AGLI Recortes de Prensa   Domingo 27  Diciembre  2020

El gran acuerdo nacional
Vicente Vallés. La Razón.  27 Diciembre 2020

El pasado lunes, los Reyes de España hicieron una visita clandestina a Barcelona para entregar el premio Cervantes al poeta Joan Margarit. Zarzuela «vistió» el evento con los ropajes de un acto privado. Pero un acto privado no suele realizarse en la residencia oficial de los Reyes en Barcelona –el Palacete Albéniz–, ni sus majestades tienen la compañía de un ministro de jornada, ni se hacen públicas fotografías de tal acto, ni se informa de que ha finalizado cuando los Reyes ya están de vuelta en Madrid sin haber dado cuenta de ello a las autoridades del lugar.

La semana terminó con Felipe VI marcando distancias con su padre al establecer que los principios morales y éticos están por encima de consideraciones familiares, en un mensaje fácil de entender salvo para quienes esperasen la abdicación del Rey en Nochebuena. Pero había empezado mal para la Corona, porque no se puede generar la sensación de que el jefe del Estado se esconde en determinadas partes del territorio nacional. Y no era la primera vez. En septiembre, el Gobierno no permitió que don Felipe asistiera en Barcelona a la entrega de despachos a los nuevos jueces, como hace todos los años.

Al tiempo que los Reyes pasaban su mañana furtiva en Cataluña, el sondeo del CIS mostraba que la monarquía es una preocupación para el 0,3% de los españoles. Se podrá considerar –con razón– que el crédito del CIS es limitado. Pero en esos mismos días, el barómetro de LaSexta reflejaba un apoyo a la monarquía del 54,3%, frente al 30,3% que prefiere la república. Y aún más destacado es otro titular: el apoyo a la monarquía ha subido veinte puntos desde el sondeo de septiembre, mientras que el apoyo a la república ha caído un 13,5%. Es decir, en medio de la controversia provocada por determinadas actuaciones indefendibles de Juan Carlos I y cuando más intensa ha sido la campaña de los partidos republicanos contra Felipe VI, más defensores le han salido al Rey. Ya nos explicó Newton que si un cuerpo A ejerce una fuerza sobre un cuerpo B –llamada acción–, ese cuerpo B ejerce otra fuerza de igual magnitud –llamada reacción– en sentido contrario. En otras palabras, si tiras muy fuerte de tu lado de la cuerda, no puedes pretender que quienes agarran la cuerda en el lado contrario no vayan a defenderse haciendo lo mismo que tú.

Y eso ocurre en un país en el que es difícil encontrar una gran cantidad de monárquicos ideológicos puros. Lo que sí hay en España es una enorme masa de partidarios de la Constitución y, por tanto, de ciudadanos valedores del acuerdo que alcanzaron con mucho esfuerzo los españoles de un lado y de otro en la Transición. Ese 54,3% de ciudadanos que apoya a la Corona (más que a otras instituciones, por cierto) está formado, en realidad, por defensores del modelo de Estado que se pactó en la Constitución –la monarquía parlamentaria en una democracia liberal y europea– y no tanto por amantes del oropel que acompaña a la monarquía. Amparan a Felipe VI como símbolo de aquel pacto, frente a quienes aspiran, precisamente, a demoler ese acuerdo.

Proponer que España sea una república es legítimo y democrático. Lo es, incluso, cuando el modelo de república que se nos ofrece es más bolivariano que francés, italiano o alemán. Pero para que ese cambio se ejecute tienen que cuadrar los números. Y quienes nos han animado a debatir sobre la república durante la cena de Nochebuena no tienen tales números, de momento: solo el 20% de los escaños del Congreso pertenece a partidos que propongan abiertamente cambiar el modelo de Estado. No hay masa crítica suficiente para voltear la España constitucional surgida en 1978.

Aun así, no ayuda mucho a la monarquía que los apoyos más intensos los reciba, únicamente, de los partidos situados a la derecha del PSOE. Una mayor transversalidad sería muy conveniente. Pero, siguiendo ese mismo criterio, la tercera república tendrá pocas opciones de éxito si solo la defienden fuerzas políticas situadas a la izquierda del PSOE, o partidarios de trocear España, o convocantes de referéndums ilegales o sucesores de organizaciones terroristas.

Para dar por terminado el pacto de la Transición, quienes proponen el cambio deberán conseguir el mismo grado de consenso que se alcanzó en 1978 para alumbrar la España constitucional. Y en los albores de 2021 tal cosa no existe. Un gran acuerdo nacional solo puede ser sustituido por otro gran acuerdo nacional. Lo contrario sería la imposición de una parte sobre las demás. Y, precisamente para evitar imposiciones y privilegiar los consensos amplios, las Cortes Constituyentes protegieron de forma especial el modelo de Estado con exigencias más estrictas para su reforma. Así, solo una amplia mayoría de españoles podrá cambiar lo que otra amplia mayoría de españoles decidió democráticamente.

Iglesias o la ley del enemigo único
El abuso de la propaganda política y de debates artificiales, como el de la monarquía, evidencia la debilidad del líder de Podemos
Alejandra Clements larazon 27 Diciembre 2020

El día que Dominic Cummings formuló el eslogan Take back control (Recuperar el control) empezó a poner las bases de la victoria del Brexit en el referéndum de Reino Unido de 2016. Un mensaje claro, directo y sencillo que apelaba al sentimiento patriótico y que agitaba el rechazo al otro (con mentiras como la inminente entrada de Turquía en la Unión Europea). Al otro lado del Atlántico, Donald Trump, repetía consignas parecidas: America First las encabezaba a todas. Ambos recurrieron a técnicas de propaganda política, un fenómeno que empezó a gestarse tras la Primera Guerra Mundial, que consolidó su desarrollo y su capacidad de convicción antes y durante la Segunda y que los populismos del siglo XXI han rescatado (con la inestimable ayuda del control a través de los datos, el big data). Han transcurrido cuatro años desde el plebiscito del Brexit y la victoria de Trump y el ambiente político internacional empieza a apuntar en otra dirección: Cummings acaba de ser expulsado del 10 de Downing Street y Joe Biden se prepara para entrar en la Casa Blanca. Aunque las consecuencias de aquellas victorias y sus derivadas perduran (y aún lo harán en el tiempo), la tendencia apunta a un cambio de ciclo. Puede que el del adiós al exceso de propaganda y el de la vuelta a un tipo de política alejada de lo emocional, fiel a la realidad y más consistente.

