AGLI Recortes de Prensa   Martes 25  Agosto  2020

Escrivá y la temporalidad de la crisis
José María Rotellar okdiario 25 Agosto 2020

El ministro Montoro, en el Gobierno del presidente Rajoy, propuso a José Luis Escrivá, procedente de la banca, entre otras ocupaciones pasadas, como presidente de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), institución que la Unión Europea obligó a crear como consecuencia del MoU financiero que España tuvo que firmar. Dicha propuesta se basó en la amplia experiencia que tenía el señor Escrivá en distintos temas económicos. Desde dicha institución, la AIReF trató de hacer gala de su razón de ser y espoleó al Gobierno de la nación, entonces del PP, en aquellos aspectos en los que consideraba que se desviaba de la ortodoxia técnica o en los que creía que podía haber un peligro para la sostenibilidad de las cuentas públicas.

Aunque es cierto que la sucesora de Escrivá en la AIReF, Cristina Herrero, mantiene una línea de ortodoxia en las opiniones de la institución, el ahora ministro Escrivá, aupado al ministerio de Seguridad Social -una parte del ministerio de Trabajo extraída del mismo para multiplicar los puestos con los que dar cabida a todo el Gobierno de coalición- parece haber olvidado la ortodoxia y la seriedad de la que antes hacía gala y que, en mi opinión, no debería haber abandonado ahora que es ministro.

Alguien le ha debido de decir al ministro Escrivá que tiene que ser cercano en las entrevistas, hacer gracietas y chascarrillos con los que encandilar y atraer a los ciudadanos, y explicar las cosas para que las entienda todo el mundo, por complejas que sean. Es mejor no hacer caso a esas recomendaciones, porque cuando se está en un puesto de alta representación debe mantenerse la dignidad del mismo, no sólo por el titular, sino sobre todo porque se representa a la institución, al tiempo que los ciudadanos no quieren un animador gestionando, sino una persona seria, responsable, solvente, técnica y fiable, como es el señor Escrivá, pero que no ejerce de tal manera en su desempeño como ministro. Esto es sumamente importante en cualquiera de esos puestos, y más todavía en el ministerio de Seguridad Social, cuya materia precisa de reformas y no de chistes.

Sin embargo, el ministro ha debido de hacer caso a algún asesor de comunicación y comenzó por reír las bromas y ocurrencias que su compañera del ministerio de Trabajo hizo a cuenta de la explicación de qué era un ERTE. Posteriormente, en un programa de televisión, llegó a decir que la recuperación sería, en su opinión y “por decir algo”, en forma de lámpara de Aladino. Todo ello muy desafortunado para quien llegaba al Ejecutivo para dar marchamo, junto a las ministras Calviño y Robles, de seriedad dentro de la coalición populista firmada con Podemos y apoyada en independentistas y el antiguo brazo político de ETA.

Ahora, ha dado un paso más, y en lugar de hacer gracietas, realiza bromas de mal gusto, como decir que “esta crisis es temporal y no debería haber graves daños en la economía”. No acierta el ministro Escrivá, o no dice la verdad, o ambas cosas. Es cierto que la crisis económica podría haber sido temporal si se hubiesen tomado medidas tempranas, como el cierre de fronteras con China a finales de enero, incluso con Italia, y se hubiesen implantado medidas suaves que minimizasen el contagio del virus, en lugar de tomar medias tardías y muy duras, paralizar la actividad productiva y arruinar por decreto la economía, provocando la pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo.

