AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 1 Septiembre  2021

Lavarles el cerebro hoy para que voten al PSOE mañana
OKDIARIO 1 Septiembre 2021

Con paradero desconocido durante casi toda la legislatura, el ministro de Universidades, Manuel Castells, ha dado señales de vida para presentar su anteproyecto de Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU): un engendro de ley en la que se privilegia a la mujer por encima de los hombres en los órganos colegiados y en la que los profesores titulares podrán ser rectores sin ser catedráticos. En el plano ideológico, se ataca a la Corona eliminando la función del Rey del apartado de expedición de títulos oficiales, algo previsible en un ministro que se declara anarquista, republicano y partidario del derecho a decidir. Algunos apartados de la ‘Ley Castells’ son puramente orwellianos como el refuerzo de las «unidades de igualdad y de diversidad», el abogar por el «impacto de género del presupuesto universitario» y el «registro salarial» para luchar contra la brecha en los salarios.

Un articulado redactado, como mandan los cánones ideológicos de este Gobierno, con perspectiva de género y fuerte vocación adoctrinadora. Pero es que además, como publica OKDIARIO, las universidades deberán promover «en todos los ámbitos académicos la formación, docencia e investigación en materia de memoria democrática como forma esencial de educación de las nuevas generaciones». El texto no hace diferenciación alguna entre centros públicos y privados, con el objetivo de que ningún estudiante universitario se quede sin recibir su ración diaria de papilla ideológica suministrada por el Gobierno de Pedro Sánchez.

Castells pretende que las nuevas generaciones no sepan quién fue Miguel Ángel Blanco ni Ortega Lara pero que sí se hagan selfies con el terrorista Otegi, al que estudiarán en el futuro como un valiente demócrata antifranquista. Se condenará la apología del franquismo pero jamás la del comunismo porque sólo la izquierda tiene permiso para establecer la memoria por decreto. Castells sueña con generaciones enteras de españoles programados por la educación oficial para que no tengan las más remota idea de las vejaciones y sufrimientos que padecieron los católicos en la España republicana en la que llevar un crucifijo o una estampita de la Virgen era una sentencia de muerte. Como bien le recordó una vez el diputado Fran Carrillo (Cs) a Castells, «los suspensos de hoy serán vuestros votos de mañana».

Con Sánchez y Podemos la luz sube porque… Franco
Liberal Enfurruñada. okdiario 1 Septiembre 2021

Con el Gobierno de coalición socialista y comunista de Pedro Sánchez y Podemos, el precio de la luz bate récords históricos cada día, de forma que hoy tenemos que pagarla a un precio que triplica el que se pagaba hace tan solo 12 meses. Estas subidas han provocado que el IPC se eleve hasta el 3,3% en agosto, marcando su tasa más alta en 9 años, ya que la subida del precio de la energía también repercute en alzas en los precios del resto de productos. Los partidos que forman el Gobierno de España, con tal de desviar la atención de su responsabilidad, le han echado la culpa de este descontrol a Aznar, Rajoy, Putin, la Unión Europea, el cambio climático, el capitalismo, las grandes empresas y hasta a Franco, pero en ningún momento han asumido su responsabilidad en un problema que es casi por completo, político.

La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, la gran beneficiaria de estas subidas del precio de la luz ya que, gracias a ellas, la recaudación aumenta, afirma que «el paso del señor Rajoy y del señor Aznar por La Moncloa fue nefasto para la política energética» porque «se cargaron el impulso de las energías alternativas». Esas que en realidad lo único que están haciendo es encarecer el «mix» energético dada su escasa rentabilidad actual que provoca que sólo se sostengan vías subvenciones que acabamos pagando los consumidores. Unos días antes había acusado a la Unión Europea de que «no quieren cambiar este modelo porque creen que es eficiente y simple» y hasta al presidente ruso Vladímir Putin, a quien exige “que fondee más gas en el mercado europeo”. Todo menos aceptar su responsabilidad.

