AGLI Recortes de Prensa   Domingo 27  Junio  2021

Un Gobierno agotado
Editorial ABC 27 Junio 2021

Desde el revés infligido al PSOE por el PP en las elecciones autonómicas de Madrid, la posibilidad de una crisis de gobierno es una sombra que acompaña a determinados ministros de Pedro Sánchez. Puede que la expectativa de entradas y salidas en el Consejo de Ministros no sea más que uno más de los globos sonda que lanza el gabinete dirigido por Iván Redondo. Nada hace más obediente a un ministro que el temor a un cese. Políticamente España necesita no una crisis de gobierno, sino un cambio de gobierno, pero la condición previa es que Pedro Sánchez dimita y convoque elecciones. Si aplicara un criterio ético a su responsabilidad política, Sánchez tiene muchos motivos para dar por terminada la legislatura. La derrota en Madrid, la fuga de Pablo Iglesias, los indultos a los sediciosos, la gestión de la pandemia, los ridículos diplomáticos, el caos en Interior, las improvisaciones económicas y el descrédito del propio jefe del Ejecutivo son razones que a cualquier gobernante medianamente sensato llevarían a dar la palabra a los ciudadanos. No es el caso de Pedro Sánchez.

Que haya o no crisis de gobierno es, en buena medida, irrelevante, porque hay un problema de fondo, y es el proyecto político personalista y partidista que dirige Sánchez. No es un proyecto para España, es un proyecto para él y su afán de poder. Pero, incluso desde esta óptica egocéntrica, el presidente del Gobierno debería considerar la situación en la que se encuentran determinados ministros. Ya no le sirven de cortafuegos frente a las críticas, porque están literalmente liquidados. Una crisis de gobierno puede servir para relanzar un programa político, para remontar una situación especialmente adversa,o para ganar la confianza de los ciudadanos. En el caso de Sánchez, su problema es la incompetencia acreditada por varios de sus ministros, también coherente con el nivel mediocre de un equipo que nació de la mano de una coalición que está muerta.

Bastaría con señalar a la ministra de Asuntos Exteriores, Arantxa González Laya, o al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, o al de Justicia, Juan Carlos Campo, para que incluso Sánchez aceptara la necesidad de cambios en su equipo. La crisis de Ceuta, las ofensas de Rabat y el patético paseo con Biden son suficientes para marcar el punto final de un servidor público, aunque solo sea por dignidad del propio ministro, en este caso ministra. Grande-Marlaska es un ejemplo enciclopédico de prestigio malversado. Hacía décadas que el departamento de Interior, normalmente receptor de una predisposición favorable de los ciudadanos, no estaba tan identificado con políticas torpes -el cese de Pérez de los Cobos- y antidemocráticas -control en redes y ‘patada en la puerta’- como las que se reflejan en quien hoy es triste recuerdo de quien fue un gran juez. El fracaso en las renovaciones del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional lastran a Juan Carlos Campo, quien se la juega con sus floreadas propuestas de indulto a una banda de golpistas cuya impunidad es de «utilidad pública». No son los únicos que están en el ‘debe’ del Gobierno, pero sí son de los que han concentrado méritos muy graves para un descarte ministerial.

Es cierto que el Gobierno merece una crisis porque no hay país que soporte tanta ineptitud política y torpeza de gestión concentrada en tan pocas manos. A falta de urnas para que el ciudadano juzgue a Sánchez, unos cuantos cambios en el Gobierno al menos permitirían una cierta novedad, eso sí, sin un día de margen, porque Sánchez los ha gastado todos.

(Sánchez y la cultura de la impunidad)
¡Indúlteme, presidente!
EDUARDO INDA okdiario 27 Junio 2021

Uno de los elementos esenciales de una democracia, si no el elemento, es el imperio de la ley. Eso supone, para empezar, que TODO el que la hace, la paga. Para continuar, que TODOS somos iguales a la hora de recibir justicia. Y para terminar que cualquier ciudadano debe ser juzgado por el magistrado predeterminado por la ley, lo cual tiene como obvio objetivo que no se muevan fichas para que te acabe cayendo en suerte un amiguete. Y para que una democracia sea considerada de calidad ha de darse, por ende, una premisa sine qua non: la separación de poderes o, lo que es lo mismo, la independencia judicial.

