AGLI Recortes de Prensa   Viernes 8  Enero  2021

Con datos, por favor: La gran mentira de la recuperación económica de Sánchez
Cynthia Díaz Nobile okdiario 8 Enero 2021

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, asegura que 2021 será «el año de la gran recuperación» a pesar de que todos los principales indicadores económicos dibujan una realidad económica bien distinta a la proyectada por el líder del Ejecutivo. Y esa es, precisamente, la gran mentira de la recuperación económica de Sánchez.

El pasado mes de mayo, el presidente del Gobierno comparecía ante los españoles para dar a conocer los devastadores efectos económicos que iba a afrontar el país a consecuencia de la pandemia del coronavirus. Aquel día, Sánchez afirmó que «España vivirá una recuperación en v» y ésta «se iniciará en el último trimestre de este año». Pues bien, una vez finalizado el 2020, la recuperación económica brilla por su ausencia.

Lo cierto es que el Gobierno socialcomunista no pierde la esperanza, ni el optimismo. Con los datos en la mano, todos los indicadores de crecimiento, todos, dibujan una realidad bien distinta a la proyectada por el líder del Ejecutivo.

Paro
Uno de los efectos más devastadores que trajo consigo la pandemia del coronavirus es el desempleo. En febrero de 2020 la cifra total de parados se situaba en 3.246.047. Nueve meses después, cuando el Sánchez asegura que 2021 será «el año de la gran recuperación», la cifra se ha disparado a los 3.888.137 desempleados.

La subida del paro en 2020, motivada por la crisis del coronavirus, ha roto con siete años de bajadas del desempleo y el peor dato que se registra desde 2009.

Deuda
En el mes de febrero la deuda pública subió en 5.890 millones, hasta alcanzar el 96,3% del Producto Interior Bruto (PIB). Con los datos de septiembre- últimos datos disponibles-, la deuda de las administraciones públicas se incrementó en 9.703 millones de euros, hasta lograr un nuevo máximo histórico de 1,3 billones, lo que supone el 114,1% del PIB.

Destrucción de empresas
El 2020 se ha llevado por delante, nada menos que 98.925 empresas. No obstante, la destrucción del tejido empresarial español no se inició con el coronavirus. Basta con remontarse a junio de 2018, cuando Pedro Sánchez llegó al poder. Desde entonces hasta los primeros días de marzo cuando el líder del Ejecutivo decretó el estado de alarma, cerca de 25.000 empresas se han visto obligadas a echar el cierre en España.

Previsión de crecimiento
En el mes de febrero, el ministerio de Economía estimaba un alza del PIB entorno del 1,5% o el 1,6%. Sin embargo, en noviembre el PIB experimentó un desplome histórico del 11,1%.

El virus son ellos
Rafael Bardají https://gaceta.es 8 Enero 2021

Les había pedido a sus majestades los Reyes Magos que me trajeran el año que me han hecho perder, no el virus, sino nuestros gobernantes que, lejos de reaccionar a la pandemia con rigor, efectividad y mesura, eligieron improvisar, encerrarnos a todos, acusarnos de irresponsabilidad y abandonarnos criminalmente a nuestra suerte. Porque de ninguna otra manera puede calificarse una actuación que se jacta de haber impuesto las medidas más rigurosas de todo el planeta y encabezar el penoso ranking de muertes por millón de habitantes, de sanitarios contagiados, de falta de recursos básicos y, ahora, de carencia de un plan de vacunación que no esté motivado más que para ganancias electorales.

Hay quien desea olvidar cuanto antes el 2020. Craso error. El año pasado debe ser inolvidable, un antes y un después en nuestra memoria individual, familiar y colectiva porque lo que han hecho -y como lo han hecho- con todos nosotros no se puede olvidar. No se debe olvidar para que no dejemos que se reputa nunca más. Si pasamos página y llevamos estos meses al baúl de los olvidos, estaremos dando un cheque en blanco a nuestros dirigentes para que sigan con sus mismas decisiones definiendo a su antojo lo que es una emergencia nacional.

Se habla mucho de los fallecidos que el gobierno de Pedro y Pablo se niegan a admitir a pesar de las muchas instancias oficiales que les desacreditan. Pero se habla mucho menos de cómo dejaron morir a todos esos pobres desgraciados, solo, aislados, impedidos de recibir el cariño de los suyos. Uno tras otro, todos los días, mes tras mes. Y con sus restos, muchas veces, vagando de sitio en sitio, perdidos. No solo ha sido el gobierno socialcomunista un ejecutivo enterrador, ha sido esencialmente inhumano. Pero es que la izquierda siempre ha sido así, el enemigo número uno de la persona, de sus valores y de su alma.

Un gobierno que sólo tiene prisa para acabar con la educación religiosa y para aprobar la ley de la eutanasia, pero que no moviliza los recursos del Estado para acelerar una campaña de vacunación de la que venían presumiendo y que les ha servido durante meses para tener a los españoles esperanzados, dice mucho de sus prioridades. No podemos hacernos ilusiones, el año que acaba de empezar, el 2021, no va a ser mejor que el que hemos despedido. Que el gobierno esté dispuesto a usar las vacunas como un arma política a favor de sus socios y en contra de la oposición no augura nada bueno.

¿Cómo hemos podido llegar hasta esta lamentable situación? ¿Se puede caer aún más bajo? Se puede porque España está infectada de un virus para el que no hay vacuna: la sed de venganza de la izquierda, la corrupción de las instituciones y el pesebrismo de los políticos. Sólo con educación, civismo e identidad nacional, el sentimiento de compartir un espacio, una cultura, una historia y un proyecto de futuro podría nuestra querida España curarse. Por eso el actual gobierno ataca todo lo que tiene que ver con su sanación. Del Parlamento a la Corona, pasando por una judicatura independiente y una prensa libre. Podremos criticar de Israel cuantas políticas queramos, pero es una envida que en menos de dos semanas estén rozando el 20% de su población vacunada. Porque allí sus dirigentes, sean de izquierda o conservadores, tienen una cosa muy clara: su principal responsabilidad es mantener a su pueblo sano y salvo. Aquí, por contra, el Estado sólo nos quiere para exprimirnos con impuestos y poder pagar los privilegios de la clase política y los lujos de los inmigrantes ilegales. España, si, está muy enferma, pero no de coronavirus. El verdadero virus mortal son ellos, nuestros gobernantes.