Desde Podemos argumentan que el cambio climático está incrementando la frecuencia de las olas de calor extremo y eso aumenta la demanda de electricidad para el uso de aires acondicionados, lo que unido al alza de los precios de los derechos de emisión del CO2, provoca subidas en el precio de la luz. Aunque los más radicales entienden que la culpa es del propio sistema capitalista, por lo que la única solución pasa por la creación de empresas públicas que gestionen el suministro eléctrico. Mientras el ministro de Consumo, Alberto Garzón, uno de los extremistas más radicales y con menor capacidad de raciocinio, descarga de toda responsabilidad al Gobierno por la subida del precio de la electricidad y le carga la culpa al poder de «tres grandes empresas» para fijar precios y propone mayor intervencionismo limitando por ley el precio de las energías nuclear e hidroeléctrica. Y en plena crisis energética, Podemos exige acabar con los pantanos, fuente de energía limpia y barata, porque son «franquistas» y les parecen antiecológicos.

Cuando estaban en la oposición, tanto el PSOE como Podemos tenían mensajes radicalmente diferentes. En diciembre de 2017, ante una pequeña subida del 4,6%, Pedro Sánchez acusó al Gobierno de Rajoy de “empobrecer al país”. Días antes de las elecciones de diciembre de 2019, Podemos hacía campaña electoral prometiendo que “bajaremos la factura de la luz poniendo firmes a las grandes eléctricas”. Y los periodistas “progres”, voceros de socialistas y comunistas, que se echaban las manos a la cabeza con lo que entonces llamaban “pobreza energética” ahora están callados como puertas. Se les ha olvidado recordar la responsabilidad del Gobierno, como hacían antes, hablando de puertas giratorias. La realidad es que la moratoria nuclear decidida por el PSOE en los ochenta, los incentivos a las energías renovables acordados por el PSOE de Zapatero, el déficit tarifario de años anteriores que todavía se está recuperando vía precios, los costes de las redes de distribución y los impuestos, suponen casi el 60% del precio que finalmente tenemos que pagar los consumidores, siendo el verdadero coste de producción de la electricidad y los márgenes de beneficio de las empresas sólo el otro 40%. Ni Putin, ni el cambio climático, el capitalismo, las grandes empresas, ni siquiera Franco, son responsables de que paguemos la luz más cara de Europa, la culpa es del intervencionismo estatal de los socialistas de todos los partidos que nos han gobernado.

Afganistán: gana el terror
EDITORIAL. https://gaceta.es  1 Septiembre 2021

El 7 de octubre de 2001, veintiséis días después de los atentados del 11 de septiembre, el presidente George W. Bush ordenó a sus tropas atacar e invadir Afganistán como respuesta a la negativa del Gobierno de los talibán (estudiantes) a entregar a Osama Ben Laden, líder de la organización terrorista Al Qaeda y sospechoso número uno de ser el responsable de los atentados. La intervención militar, además de la captura de Ben laden, tenía otros dos objetivos «oficiales» complementarios: destruir el régimen del terror talibán y, por supuesto, conducir a Afganistán, el país más miserable de la Tierra, en la dirección de la senda de la reconstrucción, del progreso y, ejem, de la democracia.

El otro objetivo, jamás oficial, fue el de conseguir lo que los soviéticos ni rozaron: trazar de una vez el gaseoducto/oleoducto que llevaría la riqueza no explotada de las antiguas repúblicas soviéticas de Kazajistán Uzbekistán y Tayikistán hasta el puerto paquistaní de Karachi. Desde que el primer soldado estadounidense puso su pie en Afganistán han pasado poco menos de 20 años.

Todos los objetivos marcados, salvo el de la represalia por los atentados que conmocionaron a los Estados Unidos como sólo lo logró el ataque japonés a Pearl Harbor, no se han conseguido o sólo han tenido éxitos parciales y no definitivos. Ben Laden, que hoy duerme con los peces, no estaba en Afganistán, sino bien protegido en Pakistán. El segundo de los objetivos, el de acabar con la amenaza talibán, fue apenas un éxito momentáneo: se acabó con el régimen, pero no con los talibán.

La intervención estadounidense y el avance de las tropas tayikas de la Alianza del Norte contra los talibán (en su inmensa mayoría de la etnia pastún), no consiguió aniquilar a los estudiantes, sino desplazarlos a sus refugios naturales en las cadenas montañosas a lo largo de la frontera con Pakistán desde donde siguieron combatiendo con refuerzos diarios de cientos de nuevos talibán formados en las enseñanzas del fundamentalismo islámico de las «madrassas» (escuelas coránicas) paquistaníes. Durante 20 años, el Gobierno de Islamabad se ha revelado impotente para frenar a las decenas de imanes que desde sus púlpitos han instruido y alentado a la guerra santa contra las fuerzas occidentales.

