AGLI Recortes de Prensa   Lunes 21  Septiembre  2020

Engaño y desengaño de la política
Amando de Miguel Libertad Digital 21 Septiembre 2020

En la España hodierna, la política se reduce a una representación en la que destacan muy pocos actores. Básicamente, los del Gobierno se esmeran en perdurar todo lo posible en el poder mediante el uso desmedido de la propaganda. Se trata de un instrumento para inculcar la conformidad de los que dicen “ciudadanos”.

El sistema electoral favorece la presencia de una multiplicidad de partidos y partidas, lo que hace muy arduo el papel de la oposición parlamentaria. Encima, las principales formaciones políticas arrastran turbios asuntos de corrupción. Total, que la casa queda sin barrer. Quiero decir que la resolución de los capitales problemas del país sigue sin plantearse. El Gobierno insiste en que ya está tomando las medidas para resolver las graves cuestiones que aquejan a los contribuyentes; sustituye la percepción de la realidad por los buenos deseos.

La actual endemia del virus chino y el consiguiente parón económico nos han hecho ver que el otrora brillante desarrollo económico español no da más de sí. Tal modelo se basó en el turismo y en la alianza subordinada de la industria española con grandes empresas de alcance global. Pues bien, la fórmula de las dos últimas generaciones ha llegado a su fin por consunción. La prueba circunstancial es que la ansiada vacuna contra el virus chino no va a fabricarse en España; puede que la más barata provenga de China. Y es porque ese gran país, aun con la pestilente forma política totalitaria, ha adoptado otra fórmula de desarrollo: exportar tecnología en masa. Precisamente es la opción que convendría adoptar en España para salir del atolladero, solo que con democracia. Claro que se dice pronto, pero el paso hacia un esquema tecnológico implica dos resortes que funcionan mal en España: 1) la constitución de un eficiente sistema de enseñanza y de investigación científica, del cual andamos muy lejos; 2) el predominio de una acendrada moral de trabajo y esfuerzo, que solo se respira en ciertos círculos del deporte.

De momento, la enseñanza y la investigación científica andan por separado, cada una dependiente de un ministerio. Además, en este y otros aspectos de la vida pública, se ha convenido en disgregar aún más la acción política, a través, del malhadado ‘Estado de las Autonomías’, valga el término contradictorio. El invento autonómico ha servido más bien para generalizar la corrupción e inflar la caterva de cargos públicos, funcionarios y asesores. En definitiva, la organización de la vida pública ha venido a reforzar el sistema oligárquico, que ha sido lo nuestro toda la vida de Dios.

Más difícil (ahora se dice “más complicado”) es operar con la segunda válvula del desarrollo: el espíritu de superación y de esfuerzo en todos los terrenos. En esto hemos retrocedido algunos puntos respecto a las dos generaciones anteriores. Hemos entrado en un tipo de sociedad en el que domina la actitud resignada de la mayor parte de la población, la excesiva confianza en las ayudas del Estado. El precio colectivo que hay que pagar por el predominio de tal mentalidad es una descomunal tasa de desempleo, seguramente la más alta de la historia contemporánea.

Se establece un círculo vicioso en las relaciones de la sociedad con los poderes públicos. El ejército de parados (incluidos los autónomos que tienen que cerrar sus negocios) precisa, para subsistir, de la munificencia del Estado. Lo mismo ocurre con los sectores empresariales en crisis, que son casi todos, aunque mayormente el turístico y el hotelero. El Estado debe atender también a amplios estratos marginados: inmigrantes, indigentes, jubilados, etc. En definitiva, la situación crítica de un Estado impecune se agrava al tener que gastar cada vez más. La única solución es que el sector público se endeude todavía más. Por si fuera poco, la población apoya un Gobierno sedicentemente progresista, esto es, de izquierdas, con la colaboración de los secesionistas de siempre, vascos y catalanes. Se conoce que los españoles, como conjunto, no hemos aprendido gran cosa de los errores de la Historia.

Moncloa contra Sol
Gabriel Albiac ABC 21 Septiembre 2020

Soñó ser el más festivo anhelo inaugural del siglo XX. Y fue el más mortífero. La utopía de una sociedad sin Estado consumó una vieja maldición humana: quien promete paraíso trae infierno. Dos guerras mundiales y un imperio totalitario ratifican que, en lo humano, la alternativa a lo malo (el Estado) es lo pésimo (el no-Estado).

En lo humano: en lo político. En ese ajedrez de dominaciones, en donde no existe oasis al abrigo del perpetuo combate que Hobbes dibuja, con palabras de Plauto, para la horda humana: un perseverante acecho de lobos contra lobos.

El Estado no es más que un regulador de los callejones sin salida a los cuales aboca esa condición que hace -eso enseña Heráclito- a la guerra padre y señor de todo lo humano. En el Estado, una condensación de fuerza más alta que la de cualquier otro sujeto, retiene la tentación destructiva de unos sujetos hacia los otros. No suprime el conflicto -que está anclado en el cerebro predador de los hombres-; lo atenúa, mediante la fijación de reglas únicas, para cuyo incumplimiento garantiza penas inexorables. Sólo el temor, entre los hombres, pospone la matanza.

En las sociedades modernas, el Estado puede permanecer «casi invisible» bajo las condiciones normales, cuya fluidez la ley garantiza. Su primacía retorna en los momentos de crisis: cuando de la ausencia de una autoridad visible vendría el desbarajuste del sálvese quien pueda. En el límite extremo, esas situaciones son dos: guerras y pestes: todo aquello que abre a un horizonte de muerte masiva e inevitable. Frente a cualquiera de esas oleadas, una sociedad sin Estado será diezmada.

