y social. Partidario de un gran pacto con todos los partidos y agentes sociales, aboga por «sumar, integrar y no restar». En similares términos se expresan otros dirigentes que piden un Consejo Asesor de expertos, al estilo italiano, dónde un equipo de técnicos diseñan salidas a la crítica situación económica. Pero el Gobierno hace oídos sordos y sigue enfrascado en una división interna sin precedentes. Las discrepancias entre los dos socios de la coalición son cada vez más evidentes, así como la influencia de Pablo Iglesias sobre el presidente del Gobierno. «Filtra todo a su antojo y se ampara en el escudo social para quemar a los socialistas y salvarse él», opinan varios empresarios. Una conducta en clave electoral, que no entienden cómo Pedro Sánchez no ve.

El último episodio de la renta mínima es la gota que colma el vaso. Según fuentes empresariales, la vicepresidenta económica, Nadia Calviño, la de Hacienda, María Jesús Montero, y la de Industria, Reyes Maroto, guardianas de la ortodoxia y el déficit, mantienen contactos con estos dirigentes, mientras la de Trabajo, Yolanda Díaz «está vendida a los sindicatos». Ello provocó el sonoro plantón de CEOE y CEPYME a la última reunión convocada por la ministra comunista y antigua activista de Comisiones Obreras. Aunque favorable a un gran acuerdo socioeconómico, los empresarios lo ven ahora como «papel mojado». En su opinión, Unidas Podemos es un lastre para el Gobierno actual y critican «la deriva ideológica» de las medidas que se han adoptado en detrimento del sector privado. «Sabemos que Iglesias quiere Venezuela, pero no entendemos que también lo acepte Sánchez», dice un alto empresario.

Uno de los más críticos es el presidente de CEPYME, patronal de la pequeña y mediana empresa, Gerardo Cuerva, para quien las medidas gubernamentales son insuficientes y generan mucha incertidumbre. «Pacto sí, pero no a cualquier precio ni con un cheque en blanco que cambie nuestro actual sistema productivo», advierte. Para la mayoría de los empresarios el modelo de Podemos genera un marco inestable para crear empleo: «Iglesias y Díaz no han pisado una empresa en su vida y no nos ven de compañeros para salir de la crisis», denuncian también dirigentes de CEOE, la patronal madrileña CEIM y las organizaciones industrial. Todos ellos reclaman políticas sensatas, centradas y consensuadas, pero lo ven muy difícil por las continuas injerencias de Pablo Iglesias.

«Lo malo es que Sánchez cede ante sus pretensiones», se lamentan. Y hacen un llamamiento a los «barones» regionales del PSOE para que apoyen a las empresas de sus respectivos territorios. «¿Dónde está ahora Miguel Iceta», se pregunta un dirigente catalán ante el silencio del primer secretario del PSC. «¿Y dónde Fernández Vara en apoyo del campo extremeño?», inquiere otro. Por no hablar de los empresarios vascos, bastante indignados. Ante el diálogo social, los empresarios ven en la actitud de Sánchez «más imposición que petición».

Aunque las patronales abogan por el gran acuerdo, ahora lo observan muy difícil. No solo por las presiones de Iglesias, sino también por la actitud de los partidos soberanistas catalanes y el PNV. Los nacionalistas vascos están muy molestos con Sánchez por sus medidas contra la poderosa industria en Euskadi. El PP recela profundamente, la líder de Cs, Inés Arrimadas, favorable al principio, salió escéptica de su conversación con Sánchez, y en Vox son contrarios. Sólo los sindicatos, UGT y CC OO, muy próximos a las tesis de Podemos, se muestran esperanzados. Como bien dicen varios empresarios, más que de Reconstrucción «lo que necesitamos es un gran Pacto de Salvación Nacional».
Recortes de Prensa   Página Inicial