Todo esto ha quedado destrozado con el indultazo prevaricador de Sánchez a los golpistas catalanes: el presidente se ha pasado por el forro de las gónadas el dictamen unánime del Tribunal Supremo, que abogó por negar la medida de gracia a Junqueras y los otros ocho delincuentes presos —los demás, como Puigdemont, están fugados—. Ha ninguneado a los magistrados que dictaron sentencia, también sin un solo voto particular, a los guardias civiles y policías que investigaron el 1-O, al instructor que se jugó el tipo en el envite, Pablo Llarena, a los constitucionalistas que fueron apaleados por decir “no” a la insurrección y a ese Rey de España que imitó a su padre saliendo a poner orden en medio de un guirigay en el que el Gobierno estaba literalmente KO tras el pollo montado a nivel internacional por las cargas policiales del día de autos.

Lo de Sánchez con la prevaricación es como lo de los tontos con los lápices: le ha cogido tanto cariño que no la suelta así le amenaces con todos los males del averno. El indultazo es otra ilegalidad como la copa de un pino. No lo digo yo, lo afirma taxativamente la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo. Y, no nos engañemos, el indulto, figura medieval donde las haya, es una prevaricación legalizada en buena parte de los casos. Especialmente en aquéllos en los que salvas de una pena de cárcel a un correligionario, al que financió tu campaña, al hijo de un colega o a un socio de gobierno. Este perdón no es, pues, la modernidad magnánima que nos presenta el cínico del presidente sino una antigualla recogida en nuestro Código Penal desde 1870, pero que data de tiempos ancestrales.

Que constituye una prevaricación insultante lo demuestra el hecho de que se incumplen los cuatro requisitos para el nihil obstat: los reos no se han arrepentido ni han pedido perdón, no hay conveniencia pública porque todo responde al interés particular de Pedro Sánchez de mantener el respaldo de ERC en el Congreso, sin el cual tendría que disolver y convocar elecciones, no existe equidad porque hay miles de condenados con más motivos para que se extinga su responsabilidad penal que esta banda, y de la justicia ni hablamos porque queda patente en todos y cada uno de los enunciados anteriores.

El indulto fue concebido para subsanar episodios en los que la lógicamente implacable acción de la Justicia degenera en una injusticia humana supina. Ergo, un padre que acaba enchironado por haber robado para dar de comer a sus hijos, un toxicómano que atraca un banco sin causar heridos para pagarse sus dosis de heroína, otro que comete un delito estando en proceso de rehabilitación o un ciudadano que mató al ladrón que estaba violando a su pareja tras haber allanado su morada. Obviamente, no nació para que privilegiados perdonen a privilegiados. En eso ha terminado un instrumento creado para poner caridad donde sólo había fría justicia.

Las frases vomitadas por ese cursi charlatán que es Pedro Sánchez para justificar la mayor prevaricación de la democracia dan miedo: “La venganza y la revancha no son valores constitucionales”. Lo cual equivale a sacralizar la tan peligrosa como en el fondo tiránica idea de que cualquier condena es una vendetta. Sensu contrario, que todo vale, que esto es la ley de la selva, la de Lynch o la del Talión o que será delito lo que decidan los gobernantes, Terrible porque, echando mano de la perversa dialéctica sanchista, eso podrán argumentar desde un violador en serie hasta un pederasta, pasando por un peligroso terrorista yihadista.

Preveo que a partir de ahora cualquier quinqui echará la instancia del indulto a ver si suena la flauta. Unos con razón y otros sin ella. “¿Qué es más grave?”, reflexionarán, “¿robar en el súper de al lado de mi casa o dar un golpe de Estado?”. “¿Por qué a mí no me lo van a dar si lo hice por necesidad y ellos por ese placer que otorga acumular poder?”, abundará. Y, acto seguido, se dirigirá al presidente del Gobierno con una frase que va camino de convertirse en dogma de fe dado el relativismo moral que impone el pensamiento único: “¡Indúlteme, presidente!”.

Lo mismo sucederá con el tipo al que trincaron conduciendo borracho como una cuba en sentido contrario tras provocar unos cuantos accidentes. “¡Indúlteme, Sánchez!, bebí porque era la boda de uno de mis hijos”. Lo mismo se le ocurrirá al hombre al que enchironaron por revelación de secretos tras haber hackeado y difundido a los cuatro vientos el contenido del mail del jefe que le puteaba. “¡Sánchez, indúlteme, que lo mío tampoco era para tanto, mi víctima era un cabrón y un fascista!”.

