AGLI Recortes de Prensa   Jueves 26  Agosto  2021

Nuestros ‘talibanes’
Ignacio Centenera.okdiario 26 Agosto 2021

Para que los directa o indirectamente aludidos en este artículo no se hagan mucho los ofendiditos -suelen ponerse muy estrechos para recibir las criticas-, aclaramos que el término talibán está recogido por la RAE, en su segunda acepción, con el significado de fanático intransigente. Esta definición viene por tanto al pelo para calificar los comportamientos de políticos y líderes sociales de nuestro entorno, sin que por ello banalicemos o reduzcamos el grado de reprobación moral de los gravísimos crímenes cometidos por los talibanes afganos. Pues eso, que efectivamente aquí sufrimos a unos radicales que, en nombre del feminismo, el ecologismo o cualquier otro nuevo icono de la corrección política y de su progresismo rampante, deciden e imponen lo que podemos hacer, decir o incluso pensar.

La semana pasada tuvimos el penúltimo ejemplo en Gijón. La cancelación de los festejos taurinos de la Feria de Begoña por parte de la alcaldesa Ana González (tan absurda que ha permitido a su autora consolidar un puesto como imbécil del año que seguramente ya venía mereciendo desde mucho antes) nos sirve como referencia, porque la persecución a la tauromaquia es claro ejemplo del tipo de comportamiento de nuestros radicales de guardia. Los toros pueden gustar más, menos o nada, pero la repulsa personal que puedan producir no puede justificar la prohibición de una actividad legal, económicamente relevante, plena de valores históricos, sociales y artísticos, y que permite además conservar valiosos ecosistemas y una subespecie única.

Resulta trágicamente incoherente que los mismos a los que no les importa acabar con una costumbre ancestralmente arraigada en nuestro país, justifiquen a veces la inaceptable aplicación de la sharía -especialmente para las mujeres- por parte de los islamistas radicales alegando que es una costumbre ampliamente asentada en la sociedad musulmana. También hace gracia que aludan a la necesidad de no herir la sensibilidad de personas o de grupos más o menos numerosos en nuestro país. ¿Y qué pasa? ¿Es que la sensibilidad de los amantes de la tauromaquia no merece protección?

Pero dejando el tema del ataque a la fiesta nacional volvamos a la naturaleza misma de nuestro talibanismo que es heredero del más rancio pensamiento comunista y que pretende, por un lado, restringir la libertad individual en el proceder personal y social, y por otro acabar con todos los mimbres sociales, culturales o artísticos que entretejen la identidad de nuestra nación. Por eso, y con independencia de la persecución a tradiciones y actividades socio-culturales como los toros o la caza, hay dos importantes campos en las que saben que tienen que dar la lucha más activa: la libertad educativa y el revisionismo histórico. El cauce utilizado son las dos leyes más políticas del gobierno socio-comunista: la Ley Orgánica de Modificación de la LOE y la Ley de Memoria Democrática.

Los principales ejes de actuación de la conocida como Ley Celaá son la inclusión obligatoria del contenido adoctrinador en el currículo educativo y la eliminación de la potestad de los padres para la elección del modelo de educación. En su furibundo ataque a esta libertad la exministra Isabel Celaá terminó, como la alcaldesa de Gijón, quitándose la careta e imponiendo absurdas razones (Los hijos no son de los padres…). Y es que en su fanatismo pretenden pasar por encima de una potestad que no solo es que está reconocida en la Constitución, sino que está en el propio derecho natural; pretender eliminarla es, utilizando una metáfora animal, como impedir a un oso que enseñe a sus oseznos como encontrar alimento o que un águila muestre a sus pollos como aprender a volar.

Tampoco tienen pudor intelectual en el revisionismo, y al más puro estilo marxista proceden a la invención o a la interpretación torticera de la historia. Combinan actuaciones ridículas, como acusar de franquistas a personajes españoles de la edad moderna, con arteros ejercicios historiográficos con los que van llenando con interesadas mentiras nuestras inocentes cabecitas.

Si todavía alguien cree que se exagera con la aplicación del término talibán que piense en las miméticas actuaciones que perpetran y que vaya haciendo cuentas de las estatuas que se retiran, los personajes y episodios que se estigmatizan, los libros que se revisan, las películas que dejan de exhibirse… Ya es casi oficial calificar como obra criminal la colonización y evangelización de América, y considerar como una tragedia para Occidente la victoria en Lepanto.

Los malos no descansan
Rosa Díez. okdiario 26 Agosto 2021

Esta es una máxima que podríamos aplicar en todas las esferas de la vida. Ya sea en las relaciones personales, en las grupales o en las relaciones que denominamos “geoestratégicas” (aquéllas que determinan el destino de los países y de la propia civilización) es una constante que se repite a lo largo de la historia: quienes están decididos a hacer el mal y/o quienes no tienen ningún tipo de escrúpulos no descansan hasta conseguir sus objetivos. Ni descansan, ni dudan.

La “ventaja” de este tiempo respecto de otros momentos de la humanidad –pongamos el declive de Roma-, es que la comunicación inmediata y global nos permite ver con total nitidez y en tiempo real el desastre. El fracaso del bien y el triunfo del mal.

Quizá haya quien considere que es una excesiva simplificación por mi parte explicar las crisis actuales en términos del bien y del mal, que en cualquier confrontación entre modelos de sociedad existen zonas neutras, claro oscuros, que no todo es blanco o negro,»bueno» o «malo».

Es, precisamente, la época del relativismo en que vivimos la que explica el triunfo del mal con tanta asiduidad. No hay puntos intermedios, no hay claro oscuros en la actuación de los regímenes totalitarios como el de los talibanes o el castrismo. No hay claro oscuros en la actuación de los sátrapas que gobiernan en Venezuela o Nicaragua. No hay negociación posible, no existe punto intermedio entre el respeto de los derechos humanos y las libertades y la persecución y asesinato de los individuos que quieren disfrutar de los derechos propios de la civilización reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El relativismo social, la sociedad del “todo vale” para conseguir un objetivo (normalmente ideológico o de poder) hace que “olvidemos” los dramas tan pronto como dejan de aparecer en las pantallas de la televisión. Y lo que es un instrumento poderosísimo para concienciar a los ciudadanos respecto de los dramas humanos, respecto de los actos de los malos y las consecuencias que sufren los buenos (la imagen que se cuela en tu retina cuando te sientas frente a una pantalla) puede convertirse en un arma igualmente poderosa para que triunfe el mal.

Pongamos un par de ejemplos de máxima actualidad. Cuba, la lucha del pueblo masacrado en su defensa de una vida digna y en libertad, ha desaparecido de los informativos de televisión. Los centenares de marroquíes, muchos de ellos menores, que nos envió el rey de Marruecos en una planificada invasión y violación de nuestras fronteras, ha dejado de ser noticia. Y en cuanto Sánchez se haya sacado las suficientes fotos con refugiados, en cuanto no haya rentabilidad política para quienes nos gobiernan (que son los mismos que determinan lo que sale o deja de salir en la inmensa mayoría de medios de comunicación, divididos en públicos y concertados) Afganistán también dejará de ser noticia.

Pero los niños marroquíes seguirán secuestrados en España y alejados de sus familias, mientras lo más que nos servirán los medios al respecto será un debate interesado sobre qué hacer con ellos mientras olvidamos cómo y por qué llegaron a nuestro país.

