AGLI Recortes de Prensa   Lunes 20  Abril  2020

La indignación contra Sánchez le llega a Iglesias: también quieren que se marche
Nando del Conde.  ESdiario  20 Abril 2020

Más de 700.000 mensajes han exigido la dimisión de Pedro Sánchez en las redes sociales, en un clamor que ahora se extiende al líder de Podemos con la misma intensidad.

Este fin de semana, el mismo día en el que el presidente del Gobierno anunciaba una nueva prórroga del estado de alarma desde el 27 de abril al 9 de mayo, mientras era incapaz de explicar por qué España ya supera los 20.000 casos de coronavirus con resultado de muerte, el hashtag #SanchezVeteYa se convertía en trending topic nacional en Twitter, con alrededor de 700.000 tuits. Hubo decenas de miles de mensajes que reclaman la dimisión del jefe del Ejecutivo por su gestión de la pandemia.

Clamor en las redes para que el presidente dimita: el grito "Sánchez vete ya" arrasa
Tan sólo un día después, los impulsores de esta iniciativa en redes para criticar al Gobierno han denunciado que Twitter han tumbado el citado Hashtag.Por eso, han lanzado otro centrado en el vicepresidente segundo: #IglesiasVeteYa lidera las tendencias de esta red social, constituyendo todo un clamor para que Pablo Iglesias no pase ni un día más en el Consejo de Ministros.

También por las palabras del número dos de la Guardia Civil
Buena parte de la gasolina que ha incendiado Twitter elevando esta tendencia a lo más alto han sido las palabras del general José Manuel Santiago, Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, explicando que la Benemérita persigue bulos "para minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis del coronavirus".

Estos son algunos de los mensajes que se pueden leer en Twitter exigiendo la dimisión de Iglesias:

-Ocultar las alertas del virus
-Un mes sin comprar tests válidos
-Llevar 20.000 fallecidos
-30.000 sanitarios infectados
-Meter a Pablo Iglesias en el CNI
-Vetar las preguntas de la prensa

Todo han sido lapsus. No hay que pedir dimisiones.#SancheVeteYa#IglesiasVeteYa

Impotencia
Isabel San Sebastián ABC 20 Abril 2020

Cada nueva edición sabatina del «parte» radiada por Pedro Sánchez supone un mazazo más a nuestra ya golpeada moral. Cada mentira proferida sin inmutar el semblante, una afrenta añadida a la colección de insultos que acumulan nuestra inteligencia y nuestra confianza. Cada promesa, la certeza de una pronta decepción. El presidente del Gobierno solo transmite impotencia. Cada comparecencia suya se traduce en una terrible sensación de abandono a nuestra suerte, de orfandad ante esta pandemia maldita, de incertidumbre atroz ante el daño que el Covid- 19 sea capaz de causar, dada la incapacidad de la autoridad competente para plantarle cara.

Mientras otros países de nuestro entorno ven luz al final del túnel con un balance de víctimas muy inferior al nuestro (Portugal, Alemania o Grecia, entre otros), España camina a la deriva en manos de un Ejecutivo liderado por un narcisista que aún no ha reconocido un solo error y dividido entre la incompetencia negligente de los ministros socialistas y la pretensión totalitaria de los encuadrados en Podemos, cuyo fin es fomentar la miseria y desesperación necesarias para lograr el caldo de cultivo propicio a la instauración de su régimen. Unos por omisión, otros por acción, la meta es la misma: la ruina nacional, previo calvario interminable de enfermedad y muerte. En cuanto a los medios, todo vale: embustes, estafas, incautaciones, censura, liquidación de la libertad de movimientos y de expresión, propaganda falsaria… A nada le hacen ascos. Para algo tienen un dominio casi absoluto de la pequeña pantalla, donde los alumnos aventajados de Goebbles se encargan de transformar esta realidad aciaga en un festival de aplausos, canciones, bailes, alegría y datos debidamente manipulados para diluir el fracaso de nuestros dirigentes en un presunto «mal de muchos» donde los vecinos siempre están igual o peor. Claro que para llevar adelante su plan de perpetuación en el poder no les basta con las televisiones. Su pretensión es controlar todos los medios de comunicación, incluidas las redes sociales; amordazarnos hasta sofocar cualquier cauce de expresión y sustituir información veraz y opinión plural por los menús oficiales cocinados en la Moncloa. Dicho de otro modo, el «parte». Lo que nos suministra diariamente ese personaje carente de cualquier vestigio de credibilidad llamado Fernando Simón y luego Sánchez, en sus insoportables sesiones de «Aló Presidente», últimamente con tinte en las canas cual metáfora perfecta de lo que hace con la verdad.

