AGLI Recortes de Prensa   Martes 8  Diciembre  2020

La decadencia de España
Vicente Benedito Francés. vozpopuli  8 Diciembre 2020

Nos encontramos ante lo que podíamos llamar “la crisis de España” o, mejor referido, “la decadencia de España”. Algo similar a lo que ocurrió con el final del Imperio Romano de Occidente, que acaba con la existencia de un nivel económico que no se recuperó hasta bien entrado el siglo XVII.

Es opinión general que la decadencia y caída del Imperio Romano ha sido siempre una de las cuestiones más controvertidas, debatidas y estudiadas de la historia, al igual que lo será la decadencia de España. Y es que, además, ambas tienen ciertas concomitancias.

La decadencia del Imperio Romano no se debió a la invasión los bárbaros, que incluso se incorporaron dentro del Imperio, si no que fue debida a múltiples causas, entre las que destacaría las siguientes:

La crisis de valores.
La irracionalidad que empezó a ocupar la completa capilaridad del poder.
Los desórdenes internos, fruto de las desigualdades cada vez más acusadas.

Las luchas de poder por la dirección del Imperio.
La diversidad cultural, fruto de la incapacidad para la integración de pueblos y culturas.
La obsesiva pretensión de anular la conciencia social con la estrategia de “panem et circenses”.

La corrupción de la clase dirigente y los abusos de poder y creciente incapacidad para enfrentarse adecuadamente a los problemas.
El colapso por el peso de la deuda necesaria parta mantener las estructuras corruptas de los gobernantes.

Y parece que nosotros, los españolea, vamos camino de lo mismo. Destacaría dos aspectos que están en el origen de la decadencia de España.

La crisis de valores
España padece una crisis de valores que, insisto, es el origen de su decadencia. Conceptos como la honradez, el trabajo, el esfuerzo, suenan rimbombantes y al mismo tiempo arcaicos para muchas personas, especialmente para los más jóvenes. Frente a estas ideas, claves del progreso de occidente, hoy imperan conceptos como el pragmatismo y el relativismo práctico. Si queremos evitar la caída de nuestro gran país tenemos que preocuparnos por resucitar los valores que han formado parte de su esencia. Para ello, es clave, y determinante, promover la educación y sensibilizar a los medios de comunicación para que contribuyan a ese irrenunciable objetivo de todos. Hay que trasladar desde la sociedad a los más jóvenes, empezando por la familia y en los colegios, que la vida es trabajo y esfuerzo. Ello es compatible con la meta de la felicidad que proclama tan acertadamente la Constitución americana. Pero es indisoluble. No hay felicidad sin trabajo y sin esfuerzo. Si empezamos así, evitaremos que un porcentaje muy importante de jóvenes aspiren, frívolamente a ser sólo famosos, funcionarios, o especuladores, o algo mucho peor, subvencionados de por vida por “papá Estado”

La crisis de las instituciones
Cuando quien accede a dirigir las instituciones, la clase política, se exhibe como representante de un cierto “pragmatismo caduco” y defensora del “relativismo moral”, suceden cosas como estas:

1. El Derecho está al servicio de la Sociedad, y no al revés. Es decir, el Estado deja de ser un Estado de Derecho (concepto clave en occidente cuando quisimos pasar de ser siervos a ciudadanos con derechos en los que domina el imperio de la Ley).

2. La separación de poderes no puede ser un obstáculo para el desarrollo de un programa político dirigido por un líder que surge de la voluntad popular. Y entonces se decide que el poder político domine sobre el legislativo y el judicial, acabando con otro de los principios fundamentales de Occidente: la separación de poderes como medio para evitar la arbitrariedad, y como instrumento del control de la clase dirigente. Hay que recordar que otro principio fundamental de la sociedad en la que Europa -y no sólo el viejo continente- vive es la necesidad de desconfiar permanentemente de quién nos dirige. Para ello fueron creadas, también, todo un abanico de instituciones independientes (Comisión del Mercado de Valores, Comisión los Mercados y la Competencia, etc.) que también han pasado a sufrir el mismo destino que las instituciones del poder legislativo y judicial: su pleno sometimiento al poder político.

3. La voluntad popular es soberana. Lo que sale de las urnas no puede ser cuestionado. Que viene a representar, nuevamente, la primacía del poder político. Y esto nos lleva a pretender que el Tribunal Constitucional se declare incompetente para ejercer su función cuando una ley ha sido aprobada por un parlamento y por un referéndum, máxima expresión de la voluntad popular.

4. Como consecuencia de todo lo anterior, el incumplimiento de determinadas leyes no tiene castigo, porque la voluntad popular, interpretada a través de la clase política, está aparentemente legitimada para tomar decisiones que, incluso, puedan ser contrarias al ordenamiento jurídico propio de cualquier régimen democrático Y así, el incumplimiento de una ley tan importante como la Ley de Presupuestos Generales del Estado, no tiene consecuencia alguna, de ningún tipo ni en ningún orden, para la clase política. Y nuevamente hay que recordar que las leyes presupuestarias fueron otro de los aspectos fundamentales de la cultura occidental: los siervos exigían a sus reyes saber cuántos impuestos recaudaban y cuál era su aplicación.

5. Si el incumplimiento de las leyes presupuestarias no tiene ninguna consecuencia, y los políticos se imponen como objetivo ganar las elecciones –que es lo pragmático– , los políticos pueden gastar más y endeudarse para ofrecer a los votantes subvenciones, viajes gratis, fiestas populares suntuosas, edificios “emblemáticos” que provocan admiración, para tener contenta a la masa de votantes y conseguir un objetivo: volver a ganar las elecciones. Que es “lo práctico”. Es decir, se dispara el gasto público y el déficit, que como ahora sabemos, es una de las causas de la actual crisis. Nos encontramos con unos presupuestos marcados por la coacción de Podemos, la extorsión de los grupos secesionistas algunos de los cuales son amigos de aquella ETA asesina. Y ello conlleva cesiones que afectan gravemente a la cohesión territorial al poder judicial e incluso a la soberanía nacional.