Y en Cuba proseguirá la persecución de los ciudadanos que luchan por vivir con dignidad y en libertad.

Y en Afganistán, cuando ya no hablemos de ello, las mujeres desaparecerán del espacio público; y los hombres y las mujeres en general perderán las cuotas de libertad que consiguieron durante estos últimos veinte años. Y el régimen talibán proseguirá asesinando a aquellos que “colaboraron” con los países occidentales; y las universidades y las escuelas se vaciarán de niñas. Y la sharía será el código de derecho que determinará la conducta de los afganos, las normas que han de respetar, la moral, las cosas que pueden o no hacer, las reglas a las que atenerse, lo que está prohibido y/o lo permitido, la separación entre el bien y el mal. Y como ya han confirmado los talibanes nada más hacerse con el poder, será la interpretación más dogmática de la ley islámica , la que regirá todos los aspectos de la vida de todos los afganos.

Afganistán, como Cuba, Venezuela o Nicaragua desaparecerán de los informativos. Pero en esos países y en sus zonas de influencia los malos seguirán haciendo sufrir a los buenos. Lo ocurrido en Afganistán –lo que ya ha sucedido y lo que vendrá ahora- es el símbolo más reciente del fracaso de la civilización, sin ningún tipo de adjetivo geográfico. La civilización, caracterizada por su compromiso en la defensa de un modelo de vida que respete los derechos humanos y las libertades, ha fracasado una vez más porque “los buenos” desisten en cuanto sus cálculos cortoplacistas les indican que no es “rentable” invertir en la defensa de la democracia más allá de las fronteras de su propio país.

Los malos atesoran la virtud de la paciencia. Y tienen memoria, saben lo que harán los buenos porque el comportamiento viene repitiendo de forma inalterable a lo largo de la historia de la humanidad. El regreso de los talibanes al poder estaba sentenciado desde que Obama anunció que el despliegue de los aliados tenía fecha de caducidad y Trump rubricó la salida. Luego llegaría Biden acelerando de mala manera el proceso mientras Europa daba la espantada sin la más mínima dignidad ni disimulo. Pero la lección a extraer es que mientras todo eso ocurría, desde que Obama dio el primer aviso, los talibanes iban descontando el tiempo que les reataba hasta hacerse nuevamente con las riendas del país; y las potencias de la zona, desde Rusia hasta China, pasando por Irán iban preparando el momento para que todo volviera “a su ser”, a estar bajo su control.

Algunos dirán que “el mapa geoestratégico se ha movido”. Como si fuera una opción más, menos deseable que otras, pero una más. Ese despreciable relativismo que nos lleva a borrar a los seres humanos que sufren las consecuencias de ese “movimiento” es el que explica el fracaso de la civilización.

Pero, tranquilos, que pronto esas imágenes que nos emocionan y nos apelan dejarán de llegar a nuestras retinas. Todos tranquilos, que «nosotros» «estamos a salvo»… Una civilización está condenada al fracaso-cuando no a la desaparición- cuando coinciden en el tiempo la ignorancia de la sociedad en general y la falta de humanidad y de sentido político de sus dirigentes. Tengo para mí que estamos en ese crucial momento.

Después de Afganistán
Rafael L. Bardají. Libertad Digital 26 Agosto 2021

Si los talibanes no fueran lo que son, estarían poniendo a todo meter aquella canción de Carlos Gardel, Volver, en la que se aseguraba que "veinte años [no] son nada". Pero como condenan la música se contentan con saber que, para ellos, efectivamente, veinte años no son nada. Aunque para los occidentales sean una eternidad. Este 11 de septiembre se cumplen dos décadas de aquel día de la infamia en el que los hombres de Ben Laden atacaron territorio americano en una especie de Pearl Harbor suicida. Veinte años más tarde, exactamente el 15 de agosto, América protagoniza otro día de la infamia: acepta su derrota en Afganistán, inicia una retirada caótica y penosa y permite que los talibanes, ironías de la Historia, tomen Kabul y vuelvan a controlar Afganistán.

¿Cómo es posible que una docena de terroristas y ahora unos desharrapados puedan poner de rodillas al coloso militar que es América? Por dos razones bastante simples: la primera, que la estrategia ha muerto en el mundo occidental, gracias a unos líderes sin experiencia militar y unos ciclos políticos motivados por el corto plazo y el sentir reflejado en las encuestas. En ausencia de una gran visión nacional y ante la dictadura del instante, no hay estrategia alguna ni pensamiento estratégico. Defensa es un ministerio más, como el de Asuntos Sociales, y los militares no pasan de ser gestores de sus stocks y sus penurias; de ahí que aguantar ‘la guerra más larga’ resulte imposible. Porque se pierde la perspectiva y no se sabe por qué y para qué combatir.

La segunda es de igual o mayor trascendencia: la fe. O la religión. Nuestro mundo occidental, acelerada y exacerbadamente laico, no puede comprender la fuerza, el aguante y la sed de combate de quien está motivado por una creencia en lo superior y el mandato de Alá. Mientras que para nosotros la religión es cosas de curas, de algún que otro beato y de ultracatólicos fachas, para los talibanes y tantos otros en el mundo musulmán es el motor de la Historia, lo que gobierna su día a día, y el mandato de combatir a los infieles hasta su rendición o exterminio, de acuerdo con las palabras del profeta en su discurso de despedida: "Alá me ordenó luchar contra todos los hombres hasta que digan: ‘No hay más Dios que Alá’", está para cumplirse.

Suena medieval porque lo es. Pero el hecho de que muchos de los terroristas que han atentado en Europa tuvieran antecedentes de trapicheo con las drogas sirvió a nuestra mente racional cartesiana para ir borrando de la ecuación la religión y poder dar con otras razones que explicaran la radicalización yihadista. Pocos han sido los casos en los que la policía y, sobre todo, los medios de comunicación no han justificado los ataques terroristas con excusas psicológicas y de desórdenes mentales. Ahora sabemos, sin embargo, que la estrategia y la entrega de los talibanes nada tenían que ver con la locura. Sería bueno que empezáramos a conocer de verdad a nuestros enemigos de una vez.

Es posible que las soflamas que se oyen estos días en Kabul, "El islam ha derrotado a los cruzados y al cristianismo", sean exageradas. Pero sólo hay dos cosas que podrían impedir de verdad que la Cristiandad, esto es, Occidente, sucumbiera: una sería el retorno de Donald Trump a la presidencia de EEUU en 2024, porque a él si le temían sus enemigos. Pero está lejos de ser una realidad. La otra, que los europeos despertaran y se dieran cuenta de que no vivimos en Disneylandia, que el mal existe; que, por desgracia, tenemos enemigos y que ese cóctel de buenísimo y multiculturalismo que se ha vuelto dominante en nuestras élites es, simple y llanamente, suicida. Pero esto es todavía más irreal que la vuelta de Trump.