Lo cierto es que sus monólogos de palabrería hueca solo reflejan vacuidad. Sus embustes únicamente consiguen acrecentar nuestra desesperanza. La de una nación que acumula cuatro récords, estos sí dramáticamente contrastados, tan ominosos como vergonzantes: la más alta cifra de muertos por millón de habitantes, el mayor número de sanitarios contagiados (cerca de cincuenta mil), el régimen de confinamiento más duro y las previsiones más pesimistas de los organismos internacionales en lo que respecta al horizonte económico. No es que el azar se haya cebado con España, no. Es que este mal aterrador ha coincidido trágicamente en el tiempo con el peor gobierno de la democracia. Un gabinete que a día de hoy sigue sin conseguir el material indispensable para controlar y combatir la epidemia, que se ha dejado timar con toda clase de productos basura, incluidas mascarillas inservibles proporcionadas a los sanitarios con gravísimo riesgo para su salud, y que como única salida nos impone otro mes más de encierro en casa… o lo que tenga a bien disponer un virus que campa libremente a sus anchas.

Si Pablo Casado respalda sin más esta estrategia perdedora, estará reconociendo que no merece ser la alternativa

La democracia en cuarentena
Ignacio Sánchez Cámara ABC 20 Abril 2020

Cuando el Estado se encuentra en crisis y la Nación en riesgo de extinción, la perspectiva política, aunque siempre superficial, deviene urgente e ineludible. Nuestra democracia también se encuentra en cuarentena y, quizá pronto, en la UCI. La terrible pandemia nos ha sorprendido con uno de los peores gobiernos posibles: un frente popular con apoyos separatistas, que abraza un decisionismo político heredado de Carl Schmitt. Aunque, naturalmente, no lo sepan. La ocasión para el golpe de mano parece inmejorable. Concentración del poder y supresión de los mecanismos de control. Al parecer, abundan quienes piensan que la democracia vale sólo para tiempos más o menos normales. En épocas de catástrofes o crisis, debe eclipsarse y dejar paso a la unanimidad forzosa.

Gran Bretaña debatió en tiempos terribles la entrada en la guerra para derrotar al nazismo. ¿Qué hubiera sucedido si todo hubiera sido unidad alrededor de Chamberlain y nadie hubiera alzado su voz convenciendo a la mayoría? Del prohibido prohibir pasamos al prohibido criticar. Una cosa es la unidad de acción sanitaria y otra la proscripción de la crítica política. Por lo demás, el Gobierno reclama ahora la unidad que antes se empeñó en romper. Y, puestos a perseguir la unidad, ¿qué mejor que un Gobierno constitucionalista de concentración nacional?

La gestión política está siendo vergonzosa y la mayoría de las apariciones gubernamentales más propias de programas de humor, pero no se puede decir porque favorece al virus. Las mentiras, vaivenes y ocultaciones han sido abundantes, pero no se puede afirmar porque favorece al virus. Se publican cifras de contagiados mientras no hay tests, pero no se puede denunciar porque favorece al virus. Se cambia el criterio sobre las mascarillas, pero no se puede poner en evidencia porque favorece al virus. Casi todos sabemos lo que habría ocurrido con un Gobierno del PP, pero no es posible decirlo porque favorece al virus. Se proclama la defensa de los más vulnerables y la apoteosis de la igualdad mientras abundan los privilegios sanitarios de los poderosos, pero no es correcto decirlo porque beneficia al virus. Se diría que el lema es la mentira os hará sanos.

Desvaríos de la ética de la responsabilidad.
Ciertamente la declaración del estado de alarma está prevista en la Constitución. Nada que objetar por ahí. Pero hay maneras de aplicarlo que pueden rebasar los límites constitucionales. Un Gobierno socialcomunista no es el más idóneo para gestionar un estado de alarma porque, de suyo, provoca un estado de alarma, incluso al presidente del Gobierno. Mientras tanto, el control parlamentario del Ejecutivo ha desaparecido. Con la división de poderes desaparece la libertad política. La política de comunicación (propaganda) y el filtro y control de las preguntas de los periodistas (grave error muy tardíamente corregido) exhiben la cuarentena de nuestro sistema de libertades. No resulta infundado el temor de que la intimidad y la vida privada sufran intensas vulneraciones en los tiempos venideros.

