AGLI Recortes de Prensa   Lunes 3  Agosto  2020

Devastaciones del Gobierno mentiroso
EDITORIAL  Libertad Digital 3 Agosto 2020

La gestión de las emergencias sanitaria, social y económica ha puesto de relieve no sólo la incompetencia del Gobierno sino la utilización masiva por parte de sus miembros y portavoces de la mentira como instrumento de manipulación social. Se comenzó por minusvalorar la situación a finales de febrero, se siguió falseando las cuentas de fallecidos y contagiados y el último episodio ha sido el del comité de expertos de la desescalada que nunca existió. Si por algo se han distinguido Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, María Jesús Montero, Salvador Illa y Fernando Simón es por mentir sin pausa y con un manifiesto desprecio por la vida y el futuro de los españoles.

Mentían cuando negaban la peligrosidad del virus, en el parte diario de fallecidos, cuando hablaban de la compra de material sanitario. Mentían en sus previsiones económicas, mentían sobre la situación de las residencias de ancianos, mentían sobre sus competencias y responsabilidades, mentían cuando decían que las mascarillas no eran necesarias, mentían cuando acusaban a la oposición y a determinados medios de difundir bulos, mentían cuando decían que todo el mundo estaba al día en el cobro de los expedientes temporales, mentían en las razones por las que acometieron la purga en la Guardia Civil, mentían cuando decían que el estado de alarma era la única salida legal para luchar contra la epidemia. Mentían y siguen mintiendo. De hecho, es difícil, por no decir imposible, encontrar una sola verdad en las comunicaciones del Gobierno de febrero a esta parte.

El comité de expertos fantasma es la guinda, pero no será la última mentira. Sobre ese comité sustentó Illa decisiones discriminatorias contra la Comunidad de Madrid mientras permitía que Cataluña cambiara de fases en un lapso de 24 horas. Esa mentira de Illa ha supuesto la ruina de muchos madrileños asfixiados por el parón económico agravado por el retraso en la desescalada. La mentira, pues, tuvo consecuencias graves, razón por la que no se debería descartar en absoluto que se procediera judicialmente contra el Gobierno. Y no es precisamente el único motivo. En otros países de nuestro entorno, como Francia e Italia, los fiscales han podido interrogar a los miembros del Ejecutivo en el curso de investigaciones abiertas para depurar responsabilidades. Aquí, investigar la acción del Gobierno es un tabú, a pesar de la acumulación de hechos que indican que la nefasta gestión social-comunista ha tenido un elevado coste, tanto en vidas como en materia económica.

El control de los medios de comunicación públicos y de no pocos privados atados por las subvenciones permite al Gobierno sostenerse sobre sus mentiras, minimizar los informes internacionales que sitúan a España como el último de los países desarrollados en el control de la epidemia y destacan que su Gabinete ha sido el que peor ha afrontado la epidemia en Europa, por detrás de Italia, Bélgica y el Reino Unido. Las consecuencias de esa gestión y de las mentiras están ahí en forma de desempleo, colas del hambre y desplome económico.

El dato mata el relato: España lidera la tasa de paro de Europa y la destrucción económica
Daniel Rodríguez Asensio  Libertad Digital 3 Agosto 2020

Semana tan clave para la economía española como horrible para el gobierno de la nación. En tan sólo unos días hemos conocido unos datos de paro notablemente peores que los de la crisis de 2008, un desplome de la recaudación tributaria que ya asciende casi al 30% en el mes de junio y una evolución económica que devuelven al país a los niveles de 2002.

Tanto es así que nuestra nación ha consumado un doblete histórico y vergonzoso por partes iguales: Ya somos, oficialmente, los líderes europeos en términos de destrucción económica y de tasa de paro.

Los aplausos que llevamos viendo en los últimos días pretenden esconder una crisis que ya está demostrando que va a dejar a la de 2008 como una anécdota, y ya es decir. España está pasando de necesitar un plan de reactivación económica a requerir un plan de choque cada vez con más urgencia.

Los datos de contabilidad nacional son extremadamente negativos, fundamentalmente, por tres motivos:

El primero es que España ha sido uno de los pocos países que han empeorado los datos del consenso (se esperaba un -17,9%) y se ha consolidado a la cola de crecimiento de los países desarrollados. Nuestro PIB en el segundo trimestre ha caído un 18,5% en términos trimestrales, lo cual supone un descenso que prácticamente duplica el registrado en Estados Unidos, está 8 puntos por debajo del registrado en Alemania, y más de 6 puntos inferior a la media de la Eurozona.

