AGLI Recortes de Prensa   Domingo 14  Marzo  2021

Estado de alarma y libertad
Editorial ABC 14 Marzo 2021

Hoy se cumple un año desde que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decretó el estado de alarma dada la dramática situación que España empezaba a sufrir con el contagio exponencial del coronavirus. Atrás quedaban los días en los que el empecinamiento del Gobierno en celebrar los actos del 8-M con manifestaciones multitudinarias en las calles, y su negativa a aceptar las recomendaciones de prudencia de la Organización Mundial de la Salud, contribuyeron de manera decisiva a masificar la pandemia. Desde aquel día fueron notorias la imprevisión constante, la improvisación, la incapacidad para acertar con una estrategia sanitaria definida contra el virus y, sobre todo, la utilización progresiva de la propaganda para que Sánchez simulase estar al frente de una crisis que empezaba a causar cientos de muertos diarios y con nuestra estructura sanitaria colapsada y superada.

Hoy, un año después, los cálculos de fallecimientos son escalofriantes. Superan ya los 100.000 pese a que el Gobierno sigue instalado en una absurda espiral de mentiras al respecto. En un año, el virus ha cambiado la vida del planeta por completo. La pandemia ha motivado confinamientos masivos, ha separado a familiares, ha matado a personas de una forma cruel y en absoluta soledad, ha agotado a nuestros sanitarios, ha puesto a prueba muchos de los errores de la globalización, y nos ha empobrecido económicamente. Citar todas y cada una de las letales consecuencias daría para miles de tesis doctorales. Nos han marcado de por vida.

No obstante, la excepcionalidad del estado de alarma ha sido utilizada de forma abusiva y arbitraria por parte del Gobierno para colonizar el espacio público a capricho y para hurtar al Parlamento muchas de sus funciones de control a su gestión. A día de hoy, de dieciséis meses con Sánchez en Moncloa, diez lo han sido bajo el estado de alarma. Su última decisión, y para no exponerse a perder votaciones en el Congreso que le impidieran prorrogar la excepcionalidad, fue decretarlo durante seis meses, hasta el 9 de mayo. Sin embargo, después de tres olas, a cuál más trágica que la anterior, y después del aparente respiro que concede ahora la enfermedad a los hospitales, el Gobierno ha anunciado ya, en pleno marzo, que se propone prorrogar aún más el estado de alarma. De momento, no ha revelado durante cuánto tiempo, pero Sánchez querrá repetir la operación, hurtar cualquier debate público y recurrir a sus socios de legislatura para imponer más meses.

Dará igual en qué fase se encuentre este exasperante proceso de vacunación, pero es evidente que en mayo el compromiso de Sánchez con la inmunización de los españoles seguirá muy incompleto. Y dará igual si ha funcionado o no -que no lo ha hecho- la ‘cogobernanza’ que impuso a las autonomías para sacudirse de encima responsabilidades por el desgaste que le suponía le gestión de la pandemia. Por tanto, nada cambia estar bajo alarma o no estarlo. El Gobierno no ha legislado. No ha acondicionado nuestro ordenamiento para una lucha más eficaz contra el virus, y los conflictos con las autonomías se han multiplicado. Más aún, Sánchez ha eludido su promesa de que las autonomías evaluasen el funcionamiento del estado de alarma cuando hubiese transcurrido cuatro meses. En este contexto, conviene preguntarse si su frívola costumbre de gobernar por decreto no será la causa última de prorrogar el estado de alarma hasta que quiera. La conclusión es que Sánchez solo se desenvuelve bien en un régimen de restricción de libertades.

Una nación exhausta y más dividida
Crece la desconfianza tras un año terrible marcado por el desacierto del Gobierno
Editorial larazon 14 Marzo 2021

Un año después del primer decreto de estado de alarma, el que supuso el confinamiento de la población, de las arengas gubernamentales llamando al sacrificio y a la unidad de propósito, de las promesas de que nadie sería dejado atrás, que ha resultado ser mero voluntarismo, y de la confianza en una solidaridad europea que nos iba a colmar de millones sin pedir nada a cambio, la sociedad española está exhausta, con sus derechos ciudadanos limitados, atónita ante la sucesión de crisis políticas ajenas a sus necesidades más perentorias y con el temor, bien fundado, por otra parte, a una prolongación de la crisis económica que termine con las esperanzas de una pronta recuperación.

Desconcierto y desconfianza tras la amarga experiencia de este año fatal, en el que no se han cumplido ninguna de las previsiones de un Gobierno, siempre a rastras de la evolución de la pandemia, que tras dar por vencido al virus, escogió apartarse de la primera línea de batalla, se refugió de sus responsabilidades detrás de una reedición del decreto de alarma hecho a la medida de sus propios intereses, y cedió, en nombre de la cogobernanza, a los gobiernos autonómicos la tarea de lidiar contra la infección. Un año en el que los socios de Pedro Sánchez, la extrema izquierda y los separatistas, han mantenido sus agendas partidarias contra viento y marea, tensionando a la sociedad con estériles debates ideológicos y con una batería de leyes divisivas, aprobadas por la vía rápida, en un Parlamento sin plenitud de poderes. Un año, por fin, de promesas incumplidas, sin más estrategia, al parecer, que la confianza en unas vacunas que no acaban de llegar en número suficiente y que nuestro país, que tuvo una de las industrias farmacéuticas más potentes de Europa, es incapaz de fabricar. Un año, en fin, en el que la pandemia de coronavirus ha denudado nuestras debilidades como nación, por más que la inmensa mayoría de los ciudadanos, de lo que hemos dado en llamar la «sociedad civil», ha tenido un comportamiento muy por encima de lo exigible. Las muestras de indisciplina frente a las, muchas veces contradictorias, directrices de las autoridades han sido anecdóticas, especialmente, si las comparamos con las revueltas ocurridas en otros países de nuestro entorno.

Sólo el extremismo en Cataluña, ha podido empañar, pero en medida muy menor, el comportamiento de una población a la que se trató puerilmente, como si fuera incapaz de afrontar la realidad de las cosas, al principio de la pandemia. Una población a la que se confundió, primero, sobre el alcance de la infección y a la que, después, se le ocultó las deficiencias de nuestro sistema hospitalario y el hecho de que las autoridades encargadas de velar por la salud pública eran incapaces, siquiera, de dotar de la adecuada protección al personal sanitario. Un año después, España presenta algunos de los peores resultados de la lucha contra el coronavirus en el concierto internacional, con más infectados y muertes que países que nos superan en población, como Alemania e Italia, y, económicamente, ha sufrido una de las mayores caídas de toda la UE. El PIB se ha desplomado un 12 por ciento, el paro, incluso atenuado por los ERTE, supera el 16 por ciento de la población en edad laboral, con mayor incidencia entre los jóvenes y las mujeres, lo que se traduce en los casi dos millones de personas que han tenido que acudir a las organizaciones de asistencia social, como Cáritas o Cruz Roja, ante la imposibilidad de hacer frente a sus necesidades más básicas. No. Frente a los eslóganes con los que nos bombardeó el Gobierno, ni hemos salido más fuertes de la emergencia ni más unidos.