El caos de nunca acabar
Juan Pablo Colmenarejo vozpopuli.es 8 Enero 2021

Ni el mando único, ni las 17 velocidades autonómicas, ni nada que se le parezca a ese artefacto que La Moncloa llama “cogobernanza del Estado compuesto”. España no funciona ni llegando a un acuerdo, que tampoco es el caso. Nos estamos tragando las olas de la epidemia una detrás de otra. La primera fue negada, la segunda olvidada y la tercera se mezcla con el desastre nacional de una campaña de vacunación inexistente. Por mucho que se relea la Constitución no se encuentra la definición de España como “Estado compuesto”, sino la evidente suma de las personas que forman la soberanía nacional de la que emanan los poderes del Estado.

El reconocimiento de la autonomía de nacionalidades y regiones se ha interpretado como la negación del todo del que forman parte. La legalidad constitucional ha sido desarrollada por el Tribunal Constitucional con decenas de sentencias que han llevado al sistema a un colapso que la pandemia ha dejado de nuevo al descubierto. Nadie ha querido aprender la lección de la crisis del euro, que dejó como herencia el hundimiento de la mitad del sistema financiero español. Las cajas de ahorro, controladas por miles de cargos políticos nombrados a dedo, sin tener en cuenta su origen o cualificación profesional, formaron el brazo financiero de los gobiernos autonómicos. Unos juguetes muy caros, todavía sin pagar. Los políticos autonómicos, amparados por sus dirigentes nacionales, hicieron tambalear el conjunto del sistema financiero español. Hay escenas memorables de enfrentamientos tribales dentro del mismo partido por el control de una caja. No eran bancos ni tenían accionistas, pero servían para colocar a los amigos o desplazar a los adversarios a un lugar confortable donde dejaran de molestar.

Sistema fallido
El rescate a la banca no fue para el sector privado, sino el público; mejor dicho, al sector partidista del sistema financiero. No es cierto que se ayudara a la banca con el rescate que el Gobierno de Rajoy pidió el 9 de junio de 2012. Se sacó del fango a cajas de ahorro controladas por las autonomías, arruinadas tanto por la izquierda como por la derecha, nacionalistas e independentistas incluidos. Los 42.000 millones del rescate sirvieron para que los clientes de esas entidades tuvieran dinero en sus cuentas corrientes tras las fechorías cometidas por militantes de partidos políticos metidos a banqueros. Antes de la crisis del euro se les veía como poderosos e intocables. Pero no era verdad, sino otra realidad virtual propia de un país que no tiene por costumbre mirarse al espejo, salvo cuando se rompe.

Las cajas de ahorro formaban parte de un sistema autonómico en el que cada parte actúa por su cuenta. Ya no se puede volver a meter la pasta de dientes dentro de mismo tubo, pero algo habrá que hacer y no vale dejarlo pasar de nuevo y echarle la culpa a la pandemia en la presente ocasión. El sistema autonómico ha resultado fallido con la inestimable colaboración de la vaciada Administración General del Estado, incapaz, por ejemplo, de comprar mascarillas en el mercado internacional al carecer del personal cualificado para dicho empeño.

En la primera ola del virus, el Gobierno de Sánchez negó la realidad y cuando quiso reaccionar ni sabía como hacerlo, ya que el Ministerio de Sanidad no es más que un gabinete de estudios y programas dirigido por el señor Simón. Como gato escaldado, Sánchez huyó de la quema traspasando la respuesta de un problema global a instituciones regionales que solo sirven para cerrar bares, llamar irresponsables a los ciudadanos, imponer normas que arruinan el tejido productivo y recortan las libertades individuales como si nada. Por si faltaba algo, los gobiernos regionales han empezado a almacenar vacunas para tener reservas de seguridad confirmando que en España ya no hay ciudadanos libres e iguales, sino habitantes de territorios fronterizos entre sí. Un sálvese quien pueda secular.

El descontrol organizativo con la vacunación se suma al caos autonómico de nunca acabar. No había un plan. Solo una caja y su pegatina del Gobierno de España. La ruptura de la unidad de mercado en 17 autonomías no solo es un problema que preocupe a la Unión Europea, lastra el crecimiento y eleva fronteras en un territorio supranacional que las suprime, sino una disfunción crónica que la pandemia ha puesto al descubierto, una vez más, cuando se trata de responder con eficacia en la gestión a un problema de España. Si la crisis del euro se llevó por delante el control autonómico de las cajas de ahorro, en este caso debería ocurrir otra rectificación, reorganizando las competencias sanitarias, para que España no sea todavía un país más pequeño dentro de una pandemia mundial. No obstante, habrá que abandonar toda esperanza.

Ni el actual PSOE, con su variante sanchista enamorada del independentismo regional, ni el PP fragmentado en 17 trozos, ni Ciudadanos, que ha olvidado sus orígenes en cuanto ha tocado poder regional, ni tampoco Vox, que desde que tienen escaños autonómicos rugen con la boca pequeña, van a ser capaces de admitir la realidad y lo que se viene encima con la crisis económica y social. Mientras tanto, los independentistas catalanes, vascos y gallegos, por un lado, y el vicepresidente Iglesias, por el otro, aprovechan el caos autonómico y el Estado vaciado para desmontar lo que queda, especialmente los primeros cuatro artículos de la Constitución. Si se agrietan los cimientos, ya se sabe lo que pasa después.

De aquella violencia izquierdista, estos lodos
Editorial https://gaceta.es  8 Enero 2021

El pasado 22 de noviembre, grupos izquierdistas asaltaron e incendiaron el Congreso de Guatemala de mayoría derechista. No hubo entonces reacciones escandalizadas de los gobiernos progresistas del mundo. No hubo trinos indignados reclamando respeto a la democracia ni se acusó a los asaltantes de golpistas. Los medios subvencionados pasaron de puntillas por el asunto y las voces pagadas por la nueva y destructiva internacional socialista reunida en torno al Grupo de Puebla exigió a un Gobierno electo por amplia mayoría como el guatemalteco que escuchara la voz del pueblo.

Ayer, 6 de enero, una turba de indignados trumpistas —entre los que ya se han detectado infiltrados antifa— asaltó de manera increíble el Capitolio en Washington. Las reacciones que le sucedieron a unos hechos objetivamente irresponsables, inútiles y dramáticos para aclarar el más que evidente desastre para la confianza de los electores —de los que van a ser gobernados— por lo que ocurrió en aquella noche electoral del 3 de noviembre, son otra constatación de que a la izquierda no le importa el qué, sino el quién.

El qué es la violencia. Una violencia que cuando es la izquierda la que la jalea, promueve y ampara desde el poder, «es la manifestación de la voluntad de un pueblo en defensa de sus derechos». El 99 por ciento de los actos violentos políticos ocurridos durante el año pasado en toda la Iberosfera (Perú, Chile, Bolivia, Guatemala, Estados Unidos…) son responsabilidad de esa izquierda amoral que cuenta con la complicidad de los medios de comunicación subvencionados que disculpan a los violentos como actores necesarios que buscan corregir —incluso disculpando la posibilidad de que haya una sobrecorrección— inventados y disparatados sistemas de opresión como el racismo o el heteropatriarcado.

