AGLI Recortes de Prensa   Martes 11 Agosto  2020

La economía, en estado de alarma
Editorial El Mundo 11 Agosto 2020

La gravedad de los indicadores y las previsiones para la economía española exige que el Gobierno corrija el rumbo

Las demoledores consecuencias del confinamiento y del parón abrupto de la producción y del consumo abocan a España a encender todas las alarmas ante el estado comatoso de la economía. El hundimiento de la temporada turística, por las restricciones de movilidad y por la torpeza diplomática y comunicativa del Gobierno en el exterior, agudiza la incertidumbre ante un horizonte sombrío habida cuenta del riesgo de una segunda oleada del coronavirus. Los datos de todos los organismos, nacionales e internacionales, reflejan que España se muestra especialmente vulnerable al embate de la pandemia. Así lo acredita también la OCDE, que ha alertado del freno en la recuperación económica de España frente al resto de países europeos. En concreto, la última lectura del índice diseñado para anticipar puntos de inflexión en la actividad económica durante los siguientes seis a nueve meses, se situó en el caso de España en 93,72 puntos, frente a los 94,31 del mes anterior. Este organismo observa «signos tentativos de desaceleración», en contraste con el «fortalecimiento continuado» observado para el conjunto de la OCDE y de la zona euro. Este pronóstico augura un escenario catastrófico para el conjunto del aparato productivo.

Cabe recordar que la economía española se hundió un 18,5% en el segundo trimestre, un desplome del PIB mucho mayor que sus socios europeos. En paralelo, la Bolsa española es la que más cae de Europa debido al temor por los rebrotes. Ha perdido un 29% de su valor desde el famoso lunes negro del 24 de febrero. La debilidad de las empresas que componen el Ibex 35 y el peso que tienen compañías turísticas y los bancos en el selectivo -las más golpeadas por la crisis- espanta a los inversores. El comportamiento de los mercados es un reflejo de las malas perspectivas de la economía. España corre el riesgo de verse rezagada frente a los países del entorno. Hay causas estructurales, como la inflexibilidad del mercado laboral o la carencia de planes de reindustrialización, que explican la inconsistencia de nuestra economía. Sin embargo, subyacen otras razones que son imputables a la desastrosa gestión del Gobierno de PSOE y Podemos. El colapso económico no se produjo solo por la acción letal de la pandemia, sino por la negligencia e imprevisión del Ejecutivo para gestionar la emergencia sanitaria. No basta con extender los ERTE -medida imprescindible- o habilitar meros parches paliativos, como el subsidio que plantea Trabajo para aquellos parados que hayan agotado todas las ayudas.

En esta coyuntura se requiere un Gobierno fuerte con un rumbo claro, y lo que tenemos es una coalición débil y presa de prejuicios ideológicos que conducirán a disparatados aumentos del gasto y de la deuda. España se enfrenta al reto de aprovechar la oportunidad que supone la inyección del Fondo de Reconstrucción para implementar reformas y acelerar la transformación del tejido productivo. El Gobierno debe ver en la iniciativa privada un aliado para encarar la crisis, lo que exige respaldar a las empresas con algo más que créditos, moderar la presión fiscal y establecer una planificación que genere confianza, sin mensajes contradictorios en materias sensibles como la reforma laboral.

'Spain is different': mientras la OCDE se recupera, España se queda atrás
Mientras los indicadores adelantados mejoran en el conjunto de las economías desarrolladas, en España se observa una caída.
Diego Sánchez de la Cruz  Libertad Digital 11 Agosto 2020

La OCDE percibe "una inflexión a la baja" en la actividad económica de nuestro país. Ese giro a peor contrasta con la tónica general de sus países miembros, entre los que detecta que "se refuerzan los signos de recuperación que ya se venían notando desde hacía dos meses". Así lo refleja el último boletín del indicador compuesto avanzado que elabora la organización con sede en París.

Dicha publicación recoge una serie de indicaciones en las que plasma la evolución de distintos indicadores relevantes para medir el pulso de la economía. Para el mes de julio, España no solo no experimenta una mejora en dicha medición, sino que sufre una caída de 0,63 puntos que contrasta con el rebote del resto de las economías desarrolladas.

La media de largo plazo viene recogida por los 100 puntos, pero el último boletín deja a nuestro país en 93,72, más de seis puntos por debajo de la tendencia. Ya a comienzos de año se observaba un crecimiento menguante, de modo que el boletín de enero dejó a nuestro país en los 98,88 puntos, en línea con la desaceleración que ya venía observándose durante 2019.

El covid-19 no solo profundizó dicha caída, sino que llevó a mínimos históricos la actividad económica. Como es lógico, el indicador compuesto avanzado de la OCDE se desplomó en los meses de marzo, abril, mayo y junio, debido al confinamiento y las restricciones impuestas por el gobierno de Pedro Sánchez.

Sin embargo, aunque entre abril y mayo se observaron los peores niveles de actividad de la serie histórica, el conjunto de economías desarrolladas empezó a mejorar sus cifras en junio y, llegado el mes de julio, la nota media de la OCDE ha experimentado una subida de 0,98 puntos. En la Eurozona también hay rebote, aunque de 0,64 puntos.

España da la nota discordante en el boletín, puesto que su resultado de julio supone una nueva caída de la actividad económica. Mientras que nuestro país se deja 0,63 puntos más, en Estados Unidos vemos un repunte de 1,54 puntos, en Reino Unido se da un aumento de 1,52 puntos, en Alemania se registra una mejora de 0,97 puntos y en Francia se produce una subida de 0,88 puntos.

