AGLI Recortes de Prensa   Lunes 11  Enero  2021

El Gobierno se esconde en la tormenta
Editorial larazon 11 Enero 2021

Pasada la primera parte del temporal, cuando las bajas temperaturas hielan los pueblos y ciudades de una parte del país, hay una imagen que destaca por encima de todas: los vecinos limpian las puertas de sus casas, abren vías para poder circular en las calles, como así se ha visto en Madrid, directamente asumen la parte que les corresponde sin cruzarse de brazos, como también han hecho en otros lugares muchos españoles. Un comportamiento ejemplar que pone en primer término el sentido de pertenencia a una ciudadanía que rehuye de la cómoda cultura de la queja y prefiere asumir su responsabilidad en la parte que le toca. Ante un temporal de esta magnitud, cada uno debe asumir su papel, sin esperar a que sea el Estado –mal entendido como toda esa burocracia que no es ciudadanía– haga lo que está en manos de las personas.

Las administraciones tienen otras funciones, la que se ocupa de las grandes infraestructuras, la de mantener la movilidad –en carreteras, autovías y aeropuertos–, la de que los servicios públicos estén abiertos –transporte, dentro de lo posible, y centros sanitarios–, la de que nadie muera de frío en la calle y sea atendido por los servicios sociales.

Esta lección, la del ciudadano que por su cuenta asume la responsabilidad de cuidar de lo común, es un ejemplo que deberíamos conservar en un momento en el que existe una desafección creciente hacia la política. Cuando lo peor había pasado, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez hace acto de presencia para presidir el comité nacional de Protección Civil, dos días más tarde de la gran nevada y cuando las grandes vías de Madrid habían sido desbloqueadas y las decisiones habían sido impuestas por la malísimas condiciones meteorológicas. Todo indica que Sánchez ha vuelto a utilizar la misma estrategia de marketing político que en los peores momentos de la pandemia del coronavirus: quitarse del medio y dejar que toda la responsabilidad recaiga en las comunidades autónomas y, en este caso, en las ciudades, con especial énfasis en la capital, dada sus dimensiones, población y servicios que la mantienen. Antes que correr ningún riesgo que afecte a su imagen y puntuación en la apreciación de la ciudadanía, prefiere mantenerse al margen y esperar que sus adversarios paguen su propia inacción. Si sale bien, el éxito es suyo; si sale mal, el fracaso es de los otros. De nuevo, vuelve a evidenciarse la falta de liderazgo, empatía y sentido cívico al desaparecer en los momentos más dificiles.

Otro desastre con Filomena: ni quisieron verlo venir ni atienden los estragos
ESdiario 11 Enero 2021

Nada explica la imprevisión ni la lamentable respuesta posterior: la Administración Pública no sufre lo que el resto de la sociedad y no justifica el enorme gasto que supone.

La borrasca Filomena ha vuelto a exhibir, con toda su lamentable extensión, la insuficiente preparación de la Administración Pública para atender emergencias de gran magnitud, sin duda, pero no imprevisibles: al igual que con el coronavirus, la tormenta fue anunciada con suficiente tiempo de antelación como para que, al menos, sus estragos pudieran paliarse.

Y si la prevención falló con estrépito, con el virus y con la nieve; la respuesta posterior también ha sido lamentable. Primero se permitió la circulación libre de vehículos particulares, mercancías y transporte público, abocando a miles de personas a quedar atrapadas en la nieve.

Y después se reaccionó con pocos medios, demostrándose que el ingente gasto público que comportan las tres administraciones (nacional, autonómica y municipal) no da para disponer quitanieves suficientes: algo que podría tener sentido en un país poco dado a estos fenómenos meteorológicos si no se dilapidaran tantos presupuestos en organismos superfluos.

Porque menos necesarios que esos recursos técnicos que las ciudades han demostrado no tener son la miríada de observatorios, institutos, fundaciones y toda laya de organismos innecesarios, duplicados e inservibles que sin embargo existen: si siempre ha sido necesario auditar el gasto público, su destino y rendimiento; en tiempos de crisis global es imprescindible.

La "industria política" es la única que no sufre las crisis que no sabe prever ni gestionar: el virus y la nieve lo han demostrado de nuevo
Porque si antes era injusto, ahora es además insostenible: no puede ser que quienes sufragan todo ello con sus impuestos sean los únicos damnificados por la cadena de errores que acompaña a cada crisis, protagonizada por quienes, paradójicamente, viven de ese esfuerzo fiscal pero nunca pagan las consecuencias.

Dos falsedades
Y no basta con decir, con la nieve como con el virus, que "no se veía venir". Primero porque no es cierto. Y segundo, porque aunque lo fuera, no hay justificación posible. Ni para dejar heladas las calles de decenas de ciudades durante una semana, como parece que va a ocurrir, ni para poner solo un 20% de las vacunas recibidas.

La llamada "industria política" es la única que no padece la recesión, el paro o los ERTES que soporta el resto de la sociedad, al límite de su capacidad de sufrimiento. Y ese antagonismo entre los rigores de unos y el bienestar de otros no puede perpetuarse. Especialmente si, cuando llega la emergencia de turno, la respuesta siempre es la misma: era imprevisible y no podemos hacer mucho más. Dos falsedades irritantes que la ciudadanía ya no tiene que admitir.

Ni está ni se le espera
Rosa Díez okdiario 11 Enero 2021

Sánchez ha vuelto a hacer de Sánchez: ha desaparecido ante la nueva crisis, esta con nombre femenino, Filomena. Cuando se trata de hacer el bien, el caudillo ni está, ni se le espera.

Mientras las autoridades locales y autonómicas de Madrid ponían en marcha los Comités de Emergencia, el caudillo Sánchez se mantenía a resguardo de la tormenta, como si la cosa no fuera con él ni con su Gobierno.