La pregunta más grave a la cual vive asomado este país desde hace cuarenta años es: ¿hay Estado? ¿Puede llamarse, en rigor, Estado a éste «de las autonomías» que multiplica por 17 las administraciones, los parlamentos, las autoridades, el mando..., sin ninguno de los correctores de un modelo federal? Hasta hace unos meses, era posible responder que, pese a todo, sí: se constataba el avance económico, la sociedad muy aceptablemente confortable en que vivíamos… «¿No es eso un Estado envidiable?», nos decían. Y tenían razón. Retórica.

Pero faltaba la prueba de fuego, la que define la existencia funcional del Estado: la crisis que bascula a la hecatombe. Ahora. Hic Rhodus, hic salta, ironizaba el clásico. Es la hora de la verdad.

Y la verdad está siendo amarga. Si España triplica o cuadruplica la tasa de contagiados y muertos europea, no hay factores técnicos que puedan explicarlo: toda Europa se muestra estupefacta ante lo que aquí pasa. Nuestra medicina es excelente, de los mejores nuestros hospitales… Y, sin embargo, nuestras tasas de muerte y contagio están en las cifras del tercer mundo profundo. ¿Qué pasa?

Pasa que en España no hay un Estado. Hay 17. Pésimamente avenidos. Cada uno de los cuales sueña sólo con tumbar al partido que gobierna en el otro. A cualquier precio: y ese precio lo pagamos otros. La Moncloa contra Sol. No hay Estado. O sea, hay muerte.

“Las cortinas de humo de Podemos”
Francisco Marhuenda La razon 21 Septiembre 2020

No tengo ninguna crítica que hacer a que Pablo Iglesias y los suyos sean republicanos. Lo sorprendente sería que fueran monárquicos. Nadie espera que lo sean. Otra cuestión distinta es el activismo antimonárquico como instrumento de lucha partidista y, sobre todo, cortina de humo para desviar la atención de aquellos asuntos que realmente preocupan a los ciudadanos. No hay que ser un gran politólogo para entender que la sociedad espera acuerdos y una política más centrada, pero la realidad es que Podemos está instalado en su activismo asambleario pseudorevolucionario.

Es verdad, también, que ni han engañado ni engañan, porque son una izquierda dogmática que desborda no solo al PSOE sino a la vieja IU. El propio Alberto Garzón aclaró en el diario.es que no era de izquierdas sino comunista. Por eso no entiendo que moleste que se defina al gobierno como social-comunista. Tienen la piel muy fina. Hay que insistir en que el comunismo ha demostrado que en todos los países donde ha gobernado se han vulnerado todos los derechos humanos con genocidios y crímenes de todo tipo, robado, provocado golpes de Estado, guerras civiles…. No hay monstruosidad que no haya cometido.

Es llamativo que Iglesias se ponga como objetivo acabar con la monarquía, sobre todo porque sabe que es imposible. No solo el PP, PSOE, Cs y Vox pasan de esa bravuconada, sino que la sociedad ignora estas excentricidades. Esta bien que rearme su ofensiva, lástima que no tenga proyectos más sólidos, y que asuma que no hay una correlación de fuerzas para conseguirlo, pero estamos ante una cortina de humo para intentar cortar la sangría de votos que sufre la formación que lidera.

Hay una serie de comodines que resultan útiles a la izquierda, sobre Franco y la Desmemoria antidemocrática he escrito en muchas ocasiones, pero hay otros que funcionan muy bien como la monarquía, los ricos, el PP y la Gürtel, que llega la ultraderecha de Vox…. La izquierda ahora está dedicada a agitar las calles en Madrid. No son casuales las manifestaciones de vecinos donde se leen o escuchan disparates enormes.

La cuestión es que ni desde Podemos ni el PSOE se paran este tipo de iniciativas y la razón es que no son espontáneas, sino que son impulsadas por asociaciones que controlan. En lugar de dedicarse sin éxito a acabar con la monarquía estaría bien que los dirigentes de Podemos se ocuparan a gobernar desde la eficacia, el rigor y la prudencia.

El precio del amiguismo presidencial
Editorial ABC 21 Septiembre 2020

Desde que ABC desveló el caso de enchufismo protagonizado por Ignacio Carnicero, a quien Pedro Sánchez nunca ha dudado en calificar como su «mejor amigo», el Gobierno ha puesto todos los medios para ocultar cualquier información sobre su aterrizaje en el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, donde desde el pasado junio ocupa el cargo de director general de Agenda Urbana y Arquitectura, cargo creado expresa y artificialmente para ponerlo a sueldo de la Administración. Antes de beneficiarse de esta bicoca, y a modo de aperitivo, Carnicero tuvo la oportunidad de hacer caja a través de la elaboración de informes para el departamento que dirige José Luis Ábalos, siguiendo el tradicional modelo de las corruptelas municipales y autonómicas -Laura Borràs, ahora investigada por el Supremo, puede ilustrar bien este caso- con que el poder ha combinado desde hace décadas amiguismo y malversación. Nuestro periódico publica hoy el singular trabajo de consultoría, encargado por el equipo de Ábalos, por el que Carnicero se embolsó el año pasado más de 18.000 euros, un informe de diez páginas que el mejor amigo el presidente del Gobierno resolvió con el tradicional método del «corta y pega»- a menudo palabra por palabra, copiadas de un folleto- y que para abreviar llenó de fotografías de gran tamaño. Cualquier ordenanza del Ministerio, en el que abundan los expertos y los técnicos, podría haber realizado un «estudio» que Carnicero amplió luego con un anexo en el que sin pudor volvió a volcar textos procedentes de internet.