Ayer, Estados Unidos estaba ante su última oportunidad de aclarar por la vía legal la multitud de sospechas de fraude electoral que se acumula sin que la Corte Suprema haya tenido el coraje de ordenar una investigación federal. Durante los próximos cuatro años, el presidente Joe Biden gobernará a media nación (70 por ciento de votantes republicanos y 30 por ciento de demócratas según las encuestas) que considera que la elección ha sido fraudulenta. El descrédito de las instituciones y, sobre todo, la percepción de que se ha roto la cadena de custodia de la voluntad de los electores, son cargas terribles para la primera democracia del mundo, la que un día fue la tierra de los hombres libres y que hoy vive ya encadenada a políticas identitarias izquierdistas y la violencia que generan. De esa violencia, los lodos de ayer. Y los que vendrán.

Lamentable espectáculo en los EE.UU.
Julio Ariza https://rebelionenlagranja.com 8 Enero 2021

Una vez hemos confirmado esta noche que el ser humano hace las mismas tonterías en todas partes del mundo es preciso realizar un breve resumen de urgencia de lo visto oído y vivido en Washington DC el día 6 de enero de 2021.

Durante dos meses hemos intentado explicar en rebelionenlagrnaja, en Torotv y a través de telegram todo lo que se ha podido conocer sobre un gran fraude electoral en una serie de estados clave durante las últimas elecciones norteamericanas. Papeletas desaparecidas, aparición de voto masivo de última hora en favor de Biden, voto por correo irregular, sistema informático de dudosa neutralidad, cuestionable papel de los administradores e interventores electorales, etc, Un escándalo democrático que parecía inconcebible que se pudiera producir en la primera democracia del mundo.

Decenas de personajes relevantes de la vida política y periodística norteamericana han denunciado ese fraude y han respaldado al presidente Donald Trump en esa denuncia, comenzando por su propio vicepresidente Michael Pence.

Durante ese mismo periodo los grandes medios americanos han silenciado las denuncias de los seguidores y cercanos a Donald Trump. No digamos el papel de los medios europeos, plegados a una sola y uniforme versión de los hechos, la de los partidarios de Biden y del establishment globalista.

Sin embargo, según las encuestas ,una gran parte de la población americana, por encima del 70 % ,está convencida de que en las elecciones hubo un fraude clarísimo. Trump sigue teniendo 86 millones de seguidores en twitter.

La imposibilidad de que un juez, un periodista, o un legislador, diera una explicación razonable y suficiente sobre esas denuncias de fraude ha sacudido a una parte importante de los votantes republicanos y los ha encolerizado. Puede decirse sin miedo a error que los 76 millones de norteamericanos que han votado a Trump tienen conciencia de que les han arrebatado las elecciones.

Con la convocatoria de esta gran marcha sobre Washington el día 6 de enero Trump ha mantenido la tensión y la confianza en algún tipo de salida airosa a todos sus seguidores.

Pero el día ha llegado y la montaña ha parido un ratón. Un desastre.

Trump ha sido incapaz de hacer un discurso con un contenido suficientemente importante y novedoso como para mantener viva esa llama y dar un argumento definitivo al conjunto de la población norteamericana.

Los sicarios habituales de la pluma se han apresurado a dar amplia cobertura al asalto de juguete del Capitolio sobre el que cabe tener enormes dudas acerca de su real autoría. Cuando el caos se apodera de la política el resultado puede ser grotesco.

Calificar de golpe de estado lo que hemos visto en las imágenes del día de ayer solo puede describirse como una tremenda idiotez. Creo que el general al mando de la guardia nacional todavía se está tirando por el suelo de la risa.

Lo que de verdad se ventilaba en estas elecciones, que era la atribución de un auténtico poder a un pueblo bien formado e informado, un modelo de hombre y de sociedad anclado en el derecho natural y el respeto a la tradición y a la historia, ha quedado malbaratado y opacado por la ineptitud de unos personajes que están causando un verdadero deterioro a la causa de la libertad.

Si tengo que elegir una sola palabra, la palabra es LAMENTABLE.

Ayer asediaban el Congreso, hoy son los grandes defensores del Capitolio
EDITORIAL Libertad Digital 8 Enero 2021

Sería hasta gracioso si no resultase tan grotesco y, sobre todo, si esos liberticidas no estuviesen en el poder.

Es lógico que las escenas que se vivieron este miércoles en el Capitolio de Washington provoquen una conmoción notable en Estados Unidos, que ha sentido la vulnerabilidad de su propio sistema al ver indefenso uno de sus centros de poder y uno de los grandes símbolos de la democracia, en una jornada que no se puede calificar sino de aciaga.

Lo cierto, no obstante, es que el asalto al Capitolio solo es un paso más en una larguísima serie de situaciones en las que las fuerzas de seguridad no han sabido o no han querido imponer el orden, algo que no solamente ocurre en EEUU –aunque allí lo hemos visto con especial intensidad el pasado año gracias a los disturbios del Black Lives Matter–, sino que también pasa en Europa y, singularmente, en España. Lo cierto es que a un lado y otro del Atlántico ha cundido, y con razón, la sensación de que ser parte de una masa iracunda garantiza la impunidad, se haga lo que se haga. Y eso es, sobre todo, lo que acaba llevándonos a episodios como el de este miércoles.

Tampoco conviene eludir la responsabilidad de Trump en lo ocurrido: la manifestación que convocó era una enorme irresponsabilidad, tal y como se ha podido comprobar, como irresponsable ha sido el comportamiento del presidente en las últimas semanas, alentado a sus seguidores con promesas que ha sido incapaz de cumplir y generando, a la postre, mayor frustración y mayor enfrentamiento.

Sin embargo, llama poderosamente la atención la ola de fervor proamericano y exquisito respeto institucional que se ha levantado en España, especialmente entre aquellos que durante toda su vida han lucido un antiamericanismo a prueba de hechos y por los que han promovido en España acciones muy similares al asalto al Capitolio.

Porque España es, por poner sólo unos ejemplos, el país en el que se ha rodeado el Congreso, se ha asaltado el Parlamento de Cataluña y se han organizado manifestaciones para tratar de impedir el nombramiento de un presidente democráticamente elegido en Andalucía. España es también el país en el que unos golpistas han tratado de subvertir la legalidad desde el poder planteando una ruptura del sistema constitucional vigente y de la propia unidad nacional. Y, muy especialmente, España es el país en el que los mismos que planearon el golpe y trataron de ejecutarlo ahora son socios del Gobierno y, sin renunciar a una sola de sus pretensiones ilegales, deciden la dirección de la política nacional con el apoyo y la complacencia de los dos partidos que forman el Ejecutivo.