Sea como fuere, el mundo después de Afganistán es mucho más peligroso que antes. La Yihad ha salido ganadora en aquel remoto país; y, mucho peor, reforzada en todas partes, de Nigeria a Gaza, pasando por Moellenbeck. En segundo lugar, la ambición revolucionaria de países como Irán se ha visto reforzada. En un momento de negociación con América, ésta se muestra cobarde y pusilánime, rebajándose a aceptar las condiciones de los talibanes. Tercero: potencias decadentes como Rusia o emergentes como China solo pueden encontrar en este momento Biden una ventana de oportunidad para imponer sus criterios y seguir arrinconando a Estados Unidos. Y, por último, Europa sin América es presa fácil en este orden de la jungla en el que el más fuerte se come al débil.

Eso sí, nosotros a lo nuestro, a los llamamientos a que los talibanes respeten el feminismo, a iluminar fuentes y a aceptar refugiados. Ah, y a los famosos hashtags, que sin ellos no hay famoseo.

‘Sin la victoria no hay supervivencia’
Ricardo Ruiz de la Serna. https://gaceta.es 26 Agosto 2021

Sucedió en Londres, en la Cámara de los Comunes, el 13 de mayo de 1940.

Polonia había caído en septiembre de 1939. La primera en combatir también era la primera en sufrir la doble ocupación de los nazis y los soviéticos. El Reino Unido y Francia habían abandonado, ya en septiembre de 1938, a Checoslovaquia. Neville Chamberlain, el apaciguador de Hitler, había dimitido. Alemania había invadido los Países Bajos y Bélgica el 10 de mayo. La alternativa al primer ministro caído en desgracia era Churchill. Sesenta y cinco años, bebedor, fumador, carnívoro, defensor del imperio británico, hoy lo hubiesen “cancelado” en todas partes. Hoy sería la antítesis de todas las consignas de la izquierda posmoderna tal como entonces encarnaba la oposición a los totalitarismos. Jamás se había fiado de los nazis. Desconfiaba de Stalin. Nunca condescendió al apaciguamiento ni a las transacciones.

Tomo la palabra cuando Occidente atravesaba un momento de debilidad, confusión y miedo. No dijo a la cámara ni a sus conciudadanos lo que querían oír, sino lo que necesitaban saber: la guerra sería larga. “Tenemos ante nosotros una dura prueba, de las más dolorosas. Nos esperan muchos, muchísimos meses de combates y sufrimientos. Me preguntan: «¿Cuál es nuestra política?» Y yo les digo: «Combatir por mar, por tierra y por aire, con toda nuestra voluntad y con toda la fuerza que nos dé Dios; combatir contra una tiranía monstruosa, jamás superada en el catálogo oscuro y lamentable de crímenes humanos. Ésa es nuestra política”.

Así se ganan las guerras.

Hoy, la debilidad de Occidente, simbolizada por la retirada de Afganistán, no es militar ni económica, sino moral. Nuestra civilización es, sin duda, superior a la locura que los talibanes representan, pero décadas de relativismo cultural han terminado socavando los cimientos de las sociedades occidentales. Cuando todo vale lo mismo, nada tiene valor alguno. No. No hay que respetar el orden abominable que los talibanes pretenden imponer en Afganistán. No hay que respetar a las tiranías. Hay que combatirlas. Hay que derrotarlas. Durante décadas hemos escuchado en Europa la consigna relativista –“es su cultura y hay que respetarla”- como pretexto para legitimar cualquier cosa. Durante años, muchos años, se ha impuesto sobre Occidente la pretendida culpa de todos los males de la historia contemporánea (y de la moderna, por cierto). Ahora estamos pagando el precio de socavar los cimientos morales de una civilización construida sobre la noción de la dignidad inalienable del ser humano, la libertad, la razón iluminada por la fe, el heroísmo, el sacrificio y la verdad.

Aquel día de mayo de 1940, Churchill proclamó el objetivo de aquella lucha: “La victoria, la victoria a toda costa, la victoria a pesar del terror; la victoria, por largo y difícil que sea el camino; porque sin la victoria no hay supervivencia. Fíjense bien: no sobreviviría el imperio británico; no sobreviviría todo lo que el imperio británico representa, no sobrevivirían los impulsos de los siglos, que hacen que la humanidad avance hacia su objetivo”. En esta guerra cultural que venimos librando -y la derrota militar ha venido precedida de una derrota moral y cultural desde hace años- Occidente sólo puede sobrevivir si vence y, para hacerlo, tiene que ser moralmente superior.

Mientras escribo estas líneas, hay tiroteos en el aeropuerto de Kabul. Un puñado de españoles -policías, militares, diplomáticos- están allí esforzándose en salvar a unos afganos en peligro de muerte. No lo he leído, pero sospecho que también debe de haber algún guardia civil por allí. Dicen que los van buscando uno a uno para sacarlos junto a sus familias. Hay en los alrededores del aeropuerto un grupo de afganos cristianos para quienes, hoy, España representa no sólo la libertad, sino la vida. En sacarlos del país, nos jugamos esa superioridad moral que lleva a la victoria.

La autohumillación estadounidense
Nahem Reyes. https://gaceta.es 26 Agosto 2021

Recientemente, el mundo quedó literalmente paralizado con las escalofriantes imágenes del aeropuerto internacional de Kabul, donde miles de personas se agolparon con absoluta desesperación para intentar escapar de los terribles talibanes, el grupo terrorista fundamentalista islámico que acaba de recapturar el poder después de 20 años tras la renuncia del septuagenario Presidente Ashraf Ghiani.

La gran pregunta es: ¿El temible retorno al poder por parte del Talibán era posible de evitar? De ésta se desprenden decenas de interrogantes: ¿Cómo fue posible que ello ocurriera si Estados Unidos estaba afincado en el territorio desde hace dos décadas? ¿Las prestigiosas agencias estadounidenses como la CIA, NHS y El Pentágono proveyeron oportuna y debidamente de la información de inteligencia al presidente Biden? ¿Pese a tener conocimiento de la situación real del Talibán insistió Biden en la evacuación en los términos en que fue realizada? ¿Tuvo sentido para la sociedad estadounidense y sus contribuyentes haber invertido 85.000 millones de dólares, más de 2.500 hombres muertos en combate y 20 años de guerra para entregar Afganistán nuevamente a los terroristas?

En cuanto al planteamiento mayor, basta con un contundente sí. Ahora, era posible en la medida en que fuese elaborado e implementado un plan político estratégico y de seguridad multidimensional que implicaba, ineludiblemente, la continuidad del contingente militar de USA en territorio afgano. Claro está, ya no con 100.000 efectivos en campo, pero al menos sí con un tercio de este. Infelizmente nada de esto ocurrió, simplemente porque el presidente Biden, tal y como aseguró tajante y erradamente en la Casa Blanca: “Estados Unidos no tiene interés nacional en Afganistán.”

La concepción de Biden sobre Afganistán constituye una enorme desfachatez y ésta ha sido la piedra angular que ha dado rienda suelta a la lamentable cadena de errores que luego tuvieron lugar en territorio afgano y que explican, en gran medida, las razones por las cuales el presidente Ghiani renunció y abandonó el país, así como la inacción de las Fuerzas Armadas afganas frente a los talibanes, cuya capacidad de fuego y número era muy superior a la de los terroristas -El Ejército estaba formado por 300.000 efectivos equipados con helicópteros, aviones y tecnología punta frente a unos 30.000 guerrilleros radicales-.