Mensajes que se repiten
Sin embargo, parece que en España se cumple la norma no escrita de que las modas llegan algo más tarde y el impacto de las estrategias de la propaganda política se mantiene de la mano del vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, un experto en la materia. Doctor en Ciencia Política, conoce bien los recursos para capitalizar sus activos y rentabilizar su presencia en el Consejo de ministros. Pese a la situación de debilidad en la que se encuentra en el Ejecutivo y a la pérdida de votos que le atribuye cada encuesta o sondeo que se hace público (además de la que le han ido marcando las últimas convocatorias electorales), Iglesias (y sus mensajes) son omnipresentes buscando una apariencia de poder e influencia mayor de la que en realidad tiene. Al margen de las cuestiones sociales, convertidas en su bandera (como si la socialdemocracia del PSOE no existiera), una de las últimas cruzadas del líder de Podemos es la monarquía. Con tintes casi obsesivos (o propios de un «cabezón», como diría la ministra portavoz, María Jesús Montero), Iglesias recurre a mensajes que cumplen todas las características de la propaganda política, como su persistente «monarquía frente a república». Una consigna simple y breve, que presenta un enemigo único (ellos frente a nosotros), que se repite una y otra vez exagerando la realidad o acallando las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos, y que busca ser percibida como algo asumido por la mayoría y, por tanto, aspira a convencer al ciudadano de que debe sumarse a esta corriente. A todos estos elementos de las técnicas de propaganda, enumerados por el escritor francés Jean-Marie Domenach, se suma el principio o la ley de la transfusión, esto es, recurrir a un sentimiento preexistente en la sociedad y agitarlo hasta hacerlo mayoritario.

Si volvemos a los ejemplos del Brexit o la victoria de Trump, estos sentimientos previos (de arraigo nacionalista y de añoranza de tiempos mejores) existían en las sociedades de Reino Unido y de Estados Unidos. Sin embargo, no hay en España una corriente generalizada que cuestione el modelo de Estado. De hecho, la monarquía supone una preocupación o un problema tan solo para el 0,3 por ciento de los españoles, según el último barómetro del CIS publicado esta misma semana, y que coincide, además, con índices anteriores. Preocupa la crisis económica (a un 42,6 por ciento), la pandemia (con el 38) y también, y creciendo, la política, los políticos y su actitud que suman el 72,5 por ciento de menciones, pero la monarquía parlamentaria, representada en Felipe VI, no. Aunque el propio Félix Tezanos se declare sorprendido por el resultado, es una realidad que se consolida en cada barómetro y que aleja el vaticinio de Iglesias sobre las conversaciones de los españoles en sus reuniones navideñas.

¿Qué república?
Los datos son claros y muestran que en España no existe (por más que se intente) ese sustrato social ampliamente antimonárquico ni esa dicotomía (falaz) planteada por el vicepresidente entre monarquía y república, tan simplista como vacía de contenido. Porque, ¿qué monarquía y qué república? ¿Qué tienen en común las sociedades de Arabia Saudí y Suecia, ambas con familias reales? ¿O qué características políticas comparten las republicanas China y Francia?

Como afirma Andrés Trapiello en ese maravilloso recorrido de vida (individual, social e histórico) que es su última obra Madrid, «que la monarquía defienda hoy con más firmeza los valores republicanos de libertad, igualdad y solidaridad que muchos republicanos sedicentes, nos ayudaría quizá a comprender que en política la línea más corta entre dos puntos no siempre es la más recta». Existen los matices y las reflexiones sosegadas que quedan fuera de los principios de la propaganda política. Y de ese afán por generar conflictos y debates artificiales desde cargos públicos en sociedades en las que no existen, frente a la solidez que representa la monarquía parlamentaria. Confiemos en que el sentido común se imponga y que el vicepresidente del Gobierno cese en su campaña contra el modelo de Estado que los españoles se dieron (y además avalan) libremente. Vamos a creerlo. Que es Navidad.

El Rey piensa en España, no en Cartagena
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 27 Diciembre 2020

Bajo el fuego cruzado de dos bandas miserables, socialistas y comunistas, el Rey ha sabido resistir.

Durante este año maldito en el que el comunismo ha vuelto a España por donde más daño puede hacer y siempre hizo, que es en el Gobierno, y en el que tantos paralelismos, buscados o casuales, estamos viendo con la llegada de la II República, lo que más me ha preocupado es que Felipe VI pudiera dar la espantada como su bisabuelo Alfonso XIII, que antes de contar los votos de unas elecciones municipales se largó por Cartagena.

El discurso de Nochebuena ha aventado esa preocupación. Nadie sabe lo que nos deparará el futuro, pero en lo que se refiere al compromiso personal del Jefe del Estado con el Estado y, lo que es más importante, con la Nación, no ha dejado lugar a dudas. Bajo el fuego cruzado de dos bandas miserables, socialistas y comunistas, el Rey ha sabido resistir en un discurso de seis folios, cuatro y medio de ellos, obligados y convencionales; uno y medio, personalísimo, en el que casi nadie ha reparado. Todos parecían empeñados en ver si seguía o no el guion suicida redactado por Iglesias y Sánchez a cuenta de su padre, compromiso que solventó nítidamente para los que sepan leer, una minoría ya en la casta política y en el gremio periodístico.

Dos mamarrachadas prisaicas
“Sánchez y Calvo han estado encima del discurso hasta el último momento para ayudar a proteger a la Monarquía”, titulaba “El País”, firmada por el flexible Carlos E. Cue, su primera noticia de información nacional. Que, obviamente, ni era noticia, ni tenía información nacional. La redacción adelantaba la estupidez oceánica del juntaletras: para “estar encima de un discurso”, o éste es del género asnal, o Calvo y Sánchez se subieron al cuadrúpedo para romperle el espinazo, o ayudaban lo protegido o protegían lo que no precisaba ayuda, porque, aunque Cué no lo intuya, ayudar es una forma de protección y proteger es un modo de prestar ayuda.

Un antiguo periodista que ahora aspira a dirigir, de la mano de Zapatero, ese periódico que tan sañudamente buscó su asesinato civil, fue más lejos y bautizó “renovador” a Felipe, adjetivo inconveniente en toda dinastía, añadiendo que el fenómeno se producía “gracias a Sánchez”. O sea, que el responsable de todos los ataques a la Corona, el que tiene a todas sus televisiones con la murga de Campechano, el que ha proclamado la “crisis constituyente” en las Cortes, el que lo mandó a Cuba y le vetó en la entrega de despachos judiciales en Barcelona, el que afrenta a diario al Rey, quiere salvarlo, pero “renovándolo”. Lo renovará en Estoril, si puede. Luego, el Gobierno, que estaba tan “encima del discurso”, según “El País” no lo defendió frente a los ataques comunistas y separatistas. Será por el acreditado rechazo de Sánchez a los derechos de autor. O porque Calvo no quiso presumir de “expertitud” asesorando a un menor de edad, Felipe VI. Mamarrachadas. El Gobierno metería tres o cuatro folios de paja, pero el grano, puramente personal, lo puso el Rey. Y remitiéndose a su coronación.