Mientras la iniciativa privada está resultando decisiva y ejemplar, los efectos van a ser, muy previsiblemente, la politización de la vida social y el intervencionismo estatal. Mientras la solidaridad privada utiliza los medios propios, la solidaridad estatal utiliza los ajenos. Según Alexis de Tocqueville, uno de los primeros deberes de un Gobierno es situar a los ciudadanos en la condición de poder prescindir de su ayuda. No cabe duda de que los nuevos tiempos van a acentuar la dependencia estatal de los ciudadanos y el eclipse de la iniciativa privada. Otra vía hacia el despotismo, democrático o no.

No tardarán en exigir la unanimidad de la política económica, la suya naturalmente, con la advertencia de que disentir es antipatriótico o un sometimiento a los intereses de los ricos. Recorreremos libremente el camino hacia la miseria. Ya lo decía, también Tocqueville, que de nosotros, los ciudadanos, depende que la democracia conduzca a la libertad, a la prosperidad y a la civilización, o bien al despotismo, a la miseria y a la barbarie. No conviene olvidar que las políticas catastróficas suelen fortalecerse en las catástrofes. No es necesario haber leído con mucho detenimiento a Marx para saber que el triunfo del comunismo requiere que la miseria (las contradicciones del capitalismo) llegue al extremo más insoportable. Para aprovecharse del caos hay que o provocarlo o mantenerlo y agravarlo. Sabemos cómo mueren las democracias y cómo triunfa el comunismo. Acaso sea un temor algo desmesurado, pero por advertirlo no se pierde nada.

Otro de los efectos de la crisis actual es que el virus físico impida aún más ver el virus moral, cuyos efectos llevamos décadas, acaso siglos, padeciendo. Atendemos mucho más a lo que mata el cuerpo que a lo que destruye el espíritu. Dice el Evangelista Lucas, «no temáis a lo que mata el cuerpo y no puede nada más». Lo que mata el espíritu es mucho más terrible que lo que mata el cuerpo. Esto afirma Kierkegaard, en Las obras del amor: «Pues se ponen barreras contra la peste, pero a la peste de la murmuración, peor que la asiática, la que corrompe el alma, ¡se le abren todas las casas, se paga dinero por ser contagiado, se saluda dando la bienvenida a quien trae el contagio!».

Existe otro virus, letal y silencioso, que atraviesa sin dañar los cuerpos e infecta sólo a los espíritus. La dificultad de combatirlo es proporcional a la ignorancia de su existencia. Aquí el contagio es voluntario y no se reconoce su realidad ni la necesidad del diagnóstico y tratamiento. Apenas quedan ya algunos pocos inmunes. La mayoría son contagiados felices. Y, acaso, no es seguro, la eliminación del virus moral sea la mejor terapia para hacer frente, física y moralmente, al otro virus, y, de paso, para salvar a la Nación y a su democracia.
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Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos

La Guardia Civil no es la Stasi
EDITORIAL Libertad Digital 20 Abril 2020

Urge que la oposición extreme la vigilancia para que los CFSE cumplan con su deber y no sean prostituidos por un Ejecutivo que se la tiene jurada a la libertad de expresión.

La última comparecencia del Comité Técnico del Coronavirus ha provocado un escándalo aún mayor de lo acostumbrado en este panel de expertos que presuntamente trabajan para combatir la pandemia de covid-19 pero que sin duda no se vuelcan en ofrecer una información clara y veraz a la ciudadanía, sino en apuntalar la insostenible posición del Gobierno letalmente incompetente al que sirven, en el peor sentido de la palabra.

Lo sucedido no puede ser más grave. El jefe de Estado Mayor de la Guardia Civil, José Manuel Santiago, aseguró este domingo que la Beneméritca tiene por cometido "minimizar ese clima contrario a la gestión de [la] crisis por parte del Gobierno", declaración de todo punto injustificable, más propia de un esbirro del criminal Nicolás Maduro que de un alto mando del Instituto Armado, que debería haberse saldado con su destitución fulminante.

En pleno estado de alarma, con un Gobierno copado por comunistas bolivarianos y aupado por golpistas catalanistas en ejercicio, el jefe de uno de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado proclama –leyendo o consultando unas notas– que sus hombres están luchando para que no se abran paso las críticas que con toda justicia está recibiendo un Gabinete tremendamente responsable de la exacerbación de una pandemia que ha matado ya a más de 20.000 españoles. Cuesta hasta creerlo, que en la España del año 2020 haya podido proferirse semejante desafuero liberticida. Pero ahí están las imágenes, que han provocado consternación incluso entre buena parte de la obsecuente casta mediática progubernamental.

