AGLI Recortes de Prensa   Lunes 1 Febrero  2021

Economistas cabalgando a lomos de un tigre
Miguel Ángel Belloso okdiario 1 Febrero 2021

El izquierdismo soberbio y autoafirmado está convencido de que el paradigma económico convencional ha cambiado definitivamente. Que la inflación es un problema del pasado liquidado gracias al juego combinado de la digitalización -que aumenta la productividad y rebaja los costes-, del envejecimiento imparable -que reduce y abarata el consumo- y de las consecuencias de la globalización -que deprime los precios-. El premio Nobel de Economía Paul Krugman, adalid de esta tesis, defiende la necesidad de gastar sin freno porque el déficit público y la deuda han dejado de ser indicadores relevantes, de modo que lo urgente en estos momentos es inflar la bomba de la recuperación para que nadie se quede atrás.

Otros economistas un poco menos conspicuos pero divulgadores de postín defienden que el mundo ha cambiado sin remedio destrozando los mitos legendarios, y que ahora el objetivo portentoso e ineludible es potenciar el crecimiento para corregir la desigualdad que avanza poderosamente con sus efectos letales. También están de acuerdo en elevar el salario mínimo y consideran que las teorías tradicionales que lo desaconsejan por sus efectos nocivos sobre el empleo de los menos cualificados y desfavorecidos ya no tienen sentido y empiezan a ser desacreditadas por la evidencia empírica.

Según esta opinión de nuevo cuño, pero muy asentada entre el círculo más próximo al recién presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, que es precisamente lo que la convierte en más peligrosa, las reglas y los objetivos fijados por ejemplo en el Pacto de Estabilidad de la Unión Europea -el 3% de déficit público, el 60% de deuda sobre el PIB- están anclados en un arcaísmo teórico superado por el vendaval modernizador. Ya no sirven. De acuerdo con esta versión, esas reglas podían valer para cuando los ‘shocks’ que afrontaba la economía eran relativamente predecibles. Pero los que hemos vivido los últimos tiempos, destacadamente la pandemia, con su correspondiente hemorragia de gasto, no han generado la sorpresa inflacionista para la cual estaban diseñadas las normas convencionales.

Y aquellas reglas, ahora sólo todavía válidas para los nostálgicos, han entrado en desuso porque la estructura económica ha cambiado tanto que los tipos de interés son incluso negativos, sin que se espere que vayan a subir. Estos economistas de la ola que toca defienden que hay que abandonar los objetivos numéricos de déficit y de deuda -porque son arbitrarios y pueden generar incentivos perversos prologando por ejemplo las recesiones-, y que hay que centrarse en otras prioridades como los programas de inversión pública o la estructura de la deuda, sugiriendo quizá algún tipo de cancelación.

Mis conocimientos económicos son mínimos, pero los suficientes, inducidos por los anticuados economistas amigos que me ilustran, para intuir que estas aproximaciones contemporáneas tienen más de fantasioso y de voluntarista que de verosímil. Naturalmente que en una recesión aguda como la que estamos padeciendo el Estado tiene que gastar con denuedo para apoyar el tejido empresarial castigado por factores exógenos y fuera de control como el virus -y algunos países como Alemania y Francia lo han hecho con más intensidad y determinación que el Gobierno de Sánchez-.

Naturalmente que los llamados ‘estabilizadores automáticos’ se activan y que el coste del subsidio de desempleo se dispara a fin de paliar la subida monstruosa del paro. Y también que, dados los tipos de interés negativos del momento, son muy recomendables los planes de inversión pública que aumentan el ‘stock’ de capital y la productividad global de la economía -en carreteras, en nudos de transporte ferroviario-, en obras diferentes a las que se dedicó el infausto plan E de Zapatero. En las condiciones monetarias actuales, gastando más o bajando impuestos generas menos deuda que si no hicieras nada, porque la cocaína -que son los tipos de interés- a precio cero oxigena la producción, alimenta el PIB, y por tanto reduce la proporción de endeudamiento sobre la riqueza eventualmente generada. Nadie duda ni cuestiona estos hechos que forman parte del acervo económico corriente.

Lo que es absolutamente desaconsejable es incurrir no en gastos temporales, que cuando la actividad se recupere desaparecerán inmediatamente, porque han sido desembolsos coyunturales ligados a la crisis. Lo pernicioso es incurrir en gastos estructurales que permanecerán como una losa en el presupuesto público. Este es el caso del ingreso mínimo vital, de consecuencias además perversas sobre el juego de incentivos que anima a la gente a buscar un empleo, o de la subida de las pensiones, o del incremento del sueldo de los funcionarios o del aumento del salario mínimo, que, en este caso, contra lo que digan los economistas de la ‘new wave’, tendrá consecuencias perversas en un país como España con una tasa de paro juvenil de más del 40% y un índice escandalosamente alto de abandono escolar.

Ningún estado de los europeos que padece la crisis como nosotros ha impulsado los impuestos ni ha incrementado los gastos de carácter estructural y permanente como lo ha hecho el Gobierno de Sánchez. La subida inconveniente de la presión fiscal, por motivos estrictamente ideológicos, así como el despilfarro digamos suntuario en colectivos ya suficientemente protegidos de la crisis provocará mucho daño en el futuro y se convertirá en una hipoteca difícil de digerir en los próximos años y en las cuentas públicas correspondientes.

El crecimiento de la deuda de manera coyuntural es algo no sólo aceptable sino conveniente en los presentes momentos de crisis, pero esta nueva teoría que la considera algo así como un problema del pasado, como una obsesión de los economistas nostálgicos, es perniciosa. En términos filosóficos, estadísticos y digamos que absolutos siempre es malo aumentar la deuda, porque por muy bajos que sean los tipos de interés -incluso negativos, como sucede ahora- siempre habrá que devolver el principal. ¡Digo yo! Salvo que nos estemos adentrando en el mundo babilónico que parecen defender estos profetas insanos de la nueva era.

Como bien dice el economista Fernando Fernández Méndez de Andes, el problema de esta visión idílica de la nueva normalidad es que el coste de equivocarse es muy alto. No parece prudente confiar en unas primas de riesgo permanentemente adormecidas por compras masivas e indefinidas de deuda de la FED y del BCE, y por la complacencia de unos mercados anestesiados por unos reguladores benevolentes. El peligro no es sólo aplazar los problemas de pago y confiar en que la recuperación del crecimiento los suavice o disipe, sino creer que el riesgo ha desaparecido, que no hay peligro de insolvencias, que los costes mínimos actuales de financiación son sostenibles de por vida, que el inversor se ha tragado la nueva ortodoxia. Que está ciego y tonto.

El peligro es sostener que la deuda no es un problema porque en último caso siempre se puede reabsorber, reestructurar, deshonrar o licuar. Eso ya lo hemos visto antes y no ha funcionado. Esperar que más expansión monetaria, más dinero, más déficit y más deuda solucionarán los desajustes estructurales que tienen las economías es más que una ingenuidad. Es una irresponsabilidad, un experimento sin gaseosa, un salto sin red.

Modestamente, creo que se pueden extraer algunas conclusiones de lo que está sucediendo, aunque sólo sea para aguar la fiesta y retirar de una vez el champán con el que la progresía mundial está celebrando esta nueva época ideológicamente fatua. La barra libre monetaria decretada por el Banco Central Europeo no va a ser eterna. Los tipos de interés subirán tarde o temprano, salvo que el BCE quiera arruinar de por vida a la banca, que es el corazón del sistema, y que pierde dinero sin solución de continuidad desde hace demasiado tiempo.