Si no se hubiese cerrado la economía, si se hubiesen lanzado señales de prudencia para luchar contra la expansión del virus pero se hubiese mantenido la actividad económica en pie, como Noruega o Suecia, entonces cualquier quebranto que tuviésemos sí que sería pasajero, pues la recuperación habría comenzado ya y sería sólida y robusta. El problema es que nada de eso ha hecho el Gobierno, sino que ha gestionado mal ambas crisis, la sanitaria y la económica, ha generado inseguridad jurídica con sus decisiones, incrementada al desistir de sus obligaciones, dejando a las regiones a su suerte, que han emitido una catarata absurda de diferentes normas, y ha sembrado el pánico entre consumidores e inversores al alimentar todos los días el desasosiego sin contar la realidad tal y como es, alejándose del enfoque que, desde la prudencia, impulsaría la total reactivación económica. Todo eso lo sabe el ministro Escrivá sobradamente, pues, como digo, tiene formación y experiencia acreditada para ello, pero que desgraciadamente no ejerce desde que fue nombrado ministro.

Por ejemplo, en el último año la creación de empresas ha descendido un 55,9%; la cifra de negocios de la industria cae un 33,1%; el sector servicios desciende un 33,6%; las pernoctaciones de turistas se hunden un 95,1%; la ocupación hotelera cae un 71,5% y su rentabilidad media diaria retrocede un 37,8%; la firma de hipotecas de viviendas cae un 27,6%; la inversión extranjera disminuye un 64,2%; el PIB desciende un 22,1%; el número de parados va camino de los cinco millones -al incluir al millón de inactivos que no podían buscar trabajo durante el encierro-; queda un millón de personas en ERTE que no sabe que va a ser de su futuro; hay 132.093 empresas menos que hace un año, según los códigos de cuenta de cotización de la Seguridad Social; y la deuda se dispara en junio por encima del 115%, hasta alcanzar el 115,22% del PIB. Juzguen ustedes si esto no puede estar provocando graves daños en la economía.

Todo es temporal, claro, pero es diferente si el tejido productivo no se destruye, porque la recuperación será rápida y fuerte, que si la ruina es completa y las empresas cierran masivamente y, con ello, el empleo se destruye a borbotones, porque entonces esa temporalidad de la crisis a la que se refiere el ministro Escrivá será mayor, por larga y profunda.

El Gobierno debe rectificar y empezar a gobernar con ortodoxia que permita recuperarnos sólidamente o el drama social que sufrirá España será mucho mayor que el del coronavirus. Mientras tanto, el ministro Escrivá puede ir a hablarles de lo temporal de la crisis a las miles de personas que, desgraciadamente, tienen que hacer fila en las colas del hambre a la puerta de los comedores religiosos o de ayuda social que se ven por todos los rincones de España. En Martínez Campos, no muy distante de donde se asienta en Madrid la oficina del ministro, tiene uno de ellos. O el Gobierno rectifica de una vez por todas y asume la ortodoxia económica o la crisis económica -que muchos políticos parecen querer ignorar- va a suponer un horror que nunca antes hemos visto, al menos desde la Guerra. El ministro Escrivá debe volver al sendero de la técnica y la experiencia en gestión, dejarse de juegos de palabras e insistir en la vuelta a la ortodoxia. Es el mejor servicio que puede hacer a la economía española.

Sánchez e Iglesias engañan a la sociedad para esconder sus múltiples escándalos
ESdiario 25 Agosto 2020

Si Sánchez evita la investigación parlamentaria y la comparecencia, se hará cómplice de los posibles delitos y demostrará su catadura tras desalojar a Rajoy en nombre de la higiene.

Si nada lo remedia, el PSOE evitará hoy que Pablo Iglesias tenga que comparecer en el Congreso para dar explicaciones sobre los múltiples escándalos que se le acumulan a Podemos, a cual más oscuro, alguno de ellos en fase judicial.

No se trata de inventos de la "cloaca", como dicen el vicepresidente segundo del Gobierno para escurrir el bulto de manera impresentable, sino sospechas razonables de delitos graves que han merecido la atención de los jueces.

Desde la Caja B hasta el dudoso crowfunding, pasando por la financiación, los sobresueldos, las obras de su sede o los trabajos con extrañas consultoras extranjeras; todo lo relativo a los dineros de Podemos tiene un evidente aroma a irregularidad.