El compromiso personal en la coronación
Es inútil pedir memoria en un país que ha hecho una ley para impedir que exista. Pero, al menos, los coronistas oficiosos, podrían recordar que el que durante años dio la batalla contra la corrupción del campechanato en el primer caso serio, que fue el de Cristina y Urdangarín, fue precisamente el entonces Príncipe de Asturias. Y que se quedó solo, traicionado por Elena y su madre -que se fue a Washington para posar con Cristina en la portada de “¡Hola!” y finalmente por su padre, que se pasó al bloque dinástico.

Hubo entonces una campaña contra Letizia, supuesto punto débil de Felipe, teledirigida por el campechanismo, con otra portada de “¡Hola!”, titulada “Letizia, la princesa de los contrastes”, que la daba por loca. Hasta el elefantazo, el entorno de Juan Carlos I conspiró contra su heredero. Los pocos que pedimos la abdicación, por avalar el pacto de ZP con la ETA, entramos en el mismo saco de golpes que los “ambiciosos príncipes”. Eso lo habrán olvidado ya hasta los príncipes, pero ahí está la hemeroteca. Los que luego defendieron el golpe de Estado en Cataluña insultaban a los que decíamos que la Corona no sobreviviría a su descrédito moral; y que era peor el pacto con la ETA (“y si sale, sale”) que los trinques de La Meca, inseparables de Corina y La Angorilla, covachuela de alibabás cortesanos.

Pero llegó el discurso de la Coronación, que, hasta esta Nochebuena, era la vez en que el Rey había hablado más en primera persona, es decir, que más se había comprometido individualmente, una responsabilidad que reivindicó como propia de la ciudadanía. En realidad, el discurso de esta Nochebuena fue una continua alusión a aquel primer discurso a la Nación como Jefe del Estado. Por lo visto, nadie se acuerda, con lo cerca que está.

Las frases clave son éstas:
“Ya en 2014, en mi Proclamación ante las Cortes Generales, me referí a los principios morales y éticos que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas. Unos principios que nos obligan a todos, sin excepciones; y que están por encima de toda consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares.

Así lo he entendido siempre, en coherencia con mis convicciones, con la forma de entender mis responsabilidades como Jefe del Estado y con el espíritu renovador que inspira mi reinado desde el primer día.”

Y esta es la renovación de aquel no tan lejano compromiso:
“Y como Rey, yo estaré con todos y para todos. No sólo porque ese es mi deber y mi convicción, sino también porque es mi compromiso con todos vosotros, con España.”

El Rey no piensa en Cartagena
Yo no sé lo que esperaban, temían o soñaban otros. En todo caso, pensando en el desastre que supuso para España la espantada de Alfonso XIII, desasistido de las fuerzas políticas no golpistas -los republicanos lo habían intentado en 1930, con Galán y García Hernández, y renovaron su compromiso golpista en el Pacto de San Sebastián-, lo que yo quería ver era que el bisnieto estaba más dispuesto que el bisabuelo a defender lo que es más que una dinastía: el único régimen de libertad posible hoy en España. Y lo hizo, como siempre, con esa tranquila seguridad en sí mismo que casi resulta contagiosa. Por resumir: nos transmitió la seguridad de que, en los días feroces que vendrán, el Rey estará en Madrid, no en Cartagena.

Adiós a un año maldito (y un rayo de esperanza)
Jesús Cacho. vozpopuli  27 Diciembre 2020

“Difícil ser optimista cara a 2020”, se decía en esta columna, titulada 'Un presidente al precio de una democracia', hace justamente un año, el 29 de diciembre de 2019 para ser exactos. “Con el viejo PSOE recluido en las catacumbas, el tipo que se ha hecho con las riendas del socialismo español está dispuesto a aceptar la ruptura de España antes que renunciar al poder. Y aceptar esa ruptura significa acabar con la Constitución del 78, que es la norma que nos ha permitido vivir en paz desde la muerte de Franco a esta parte. Significa, en definitiva, acabar con la democracia. Que los Dioses les sean propicios durante 2020”. Es evidente que los Dioses tenían otros planes para nosotros durante el año que ahora termina, porque, además de haber consentido la deriva hacia la ruptura de la unidad nacional que arriba se denunciaba, nos reservaban una sorpresa terrible, una desgracia sanitaria como la que la covid-19 ha representado para nuestro país y para el resto del mundo, con el correlato añadido de una crisis económica de consecuencias mucho más graves que la sufrida en 2008.

Al cierre del ejercicio, el espectáculo que se divisa desde el puente no puede ser más desolador. La pandemia se ha llevado por delante la vida de más de 71.000 personas (exceso de mortalidad en España entre el 10 de marzo y el 21 de diciembre pasado, según el Instituto de Salud Carlos III y el INE), 71.000 españoles que, como ese soldado desconocido al que se homenajea tras las grandes guerras, han fallecido en silencio, muertos sin rostro, a menudo en el mayor de los abandonos, desaparecidos sin dejar rastro por expresa voluntad de un Gobierno decidido a ocultar una tragedia cuya dimensión contrasta violentamente con el enanismo moral de sus miembros. Tragedia sanitaria y derrumbe económico añadido, porque no otra cosa se podía esperar del peor Gobierno que le ha tocado a España en la peor de las circunstancias imaginables. Y junto a la tragedia sanitaria y el desplome económico, la mayor de las crisis políticas ocurridas en el país desde la muerte de Franco, crisis existencial en la que se juega no ya la independencia de Cataluña, esa pesadilla recurrente en la memoria de los españoles, sino la propia existencia de España como nación.

El deterioro de las constantes vitales de nuestra democracia es tan evidente, el desprestigio de las instituciones tan acelerado, las humillaciones a que los socios de Gobierno de Sánchez –y que Sánchez consiente mirando hacia otro lado- someten cada día a los ciudadanos son tan brutales, que para muchos la pertenencia a la Unión Europea (UE) se ha convertido en la última instancia, el clavo ardiendo al que los demócratas españoles se aferran para imaginar que no todo está perdido y que aún es posible el milagro de evitar la caída en ese abismo de miseria y pérdida de libertades al que el Ejecutivo social comunista pretende conducir a este gran país llamado España. Situación paradójica la que vivimos con la UE. Por un lado, mantiene con vida al Gobierno Sánchez gracias a las compras de deuda pública que el Banco Central Europeo (BCE) realiza de las emisiones del Tesoro, evitando así el riesgo de tener que salir a colocarlas en los mercados. Por otro, permite abrigar la esperanza de que ese club de democracias liberales al que pertenecemos en ningún caso consentirá que España se deslice por la pendiente que ha convertido a países ricos, caso de Argentina, Venezuela, en Estados fallidos condenados a la miseria económica y la ruina moral.