¿Qué ha hecho el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska? ¿Forzar una disculpa pública de Santiago antes de proceder a su defenestración? Nada de eso. El turbio ministro de las acusaciones infames contra una oposición puesta en peligro por sus execrables maniobras ha salido en defensa de su subordinado, cuyas palabras habrían sido "erróneas" pero "propias de un ejercicio de transparencia del Gobierno y del Comité Técnico", y pedido a PP y Vox, con su chulería insoportable, que "dejen en paz" al general bocón.

Aquí quien tiene que "dejar en paz" a una ciudadanía sometida a un régimen de excepción por un Gobierno tan incompetente como peligroso es el general bocón y su ministro arrogante, indigno de ostentar ya no la crucial cartera de Interior sino el menor cargo público.

Urge que la oposición exija explicaciones inmediatas y extreme la vigilancia para que los CFSE cumplan con su deber y no sean prostituidos por un Ejecutivo que se la tiene jurada a la libertad de expresión. Maldito sea el que quiera convertir a la Guardia Civil en la Stasi.

La de este domingo ha sido otra prueba, si bien especialmente grave, de que el Gobierno de Pedro Sánchez no sólo no es de fiar sino que representa una auténtica amenaza para las libertades.

El general descubre al Gobierno
Editorial ABC 20 Abril 2020

La explicación más deseable a la desafortunada afirmación del general José Manuel Santiago, jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, durante la ruega de prensa de ayer es que, en efecto, cometió un error. El general Santiago afirmó que la Benemérita combatía los bulos para «minimizar ese clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno». Decimos que el lapsus es la explicación más deseable, porque así la Guardia Civil quedaría al margen de la creciente amenaza que representa el Ejecutivo social-comunista para las libertades públicas, especialmente las de expresión e información. Sin embargo, hay dos motivos para considerar que el general ha expresado con sinceridad castrense, y sin ánimo partidista, lo que en el Gobierno de Sánchez es una consigna para frenar su descrédito imparable. Por un lado, el aparato de propaganda de Moncloa, con su presidente y ministros al frente, lleva semanas reclamando silencio a la oposición y a los medios de comunicación independientes como gesto de lealtad frente a la pandemia. La crítica a la gestión del Gobierno es reprochada con los peores adjetivos por los portavoces del propio Ejecutivo y de los partidos que lo sustentan. Socialistas y comunistas no dejan de denunciar discursos de odio como coartada para señalar al discrepantes, pero su propia denuncia ha mutado en un discurso incívico y antidemocrático, porque vinculan el control parlamentario, la libertad de prensa y la crítica pública a actos de carroñería oportunista, entre otros insultos de similar catadura.

Por otro lado, el Gobierno ha trasladado esa táctica de silenciamiento y deslegitimación del discrepante a las instituciones parlamentarias y del Estado de Derecho. La pregunta del CIS de Tezanos ya daba pistas sobre tal propósito censor. El Congreso ha estado silenciado para que solo sirviera de ventrílocuo del Gobierno y sus decretos, hasta que la presión de la oposición ha obligado a Batet a reabrirlo. La Moncloa acogió las ruedas de prensa más insultantes que se recuerdan. Las denuncias en Fiscalía contra bulos en las redes han servido de montura para atacar a la oposición y medios de comunicación críticos, mientras el Portal de Transparencia restringe información sobre contratación pública. Santiago fue preciso en la formulación de su respuesta, eligió sus palabras y construyó una afirmación sin fisuras. Nada personal. Interior ha desmentido al jefe de Estado Mayor de la Guardia Civil y calificado su respuesta como un error. Pero si fue un error o un exceso de sinceridad es algo que debe aclararlo en el Parlamento el responsable de Interior, Grande-Marlaska. El verdadero problema es que lo dicho por el general suena coherente y alineado con la dinámica antidemocrática del Gobierno. Con dolor lo decimos: dejen en paz a la Guardia Civil, que lleva 175 años al servicio del pueblo español, no de una sigla.

La Guardia Civil reconoce que trabaja para neutralizar las críticas al Gobierno
OKDIARIO 20 Abril 2020

Lo manifestado este domingo públicamente en rueda de prensa por el jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, el general José Manuel Santiago, en el sentido de que la Benemérita trabaja para “minimizar el clima contrario al Gobierno” en las redes, resulta inquietante. Porque una cosa es perseguir los bulos que generan alarma social y otra trabajar para mantener la imagen de un Ejecutivo cuya gestión está mereciendo críticas y reproches que no son ningún delito, sino la expresión libre de los ciudadanos que se manifiesta por los canales y cauces que ofrecen las redes sociales. Lo que ha dicho el jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil es que el Instituto Armado tiene como tarea aminorar el daño que las opiniones lanzadas por los españoles pueden causar al Ejecutivo socialcomunista, lo que significaría que la Guardia Civil se ha convertido en escudo protector del Gobierno.

