AGLI Recortes de Prensa   Jueves 7  Enero  2021

Declarada la guerra cultural, por qué no salir a ganarla
Miguel Ángel Belloso okdiario 7 Enero 2021

El pasado 31 de diciembre, ya con la luna llena empezando a recogerse, nació el primer nieto de mi amiga Alicia. Es un bebé precioso, para comérselo, como dicen las mujeres. El milagro inescrutable de la vida se reprodujo una vez más, el misterio se hizo presente inapelablemente, a los nueve meses, pese a la legión que trabaja sin descanso para privarnos del don de la maternidad y del placer de los padres por asistir pasivamente al mismo como invitados de piedra conmovidos y felices por la buena nueva.

Un día antes de la gran noticia, el Senado de Argentina votó a favor de la ley del aborto que ya rige en nuestro país por desgracia, consagrando el derecho naturalmente falsario de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, en este caso concibiendo un ser que desde el mismo momento de la fecundación ya nos les pertenece en absoluto, sino que sólo progresa en su seno como si estuviera de alquiler, de prestado, pero, eso sí, exigiendo el inexorable compromiso de la madre natural o de acogida de cuidar de él hasta que pueda volar libre con la alegría desbordada de las golondrinas en primavera con los primeros rayos de sol.

Como no hay día bueno que te amargue alguien al que no has invitado a la fiesta, el presidente del Gobierno de España, el señor Sánchez, se apresuró a escribir un tuit el 30 de diciembre para saludar el crimen legal: “Argentina es hoy una nación más feminista. El Senado ha votado a favor de legalizar el aborto, una demanda social tras varios años de lucha”. Y acababa el indigente intelectual: “Avanzar en derechos para las mujeres hasta alcanzar la plena igualdad es imprescindible en todo el mundo”.

Cabría apostillar que en España también somos pioneros en legalizar la eutanasia, el derecho a la muerte, de modo que estamos entre los primeros en habilitar normativamente este crimen redundante, si se me permite la ironía cruel. Primero mato a los nasciturus y luego a los ‘morituri’, aunque en la Roma antigua el César del momento concedía a estos últimos la gracia de pasar a la otra vida con honor, como los toreros en una mala tarde.

Para acabar de rematar la faena, Inma GC, una chica a la que no tengo el placer de conocer, publicó un tuit en el que se ve a una señora argentina, ya mayor, con cara de ineluctable progresista, celebrando el acontecimiento con una pancarta en la que se lee: “Aborto legal, por las que no pudimos”, y con unos corazones pintados debajo del lema infame. Cuando veo este disparate me preguntó; “¿qué pensarán acaso sus hijos, si ha tenido la suerte de tenerlos?”.

Luego aún he visto otras muestras de la desorientación y del relativismo moral pernicioso. Un tuit en el que aparece una señorita mejicana muy jovencita y hermosa con una pancarta en la que escribe: “Las vidas para salvar están en las granjas y mataderos, no en nuestros úteros”. ¿Qué rayos sucede en el mundo para que esta clase de declaraciones y de manifestaciones desquiciadas se produzcan con el absoluto convencimiento por las que las profieren de que están protestando por un planeta más habitable?

Yo estoy con Inma GC, que al versionar estos tuits infames dice: “Cuando Dios repartió los cerebros, algunas estaban en la cola equivocada”. En España, por ejemplo, todos los miembros del Gobierno están en la cola equivocada, y me atrevería a decir que muchos españoles para los que la gestión de Sánchez y su equipo ayuno de cualquier clase de conocimiento, ineficiente y delincuencial lo está haciendo bien, y así lo sostienen todavía en las encuestas. Después de que el célebre filósofo Edmund Burke dijera aquello de que para que triunfe el mal sólo es necesario que los buenos no hagan nada, Benito Pérez Galdós escribió con atino sobre su época: “Ese vulgo, esa gentuza iletrada sin ideal controla los destinos del país, por la vituperable inacción de la mayoría honrada, decente, entendida y patriota, que les permite dominar la vida pública”. Así era, sigue siendo y probablemente será.