El documento elaborado por Carnicero no solo está articulado a través del plagio, genuino manual de supervivencia para el presidente del Gobierno, sino que representa un bodrio sin soporte técnico o documental, un apaño con el que materializar aquel compromiso que Pedro Sánchez anunció en público antes de llegar a La Moncloa: traer de vuelta a su mejor amigo, que tuvo que abandonar España en busca de empleo. El nulo valor del informe elaborado por Carnicero obliga a José Luis Ábalos a explicar quién y por qué motivo encargó y pagó aquel vergonzante trabajo de consultoría, pero es Pedro Sánchez el que moralmente tiene que asumir su responsabilidad en un episodio que pone de manifiesto un modus operandi que remite a la clásica corrupción de bajos vuelos. No es amigo de la transparencia el presidente del Gobierno, sino de Ignacio Carnicero, pero la evidente y lacerante actividad de la que se ha beneficiado el arquitecto confirma la falta de escrúpulos de Sánchez para erigirse en mesías de una regeneración contra la que paradójicamente atenta su falta de ética pública. Plagiar una tesis o mantener a sueldo a un amigo definen una moral pública que explica muchos de los males que asolan España.

Asco y vergüenza
Isabel San Sebastián ABC 21 Septiembre 2020

El Covid se ceba en los españoles con saña, multiplica el número de casos, dispara la cifra de fallecidos, colapsa la atención primaria, amenaza toda la estructura hospitalaria, arruina a los ciudadanos, hunde la economía... mientras el Gobierno de España escurre el bulto tras el burladero de Madrid, sin otra preocupación que eludir su responsabilidad y conservar la poltrona. ¡Asco y vergüenza!

La capital sufre, sí. Es el kilómetro cero de la Nación, el punto de confluencia de todos los caminos, una urbe densamente poblada y la principal puerta de entrada al país. La cancela en la que este Ejecutivo ha rehusado obstinadamente establecer cualquier tipo de control, no sabemos si por pura inepcia, por sectarismo o con el propósito deliberado de perjudicar a una plaza que se resiste políticamente a la izquierda desde hace ya varios lustros, a pesar de haber desplegado ésta todo su poder mediático en el empeño de conquistarla. ¡Asco y vergüenza!

El mal se expande deprisa por todas partes, dejando en evidencia el fracaso de un Pedro Sánchez impotente e incapaz, que antes de irse a disfrutar de sus regias vacaciones afirmaba triunfante: «Hemos vencido al virus y salimos más fuertes». Incluso pagó con nuestro dinero anuncios en todas las portadas de los periódicos proclamando esa consigna infame. Un embuste más de los muchos que jalonan su mandato y le han llevado hasta donde está. Pero él no se da por aludido; es más, ahora se atreve a decir que «el confinamiento no existió» y apunta toda su artillería contra la Comunidad de Madrid, convertida en chivo expiatorio de su propia culpa. Nada nuevo bajo el sol. Todos los sátrapas que en el mundo han sido han hallado el modo de cargar sus faltas sobre las espaldas de otros, recurriendo a su maquinaria propagandística para sembrar odio contra las víctimas escogidas. En este caso, Isabel Díaz Ayuso, señalada como la mala de una película en la que el presidente se dispone hoy a interpretar el papel de héroe que acude al rescate de la incompetente dama en apuros. ¡Asco y vergüenza!

Fernando Simón, el presunto epidemiólogo encargado de encabezar la batalla contra esta peste, se ha pasado una semana buceando y montando en globo en Mallorca, mientras miles de personas se contagiaban y cientos sucumbían a la plaga. «No podía más», aduce. ¿De difundir las mentiras oficiales? ¿De errar en el diagnóstico y el pronóstico? ¿De silenciar la verdad? ¡Asco y vergüenza!

El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, encargado de las residencias donde cayeron fulminados miles de ancianos y otros tantos podrían sufrir idéntica suerte si no se toman medidas urgentes, centra sus esfuerzos en derribar a la Monarquía, dinamitar la Constitución y salir indemne de los múltiples casos de corrupción que penden sobre su cabeza y la de su partido, Podemos. La vicepresidenta, Carmen Calvo, anda muy ocupada evocando a los muertos de hace ochenta años y buscando el modo de imponernos por ley un único modo de pensar y una historia falseada a la medida de su ideología. ¡Asco y vergüenza!

No hay dinero para contratar médicos o rastreadores, ni para pagar los ERTE o esa renta mínima vital que se anunció a voz en cuello pero no llega a los bolsillos, ni para auxiliar a los autónomos que lo han perdido todo, ni tampoco para proporcionar subsidios a quienes se ven obligados a guardar una cuarentena que les impiden generar ingresos. Sí lo hay, en cambio, para sufragar una legión de asesores a sueldo de ministerios inútiles cuya existencia misma constituye un insulto al sentido común. ¡Asco, más asco y mayor vergüenza!

Una panda de inútiles y un coro de sectarios
España está secuestrada por un grupo de políticos perfectamente prescindibles, pero algunos ciudadanos parecen encantados con su gestión e incluso les jalean como si no pasara nada
Álvaro Nieto Vozpopuli 21 Septiembre 2020

La epidemia de la covid-19 ha sacado a relucir, lamentablemente, lo peor de España y de los españoles. Nuestro país ya daba señales de agotamiento desde hace un par de lustros, pero el maldito virus ha puesto todavía más de manifiesto tres elementos que explican por qué España es ahora mismo el farolillo rojo de Europa: unos políticos inútiles, una administración ineficaz y unos ciudadanos poco familiarizados con los usos y costumbres de una democracia.