¿Cómo se calcula?
Para realizar este cálculo, la OCDE considera la capacidad utilizada por la industria, el empleo en la construcción, la evolución del IPC, el comportamiento del índice bursátil de referencia, la matriculación de vehículos, el indicador de confianza del consumidor... Las fuentes empleadas incluyen a la Comisión Europea, el Banco de España, el INE o ANFAC. El indicador no avanza el comportamiento del PIB, sino la tendencia del ciclo económico y los cambios a peor o mejor dentro de su trayectoria.

En su último informe semestral de perspectivas, publicado en junio, la OCDE estimó que nuestro país sería uno de los más golpeados por la crisis del coronavirus, con una caída del PIB que oscilaría entre el 11,1% y el 14,4%, dependiendo de si se produce o no una segunda ronda de medidas de confinamiento a raíz de los "rebrotes" que ya se están produciendo.

El gasto público superará los 500.000 millones
S. de la Cruz La Razon 11 Agosto 2020

Los efectos de la pandemia y los intentos por recuperarse de ella podrían disparar el gasto público español de 2020 entre 10 y 11 puntos porcentuales, hasta superar el 52% del PIB, según las previsiones de BBVA Research. Según las previsiones de BBVA Research este incremento es “justificable” por la atípica situación que atraviesa la economía española y señala que aunque el siguiente año debería caer, parece que la crisis ha empujado hacia niveles de gasto que “se mantendrán estructuralmente elevados, lo que exigirá demostrar que se está haciendo el mejor de los usos de los recursos públicos”.

En este sentido, señala que importancia relativa del gasto público a la actividad se incrementará debido a la fuerte contracción del PIB que se observará en 2020, de forma que poco menos de la mitad de los 10 puntos porcentuales de aumento previstos se explica por este factor.

Según BBVA Research, mantener el peso del gasto en el PIB "habría requerido recortes que hubiesen redundado en contracciones más severas de la actividad".

Asimismo, señala que el consumo y la inversión de las administraciones públicas tiene un "carácter estabilizador", por lo que el cumplimiento del Gobierno de sus compromisos adquiridos, el mantenimiento del empleo en el sector, el pago de las transferencias a distintos colectivos y la ejecución de los proyectos de gasto que tenía planeados genera "certidumbre" en la parte de la economía que depende de este gasto.

A su vez, explica que los estabilizadores automáticos ayudan también a sostener el consumo de las familias. Particularmente, destaca que el seguro por desempleo supone una parte importante de la red que se ha construido para sostener la renta de los hogares mientras dure su búsqueda de trabajo.

Solo el incremento en el desempleo sería responsable de al menos 1 o 2 puntos porcentuales del PIB en el gasto público, mientras que algunas medidas discrecionales, como la transferencia de 17.000 millones de euros realizada a las comunidades autónomas para abordar los retos sanitarios o la ampliación de algunas de las prestaciones hacia colectivos vulnerables o los ERTE podrían explicar entre 3 y 4 puntos porcentuales del aumento en el gasto.

Hacia delante, en ausencia de un nuevo período de confinamiento generalizado, la recuperación debería posibilitar que la importancia del gasto público en el PIB se redujera, señala el estudio.

En concreto, si el crecimiento del PIB ronda el 7% el siguiente año, sólo este factor redundaría en una caída de 4 puntos porcentuales en el gasto público.

Por otra parte, considera que el coste de los ERTE debería reducirse, en la medida en que el porcentaje de trabajadores incluidos en ellos ya está disminuyendo de forma considerable y los mismos incentivos han sido modificados para impulsar la actividad.

Dos años de gasto
Sin embargo, varios factores apuntan a que el gasto continuará siendo elevado durante los próximos años, como el ajuste más prolongado en sectores clave para la economía española como el turismo, que “requerirá la continuación de una política fiscal expansiva, la necesidad de mantener la inversión pública en salud, o los cambios estructurales que la demografía traerá a las cuentas públicas”.

En este contexto, subraya que el principal reto durante los próximos meses será el de aprobar unos presupuestos, y anunciar un plan que dé certidumbre sobre el proceso de reducción del déficit a medio plazo.

Aquí, la discusión sobre hacia dónde tiene que converger el gasto público será "esencial", apunta BBVA Research, concretando en que habrá que demostrar a la sociedad que se está haciendo el mejor uso de los recursos, lo que implicará consolidar la cultura de evaluación del gasto que se ha ido afianzando.

También cree que habrá que continuar avanzando en la construcción de "instituciones fuertes e independientes que garanticen el cumplimiento de las reglas establecidas, o que, cuando menos, expliquen a la sociedad los costes económicos de las decisiones políticas".

“Esto será particularmente importante cuando España se enfrente al reto de canalizar los recursos que puedan venir del fondo de recuperación europeo y que serán fundamentales para potenciar el cambio hacia un modelo productivo más digital y sostenible”, enfatiza.

¿Cómo estabilizar la deuda pública española?
Juan Ramón Rallo El Confidencial 11 Agosto 2020

La deuda pública española lleva un lustro rondando el 100% del PIB. Y este año, con el cataclismo para las arcas públicas que ha supuesto el coronavirus, superará el 120% del PIB. De ahí que urja preparar un plan dirigido a estabilizar, y en la medida de lo posible reducir, nuestra peligrosa losa de pasivos estatales. No ya porque tanto el Banco de España, como la AIReF o la Comisión Europea nos lo requieran, sino también por nuestra propia prudencia financiera. Pero, ¿cuáles son los distintos caminos que tenemos disponibles para rebajar el peso de nuestra deuda en el PIB?

