AGLI Recortes de Prensa   Domingo 3  Enero  2021

El imperdonable 'blanqueo' a los golpistas catalanes
Editorial Estrella Digital 3 Enero 2021

Nos hemos acostumbrado como pueblo, como si la nuestra fuese una nación subdesarrollada o bananera, a que nuestros dirigentes nos agredan sin tregua con sus lesivas políticas. No porque éstas se traduzcan en equivocaciones o meteduras de pata que termine pagando el ciudadano de infantería (ni siquiera los políticos son infalibles), sino porque esas políticas llevan en ocasiones la pornográfica e inaceptable horma de la prevaricación.

Así, es frecuente que quienes están ahí arriba, hoy el gobierno de España, adopten decisiones, sabedores del daño inmenso e inmediato que causan a los gobernados: en sus derechos, en sus intereses… en mil aspectos. ¿Por qué lo hacen, entonces? ¿Acaso a ellos sí les benefician esas maniobras o iniciativas suicidas en términos de interés general? Hay mil motivos. La ceguera ideológica, el sectarismo puro y duro, el revanchismo frente al adversario, a quien se ve directamente como ‘el enemigo’…

Hoy es obscena la artimaña barriobajera planificada y, en su momento, veremos si ejecutada por el mismísimo Sánchez para lavarle la cara a los golpistas catalanes que (aún siendo advertidos por tierra, mar y aire, por supuesto por el Tribunal Constitucional) consumaron hace poco tiempo en Cataluña la mayor agresión a las instituciones democráticas en España desde el tejerazo, que se dice pronto. Pura barbarie. Vandalismo al por mayor. Totalitarismo de barretina.

Sánchez no sólo confunde errores con delitos, que es por lo que esta banda (como tal operó el 1-O, antes y después) fue condenada en firme. Además, atropella sin tapujos a una institución como la Fiscalía. Y, encima, envía un mensaje patético y peligroso a todos los que se saltan la ley gravísimamente y van a prisión: si al presidente del gobierno le conviene, el presidente del gobierno les sacará de la celda… y pelillos a la mar. Ni en las más asilvestradas y caudillistas dictaduras africanas.

Hace unos años, cuando emergieron nuevos partidos como Ciudadanos y Podemos, cuando la corrupción a nivel autonómico y local le salía a España por las orejas (también la corrupción empresarial), se alcanzó el consenso sano de que los indultos no eran aceptables.

Hoy, si desde La Moncloa no se recupera el juicio y se detiene por completo esta humillante, arbitraria y descarada operación, PSOE y Podemos tendrán que asumir el riesgo de que las calles se llenen de españoles denunciando la indefensión que genera un poder ejecutivo que no sólo perdona caprichosamente sino que premia, con gran escándalo, a quienes incluso tras los barrotes amenazan con seguir violentando las instituciones cuando les suelten. Imperdonable.

Una contraproducente subida fiscal
Editorial ABC 3 Enero 2021

Hasta ocho impuestos subirán este año con la adenda del castigo a los planes de pensiones, esos que deberían aliviar en el futuro la asfixia de la Seguridad Social. Esto es lo que ha dispuesto el Gobierno, con la ayuda de sus socios parlamentarios, de tal forma que España emprende en plena pandemia el camino contrario al tomado en el resto de Europa, donde entienden que no es momento de practicar un hachazo fiscal a ciudadanos y empresas, de la misma manera que el Ejecutivo aquí optó en 2020 por la cicatería en las ayudas a la economía, siendo estas muy inferiores a las puestas en marcha en los países de la UE con un peso homologable al nuestro. Se trata, al parecer, de compensar el desbocado incremento del gasto, acometido sin criterio en los Presupuestos, un ejemplo perfecto de populismo administrativo elaborado además sobre un cálculo fantasioso sobre los ingresos previstos, inflados según el Banco de España y otros organismos que han advertido del exagerado optimismo de un Gobierno que siempre marcha a contramano del sentido común.

Propaganda política: de Goebbles a Redondo
Ignacio Ruiz-Jarabo. vozpopuli  3 Enero 2021

Fue el ministro de Hitler quien dio una nueva dimensión a la agitación propagandística hasta convertirla en acción estratégica del gobierno nazi. Salvando todas las distancias -históricas y por supuesto ideológicas-, Iván Redondo se viene revelando como el alumno más aventajado de Goebbles.

Una buena muestra es el reciente Informe o Balance de la gestión del Gobierno elaborado desde el Palacio de la Moncloa y recientemente presentado por Pedro Sánchez. Si el propagandista de Hitler preconizaba que todo aquello que pudiera dañar la imagen del nacionalsocialismo debía desaparecer de la propaganda nazi, en el panfleto de Iván Redondo se ha pretendido camuflar los aspectos más controvertidos de la gestión gubernamental.

Así, con el revoltijo de innumerables cuadros, tablas, gráficos y esquemas que inundan el llamado informe o balance se intenta disimular los sucesivos pactos con partidos nacionalistas extremos, la preparación del indulto -explícito o implícito- a los secesionistas catalanes, la irregular gestión sanitaria de la pandemia, la deficiente reacción ante la debacle económica y la ambigua posición ante la crisis institucional. Emulando a Goebbels, todo lo expuesto se ha pretendido diluir con un laberinto ininteligible de cifras, datos y porcentajes para intentar que los árboles no permitan ver el bosque.

Compromisos asumidos
En la misma dirección, también se ha aplicado la técnica de la simplicidad en el mensaje que utilizaba Goebbels. Parece obvio que el torbellino sin fin de excentricidades que figuran en el informe/balance persigue que solo una idea fuerza sea la que cale: El Gobierno está cumpliendo con lo que prometió. A tal fin obedece el esotérico porcentaje del 23,4% que se transmite como grado de cumplimiento de los pretendidos ¡1.238 compromisos asumidos!. Es otra técnica goebbeliana, la de adaptar el mensaje al menor nivel de inteligencia existente entre sus destinatarios.

Además y en el sentido penal del término, el Goebbels de la Moncloa es claramente reincidente en su conducta.

Ha podido percibirse con ocasión de la distribución de las dosis de una de las vacunas con las que aspiramos a inmunizarnos contra el virus maldito. El hecho, indudablemente positivo, resultó emponzoñado por su obscena utilización como arma de propaganda política, recubriendo las cajas con una pegatina gigante en la que se leía “Gobierno de España”. Atribuirse la autoría de cualquier hecho o circunstancia que resultara positivo para los alemanes fue otra constante de la propaganda hitleriana.

La polémica por la vacuna
Aún más, las justificadas críticas que recibió semejante tropelía fueron contestadas por el ministro de Sanidad solicitando que no se empañara un éxito colectivo con disputas políticas. Salvador Illa recurría así a la técnica de la trasposición (utilizada por Goebbels), mediante la que se presentan los fallos propios como errores del contrario. Señor ministro: quien empañó la distribución de las primeras vacunas fue el que lo aprovechó para su propaganda política, no los que criticaron -criticamos- semejante intento de aprovechamiento.

Remontándonos unas semanas recordemos lo sucedido en el Congreso de los Diputados, cuando el presidente Sánchez acudió a informar sobre el acuerdo alcanzado en la Unión Europea relativo a la aprobación y distribución de fondos para luchar contra los efectos de la pandemia. Pese a las restricciones de movilidad y de reunión que sufríamos todos los españoles, vimos por televisión que la bancada socialista estaba repleta hasta la bandera. Codo con codo, sin respetar la distancia social e incumpliendo el criterio de asistencia limitada a los plenos del Congreso, la totalidad de los hooligans allí concentrados echaron humo por sus manos en un aplauso de autómatas conveniente y redondeadamente dirigidos. Todo para mayor gloria de su Presidente en un nuevo intento de apropiación de un éxito colectivo, en este caso de todos los europeos.