Lo de los políticos no requiere mucha argumentación, pues tanto en primavera como ahora ha quedado demostrado que estamos en manos de auténticos mentecatos que difícilmente podrían hacerse cargo de una pyme. Gente sin oficio ni beneficio más preocupada por la propaganda que por salvar vidas y, por supuesto, con la única obsesión de derrotar al rival en vez de al virus.

De la gestión del Gobierno de Pedro Sánchez durante estos meses hemos hablado en estas páginas sobradamente, y poco bueno se puede decir. Ni vio venir la epidemia, ni supo afrontarla cuando ya nos masacraba. Como se le criticó mucho por ello, intentó sacarse la espina sometiéndonos al confinamiento más largo y estricto de todo el continente, y que como herencia nos va a dejar, como es obvio, la mayor caída de una economía europea en 2020. ¿Alguien en su sano juicio pensaba que no iba a ser así?

Plan maquiavélico
Escarmentado por lo vivido en primavera, Sánchez y sus cien asesores monclovitas diseñaron un plan. En vez de ponerse manos a la obra para tener el país preparado para la segunda oleada, decidieron pasarle la patata caliente a las comunidades autónomas y, parapetados en lo que ellos han llamado 'cogobernanza', preparar una venganza bien fría para aquellos barones populares que más elevaron la voz a comienzos de año, y especialmente Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid.

Sánchez dejó pasar las semanas sin mover un dedo durante todo el verano sabedor de que la segunda oleada de covid-19 arrasaría a cualquiera y, por tanto, haría buena su gestión de la primera y permitiría al Gobierno acudir al rescate de las comunidades más afectadas, ya fuera previa petición del presidente autonómico o con intervención directa desde Moncloa si el caos se apodera de la situación. (Tengamos muy presente estos días que el Ejecutivo puede decretar en cualquier momento el estado de alarma en el territorio que quiera y durante dos semanas, sin necesidad del visto bueno del Parlamento, que sí tendría que intervenir en caso de prolongación).

Ese plan deja muy mal a Sánchez, pues pretende esconder la incapacidad de su Ejecutivo dejando en evidencia que el resto de políticos son todavía más inútiles. Y no le falta razón en este último diagnóstico, porque mientras él sigue teniendo cierta buena presencia y el mejor equipo de asesores de todo el país, algunos presidentes autonómicos, y singularmente Ayuso, no están preparados ni siquiera para dar una rueda de prensa.

El absurdo de las cartas
La prueba de que Sánchez tiene un plan y de que está instalado en la pura estrategia política contra Ayuso es ese absurdo intercambio epistolar al que ambos nos sometieron el pasado jueves, y que dio como resultado una reunión ¡cuatro días después! Si tan crítica es la situación, ¿no hubiera bastado con una llamada de teléfono para concertar una cita media hora después?

Y así estamos, con un lío de narices entre manos pero con Sánchez más preocupado en ganar eso que los cursis llaman "la batalla del relato": sólo así se explica que el sábado por la noche tuviera tiempo para dar una entrevista en televisión, pero no pudiera verse con la presidenta madrileña en todo el fin de semana.

Ahora mismo lo único que Sánchez tiene entre ceja y ceja es aprovechar la crisis para eliminar a Ayuso y, si esta no le pide de rodillas la reactivación del estado de alarma, será él quien se lo aplique para subrayar el descontrol en la región. Y el problema de Ayuso es que es demasiado evidente que no es más lista que Sánchez: la jugada de La Moncloa estaba cristalina desde julio y no se entiende por qué no ha dedicado el verano a reforzarse por tierra, mar y aire para no quedar como la mala de la película. ¿Dónde están, por ejemplo, los famosos rastreadores?

Ayuso ha cometido los mismos errores de Sánchez (no prepararse para lo que venía y, una vez el problema se ha desbordado, titubear a la hora de adoptar las posibles medidas), pero con el agravante de que hace seis meses pasó exactamente igual y ya deberíamos haber aprendido la lección. El tiempo es oro en este tipo de crisis y, del mismo modo que en aquella segunda semana de marzo España perdió el paso desde que el lunes 9 se tomó conciencia de la gravedad del problema hasta que las medidas entraron en vigor el sábado 14, ahora ha pasado algo similar: desde el miércoles 16 la Comunidad estaba decidida a tomar medidas drásticas, pero no se han aplicado hasta este lunes 21. Otros cinco días tirados a la basura y dando una nefasta imagen de descoordinación e improvisación.

Los ciudadanos
Pero, aparte de la inutilidad de nuestros políticos y de la ineficacia demostrada por el sistema autonómico, que duplica competencias pero que, cuando llega una crisis gorda, permite que unos y otros esquiven sus responsabilidades, está el problema de los ciudadanos, o de una parte importante de los mismos, que son capaces de pensar una cosa y la contraria en apenas seis meses, con tal de no quitarle la razón al partido al que votan.

Por eso estos días están pasando cosas sorprendentes en España. Pongamos sólo cinco ejemplos:

1.- Que se hable de Madrid como foco del problema cuando en términos relativos la situación epidemiológica ha sido mucho peor en las últimas semanas en regiones como Aragón o La Rioja, pero algunos españoles seguramente no sepan ni cómo se llaman sus presidentes autonómicos.

2.- Que se critique el confinamiento selectivo de Madrid cuando una decena de comunidades ha hecho lo mismo durante los últimos tres meses sin tanta polémica.