Comencemos por lo más básico. La ratio de deuda sobre PIB para cualquier año t es igual a la suma de dos términos: por un lado, el déficit primario del Estado y, por otro, la variación de la ratio histórica de deuda. El déficit primario no es más que la diferencia entre ingresos y gastos sin contar los intereses de la deuda; la variación de la ratio histórica de deuda no es más que el resultado de alterar la ratio deuda/PIB en t-1 según los intereses (i) devengados durante ese período y según el crecimiento nominal de la economía. Así, si descomponemos el crecimiento nominal en el producto del crecimiento real (g) por la tasa de inflación (π), podemos decir que:

Dinámica de la deuda pública:  DEUDA(t)/PIB(t) = DEFICITPRIMARIO(t)/PIB(t) + ((1+i)/(1+g)*(1+Pi))* DEUDA(t-1)/PIB(t-1)

A partir de esta fórmula, es fácil determinar las distintas vías que existen para rebajar la ratio deuda/PIB en el período t:

Por supuesto, todas estas variables están relacionadas entre sí: el déficit primario puede afectar a la tasa de crecimiento, que también afecta al déficit primario, la inflación esperada afecta a los tipos de interés a los que se refinancia la deuda, los tipos de interés pueden afectar a la inflación, etc. Sin embargo, la ecuación sí nos da cierta información estática sobre la combinación de variables que hemos de ambicionar.

Al finalizar 2020, la deuda pública española rondará el 120% del PIB y el tipo de interés medio de nuestra deuda pública se ubicará en torno al 2%

Así, cuando el coste medio de la deuda es inferior a la tasa de crecimiento nominal de la economía, los Estados podrán mantener un cierto déficit primario sin entrar en dinámicas explosivas de deuda. Por ejemplo, si partimos de un 100% de deuda sobre PIB, el tipo de interés medio es del 2% y la tasa de crecimiento nominal es del 5%, podríamos incurrir en un déficit primario de (aproximadamente) el 3% del PIB manteniéndonos en esa ratio de 100% de deuda sobre PIB. En cambio, si el coste de la deuda es superior al crecimiento nominal, tendremos sí o sí que amasar un superávit primario para compensar el expansivo peso de los intereses. Por ejemplo, si el tipo de interés medio fuera del 7,5% y la tasa de crecimiento nominal fuera del 5%, requeriríamos de un superávit primario de (aproximadamente) el 2,5% del PIB para estabilizar la ratio de deuda pública en el 100% del PIB.

Al finalizar 2020, la deuda pública española rondará el 120% del PIB y el tipo de interés medio de nuestra deuda pública se ubicará en torno al 2%. Eso significa que si durante la próxima década la tasa de inflación media fuera del 1% y la tasa de crecimiento real media fuera del 2%, lograríamos rebajar la ratio de deuda pública hasta aproximadamente el 110% del PIB… si mantuviéramos equilibrio presupuestario primario a lo largo de esa década. Si, en cambio, el déficit primario medio durante los próximos diez años es de, por ejemplo, el 4%, entonces terminaríamos la década con un 140% de deuda sobre PIB. Alternativamente, para reducir nuestro 'stock' de deuda pública sobre el PIB por debajo del 100% a lo largo de esos diez años, tendríamos que amasar un superávit primario medio del 1,25% del PIB.

Claramente, y la luz de los datos anteriores, no parece que esta próxima década vayamos a lograr sanearnos financieramente, de ahí que la AIReF pronostique que, en un escenario moderadamente optimista, necesitaremos 20 años de austeridad para reconducir nuestro endeudamiento público por debajo de los niveles alcanzados antes de la crisis. Sea como fuere, si no queremos caer en dinámicas explosivas de deuda, deberíamos volvernos extremadamente cuidadosos con la gestión de los ingresos y de los gastos públicos durante las próximas décadas.

¡Menudo golpe nos vamos a pegar!
Rubén Arranz. vozpopuli  11 Agosto 2020

Recuerdan estos tiempos a los momentos previos a la llegada de una ola gigante, en los que el mar luce en calma, alfombrado, pero se ha replegado varios metros sobre la orilla. Son los propios de los primeros días de las guerras, cuando las bombas todavía no han caído, pero todo el mundo es consciente de que sus vidas cambiarán para siempre.

Chirría un poco leer artículos sobre los lugares que han elegido los mandatarios españoles para pasar sus vacaciones, cuando aquí no hay tregua ni armisticio, pues ni siquiera se puede descartar que el aumento de infecciones por covid-19 vaya a generar una segunda oleada de contagios que vuelva a condicionar la vida de todo el país. Transmitir alarmismo nunca ayuda, pero la falsa tranquilidad que abunda en el país no ayudará a mitigar los efectos del golpe que recibirán los españoles en los próximos meses, que, no nos engañemos, será enorme.

Los datos epidémicos de España dejan claro que hay algo en este país que se torció hace mucho tiempo. Tiene razón Fernando Simón cuando apela a la importancia de la responsabilidad individual para combatir la enfermedad –cosa que no ha abundado en algunos ámbitos-, pero no es menos cierto que los gobiernos han tomado decisiones que han sido totalmente calamitosas. Algún día, quizá se estudien en alguna facultad las motivaciones que llevaron a las autoridades a obligar a utilizar mascarillas por la calle para prevenir los contagios en la vida diaria (cosa positiva) a la vez que se daba vía libre a la apertura de los bares de noche, de donde han surgido algunos focos, como el de Córdoba, que eran previsibles.

Tal vez no ha quedado otro remedio porque la economía del país depende, en una parte significativa, del sol, la playa, el pincho de tortilla a mediodía, el café, copa y puro después de comer; y la borrachera nocturna de inglés desnortado. Pero resulta un poco lamentable pensar que la población se va a concienciar de que esta pandemia puede hipotecar todos sus proyectos de futuro mientras se da rienda suelta al ocio nocturno. Y, lo peor, a la vez, se establecen mil y una restricciones en ámbitos que son menos peligrosos.