Los países deben apostar por reformas estructurales robustas sin dilación porque hemos llegado al punto crítico en el que no hay espacio ni para los pretextos ni para las excusas. La progresía económica mundial, la élite de los economistas de esta era pandémica, el keynesianismo posmoderno, los nuevos amos del universo de las redes sociales se han puesto a cabalgar a lomos de un tigre de Bengala. Pero más que cualquier otro de los animales salvajes, el tigre es impredecible, más fiero y tremendamente voraz. Me parece que los experimentos económicos con fuego real sin igual de temibles.

Un año de pandemia, de errores, de falsedades y de negligencias del Gobierno
Pedro Sánchez ha dedicado más esfuerzos a proteger su lamentable gestión y a profundizar en su rumbo ideológico que a atender la mayor emergencia de la historia reciente.
ESdiario  1 Febrero 2021

Hace ahora un año se detectó el primer caso de enfermo por coronavirus en España, un turista alemán alojado en Canarias. Y también es el aniversario del primer diagnóstico del Gobierno, expresado por Fernando Simón con una frase que resume a la perfección la terrible mezcla de errores, falsedades y negligencias que España ha padecido desde entonces.

Aquel pronóstico del portavoz oficial de la pandemia, según el cual el país sólo sufriría "casos aislados", no solo fue un error clamoroso de diagnóstico; sino un acto de negligencia extrema fácil de demostrar con la ingente documentación probatoria, conocida desde entonces, de que el Gobierno recibió una veintena de avisos concluyentes que desechó de manera incomprensible.

El funesto año de 'Míster Pandemia' al frente de la peor catástrofe sanitaria
Todo lo que no se hizo antes del 8 de marzo, a pesar de las advertencias, explica los mayores estragos sufridos por España desde entonces, resumidos en una de las mayores -y más ocultadas- mortalidades del mundo y la peor recesión económica del planeta junto a la de Argentina.

El Gobierno falló en la previsión y falla en la gestión: su único plan es tapar la huella de su irresponsabilidad extrema

La existencia del virus no es culpa del Gobierno, pero la responsabilidad sobre la dimensión de sus efectos sí lo es. Y la evidencia de que en España han sido muy superiores a las de su entorno debería ser suficiente para auditar la gestión previa desde un verdadero Comité de Expertos, cuando no desde una investigación parlamentaria y judicial.

Un futuro intolerable
Que a todo ello se haya negado el Gobierno, mientras se dotaba de reiterados estados de alarma más destinados a proteger su opacidad que a atender una pandemia de la que ha desaparecido, es la mayor prueba de la mala conciencia y del temor asentados en Moncloa.

Tras todo ese horror, la virulencia de la tercera ola, la parálisis de la vacunación y la insolvente hoja de ruta económica e ideológica en marcha; añaden al dolor previo una incertidumbre insoportable ha pasado un año, pero la luz al final del túnel no termina de divisarse. Y eso, simplemente, es intolerable.

Lo malo tras lo peor
Enrique García-Máiquez. https://gaceta.es 1 Febrero 2021

Iba a titular este artículo «Peor que lo peor», pero me he detenido a tiempo. Mi intención es sostener que, además de la gestión pésima que ha hecho este Gobierno de la crisis sanitaria y económica, hay algo muy grave. Sin embargo, siendo tan serio como quiero argumentar, nada será peor que las decenas de miles de vidas pérdidas, muchas de las cuales podrían haberse salvado con un manejo más eficaz de la pandemia. He cambiado el título.

Lo que en todo caso quiero exponer, aunque no sea peor, también es preocupante, y se suma, encima. Del mismo modo que se dice que «lo mejor es enemigo de lo bueno», podríamos acuñar un nuevo refrán: «Lo peor además es cómplice de lo malo». Hemos tenido, como se repite a menudo, «el peor gobierno en el peor momento». Los indicadores internacionales, oficiales y privados, no dejan lugar a dudas. La gestión española del coronavirus ha sido peor que la de Libia, Marruecos y Etiopía. Pero el problema que yo quiero señalar no es éste, que ya no admite discusión; sino éste: ha sido tanta la incompetencia de nuestros responsables que no nos ha permitido comprobar los fallos objetivos de nuestro sistema político y administrativo.

Han sido tan torpes que no estamos sacando de esta gran crisis al menos la lección elemental de que nuestro Estado no funciona con la eficacia requerida para hacer frente a las grandes amenazas posibles. La mediocridad personal e intransferible de estos políticos tapa a la perfección (lo único que hace a la perfección) fallos más sistémicos.

Las comunidades autónomas han servido apenas para que el Gobierno les quitase, ansioso de protagonismo, toda competencia al principio de un plumazo; y luego, para que les soltase el embolado en cuanto comprobó que él no era capaz de solucionar nada. A partir de este ping-pong de la irresponsabilidad, España es un país sin una política común contra la pandemia en el que se pierde un tiempo precioso con cuestiones competenciales y en el que el desconcierto se impone entre ciudadanos que no saben a qué normas atenerse en su territorio. Si hubiésemos tenido unos responsables políticos inteligentes, trabajadores, autocríticos y concentrados, los fallos de nuestra estructura administrativa hubiesen sido los mismos. Pero estarían ahora mismo en el centro del debate, palpables para la opinión pública y, por tanto, quizá en camino de solucionarse.

No está siendo el caso. De modo que, a la incompetencia general, con tantos daños y perjuicios, se suma imperceptiblemente el lucro cesante de una oportunidad perdida. Cuando no hubo crisis, no era fácil verle las costuras al Estado; y cuando deje de haber crisis, volverá a ser difícil o incómodo. Así que, cuando llegue una nueva situación de gravedad del tipo que sea, incluso aunque entonces tengamos un Gobierno mejor —lo que no será difícil—, nos hallaremos otra vez sin las herramientas institucionales afinadas. Porque en esta desgracia de ahora, nadie se lamenta de las herramientas, habida cuenta de la torpeza absoluta de quienes tienen que manejarlas, que tampoco lo harían bien con mejores instrumentos.

Platón enseñaba que el desorden se instala en una sociedad cuando muchas personas de las que ocupan los puestos de importancia y autoridad no tienen la más mínima cualificación. Se refería a situaciones y consecuencias como las que describo. Un incompetente, además de lo que hace mal por sí mismo, genera tanto ruido y tanto polvo a su alrededor que no permite ver ni atender el margen real de reforma y mejora.

No hablo sólo de las Comunidades Autónomas ni de nuestro control parlamentario de quita y pon. Los datos de vacunación de la Unión Europea son una vergüenza geopolítica. Israel, por supuesto; el Reino Unido y hasta Estados Unidos en medio de su crisis política propia, tienen mejores proporciones de vacunación que Europa. Unos políticos eficaces estarían preguntándose por qué. Los de ahora, en cambio, no quieren preguntarse nada de nada, porque saben que, en las respuestas, entre los fallos sistémicos, brillará su incompetencia. Mejor correr un muy tupido velo de propaganda institucional, declaraciones ampulosas, enfrentamientos políticos, dinero público y vámonos que nos vamos.

Los malos no nos dejan ver lo que está mal. Los incorregibles no permiten que corrijamos. Ni para hacerle un test de estrés a nuestras instituciones autonómicas, nacionales y europeas nos va a servir esta desgracia.