Desde la trágica experiencia reciente, y dada por perdida la Semana Santa, nadie puede garantizar una campaña de verano que pueda amortiguar el hundimiento de la industria turística y parar la sangría del mercado laboral. Mientras, los partidos que conforman el gobierno de coalición parecen más interesados en sus estrategias partidistas, con el episodio de Murcia como paradigma, que en llegar a los grandes acuerdos de Estado que la situación demanda. No será con parches, pagados, además, con el incremento insostenible de la deuda pública, como España superará las graves dificultades a las que se enfrenta. Es preciso un cambio radical de las políticas económicas y sociales que impulsa una izquierda cuyas recetas siempre han fracasado allí donde se han aplicado. Porque si algo nos ha enseñado la pandemia, es que frente a la dura realidad no cabe el voluntarismo.


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El final del principio
Jesús Cacho. vozpopuli.es 14 Marzo 2021

El miércoles 10 de marzo, día en que supimos que el Gobierno Sánchez se había embarcado en una operación de demolición de la alianza entre PP y Ciudadanos en varias comunidades autónomas (léase en reducir a cenizas el poder territorial de los populares), 192 españoles perdieron la vida víctimas de la covid-19. A la altura del viernes 12, 2.649 compatriotas habían perecido en lo que va de marzo a causa de un virus que, además de producir dolor, ha puesto en evidencia la incapacidad de este Gobierno para gestionar semejante envite sanitario. Al cumplirse un año del primer encierro obligatorio, Sanidad reporta un total de 72.258 fallecidos, cifra que se eleva a 103.512 si se comparan los datos de población de un año a otro. Con panorama tan devastador detrás, resulta que apenas se ha vacunado un millón largo de personas, y ello porque a este Gobierno, a quien semejantes cifras deberían abochornar, lo que de verdad le importa es asentar el poder personal del sátrapa que lo preside, poder omnímodo cuya aspiración gira en torno a la eliminación, a derecha e izquierda, de todo aquello que entrañe un peligro para Su Persona. A Pedro Sánchez solo le importa acabar con la oposición. Lo demás puede esperar.

No hablamos ya de la situación económica, del paro galopante que nos golpea, de una deuda pública susceptible de condenar a la pobreza a varias generaciones… No hablamos de esa Cataluña donde el golpismo, muy debilitado por los resultados electorales del 14 de febrero, sigue desafiando al Estado (discurso alucinado el viernes de Laura Borrás) entre el silencio atronador de Sánchez, ni del acercamiento de los presos de ETA al País Vasco para pagar los servicios del PNV… No hablamos de la persecución al español en buena parte de España, ni del asalto al poder judicial para domeñar una Justicia que tal vez tenga un día que sentarlo en el banquillo… Y deberíamos empezar a hablar de la corrupción que a este Gobierno le asoma ya por las orejas, como muestra el escandaloso rescate de una aerolínea casi desconocida, propiedad de unos venezolanos devotos de Maduro y amigos de Delcy Rodríguez, la 'cuate' del ministro Ábalos, asunto destapado por este periódico que apunta a lo que sospechamos: a corrupción, pero corrupción a lo grande, corrupción al por mayor, detrás de la cual está en este caso –como en todos los que tienen que ver con problemas empresariales entre sociedades de la UE y Venezuela- ese pájaro de mal agüero con pinta de sacristán apolillado que es Rodríguez Zapatero.

Este es el contraste brutal que lo ocurrido en Murcia ha puesto en evidencia; esta es la filosofía que el golpe de mano de Sánchez ha desnudado. La disposición del sátrapa de Moncloa a gobernar en solitario durante muchos años reduciendo a escombros a todo lo que esté a derecha (el PP desde luego, pero también Ciudadanos, tarea a la que se ha prestado gustosa Inés Arrimadas) e izquierda (porque Podemos ya no es sino la gestoría particular de los marqueses de Galapagar). A Sánchez no le importa el paro, ni la ruina económica, ni los muertos de la pandemia. No hay vacunas para acabar cuanto antes con la letanía de muertos, pero hay operaciones subterráneas para reducir a escombros a la oposición. Contra esta deriva inane, contra este camino de perdición colectivo, es contra lo que se ha revelado Isabel Díaz Ayuso al negarse a someterse al rodillo del sátrapa, al rechazar la apisonadora de derechos que Sánchez mostró días atrás a toda España en el País Vasco.

Se ha pasado de listo. Ha cometido un grosero error de cálculo. Tan en la nube le tiene esa armada mediática que le baila el agua, empezando por la práctica totalidad de las televisiones, que no ha percibido el riesgo de pegarse una costalada murciana. Se ha pasado de frenada. Ni él ni su gente imaginaron que la señora Ayuso reaccionaría como lo ha hecho, con el visto bueno de Pablo Casado. El error de cálculo se convirtió el viernes en ridículo histórico cuando se supo que el PP había llegado a un acuerdo con tres de los diputados de Cs en Murcia para derrotar la moción de censura pactada entre Sánchez y Arrimadas y ejecutada por la mano derecha de Inés y los pesos pesados del Gobierno, empezando por Ábalos, el amigo de Delcy, y siguiendo por Félix Bolaños, secretario general de Presidencia y persona de máxima confianza de Sánchez. Es decir, por el propio Sánchez.

No seré yo quien se encargue de demoler la efigie de Arrimadas. En mi retina emocional está presente la imagen de aquella mujer que con ejemplar denuedo se batió el cobre en la tribuna del Parlament el 6 y el 7 de octubre de 2017, cuando el nacionalismo decidió asaltar por las bravas la legalidad del Estado de Derecho. Su posterior orfandad -la desaparición de la tutela que sobre ella ejercían Albert Rivera, Girauta y otros- le ha llevado por un camino de perdición que ha terminado en el cul-de-sac donde vivaquean cazadores sin escrúpulos del porte de Sánchez. De la Arrimadas catalana ya no queda nada. Tampoco del Cs al que votaron millones de españoles ansiosos de terminar con la corrupción del binomio PP-PSOE. Es hasta cierto punto normal que, en estas circunstancias, diputados del partido fundado por Rivera se nieguen a acompañar a Inés en este viaje de servidumbre al pozo de la inanidad ideológica y moral que representa Sánchez.