Según mi amigo y estudioso demógrafo Alejandro Macarrón, en 2019 nació en España el menor número de niños desde mediados del siglo XVIII (menos de 360.000), con una población que era la quinta parte de la actual. Y si nos fijamos en los bebés de madres españolas de origen en 2019, menos de 260.000. Seguramente habría que remontarse hasta el siglo XVI para ver números parecidos, cuando la población de España era de unos cinco millones de personas nada más. Entre tanto, el porcentaje de embarazos abortados en 2019 alcanzó el máximo histórico. ¿No les parece esta estadística realmente trágica?

El economista Mikel Buesa ha escrito que, en el curso de los últimos veinte años, con motivo de la crisis de natalidad que vive alegremente la nación, los jóvenes de 15 a 30 años son cada vez menos: poco más de siete millones frente a más de nueve millones dos décadas atrás. Y se enfrentan a cohortes de adultos y de viejos notoriamente más amplias que las suyas, a las que en algún momento tendrán que sostener.

¡No podrán!, dadas las condiciones de empleabilidad actuales, fruto de una educación adversa, el correspondiente déficit de formación, y de un mercado laboral que atraviesa una situación endémicamente dramática a causa de las políticas socialistas, ya sean practicadas por la izquierda o incluso por la derecha. No podrán salvo que se produzca mucho más frecuentemente el milagro de la vida del que disfruta mi buena amiga Alicia, y su nieto Íñigo, que Dios quiera que florezca sano y fuerte y que tenga adicionalmente la fortuna de vivir sin un Gobierno como el actual que rinde con honores culto a la muerte.

Hace unos meses, en El País, el diario cortesano que hay que leer para estar al tanto de lo que malpiensa en todo momento el presidente Sánchez, su jefe de Gabinete, Iván Redondo, afirmaba que los objetivos estratégicos para este año que acaba de entrar eran declarar la guerra cultural y reformar la Constitución, que vienen a ser la cara y la cruz de la misma moneda. Antes, cuando era joven, había un cierto consenso, absolutamente repudiable, en que la izquierda definía falsamente el progreso moral al tiempo que desarreglaba las cuentas públicas, incurría en déficits y deudas insostenibles, disparaba el paro y elevaba insosteniblemente la inflación para que luego la derecha llegara a fin de recomponer el desaguisado, corregir el rumbo económico y encararlo hacia buen puerto, dejando cobardemente todo el espacio ideológico a los que habían devastado previamente la nación.

Pero el mundo ha cambiado a peor. La izquierda ya no se conforma con los consensos habituales a los que nos habíamos acostumbrado. Es insaciable. Ahora quiere más. Y así aparece el feminismo recalcitrante y militar, el ecologismo insensato, una educación que condena de por vida a los jóvenes con el fin determinado de hacerlos acólitos, adictos y votantes de por vida al César; la cultura al servicio del poder político, los medios de comunicación venales apuntalando el crimen, la porfía en contra de la separación de poderes para arrumbar con el efecto disuasor de tropelías y desmanes del aparato judicial, y con la monarquía como institución señera y salvaguarda de los destinos de la patria.

¡No! Ahora para la nueva izquierda de Sudamérica, para la nueva izquierda que encarnan los demócratas en Estados Unidos y para la izquierda ‘sanchista’ en España ya no valen los consensos del pasado. Están dispuestos a destrozar todo lo que hemos conocido hasta la fecha, aunque tampoco nos gustara. Han declarado, como decía Iván Redondo, el Rasputín de la Moncloa, la guerra cultural. Cuando el presidente del PP, Pablo Casado, defenestró a Cayetana Álvarez de Toledo esgrimió entre otras causas que la guerra cultural no tocaba en estos momentos. ¿Y cuándo toca entonces si no es ahora? Luego dijo que aspiraba vanamente al voto de los socialdemócratas moderados. Él sabrá.

