AGLI Recortes de Prensa   Martes 17  Agosto  2021

Afganistán: la Historia, en marcha otra vez
Óscar Elía. Libertad Digital 17 Agosto 2021

Afganistán no es una derrota más, ni siquiera es un símbolo: es un giro en la Historia, con mayúsculas, la que trae guerras, revoluciones, crisis profundas.

Cuando el próximo 11 de Septiembre las campanas de las iglesias suenen en Nueva York por las víctimas de Ben Laden y del mulá Omar y los militares homenajeen a los uniformados muertos en el Pentágono a los 20 años del ataque terrorista, los talibanes estarán celebrando su vuelta al poder y la derrota del país más poderoso de la Tierra.

Es verdad que las terribles imágenes de los últimos días han sacudido a todo el mundo, despertándonos de la modorra de la ola de calor. Pero no deben ser una sorpresa. La de Afganistán es una derrota sostenida en el tiempo, compartida por Obama, Trump y Biden: pero los dos primeros tuvieron la capacidad de controlarla y acompasarse a los acontecimientos. No es el caso de Biden, que en mayo y julio lanzó mensajes inequívocos con los que cavó su tumba: Estados Unidos se iba a ir sí o sí a corto plazo y el Ejército afgano tendría que bastárselas por sí mismo sí o sí y desde ya.

Pero sin apoyo aéreo, logístico y de operadores y fuerzas especiales aliadas, los afganos ni han podido ni pueden frenar a los barbudos. Los norteamericanos lo saben, los distintos Gobiernos afganos lo han sabido, y los talibanes también: Arias Borque lo ha explicado muy bien. De ahí que la insistencia de Biden se haya saldado con deserciones masivas, cambios de bando y un hundimiento moral del Ejército afgano previsible si, como hicieron Trump y Obama, no se llevaba a cabo la retirada con enorme prudencia y determinación. Una sola división, 6.000 hombres estacionados de manera permanente, hubiese bastado –como bastó en Alemania o Japón– para mantener a raya a los talibán e impedir su redespliegue, pero tengo para mí que Biden carece ya de la fortaleza física y psíquica para forzar a los Departamentos de Estado y Defensa a permanecer en un lugar que detestan. Esta es la consecuencia: aunque estemos al inicio de su mandato, Afganistán va a quedar unido para siempre a Biden, como Irán a Carter y Vietnam al pobre Nixon.

Vayamos con una segunda consideración, más allá de Biden: esta fue la primera gran operación de la OTAN… y ha sido su primera gran derrota. Tras la caída de la Unión Soviética, la Alianza Atlántica deambula en busca de un concepto estratégico que justifique su existencia. Estamos cansados de ver a la OTAN buscando su justificación, cumbre tras cumbre. Los países miembros saben que es un buen instrumento militar, el mejor de la Historia, pero desde 1989 carece de finalidad. La lucha contra el terrorismo, que sí involucraba a todas las democracias occidentales, era la misión idónea: la defensa de la libertad frente a la tiranía, de la civilización frente a la barbarie.

Pues bien, el fracaso ha sido mayúsculo. En Afganistán, sólo Estados Unidos ha mantenido presencia real hasta ayer: los demás socios han ido saliendo más o menos discretamente según el sentir que llegaba de Washington. Con la derrota en Afganistán, la OTAN se inflige una derrota y da un paso atrás en su búsqueda de sentido, que, como afirma Bardají, cada vez se desdibuja más, perdida como está la Alianza entre la basura woke y la falta de financiación.

Tercero: la derrota trasluce la debilidad de las democracias occidentales. Uno puede pensar que veinte años son más que suficientes en un país que no hace más que costar dinero y disgustos militares; lo que equivale a pensar que uno elige las guerras que merecen la pena y las que no. Este es quizá uno de los grandes males occidentales. El caso es que las guerras lo eligen a uno, y un país no elige qué, cuándo y dónde luchar. Entender esto es fundamental: nadie en su sano juicio cree que China o Rusia hubiesen protagonizado el espectáculo occidental de los últimos meses. Los expertos hablan de las relaciones internacionales como de la "arena internacional": se disuade o se es disuadido, se persuade o se es persuadido. Hay quienes, a la izquierda y a la derecha, celebran el batacazo estadounidense en Kabul: pero no hay que olvidar que Estados Unidos es hoy la punta de lanza y la retaguardia de la democracia occidental. El fracaso de aquél es el de ésta.

Por fin, y en cuarto lugar, las imágenes de los dos últimos días dan cuenta de un fin de ciclo histórico. Estados Unidos, baluarte de la hegemonía occidental, se muestra agotado y exhausto en el exterior y dividido hasta el límite en el interior: es más noticia por sus fracasos que por sus éxitos. Los países europeos son, dos décadas después del 11-S, una caricatura de la caricatura que ya eran entonces. En 2021 están carcomidos por crisis económicas, sanitarias y migratorias de las que son incapaces de salir. La UE, la gran motivación de los europeos desde 1990, ha tocado techo con la salida exitosa de Londres y la división de los Estados miembros.