Vacaciones en el mar
En este contexto, vendía el Gobierno hace unas horas el mensaje de que Pedro Sánchez había interrumpido sus días de asueto para analizar junto a los expertos la situación de la pandemia en España. En abril, en uno de sus rimbombantes discursos, hablaba de la enfermedad como de una guerra sin cuartel. Ningún buen general se tomaría un permiso largo si el enemigo volviera a iniciar las hostilidades. En este caso, es microscópico, pero el daño que ha generado en la economía no es menor que si tuviera el tamaño de un homínido y contara con la capacidad de arrojar mortero sobre las filas enemigas.

Hace unos días, el presidente lanzaba el mensaje de que la recuperación económica ha comenzado, pero no es cierto en absoluto: el PIB ha descendido el 18,5% y sus consecuencias caerán a plomo sobre la cabeza de los españoles cuando termine el espejismo estival y el Estado retire la red de los ERTEs, cosa que sucederá tarde o temprano.

Se ha esmerado el Gobierno durante los últimos meses en tratar de insuflar ánimo en la población con altas dosis de propaganda, pero cualquiera que pasee por una calle comercial puede apreciar que el paisaje es post-apocalíptico. Los carteles de ‘se alquila’ se alternan con las persianas que, en hora punta, permanecen bajadas hasta el suelo. El centro de Madrid, el de los teatros y los musicales, luce un aspecto fantasmagórico estos días. Y no es sólo porque es agosto, sino porque una parte de la actividad que había no se ha recuperado ni se recuperará tras el verano. La Confederación Española de Comercio estima que serán 1 de cada 3 negocios.

Mientras Sánchez sostiene que la recuperación ha comenzado, la patronal del sector textil incide en que el 22,5% de las ventas en el mes de las rebajas se ha perdido. No hay que ser un gurú económico para predecir que una parte de las pymes sufrirá próximamente una crisis de solvencia que le llevará a echar el cierre.

Una sociedad sin expectativas
Quizá la abundancia de noticias sobre el coronavirus ha hecho perder de vista la gravedad de las consecuencias que ha generado. No sólo en el terreno económico, sino también en el social. Las comunidades autónomas planean estos días el nuevo curso escolar sin la certeza de que comience a tiempo ni los efectos que generará en la salud de la población. La sombra de que toda una generación de jóvenes vea condicionada su formación por una pandemia debería poner los pelos de punta hasta al más inconsciente, pero da la impresión de que el país sigue inmerso en un peligroso sueño veraniego.

Trata estos días el Gobierno de sostener a los más desafortunados con subsidios como el Ingreso Mínimo Vital o el que el Ministerio de Trabajo planea para quienes agoten próximamente la prestación por desempleo. Pero es probable que no sea suficiente para mantener a raya las tasas de delincuencia en un país en el que, acostumbrados a vivir en paz, ya nadie valora que se pueda vivir con relativa tranquilidad. Quien no tiene nada que perder, nada pierde.

Disculpen por la reiteración en la cita de ese país, pero se lamentaban en Uruguay, hace unos años, de que en la década de 1990 todavía pudiera dormirse con la puerta abierta en casi cualquier lugar. Llegó el nuevo siglo, arreció la doble crisis económica y de la fiebre aftosa y el país comenzó una rápida decadencia que se notó a pie de calle, donde aparecieron enemigos desconocidos, como los atracos (rapiñas), la pasta base y las organizaciones criminales. En 2018, ocupaba el cuarto lugar de América del Sur en criminalidad.

Es sorprendente la velocidad a la que todo puede torcerse cuando vienen mal dadas. Por eso, llama la atención la tranquilidad con la que España aborda esta crisis, que será larga y profunda; y que amenaza con dañar los cimientos del país, ya afectados por cierto desgaste. Convendría que este pueblo despertara antes de verse al borde del precipicio una vez más.

El vaivén de los indicadores económicos
Primo González Republica 11 Agosto 2020

Los indicadores económicos españoles nos están sumiendo en un mar de incertidumbres. Sus cambios y oscilaciones son frecuentes. Este lunes, la OCDE ha dado un anticipo de sus estimaciones del mes de julio y España no sale bien parada en absoluto, no solo porque la evolución es negativa respecto al mes de junio sino porque hay un distanciamiento preocupante entre el rumbo de la economía española y la de otros países de nuestro entorno.

Parece inevitable la correlación entre la evolución de la pandemia y el trayecto de la economía. En las últimas semanas, el aumento del número de contagios ha sido palpable en un elevado número de Comunidades Autónomas. Y parece que la economía lo está pagando con dosis crecientes de inactividad, ya que proliferan las medidas de cierre de establecimientos, limitación de actividades públicas para impedir que proliferen los contactos generadores de transmisiones, restricciones en suma que afectan al empleo y a la actividad económica. Hay numerosos signos de malestar entre los promotores empresariales y hay una palpable merma de la confianza del público y de los inversores y consumidores.

Esta correlación parece estar causando efectos poco satisfactorios en el mes de julio. Indicadores del mes anterior, el de junio, habían dejado rastro positivo en algunas actividades, sobre todo las manufacturas y algunos sectores industriales arropados por el relativo despertar de la exportación. Ahora, quizás por el impacto más reciente del temor a una segunda oleada de la pandemia, las cosas se están complicando y parece que la economía española pierde comba en relación con la de países similares de Europa.

España tiene que recuperar el liderazgo europeo en crecimiento económico que había ostentado en los dos o tres años anteriores al inicio de esta pandemia para mermar el diferencial que se está produciendo en materia de falta de oportunidades de trabajo, de desempleo. El informe de indicadores de la OCDE apunta hacia señales preocupantes, ya que en julio no solo se registró un retroceso de cierta cuantía frente a los indicadores de junio, sino que se está produciendo un retroceso en relación con otras economías de la zona europea, básicamente sobre Alemania, Francia e incluso Italia.