Cabe esperar que medie una explicación, porque si el papel de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado es defender al poder Ejecutivo de la crítica se estaría pervirtiendo de manera obscena la misión que constitucionalmente corresponde a la Guardia Civil dentro del Estado de Derecho y que no es, en ningún caso, la de velar por los intereses políticos del Gobierno. Si el Ministerio del Interior ha dado esa orden a la Benemérita estamos ante un escándalo sin precedentes, porque la utilización partidista de un Cuerpo de la Seguridad del Estado en beneficio propio constituye una perversa manipulación del orden constitucional y de la democracia.

Si el general de la Guardia Civil no ha sufrido ningún lapsus -que no parece- sus palabras son la prueba del nueve de que el Ejecutivo socialcomunista está decidido a triturar la libertad de expresión e información. Había indicios de que esa era su estrategia, pero ahora tenemos la confirmación. La Guardia Civil trabaja para defender al Gobierno. Dirán que se ha tratado de un lapsus, pero la claridad con la que se ha explicado el alto mando de la Benemérita no deja lugar a dudas. El Gobierno socialcomunista está aprovechando la crisis sanitaria y el estado de alarma para imponer un régimen totalitario en el que las voces de los discrepantes sea silenciada. La libertad está siendo secuestrada en España y urge un movimiento social de respuesta para evitar que el socialcomunismo logre su objetivo. Porque una cosa es que estemos confinados en nuestros domicilios y otra, muy distinta, que nos pretendan confinar la libertad.

El mayor bulo y más preocupante es el que cada día difunde el Gobierno
ESdiario 20 Abril 2020

Moncloa es la mayor maquinaria de propagación de bulos para tapar su responsabilidad en la magnitud de la pandemia: acallar la crítica es un burdo intento de esquivar su responsabilidad.

El Gobierno ha emprendido, desde la propia investidura de Pedro Sánchez y con especial intensidad en plena pandemia, una auténtica cruzada contra la libertad de información y el derecho a la crítica que, con la excusa de perseguir los bulos, pretende cercenar o limitar uno de los pilares de un estado democrático.

Todo ello forma parte de una "Estrategia Nacional contra la Desinformación" que el propio presidente anunció en enero, un eufemismo que esconde una perversa intención descrita, de manera escandalosa, por un alto mando de la Guardia Civil, el general Santiago, en una insólita comparecencia pública.

En ella, leyendo un papel, anunció que una de las líneas de trabajo del Cuerpo era "minimizar" las críticas al Gobierno, una confesión involuntaria o premeditada pero en todo caso inaceptable que no puede ser incluida en el capítulo de los "lapsus".

Un error puede ser el uso incorrecto de una palabra, pero no el desarrollo completo de una idea que además enlaza con demasiadas iniciativas, decisiones y mensajes del Gobierno en esa misma dirección, más propia de la Alemania del Muro de Berlín que de una democracia moderna.

Por que en las últimas semanas, el confinamiento ha ido acompañado de demasiados indicios de que el Gobierno intenta tapar sus monumentales errores y la incipiente indignación de la opinión pública con una regresión de libertades.

Desde monitorizar las redes sociales, como anunció el ministro Marlaska, hasta implantar la geolocalización de los ciudadanos a través de sus móviles. Y no termina ahí la estrategia: el propio confinamiento, más derivado de los errores del Gobierno para frenar a tiempo el coronavirus que de la gravedad intrínseca del COVID-19, es una coacción de derechos fundamentales, quizá inevitable pero en todo caso evidente.

Y hay más. El uso del CIS para intentar convertir a los españoles en cómplices de la censura gubernamental; los discursos del vicepresidente Iglesias contra los medios de comunicación privados; el nombramiento de una ministra como Fiscal General para controlar los procesos judiciales; las subvenciones millonarias a las televisiones para tenerlas controladas o el uso abusivo de RTVE como aparato de propaganda inciden en una línea peligrosa e inquietante.

Que se resume en una idea: convertir la crítica documentada y razonable en un bulo para que prevalezcan los bulos que el propio Gobierno difunde, a diario y sin pudor, para tapar sus evidentes responsabilidades en la magnitud que el coronavirus tiene en todos los órdenes en España.

El Gobierno de los bulos
Porque no hay bulo mayor que intentar acallar la mortandad de España, única en el mundo y muy superior a la de que casi todos los países, con un relato falaz y lleno de mentiras que presenta ese drama exclusivo del país como una fenómeno equiparable al de resto y por tanto inevitable.