Acrecentada por una certeza que los líderes intentan disimular insistiendo en que, hasta ahora, todas las denuncias se han archivado: eso es cierto, tanto como que los fundadores del partido, de manera personal o con fundaciones, facturaron millones de euros de siniestros regímenes poco antes, vaya casualidad, de que lanzaran la formación.

Con instrucciones en marcha, cualquier dirigente de un Gobierno debería asumir la responsabilidad de dar explicaciones en sede parlamentaria. Y de aprobar y apoyar una Comisión de Investigación. Pero esa obligación es especialmente insoslayable en los casos de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, impulsores de una moción de censura con la que el primero llegó al Gobierno y el segundo acabó haciéndolo tiempo después.

A Rajoy lo desalojaron, tras ganar dos Elecciones Generales en seis meses, apelando a una sentencia que solo enjuició dos casos de corrupción doméstica del año 2003, sin que la Justicia determinara responsabilidad alguna en el entonces presidente, cuyo papel en aquel juicio se limitó al de ser un testigo.

Con ese precedente, que Podemos ahora se niegue a comparecer las veces que haga falta y que el PSOE le ayude desde el Congreso, es implemente impresentable. Y una falta de respeto a la ciudadanía, a la que se persuadió de que su censura al PP obedecía al deseo innegociable de aplicar criterios de transparencia y decencia a la acción pública.

Sánchez e Iglesias, en fin, quedarán retratados como un par de ventajistas sin escrúpulos ni principios; movidos exclusivamente por el deseo de llegar al poder como sea y mantenerlo al precio que haga falta. Si se concreta este ejercicio de opacidad extrema, en fin, quedarán retratados para siempre. Y los españoles solo tendrán ya en los jueces una esperanza de regeneración que ellos, desde luego, no representan.

La inacción del Gobierno nos conduce a otro desastre sanitario
Editorial El Mundo 25 Agosto 2020

La ya demostrada negligencia e incompetencia del Gobierno puede volver a poner en peligro la seguridad sanitaria de todo el país
Ha quedado acreditada la falta de credibilidad de Fernando Simón.

Si hay un discurso que refleja la absoluta irresponsabilidad del Gobierno en la gestión de la pandemia fue el que Pedro Sánchez pronunció en La Coruña durante la campaña de las elecciones gallegas. Entonces, pidió a los ciudadanos que no se dejasen "atenazar por el miedo" y afirmó con convicción: "Hay que salir a la calle, hay que recuperar la economía, disfrutar de la nueva normalidad. Y hay que ser conscientes de que el país está mejor preparado para los rebrotes". Era el 4 de julio. Hoy, mes y medio después, no hay un Estado en Europa que esté en peor situación que España en número de contagios, tanto en términos absolutos como relativos. El presidente del Gobierno y todo su equipo se han convertido, sin duda, en un auténtico peligro para la seguridad sanitaria del país y para la vida de los ciudadanos más vulnerables.

Es cierto que se han dado episodios de comportamientos incívicos de muchas personas que, siguiendo el aliento temerario de Sánchez, no han respetado las medidas de prevención, ni en el uso de las mascarillas, ni en el mantenimiento de la distancia social, ni en la disciplina de la higiene. Pero eso no explica por sí solo que los hospitales estén recibiendo cada día más enfermos de Covid y las UCIs hayan empezado a estar de nuevo ocupadas, amenazando con un nuevo colapso del sistema sanitario similar al de la pasada primavera, como han alertado las principales asociaciones de médicos.Estos profesionales ya han advertido que no están dispuestos a un nuevo sacrificio heroico como el de meses atrás -que se llevó la vida de 61 médicos y provocó el contagio de miles de ellos-, puesto que el Gobierno no ha cumplido su compromiso de reforzar la atención primaria y los centros de salud, dotándolos de más recursos, de ampliar las plantillas de sanitarios y reducir la precariedad laboral, de hacer reservas de material y de medicamentos, de incrementar las PCR y el número de rastreadores, y de establecer cauces eficientes de colaboración entre las distintas administraciones.