En resumen, los que han dado el golpe de Estado en Cataluña critican la algarada en Washington como si hubieran entrado los Marines en el Capitolio en lugar de una banda de impresentables; mientras los que animaban a rodear el Congreso quieren ahora destacarse en la defensa de la sede de la soberanía popular en Estados Unidos. Sería hasta gracioso si no resultase tan grotesco y, sobre todo, si esos liberticidas que presumen de demócratas cuando no comandan ellos el asalto a las instituciones no estuviesen tan cómodamente instalados en el poder.

Trump devorando el trumpismo

Jorge Soley Libertad Digital 8 Enero 2021

Quienes seguimos con atención la vida política estadounidense no nos vamos a aburrir, y esta constatación no es precisamente una buena noticia.

Hoy teníamos que estar hablando de otras cosas, de las decisivas elecciones en Georgia, por ejemplo, pero nuestra mirada, estupefacta, difícilmente puede alejarse de esas imágenes del asalto al Capitolio en Washington DC. Imágenes de manifestaciones masivas primero, de caos absoluto después, con frikis de todo pelaje campando a sus anchas por el emblemático edificio y haciéndose selfis mientras ponían sus pies sobre las mesas de los congresistas, una escena a medio camino entre el saqueo de Roma por los godos y una de esas películas estudiantiles que siguen el camino iniciado por Desmadre a la americana a la que se le han añadido unas gotitas directamente sacadas de Jackass. Porque la foto de los frikis con cuernos no puede ocultar los cuatro fallecidos durante el asalto al Capitolio, más propio de una república bananera que de lo que se supone es una república consolidada e institucionalmente modélica. Una situación bochornosa que probablemente sea el punto final de una deriva que se iniciaba el pasado mes de noviembre.

Entonces se vivieron unas elecciones singulares, donde el voto masivo por correo debido a la pandemia y la extrema polarización que durante todo el año había provocado estallidos de violencia auguraban una situación inédita. No había que ser un lince para prever numerosos casos de fraude electoral (días antes de las elecciones lo advertíamos aquí), y las anomalías e irregularidades de las que se han ido teniendo noticia confirmaron la impresión de que no estábamos ante los más limpios de los comicios. Pero una cosa es tener esa impresión y otra muy distinta ser capaz de probarlo. Se trataba, además, no de probar alguna irregularidad puntual, sino un fraude masivo que deslegitimaba el sistema y tendría que llevar a la cárcel a la plana mayor del Partido Demócrata. El famoso Kraken, las pruebas irrefutables que se nos prometían y que no se han podido aportar.

Hablaba antes de deriva. Porque intentar reunir pruebas de fraude y luchar por la limpieza de las elecciones no es que sea legítimo, sino que es muy saludable. Pero cuando no consigues reunir esas evidencias, cuando el Supremo rechaza tu caso, cuando todas las puertas se cierran, continuar azuzando a un tigre cada vez más desbocado es una grave irresponsabilidad. También lo señalábamos cuando aún las espadas estaban en alto: “No estamos hablando de un juicio por robar unas galletas en el súper o saltarse un semáforo: la estabilidad de todo un país está en juego”, y advertíamos de “una guerra institucional de consecuencias imprevisibles para salvar a Trump”. Lo que no imaginábamos es que llegaríamos a la locura del espectáculo al que hemos asistido en el asalto el Capitolio. Y aunque es cierto que la izquierda ha jaleado sin pudor acciones violentas cuando se producían bajo el amparo de Black Lives Matter o de los grupos Antifa, hay que reconocer que el componente simbólico de la toma del Capitolio es muy superior al de las algaradas callejeras.

¿En qué momento Trump decide seguir adelante a sabiendas de que no tiene ninguna probabilidad de éxito fuera del golpe de Estado? No lo sabemos, aunque sospechamos que el Rubicón se cruzó hace ya bastantes semanas. Los resultados del 3 de noviembre, a pesar de todo, trajeron elementos positivos para los republicanos: la ola azul demócrata se desvaneció, los resultados en el Congreso fueron buenos, Trump consiguió avances entre las minorías étnicas que apoyan mayoritariamente a los demócratas. Se podía vislumbrar una amplia plataforma para un trumpismo sin Trump, integrando las grandes intuiciones de Trump pero evitando el histrionismo del personaje, capaz de galvanizar a una amplia base, es cierto, pero también fuente de viscerales rechazos. Pero quizás eso, un trumpismo sin Trump era precisamente lo que Trump quería evitar, convencido de que con su estrategia iba a ser capaz de dar forma a un movimiento de protesta que, si no le iba a poder mantener en la Casa Blanca, bien podría llevarle de regreso a ella en cuatro años. Una apuesta arriesgada, como estamos viendo, y que parece inverosímil, pero que es probable que Trump, con una elevada visión de sí mismo, no descarte. De hecho, la deriva que han ido tomando los acontecimientos dañará irremisiblemente el legado de Trump: sus éxitos en política exterior, la creación de empleo durante su mandato, la reindustrialización del país, sus designaciones para el Tribunal Supremo, todo ello queda en un segundo plano ante la imagen de un líder cuyos seguidores más fanatizados aparecen ante la opinión pública como un hatajo peligroso de frikis enloquecidos capaces de vejar los símbolos más sagrados de la patria que dicen defender.

Y mientras tanto no hablamos de lo ocurrido en Georgia, donde se decidía en unas cruciales elecciones quién iba a controlar el Senado. Los republicanos partían con mejores cartas, pero Trump, sencillamente, decidió no competir y focalizar todos sus esfuerzos en sus intentos de darle la vuelta a los resultados de las presidenciales de noviembre. Las apariciones de Trump en Georgia no fueron para apoyar a los candidatos republicanos y explicar lo que ellos iban a hacer por Georgia o por los Estados Unidos, sino que fueron usadas como plataforma para reclamar su victoria en las presidenciales y, de paso, amenazar e insultar a quienes, en el Partido Republicano, no veían con buenos ojos su estrategia, entre ellos el gobernador de Georgia, Brian Kemp. Ahora los demócratas se encuentran en una infrecuente tesitura, con la presidencia, el Congreso y el Senado en sus manos. Van a poder hacer lo que quieran (y no tendrán la posibilidad de culpar a los republicanos en caso de fracaso) y el único check que se puede interponer en su camino es el Tribunal Supremo… que prometieron ampliar para llenarlo de jueces favorables a las tesis demócratas. Un movimiento que muchos verían como la quiebra definitiva del statu quo institucional y cuyas consecuencias son imprevisibles. Biden va a tener en sus manos un inmenso poder, y por la misma razón, una inmensa responsabilidad.