La visión del presidente Biden es altamente cuestionable pues, no sólo ha conducido al país que gobierna a una de las mayores y más recientes humillaciones internacionales de la historia diplomática estadounidense. Lo que es peor: ha puesto en riesgo la seguridad nacional de sus propios ciudadanos así como la de sus aliados del mundo libre (básicamente las sociedades nor-atlánticas) al permitir la recaptura del poder a los Talibán. Amén de abandonar a una muerte segura a miles de aliados afganos y a sus familiares, aquellos que se desempeñaron como traductores, guías, informantes o agentes de inteligencia en campo y, por supuesto, el retorno a la barbarie contra las mujeres. En crudo, un desastre monumental que marcará todo el gobierno de Biden.

La naturaleza de la crisis política de Biden respecto a Afganistán llevó al senil presidente a dar a mediados de esta semana una mediocre alocución en la Casa Blanca sobre el covid-19, en un inútil y desesperado esfuerzo por eludir la crisis afgana, al tiempo que el parlamento británico abrió fuego de grueso calibre contra el mandatario estadounidense a quien criticaron por su “falta de inteligencia, liderazgo y deber moral”. Finalmente, a su homólogo Boris Johnson, asediado por el fuego relámpago tanto de los conservadores como de los laboristas, sólo le restó convocar a una Cumbre de Emergencia del G7 para analizar la crisis.

Las últimas acciones del presidente Biden -la pírrica reconquista del Aeropuerto Internacional “Hamid Karzai” de la ciudad de Kabul o el anunció de envío de tropas y de un tardío plan de evacuación de los estadounidenses y colaboradores-, a nuestro juicio, rayan una deplorable y lamentable caricatura. Lo cual muestra, a todas luces, el total grado de incertidumbre y la ausencia de una necesaria visión estratégica del gobierno de Biden sobre Afganistán.

Para concluir, todo lo antes expuesto nos conduce a una dura interrogante: ¿Está el presidente Biden capacitado mental y físicamente para continuar en el cargo de líder de los Estados Unidos? La evidencia es concluyente, para mí: se trata de una crónica de una muerte anunciada dado el perfil de Biden, pero veremos cómo se desarrollan los acontecimientos en Washington D.C.

Afganistán: verdades incómodas
Marcel Gascón Barberá. Libertad Digital 26 Agosto 2021

El rasgo más significativo de la decadencia de Occidente es, seguramente, el infantilismo. Esperaríamos de las élites de los países más exitosos del mundo el realismo y la madurez que llevaron a sus sociedades a triunfar, pero estamos dirigidos por adolescentes con ínfulas. Nuestros líderes son, por lo general, gente caprichosa y entregada a los placeres de gustarse y parecer buena. Su misión no se centra en resolver problemas, sino en evitar realidades incómodas, y en ir trampeando para aplazar decisiones difíciles mientras maquillan los efectos de su inacción.

Este infantilismo explica lo que está pasando en Afganistán. Sólo una clase dirigente centrada en confirmar sus prejuicios habría mantenido la ficción que ha revelado la retirada de tropas del país asiático. Veinte años después del derrocamiento de los hoy redivivos talibanes, y tras haber invertido incalculables esfuerzos humanos y muchos miles de millones de dólares, el Estado democrático afgano que se estaba construyendo en tan costosa misión ha demostrado ser un castillo de naipes. Una semana ha tardado en derribarlo el Talibán, y las crónicas no siempre a posteriori de quienes conocían el paño demuestran que sí se podía saber.

Podemos mirar a la corrupción rampante, a los millones de dólares con que se compró para la causa democrática a muchos de los cuadros y soldados del nuevo Estado. Jamás creyeron en el objetivo por el que una potencia extranjera les había puesto a luchar, y muchos abandonaron la lucha cuando dejó de ser lucrativa.

O a la falta de interés y lealtad de multitud de combatientes afganos que nunca quisieron ser parte de un Ejército comprometido con una idea mínimamente occidental de sociedad y de Estado. Aunque en España no se les ha hecho el menor caso, hay (y había antes de la retirada) en los medios estadounidenses numerosas informaciones sobre la apatía de buena parte de las fuerzas afganas.

Pero parece que los líderes políticos y militares de Estados Unidos prefirieron ignorar estas verdades. Prestarles atención les habría obligado a asumir que el proyecto democrático que habían concebido para Afganistán no iba camino de concretarse. Y a retirarse mucho antes o cambiar radicalmente de estrategia.

En vez de perseverar en la idea quimérica y arrogante de forjar en aquel páramo medieval una sociedad abierta a nuestra imagen y semejanza, Estados Unidos y sus apáticos aliados europeos, incluyendo Canadá, deberían haber apostado por soluciones más realistas, como la instauración de un régimen autoritario que impusiera cierta compasión occidental y cristiana a los hábitos, a nuestros ojos bárbaros, de los talibanes y las tribus afganas.

Pero todas las salidas asequibles al entuerto habrían chocado con el La la land de las opiniones públicas occidentales. Y se prefirió mentir, seguir transitando un camino equivocado antes que dar media vuelta y empezar a desandar lo andado.

El resultado está a la vista. Estados Unidos y, por extensión, todo Occidente no sólo han perdido miles de millones de dólares en Afganistán. En las montañas afganas hemos perdido también el respeto de nuestros enemigos y la confianza de nuestros aliados. Tras veinte años de colosales esfuerzos lejos de casa, los occidentales no dejamos en Afganistán ni un régimen medianamente amigable que nos dé ciertas ventajas.

Como recordaba el otro día Nigel Farage, los coches eléctricos por los que apuesta obsesivamente Occidente funcionan con baterías de litio. Afganistán tiene las reservas más grandes del mundo de litio. China ya ejerce de poder amigo de los talibán. Mucho han de cambiar las cosas para que de esas minas se beneficie Occidente.

El infantilismo de nuestras élites nos ha dado un buen revolcón en Afganistán, y podría darnos otro si quienes mandan en España y Europa se empeñan en enmendar la debacle de la retirada con una absorción masiva de refugiados afganos.

Un militar español que estuvo desplegado en Afganistán contaba el otro día una anécdota muy ilustrativa de la inmensa falla cultural que nos separa de los afganos.

A juzgar por la experiencia del militar, un afgano ilustrado medio es bastantes veces más machista que el gañán más troglodita que ha crecido en nuestros barrios. Acoger a quienes huyen de los talibán es, sin duda, un acto de compasión loable. Pero importar a gente que esconde a sus mujeres tendrá ciertas consecuencias. Los políticos se deben en primer lugar a la gente del país que les paga el sueldo. Es su obligación calibrar los riesgos.

A vueltas con la ingeniería social
Xavier Pericay. Vozpopuli 26 Agosto 2021

Llegará el día en que alguna universidad española, preferentemente periférica, ofrecerá un grado en Ingeniería Social. Suponiendo que no lo ofrezca ya y el buscador de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) –que es el organismo adscrito al Ministerio del ramo donde yo he buceado, no sin dificultades, tratando de pescar alguno– no haya tenido a bien registrarlo. Sea como fuere, lo que sí existen son másteres y asignaturas. No con la denominación misma, pero sí con sucedáneos inequívocos. Así, ese Máster en Políticas Lingüísticas y Planificación que puede cursarse en la Universidad del País Vasco. O esa asignatura perteneciente al Grado en Lenguas Aplicadas de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y cuyo título resulta igual de demostrativo: “Planificación Lingüística”.