3.- Que los que se tragaron sin rechistar el confinamiento más duro de Europa durante cien días se quejen ahora de unas medidas más 'light', y que denuncien desde el minuto uno el cierre de los parques, absurdo antes y absurdo ahora, cuando en primavera estuvimos 70 días sin parques y muchos de esos que ahora alzan la voz ni siquiera abrieron la boca entonces.

4.- Que los que criticaron a los 'cayetanos' de Núñez de Balboa por protestar en plena pandemia alienten ahora manifestaciones de la "clase obrera" contra las decisiones de la Comunidad de Madrid. Y al revés: que los que defendían en abril salir a la calle a protestar ahora cuestionen el derecho de otros a hacer algo parecido.

5.- Que los que no dijeron ni mú ante la desescalada caprichosa de Sánchez, cuando el País Vasco pasaba de fase sin ninguna justificación técnica, denuncien ahora que no hay razones objetivas para cerrar unos barrios en lugar de otros.

Y así podríamos seguir hasta el infinito. Miles de ciudadanos cambiando de opinión en seis meses con tal de salvarle el pellejo a su político favorito. Un coro de sectarios sin ningún tipo de pensamiento crítico y entregados a lo que le dictan las élites de los partidos. Como dijo Machado, de cada diez españoles, nueve embisten y uno piensa. Mientras eso perdure, este país tiene difícil remedio y seguirá siendo el farolillo rojo de Europa.

Otoño 2020: incompetencias, incoherencias, incertidumbres
Ignacio del Río republica 21 Septiembre 2020

Después de que han transcurrido 6 meses desde el 14 de marzo, más de 183 días desde la declaración del estado de alarma con el que se decía se iba a poner freno a la pandemia, cuyo efectos devastadores en España se habían negado días antes por el responsable del Ministerio, Fernando Simón, la negra nube del Covid19 vuelve a planear sobre este país.

El Gobierno de Pedro Sánchez asumió con el estado de alarma todos los poderes, los que le corresponden en nuestro ordenamiento jurídico y las competencias transferidas y residenciadas en los gobiernos de las autonomías.

En el imaginario de la factoría Moncloa se veía como una oportunidad para consolidar y reforzar la imagen presidencial, a modo de un zar que trasmitía la verdad científica que solamente a él reportaban los expertos. La comunicación y la protección de la imagen presidencial era la prioridad. Pedro Sánchez entraba en la sala de prensa de Moncloa como Gary Cooper en Solo ante el peligro, dispuesto a interpretar el guion que le habían preparado, y que luego la Televisión pública se dedicaba a complementar con la programación destinada a anestesiar a la ciudadanía con música y recetas de cocina.

Sin embargo las predicciones erraron. No era posible coronar al césar invicto Sánchez. La crisis sanitaria se había disparado y el número de fallecimientos diarios y las fotos de los féretros apilados desnudaron la realidad. En la calle la contestación se propagaba desde las redes sociales por una población que padecía la devastación económica que desguarnecía la mentiras del guion monclovita.

Acabada la desescalada la estrategia cambió y Pedro Sánchez se quitó de en medio. Ya no había nada que rascar y era el momento de hacer oposición a la oposición noqueada por el caso Kitchen y su fraccionamiento, con Inés Arrimadas en el papel de hada salvavidas y Vox ocupado en la imposible moción de censura.

La pandemia en ebullición y España el país de Europa con mas número de infectados por 100.000 habitantes y el segundo tras Bélgica en fallecidos oficiales, pues lo cierto es que mas de 50.000 ciudadanos han muerto ya y la estadística no se va a cerrar hasta el 31 de diciembre.

El empeoramiento de los datos de Madrid le ha obligado a Pedro Sánchez a volver al centro de la pista y cerrar el capítulo de críticas a la oposición, que causaba perplejidad con el doble discurso de unidad y palo y tente tieso.

Si recopilamos y resumimos la información objetiva, profesional y científica resulta:

1.La vacuna/vacunas en experimentación en la UE y EEUU no estarán aprobadas si todo va bien en la fase 3, hasta el final de la primavera de 2021.

2.La vacunas están basadas en la inmunización en relación a una única proteína, la proteína S que es la llave con la que el virus covid19 accede a las células al infectar.

3.En la mejor opción, la capacidad de las farmacéuticas para producir vacunas en el primer año estaría limitada a una tercera parte de la población mundial. Por tanto solo estará disponible para una tercera parte de los españoles.

4.La vacuna inmunizará al sujeto, pero no esta probado que este sujeto ya no infecte a otras personas.

5.Científicos reconocen que los calendarios políticos no son ciertos y que es necesario seguir investigando en relación con el tratamiento a los infectados y será necesario mantener medidas de distanciamiento social durante tiempo.

En definitiva el optimismo de Pedro Sánchez en La Sexta y del Ministro de Sanidad anunciando la vacuna en diciembre son fuegos artificiales y no se sostiene en datos fidedignos.

Por tanto es evidente las fronteras seguirán con restricciones, no se recuperaran los viajes, las compañías aéreas seguirán sufriendo y el turismo no se recuperará en el año 2021. Los efectos derivados en sectores vinculados son fácilmente predecibles.

En el lado de la política Pablo Iglesias, responsable de las competencias de Estado en asuntos sociales y destructor de móviles, se dedica el fin de semana a un remedo de seminario sobre la forma de Estado, República y desahucio de la Monarquía parlamentaria. Cuestión que este momento de supervivencia ¿a quién le importa?