Los hechos vividos ayer no son una anécdota, como tampoco lo son los violentos disturbios que asolaron los Estados Unidos a lo largo del año pasado y a los que los demócratas restaron importancia. Charles Murray, Robert Putnam, Christopher Caldwell o J. D. Vance, entre otros, llevan tiempo advirtiendo de lo rota, dividida y enfrentada que está la sociedad norteamericana, tanto que cada vez resulta más problemático concebirla como una única comunidad política. Esta violencia no nace de la nada y tampoco se desvanecerá por arte de magia, sino que persistirá. Algunos incluso hablan ya de una guerra civil en el horizonte, y aunque no se puede descartar nada, aciertan en lo que va a ser el futuro inmediato en las filas republicanas, abocadas a un conflicto interno que puede acabar con la creación de un tercer partido. Quienes seguimos con atención la vida política estadounidense no nos vamos a aburrir, y esta constatación no es precisamente una buena noticia.

¿De qué nos sorprendemos?
Javier Villamor https://rebelionenlagranja.com 8 Enero 2021

Veo y escucho a muchas personas de distinta índole clamar al cielo desesperadas por lo ocurrido el 6 de enero en Washington con el asalto al Capitolio. Unas dicen que es el fin del movimiento provida, otras que no se puede hacer nada. Igual peco de optimista: en el caos siempre hay una oportunidad.

Han pasado cuatro años desde que Donald Trump tomase el poder en Estados Unidos y la esperanza invadió los corazones de millones de personas en todo el mundo que se rigen por los pilares (más o menos) de Dios, Patria y Familia. No voy a negar que yo también me vi arrastrado por ese ímpetu frente a unos años de apabullante dominancia de una izquierda cada vez más globalista, más violenta y más dictatorial. Las cosas como son.

Desde hace mucho tiempo veo y siento que todo en este mundo está atado y bien atado. Que en política nada hay casual y todos los acontecimientos pasan uno detrás de otro como en cualquier guión de película. Puede haber algún sobresalto para el espectador, pero todo sigue su rumbo como el agua sigue el cauce del río. Es la sensación de estar en una barca de la cual no se tiene el control y al que tampoco te dejan acceder.

Este impás trumpista me había hecho olvidar esa visión del mundo y había vuelto a confiar (no sé si esa es la palabra) en un sistema cuya etiqueta de “democrático” parece más digna del frontispicio podrido de un edificio abandonado más que de una palabra viva.

Desde las últimas elecciones en nuestro país con Pedro Sánchez y compañía, y el fraude más que evidente en las de Estados Unidos (“plandemia” de por medio), me ha venido a la mente la imagen recurrente de mi abuelo paterno. Dedicaba horas y horas al día a jugar al ajedrez. Yo, niño ignorante, no entendía cómo alguien era capaz de pensar en tantas variantes de cada jugada con tal de vencer a una máquina.

Eso era antes, y ahora entiendo el porqué de esa imagen en mi cabeza. Como periodista, siempre me ha gustado pensar en la “cara B” de las cosas: ¿cuál es la motivación de esta o aquella persona?, ¿quién se beneficia?, ¿esta pieza en qué parte del puzle encaja?, etc. Sin saberlo, he estado jugando constantemente a una partida de ajedrez informativa en mi cabeza soñando despierto distintas situaciones con sus agentes involucrados, diversos análisis conceptuales de las cosas.

Hoy en día, este ejercicio mental y sus conclusiones algunos lo llaman “teorías conspirativas”; otros, “thinking out of the box” (pensar fuera de la caja). Sencillamente creo que es una forma de pensamiento independiente de toda propaganda política o mediática. Esto te da la tan ansiada independencia como ciudadano. Paz mental, en definitiva. Me importa un bledo lo que piense la gente de los razonamientos que tenemos muchos de nosotros, ni qué decir de la opinión que tengan de nosotros como personas. Por eso me he hecho esta pregunta estos días con lo acontecido con Donald Trump y Estados Unidos: ¿de qué nos sorprendemos?

Sabemos que una camarilla de hienas internacionales, muchas de ellas apátridas, han diseñado nuestra Matrix desde hace décadas, por no decir siglos. Sabemos que como ciudadanos comunes no tenemos el poder de cambiar las cosas (lo del chiste de que cambiamos el mundo con nuestro voto mejor lo dejamos para otro momento), sabemos que las grandes revoluciones de los últimos tres siglos han sido promovidas desde altas esferas en su mayoría (guerras civiles en el Imperio español, revoluciones comunistas, revoluciones sexuales…), sabemos que las crisis son provocadas para mayores concentraciones de poder… Entonces, ¿de qué nos sorprendemos?

El Foro Económico Mundial publicó recientemente sus “previsiones” para el año 2030 entre las que se incluían la pérdida de hegemonía de Estados Unidos en favor del polo asiático (China, para que nos entendamos) y el fin de la predominancia de los valores occidentales (podemos entender esto como la libertad intrínseca del ser humano, los derechos de todos los ciudadanos, la libertad de expresión…), Esto que para algunos puede ser una locura, no lo es tanto si vemos cómo se está actuando desde determinados entes supranacionales. En los últimos años hemos visto una gran erosión de nuestras libertades más básicas como las de expresión y pensamiento -todo bajo el sacrosanto concepto de “delito de odio”-, censura o ridiculización de ciertas posturas en medios, censura en redes sociales y en los centros de enseñanza y un largo, larguísimo etcétera.

El mundo está dando pasos hacia una dictadura global dominada por una serie de empresarios con más empatía por sus cuentas bancarias que por el bien común de toda la humanidad.

¿De qué nos sorprendemos con la, por ahora, caída de Trump? ¿Nos servirá esta zancadilla momentánea para entender que no podemos esperar nada de los sistemas políticos actuales, muchos de ellos regados de dinero público para comprar la voluntad de propios y extraños?

Hace tiempo que se perdió el honor y el decoro en la vida pública. Vivimos en el reino de la mentira, la manipulación constante y la propaganda. Cada vez que damos un paso hacia adelante en la comprensión del mundo, los que lo dirigen ya han dado 1.000 en todas direcciones.

Si seguimos apegados a entender la realidad con nuestros sentidos, especialmente la vista, nunca llegaremos siquiera a atisbar ni de lejos toda la complejidad que implica un mundo como el actual: operaciones psicológicas (psyops en inglés) para programar el pensamiento mediante trauma, agencias de inteligencia y contrainteligencia, medios de propaganda y desinformación que te presentan el mundo como blanco o negro, sistemas educativos diseñados para adoctrinar y no para enseñar a pensar, guerras híbridas económicas, tecnológicas… La lista es demasiado larga.

