AGLI Recortes de Prensa   Viernes 20  Agosto  2021

Afganistán y la sociedad del postureo
Rafael Bardají. https://gaceta.es 20 Agosto 2021

Creo que fue el historiador militar romano Publius Vegetius quien dijo por primera vez que “la forma más rápida de acabar una guerra es perderla”. Traducido a las realidades militares de hoy en día, se podría decir que “la mejor forma de rendirse en una guerra es no lucharla”. Porque eso es precisamente lo que ha pasado en Afganistán: América y sus aliados estaban cansados de un despliegue militar que, a pesar de cuanto se decía, no lograba alcanzar ninguno de sus objetivos; para las fuerzas afganas, sin la ayuda externa, la derrota estaba asegurada por lo que… ¿para qué luchar? Como tantas otras veces en la Historia, no son las armas las que deciden el resultado de una guerra, sino la moral de combate y la psicología. Biden dijo que se iba anticipadamente y la OTAN le siguió sin rechistar; los soldados afganos dejaron sus armas en las puertas de sus casas y se perdieron entre las multitudes. Sólo un presidente no ha aparecido alarmado por los acontecimientos ni ha considerado necesario cortar sus vacaciones a cuerpo real para atender en primera persona la evacuación de sus nacionales. Ese presidente no ha sido otro que, cómo no, Pedro Sánchez.

España no debió ir nunca a Afganistán, ni la OTAN se debía haber empeñado en una misión imposible como la reconstrucción de aquel país. Es más, los americanos, una vez alcanzados los objetivos de denegar el uso del suelo afgano a Al Qaeda y haber depuesto a los Talibán, hubieran hecho lo correcto declarando la victoria y regresando a casa. Pero América se quedó, la OTAN quiso reinventarse y volver a tener una cierta relevancia, y España fue por un coctel de extrañas razones. Por un lado Aznar pensaba que una nación seria era aquella que estaba a las duras y a las maduras con sus principales aliados; nuestros militares encontraron una nueva misión en el exterior con la que incrementar sus salarios, obtener partidas extraordinarias e ir tapando los agujeros de unos presupuestos de Defensa siempre al límite. Pero nunca fuimos a la guerra, como mucho, tal y como concedió Carme Chacón, enviamos tropas a misiones de paz en terreno de combate.

Como Irak fue para la izquierda la guerra “mala” y Afganistán, “la buena”, nunca se dio una gran oposición a la misión civilizadora allí. Lo común fue un progresivo olvido. La incapacidad de nuestros líderes para contar la verdad de lo que estaba pasando sobre el terreno, la obsesión con la ayuda militar táctica y el interés por mantener el negocio de muchas ONG confluyeron para evitar ver la derrota que se venía encima si no se volvía a las operaciones ofensivas de cierta magnitud. De ahí el shock porque la caída de Kabul se haya producido en 90 horas y no en 90 días, como presumía Biden.

De repente, nos hemos acordado del penoso futuro que espera a las niñas y mujeres bajo el brutal régimen talibán. Y celebrities y líderes políticos se han lanzado en frenesí a repartir manifiestos solicitando inclusividad y respeto a las minorarías por parte del nuevo gobierno fundamentalista a afgano. Plazas como la de Cibeles se han iluminado con los colores de la bandera afgana, tal vez en la esperanza de que un telescopio en Kabul capte la indirecta.

Desgraciadamente, es la naturaleza de esta reacción ante lo que se avecina lo que ha causado en última instancia el auge de los Talibán. Durante años se ha dicho que la sociedad afgana no podía asimilar los valores e instituciones occidentales, haciendo la vista gorda ante la corrupción de muchas de sus autoridades y abandonando toda política de cambio real. Pero, ay, ahora, la culpa buenita, no puede permitirse que ante un horro seguro que no se ha dejado combatir, no se diga nada. ¿Para qué están los hashtags y los manifiestos sino para limpiar nuestros corazones sin tener que hacer nada real? Hay que hablar con el nuevo régimen porque son el poder, dice nuestras diplomacia europea, con Bórreles entusiastas al frente. Ya se han olvidado las sanciones a regímenes a los que no se quería legitimar, como el del apartheid en Sudáfrica.