Ante la inacción del Gobierno de la nación, el único que tiene la capacidad para movilizar los medios que dependen jerárquicamente de ellos, y sufriendo una nevada de dimensiones desconocidas para varias generaciones de españoles, el Ayuntamiento de Madrid y la CAM tuvieron que llamar a los respectivos ministros (Fomento, Interior, Defensa), los titulares de la competencia y responsables de los efectivos materiales y humanos, para solicitar la intervención de la UME, la Unidad del Ejército creada precisamente para actuar ante este tipo de emergencias.

La UME hubo de actuar –tras petición de las autoridades locales y autonómicas- cuando las carreteras y los accesos a la capital ya estaban colapsados porque el Ministerio de Fomento –el titular de las vías y de los medios- ni había dado instrucciones en tiempo y forma para que salieran las máquinas quitanieves ni había advertido a los ciudadanos de la situación de riesgo, conminándolos a no utilizar el vehículo salvo situaciones imprescindibles.

El caudillo Sánchez ha convertido el Gobierno de España en una especie de plataforma digital de esas de pago, esa que anuncia que puedes obtener los productos “bajo demanda”. Que nadie espere del Gobierno una actuación proactiva para prevenir y/o paliar las consecuencias de cualquier tipo de catástrofe. Ni el caudillo ni su Gobierno están para nada que no sea publicidad y propaganda; “yo no he sido”; “no se podía prever”; “no será nada”…, son los latiguillos de la factoría Redondo que lo mismo sirven para la pandemia que para la tormenta Filomena.

Pero este comportamiento tampoco es nuevo en España; quienes tenemos una cierta edad tampoco recordamos al otro caudillo dando malas noticias. Nunca salió en el NODO cuando había un temporal que se cobraba vidas, ni cuando se derrumbaba un puente y provocaba decenas de muertos; ni cuando una sequía -o una riada- arruinaba las cosechas… Este hace lo mismo, sólo que ni siquiera inaugura pantanos. Y que aún no se ha puesto un fajín…

Escucho muchas voces preguntándose para qué sirven las autonomías, muchas voces críticas sobre la dispersión competencial, sobre el despilfarro y la ineficiencia que sufrimos a consecuencia de tener tanto chiringuitos que multiplican por diecisiete cualquier decisión, cualquier estructura administrativa o política. Yo misma sostengo que hay que revisar el modelo de distribución competencial, que hay competencias como Educación, Justicia, Servicios Sociales y Sanidad que deben ser recuperadas por el Estado y ser intransferibles en su definición –para garantizar eficiencia e igualdad y cohesión- aunque su ejercicio corresponda a distintos niveles de la administración. Pero a la vista del comportamiento del Gobierno de Sánchez, de su irresponsabilidad, de su frivolidad, de su inacción… lo que todos debiéramos preguntarnos es para qué les estamos pagando el sueldo a esta cuadrilla que se ha apalancado en las instituciones y no sólo no cumple con su obligación de ir por delante de los acontecimientos –eso es gobernar, para ir por detrás ya está la demoscopia-, sino que en la mayor parte de las ocasiones se dedica a poner trabas e impedir la actuación de otras administraciones.

Nos está saliendo carísimo -ya sé que no sólo en términos económicos, que en términos democráticos es aún peor, pero de eso hablaremos otro día…- tener un Gobierno preocupado únicamente de la propaganda. Nos está saliendo carísimo tener en Moncloa a un tipo que tiene un ego que se lo pisa, que se organiza homenajes como aquel aquelarre de aplausos con los que fue recibido cuando regresó de la cumbre de Bruselas en la que se negociaron los fondos Covid y en la que, además de no aportar nada, estuvo a punto de echarlo todo a perder durante la cena en la que la primera ministra finlandesa, socialista, tuvo que llamarle la atención ante su chulería y su falta de propuestas.

Nos está saliendo carísimo tener en Moncloa a un personaje siniestro, con nula empatía hacia el sufrimiento humano, a un tipo que desprecia a todo español que no puede someter. Un tipo que no ha dicho ni pío cuando la factura de la luz ha subido el 27% en plena ola de frío y que ha callado como un muerto cuando una de sus ministras ha proclamado que no había que alarmarse, que iban a ser “sólo unos euros…”.

Nos está saliendo carísimo tener en Moncloa a un tipo rodeado de fieles ministros que regalan a sus amigos –titulares de empresas sin acreditación para comerciar con ese tipo de productos- contratos millonarios de material sanitario.

Nos está saliendo carísimo no tener un plan nacional de distribución de vacunas. Y en esa materia el coste son vidas humanas.

Cuando escribo este articulo, su eminencia el caudillo Sánchez se ha dejado fotografiar en un vehículo cuatro por cuatro dirigiéndose desde Moncloa hasta Interior para salir en el NODO presidiendo un Comité que debía haber activado y presidido hace al menos dos días. Me pregunto hasta cuándo vamos a aguantar que esta gente imponga su caudillaje a los millones de españoles que no aspiramos a otra cosa que a vivir dignamente y ejercer, sin miedo, nuestros derechos de ciudadanía.

La izquierda y la gota china
Nota del Editor 11 Enero 2021

Y dale con la gota china, ahora con la nevada convertida en carámbano, pretenden que pensemos que Franco fue tan malo como el dr cum fraude, y fue Franco quien nos libró durante muchos años de los comunistas y de los partidos políticos.

Temporal de incompetencia
EDITORIAL Libertad Digital 11 Enero 2021.

El choque de la borrasca Filomena con una masa de aire polar proveniente del norte de Europa ha desatado una tormenta de nieve como pocas veces se ha visto en España. Es inevitable que un evento de esta magnitud provoque numerosos problemas de movilidad en todos los órdenes, como estamos viendo especialmente en el centro y este de la península. Ahora bien, cuando se produce un temporal de estas características, la Administración ha de activar con urgencia todas las medidas necesarias para paliar sus efectos y devolver a los ciudadanos lo antes posible a la normalidad.