Dicho de otra manera: Los peores pronósticos se cumplen. Además de registrar la mayor caída de toda la serie histórica (comienza en 1970) España ya es, oficialmente, parte del problema y no de la solución.

En segundo lugar, porque la composición de la caída es ciertamente preocupante. Tres elementos que llaman especialmente la atención:

Las malas expectativas y la inseguridad jurídica han generado un clima de desconfianza en el que invertir se ha vuelto poco más que una misión imposible. Es por ello que la inversión (formación bruta de capital) se desploma casi un 22%, con la maquinaria y bienes de equipo cayendo un 25%, una cifra similar a la que registra la vivienda.

Esta caída, además, es notablemente superior al gasto en consumo final, un componente que refleja la demanda agregada a nivel interno. La caída está liderada por los hogares (-21,2%), y compensada parcialmente por… ¡oh! ¡Sorpresa! Un incremento del consumo de las administraciones públicas. ¿Consecuencia del Covid19? Permítanme dudarlo, viendo la evolución en términos interanuales (+3,5%) se observa un incremento muy similar al primer trimestre del año, cuando la pandemia solamente hizo efecto durante 15 días. La debilidad en la demanda interna también se corrobora en las importaciones, que caen casi un 30%.

Y, por último, por la división sectorial de la caída. Si bien es cierto que el comercio y la hostelería ha sido el sector más afectado, es significativa la caída en sectores clave como la información y las comunicaciones (-13,7%) y el de actividades profesionales, científicas y técnicas (-28,2%). No debemos olvidar que el sector servicios es, aproximadamente, el 67% del PIB español y estas dos subramas especialmente afectadas suponen el 11%.

Y, en tercer lugar, porque estos datos reflejan lo que el gobierno pretende tapar con uno de sus neorelatos: Que esta crisis está teniendo un impacto muy relevante en el empleo. El 15% que refleja la EPA ya es el peor dato de la Eurozona, pero la realidad es aún peor. Si a los 3,4 millones de parados que refleja esta encuesta le añadimos los 2,3 millones de personas que estaban en ERTE en el mes de junio y tenemos en cuenta el millón de personas que ha salido del mercado laboral (descenso de la población activa), la tasa de paro está disparada hasta el 30%, y con la temporada turística muerta antes de comenzar.

Los puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo han caído un -18,5% interanual, 4 puntos menos que el PIB pero una cifra muy considerable. Si la economía española no encuentra un verdadero punto de activación pronto, lo único que estaremos haciendo será subsidiar futuros parados. La productividad por puesto de trabajo equivalente a tiempo completo acumula 5 de los últimos 6 trimestres en negativo y los costes laborales unitarios continúan su escalada salvaje hasta el 8,7%.

Es difícil imaginar una recuperación rápida y capaz de superar los enormes retos que tiene la economía española con unas barreras a la contratación tan caras y las empresas registrando pérdidas superiores al 60% en el primer trimestre del año (es decir, con tan sólo 15 días de estado de alarma) según el Banco de España.

España necesita un plan de choque, una hoja de ruta. ¿Qué tenemos? Un panorama político desolador, y un gran vacío en materia económica. Ya hemos explicado en esta columna que el rescate europeo es una oportunidad para el país, pero no debemos llevarnos a engaño: Las reformas que necesitamos van a ser duras. No hemos querido arreglar el tejado con el buen tiempo y ahora tenemos afectados hasta los cimientos.

Italia ya ha advertido de que el acuerdo europeo podría ser insuficiente puesto que sus necesidades de liquidez podrían comenzar ya en octubre de este año. De ser cierta esta advertencia y no gestionarla adecuadamente, podríamos estar ante el desencadenante de uno de los mayores riesgos que tiene esta crisis: que la debacle económica se transforme en una crisis bancaria.

De ser así, España sería uno de los candidatos más probables a ser el siguiente de la lista. A la ya citada caída en los ingresos de casi el 40% hay que sumar un gasto público desbocado que ya está llevando a un déficit público del 4,3% con la mitad del año por delante.

Ni los aplausos ni los mantras repetidos hasta la saciedad en medios afines nos van a salvar de hacer los ajustes que necesitamos. La única diferencia entre gestionar bien o hacerlo mal dado el punto en el que estamos pasa por tener que realizarlos con carácter de máxima urgencia y de una forma más ordenada.