Como mucho se pide que abramos las puertas a más refugiados, precisamente a quienes se declina que eran incompatibles con occidente, cuyas costumbres habría que haber defendido allí, en coherencia. Pero como no hay defensa que valga, que vengan. Que vengan a diluir aún más nuestra identidad. Merkel ya cometió ese error en 2005, creando la mayor crisis migratoria desde hace décadas. Repetir el error no es ya cuestión de ignorancia, sino de desprecio a nuestra sociedad. Hay que decirlo bien claro: si veinte años de presencia, tutela y ayuda occidental no ha producido a ningún nuevo afgano, su importación a nuestro suelo tampoco va a producirlo. Los refugiados afganos deben quedarse en la región que es donde mejor estarán.

Pero mucho me temo que esta sociedad no ya del espectáculo, sino del postureo, no se lo va a permitir. Que la factura y los daños los paguen otros, es lo que piensan nuestros líderes, de vacaciones en la Mareta o bunquerizados en Génova. La caída de Kabul no se produce por fuerzas naturales como un tsunami, sino por determinadas decisiones políticas tomadas por nuestros políticos. Que sean ellos quienes paguen las consecuencias de sus errores, no el resto.

Una retirada humillante jamás es una victoria
OKDIARIO  20 Agosto 2021

Conociendo a Pedro Sánchez, no es de extrañar que intente convertir una retirada humillante como la de Afganistán en una victoria. El derroche de sentimentalismo con el que el Gobierno está vendiendo los logros -sin duda incuestionables- de la evacuación de los españoles y los afganos no nos debe llevar a confundir una misión humanitaria exitosa con una derrota aplastante en el plano militar y geopolítico. Una derrota que comenzó en junio de este año cuando el Gobierno sacaba pecho ante una pregunta de Vox de lo bien que lo estaba haciendo en Afganistán.

Como desvela OKDIARIO, el Gobierno socialcomunista estaba en la inopia más absoluta en el momento en que se confirmó la salida de las tropas de Estados Unidos de Afganistán. Lejos de planificar una retirada ordenada y segura que evitase las imágenes de caos y desesperación que hemos visto estos días en Kabul, Sánchez presumió de «la enorme credibilidad que había ganado España como socio OTAN» y que seguiría «intensificando la cooperación con Afganistán». Es desmoralizador comprobar que el Gobierno no tenía la menor idea de lo que iba a suceder apenas dos meses después. Ni un atisbo de preocupación.

Por el contrario, Sánchez despachaba la pregunta de VOX alardeando, con la habitual chulería que distingue al personaje, de los 525 millones de euros gastados en cooperación en los últimos 15 años en Afganistán. La parte más tragicómica es cuando anuncia que «España mantendrá su Embajada en Kabul». Estaban seguros de que la transición sería pacífica y amistosa con esos moderados talibanes con los que tantas ganas tiene el socialista Josep Borrell de sentarse a negociar. Tan confiados estaban que el Gobierno ofertaba el pasado lunes en el BOE una plaza de operador de comunicaciones para la Embajada en Kabul en mitad del caos.

De Vox y del PP
Luis Asúa. Vozpopuli 20 Agosto 2021

Es bien sabido que en política, y aunque los adversarios sean qienes ocupan los escaños de enfrente, los verdaderos enemigos los tenemos siempre a nuestro alrededor. Con la irrupción de Vox, absolutamente necesaria e inevitable por la deriva de los populares en una última década marcada por la corrupción, la renuncia al debate y la inoperancia gubernamental, este aforismo ha vuelto a hacerse realidad. Algunos esperábamos algo de fineza en la convivencia, pero parece que no. Lo que impera es la embestida y el degüello. La ibérica cachicuerna que tantos males nos ha traído.