Por estas razones creo que es necesario recuperar la esencia de las instituciones. Esto no lo puede hacer la clase política española, porque está dominada por el pensamiento pragmático de la victoria electoral como objetivo prioritario por encima de cualquier otro que distraiga de aquél y del fin último perseguido: la imposición de un falso progresismo alejado de la mejor definición del término, como es la búsqueda de la mejora de las condiciones de vida, en todos los órdenes, de la sociedad. Sobre esto último existe una gran confusión sobre su verdadero significado. A mi juicio, no es progresista el eliminar valores y creencias, sobre todo cuando no se proponen otras sustitutivas, y se cae en el “buenismo voluntarista”. Erosionar, hasta el límite los valores y creencias de una sociedad, como quiere hacer el “progresismo estúpido”, es catastrófico para la misma. Estados Unidos, ejemplo de dinamismo social y económico y, también, ejemplo de democracia, tiene una sociedad que se enorgullece de creer en Dios. No se puede construir una sociedad próspera sin creer en nada, o sin saber en lo que se cree.

La recuperación de la esencia de las instituciones ha de ser promovida por aquella parte de Europa que no ha llegado al extremo de pérdida de valores y desprecio a las instituciones como ha ocurrido en determinados países, como es el caso de España.

La refundación de Europa es la oportunidad de recuperar los valores y las instituciones que han formado parte de la esencia de Occidente. Ahí es donde creo que países como España, que hemos entrado en una orgía de desequilibrios económicos y corrupción institucional, tiene la oportunidad de recupera los valores y a las instituciones que nos permitan competir en un nuevo escenario mundial en el que China y la India han dejado de ser países colonizados o esclavizados, han llamado a la puerta del mundo y tienen ganas de ocupar un puesto en una mesa que antes sólo ocupaban USA y Europa.

El peso de Europa
Y esto nos lleva a la necesidad imperiosa de aceptar que no sólo Europa tiene sitio en ese nuevo escenario. Estos nuevos países son tan grandes, tan potentes, que su creciente protagonismo económico favorecerá el movimiento de sillas en la nueva mesa de la concertación mundial. Sólo Europa tiene peso en ese nuevo escenario. Y, por tanto, es fundamental aparcar los intereses particulares de cada país que siguen dominando gran parte de la acción política de la configuración de las instituciones europeas para avanzar hacia la creación de instituciones supranacionales que creen las bases de una Europa integrada, avanzando, paralelamente, en el plano político y económico, en un horizonte razonablemente próximo, hacia la plena integración.

Por todo esto nuestra nación esta en peligro, aumentado exponencialmente por la pandemia de la Covid 19. Para regocijo de unos y vergüenza ajena de otros, tenemos ante nosotros un artificial, subdesarrollado e impresentable espectáculo de millones de parados que contemplan una Administración hipertrofiada y una corrupción desmedida. La mayor parte de nuestros políticos no están a la altura de las circunstancias y nosotros somos poco exigentes con ellos pensando que el tiempo lo resolverá todo. No nos equivoquemos, el tiempo, por sí sólo, no resuelve nada y como dijo el periodista norteamericano nacido en los primeros años del siglo XX, Edward R. Murrow “una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”. En paralelo, me viene a la mente, la acertada locución de Plauto -poeta y comediógrafo romano que vivió en el 200 a.C -“Homo homini lupus", o su traducción, "el hombre es un lobo para el hombre" popularizada, muchos años después, por el filósofo del siglo XVII Thomas Hobbes, el cual consideraba que una de las notas características de la condición humana es el egoísmo, por intermedio del cual el hombre mismo termina siendo su propio verdugo, es decir, un lobo para el hombre. Y es que mientras unos pocos piensan:

- En destruir la unidadde España; la mayoría no es informada de las reales consecuencias que ello puede producir

- En que son defensores de los trabajadores; casi todos creen que están siendo engañados.

- En lograr el mayor número de subvenciones, prebendas y lobbies; el ciudadano de a pie ve como su recibo de la luz sube más de un 70% en cinco años y el déficit eléctrico se lleva el 70% de los fondos de industria.

- En incrementar los impuestos; el clamor es preguntarse cómo va a crecer el consumo y con ello la actividad económica.

- En alcanzar mayor competitividad y avances técnicos; sin embargo vemos irrisorias cantidades dedicadas a la investigación y cómo se nos va el talento a otros países

- En la reforma de la Educación; mientras observamos que sólo algunos de los políticos que han de valorarla tienen titulación universitaria y, otros, sólo el bachiller, siendo su única profesión, desde que nacen hasta que mueren, la política como arte para la supervivencia, sin apenas contacto con la sociedad y la economía reales.

- En la tan ansiada, como frustrante, por incapacidad para llevarla a cabo, reforma de la AdministraciónPública; mientras se exige cada vez mas esfuerzos al pueblo llano y soberano.

- En la eterna reforma de una Justicia frágil, en la que casi nadie va a la cárcel y los que van no devuelven nada de lo que se llevaron; los procesos se prolongan, se falla a favor de la Administración cuando el que recurre es un particular y el ciudadano ve, cada día con mayor frecuencia, como algún vecino de muchos años es desahuciado de su vivienda.

Desde hace ya varios años, quizá décadas, mucha gente de los partidos busca “situarse con la política”, y les importa poco el “hacer política”. Es cierto que ser un buen político no es fácil, y que conseguirlo cuesta, necesita continuidad, y no se puede cambiar por capricho. Ello trae como consecuencia que el debate es muy pobre y la gente mediocre. Los afiliados que “están” quieren para ellos los puestos, sobre todo los remunerados, y no facilitan, o inclusive obstaculizan -y por supuesto, no incentivan- el que se produzcan nuevas incorporaciones y sobre todo si están no quieren cobrar sino devolver a la sociedad parte de los que ésta les ha dado. Ello produce la falta de líderes con objetivos claros, los objetivos se hacen confusos, sólo se decide en función de metas cortoplacistas, bien sean intereses de partido, o, simplemente, de quienes tengan mayor capacidad de presión. Y, por otro lado, sino hay lideres válidos, se corre el riesgo de que aparezcan demagogos y populistas, que dicen que lo solucionan todo y al final nos llevan al desastre.