Como aquí se dijo el domingo pasado, la decisión del BCE de seguir comprando deuda soberana de los países miembros al menos hasta la primavera de 2022 augura al Gobierno Sánchez un próximo año relativamente tranquilo desde el punto de vista de las variables macroeconómicas, aunque la realidad de un déficit y una deuda pública desbocadas acabará por imponer su amenazadora presencia ante la Comisión Europea en el momento en que Alemania, Holanda y resto de países “frugales” empiecen a crecer con fuerza. Ese será el momento de nuestro “rescate”, y esta vez no solo económico. España, que llevaba tiempo deslizándose por la pendiente de la irrelevancia como país, ha visto ese proceso acelerado con la llegada al Poder de un Gobierno iliberal y proclive a fórmulas peronistas (Sánchez) cuando no abiertamente comunistas (Iglesias) en la gestión de los asuntos públicos. A estas alturas de la covid-19, está claro que los países que mejor han resistido la pandemia han sido aquellos que han sabido mantener sus finanzas públicas bajo control (caso de Alemania, Holanda, Corea del Sur, Taiwán, Nueva Zelanda, etc.), sin entregarse al frenesí del gasto público urgido por el populismo rampante. No es solo que el exceso de endeudamiento público y privado reduzca el crecimiento potencial (Italia apenas ha crecido un 4% en los últimos 20 años) y aumente las desigualdades sociales, es que los países que han perdido el control de sus finanzas públicas han perdido también el control de la crisis sanitaria, son los que peores resultados han cosechado en la lucha contra la covid. Y para muestra basta el botón de España bajo el Gobierno de Pedro & Pablo.

Y lo que vale para España, vale en mayor grado para Italia e incluso para Francia. El mito del dinero gratis esconde la realidad de un crecimiento económico muy pobre, un paro convertido en estructural y un nivel de crecientes desigualdades, con el riesgo de que esas desigualdades macroeconómicas, traducidas al final en riqueza o pobreza per cápita, terminen llevando al euro al punto de ruptura. Es lo que está en juego en esta Europa post Brexit, hoy empantanada en un cruce de caminos en medio del cual se halla nuestro país. Desde el punto de vista español, está claro que la moneda única y el fortalecimiento de la UE no es que sigan siendo la mejor opción a la hora de frenar nuestra deriva hacia la irrelevancia, sino que se ha convertido en la única para asegurar la paz social y un cierto progreso económico. Y lo que es más importante aún, para preservar nuestras libertades amenazadas hoy por las pulsiones autoritarias de los nuevos tiranos revestidos de apóstoles del igualitarismo por decreto.

La libertad en juego
Digámoslo alto y claro: lo que en este final del maldito 2020 está en juego es ni más ni menos que la libertad. Pocas frases resumen, con ejemplar economía de lenguaje, el desguace al que está siendo sometida España, como esta de Félix de Azúa que figura en un breve texto que bajo el título “Progresamos” fue publicada el pasado 22 de diciembre: “El último [escarnio de este Gobierno] ha sido el ataque directo a la cabeza misma. Con razón: el rey Felipe es el jefe de las Fuerzas Armadas y hay que descabezarlas. El penúltimo es someter al poder judicial para acabar con el arcaísmo de la división de poderes. ¿Alguien imagina a un peronista, a un chavista, a un comunista, obedeciendo al poder judicial? Ya hay una parte de España que no acata las sentencias jurídicas y no pasa nada. Ahora falta el resto del país que, menos Madrid, es fácil de someter”.

¿Algún asidero para la esperanza, esa esperanza a la que tan reiteradamente aludió la reina Isabel II en su mensaje de Navidad a los británicos? Nada que esperar de una clase política que sigue ciega, prisionera de los vicios adquiridos a lo largo de una Transición cuya muerte parecen empeñados en ignorar. Tampoco de una “intelligentsia” hace tiempo desaparecida como grupo, y menos aún de unos poderes empresariales y financieros entregados de hoz y coz al Gobierno Sánchez, dispuestos como están a participar en el festín de esos 72.700 millones gratis total que la Comisión Europea ha destinado a España y que van a servir no para modernizar este país, sino para engendrar un ramillete de nuevas grandes fortunas a las ya tradicionales. La esperanza se llama Juan Español, ese español medio que trabaja con dedicación, cumple religiosamente la ley, educa a sus hijos en los valores de la honestidad y el esfuerzo, defiende la propiedad privada, paga sus impuestos y se muestra solidario como pocos cuando la ocasión lo requiere. La esperanza reposa en esos millones de familias españolas que la noche del 24 se sentaron frente al televisor esperando divisar un rastro de luz en el discurso del rey Felipe VI. Ese Juan Español, ¡Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor!, no está muerto por más que pueda hoy parecer dormido.

Al servicio de Juan Español quiere estar este diario digital que el pasado 18 de diciembre estrenó nuevo director en la persona de Álvaro Nieto. Paradojas de la vida, el año 2020 ha sido el mejor en la corta historia de Vozpópuli, doce meses en los que hemos doblado nuestra audiencia y aumentado plantilla en lugar de reducirla. Si la degradación de los medios de comunicación es una de las mayores desgracias que le han ocurrido a España en los últimos tiempos, he aquí un medio liberal y de progreso dispuesto a prestar su humilde contribución a la tarea de consolidar una sociedad abierta, una nación de ciudadanos libres e iguales, un país más rico, más libre y menos corrupto. Un periódico empeñado en la regeneración de este hermoso oficio hoy prostituido, centrado en hacer el viejo periodismo de siempre, el bueno, el que consiste en salir a la calle a buscar noticias, contrastarlas y publicarlas sin miedo a la reacción del anunciante. Nos alienta la determinación de no ser portavoces ni marionetas movidas por control remoto por partidos políticos ni grupos de poder empresarial o financiero. Libres y fiables. No somos los únicos, cierto, que en este país hay medios como el nuestro dispuestos a honrar la profesión y millones los españoles que hacen su trabajo sin corromperse. Pero no queremos parecernos en nada a quienes babean ante el mundo del dinero en espera de recompensa, quienes tiran de recortada a la hora de conseguir publicidad, quienes se han convertido en oficinas de propaganda al servicio del partido de turno, o quienes, esclavos de doctrinas pasadas de fecha, diariamente están dispuestos a sacrificar información por ideología. Al iniciar nuestro décimo año de vida, quienes hacemos Vozpópuli solo estamos dispuestos a servir a la verdad en defensa de la libertad. Porque lo que está en juego ahora se llama libertad. Feliz 2021 para todos.