A mí me parece que en estas condiciones ya no vale la contemporización, ni mucho menos el pacifismo. Puede que, ¡ojalá!, Casado gane las próximas elecciones, si sucede un milagro, pero con tales planteamientos jamás podrá librarnos de las cadenas del socialismo. Vox sí. Vox tiene un plan. Vox es un combatiente granítico del consenso progre. Vox es un enemigo declarado del socialismo. Por eso persuade y seduce. Gusta, a mí entre otros, porque como dice el filósofo Miguel Ángel Quintana “ya que la guerra está declarada ineluctablemente, que es a vida o muerte, por qué no salir a ganarla”. Hay que librarla por el pequeño Íñigo y por esos otros niños que habrán nacido estos días soleados, fríos y secos de invierno en espera de las venturosas golondrinas de la primavera próxima.

2020. Pandemia, desestructuración del Estado y un zombi
Fulgencio Coll Bucher https://rebelionenlagranja.com 7 Enero 2021

Hay que admitir que el mundo atraviesa un momento de cambio en aspectos esenciales desde la demografía hasta la tecnología que van conformando un contexto internacional competitivo donde las entidades débiles están en peligro. En el plano internacional España es un zombi, los asuntos que le afectan los resuelven otros mientras la actuación gubernamental pasa desapercibida o es inútil.

Si entendemos por gobernar prever y actuar, entonces es una modalidad de actuación difícil de identificar en la acción del Ejecutivo español. Un Gobierno, dando por sentado que actuará dentro de la Constitución, se estructura funcionalmente, intentando poner al frente de las diferentes áreas a personas solventes. La complejidad del tiempo presente necesita una alta cualificación política y técnica para ejercer funciones de gobierno, algo de lo que el actual Ejecutivo deja constante evidencia de su carencia.

Sería prolijo analizar la gobernanza en España desde la moción de censura del 1 de junio de 2018, pero el resultado habla por sí solo. El resultado electoral de noviembre de 2019 propició la formación de un Gobierno tipo asamblea, sin programa conocido y actuaciones dispares de sus miembros.

Pronto empezó la tarea de obtener el necesario quorum para los Presupuestos Generales del Estado que, tras dos años y medio, el Gobierno ha conseguido su aprobación, el precio para ello ha sido en especie. Se han trasladado al País Vasco a gran parte de los terroristas que cumplían su condena en otras partes del territorio nacional, a la vez que se le traspasa la competencia de prisiones a la Autonomía. ¿Para qué querrá las prisiones una Autonomía? Se acuerda con los partidos que gobernaban la Autonomía Catalana cuando se produjo la sedición en 2017 que los condenados serán liberados bien por indulto o modificando el tipo penal. Explicación del Presidente del Gobierno: integración, pasar página, culpabilidad compartida … Hay que recordar que Sánchez integró, pasó página, compartió culpa con el imaginario del 36, después de 80 años, al desenterrar cadáveres y modificar la Historia. Los aludidos Presupuestos constituyen deseos legalizados de más que dudosa practicabilidad.

Por otra parte, el Gobierno ha hecho suyas las pretensiones del Vicepresidente 2º y de forma abiertamente desleal la emprendió con la Monarquía como el gran problema de España cuando, en realidad lo es el Gobierno asambleario. A su vez, el hostigamiento al poder judicial desató la advertencia de Bruselas. El Constitucional silente.

La dinámica sin rumbo del Gobierno se vio alterada por la pandemia, el enorme problema que representa nunca ha sido dimensionado por Moncloa que lo afrontó con la frialdad que proporciona una suficiencia negligente y la prevalencia de los intereses partidistas sobre cualquier otra consideración. Es muy probable que para adoptar una solución se emplease el siguiente silogismo: “marrón” a la vista, caso concerniente a la salud, luego se encarga el Ministerio de Sanidad. ¿Estaba preparado el Ministerio para ello?, evidentemente no, pero “impasible el ademán”.