Podría continuar durante horas exponiendo multitud de sinrazones más, pero ni Vds. se lo merecen ni yo quiero ahogarme en mí propia crítica. Veremos qué pasa con los nuevos Presupuestos, pero yo no auguro un futuro prometedor, ni siquiera un futuro. Sin embargo, si en algo coinciden conmigo háganme caso, renunciemos a ser ovejas para por un lado asumir con nuestras decisiones y convicciones aquello en lo que creemos, y a lo que no queremos dejar de aspirar, y por otro, para evitar que se cumpla la aseveración de Murrow de que “una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”

La receta laboral de Podemos nos llevaría a la miseria
José María Rotellar okdiario 8 Diciembre 2020

Podemos está tratando de aprovechar su estancia en el Gobierno para impulsar su programa político y, dentro de éste, su programa económico. En materia política, ya vemos cuál es su objetivo, que no nos sorprende porque es el que siempre ha tenido: derribar la monarquía parlamentaria emanada de la Constitución de 1978, con duros ataques al Rey -al que los miembros del Ejecutivo han jurado lealtad, por lo que muchos de ellos, con su actitud y ataques a la Corona, resultan perjuros, en cualquiera de las acepciones del término que da la Real Academia Española-, para llevarnos a la III República, que sería tan tenebrosa o más que la II República, que surgió de un golpe de Estado, pues nunca se votó un cambio de régimen, y la cual, recordémoslo, fue espantosa, pues nunca llegó a ser verdaderamente democrática, al menos no era el espíritu con el que actuaba en ella gran parte de la izquierda, que trató de imponer aquí el régimen comunista de Stalin y que provocó la horrible Guerra Civil, que nuestra Constitución y la Transición enterraron para siempre, desde la reconciliación, y que estos odiadores profesionales tratan de resucitar.

Y en lo económico, su plan es nacionalizarlo todo, para controlar cuanto puedan el tejido productivo; derogar la reforma laboral que, sin ser perfecta, pues habría que flexibilizarla más, ha sido la mejor que hemos tenido, y que ha permitido contar con un marco regulatorio que ha incentivado la contratación; prohibir el despido, como hicieron al decretar el primer estado de alarma, que hunde a las empresas, ya que al no poder ajustar la plantilla se ven obligados al cierre, que provocará más despidos; elevar el salario mínimo año tras año, que expulsa del mercado laboral a los menos cualificados, al no poder generar con su trabajo un valor suficiente para cubrir los costes de su contratación, de manera que su destino es el paro o, lo que es peor, la terrible y perseguible economía sumergida; y, ahora, su última propuesta: la semana laboral de cuatro días.

Reducir un día de trabajo es una medida equivocada en cualquier momento, pues no se consigue más prosperidad trabajando menos, sino más, pero en estos tiempos de honda crisis es un auténtico disparate. Ningún país sale de una crisis, recesión o depresión trabajando menos, sino más: Estados Unidos salió adelante en los años treinta gracias a que trabajó más, como salió Europa, especialmente Alemania, tras la II Guerra Mundial, donde llegaban a trabajar unas horas gratis al día para la reconstrucción del Estado. Y España también se recuperó y creció como nunca antes había hecho, en los años sesenta del siglo pasado, trabajando mucho más. Tras ello, el último salto cualitativo de la economía española en el siglo XX se produjo al pasar de contar con doce millones de ocupados a ser diecisiete millones, es decir, se logró con más trabajo, pues la jornada laboral no se rebajó ni un minuto. Trabajar más es la receta para crecer más, no trabajar menos.

Podemos, con su propuesta de cuatro días laborables a la semana, vuelve al lugar común de la izquierda, que en lugar de ensanchar la riqueza, quiere repartir la que hay. No le preocupa que las personas más desfavorecidas puedan mejorar su prosperidad, cosa que sucede al incrementar el neto a repartir, aunque la porción de ese total fuese más pequeña, pero el resultado individual es mayor por ser también mayor el agregado. No, a ellos les preocupa que unos se lleven más que otros. Prefieren la miseria conjunta e igualitaria de todos a la mayor prosperidad para todos si ésta es desigual.

Su propuesta de reducción de la jornada laboral no tiene ni pies ni cabeza y sólo nos lleva a la miseria, que es el lugar al que avanzamos por el camino de la destrucción productiva por el que nos está llevando esta gestión.

Sánchez toma al Consejo de Transparencia por el ‘pito del sereno’
OKDIARIO 8 Diciembre 2020

Con el argumento de que la petición es «abusiva» y supone un «juicio de valor», La Moncloa se ha negado a ofrecer información a un ciudadano que, a través del Portal de Transparencia, requiere información sobre los expertos a los que en concreto se refiere Pedro Sánchez cuando asegura que su gestión en la crisis sanitaria se fundamenta en la opinión de los técnicos. El ciudadano solicita información sobre el informe en que se basó presidencia del Gobierno para animar a participar en las manifestaciones del 8-M. En este punto, el solicitante destacaba las declaraciones de la vicepresidenta Carmen Calvo cuando animó a las mujeres a participar en esas marchas afirmando: «Les va la vida».

Pues bien: al Gobierno las preguntas de este ciudadano no le gustan y, en consecuencia, considera que la solicitud no está justificada. Y, a mayor chulería, advierte de que «se inadmitirán a trámite las solicitudes de acceso que sean manifiestamente repetitivas o tengan un carácter abusivo no justificado con la finalidad de transparencia de la ley». O sea, que como no contesta, se acumulan las peticiones y, al acumularse, se repiten. Y como le incomoda que se repitan, afirma que las solicitudes «manifiestamente repetivas» se «inadmitirán a trámite». Es de una sinvergonzonería supina y revela hasta qué punto la soberbia del Ejecutivo socialcomunista ha llegado al extremo de despreciar a un ciudadano por su insistencia en querer saber la verdad.

Vamos a ver: lo que hace cualquier ciudadano al recurrir al Portal de Transparencia es ejercer un derecho. Y la obligación del Gobierno es responder, no enjuiciar la intención del solicitante al preguntar. Lo que hace el Ejecutivo de Pedro Sánchez, con manifiesta chulería, representa un desprecio inaceptable. No es el Gobierno quien decide si contesta o no, sino Transparencia. Lo que ocurre es que Transparencia carece de capacidad sancionadora y, en consecuencia, Sánchez toma a Transparencia y a los españoles por el «pito del sereno».

La catástrofe de Venezuela
Francisco Marhuenda larazon 8 Diciembre 2020

Venezuela es una nación hermana con la que tenemos vínculos profundos, por supuesto, históricos, pero sobre todo sociales, económicos y culturales. Es un país con grandes recursos naturales, pero el chavismo lleva décadas esquilmándolo hasta la extenuación. El nivel de corrupción es el habitual cuando gobiernan grupos autoritarios y comunistas, aunque ahora se llaman bolivarianos, lo que es un insulto grotesco para Simón Bolívar. Al corrupto e ignorante Chávez, que además era un golpista, le sucedió ese personaje nefasto como Maduro, que es más zafio que su mentor. La UE no ha reconocido el resultado de las legislativas promovidas por el régimen del patán enfundado en un chándal hortera. Es lo que corresponde ante el pucherazo que se ha vivido en Venezuela y en el que la oposición no ha participado para no legitimar la farsa populista. El saqueo lleva produciéndose desde que Chávez alcanzó el poder y convirtió el país en una finca particular para sus amigos y aliados. Decenas de miles de millones de dólares manchados con la sangre del sufrido pueblo venezolano han desaparecido de las arcas públicas.