Cuando los políticos son el problema
A más de la mitad de los españoles les preocupan, mientras la monarquía solo al 0,3 %. Los expertos consultados por La Voz analizan las causas
Enrique Clemente La Voz 27 Diciembre 2020

Los políticos son uno de los tres principales problemas para los ciudadanos, junto a la crisis económica y los peligros del covid-19, según el último barómetro del CIS. Si se suman «los problemas políticos en general (22,1 %); «el mal comportamiento de los políticos» (20,3 %); y «lo que hacen los partidos políticos» (9,7 %) la conclusión es que más de la mitad de los españoles (52,1 %) consideran a la clase política como un factor negativo en plena crisis de la pandemia. En contraste, la monarquía solo es citada como problema por el 0,3 %. Los expertos consultados por La Voz explican las causas de la desafección política.

¿Por qué son un problema?
Desunidos frente al covid-19. «La falta de coordinación para manejar la pandemia y la poca altura de miras de nuestra clase política, que no ha sabido unirse pese a las circunstancias, sin duda justificaría estos pésimos resultados en la evaluación de nuestros políticos», sostiene José Rama. «No es nada nuevo, ni único del caso español, encuestas europeas como el Eurobarómetro ya viene señalando que menos del 22 % de los europeos confían en los políticos, mientras que la confianza en instituciones no representativas, como la policía y las fuerzas armadas, sube del 65 %», destaca.

«Es un tema que ya venimos arrastrando especialmente desde la crisis económica del 2008 y el movimiento de los indignados», recuerda Carlos Barrera. «Hay una crisis agravada de representación por la que los ciudadanos no ven reflejados sus intereses y problemas en la acción política que desarrollan sus representantes electos», explica. «Añádanse los episodios de corrupción y de falta de ejemplaridad de las dos últimas décadas y se forma un cóctel explosivo de una percepción de inutilidad de los políticos para resolver los problemas, que más bien se agrandan al entrar en conflicto entre ellos mismos, incapaces de llegar a grandes acuerdos incluso en momentos graves», concluye. «Su capacidad de dar respuestas y soluciones, su honestidad y sentido de la responsabilidad son las variables que determinan su proyección pública y la valoración o percepciones de la ciudadanía», estima Magda Gregori.

Las causas
Del incumplimiento de promesas al cortoplacismo. Santiago Martínez analiza siete elementos que hacen que los políticos sean un problema:

1. «Una desafección constante debido al continuo incumplimiento de promesas».

2. «Con el sistema actual es innecesario el número de cargos electos. Nuestro sistema de listas cerradas propicia que el diputado le deba el cargo al partido y no a los votantes de la circunscripción que en teoría representa. También provoca que haya cargos designados por el partido ad eternam, que pueden pasar décadas viviendo de la política sin que haya una regeneración efectiva. Esto es un efecto bola de nieve que se va acrecentando con los años»

3. «Excesivo poder de los partidos, fruto de la transición democrática. Interfieren demasiado en otros poderes del Estado, y eso acaba cansado a la ciudadanía».

4. «Cortoplacismo. No existe política de Estado, la oposición siempre ataca al Gobierno haga lo que haga y viceversa, y esto da una imagen mediocre de los política».

5. «Percepción de que los espacios de poder están ocupados por gente poco capaz y preparada, que busca medrar con la política».

6. «La gente no percibe que el interés general y los problemas de las personas sean lo importante, sino que suele primar el interés de poderosos grupos privados».

7. «El exceso de información ha producido un efecto de intoxicación del debate público. La gente no sabe discernir lo verdadero de lo falso, y su comportamiento y pensamientos cada vez son más instintivos y menos racionales».

¿Quién es responsable?
Falta de reformas. ««Obviamente, los partidos mayoritarios que han ejercido el poder y perpetúan el sistema sin que haya reformas de calado para pulir los defectos fruto de una transición democrática posterior al franquismo», señala Martínez.

«Los partidos clásicos como PSOE y PP tienen mayores cuotas de responsabilidad, sea por acción u omisión, pero incluso los nuevos se contaminan de los vicios de la que denominaban vieja política», asegura Barrera. «Depende del partido, pero cada político, a nivel particular, puede también desarrollar acciones que determinen su proyección pública y su capacidad de seducir al votante. Dentro de un mismo partido no todos los líderes tienen las mismas valoraciones ni son analizados igual», afirma Gregori.

«Ya desde los 70 se habla de una crisis de los partidos tradicionales. Las formaciones que dominaron la política europea tras las guerras mundiales hace ya un tiempo que se alejaron de los ciudadanos, se instalaron en las instituciones y terminaron por desconectarse de las demandas ciudadanas. Se alejaron de los votantes y les fallaron», explica Rama. «Esto permitió el surgimiento de nuevas formaciones que, en un contexto de desenganche entre partidos y votantes, como si de empresarios se tratasen, aterrizaron en la arena política y supieron canalizar las preocupaciones de una buena parte de los electores», señala. Los cambios para contrarrestar la desafección política

Martínez enumera los cambios para contrarrestar la desafección hacia los políticos y la política:

­—Listas abiertas que obliguen al cargo a responder ante su circunscripción territorial concreta.
—Reforma del sistema judicial y de designación del fiscal general.

—Reforma del Senado hacia una cámara de verdadera representación territorial.
—Reducción de diputados.

—Introducir mecanismos que fomenten la negociación en un modelo win to win que permita a Gobierno y oposición transigir en temas claves que requieren de una visión a medio y largo plazo.

—Fomentar modelos de participación interna y selección de candidatos, que premien la meritocracia y la capacidad, y no el seguidismo y caciquismo.

Para Gregori, la clave es que «acerquen sus acciones a la ciudadanía e intensificar la transparencia, dos elementos bien valorados por la ciudadanía». Barrera considera que «no se conseguirá que dejen de ser un problema con medidas superficiales o parches, vengan de obligaciones legales de mayor transparencia o de códigos deontológicos compartidos; pueden ayudar, pero el problema es más de fondo y afecta a la sociedad». En su opinión, «la falta de valores morales y democráticos firmes es un mal endémico, a la que la política no es ajena; es muy fácil echar la culpa a los políticos pero antes de que la sociedad lance la primera piedra hay que hacer examen de si se está libre de pecado», añade. A juicio de Rama, «el remedio es la regeneración de los partidos; esto pasa por una organización interna democrática y transparente, por desarrollar una ley de financiación de partidos clara y, sobre todo, por que los partidos empiecen a ser responsivos, es decir, a dar cuentas ante los electores, y responsables, esto es que cumplan con aquello que proponen».

El festín de Baltasar
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli  27 Diciembre 2020

La inefable vicepresidenta Carmen Calvo ha explicado con su verbo a la vez culto y preciso que el Gobierno se ha dotado de instrumentos legales potentes para gestionar los fondos europeos que comenzarán a llegar el año próximo junto con la vacuna y otras maravillas. La sorprendentemente catedrática de Derecho Constitucional ha aclarado que los mecanismos de evaluación, seguimiento y control de los proyectos que sean beneficiados con el oro de Bruselas serán “ágiles”, “acortarán tiempos” y todo ello ”sin perder rigor”, anuncios que producen escalofríos en cualquier ciudadano mínimamente avisado.