Con estos miembros del Gobierno no hay otra que sobrevivir en la incertidumbre y en la incompetencia.

Madrid y la mala leche
Pedro de Tena Libertad Digital 21 Septiembre 2020

Siempre me han impresionado las referencias culturales que adquirí a propósito de la buena voluntad. Destacadamente, me refiero a dos. A aquélla de “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” que proclamaron los ángeles en el nacimiento de Jesús de Nazaret y a la de Kant, aquello de que no había nada que pudiera considerarse propiamente bueno salvo la buena voluntad. En eso nos educamos muchos españoles y parece fuera de toda duda que si la convivencia se desea como algo necesario y posible, la buena voluntad es su ingrediente imprescindible.

Naturalmente, la buena voluntad tiene como motor decisivo la buena intención, la decisión moral de actuar sin mala voluntad y sin mala leche, o sea, sin el propósito de hacer daño a nadie a sabiendas. Pero el cuento ha cambiado mucho desde que yo era pequeño y crédulo. Ahora ya sé que la mentira es la dueña del mundo, que la buena voluntad está casi extinguida y que, probablemente en todas partes, muy especialmente en España, ha triunfado la mala leche.

Ya. Ya sé que sobre todo lo anterior habría mucho que hablar y precisar. Pero quisiera subrayar que ni siquiera el más feroz de los totalitarismos desprecia el hecho de que la verdad existe. De hecho, llega a torturar para conocerla porque sólo conociéndola puede defenderse de sus enemigos. Por tanto, lo que defiende todo totalitario, persona, partido o Estado, no es la inexistencia, imposibilidad o inutilidad de la verdad, sino la primacía de la mentira para conseguir sus fines. Así, se sitúa a la inmensa mayoría de los ciudadanos más allá de la verdad y la mentira porque, sencillamente, se les prohíbe desear y poder distinguirlas. Es el triunfo de la mala leche, lo único que queda tras haber destruido la veracidad y la buena voluntad que exige una democracia para que el voto sea libre, consciente y fundado.

Y ahora, Madrid. Yo no recuerdo haber presenciado un linchamiento económico, social y político tan insistente, persistente e impenitente como el que se ha organizado contra la CAM y contra la ciudad de Madrid, muy determinadamente desde que comenzó la pandemia. Madrid, región y capital, que han sido más que probablemente las víctimas de su posición central en comunicaciones y desplazamientos de población, han terminado siendo tratadas como verdugos de la salud pública. Este verano conocía yo de primera mano las acusaciones que hacían causantes de la extensión del virus a los madrileños que vacaban en sus pueblos de nacimiento. Ignorancia y mala leche.

De este modo, Madrid, la región más solidaria de España y la que ha sufrido más el horror del coronavirus en los primeros momentos, era percibida por la mala leche nacional como la región responsable de la covid-19, aunque nadie se crea seriamente tal infamia. De hecho, puede considerarse incluso heroico el comportamiento de los madrileños durante la primera fase de la pandemia, y fue considerada ejemplar la reacción de sus instituciones ante el colapso que se le vino encima. Pero la mala leche existe, y en la política miserable en la que hozamos día tras día existe en cantidades industriales.

Aprovechando el Pisuerga del coronavirus, la mezquindad política ha decidido volcar toda la mala leche posible en el derrocamiento del Gobierno legítimo de Isabel Ayuso, del PP, apoyada por Ciudadanos y sostenida por Vox. Seguramente, los responsables de la CAM no lo han hecho todo bien para controlar la pandemia, pero cualquier comparación con el Gobierno de Pedro Sánchez, y también con cualquier otro Gobierno autonómico, sería odiosa, porque, muy especialmente, el comportamiento del Gobierno social-comunista que rige España ha sido miserable y vil, desinformando, confundiendo y desatendiendo a los españoles.

Pero, claro, es mucho más importante que caiga el Gobierno legítimo de Madrid, con puñales internos y externos y toda clase de patrañas y medias verdades, que el que los madrileños y los demás españoles podamos superar con dignidad y eficacia la que nos está cayendo encima. Da vergüenza – ¿a ti no, Gabilondo?–, pero eso es la mala leche, la mala voluntad y la mala intención. Tres en uno contra la región más generosa con los españoles y la más castigada por esta desgracia. ¡Viva Madrid!

Decía Umbral que una columna periodística es letra impresa y mala leche. Pues sí, me ha contagiado tanta mala leche.

¿De qué memoria y de qué Historia hablamos?
Javier Gómez de Liaño Libertad Digital 21 Septiembre 2020

Las previsiones del anteproyecto de esa Ley de Memoria Democrática presentan indicios de ser contrarias a la Constitución.

Las palabras que aquí comienzan también hubieran podido titularse “Agua pasada no mueve molino” o “Corramos un tupido velo”, dos locuciones que recoge nuestro sabio refranero castellano. O “Desmemoria antidemocrática”, rótulo que tomo prestado de la brillante carta que ha escrito el director de El Mundo al hablar de “El bombardeo de la Memoria política”.

Naturalmente, y seguro que el lector ya lo habrá intuido, este comentario viene a cuento del anteproyecto de Ley de Memoria Democrática aprobado por el Gobierno en el último Consejo de Ministros, con lo cual la memoria histórica vuelve a estar de moda. Antes lo estuvo con la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, con Rodríguez Zapatero de presidente del Gobierno. En ambos casos se trata de poner en pie el pasado de España para prenderle fuego y abrir nuevo juicio a la historia del franquismo, aunque, a decir verdad, la iniciativa no conduce a otra cosa que a desenterrar a los muertos y, lo que es peor, a reavivar un cainismo que creíamos superado con la Transición, aquella obra política maestra que consistió en pasar de la dictadura a la democracia sin caer en el revanchismo ni enrojecer el paisaje.