¿Por qué no se va a beneficiar de la gracia presidencial el padre que se tomó la justicia por su mano con el pederasta que estaba abusando de uno de sus vástagos y al que se le aplicaron un sinfín de atenuantes pero ninguna eximente? “Presidente, póngase en mi lugar e indúlteme. ¿Qué hubiera hecho usted si ve como un tipo está agrediendo sexualmente a su hijo?”, podrá argumentar el hombre, que lleva una temporadita a la sombra por hacer lo que seguramente haría cualquier padre en una situación límite. Y ese delincuente ambiental que taló cientos de árboles de su finca, urbanizó en un área protegida y ahora está en el hotel rejas, también tendrá el mismo derecho a gritar a los cuatro vientos la máxima de moda: “¡Presidente, indúlteme!”. Porque lo suyo, con ser grave, lo es menos que robar sediciosamente la democracia a tus conciudadanos.

Un defraudador tendrá la misma tentación tras verse recluido en Soto del Real por estafar 3 millones con el IVA. “Estos robaron más dinero público que yo para perpetrar el 1-O y yo estoy en la trena y ellos en la calle. ¿Cómo se come esto”, pensará, instantes antes de dirigirse a su abogado para que ponga forma a una frase que empieza a tomar modos y maneras de himno: “¡Presidente, indúlteme!”. El mismo aserto saldrá de la boca del matón de discoteca que pegó un puñetazo a un cliente con tan mala suerte que cayó y se desnucó al impactar sobre un bordillo.

Claro que por la infame regla de tres del impresentable presidente, y llevando la cuestión de la venganza al paroxismo, también podrían exclamar “Presidente, indúlteme” el repugnante asesino de Diana Quer, El Chicle; el condenado por la muerte de Marta del Castillo, Miguel Carcaño; ese psicópata que quitó la vida a sus hijas con una radial, David Oubel; el malnacido que mató a cañón tocante a Miguel Ángel Blanco, Txapote; o los autores del 11-M o de la matanza de La Rambla el 17-A de 2017. Servidor, que afortunadamente atesora unas coordenadas morales antagónicas a las de nuestro protagonista, sólo desea que estos hijos de perra se pudran en la cárcel. Y si palman tampoco perdemos mucho.

Y ya puestos, visto lo visto con esta diabólica cultura de la impunidad, cualquier ciudadano experimentará la tentación de pegar un palo en el banco de la esquina para tapar los agujeros que está dejando la crisis provocada por el virus chino, ya que siempre nos quedará Sánchez para indultarnos. Yo, desde luego, aprovecho esta atalaya para rogarle al marido de la catedrática fake que me indulte de pagar la Renta el próximo miércoles. Tanto el arriba firmante, como millones de compatriotas, gozamos de mejores expedientes morales y legales que esos tejeritos catalanes que son más feos que Picio —otro indultado, por cierto, y no es broma— y no los seres superiores que nos vendían. ¿Es la fiscalidad un acto de venganza, señor presidente? Más allá de la chanza y la ironía, la moraleja es aterradora: esto se parece cada vez menos a una democracia y más a esa autocracia que es el camino de paso a una dictadura de facto. Que se lo digan a turcos y rusos. La ley en España es papel mojado, un elemento que emplea a su capricho el presidente menos votado desde 1977. De todo esto, que muchos toman a beneficio de inventario “porque al final no pasará nada”, hablaremos largo y tendido el próximo domingo. Que no es ninguna broma.


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Indultados y humillados
Jesús Cacho. Vozpopuli 27 Junio 2021

“En esa cárcel se negociaron indultos”, decía Albert Rivera desde su escaño el 31 de octubre de 2018, dirigiéndose directamente a Pedro Sánchez. “En esa cárcel se negociaron prebendas, en esa cárcel se negoció impunidad. Señor Sánchez, yo le pregunto [sí, usted ríase pero a mí no me hace ni pizca de gracia], ¿usted va a prometer indultos a los que han intentado romper nuestra democracia? Es muy fácil: ¿sí o no? Y ya le digo yo lo que va usted a hacer si no me contesta: evidentemente lo va a hacer, ¿y sabe por qué? Porque usted no tiene escrúpulos, porque a usted le vale todo por estar un cuarto de hora más en Moncloa, y porque el señor Iceta ya dijo en campaña que había que indultar a los que habían dado un golpe contra la democracia; también lo dijo la señora Cunillera, que también es del Partido Socialista y ustedes callan y otorgan. A mí me da vergüenza que los Presupuestos de mi país se negocien en una cárcel, señor Sánchez…”. En su respuesta, el aprendiz de sátrapa negó con vehemencia la acusación de los indultos: “Falso es falso, no es no, y nunca es nunca”. ¿Quién podía imaginar que casi tres años después este hombre todo virtud, este personaje anclado a la verdad como una roca, traicionaría a la mayoría de españoles indultando a los delincuentes que le mantienen en el poder?