La intensidad y la orientación de la propaganda política es responsabilidad del que la emite. Allá cada cual si su estrategia obedece a las técnicas preconizadas y aplicadas por Goebbels. Pero, por una mínima dosis de ética y de decoro, las panfletadas de Iván Redondo no deben ser costeadas con nuestros impuestos. Que cese el uso y abuso de recursos públicos para la agitación propagandística del Goebbels monclovita.

El bucle catalán
Alejo Vidal-Quadras. vozpopuli  3 Enero 2021

Los socialistas catalanes han cambiado de caballo en la última curva de la carrera que tiene su meta el próximo 14 de febrero. La sustitución ha sido realmente sustancial, han pasado de un cabeza de lista orondo y festivo, con contoneos de animador de discoteca, a otro ascético y lúgubre, con aspecto de empleado de pompas fúnebres. El hecho de que Salvador Illa haya desempeñado el cargo de ministro de Sanidad durante un año que ha visto morir por covid-19 a ochenta mil españoles, principalmente ancianos atrapados en residencias geriátricas, presta a su candidatura un tono especialmente tétrico. Curiosamente, Pedro Sánchez ha impulsado esta pirueta de última hora con el argumento de que la notoriedad adquirida por el exalcalde de La Roca del Vallés como responsable máximo de la cartera encargada de evitar este drama contribuirá a obtener para el PSC un resultado mucho mejor que el que hubiera conseguido el trepidante Iceta. Se ha publicado que las encuestas avalan esta penetrante intuición del presidente del Gobierno, personaje al que, como es sabido, caracterizan su amor a la verdad y su capacidad de cualquier renuncia personal que sirva al interés general.

La mentira como mérito
Veinticuatro horas antes de que se hiciera público este curioso relevo, el hoy ya cabeza de lista designado había afirmado rotundamente, con una convicción indubitada, que el cartel socialista en Cataluña sería liderado por el que ya se ha caído del mismo, circunstancia que demuestra que hemos llegado a un punto en que la mentira es en la política española actual no sólo un método de trabajo perfectamente aceptado, sino un mérito que debe adornar a cualquiera que aspire a ser alguien en su decepcionante constelación. Esperemos que a partir de ahora el número de cadáveres acumulados a lo largo de una ejecutoria ministerial no adquiera también la condición de punto fuerte del cursus honorum de nuestros gobernantes, sobre todo porque padecemos un serio problema de descenso demográfico que no parece indicado agravar.

Este episodio pone de relieve otro logro notable del inquilino de la Moncloa y es que ha acabado de un manotazo con el mito de la autonomía política y organizativa del PSC dentro del PSOE y con el cacareo de los dirigentes socialistas catalanes de que sus siglas no son unas más en el seno del conglomerado que se maneja desde Ferraz, sino poco menos que una entidad independiente que se distingue del resto de vulgares federaciones mesetarias y meridionales por su exquisitez estética, su lengua propia y su habilidad para engañar a sus votantes, originarios casi todos ellos en primera, segunda o tercera generación de territorios primitivos como Andalucía, Murcia, Extremadura o Castilla, y llevarles en dóciles reatas a las urnas para que otorguen su sufragio a posmodernos figurines que les desprecian hasta el punto de hacerles renegar de sus raíces.

Induce a la melancolía el pensar que, de cara a las inminentes elecciones catalanas, casi todo el pescado está ya vendido y que nada podrá evitar que el número de escaños de las fuerzas secesionistas y de sus compañeros de viaje superen con creces al de las menguadas huestes constitucionalistas, que verán redistribuir entre ellas su montante total, mientras contemplan impotentes la victoria del golpismo subversivo. Cataluña seguirá sumida en su bucle autodestructivo que millones de catalanes creen liberador de una opresión inexistente y puerta abierta a una dicha imaginaria. Aunque se pueden encontrar en la historia otros ejemplos de colectividades humanas que han tomado voluntariamente el camino del colapso, como los habitantes de la isla de Pascua, los mayas, los vikingos de Groenlandia, los haitianos o los alemanes entre 1930 y 1939 -hay que leer el esclarecedor libro de Jared Diamond sobre el tema-, es doloroso constatar cómo tantos catalanes de finales del siglo XX optaron entre las dos sendas que les ofreció la Transición de 1978, una recta, luminosa, sensata, inteligente y prometedora y otra sinuosa, oscura, disparatada e irracional, por aquella que les está hundiendo sin remedio en la pobreza material, el desprestigio internacional, la división social violenta y el embrutecimiento moral. Si esta catástrofe ha de ser atribuida en exclusividad a la mezcla de codicia, mediocridad pretenciosa, fanatismo y cobardía que han predominado en las elites catalanas de las últimas décadas o deben también cargar con su parte de culpa los altos estratos de la sociedad española por su pasividad, su desidia y su egoísmo cortoplacista ante la tragedia que se iba gestando paulatina pero irremediablemente ante sus ojos, es un análisis que debe hacerse con rigor para entender en su compleja dimensión este desgarrador fenómeno.

Error y perdón
En la campaña de las elecciones generales de 2019, la número uno de la lista del PP, Cayetana Álvarez de Toledo y el presidente de esta formación en Cataluña, Alejando Fernández, organizaron un acto íntimamente melancólico al que invitaron a una serie de personas de todo el arco ideológico que habíamos combatido con denuedo el nacionalismo separatista a lo largo de las últimas tres décadas, políticos, profesores, periodistas, juristas, activistas sociales y demás. En el transcurso de este encuentro, tanto Cayetana como Alejandro protagonizaron uno de los gestos más lúcidos, nobles y valientes al que he asistido en mis treinta años de vida pública. Ambos pidieron perdón por el abandono en el que su partido había dejado durante largo tiempo a los catalanes que deseaban y desean seguir siendo españoles. El tan traído y llevado problema catalán sólo hallará solución cuando el desastre tan dilatadamente gestado se consume y el reconocimiento de los inmensos errores que lo han motivado sea por fin, no una encomiable muestra de honradez intelectual y moral como la que he evocado, sino el duro choque con la realidad que devuelve a los pueblos la cordura, eso sí, pagando el precio de un inmenso sufrimiento.

Cinco lecciones sobre economía y vacunas que Pablo Iglesias no ha aprendido
Domingo Soriano Libertad Digital 3 Enero 2021

Los gobiernos reaccionaron tarde y mal. Mientras, en enero de 2020, las grandes farmacéuticas ya dedicaban recursos a la lucha contra la covid-19.

Este año acaba también con esperanza, por la llegada de una vacuna que representa un hito de la ciencia, tan solo 10 meses después de que la pandemia sacudiera a la humanidad.

Si algo nos ha enseñado este 2020, es el valor de la solidaridad, los cuidados y el apoyo mutuo. Nos ha mostrado que, cuando vienen mal dadas, lo que nos protege al conjunto de la ciudadanía es lo común y lo público, lo que es de todos y todas.

Pablo Iglesias, Twitter – 31 de diciembre de 2020
El vicepresidente segundo del Gobierno terminó el año 2020 como lo comenzó, en las redes sociales y con mensajes sobre el valor de "lo público", "la solidaridad", "lo que es de todos y todas"...

Resulta curioso que Iglesias identifique estos valores y actitudes con la actuación del Estado. Como si las personas, las familias, los vecinos y las comunidades no se ayudasen sin que les obligasen a ello. Refleja una visión muy pesimista del ser humano. Quizás en su caso sea cierto y él sólo haga aquello a lo que la ley le obliga; pero, para la mayoría de los ciudadanos, ayudar a los demás es algo natural, no el resultado de una norma.

De hecho, hablar de "solidaridad" para explicar una medida política es muy equívoco. La solidaridad real sólo puede darse si es voluntaria. Un ejemplo clásico, los impuestos: si yo soy rico y quiero ser solidario, ayudaré a mis vecinos porque creo que es mi deber. Pero si el Gobierno me tiene que obligar por ley y yo sólo pago la parte a la que estoy obligado, no parece muy adecuado usar ese término. Alguien puede defender que esos tributos son "necesarios", "legítimos" o "legales". Y otros pensarán lo contrario. Pero, ¿"solidarios"?