Con el contraataque del PP haciendo fracasar la moción de censura murciana, Sánchez, Redondo & Cía añaden el ridículo a la ignominia. Un error que podría ser histórico andando el tiempo. El galán de Moncloa pierde la iniciativa por primera vez desde mayo de 2018. Qué error, qué inmenso error. Con su altanera soberbia destroza de un manotazo el pacífico horizonte de legislatura que tenía por delante, concediendo a la oposición de centro derecha un hito electoral entre las catalanas de febrero pasado y las próximas andaluzas (diciembre de 2022). Y regala al moribundo de Génova un balón de oxígeno en un momento crítico. De modo que el 10 de marzo de 2021 podría convertirse andando el tiempo en un punto de inflexión en la trayectoria de este aventurero de la política que se ha adueñado del PSOE y de la presidencia del Gobierno. De nuevo se van a repartir cartas sobre el tapete político español.

Elecciones en Madrid
¿Qué pasará el 4 de mayo? Complicado hacer pronósticos. El enemigo es formidable, porque tal es la capacidad de la acorazada mediática que acompaña a Sánchez. El País daba el viernes un ejemplo de lo que les espera a sus lectores. “El movimiento de Ayuso empuja al PP a perder el centro o a perder Madrid”. Un editorial convertido en noticia de apertura. Y decir El País, es decir la SER, La Sexta, Atresmedia, Mediaset, RTVE… Ello por no hablar de palomeras, escolares y otras aves de paso de menor trapío. Tienen mucha potencia de fuego, cierto, pero tienen también mucho miedo. Han demostrado que le tienen pánico a esta convocatoria electoral. “El PP quiere gobernar España en coalición con las ultrarreaccionarias huestes de Abascal” (Cadena SER). Y que en modo alguno quieren urnas. El susto del establishment que protege al sanchismo está justificado. “Sánchez fue a los tribunales para convocar elecciones en Cataluña porque confiaba en el efecto Illa y va a los tribunales para impedir que se celebren elecciones en Madrid porque tiene certeza del efecto Ayuso” (Rosa Díez). No quieren que los madrileños voten.

Pero en Madrid anida lo mejor de esta España extraviada a la que este tipo sin escrúpulos ha decidido conducir a la ruina en su personal provecho. El cabreo acumulado en amplias capas de la población, clases medias incluidas, es de tal calibre que cualquier cosa podría ocurrir. La gente quiere votar, porque ya conoce vida y milagros del trapacero de Moncloa y cree que es llegada la hora de pasar a cobro algunas letras pendientes. Ya nadie puede llamarse a engaño con Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Ningún demócrata puede sentirse tranquilo ante el riesgo que para las libertades suponen Su Persona y “la banda” que lo sostiene en el poder. Es una ocasión de oro para que, entre otras cosas, los madrileños escapen de la “armonización fiscal” que quieren imponer sobre su Comunidad quienes solo aspiran a meter la mano en el bolsillo del prójimo. Los Dioses les han concedido la insospechada oportunidad de darle con el voto en el morro. La importancia del envite a nadie escapa: si el sujeto gana esta batalla, habrá que renunciar a toda esperanza y, quien pueda, emigrar. Si gana Ayuso, se abrirá una cierta rendija a la esperanza. Parodiando a Sir Winston Churchill tras la batalla de El Alamein, esto no sería el final, ni siquiera el principio del final, pero sí sería el final del principio.

Ayuso centra a la Derecha: "O socialismo o libertad"
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 14 Marzo 2021

La historia de la nación española está llena de héroes populares que, por ética o por patriotismo, se lanzan a defender lo que la clase dirigente ha dejado a su suerte. El “¡Dioss qué buen vasallo si oviesse buen señor!” del Cantar de Mío Cid, llega, a través de la Guerra de la Independencia, hasta nuestros días. Pero no cabe abandonarse a la espontaneidad de las masas, tan fácilmente manipulables y que a menudo desemboca en el “¡Vivan las caenas!”. No siempre el héroe que defiende una causa noble es del pueblo llano. De hecho, el último héroe popular que se lanzó casi en solitario a defender España ha sido Felipe VI. Eso sí, el pueblo español reconoció su gesto inmediatamente, sacó su bandera no se sabe de dónde y se echó a la calle. En aquella “España de los balcones” basó Pablo Casado su intento de resucitar al muerto del PP de Rajoy, Soraya y Cospedal. Pero se cayó del balcón o lo tiraron y el proyecto del nuevo PP se ha ido pareciendo tanto al viejo de Rajoy que el 14 de febrero, en Barcelona, amaneció casi cadáver.

Arrimadas hace con el PP lo que el PP con Vox
Pero un proyecto no es un partido. Y el PP sigue siendo el que tiene mejores cuadros en la administración del Estado. Lo que hacía frágil al PP de Casado era el voluntarismo para resucitar al PP de Rajoy, sobre todo si se decapitaban los símbolos de la alternativa al social-comunismo que, por culpa de Rajoy, padece España. Esa alternativa la simbolizaban Cayetana dentro del partido y Vox fuera de él, con Ciudadanos perdido en la bruma. Y antes de las elecciones catalanas Casado y su grupo de confianza, con Teodoro a la cabeza, echaron a Cayetana y rompieron con Vox, en ambos casos con un estilo infame que, a la postre, les ha enajenado su base social.

Pero no toda. La Comunidad de Madrid, es decir, Isabel Díaz Ayuso, ha librado en el último año una guerra sin cuartel contra el Gobierno social-comunista, y ha sido tan injusto, salvaje y rastrero el trato a la presidenta de la Comunidad, tan abandonada también por el teo-casadismo que hasta la enfrentaron con Almeida y le negaron la presidencia del partido, que a los ojos de la opinión pública, tan sensible políticamente en Madrid, se ha ido convirtiendo en referencia y valor político por sí misma, no al margen sino a pesar del PP. Y, curiosamente, eso ha salvado, la menos por esta semana, al PP. La duda es si Casado y Teodoro son capaces de entender lo ocurrido.

Desde el asentamiento, pandemia mediante, del proyecto totalitario social-comunista, la clase política de derechas ha ido resignándose a una supremacía total de la izquierda en la que la derecha es sólo un mecanismo de reemplazo temporal de un modelo de sociedad impuesto a la fuerza. Se le permitiría compartir las migajas del poder siempre que abandonaran a su base social, mediante embelecos como la “centralidad” o la “moderación”. Visto desde el esperpento de Murcia, lo que han hecho Arrimadas y Casado desde que Sánchez formó Gobierno con Iglesias es lo mismo: renegar de su base social y unirse a lo políticamente correcto y mediáticamente admitido, que es romper “la foto de Colón”, es decir, la unidad de los tres partidos, PP, Cs y Vox, que hoy defienden al Rey, a la Nación y a la Constitución.

Arrimadas, encaramada a los escombros de Rivera, ha zigzagueado siempre hacia esa rendición, apoyando a Sánchez contra Iglesias, o sea, engañándose a sí misma y pensando que podía engañar a los votantes. Su fracaso en los Presupuestos mostró que para Sánchez era como la canción de Gaingsbourg para France Gall: “une poupée qui dit non, non, non”. Pero sólo una muñeca, que, con unos mimitos, en Murcia decía: “oui, oui, oui”.