De la democratización de Afganistán no merece la pena hablar. Para exportar al menos una suerte de democracia occidental a esa tierra asolada, primero hay que controlar esa tierra asolada. Ni el Gobierno de Karzai, primero, ni el de Ashraf Ghani, después, consiguieron apenas controlar la capital y algunas zonas limítrofes sin relevancia. Ni siquiera la presencia de fuerzas de la coalición militar (OTAN, con resolución favorable de Naciones Unidas) en otras regiones afganas le dio jamás el mando a Kabul, un mando disperso entre señores de la guerra, traficantes y los inefables comandantes tayikos, refractarios a la hegemonía de la etnia mayoritaria pastún. Dejando de lado la increíble fantasía de que la democracia pueda triunfar en un régimen islámico, sin el control de la tierra no se puede crear las infraestructuras esenciales (incluido el gaseoducto) para dotar de ingresos y de un sentimiento nacional a un territorio dividido en etnias tan irreconciliables como los pastún, los parias hazaras prochiíes, uzbekos y os temibles tayikos.

Por el camino también han quedado aparcadas otras fantasías, como impermeabilizar los pasos fronterizos de montaña y cegar sus refugios naturales, desarmar a los señores de la guerra y crear un Ejército Nacional Afgano que integrara a todas las etnias, que no consumiera la paga en hachís y que no fuera mandado en exclusiva por los tayikos. Sin nada de todo eso, la explotación de los riquísimos yacimientos de las repúblicas del norte (también musulmanas, no lo olvidemos) y su transporte hasta el puerto paquistaní de Karachi han sido quimeras.

El único éxito parcial durante estos 20 años ha sido la superación de las condiciones medievales en las que bajo el régimen talibán malvivía más de 95 por ciento de la población afgana. La mayor tasa de mortalidad infantil del mundo (de cien niños que nacían en 2001, dieciocho no vivían más de 24 horas y otros veinticinco no llegaban a cumplir un año de vida), la pésima situación de la educación, el espanto sanitario (los huertos extramuros de Kabul se abonaban con residuos humanos llevados en carromatos tirados por hazaras) y, sobre todo, la esclavitud del burka (mucho más que una simple prenda). Aunque con timidez, la presencia de las fuerzas aliadas en puntos claves de Afganistan habían devuelto a las mujeres algo de la poca libertad que apenas disfrutaron a mediados del siglo pasado, cuando el mundo islámico, de Egipto a Indonesia, trató de ir con los tiempos y no con los de hace 14 siglos.

Hoy, 31 de agosto de 2021, todos esos pequeños avances, todos, han quedado destruidos tras la desbandada, que no retirada, de las fuerzas estadounidenses y de sus aliados, incluida España. Se podrá pensar que en una tierra tan hostil, tan pobre —sólo rica en amapolas y en sangre derramada— y tan medieval no merece la pena estar. Pero no es cierto. Si fue en Afganistán donde comenzó la guerra asimétrica contra el terror islamista, salir corriendo de la zona es reconocer la victoria del terror. No un terror difuso y anónimo, sino un terror que como una sombra ha fanatizado ya a una cuarta parte de la población musulmana, una parte no desdeñable de ellos instalados en ‘desiertos no tan lejanos’ como los barrios de la periferia de las grandes capitales europeas. Esa parte del islam que que hace 20 años tenía en Afganistán el campo perfecto de entrenamiento y que, hoy, tras la desbandada del ‘gran satán’ estadounidense y de sus aliados, con el aplauso por los occidentales decadentes empeñados en su autodestrucción, se convierte en algo mucho más peligroso: un símbolo.

Afganistán es, desde hoy, el símbolo de que vamos perdiendo y ellos, ganando.