Tenía razón Rivera, quizá el político español que más rápida y profundamente llegó a calibrar la catadura moral del personaje que hoy ocupa la Presidencia del Gobierno. Conviene regresar, siquiera incidentalmente, a lo que en economía se llaman los “fundamentales”. Sánchez firmó un pagaré la tarde noche del 31 de mayo de 2018 con los socios -los separatistas de ERC y los herederos de ETA (EH Bildu), además del nacionalismo vasco de derechas (PNV)- que le ayudaron a ganar la moción de censura contra el Gobierno de Rajoy, pagaré que debe ir pagando en los plazos que sus acreedores reclamen. Porque si incumpliera sus compromisos de pago, al día siguiente tendría que disolver las Cortes y convocar elecciones generales. Esta es la pura realidad, la atroz encarnadura que mantienen a la nación atada a “Sánchez y su banda”, en feliz expresión también de Rivera. Esta es la cuerda con la que el personaje y su partido, el PSOE, decidieron ahorcarse y de la que un día no lejano acabarán colgando, que nadie lo dude, pero es una cuerda que van a pagar a muy alto precio España y los españoles. Y todo lo ocurrido esta semana, en realidad todo lo que viene sucediendo desde finales de mayo del 18, además de todo lo que va a ocurrir tras la concesión de los indultos, todo, está anclado, fundido en piedra como la espada Excálibur, a la moción de censura.

Asistimos al final del régimen del 78 y la apertura de un periodo de incertidumbre que nadie sabe bien a dónde nos conducirá. Es el sometimiento de uno de los grandes Estados europeos de siempre a las ambiciones de un solo personaje. Con la coda de que la humillación a la nación de ciudadanos libres e iguales, el sacrificio al prestigio de España y el golpe mortal a su sistema judicial, no van a servir de nada, porque no se puede convencer a quien ha hecho del odio a España su medio de vida. Muchos españoles estarían encantados en reconocer su error y, llegado el caso, celebrar con general volteo de campanas la evidencia futura de que la gracia concedida sirvió para cerrar heridas, tender puentes y empezar a caminar por esa senda de concordia que Sánchez se ha encargado de pregonar estos días. Y, de hecho, han sido tantas las toneladas de estiércol propagandístico vertidas sobre la ciudadanía que muchos españoles de buena voluntad han terminado por comprar la mercancía, dispuestos a dejarse seducir por la eventualidad de ese arreglo milagroso. Cualquiera, sin embargo, que conozca mínimamente el paño sabe que no está en la naturaleza del nacionalismo dar marcha atrás, como los propios indultados se han encargado de dejar bien claro en la desafiante puesta en escena de su excarcelación. Indultados, unos pocos; humillados, casi todos.

Para una mayoría de catalanes que vienen soportando el flagelo nacionalista, los indultos han supuesto apurar el cáliz de la marginación a que vienen sometidos desde tiempo ha. “Como ocurría con Franco, en Cataluña se puede vivir bien si no te metes en política, si no te enfrentas al nacionalismo hegemónico. Si te conviertes en una sombra que se dedica a ir y venir al trabajo y hacer tu vida con tu familia mirando hacia otro lado. Pasas de política. Llevamos ya muchos años de sometimiento, de no contar para nadie. Muchas broncas familiares, muchos lazos afectivos rotos, mucho resquemor, muchas algaradas, muchos contenedores ardiendo en la calle y en las conciencias. Oponerse al nacionalismo supone tener cierta madera de héroe y exponerte a la marginación o a algo peor. Y luego está el abandono, esa sensación de traición por parte de los gobiernos de Madrid. A quienes nos sentíamos españoles además de catalanes, siempre nos han dejado en la estacada. Toda traición ha tenido su relato. De modo que hoy toca comernos en silencio la rabia de este nuevo atropello y pasar página. Mañana será otro día, agosto está a la vuelta de la esquina y con él las vacaciones. Lo único que tengo que decidir con mi familia, como les ocurrió a tantos judíos en la Alemania nazi, es en qué momento vamos a irnos de Cataluña y a dónde. Los héroes han muerto, y aquí lo han hecho a paladas”.