En esencia, el reparto de la ingente suma que la UE pondrá a nuestra disposición entre transferencias directas y créditos en condiciones muy favorables, estará a cargo del Consejo de Ministros asistido por un comité técnico del Ministerio de Hacienda y una unidad de seguimiento dirigida por el asesor económico del Presidente, Manuel de la Rocha. El ilegible Decreto-Ley que fija esta estructura ha sido cocinado en La Moncloa sin participación alguna de organismos independientes, en contra de la recomendación de la Comisión Europea, ni del mundo académico ni de organizaciones empresariales ni por supuesto de las fuerzas de la oposición. Al fin y al cabo, allí donde se sientan Alberto Garzón, Irene Montero y Pablo Iglesias, cualquier fuente externa de sabiduría poco puede aportar.

Este “yo me lo guiso y yo me lo como” para diseñar proyectos estratégicos y decidir qué propuestas procedentes del ámbito empresarial encajan en los fines, experiencia y solvencia técnica requeridas revela un afán sospechoso de dirigismo que, a la luz de los antecedentes de los dos partidos aliados en el Ejecutivo y de sus socios parlamentarios, suscita la más viva inquietud. A diferencia de la metodología elegida en otros Estados Miembros de la Unión, poniendo al frente de este complejo proceso a una figura de la sociedad civil de competencia probada, honradez indiscutida, dilatado currículo en el manejo de grandes inversiones y acreditada inteligencia estratégica, con participación de un amplio abanico de actores sociales y económicos, Pedro Sánchez en un impúdico arrebato cesarista se ha autoungido cabeza visible y omnímoda de este formidable tinglado.

Ciento cuarenta mil millones de euros es una cantidad mareante que, puesta a disposición de la arbitraria e inescrupulosa voluntad de un personaje que ha hecho de la mentira su divisa y que está al frente de una organización que se ha dedicado al saqueo de las arcas públicas hasta extremos inauditos, además de flanqueado por otro elemento que reconoce paladinamente que la política consiste en cabalgar contradicciones y cuyo partido está investigado por uso delictivo de fondos públicos, augura los peores abusos. Si a tales precedentes, se añade que los separatistas y filoterroristas que les garantizan la estabilidad gubernamental son conocidos por su insaciable voracidad y su corrupción desatada, el cuadro se vuelve más y más sombrío.

La facultad de formalizar consorcios público-privados mediante atajos administrativos y legales abre la puerta a una progresiva estatalización de nuestro sistema productivo que Podemos no desaprovechará y que nuestras grandes corporaciones, ansiosas de acceder a una parte de la jugosa tarta, aceptarán sin resistencia. Las víctimas de esta merienda de subsaharianos que se avecina serán las empresas de tamaño medio y alta tecnología que, por excelentes que sean los proyectos que presenten, se verán con frecuencia preteridas si su sometimiento al poder no es completo o si carecen de los enganches políticos necesarios.

Diques de contención
Sin embargo, esta magnífica oportunidad de ejercer su dominio totalitario sobre la sociedad mientras la Unión Europea paga la factura, encierra también para el Gobierno sanchista-comunista y sus adláteres subversivos un considerable peligro. Conociendo el percal, la tentación de manipular la concesión de subvenciones para llenarse los bolsillos puede ser irresistible, sobre todo porque ya se han asegurado de que no exista ninguna vigilancia independiente externa que pueda tocar el silbato si detecta alguna tropelía. A poco que se cieguen con el brillo del tesoro bruselense, el famoso 3% de Pujol puede ser una broma comparado con el botín con el que algunos ya sueñan.

Los únicos diques de contención de la orgía que se prepara son la poca prensa libre que queda, la Justicia, las instancias comunitarias y los funcionarios honrados que si descubren un desaguisado tengan el heroísmo de exponerse a terribles represalias al denunciarlo.

Como en el bíblico festín de Baltasar, no hay que descartar que Pedro Sánchez, ahíto de manjares y ebrio de exquisito vino servidos en la vajilla expoliada al Templo de Jerusalén, pierda su reino por ignorar el ígneo aviso que ya se está trazando en las paredes de La Moncloa.

Fallece el académico Gregorio Salvador a los 93 años
GRANADA, 26 (EUROPA PRESS) DiarioSigloXXI 27 Diciembre 2020

El filólogo y académico Gregorio Salvador Caja ha fallecido este sábado en Madrid a los 93 años, según ha informado la Real Academia Española (RAE) con la publicación de un obituario en su página web. Gregorio Salvador contaba, entre otros reconocimientos, con la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (1999) y la Medalla de Andalucía (2010).

Nacido en Cúllar (Granada) el 11 de julio de 1927, Salvador era experto en lexicología y dialectología, ocupaba la letra q desde el 15 de febrero de 1987, cuando tomó posesión de su silla con un discurso que trataba precisamente sobre esa letra y al que le respondió, en nombre de la corporación, Manuel Alvar, ha informado la RAE en su web.

Fue bibliotecario (1990-1998) y vicedirector (2000-2007) de la Academia y ocupó la presidencia de la ASALE entre 1992 y 1998.

Doctor en Filología Románica, Gregorio Salvador fue catedrático de Lengua Española en las universidades Autónoma y Complutense de Madrid y de Gramática Histórica en las de La Laguna y Granada.

Estas dos últimas le nombraron doctor honoris causa, distinción que le otorgó también la Universidad de Alcalá de Henares.

Fue miembro de honor de la Asociación de Hispanistas de Asia, de la Asociación de la Prensa de Madrid, correspondiente de la Academia Nacional de Letras de Uruguay, de la Academia Chilena de la Lengua, de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Hondureña de la Lengua.

Fue académico honorario de la Academia Colombiana de la Lengua y de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Fue presidente de la Sociedad Española de Lingüística (1990-1994).
Recibió la Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (2004) y los premios de periodismo José María Pemán (1987), Mesonero Romanos (1995), César González Ruano (2001) y Mariano de Cavia (2004).

ATLAS LINGÜÍSTICO Y ETNOGRÁFICO DE ANDALUCÍA
Fue autor de una decena de obras filológicas, entre las que cabe citar el Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía (ALEA) -en colaboración con Manuel Alvar-, Semántica y lexicología del español (1985), Estudios dialectológicos (1987) y La lengua española, hoy, en colaboración con el también académico Manuel Seco (1995).

Escribió igualmente obras de ficción, como Casualidades (1994), El eje del compás (2002) y Nocturno londinense y otros relatos (2006).