Frente a las democracias occidentales, una difusa alianza que une a regímenes como el chino, el ruso, el iraní, el venezolano y el cubano corroe las fronteras de las democracias, quebranta el prestigio de éstas y desafía su menguante poderío económico y militar. En Europa, en Estados Unidos, las querellas y polémicas alcanzan límites absurdos, obscenos: lo mismo se discute si los niños tienen pene que si hay que dejar de comer carne o que arrodillarse ante miembros de otra raza. Todo este ruido ideológico, propio de la sociedad de la opulencia, va soportado por un endeudamiento masivo y el desinterés por el futuro. La felicidad mal entendida esconde problemas graves: y en este caso genera un persistente olor a años treinta.

Esto es quizá lo peor de todo. Afganistán no es una derrota más, ni siquiera es un símbolo: es un giro en la Historia, con mayúsculas, la que trae guerras, revoluciones, crisis profundas. En expresión de Arnold Toynbee, parece que aquélla esté en marcha otra vez.

Pavorosa imprevisión gubernamental ante la caída de Kabul
EDITORIAL Libertad Digital 17 Agosto 2021

El Gobierno de Pedro Sánchez está mostrando todas sus debilidades y carencias de un modo dramático y descarnado a cuenta de la caída de Kabul en manos del Talibán. La improvisación y la falta de información fiable, de medios, de iniciativa y de agilidad han desembocado en un inexplicable retraso en las tareas de repatriación del personal de la embajada y de los pocos ciudadanos españoles que residen en Afganistán.

No ha sido hasta este lunes cuando se ha dispuesto el envío de los dos aviones que se deben hacer cargo de la extracción de los funcionarios españoles y de los traductores locales que han trabajado con ellos, cuyas vidas no valdrían absolutamente nada en caso de permanecer en Kabul. Dubái es el primer destino de los aparatos, pero ni siquiera se sabe si continuarán hacia Afganistán o esperarán allí a que otros países saquen del polvorín a nuestros compatriotas: tal es la incapacidad del Gobierno.

Se trata de evacuar, según las informaciones más fiables, a un mínimo de treinta personas: seis residentes en Afganistán; el embajador, Gabriel Ferrán; el encargado de negocios, una veintena de agentes de la Policía Nacional –entre ellos los miembros del GEO a cargo de la seguridad del grupo– y una decena afganos contratados por la embajada.

De los ministerios implicados en el operativo, Interior, Exteriores y Defensa, solo salen declaraciones hueras o ni eso. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, se remite al eslogan gubernativo de que no se va a dejar a nadie atrás, declaración tuitera que adquiere ribetes siniestros cuando el personal español aguarda impaciente en el aeropuerto de Kabul una extracción que lleva un inexplicable retraso. Téngase en cuenta que a media tarde del lunes aún no habían despegado de la base de Zaragoza los dos aviones antecitados. El titular de Interior, Fernando Grande-Marlaska, añade por su parte que el aeródromo es completamente seguro. Y lo dice cuando las informaciones que proceden de ese lugar hablan de al menos cinco muertos, de estampidas de afganos tratando de subirse a algún avión, de disparos al aire de las tropas estadounidenses, de personas que se precipitan al vacío en cuanto los aviones toman altura y de una situación de total incertidumbre e inseguridad.

La falta de un liderazgo que vaya más allá de las declaraciones triunfalistas de Pedro Sánchez es de una evidencia tan desoladora como triste y peligrosa. Y no deja de resultar algo más que sorprendente que, con lo rápido que se prepara el Falcon en cualquier momento para dar gusto a Sánchez, se tarde no ya horas sino días en repatriar a unos conciudadanos que corren un evidente peligro.

La caída de Kabul en manos de los talibanes pone de relieve también la repulsiva demagogia de la izquierda, que clama ahora por el sombrío destino de las afganas mientras se ha pasado los últimos veinte años criticando la intervención occidental en ese nido de terroristas e integristas islámicos caracterizados por un criminal desprecio por los derechos humanos. A eso hay que añadir que Podemos aboga en estos momentos por la acogida de ciudadanos de Afganistán, cuando forma parte de un Gobierno con notorias dificultades para sacar de aquel país a sus propios ciudadanos y a los afganos (y familias) que colaboraron con nuestras tropas. El oportunismo de la formación morada resulta sangrante. Igual que la incompetencia e inoperancia del Gobierno, que aún hoy publicaba en el BOE la convocatoria de una plaza para operador de comunicaciones en la embajada de Kabul. Patético.

Afganistán, un desastre sin paliativos
Soraya Rodríguez. Vozpopuli 17 Agosto 2021

Las imágenes que nos llegan del aeropuerto de Kabul son estremecedoras: en la desesperación de la población afgana se refleja un fracaso histórico que es también europeo
El caos se apodera de Kabul ante el avance talibán sobre todo Afganistán.

Estos últimos días asistimos con horror y estupor a la toma de Afganistán por parte de los talibán, culminada este domingo con la toma de Kabul. Unas imágenes que son el rápido desencadenante de una salida de las tropas estadounidenses y occidentales del país que, habiendo permanecido desplegadas por 20 años, se replegaban ahora a contrarreloj en una estrategia que es el resultado de un completo desastre. Ésta implica, además, una falta de previsibilidad y fiabilidad de los datos en los que se basaba la estrategia de salida. Una salida ordenada y segura requería un mayor compromiso con la sociedad civil afgana, así como una asunción de las responsabilidades de la UE como actor que también ha resultado clave en el país.