La estrategia de Casado ha sido como la de Arrimadas, pero al ser más importante el partido y clausurar un proyecto de alternativa y no de complemento, se ha notado más. El paso simbólico fue la decapitación de Cayetana mientras se pactaba el CGPJ, es decir, se obedecía a Moncloa. Pero el golpe real fue su ruptura con Vox en la moción de censura de Vox contra Sánchez, que Casado convirtió en moción contra Abascal pensando en las elecciones catalanas. Y allí se vio que la base social de la Derecha, común a PP, Cs y Vox, no se fiaba de Inés ni de Casado. Fue el momento elegido por Moncloa para convencer a Inés de que traicionara los pactos con el PP y le entregase Murcia, Castilla y León, Madrid y Andalucía. E Inés, de mil amores, accedió. El PP había roto con Vox y Cs con el PP. Pero, insisto, ambos hacían lo mismo: una casta política preocupada por su futuro traicionaba a su base social, la España que odia al Socialcomunismo.

Ayuso sí que ha centrado al PP
En Libertad Digital y esRadio hemos ido dando en primicia todo el proceso que en una semana ha destrozado esa calma chicha que decían los medios, apesebrados e idiotizados, que nos reservaban los próximos dos años. Hemos tenido la suerte de que el primer movimiento, el éxito del PSOE a lomos de Cs, lo celebraran en detalle los bardos monclovitas. La estrategia de Sánchez se basaba en dos puntos: la colaboración de Inés y la parálisis de Casado. Y acertaron: ni Inés vaciló en engañar a su partido ni Casado reaccionó en Murcia y las comunidades que gobierna con Cs. LD adelantó el viernes lo que pasó el miércoles, aunque venía sucediendo desde un mes atrás, sin que en Génova 13 se enterasen: el acuerdo total de Sánchez y Arrimadas, gestionado por Ábalos y Cuadrado, para acabar con todas las bases de poder alternativo al social-comunismo. Tan lógico es que el socio de Bildu, ERC y Podemos lo intentara como que Cs, que nació para luchar contra el nacionalismo y al socialismo se negara en redondo. Pero, y perdón por el chiste fácil, Redondo era Cuadrado. Y lo aceptó. Ayer publicó ABC que Inés se lo había contado a Aguado hace un mes. O sea, que el traidor que apoyó a Illa contra Madrid, lo supo desde el principio. Por eso agarró la rabieta que agarró cuando vio que perdía la Presidencia.

La víspera de la moción, porque Murcia es pequeña y el apaño era escandaloso, la conocía el PP, pero no convocó elecciones. Vox le ofreció a López Miras cambiar la Ley para que pudiera presentarse a un tercer mandato, pero éste, o Teodoro, o Casado, o la sombra de Rajoy, hicieron lo mismo que éste ante la moción de censura de Sánchez: dejarle el Poder a la Izquierda antes de que pudiera ganar las elecciones otro partido: Cs o Vox. El cálculo de Moncloa era correcto: el PP quedó paralizado. Pero Ayuso, no. El factor individual, típico de la Derecha, suele escapar al cálculo de la Izquierda, tan colectivista e hiperlegitimada que pierde de vista la realidad.

Al no convocar elecciones el PP de Murcia, Ayuso se quedaba sola. Como ha estado este último año. Y sola decidió que no le iban a madrugar la Presidencia los rojos y los pomelos, naranjas por fuera, rojos por dentro. Y como todo político en democracia asediado por la corrupción partidista hizo lo único decente: acudir a las urnas. Pero al disolver, Ayuso hizo algo más: un discurso que no era una explicación del lance sino una llamada al combate político resumida en la frase final: o Socialismo o Libertad.

Eso, exactamente eso, es lo único que puede y debe unir a toda la oposición al social-comunismo. Eso, exactamente eso, es el centro, el punto de unión de las fuerzas que se oponen a la apisonadora colectivista. Hay un centro de la izquierda totalitaria, que es el Gobierno social-comunista; y un centro de los enemigos de esa izquierda, que es la defensa de la libertad, la propiedad privada, la Nación y la Constitución. Es decir, Madrid. Que es lo que votaremos el 4 de mayo: la España que simboliza el Madrid de Ayuso.

El rebote murciano de Teodoro
Sin la decisión de Ayuso nada de lo que luego pasó en Murcia y de lo que puede pasar mañana en la Ejecutiva de Ciudadanos hubiera pasado. De hecho, fue como si al PP infartado y moribundo le aplicaran el choque eléctrico para devolverlo a la vida. Y volviera. Teodoro recordaría la razón por la que Casado ganó el congreso del PP, que fue la negativa de Cospedal a que la presidenta del PP fuera Soraya. Y como Inés había decapitado a una Franco para poner en su lugar a una Vidal, y cada una tenía tres de los seis diputados pomelos que a regañadientes habían firmado la moción de censura, fue cuestión de negociar y ofrecer a una la derrota de la Otra. Era una solución caciquil a una cacicada monumental, más decente -dentro de lo indecente- que entregarle a la Izquierda una Comunidad que la detesta.

Pero, aunque han sido Inés y sus padrinos monclovitas los que han quedado en ridículo, no cabe olvidar que Cs ha entregado el Ayuntamiento al PSOE y Podemos, aunque perdieran la Comunidad, por sucios y tontos. Y que todo se debe al abandono de Cs y también del PP a su base social. Si Vox podía ganar en Murcia las elecciones es porque no reniega de sus bases, cada vez mayores. En parte, es mérito suyo. En parte mayor, porque no se rinden al PSOE. Si Ayuso gana, como merece, el 4 de mayo, será por el voto de Vox. Como dijo un oyente de esRadio: “yo voto a Abascal, pero de bien nacidos es ser agradecidos; así que, en Madrid, votaré a Ayuso”.

La campaña contra ella será tan salvaje como siempre. Y como siempre, la superará. Ya veremos si PP y Cs han aprendido su lección: si abandonas, te abandonan.

Las elecciones generales de Madrid
EDUARDO INDA okdiario 14 Marzo 2021

No pienso dedicar mucho más tiempo a la Maria Antònia Munar de Ciudadanos, Inés Arrimadas. En eso ha terminado convertida la antaño gran esperanza blanca de nuestra política: en un ser del que nadie se fía porque ha acabado engañando a todo dios a derecha e izquierda. A los unos por acción y a los otros por omisión. No sólo ha quedado como una Judas de tres pares de narices sino que, además, ha protagonizado el ridículo más espantoso que se recuerda en 44 años de democracia. Hace falta ser descerebrada para montar el lío que ha montado para que, al final, no le salga una sola de las felonas operaciones antiPP. Han sido las mociones de censura de los payasos de la tele o de Torrente. Gaby, Fofó y Miliki estarían orgullosos de ella. Santiago Segura, también. Las mamandurrias que tal vez le lleguen por maridito interpuesto no compensan el hecho de haber terminado como una apestada de la que todos se apartan cuando la ven venir y de la que todos se mofan.