Publicó recopilaciones de sus artículos periodísticos, con títulos como El destrozo educativo (2004) y El fútbol y la vida (2007).

ALCALDE DE GRANADA: REFERENTE INTELECTUAL DE ESPAÑA
El alcalde de Granada, Luis Salvador, ha subrayado en su cuenta de Twitter sobre la muerte de Gregorio Salvador que entraña la pérdida de "uno de los mejores refentes intelectuales de nuestra querida España", al tiempo que ha expresado "el cariño y la admiración" hacia su figura entre las diversas reacciones suscitadas, sentimientos que ha dicho tener "toda la familia", después de aludir al filólogo y académico como "mi tío Gregorio Salvador".

Junto al alcalde de Granada una de las reacciones ha sido la del también escritor y académico Arturo Pérez Reverte, quien también en su cuenta de Twitter ha subrayado sobre Gregorio Salvador que era "el académico perfecto, tal vez, el último todavía en activo de los verdaderamente grandes".

Pérez Reverte ha explicado que "durante 17 años nos sentamos uno junto al otro en las comisiones y en los plenos" y ha recordado que "fue él quien dio la réplica a mi discurso de ingreso en 2003".

"Era mi padrino en la RAE, y uno de los hombres a los que más quise y respeté en mi vida", ha apostillado el escritor y académico.

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Piensa en una república

Jorge Vilches larazon 27 Diciembre 2020

La mejor forma de comunicar una idea abstracta y evitar explicarla para que no se descubra su contenido es criticar la idea opuesta de tu enemigo. Esto se consigue, como vio George Lakoff, teniendo la iniciativa para marcar las cuestiones políticas de debate, y etiquetar a los adversarios con el lenguaje y los valores propios.

De esta manera, los republicanos norteamericanos conseguían que los demócratas discutieran los temas que querían, con sus palabras, y que, por tanto, estuvieran siempre a la defensiva. Así, el Partido Demócrata asumía los problemas concretos, mientras que el Repúblicano representaba la mejora abstracta. Lakoff aconsejaba a los demócratas que cuando debatieran con sus adversarios «no pensaran en un elefante» -símbolo del Partido Republicano; es decir, que no lo hicieran usando el marco lingüístico y moral de sus contrincantes.

En España, este sistema lo sigue una parte del PSOE, Podemos y los nacionalistas para referirse a la institución monárquica y a Felipe VI. Esta coalición critica la idea de la monarquía parlamentaria sin presentar una alternativa porque es la mejor manera de que cuele su idea abstracta de República. Ya pasó antes de 1931 y fue un desastre cuando llegó. Por eso han mitificado aquel régimen con mentiras y ocultaciones.

La actitud defensiva para hablar de Felipe VI y de la monarquía es justo la que necesitan la izquierda y los nacionalistas para su juego. Es preciso tener una postura más elevada, que comprenda todo el marco constitucional, no solo la Corona, y que no se limite a ser una negación del discurso antimonárquico. Es hora de decir la verdad: ir contra el Rey es cargar contra el sistema político del 78, es formar bloque con los que quieren su destrucción.

No es casualidad que quienes critican a Felipe VI sean los mismos que repudian el artículo 2 de la Constitución, el estado de las autonomías, la separación de poderes, la libertad de expresión y de educación, o el derecho de propiedad, y que quieren dulcificar la pena por dar un golpe de Estado. Son los mismos que desprecian el parlamentarismo, la Unión Europea y la democracia liberal, pero aplauden dictaduras comunistas o islámicas.

Tampoco es una coincidencia que sean los mismos que tratan de ocultar su negligencia en la gestión de la pandemia, sus cesiones a los planes independentistas, la colonización del Estado, el fin de la independencia judicial, o la catástrofe económica que se nos avecina. Por esto Pablo Iglesias propuso que en Nochebuena la gente hablara de monarquía o república en lugar de charlar sobre la nefasta gestión gubernamental de los ERTE y del Ingreso Mínimo Vital, la mala coordinación autonómica, el acoso al CGPJ y a la Fiscalía, o el acercamiento semanal de presos etarras. ¿Para qué hablar en Nochebuena del funesto Fernando Simón, que aseguró que solo habría «como mucho algún caso diagnosticado» de COVID-19, que dijo que las mascarillas eran innecesarias, y que mintió sobre la existencia del comité de expertos?

En todo esto la labor de los intelectuales y periodistas cercanos al gobierno socialcomunista es decisiva. Tratan de que los españoles no piensen en los errores y mentiras que el Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez llevó a cabo durante el 2020, especialmente con la COVID-19. Quieren que los ciudadanos cierren el año pensando que lo crucial es que Felipe VI no respondió a la supuesta demanda popular de pedir públicamente perdón por su padre.

«Piensa en una república», usando la expresión de Lakoff, es lo que la izquierda y los nacionalistas quieren transmitir cuando hablan de los asuntos políticos cotidianos, que discutamos los temas que eligen, con su lenguaje y sus valores, desde una actitud defensiva. Es hora de que la derecha cambie el discurso.

CATALUÑA
La "deriva hitleriana" del separatismo: aumenta el señalamiento y acoso a los castellanohablantes
Varias asociaciones denuncian la violencia y la persecución a padres de alumnos, periodistas y comercios "señalando como los nazis a los judíos".
Marcos Ondarra elespanol 27 Diciembre 2020

Restaurantes que amanecen con pintadas por no atender en catalán, camareras acosadas por expresarse en castellano en TV3, periodistas insultadas y vejadas por denunciar que una plataforma subvencionada por la Generalitat espía a los niños para saber si hablan o no catalán en el recreo...

2020 ha sido un año difícil para los castellanoparlantes en Cataluña, que han sufrido la enésima vuelta de tuerca en la radicalidad separatista. Prácticamente cada semana se ha saldado con un incidente en este sentido. Y ya hay quien habla de "deriva hitleriana".

Para justificar tamaño calificativo, se remiten al señalamiento a la pizzeria Marinella, que amaneció con pintadas xenófobas ("habla catalán o emigra") por atender en castellano a sus clientes. A la izquierda de la entrada, los radicales pintaron el número 33 -"Cataluña Catalana", que proviene del posicionamiento de la C en el alfabeto latino-. Una obvia imitación del uso que los nazis daban al 88 -Heil Hitler-.

M., restauradora que regenta el cenador italiano, llevaba tiempo "recibiendo amenazas diarias" por atender en español a un cliente y rogarle que, si hablaba en catalán, lo hiciera "despacio" para poderle entender. Una afrenta imperdonable para el sector más radical del separatismo.

Pero no ha sido el único incidente de este tipo sucedido en diciembre. El caso más reciente ha sido el boicot al supermercado Primaprix -que acaba de abrir su primera tienda en el barrio barcelonés de Poblenou- por no disponer de vinos catalanes en sus estanterías.