En Afganistán no se daban las condiciones para que el Gobierno y el Ejército afgano -entrenado éste por EEUU y la OTAN durante estos veinte años- defendiese la integridad territorial de su país. Sin apenas resistencia, los afganos y afganas han quedado a merced del Estado del terror talibán, un status quo que muchos conocen, que muchos han sufrido.

La toma de Kabul ha sido celebrada por el terrorismo yihadista como lo que es, una victoria y una rendición vergonzante de Estados Unidos y, con él, de la comunidad internacional. En el avance talibán, aparentemente sorpresivo para el propio Pentágono, se abren, literal y simbólicamente, las puertas de las prisiones para los terroristas encarcelados. La comunidad internacional pagará los errores cometidos en Afganistán, pero nadie lo hará tanto como los ciudadanos afganos hoy abandonados a un Estado que irá sin piedad contra lo que muchos son, lo que representan.

La situación y el avance de los talibán se han desarrollado con una rapidez mayor de lo esperado. Sin embargo, los principales retos eran conocidos. Las imágenes que nos llegan del aeropuerto de Kabul son estremecedoras: en la desesperación de la población afgana se refleja un fracaso histórico que es también europeo.

La situación en el aeropuerto de Kabul sigue siendo caótica y muchas personas seguirán esperando la resolución de sus expedientes y visados, en el contexto de una salida de las fuerzas internacionales del país que ya se ha producido casi en su totalidad. Mientras tanto, según los datos de la OCAH, al menos 17.600 desplazados internos habían llegado a Kabul entre el 1 de julio y el 15 de agosto. No podemos dejar atrás a los afganos más vulnerables. Habrá tiempo en el futuro para analizar las consecuencias geopolíticas y las responsabilidades de este desastre, pero para lo que no hay tiempo es para salvar las vidas de millones de afganos. Necesitamos una respuesta humanitaria urgente e internacional.

Por ello, desde la delegación de Cs Europa hemos solicitado a la UE y sus Estados miembros el establecimiento de una estrategia coordinada de la UE para la expedición de visados humanitarios y vuelos de emergencia para las personas cuya vida se encuentra, con carácter prioritario, en situación de extremo riesgo en Afganistán. Paralelamente, necesitamos coordinarnos con otros actores internacionales para el establecimiento de corredores humanitarios para que las personas que huyen del terror de un Estado talibán -que conocen y que han sufrido- puedan abandonar el país de forma segura. Si no se adopta una estrategia coordinada y se establecen canales seguros, el éxodo seguirá teniendo lugar, pero dejará un camino inolvidable de sufrimiento que puede mitigarse mediante una iniciativa política internacional y coordinada.

En este contexto, la protección de las mujeres, periodistas y los defensores de los derechos humanos que han puesto en peligro sus vidas para participar en el proceso de paz, en la política y en la defensa de los derechos humanos, es una prioridad. Quienes han colaborado con la implementación de los objetivos de paz y seguridad y transformación social que formaban parte de la estrategia internacional en el país, se han convertido hoy en objetivos del fanatismo y del radicalismo. Entre ellos, muy especialmente las mujeres y niñas que han decidido vivir sus vidas defendiendo sus libertades. No es tiempo de compasión y declaraciones, sino de acciones. Los españoles, por ejemplo, seguimos esperando alguna acción del Gobierno de Sánchez, quien sigue sin comparecer ni explicar nada.

Afganistán ha sido el mayor beneficiario de ayuda al desarrollo de la UE. En el período 2002-2020, la UE ha aportado más de 4.000.000.000 de euros. El abandono de la población afgana tras más de 20 años de compromiso político y financiero supondría un grave fracaso a la hora de defender nuestros valores y nuestro compromiso en la escena internacional. Ahora más que nunca, el tiempo salva vidas. La UE debe afrontar este reto.

Biden se mancha las manos de sangre en Afganistán
OKDIARIO 17 Agosto 2021

Con su precipitada decisión de retirar las tropas de Estados Unidos de Afganistán, Joe Biden ha demostrado ser un auténtico incompetente. A sus 78 años, el presidente norteamericano no ha tenido los reflejos suficientes para diseñar una evacuación «ordenada y segura» -como él mismo había prometido- que no dejara a la población afgana a merced de los salvajes talibanes. Hasta los propios medios de comunicación que encumbraron su figura se frotan los ojos incrédulos ante este fiasco monumental tras la guerra más costosa y duradera de Estados Unidos. «Sea visto como justo o injusto, la historia recordará que Joe Biden fue quien presidió la humillante conclusión de la experiencia estadounidense en Afganistán, tras 20 años de guerra», sentenció David Sanger en The New York Times, un medio hasta ahora rendido a los pies del líder demócrata.

Pensando más en la propaganda que en los hechos, Biden quiso apresurar la salida de Estados Unidos para ser recordado como el presidente que trajo a los soldados estadounidenses a casa antes del vigésimo aniversario de los ataques del 11-S. Era una maniobra pensada para ganar votos de cara a las elecciones legislativas del próximo año. Una jugada descabellada por simple cálculo electoralista. Con ínfulas de estadista, Biden mintió ante los periodistas al afirmar que la victoria de los talibanes «no era inevitable» y que no habría fotografías al estilo de Saigón de helicópteros despegando del techo de la embajada de Estados Unidos en Kabul. No sólo las hubo sino que fueron incluso peores como la de los desesperados afganos cayendo al vacío desde el cielo al intentar escapar de Kabul sujetados a las ruedas de un avión militar norteamericano.