Chávez y sus compinches llegaron al poder tras deslegitimar las instituciones y denostar al «sistema», es decir, a la clase política tradicional acusándola de corrupción. Lo mismo que ha sucedido en España con el acoso a la Corona, la exageración de la corrupción, los ataques contra el «régimen del 78», la Constitución y los partidos. En ambos casos, las crisis económicas han favorecido a la izquierda populista. No hay nada peor que los salvadores de la patria, sin importar que sean de uno u otro signo. Hay que combatir con firmeza los populismos, porque solo buscan implantar regímenes autoritarios como ha sucedido en Venezuela. Los «hijos» del populismo, el comunismo y el caudillismo hispanoamericano no pueden dar lecciones de democracia. Hay que mantener la firmeza frente al golfo de Maduro, que no tiene ninguna legitimidad para seguir en el cargo, y sus conmilitones. A la UE y Estados Unidos no les tiene que temblar la mano a la hora de imponer sanciones y aislar a este régimen corrupto y autoritario. No me sirve la excusa de que lo sufre el pueblo venezolano, porque eso es tanto como aceptar que las dictaduras son formas legales de gobierno y que la persecución de los políticos y disidente son un instrumento de acción política. Es duro normalizar las relaciones con China, Cuba, Irán y otras dictaduras, pero no seríamos demócratas si diéramos la espalda a nuestros hermanos venezolanos legitimando a Maduro y sus corruptos colaboradores.

¿Qué tiene Zapatero con Maduro y por qué se lo consiente el Gobierno de España?
ESdiario 8 Diciembre 2020

Un expresidente nunca actúa a título personal, y menos cuando gobiernan partidos cercanos al chavismo. Su siniestra complicidad con la dictadura exige explicaciones urgentes.

Mientras Europa, los Estados Unidos, la práctica totalidad de la comunidad internacional y la inmensa mayoría de la oposición denunciaban el fraude de las "Elecciones" en Venezuela; un expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, se dedicaba a blanquearlas desde Caracas y a pedir un cambio de postura general para rehabilitar al sátrapa Maduro.

La timorata reacción del Gobierno vigente, que dijo respetar "profundamente" las reflexiones del predecesor socialista de Pedro Sánchez, elevó aún más de categoría el papel de Zapatero, convertido de algún modo en el embajador oficioso de la postura real de La Moncloa, más cerca de Caracas que de Bruselas a efectos prácticos.

Que un dirigente occidental se preste a legitimar una farsa en la que no participaron siquiera siete de cada diez venezolanos y que obedece, en exclusiva, al intento de Maduro de dominar todos los resortes del poder creando una especie de doble Parlamento para esquivar el control del original, en manos de sus adversarios; es indecente.

Bruselas deja en ridículo a Zapatero y desmonta la mascarada electoral de Maduro
Y que lo haga al margen de la evidente crisis de hambruna, sanitaria y democrática que todos los organismos han señalado, alcanza la categoría de escándalo. Pero que además todo ello coincida con la participación en el Gobierno de España de un partido abiertamente chavista, cuyos dirigentes asesoraron -y se enriquecieron- con Hugo Chávez; cruza todas las líneas rojas y se adentra en el terreno casi de la investigación judicial.

Los lazos de Zapatero o Iglesias con el chavismo son indecentes para España y dignos de investigación judicial

Precisamente sigue abierta una, en la Fiscalía Anticorrupción, para descifrar los siniestros negocios que al parecer mantuvo el embajador de Zapatero en Caracas, Raúl Morodo, con el régimen chavista, con el extraño desvío de hasta 35 millones de euros de por medio.

Y las relaciones de Podemos con Venezuela, a través de la oscura consultora Neurona, también son objeto de investigación judicial. Sin todo ello, la presencia allí de Zapatero para auxiliar a un cacique represor, es inadmisible. Pero con todo ello, además es digno de observancia judicial.

¿Es solo un bochornoso episodio político o, además, hay intereses económicos, partidistas y de otro tipo en la incalificable postura de Zapatero? Dado que esta indignidad marca y retrata a la propia España, dejar sin respuesta esas preguntas ya no puede seguir siendo una opción.

El tirano Maduro se retrata en las urnas
Editorial larazon 8 Diciembre 2020

Si algo ha demostrado la última farsa electoral montada por la tiranía venezolana es el patente desfondamiento de la maquinaria del régimen, incapaz, si quiera, de movilizar a sus antiguos partidarios. Ni las amenazas ni las ofertas de bonos para adquirir comida ni las llamadas telefónicas o las visitas domiciliarias de última hora de los comités populares consiguieron arrastrar a las urnas a una población que, frente a unas dificultades imposibles, aún mantiene su dignidad. Así, las elecciones para renovar la Asamblea Nacional de Venezuela se saldaron con una abstención histórica del 70 por ciento del censo, según unos datos oficiales que la mayoría de los observadores ponen en duda, por considerar que fue mucho mayor. El espectáculo de los colegios vacíos, como también lo estaban los tenderetes del Gobierno «validando» los carnés de votación, imprescindibles para recibir las bolsas de alimentos, son la mejor demostración del deseo de libertad que embarga a la mayoría de los venezolanos.

No en vano, la última vez que la población pudo expresarse en unas elecciones relativamente limpias, las legislativas de 2015, no sólo se batió el récord de participación, que superó el 70 por ciento del censo, sino que los partidos de la oposición al régimen socialista bolivariano obtuvieron una mayoría absoluta cualificada, es decir, aplastante, en la Asamblea Nacional. Desde entonces, el Gobierno de Nicolás Maduro, con la cooptación de todas las instituciones del Estado, incluidos el Tribunal Supremo, la Comisión Nacional Electoral, la Fiscalía General y los medios de comunicación públicos, todos ellos dirigidos por estrechos partidarios del régimen, estranguló cualquier vía de participación de democrática en Venezuela, hasta llegar a reelegirse por medio de un fraude escandaloso.