En cualquier caso, y dejando a un lado la retórica, en lo que sí tiene razón Pablo Iglesias es en que disponer de varias vacunas en apenas 10-12 meses desde que se tuvieron las primeras noticias sobre la covid-19 es un logro espectacular. Y que nos ofrece numerosas lecciones económicas. Aquí van cinco. Eso sí, apuntan en la dirección contraria a la que señala el vicepresidente.

1- ¿Sólo el Estado piensa a largo plazo?: un clásico para justificar la intervención pública. El argumento es más o menos de este tipo: "Las empresas, obsesionadas por los beneficios de corto plazo, van siempre por detrás de nuestras necesidades. Sólo cuando tienen muy claro que pueden ganar dinero, se arriesgan a invertir. Por eso, la investigación básica o las primeras fases de cualquier nuevo desarrollo tecnológico sólo se pueden financiar con dinero público".

2020 no ha sido un buen año para los defensores de esta teoría. En realidad, ha ocurrido exactamente lo contrario. Los gobiernos de todo el mundo reaccionaron tarde y mal (con la excepción de algunos asiáticos, como Singapur o Taiwan, por cierto países muy pro-capitalistas y libre mercado). También el Ejecutivo del que forma parte Iglesias: en el Consejo de Ministros, hasta bien entrado el mes de marzo, predominaba el sologripismo.

Mientras tanto, qué hacían las compañías farmacéuticas: invertir mucho dinero, esfuerzo y recursos humanos en la vacuna contra la covid-19. No es cierto ese relato de "los gobiernos de todo el mundo se dieron cuenta de lo grave que era la situación y encargaron a los laboratorios que se pusieran en marcha cuanto antes". Aquí y aquí dos artículos de Nature sobre cómo ha sido esta carrera contrarreloj. Pues bien, ¡en enero de 2020!, Moderna o BioNTech ya estaban dejando de lado otros proyectos y centrándose de lleno en este nuevo coronavirus. Y se la jugaron: si hubieran tenido razón los que el 7 de marzo todavía aseguraban que esto no era más que una gripecilla, esos laboratorios hubieran perdido mucho dinero.

2- ¿"Lo público" lo ha hecho posible?: el siguiente gráfico ha sido uno de los más comentados en redes sociales en las últimas semanas.

Tiene dos partes. A la izquierda, la primera versión de la BBC sobre las fuentes de financiación de las vacunas. A la derecha, la versión final y más cercana a la realidad, que los autores tuvieron que modificar porque el primer gráfico tenía numerosos errores.

Es cierto que cualquier cifra en este punto puede discutirse y que no está claro qué se puede entender como financiación para un determinado fin. Por ejemplo, el coste del edificio en el que se investiga, ¿se imputa o no se imputa a la vacuna? Y también, por el otro lado: si uno de los investigadores principales obtuvo la licenciatura en una universidad pública, ¿cómo se contabiliza?

Como la discusión podría ser eterna, aceptaremos estos datos de la BBC (los correctos: es decir, los de la derecha). Como vemos, en la mayoría de los ejemplos, la financiación ha sido mayoritariamente privada. Y con un apunte clave: aquí sólo vemos los casos más conocidos. Seguro que hay laboratorios por todo el mundo que lo han intentado y han fracasado: ¿quién les compensa por su esfuerzo?

Pero más allá de esa cuestión, una pregunta interesante: ¿qué hubiera pasado si hubiera faltado una de las dos patas de la ecuación? Es decir, asumiendo que hubo colaboración público-privada, la pregunta es cómo habría sido el proceso si uno de estos dos sectores no hubiera estado presente.

Pues bien, como apuntamos, cuando no había ayudas públicas ni los gobiernos occidentales estaban pensando en la covid-19, los laboratorios privados ya estaban investigando a toda marcha. ¿Ha acelerado algo la ayuda pública, minoritaria, este proceso? Pues quizás. Pero no parece que la participación gubernamental haya sido decisiva o imprescindible para el resultado.

Y ahora pensemos al revés: si no hubiera habido intervención del sector privado, ¿tendríamos ya vacuna o estaríamos cerca de tenerla? ¿Un departamento gubernamental a las órdenes del Salvador Illa de turno habría sido capaz de conseguir lo que Pfizer-BioNTech, AstraZeneca o Moderna han logrado en estos meses?

3- Las farmacéuticas, sus beneficios y nuestra salud: uno de los efectos colaterales del coronavirus es que los malos-malísimos han pasado, al menos durante unos meses, a ser los buenos-buenísimos. Nos referimos, por supuesto, a los laboratorios farmacéuticos.

Durante años, en muchos medios de comunicación y desde determinadas formaciones políticas (por ejemplo, Podemos) se acusaba a las compañías del sector de todo tipo de maldades que podríamos resumir más o menos así: "Sólo se mueven por sus beneficios, no les importa la salud, juegan con nosotros para aprobar cuanto antes sus medicamentos..."

En realidad, las empresas y los trabajadores de la industria son los mismos y se comportaron de igual forma en 2019 que en 2020:

- Beneficios: sí, claro que los buscan. Para empezar, para recompensar a sus accionistas, que son los que han puesto el dinero que ha permitido sus investigaciones. Pero también porque los beneficios son una señal de que están generando valor para sus clientes. Esto último no siempre se entiende bien, pero es clave: en el mercado, las empresas hacen cada día miles de apuestas sobre lo que demanda el público. Y a priori no saben cuáles son buenas (cuáles generan valor) y cuáles no. ¿Cómo saberlo? Con precios y beneficios-pérdidas: si los clientes pagan más de lo invertido es que la apuesta tenía sentido y se ha generado un valor para la sociedad; si hay números rojos es que se destinaron recursos a algo que los clientes no valoraron (estaríamos destruyendo valor y malgastando recursos).

- Incentivos: una vez que asumimos que los beneficios son importantes, entramos en un terreno conocido, el de los incentivos. Por supuesto, la expectativa de importantes ganancias es una ayuda para acometer inversiones que no está claro cómo saldrán. En este caso, esa expectativa ha funcionado. No hay más que ver la evolución en Bolsa de muchas de estas compañías. ¿Qué hay de malo?

Por cierto, otra cuestión que hemos aprendido este año: en lo que respecta a los incentivos y el dinero, no hay muchas diferencias entre los trabajadores públicos y privados del sector de la salud. ¿Los empleados de las farmacéuticas van a sus laboratorios cada día sólo por dinero? No. ¿Irían los funcionarios del sistema público al hospital si no les pagasen su sueldo cada mes? Tampoco. Claro que el dinero les importa a todos ellos. Y claro que les importan muchas más cosas. La extrema izquierda habla mucho de conceptos como "solidaridad"... pero al final, en el fondo de su pensamiento, creen que lo único que mueve el mundo es el dinero. No sabemos con qué tipo de gente se juntan. Es obvio que el dinero es importante, pero también es absurdo pensar que es lo único que nos importa.

- Salud, pruebas, riesgos de los nuevos medicamentos, plazos...: aquí siempre existe una tensión entre dos objetivos muy valiosos. Por un lado, tener un medicamento cuanto antes puede salvar vidas; por el otro, acelerar los procesos de aprobación puede llevarnos al error y a los temidos efectos secundarios.

Durante años, nos dijeron que los larguísimos procesos -en muchas ocasiones, de más de una década de duración- desde que se iniciaba la investigación de un medicamento hasta que se ponía a disposición del público eran imprescindibles. Llegó la covid-19 y los mismos que nos decían que acelerar los trámites era jugar con nuestra salud, ahora denuncian con la misma furia cualquier comentario o duda sobre las nuevas vacunas.