Camino a la decepción
Luis Herrero Libertad Digital 1 Febrero 2021

Hay que agradecerle a Vox que se haya desmarcado de la España previsible. En un país en el que el discurso político lo escriben los amanuenses de los argumentarios, guías plagadas de lugares comunes que convierten el debate público en una sucesión de obviedades de andar por casa, que de repente haya sucedido algo imprevisto, fuera de lo habitual, revitaliza la actividad neuronal de los analistas. Todos andan —andamos— tratando de entender por qué el partido de Abascal le perdonó la vida al Gobierno de Sánchez durante la votación del decreto de las ayudas europeas. La explicación oficial no cuela. Lo que dijo Espinosa de los Monteros el día de autos fue que querían evitar a toda costa que se retrasara la llegada del dinero que tiene que ayudarnos a salir del hoyo, dando por bueno el discurso de Carmen Calvo, que había establecido una relación de causa efecto entre la aprobación del decreto y la percepción del fondo. El problema es que se trataba de una trola mayúscula. Para variar (un ejemplo más de la previsibilidad de la acción política), el Gobierno estaba utilizando la mentira como herramienta de combate. Ni la convalidación del decreto era condición indispensable para poder disponer de la ayuda europea ni la derrota parlamentaria hubiera supuesto un golpe para el prestigio de España en el seno de la UE. El único prestigio que hubiera quedado maltrecho habría sido el de Pedro Sánchez.

¿Por qué los de Abascal dieron por bueno el embuste de Calvo? Ese es el gran arcano de este enredo. A mí solo se me ocurren dos explicaciones posibles: o por bisoñez o por cálculo. Si la culpa la tuvo la inexperiencia no hubiera pasado nada por reconocer el error ante la opinión pública. La humildad dignifica. Si fue una decisión premeditada, los cabeza de huevo que asesoran a Abascal tendrán que explicar qué sacan en limpio. Aparentemente, nada bueno. Para empezar, porque les enfrenta a la contradicción de su propio discurso. Lo que regula el decreto de marras es el mecanismo de gestión de los fondos europeos una vez que lleguen a España. Gracias a Vox, Sánchez consiguió carta blanca para administrar el dinero a su antojo desde el Palacio de la Moncloa, favoreciendo caprichosamente a los empresarios que estén dispuestos a ayudarle a defender su causa. No hay duda de que se trata, en efecto —como bien denunció Espinosa de los Monteros—, del camino más corto al clientelismo y a la corrupción. Pero entonces, ¿por qué no hicieron nada para evitarlo?

No será fácil que vuelva a perfilarse una conjunción astral que le otorgue al partido abascalista capacidad decisoria en una votación de tanta enjundia. Si se hubiera consumado la derrota, Sánchez habría salido del trance hecho unos zorros, no solo por la clamorosa exhibición de una tremenda debilidad parlamentaria —que puede ser crónica si el escenario catalán obliga a ERC a distanciarse del PSOE—, sino también por la obligación sobrevenida de tener que sentarse a negociar el destino de cada uno de los euros que lleguen de Europa. ¿Por qué quisieron ahorrarle el mal trago? ¿Por diferenciarse del PP y Ciudadanos haciendo un extraño ejercicio de travestismo centrista en vísperas de las elecciones catalanas? ¿Se trata de un gesto estratégico de moderación política para quitarse el sambenito de extrema derecha que le ha colgado la trompetería mediática y poder penetrar en el electorado de sus competidores directos el 14-F?

Si se trata de eso, de pescar votos en caladeros colindantes para consumar el sorpasso que barruntaba el último CIS de Tezanos, no le arriendo la ganancia. No hay nada más peligroso, para un partido político, que negar su propia identidad. El PP se fue a pique cuando el pragmatismo de Rajoy lo convirtió en un partido bizcochable, sin convicciones ideológicas capaces de movilizar a los suyos, y Ciudadanos se hundió por renegar de su condición de partido bisagra. Entre los escombros de esos dos cataclismos emergió el liderazgo de Abascal, caracterizado por una insobornable abominación de lo políticamente correcto. Su hostilidad manifiesta a todo lo que oliera a contubernio social-comunista le había aupado al tercer cajón del pódium de la competición política. ¿Por qué cambiar ahora de partitura? La decepción causa estragos. Gracias a Dios, el voto cautivo empieza a ser cosa del pasado.

Camino de la decepción, decenas de años perdidos por culpa del PP
Nota del Editor 1 Febrero 2021

La destrucción de España sigue imparable. Los comunistas, socialistas, independentistas la inestimable ayuda del PP lo están consiguiendo.

Esta página de Internet surgió para tratar de defender los derechos lingüísticos y constitucionales de los español hablantes en Galicia, porque el PP siempre ha laminado los derechos de quienes somos español hablantes.

La ley de imposición lingüística la aprobó el PP (Fdez Albor) y decenas de años después, el tal Núñez sigue implacable en todos los frentes contra los español hablantes:

Pero no hay que olvidar que la cabeza de la hidra es el dr cum fraude, y perder cualquier oportunidad de eliminarlo es un suicidio para quien la pierde y un desastre para España. Deseo que Vox no vuelva a defraudarme.

Sedición educativa
Editorial ABC 1 Febrero 2021

El proceso independentista que desembocó en el 1-O no fue un acontecimiento súbito, sino la suma de numerosos procesos sediciosos de ámbito limitado que dio como resultado aquella declaración unilateral de independencia proclamada por el prófugo Puigdemont, tan efímera como delictiva. De todos esos afluentes que nutrieron el llamamiento a la sedición del 1-O el más constante y flagrante es el educativo. La educación en Cataluña lleva en estado de sedición desde hace décadas, con gobiernos centrales y autonómicos de cualquier signo, y ante la impotencia de los tribunales de justicia, incluido el Constitucional, que han pretendido mantener la vinculación de la enseñanza en Cataluña con los valores constitucionales básicos. Sin embargo, el separatismo ha campado a sus anchas con la educación de los niños y jóvenes catalanes, imponiendo el monolingüismo, desobedeciendo sentencias firmes de los tribunales y difundiendo una historia inverosímil de Cataluña.

La trayectoria del Estado ha sido condescendiente durante mucho tiempo, dejando hacer al nacionalismo catalán a cambio de votos en Madrid, pero con el Gobierno de Sánchez ha pasado a ser coautor del despropósito educativo catalán, al erradicar el castellano como lengua vehicular en la enseñanza. No habrá cambio posible en Cataluña hacia la convivencia social y la lealtad constitucional mientras no se desmantele el sistema de opresión educativa construido por el nacionalismo. Los contenidos de los libros de historia que se utilizan en las escuelas y colegios, a los que ABC dedica hoy un amplio informe, recogen todas las manipulaciones históricas necesarias para justificar el enfrentamiento de Cataluña con España. Son las ensoñaciones propias de esos nacionalismos etnicistas que buscan su legitimación en la oscuridad de los tiempos medievales antes que en las libertades de los sistemas constitucionales democráticos. Cuando un sistema de enseñanza repite machaconamente mentira tras mentira, es difícil que los jóvenes formados bajo este régimen de adoctrinamiento estén bien formados para los valores de un Estado de Derecho. El respeto a la ley, el acatamiento a los tribunales y la aceptación de la autoridad democrática quedan anulados por una enseñanza que propugna que Cataluña está oprimida y ocupada por el Estado español, que el castellano es una lengua extranjera y que la Constitución es una norma impuesta.