Con la usurpación, ayer, de la Asamblea Nacional por el «Polo Patriótico», cuyo núcleo lo encarna el Partido Socialista Unido de Venezuela, el país caribeño pierde el último reducto de libertad. Ciertamente, poco podían hacer unos partidos opositores imposibilitados de desenvolverse institucionalmente, con la mayoría de su líderes en la cárcel o el exilio, cuando no directamente proscritos por los jueces chavistas. La llamada a la abstención, al desconocimiento de la legalidad que representa el régimen bolivariano era, pues, la única opción posible para la oposición democrática venezolana. Acudir a las urnas en las condiciones impuestas por Nicolás Maduro era tanto como legitimar la tiranía. Así lo ha entendido el mundo libre, con la Unión Europea y Estados Unidos a la cabeza, que, ahora, deberán intensificar su apoyo al presidente interino Juan Guaidó y trasmitir a los venezolanos el compromiso de las democracias con su libertad.

Ruido de sables, dicen
Pablo Planas Libertad Digital 8 Diciembre 2020

Gracias a la aguda miopía y generosidad de los rectores de no pocas empresas del Ibex, los postulados de la extrema izquierda se han instalado en los medios de comunicación como principios editoriales de obligada observancia. Personajes como Jordi Évole, capaz de fundirse en un fraternal abrazo con Arnaldo Otegi, son los representantes de una falsa objetividad y quienes elaboran el guion de la actualidad política en España gracias a la indecencia de las grandes corporaciones y la estulticia de la derecha acomplejada y meapilas, una derecha que jadea y babea como un bulldog francés a la espera de la palmadita de la ultraizquierda por renegar de sus principios.

La potencia mediática de la izquierda financiada paradójicamente por empresarios que se declaran muy de derechas no tiene correlato en el lado opuesto del tablero ideológico. Es como comparar un portaaviones con una canoa. No hay color ni equiparación posible. Por cada programa de TV sin el sesgo progre hay cinco espacios para los Cintoras, Ferreras, Buenafuentes, Wyomings y Broncanos de la cuota de payasos al servicio del régimen prechavista. Son los del jajá contra el rey emérito que callan como momias ante los escándalos de la ultraizquierda tipo Neurona. Su nefasta influencia contamina incluso la otra telebasura, el jorgejavierismo.

El monopolio informativo explica que en un país en el que han fallecido setenta mil personas por coronavirus, pandemia agudizada por la lacerante incompetencia del Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, y en el que cientos de miles de personas hacen cola para recoger alimentos el problema sea un chat de exmilitares cebolletas que escriben majaderías como la de fusilar a la mitad de la población.

¿Es grave? No, es gravísimo, indecente y repudiable, materia de juzgado de guardia, pero en contra de lo que pudiera sugerir la vasta campaña mediática azuzada por el Gobierno, nada tiene que ver con el Ejército ni entraña ningún riesgo para la democracia, a diferencia de la indisimulada operación de Podemos con el concurso del PSOE de Sánchez para cambiar de régimen dinamitando el sistema de libertades desde dentro de las instituciones. El arrebato fusilatorio de un militar retirado tiene el mismo valor que aquel deseo de Iglesias de azotar a la periodista Mariló Montero hasta que sangrase. Sólo revela el fondo de quien expresa tales barbaridades.

El ruido de sables al que aluden los medios dominados por el marco argumental de la izquierda es una pura falsedad de la factoría de mentiras del PSOE y Podemos, la contaminación acústica que promueve el Gobierno para tapar los macabros efectos de la torpeza, ignorancia y mala fe de sus miembros en la salud, la economía, los derechos y las libertades de los españoles.

El Gobierno revolucionario
Juan Gutiérrez Alonso Libertad Digital 8 Diciembre 2020

Decía Chateaubriand que toda revolución ha ofrecido siempre el prodigio de una nación sacrificada por un puñado de hombres a una quimera. Es cierto, no obstante, que las revoluciones ya no son como antaño, pues hoy día se puede revolucionar de modo institucionalizado, con un Gobierno revolucionario, que nada tiene que ver con el Gobierno representativo que alumbró el constitucionalismo liberal, aunque su fuente de legitimidad democrática sea la misma.

Al Gobierno revolucionario no le importa la ley, o las exigencias del sistema democrático que lo hicieron posible, tampoco el equilibrio de poderes, el decoro político y menos aún la sociedad que gobierna, reducida a consignas y a los círculos que controla, esa organización tan esencial para la buena marcha de los objetivos establecidos. Esta forma de gobierno se dota además de líderes y portavoces capaces de inspirar una extraordinaria fe en su anunciada misión, que suele ser ni más ni menos que la liberación del género humano de todos los males que le azotan. Y aunque se dicen ateos y contrarios al peculio, en el Gobierno revolucionario abundan adictos al dinero que acaban convirtiendo al Estado en un botín, predican el colectivismo como transformación de los capitales privados en capital social para el bien de todos y convierten la Administración Pública en el intermediario del reparto, el promotor de la protección de los intereses de aquellos círculos que confunden con la sociedad y, en definitiva, el financiador de la (des)igualdad. Y todo ello se hace con ardiente fe religiosa.

Asimismo, las exigencias del Estado de derecho, aunque nuestros revolucionarios hayan estudiado leyes e incluso enseñen en las facultades, son una cuestión menor. La ley, para ellos, es un producto de las circunstancias que, como señalaba Napoleón Bonaparte, debe cambiarse por nuevas circunstancias, es decir, sus círculos y ellos mismos, que se convierten en la única fuente de legitimidad. Así, si la ley prevé mecanismos rígidos de modificación, equilibrios institucionales o mayorías de las cuales no se dispone, el Gobierno revolucionario no abdica de su programa. Busca y encuentra los mejores compañeros de viaje para tal empresa y, acto seguido, con todos los medios que el Estado le permite, promueve el exorcismo del crítica o disidente, el envilecimiento de la sociedad y la opinión pública contra la ley misma; su pasado, las condiciones que la alumbraron y cualquier sector político o de opinión que la defienda. Si no se consiguió una hegemonía en las urnas que les permitiera la demolición del sistema por los procedimientos establecidos, entonces debe forzarse en las calles y en los círculos de creación de opinión, provocando un clima asfixiante, hostil y casi prebélico, conscientes además de que ellos nunca serán culpables, pues en la crítica aparecerán como responsables quienes defienden la ley y osan resistir los planes del gobierno revolucionario, por "ir contra el consenso", "lo que pide la gente", "lo que hay en los países de nuestro entorno", y demás supercherías dirigidas a crear una legitimidad y unas necesidades aparentemente ineluctables que desplacen a la legalidad misma.