No es el final de nada. Es, desde luego, la puerta que se cierra al sistema del 78 y la apertura de otra que nos conduce al museo de los horrores de ese referéndum de autodeterminación que vienen reclamando los separatistas y que, más pronto que tarde, Sánchez otorgará sin la menor duda en tanto en cuanto suponga una exigencia inexcusable de sus socios para seguir sosteniéndole. Ya se han encargado ellos de aclarar estos días a qué tipo de referéndum se refieren: “Un referéndum de autodeterminación que conduzca a la independencia de Catalunya”, que no les vale cualquier otro que puedan perder. Es la culminación de la deriva iniciada en 2004 por Zapatero, el desmantelamiento de la España constitucional y el inicio de un camino que debería conducirnos, de la mano de Iceta y del PSC, a esa república federal o confederal que supondrá el final del periodo de convivencia más largo y fructífero que ha conocido la historia de España. Ahora mismo Sánchez y su banda ultiman en el Congreso el desguace de la reforma que en 2015 llevó a cabo el Gobierno de Rajoy para dotar al Constitucional de poderes ejecutivos para hacer cumplir sus sentencias. Desmontar las instituciones del Estado, vaciar la Constitución. Sánchez y su banda necesitan preparar el terreno para que los acuerdos que se puedan alcanzar en esa vergonzante mesa de diálogo que proyectan al margen del Parlamento no choquen frontalmente con la obligación del alto tribunal de interpretar las leyes conforme a los principios constitucionales. El bergante está haciendo lo mismo que el separatismo hizo en las jornadas del 6 y 7 de septiembre de 2017 en el Parlament de Cataluña. Para gobernar como el autócrata que de hecho es, necesita terminar de someter a la Justicia. Hasta ese punto llega su hermanamiento con los golpistas. Como ellos, le urge cubrirse ante la eventualidad de, un día no lejano, ir a parar a la cárcel por el crimen contra la nación que está perpetrando.

La propaganda gubernamental, siempre tan poderosa, ha iniciado ya el cerco a los partidos opuestos a los indultos, particularmente al PP, la parte más débil de la cadena de rechazo una vez Ciudadanos reducido a un papel meramente testimonial. El diario gubernamental desbarraba el jueves sobre “la soledad del PP”, y el director de La Vanguardia iba más lejos, dispuesto a perdonar a Casado su extravío y devolverlo a la casa del padre: “Reencontrar a los populares”. Y claro que hay alternativa a unos indultos que, en fondo y forma, no son otra cosa que el salvavidas que el felón que ahora ocupa la presidencia lanza –sociedad de socorros mutuos- a un movimiento fragmentado y en claro retroceso que apenas representa al 25,8% del censo electoral (todo el separatismo, incluyendo al PDeCAT y otros grupúsculos que no obtuvieron representación el 14 de febrero pasado) en las últimas autonómicas, frente al 37% del censo que lograron en diciembre de 2017. Un movimiento xenófobo y supremacista que apenas representa el 18,66% de la población total de Cataluña. Cifras, no elucubraciones. Un movimiento al que solo la debilidad extrema –en eso tiene toda la razón Oriol Junqueras- de un Estado caído en manos de un forajido y su banda va a permitir recuperar resuello.

En Cataluña se ha intentado todo y por su orden, y todo ha fracasado. Se ha intentado todo menos hacer cumplir la ley. Desde hace mucho tiempo vengo escribiendo que el de Cataluña es un problema de democracia, de ausencia de democracia arteramente sustituida por el diktat nacionalista con la connivencia dolosa de los gobiernos centrales. La dictadura del separatismo, la impunidad de los Jordis. Se trataría de algo tan elemental como de darle una oportunidad a la democracia, lo que implicaría intentar gobernar para el 100% de los catalanes o por lo menos para el 81,34% de la población que en febrero pasado no votó por la independencia y que son tratados como extranjeros por la minoría opresora que se ha adueñado de las instituciones catalanas. La abrumadora evidencia de esos porcentajes no hace sino poner de relieve la monstruosidad perpetrada por Sánchez con unos indultos que no solo no van a resolver el contencioso, sino que van a dar nuevo impulso a un “procès” que había entrado en vía muerta y caminaba hacia la extinción. Gobernar para la mayoría de los catalanes, en la convicción de que siempre habrá un porcentaje de entre un 15% y un 20% de nacionalistas con quienes será preciso seguir practicando la famosa “conllevanza”.

Lo que no puede hacer nunca un Estado con siglos de historia detrás como el español, un Estado que se respete a sí mismo, es rendirse ante la tropa de desalmados que esta semana y a su salida de la cárcel recibían el regalo del indulto con todo tipo de bravuconadas e improperios contra el otorgante de la dádiva y lo que él, por desgracia, representa. El enemigo de España no es Puigdemont, ni Junqueras, ni los Jordis, ni su prima la de Vic, una tropa que en el vecino país del norte ni siquiera serían un grano en el culo de la República Francesa, fácilmente extirpable. El enemigo de España se llama Pedro Sánchez Pérez-Castejón, un adversario, conviene no olvidarlo, ciertamente formidable, un tipo muy peligroso, un profesional de la mentira, un psicópata del poder que hará cualquier cosa, aceptará cualquier compromiso, romperá cualquier norma, para seguir en el poder; un aventurero sin escrúpulos, conviene también recordarlo, dispuesto a convertir nuestra feble y doliente democracia en un sistema más parecido al de la Rusia de Putin o a la Turquía de Erdogan que al de las democracias europeas de nuestro entorno. Pedro Sánchez y el PSOE, un partido que al tolerar y sostener a este personaje cierra el círculo de oprobio de su hoja de servicios a España.