La estructura económica del país tiene mucho que ver con estas diferencias en el ritmo de recuperación. Alemania ha puesto antes que el resto de los países europeos de primera fila su importante capacidad exportadora industrial. España, potencia turística de primera fila mundial, está pagando la factura de la mayor crisis que viene sufriendo este sector desde hace muchos años, de ahí que nuestra economía está registrando una merma en el potencial de crecimiento.

Para rebajar estas diferencias de crecimiento entre países habría que buscar una cierta convergencia entre estructuras productivas, algo que no resulta fácil de conseguir a corto plazo y menos aún en un estado de pandemia con importantes problemas sanitarios que limitan la capacidad de reacción de los ciudadanos, de las empresas y de los Gobiernos.

El verano que vivimos peligrosamente
Rosa Díez okdiario 11 Agosto 2020

Quizá las nuevas generaciones no lleguen a tomar conciencia de ello; y quizá quienes nunca podremos olvidarlo no tengamos más que unos pocos años para contarles esta terrible historia que estamos viviendo. Pero lo cierto es que este año que comenzó como uno más se nos torció en el primer trimestre y desde ese momento no hemos hecho sino caer en el agujero.

Tras pasar un confinamiento salvaje como consecuencia de la improvisación, el sectarismo y la negligencia del Gobierno de la pareja tóxica Sánchez/Iglesias llegamos al «hemos vencido al virus, salir a consumir», que proclamó alegre e irresponsablemente el presidente impostor antes de irse de vacaciones a La Mareta mientras arrecian los contagios y toda España vive peligrosamente la ola de calor… y del virus.

España llegó al verano siendo el país de la UE que acarreaba más contagios y más muertes por la Covid19; el país campeón en el número de sanitarios contagiados; el país campeón en el hundimiento de la economía; el país campeón en la caída del PIB, en el número de nuevos parados (sin contar los millones de trabajadores que aún están formalmente en un ERTE); empezamos julio al grito mitinero presidencial de: «¡salgan a consumir!» y encaramos agosto siendo el país de Europa que más contagios suma día a día mientras el Gobierno se desentiende y deja que se pudra la situación sin desarrollar leyes ordinarias para «justificar» a la vuelta el verano la necesidad hacerse con el poder absoluto y poder mangonear sin control democrático alguno en todo aquello que no tiene que ver con la salud sino con su pulsión absolutista.

El mes de julio terminó políticamente con una bochornosa reunión de Sánchez con los presidentes de las comunidades autónomas en la que, supuestamente, iban a debatir y acordar los criterios con los que se repartirían los fondos que llegarán de Europa para ayudarnos a hacer frente a la catástrofe. En Bruselas los jefes de Estado y de Gobierno estuvieron reunidos más de tres días para llegar a un acuerdo sobre cuánto y cómo se gasta el dinero de todos los europeos; en San Millán de la Cogolla no hubo discusión ninguna: Sánchez comunicó a los convocados que los fondos los distribuiría él según su santa voluntad. Sánchez dio cinco minutos para hablar a cada presidente autonómico y les soltó un ultimátum: lentejas, las tomas o las dejas. Salvo para el País Vasco, que ya se sabe que son «singulares» (así se llama ahora a los que se consideran diferentes, o sea, mejores) y comen a la carta. Por eso Urkullu -para que la humillación al conjunto de los presidentes, particularmente a los ciudadanos a los que ellos representan, fuera más notable- llegó por ‘sorpresa’ a la reunión con 1.700 millones de euros bajo el brazo y se sentó a la mesa con resto de presidentes de comunidades autónomas, invitados de piedra.

Si el mes de julio terminó consolidando privilegios y nepotismo gubernamental, agosto no ha empezado mejor. A los preocupantes datos de la extensión de los contagios –España ya es el país europeo que más nuevos contagios está teniendo- hay que añadirle la falta de escrúpulos y la desvergüenza de Sánchez que se ha ido tan ricamente a veranear en La Mareta, la residencia que Hussein de Jordania regaló al Rey Juan Carlos I. Si cualquier otro político -imaginen un presidente o presidenta autonómico- se hubiera ido de vacaciones y en el Falcon a una residencia cedida por la Corona a Patrimonio del Estado, en plena oleada de contagios, dejando de guardia a Fernando Simón -ese tipo que mintió diciendo que las mascarillas eran innecesarias e incluso dañinas para luego reconocer que no las recomendaban porque no las tenían- sería un escándalo y todas las televisiones abrirían a diario con esa noticia. Y sería portada de todos los periódicos hasta que dimitiera. Pero como el que lo hace es Sánchez, el felón, el impostor, el que gobierna con Iglesias, que dirige un partido al que el Tribunal de Cuentas reclama casi 500.000 euros de dinero público gastado fraudulentamente durante la última campaña…; y como los medios de comunicación son en su inmensa mayoría o públicos o concertados (o sea, pagados con dinero público) pues no pasa nada.

Según pasan los días el verano adquiere tintes de mayor peligro. Y España suma más contagiados y muertos que nadie; y crece el número de países que nos imponen cuarentena, o que recomiendan a sus ciudadanos no viajar a España. Y Sánchez sigue en La Mareta, tan ricamente, negándose a poner controles en Barajas para que no siga siendo un coladero que infecte a Madrid y después al resto de España. Y Simón sigue de guardia, mintiendo por él.

Y mientras ocurre todo eso, quien se ha ido de España (destierro voluntario, le llaman…) es Juan Carlos I. Porque él ya ha sido condenado por esos tabloides que esconden los muertos de la Covid19, los veraneos obscenos en la residencia en la que murió la madre del rRy Juan Carlos, la reiterada petición de un grupo de notables científicos que piden una auditoria externa -ajena al Gobierno de Sánchez- sobre lo que ha pasado en España con la Covid19.