Los “peperos” (sí, entrecomillado, diga lo que diga la nueva RAE) que abogan por la extinción o aniquilación de Vox, parten de una añoranza de los buenos tiempos, aquellos en los que su partido aglutinaba todos los votantes a la derecha del PSOE. Eran épocas de hegemonía política y de mucho éxito y lo sensato -en lugar de intentar ahora eliminar a cualquier precio a unos supuestos aliados- habría sido hacer examen de conciencia y analizar los motivos por los que se perdió dicho apoyo y que podría haber tenido aún peores consecuencias. Recordemos que obtuvo, con Pablo Casado de líder, sólo 66 diputados en abril de 2019.

El votante de Vox parece muy resiliente, por utilizar la palabra de moda. Las elecciones de Madrid, con el aplastante triunfo de Díaz Ayuso, no ha erosionado sino fortalecido su base electoral. Y es que en este partido conviven votantes de distintos perfiles. Los hay Identitarios, católicos, algún nostálgico y también mucho liberal conservador que cree que el PP no tiene remedio porque en lugar de aportar algo nuevo se limita, acertadísima frase, a gestionar las ideas de la izquierda. Estos últimos son más volátiles, y de ahí que los resultados electorales sean diferentes cuando se trata de sufragios regionales o nacionales. En cualquier caso, el actual liderazgo de Vox no parece que vaya a poner en riesgo su sólido patrimonio electoral. La estrategia de los enemigos del partido de caer en la caricatura, como si fueran partidarios de Juana la Beltraneja, lo único que hace es reforzar al votante.

El dilema para los líderes de Vox es más sencillo. Su objetivo político esencial es evitar que haya gobiernos de izquierdas. Los aniquiladores pertenecientes al Partido Popular juegan con esta baza: saben que van a tener su apoyo pese a los insultos, humillaciones o trampas que tenga que soportar Vox. Suponen que pueden tensar la cuerda al máximo. El dilema de Vox será establecer unas bases para, sin posibilitar el gobierno de la Izquierda, evitar los excesos e incoherencias de los populares. Además, estos últimos difícilmente podrán gobernar con eficacia si dedican su tiempo a provocar altercados con su principal apoyo.

Son tiempos de debate ideológico, posicionamiento político y sobre todo propuestas y programas para erradicar el sanchismo. Se puede hacer delicadamente pero con firmeza y proporcionando un caudal de ilusión a la ciudadanía (Ayuso es un ejemplo) o a bofetadas. En cualquier caso, con Vox habrá que contar.

(En colaboración con Jorge F. Sastrón)

La Historia que nos contaron
Fran Carrillo. Vozpopuli 20 Agosto 2021

Cuando Hernán Cortés rindió Tenochtitlán al nuevo mundo, nunca imaginó que su histórica gesta se iba a convertir, siglos después, en asunto principal de naciones que, una vez civilizadas, han preferido desandar el progreso civilizador para reclamar un falso pasado vestido de dignidad utópica. Los imponderables avances que una conquista trae consigo (idioma, leyes, economía, costumbres) a menudo quedan sumergidos en el debate binario que el totalitario de nuestro tiempo plantea: conquistadores frente a conquistados, víctimas y verdugos, imponiendo un marco mental perverso en el que los malos son los que llegan y los moradores de aquellas vírgenes tierras, damnificados todos de la supuesta causa sanguinaria.

El clima populista, que sí permanece, empero, inalterable al tiempo, reescribe la Historia con precisión iletrada, y por las costuras de su manifiesta y persistente ignorancia, liderada por sus popes demagógicos, indígenas o criollos, obliga a sus pueblos a desconocer de dónde vienen, quiénes fueron sus ancestros, por qué hablan una lengua determinada, profesan una fe concreta o defienden determinadas tradiciones. La historia de España en América es tan fecunda como incompleta, pues sigue en nuestro debe no haber cultivado una permanente educación sobre el papel de los españoles en tierras americanas y las ventajas de aquella conquista, que unió a los hombres de Cortés con diferentes pueblos indígenas frente los aztecas y sus costumbres de sacrificios y orgullo caníbal. De igual forma que aquí en Iberia celebramos sin flagelarnos la conquista romana, por lo que supuso de modernidad en muchos aspectos y también de lo aportado, mutatis mutandis, por la invasión musulmana a partir del 711 d. C., la historia de América, su presente y su configuración política, pero también sociológica, no se entiende sin la aportación de la Madre patria. Sin embargo, no todos lo ven así, empezando por nuestro propio Gobierno, más entregado a la causa antiespañola que a su defensa.