No puede ser que el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, personaje central sobre el que convergen todas las miradas cuando se producen eventos masivos como el que estamos padeciendo, comparezca a las cuarenta y ocho horas del desastre simplemente para echar balones fuera, como si el caos circulatorio en buena parte de España no fuera su responsabilidad. Tampoco es admisible que el presidente del Gobierno lo haga un día después que su ministro, para asistir a una fantasmagórica reunión de coordinación con Interior con el único objeto de informarse. Hasta ese momento, toda su gestión como máximo representante de Administración Española había sido un mensaje en las redes sociales pidiendo prudencia a los ciudadanos.

Como señalábamos al principio, estamos ante un temporal con escasos precedentes en las últimas décadas que, por fuerza, ha de producir severos inconvenientes. Ninguna sociedad puede dedicar indefinidamente medios humanos y materiales para hacer frente a unos fenómenos que se producen muy escasas veces en cada siglo. Siendo eso cierto, no lo es menos que los máximos responsables de coordinar los esfuerzos de las distintas administraciones en la lucha contra este temporal han demostrado un nivel de incompetencia y torpeza similar al que han acreditado en la lucha contra la pandemia del coronavirus.

Sánchez y sus ministros (Iglesias debe seguir en su mansión haciendo maratones de series televisivas) no han estado, tampoco esta vez, a la altura de las responsabilidades que les son exigibles. Su ineptitud para los cargos que ocupan ha quedado de nuevo en evidencia, al igual que el esfuerzo constante de las autoridades autonómicas y locales, que siguen en soledad trabajando para que la situación vuelva lo antes posible a la normalidad. Llegado el momento, los ciudadanos sabrán valorar a unos y otros.

Calviño pinta una España de cuento de hadas
“El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas” George Ward
Miguel Massanet diariosigloxxi 11 Enero 2021

Se dice, y no soy yo el que lo contradiga, que la señora Calviño es el mejor activo del que dispone el actual gobierno de Pedro Sánchez. Es una persona bien considerada en los ambientes económicos, incluso en los europeos, bien preparada y evidentemente una pieza fundamental para frenar las propuestas radicales, del comunismo más obsoleto, de este señor que ostenta el cargo de vicepresidente primero del ejecutivo y líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. Hoy hemos tenido ocasión de escucharla en el programa matutino que dirige, en La Cope, el periodista Carlos Herrera.

Es una persona de verbo fácil, agradable de escuchar y, ciertamente, con don de gentes, algo que es muy de agradecer en este mundo en el que los desabridos sientan cátedra de inteligentes y los necios presumen de inteligencia. En definitiva que si esta señora en lugar de fichar por el gobierno filo-comunista del señor Sánchez se hubiera decidido a hacerlo por el PP hubiera podido encajar perfectamente en la directiva del señor Pablo Casado.

Pero no lo hizo y tuvo la debilidad de integrarse en un nido de buitres en que el macho alfa es un señor que lo que busca a toda costa es perpetuarse en el poder y que se ha hecho un equipo cuya principal característica es la sumisión total a lo que disponga su jefe de filas; con la particularidad de que, la necesidad de tener el apoyo de los comunistas de Podemos, le ha hecho muy vulnerable a los caprichos del señor Pablo Iglesias, cuestionado en su propio partido y que necesita, a toda costa, hacerse el duro y mostrarse como un aventajado discípulo de Lenín, para conseguir mantenerse en la cumbre y no caer bajo los pies de todos aquellos que gustosamente intentarían sucederle si tuvieran ocasión de intentarlo.

El caso es que, en La Cope, la señora ministra - en lugar de estar hablando de un país que lleva ya del orden de 70.000 muertos por causa de la pandemia, que los contagios, en lugar de estar controlados, cada día se dan en mayor cantidad; que el número de autónomos que abandonan el negocio cada vez es más preocupante; que la empresas que cierran o que registran graves pérdidas durante los últimos cinco meses ya superan las 90.000; que la DP sigue creciendo hasta límites impensables, superando con creces el PIB y que lleva camino de ir aumentando en los próximos meses; que el número de parados va creciendo sin que los ERTE se reduzcan, sino al contrario, cada día crecen y el mismo Gobierno ha tenido que llegar a un acuerdo con los empresarios para que se prorroguen hasta el mes de Mayo del corriente año porque, en caso contrario, el peligro de debacle económica y de un aumento del número oficial de trabajadores en paro iba a crecer considerablemente, desdiciendo todo lo que el Gobierno está diciendo respecto a una “ilusoria” recuperación para mediados de este año entrante - lo que se ha dedicado a comentar, siguiendo el ejemplo del resto de ministros como Ábalos, Calvo, Illa, Grande Marlasca o Mª Jesús Montero del PSOE y ya no hablemos de los ministros comunistas, verdaderos expertos en mentir sin el más mínimo rubor, ha sido a pintar el país como si estuviera a las puertas de una recuperación inminente, con unas perspectivas de volver a la normalidad inmejorables y con unas “magníficas” previsiones de ingresos fiscales que nos gustaría saber de dónde las saca teniendo en cuenta que, una gran mayoría de contribuyentes este año han tenido pérdidas, otros han cerrado y los autónomos que, el año 2020, se dieron de baja por la Covid 19 superan los 183.000.

Habla la señora ministra de un “ajuste fiscal” que, para ella, no significa aumento de impuestos para los ciudadanos y lo presenta como lo que se ha dado por llamar “armonización fiscal”, un medio de castigar a aquellas comunidades (especialmente las del PP) que han conseguido magníficos resultados bajando los impuestos en lugar de otras, como la catalana, por ejemplo, que ha aumentado de una manera brutal la carga impositiva sobre sus ciudadanos sin que, a la vista está, se haya conseguido nada más que conseguir incrementar el abandono de empresas que se trasladan a otras comunidades, principalmente hacia la madrileña, mientras su ayuntamiento se dedica a su lucha en contra los automóviles particulares, convirtiendo las calles de ciudades como Barcelona, en verdaderos laberintos por los que circular se convierte en una prueba para los nervios de los conductores, sometidos al estrés de colapsos circulatorios continuos y donde es imposible aparcar sin verse obligado a pagar tasas insoportables.