Pero acaso lo más preocupante no sean estos y otros ejemplos que fácilmente hallaríamos en numerosas universidades españolas a poco que dedicásemos algún tiempo a recorrer de forma sistemática su oferta académica, sino el carácter transversal y seriamente contaminante de lo que se entiende por ingeniería social. Porque la hay, sin duda, en los grados en Políticas, Educación –lo que antes, cuando el magister todavía importaba, era conocido con el nombre de Magisterio–, Filología, Historia, Sociología, Antropología et alii. Y en los doctorados en Investigación y Práctica Educativa; en Psicología de la Educación; en Ecología, Biodiversidad y Cambio Global; en Creatividad e Innovación Social y Sostenible; en Ciencia Política; en Estudios de las Mujeres, Discursos y Prácticas de Género; en Estudios Lingüísticos, Culturales y Culturales; en Psicología Social y de las Organizaciones, y en tantos otros ofrecidos, como los que acabo de citar a modo de muestra, por nuestros centros de enseñanza superior.

Pero ya va siendo hora de recordar que la ingeniería social consiste en la aplicación de un determinado modelo a la realidad y a los individuos que la conforman, al margen de lo que la experiencia –esto es, el pasado y el mismísimo presente– y el sentido común aconsejen, y al margen, sobre todo, de lo que resulte de la aplicación del modelo en cuestión. Lo que equivale a decir que el artefacto teórico no se va a someter, en su traslado a la práctica y como sería preceptivo, a ningún mecanismo de evaluación independiente y del que se siga un diagnóstico fiable sobre su validez. Se aplicará por decreto, en la medida en que habrán sido decretadas, por quien lo ha construido, su bondad y su necesidad. No hace falta añadir que detrás de la ingeniería social está siempre una ideología. Y que esa ideología es en esencia totalitaria y sectaria, dado que quienes la propugnan imponen una voluntad supuestamente grupal sobre el libre albedrío de cada ciudadano, al tiempo que se comportan como una secta deslegitimando cualquier juicio que una persona o entidad externa al colectivo pueda emitir sobre sus acciones y, en general, cualquier tipo de disenso.

Hará cosa de una semana trascendieron los resultados de una encuesta del Ayuntamiento de Barcelona realizada el pasado año y relativa a los jóvenes residentes en la ciudad y a sus costumbres. Entre estas, las del uso más o menos habitual de una u otra lengua. Pues bien, parece que el catalán, a pesar de todos los chutes de dinero que le inyectan desde las instituciones, de su omnipresencia en los medios de comunicación públicos y privados, y del carácter prescriptivo de su utilización como idioma de la escuela y del conjunto de la Administración; a pesar de todo ello, se encuentra en franco retroceso. En 2015 lo empleaban habitualmente un 35,6% de jóvenes barceloneses y ese porcentaje, cinco años más tarde, había disminuido hasta quedarse en el 28,4%. En cualquier otro ámbito que no fuera el identitario, donde suelen llevar la batuta el nacionalismo y la izquierda, semejantes datos traerían consigo la renuncia drástica e inmediata a la aplicación del modelo impositivo. Por razones económicas, sociales e incluso de estricta eficiencia. Aquí, en cambio, las reacciones han sido inversamente proporcionales a las que dictaría el sentido común. Para nuestros ingenieros sociales, hace falta más inversión, más coacción, más tiempo de aplicación del modelo. En otras palabras: si el modelo no funciona, la culpa no es del modelo, ni siquiera de su ejecución; es de la sociedad que no se amolda a sus bondades, cuando no de ese espantajo llamado Madrid (todo ello, claro, en el supuesto de que se cumpla la premisa mayor, o sea, la veracidad de los datos aportados por la encuesta; no sería nada extraño que los publicitaran a la baja para justificar su intervencionismo).

Algo parecido ocurre con tantas políticas públicas guiadas por esa ingeniería social que nuestras universidades cocinan año tras año a destajo y sin freno alguno. Es por ejemplo el caso de la LOMLOE, última excrecencia legal de la LOGSE, del que hablábamos aquí mismo el pasado jueves a propósito de la neolengua segregada. Quienes propugnan y amparan semejantes políticas actúan, al cabo, como esos locos del volante que al venir la curva aprietan el acelerador y tanto les da lo que suceda. Y en esas nos vemos, pobres de nosotros, todos los demás.

Tenían razón: no había pan para tanto chorizo
OKDIARIO  26 Agosto 2021

Cualquiera que hubiera encendido el televisor en 2013 en pleno estallido de la burbuja inmobiliaria se habría dado de bruces con el drama de los desahucios. La hecatombe social de aquel año se tradujo en seis millones de parados y 67.189 desalojos. En las imágenes que ofrecían los telediarios se podía ver a activistas pegándose con la Policía intentando frenar las ejecuciones inmobiliarias que condenaban a miles de familias a perder sus hogares. Vestían camisetas con el lema Stop Desahucios y pertenecían a la Plataforma de Afectadas por la Hipoteca (PAH). Bajo el disfraz de una buena causa, luego supimos que esos idealistas no eran otra cosa que mercenarios apadrinados por el chavismo que se aprovechaban del sufrimiento de millones de españoles azotados por la crisis para medrar en política.

Entre aquellos desaprensivos figuraban Irene Montero y Rafa Mayoral, futuros líderes de Podemos. Mayoral poseía una gestoría llamada Kinema que prestaba asesoramiento jurídico sobre los desahucios sufridos por ciudadanos ecuatorianos. Como desvela en exclusiva OKDIARIO, el Gobierno del ecuatoriano Rafael Correa pagó 394.000 euros a Kinema por este asesoramiento en pagos que fueron realizados entre los años 2013 y 2014 a través de la Embajada de Ecuador en España. Es decir, que mientras familias enteras se quedaban en la calle, Mayoral y los suyos se hacían de oro con los contratos pactados con el bolivariano Correa, interesado en extender los tentáculos del chavismo en España con el dinero que saqueaba a sus compatriotas. Mientras la crisis de los desahucios crecía exponencialmente, Kinema triplicaba sus ingresos desde Ecuador. Tenían razón: no había pan para tanto chorizo.

Este periódico lleva más de un año informando sobre los pagos que Correa hizo a la telaraña podemita con el objetivo de instalar unas siglas chavistas que desestabilizaran a una de las economías más importantes de la UE. Y lo hizo a través de una tupida de red de asociaciones, chiringuitos y fundaciones tapaderas en las que brillaban con luz propia la fundación CEPS y el think tank CELAG, bajo el control de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, respectivamente, ambos con contacto directo con el tirano ecuatoriano.

Para conseguir implantar un Gobierno en la sombra en España, Correa llegó a contar con un presupuesto de 247 millones de euros destinado a descubrir jóvenes talentos de la izquierda populista a los que les ofreció -como informó OKDIARIO- becas con todos los gastos pagados bajo el Programa Prometeo. Aquellos activistas callejeros que financió Correa hoy ocupan sillones en el Consejo de Ministros disponiendo a su antojo de presupuestos millonarios, a los que hay que sumar escaño, nómina, dietas, asesores, escoltas, casoplón y coche oficial. Sólo cabe preguntarse si los españoles habrán aprendido la lección o si, por el contrario, seguirán dejándose estafar por esta chusma.