Perdonen ustedes que me lie a explicar todo esto, pero creo necesario dejarlo muy claro para que entendamos de una vez por todas que lo que vemos es solo la punta del iceberg de otros acontecimientos que sacuden nuestra realidad como si del choque de placas tectónicas se trataran.

No hay nada fortuito en política, por lo tanto, ¿de qué nos sorprendemos? Dejemos de pensar como ellos quieren que pensemos y atrevámonos a ver la realidad desde el otro lado del espejo. Nos llevaremos menos decepciones y sorpresas, podremos anticiparnos a ciertas jugadas y, sobre todo, podremos pensar con muchísima más claridad.

Esta es la ventana de oportunidad. No podemos dejar toda una causa en manos de una persona ni de un solo frente. Mientras millones nos hemos centrado en Estados Unidos, cientos de operaciones se han hecho a nuestras espaldas avanzando agendas abortistas como ha ocurrido en Argentina y se va a intentar en toda Iberoamérica.

Las élites crean constantemente cortinas de humo. Cuando nos dicen que miremos para un lado, debemos mirar para el otro. Así, espero, dejaremos de sorprendernos.


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Un año de Pedro Sánchez, de largo el peor presidente de la historia de España
ESdiario 8 Enero 2021

Este Gobierno ha agravado todos los problemas sobrevenidos en un tiempo terrible y ha generado otros, muy graves, que no existían y ha inducido de manera irresponsable.

Se cumple un año de la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno y ni en la peor de las pesadillas el balance hubiera sido peor. Nada funciona en España y, a los problemas inevitables como la pandemia, se le han añadido otros irresponsablemente inducidos por el peor Ejecutivo de la democracia.

Incluso en la crisis sanitaria, motivada por un virus ajeno a la responsabilidad de cualquier dirigente, su rendimiento ha oscilado entre la negligencia, el error y el ocultismo.

Primero desechó las incontables alertas internacionales; después escondió su retraso con un estado de alarma tan prolongado como ineficaz y, finalmente, se quitó de en medio, dio por vencido al virus y ha alimentado la tercera ola con su indiferencia absoluta. La misma que le lleva, aún hoy, a esconder hasta la cifra real de fallecidos.

Grave crisis institucional
De todo ello se ha derivado una crisis económica sin precedentes, que va a hipotecar el país tal vez por décadas y se demuestra con la cadena de estragos en todos los epígrafes: el paro, la deuda y el déficit están desbocados, a niveles solo superados en el mundo por Argentina; el cierre de empresas se cuenta ya por decenas de miles y los remedios anunciados son inútiles o contraproducentes. Porque más gasto público con dinero europeo y más impuestos solo agravarán el drama.

Sánchez ha agravado todos los problemas sobrevenidos y ha creado otros nuevos en la peor gestión desde 1978

A todo eso, se le añade una crisis institucional sin precedentes, sustentada en una agenda ideológica frentista que divide como nunca a la sociedad española, resucita fantasmas absurdos del pasado y excava trincheras donde deberían construirse puentes.

En lugar de entenderse con el PP; Sánchez ha optado por hacerlo con Podemos, Bildu o ERC; convirtiendo en propia una hoja de ruta marcada por la fractura, el populismo y el desafío a la Constitución.

La degradación democrática que supone atacar a la separación de poderes; poner en discusión el papel de la Corona o avalar las aspiraciones rupturistas del separatismo completan un cuadro desolador y retratan la catadura política de un presidente que en el pasado hipotecó los valores clásicos de su propio partido y, en el presente, alquila los cimientos del país: entonces fue para llegar y ahora es para perpetuarse. Y siempre, al precio que sea.

Maldigo el asalto al Capitolio
Hermann Tertsch https://gaceta.es 8 Enero 2021

Es curiosa España. Sabemos que estamos sometidos a una implacable doble vara de medir. Sabemos que llega al extremo de que por el mismo hecho unos son castigados y vilipendiados y otros son premiados y elogiados. Pero una mayoría, al menos de la opinión publicada, tiene ya tan interiorizada esta perversión, que ni siquiera se percibe la escandalosa injusticia y la maldad implícitas.

Hoy tiene mucha actualidad porque los que más se mesan los cabellos por el asalto al Capitolio en Washington son los que han llamado incontables veces a rodear y asaltar el Congreso de los Diputados. Y han aplaudido tomas de parlamentos en el resto del mundo. Nadie olvida que para los comunistas es un acto fundacional la toma del despreciable poder burgués.

Pero hipócritas y cínicos no son solo los comunistas de Podemos y sus colegas etarras y golpistas. También los ultracentristas —hoy les gusta ya que los llamen socialdemócratas— se escandalizan con un acto de violencia por parte de partidarios de Trump tras un año de salvaje violencia izquierdista por todo EEUU que no le molestaba demasiado, no fuera a decir alguien que defendían a Trump. Así, bandas ultras del izquierdismo y racismo de Black Lives Matter han incendiado, saqueado, acosado, aterrorizado ciudades y barrios y asesinado a inocentes que se resistían. Todo en aras del progresismo. Era mejor callar, porque al fin y al cabo, a quién le gusta que le llamen facha o trumpista, que es como franquista pero viajado.

Sabemos que tenemos un partido en el gobierno, Podemos, cuyo origen conocido está en la decisión de Hugo Chávez de utilizar a unos comunistas españoles para montar una cabeza de puente en Europa que tanto prometía para lograr su ansiada mayor influencia política en el continente europeo. Y para extender su amplia trama del crimen transnacional puesta en marcha con el régimen de Irán, dirigida por entonces por su amigo Ahmadineyad.

Sabemos también que el otro partido del gobierno español, el PSOE, ha tenido inconfesables relaciones con el régimen venezolano, ahora acusado por la ONU de crímenes de lesa humanidad. Que van desde las comisiones por armamento y equipo hasta el colosal saqueo de Pdvsa, la petrolera venezolana, literalmente esquilmada por la mafia comunista chavista y sus amigos, muchos socialistas españoles.

Pero resulta que no son ellos los que tienen que explicar sus vínculos trasatlánticos con criminales y asesinos como esa Delcy Rodriguez, que tiene prohibida la entrada en la UE, y trae decenas de maletas de contenido desconocido que desaparecen en Madrid tras pasar la frontera sin control gracias a la intervención directa y nocturna del ministro Ábalos. No sabemos cuántas veces ha traído a Madrid maletas esta Delcy, conocida traficante de cocaína, oro y divisa. Ni si los socialistas son destinatarios de parte o todas esas maletas. Ni tampoco sabemos si vienen maletas regularmente para esos otros íntimos amigos del mayor régimen narcotraficante del mundo, Podemos.