Para la señora Calviño y parece que para todo el Gobierno, el hecho de que en comunidades como la de Madrid, pagando menos impuestos se vaya recaudando más, es algo que no pueden admitir. Les repamplinfa que la señora Ayuso les esté dando un baño de cómo se administra una comunidad sin molestar a los ciudadanos con impuestos confiscatorios y, por ello, lo que pretenden es que todas las comunidades españolas se equiparen a aquellas otras que han castigado a sus ciudadanos con el pago de una carga fiscal mayor sin que, con ello, hayan conseguido una recaudación más elevada ni hayan prestado servicios comunitarios mejores para quienes habitan en ellas.

Europa, por medio de todas sus instituciones, viene presagiando para España la llegada de una crisis económica superior a la que tienen previsto que ocurra en el resto del continente, con motivo de la tercera ola de la pandemia del Covid 19. El FMI también avisa de que España va a tener que superar serios percances económicos. Sólo nuestro Gobierno y nuestra ministra de asuntos económicos, en contra del parecer de todos los analistas expertos en la materia y de los empresarios, que ven el futuro plagado de dificultades, parece que están empeñados en dorarnos la píldora, lo que no quiere decir que ellos sean los únicos sabios, inteligentes, previsores y augures que tengan el don de la ciencia infusa y de la adivinación, los que estén en lo cierto en cuanto a lo que nos espera a los españoles en los años que nos quedan de soportar a este gobierno filo-comunista que nos ha tocado aguantar durante la legislatura.

La piedra filosofal, el Gran Grial del que ahora se valen los socialistas para lanzar su optimismo a los cuatro vientos, se centra en el hecho de que, por fin y gracias a la colaboración de todas las fuerzas que, de alguna manera, están intentando cambiar nuestro régimen de gobierno y hacernos regresar a aquella fatídica República del Frente Popular, han conseguido que se aprobaran unos PGE en los que confían para poder hacer de su capa un sayo y que, gracias a ellos tener la sartén por el mango a la hora de implantar todas aquellas medidas, incluidas, cómo no, las de tipo fiscal para intentar ( al menos así parece que lo ve la señora ministra) que les permita controlar el exceso de DP, algo que ya viene preocupando a la UE y que ha sido objeto de ciertas críticas desde las estancias de Bruselas. Lo que no parece que vea la señora Calviño es que, si se quiere reactivar la industria, el comercio, las compras y las finanzas de una nación, no se consigue privando a los ciudadanos del dinero para gastar y comprar. El modelo de un Estado que pretende sustituir la iniciativa privada asumiendo todos los aspectos que les correspondería a los inversores privados, a los promotores y a la iniciativa de los ciudadanos ha sido ya descartado por ser un modelo que ha fracasado desde en Rusia soviética hasta en las naciones subyugadas por el Kremlin, de detrás del oprobioso telón de acero, de tan infausta memoria.

Parece mentira que la señora Calviño se atreva a mencionar el “apoyo con el que han contado los PGE dentro del arco parlamentario”, como si todos los partidos y minorías que forman, en la actualidad, el Parlamento de la nación española fueran decididos defensores de nuestra Carta Magna y de las instituciones que se contemplan reguladas en ella. Empezando por el Jefe del Estado discutido y atacado por comunistas y separatistas, hasta la misma Constitución o la unidad de la nación española están puestos en cuestión por una parte del Gobierno y son algunos de los ministros que forman parte del Ejecutivo los mismos que están incitando a que manipuladores de la opinión pública, prensa, TV, radios y agitadores de las calles para que se muestren contrarios a nuestro ordenamiento jurídico, atacando, con su apoyo, la verdadera esencia del actual Estado español y, cómo no, el orden constitucional, tan esencial para que España no se convierta en un caos en manos de quienes pretenden acabar con ella.

La ministra Robles atacó duramente a unos militares que le escribieron al Rey una carta manifestando su preocupación por lo que está sucediendo en España y por la propia continuación del régimen monárquico que consideran, con mucho acierto, que está en trance de ser atacado con el objetivo ( lo dicen los comunistas de Pablo Iglesias) de implantar una república, hija de la II República, el gran fracaso del siglo XX que nos condujo a una situación límite que nos puso, como está a punto de suceder ahora, a punto de caer en manos del comunismo internacional. Gracias a Franco no sucedió.

O así es como, señores, desde loa óptica de un ciudadano de a pie, todos aquellos que seguimos manteniendo nuestras ideas de orden, libertad, derechos individuales, propiedad, libre comercio, enseñanza libre, iniciativa privada, libertad de conciencia, respeto por la vida y prohibición del aborto y derecho a expresar y opinar lo que cada uno piense sin que ello provoque la censura del Estado, estamos convencidos de que puede que, en estos momentos, España esté enfrentándose a uno de los mayores intentos de involución de unas izquierdas que saben que no ganan en las urnas y, en consecuencia, utilizan las calles y el manejo de las turbas para intentar doblegar el Estado de derecho.

Polemos epidemios
Enrique García-Máiquez. https://gaceta.es 11 Enero 2021

Así llamaba Homero a la guerra civil «Polemos epidemios», que es un nombre que tiene resonancias siniestras para un oído español actual, además de la etimología y la traducción. Si usted prefiere tranquilizarse, mejor no lea el libro del que he sacado la referencia. Es de Giorgio Agamben y se titulada ¿En qué punto estamos? La epidemia como política (Adriana Hidalgo Editora, 2020).

Aunque hace algunas inevitables incursiones en la política sanitaria con la que se ha gestionado esta pandemia, lo mollar del análisis se centra en sus consecuencias políticas, ya fuesen planeadas o sólo aprovechadas por las élites. El filósofo veneciano constata que estamos asistiendo a un asalto a toda regla a la organización política tal y como la conocíamos hasta ahora. La democracia liberal, el Estado de Derecho, la división de poderes, la salvaguarda de los derechos fundamentales de los ciudadanos, todo ha ido cediendo por los imperativos de la salud pública. Nombre que evoca casualmente al Terror revolucionario y sus comités. La cada vez más generalizada utilización del decreto-ley para puntear el control parlamentario del trámite legislativo, la nueva normalidad de los estados de excepción, los ataques a la independencia judicial, el asalto a la libertad de expresión, censuras corporativas y la limitación a la libertad de movimientos no pueden ponerse en duda. Son hechos objetivos.