Un enemigo formidable que no se rige por norma moral alguna. Sánchez sabe que, con un BCE dispuesto a seguir comprando la deuda que el tesoro público emita, tiene la legislatura garantizada más allá de la eventual prórroga de los PGE. Pero Su Sanchidad no está pensando en 2023, sino en una fecha mucho más lejana. Él está pensando en una democracia meramente nominal, una democracia vaciada de contenido, con elecciones cada 4 años que la claque del IBEX y una mayoría de medios, públicos y privados, le ayudaría a ganar cómodamente. El destrozo podría resultar irreparable. No lo tendrá fácil. Los sondeos indican que el PSOE sigue cayendo y que la credibilidad entre los votantes del tiranuelo engolado está por los suelos. Por encima de la fantasmagoría de medios adscritos al poder, por encima de la vergonzante rendición del episcopado, por encima de un empresariado que ha decidido ponerse de alfombra en espera del qué hay de lo mío, está la opinión de una calle que ha sentido los indultos como una profunda humillación y no parece dispuesta a rendirse. Se trata, Pablo, de no rendirse, de mantenerse firme, de atarse al palo mayor del futuro de este gran país y no escuchar los cantos de sirena de tanto Garamendi con rodilleras como pulula por Madrid dispuesto a susurrarte al oído que cedas y colabores en la tarea de demolición. Como heredero que eres del infame Rajoy y sus Sorayas, es un compromiso que le debes a la ciudadanía, si quieres que los que abandonaron el PP avergonzados con Rajoy y el partido vuelvan a votarte un día. Ha llegado tu hora.

El PSOE nos lleva a otro 1934. ¿Son conscientes Casado y Abascal?

Federico Jiménez Losantos. Libertad Digital 27 Junio 2021

El 22 de Junio de 2021 debería recordarse, según Rosa Díez, como El Día de la Infamia, porque en él se consumó la traición de Sánchez a su juramento como presidente del Gobierno al indultar ilegalmente a los golpistas catalanes, sus socios. Por desgracia, es sólo el primero de los delitos necesarios para la destrucción del régimen constitucional de 1978. Detrás, "no por valentía, sino por necesidad", como le recordó el monigote Rufián en su grotesco autobombo parlamentario, vendrán la amnistía y el referéndum de autodeterminación de Cataluña, remate del "reencuentro". Y como todo lo que piensa hacer en esta legislatura es ilegal, y como todavía no puede prescindir de las urnas, se la jugará en las Elecciones Generales.

Dos errores de apreciación en la Derecha
Este PSOE es el de Largo Caballero y Zapatero, de Negrín y Álvarez del Vayo, de Roldán y los GAL, y desde 2004 es siervo político del PSC de Montilla y Maragall, de Illa y del increíble Hulk Iceta ("no ha nacido el que pueda humillarme a mí ni a España", dijo, mientras nos humillaba a todos). Con Sánchez que, como los buitres, ha vuelto a Cuelgamuros buscando carroña para su Memoria Cacacrática, el partido exhibe el mismo rasgo diferencial que desde que Pablo Iglesias lo fundó y llegó a las Cortes ha mostrado: la convicción absoluta de ser el único que puede ejercer legítimamente el Poder.

Y como sucede que, donde hay elecciones, a veces se gana y a veces se pierde, lo que ha caracterizado siempre al PSOE es que, ya instalado en el Poder no lo quiere soltar y recurre a lo que sea para conservarlo; y si lo pierde, busca recobrarlo a toda costa mediante la violencia o la guerra civil.

Sin entrar en lo ideológico o lo patriótico, Casado ha cometido dos errores de cálculo, personal y de partido, que Sánchez le permite enmendar. El primero, creer que a Sánchez se le podría suceder como Gobierno, igual que Rajoy sucedió a Zapatero por la ruina en que se sumió su legislatura. Si algo ha quedado claro es que Sánchez encarna ya un cambio de régimen, de forma que sólo le puede suceder alguien dentro de ese cambio de régimen, lo que excluye a PP y a Vox. Lo único que puede reemplazar, no suceder, a Sánchez es la recuperación del asediado régimen constitucional de 1978. El PP no puede figurar en esa traición a España, aunque quisiera, porque no se le admite en el conjunto de fuerzas antiespañolas que lo llevan a cabo. Su papel sería, en todo caso, aceptar la confederación de repúblicas venideras. Y para ese momento ya no bastaría el PP sino un frente mucho más amplio.