Y es que, llegada la nueva normalidad y tras la finalización del estado de alarma -durante el cual el Ministerio de Sanidad impuso su autoridad de forma unilateral, arbitraria e inflexible, desatendiendo consejos y ayudas, provocando el desabastecimiento de material sanitario, ocultando datos, manipulando estadísticas e inventándose un equipo de expertos que nunca existió- el Gobierno se desentendió de sus obligaciones de coordinación, delegando toda la responsabilidad en unas comunidades autónomas sin demasiado margen de actuación, que carecen de directrices claras e iguales para todo el territorio y de la cobertura legal necesaria para aplicar nuevas medidas de prevención sin interferencias jurídicas. Simplemente, el Gobierno desapareció y los ministros (en especial los de Sanidad, Interior y Educación) se fueron de vacaciones, en lugar de adelantarse a la anunciada segunda ola de contagios y renunciando a ejercer su papel de liderazgo político, dejando como único portavoz a un funcionario como Fernando Simón, sin ninguna credibilidad ni fiabilidad.

En este sentido, las medidas que pueda aprobar hoy el Consejo de Ministros extraordinario irán necesariamente por detrás del virus. Pero resulta urgente que, a pocos días del inicio del curso, el Gobierno explique cómo va a garantizar en todo el país la seguridad de alumnos y profesores en los centros educativos, principal preocupación de las familias. Todo indica, sin embargo, que se están reproduciendo los mismos errores y que la negligencia ya demostrada por el Gobierno nos puede conducir a un nuevo desastre sanitario.

Vista a la derecha sin complejos
Amando de Miguel Libertad Digital 25 Agosto 2020

En buena lógica política, hay que distinguir la legitimidad de origen y la de ejercicio. Un Gobierno se considera genuino cuando llega al poder con los votos necesarios del juego parlamentario. Pero, una vez instalado, redobla su legitimidad cuando gestiona con acierto la cosa pública. Si ese ejercicio del poder no diera la talla de una forma automática, el Gobierno debe someterse a una moción de censura o, antes que eso, sencillamente, tiene que dimitir. En tal caso, lo elegante y sensato es que el presidente del Gobierno convoque elecciones generales. Se podría dedicar, entonces, a pulir su tesis doctoral.

Pues bien, el actual Gobierno (una heteróclita conjunción de mediocres socialistas, comunistas dislocados y separatistas compungidos) no ha podido gestionar peor la pandemia del virus chino. Su incidencia en España es la más alta de Europa, o una de las más altas. La desinformación sobre el particular ha llegado a extremos de ridículo. El dislate es aún mayor respecto a la hecatombe económica subsiguiente. El desmoronamiento del empleo en España es el más agudo de los países occidentales, y eso que la cosa no ha hecho más que empezar.

Así pues, se impone que el Gobierno renuncie al mando, no sin antes pedir perdón de la forma más solemne posible. No entiendo mucho de la técnica parlamentaria, pero el sentido común me dice que sería bueno que el doctor Sánchez cediera los trastos a una especie de Gobierno provisional en un plazo perentorio. Habría que evitar todo lo posible las onerosas campañas de propaganda. Dada la penosa situación sanitaria, los comicios tendrían que descansar en el voto por correo y alguna forma inteligente y segura del voto informático.

Avanzo este presagio: si la consulta electoral la ganara otra vez la conjunción de socialistas, comunistas y separatistas, serían los últimos comicios que iba a haber en España. Sería bueno que las ganara una derecha sin complejos (en el sentido que da a esta expresión Luis del Pino), cosa que, por otra parte, no la veo muy factible. La derecha en España siempre ha estado muy dividida.