Biden tuvo el cuajo de criticar a los líderes y fuerzas de seguridad afganos: «Les dimos todo lo que necesitaban. Les pagamos el sueldo. Lo que no pudimos darles es la voluntad de luchar por su futuro», afirmó en una rueda de prensa desde Washington en la que no aceptó preguntas después de sus declaraciones. Que el presidente de los Estados Unidos haya acusado a los afganos de cobardes y traidores refleja la catadura moral del inquilino de la Casa Blanca. Porque aquí el único que ha sido incapaz de aplastar a un ejército de desarrapados apenas equipado con armas ligeras ha sido Biden. Decir que las tropas americanas «no deberían participar en una guerra que las fuerzas afganas no quieren luchar por ellas mismas» son excusas de mal perdedor de un líder que ha claudicado ante el terrorismo islámico de forma humillante. Biden se ha manchado las manos de sangre dejando al pueblo afgano abandonado a su suerte. La factura de su cobardía moral la tendrá que asumir todo Occidente.

Los talibanes y el cretinismo político occidental
Guadalupe Sánchez. Vozpopuli 17 Agosto 2021

El cretino occidental no nace, sino que se hace. Y cuanto más saborea las mieles de su mezquindad, más se gusta a sí mismo. Hasta tal punto es así que no son pocas las veces en las que el personaje ha acabado devorando a su huésped, de forma que la estulticia ya no sólo es un recurso puntual con el que darse a conocer o llamar la atención, sino que se convierte en el sello personal, en la marca de la casa.

Se distinguen de otros bobos o imbéciles en su ingente necesidad de pasar cualquier suceso noticiable que suscite cierto revuelo por su tamiz ideológico. Vamos, lo que en román paladino viene a ser arrimar el ascua a su sardina, aunque ellos prefieran llamarlo “politizar el dolor” no vaya a ser que alguien pudiera llegar a encontrar similitudes entre su proceder con el de las aves carroñeras que se nutren de los cadáveres porque éstos ya no pueden defenderse. Siempre es preferible agitar el avispero a costa de alguien que no está en posición de mandarte al carajo.

Otro rasgo característico del cretino occidental es su querencia por las masas, su necesidad permanente de atención: si la gente fuesen moscas, ellos pedirían convertirse en una enorme boñiga de elefante. Porque ser una mierda puede parecer asqueroso, pero los convierte en el objeto de deseo de millones de insectos voladores. Eso sí, el excremento despliega un halo de superioridad moral, de bondad intrínseca, de condescendencia intelectual para que la mosca no sea consciente de que lo es ni del alimento que consume. Que está deglutiendo estiércol como si fuera néctar. El alemán Willi Münzenberg ya lo consiguió con el comunismo, hasta el punto de que hoy en día muchos ven en Lenin o Stalin a sus referentes ideológicos.

Así que no pierden la oportunidad de compartir sus excrecencias si se tercia la oportunidad. Un buen ejemplo lo tenemos con los últimos acontecimientos en Afganistán tras la toma del poder por parte de los talibanes, consecuencia de la retirada de las tropas estadounidenses. El cretino occidental no parece mostrarse preocupado por los derechos de los ciudadanos de ese país bajo el yugo integrista islamista (me perdonan el oxímoron) o por la trascendencia geopolítica del evento. Manipula la historia para culpabilizar al rival político o, si es menester, lo compara con los talibanes. Eso sí, debe quedar constancia siempre de su profunda consternación ante la gravedad de los sucesos, por lo que gustan de organizar y/o participar de eventos tales como recogidas de firmas o concentraciones de repulsa varias. Es una forma sencilla, barata y eficaz de lavar y centrifugar la conciencia antes de usar la desgracia ajena en las trifulcas domésticas y poner en el mismo plano que los talibanes al adversario.

Uno de sus principales recursos, en cualquier caso, es victimizarse, equiparando la situación de su colectivo oprimido fetiche con el de los residentes en el país de oriente medio. Ahí tienen a la cuenta oficial del partido Adelante Andalucía, escisión de Podemos que se define como confluencia de activistas de izquierda, ecologistas, feministas y “andalucistas”, identificando la situación de las mujeres andaluzas con la de las afganas.

Se me ocurren pocas maneras peores de insultarlas, de banalizar el riesgo para la libertad y la vida al que se enfrentan. Pero para quienes quieren convertir el sexo biológico en un rasgo definitorio de víctimas y victimarios, de inocentes y culpables, todo vale. El hijab empodera y los anuncios en ropa interior o la depilación femenina cosifican. Ése ha sido su mensaje en los últimos años y, ahora que aflora la realidad, deben sostenerlo aún a costa de evidenciar que las mujeres afganas les importan un carajo. Indultaron al islam a costa de condenar sin juicio ni sentencia al heteropatriarcado occidental y ése es un camino sin retorno que, en cualquier caso, no quieren transitar.

Porque odian a occidente por lo que representa: libertad, derechos humanos y capitalismo. Somos principio de legalidad, separación de poderes e igualdad ante la ley. Somos todo aquello que detestan los aspirantes a totalitario que añoran los regímenes comunistas o fascistas de antaño y que han encontrado en los cretinos políticos occidentales la mejor correa de transmisión.