Afortunadamente, formamos parte de la Unión Europea, un organismo que nos ha permitido evitar la quiebra mediante el mantenimiento artificial de los intereses de la deuda (y, por lo tanto, la prima de riesgo) bajos. También, nos va a empujar a hacer las reformas que necesitamos, bien por la vía diplomática o por la de los hechos como ocurrió con Grecia en la anterior crisis.

Debemos luchar para que nuestros responsables políticos elijan el camino de la responsabilidad.

Apuntes sobre el desastre
Carlos Mármol Cronica Global 3 Agosto 2020

Una de las últimas tendencias en los medios de comunicación consiste en intentar compensar la habitual sucesión de noticias aciagas --cuyo origen es el coronavirus en su doble condición de pandemia y pavorosa crisis económica-- con alguna historia positiva o inspiradora, como se dice ahora. Vano intento. No existe nada que nos haga pensar tanto, y tan velozmente, como un desastre o la inminencia de una catástrofe. Es una ley natural: el cerebro y el corazón se aceleran ante la posibilidad de la muerte o la certeza de la ruina. Si alguna enseñanza debemos sacar de la nueva normalidad --que ni es nueva ni tampoco ordinaria--, es que la existencia es una lucha constante por la supervivencia, no un espectáculo rosáceo y amable. El mundo piruleta no existe. Quien tenga cierta edad, lo sabe.

Todas las estadísticas económicas y sociales de la última semana son de color negro: incremento de los rebrotes --muy por encima de las cifras que arrojan países de nuestro entorno, como Portugal e Italia--, destrucción masiva de empleos, subida meteórica del paro, enquistamiento de la crisis política, deterioro de las instituciones --empezando por la Corona-- y una tormenta constante de victimismo que comienza por las autonomías y termina con las empresas. Todo el mundo enseña sus heridas --autolesiones, en muchos casos-- y desea, en mayor o menor medida, ser rescatado por el Estado. Especialmente, los intitulados liberales.

Cae por su propio peso que no contamos con recursos suficientes para afrontar este vendaval, pero tal evidencia no parece animar al Gobierno a contarnos, siquiera por error, la verdad. Si España antes de la pandemia ya era un país altamente dependiente, en buena medida por su incapacidad para gastar en lo que es necesario y ahorrar en todo aquello que es superfluo, el verano nos planta frente a la realidad: hundimiento del turismo, cierre de nuestros principales mercados de visitantes --Reino Unido y Alemania--, reducción de los beneficios de la banca --que sigue ganando dinero, pero menos-- y unas necesidades sociales que pueden llegar a ser apocalípticas. Buscar noticias positivas en semejante contexto es una hazaña. También una pérdida de tiempo.

El cuadro es de espanto, aunque Moncloa siga celebrándose a sí misma con un coro de palmeros --obviamente a sueldo-- y haya transferido la gestión de la pandemia --que es un problema nacional, en primer término, y global, en el segundo-- a las autonomías, lavándose las manos ante lo que ocurre y dando cuerda a la patraña de que las ayudas europeas (finalistas y condicionadas) van salvarnos de esta tempestad. Ya quisiéramos. Basta ver las conclusiones (hueras) de la cumbre de presidentes autonómicos con el Ejecutivo de esta semana para darse cuenta de que ninguno ha entendido absolutamente nada de lo que nos sucede. Básicamente porque no lo quieren entender. Implicaría asumir responsabilidades.

El hundimiento económico se acerca al 20% y los contagios no cesan. Cuesta ser optimista. El futuro inmediato, probablemente lo veremos tras este verano tan extraño, traerá subidas de impuestos. En un país pobre desde hace 10 años, tras los falsos espejismos de esplendor de las décadas previas, cualquier incremento de la presión fiscal es sinónimo de una oleada de nuevas desgracias. Las consecuencias directas serán un mayor deterioro de la actividad empresarial, paro, un recorte del sistema de pensiones --una de la obsesiones de Bruselas-- y otra nueva vuelta de tuerca a la reforma laboral. Prepárense: los despidos van a ser todavía más baratos. Al final del Calvario nos espera el Gólgota de otra devaluación interna. Sangre, sudor y lágrimas, pero sin una pizca de épica.

Quien crea que el discurso, supuestamente progresista, del Gobierno va a atenuar el coste de este desastre puede peregrinar (de rodillas) a la ermita de los ingenuos. Nunca hubo nadie más feroz a la hora de hacer méritos que los conversos. Y en Moncloa, sobran. Son los que ocultan el número de muertos, mienten sobre los inexistentes comités de expertos y, en un ejercicio de cinismo categórico, se aplauden a sí mismos por nada. Sin motivo, sin razón, sin el más mínimo recato.