El gobierno revolucionario busca, y normalmente consigue, un estado mental en la sociedad y las instituciones nunca antes conocido. Son las emociones, estúpidos… Y para llegar a esto la agitación continua y la afrenta son obligatorias. El poder limitado que caracteriza a todo Estado democrático y de derecho debe ser de facto ilimitado o potencialmente ilimitado, creándose todas las condiciones posibles para que quienes tienen conferidas las competencias constitucionales de limitación teman incluso ejercerlas.

Los derechos y libertades de los ciudadanos, la institucionalidad misma, pasan así a ser una anécdota ante la nueva realidad. El ejercicio del poder se torna pugilismo, una lucha abierta y varonil, hoy también femenil, que delinea y establece combates continuos en el crepúsculo mismo del orden constitucional, que obligan a los adversarios a movilizar todas sus fuerzas para responder a la agresión con agresión, e intentar deshacerse por todos los medios de una forma tiránica de ejercer el poder. Pero el combate es desigual. El Gobierno revolucionario cuenta con la Administración Pública y el presupuesto, busca deliberadamente fagocitar todos los ámbitos de actuación y opinión, y convierte finalmente a la sociedad en una cofradía inhumana donde encontrar las peores perversiones y donde los ciudadanos incluso acabamos convencidos de que es normal dañarnos a nosotros mismos.

Ante al ascenso de los Gobiernos revolucionarios, a la sociedad sólo le quedan dos opciones, la obediencia o la rebelión, que, dicho sea de paso, el propio sistema dificulta porque ésta ya ha empezado institucionalmente. No sabemos si acabaremos posando como Cayo Mario sobre las ruinas de Cartago.

Esto es irreversible
Jorge Vilches. vozpopuli  8 Diciembre 2020

Ábalos, ministro de Transportes y recepcionista de dictadores en Barajas, subió en Twitter un mensaje diciendo que la derecha, en referencia al antecesor del PP, había pedido la abstención en el referéndum del 6 de diciembre de 1978. Falso. ¿Puso el tuit por ignorancia o maldad? Si es lo primero tiene remedio. El problema es que se trataba de una muestra de maldad. El Gobierno socialcomunista siembra discordia y mentiras, inestabilidad y desconfianza, porque ese es su terreno de juego. Es ahí donde se hace fuerte una fórmula totalitaria.

Esa política hecha desde el Gobierno es imparable. Dispone de todos los recursos para hacer el cambio de la ley a la ley, impulsado por su discurso hegemónico y su nuevo bloque de poder. En 2018, la solución que tomó la crisis del sistema fue la deriva autoritaria, dando carta de legitimidad y protagonismo a los que hasta entonces eran los enemigos del orden constitucional. Lo hemos visto en la elección de socios del Gobierno para sus PGE.

La pregunta es si esto es reversible. La respuesta no es optimista. ¿Alguien cree a estas alturas que la situación de Cataluña o el País Vasco es reversible? ¿Que los independentistas van a tener una epifanía que hará que quieran la unidad de España y abandonen la pretensión de tener su propio Estado? ¿Piensa alguien que es posible recuperar los niveles de aceptación de la monarquía que la institución, no la persona, tenía hace dos décadas? ¿Hay quien crea que la clase política puede volver al sentido común y a la responsabilidad, que abandone el egoísmo de partido, y tienda al consenso político para la estabilidad? ¿En serio pensamos que la gente en plena crisis valora más la libertad que la protección estatal?

Jacob Burckhardt escribió que el poder monopoliza el uso del mal, al modo que décadas después Max Weber teorizó en referencia al Estado. El poder, contaba el historiador suizo, tiende a extenderse a costa de la libertad y del individuo y, por tanto, ese mal lo acaba impregnando todo. El futuro no es precisamente halagüeño si el poder, o el Estado confundido con el Gobierno, se expande sin freno. Por eso, decía Burckhardt, es una trampa considerar que el progreso humano identificado con la libertad es compatible con el fortalecimiento sin fin del poder. Esta es la situación actual. Esta es la esencia del pesimismo político.

Bases de la convicencia
El sistema político de la Constitución de 1978 descansaba en tres pilares formales y uno espiritual. Esos tres eran la monarquía parlamentaria, la unidad de España y el Estado de las Autonomías. El espiritual era que la política no tocaba lo político; es decir, que las iniciativas de los grandes partidos no suponían la ruptura de las bases de la convivencia, porque el amigo era el adversario, mientras que el enemigo era el rupturista.

No queda nada de eso. La forma de Estado se ha convertido en una cuestión de partido, no nacional, y solo una parte defiende al Rey y lo que simboliza. España ha dejado de ser el orteguiano proyecto de vida en común para ser un obstáculo a las ambiciones de antiguos partidos nacionales como el PSOE y para sus socios de gobierno. En consecuencia, las Autonomías se perciben como una forma fallida del “problema regional”.

En el momento en que Felipe VI se ha convertido en arma arrojadiza, en carne de mensaje partidista, se aleja su figura de la esencia política de la institución. En esa deriva, el Rey no es visto como árbitro y emblema de los mejores valores democráticos, como la convivencia basada en el respeto a la ley, a la libertad y a los derechos humanos. De esta manera la monarquía entra en el debate político al mismo nivel que cualquier cuestión, tal y como quieren los antimonárquicos.

Además, cuando el democratismo se ha convertido en religión, aparenta ser más legítima una votación de última hora que un referéndum nacional sobre el conjunto del sistema político. Es el mismo caso que el timo del 12 de abril de 1931: unas elecciones municipales perdidas por los republicanos se interpretan como una consulta sobre el régimen, y validan que un grupo que nadie había elegido asuma el Gobierno para proclamar lo que nadie había votado.

'La nueva era'
Hoy tenemos a un lado al Gobierno socialcomunista exigiendo una unidad que en realidad es sumisión a su dictado, y que llama “antipatriota” a todo aquel que osa criticarlo. Al otro lado hay una oposición desconcertada que llama a la concordia, a la nostalgia de la Transición, y que no deja de apuñalarse mutuamente. Conservar desde la oposición lo existente, el sistema político, la Constitución de 1978, es una tarea casi imposible cuando el Gobierno está decidido a cambiarlo todo por la puerta de atrás y posee los mecanismos del poder.