Un incompetente en la Casa Blanca

Francisco Marhuenda. La razon 17 Agosto 2021

Los errores de la administración Biden en Afganistán son antológicos y constatan el declive de la primera potencia mundial. Con poco rigor, lo reconozco, sigo utilizando este término cuando todo indica que China se está situando en esa posición. Es verdad que Estados Unidos es la mayor economía del mundo y, sobre todo, la más dinámica, pero en política internacional ha quedado claro que no está a la altura de las circunstancias. Los fallos de inteligencia son espectaculares y era una ilusión, más bien una pesadilla que pagan los afganos, confiar en una administración corrupta y desprestigiada y en un ejército que ha sido incapaz de parar la eficaz ofensiva talibán. Es cierto que Trump es un bravucón, con unas formas imposibles y un lenguaje insólito, pero su política exterior, aunque les moleste a los progres, mantuvo el poder y la influencia de Estados Unidos. No cometió ningún error y sus tradicionales enemigos se mantuvieron a una prudente distancia. Ahora tenemos un incompetente en la Casa Blanca que ha puesto de manifiesto que no aprendió nada siendo vicepresidente con Obama y tras sus largos años en la comisión de Exteriores del Senado.

La salida vergonzosa de Afganistán, dejando a más de 35 millones de personas a su suerte, es una de las mayores derrotas desde el nacimiento de la república. La responsabilidad corresponde al inquilino de la Casa Blanca, que ha sido incapaz de planificar una retirada ordenada y ha preferido una huida sin importarle las consecuencias. Tras veinte años en Afganistán, la CIA y los servicios de inteligencia militares no tenían ni idea de lo que estaba sucediendo y minusvaloraron el poder talibán a la vez que sobrevaloraron al gobierno títere, cuyo presidente, Ashraf Ghani, se escapó con cuatro coches y un helicóptero llenos de dinero. Es el colofón final de una patética ocupación militar que ha costado la muerte de más de 60.000 soldados y policías afganos y 2.442 estadounidenses. El gasto total para el contribuyente americano asciende a 2,26 billones de dólares. Biden pasará a la historia como el presidente que huyó de Afganistán y el comandante en jefe más incompetente. La imagen de la huida del personal diplomático por el tejado de la embajada es el mejor resumen de lo sucedido. No se puede alcanzar un mayor deshonor.

Con Kabul, Occidente pierde su crédito
Millones de afganos que confiaron en Washington están a merced de la barbarie
Editorial La Razón 17 Agosto 2021

Las escenas del aeropuerto de Kabul, con centenares de aterrorizados afganos tratando de aferrarse al fuselaje de cualquier avión que pueda sacarles del país, no es más que el dramático augurio del dolor que aguarda a millones de afganos tras la incalificable actuación del presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, país que, es preciso recordarlo, arrastró primero a la ONU y, luego, a la OTAN en una intervención exterior compleja y costosa en términos humanos y materiales que no ha podido terminar de peor forma, para la población a la que, supuestamente, se pretendía liberar de un régimen terrorista y opresor, pero, también, para el crédito de los países que conforman Occidente, en el que buscan reflejarse todos aquellos pueblos que aspiran a vivir en libertad y democracia, bajo sistemas políticos que respeten los derechos humanos.

Porque la decisión de retirarse prácticamente a la carrera de Afganistán, tomada por el actual inquilino de la Casa Blanca, cuando era de conocimiento público que ni el Ejército ni la Policía afganas, que han sufrido más de 60.000 bajas en combate contra los talibanes, iban a poder contener a un enemigo crecido moralmente y continuamente apoyado desde los feudos pastunes de Pakistán, transmite al resto del mundo que la defensa de los principios occidentales sólo responde a cuestiones de coyuntura política o de intereses meramente internos.

Porque no hablamos sólo de los problemas que afrontaban los líderes de Washington enfrentados a parte de una opinión pública, cansada de una guerra que devenía interminable, palidecen ante el futuro que espera a aquellos millones de afganos que confiaron en las promesas occidentales, que abrieron la vida laboral y las universidades a las mujeres –el 60 por ciento de las matriculaciones universitarias eran de alumnas–, que crearon los primeros medios de comunicación independientes y que, en definitiva, estaban sacando a su país de un sistema feudal, pese a que en demasiados casos suponía un riesgo cierto de morir asesinados.

Pero en último caso, aceptando el hecho de que la retirada era inevitable, la manera con que se ha llevado a cabo, dando carta de naturaleza a quienes nunca han respetado los derechos civiles más básicos y quemando etapas, sin obtener el menor compromiso por parte de los talibanes del cumplimiento de los acuerdos de paz, carece de la menor justificación y retrata la estulticia. Afganistán volverá a ser un agujero negro, eso sí, en el que velarán China y Rusia.

Un error histórico y letal
Lo que ha pasado en Afganistán en los últimos meses ha sido una equivocación de dimensiones colosales para Estados Unidos y para la OTAN, que también deberá explicar cómo piensa superar este duro trauma
Editorial ABC 17 Agosto 2021

ES difícil sostener, como ha hecho reiteradamente la administración demócrata de Joe Biden, que el objetivo de Estados Unidos en Afganistán era «pasar cuentas» por el atentado de las Torres Gemelas del 11 de septiembre y que dado que ya ha sido logrado se justificaría esta desastrosa e humillante retirada. Las imágenes de la entrada triunfal de los talibanes en el palacio presidencial de Kabul constituyen en realidad la constatación de una derrota amarga y cuya consecuencia principal es el desprestigio planetario de la reputación de Estados Unidos y sus aliados como representantes de los ideales democráticos y liberales.