Roma no paga traidores. Lo mejor de todo en términos prácticos e ideológicos es que de un plumazo ha tirado a la basura el otrora necesario proyecto de Albert Rivera, de su tocayo Boadella, de Antonio Robles, de Francesc de Carreras y de un brillantísimo etcétera de constitucionalistas hartos de la dictadura nacionalista en Cataluña. Proyecto que ella había prostituido para ponerlo al servicio del socio del brazo político de ETA, el golpismo catalán y Podemos: Pedro Sánchez. Su involuntaria reordenación de la derecha ha salido perfecta. Siendo como es una Forrest Gump de la res publica, cualquiera diría que la operación la ha trazado un genio. Donde antes había tres partidos, en la derecha, ahora quedan dos. Lo cual dispara exponencialmente las posibilidades de vuelta de la mayoría natural a La Moncloa. La ley electoral prima la unidad, ergo, a menos competidores en tu espectro ideológico, más posibilidades de victoria tiene el pez gordo. Tampoco podemos olvidar el involuntario daño que han hecho los naranjitos por mor de la Ley D´Hondt: cada escaño les costaba 120.000 votos por los 55.000 de Bildu o los cerca de 70.000 de ERC.

Tanta paz lleve Judas Arrimadas como descanso deja. Olvidémonos de ella. No merece la pena que perdamos un solo segundo con este personaje deleznable como pocos y torpe como ninguno. En Ciudadanos no la quieren ver ni en pintura. Por lo de ahora y lo de antes, su prepotencia, su altanería y el despótico trato que dispensaba a todo quisqui, especialmente, a los trabajadores de base de la formación de la calle Alcalá. Ya se sabe: servil con los de arriba, Sánchez mismamente, altanera con los de abajo.

La estulticia de la arribista Arrimadas degeneró en gatillazo de Ciudadanos y orgasmo de un PP que ve cómo salva los muebles en Murcia y Castilla y León y que se lo jugará a todo o nada el 4 de mayo de mano de la política más valiente que se conoce en España desde que Esperanza Aguirre se jubiló. Isabel Díaz Ayuso contraatacó con un blitz que dejó turulato a Ciudadanos, con los consejeros traidorcetes en esa puta calle en la que deberían estar hace tiempo, y descolocada a una izquierda que ya no sabe qué hacer para asesinarla política y civilmente.

Las elecciones del primer martes de mayo son las más importantes convocadas en España desde la moción de censura de junio de 2018. Más incluso que las generales de abril y noviembre de 2019. Para empezar, porque la pieza a batir, la presidenta de Madrid, es la más codiciada por un rastrero sanchismo al que le falta la categoría del felipismo y la pericia en la maldad del guerrismo. Para continuar, porque la ruleta rusa planteada por la corajuda Ayuso puede suponer o el fin de ese centroderecha liberal que encarna mejor que nadie el PP o el gran salto adelante de vuelta a una Moncloa que geográficamente está a tiro de la Puerta del Sol. Y, para terminar, por algo que sobrepasa todo lo anterior: si cae Madrid, caerá España y mandará con puño de hierro ese pensamiento único que no quiere convivir con la derecha liberal ni con la derecha conservadora sino aniquilarlas.

El 4 de mayo nos jugamos algo más que el poder autonómico en la región más rica y libre de España. En disputa estará ese Fort Apache de la libertad económica e individual que representa Madrid en una nación balcanizada con la anuencia de Pedro Sánchez por un independentismo y un bolivarianismo que imponen su brutal diktat en Cataluña, País Vasco, Baleares y Comunidad Valenciana. La Resistencia no sólo la encarnamos todos y cada uno de los 11 millones de españoles que nunca votamos PSOE, comunismo o golpismo. La Resistencia es también esa Comunidad de Madrid que simboliza mejor que ninguna otra institución el ¡basta ya! al filoterrorismo, el golpismo y el comunismo más bestia.

Una región que está dando ejemplo al mundo compatibilizando magistralmente esa lucha contra el virus chino con la salvación económica. Que no queremos morir de Covid pero tampoco de hambre. Algo que, paradojas de la vida, sólo la socialdemócrata Suecia está ejecutando con similar éxito al de ese rompeolas de todas las Españas que, en acertadas palabras de Antonio Machado, constituye Madrid. Ayuso es al absolutismo sanchista lo que Manuela Malasaña al totalitarismo napoleónico: la decencia, la valentía, la audacia y el bien colectivo aun a riesgo de morir en el empeño.

Obras son amores y no buenas razones. O, como suelen precisar los economistas clásicos, lo que no son cuentas, son cuentos. Madrid no sólo lidera la recuperación sino que, además, saca 150 kilómetros de ventaja a sus rivales en la carrera por salir de la crisis. Ayuso consiguió en el último trimestre de 2020 que el PIB regional fuera el de los viejos tiempos con un crecimiento de un 4,4% más propio de China que de un país occidental y diez veces mayor que la media nacional. A años luz dijeron adiós a ese annus horribilis que fue 2020 País Vasco (+0,5%), Cataluña (-0,5%) y Andalucía (-0,3%). Dentro de 20 años o tal vez en sólo 5 el mundo se dará cuenta de la cafrada que supuso en términos de prosperidad económica cerrar a cal y canto el planeta. Animalada que se extendió a apartados no medibles empíricamente como la estabilidad emocional de la ciudadanía, la felicidad o la paz social.

El órdago de Ayuso ha de salir adelante sí o sí si no queremos que se vaya al carajo esa racionalidad fiscal que abandera Madrid, que ha imitado Galicia y que ha implementado Andalucía también con descomunal acierto. Una moderación tributaria que pasa por la cuasieliminación de un Impuesto a los Muertos, mal llamado de Sucesiones, que provoca que si la espichas continúas apoquinando en el más allá, termines en el Cielo o te toque vivir de aquí a la eternidad en el Infierno. Una filosofía política que impide que la Administración te robe literalmente un tercio del dinerito que tu madre o tu padre te pueden donar. Sensu contrario, si el 4-M cae Madrid en manos de Atila Sánchez y los hunos de Iglesias, el sablazo está servido.

La bellísima Real Casa de Correos que durante el franquismo sirvió de centro de tortura de la Brigada Político Social no se toca ni se puede tocar. Si los socialistas, los podemitas de la delincuente Isa Serra y los no sé qué, por qué ya no sé qué son exactamente, del cursi Errejón tocan moqueta preparémonos porque nos freirán a impuestazos con el perogrullesco objetivo de recaudar el pastizal que necesitan para contentar a los golpistas catalanes que mandan en España. En resumidas cuentas, nos dispararán los impuestos para desviar el multimillonario remanente a una Generalitat que es insaciable, a una Generalitat en permanente estado de rebelión a la que no le basta con ser la mejor tratada en los Presupuestos Generales del Estado sino que quiere más, a una Generalitat que, por cierto, somete a los catalanes al mayor saqueo fiscal de Europa.