En nuestra cuarentona democracia, los planes de educación, tuvieran el nombre que tuvieran, cuando les acompaña el apellido PSOE, se han caracterizado por el cultivo de conocimientos mínimos y frustración máxima; convierten cada vez más a los docentes en animadores socioculturales, sustituyendo el saber por el sentir, el debate por la doctrina y el esfuerzo por la empatía. La búsqueda del activista futuro requiere de crítica dócil. Saben que los suspensos de hoy son los votos del mañana. Es la perversión de la nueva política, en la que el populista juega con la buena educación de los demás. No hace falta ser un López Obrador haciendo de mariachi chavista, ni un tiranuelo sandinista, tampoco un boliviano pachamama, para destrozar nuestro legado en América. Nos basta con un autocrático megalómano en la Moncloa para seguir la estirpe de esa izquierda, de salón o barricada, que se avergüenza de nuestro pasado en vez de reivindicarlo, con sus aciertos y errores, victorias y derrotas, epopeyas y abusos.

España hizo mucho en la historia para que México fuera hoy México. Pero el Gobierno de España hace todo lo posible cada día para que España deje de ser España. En la historia y en el presente. En los libros de texto y en la mentalidad colectiva. En los discursos y en las acciones. Reitero: nuestras leyes educativas son el mejor aliado de la hispanofobia, el acicate que los enemigos de la nación, aquí y allende el Atlántico, necesitan para justificar por qué se independizaron y por qué se quieren independizar. De igual forma que en 1714, Cataluña vivió una guerra entre españoles que lucharon por dos candidatos diferentes en la sucesión al trono (los borbónicos se impusieron finalmente a los austracistas), la independencia de Hispanoamérica fue una guerra entre terratenientes españoles, y su continuidad criolla, y los leales a la Corona, que defendían, entre otras cuestiones, la protección a los pueblos indígenas.

Odiar el pasado
Sin embargo, y a pesar de obras de colosal esfuerzo didáctico, profundidad intelectual y datos contrastados como las de Elvira Roca Barea, Marcelo Gullo o Stanley Payne, los hispanófobos niegan esta realidad que los textos consagran, sabedores de que la crisis de los Estados-nación empieza por cuestionar la legitimidad pretérita de estos, discutiendo lo que pasó hasta negarlo y reescribiendo la verdad historiográfica, que será reemplazada por la verdad política. Así, se evita conmemorar grandezas históricas. No hay fasto posible donde no hubo nación impulsora. Y un pueblo que odia su pasado, se odia a sí mismo.

Felipe II desistió de tener hagiógrafos por convicción. Hoy son requeridos ante los embates de una leyenda negra que hemos asumido más internamente que fuera. Necesitamos recuperar el orgullo nacional que otros países tienen respecto a su pasado. Es una obligación moral conmemorar las acciones de personajes históricos que llevaron el nombre de España por los confines oceánicos. En la sociedad de la causa fácil y el victimismo doliente, los jóvenes educandos saben quién es Ibai Llanos, pero no Francisco Pizarro, Bernal Díaz del Castillo, Isabel la Católica, Pedro de Alvarado o más al norte continental, Bernardo de Gálvez o fray Junípero Serra. Y sin conocimiento no hay enseñanza posible. Es el triunfo del independentismo celaá.

Por ello, es imprescindible reclamar, desde las instituciones, academias, parlamentos, textos y tribunas mediáticas, el legado de aquellos que construyeron el mundo en una parte de él. Y hacerlo sin complejos ni vergüenzas. Enseñando lo que pasó, lo que debió mantenerse y lo que se pudo evitar, subrayando que los acontecimientos históricos deben leerse según el contexto en el que se produjeron y no actualizándolos a nuestros prejuicios ideológicos y cuitas morales. Si ahora se ponen las bases para impulsar una Ley de Educación que dure varias décadas y contemple a sus correspondientes generaciones, si desistimos además de subvencionar a los satélites de la siniestra Memoria Histórica, que ni es histórica ni es democrática, y la sustituimos por otra que, que con afán riguroso y de concordia, reconozca a las víctimas de toda corte y condición, si en definitiva, empezamos por respetarnos a nosotros mismos, nuestros hijos escucharán la Historia que a sus padres contaron y no los cuentos que les impone el Estado.