De los que Agamben deduce que estamos ante un cambio de sistema. «El umbral que separa la humanidad de la barbarie ha sido traspasado» declara sin ambages al recordar que, desde Antígona, lo civilizado ha sido lo que nos han prohibido: enterrar dignamente a los muertos. Por lo que concluye: «Lo cierto es que harán falta nuevas formas de resistencia».

Pero luego se le va todo el libro en enumerar una y otra vez, realmente alarmado, los muchos motivos de preocupación. Da pocas claves defensivas, aunque sí una: «Es el propio lenguaje como lugar de manifestación de la verdad lo que se confisca a los seres humanos. […] para detener este movimiento es necesario que cada uno tenga el coraje de buscar sin hacer concesiones el bien más preciado: una palabra verdadera». Fue el único propósito de Solzhenitsyn cuando estaba solo y desvalido frente al Imperio Soviético. No mentir jamás. Y así se convirtió en una pieza clave para el desmoronamiento comunista. O sea, que no es una estrategia pobre.

Que además se puede extender a otras virtudes. Lo propuso como un programa político completo el poeta Aquilino Duque, que acaba de cumplir en plena forma 90 años: «Luego he tratado de que lo que quería/ para todo el país, para toda la tierra/ fuese al menos posible en unos pocos/ metros a la redonda». Ahora que las redes sociales se estrechan hasta extremos inquietantes, quitándonos quizá la ilusión de una influencia exponencial, es el momento de valorar aún más esos pocos metros a la redonda que son el puesto de más riesgo y fatiga que nos toca defender, porque es el nuestro.

Además de las palabras verdaderas por las que claman Solzhenitsyn y Agamben, yo me atrevería a proponer pequeñas rebeldías que reivindicasen a la vez el sentido común, la libertad personal y la responsabilidad intransferible. No en vano lo que más preocupa del panorama que dibuja Agamben es el recorte sistemático e implacable, aprovechando el miedo de la epidemia, sobre la autonomía de las personas.

La alegría de las bolas de nieve ha estado muy bien. Sánchez Dragó propone, para atajar la pandemia, la recuperación de un bachillerato de excelencia con mucha formación clásica; y, aunque pueda parecer naif, está muy bien tirado.

Por mi parte, vi otro frente la otra noche en un funeral, precisamente. Siendo por una persona muy querida y, además, con una gran familia, los asistentes nos amontonamos algo a la salida, pero todos estaban dispuestos a desfilar disciplinadamente por la mitad del camino de la iglesia marcada por la cinta de balizamiento y donde las flechas y carteles indicaban: «Salida». Por la mitad del camino destinado a la «Entrada» no pasaba un alma. Di un grácil salto —en la medida de mis posibilidades— y salí por el espacio libre y el aire puro, contribuyendo a la seguridad de todos, a la sensatez y al ejercicio de una sana rebeldía. Aunque algunos amigos me chistaron, por si acaso yo había vuelto a despistarme, otros enseguida vieron la lógica del camino expedito, y la salida resultó más rápida y segura. Más libre.

Estemos ojo avizor para tomarnos cuantas libertades podamos en cualquier momento y con la máxima prudencia. Con eso y con lo ir con la verdad por delante, empezaremos a sumar metros a la redonda y, cuando nos demos cuenta, le habremos dado la vuelta a esto. Con o sin Twitter.

Flandes
Alfonso Ussía. https://gaceta.es 11 Enero 2021

La justicia belga ha rechazado la extradición a España del exconsejero catalán – y golpista-, de Cultura, Puig. Creo que es una buena noticia. Si Puigdemont y sus papanatas hubieran sido extraditados a España, estarían ahora en trance de ser indultados. El amparo de la justicia belga, siempre hostil con España, obliga a los delincuentes separatistas a vivir en Bélgica, y no existe peor castigo. Para un fenicio mediterráneo hay pocos paisajes que resuman mejor la tristeza y la melancolía que los belgas.

“Le Plat Pays” de Jacques Brel, que al igual que Hergé —las dos glorias nacionales— eran valones y no flamencos. Porque hay dos “Bélgicas”. La francófona y francófila, y la flamenca. Los flamencos no olvidan su sumisión a España, su pertenencia a España, su Historia compartida con España. Y creen que nos hieren manteniendo bajo su rencor a los forajidos huídos, cuando en realidad, están regalándonos un inmenso favor. Flamencos y valones, o lo que es igual, holandeses sin Holanda y franceses sin Francia, se abominan. Bruselas y Amberes. En sus dos grandes plazas, el Escudo policromado de la Corona de España.

Por su ubicación, Bélgica es la sede de la Unión Europea. Me refiero a Bruselas, su capital, valona. Waterloo es flamenca, y no hay coñazo más clamoroso que vivir en Waterloo. En Francia se ríen mucho de los belgas. Dicen que lo más divertido que puede acontecer en una cama habitada por una pareja de belgas es que se caiga el edredón al suelo. El gran humorista italiano Pittigrilli, se inventó los cinco libros más cortos del mundo. “ El Diccionario Sioux-Apache Apache-Sioux”, “ Las mejores Recetas de la Cocina Inglesa”, “Antología del Humor Alemán”, “Grandes Amantes belgas” y “Quién es Quién en Puerto Rico”. En Flandes se habla el flamenco, que es un holandés aún más complicado. “La Vida es demasiado corta para aprender ese lenguaje absurdo”, dijo Churchill en un momento de sosiego. “Vivir en Bélgica permanentemente es peor que ir a una fiesta y bailar toda la noche con la propia madre”, apuntó don Francisco Silvela, el gran político de la Restauración. Waugh no necesitó de mucha palabrería para definir las delicias de Bélgica. “Una sitio donde un rayo de sol es un milagro, un bar abierto otro milagro, y todo y todos huelen a mejillón”.