Es cierto que la situación había llegado a un punto en el que se hacía necesario valorar cuánto tiempo más podía permanecer allí la presencia militar occidental en un país lejano y abrupto, lleno de armas y de enemigos. Es posible conceder que en algún momento había que tomar la decisión de abandonar el apoyo militar directo al Gobierno afgano que ahora ha huido despavorido. Lo que no se puede aceptar es que los servicios de información norteamericanos, desde enero a las órdenes de Biden, no hubieran sido capaces de detectar la situación real de los insurgentes terroristas sobre el terreno ni anticipar que los talibanes irían más rápidos para hacerse con el país que los militares estadounidenses para evacuarlo. El caos en el aeropuerto de Kabul es una escena aún más vergonzosa que la de la evacuación de la embajada en Saigón, símbolo de otra derrota determinante en la historia de EE.UU.

¿Cómo es posible que durante veinte años se haya mantenido el espejismo de una misión noble y justa que pretendía trazar un horizonte prometedor para los afganos -y sobre todo para las afganas- sin tener en cuenta que los gobernantes locales sobre los que se apoyaban estos planes eran en realidad una panda de corruptos y de cobardes? En dos décadas también podían haberle cogido la medida a los bandidos talibanes, para saber que mienten sistemáticamente para ocultar en las negociaciones las mismas intenciones que tenían cuando azotaban y ahorcaban inocentes en el campo de fútbol de Kabul. De hecho, la administración de Joe Biden ha tenido al menos ocho meses para preparar una salida más decorosa de ese avispero, al menos para tratar de rescatar parte del armamento moderno que ahora caerá en manos de estos fanáticos con relaciones con Pakistán, China y Al-Qaeda, que es otro de los grandes vencedores de este desastre. El terrorista al que se le atribuyen aquellos ataques en Nueva York y Washington, Osama Bin Laden, que fue liquidado en 2011, tendrá pronto una plaza en Kabul con todos los honores, lo que es una auténtica ignominia para todas las víctimas de sus acciones terroristas y para los soldados que han dejado su vida en aquellas tierras en defensa de unos ideales ahora tirados a la basura en una operación increíblemente mal planificada.

Si no se puede ganar una guerra, lo más inteligente es intentar al menos no perderla de forma escandalosa. Ni siquiera los soviéticos sufrieron un escarnio parecido cuando retiraron con orden y sin pánico a sus últimas tropas de Afganistán, a pesar de que tampoco pudieron doblegar a los combatientes islamistas. Lo que ha pasado en aquel país en los últimos meses ha sido un error de dimensiones colosales para Estados Unidos y para la OTAN, que también deberá explicar cómo piensa superar este duro trauma que pone en duda su reputación global y su propio futuro como alianza militar.

¿Veinte años perdidos en Afganistán?
Jorge Vilches. Vozpopuli 17 Agosto 2021

Sorprende la marcha rápida de Estados Unidos sabiendo que los talibanes se iban a hacer con el país. Norteamérica y sus aliados, entre los cuales ha estado España dejando sangre, reconstruyeron materialmente aquel país. Ahora, todo ese esfuerzo humano, las infraestructuras, las costumbres y los derechos se van a destruir.

No vale a estas alturas que nadie haya conseguido conquistar aquella tierra. Ya decían los soviéticos que a los afganos no se les puede derrotar, solo comprar. Es un país corrupto en el que los fundamentalistas viven del opio y de matar. Los talibanes se parecen a las FARC o a Sendero Luminoso. Son religiones distintas, una es clásica y las otras son laicas, pero la financiación y la crueldad son las mismas.

Trump acordó con los talibanes en febrero del 2020 la retirada norteamericana a cambio de que no se diera cobijo a Al Qaeda. Lo hizo en un momento en el que los talibanes y el Gobierno de Kabul se encontraban negociando la paz en Qatar. Trump sacó a los talibanes la promesa de que no refugiarían terroristas, que fue lo que provocó la invasión en 2001. Fue cuando Bush jr. exigió a los talibanes la entrega de Osama bin Laden y la expulsión de Al Qaeda. De esa manera, Trump creía cerrar el problema.

Ha llegado Biden, que cuando estuvo en la administración Obama era partidario de no entrometerse entre afganos, sino de resolver el problema terrorista y largarse. Eso es lo que ha hecho. Por eso ha evacuado con prisa a las tropas norteamericanas. Ni un muerto más por una tierra extraña, que los votos luego salen muy caros porque la prensa progre se pone estupenda.

Tras veinte años de organización e instrucción de un Ejército de cerca de 200.000 soldados afganos, los norteamericanos esperaban una cierta capacidad de resistencia al avance talibán. Entre 6 y 18 meses. No más. Pero ya no era un asunto suyo. La falta de espíritu patriótico y la facilidad para la corrupción han desecho en dos semanas la resistencia militar. Ahora, ese cuerpo, bien pertrechado y purgado, quedará en manos de los talibanes.

Los plantadores de opio y traficantes de droga han ido comprando la poca administración afgana que se había levantado durante dos décadas. Todo eso que estuvieron construyendo los aliados va a pasar a sus manos. No es que sea un país ingobernable, es que no puede tener el gobierno que quiere Occidente. Si la base de una administración es la corrupción cualquiera con más dinero puede llegar y comprarlo todo.