En España han muerto 428 personas por cada millón de habitantes, siete veces más que en la vecina Portugal. Y decir que esa desproporción es una mera casualidad es un bulo mayúsculo que este Gobierno quiere esconder por el represivo método de utilizar los recursos del Estado para acallar la crítica y asentar su engaño en una sociedad encerrada en su casa.

Estados en la niebla
Guy Sorman ABC 20 Abril 2020

No confundamos la crisis sanitaria con la crisis económica. La primera es real y está muy lejos de resolverse; la segunda es, sencillamente, una consecuencia de la pandemia. Creo que es un gran error confundir la actual recesión económica con crisis anteriores como las de 1930, 1973 o 2008. Durante estas últimas depresiones, fue el sistema capitalista el que falló. En 1930, las restricciones monetarias y el cese del comercio internacional transformaron una crisis fugaz en una crisis sistémica; un fallo de la inteligencia económica. En 1973, los Gobiernos creyeron erróneamente que la producción de dinero revitalizaría la actividad, pero solo condujo a la inflación de precios. En 2008, la especulación inmobiliaria inundó los mercados financieros con valores falsos; una vez más, un fracaso de la inteligencia económica. Esta vez, el «sistema capitalista globalizado», es decir, la economía de mercado, basada en la empresa y el intercambio, no ha fallado. La única razón de que la maquinaria se haya detenido es que los trabajadores han desaparecido parcialmente, porque están enfermos o en peligro de estarlo. El día, todavía impredecible (pero sin duda dentro de varios meses), en que todos puedan volver al trabajo, la máquina económica volverá a su ritmo anterior, quizá más rápido por el deseo de ponerse al día. Por supuesto, habrá cambios en el mercado: por ejemplo, se desarrollarán robots, porque no se ponen enfermos; las industrias esenciales regresarán a Europa desde China; determinadas actividades, como viajes o conferencias, se sustituirán por reuniones virtuales.

A la espera de la reactivación, los fondos inyectados por el Fondo Monetario Internacional, los Estados y el Banco Central Europeo deben considerarse, ante todo, ayudas sociales esenciales para compensar la pérdida de salarios. Por lo tanto, estas intervenciones públicas son de una naturaleza diferente a las llamadas políticas de estímulo de la década de los treinta, de los setenta (después de la crisis del petróleo) y en 2008.

Algunos economistas aficionados y filósofos en declive, para quienes cualquier crisis es necesariamente una crisis del capitalismo, sugieren que sustituyamos el libre mercado por una nueva forma de socialismo con un toque de verde, con el culto a la biodiversidad y la divinización del clima y de la solidaridad. Se trata de intenciones nobles, pero una política económica se mide por sus resultados, no por sus intenciones. Si realmente queremos solidaridad, una sanidad pública mejor organizada, protección frente a los desastres, necesitamos, para empezar, una economía de mercado que genere ganancias, no un socialismo estatal que solo reparta penuria. En cuanto a aquellos que creen que la pandemia debería fortalecer en el futuro a los Estados centrales, no entendemos su argumento: los Estados, en general, han gestionado muy mal la pandemia de coronavirus y continúan gestionándola de forma mediocre, especialmente Estados Unidos y, en Europa, España, Italia, Gran Bretaña y Francia. ¿Cómo debería el fracaso relativo de estos Estados, su falta de preparación, su lentitud para decidir, su tendencia a politizarlo todo, conducir a su fortalecimiento? Extraño razonamiento. Se observará también que Alemania, donde los poderes están muy descentralizados, donde el sector privado colabora estrechamente con el sector público, logra contener la pandemia infinitamente mejor que Estados centralizados como Francia y Gran Bretaña, o que Estados confusos como España e Italia, donde ya no está claro quién es responsable de qué.

Por lo tanto, es probable y deseable que la economía del mañana se parezca a la de hoy, a fin de que se restablezcan el empleo y los salarios. También es de esperar que se aprendan algunas lecciones. La Unión Europea, con variantes nacionales, y Estados Unidos, estaban poco preparados para reflexionar a largo plazo, tienen sistemas sanitarios deficientes, y la mayoría de los Gobiernos han olvidado que su misión fundamental era garantizar la seguridad de los ciudadanos; otras tantas lecciones sobre las que meditar. Pero, a corto plazo, hay que centrarse en lo único que realmente importa: salvar vidas. En este sentido, es sorprendente que los europeos persistan en no inspirarse en métodos que han demostrado su efectividad en Corea del Sur y Taiwán: pruebas sistemáticas, mascarillas para todos, aislamiento de pacientes no hospitalizados, identificación de focos infecciosos, informes en el teléfono móvil de los riesgos de contagio. ¿Cómo no preguntarnos también, en España, en Italia y en Francia, por qué la tasa de mortalidad por paciente infectado es cinco veces mayor que en Alemania, Austria y Dinamarca? Se debe a que estos países han entendido y actuado mejor que otros. ¿Qué lección deberíamos aprender? Dudo que, si se mantienen estos métodos de cuarentena medievales, la pandemia desaparezca en las semanas y meses venideros en Europa y en EE.UU., a menos que se recurra a las técnicas disponibles para localizar pacientes.