Sobran ministros, falta gestión
Editorial ABC 3 Agosto 2020

En un contexto de crisis sin precedentes en tiempos de paz, las dimensiones del Gobierno representan un desafío cada vez mayor, según se sustancian las consecuencias del desplome económico. Los veintitrés ministros -con cuatro vicepresidentes- que componen el Ejecutivo suponen una excepcionalidad no solo histórica, sino una rareza en el entorno de nuestros socios comunitarios. Hay que remontarse a la era transicional de Adolfo Suárez para encontrar en España un Gobierno tan numeroso, entonces condicionado por la urgencia de acometer reformas estructurales en todos los campos de la vida política, social y económica. Treinta años después , España despliega un Consejo de Ministros cuya magnitud tampoco terminan de encajar en los estándares europeos, con gabinetes que rondan la quincena de miembros. El precio que Pedro Sánchez pagó por el abrazo de Pablo Iglesias incluía, entre otros peajes políticos, el nombramiento de cinco representantes de Unidas Podemos, lo que obligó a fragmentar de forma artificial los departamentos ministeriales hasta dejarlos sin apenas funciones y agenda. La cosmética se impuso a la racionalidad, incluso antes de que la pandemia rompiera los esquemas, las previsiones y la propia estructura de aquel Gobierno, hipertrofiado desde su concepción y ya insostenible, por pura ética pública. Los resultados están ahí, sanitarios o económicos.

La austeridad que en la anterior crisis financiera llevó a Mariano Rajoy a reducir su gabinete a solo diez ministros no entra en los planes de Pedro Sánchez. Al contrario, es la lucha contra esa misma austeridad -reversión de los recortes, en el lenguaje que maneja La Moncloa- la que el presidente del Gobierno ha convertido en el principio que guía sus pasos y su gestión. Si de lo que se trata es de predicar con el ejemplo, como hizo Rajoy al comprimir su Ejecutivo, mantener en estos momentos un Consejo de Ministros con veinticuatro miembros resulta un inmejorable cartel para anunciar que el gasto y el despilfarro no se van a detener en España. Sin funciones prácticas, desprovistos de agenda y entrometidos en cuestiones que no figuran precisamente entre sus competencias -con resultados desastrosos para la imagen de España-, los ministros que Sánchez emplea como peones de su juego de coalición solo han tenido que preocuparse de situar a sus respectivas camarillas en puestos de alta responsabilidad y retribución, hasta sobredimensionar aún más la plantilla de altos cargos y de disparar la nómina que cobran, todo un ejemplo de progreso. Si la austeridad está en el origen de todos los males de España, como asegura el Gobierno, el despilfarro es el mejor mensaje que puede enviar a la sociedad para que confíe en que el grifo va a seguir abierto, empezando por su propio Consejo de Ministros.

Reconfigurar la realidad
Juan Manuel de Prada ABC 3 Agosto 2020

Durante casi cuatro meses, este rincón de papel y tinta fue usurpado sin previo aviso por un diablo llamado Orugario. Durante la semana anterior a la declaración del estado de alarma, observé que la crónica de los estragos crecientes causados por la plaga (rampantes en países vecinos como Italia, incipientes pero ya muy notorios en España) desaparecía como por arte de ensalmo de los medios oficialistas; y que los consejos para evitar el contagio y las restricciones a las concentraciones humanas fueron bruscamente sustituidos por una insensata propaganda que invitaba a participar en unas malhadadas manifestaciones feministas. En uno de los últimos artículos que publiqué, antes de la usurpación de Orugario, lo dejé escrito («Señalando conspiranoicos», 6 de marzo de2020): «Pero estas reglas no rigen para las manifestaciones feministas; pues los réditos propagandísticos que su celebración rinde al sistema son mucho más valiosos que el contagio de unos cuantos pánfilos y pánfilas».

La celebración de aquellas manifestaciones fue un designio sistémico globalista, que quiere crear una sociedad al servicio del Dinero, desvinculada y a la greña, donde la infecundidad favorezca los sueldos misérrimos y la «movilidad» laboral. Fue un designio sistémico globalista, como luego lo sería la creación de una renta mínima que amanse a los millones de nuevos parados que el globalismo está fabricando. Pero este designio sistémico pasa inadvertido para una inmensa mayoría de españoles, que creen ilusamente (si se adscriben al negociado de derechas) que los lacayos que nos gobiernan pretenden implantar una «dictadura bolivariana», sin entender que lo que se avecina es algo infinitamente más protervo; o bien creen pánfilamente (si se adscriben al negociado de izquierdas) que las medidas arbitradas al dictado sistémico son «escudos sociales». Definitivamente, España era terreno propicio para el «padre de la mentira».