En realidad, la alternativa era la misma en 2019 que en 2020: riesgo/beneficio. Y es una alternativa sin una respuesta cerrada. Retrasar la aprobación definitiva de un medicamento puede hacer que éste sea más seguro, pero también puede costar vidas, las de los enfermos no tratados. También es lógico que las farmacéuticas presionen para sacar los medicamentos al mercado cuanto antes y es razonable que existan organismos que valoren los pros y contras en cada caso (otra opción sería un esquema bien definido de seguros e indemnizaciones por daños, pero escapa al objetivo de este artículo entrar al fondo de este debate). Y, por supuesto, siempre existe el riesgo de que estas grandes empresas traten de influir en los gobiernos para que aprueben una nueva regulación que les beneficie.

En lo que hace referencia a la vacuna, se ha ptiorizado la puesta a disposición de los pacientes cuanto antes. Y se han hecho estudios con más participantes que nunca. ¿Riesgos? Siempre los habrá. Pero la conclusión ha sido que adelantar los plazos merecía la pena, porque eran más los riesgos de no hacerlo (las muertes por covid-19 que habría habido durante ese período de tiempo) que los posibles efectos secundarios.

Es una decisión razonable, pero no olvidemos que el esquema es el mismo con cualquier otro medicamento y que en los demás casos hemos optado por lo contrario: alargar muchísimo los plazos de aprobación, como si eso no tuviera contrapartidas. Pues bien, las tiene y muchas: enfermos no tratados, investigaciones que no se ponen en marcha porque el laboratorio no quiere enterrar dinero en un medicamento que quizás tarde 15-20 años en rentabilizar, pequeños laboratorios que no pueden competir con los grandes por lo costoso del proceso, nuevos desarrollos tecnológicos paralizados porque los laboratorios prefieren invertir en lo de siempre...

4- El papel del Estado: aceptemos la visión más pro-estatal. Sin la ayuda pública no habría sido posible. Es mucho aceptar, pero no queremos discutir.

Ahora bien, ¿de qué intervención pública hablamos? ¿Se ha montado un Ministerio de las Vacunas? ¿Se ha puesto a funcionarios a investigar? ¿Un ministro dirigiendo el proceso? ¿Una decisión burocrática y centralizada? ¿Una ley previa que decidiera cómo se iba a hacer? ¡No a todo!

Incluso aquellos que defienden el papel del Estado deben reconocer que éste se ha limitado a ser un mero financiador. Ha pagado, pero quienes se han organizado, han decidido, han tomado unas opciones y no otras, han competido entre sí con diferentes tecnologías... esto lo han hecho las empresas y organismos independientes (universidades, organizaciones sin ánimo de lucro, etc). Incluso en el caso de Moderna, en el que la mayor parte de la financiación ha sido pública, el desarrollo del producto ha sido muy similar al que tiene lugar en el mercado cada día con cientos de otros bienes.

En este punto, surge una pregunta muy sencilla y muy lógica: ¿y por qué no hacer lo mismo con la educación? ¿O con los servicios sanitarios? O con muchos otros bienes que ahora están en manos de la burocracia y del aparato estatal. Hace años que desde el campo liberal se defienden estas alternativas: si aceptamos que es imprescindible que el Estado financie determinados servicios porque, si no, el mercado no los proveería... esto no quiere decir que un Ministerio sea el lugar más indicado para ejecutarlos.

No está nada claro que sea cierto eso de que "el mercado no los proveería". Pero incluso si lo damos por bueno a efectos dialécticos, ¿qué justificación hay para no diseñar un esquema en el que el Estado financia pero es el sector privado el que presta el servicio? Con las vacunas ha funcionado. ¿Imaginan lo que habría ocurrido si el ministro se hubiera metido en los laboratorios de Moderna a explicar a sus investigadores cómo tenían que hacer las cosas? Pues eso es lo que hacen cada día con decenas de servicios públicos.

5- ¿Orden y centralización?: la última lección la estamos viendo ahora mismo. Con las vacunas estamos al principio del fin, pero queda mucho por delante. Tener la fórmula es un paso pero, si no eres capaz de llevarla al usuario final, no sirve de mucho. ¿Y qué se necesita? Transporte refrigerado a bajísimas temperaturas, logística, utensilios para poner esas vacunas... ¿Quién aporta todo eso? ¿Qué administración pública ha sido capaz de multiplicar su producción de jeringuillas para cubrir una demanda que se ha disparado? ¿Quién coordina a todos esos productores? ¿Quién ha organizado a tantos actores diferentes para minimizar los problemas relacionados con cuellos de botella? La respuesta a estas preguntas es: "Los de siempre, el mercado y los precios".

De hecho, los últimos días hemos escuchado noticias preocupantes: tanto en la UE como en EEUU hay dudas sobre la capacidad de los gobiernos para distribuir las vacunas. En parte, parece que lo que ocurre es que han comprado las dosis... y se han quedado ahí. No se han preocupado lo suficiente del resto de los pasos. Pero si vas a vacunar a 47 millones de personas, hay millones de derivadas que tienes que valorar: desde el flujo de dosis al número de enfermeras que las pondrán. Además, hay un aspecto clave y que es potencialmente muy peligroso: mantener las condiciones y la temperatura a lo largo de toda la cadena.

Las soluciones centralizadas suenan muy bien en el titular: "El Gobierno organiza..."; "Los plazos serán..." "Los colectivos afectados son..." Pero no salen tan bien en la práctica. A cambio, poner a trabajar y a pensar a los miles de participantes del proceso (empresas de transporte, laboratorios, sanitarios, etc.) tiene el poder del conocimiento disperso pero coordinado.

En 2020, por ejemplo, hemos visto como se disparaba la disponibilidad de test (PCR, antígenos) y cómo los laboratorios privados ofrecían al público, a un precio muy razonable, estas pruebas. En muy pocas semanas, y habrían sido menos si las trabas normativas fueran menores, han brotado como setas negocios de los que no teníamos noticia.

Además, estas soluciones descentralizadas podrían convivir, sin ningún problema, con las públicas. Sin embargo, con las vacunas, la opción ha sido centralizarlo todo, no sólo la financiación, sino también lo que tiene que ver con la distribución. Los gobiernos quieren que cada ciudadano sienta que les debe su dosis. Las fotos con los primeros vacunados ya están hechas y el aparato de propaganda en marcha. Si algo sale mal, nos dirán que no es su culpa y buscarán un chivo expiatorio. Y es que en el excel del Ministerio, todos los números cuadraban...

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Salud y libertad
Jesús Cacho. vozpopuli  3 Enero 2021

En un mundo tan dado a la hipérbole como el que habitamos, hay quien sostiene que la epidemia de covid-19 se ha convertido en la partera del siglo XXI. Primero, por la estremecedora realidad de esos casi 2 millones de personas que se ha llevado por delante en todo el mundo, pero también por su capacidad para exigir la reclusión entre cuatro paredes de unos humanos, urgidos a resistir más allá de la norma, que desde hace siglos se tenían por los reyes del mambo; por la facilidad con que ha reducido a escombros la imagen de una clase dirigente que presumía de liderazgo y que ha fracasado a la hora de combatir la pandemia; y, sobre todo, por su pericia para desestabilizar la democracia, urgidos los Estados a proteger la salud a costa de parar la economía, con escaso éxito por cierto, y sobre todo a costa de un notable deterioro de algunas libertades fundamentales, por no hablar del daño causado al funcionamiento de las instituciones, caso de una actividad parlamentaria reducida hoy a la mínima expresión. El relato ha conocido la más agraz de las versiones en una España que ha tenido la desgracia de contar con el Gobierno más incapaz en el peor momento posible.