El establecimiento sí que cuenta con tres tipos de cava producidos en la Comunidad Autónoma, pero no es suficiente para impedir el hostigamiento de los radicales separatistas. La campaña estuvo auspiciada por el digital El Món y su director, Salvador Cot, que estallaba en Twitter: "¡Atención! Los supermercados madrileños Primaprix aterrizan en Barcelona ofreciendo cero vinos catalanes en las estanterías".

La empresa explicó al medio independentista que no han podido encontrar vinos catalanes a un precio "atractivo" para su modelo de negocio, pero aseguró que más adelante los habría. Pese al matiz, el daño estaba hecho y muchos usuarios de la red social anunciaron su boicot al supermercado.

Un episodio que recuerda al protagonizado por Abacus, una cooperativa que se dedica a la venta de material escolar y que señaló a una cajera de una de sus tiendas por hablar en castellano a una clienta.

"Ostras, sinceramente me choca que en un lugar como Abacus la cajera se me dirija en castellano de entrada, tengamos toda la conversación en catalán y, una vez pagado, me vuelva a decir: tome su tiquet, muchas gracias. ¿Abacus, sabes? No sé, como socios de hace 40 años me entristece",se quejó -también en Twitter- una trabajadora de la Consejería de Agricultura de la Generalitat.
Mensaje de Abacus en Twitter pidiendo la identidad de la cajera que habló en castellano.

La empresa entró en el juego de la separatista y respondió pidiendo la identidad de la cajera: "Hola Aïda. Nos sabe mal la situación que nos describes. Ya sabes que, por nuestro compromiso con el país, la cultura y la educación, nuestra lengua de comunicación primaria es el catalán. ¿Serías tan amable de indicarnos en qué tienda ha sido, por favor?". Abacus ya había participaco con anterioridad en actos en favor de la inmersión.

Más casos
Y todos estos episodios antes descritos corresponden al mes de diciembre. Si uno se retrotrae un poco más, se encuentra con el acoso a la periodista Anna Grau por defender en televisión que la Generalitat -a través de Plataforma per la Llengua- espía a los niños catalanes en el recreo. Una realidad demostrada, pero cuya denuncia pública desquició a los radicales separatistas.

"Hace mucho tiempo que muchos periodistas sufrimos amedrentamientos, vetos, insultos, que nos echen de determinados círculos…", denunció Grau en conversación con EL ESPAÑOL. "No soy, ni de lejos, la única víctima. En Cataluña las cosas están muy tensas. Se ha conseguido una polarización muy fuerte", aseveró.

El pasado mes de octubre, una trabajadora de una panadería de la avenida Meridiana de Barcelona fue acosada por atender a dos clientas en castellano. Tal y como se apreciaba en un vídeo que circuló por redes sociales, las dos señoras espetaron a la dependienta: "Me importa una mierda que estés trabajando, tía. Si estás aquí, a aprender el catalán". También le pedían una y otra vez la hoja de reclamaciones.

El mismo motivo por el que se hostigó en septiembre a Amparo, la camarera del Parlament que apareció en TV3 hablando en castellano. Un pecado imperdonable para los espectadores nacionalistas, que lincharon a la trabajadora tachándola de "colona", "lerda" o "chusma". Además, pidieron "que la echen a la calle".

"Deriva hitleriana"
Àlex Serra, vicepresidente de la entidad joven y constitucionalista S'ha Acabat!, considera que este repunte de señalamientos y acosos a comercios que utilizan el castellano responde a la "deriva hitleriana" del procés.

Esa deriva consiste en "señalar a los castellanohablantes como los nazis señalaban a los judíos; en la privación de derechos de forma impune a quienes usan el español".

"Me preocupa especialmente el señalamiento que hicieron a la señora de la pizzeria. Escribieron con pintura "habla en catalán o emigra" acompañado del 33. En la época de Hitler usaban el 88 en referencia a Heil Hitler; ahora, Cataluña Catalana", explica Serra.

El joven constitucionalista advierte de que durante años se ha estado preparando el caldo de cultivo y ahora estamos en la "fase de frustración de los procesistas": "Han vivido durante mucho tiempo de un cuento y ahora se están dando cuenta de que todo aquello a lo que aspiraban no va a poder ser".

Una "frustración" que él ha sufrido en sus carnes. "A mí me han llamado colono, siendo catalanoparlante, por pedir que se respete la diversidad lingüística catalana": "No aceptan que es igual de catalán el que habla catalán que el que habla español; el 53% de la población catalana tiene como lengua materna el castellano".

Y el 2021, lejos de antojarse esperanzador, dibuja un panorama poco halagüeño. Los líderes del procés insisten en que lo volverán a hacer y la Ley Celaá abundará en el modelo de inmersión lingüística, eliminando el castellano como lengua vehicular en Cataluña.

"Celaá no tiene conocimiento alguno de la situación que hay en Cataluña; ciertos sectores del PSOE se ríen cuando decimos que aquí el español está discriminado", lamenta Serra, que prosigue: "Celaá no sabe cuál es la situación porque no la vive a diario, y por eso formuló una ley con esa enmienda... se la coló por la derecha Plataforma per la Llengua, que es una asociación de gente xenófoba y racista".

"Ante el desconocimiento de muchos y la violencia y acoso de otros, tenemos un cóctel molotov en Cataluña", lamenta el vicepresidente de S'ha Acabat!.

Plataforma per la Llengua
La presidenta de la Asamblea por una Escuela Bilingüe, Ana Losada, atribuye estos esperpénticos episodios a Plataforma per la Llengua: "Ellos hacen una campaña continua en contra de aquellos comercios o establecimientos que rotulan en castellano o que tienen dependientes que se expresan en castellano".

En este sentido, Losada recuerda que existe una aplicación -CatalApp- creada por la plataforma separatista que, bajo el pretexto de "mejorar la situación del catalán en comercios y establecimientos", señala a quienes rotulan en castellano.

"Hay que poner la diana en Plataforma per la Llengua, ellos son culpables de esas campañas y de animar a los radicales a que denuncien a estos establecimientos", arguye. La presidenta de AEB califica de "vergonzoso" que esta asociación separatista "esté reconocida por el Ayuntamiento de Barcelona como una de las asociaciones que lucha contra la discriminación" y que tenga "subvenciones directas del ayuntamiento y de la Generalitat".

Y eso que Ana Losada sabe de lo que habla. Como presidenta de la Asamblea por una Escuela Bilingüe, denuncia que "los padres que piden a los colegios la comunicación en castellano son ninguneados día sí y día también": "Tienen derecho a recibir las comunicaciones en las dos lenguas cooficiales, catalán y castellano, pero aun así las piden y tienen que librar una guerra psicológica con los centros".

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