Suponiendo un resultado sensato, lo primero que debería impulsar el nuevo Gobierno es un nuevo texto constitucional, pues el actual hace agua por todas partes. En la comisión redactora correspondiente, no tendrían que destacar tanto los abogados o los políticos en ejercicio, como ha sido la costumbre inveterada desde 1812. En contra de esa larga tradición histórica, se impone un texto escueto, susceptible de enmendarse con facilidad. Las normas electorales se pueden dejar para una ley electoral con distintos reglamentos. Si por mí fuera (y conmigo millones de españoles), los partidos políticos deberían responder a un principio elemental: tienen que dejar claro que representan expresamente a todos los españoles. Los que no cumplieran tal condición podrían constituirse como grupos de influencia, sin salirse de la ley.

Se me dirá que me apunto a la tradición de los arbitristas, los que proponían a los reyes de antaño soluciones fantasiosas, taumatúrgicas. Se recuerda, por ejemplo, la que imaginaba hacer navegable el Tajo, con esclusas, desde Lisboa hasta Madrid.

Puede que mi artículo se acomode a la tradición literaria que digo. La prueba por anticipado es que la realidad que me figuro yo no la veré. Pero no por eso voy a dejarla en el tintero.

El PSG es el nuevo PP
Santiago Navajas Libertad Digital 25 Agosto 2020

Con la defenestración de la liberal Cayetana Álvarez de Toledo de la portavocía, Pablo Casado ha emprendido el enésimo viaje del PP al apaciguamiento, convirtiendo a su partido en el PSG, Partido Socialdemócrata Genuflexo. Si en su día Rajoy invitó a conservadores y liberales a largarse del partido, dado que le molestaban con sus debates de ideas en la consolidación de su proyecto desideologizado, Pablo Casado ha cerrado el giro tecnocrático abriendo el partido a los socialdemócratas, con Cuca Gamarra poniéndose de rodillas ante las feministas de género con un discurso que aplaudirían las miembras del Ministerio de Igualdad. Lo primero que debería saber un portavoz de un partido es que si quieres discutir con tu adversario político no debes utilizar su lenguaje. Gamarra no ha dudado ni un segundo en lanzarse de cabeza a la piscina de la "igualdad real", la "brecha salarial" y el "feminismo sin etiquetas". Carmen Calvo al escucharla habrá pensado "así me gusta, bonita".

Aunque pueda parecer paradójico, la llamada hecha por Pablo Casado a los socialdemócratas para que engrosen las filas del PP tiene su lógica. El socialismo hoy más que nunca es una ideología ultra conservadora, mantenedora del statu quo y basada en valores rancios: la censura ideológica, las castas sociales, los privilegios espurios. Casado, que a diferencia de Sáenz de Santamaría propuso dar la batalla cultural y de las ideas frente a la complicidad de la mano derecha de Rajoy con nacionalistas y socialistas, ha rendido cautivo y desarmado conceptualmente su partido a los medios socialdemócratas.

Pero la destitución de CAT no es sólo una derrota ideológica del centro derecha sino de la misma democracia liberal. Explicaba Carl Schmitt que "el parlamento representa a toda la nación como tal y emite por ello, en discusión y acuerdo públicos, leyes, es decir, normas generales", para lo que es fundamental, sustancial y esencial las deliberaciones públicas en el Congreso. Por otro lado, como sostenía Karl Popper, un modelo político liberal es análogo al sistema de la ciencia, basado en el disenso y la confrontación de paradigmas. Nadie como CAT para la discusión pública y el disenso político con rango intelectual pero lenguaje claro.

Con le eliminación de la portavocía de CAT, Casado seguramente conseguirá votos moderados pero habrá infringido un daño terrible al fundamento deliberativo y de disenso de la democracia. Se burlaba Schmitt de los parlamentos como el de la República de Weimar porque "no es ya hoy un lugar de controversia racional donde existe la posibilidad de que una parte de los diputados convenza a la otra y el acuerdo de la Asamblea sea el resultado del debate porque la posición del diputado se encuentra fijada por el partido". En la partidocracia española sigue siendo habitual que el que se mueve no sale en la foto. A menos CAT, doctorada en Oxford, más Adriana Lastra, licenciada en Ferraz.