Cuando en Moncloa se llega a percibir la incompetencia para gestionar la pandemia, algo evidente, notorio y difícilmente subsanable, se trata de distribuir responsabilidades entre las Autonomías y evitan posibles roces con las “soberanías” vasca y catalana. Resultado: Todos los españoles sufren la misma pandemia, solución: cada Autonomía la trata a su criterio, constituyendo un panorama político-sanitario absurdo. Entre tanto, y mediante mercadeo, se establecen interminables “estados de alarma” que se emplean como catalizador del autoritarismo legislativo y corrupción democrática.

Termina el año con Gibraltar. Ahora resulta que la jurisdicción británica no limita con España, sino con la UE. España llega a un acuerdo con el Reino Unido para que la frontera la vigile FRONTEX, ya que lo acordado entre británicos y españoles es entre soberanía británica y Zona Schengen. Desde el punto de vista internacional, el desprestigio de España es evidente, carecemos de política exterior, nos amparamos en la UE por la grave incuria del actual gobierno. España no actúa como un Estado Soberano, sino como un estado participante.

2021 se abre con la interinidad en la aparente dirección técnico-política de la pandemia. La “exitosa” gestión del Ministro de Sanidad (cuota del PSC en el Gobierno) cede ante la prioridad de las elecciones autonómicas. Menos mal que el Comité de Expertos funciona con constatada experiencia. Las prioridades son claras, primero la tribu, después la pandemia.

España tiene una gran desventaja respecto a los países de su entorno para afrontar los retos del futuro. En el Gobierno se ha instalado instrumentalmente un partido al que se identifica con el Estado. El partido que luchaba por las libertades, el PSOE que conocimos hace décadas, ha sucumbido.

El trampantojo de la representación política
Xavier Pericay. vozpopuli  7 Enero 2021

Decía el pasado sábado aquí mismo el periodista Jorge Sáinz que las primarias de los partidos políticos son un paripé. Lo decía a propósito de las dos últimas revocaciones de las que se tiene constancia, ambas con resonancia catalana. La más reciente, la de Miquel Iceta, que ha cedido, no sabemos si gustosamente, su puesto a Salvador Illa como candidato del PSC a la presidencia de la Generalidad. La más lejana, la de Lorena Roldán, que en agosto cedió también el suyo –ahora sabemos que no fue por gusto– a Carlos Carrizosa como candidato de Ciudadanos a la misma presidencia. Un partido viejo y uno nuevo, pero ambos con cláusulas parecidas en sus reglamentos de primarias, cláusulas por las que la supuesta renuncia del candidato elegido deja en manos de la ejecutiva respectiva la designación del sustituto. Claro que eso no es todo. En la crónica negra de las primarias españolas existen también modalidades de fraude que no requieren siquiera de previa revocación, en la medida en que la manipulación se produce ya en el propio proceso de votación telemática. Ocurrió en marzo de 2018 con las primarias de Ciudadanos para designar candidato a la presidencia de la Junta de Castilla y León, y ocurre desde hace años con las de Podemos al más alto nivel y con reincidencia, tal y como ha ido reseñando puntualmente este mismo medio.

Las primarias, tan bienintencionadas en su formulación primera y tan llamativas de cara a la galería, han derivado en una comedia destinada a vestir con una pátina presuntamente democrática la designación de un candidato. En un paripé, en una palabra. Al final quienes deciden no son los afiliados con sus votos, sino los mandatarios del partido, que hacen y deshacen a su antojo. Con lo que seguimos allí donde lo dejó Robert Michels hace ya más de un siglo cuando llegó a la conclusión de que los partidos políticos se organizan según pautas oligárquicas. Como cualquier empresa, en definitiva.

Cauces democráticos
Claro está que un partido político no es exactamente una empresa. O no debería serlo. Su objetivo no es ganar dinero –aunque algunos de sus miembros se ganen muy bien la vida y los haya incluso que no le hacen ascos a la corrupción–, sino alcanzar el poder para poner en práctica determinadas políticas para las que han sido facultados por cientos, miles o millones de conciudadanos que les han otorgado su confianza mediante el voto. En este sentido, conviene no olvidar que quienes ejercen un cargo público son ciudadanos que representan a otros ciudadanos. Ciudadanos, pues, con un mandato al que se supone que deberían ser fieles. De ahí la importancia que tiene para un Estado de derecho que el acceso a ese cargo de representación haya seguido unos cauces democráticos y transparentes.