El declive de la convivencia en Cataluña también responde a la forma en que se está educando a sus niños y jóvenes, obligados a estudiar ese pasado que a los nacionalistas les hubiera gustado que ocurriera, pero que es muy distinto al real. Esta dislocación entre la mentira y la verdad sobre lo que los catalanes han sido y son mantiene sumida a Cataluña en una permanente frustración política, la que provoca el nacionalismo por forzar a una independencia incívica e impedir una convivencia democrática.

Cataluña va a votar el 14-F su nuevo parlamento, pero no hay muchos motivos para el optimismo por sus resultados. Mientras la izquierda se comporte como la nave nodriza del independentismo, regándolo con poder, influencia y competencias y perdonando sus excesos -indultos, reforma de la sedición-, el separatismo no cambiará de estrategia. No basta con cambiar de gobierno en Cataluña si las bases de la ruptura separatista van a permanecer. La experiencia de los gobiernos de Maragall y Montilla es un aviso para no creer a los socialistas cuando prometen cambios. Cuando pudieron hacerlos, se dedicaron a abrir las puertas al proceso separatista. Y el caldo de cultivo sigue siendo un sistema educativo segregacionista, manipulador y doctrinario, además de ilegal, que la izquierda mantiene y refuerza.

La socialdemocracia, el parásito alojado en el sistema capitalista, completa su giro de 360º
LO TENÍA TODO Y DESPLEGÓ SU TOTALITARISMO MATRIZ
Karina Mariani https://gaceta.es 1 Febrero 2021

Tal vez el lector haya experimentado alguna vez esta sensación: uno se pone a hacer algún arreglito en la casa con baja expectativa sobre el resultado. Hacia el final de la faena, uno lo mira y dice: bastante bien, eh! Casi profesional, salvo por ese pequeñísimo detalle imperceptible, marginal. Entonces, en lugar de dejar al detallito en paz (después de todo es la nada) va uno a corregirlo y en su obsesión agranda el detallito hasta que arruina todo el arreglo y la cosa termina peor que como estaba. Un giro de 360° hizo uno con el bendito arreglito, ahora el detalle es una barrabasada que salta a los ojos más ciegos.

Ese giro de 360° es el que hizo el socialismo en los últimos tiempos. Salió de la Segunda Guerra muy entero. Es cierto que en su versión extrema formaba parte del Imperio Soviético ofreciéndose como la contracara del sistema capitalista. Pero en su versión soft, la más sofisticada, fue el parásito que se alojó en el sistema capitalista y creció exponencialmente con mucho menos esfuerzo. Ese parásito se llamó Socialdemocracia: era, por diseño, tolerante, bien hablada, sutil, culta, amable, ecuánime.

La socialdemocracia había logrado un gigantesco consenso, una unidad de criterios global, una ética casi unánime. La disidencia hacia comienzos de este siglo era francamente marginal. Tenía todo, o todo lo que importaba. Los gobiernos, los partidos políticos, las comunicaciones digitales, los medios, la academia y la educación básica, las finanzas, las artes y el espectáculo, los organismos internacionales, las corporaciones religiosas, las organizaciones sociales. Abarcó, abarca, un consenso mundial bienpensante y buenista que con los años se volvió tan inflexible que fue incapaz de soportar la menor disidencia, hasta una pequeña e instrumental. Así que combatió a la pequeña disidencia con todas sus fuerzas, mostrando unos terribles dientes y zas! Agrandó locamente el problema. ¿Cuándo enloqueció todo?

La socialdemocracia no sólo aceptó la democracia como modelo, a la larga se transformó en su garante y posteriormente hasta en su sinónimo. A cambio de tan altruista concesión, la socialdemocracia trastocó uno a uno los valores occidentales, poniéndoles su apellido y haciendo como los perritos cuando quieren marcar territorio. Así, a la justicia le creció su nueva versión: la justicia social. Con ella, con la justicia social, empezó todo. La justicia social terminó con la igualdad ante la ley, pero además abrió paso al poder enorme de todo tipo de corporativismo que se transformó en su amo y guardián.

También le puso su apellido a la economía: la economía social. Con la economía social el mercado y la propiedad privada pasaron a tener (obvio) una función social. Para que la función social prospere y no sea subsumida bajo las garras del mercado, que para tales fines debió asumirse como “el malo”, se debió interponer el control social. Esto no es ni más ni menos que la intervención política de la actividad económica a través de la planificación (cuando no) social. El Estado, cuya performance fue lamentable y criminal en la primera mitad del siglo, fue el protagonista de la reconstrucción social a partir de la segunda mitad, un milagro del márketing político.

Tampoco se salvó la paz del apellido social. La paz social, ese vergel de convivencia cívica, requería de una serie de intervenciones para que la acumulación de riqueza no generara unas tensiones que chocaran contra la justicia social. A esta altura el loop es evidente. Las intervenciones necesarias para asegurar la paz social requirieron de ingeniería social y de esa costilla obtenemos el Estado del Bienestar, la fórmula socialdemócrata por excelencia.

El Estado de Bienestar es el dogma más indiscutible de la socialdemocracia. Su razón de ser se basaba en amortiguar la maldad del mercado, redistribuyendo sus efectos y corrigiendo así los desequilibrios que, de su libre accionar, podrían aparecer. Mientras el comunismo se encaminaba hacia el colapso, la socialdemocracia parasitaba lo más oronda al capitalismo y para colmo estigmatizaba la riqueza que éste generaba. El mantra de que por cada crecimiento, había un decrecimiento en algún otro lugar del sistema era el juego de suma cero que rige hasta la actualidad, como rige la alergia de la socialdemocracia hacia los datos estadísticos.

La función del socialismo es sembrar y recoger descontentos. Bajo esta premisa era necesario imponer que lo que unos tenían era necesariamente robado a otros, condición ancestral originada en un pecado original de acumulación. Para que el Estado de Bienestar solucionara este mal era necesaria la solidaridad entendida como la aceptación incondicional de la suma cero, la culpa por la posesión y, en definitiva, la solapada pero vieja idea de que la propiedad es un robo. Pero la socialdemocracia no cometió los errores del comunismo. La propiedad, entonces no sería un robo si mediaba la Solidaridad. Con la Solidaridad se expiaba el pecado de poseer y esa bula la daba el Estado tomando de unos para dar a otros, a las víctimas del sistema capitalista, a las víctimas del mercado.

El consenso socialdemócrata hizo crecer al Estado omnipresente, generador de derechos (como no podía ser de otra manera) sociales. Vinieron los de segunda generación y ya vamos como por la décima generación de cosas que, si se pueden pensar, son un derecho.

Sólo hay Bienestar si el Estado genera políticas públicas que garanticen esos derechos y los derechos no han parado de crecer. Las personas dejaron de ser responsables de su propio bienestar, siendo, paradójicamente, responsables del bienestar de otros. Para garantizar que el flujo de derechos no se detenga, la intervención fue cada vez mayor en la vida privada y pública. Enfrentarse a esa corriente es enfrentarse al bien y a la trasmisión de los valores que del bien emanan. Sólo el Estado de Bienestar deparaba progreso en base al Bien Común que reparte el resultado del esfuerzo personal hacia el sujeto colectivo. De aquí la base de la responsabilidad (por supuesto) social.