El islamo-izquierdismo
Irene González. Vozpopuli 1 Septiembre 2021

Cuando Michel Houellebecq publicó en 2015 su libro de política ficción Sumisión lo leí con ese escalofrío que solo puede provocar la verdad. Todo estaba ahí, él sólo había acelerado el acceso de un líder islámico moderado, con el apoyo incuestionable de los socialistas -cualquier cosa antes que el Frente Nacional- a la presidencia de la República Islámica de Francia. El libro muestra cómo el instinto de supervivencia lleva a las personas a adaptarse al nuevo orden, a la sumisión sin resistencia, desactivada por el progresismo francés a costa de la desaparición de todo lo que fueron para mantener cierta cuota de poder. No es tan extraño cuando el relato previo de la izquierda era la aversión a Occidente siendo ellos su élite oficial.

Pocas cosas despiertan tanta repulsión como la cobardía y la estupidez travestidas de diversidad y superioridad moral para ocultar esa verdad inconsciente, la sumisión a quien te desprecia porque odiáis lo mismo, a vosotros mismos.

La sensación de batalla no meramente cultural quizá sea el catalizador perfecto para que la izquierda no pierda la oportunidad de subirse a un poderoso tren de hegemonía social, que es como considera al Islam, más que una religión. No son capaces de entender que precisamente de ella nace esa fuerza y compromiso incondicional que jamás llegarán a despertar ellos con su impostora e infantilizada religión “woke”.

Imposiciones religiosas
La plenitud que inyecta la fe es algo difícilmente sustituible en cualquier sociedad, porque las necesidades que más hacen sufrir al individuo son las relativas a su existencia. La necesidad intrínseca del ser humano de creer en algo hace inevitable recordar a G. K. Chesterton y hundirnos en un vacío de melancolía al reconocer que cuando se deja de creer en Dios, se está dispuesto a creer en cualquier cosa. El comunismo, los nacionalismos y el hedonismo, todos ellos obsesionados con negar y sustituir el cristianismo, no han conseguido armar moral ni intelectualmente a Occidente dejándola expuesta, como un terreno en barbecho, frente a otra imposición religiosa.

Pero no creo que el reto de la civilización occidental sea una mera cuestión religiosa, sino de imperio de la Ley, de un sistema político de leyes cívicas frente a otro de origen religioso y vocación universal incompatible, como la sharía. Ninguna democracia occidental puede sobrevivir si permite que haya individuos en su territorio que se sometan, vivan y sean ajusticiados según leyes y normas decididas fuera de las instituciones democráticas dando relevancia política a la identidad transfronteriza que constituye el Islam.

Esto es el “separatismo islamista” que denuncia Macron en Francia, donde hay barrios y poblaciones que son un ecosistema paralelo legal donde se imponen principios radicales islámicos — de otra naturaleza suena familiar en lugares de Cataluña y País Vasco. Las reformas que se plantean para afrontarlo consisten en reforzar el papel del Estado en todos los lugares, en la escuela, la universidad y en impedir discursos de odio desde mezquitas y controlar injerencias extranjeras.

No se hubiese llegado a este extremo sin la complicidad durante décadas de la izquierda francesa, quien abandera las críticas contra este proyecto de preservación de la república democrática bajo acusaciones de racismo e islamofobia a todo el que simplemente hable de ello o utilice el término islamo-izquierdismo.

Opresión sexual de la mujer
En España contamos con esa izquierda quinta columnista del islamismo tanto en medios como en instituciones, y aunque pueda resultar paradójico viene precisamente del feminismo hegemónico. Cuando la ministra de Igualdad afirma que las mujeres en España estamos sometidas al mismo patriarcado que las mujeres afganas, pero en distinto grado, es mezquina y mentirosa, pero coherente con su relato actual de victimización. Si desde El País se denuncia el supuesto ambiente general de opresión sexual que sufrimos las mujeres, es la base para defender el hijab como una prenda liberadora, incluso protectora de la mujer ante los machistas que miran. Supongo que ninguna de las que escribe semejantes barbaridades ha paseado por ciudades islámicas. También acusan de islamofobia y extrema derecha a quien difunda una fotografía de mujeres en minifalda en Kabul en los años 60, porque toda reivindicación de la realidad es lo que hace daño a su ficción victimizada. Y esto es precisamente lo que hace más sencilla la sumisión del feminismo hegemónico al islamismo, no tener que cambiar su relato de desprecio a todo lo que es Occidente.