Pero el mal ya no precisa, para imponer su designio, del estilo sibilino y solapado de aquel demonio Escrutopo urdido por C. S. Lewis en la sublime Cartas del diablo a su sobrino. El mal puede ahora actuar sin recato, orgulloso de sus fechorías; y puede, además, desarrollar estrategias mucho más vastas y fulminantes que las denunciadas en la obra señera de Lewis. Que escribía en una época en la que aún no se había completado aquella inversión de la conciencia moral avizorada por el profeta Isaías: «¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!». Cuando se ha moldeado a una generación en esta inversión de la conciencia moral, el mal puede -como señalaba Orugario, citando a Marcuse- «reconfigurar la realidad, aun en contradicción con los hechos». Esta reconfiguración de la realidad depara algunos episodios chuscos, como el reciente birlibirloque del «comité de expertos», que existen o dejan de existir según le pete al tirano; pero tales episodios chuscos son tan sólo donaires que se permite una voluntad maligna que actúa con libertad absoluta, sabiendo que entretanto las gentes están enzarzadas en una demogresca que les impide desvelar la verdadera naturaleza -preternatural- de lo que está ocurriendo.

Con las Cartas del sobrino a su diablo quise contribuir modestísimamente a ese desvelamiento. Si adopté un tono satírico muy punzante y hasta procaz es porque hay realidades tan tenebrosas que sólo pueden ser abordadas satíricamente, si no deseamos que nos invadan el alma de horror y amargura. Pido disculpas a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan si en alguna ocasión esos abismos asomaron en mis palabras.

No es un fantasma inventado
Andrés Amorós ABC 3 Agosto 2020

El libro que acabo de leer se cierra con una frase tajante: «Ya se imaginarán ustedes lo que me recorre el cuerpo cuando oigo decir que el peligro del comunismo es un fantasma inventado por el imperialismo. A quien así habla, que Dios le coja confesado. Yo ya estoy de vuelta... no deseo otra cosa que, los que van, estén pronto de regreso, como yo».

El que nos transmite este mensaje final no es un fascista, ni un miembro de la extrema derecha, ni un capitalista opresor. Se llamaba Julián Fuster Ribó, era un cirujano catalán, republicano, miembro del PSUC, que participó en la guerra civil. Al concluir ésta, pasó a Francia, fue internado en el campo de acogida de Saint-Cyprien y decidió, con toda su ilusión, marchar a la Unión Soviética.

No fue un caso único. Al acabar nuestra guerra, fueron a Rusia cerca de 350 españoles: niños, maestros, pilotos, marinos... Todos los que hicieron alguna crítica al régimen, acabaron en un campo de concentración.

Desengañado por lo que veía, Julián pidió permiso para marchar a Méjico, donde tenía algunos familiares: «Aunque en Méjico no me haga una clientela, ganaré más de lo que gano aquí. Además, tendré sol y corridas de toros».

Le negaron el permiso; le despidieron del trabajo; fue detenido, acusado de «desfalco en un banco». De nada le sirvieron sus protestas: «¡Pero si nunca he tenido ni diez rublos! ¡Además, no sé dónde están los bancos aquí en Moscú!». Descubrió que existían cientos de páginas con las transcripciones de sus palabras.

Le torturaron en la temible Lubianka y acabó firmando su confesión: estuvo en un campo de concentración de 1948 a 1955. Atendió a los heridos en «los cuarenta días de Kengir», una rebelión y masacre de prisioneros: «Ciento veinte muertos dejaron los tanques bajo sus orugas». (Al relatar el terrible episodio, Soljenitsin menciona al «español Fuster»). Su resumen es simple: «Lo extraño no es que no hubiésemos muerto, sino que no nos hubiésemos vuelto locos».

Después de siete años en el Gulag, Julián Fuster logró ser liberado, gracias a una amnistía. Pudo volver a España en 1959, veinte años después de haber salido de ella. No encontró trabajo y se fue a Cuba: también denunció el régimen de Fidel Castro y tuvo que salir de allí. Contratado por la Organización Mundial de la Salud, trabajó tres años en el Congo. Volvió definitivamente a España en 1964, se instaló en Palafrugell y se hizo buen amigo de José Pla, que lo retrata con respeto y afecto: «Es una gran persona, muy inteligente, muy desengañado, de un escepticismo total... Es un hombre que lo entiende todo porque prescinde de los prejuicios y de los convencionalismos. He tenido ocasión de hablar con él de muchas cosas. Es el hombre de Palafrugell que gasta más dinero en papeles impresos... uno de los más grandes liberales que he conocido en este país. El hecho de que haya meditado con la profundidad que lo ha hecho sobre estas cosas es un fenómeno insospechado y admirable».