Que esa inercia oligárquica está presente en las formaciones políticas no lo demuestran tan solo los casos reseñados al principio de este artículo –y otros muchos que podrían traerse a colación–, sino también el hecho de que nuestros partidos no hayan movido en 35 años ni un solo dedo para cambiar la ley electoral vigente, conocida como LOREG (Ley Orgánica del Régimen Electoral General). Se han rasgado de vez en cuando las vestiduras, han introducido apaños como las primarias, han reclamado con la boca chica o a los cuatro vientos un sistema electoral más proporcional, pero a la hora de la verdad siguen rigiéndose por el marco de siempre. Incluso los partidos nuevos, Ciudadanos y Podemos –UPyD no tuvo siquiera ocasión de intentarlo–, cuando han dispuesto de fuerza suficiente para condicionar un programa de gobierno han olvidado –o han preterido, en el caso de Ciudadanos– la que había sido, años ha, una de sus principales banderas regeneradoras.

Sistema parecido al alemán
Sin menospreciar en absoluto la necesidad de mejorar la proporcionalidad de nuestro sistema electoral y dejando a un lado otras medidas de menor calado, lo que la democracia española precisa a mi juicio con mayor prontitud y de modo inexcusable es una reforma que acerque y vincule los representantes a sus representados, los electos a sus electores; y viceversa, claro. O sea, una reforma que garantice ante todo que el candidato de una lista sea elegido de forma democrática y transparente por el resto de los afiliados y que el resultado de dicha elección sea respetado por la cúpula de la formación política. Luego, en aras de reforzar justamente el vínculo entre candidato y ciudadano de a pie, una reforma en la que se adopte un sistema parecido al alemán, de doble voto, donde junto al voto por lista, de representación proporcional, existe un voto por persona, de representación directa, que resulta de la previa división del territorio en distritos electorales.

No es este el único modelo posible, por supuesto. Está también el de un sistema de listas desbloqueadas, en el que los electores tengan la potestad de premiar o castigar a los integrantes de una misma lista, seleccionándolos, tachándolos u ordenándolos de modo distinto a como aparecen en ella. Y el de un sistema de listas abiertas, similar al que ya utilizamos en España para las elecciones al Senado, en el que los votantes puedan escoger, si así lo desean, candidatos de siglas distintas. Y hasta puede pensarse en la combinación de distintas opciones según la naturaleza de los comicios: locales, autonómicos o generales. En todo caso, insisto, si queremos que los paripés dejen de ser la norma, el nuevo sistema electoral no debería limitarse a regular, como ocurre con la actual LOREG, extramuros del sistema de partidos, sino también intramuros. De lo contrario, cualquier candidatura vendrá viciada por el proceso de primarias que la haya precedido.

Se me dirá que para cambiar nuestro sistema electoral hace falta un amplio acuerdo entre los grupos que integran el Congreso de los Diputados. Se me objetará también que los dos grandes partidos nacionales –y la mayoría de los nacionalistas periféricos– no han estado nunca interesados en abordar tal reforma. E incluso habrá quien replique que no es este el mejor momento para abrir el melón. A todo ello sólo se me ocurre responder que quienes intervenimos en el debate público tenemos la obligación de plantear aquellos temas que nos parecen, en un momento dado, fundamentales para evitar la progresiva podredumbre de nuestro sistema de representación política. Y este lo es, sin duda alguna. Negarse a abordarlo, a convertirlo en objeto de deliberación, equivale a esconder la cabeza bajo el ala ante el deterioro evidente del marco democrático que nos dimos hace ya más de cuatro décadas.

******************* Sección "bilingüe" ***********************


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