En España estarían, un día sí y el otro también, exigiendo el perdón de sus condenas. En marcha están los vergonzosos indultos prometidos por Sánchez e Iglesias a cambio de los votos que han aprobado los presupuestos. El gran problema de los separatistas catalufos, y me refiero a los que delinquen y abusan del dinero de todos los españoles para llevar a cabo sus delitos, es que son un tostón. Aburridísimos, como las sardanas. Se inauguró el “supositorio” de Agbar, y Carod Rovira le preguntó a uno de los arquitectos por el idioma que prevaleció durante la construcción, si el catalán o el español. –El marroquí-, respondió el arquitecto. Y a Carod Rovira le sentó fatal la respuesta.

Bien están nuestros maleantes en Flandes. Que los aguanten los flamencos. Bastante tenemos en España intentando sobrevivir con este carísimo Gobierno de gamberros y antiespañoles para que tengamos que sumar a nuestras congojas a este grupo de plomos derretidos. Allí están bien, en los grises amaneceres y los días marengos. Lo único que este Gobierno no nos puede robar a los españoles es el sol, la luz, la portentosa capacidad de España para cambiar paisajes y horizontes. Allí, casi todo es igual, y esa insistencia en la tristeza, es la peor de las condenas posibles.

Que sigan en Flandes, y que les den.

¿Aún cabe hablar bien de Trump?
Miguel Ángel Belloso okdiario 11 Enero 2021

Como me he pasado cuatro años defendiendo las políticas de Trump, me siento concernido a decir modestamente algunas cosas sobre su trágico final. A decir algo sobre el episodio telúrico que se produjo la semana pasada con el asalto al Capitolio, donde se reúne el Congreso de los Estados Unidos, y que es la sede de la soberanía popular del primer país democrático y el más ejemplar del planeta. Fue una pésima idea que Trump alentara a sus partidarios a congregarse en mitad de la votación para confirmar a Biden como presidente electo. Porque, aunque esta convocatoria no pretendía en ningún caso incitar a la violencia, sobre todo por quien siempre se ha postulado ante sus electores y el conjunto de América como partidario de la ley y el orden, nunca sabes con certeza cómo van a reaccionar las hordas por mucho que las llames a la calma después de haberlas alimentado con demasiado combustible.

Las hordas fueron convocadas hace unos meses por el Black Lives Matter -un movimiento radical e incluso racista, pero del ‘racismo bueno’- con motivo de la muerte vil de George Floyd y tuvieron en jaque a las principales ciudades del país, incluida Washington, durante varios días con incendios y saqueos generalizados, así como movilizada a la Guardia Nacional varias jornadas, con un saldo final de muertos superior al que ha provocado la turba descerebrada de los seguidores de Trump, que se ha apagado en horas a pesar del valor enormemente simbólico y destructivo de su acometida.

Pero claro, aquellas demostraciones no inquietaron demasiado a la coalición ‘antitrumpista’ ni quebraron su inmoral doble vara de medir.

Yo no formo parte de esa coalición deshonesta, claro. Por eso diré que el asalto al Capitolio me parece de todo punto inaceptable. Que lo haya instigado Trump sin desear ni prever lo que iba a ocurrir, más. Fue un acto de irresponsabilidad tremenda, y sus resultados han sido catastróficos. Pero no pensarán ustedes, los que me han seguido durante un tiempo hasta la fecha, que me una a la jauría de medios de comunicación de masas que han aprovechado el espectáculo infame y me sume a sus intereses espurios.

Todavía tengo un cierto sentido del honor. Todavía puedo mirarme al espejo sin demasiada vergüenza. Aunque mi situación no es boyante, aún no estoy dispuesto a tirar la toalla y adherirme a la inquisición general sin escrúpulos que alcanza a todos los rincones. A la dictadura de lo políticamente correcto o, dicho de otra manera, al consenso progre o socialdemócrata.

No pensarán ustedes ni siquiera un segundo que emita aquí los exabruptos contra Trump vertidos en la primera cadena de Televisión Española, en Telecinco, en la Sexta y en el resto de los medios españoles, incluidos los conservadores, para los que lo ocurrido en Washington es una suerte de conflagración mundial -que arrasa con cualquier consideración racional sobre los enormes logros de Trump-, destinada desgraciadamente a allanar el camino para lo que nos espera de la conjunción astral de toda la progresía planetaria una vez que su principal enemigo está desahuciado.

Porque éste el caso. Trump ha sido el principal enemigo de la progresía internacional, el que más ha combatido la dictadura de lo políticamente correcto, el que ha luchado con denuedo contra el consenso progre y el que ha estado a punto de minarlo si le hubiera acompañado, a sus dotes de visionario y de contradictor, el punto de sensatez preciso para afrontar la crisis terrible del coronavirus acompañado de los sabios consejos de sus asesores. Porque, oiga usted, el señor Trump ha conseguido 74 millones de votos en la elección más disputada en décadas, y su victoria habría sido inapelable y colosal si hubiera tenido el acierto de reaccionar con más inteligencia al contagio del virus chino. ¡Sí! ¡Del virus chino!, como él dice con toda la causa del mundo.

America first fue el lema con el que Trump sancionó su toma de posesión. No creo que sea muy distinto el deseo que albergan en Europa Macron o Angela Merkel sobre sus respectivos países -no hablo de Sánchez porque este no cuenta y es un indigente intelectual-. También se propuso revitalizar la América que construyeron los fundadores de la patria, y que ha venido fraguando en una nación que no quiere ser Europa, que no quiere ser socialista, que es un país profundamente individualista al tiempo que fraternal y comunitario. Toda esta herencia es la que había comprometido Obama y la que fue momentáneamente abatida con la victoria de Trump.