Debatir y filosofar sobre el futuro son excelentes ejercicios intelectuales, muy democráticos, ya que todos tienen derecho a decir lo que quieran. Pero lo realmente urgente hoy es: ¿dónde están las pruebas, las mascarillas y las medidas de aislamiento? En España, en Francia, en Gran Bretaña y en EE.UU., la respuesta de los gobiernos sigue siendo confusa, lo que resulta muy inquietante.

España desconsolada
Pedro de Tena Libertad Digital 20 Abril 2020

El desconsuelo es una de las formas poco contenibles de la tristeza, esa emoción que nos invade ante la imposibilidad de evitar una tragedia. Presiento que está emergiendo, por vez primera desde hace muchos años, una España desconsolada, ese conjunto creciente de españoles que perciben la inutilidad de sus esfuerzos para el más noble intento, sí, noble, a pesar de todo, de hacer de la nación española una sociedad digna y democrática. Nuestro desconsuelo, yo soy de estos nuestros, no es por la maldita pandemia del virus de Wuhan. En España hemos tenido epidemias de muchos tipos a lo largo de siglos, más letales incluso que la presente, y a todas hemos sobrevivido a pesar de los muertos a llorar. No. Nuestra desolación procede de la íntima convicción de que quienes dirigen el Estado, Gobierno y oposición, con contadas excepciones, están contaminados por otro virus –Ortega le llamó el particularismo–, que les impide pensar en la nación como un proyecto común en libertad donde nadie es más que nadie, pero donde todos pueden diferenciarse por el esfuerzo vital que deciden hacer.

La deriva de los marxismos, sea el cínico y deformado de los sanchistas, sea el neocomunista bolivariano de los podemitas, está siendo definitiva. Siempre lo ha sido, puesto que en la ideología germinada en el marxismo clásico sólo hay un grupo de personas capaz de comprender la Historia y su sentido, que es lo que les confiere legitimidad y deslegitima al resto de la humanidad. En consecuencia, sólo su partido puede hacer avanzar el desarrollo humano al estadio superior de la dictadura del proletariado (hoy irreconocible) que conducirá al comunismo total. Para conseguir esto, todo está permitido y cualquier circunstancia debe ser politizada sectariamente, desde la guerra a la peste. democracia liberal, esto es, la que consagra más o menos nuestra Constitución, no es más que un escalón a utilizar en este ascenso al paraíso, no un fin ni un bien en sí mismo.

Dicho de otro modo, se trata de que agua, energía, vivienda, transporte, profesión, trabajo, escuela, universidad, comunicación, salud y demás elementos necesarios para la vida de personas y familias queden en manos de un grupo de políticos profesionales iluminados que finalmente degenerará en una dictadura personal, como brillantemente caricaturizó Trotsky. presencia del virus de Wuhan ha liberado los frenos de esta estrategia siempre latente y la declaración del estado de alarma le ha permitido experimentar los primeros esbozos de cómo un Estado despótico, blando o duro, podría ser parido desde la Constitución de 1978 como la mariposa sale de la crisálida, por usar la imagen de Bernstein.

Ante esta ofensiva sin escrúpulos ni piedad, los supuestos representantes de la sociedad abierta española, que van desde el socialismo democrático a la derecha liberal conservadora más radical, están paralizados. El socialismo democrático, el que acepta la Constitución como un límite infranqueable, el de los Múgica, Redondo, Boyer y otros, ha sido extinguido en el PSOE y éste es incapaz de reconducirse en una alternativa visible. Ciudadanos, un partido oportunista sin contenido filosófico respetable ni estrategia de profundidad política, ha saltado por los aires a la primera dificultad debido a su inconsecuencia.