Resulta que saltan desde los etarras y comunistas, valga la redundancia, hasta los ultracentristas blanditos del PP a aullar en conmovedora armonía a pretender que sea Vox quien debe explicarse sobre el asalto al Capitolio que se atribuye a Donald Trump. Yo no creo que tenga que hacerlo. Porque Vox tiene tanto que ver con el asalto al Capitolio como Sánchez con el asesinato de 1.500 jóvenes iraníes a manos de los policías torturadores amigos de su gobierno.

Pero ante tanto ruido y visto que ya se percibe la consigna del globalismo socialdemócrata —al que obedecen desde los terroristas a los casadistas y gamarreños— de utilizar el lamentable suceso del Capitolio para lanzar un masivo pogromo contra las fuerzas nacionales y conservadoras en EEUU y en Europa, voy a dejar una serie de cosas claras desde un punto de vista personal, aprovechando el margen que me otorga mi condición de independiente en las listas de Vox. Como desde la plena coincidencia con todo lo expresado por Vox al respecto.

A los tsunamis de mentiras a los que estamos acostumbrados no respondo. Pero sí quiero explicar por qué en ningún momento justifico el asalto al Capitolio. Por mucha y justificada que sea la ira de quienes se sienten estafados. Que ven cómo es política progresista oficial la vejación, el desprecio y la destrucción de su mundo. Y que han sido menospreciados e insultados por los medios desde 2016. Y el presidente legítimo al que votaron ha sido agredido durante toda su mandato como nadie nunca en la historia de su país. La violencia es injustificable y condenable en sí. Pero este asalto conlleva además un trágico crimen añadido, porque significa una inmensa catástrofe política para aquellos que, en mi opinión, tienen la razón y la verdad de su parte. Este asalto solo beneficia a los enemigos de Trump y de las fuerzas conservadoras y nacionales. Y a los enemigos de la civilización y de la libertad.

Puede que sean ciertos o no los indicios de la existencia de agentes provocadores, ciertas son en todo caso las inauditas facilidades de una protección policial absurda por inexistente ante una jornada de esas características. Claro está que los seguidores de Trump cayeron en la trampa fuera propia o ajena y le entregaron la carta final decisiva de esta partida al enemigo.

Hoy están felices quienes quieren olvidar todo lo sucedido para que estas elecciones fueran las más sucias desde la guerra civil tras meses de violencia sistemática de las fuerzas izquierdistas agitadas si no por Biden sí por Kamala y todos los medios a su disposición que son prácticamente todos. Meses de incendio, acosos y asesinatos y terror en ciudades ocupadas, en los que el entorno de la candidatura de Biden pagaba las fianzas de los criminales violentos detenidos, asesoraba en las acciones y movilizaba para ese voto por correo que al final resultó incontrolable.

Todo ello tras cuatro años de invención de casos contra Trump para tenerlo acosado por los medios de comunicación. Entre ellos la trama rusa, que hoy se sabe fue una fabricación encargada por el entorno de Obama y Biden a la progresía de los cuadros dirigentes del FBI y CIA. Las elites en la administración norteamericana son ya en su inmensa mayoría esos productos marxistas salidos de las universidades que ya son el ideal de Gramsci gracias a la apabullante herencia de la Escuela de Frankfurt. Compañeros de facultades de los periodistas de unos medios convertidos en maquinaria de combate contra Trump con censura total a todo lo que pudiera favorecer al presidente como la corrupción probada de Biden y su familia.

Mientras se fabricaban casos para atacar a Trump, se ocultaban con coordinación cuasi soviética en la alianza de medios todas las informaciones que hubieran ofrecido a los norteamericanos un cuadro más real y completo del corrupto, calculador, falsario y libidinoso personaje que es Joe Biden.

Cierto es que es especialmente grave el asalto a la sede del Capitolio como parlamento que es. Por eso hay que recordar que una turba violenta ocupó por la fuerza el Senado cuando juraba su cargo el juez del Supremo nombrado por Trump, Brett Kavanaugh. Los medios informaron de aquel asalto como una gesta y fiesta feminista en favor del progresismo y en contra de un juez reaccionario. Cuando son los progresistas los que planean y llevan a cabo un asalto al Senado nadie reprocha nada a todo el coro del Partido Demócrata y los medios que difaman y vejan al juez de forma inconcebible. Cuando en el tumulto y caos de una gran manifestación y extrema tensión se produce un asalto desde luego no preparado por los manifestantes, el culpable es Donald Trump que había pedido manifestación pacífica hasta el Capitolio.

Trump ha errado mucho en su defensa. No ha sabido cultivar aliados. Su personalidad reúne todos los rasgos de genialidad que se le vuelven en contra. Lo cierto es que jamás nadie en la historia se enfrentó a tamaña alianza de intereses. Nadie jamás ha estado expuesto a ataques más brutales y violentos de las fuerzas más poderosas del planeta, empezando por las propias de su país que le habían jurado lealtad. Al final, la colosal alianza ha ganado y ha cumplido su objetivo: impedir a toda costa que, decidiera, quisiera o votara el norteamericano lo que decidiera, quisiera o votara. El resultado jamás podía ser un nuevo mandato de cuatro años para Donald Trump.

Una alianza internacional que va desde Bill Gates a Merkel, desde Xi Jiping a Soros, desde la Disney a Bertelsmann, desde Putin a Twitter o la Comisión Europea, desde Facebook a Rohaní, desde Amazon a Maduro, al Papa chavista o a toda la industria del cuento/negocio climático, ha utilizado todos los medios a su disposición, que son literalmente todos, para liquidarle porque era el obstáculo más peligroso para sus planes generales de homogeneización global de gobierno, trabajo, información, control, producción y conductas. Cae así el presidente más auténtico que ha tenido EEUU desde luego desde Ronald Reagan. El que más beneficios efectivos y reales ha logrado para su gente. Sí, señores, cae con Trump el principal bastión que tenía el mundo libre para seguir siéndolo.

Por eso no solo condeno el asalto al Capitolio, señores. Por eso lo deploro. Y lo maldigo. Porque lo planeara quien lo planeara. Lo iniciaran provocadores o provocados, ha sido el paso decisivo para el triunfo de la gran alianza contra la libertad frente a un hombre valiente, libre y visionario. Será difícil que los defensores de la civilización occidental y de la sagrada libertad, identidad e individualidad del ser humano encuentren un sustituto pronto para esta inmensa pérdida.