No sabía yo nada de Julián Fuster Ribó antes de leer sus testimonios, en el libro «Cartas desde el Gulag», escrito por la profesora Luiza Iordache Cârstea. Aporta varios documentos, como una «Carta sin sobre a Nikita Jruschov» de 1960, cuando éste solicitó clemencia para un joven argelino, en la que le recuerda terribles crímenes, como «la exterminación física de cientos de millares de ucranianos, compatriotas suyos».

Incluye también, su «Testimonio del “Paraíso Comunista”. Yo ya estoy de vuelta», en el que hace esta puntualización: «En el año 1917, la Revolución acabó con la aristocracia y la gran burguesía; en 1930, se erradicó la pequeña burguesía de la ciudad y del campo; en 1937, se coronó la extirpación de los disidentes del partido. ¿Quiénes eran, pues, los diez millones de condenados a trabajos forzados que, en los años 1948-1955, llenaban los campos de concentración? Gente del pueblo, otra no había en Rusia, en esos años».

El testimonio del cirujano Julián Fuster Ribó impresiona, sobre todo, porque es creíble, cuenta lo que él vivió... pero no es nuevo. Coincide plenamente, por ejemplo, con lo que dice Soljenitsin, en «Archipiélago Gulag», que suscitó tantos ataques.

Recordemos que Soljenitsin vino a España en 1976, meses después de la muerte de Franco, y, en una entrevista con José María Íñigo, en Televisión Española, dijo que veía un país donde la gente tenía libertad de movimientos, podía comprar prensa extranjera, fotocopiar lo que quisiera... Nada de eso podían hacer en Rusia. Provocó un escándalo su conclusión: la auténtica dictadura era la soviética.

Por decir eso, a Soljenitsin le llamaron algunos periódicos españoles «espantajo, hipócrita, multimillonario, delirante, enclenque, fanático, chorizo, mercenario...». Ahí están las hemerotecas, para quien quiera comprobarlo.

La denuncia más llamativa fue la de Juan Benet, en la revista «Cuadernos para el diálogo», nacida democristiana: «Yo creo firmemente que, mientras existan hombres como Soljenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez debían estar un poco mejor guardados para que personas como Soljenitsin no puedan salir de ellos...». Sin comentarios.

Este tipo de reacciones no se produjo sólo en España. Para muchos intelectuales europeos, el comunismo sustituyó a la religión: lo explicaba todo, lo justificaba todo. Se basaba en el silencio y el sectarismo, llevado al límite: publicar la realidad de sus crímenes resultaba un intolerable sacrilegio. Lo resumió Christian Jelen en un certero título: «La ceguera voluntaria». Sobre ese libro escribió Jean-François Revel: «Ojalá su lectura pueda, de una vez por todas, enseñar a la izquierda que siempre se sale perdiendo y que siempre se es culpable cuando uno se sitúa en el bando de los enemigos de la libertad».

¿«De una vez por todas»? Me temo que no. Basta con recordar los casos de Cuba, China, Corea, Venezuela... Todo esto no es solamente historia. Lo demuestra -más allá de sus méritos- que sea ahora mismo un «bestseller» un tomazo de casi 750 páginas, la «Memoria del comunismo. (De Lenin a Podemos)», de Federico Jiménez Losantos. Si tantos miles de españoles lo compran es porque temen que, bajo otros disfraces -populismo, «nueva política»-, el comunismo sigue siendo una amenaza absolutamente real, amparada por el sectarismo y la ignorancia de algunos que se proclaman «progresistas».