Pero después de lo visto, esa victoria ha sido pírrica. Cuatro años son muy pocos para enderezar un país disuelto por la batalla cultural a la que dio alas Obama. La presidencia de Trump ha estado en entredicho y ha sido deslegitimada desde el primer momento de su toma de posesión por toda la artillería de los medios de comunicación progresistas y las fuerzas adictas jaleadas por los demócratas. Trump no ha tenido un momento de sosiego. Han sido años de sacar a paseo la trama rusa que supuestamente le ayudó a alcanzar la Casa Blanca sin que se pudiera probar nada. Fue sometido a un impeachment afortunadamente infructuoso.

En resumen, las fuerzas del mal han hecho todo lo posible para quebrar su presidencia hasta el final, y sólo lo han conseguido después de unas elecciones llenas de irregularidades que por desgracia no han podido ser probadas, pero de las que hay indicios múltiples. Si Trump hubiera conservado un poco de su instinto natural y de su inteligencia debería haber tirado la toalla una vez que sus demandas judiciales sobre las elecciones a las que tenía todo derecho fueron desestimadas.
A pesar de todo, de su obstinación incomprensible, y de los efectos catastróficos de su empecinamiento para un mundo occidental ayuno de referencias, el legado de Trump es tan positivo como inmenso.

Antes de que se hiciera presente la pandemia, su política de bajada de impuestos, su apuesta por la desregulación, su complicidad con el sector privado, su interés por la autosuficiencia energética -hasta el punto de que Estados Unidos ya sea exportador de petróleo y primer productor del mundo- impulsaron la economía a tasas de crecimiento inéditas. Si Wall Street, que siempre lo ha detestado por vulgar, sigue batiendo récords es en buena parte gracias a sus políticas.

Trump consiguió no sólo rebajar la tasa de paro a los niveles más reducidos de la historia, sino aumentar el salario real de los marginados, de la gente con menos cualificación, de las minorías -que nunca han padecido un desempleo menor-. Ello ha sido posible, entre otras cosas, por su combate contra la inmigración ilegal, que es la que al final compite con la que tiene los papeles en regla y con los ciudadanos en situación más precaria y con aptitudes menos sobresalientes. Trump, ese que no soporta la izquierda mundial ni los conservadores mansos, persuadidos por su mensaje letal e incapaces de levantar la voz, ha sido el presidente que más ha hecho contra la desigualdad en la historia reciente de los Estados Unidos.

Su política internacional ha sido sencillamente apoteósica. Ha cambiado dramáticamente el tono del discurso sobre China, una dictadura que no sólo no respeta los derechos humanos, sino que se dedica a robar sistemáticamente la propiedad intelectual de los demás, y que juega en el comercio libre con las cartas marcadas, impidiendo el progreso de aquellas inversiones en su país que no le parecen acorde a sus intereses. Una potencia destinada a ser la dominante con la aquiescencia del Occidente en decadencia al que ha querido en estos cuatro años sacudir Trump, y una amenaza que ya no discuten ni los demócratas de Biden.

Lo que ha hecho el presidente hortera saliente de los Estados Unidos en Oriente Medio merece un capítulo aparte. No sólo ha acabado con la amenaza permanente del régimen terrorista de Irán, poniendo punto final al acuerdo vergonzante de Obama, sino que ha arrumbado, gracias a Dios, con la causa palestina, de la que tan hartos estábamos toda la gente con sentido común, así como los propios países árabes hasta el punto de empezar a reconocer y firmar acuerdos con Israel. Este es un logro sencillamente inenarrable, que al parecer no interesa a la progresía internacional que todavía se anuda al cuello esos horribles pañuelos palestinos promovidos por el genocida Arafat ni tampoco a los periódicos conservadores españoles absortos con el gran error de Trump, al que parece que le tenían demasiadas ganas.

Pues bien, ya se marcha Trump, por desgracia de la peor manera posible, algo que se ha buscado él mismo, atrapado por su soberbia y su falta de perspicacia, errores sin los que los republicanos podrían haber conservado el Senado con los votos de Georgia. Ya no hay arreglo. ¿Y qué nos queda? Un nuevo presidente, el señor Joe Biden, que tiene el cerebro como un puré de guisantes, acompañado por una vicepresidenta Kamala Harris, que es en el fondo una izquierdista radical partidaria del aborto libre y cómplice de todas las banderas culturales del progresismo internacional.

Dice la prensa políticamente correcta de todo el mundo, la de España, e incluso los periódicos conservadores más señeros de nuestro país, que con la marcha de Trump se desvanece una pesadilla. Yo creo que llega otra bastante más peligrosa. Otra en la que los árbitros de la democracia serán irónicamente sus enemigos, aquí los Sánchez e Iglesias, los impulsores del nuevo totalitarismo doméstico. Los chinos en el resto del mundo, con consortes menores de estados fallidos como Rusia o la triste Turquía musulmana. Lo que más me enoja de Trump es que con su fatal irresponsabilidad les haya hecho este regalo inaudito y colosal a todos los que ha combatido durante cuatro años. A todo lo que yo detesto.

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Un año de deriva autoritaria
Jorge Vilches larazon 11 Enero 2021

El Gobierno socialcomunista ha aprovechado la pandemia por la COVID-19 para desarrollar tres elementos clásicos en las derivas autoritarias: colonizar el Estado, recortar la democracia y transformar la sociedad. Ha sido la ocasión perfecta para realizar sus planes. La urgencia, el miedo y la excepcionalidad, la crisis en definitiva, conforman el escenario perfecto para que un Ejecutivo asuma facultades excepcionales y las utilice para consolidar su poder inmediato y a medio plazo. Una vez implantado el espíritu de que era necesario un poder fuerte, al que no se debía controlar ni criticar por patriotismo, el campo quedaba abierto para las reformas partidistas.

No hubiera sido un problema si los cambios hubieran sido pactados con la oposición constitucionalista, la verdaderamente llamada a gobernar un día. Sin embargo, PSOE y Unidas Podemos decidieron cambiar el eje del consenso político y pactar todo con aquellos que desprecian el orden constitucional. Han preferido a EH-Bildu, los filoetarras, y a ERC, dirigido e inspirado por golpistas no arrepentidos, para sentar las bases de un nuevo régimen. Así lo declaró en sede parlamentaria Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno, cuando aprobaron los PGE: «Van a tener gobierno socialcomunista para rato». Nacía un «nuevo Estado más plural y democrático», dijo, con una mayoría política –la Frankenstein– que sentaría las bases de un poder que haría que la derecha no volviera a gobernar durante muchos años.