Contra Stalin no hay 'memoria democrática'
EDITORIAL. Libertad Digital 26 Agosto 2021

Millán Astray para esta izquierda nauseabunda, radicalmente inmoral.

Un partido de extrema izquierda ha colgado una enorme pancarta en el balcón del Ayuntamiento de Valencia. El texto era absolutamente insólito: "En defensa de Stalin". A esta frase se unía un retrato del criminal tirano comunista y símbolos de una estética inconfundiblemente soviética.

Más allá de la repugnancia que el acto genere en cualquier persona de bien, el asunto tiene varias aristas que conviene estudiar, siendo una de ellas la actuación del propio Ayuntamiento de Valencia, que no sólo toleró la asquerosa exhibición –o bien tuvo un fallo de seguridad imperdonable– sino que luego se ha abstenido de condenarla.

El Consistorio valenciano, gobernado por los ultras de Compromís, no ha sido el único, ni mucho menos, en mantener este lamentable silencio: nadie en la izquierda ha dicho que defender a Stalin no es admisible sino una abominable aberración. Este silencio y esta permisividad está alimentando un revival de lo peor de una de las peores ideologías totalitaria de la Historia, que ya no se molesta siquiera en disimular y es capaz de reivindicar a uno de los más horrendos asesinos a los que ha tenido que enfrentarse la Humanidad, capaz de una crueldad que muy pocos han sido capaces de alcanzar y cuyas manos se mancharon con la sangre de decenas de millones de inocentes.

Pero eso no parece problemático para la misma izquierda que, en lo que puede parecer una paradoja aunque en realidad no lo es, alardea de memoria democrática e incluso intenta imponer su indecente desmemoria histórica envolviéndose en los ropajes de una supuesta superioridad moral que, hechos cantan, se derrumba a las primeras de cambio.

Es una izquierda que se pone muy exquisita cuando en Madrid se devuelve al fundador de la Legión (y de Radio Nacional de España), José Millán Astray, la calle que se le arrebató ilegalmente en tiempos de la comunista Manuela Carmena, y que aun lamenta que se cumpla a esta respecto una sentencia judicial, pero no tiene nada que decir cuando en el ayuntamiento de la tercera ciudad de España se reivindica a uno de los peores criminales de todos los tiempos. Es una izquierda nauseabunda, radicalmente inmoral, enemiga jurada de la verdad y de las sociedades abiertas.

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¿Fue Franco como los talibanes?
Miguel Ángel Belloso. okiario 26 Agosto 2021

El Grupo Prisa, que es el conglomerado de medios de comunicación más importante de la nación, ha nombrado hace unos días a Pepa Bueno directora de El País. Quizá a muchos de ustedes la noticia les parezca irrelevante, pero no lo es si tenemos en cuenta que este periódico es el de más tirada de España y el que tiene más audiencia. Ni tampoco si reparamos en que Pepa Bueno ha conducido hasta ahora los programas más oídos de la SER, que es la emisora de radio principal, primero por las mañanas y luego por las noches. Es decir, que la periodista es una de las más importantes prescriptoras de opinión. Pero lo más moderado que se puede decir de la señora Bueno, con todos sus indiscutibles éxitos profesionales a cuestas, es que es una sectaria recalcitrante, una persona entregada en cuerpo y alma al socialismo que siempre ha tenido una posición genuflexa ante el Gobierno de Sánchez y alguien que profesa un odio cerval contra la derecha.

Una de las primeras decisiones de la señora Bueno ha sido nombrar subdirector de Opinión de El País a Jordi Gracia, uno de los escritores con el colmillo más retorcido y la mente más torturada que quepa imaginar. Después de su acceso al cargo, el jueves 19 de agosto escribió dicho diario un artículo verdaderamente memorable en el que, a su parecer, la sociedad española tiene una obligación inexorable en el arreglo de los problemas provocados por la victoria talibán en Afganistán que entronca directamente con el suplicio que nos causó el franquismo. Dice este personaje siniestro que “hoy Afganistán está inmerso en una situación relativamente parecida a la que sufrió la sociedad española que había impulsado los avances democráticos de la Segunda República, y muy en particular el avance de los derechos civiles de la mujer”, y que al parecer cortó en seco la Guerra Civil y Franco.

Y sigue: “Sabemos de qué va (el asunto) porque hemos leído, escrito, llorado sobre el mismo tema muchas veces, cuando las abuelas, las madres, las amigas, las maestras nos han contado la experiencia aniquilante de la negación fundamental de la dignidad del ser humano. Porque eso fue el nacionalcatolicismo español, una ideología que condicionó de forma invasiva, asfixiante y coercitiva a una sociedad entera. Pero con quien se cebó sin tasa y rencorosamente ese programa de reeducación social y civil fue con la mujer, capitidisminuida, encogida”. Y aún continúa: “Siguen muy vivos aún en la memoria colectiva los destrozos contra la dignidad de la mujer que ejerció el nacionalcatolicismo franquista como hoy lo ejerce en Afganistán el fundamentalismo talibán y su ristra de castigos físicos, de violencia extrema e inasumible para una conciencia democrática”.

Yo no sé a ciencia cierta en qué familia nació y progresó este señor, pero a buen seguro que no era del todo corriente, porque esta clase de manifestaciones parecen las propias de un demente espoleado por un estímulo exterior como la victoria talibán, que ha logrado despertar todos sus demonios y alimentar su sed de venganza y de reivindicación de la Segunda República, que como todo el mundo con sentido común sabe fue un régimen cruento, inicuo y divisivo, es decir lo contrario a la concordia.

Mi familia, de la que puedo hablar, fue modesta. Mi abuela, que en gloria esté, se quedó viuda pronto con una prole numerosa que había que alimentar. Mi padre ha sido ferroviario de profesión al tiempo que pluriempleado sin descanso. Practicó con denuedo el estraperlo. Jamás he oído a nadie en casa despotricar contra el franquismo sino más bien mostrar satisfacción con la evidente mejora del nivel de vida que este proporcionó pasados los años. Sólo recuerdo a mi abuela decir que no hablásemos en voz alta de política porque teníamos un vecino que era guardia civil, y porque temía la delación, que ha sido consustancial a todas las dictaduras, y esto era con motivo de los primeros asesinatos de la ETA.

Mis tías, a las que adoro, encontraron trabajo pronto durante el franquismo y a los dos les ha ido muy bien hasta que se jubilaron, al punto de que las dos son hoy de izquierdas e incluso aberchales -ya se sabe que no se puede controlar todo- aunque me siguen queriendo con locura. Mi suegra, a la que quise y siempre respeté mucho, trabajo desde muy joven como administrativa. ¿De qué me está hablando el señor Gracia, este resentido e incómodo con el mundo, pese a que va a su favor, y que es para más inri el responsable de la opinión del principal periódico de España? Mi modesta opinión, valga la redundancia, es que este país no podrá ponerse en paz consigo mismo hasta que no reconozcamos la contribución inmarcesible del franquismo a la reconstrucción de la nación y a su progreso imparable desde finales de los sesenta del siglo pasado.