El progresismo así diseñado y concebido es la izquierda pero con unos filtros más coquetos. El progresismo impuso, en el marco de la fina elegancia socialdemócrata, una serie de mandamientos que sólo fueron posibles una vez que la solidaridad, la igualdad y la distribución estaban formateadas. La hegemonía cultural que se gestó en este proceso se transformó en un modo de entender el pasado, el presente y el futuro, en una guía personal y en un manual de estilo político. Llegados hasta aquí ya es casi imposible encontrar en el discurso político mundial, voces que no suscriban a la idea de que sólo el Estado puede garantizar el acceso universal a la salud o la educación, por ejemplo, y que sólo el Estado es que tiene el oráculo del Bien Común. Tal es el tamaño del éxito socialdemócrata.

En Occidente nunca dejó de crecer el consenso socialdemócrata, si alguna vez se agachó fue para tomar impulso. Por esto, la vieja división de izquierdas y derechas devino abstracta y lo que había era un gran régimen occidental progresista con lineamientos que usaban la ética de las democracias liberales para sostener la tolerancia hacia políticas cada vez más reñidas con los principios de esas mismas democracias.

Sin contrapesos, tiraron de la cuerda mucho y comenzaron a aparecer disidencias minoritarias aisladas. Muchas alarmadas por los desequilibrios económicos, la prostitución de las monedas, la adicción a la deuda, los quebrantos de los sistemas previsionales o sanitarios, el sostenido reemplazo del sector privado por el público y, en definitiva, el inexorable fin de la generacion de riqueza en manos de las clases medias. Este ocaso del capitalismo fue denunciado por el liberalismo (en el sentido europeo o hispanoamericano) que entendió rápidamente que se estaba pervirtiendo el sistema con el control de precios, con el salario mínimo, con el proteccionismo, los subsidios a casi todo, los aranceles y una marea burocrática y fiscal que no encontraba techo.

El otro grupo que planteó disidencias podía, o no, tener puntos en contacto con el liberal, pero estaba más ligado a la conservación de la tradición cultural. Este grupo vio en jaque su marco de valores bioéticos con cuestiones como el aborto o la eutanasia. Se sumaban a su alarma el desprecio a su concepto de familia, la radicalización de la intervención educativa, las modificaciones del lenguaje, la reescritura de la historia o la relativización de la ciencia según criterios políticos decididos de arriba hacia abajo. Nótese que estas minorías disidentes planteaban su alarma dentro de los marcos socialdemócratas establecidos, la resistencia dentro del sistema burocrático por la socialdemocracia también establecido y sin colisionar con el circuito electoral cuyas reglas también eran parte del mismo sistema que criticaban. Es decir que las disidencias eran, francamente, el detallito del arreglo casero que se planteaba al principio.

A ese grupete mínimo de voces disidentes, a esa contracultura que no tenía casi participación político partidaria, que era invisible en el marco de los organismos internacionales, que no tenía casi voz artística ni representación mediática. A ese grupo que sólo levantó la voz cuando ya la cosa se había ido de madre y que, con eso y todo, no planteó una revolución ni una ruptura sino simplemente un freno; la socialdemocracia lo llamó la extrema derecha, el nuevo satán cuyos derechos a la tolerancia, a la expresión, a la elección política o a la libertad individual no debían ser garantizados.

Para ser sinceros, poco se disputó la conducción del descontento. La actitud conformista de todo lo que estaba a la derecha de la izquierda necesitó del abuso y del absurdo para presentar pelea, y sufrió una derrota en la muy actual “batalla de las ideas”. Un error de exceso de elegancia, tal vez, cuando, en realidad, el liberalismo debió ser siempre una molestia para el Estado, un control incómodo e incesante, y no esperar a que el socialismo lleve las riendas de la economía mundial o que la titular del FMI llamara a gastar “todo lo que se pueda y tenga”.

El centro político, incluso aquellos partidos que para la socialdemocracia eran de derecha, se había alineado con la izquierda moderada. Pero su agenda se mimetizaba con la izquierda radical aceptando, por ejemplo a pies juntillas, la supremacía indigenista o feminista. El consenso socialdemócrata impidió la contrastación empírica, denigró los datos científicos y se peleó para siempre con la biología y la historia. Y la representación política temió que la socialdemocracia la señalara como la resistencia. Concedió por temor al mote de “derecha”. Gracias a ese accionar político de décadas la política tradicional perdió representación y se ampliaron las voces disidentes a contra corriente y más allá de los límites que le simpatizaban al sistema socialdemócrata.

Esto ofendió a la socialdemocracia que ahora infunde miedo, se acerca al giro completo y vuelve a mostrarse como el socialismo intolerante y violento que quiso disimular. La defensa de la libertad individual, del libre albedrío, del mérito, del modo de vida occidental, la preservación del ámbito privado, el traspaso de las tradiciones a los hijos, el amor romántico y la inviolable vida íntima son un estigma y pobre del que ose defenderlos. ¡Pero estos eran valores que la democracia liberal consideraba sagrados!. El Estado se arrogó atribuciones mucho más allá del Bienestar. Otra vez la democracia es un peligro como en el viejo dogma soviético, otra vez los individuos no son capaces de saber lo que es bueno para ellos, otra vez hay que “reprogramarlos”, (sólo que ahora se llama “deconstruir”) porque votan mal, comen mal, consumen mal, aman mal, educan mal, producen mal, rezan mal, recuerdan mal, lloran mal y se ríen peor.

La socialdemocracia entregó sus buenos modales y revirtió su tolerancia. Si la solidaridad o la redistribución no son un arma para lograr sus designios, bien sirven el expolio, la cancelación o la censura. La lucha por la libertad se condena como egoísmo y se tolera una crítica puntual si esa crítica se desenvuelve dentro del marco del consenso. Las supuestas derechas aceptadas son las que hocicaron ante los poderes superiores en línea con la agenda socialdemócrata. Pero no habrá piedad para quienes tengan otra agenda o se atrevan a desafiar su poder, aún cuando sea necesario pasar por sobre los valores de las mismas democracias liberales.

El socialismo del Siglo XXI no fue el que sufrió ni censura en redes, ni cancelación de sus cuentas en bancos internacionales, y sus representantes siguen hablando en Davos o en ONU no importa cuantas salvajadas cometan. China goza de una consideración del mainstream internacional que se le niega arbitrariamente a cualquier líder que saque las patas del plato socialista. Ya ni se trata de simular tolerancia y la libertad de expresión sólo es aceptable si se atiene a lo que el consenso socialdemócrata considera decente. Si alguna idea va contra el diseño del Bien Común, ha de ser necesariamente mala y es lícito silenciarla. La descalificación hacia el disidente está justificada así como el atentar contra sus bienes y contra su persona misma. Todo lo que no es consenso es populismo, fake o discurso del odio y no hay acción injusta o ilegal que presente reparos a la hora de combatir la disidencia. La socialdemocracia lo tenía todo, pero como el alacrán no pudo contra su naturaleza y desplegó a los ojos del mundo su totalitarismo matriz ante la menor resistencia. Pegó la vuelta completa, se pasó de rosca. Tal vez, después de todo, sea una buena noticia.