Los talibanes son los nuevos narcos: heroína, miles de millones y geopolítica
Redacción. https://rebelionenlagranja.com 20 Agosto 2021

El islamismo no ha ganado, en estas horas, después de más de veinte años de guerra. La heroína ha ganado. Es un error llamarlos milicianos islamistas: los talibanes son narcotraficantes.

Si se leen los informes de la ONUDD, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, desde hace al menos veinte años, se encontrarán siempre los mismos datos: más del 90% de la heroína del mundo se produce en Afganistán. Esto significa que los talibanes, junto con los narcos sudamericanos, son los narcotraficantes más poderosos del mundo. En los últimos diez años, también han empezado a desempeñar un papel muy importante en el hachís – producen no sólo hachís afgano, sino también charas – y la marihuana.

Por muy especiosa que te parezca esta afirmación, siempre oirás hablar de Afganistán eludiendo la dinámica principal del conflicto, ignorando las fuentes primarias que financian la guerra, y por ello te habrás encontrado a menudo con la idea de esta lejana tierra de eterno conflicto obviando el elemento central: el opio.

La guerra en Afganistán es una guerra del opio. Antes de las escuelas coránicas, antes de los burkas obligatorios, antes de las novias infantiles, antes, los talibanes son narcotraficantes que aportan un moralismo absoluto al consumo y cultivo de drogas, que pretendían prohibir en 2001. Aquí es donde se produce uno de los mayores errores de la administración estadounidense: en 2002, el general Franks, el primero en coordinar la invasión de Afganistán por parte de las tropas terrestres estadounidenses, declaró: «No somos un grupo de trabajo antidroga. Esta no es nuestra misión». El mensaje se dirigía a los señores del opio, instándoles a que no se aliaran con los talibanes, diciendo que Estados Unidos les permitiría crecer. El propio James Risen, en 2009, escribió un artículo en el New York Times en el que señalaba que la lista negra del Pentágono de traficantes de heroína que debían ser detenidos no incluía a los que se habían puesto del lado de las tropas estadounidenses. Sin embargo, las cosas irán mal, porque con la presencia militar americana, el negocio de los contrabandistas de opio, que necesitaban movimientos rápidos y ágiles, son continuamente detenidos, inspeccionados, tienen que ser autorizados por los militares.

Los talibanes, por el contrario, logran obtener rapidez de abastecimiento y movimiento, y no sólo eso, sino que comienzan a cobrar doble impuesto a los productores que no trabajan para ellos y a cultivar directamente sus propias plantaciones. Por lo tanto, ya no se trata de una raqueta en el cultivo, sino de la gestión directa del tráfico. Los muyahidines, apoyados por Occidente en la guerra contra los soviéticos, ya habían empezado a hacerlo. Los campesinos no tienen alternativa: el mulá Akhundzada, en cuanto se retiraron las tropas del Ejército Rojo en 1989, comprendió que era necesario dejar de tomar el 10% como dinero de protección de los traficantes de heroína, y que debían ser ellos directamente, los guerrilleros de Dios, los que gestionaran el tráfico. Exigió que todo el valle de Helmand, en el sur de Afganistán, se cultivara con opio, y cualquiera que se opusiera a ello por seguir cultivando granadas o trigo y aceptando los subsidios del Estado sería castrado. El resultado fue la producción de 250 toneladas de heroína. Hoy en día, Akhundzada es considerado el máximo dirigente talibán y uno de los traficantes más importantes del mundo.

Los líderes talibanes que trafican están escalando más jerarquías internas (incluidas las religiosas) que antes, es decir, dando asignaciones y oportunidades de comunicación a los líderes militares y figuras religiosas más capaces.