Donde va a haber unanimidad es entre los empresarios y los trabajadores de la hostelería, la hotelería, el comercio, el taxi y las VTC. Me bastó dar una vuelta antes de Navidad con Isabel Díaz Ayuso para certificar el fenómeno sociológico en que se ha transformado una política a la que prácticamente todos los comentaristas despreciaban hace no tanto. Los taxistas frenaban en seco para espetarle el “¡no se rinda, presidenta!” de rigor. Los comerciantes de los aledaños del kilómetro cero dejaban vacías las tiendas para darle las gracias por no haber consentido su “asfixia”. Y los camareros de bares y restaurantes directamente le hacían la ola. “Yo antes votaba a El Coletas, no tenga ninguna duda de que la próxima vez lo haré por usted”, es la frase que mejor sintetiza el sentir de un colectivo maltratado vilmente por Pedro Sánchez.

Y si queremos que el psycho de La Moncloa nos vuelva a encerrar a los madrileños en el Gulag de nuestros hogares, metamos cualquier papeleta menos la de Ayuso o Monasterio. Lo primero que hará el moderado Gabilondo cuando sienta el metafórico cañón de la no sé si tan metafórica pistola podemita en su sien será chapar bares, restaurantes, hoteles, teatros, cines, tiendas y todo lo que huela a creación de riqueza. Que de lo que se trata es de cargarse la iniciativa privada para culminar ese sueño de la Venezuela bolivariana en la que la mitad de la población está subsidiada y, consiguientemente, amaestrada para que meta la papeleta correcta.

Lo del 4 de mayo será en versión política una suerte de turning point, esos momentos cumbre de las películas en los que el personaje pasa de ser un perdedor a convertirse en un ganador o viceversa. O el día en que Madrid se levantó o la jornada en la que Madrid se rindió a los mamelucos sanchistas. Las posibilidades del centroderecha de regresar al poder nacional serán directamente proporcionales al éxito de Ayuso. Su fortuna será nuestra fortuna y su fracaso nuestro fracaso. Nadie se puede confiar. No se puede ni se debe quedar en casa un solo madrileño de bien. Un mísero voto puede provocar que Napoleoncete Sánchez y Pepe Botella Iglesias también manden en la primera región de España, abocándonos a un proyecto ya total de ruina nacional, autocracia, destrucción de la separación de poderes, domesticación de la sociedad civil y persecución de los medios públicos y la libertad de expresión en general. O esa Aldea gala de Astérix que es Madrid es la tumba del sanchismo o España no será.

Un Gobierno depredador
Guadalupe Sánchez. vozpopuli.es 14 Marzo 2021

El poder se alimenta de libertad. Mientras que en las democracias liberales su dieta es restringida y se circunscribe básicamente al consumo de nuestro dinero a través de los impuestos, cuanto mayores son las aspiraciones totalitarias de la clase dirigente, más van incorporando a su régimen la deglución de derechos civiles de los ciudadanos.

Mientras que “cuidar de lo público” se ha convertido en el mantra predilecto al que recurren quienes se pegan atracones a costa del erario mientras rechazan debatir sobre la racionalización del gasto, el coronavirus ha habilitado una suerte de buffet libre para nuestros gobernantes, llamado estado de alarma, en el que el plato principal son nuestras libertades. Sánchez, Iglesias y compañía las cocinan con la aquiescencia de los dirigentes autonómicos, a excepción de Ayuso en Madrid. Es un “Master Chef” de aprendices de tirano, que usan la salud como el ingrediente base con el que camuflar el regusto despótico de sus recetas para contener la pandemia.

Pero todas las libertades y derechos que hemos cedido desde marzo no parecen haber servido para derrotar al coronavirus, sino para cebar aun más a la bestia autoritaria que habita en el Gobierno. Mientras que las tres olas de coronavirus que hemos padecido han tenido sus picos para luego descender, la curva de atentados cometidos por el Ejecutivo contra el Estado de derecho ha ido creciendo exponencialmente y parece no haber alcanzado su nivel máximo. De un estado de alarma prorrogado cada 15 días para frenar la primera ola, a uno de seis meses. Medio año de excepcionalidad que está permitiendo a los de Sánchez gobernar sin tener que someterse a los contrapesos ordinarios, socavando los cimientos del sistema como nunca antes en la historia de nuestra democracia. Medio año de medidas arbitrarias, de ilegalidades manifiestas y, cómo no, de profundizar en la ruina.

Un acuerdo inconstitucional
El último plato que han incorporado a este menú de abusos es el acuerdo del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud de 10 de marzo, publicado mediante resolución de la Secretaría de Estado de 11 de marzo. Básicamente consiste en una componenda de todos los presidentes autonómicos con el ministerio de Sanidad para restringir más todavía nuestras libertades durante las festividades de San José y Semana Santa. Algo que, desde el punto de vista jurídico, es abiertamente inconstitucional. Intentaré explicarlo sin que se me duerman ustedes.

La ley orgánica 4/1981, reguladora de los estados de alarma, excepción y sitio, dispone en su artículo séptimo que, a los efectos del estado de alarma, la Autoridad competente será el Gobierno o, por delegación de éste, el Presidente de la Comunidad Autónoma. De conformidad con este precepto, el Real Decreto 926/2020, de 25 de octubre, por el que se declaró el estado de alarma vigente en la actualidad, delegó la competencia en los presidentes autonómicos.

El Consejo Interterritorial no es autoridad competente de nada ni puede imponer sus acuerdos a ninguna comunidad autónoma. Una cosa es que actúe como organismo de coordinación entre las administraciones implicadas y otra muy distinta es que pretenda suplir al presidente de una comunidad o arrogarse sus competencias. Esto es precisamente lo que está haciendo cuando pretende que Madrid cumpla con un acuerdo que rechaza, obligándola a aplicar limitaciones cuya implementación es facultad exclusiva del presidente autonómico -siempre dentro de unos parámetros marcados por el decreto de estado de alarma-. Más aún cuando la normativa reguladora de este Consejo establece que sus acuerdos se plasmarán a través de recomendaciones que se aprobarán, en su caso, por consenso.

Pues a pesar de ello, con base a esta recomendación en forma de acuerdo, se quiere obligar a Madrid a que establezca un toque de queda desde las 23:00 hasta las 6:00 horas, cuando el decreto de estado de alarma dispone que la autoridad competente delegada podrá determinar que la hora de comienzo de la limitación sea entre las 22:00 y las 00:00 horas y la hora de finalización entre las 5:00 y las 7:00 horas. Vamos, que los madrileños tendrán que recluirse en sus casas desde las 23:00 horas a las 6:00 horas, en lugar de desde las 00:00 horas hasta las 7:00 horas, no por decisión de su presidenta autonómica -que es la habilitada competencialmente para ello- sino por mor de un papel cuyo valor vinculante es nulo, amén de no ser una norma habilitante para acordar la limitación de derechos.