El PP, desgastado por el liderazgo de un Rajoy que tuvo en sus manos cambiarlo casi todo democracia en mano y que despeñó a su partido al barranco donde se encuentra, ha sido incapaz de demostrar un rumbo liberal-conservador definido y un respeto democrático por quienes le han apoyado, intelectuales, medios de comunicación y entes de la sociedad civil, con grave perjuicio, en numerosos casos, de sus carreras y trayectorias. Sus prácticas han recordado siempre a las del autoritarismo altanero y arbitrario y su aparato ha terminado siendo más que parecido al de los marxismos. Vox, que no es sino una versión más radical del PP, parece no entender otra cosa que no sea diferenciarse como sea para obtener más apoyos cuando haya elecciones, si las hay. Hemiplejia moral y política y miopía.

Esto es, ante un frente que tantea la reformulación estatal-socialista de la Transición y la vuelta al espíritu de la república de 1936, los partidarios de la democracia abierta y liberal se muestran desgarrados e inútiles para detener tal ofensiva. No parece que ni unos ni otros hayan aprendido nada de la crueldad de nuestra historia reciente, y ninguno de ellos muestra respeto alguno para los sujetos de la democracia que son, que somos, los ciudadanos de la nación española. ¿Cómo no vamos a estar desconsolados?

Socialismo democrático

Nota del Editor 20 Abril 2020

Eso de afirmar que "Vox, que no es sino una versión más radical del PP", no tiene sentido porque una versión de la nada sigue siendo nada. El PP ha demostrado que tiene que desaparecer y Vox es la última posibilidad de arreglar España.

En cuando a eso de socialismo democrático, echando mano de algunos socialistas "democráticos" es la base de lo que nos sucede, ellos son quienes han dado un halo de razón y principios al socialismo corruptor y corrupto que destruye España, que compra votos directa e indirectamente y que nos empuja al social comunismo, a convertirnos en Españazuela.


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Sánchez no es líder para Pactos
Editorial El Mundo 20 Abril 2020

Casado no puede caer en el juego de Sánchez. El Gobierno busca mutualizar sus errores con la oposición.

El mismo Pedro Sánchez que ha hecho de la división su seña de identidad política reclama ahora un gran acuerdo nacional para lo que llama la "reconstrucción" de España. Y ha tenido habilidad en las técnicas de propaganda para presentar su mano tendida nada menos que como la reedición de los Pactos de la Moncloa, cuya evocación le es tan grata a varias de generaciones de españoles. Ha sabido tender con pericia la red de araña esperanzado en que a la oposición no le quede más remedio que caer rendida en ella. Porque la maquinaria al servicio del Gobierno lo tiene todo preparado para convertir en culpable de traicionar a España en esta hora tan crítica a aquel que se resista a los cantos de sirena.

Pero la realidad es bien distinta. Claro que hacen falta acuerdos con mayúscula ante la emergencia nacional. Lo que cabe preguntarse, sin embargo, es si Sánchez puede ser el presidente para liderar esos pactos. No solo porque sigue demostrando que, en realidad, abomina del diálogo con las que llama "las derechas" -así se permite seguir vejándolas anunciando nuevas prórrogas del estado de alarma sin consultar nada, aun cuando necesita sus votos en el Congreso-, sino porque, lo que es más grave, su publicitada llamada a esos Pactos no se ha sustanciado aún en nada. Se pide a los líderes de los partidos, en especial al del PP, que acepten sentarse sin saber antes al menos de qué se va a hablar. Lo que se traduce en despropósitos como el de los independentistas diciendo que aceptan el diálogo porque "ahora toca hablar del procés". Si en eso se va a entretener Sánchez, mejor harían los constitucionalistas en ahorrarse videollamadas estériles con la que está cayendo. La triste realidad es que no hay un documento de trabajo sobre la mesa y Sánchez ha dedicado mucho menos tiempo a la salvación nacional del que dedicó a precalentar sus reuniones con el inhabilitado Torra.

Así las cosas, cumple con su responsabilidad Pablo Casado reuniéndose hoy con Sánchez, pero no puede caer en su juego. No sería bueno para el interés general que siga extendiendo cheques en blanco ante el único horizonte de estados de alarma sucesivos que plantea Moncloa. Igual que el presidente persigue con ahínco poco realista la mutualización de la deuda en Bruselas, pareciera buscar con estas reuniones la socialización de su propio fracaso, usar a la oposición como coartada ante los clamorosos errores en la gestión de la pandemia y su nulo plan hasta para aliviar el confinamiento. Se vale Sánchez de liderar un PSOE hoy sin alma ni sangre, como se demuestra con el total ahogo de voces discrepantes o con la falta de grandeza hasta para honrar a quienes reconstruyeron el partido, como ha pasado en la muerte de Enrique Múgica, más homenajeado por otros que por los socialistas. Por tanto, necesitamos los ciudadanos tener al menos una oposición a resguardo de las redes de araña.
 


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