Comisión Europea
La UE recuerda a España su condena de los «asesinatos en masa» comunistas que hace rabiar a la izquierda
Luz Sela. okdiario 20 Agosto 2021

La Comisión Europea ha recordado, en respuesta a un grupo de eurodiputados españoles, la Resolución del Parlamento Europeo sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa. Un texto aprobado en 2019 muy crítico con los crímenes y atrocidades cometidos por los regímenes totalitarios como el nazismo, pero también el comunismo. Esta resolución, de gran valor simbólico aunque no vinculante, irritó sobremanera a la izquierda, reacios a equiparar las atrocidades del fascismo y el comunismo.

Así se recoge en una respuesta a varios eurodiputados -entre ellos, el fugado Carlos Puigdemont- que pretendían conocer la posición de la Comisión Europea sobre el crítico informe del Consejo General del Poder Judicial en relación a la Ley de «memoria democrática» del Gobierno español.

En dicho informe, el máximo órgano de los jueces criticaba medidas incluidas en la propuesta del Ejecutivo socialcomunista, como el cierre de fundaciones o la prohibición de actos públicos que hagan apología del franquismo ya que, en su consideración, estarían amparados por la «libertad ideológica» siempre y cuando no supusieran humillación de las víctimas. La nueva norma del Gobierno -en tramitación parlamentaria- prevé multas de hasta 150.000 euros por exaltación y también abre la puerta a ilegalizar fundaciones, como la Francisco Franco.

Los eurodiputados -pertenecientes a IU y a partidos independentistas- censuraban que «a día de hoy, decenas de miles de familias buscan aún los cuerpos de sus padres, madres, abuelos y abuelas víctimas de este régimen criminal en cunetas y fosas comunes». Por ello, demandaban a la Comisión que expresase su postura sobre si «la libertad de expresión ampara ideologías totalitarias como el franquismo, el nazismo o el fascismo».

Condena del comunismo
En su respuesta, la Comisión Europea «remite a sus señorías a los puntos tratados en la Resolución del Parlamento Europeo sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa».

En dicha resolución, de septiembre de 2019, se recuerda que «los regímenes nazi y comunista cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad en el siglo XX a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad».

Asimismo, se condena «en los términos más enérgicos los actos de agresión, los crímenes contra la humanidad y las violaciones masivas de los derechos humanos perpetrados por los regímenes comunista, nazi y otros regímenes totalitarios».

Bruselas requiere además a los Estados miembros «que hagan una evaluación clara y basada en principios de los crímenes y los actos de agresión perpetrados por los regímenes comunistas totalitarios y el régimen nazi» y se expresa la «preocupación por el hecho de que se sigan usando símbolos de los regímenes totalitarios en la esfera pública y con fines comerciales». En este contexto, la resolución -que fue ferozmente atacada desde la izquierda por sus alusiones al comunismo- destaca que «varios países europeos han prohibido el uso de símbolos nazis y comunistas».

La Comisión Europea llamaba especialmente la atención por el hecho de que en algunos países siguiesen existiendo en espacios públicos «monumentos y lugares conmemorativos que ensalzan los regímenes totalitarios, lo que facilita la distorsión de los hechos históricos sobre las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y la propagación del sistema político totalitario» y condenaba la «distorsión de los hechos históricos» por parte de «las fuerzas extremistas y xenófobas».

Por ello, se instaba a los Estados miembros a prohibir «efectivamente los grupos neofascistas y neonazis y cualquier otra fundación o asociación que exalte y glorifique el nazismo y el fascismo o cualquier otra forma de totalitarismo, dentro del respeto del ordenamiento jurídico y la jurisdicción nacionales». La resolución es una declaración política y, por tanto, su cumplimiento no es obligatorio.

En la respuesta a los eurodiputados, consultada por OKDIARIO, la UE destaca que «es principalmente competencia de los Estados miembros tratar la cuestión delicada y compleja de abordar los horrores y crímenes perpetrados en el pasado» y que «están obligados a sancionar penalmente la incitación pública a la violencia y al odio contra grupos o personas por su raza, color, religión, ascendencia u origen nacional o étnicos».