Aunque la señora Bueno y Jordi Gracia lo ignoran, durante el franquismo hubo feminismo pero del bueno. Mercedes Formica fue una jurista, novelista y ensayista española especialmente conocida por su defensa de los derechos de la mujer en el país. Feminista en plena posguerra, impulsó la transformación del Código Civil y sus denuncias lograron en 1958 la reforma de 66 artículos dando un primer paso para mejorar la situación de jurídica de la mujer casada, iniciándose así un largo proceso de cambios que culminaron en los años 80. Según cuenta en sus memorias, un día la llamó Franco para departir. Estuvieran dos horas hablando, el dictador oyéndola, pues normalmente era silente. Después del encuentro, Franco le dijo: vaya inmediatamente a ver al ministro de Justicia. Así fue. Cuando se encontró con él, ya estaba debidamente avisado, y así se mejoró sustancialmente el tratamiento de la mujer en España, donde jamás ha tenido el trato que se espera con seguridad del terror talibán.

Lo que está ocurriendo en Afganistán está destapando la caja de pandora de la estupidez patria. Hay intelectuales delirantes que vienen de la derecha pero que también han enfermado gravemente. Este es el caso de José María Lasalle, que llegó a ser secretario de Estado del Gobierno de Mariano Rajoy, pero que hoy es un progresista inmaculado y lo más ‘cool’. El pasado 21 de agosto este señor escribió también en El País que después de lo ocurrido en Afganistán -que la verdad es que explica muy correctamente y con todo lujo de detalles- “hoy vemos a Trump y a la derecha salivando y frotándose las manos (con la fuga de las tropas norteamericanas). No sólo porque reactiva la percepción colectiva de decadencia de la caída de Saigón en 1975 y la ocupación de la embajada de Teherán en 1980, sino porque envalentona a la Internacional Reaccionaria y favorece la nostalgia autoritaria que propagan sus sucursales”. ¿Pero qué mente en su sano juicio puede pensar que Trump y la derecha universal a la que pertenezco puede alegrarse de lo que ha pasado en Afganistán? Piensan como enfermos porque lo están, pero lo peor es que están al frente de los principales medios de comunicación y que son notables prescriptores de opinión pública. De manera que su capacidad para hacer el mal es incalculable. Yo sólo conozco una Internacional, que es la más eficaz del mundo, y está ligada al Foro de Sao Paulo. Es la que está destrozando Latinoamérica, desde Perú a Chile, desde Argentina a Colombia, desde Ecuador a Bolivia, pasando por Brasil. La que está animada por los rusos y por los chinos, enemigos de la civilización occidental.

Que la ocupación de Kabul y la victoria incontestable de los talibanes pueda servir como pretexto para reivindicar las bondades inexistentes de la Segunda República española y su falso apoyo a la mujer, que durante la guerra civil, en los territorios dominados por los rojos, fue maltratada sin piedad es lo más parecido a una broma. Que sirva para atacar a la derecha endosándole malos sentimientos, falta de piedad y ausencia de sentido universal del progreso no tiene un pase.

Lo único cierto en esta historia es que los que han patrimonializado hasta la fecha el buen corazón, como Podemos, o el sanchismo filosófico, no han dado ninguna muestra de repulsa a la desastrosa retirada de Estados Unidos de Afganistán, que como bien ha dicho Tony Blair “es trágica, era innecesaria y es muy peligrosa para el interés del pueblo afgano y el nuestro. El desorden de las últimas semanas necesita ser reemplazado por algo que parezca coherente y con un plan que sea creíble y realista para combatir una religión musulmana que se ha convertido en excluyente y extrema porque sostiene que en el mundo sólo hay una fe verdadera a la que todos debemos someternos”. Yo me resistiré hasta el final.

Blair también ha dicho: si ganamos al comunismo después de más de 70 años, ¿por qué no podemos hacer lo mismo con el islamismo, con los mismos instrumentos, con la fuerza de las ideas y con la fuerza militar? Quizá porque las ideas del momento son estúpidas y porque, desgraciadamente, ninguna sociedad occidental está dispuesta a invertir en armamento e inteligencia para defender los nobles principios que una vez nos hicieron grandes.

El idioma de la selectividad
Ramón de España. Cronica Global 26 Agosto 2021

Una de las especialidades de nuestro gobierno autónomo consiste, como todos sabemos, en pasarse por el arco de triunfo (o intentarlo) las resoluciones judiciales. No todas, hay que elegir. Por ejemplo, la anulación del toque de queda se la han tenido que comer con patatas y sin, prácticamente, ofrecer resistencia: hace dos días, el toque de queda era fundamental para controlar la pandemia, pero ahora parece que ya no lo era tanto, pues se acepta sin rechistar lo que dice el TSJC y aquí paz y después gloria. Pero hay otras indicaciones judiciales que permiten, al parecer, aplicaciones más oblicuas, como la que obligaba a la Generalitat a repartir los exámenes de la selectividad universitaria de septiembre en los tres idiomas oficiales de la comunidad, acabando así con la costumbre de facilitarlos inicialmente en catalán y forzar así a quien lo quisiera en castellano (o en aranés) a levantar el dedo e identificarse como un mal ciudadano (o un patriota dudoso). Pese a la insistencia de la AEB (Asamblea por una Escuela Bilingüe), a la que el TSJC había dado la razón, el CIC (Consejo Interuniversitario de Cataluña) ya ha dicho que el mes que viene piensa seguir yendo a su bola y repartiendo los exámenes únicamente en catalán: si alguien lo quiere en castellano, que se retrate (la petición de textos en aranés es insignificante, como demuestra el hecho de que solo se impriman 25 en esa lengua). Las ganas de jorobar al castellanoparlante son evidentes, pero el CIC, con esas maneras jesuíticas que suelen gastarse los lazis, han aducido en su defensa que la exigencia del TSJC obligaría a imprimir mucho más papel del previsto, lo cual no puede ser bueno de ninguna de las maneras para el ahorro y la ecología: aquí se tira el dinero en embajadas inútiles y se crean cargos muy bien pagados para los amigos del régimen, pero imprimir de más se considera un despilfarro inasumible y un atentado ecológico.

Yo diría que lo normal en una comunidad bilingüe sería que los aspirantes a universitario se encontraran en el pupitre el examen en castellano y en catalán (y en aranés, ya puestos). Y si se quiere ahorrar papel, salvar algunos árboles y contribuir a la sostenibilidad del planeta, siempre se podría recurrir a un propio que preguntara a los estudiantes en qué idioma quieren efectuar el examen. En vez de eso, el CIC decide que se puede pasar por el forro la orden del TSJC y esperar a ver qué pasa, confiando en que nada. O sea, que lo del toque de queda vale, porque igual te la ganas, pero con lo de la selectividad puedes hacer de tu capa un sayo porque, total, ¿a quién le importa esto de la educación?

Barcelona cada día se parece más a esas ciudades irlandesas en las que todo (nombres de calles y de tiendas y de restaurantes y demás) está en gaélico, pero luego resulta que nadie se te dirige en ese idioma porque todo el mundo habla exclusivamente inglés. Pese a las encuestas que certifican la preeminencia del castellano sobre el catalán, los que nos gobiernan se empeñan en mantener la ficción de que éste es un paisito monolingüe en el que solo unos cuantos excéntricos se empeñan en expresarse en la lengua del invasor (como ese artista irlandés al que ya se tilda tranquilamente de catalanófobo en la prensa del régimen). Estamos en manos de una gente que entre una realidad que les molesta y una ficción que se ajusta mejor a sus deseos hace tiempo que ha optado por ésta. Es esa gente que se queja de la judicialización de la política cuando la están pidiendo a gritos con su manera de ir por el mundo.