Reuniones y diversos criterios
Algo parecido sucede con el número máximo de personas que pueden permanecer en un espacio de uso privado. El decreto de alarma establece un máximo de seis – salvo que se trate de convivientes- habilitando a la autoridad delegada competente a establecer un número máximo inferior a la vista de la evolución de los indicadores sanitarios, epidemiológicos, sociales, económicos y de movilidad. El acuerdo del Consejo para San José y Semana Santa los reduce a cero, permitiendo únicamente las reuniones de convivientes. Con unos indicadores sanitarios y epidemiológicos buenos tras doblegar la tercera ola, llegan limitaciones más severas.

Se ignoran así deliberadamente los otros criterios a los que también hace referencia el real decreto, que son los económicos y sociales. Era el momento de ponderar los bienes en juego, reactivar la actividad productiva y recuperar espacios de libertad. En su lugar, han optado por profundizar en una pandemia económica y psicológica que arrasará con los bolsillos y con la salud mental de millones de españoles. Y para esto no hay vacuna.

La Comunidad de Madrid ha anunciado que acata el acuerdo pero que lo recurrirá ante los tribunales. A pesar de ello, la banda de glosadores de las gestas gubernamentales se atreven a hablar de procés madrileño y a equiparar a Ayuso con Puigdemont. Ellos, que no ven problema alguno en que Sánchez tenga como socios de gobierno a partidos cuyos líderes han sido condenados por intentar subvertir el orden constitucional independizando una parte del territorio o que se niegan a condenar el terrorismo de ETA. Esos mismos medios que callan cuando el vicepresidente Iglesias tilda a Puigdemont de exiliado político o Podemos vota en el Parlamento Europeo en contra de retirarle la inmunidad. Qué menos que guardar un respetuoso silencio y demostrar que les queda algo de vergüenza torera.

Por si fuera poco, parece que el Gobierno pretende prolongar esta situación más allá de mayo, mediante una nueva prórroga del estado de alarma. Siguiendo con la metáfora culinaria, podría decirse que los derechos que nos han arrebatado hasta ahora han sido un mero aperitivo y que aún no han cocinado en los fogones el plato principal. Este gobierno depredador de libertades es insaciable.

Crisis del coronavirus
Un año del estado de alarma: los 39 decretazos de Sánchez, récord de la democracia
Pelayo Barro okdiario 14 Marzo 2021

España ya no se acuerda de lo que es vivir sin un estado de alerta. Este domingo 14 de marzo se cumple un año de la primera declaración de alarma por la pandemia del coronavirus. En todo ese tiempo, el país ha estado 8 meses bajo este régimen excepcional que limita parte de los derechos fundamentales recogidos por la Constitución española, como el de reunión o el de libertad de circulación. Un tiempo que Moncloa ha aprovechado para ‘colar’ al vicepresidente Pablo Iglesias en la comisión gubernamental del CNI, en el que Pedro Sánchez ha maniobrado para no tener que dar cuentas de su gestión ante el Congreso, o en el que se ha gobernado a golpe de decreto-ley: ha batido todos los récords de la democracia con 39 de estas normas, 37 de ellas durante la alarma.

«Estimados compatriotas. En el día de hoy, acabo de comunicar al jefe del Estado la celebración, mañana, de un Consejo de Ministros extraordinario, para decretar el Estado de Alarma en todo nuestro país, en toda España, durante los próximos 15 días». Con esas palabras del presidente Sánchez, el Gobierno anunciaba a la nación hace justo un año la aplicación de ese mecanismo legal que permitía al Ejecutivo tomar el control de las competencias sanitarias, prohibir la libre circulación y las reuniones e intervenir el mercado de la producción de bienes sanitarios.

La decisión de activar el estado de alarma y confinar a 47 millones de españoles llegó apenas 6 días después de las marchas del 8M, una cita que congregó a más de 600.000 personas en las calles y que el Gobierno promocionó -e incluso participó- pese a las insistentes alertas internacionales que le instaban a evitar los eventos masivos. Sólo 48 horas después de aquellas marchas feministas, el Gobierno decidió anular todos los eventos que supusieran grandes masificaciones.

El discurso de Sánchez finalizó con una predicción errada: «Tardaremos semanas, va a ser muy duro y difícil, pero vamos a parar al virus. Este virus lo pararemos unidos», advirtió el presidente. Las semanas se convirtieron en meses, y los meses, hoy, en un año.

Gobernar a golpe de ‘decretazo’
Aquel 14 de marzo se abrió una nueva forma de gobernar no vista hasta el momento. El Gobierno adaptó su labor ejecutiva a la figura del decreto-ley, la preferida durante todo el último año: se han aprobado 39 decretos firmados por el Gobierno, frente a 14 proyectos de ley surgidos de las Cortes Generales. Es un récord absoluto en democracia. En la legislatura completa de Mariano Rajoy entre 2011 y 2015 firmó un total de 73, unos 18 al año.

Sonado fue lo que en aquellos días los expertos consideraron un error de bulto: Sánchez anunció un día antes, el viernes 13, que España se encaminaba a un estado de alarma, pero lo aprobó 24 horas después y entró en vigor el día 15 a las 00:00 horas -con su publicación en el BOE-. Aquel lapso permitió durante horas la movilidad regional, permitiendo que quien quisiese pudiese ‘huir’ de grandes ciudades a sus segundas residencias. Un movimiento que, tal y como se señaló posteriormente, pudo afectar a la expansión del coronavirus.

En las calles de aquel 14 de marzo, las imágenes que se quedaron en la retina eran desoladoras: vías y carreteras vacías que contrastaban con aglomeraciones y caos en las puertas de los supermercados. Un país que salía puntual a ventanas y balcones para aplaudir al viento cada día a las 8 de la tarde y donde la fiebre por el papel higiénico vaciaba las estanterías provocando escenas surrealistas.

Aquellos primeros 15 días de alarma excepcional que anunció el Gobierno terminaron convirtiéndose en 99 días, tras 6 prórrogas aprobadas cada dos semanas que poco a poco fueron teniendo menor apoyo parlamentario y obligando al Gobierno a buscar extraños compañeros de viaje. Como por ejemplo a ERC o EH Bildu, ‘muletas’ para aquella última prórroga que el Gobierno intentó, fallidamente, convertir en la penúltima.