La obsesión por estigmatizar a la derecha hasta ser proscrita del poder es lo que permite análisis tan precisos de los atentados en Kabul que identifican a los talibanes con la derecha y al DAESH con la extrema derecha, convirtiendo en algo moderado y digno de alianza a todo el islamismo fuera de este grupo terrorista.

Este islamo-izquierdismo es lo que ha de combatirse, no la normal práctica de la religión musulmana. Quizá Houellebecq con su obra de ficción propició que la misma siguiese en ese género, despertando a una Francia que perdió el miedo a las acusaciones de islamofobia para defender su propia identidad, su existencia como una democracia occidental.

La retirada de Afganistán y la izquierda ‘fake’
Diego Vigil de Quiñones. okdiario 1 Septiembre 2021

En muy pocos días ha tenido lugar la evacuación masiva de occidentales y colaboradores en Afganistán. El gobierno de España ha sacado todo el partido mediático que ha podido al asunto. A nivel mundial, se comienza a hablar del declive de occidente, de su incapacidad para enfrentarse a nuevos enemigos, de la pérdida de posición…

Les contaré una anécdota. Hace casi seis años, el atentado en la sala Bataclán de París me pilló en una fiesta juvenil de un Colegio Mayor con el que colaboro. Comenzaron entonces las conversaciones y los universitarios de apenas veinte años comenzaron a dar sus opiniones. Para ellos, en su todavía limitada visión del mundo, el único líder capaz de enfrentarse a la bestia era Putin. Naturalmente dicha visión es injusta y parcial, sobre todo después del esfuerzo militar realizado por los Estados de la UE y USA en lugares como Afganistán. Pero la propaganda progre a la que aquellos jóvenes vivían sometidos les hacía incapaces de percibir la realidad. El pacifismo de inspiración comunista ha calado en la sociedad de tal modo, que vivimos en una especie de parque de atracciones feliz de espaldas a las amenazas del mundo.

Dicho pacifismo tuvo en España su mayor expresión reciente en la campaña de las izquierdas con el “no a la guerra” de Irak en 2003-2004, y la consiguiente retirada de las tropas bajo aclamaciones por parte del Presidente Zapatero. Al tomarse aquella decisión, la misma izquierda que apoyó dicha retirada, apoyó aumentar nuestra presencia en Afganistán. La retirada de Afganistán ha puesto al descubierto que teníamos allí una presencia importante apoyada parlamentariamente por el bloque de la moción de las izquierdas que a diario predica el pacifismo. Un pacifisimo que, como tantas otras cosas del “pensamiento Alicia” zapateril (como lo llamó Gustavo Bueno) es fake: no se puede huir de las amenazas violentas.

Si junto al pacifismo de siempre valoramos dos aspectos más de la propaganda izquierdista, cuales son la pandemia y el feminismo, la situación propagandística resulta más patética todavía. A diario se publican noticias sobre la lamentable “violencia machista”. Sin embargo, pese a ser el machismo de los talibán mucho más expreso que el de todos los crímenes domésticos, la respuesta es la evacuación de unos pocos, y el consiguiente abandono de cientos de miles de mujeres de las que nadie nos va a hablar. ¿De verdad cree la izquierda en la lucha feminista? Porque hacer minutos de silencio contra los asesinos que por desgracia tenemos es muy fácil. Pero enfrentarse al wahabismo machista a nivel mundial es mucho más complicado. No veo yo a las feministas españolas boicoteando por ejemplo a los clubes de fútbol financiados por jeques árabes.

En cuanto a la pandemia, lo de Afganistan ha demostrado que en caso de urgencia se deja de hablar del COVID. ¿O es que acaso no había COVID en Afganistán? La pregunta entonces resulta inevitable: si cuando pasa algo más grave podemos funcionar como si la COVID no existiera, ¿se ha bloqueado la vida social y política española más de la cuenta este año y medio sin justificación? Los hechos de Afganistán cuestionan la posición de la propaganda izquierdista al respecto de los últimos meses.

En suma, la retirada de Afganistán ha puesto de manifiesto, una vez más, que la realidad supera el relato de la izquierda.

******************* Sección "bilingüe" ***********************


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