Los datos están ahí. Camino de los 80.000 muertos (muy por encima de los más de 50.000 oficialmente reconocidos) causados por la pandemia y un destrozo económico medido por la variable del déficit público (entre un 12,5% y un 15%) y una caída del PIB de igual proporción. Si desde el punto de vista económico España tardará años, probablemente no antes del final de esta década, en recuperarse de las consecuencias del desastre, más graves me parecen los efectos que sobre la moral pública, sobre eso que los ingleses llaman el 'mood' social o la capacidad para convivir en paz con nuestros semejantes, está surtiendo la acción combinada de la pandemia y la irresponsable conducta de un Gobierno empeñado en partir la sociedad en dos mitades irreconciliables, ello con el objetivo puesto en asegurar su permanencia en el poder. Hablo de la polarización que ha dividido a los españoles en dos bloques a punto de llegar a las manos, como en las peores épocas de nuestra historia. Hablo del frentismo. Del rencor diariamente inoculado a través de los medios y las redes sociales. Del desprecio al adversario. Del odio al que piensa distinto. De la crispación. Y de la necesidad de poner freno, en nombre de la concordia, a esta deriva enloquecida si no queremos liarnos pronto a garrotazos.

La idea de que la prueba de resistencia (me niego a utilizar la palabra de moda) que la covid iba a exigir y sigue exigiendo a los españoles nos iba a hacer más fuertes y sobre todo mejores como sociedad ha resultado una suprema patochada, una más de las muchas mentiras con que el aparato de propaganda del sanchismo ha pretendido comer el tarro a la ciudadanía. No solo no salimos más fuertes, sino que salimos más débiles en tanto en cuanto más enfrentados, más polarizados, más divididos, más consumidos por unas fobias que los españoles de bien creían ya desterradas hace décadas. Y no es tan responsable la covid como el virus del enfrentamiento civil esparcido a trote y moche por una buena parte de la izquierda española. Es el viaje al final de la noche iniciado por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, fielmente continuado ahora por su discípulo Pedro Sánchez, empeñados ambos en reescribir la historia y dar la vuelta a los resultados de la Guerra Civil, rechazando ese supremo acto de perdón colectivo que estuvo en el origen de una Transición fruto del convencimiento de que ambos bandos, en mayor o menor medida, fueron culpables de una tragedia que jamás podía volver a repetirse. De aquello han pasado ya más de ochenta años.

Hace escasas fechas, dos políticos franceses de ideologías tan dispares como el “eterno gaullista” Henri Guaino, uno de los líderes de Les Républicains, y el socialista defenestrado Arnaud Montebourg dialogaban en Le Figaro sobre las reformas a introducir en Francia una vez vencida la pesadilla de la covid y sobre cómo cerrar las heridas reabiertas entre izquierda y derecha con la vista puesta en “unir un país fracturado” (“rassembler un pays fracturé). España necesita con urgencia restañar las heridas de un país gravemente fracturado. Sería la primera petición que una sociedad responsable formularía al año que acaba de comenzar tras dar cerrojazo al dramático 2020. Acabar con la crispación, terminar con el frentismo, enterrar el rencor y poner fin a una polarización de la que nada bueno cabe esperar. El último día del año supimos por el diario El Mundo que cinco diputados de distintos partidos presentes en el Congreso -PSOE, PP, Podemos, Cs y Bildu- habían lanzado un vídeo conjunto felicitando el Año Nuevo y “llamando a la convivencia entre diferentes y a rebajar la crispación en la política española”. Se trata, al parecer, de la primera iniciativa pública del grupo que se está gestando en la Cámara para mejorar las relaciones entre los distintos partidos. La respuesta estaba servida en el chat que acompañaba la pieza informativa en cuestión, donde los opinadores de uno y otro bando se asaeteaban con saña sin el menor rubor.

Acabar con la confrontación
Esa mejora de la convivencia debería empezar, cierto, por una clase política acostumbrada a utilizar los medios para exculpar sus errores y achacárselos con malos modos al contrario, en particular por un Gobierno que, parapetado detrás de un estado de alarma de nada menos que seis meses, nos obsequió en la última sesión de control con la proverbial ristra de imprecaciones a una oposición que intenta justificar su papel de tal. En el penoso y chabacano espectáculo de garrulismo parlamentario al que sus señorías, a derecha e izquierda, someten a los españoles en el Congreso de los Diputados, Sánchez, a quien compete una especial responsabilidad como presidente, se ha demostrado un consumado maestro en el arte de vejar al contrario. Mención especial, y para bien, merece en mi opinión el ministro Illa. Es evidente que aquí siempre hay un roto para un descosido y que un profesor de filosofía puede valer para ministro de Sanidad o para obispo de Cuenca, pero es de justicia reconocer que el nuevo candidato a presidir la Generalidad ha mostrado siempre un talante dialogante, alejado de los estereotipos al uso, y un trato respetuoso con quienes diariamente le zaherían con ardor. Una conducta que en este país dominado por la crispación me parece del todo encomiable y digna de elogio.

Es ese espíritu de confrontación permanente lo que impide alcanzar los grandes acuerdos que el país necesita para mejorar la calidad de nuestra democracia y el nivel de vida de los ciudadanos españoles. La educación, por ejemplo, que este año recién terminado ha recibido una patada en la boca de la mano de una inaceptable, por sectaria, 'ley Celaá', una norma que, entre otras desgracias, acaba con el ascensor social que para los niños inteligentes de familias humildes suponía una educación basada en la promoción del talento y el esfuerzo individual. ¿Está España, que acaba de inaugurar su enésima ley educativa de la democracia, condenada a carecer de un modelo capaz de servir los intereses colectivos en un mundo crecientemente competitivo y globalizado? No soy optimista. Nadie puede serlo en un país gobernado por una coalición dispuesta a arrumbar el sistema que, con todos sus fallos, incontables, ha proporcionado a este país paz y bienestar durante décadas, para sustituirlo por un sucedáneo de peronismo cutre y chavismo atrabiliario, y por un presidente del Gobierno que conscientemente ha renunciado a serlo de todos los españoles. Difícil, si no imposible, esperar el milagro de la reconciliación con estos apóstoles de la mentira, lo cual no impide que la búsqueda de esa concordia civil sea la primera obligación a la que tendrán que atender los españoles cuando la pesadilla de este Gobierno pase a mejor vida.

El mundo desarrollado, incapaz de contener la pandemia, ha sacado a relucir no lo mejor de la especie, como cabría haber esperado, sino a menudo lo peor, lo más mezquino, lo más “animal”. El virus ha polarizado a las sociedades, ha empobrecido a las clases medias y ha fomentado las pasiones colectivas, retroalimentando la desconfianza hacia la democracia parlamentaria. Situación tan exigente como crítica ha venido en España a poner en evidencia una vez más el fracaso de nuestro modelo de administración territorial, el famoso Estado autonómico, y a dar alas a las fuerzas que pugnan por la ruptura de la unidad del Estado, fuerzas que hoy cuentan con un presidente cautivo en Moncloa. Reconocer que estamos en un tris de caer en la irrelevancia como país para muchas décadas, incluso tal vez en la querella civil y desde luego en la pobreza, no es pecar ahora mismo de alarmista, razón por la cual luchar por la reconciliación entre españoles es casi un deber moral. Frente a descripción tan negativa justo es reconocer también que de la pandemia han brotado flores para la esperanza. La evidencia de que la globalización ha mostrado una resistencia asombrosa, manteniendo abiertos los intercambios comerciales y añadiendo a los mismos nuevas cadenas de valor. La iniciativa privada, a caballo de la movilización de las grandes farmacéuticas y de la comunidad científica, ha sido capaz de poner a punto en menos de un año varias vacunas eficaces a la hora de acabar con la covid-19, una nueva hazaña a apuntar en la historia de la medicina. Nada está perdido. Nada está escrito. Una vez más se ha demostrado que el hombre libre es dueño de su destino. A condición de que tenga arrestos suficientes para movilizarse en defensa de la paz y la prosperidad colectiva. Salud y libertad para todos en este 2021.