Las divisiones étnicas y religiosas son similares a las de otros países, y esa tierra es la negra encrucijada de potencias que se odian entre sí. Ahí están Arabia Saudí, Irán y Paquistán disputándose el dominio, sin olvidar los intereses económicos de China y geoestratégicos de Rusia. Todos han jugado en ese tablero mientras Biden estaba deseando irse.

Éxodo y refugiados
Una democracia se levanta sobre la creencia en un proyecto común. Eso no ha existido en Afganistán ni por ensoñación, ni los aliados han estado empeñados en crearlo. No ha habido “evangelización democrática”, sino la política del hecho consumado. La sensación es que a la mayoría de los afganos les ha dado igual, y que solo aquellos que emprendieron otra vida temen perderla. De ahí el éxodo de refugiados que ya ha empezado.

¿Y aquí? A Pedro Sánchez le ha venido bien que Biden no deje de trabajar. La retirada de las tropas le ha pillado al español en plenas vacaciones. No hará declaraciones ni habrá fotos en el aeropuerto. Para eso ya están los ministros. Los socialistas se están poniendo de perfil en la cuestión de Afganistán. No solo porque si osan criticar a Biden se acabarían hasta los encuentros de 26 segundos, sino porque fue Zapatero quien amplió la misión militar en Afganistán.

La firma de ERC
PSOE, CiU, ERC, PNV y CC consensuaron el texto para el envío de más tropas a Afganistán el 7 de julio de 2004. No solo ha hecho Rufián el ridículo -perdón por el pleonasmo- culpando a Aznar, sino que su partido fue el que redactó la ampliación militar española en aquella tierra. Joan Puigcercós, entonces portavoz de ERC, se felicitó en público por la aprobación del texto. Parece que han sido veinte años perdidos para alguien más.

Occidente en delirio
José María Marco. La razon 17 Agosto 2021

No hay un solo motivo que justifique la deserción norteamericana de Afganistán. No la había cuando Trump firmó su alucinante acuerdo con los talibán, en 2020. Tampoco la hay en el caso de Biden, que se precia de hacer lo contrario que hizo Trump en política exterior… excepto en la cuestión afgana. De hecho, aún más delirante que el acuerdo trumpista fue el anuncio, el pasado mes de abril, de que la retirada de las tropas norteamericanas culminaría el 11 de septiembre de 2021. Aunque sea en el infierno, Bin Laden andará todavía carcajeándose de una decisión que le otorga una victoria póstuma como ni en sus sueños más explosivos habría imaginado. Aquello, como era de esperar, puso en movimiento a los talibán y a sus aliados en la zona y fuera de ella, en particular a rusos y chinos. Las cosas se precipitaron con la alocución del pasado sábado –seguimos en el registro del disparate–, en la que Biden afirmó que la presencia norteamericana era indiferente para la suerte del país y, en vez de atacar a los terroristas islamistas y a sus aliados, se dedicó a criticar a Trump. Fue ese discurso el que precipitó, la misma tarde del sábado, la ofensiva sobre Kabul. Había quedado claro que los norteamericanos no iban ni siquiera a esperar al 11 S para celebrar el aniversario de los 3.000 asesinados de 2001.

La intervención de Biden del sábado marcará para siempre, con la de abril, su Presidencia. Antes, todavía era posible organizar una retirada ordenada y articular formas de apoyo a las fuerzas gubernamentales afganas. Y antes, si Biden y el establishment washingtoniano hubieran querido, también era posible otra estrategia. La situación en Afganistán se mantenía con una fuerza de 3.500 militares. En el último año y medio, el Ejército norteamericano no ha sufrido ni una sola baja. Afganistán requería recursos y soldados, pero requería sobre todo visión a largo plazo y conciencia de quiénes son y dónde están los enemigos.

También habría requerido un mínimo compromiso de los aliados occidentales de la OTAN, más allá del –desquiciado, otra vez– comunicado del viernes. La toma de Kabul y la caída de Afganistán en manos de los talibán significa, como se ha dicho, una derrota de Occidente: derrota autoinfligida, porque nuestros países tienen recursos y Fuerzas Armadas suficientes como para garantizar si no la implantación de una democracia liberal a la europea, sí un régimen que respetara unos mínimos derechos humanos. Ahora bien, conocemos la vigente retórica progresista: promocionar la libertad es un pecado imperialista. Lo que se traduce en abandonar a los afganos a su suerte. A los afganos y a las poblaciones occidentales, porque el conflicto no se cierra allí. En la zona operan más de veinte organizaciones terroristas, entre ellas Al Qaeda, siempre aliada de los talibán. Y en la esfera internacional, no hace falta glosar la victoria que acaban de obtener quienes no se toman en serio a las democracias occidentales. La elites occidentales han enloquecido. En contra de lo que dicen, sin embargo, no es seguro que la opinión pública de sus países haya perdido como ellas el sentido de la realidad.

Refuerzo a la dictadura chavista
EDITORIAL https://gaceta.es 17 Agosto 2021

La dictadura de Nicolás Maduro y la oposición cohabitadora encabezada por Juan Guaidó han firmado el llamado memorando de entendimiento y han confirmado «reuniones constructivas» en el marco de un erróneo e indigno nuevo proceso de diálogo.