“Me marcho, Wiwine —repitió Zenón—. Quiero ver si la ignorancia, el miedo, la inepcia y la superstición verbal reinan en todas partes, igual que aquí”
Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar

El Estado de malestar
Amando de Miguel Libertad Digital 1 Febrero 2021

En varias lecturas, noto, ahora, una inquietante tendencia gramatical a escribir la palabra “Estado” con minúscula. No se refieren al estado de la materia o de la mente, sino al Estado como persona jurídica, acaso la más poderosa y atosigante que ha existido nunca. Incluso, en el teclado de mi ordenador, algunas veces, cuando introduzco la palabra “Estado”, me la convierten en “estado”. Da la impresión de una respuesta aleatoria, lo que me produce incertidumbre.

Una de las funciones del Estado es la de canalizar una parte de los fondos producidos por la población ocupada a la suma de los inactivos. Esto es, los jubilados, amas de casa, estudiantes, otros menores, enfermos, discapacitados, parados, jóvenes en busca del primer empleo. Se trata de una suma que constituye el grueso del censo. Todo eso está muy bien; se llama “Estado de bienestar”, la forma más general de la solidaridad. Pero la cuestión inquietante es que, puede llegar un momento en que los ocupados empiecen a ser una escuálida minoría de la población. Es un síntoma de que el Estado de bienestar llega a ser de malestar. No hay forma de pagar la solidaridad.

Podría parecer una cuestión retórica. Hay otras. Por ejemplo, parece una desmesura léxica aceptar, literalmente, el adjetivo “unidos” a algunas instituciones grandiosas. No solo los Estados Unidos, sino las Naciones Unidas, el Reino Unido, la Unión Europea, o, incluso, a escala doméstica, Unidas Podemos. Ahí es donde se ve lo ilusorio que sería una especie de Estado Global.

Prolifera el Estado de bienestar por todo el mundo, pero se recorta, ahora, con los efectos de la pandemia del virus chino, agravado por la cepa británica. Ya ha ocasionado más de dos millones de víctimas mortales en todo el mundo. Es una cifra de muertes extraordinarias, que supera, con mucho, la que se debe al terrorismo y fenómenos afines. En plena era científica, parece que regresamos a la Edad Media. Solo que ahora no hay rogativas ni sahumerios. En España y otros países, se añade a esa inmensa tragedia la aprobación de una ley de eutanasia y de suicidio asistido. Sarcástico.

Es gran error la confianza de que el Estado pueda proporcionar bienestar sin límite a la población necesitada.

La idea de la Unión Europea, como una especie de confederación de Estados europeos, supone que los Estados miembros son equivalentes. Es una noción sobremanera ingenua. No es solo que la Unión Europea excluye al Reino Unido, Suiza, Rusia o Ucrania, que ya es decir. En la práctica, la Unión Europea funciona, realmente, como una forma de hegemonía del eje francoalemán. Son dos potencias, Francia y Alemania, que tantas veces se han enfrentado en otros tiempos. En el mejor de los casos, la cesión de soberanía, que representa la constitución de la Unión Europea, presenta algunos aspectos positivos, pero con un coste excesivo y una burocracia elefantiásica. Véase, por ejemplo, la incompetencia de “Bruselas” a la hora de organizar los contratos para las vacunas de la pandemia.

En buena teoría, el Gobierno de la Unión Europea trata de canalizar abundantes fondos públicos hacia los Estados miembros más modestos. Pero, en la práctica, ese trasvase supone el coste de una política proteccionista, lo que equivale a producir más caro. La Unión Europea no puede competir, ventajosamente, con otras economías emergentes, como, por ejemplo, las asiáticas. El sistema universitario de la Unión Europea, aunque siga siendo de primer orden, asiste al hecho de que muchos egresados se dirigen a los Estados Unidos. Al tiempo, la Unión Europea se ve obligada a aceptar cantidades ingentes de inmigrantes y refugiados, que provienen del llamado “tercer mundo”. Son los que pasan a ocupar puestos ancilares, que rechaza la población autóctona. El resultado no es un “crisol”, sino un amasijo étnico y cultural, poco integrado y hasta explosivo. No es metáfora; el terrorismo islamista es una amenaza seria para la Unión Europea, entre otras formas de desorganización social.

Se dirá que el nivel de vida de los europeos de la Unión nunca ha sido más alto que ahora. Pero, el cálculo, meramente, estadístico, debe completarse con la sospecha de la mengua de algunos preciosos valores. Se pueden citar: la libertad, la autonomía personal y la soberanía de los Estados.


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España, abocada a la ruina: la realidad desmonta la propaganda del Gobierno de Sánchez
EL MAYOR DESPLOME DESDE LA GUERRA CIVIL
Agustín Benito. https://gaceta.es 1 Febrero 2021

La pandemia llevó a la economía española a registrar en 2020 un descenso histórico del PIB del 11%, el mayor desplome desde el inicio de la Guerra Civil, por los confinamientos, la paralización de muchas actividades, el cierre de miles de negocios y la gestión del Gobierno. Hasta ahora, el peor hundimiento se había registrado en 2009, en la crisis financiera, con un retroceso del 3,8%, pero con el virus originado en China se han batido todos los récords negativos.

Los datos la Encuesta de Población Activa (EPA) conocidos el pasado jueves revelan una destrucción de 622.600 puestos de trabajo en 2020 respecto al año anterior. España cuenta con casi cuatro millones de parados de manera oficial -y un desempleo juvenil superior al 40%-. 755.000 trabajadores están en ERTE, aunque figuran como ocupados a pesar de tener el empleo suspendido, 350.000 autónomos se encuentran en cese de actividad -se desconoce si podrán volver a abrir- y se han perdido casi 100.000 autónomos empleadores.

Sectores como la hostelería se encuentran arruinados y sin ayudas directas, del Gobierno socialcomunista han recibido cero euros. Y denuncian que los datos del Ministerio de Sanidad evidencian la “escasa incidencia de contagios” en sus establecimientos, que estiman en un 2%.

El turismo, por su parte, un sector que representa más del 12% del PIB, ha retrocedido a niveles de hace más de 20 años. En este sentido, ha advertido de la crítica situación a la que se enfrentan empresas y negocios, y de que sin ayudas se perderían un millón de empleos más entre directos e indirectos, y 100.000 establecimientos se verían obligados al cierre.

En este sentido, los autónomos denuncian que “no hay crecimiento sólido ni la recuperación va a ser cosa de unos meses”. “Los datos nos devuelven a la realidad que algunos se obsesionan en no querer ver”, aseguró el pasado viernes el presidente de la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA), Lorenzo Amor, al tiempo que desmontó la consigna de Moncloa de que el país está saliendo “más fuerte”.

En Europa, se vio tras el acuerdo alcanzado entre los veintisiete países miembros de la UE para el fondo de recuperación, la imagen de España es la de un país necesitado. Y todo pese a la propaganda gubernamental de la factoría Iván Redondo, el gurú de Pedro Sánchez, y los aplausos de los ministros al presidente del Gobierno. La situación es tan crítica que el ministro José Luis Escrivá ya ha adelantado este domingo en una entrevista la necesidad de un “hachazo” a las pensiones de 30.000 millones de euros al año.

La obsesión por la propaganda
Con la pandemia ya instalada en nuestro país, los agitadores mediáticos de las consignas de Moncloa nos dijeron “el machismo mata más que el coronavirus”. Era falso. Se demostró cuando caían 800 y 900 muertos cada día por un virus que, en España, solamente iba a tener, como mucho, algún caso diagnosticado –Fernando Simón dixit-. Y se demuestra hoy, con más de 400 fallecidos cada 24 horas.