Y la defenestración del sistema del 78 progresa adecuadamente. Dicen que no llegará la demolición a término, que no hay clima para un cambio de régimen… Ingenuos. Tampoco lo había en Cataluña ni siquiera para cambiar el Estatuto de Autonomía. Hasta que llegó Zapatero. Pues ahora está Sánchez en Moncloa, no les digo más.

La historia se repite en todos los extremos. ¿A qué les recuerda el silencio de las grandes empresas y corporaciones que se beneficiaron con el trabajo y las gestiones exitosas que realizó el mejor embajador que ha tenido España? Es el mismo silencio que mantuvieron las empresas catalanas cuando se inició el proceso que ha roto la convivencia entre hermanos y ha hundido Cataluña. No diré más.

Coronavirus: lo que faltaba
Pablo Planas  Libertad Digital 11 Agosto 2020

El Gobierno ha creado una nueva Secretaría de Estado de Sanidad para hacer frente al coronavirus. Muy propio del Ejecutivo de los 22 ministros con cuatro vicepresidencias y 732 altos cargos, 733 a partir de ahora. Es lo que le faltaba al Gabinete para cuadrar esa epopeya contra el patógeno chino que llevan a cabo titanes de la envergadura de Salvador Illa y Fernando Simón.

Lo raro es que la creación de esta nueva y providencial secretaría se produzca seis meses después de la llegada de la pandemia a España, pero más vale tarde que nunca y nunca es tarde si la dicha etcétera, etcétera. El Boletín Oficial del Estado (BOE) viene a decir con su retorcida prosa que la función del nuevo cargo será interlocutar con las autoridades regionales y también con instancias europeas e incluso mundiales. O sea, un cargo imprescindible, vital, para hacer frente al virus, toda vez que, según el citado BOE, los acontecimientos pasados han supuesto un punto de inflexión por lo que se refiere a la gestión de la política en materia sanitaria y han evidenciado la necesidad de reforzar el Ministerio de cara al control de posibles rebrotes de la enfermedad, así como ante la aparición de nuevas enfermedades de potencial pandémico.

Las comunidades sanitaria y científica respiran aliviadas, pues eran conscientes de que no podían afrontar la segunda oleada del coronavirus sin un cargo de la naturaleza de una nueva secretaría de Estado, mucho más necesaria por ejemplo que las camas de cuidados intensivos, los respiradores o los equipos de protección individual para médicos y enfermeras.

Pero no sólo el personal de los hospitales o las residencias de ancianos está contento. Las familias de las víctimas del coronavirus ven satisfechas así todas sus demandas. Es lo que querían los familiares de los abuelos que murieron abandonados en las residencias porque no fueron atendidos en los hospitales de la mejor sanidad pública del mundo, un nuevo cargo de chupar del bote. O los deudos de los muertos por coronavirus que no cuentan como muertos del coronavirus porque no se les practicó la prueba que algunos ministros y ministras se hacían cada tres días o menos.

Creado el cargo y nombrada Silvia Calzón, médica especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública que ejercía como epidemióloga de Atención Primaria en Sevilla, España espera en vilo los resultados de la coordinación con Cataluña y el País Vasco, por ejemplo, cuyas autoridades se han especializado en hacer de su capa un sayo. Mientras tanto, aumentan los contagios, se multiplican los brotes y los médicos y enfermeras que están en primera línea alertan de que la situación comienza a parecerse peligrosamente a lo que pasó a mediados de marzo.

El síndrome Rosell

Asombra que gente preparada  siga viendo Madrid como una especie de Mordor
Luis Ventoso ABC 11 Agosto 2020

Reunión de seis periodistas ante una mesa circular en la redacción de ABC en Madrid, en una mañana previa a esta inesperada era de las mascarillas y el holograma del doctor Simón. En un momento dado, alguien preguntó por curiosidad de dónde éramos cada uno: Almería, Baracaldo, La Coruña, Argentina... Nadie había nacido en Madrid. Ahí radica uno de los atractivos de la ciudad: la mixtura de personas de todas partes, llegadas para intentar mejorar sus vidas y/o en busca de los estímulos de la metrópoli. La integración es cómoda. No se exigen gestos identitarios madrileñistas para encajar. De hecho, si alguien los demandase se consideraría un delirio, o una astracanada. Madrid, la mayor urbe de España de largo, es una capital desprejuiciada. Puertas abiertas. Talante jovial, «echao palante» y algo guasón. Nadie hurga en tu vida. No existe eso de «aquí nos conocemos todos», ni aquello otro de «aquí al final todo lo manejan veinte familias». Los que llegan de fuera tampoco deben pasar por el incordio de escolarizar a sus hijos en un idioma que los niños desconocen (que es la sencilla razón por la que muchos ejecutivos ya no quieren ir a Cataluña). Pero Madrid también es exigente. Se trabaja mucho y rápido. Con el bolsillo pelado se vuelve cruel, por el transporte y porque su pujanza ha disparado los alquileres. Los chavales mileuristas sudan para independizarse. Por cualquier cuchitril interior se arrean sablazos de pánico.

Madrid es todo eso y más. Lo que nunca ha sido es un Mordor opresor de ciertos pueblos elegidos subyugados bajo su bota, como denuncia desde siempre el nacionalismo victimista.