Cuando despertemos
Miquel Giménez. vozpopuli  25 Agosto 2020

La sociedad española vive todavía adormecida por las vacaciones y los resabios del Resistiré. Pero está a punto de despertar

Y no será agradable. La vuelta a la vida real, que tan lejos queda del casoplón de Galapagar o de las interminables vacaciones de Sánchez, será durísima. Lo que tenemos es un país completamente arruinado, con la mayoría de autónomos en quiebra, con miles y miles de empresas cerradas y un Estado en bancarrota que mira hambriento hacia Europa a ver qué sobras caen de la mesa de los poderosos.

No hay dinero. El Gobierno anda como pollo sin cabeza desde el inicio de la pandemia por su propia incapacidad para gestionar la nación y no es de esperar que su proceder cambie. Sería inconcebible porque su carácter es soberbio, chulesco, y su incapacidad para afrontar la realidad les obliga a mentir más y más. No es caso de señalar todos los bulos que nos han endilgado, porque sería el cuento de nunca acabar, pero son muchos, muchísimos. En Moncloa reside un grupo de aventureros que se odian a muerte entre sí, dispuestos a lo que sea con tal de no salir del mundo enmoquetado al que se han acostumbrado con suma rapidez, véase a modo de ejemplo el publirreportaje de Irene Montero en su mansión principesca, vestida como si fuese a anunciar bombones de lujo o baldosines de calidad.

Lo preocupante no es que quienes desprecian al pueblo vivan como sátrapas mientras su compatriotas caen como moscas en lo sanitario y en lo económico. Lo que causa alarma es que la gente viva como si no pasase nada. Que político no come político es cosa sabida, pero que un electricista, un camionero, un arquitecto o un charcutero no sean conscientes de que esto va a ir a peor es inquietante. Cuando Sánchez se alegró con la oposición del PP a seguir aprobando otro estado de alarma, sabía muy bien por qué. A partir de entonces, las responsabilidades se las endilgaría a las comunidades autónomas y, si la cosa iba bien, el mérito sería de él; si iba mal, la culpa sería de los gobiernos autonómicos y, como no, de la derecha que no le había dado apoyo para prolongar más tiempo esa dictadura de la estupidez y la muerte que nos ha presidido en los últimos meses.

Ahora que septiembre está a la puerta, tendremos ocasión de comprobar cómo el estado de las autonomías es un fracaso y que no hay nadie que quiera poner orden en esos reinos de taifas. Veremos a una ministra de economía, que parecía ser lo mejorcito del Gobierno, correr arriba y abajo agitada sin implementar las mínimas condiciones para que el agonizante estado pueda, siquiera, recobrar el pulso. Veremos a Sánchez ajustar cuentas con su Iglesias, a ambos cargar contra el Rey, a Torra lanzar otro pulso al Estado y a la mayoría de medios lamerle las suelas al Gobierno. Y, en medio de esta impúdica celebración, veremos cómo se hunde una nación, acaso para siempre.

Es el pago de la factura que debemos por culpa de la estupidez de una parte del electorado, que se creyó lo que le dijeron un puñado de desaprensivos, prometiéndoles un futuro dorado. Nueva política. La gente se lo tragó porque este es, no nos engañemos, un lugar en el que nadie lee ni se cultiva y donde, además, el librepensador siempre es visto como sospechoso. Los que desconocen qué escribió Larra, como discurrió en realidad la II República o que supuso para Europa la batalla de Bailén tendrán ahora la ocasión de contemplar su mundo de siempre pulverizado por una crisis sanitaria y social sin parangón. Crisis que, lo decimos con envidia, Francia, Alemania o Dinamarca, han sabido capear sin por ello hundir su economía ni condenar a la pobreza a sus habitantes. Hasta ahora el Gobierno ha podido disimular el apocalipsis, pero la farsa ha terminado. Llega el momento en el que debemos despertar de ese sueño infantil, peligroso, en el que se ha vivido. Viene el paro atroz, la ruina en familias que nunca creyeron que iban a tener que acudir a un comedor social, desahucios, incremento de la delincuencia, conflictos sociales y miseria. Mucha miseria. Se acabó la sociedad del bienestar, la sociedad del ocio, la sociedad de los tres tercios, las nuevas clases medias urbanas y su puñetera madre. Solo quedarán los ricos y el resto.