El Gobierno de Sánchez aprovecharía para ‘colar’ en el estado de alarma -y en sus decretos derivados- asuntos tan dispares como la presencia de Iglesias en una de las butacas de la comisión gubernamental de control del CNI. Mientras, las dudas sobre la constitucionalidad de las medidas aplicadas por el Gobierno para recortar derechos se sucedían. Los contratos públicos quedaron marcados por la excepcionalidad de la alarma, provocando que sus pliegos no figurasen en los portales de transparencia. Y así, comenzaron a llegar las estafas, los sobrecostes sin explicación y la sensación de que muchos estaban enriqueciéndose desde las amplias sombras legales que provocaba la alarma en los mecanismos de control de la contratación pública.

Desescaladas y reescaladas
El estado de alarma quedaría levantado el 21 de junio, el día en que Sánchez dio por vencido al virus, tras una fase de ‘desescalada’ que la propia Moncloa condujo en base a unos supuestos informes de un «comité de expertos» inexistente: el Ejecutivo reconocería meses más tarde que ese comité estaba formado, en realidad, por funcionarios de Sanidad. El equipo de Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.

Por tanto, no hubo ningún comité independiente que recomendase que Madrid debía seguir en ‘fase 0’ -con la hostelería y el comercio cerrados- durante dos semanas más. Quince días perdidos que la Comunidad de Madrid calificó de «desastre económico» y que vinculó con una decisión puramente política. Tampoco ese supuesto comité de expertos asesoró al Gobierno cuando Moncloa decidió reactivar el estado de alarma a Madrid el 9 de octubre de 2020, alegando que las cifras que aportaba la Comunidad no eran fiables. Todos los indicadores de la pandemia se encontraban a la baja en Madrid, pero el Ejecutivo convocó un Consejo de Ministros extraordinario para cerrar la región con una alarma ad hoc. Previamente, Moncloa lo intentó con una orden ministerial firmada por Salvador Illa que el TSJM tumbó por no ajustarse a la legalidad e invadir competencias reconocidas en el estatuto de autonomía de la Comunidad de Madrid.

Sólo dos semanas más tarde, el 25 de octubre, toda España pasaba a estar bajo ese estado de alarma 2.0 que había inaugurado Madrid. Nació la figura de la ‘cogobernanza’, que en la práctica se convirtió en el dictado a las comunidades autónomas de lo que debían ejecutar mediante acuerdos sin consenso pleno del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud. Un organismo en el que están representados los gobierno regionales y en el que el PSOE tiene mayoría absoluta. Sánchez, además, se aseguró de no tener que dar cuentas en el Congreso cada 15 días. En su lugar, se comprometió a hacer cada 2 meses.

El estado de alarma tiene fecha de caducidad: el próximo 9 de mayo decaerá, aunque el Gobierno ya ha insinuado que podría pedir una nueva prórroga en caso de que las cifras no acompañen. España ya cuenta sus contagios muy por encima de los 3 millones de personas, una cifra que convierte en ridícula aquella primera predicción de Sánchez de que España alcanzaría los 10.000 casos de coronavirus. Los muertos ya se cuentan por encima de los 100.000.

El estrepitoso fracaso del PSOE y Ciudadanos
Francisco Marhuenda larazon 14 Marzo 2021

La izquierda política y mediática intenta justificar el desastre de Murcia con la excusa de los tres tránsfugas de Ciudadanos, cuando la realidad es estrictamente la contraria. Los auténticos tránsfugas son los dirigentes del partido naranja y los otros tres de Ciudadanos que estaban dispuestos a incumplir el pacto de coalición para robar la presidencia de la comunidad. En este escenario caótico que se ha organizado entiendo que se busquen este tipo de excusas, pero emprender una moción de censura sin controlar el grupo parlamentario es uno de los mayores disparates políticos que he visto nunca. La división que existe dentro de Ciudadanos no es un secreto, pero no afecta solo a Murcia sino a toda España. El poder de la dirección nacional me recuerda a la situación de Roma en los últimos años del Bajo Imperio cuando se circunscribía a la ciudad y poco más. Nada quedaba de la vieja gloria de los grandes emperadores como Augusto, Trajano, Marco Aurelio, Vespasiano, Constantino o Teodosio, pero ni siquiera de otros menores. Roma hacía tiempo que había dejado de ser un imperio y sólo quedaba el de Oriente. Lo mismo sucedería cuando éste se reducía a Constantinopla y los ejércitos otomanos derribaron sus antaño poderosas murallas. Arrimadas es ahora como Constantino XI Paleólogo o Rómulo Augstulo.

El Imperio Romano de Occidente cayó en el 476 y el de Oriente en 1453. La Historia nos muestra que nada es eterno, ni siquiera aquello que en su día fue un imperio que asombraba a sus contemporáneos. Los políticos, sobre todo cuando saborean su momento de gloria, creen que todo lo pueden sin entender que un acontecimiento marcará su declive. Federico II fue emperador del Sacro Imperio y rey de Sicilia y de Jerusalén y se le conoció como «stupor mundi» (asombro del mundo) e incluso el «Anticristo» por sus permanentes luchas con el Papado, pero fue el último soberano de la Casa de Hohenstaufen. Todo aquello que había intentado construir quedó en nada como consecuencia de sus errores. Es uno de los personajes más deslumbrantes y fascinantes de la Historia, pero su soberbia, como les sucede a muchos políticos, le hizo no medir las consecuencias de determinadas decisiones e intentó abarcar demasiado.

La Historia siempre resulta útil como ejemplo. Todos los soberbios acaban cayendo, nada es eterno y es importante tener información antes de emprender una campaña. La crisis desatada el miércoles demuestra que hubo mucha soberbia, exceso de voluntarismo y ausencia de información. Ahora tenemos la certeza de que Ciudadanos ha caído con el fracaso de Murcia. Ha sido su último estertor. Ahora comienza el proceso de descomposición y los restos serán absorbidos por el PP o el PSOE. Algunos dirigentes abandonarán la política y otros buscarán un acomodo. La habitual en estos casos.

Todo indica que la debacle llegará con las elecciones anticipadas en Madrid. Otros partidos han desaparecido desde la Transición hasta nuestros días e incluso tuvieron momentos ciertamente gloriosos como sucedió con UCD, CDC, Unió, CDS, UPyD, etc. Hubo acontecimientos concretos, más o menos duraderos en el tiempo, que les llevaron al desastre y fue una consecuencia, por supuesto, de la soberbia de quienes se consideraban infalibles. En otras ocasiones me he referido al riesgo del caudillismo y el populismo, tanto en los partidos como en el gobierno, porque se organizan estructuras rígidamente piramidales donde las decisiones las toma una única persona acompañada por una camarilla que ignora otras opiniones y consejos. Es lo que ha sucedido en la operación acordada entre el PSOE y Ciudadanos para arrebatar el poder territorial al PP. El primer fracaso fue constatar que no podían ni en Andalucía ni en Castilla y León, pero pensaron que sería fácil en Murcia y en Madrid. La dignidad de los tres diputados que se han incorporado al gobierno de Miras ha impedido que triunfara una maniobra organizada en la oscuridad de los despachos de La Moncloa y Ferraz.


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