Laporta se anuncia en el Bernabéu, Illa en la Puerta del Sol y Sánchez en Telesánchez
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 3 Enero 2021

Lleva el Barça tanto tiempo identificado con el separatismo catalán, que el separatismo catalán ha acabado identificándose con el Barça y su campaña permanente contra el Real Madrid, Madrid o, por extensión, España. Laporta, que vivió días de gloria y champán, nada de cava, en el Barça de Guardiola, Xavi, Messi y el villarato arbitral, se presenta de nuevo a las elecciones del club con un gigantesco cartel frente al Bernabéu. Sólo un acomplejado patológico o una sociedad gravemente enferma de paranoia pagarían por anunciar su futuro en tierra ajena para reivindicarse en la suya. Pero como el Ministerio de Pompas Exteriores Catalanas vive obsesionado con los éxitos del Real Madrid, para hacer creíble que puede recuperar los éxitos de ayer, Laporta se anuncia frente a la sala de Trofeos del Bernabéu.

Illa, un ministro contra Madrid y España
Antes de que Laporta se anunciase en la Castellana como redentor de la Ciudad Condal, una extraña versión filiforme de Doña Croqueta llamada, paradójicamente, Salvador, y apellidada, más razonablemente, con el sufijo despectivo Illa, apareció como ministro contra Madrid. De la hemeroteca ya no quedan más que cachitos, la memoria se vende troceada en historietas y pensar en lo de hace un año es acercarse por la espalda a Nostradamus, así que nadie recuerda que el nombramiento de Illa ya se presentó en su día como el rodaje de un posible candidato a la Generalidad o a la alcaldía de Barcelona, dado que Iceta era por entonces el único personaje conocido del PSC, y ni solía ganar elecciones ni arrasaba en las encuestas. Un prospecto. Como Sanidad no tenía competencias claras, su trabajo era salir en la tele.

Casi nadie lo recordaba como el suplente de Iceta en la gigantesca manifestación española contra el golpe de Estado del 2017. En su lugar apareció un tipo con aspecto de cobrador del frac que hubiera perdido la chistera. Era Illa. A la segunda manifestación, la del "circo romano" de Borrell, no tuvo más remedio que ir Iceta, y el espiritado faquir, primo del deshollinador de Mary Poppins, se esfumó. Imposible competir con el oblongo Iceta, que quiso saltar la valla rodando a lo Fosbury y casi se mata.

Pero llegó el virus, el estado de alarma y el súbito protagonismo de Illa, ministro de Sanidad que recuperó todas las competencias del Estado y con las que no supo qué hacer. Salvo lo único para lo que estaba preparado: atacar a Madrid, que es la forma de hacer política en Cataluña desde Pujol.

Por supuesto, en primer lugar, atacó a España, que es lo que para los nacionalistas catalanes significa atacar a Madrid. Y cabe decir que nadie en su cargo ha hecho más daño nunca a las vidas y haciendas de los españoles. Primero, acompañado por un muñeco de origen rajoyano llamado Simón, negó la posible gravedad del virus chino. Luego, que pudieran producirse contagios, "si acaso uno o dos, por el turismo". Después, que pudieran ser mortales o coger desprevenido a su Ministerio. Porque ya en enero los tres partidos de la entonces Oposición le preguntaron por sus planes frente a la covid. Tranquilidad, todo bajo control, dijo Illa, el ministro de Sanidad.

Una inactividad criminal
Junto al flamante vicepresidente Iglesias, máximo responsable de las residencias de ancianos, Illa aseguró frente a las insidias de la Oposición que su ministerio estaba "perfectamente preparado" para hacer frente al virus, si llegaba, que no llegaría. Lo importante era preparar el 8 de Marzo. Esa fue la prioridad del Gobierno en pleno y de su sicariato desinformativo. Mientras todas las cadenas de televisión, con criminal frivolidad, tomaban a broma la covid-19 o decían que era una treta de la Derecha para sabotear la apoteosis feminista del 8M, los contagios se multiplicaban y llevaban un mes largo produciendo víctimas mortales. El nefasto día iban ya diecisiete.

Pero hasta culminar la apoteosis feminazi o transcomunista del 8M, el ministro Illa ni informó ni dejó informar sobre la situación sanitaria en España. Y era demasiado tarde. Se cree que cada día de retraso en tomar medidas produjo miles de contagios y decenas de muertes evitables. Pero el dichoso Illa se tiró dos meses sin hacer, preparar o preocuparse por nada más que salir en televisión, que era para lo que lo habían hecho ministro.

El protagonismo del mamarracho Simón nos ha hecho olvidar que, como el payaso serio del circo, el Augusto, frente al clown había un tío alto, serio y de oscuro que, con voz baja y el estilo pasivo-agresivo típico del catalanista profesional en Madrid, mentía como un bellaco sobre lo que pasaba, los que morían y las iniciativas que desarrollaba su ministerio. Illa adjudicó a empresarios fulleros cercanos a su partido la compra a toda prisa de las EPI que había dicho que tenía su Ministerio, cuando no tenía nada.

Tras dos estafas y un acuerdo oficial con China, igualmente estafador, dejó en manos de las comunidades autónomas la compra de material sanitario cuyo uso, en el caso de las mascarillas, desaconsejó públicamente. Meses después, Illa confesó que lo dijo porque no tenía mascarillas. Y en vez de ahorcarse o meterse cartujo, el tío siguió tan fresco, centrando su actividad en agredir a Madrid escudándose, como Sánchez, en unos "expertos" que, según se supo después, nunca existieron. Eran un grupo de funcionarios de su cuerda que inventaron sobre la marcha los argumentos para injuriar a diario a la presidenta de la Comunidad y al Alcalde de la Villa y para descalificar la política sanitaria de Madrid como ejemplo de lo que no se debía hacer. Ni pusieron controles en Barajas, ni hicieron test masivos ni adoptaron las medidas que habían demostrado su eficacia en los sitios que las pusieron en marcha. Illa se limitó a insultar.

Los dos peores crímenes de Illa
Y pasado el verano, tras proclamarse Sánchez salvador de 450.000 vidas y vencedor del virus y después de invitarnos a consumir y disfrutar, llegó la segunda ola, de la que Madrid fue la primera víctima, no la única, pero sí la única que había tomado medidas en previsión de lo que podía pasar. Ahí es donde el candidato a la Generalidad catalana, como si fuera el candidato a la presidencia del Barça, se enceló con Madrid. Hasta el punto de que puede presumir que, por maldad y por la propensión criminal más desvergonzada de que pueda presumir ningún ministro del ramo, se atrevió y se enorgulleció, a confinar Madrid, para intentar humillarlo y arruinarlo.

Hay dos momentos criminales que deberían impedir a Illa seguir en cualquier cargo público, antes de ser juzgado por prevaricación: el primero, cuando mantuvo a Madrid, sin ningún argumento, en fase cero, impidiendo la apertura de bares, restaurantes y demás infraestructura turística; y el segundo y más ruin, cuando declaró una especie de estado de alarma sólo contra Madrid, manipulando de forma desvergonzada con sus "expertos", los datos epidemiológicos de la Comunidad, cuando realmente era la única que había empezado a revertir los datos catastróficos de la segunda ola, en buena parte culpa de la ligereza y frivolidad del infame Gobierno Sánchez.

Hay otras fechorías de Illa, mezcla de vileza y estulticia, pero esas dos, el asalto desde el Gobierno a la legalidad y a la economía de Madrid, bastarían para mandarlo a la cárcel en cualquier país donde rigiera algo parecido al Estado de Derecho. Es el máximo responsable técnico de los más de 80.000 muertos en España, la peor gestión sanitaria del mundo. Y, sin embargo, la banda de Sánchez, como muy acertadamente la describió Albert Rivera, presenta la candidatura de Illa a la Generalidad de Cataluña porque, según las encuestas, mejora muchísimo las expectativas del PSC.