A propósito de este penúltimo intento de enjuiciar el franquismo –las cursivas obedecen a que siempre habrá otro–, el texto contiene 66 artículos, agrupados en un título preliminar y cuatro títulos, distribuidos en capítulos y secciones, donde se contemplan cosas tan pintorescas como la declaración de “nulidad de todas las condenas y sanciones dictadas durante la Guerra Civil y la Dictadura por los órganos de represión franquistas, que asimismo se declaran ilegítimos”, hasta la creación de una Fiscalía de Sala para la investigación de los hechos producidos durante es período, pasando por la creación de un “Banco Nacional de ADN de las Víctimas” y el establecimiento de un régimen sancionador de aquellos actos que infrinjan los postulados de la ley.

En relación a la declaración de nulidad de los procedimientos y pronunciamientos judiciales de aquella época, hay que tener presente que el recurso de revisión, que es la vía para hacerlo, salvo que se despoje al Poder Judicial de sus funciones constitucionales, no legitima para abrir puertas falsas en la legalidad. Una reforma legislativa que admita indiscriminadamente la posibilidad de revisar sentencias firmes dictadas en situación de conflicto armado o en época de preguerra o posguerra sería altamente contraproducente. Por cierto, un punto de vista que sostuvo Fernando López Aguilar, ministro de Justicia del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando dijo que, con independencia de la reparación que pueda corresponder a las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo, no se abriría un cauce judicial para la anulación de los fallos con valor de cosa juzgada, porque eso era contrario a la seguridad jurídica. Esto sin tener en cuenta que habría gente que, por los mismos motivos, podría pedir la revisión de los juicios sumarísimos celebrados ante tribunales republicanos que mandaron al paredón a miles de monárquicos y falangistas, o de los que montaron los comunistas para eliminar a sus rivales anarquistas.

O sea, res iudicata pro veritate habetur –perdón por el latín–, que significa que la cosa juzgada se considera como verdad. Recuérdese lo ocurrido con los intentos de la familia de Puig Antich encaminados a la anulación de la sentencia dictada en 1974 por el Consejo de Guerra que le condenó a muerte y a la pronunciada por el Consejo Supremo de Justicia Militar, y que concluyeron con la desestimación, en 1994, del recurso de revisión interpuesto en el Tribunal Supremo y el rechazo, por el Tribunal Constitucional, del correspondiente recurso de amparo con el argumento de que “la pretensión carecía de contenido constitucional”.

A falta de conocer el documento definitivo, sobre todo el que resulte tras su paso por el Congreso, y al igual que sucede con la anulación de procesos ya fenecidos, las previsiones del anteproyecto de esa Ley de Memoria Democrática en materias como la tipificación de conductas consistentes en la exaltación o enaltecimiento del régimen franquista y las ilegalizaciones de fundaciones u organizaciones próximas al dictador presentan indicios de ser contrarias a la Constitución y, más concretamente, de conculcar principios y violar derechos fundamentales como las libertades de expresión, asociación, reunión e incluso de pensamiento. No se olvide que una cosa es la apología de un delito y otra, muy distinta, la libertad de expresión. En suma, que la norma se mueve en terrenos movedizos donde toda prudencia y finura jurídica es poca. Mucho me temo que el problema rebase los cauces históricos y los jurídicos para entrar en los de una mentalidad que no acaba de madurar.

Franco murió hace ahora 45 años, y con él murieron el franquismo y el antifranquismo. Esta ley de la Memoria Democrática, lo mismo que aquella de la Memoria Histórica, pudiera llevar a sostener lo contrario. Particularmente creo que estamos ante apariencias y añoranzas, pero tampoco ignoro que la política no se mueve en el mundo de los espectros y que de la lucha contra los fantasmas a la caza de brujas no hay más que un paso. A estas alturas, esa iniciativa legislativa sólo contribuye a reabrir llagas y a enconar viejos resentimientos. Hay que estar al lado de quienes sufren la Historia, pero hay que oponerse a reescribirla a base de brochazos desdichados y aun delirantes. Si el tiempo sirve para algo es para reflexionar, para mirar adelante con sensatez y buen deseo de progresar. Afortunadamente somos muchos los que nos negamos a participar en la agria locura de hacer memoria de aquella media España contra la otra media y propugnamos enterrar de una puñetera vez esa calamidad que acabó hace ahora 81 años, aunque tampoco cabe desconocer que aún quedan bastantes que gustan excitar las pasiones más vanas, olvidando que alimentar el ánimo de venganza es tan insensato como estúpido. Las heridas no se restañan con fuegos artificiales, como los que algunos preconizan. No es cuestión de volver la espalda a la Historia, sino de asumirla, masticarla y digerirla consciente y serenamente. Lo malo no son los muertos en las fosas, sino los vivos paseándose con los cadáveres debajo del brazo. Dejemos en paz a los muertos, a todos nuestros muertos.

“No seríamos una gran democracia si no somos [sic] capaces de enfrentarnos con justicia a nuestro pasado”, dijo, a modo de sentencia, la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo, en la rueda de prensa celebrada tras el Consejo de Ministros que dio luz verde al anteproyecto de Ley de Memoria Democrática. Mi opinión es que fueron palabras para caldear un poco el ambiente, avivar el fuego y crear un clima de posguerra, porque todo eso puede contentar a los socios de gobierno y ayudar a mantenerse en el poder. Es evidente que aquí hacen falta expertos, psiquiatras, entre otros, que dictaminen si con progresistas a la violeta un país puede avanzar. Mientras personajes de este tipo ignoren el elemental supuesto de que la Historia es un bien fungible y que quienes deben escribirla son los historiadores y no los Gobiernos, ni los partidos, aquella estará siempre ante la amenaza de ser manipulada.