Cuidado con los sueños, sirenas del alma como definía Flaubert, en especial con los que prometen aquellos que se envuelven en banderas rojas para ocultar la sangre que, indefectiblemente, acaban produciendo sus actos. Su despertar acostumbra a ser amargo, muy amargo.

Después de los aplausos llega el huracán
Alfonso Pinilla. vozpopuli  25 Agosto 2020

La Unión Europea es fruto del diálogo realista entre la necesidad y la virtud. Siempre lo fue, desde sus inicios. El coronavirus ha azotado intensamente a tres importantes economías europeas –Italia, España, Francia– que, de caer, arrastrarían consigo al euro y, por ende, a todo el edificio de la Unión. Por eso es una necesidad salvarlas, aunque esa necesidad sea impulsada por la virtud de la solidaridad que siempre inspiró la integración europea. Pero además de esa virtud, 'los países frugales' han recordado otra fundamental, poco practicada en España o Italia, que es la responsabilidad.

El dinero llegará, no tanto como Sánchez quería, y vendrá a cambio de necesarias reformas estructurales que impidan el excesivo endeudamiento de España y un déficit inasumible. Nos hallamos en un momento decisivo para modernizar nuestra economía al calor del impulso europeo. Eso implica que el Gobierno habrá de rectificar su política económica y rebajar el grosor de su 'escudo social'. Estaremos atentos al juego de palabras que muy pronto utilizarán Moncloa y sus terminales mediáticas para disimular los recortes que nos vienen. En algunos titulares ya intuimos algunos de esos juegos: “giro económico” para “la reconstrucción”, por ejemplo. Y vendrán más por ese estilo.

Los aplausos que Sánchez recibió de sus ministros al llegar de Bruselas revelan la naturaleza de este Gobierno: pura propaganda, estudiada performance para escamotear la realidad, no siempre amable. Y ahí estamos, en un episodio más del largo pulso que este Ejecutivo libra contra el mundo real, donde la crisis sanitaria y económica se envuelve en aplausos para sublimar fracasos e impotencias.

Aquellos aplausos merecidos al personal sanitario no estuvieron acompañados de un relato fidedigno del drama vivido. Cada verano sufrimos las duras campañas de la DGT contra los accidentes de tráfico. Las crudas ficciones expuestas en la pantalla se justifican para concienciar de los peligros que entraña una conducción irresponsable, sin embargo, el coronavirus no ha generado este tipo de campañas porque el Gobierno ha huido de su responsabilidad a la hora de asumir la gravedad de la pandemia y sus consecuencias. No hacía falta rodar dramáticas escenas en hospitales para convencer a la sociedad de la seria crisis que atravesamos, bastaba con permitir que la realidad fuera transmitida por televisión. Una realidad que no cala a través de guarismos, estadísticas y curvas de fallecidos. La frialdad del número esconde el drama que guardan cientos de ataúdes alineados en el Palacio de Hielo. Y no vimos qué pasaba en aquella improvisada morgue.

Su ansiado juguete
Ahora, alarmados, se escuchan por doquier lamentos sobre la excesiva relajación post-confinamiento. Una sociedad infantilizada genera este tipo de gobernantes, niños caprichosos cuyo único objetivo es seguir disfrutando de su ansiado juguete, el poder, a costa de lo que sea. Estamos en un cruce de caminos, en un auténtico cambio de época, y me temo que los aplausos de autocomplacencia no garantizan horizontes despejados. Los 'frugales' tienen razón: no hay solidaridad sin responsabilidad.

******************* Sección "bilingüe" ***********************


 


Recortes de Prensa   Página Inicial