¡Infeliz año nuevo!
Lo malo es que puede ser verdad. España ha dejado de exigir una mínima moralidad en la conducta de sus dirigentes, sobre todo si son del Gobierno y habitan en la televisión. Sánchez ya no es un presidente, es Telesánchez, 24 horas de teletienda ideológica. La candidatura de Illa es el triunfo de la desvergüenza de Sánchez, y de la Izquierda sobre la Derecha, y también una tristísima muestra de lo que nos puede reservar este Infeliz Año Nuevo. Porque poca felicidad cabe esperar de un país en el que la única ley, hecha a toda prisa y sin el menor debate, pero que, sin duda, todos piensan cumplir es la de eutanasia.

"El reto nacional para 2021 es recuperar la sanidad, la economía y la cordura"
Espinosa de los Monteros habla con 'Vozpópuli' sobre el año de la pandemia y sus expectativas de cara al 14-F. Asegura que los gobernantes no han sabido responder a la crisis porque, entre otras causas, el sistema sanitario "está dividido en 17 reinos de taifas"
Marina Alías vozpopuli.es 3 Enero 2021

Iván Espinosa de los Monteros(Madrid, 1971) da la bienvenida al año dando las gracias por no haber salido peor parado del accidente de moto que tuvo en una carretera cántabra el pasado mes de agosto. Todavía le quedan algunas secuelas, pero asegura que hay que apreciar "todo lo bueno que nos pasa". Incluso en los peores momentos.

Así lo ha dejado plasmado en Twitter, red social a la que vive 'enganchado'pues se considera "un yonqui de las noticias". Aunque también le trae algún quebradero de cabeza. El portavoz de Vox en el Congreso reconoce la existencia de trolls en todo el espectro político, también en la órbita de Vox. "No razonan, ven a los partidos como a un equipo de fútbol", sostiene en una entrevista con Vozpópuli.

Padre de cuatro hijos, Espinosa de los Monteros no da demasiado pábulo al último estudio del Ministerio de Igualdad, donde se denuncia el sexismo en el sector de los juguetes. "Hay mas estulticia en el mundo de los políticos que machismo en el mundo de los juguetes, en la economía y en España, en general", responde a este diario.

¿Cuáles son los retos de España para 2021?
El reto común, sin duda, es recuperarnos como nación en lo sanitario, económico y social. Y recuperar la cordura. Estamos perdiendo por completo la cordura y nos estamos viendo dirigidos por un atajo de personas con mucha ideología pero muy poca preparación y experiencia. No han dirigido ni la comunidad de vecinos y han pasado de ser profesores no numerarios de la facultad a ser ministros con demasiada facilidad. Todo esto está generando mucho daño.

Acaba el año de la pandemia y arranca el de las vacunas. Usted es de los pocos dirigentes de Vox que no se contagió de Covid-19, ¿se va a vacunar?
En un principio, el número de dosis será limitado y se reservará para los grupos de riesgo. Yo todavía no me la pondré porque no tengo prioridad.

¿Y llegado el momento?
Cuando llegue ese momento, que no será en los próximos seis meses, evaluaré con mejores datos de los que tengo ahora.

La campaña de vacunación se ha convertido en un nuevo campo de batalla política a raíz de la supuesta propaganda del Gobierno. ¿Cree que están siendo unos y otros, oposición incluida, irresponsables con la población desde el punto de vista sanitario?
No sé muy bien en qué sentido la oposición puede estar siendo irresponsable. Lo que hemos tenido es una enorme irresponsabilidad de los gobernantes, tanto del Gobierno central como en las Comunidades Autónomas. No han estado a la altura.

Tenemos gobiernos de todos los colores políticos y ninguno lo ha hecho bien, así que quiero creer que no solo se debe a que tenemos dirigentes muy ineptos, que los hay, sino que también responde a un sistema sanitario inapropiado para abordar la situación actual y competir en un mercado global.

Llegado el momento, que no será en los próximos seis meses, evaluaré con mejores datos de los que tengo ahora si me pongo la vacuna

¿Cuál es la principal debilidad que encuentra en el sistema?
Está fragmentado en 17 reinos de taifas y esto impide que los gobernantes puedan dar mejores soluciones. Han demostrado una absoluta falta de coordinación y de respuesta ante la crisis sanitaria, económica y social.

¿Y cree que centralizar la Sanidad es la panacea para resolver una crisis con tantas aristas?
No. Lo que creo es que tener una sola respuesta sanitaria al conjunto de los problemas sanitarios españoles, no solo al del coronavirus, es una condición necesaria pero no suficiente. No puede ser la panacea porque, además de tener un sistema unitario, este debe estar bien gestionado y dotado, adaptado a los tiempos modernos y mejorar en su colaboración con la medicina privada.

Araceli, la primera vacunada de España, se santiguó y dio las gracias a Dios para después convertirse en el blanco de algunas críticas en Twitter. ¿Qué le parecen este tipo de juicios, sobre todo, hacia las personas mayores?
Muy sintomático de la falta de respeto a las creencias de muchos españoles. En España se está en un esfuerzo constante de inyectarnos una sociedad multicultural en la que todo tiene que ser respetado menos lo nuestro. Menos aquello que supone la identidad milenaria española.

España es un país cristiano: es un tema cultural y no religioso. Si hubiera dado las gracias a Alá, hubieran dicho '¡Qué tierna la abuelita!. Criticar que se santigüe solo demuestra odio hacia uno mismo porque el origen cultural de un español es cristiano.

¿Quiénes están detrás de ese esfuerzo que menciona?
Todos los políticos progres de todos los partidos que llevan años intentando desmontar nuestras raíces históricas, culturales e identitarias de manera activa o pasiva. Y, en especial, el nacionalismo porque trata de hacer de esto una palanca de ruptura con España.

Usted es uno de los parlamentarios más asiduos a Twitter, caldo de cultivo para polémicas de este tipo. ¿Qué es lo que más le gusta de esta red social y qué dejaría de lado?
Lo que más me gusta es la capacidad de poder tener contacto directo con partidarios y no partidarios. En muchos casos se establecen diálogos muy enriquecedores. Es una herramienta muy buena para estar al día instantáneamente de cualquier noticia y yo soy un poco yonqui de las noticias. Lo he sido siempre y, ahora, con más motivo.

Lo peor son los trolls y el desprecio por el diálogo y el análisis crítico. Hay mucha gente de todo el espectro político que no razona y se toma su partido político como su equipo de fútbol, de una manera forofa e irracional.

¿Reconoce que también hay 'trolls' entre los partidarios de Vox?
Los hay en todas partes.

El Grupo Parlamentario Vox se ha convertido en uno de los más activos del Congreso al registrar iniciativas parlamentarias. ¿Qué recorrido les augura?
Nosotros las presentamos como ejercicio de responsabilidad con el trabajo que nos han encomendado. Tenemos la función de controlar al Gobierno como partido de la oposición y también de hacer propuestas.

Aunque el 99% no salgan adelante tienen una doble utilidad. La primera es defender unas ideas que nadie defiende en el Parlamento. La segunda es crear un acervo de iniciativas que quedarán registradas y que formarán parte del núcleo del proyecto cuando gobernemos.

¿Tienen expectativas de formar parte del Gobierno de España?
Sí. Más pronto que tarde.

A la ofensiva parlamentaria, se suma otra judicial. ¿Cuáles son los frentes más importantes para usted?
Hemos presentado once recursos de inconstitucionalidad y hemos anunciado dos más. Todos son importantes, como lo fue la causa del procés, pero destaco el relativo a la ley de la eutanasia. Esta ley es un ataque a la vida de muchas personas, especialmente de nuestros mayores.

Se genera una cultura de presión hacia las personas que dejan de ser útiles desde el punto de vista productivo, como si fuesen un estorbo. Esto no se señala en ningún punto del articulado, pero es la consecuencia práctica que hemos visto en otros países.

¿Teme que los jueces traduzcan ese aluvión de recursos en incapacidad para resolver los asuntos en el Parlamento?
El Tribunal Constitucional es un órgano al que no se llega fácilmente. Está para lo que está. Que haya un partido político que, con más de 50 diputados, presente más recursos que otros y que haya estimulado a hacerlo a los demás no debería sorprender a nadie.