Decimos erróneo porque es inútil para los venezolanos que sufren la negligencia y la incapacidad de Nicolás Maduro. No va a terminar con el hambre, la miseria y el terror que sufren. Y también indigno porque echa para atrás los esfuerzos de la oposición valiente al chavismo, personalizada en disidentes como María Corina Machado, que siempre ha recordado que en el caso venezolano no están lidiando con políticos, sino con criminales.

El documento llama a levantar las sanciones contra el Estado, que no son sanciones contra el Estado, sino contra los altos cargos chavistas que han saqueado Venezuela y matan a su pueblo, e incide en una «convivencia política» absolutamente imposible con un régimen que busca como salvación la impunidad y que ha perpetrado crímenes de lesa humanidad, tal y como concluyó la anterior fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional, Fatou Bensouda, en un informe sacado a la luz pública la pasada semana.

En él -recordamos- se menciona que autoridades civiles, miembros de las fuerzas armadas e individuos progubernamentales llevaron a cabo -al menos desde abril de 2017- encarcelaciones, torturas, violaciones y otras formas de violencia sexual de gravedad comparable, e impusieron una persecución permanente por motivos políticos.

Sin duda, esta negociación, ya celebrada por Maduro, no es el camino para acabar con el régimen, constituye un ataque al venezolano indefenso y sirve para dotar de una legitimidad que no merece a una tiranía sanguinaria que puede perpetuarse.

La deshispanización de Méjico
Agapito Maestre. Libertad Digital 17 Agosto 2021

Culpabilizar de los males de Méjico a España, como hace López Obrador, el presidente de la República, es comportarse como un truhán contra sus antepasados.

Si hispanización es sinónimo de civilización, entonces deshispanización es síntoma de barbarie. Perdón por mi visión estrecha de una historia compleja, pero la prefiero a quienes mantienen que las tribus de la América prehispana son la alternativa a la civilización occidental. Es absurdo someterse a la prueba de la elección entre, por ejemplo, Nueva España, el Méjico actual, y lo anterior, lo que había antes de la llegada de los españoles… Sí, nada es Méjico sin España. El pasado, el presente y, sobre todo, el futuro de Méjico están vinculados a España. La hispanización, como dijera Alfonso Reyes, el más grande escritor del siglo XX de ese país, fue fecunda. Nueva España estará siempre unida a México. Decir otra cosa es añadir más miseria a un nacionalismo tan miserable como criminal contra la propia cultura mejicana.

Culpabilizar de los males de Méjico a España, como hace López Obrador, el presidente de la República, es comportarse como un truhán contra sus antepasados, pues que al final no hace otra cosa que cargar contra la creación de un nuevo espíritu, de una nueva literatura, en fin, de una nueva historia, llamada hispanización, que "no ahogó", por decirlo otra vez con Alfonso Reyes, "la índole nacional; no estorbó la precoz manifestación de la idiosincrasia mexicana en la nueva lengua". El nacionalismo mejicano, en todas sus vertientes y grados, no ha hecho otra cosa en su larga historia de crímenes que tratar de ocultar Nueva España hasta borrarla de los libros de historia. Por fortuna, no lo han conseguido, porque la gran literatura del siglo XX mejicano se ha opuesto: Vasconcelos, Reyes y Paz valen más que todo el nacionalismo mejicano.

Sin embargo, la tragedia continúa, porque los truhanes del tipo AMLO han inoculado un virus terrible en los mejicanos de a pie: la entera criminalización del proceso de la hispanización y, por supuesto, de tres siglos de la historia más feliz de este país. Independencia y revolución sólo trajeron desgracias. Con la independencia se perdió la mitad del país y con la revolución se institucionalizó el crimen. ¡Qué cosa dichosa tienen que celebrar los mejicanos con el rollo de su revolución! Fue, sin duda alguna, la más sangrienta de la historia del siglo XX. Fue, además, el modelo de la revolución soviética. Sí, sí, la revolución mejicana fue anterior en términos cronológicos a la soviética. Su ejemplo criminal fue copiado ampliamente en Rusia y, más tarde, en la España del 31 y el 36. Crímenes, crímenes y más crímenes trajeron esas revoluciones, y el crimen sigue siendo el factor determinante de la historia actual del Méjico.

¿Acaso es este pasado sangriento de México referencia para aquí y ahora? ¿Entonces dónde pueden los ciudadanos mejicanos llenarse de energías emancipatorias para su mundo presente? ¿Acaso la prehistoria bárbara de los aztecas da para algo más que un placebo, una falsa droga, para un pueblo que se muere de incultura por habérsele negado su historia? ¿Hay alguna otra época de la historia de Méjico más civilizada y emancipatoria que la de Nueva España? Miedo provocan esas preguntas, sobre todo si previamente no reconocemos lo obvio: mientras Hernán Cortés, un genio político y militar más grande que Alejandro Magno, no figure en el santoral laico de México, este país no tiene solución.

Si los grandes gobernantes, dicho por hegelianas, tienen como misión principal de sus destinos traducir, convertir e impulsar las fuerzas de la Historia en potencias de los individuos, entonces tipos como López Obrador, y muchos otros presidentes que le precedieron, no cumplieron con su deber. Porque fueron infieles a su destino, eliminaron la fuerza principal de la Historia que podría liberar a los mejicanos de su pasado sangriento, deben ser execrados. Maldecidos.

******************* Sección "bilingüe" ***********************


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