El objetivo era desde el principio cambiar las normas de convivencia, lo político, para asentar su poder. Una vez asegurado su dominio podrían cambiar el régimen por la puerta de atrás a través de la legislación. Es aquello que dijo Torcuato Fernández Miranda, «De la ley a la ley», aunque esta vez no sea precisamente para instaurar una democracia. Primero hay que crear una nueva clase política, con personajes, ideas y pretensiones que hace una década indignaban al constitucionalismo. De ahí el blanqueo del mundo etarra y del golpismo, que aparecen en el Congreso y ante los medios junto a miembros del PSOE como si fueran políticos respetables sobre los que se asienta la gobernabilidad.

Al tiempo han comenzado a colonizar Estado y los medios oficiales de comunicación, como RTVE y la Agencia EFE. No olvidemos la obsesión del gobierno socialcomunista por controlar la información, al punto de que el Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil confesó en rueda de prensa que su tarea era «minimizar el clima contrario a la gestión de crisis por parte del Gobierno». La maniobra de silenciar a los españoles encajaba perfectamente con un Ejecutivo que había fallado frente a la pandemia, haciendo las cosas mal y tarde.

El encontronazo de Grande Marlaska, ministro del Interior, con la Guardia Civil ha sido evidente: destituyó a Pérez de los Cobos, jefe de la Guardia Civil de Madrid, por negarse a revelar las investigaciones respecto a la manifestación del 8M y la implicación del delegado del Gobierno en Madrid en que se celebrara sabiendo los riesgos epidemiológicos. Esto generó una cascada de dimisiones y ceses que fue aprovechada por Marlaska para cambiar la cúpula de la Benemérita. Tampoco gustó que el ministro del Interior hiciera desaparecer prácticamente al Instituto Armado de Navarra y que acercara presos etarras al País Vasco, tal y como exigía Bildu. A esto se sumó la modificación de la ley del CNI para que Iglesias y Redondo accedieran a la comisión que lo controla.

Con el control de la información y la declaración del estado de alarma más allá de lo necesario, con unas condiciones de dudosa legalidad, el Gobierno socialcomunista se ha dedicado a regular materias ajenas a la lucha contra la COVID-19. Así ha sido con la ley de educación, la conocida como «Ley Celaá», que no ha contado con el consenso y el diálogo con la oposición constitucionalista, ni con los profesionales de la educación. El objetivo era político, no educativo: eliminar la libertad de los españoles para elegir la educación de sus hijos porque, según dijo la ministra, «no son de los padres», sino del Estado. Al tiempo se ponía fecha de caducidad a la educación concertada, privada y especial, para hacer ingeniería social, ya que lo importante para los socialcomunistas no es la calidad o el servicio, sino que sea igual para todos. Lo mismo ha pasado con la ley de eutanasia, que contó con los aplausos entusiastas de la coalición Frankenstein justamente el año en que han muerto 80.000 personas por la COVID-19. El plan es muy parecido al declarado por la UNESCO respecto al planeta: «Es más importante cambiar las mentalidades que el clima».

Esa prisa para legislar y regularlo todo a convertido a España en el país de los decretos-leyes por los que se aprueban normas sin discusión por partes ni enmiendas, sino en su totalidad, con lo que se hurta a las Cortes y a la sociedad española la posibilidad de conocer, opinar y rectificar. Si a la vez se controla el poder judicial, el camino para la transformación es más sencillo. De aquí la obsesión por controlar el poder judicial, desde la Abogacía del Estado, la Fiscalía –a pesar de la rebelión de muchos fiscales–, el Tribunal Supremo, y el CGPJ, que debería ser elegido por los mismos jueces y no ser el resultado del apaño entre partidos. Los ataques de socialistas y podemitas al poder judicial, a sus sentencias, han sido constantes, especialmente por la investigación de la corrupción en Podemos y por todo lo relacionado con el indulto a los golpistas. Sánchez e Iglesias han llegado a decir que no debió «judicializarse» el golpismo, sino haberlo encauzado a través del «diálogo»; es decir, cediendo a las pretensiones de los independentistas. Ambos estaban pensando en sentar las bases de un gobierno tripartito tras las elecciones autonómicas de 2021 en Cataluña que consolide la coalición Frankenstein.

Controlado el poder legislativo con el estado de alarma, arrinconado el poder judicial, solo quedaba la Corona. Este Gobierno se enfrentó al Rey desde el 10 de noviembre de 2019, cuando anunció su formación estando Felipe VI en Cuba, lo que rompía el protocolo. A partir de ahí, el choque con la Corona ha sido constante, como apartarle en la entrega de despachos de los jueces en Barcelona en septiembre de 2020 porque según el ministro de Justicia era conveniente para no molestar a los nacionalistas. El Gobierno parece haber asumido el discurso contra el orden constitucional: todo es anacrónico, viejo, no votado por la España actual, y heredero del franquismo. Los ataques al Rey por parte de Podemos no se han cristalizado en comisiones de investigación cuyo objeto era degradar a la institución y poner la existencia de la monarquía como tema de debate político común.

Podemos ha conseguido lo que quería en tan solo un año: convertir las bases de convivencia en un conflicto de trinchera, en una España con dos bandos: constitucionalistas y rupturistas. Los primeros son los «reaccionarios», y los segundos, los «progresistas». El PSOE es responsable de esta deriva autoritaria al pactar un Gobierno con el comunismo populista y preferir de aliados a los que repudian la España constitucional. No se puede sacrificar la democracia liberal, como hemos visto en Estados Unidos, a la ambición personal de un líder político ni a los sueños totalitarios de otro. Mal balance de un primer año, y el segundo no parece mejor.


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