Lo raro es que no se haya hecho en el pasado. No tiene que ver con incapacidad política, sino con el rodillo que están imponiendo, a nuestro juicio, de manera inconstitucional. La pregunta es más bien cómo es posible que el TC se permita estar 10 años sin resolver algunas causas como la del aborto. O, ahora, con las prórrogas del estado de alarma.

Presentar recursos ante el TC no tiene que ver con incapacidad política, sino con el rodillo que se impone, a nuestro juicio, inconstitucional

Hablando de otras denuncias, acaba de ser archivada una contra usted por decir que "un extranjero es tres veces más propenso a violar que un español". La jueza ve "absolutamente desafortunada" la expresión, pero descarta el delito de odio. ¿Mantiene la frase?
Fue en noviembre de 2019. Yo estaba siendo entrevistado en la televisión y me preguntaron si no me parecía peligroso dar unos datos que dio Abascal cuando los extranjeros solo generaban el 30% de las violaciones.

El tema ya pasó de los delitos en manada a los que se refirió Abascal a las violaciones en general. Y me limité a explicar que si el 10% de la población comete el 30% de los delitos de esa naturaleza significa que lo cometen tres veces más de lo que cabe esperar por su tamaño de población. Es una cuestión de estadística. No es una opinión, es un dato matemático.

No puede ser odioso dividir 30 entre diez. Por otro lado, la jueza no ha dicho que "la política antiinmigración de Vox" sea "odiosa" como titula 'El País'. Para empezar, Vox no va en contra de la inmigración, sino de la inmigración ilegal.

Vox lleva meses refiriéndose a 'El País' como 'Lo País'. ¿Qué quieren expresar?
'El País' es un medio que tuvo un enorme prestigio. Siempre fue un medio de izquierdas, pero era un buen medio. En Economía, Internacional y Cultura destacaba mucho, tenía a gente muy buena y una visión muy certera de todo lo que pasaba por el mundo.

Pero la crisis de los medios de comunicación ha provocado que algunos hayan perdido su credibilidad y se hayan convertido en panfletos reaccionarios desconectados de la realidad. Ya no se distingue de un blog de un chaval de segundo curso de Política o de lo que dice una influencer en Instagram. Eso es lo que viene a decir ese apodo: que ha perdido credibilidad.

Ha comparado la labor de algunos medios con las prácticas de Goebbels…
Claro, porque repiten una mentira mil veces hasta que parece que es verdad. Además ya mienten con cosas absurdas.

¿Y le parece una práctica democrática vetar a periodistas y señalarles públicamente? Las asociaciones de periodistas lo han denunciado…
Yo pensaba que tenían algún prestigio hasta que empezamos a ver cómo funcionaban. Presentamos no menos de una docena de denuncias sobre mentiras publicadas sobre nosotros. No eras errores, ni críticas, ni opiniones, eran falsedades.

No hubo reacción y, al contrario, cada mínima denuncia de un periodista contra cualquier cosa que hiciéramos nosotros, enseguida sacaban el comunicado. En teoría, están para velar por el cumplimiento de las buenas prácticas.

Insisto, ¿justifica los vetos a periodistas y medios en función de lo que Vox considera que son mentiras?
Yo no era partidario de vetar a nadie. No tenemos un solo medio que nos trate bien, ninguno. Ni lo pido. Tampoco nos hace falta. Lo que sí pido es que nos traten exactamente igual que a los demás, con críticas incluidas, pero igual que a los demás. Si tú no nos vas a tratar como a los demás partidos y lo afirmas así en un editorial, yo tampoco te voy a tratar a ti como a los demás medios.

Es absolutamente democrático. Dicho esto, Vox tiene menos cobertura mediática que ningún otro grupo en las ruedas de prensa tras las juntas de portavoces. Van menos periodistas y muchas veces no hay preguntas. ¿Es eso democrático? En esta profesión a veces veis la paja en el ojo ajeno y no veis la viga en el propio...

Le vimos emocionado con Ignacio Garriga durante el debate de la moción de censura contra Pedro Sánchez. ¿Qué representa para usted su candidatura a la presidencia de la Generalitat?
Representa un halo de esperanza en una región en la que los constitucionalistas de cualquier signo político han sido abandonados y dejados a su suerte. Hace décadas hubo un atisbo de esperanza con Vidal-Quadras, pero el PP ha ido cambiando de candidatos constantemente.

Después surgió Ciudadanos, llenó de esperanza a mucha gente y tuvo una actuación brillante. Pero su líder decidió dar el salto a la política nacional y dejar tirados a sus votantes. Se quedó Inés Arrimadas y logró ganar las elecciones. Otro momento ilusionante, pero ni se presentó como candidata, ni intentó formar gobierno. De nuevo, otro abandono.

Frente a esto, Garriga significa el compromiso y la esperanza. Es una persona joven pero experimentada como diputado. Tiene su vida invertida en Cataluña y no va abandonar.

Usted mismo pronunció palabras en catalán desde la tribuna de oradores del Congreso y hace poco se presentó en Barcelona con una señera en la mascarilla. ¿A qué responde este giro?
No hay ningún giro. Yo siempre he hablado algo de catalán. No tiene nada de particular. Las banderas constitucionales de cada región son perfectamente legítimas, unas más que otras, pero las históricas con motivo.

¿Pero están potenciando más los símbolos autonómicos en Cataluña que en otras regiones como Galicia y País Vasco, donde hubo elecciones recientemente?
No son símbolos autonómicos. Son símbolos regionales. La bandera catalana, que es la bandera de Aragón, tiene cientos de años, mientras que la comunidad autónoma solo unos pocos. El respeto por la cultura, la tradición, la literatura, el idioma y las costumbres regionales no tiene nada que ver con el sistema administrativo de gobierno, que es un invento de anteayer y no tiene nada de histórico. Pero igual que la Comunidad de Madrid y su bandera. Es otro invento sin fundamento histórico.

El respeto por la cultura, el idioma y las costumbres regionales no tiene nada que ver con el sistema administrativo de gobierno

Las encuestas pronostican buenos resultados para Vox en las elecciones catalanas, ¿sigue sin confiar en ellas?
No confiamos mucho. Pero sí confiamos mucho en otros dos indicadores. El primero es objetivo: el número de afiliados. Cuando crece, suele ir acompañado de un crecimiento del número de votantes. Esto falla muy poco y en Cataluña está creciendo sustancialmente.

El segundo es el trato en la calle. Es algo subjetivo, pero ahora mismo vemos cómo en Cataluña se ha pasado de ignorarnos a darnos las gracias y a animarnos en las calles. Mucha gente se atreve a acercarse y esto no era así al principio.

¿Le gustaría fichar a Cayetana Álvarez de Toledo en Cataluña?
Álvarez de Toledo está muy bien donde está porque en el Partido Popular hace falta alguien que diga las cosas que muchos de sus votantes piensan pero ninguno de sus dirigentes dicen. Con ella hay una coincidencia en la valentía de decir las cosas y hacer frente al nacionalismo y a la izquierda. Pero también hay muchas diferencias. Es una diputada que, dentro del PP, dice las cosas. Nosotros somos 52.

Salvador Illa será candidato del PSC y Lorena Roldán se pasa al PP. ¿Prepara Vox alguna incorporación de cara al 14F?
No. Nuestro candidato es Ignacio Garriga y lo que tenemos son docenas de personas muy cualificadas en distintos ámbitos que nos asesoran desde fuera con propuestas. Hay mucha gente partidaria de Vox, entre ellos, abogados, juristas, inspectores y otros altos cargos del estado, que no pueden ni deben significarse. El día que gobernemos podremos tirar de este nutrido banquillo y esto nos da tranquilidad. Quizá tendremos el mejor Ejecutivo de la historia de España en cuanto a cualificación técnica.


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