Después llegó el Gobierno con su “no vamos a dejar a nadie atrás” y la famosa campaña institucional “Salimos más fuertes” en todas las cabeceras, aunque nunca explicó quiénes. Serían las televisiones privadas a las que en plena primera ola concedió 15 millones de euros.

En pleno verano, en un acto electoral en el marco de las elecciones autonómicas en Galicia, Sánchez afirmó haber derrotado al virus, llamó a salir a la calle y a “disfrutar de la nueva normalidad recuperada”. Sus palabras las repitieron todos sus órganos de propaganda. Luego, España lideró los peores ranking de la pandemia en la segunda oleada de la pandemia.

Con la vacuna contra el coronavirus, más propaganda. Su llegada fue convertida en otro acto publicitario socialcomunista al etiquetar la compra pactada por la Unión Europea como “Gobierno de España”. Hoy, tenemos escasez de viales y regiones como la Comunidad de Madrid han anunciado que no administrarán a lo largo de dos semanas ninguna primera dosis por contar con menos de las prometidas por el Ejecutivo, una decisión que afecta a todas las personas que forman parte de los primeros grupos de riesgo y quieren vacunarse.

La obsesión por la publicidad se ha mantenido en las últimas semanas con la utilización de la vía urgente para destinar 112 millones de euros a publicidad institucional durante los próximos dos años. Sí, en medio de una crisis económica que tiene a millones de españoles en vilo y con las nefastas cifras recogidas en este artículo sigue el interés socialcomunista por el relato. Y con prisa porque, asegura el Gobierno, debido al covid-19 “se ha retrasado la difusión de ciertas campañas…”.

También con la colocación del exministro de Sanidad Salvador Illa como candidato a la presidencia de la Generalitat de Cataluña tras un balance de mentiras, falta de previsión y nefasta gestión.

España se llena de víctimas
Pedro de Tena Libertad Digital 1 Febrero 2021

España se está llenando de víctimas que podrían no haberlo sido de contarse con una gestión medio normal de una desgracia como la que sufrimos.

Muchos todavía no tienen clara la diferencia entre víctimas y verdugos. De hecho, hay quien considera que si el asesinado es una víctima, el asesino es asimismo víctima de circunstancias que lo conducen al crimen. Pero para el sentir común y la justicia, y resumiendo, una víctima es quien sufre un daño innecesario o evitable y un verdugo es quien lo causa por crueldad o negligencia. Por ejemplo, Alberto Jiménez Becerril y Ascensión García Ortiz fueron víctimas ejecutadas por los asesinos y verdugos de ETA Mikel Azurmendi Peñagaricano y Maite Pedrosa Barrenechea, que acaban de ser favorecidos por el gobierno de Pedro Sánchez con un acercamiento a sus domicilios de origen. Ya saben, los votos de Bildu tienen que pagarse.

Desde el siglo XIX, con sus guerras, la de la Independencia y las políticas, España se fue llenando de víctimas. La Guerra Civil pareció colmar la urna funeraria nacional pero no. Luego apareció el terrorismo etarra sumando asesinatos y después, el terrorismo sin nombre aún del 11-M, podría haber cerrado la suma hasta que llegó la pandemia de Covid 19 que ha vuelto a llenar nuestro cementerio nacional con nuevas víctimas. 60.000 mortales según el gobierno y 80.000 según los datos más creíbles. Unánse a los más de 2,7 millones de contagiados, de los que un grupo notable se unirá a los fallecidos. No diremos que todas ellas hayan sido víctimas que han sufrido un daño innecesario o evitable, pero sí decimos que la pésima e irresponsable gestión de la pandemia por parte de un gobierno de 17 regiones y “8 naciones”, no un gobierno de España, ha hecho que muchos de ellos puedan considerarse víctimas.

Ahora deben agregarse las originadas por la vacunalipsis now que estamos padeciendo con estupor cuando ni siquiera las máximas autoridades europeas, de desprestigio en desprestigio, saben qué dicen los contratos que firman y la fuerza legal que tienen sobre las industrias farmacéuticas. Si a ello le unimos la distribución opaca y politizada por los intereses electorales de las vacunas disponibles, constatamos que hay regiones que ya no tienen, otras que van camino de no poder poner la segunda dosis y hemos tenido que tomar vergonzosa nota de que hay autoridades que se han vacunado por la cara sin importarles un pepino el derecho de otros ni la ley. Todo se va llenando de víctimas, de españoles que sufren daños innecesarios o evitables si la gestión hubiese sido otra.

Y ahora, vayamos a las víctimas no sanitarias, la cara oculta de la pandemia vírica que es la crisis económica y social derivada del cese de las actividades productivas. Salvo los pensionistas, casi 9 millones, los funcionarios, entre los que debemos contar a todos los políticos con sueldo, más de 3 millones y los grandes y medianos empresarios que pueden hacer recaer los costos de sus pérdidas sobre los demás, asalariados o accionistas, el resto de los ciudadanos tienen papeletas para ser víctimas de la pandemia social. El caso de los autónomos, la hostelería y otros negocios es claramente agónica y muchos pequeños empresarios y asalariados verán cómo el coste de la tragedia se ceba, antes o después en ellos. El cuarto trimestre de 2019 según la Encuesta de la Población Activa la tasa de paro se situaba en el 13,78%. Un año después, en el 16,54 %, con más de medio millón de personas más a pesar de las contrataciones oficiales a que ha dado paso la pandemia. Y sin contar, oígase, los más de 800.000 trabajadores acogidos a un ERTE.

O sea, España se está llenando de víctimas que podrían no haberlo sido de contarse con una gestión gubernamental medio normal de una desgracia como la que sufrimos. Sin embargo, a pesar de habernos negado un tiempo el uso de mascarillas, de consentir contagios masivos, de impedir un tratamiento nacional de la enfermedad, de haber dicho una cosa y la contraria decenas de veces desorientando a todo el mundo y otras lindezas, faltaba la última: la fuga del disfrutador ministro de Sanidad en el peor momento de la plaga poniendo por encima de todo los intereses del PSOE. Cuando las encuestas siguen dando la victoria a este socialismo sectario y antinacional, cae uno en la perplejidad. No cabe duda de que tenemos lo que nos merecemos y votamos.

Y allá lejos, en Davos, el pasado 25 de enero, el gran dictador comunista chino, si no se remedia pronto nuestro gran timonel, Xi Jinping, cantaba las virtudes de la autoridad mundial, con China en el puente de mando, sobre las naciones y no se refería siquiera a su responsabilidad por la extensión mundial del contagio del Covid 19. “Hasta ahora, China ha brindado asistencia a más de 150 países y 13 organizaciones internacionales, envió 36 equipos de expertos médicos a países necesitados, y mantuvo su firme apoyo y participación activa en la cooperación internacional sobre las vacunas COVID”, dijo. Y decimos: “El señor don Juan de Robres/hizo este santo hospital/, pero antes hizo a los pobres”.

O sea, si seguimos siendo una nación sin norte en una Europa sin cabeza y seguimos votando lo que votamos, seguiremos apilando víctimas.

Intolerable violencia separatista contra VOX
EDITORIAL Libertad Digital 1 Febrero 2021

La campaña de las elecciones regionales catalanas ha comenzado con episodios de violencia callejera contra los candidatos contrarios al separatismo, unas imágenes tercermundistas que ya son habituales en la política catalana cuando los demócratas plantan cara a los independentistas y sus abusos.