Para concluir, he aquí las palabras con las que comienza el edicto de Nantes de 1598 que puso fin a las Guerras de Religión que estremecieron Francia durante el siglo XVI y que gustosamente pongo a disposición de tanto rábula y leguleyo:

Que la memoria de todos los acontecimientos ocurridos entre unos y otros tras el comienzo del mes de marzo de 1585 y durante los convulsos precedentes de los mismos, hasta nuestro advenimiento a la corona, quede disipada y asumida como cosa no sucedida. No será posible ni estará permitido a nuestros procuradores generales, ni a ninguna otra persona pública o privada, en ningún tiempo, ni lugar ni ocasión, sea ésta la que sea, el hacer mención de ello, ni procesar o perseguir en ninguna corte o jurisdicción a nadie.

Pues eso.

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Pedro Nerón Sánchez se dispone a salvar Madrid
EDITORIAL Libertad Digital 21 Septiembre 2020

La obsesión enfermiza de la izquierda con la Comunidad de Madrid tiene una explicación harto sencilla: socialistas y comunistas odian que sea la región más próspera de España y la que más riqueza y bienestar genera. No por casualidad, no la gobiernan desde hace un cuarto de siglo.

Madrid es, qué duda cabe, la pieza mayor de la cacería lanzada por Sánchez y su banda social-comunista, asistida por golpistas y proetarras, en tanto que se ha convertido en el símbolo de la resistencia a sus desmanes miserabilizadores y liberticidas. Las fuerzas de la izquierda siniestra pretenden derrocar a Isabel Díaz Ayuso y para ello recurren a los métodos más mafiosos y rastreros.

La ofensiva político-mediática contra la presidenta Ayuso está provocando verdadera alarma y grima por la repulsiva utilización que se está haciendo de la crisis del coronavirus, donde el doble rasero es escandaloso y retrata, precisamente, a quienes lo practican con tanta desfachatez.

La decisión del Gobierno madrileño de introducir medidas de aislamiento en determinadas zonas de la región no tiene que ver con segregaciones de clase de ningún tipo, como proclama la izquierda goebbelsiana, sino con la necesidad de reducir al máximo la expansión del coronavirus. Se podrá estar de acuerdo o no con ellas, pero lo indecente es cebar la crítica con intoxicaciones desinformadoras. Lo que resulta evidente es que son medidas mucho menos restrictivas que el confinamiento general dictado por el falsario Pedro Sánchez –sin vergüenza, ahora dice que no hubo tal– a toda España cuando los muertos se contaban por millares. Pero lo que perdonaron a Sánchez y perdonan a tanto mandatario local o autonómico izquierdista no se lo toleran a Ayuso, que en primavera tuvo que lidiar prácticamente en solitario con los peores efectos de la pandemia ante la inacción incalificable del Gobierno social-comunista.

El colmo es que el incompetente, el ausente Pedro Sánchez que se ha relajado como un nerón mientras España sufría la peor campaña turística de que se tenga memoria se presente como el salvador providencial que acude en socorro de Ayuso y de sus conciudadanos madrileños, a los que se ha cubierto de oprobio sin que el presidente impresentable dijera una palabra en su favor. El pirómano dándoselas de bombero es un espectáculo bochornoso que en la España de los cincuenta mil muertos tiene maldita la gracia.

Sánchez debería tener la decencia de dejar de ir de lo que no es y, en cambio, cumplir de una vez con sus obligaciones, que pasan indefectiblemente por asistir al Gobierno regional de Madrid con los recursos económicos, sanitarios y de seguridad que precisa para hacer frente a una pandemia de la que el Ejecutivo social-comunista es tremendamente responsable.

La otra memoria que el Gobierno encubre
Editrial El Mundo Opinión 21 Septiembre 2020

Solo un calculado y mezquino interés político puede explicar la obsesión del Gobierno por reabrir heridas de hace más de 80 años e ignorar otras que siguen desgarrando de manera obscena a los españoles y envenenando la convivencia social. Así, mientras la vicepresidenta Carmen Calvo vuelve a poner de actualidad la Guerra Civil y el franquismo, una cuenta saldada por toda la sociedad durante la Transición, el ministro del Interior, con su política de privilegios a los presos de ETA, pretende dar por superado el terrorismo de la banda con el espurio objetivo de conseguir el apoyo parlamentario de los herederos de la organización terrorista. Pero la memoria de aquellos años de Terror, dolor e infamia les sale al paso a cada instante.

Hoy se cumplen 20 años desde el inicio de la última gran ofensiva etarra en Cataluña, con la reactivación del comando Barcelona, poco después del fin de la tregua trampa, como la calificó el entonces ministro Mayor Oreja, anunciada por ETA en 1998. Además del asesinato del ex ministro Ernst Lluch, el saldo fue de dos concejales muertos, un policía municipal y un mosso. Si ya resultó repugnante el pacto firmado en 2003 con los terroristas por el líder de ERC Carod-Rovira, el de ahora entre el Gobierno, la propia ERC y Bildu es igual de indigno. Sánchez debería saber que no todo es éticamente aceptable para lograr aprobar los Presupuestos.
 


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