¿Pesimista? Sí, mucho. Esa “transformación” que anuncian Sánchez, Iglesias, Rufián y Otegi, la “nueva era”, no va a ser a una situación mejor, a mayores cotas de libertad y paz, de estabilidad y felicidad para la mayoría, sino todo lo contrario. La combinación de narcisismo, ansia de poder y pulsión totalitaria jamás ha dado nada bueno. Atención, porque el camino anuncia un volantazo y esta vez la “niña de la curva” no es una democracia liberal.

Venezuela y el PSOE de Sánchez y su semejante Zapatero
EDITORIAL Libertad Digital 8 Diciembre 2020

Nicolás Maduro escenificó el domingo una nueva farsa electoral para seguir detentando el poder en la Venezuela que, junto con su predecesor y semejante, Hugo Chávez, ha devastado con saña.

Ni la Organización de Estados Iberoamericanos (OEA) ni la Unión Europea (UE) reconocen la grotesca performance electoral chavista. Es la única postura que cabe adoptar ante un régimen criminal que llegó a amenazar con matar de hambre a quienes se negaran a tomar parte de la misma. Pues bien: el rechazo a la mafia chavista es tan abrumador en el país caribeño que la participación se ha cifrado en un ínfimo 20%.

Maduro solo cuenta con el respaldo de personajes tan denigrados en la escena hispanoamericana como Rafael Correa y Evo Morales. El primero es un prófugo de la Justicia ecuatoriana acusado de graves delitos de corrupción, mientras que el segundo tuvo que abandonar el poder en Bolivia de manera harto cobarde y deshonrosa tras otro fraude electoral.

A Maduro, sí, o apoyan Correa y Morales y el infame expresidente del Gobierno de España José Luis Rodríguez Zapatero, Zapatero el infame, Zapatero el palanganero de la sanguinaria narcotiranía bolivariana. Así, el domingo se presentó en Caracas para proceder a su enésima maniobra de blanqueamiento del imblanqueable régimen que ha sumido a Venezuela en la peor etapa de su historia.

Por desgracia y para vergüenza del socialismo español, el partido de Pablo Iglesias, creado bajo la inspiración y el impulso chavista para trasladar la revolución bolivariana a Europa, no está solo en su apoyo al chavismo maduriano. También en esto el PSOE de Zapatero y Sánchez se distingue cada vez menos del execrable Podemos del que hace solo un año abominaba públicamente.

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La ruptura de España, más cerca
Cayetano González Libertad Digital 8 Diciembre 2020

Si en la dirección del Estado se coloca a los herederos políticos de ETA y a los que han impulsado antes de ayer la independencia de Cataluña; si te apoyas en Bildu y en ERC para gobernar; si en un tweet en la cuenta oficial del PSOE se califica de “valientes y patriotas” a los 188 diputados –entre ellos los cinco de Bildu y los trece de los de Junqueras– que han votado a favor de los Presupuestos; si uno de los socios del Gobierno de coalición se dedica un día sí y otro también a atizarle a Felipe VI y a proclamar que la República está cada vez más cerca, entonces España y los españoles tienen un gravísimo problema: la ruptura y a la descomposición del régimen constitucional del 78.

Este diagnóstico no tiene nada de exagerado. Está basado en hechos, en actuaciones de este Gobierno social-comunista cuya velocidad de crucero puede haber sorprendido a algunos biempensantes que suponían que no iban a ir tan rápido ni a atreverse a tanto. Da lo mismo que España esté viviendo una pandemia que se ha cobrado decenas de miles de vidas. No importa que la situación económica como consecuencia del covid-19 esté mandando al paro a miles de personas. El Gobierno, con la pareja Sanchez-Iglesias al frente, sigue con su proyecto ideológico y sectario; como muy bien enunció hace unos días la presidenta de la Comunidad de Madrid: “No es que estén gobernando sólo para media España, sino que gobiernan contra la otra media”.

Los próximos pasos son evidentes: en el caso de Cataluña, si al final hay elecciones autonómicas el 14 de febrero, se formará un Gobierno tripartito presidido por ERC, con el PSC y Podemos de acompañantes. A partir de ahí, habrá indultos para los políticos presos por el intento de golpe de Estado; se llevará a cabo un cambio en el Código Penal para rebajar o atemperar el delito de sedición y se negociará una fórmula para un referéndum sobre la independencia que en este caso sí tendrá consecuencias prácticas en la relación de Cataluña con el resto de España.

En el País Vasco, Sánchez e Iglesias tropiezan con dos obstáculos. Por un lado, la fortaleza probada del PNV, partido al que no es fácil arrinconar en el País Vasco, ya que, además de gobernar en Ajuria-Enea, también lo hace en las tres diputaciones forales y en la mayoría de los ayuntamientos importantes, incluidas las tres capitales vascas. De momento Sánchez necesita sus votos en el Congreso. El PNV ya ha visto las orejas al lobo y sabe que si en unas próximas autonómicas la suma de Bildu, PSE y Podemos da para gobernar, habrá un tripartito con Otegui como lehendakari. Pero aquí reside el segundo obstáculo: el desprecio que la izquierda abertzale siente por la izquierda populista y no vasca de pura cepa que representa Podemos es infinito.

El panorama es ciertamente desolador, más cuando se contempla el espectáculo de la oposición, de la falta de alternativa a día de hoy. Ahora resulta que el PP, con un Casado que ha mutado respecto al que ganó las elecciones primarias de su partido hace casi dos años y medio, pone toda su esperanza en pescar en el caladero de los socialdemócratas “moderados” del PSOE. Menudo desconocimiento de lo que es la base social del partido que fundó Pablo Iglesias y de lo que piensan del PP. Ciudadanos se ha convertido en un partido irrelevante y VOX no acaba de hacer el esfuerzo de pulir algunos perfiles, algunos mensajes que resultan un tanto histriónicos. El PP, con esa estrategia de giro al centro, les ha puesto en bandeja ocupar todo el espacio de la derecha, una oportunidad que deberían aprovechar los de Abascal de forma inteligente: sin renunciar a la defensa de los principios y valores por los que se han hecho un hueco en el mapa político, pero modulando la forma de expresarlos y defenderlos.