Salvador Sostres resulta un entrevistador original y perspicaz. Con preguntas telegráficas va levantando las capas de cebolla de los personajes hasta que asoma su verdadero corazón. Su conversación con Juan Rosell, expresidente de la CEOE, ha sido ejemplar. Lo que aflora es un nacionalista catalán henchido de victimismo. Rosell dice que «en Madrid no se ve con buenos ojos lo que viene de Cataluña», propone «soluciones imaginativas» para pasar por alto el pisoteo de la legalidad por parte del separatismo y denuncia la afrenta de un supuesto déficit de infraestructuras y transferencias. Todo es falso. Aunque sirva de poco decirlo, pues lo que late ahí es irracional: sentimentalismo y complejo de superioridad. Muchos de los grandes comunicadores y artistas que triunfan en Madrid son catalanes. Cataluña ha sido históricamente primada respecto a otras regiones (véase la bicoca del monopolio textil, o la discriminación positiva de Franco a su favor). ¿Infraestructuras? Su AVE se completó en 2008, mientras los gallegos, por ejemplo, siguen esperando (en parte por la oposición en su día de CiU y Ciudadanos a «despilfarrar» el dinero allí). ¿Soluciones imaginativas? Díganos abiertamente cuál, ¿Tender una alfombra roja al golpismo y la independencia? Rosell cierra la charla compadeciéndose de Sostres por haber tenido una hija en vez de un hijo. Queda todo dicho y solo resta una pregunta: ¿Por qué los empresarios españoles entregaron su representación durante nueve años a un tipo así?

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A Sánchez le sobra Iglesias
Jorge Vilches. vozpopuli  11 Agosto 2020

Me preguntan con frecuencia si creo que va a terminar pronto la legislatura de Sánchez, si va a adelantar elecciones y si aguantará mucho siendo el jefe de los socialistas. A renglón seguido, como desahogo, me comentan que se trata de un tipo despreciable, un mentiroso patológico, un traidor que ha enterrado al “socialismo bueno”, un ególatra que pacta con quien sea para mantenerse en el poder. “¿Cómo es posible -concluyen- que la gente vote a este tío?”. He de decir que la respuesta que doy no me hace muy popular: “Es muy bueno en lo que hace”.

Sánchez ha conseguido convertir una debilidad en una fortaleza. Mentir y engañar han dejado de ser unos pecados reprobables que se cobraban en la opinión pública y en las urnas, a convertirse en instrumentos aplaudidos por los suyos. Un ejemplo. En plena pandemia, cuando Sánchez decidió prolongar el estado de alarma, buscó el voto de cualquiera. Lo consiguió de Bildu. No lo hizo directamente, sino a través de dos peones de los que prescindirá cuando le plazca: Lastra y Echenique.

Lo mismo pensaron cuando pactaron con Arrimadas y Edmundo Bal. Los electores socialistas han asimilado la mentira y el engaño como algo positivo porque es útil para sus intereses

En la mentalidad tradicional, cuando la mentira era despreciable y la honestidad algo a salvaguardar, esto hubiera sido intolerable, un escándalo mayúsculo. Hoy no. El gobierno social-comunista pactó con los filoetarras la derogación del marco laboral, y sus votantes, los del PSOE, se quedaron tranquilos. ¿Por qué? Pensaban que era una falsa promesa, una de esas artimañas de Sánchez para conseguir el voto y que luego no cumpliría. Lo mismo pensaron cuando pactaron con Arrimadas y Edmundo Bal. Los electores socialistas han asimilado la mentira y el engaño como algo positivo porque es útil para sus intereses.

Es un éxito de Sánchez. No se puede negar. Su estilo es el epítome de la posverdad: no importa que sea cierto lo que se dice, sino que sirva para desarmar al enemigo o crear un relato vencedor. Por eso ha estado mintiendo sobre la respuesta gubernamental a la pandemia de la covid-19 en España, como en el número de muertos o en la “rapidez” de las medidas, y no pasa nada.

El negocio familiar
¿Durará Sánchez? Sí. No solo porque sus contrincantes son más débiles, sino porque ha tejido una estrategia perfecta, o casi, para mantenerse en el poder. El jefe del Gobierno está en ese momento dulce en el que todo le sale: una trola, un chanchullo o el paisaje; es decir, las condiciones de la Unión Europea para el rescate a España y las infinitas torpezas de Pablo Iglesias y de ese negocio familiar que llaman “Unidas Podemos”.

Ahora le sobran a Sánchez los podemitas. Para quitárselos de en medio los sanchistas han tomado sus fortalezas y las han convertido en debilidades, y están sacando todo el arsenal contra Iglesias: el feminismo, el republicanismo, el reparto de la riqueza y la honradez. Desmontar el lado feminista de Pablo Iglesias ha sido lo más sencillo. Ha bastado con recordar aquello deleznable de “la azotaría hasta que sangrara”, o el modo que tiene de compensar una ruptura amorosa con un cargo o un trabajo.

El asunto de Dina Bousselham ha venido a ilustrar el evidente machismo del personaje. Parece ser, según se dice, que los servicios secretos marroquíes metieron en su cama a una de sus agentes para que cambiara sus declaraciones respecto al Sahara y el Frente Polisario, él se enteró y secuestró su tarjeta SIM “por el bien de una mujer de veintitantos años”, según dijo.

Frente a los exabruptos republicanos del mundo podemita, tan guerracivilista como ignorante, tan grosero como demagógico, el sanchismo pretende dar el tono práctico y leal"

El republicanismo podemita, por otro lado, está sirviendo para que Sánchez se granjee una imagen de hombre de Estado, moderado y responsable, que contiene a los radicales de una y otra parte. Frente a los exabruptos republicanos del mundo podemita, tan guerracivilista como ignorante, tan grosero como demagógico, el sanchismo pretende dar el tono práctico y leal. Por supuesto, esto lo cambiará el presidente cuando le convenga y se presentará como el primer republicano.

El reparto de la riqueza del que hizo gala Unidas Podemos es hoy un chiste. Mientras que no sabemos dónde viven los ministros socialistas -y así debe seguir siendo-, las excentricidades de nuevo rico de Iglesias y Montero, sus sueldos y patrimonio, el contraste entre su vida de millonarios y su discurso contra el capitalismo, son ya un clásico. El chalé de Galapagar y las sombras de su compra han hecho más daño a Podemos que su relación con la dictadura venezolana.