La Comisión Europea destaca que «esto incluye la negación, la trivialización flagrante y la apología pública de los crímenes del Holocausto y del nazismo, así como, más en general, los delitos de genocidio, los crímenes contra la humanidad y los crímenes de guerra, cuando se cometan de forma que puedan incitar a la violencia o al odio».

******************* Sección "bilingüe" ***********************

La lengua propia de Cataluña es el español
Alejandro Tercero. Cronica Global 20 Agosto 2021

Los jóvenes de Barcelona cada vez hablan más en español y menos en catalán. Según la última encuesta quinquenal del ayuntamiento, el 62,1% de los residentes en la ciudad que tienen entre 15 y 34 años utiliza habitualmente el castellano, frente al 28,4% que dice usar el catalán. Cinco años antes, en 2015, el 56,5% de los jóvenes empleaba normalmente el castellano, y el 35,6% el catalán.

La principal conclusión de este estudio es la constatación del fracaso del plan de ingeniería social orquestado por el nacionalismo catalán --de la mano de Pujol-- que pretendía inventar una Cataluña donde el catalán fuera el elemento homogeneizador a nivel interno y diferenciador con el resto de España. Eso ya no es posible.

De hecho, con los datos de esta encuesta, podemos decir sin miedo a equivocarnos que, si los barceloneses tienen alguna lengua propia --un concepto poco científico pero ampliamente retorcido y difundido por el nacionalismo--, esta es el castellano. Una afirmación que --con estas cifras y con las que ofrece periódicamente la Generalitat-- se puede extrapolar a nivel autonómico: la lengua propia de Cataluña es el español.

Así las cosas, no faltan quienes, abrumados ante la demoledora realidad, tratan de tergiversar las conclusiones. Los nacionalistas plantean que, si el uso del castellano está tan implantado en Cataluña y cae la utilización del catalán, hay que reforzar las medidas de política lingüística que se aplican desde hace décadas. Es decir, más caña al castellanohablante.

Sin embargo, lo que la realidad nos muestra es justo el camino contrario. Ha llegado el momento de que las administraciones empiecen a respetar a los catalanes cuya lengua materna o habitual es el español. La promoción y defensa del catalán debe ser compatible con el respeto al castellano.

Proteger el catalán no puede hacerse a costa de pisotear a los castellanohablantes. Proteger el catalán no puede equivaler a coaccionar a la población para que lo use habitualmente (ya hemos visto que es inútil intentarlo, y que la gente habla en el idioma que le da la gana). Proteger el catalán no puede pasar por forzar para que sea la lengua más utilizada en Cataluña. De hecho, pese a que los catalanes optan libre y mayoritariamente por usar el español, jamás a lo largo de la historia ha habido tantos hablantes de catalán como en la actualidad. Esto demuestra, además, que el mantra de que su supervivencia corre peligro solo es un mito sin ningún fundamento.

Ahora toca garantizar los derechos lingüísticos de los castellanohablantes. Los datos de uso de las lenguas en Barcelona (y en Cataluña) dejan claro que la aberración de la inmersión lingüística escolar obligatoria exclusivamente en catalán debe abolirse urgentemente. Primero, porque es ilegal. Segundo, porque conculca los derechos de los catalanes que tienen el español como lengua propia. Y tercero, por sentido común: ¿conocen algún territorio del planeta en el que un idioma oficial utilizado por más de la mitad de su población sea sistemáticamente marginado durante décadas como lengua vehicular en las escuelas públicas?

Ha llegado la hora de que las administraciones de Cataluña --nacional, autonómica, provinciales, locales-- respeten de una vez por todas la lengua común de los catalanes, el español. Ha llegado la hora de que los rótulos de las instituciones públicas, las señalizaciones viarias, las inscripciones de las calles, los documentos y formularios oficiales, las escuelas y los carteles de los hospitales públicos sean escrupulosamente bilingües.

Señores nacionalistas --y terceristas-- que controlan la administración, dejen de hostigar a los catalanes castellanohablantes y asuman de una vez la implacable realidad de que la lengua propia de Cataluña es el español.
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