El segundo error, nacido del primero -volver a la táctica de Rajoy de no desgastarse en la oposición al PSOE y esperar su desgaste en el Poder-, partía de creer que Sánchez no se atrevería a ir a un cambio de régimen. Y se ha atrevido. Los indultos no dejan lugar a dudas por algo que explicaba ayer muy bien Redondo Terreros: si quisiera simplemente negociar con los golpistas, habría organizado la mesa bilateral con los indultos como pieza básica de la negociación. Al indultar antes de dialogar, se ha quedado sin otra materia negociable que la amnistía y el referéndum de independencia.

La segunda oportunidad para Casado
El líder histórico del PSE -defenestrado por González y Cebrián, no se olvide, antes de llegar Zapatero y para volver a pactar con el PNV y los nacionalistas- achaca esa torpeza de poner los bueyes delante del carro a la improvisación típica de Sánchez, a sus zigzagueos tácticos y a su ejecución zarrapastrosa. Pero eso no afecta al hecho fundamental: el Gobierno quiere jugar dentro del terreno del golpismo, porque Sánchez siempre lo quiso así. A estas alturas, eso ya no ofrece lugar a dudas, y si Casado aún las tuviera, debería acudir a la ONCE, porque sería incapaz de ver lo que tiene delante.

Ayer explicó Javier Somalo en La soledad de Casado la situación en que el apoyo de empresarios corruptos y medios abyectos al golpe de Sánchez deja al PP, que paradójicamente es de obligada resurrección. O se rebela contra los que le ordenen que se haga un Garamendi o hace lo que debería haber hecho ya hace meses, pero para lo que la radicalización de Sánchez y la aceleración del proceso separatista dirigido desde Moncloa le brinda otra oportunidad: forjar un pacto estratégico con Vox y Cs, cuya dirección correspondería lógicamente al PP, pero con un programa común. Lo de Cs es requisito técnico. Está claro que no sólo la derecha sino la resistencia a la destrucción del orden constitucional y de la propia Nación tiene dos fuerzas, cuya asociación galvanizaría a esa parte de la sociedad no identificada con el PP o Vox pero que ve que Sánchez nos lleva al desastre.

¿Será capaz Casado de creer en sí mismo como líder de la resistencia contra el sanchismo, que empieza, véase Madrid, por defender a su único aliado, o seguirá jugando al centrismo anti-Vox como le ordena PRISA? Lo cierto es que la aceleración del proceso es tal que, incluso los que creyeron en la estrategia del caracol -lentitud, baba y paciencia-, se ven atropellados. Lo único que cabe recordar, aparte de que una vez hubo un Casado que fue capaz de ilusionar a los enemigos del socialismo y el comunismo, es lo que el PSOE ha hecho en otra ocasión demasiado parecida a ésta: 1933-1934.

La rebelión del PSOE contra la II República
En el excelente resumen de su ineludible trilogía sobre los orígenes de la Guerra Civil, La Segunda República Española (La Esfera, 2020), Pío Moa aborda el tránsito fatal de una república sólo para republicanos a una rebelión contra esa República porque las elecciones de final de 1933 las ganó la Derecha con dos grandes partidos: Partido Radical y la CEDA. El golpe de 1934, organizado en toda España por el PSOE y en Cataluña por la Esquerra Republicana de Companys, fue contra un régimen en el que era posible la alternancia. La excusa, que la CEDA era fascista, no resistía el más mínimo análisis, pero ¿cuándo se ha preocupado de decir la verdad la Izquierda? Y menos, si antes de las elecciones de Noviembre, en Agosto de 1933, el PSOE había decidido en su congreso que la única vía política aceptable ya para el PSOE era la dictadura del proletariado, o sea, la suya.

Alcalá Zamora, desde la presidencia, saboteó mediante toda clase de subterfugios "moderados" la formación del único gobierno lógico y sólido salido de las urnas, el de la CEDA y el Partido Radical. La CEDA, afligida por la prudencia vaticana, no reclamó aquello a lo que tenía derecho, que era entrar en el Gobierno, y como los radicales no sabían qué hacer, al final formaron un gobierno débil, sin la dirección que las dos fuerzas políticas debían darle. Naturalmente, llegó el golpe de Estado. Y fue derrotado. Pero en lugar de ilegalizar a los partidos golpistas y condenar a las máximas penas a los que con el Golpe habían provocado más de mil muertos, los jueces los medio indultaron en 1935 y, en 1936, se autoindultaron del todo, tras robar las elecciones y encaminarse, como habían anunciado detalladamente, a la guerra civil.