Por último, la honradez, también ligada a lo anterior. La financiación de Podemos, vigilada hace tiempo por el Tribunal de Cuentas, sale ahora en las portadas. Fuentes de financiación desconocidas, gastos a destiempo, sueldos no declarados y cajas B, teniendo a un abogado podemita despedido injustamente como confidente.

En este asunto, este partido, o lo que sea, no tiene escapatoria. Los españoles no castigamos en las urnas los asuntos de cama, las infidelidades o los devaneos. Nos pueden disgustar o no, pero no los castigamos en las urnas. Otra cosa muy distinta es cuando meten la mano en la caja, o hay sospecha de que así ha sido, o se dice que han defraudado a Hacienda. Valdría el ejemplo del rey Juan Carlos.

Información y medios
Podemos es el sueño de un socio de Gobierno que controla la información y los medios, los tiempos y el contenido. Los podemitas son una banda en comparación con la tropa de técnicos experimentados que tiene el PSOE. Las cuatro estrategias para embaucar a la gente que aprendieron los Monedero, Iglesias y compañía en la Facultad de Políticas y en las dictaduras americanas, no pueden enfrentarse a una maquinaria bien engrasada desde hace 40 años.

Sí; Sánchez va a terminar la legislatura, con o sin Podemos. Hoy no tiene rival, sabe hacer las cosas para mantenerse en el poder, y los votantes de izquierdas se sienten protegidos y vencedores con él. Todo son fortalezas en su liderazgo. Agárrense los desafectos a la “nueva normalidad” porque vienen curvas.

Un voto de futuro para Cataluña
Editorial La Razon 11 Agosto 2020

El constitucionalismo, mayoritario en Cataluña, debe hacer una apuesta electoral unitaria ante los próximos comicios. Ellos son el voto de futuro en una comunidad paralizada por el laberinto del ‘‘procés’’

No cumple la ley. Ni gobierna. Sólo ejerce de vicario de su «jefe», el de Bruselas. Joaquim Torra, el aún presidente de la Generalitat de Cataluña, no acató la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que le condenó a un año y medio de inhabilitación por un delito de desobediencia, al mantener la pancarta por la libertad de los condenados por el «procés» y el lazo amarillo, pese a la orden de la Junta Electoral Central (JEC). Luego, con el Covid, dio muestra de una profunda deslealtad con el Gobierno. Ni la urgencia ante un caso tan claro de salud pública parecía distraerle de su objetivo independentista.

Sin embargo, tras tantos años alimentando esa deslealtad y animar al incumplimiento de las leyes, también a él acabó pasándole factura: ahí están los «levantamientos» de Lérida o L’Hospitalet contra su orden de confinamiento que acabó siendo una «recomendación». Difícil que te hagan caso y te obedezcan con tan mal ejemplo de años. Ahora, Torra se enfrenta a su más difícil todavía, un doble salto político que sólo busca posicionar a su jefe de Bruselas ante la próxima e ineludible cita electoral. Los partidos catalanes han estado estos días más pendientes que nunca de una posible convocatoria electoral. Si la fecha elegida es el 4 de octubre, Torra debería firmar este próximo lunes el decreto. Se agotan los plazos. Convocar a unas elecciones el 4-O permitiría al independentismo hacer coincidir la Diada, el aniversario del 1-O y la vista del Supremo sobre la inhabilitación de Torra durante la campaña. Un triple golpe de efecto. Una puesta en escena –ahora que no se pueden hacer demostraciones multitudinarias–, por razones obvias.

Más publicidad para un «procés» que no tiene fin y cuya única razón de ser es mantenerse en la pugna política con ese viaje sin fin a Ítaca. Ante esa cita con las urnas nadie ha de quedarse mudo políticamente en Cataluña. Ciudadanos, el partido más votado en las pasadas elecciones autonómicas –para humillación de las opciones independentistas– debe dar un paso al frente. Las encuestas, siempre retorcidas, daban hace meses ganador a ERC, y todo eran cábalas sobre posibles acuerdos de gobierno: de un apoyo de gobernabilidad por parte del PSC a renovar, de nuevo, la entente soberanista que ha conducido a Cataluña a sus peores indicadores de creación de riqueza, hundir la economía y tensionar a la sociedad. Ahora, desde Ciudadanos y ante la más que previsible debacle de la formación naranja en el Principado, se apunta que ofrecerá al Partido Socialista y al PP ir en coalición o buscar otra fórmula electoral similar en las próximas elecciones catalanas con el objetivo de ganar al independentismo.

Una victoria harto complicada a la vista del tablero electoral catalán, que no beneficia a los partidos constitucionalistas, hegemónicos en las comarcas y ciudades con mayor población. El PSC debe también de hacer un examen de conciencia política y valorar a dónde le ha conducido, durante los pasados años, su apuesta, cada vez más radicalizada, por un catalanismo en el que quería converger con ERC. Los tiempos del tripartito han quedado atrás. Aquella aventura de la mano de los republicanos y los antecesores de Podem solo contribuyó a descabalgar la economía catalana del progreso y precipitar el hundimiento de Cataluña en el laberinto independentista. Con años de crisis económica por delante, hasta retornar a los estándares anteriores al Covid, Cataluña necesita un voto de progreso que la aleje del precipicio en el que el independentismo y la unilateralidad la han conducido. La hoja de ruta del cambio que han de acometer Cs, PP y PSC ha de ser ilusionante y realista, abierta a todos los no independentistas. Esos que son mayoría en Cataluña pero que asisten, desde hace años, como convidados de piedra, a los desvaríos de gobiernos secesionistas que les desprecian y les ignoran.
 


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