El Govern volverá a dar prioridad al catalán en la Selectividad de septiembre
El Consejo Interuniversitario informa de que mantendrá el modelo actual en contra de los establecido por el TSJC, por lo que los estudiantes tendrá que pedir expresamente los exámenes en castellano
María Jesús Cañizares. Cronica Global 26 Agosto 2021

Los exámenes de la Selectividad de septiembre volverán a dar prioridad a la lengua catalana, a pesar de que la Justicia advirtió en junio del trato discriminatorio de los alumnos que solicitaban los enunciados en castellano. Así lo ha denunciado la Asamblea por una Escuela Bilingüe (AEB), que ha dirigido un escrito al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) en el que denuncia la situación tras la respuesta que el Consell Interuniversitari de Catalunya (CIC) ha dado a un requerimiento de la entidad, en el sentido de mantener el modelo actual.

El CIC asegura en su escrito que continuará aplicando en las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU) el modelo seguido hasta ahora de distribución preferencial del examen en lengua catalana, de manera que los estudiantes que desean realizar el examen en castellano tendrán que solicitarlo expresamente.

La respuesta del Consell Interuniversitari
En su respuesta a la AEB, fechada en 2 de agosto, el Secretario General del Consell Interuniversitari de Catalunya (CIC) descarta la propuesta de la AEB que pretendía que los Tribunales de las PAU facilitasen a los alumnos un único ejemplar con los enunciados de las asignaturas no lingüísticas en los idiomas oficiales de Cataluña. La AEB defiende este modelo porque no prioriza ninguna lengua y permite a los alumnos elegir libre e individualmente la lengua en que desarrollan los exámenes. Este modelo es el que se utiliza en la Comunidad Valenciana, Galicia y el País Vasco.

Recuerda esta asociación que el CIC tiene que cumplimentar "el auto de 7 de junio de 2021 del TSJC, confirmado por el 28 del mismo mes, en la convocatoria extraordinaria de las PAU a celebrar durante los días 7, 8 y 9 de septiembre de 2021". La razón que invoca el citado Consejo para rechazar la propuesta es que la entrega de un único ejemplar con las lenguas oficiales a los alumnos haría que la extensión de cada examen fuera “considerable” y la distribución de dos cuadernillos de exámenes (uno en cada lengua oficial) a cada alumno, cuando solo va a utilizarse uno de ellos, sería ineficiente desde el punto de vista económico y medioambiental.

Contradicciones
Sin embargo, el Secretario General del CIC ha reconocido en otra contestación AEB de 16 de agosto de 2021 que en las pruebas ordinarias celebradas en junio de este año se imprimieron en lengua catalana 421.450 ejemplares; en lengua castellana 113.310 y 25 en lengua aranesa. "Es decir, se imprimieron ejemplares en lengua castellana y en lengua catalana en la proporción usual en los últimos cinco años de cuatro ejemplares en catalán y uno en castellano y prácticamente ninguno en aranés. Estas cifras han sido facilitadas por la propia Generalitat", añaden desde la AEB.

En esta misma resolución, el Consell Interuniversitari de Catalunya mantiene que desconoce el número de ejemplares entregados en cada una de las lenguas oficiales a los alumnos "lo que desmiente afirmaciones anteriores del propio Consell que reducía a sólo el 5% los alumnos que solicitaban hacer las pruebas en castellano. Es decir, la Administración imprime los enunciados de las pruebas en cuadernillos distintos por razón de lengua y favorece la distribución de los realizados en catalán".

Trato discriminatorio
Por todo ello, la entidad ha presentado en el día de hoy un escrito al Tribunal poniendo de manifiesto "el trato discriminatorio respecto a los alumnos que quisieron ejercer su derecho a realizar la prueba en castellano en las pruebas de junio de 2021 incumpliendo el mandato del auto de 7 de junio del TSJC".

AEB afirma que "la Administración no puede aducir causas de fuerza mayor para no dar cumplimiento al citado auto en la convocatoria extraordinaria de septiembre puesto que la Administración ha tenido tiempo suficiente para organizar y programar las PAU de septiembre para cumplimentar el auto". Y solicita al tribunal que requiera al CIC "para que informe con carácter perentorio y, en todo caso, antes de la celebración de los exámenes del mes de septiembre de las instrucciones que ha aprobado para garantizar la igualdad de los derechos lingüísticos de los alumnos en las PAU del mes de septiembre de 2021". Solicitan especifique el número de alumnos que está previsto que se examinen de las PAU y el número de ejemplares que se imprimirán para la convocatoria extraordinaria de septiembre con desglose de la lengua oficial en la que se harán

Cs exige al Govern que cumpla las sentencias que protegen el castellano
Martín Blanco pide explicaciones a Cambray tras constatar que el 85% de los colegios tienen el catalán como lengua vehicular y que la Selectividad dará prioridad de nuevo a este idioma
María Jesús Cañizares. Cronica Global 26 Agosto 2021

Ciudadanos (Cs) pedirá la comparecencia en el Parlament del consejero de Educación, Josep González-Cambray, y de la secretaria general, Patrícia Gomà, para que den explicaciones sobre el incumplimiento de las resoluciones judiciales que advierten contra la discriminación del castellano.

“El conseller debe explicar qué hará para implantar en el próximo curso el mínimo del 25% de horas lectivas en castellano en los centros educativos”, ha segurado el portavoz de de Cs en el Parlament y en la comisión de Educación, Nacho Martín Blanco, en relación a un estudio realizado por la Asociación por una Escuela Bilingüe (AEB), según el cual, el 95% de los centros educativos en Cataluña tienen como única lengua vehicular el catalán, excluyendo el castellano. A juicio del dirigente de la formación naranha, estos datos demuestran que el Govern incumple las reiteradas sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) y del Tribunal Supremo (TS).

Lo que dice el TSJC
Martín Blanco ha explicado que la última sentencia del TSJC “dicta que ese mínimo del 25% de horas lectivas en castellano sea para el conjunto de la comunidad educativa y no solo para los centros donde lo pidan unos padres expresamente”. En este sentido, ha lamentado que el Govern siga “incumpliendo las resoluciones judiciales y nuestro ordenamiento estatutario y constitucional”.

Precisamente hoy, la AEB ha denunciado que la Consejería de Educación volverá a dar prioridad al catalán en las pruebas de acceso a la Universidad de septiembre, en contra de lo establecido por el propio TSJC.

Asimismo, el diputado de Ciudadanos considera que la responsabilidad también es del Gobierno de España, ya que “con la Ley Celaá lo que hace es consagrar esa exclusión del castellano en las aulas catalanas y facilitar a los nacionalistas su manifiesta voluntad de excluir el castellano de la vida pública de Cataluña”. “Le exigimos que adopte las medidas necesarias para que se cumplan las sentencias y para que los niños catalanes tengan derecho a educarse también en castellano en su propio país. Es incomprensible y anómalo que, en un país democrático como España, ciudadanos españoles no tengan derecho a educarse en su lengua materna”, ha concluido.


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