Los topos de Maduro en Europa
Editorial ABC 8 Diciembre 2020

Cuando los líderes de Unidas Podemos afirman, en el Parlamento de una democracia occidental y europea, que la oposición nunca volverá a la mesa del Consejo de Ministros, sin explicar cómo sucederá tal cosa, o que está fuera del Estado, como si fueran apátridas políticas, hay que preocuparse seriamente porque es su proyección para nuestro país de lo que está sucediendo en Venezuela. Y como quienes hacen tales declaraciones resultan ser, por un lado, socios de Gobierno con vicepresidencia y tres ministerios, y, por otro, líderes de una coalición siniestra y antidemocrática de separatistas y proetarras, la situación es cualquier cosa menos tranquilizadora. Y si, además, un expresidente socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, asume con desvergüenza mundial la función de testaferro en Europa de la dictadura chavista, el resultado final es que España puede convertirse en la cabeza de playa del totalitarismo bolivariano en Europa. Los topos del chavismo. Cosas que hace poco más de un año parecían impensables porque el propio Sánchez las descartaba -pactar con Pablo Iglesias o con EH Bildu, por ejemplo-, hoy han pasado a formar parte de la dirección del Estado.

El significado real de esta actitud de la izquierda española hacia la dictadura de Nicolás Maduro revela una degeneración de su calidad democrática. Fuera o no delito, la bienvenida del ministro de Fomento José Luis Ábalos a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, fue un acto de deslealtad con Europa y de infracción de sus decisiones comunes sobre Venezuela. Pero retrató la predisposición del Gobierno de Pedro Sánchez -donde ya no hay moderados, sino obedientes- a condescender y pactar con todo aquello que represente crispación izquierdista y un ataque directo a los valores de la democracia occidental. Zapatero ha pedido, con su prosa meliflua habitual, que «Europa reflexione» sobre su negativa a reconocer los resultados de las elecciones legislativas en Venezuela. La reflexión está hecha y con los resultados propios de los ideales de las democracias basadas en el Estado de Derecho y el respeto a los derechos y libertades de los ciudadanos, empezando por el derecho a la igualdad. La reflexión de la Unión Europea es la reflexión de la dignidad democrática. Lo que pide Zapatero es que Europa reflexione como Pablo Iglesias o Pedro Sánchez, pero menos mal que Europa no quiere suicidarse políticamente. Cuando un socialista español, de los actuales, ha reflexionado, ha acabado pactando con comunistas -los de aquella media Europa asolada por su ideología hasta 1989-, con proetarras que no piden perdón por casi 900 muertos o con separatistas encarcelados por golpistas y malversadores, aunque ahora se las den de escrupulosos contables de los impuestos españoles.

Venezuela es un laboratorio para la izquierda española porque en él se ha practicado la demolición de los valores de la democracia parlamentaria y se han sentado las bases de la eliminación política de la mitad de la población. Bastantes sospechas levanta en Europa el Gobierno de Sánchez con sus derivas totalitarias contra la independencia judicial o la libertad de información, como para añadir la representación de un régimen liberticida, sancionado por Bruselas y con altos dirigentes civiles y políticos relacionados con el narcotráfico a gran escala. La reflexión sobre Venezuela es necesaria, en efecto, pero no, como propone Rodríguez Zapatero, para dejar de señalar a Maduro como un dictador, sino para reforzar aún más las políticas de apoyo a la oposición democrática y facilitar la recuperación de las libertades. La derrota de Maduro, como la caída del Muro, será para la izquierda otro motivo de decepción y no una oportunidad para las libertades, que tanto le molestan allí, en Venezuela, y aquí, en España.

Zapatero, un imbécil en la corte del dictador Maduro
Marcello republica 8 Diciembre 2020

No sabemos quién le paga sus continuos viajes y estancias en Venezuela, aunque sospechamos que es su jefe el dictador Nicolás Maduro (con más de 350 presos políticos) a quien José Luis Rodríguez Zapatero, ensalza y protege como lo acaba de hacer ZP con repugnantes declaraciones en las que avala las fraudulentas elecciones a la Asamblea venezolana.

Las que la UE y los observadores internacionales han declarado como un burdo circo político ajeno a la democracia, y en el que la abstención de la gran mayoría de los venezolanos llegó al 70 %.

Y de entre el 30 % de los votantes Maduro solo obtuvo, sin una oposición al frente porque de negó a participar en la mascarada, un 67 % de los votos emitidos lo que revela que la abrumadora mayoría de este nuevo e impostor Parlamento venezolano la ha conseguido el dictador Maduro con solo el 20 % de los electores de su país.

Y a Zapatero no se le cae la cara de vergüenza y de tonto que tiene y sigue tocándole las palmas a este personaje, que tarde o temprano acabará mal. Y puede que a manos de sus propios militares porque la ruina, el hambre y el desabastecimiento general del pueblo venezolano está alcanzando cuotas muy altas de indignación y desesperación nacional.

La capacidad de Zapatero de hacer daño y de crear destrucción dentro y fuera de nuestro país es ilimitada. Fue el promotor e inventor del desafío catalán a la unidad de España cuando prometió a Pascual Maragall que el Parlamento español aprobaría lo que decidiera el Parlament catalán lo que incluía la renuncia a la soberanía nacional española.

Posteriormente, e incluso después de un ‘cepillado’ como dijo Guerra, ZP apoyó un nuevo Estatuto catalán inconstitucional que hubo de reformar el TC y está en el origen del fallido golpe catalán de 2017, a cuyos golpistas ahora apoya ZP en favor de sus indultos, como ahora apoya los pactos de Sánchez e Iglesias con Bildu y ERC para los PGE.

Un Zapatero que fue un nefasto gobernante que anunció el fin de ETA tan solo 24 horas antes de que la banda terrorista pusiera una bomba mortal en el aeropuerto de Barajas.

Y un ZP que negó la crisis financiera de 2008 que a punto estuvo de llevar a España a la quiebra, mientras confesaba que él se pasaba las noches en vela para ver qué hacía el índice Nikkei japonés, y que acabó por forzar, él tan progresista, una reforma exprés del articulo 135 de la Constitución para garantizar el equilibrio presupuestario español ante la UE.

Y en hemerotecas está la inolvidable foto de Zapatero y su familia junto al matrimonio Obama, y con los disfraces de la ‘familia Monster’, antesala de los posteriores pactos del Gobierno de Sánchez con sus aliados del combo Frankenstein.

Y ahora, cómo no, el tal Zapatero se coloca como el enemigo declarado de la libertad y de la democracia en Venezuela donde el pueblo de éste sufrido país le ha dado la espalda al dictador y fantoche Maduro que, como ya lo hemos dicho, tarde o temprano acabará por perder su arbitrario y represivo poder.


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