Como escribió este cirujano catalán y republicano, que lo había sufrido en sus carnes, el peligro del comunismo no es un «fantasma inventado por el imperialismo». Cualquiera que tenga un mínimo de información, de respeto a la realidad y de amor a la libertad lo sabe de sobra. Cualquiera... menos algunos ministros del actual Gobierno de España.
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Andrés Amorós es catedrático de literatura española

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El riesgo de usar el fondo europeo para cambalaches
Editorial El Mundo 3 Agosto 2020

Fiel a su tendencia bonapartista, Pedro Sánchez ha decidido asumir en personal la gestión de los 140.000 millones que España tiene asignados con cargo al fondo europeo de reconstrucción. La necesidad de esta inyección económica se ha vuelto imperiosa después de certificar el desplome del PIB en el segundo trimestre -el mayor de la Unión Europea- y la incapacidad del conjunto de las administraciones, empezando por el propio Gobierno, para controlar los rebrotes y evitar así asestar un daño mayor a la economía de nuestro país. Las autoridades comunitarias y los líderes de la Unión han dado un paso al frente, pero España está obligada a un ejercicio de corresponsabilidad no solo para gestionar con acierto este fondo sino para implementar las reformas que condicionan su aplicación y que deben estar orientadas, de forma prioritaria, a un cambio de modelo productivo.

Sánchez aprovechó la Conferencia de Presidentes en San Millán de la Cogolla -con la presencia del Rey y ante la única ausencia del presidente de la Generalitat- para comunicar a los mandatarios autonómicos que él mismo controlará el reparto del fondo europeo. En el fondo, serán él y su lugarteniente, Iván Redondo, quienes tutelarán un esquema personalista adosado a una estructura que más bien parece ornamental: una «conferencia sectorial», presidida por la ministra de Hacienda, que dará cabida a las voces autonómicas y a los grandes ayuntamientos; y un «comité de alto nivel» del que aún se desconoce el nombre de los integrantes. La realidad es que Sánchez se hace amo y señor del dinero que llegue de Bruselas. En el fondo, subyace la voluntad del presidente de manejar, con su habitual personalismo, la tarta europea y, de esta forma, usarla a modo de instrumento de presión a diestra y siniestra de cara a aprobar los Presupuestos del Estado. Con los antecedentes conocidos, el riesgo es dilapidar esta cuantiosa inyección y que, a cambio, sea agitado por Sánchez para sus cambalaches. En este sentido, resulta un pésimo prólogo del reparto del fondo el acuerdo alcanzado por el Gobierno con el PNV para elevar el techo de endeudamiento de las diputaciones forales. Se trata de un nuevo y vergonzoso peaje al nacionalismo, al que se sigue privilegiando con una interlocución bilateral, con lo que ello supone de agravio para el resto de comunidades.

El fondo europeo ofrece a España la posibilidad de afrontar proyectos viables que permitan acometer las reformas pendientes y renovar la planificación en capítulos como el de las infraestructuras, donde se sigue viviendo de las rentas de la etapa de Felipe González y José María Aznar. Al golpe que supone el coronavirus, España arrastra un déficit de reformas estructurales para mejorar la competitividad y flexibilizar el mercado de trabajo. Es lógico que el reparto del fondo europeo atienda a un plan nacional. Lo insensato sería derrocharlo al albur del oportunismo o las necesidades partidistas de Sánchez.

Las dietas del lehendakari
Rosa Díez okdiario 3 Agosto 2020

Cuando escuches a alguien afirmar que él (o ellos, o su pueblo, o su tribu, o su secta, o su camada…) es diferente (lo llaman también «singular»), que sepas que lo que te está queriendo decir es que él es mejor que tú.

La apelación a la diferencia siempre es egoísta y nunca está exenta de una cuota de supremacismo ya sea racial, tribal, ideológico… O ancestral, que es otra forma de definir esa contradicción democrática de “derecho histórico” con la que los nacionalistas de todo signo y condición “justifican” unos privilegios a los que consideran tener derecho y que los acomplejados o irresponsables de turno les han ido reconociendo a lo largo de la historia.

Si para algo sirvió la reunión del pasado viernes de San Millán de la Cogolla fue para confirmar que Sánchez el impostor considera que, efectivamente, los vascos son diferentes. Y por eso, porque son diferentes, les reconoce “derechos” que les niega al resto de los ciudadanos españoles. Aunque quizá Sánchez no crea que los vascos son diferentes sino que está convencido de que si quiere seguir viviendo tan ricamente en la Moncloa debe ceder al chantaje de los nacionalistas y aceptar pulpo como animal de compañía.

Por eso mientras al resto de Presidentes autonómicos les comunicó que él determinará cuanto dinero les va a dar de lo que llega de los europeos, con el Presidente del Gobierno de los vascos estuvo negociando para cerrar un acuerdo “entre iguales”, hasta la misma mañana del viernes. Luego Urkullu explicaría en rueda de prensa que lo suyo no son privilegios sino que ellos, los vascos, son “singulares” y por eso tienen derecho a ser tratados de forma diferente.