Pero como dice John Voight, otro gran admirador de Trump, en esta guerra entre la verdad y la mentira, la ventaja de defender la verdad está en que, aunque se pierda y se sufra horas, días, años o décadas, la verdad nunca te traiciona, aunque no vivas para verla triunfar. Las alianzas de mezquinas conveniencias basadas en la estafa y la mentira y dirigidas por pequeños miserables hombres de poder, por poderosas que lleguen a ser, tienen fecha de caducidad.

Adoctrinadores hasta el final
Sergio Fidalgo okdiario 8 Enero 2021

Cuando la portavoz de la Generalitat golpista, Meritxell Budó, regaló una urna de la consulta ilegal del 1-O para la campaña benéfica «Ningún niño sin juguete» no hizo más que mostrar, a las bravas, el ánimo adoctrinador del secesionismo catalán. Budó consideró que un objeto que representa un golpe de Estado contra la democracia era digno de un acto solidario infantil, lo que indica el alto nivel de enfermedad moral del independentismo, que está tan fanatizado que ya no distingue entre lo conveniente y lo ridículo.

El vídeo que acompañaba la entrega de la «ofrenda» de Budó, que tenía el «valor añadido» de estar firmada por ella, es, al mismo tiempo, ridículo y estremecedor. Ridículo porque su discurso es patético, estremecedor porque la actual portavoz de la Generalitat está tan fuera de la realidad que da miedo pensar en manos de quiénes está el porvenir de más de siete millones de catalanes. Por cierto, la urna significó un nuevo ridículo del separatismo, ya que el precio final de la subasta fue de 110 euros. Ningún ‘patriota’ quiso pagar por ese símbolo de la ‘libertad’ más de lo que vale una mariscada para dos en Casa Lolita o Mesón Pepe. Este es el nivel del secesionismo en Cataluña cuando le toca rascarse el bolsillo y no tira del dinero de todos los españoles.

Gestos como el anteriormente citado forman parte de la lógica adoctrinadora del separatismo. Se entregan urnas del 1-O para campañas infantiles, en las cabalgatas de los Reyes Magos hay farolillos con lazos amarillos y pancartas de «libertad presos políticos», en las funciones infantiles navideñas en muchas escuelas hay símbolos separatistas en el escenario, en centenares de colegios hay esteladas y pancartas de entidades independentistas con el lema “la escuela sólo en catalán”, no faltan las actividades infantiles organizadas por entidades ‘cívicas’ con los ‘presos’ independentistas como lema…

El separatismo basa su fuerza actual en su capacidad de adoctrinamiento, en su total dominio y control de la escuela pública y buena parte de la privada; en el control de las universidades públicas; en su hegemonía en los sindicatos y entidades relacionadas con la educación. Todo ello ha facilitado que su cosmovisión sea la que se haya impuesto en buena parte de la sociedad catalana. Dominan el mundo educativo, lo que significa que dominan el futuro de los catalanes. Los forman y deforman a su gusto, sólo con la oposición de un puñado de docentes valientes que son perseguidos y hostigados por la Generalitat y sus aliados secesionistas mientras muchos permanecen callados por puro miedo a ser los siguientes en ser perseguidos.

Recordemos como una ex estrella infantil como Ramon Peris-March se preguntó en redes sociales si la Unidad Militar de Emergencias que vino a desinfectar el aeropuerto de El Prat en el momento más álgido de la pandemia hizo eso realmente, o echó “un contaminante”. Este independentista radical fue durante años el intérprete más popular del Club Super3, el club infantil de TV3, y en sus manos estuvo el entretenimiento de centenares de miles de niños. Este canal infantil fue la herramienta que creó el pujolismo para «catalanizar», o mejor dicho “separatizar», a fuego lento a miles y miles de niños vendiendo las bondades de una Cataluña ajena a España, en la que los referentes del resto del país son ignorados.

El Club Super3 más que inocular odio a España ha vertido indiferencia, por lo que muchos jóvenes sólo se sienten catalanes, y así ha sido más fácil venderles milongas como la de «espíritu del 1 de octubre» o «la República catalana de las libertades frente a la España dictatorial que no superó el franquismo”. Esos mantras que repiten buena parte de las nuevas capas de votantes que se suman a los partidos independentistas los han mamado en TV3, en los programas de radiofórmula juveniles dominados por empresarios secesionistas (con frecuencias y ayudas a cargo de la Generalitat), en buena parte de los movimientos de escoltas y en las aulas.

Hay mucho trabajo por delante, pero lo primero es que el resto de España, sobre todo los partidos que pueden alternarse en el Gobierno de la nación, tengan claro que el separatismo adoctrina a los niños, y que esta práctica ha de ser combatida, democráticamente, sin descanso. De lo contrario nuestro país acabará destruido.

El PNV pone precio a su poyo a Sánchez: 5.702 millones
OKDIARIO 8 Enero 2021

Si alguien llevado de una supina candidez creía que el PNV no le iba a pasar a Pedro Sánchez una multimillonaria factura por su apoyo ya puede caerse del guindo: el lehendakari Urkullu ha reclamado una doble exigencia al Gobierno socialcomunista: en primer lugar, disponer de autonomía para negociar directamente con la UE proyectos de inversión, como si fuera un estado soberano, y en segundo, que casi 6.000 millones de los fondos del rescate de la UE se destinen al País Vasco. Con ese importe, el PNV está convencido de que puede movilizar otros 13.000 millones privados para lanzar un total de casi 20.000 millones de capital inversor.

La demanda primera, la de reclamar un papel casi estatal para el País Vasco en las relaciones con la UE, no es nueva: en la conferencia regional del pasado 26 de octubre, el lehendakari Urkullu, ante los mandatarios autonómicos, el presidente Pedro Sánchez y la responsable de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, ya exigió poco menos que una cogobernanza, pero ahora parece decidido a reclamar una parte sustancial de los fondos del rescate: 5.702 millones de euros concretamente. Y quiere negociarlos de forma directa con la UE, sin intermediarios.

Dado que Sánchez permanece en La Moncloa gracias al apoyo de los golpistas catalanes de ERC, cabe esperar que Cataluña exija lo mismo que el País Vasco. Y como Sánchez, con tal de permanecer en el poder es capaz de vender a precio de saldo la unidad y solidaridad territorial, no es difícil imaginarse lo que puede pasar: que el País Vasco y Cataluña se llevarán la mayor de las tajadas y el resto de territorios tendrá que hacer equilibrios para administrar las migajas.

Es el precio que otras autonomías, especialmente las gobernadas por el PP, con Madrid y Andalucía al frente, tendrán que pagar. Y todo para que Sánchez pueda seguir siendo presidente del Gobierno. Conclusión: aquí siempre salen ganando los que no creen en España ni en el marco constitucional. Se están forrando.
 


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