En estos primeros días de campaña se han producido no pocos altercados contra VOX, el partido más significado en la batalla judicial contra la intentona golpista del 1-O y cuyos candidatos están teniendo serios problemas para desarrollar sus actos públicos con una mínima normalidad.

Santiago Abascal tuvo que ser protegido por la fuerza pública ante una multitud de energúmenos nacionalistas que le lanzaba piedras, lo que dice mucho de la manera chapucera y politizada con que la policía catalana incumple su obligación de garantizar el desarrollo normal de la campaña. Un día después se produjeron nuevos altercados en diferentes puntos de Cataluña contra los candidatos del partido conservador, a los que trataron de silenciar por medio de la violencia sin que, de nuevo, los Mossos d’Esquadra cumplieran con su obligación. Tiene razón el partido de Abascal al denunciar la complicidad de la Generalidad con estas constantes agresiones que sufren sus militantes, simpatizantes y candidatos, una situación inaudita en países desarrollados como el nuestro que, desde luego, sería respondida por la fuerza pública de muy distinta manera si las víctimas de los ataques fueran de otro signo político.

Todos los partidos demócratas deberían condenar la violencia de los separatistas y denunciar la impunidad con que actúan gracias a la complacencia de las autoridades de la Generalidad. No en vano son los propios dirigentes de las fuerzas independentistas, muchos de ellos con responsabilidades institucionales, los que instigan estos actos violentos contra los que defienden la libertad de todos los ciudadanos y la vigencia de la Constitución también en Cataluña.

Es realmente vergonzosa la naturalidad con que son asumidos los ataques y amenazas del separatismo contra una fuerza política perfectamente democrática y constitucionalmente ejemplar como lo es Vox, por más que la propaganda infecta del socialcomunismo y sus aliados separatistas, con ayuda de los grandes medios de comunicación, trate de intoxicar al electorado presentando a las víctimas de sus violencias como responsables de las mismas.

Nuevo ataque a Vox en Sabadell pese al dispositivo policial

Redacción https://rebelionenlagranja.com

Un mitin convocado por Vox en Sabadell (Barcelona) ha derivado este domingo en incidentes, pese al dispositivo policial desplegado en la zona, a causa de los manifestantes antifascistas que habían acudido al lugar para protestar por la celebración del acto.

Los altercados se han producido alrededor de las 11.00 horas de esta mañana en Sabadell, donde los candidatos de Vox por Barcelona Antonio Gallego y Juan Garriga, así como el diputado en el Congreso Juan José Aizcorbe, han realizado un acto de campaña.

Los Mossos d’Esquadra, según fuentes policiales consultadas por Efe, investigan a una persona por daños a objetos a raíz de los incidentes, si bien no consta ningún detenido ni denuncia.

Los incidentes en Sabadell han ocurrido un día después de que el presidente de Vox, Santiago Abascal, fuera recibido en Girona con insultos y lanzamiento de grava por una cincuentena de intolerantes que acudieron el lugar.

Ayer, el Moviment Popular de Sabadell convocó a través de las redes sociales una concentración para las 9.30 horas de este domingo con motivo del acto de Vox, bajo el lema «Echemos al fascismo», una protesta a la que se sumó Arran, organización juvenil vinculada a la CUP.

Fuentes de Vox han explicado que los manifestantes han estropeado parte del material de sonido que tenían preparado para el acto al derramar una botella de agua encima.

Las citadas fuentes atribuyen los incidentes en diferentes actos del partido a que los cordones policiales de los Mossos no alejan lo suficiente a los manifestantes para evitar los altercados.

Aunque agradecen a la policía catalana su labor en los actos, responsabilizan a la conselleria de Interior de haber estado dando órdenes a los Mossos para que los cordones no impidan los incidentes.

SegúnVox, en Reus, Tarragona, un grupo de radicales también ha increpado este domingo por la mañana al diputado en el Congreso Javier Ortega Smith, que ha realizado un acto electoral en la plaza Llibertat de la localidad.

Y mientras tanto, la agencia EFE narra los hechos como trifulcas callejeras entre partidarios de vox y los ‘antifascistas’. Y tacha, literalmente, de extrema derecha a la única formación que no responde con violencia a la violencia.

Abascal culpa a PP y PSOE de la «impunidad» de los golpistas: «Es consecuencia de su permisividad»
OKDIARIO 1 Febrero 2021

Santiago Abascal cree que los golpistas del 1-O gozan de una situación favorable por culpa de PP y PSOE. El líder de Vox ha afirmado este domingo, durante un mitin en Lérida, que la «impunidad a los golpistas es consecuencia de la permisividad de PP y PSOE durante años», en referencia a los líderes del procés encarcelados que han salido de prisión tras obtener el tercer grado.

Abascal ha asegurado que el Partido Popular «no hizo nada frente al golpe en 2017 en Cataluña», cuando tenía mayoría absoluta en el Congreso, mientras que lo que hizo Cs, a su juicio, fue marcharse a Madrid.

El líder de Vox ha defendido al candidato de su partido en las elecciones del 14-F, Ignacio Garriga, subrayando que hará una oposición «contundente e implacable», avisando de que «si los golpistas lo vuelven a hacer, Vox los volverá a llevar a los tribunales y volverán a entrar en prisión».

Abascal también ha tenido palabras de reproche para el Ejecutivo de Pedro Sánchez, asegurando que «el Gobierno socialcomunista le permite todo a la inmigración ilegal y a los hosteleros les deja en la ruina».

Garriga, por su parte, ha dicho que Vox tiene el objetivo de «recuperar la ley y el orden frente a la mafia separatista que promueve la delincuencia».

Ha subrayado asimismo que el proyecto de Vox pasa por «recuperar la seguridad en los barrios y por defender el producto nacional ante la llegada masiva de productos de terceros países».

Para finalizar, Garriga ha afirmado que «el separatismo y la izquierda han llevado al precipicio» a Cataluña, y reivindica que tras el 14-F tendrán presencia en el Parlament para luchar por todos los catalanes que, según él, han sido abandonados.

EFE llama a Vox ‘extrema derecha’ y ‘organización juvenil’ a los filoterroristas de Arrán
Redacción https://rebelionenlagranja.com

Desgraciadamente, la noticia ya no es la violencia contra Vox en Sabadell. La noticia es el titular y crónica que da la agencia estatal de noticias EFE de los hechos.

«Incidentes en un mitin de Vox en Sabadell: un mitin convocado por Vox en Sabadell ha derivado este domingo en incidentes entre simpatizantes de esta formación y manifestantes antifascistas».

Como lo oyen: absoluta manipulación de los hechos.

Ahora la culpa es de todos, pero unos son ‘extrema derecha’ y otros ‘organización juvenil’ o simplemente salvadores del fascismo.

Porque el texto continúa: «ayer, el Moviment Popular de Sabadell convocó a través de las redes sociales una concentración para las 9.30 horas de este domingo con motivo del acto de Vox, bajo el lema «Echemos al fascismo», una protesta a la que se sumó Arran, organización juvenil vinculada a la CUP«.

Y añade, líneas más abajo: «según la formación de extrema derecha…»

Y de nuevo, después de leer esto, le puede resonar a uno aquella frase de Pedro Sánchez en la cabeza: la fiscalía, ¿de quién depende? Para añadir: y la Agencia EFE, ¿de quién depende?

Nada más que añadir.
 


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