He dicho que Sánchez y Urkullu estuvieron “negociando”, pero seguramente la palabra “negociar” no expresa la realidad de lo que ocurrió en los días/horas previas a la reunión de San Millán de la Cogolla. Porque hoy ya sabemos que para conseguir que el PNV votara las sucesivas prórrogas del Estado de Alarma, el PSOE y el PNV acordaron que los ciudadanos vascos tendrían un tratamiento económico y fiscal diferenciado del resto de España y el Gobierno Vasco y las Diputaciones Forales de Alava, Vizcaya y Guipuzcoa podrían endeudarse hasta en 1700M€ mientras que al resto de instituciones españolas se les niega la posibilidad de invertir en su territorio incluso su propio superávit.

La negociación entre el PNV y el PSOE se hizo en mayo para que Sánchez mantuviera poderes absolutos durante mes y medio más; poderes absolutos que no tenían sentido desde la perspectiva sanitaria (el PNV fue de los primeros en denunciarlo) pero que permitieron a Sánchez hacer y deshacer a su antojo, seguir contratando amigos y familiares ideológicos (España tiene en este momento 732 altos cargos) y mantener un confinamiento que ha provocado que España entre en recesión y se convierta en la economía con más parados de toda Europa, adelantando incluso a Grecia, campeona habitual en ese ranking.

Para hablar con propiedad, lo que se cerró en la mañana del viernes entre Sánchez y Urkullu el monto del chantaje. Verán, entre Vitoria y San Millán de la Cogolla hay una distancia de 83,7 Kilómetros. Sánchez le ha pagado a Urkullu, con el dinero de todos los españoles, 1700 Millones de Euros para que recorra con chofer oficial y escolta esa distancia y se saque una foto con él. Y para que, de paso, les explique al resto de presidentes autonómicos que lo suyo, su chantaje, no es privilegio sino “singularidad” y que a ver si se enteran que los vascos son mejores y que por eso comen a la carta; y que agradecidos tendrían que estar porque se ha dignado a sentarse en la misma mesa de los que solo pueden comer el menú del día que “generosamente” les ha encargado el impostor que cree que el Gobierno de España es su chiringuito y los españoles somos sus súbditos. Por eso Urkullu ha explicado en rueda de prensa, mientras el resto de presidentes esperaba su turno, que él disfruta de privilegios porque él lo vale, a ver si se van enterando estos españoles….

Con todo, lo más grave no es que el viaje de Urkullu para hacerse una foto con el Sánchez y el resto de presidentes autonómicos (y el Jefe del Estado, menudo papelón) nos haya costado 1700M€ a todos los españoles; lo más bochornoso es que es espectáculo se ha organizado de es manera, esperando al último minuto para que se digne aparecer el bien pagao , para que se note quien manda y para que nuestros representantes públicos se humillen ante el que chantajea y ante el que se somete al chantaje.

Es de suponer que terminada la “cumbre” (en Bruselas estuvieron tres días negociando; Sánchez, previo pago al PNV, ha despachado el asunto en una mañana, confirmando que hará lo que le venga en gana con el dinero que nos prestan o nos dan el resto de los europeos) los distintos presidentes autonómicos, particularmente los de la secta del PSOE (aragoneses, valencianos, extremeños, castellano manchegos…) habrán vuelto a sus comunidades autónomas y explicado a sus administrados que en el chantaje no ha habido discriminación porque los vascos han tenido un trato diferencial porque son singulares, son mejores. Y que lo que ha hecho su señorito, el impostor, no es más que reconocerlo. Vamos, que el alquiler de la Moncloa se ha puesto por las nubes .

Ahora, digo yo, ¿no podría, siquiera uno de los políticos que estaban allí, haber utilizado los cinco minutos que la superioridad les concedía para denunciar el chantaje y la discriminación y marcharse dignamente a trabajar en defensa de los derechos de sus administrados?

Pues parece ser que no, que todos se quedaron y pasaron mansamente por el photocall tras la humillación: ordeno y mando para todos menos para los vascos, que con ellos me someto al chantaje.

Nunca en la historia moderna un político ha cobrado dietas tan cuantiosas por hacer un viaje tan corto. Nunca en la historia democrática de España un Presidente de Gobierno ha pagado tanto a nadie para hacerse una foto y colgarla en su álbum de recuerdos. Y nunca la dignidad de un Presidente del Gobierno de España ha cotizado tan bajo.

Es lo que hay.
 


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