Es muy posible que dentro de dos años el PP y VOX puedan formar Gobierno. ¿Y qué que harán el PSOE y sus socios? Naturalmente, alzarse contra "una monarquía que no nos representa", "un régimen en el que no caben nuestras aspiraciones" y "el gobierno fascista del PP y VOX". ¿Han pensado en ese escenario Casado y Abascal? Pues deberían. Es el más verosímil, si no el único. Y sobran precedentes: comunistas y separatistas de la mano del PSOE. Como decía Valle Inclán, "¡Viene en la Historia!".

OPortunidades Perdidas. Para ya de rePetir el mismo error
Nota del Editor 27 Junio 2021

El PP ha demostrado en todas las ocasiones que no tiene principios buenos, malos todos, y por tanto tiene que desaparecer. Hay que apoyar a Vox sin fisuras; esperar que el PP haga algo por España es una vana ilusión. Y si alguien piensa en el PP del tal Núñez, que se de un paseo por Galicia disfrazado de español hablante.

Los indultados siguen siendo delincuentes
Pablo Sebastián republica 27 Junio 2021

Los indultos de cárcel concedidos por el Gobierno de Pedro Sánchez a nueve de los golpistas catalanes del procés, Junqueras, Forcadell, Rull, Turrull, Romeva, Sánchez, Cruixart, Forn y Basa, constituyen un ataque frontal al Estado de Derecho y a la legalidad por cuanto los indultos no cumplen con los requisitos que exige la ley de: ‘Justicia, equidad, utilidad pública, arrepentimiento y no reincidencia’.

Al contrario los indultos, que el Gobierno ubicó en un impostado objetivo de ‘concordia’, solo responden al interés del presidente Sánchez de seguir en el poder con el apoyo de ERC, como se lo recordó Rufián en el Congreso.

Lo que ahora obliga a Sánchez a ejercer presión sobre el Tribunal Supremo, y también contra el Tribunal de Cuentas, para impedir que ambos tribunales anulen los indultos y no obliguen a pagar la malversación del dinero público despilfarrado en la propaganda internacional del golpista procés.

Esto es lo que ocurre y ante lo que estamos. Y ningún argumento político o maniobra de distracción del Gobierno de Sánchez, el PSOE o de sus aliados de UP, ERC, Bildu y PNV, pueden ocultar la flagrante realidad de que los indultados Junqueras, Forcadell, Rull, Turrull, Romeva, Sánchez, Forn, Cruixart y Basa son delincuentes y reos por los delitos de la sedición, malversación y desobediencia, los que va a figurar para siempre en su currículum penal.

Y esto es lo primero que hay que recordar y decir ante cualquier alusión o comentario sobre los indultos, vengan del gobierno de Sánchez o de sus simpatizantes y ahí incluidos los empresarios, los obispos y los medios de comunicación catalanes, cómplices o con disimulo.

Los nueve indultados, hay que repetirlo hasta la saciedad, no son héroes de nada sino una banda de delincuentes que además siguen inhabilitados y bajo vigilancia ante su posible reincidencia. Y ellos fueron condenados por golpistas sediciosos, malversadores ladrones y, en suma, por enemigos declarados de la democracia que violentaron revolviéndose contra Estatuto, la Constitución y el Código Penal.

Y no hay compromiso más alto ni admirable ni encomiable en un país, que se dice democrático, que el que se tiene con el Imperio de la Ley y con el orden constitucional. Y cero valor tiene la cacareada ‘concordia’ de Sánchez que los golpistas indultados han rechazado con mofa nada más salir de la cárcel. Y que solo es un espantajo con el que se pretende camuflar el ‘auto indulto’ del presidente -así lo llamó el Tribunal Supremo- y su ‘desviación de poder’ -así la llamó la Fiscalía del Supremo-, para permanecer Sánchez dos años más en el poder.

Los indultos de Sánchez han causado un daño irreparable a la Justicia de este país y especialmente al Tribunal Supremo, dentro y fuera de España. Y a esta Corte le toca, en su Sala Tercera de lo Contencioso Administrativo, dar respuesta a este atropello a través de los ‘recursos’ presentados y sean las que fueren sus consecuencias políticas una vez que los golpistas ahora disfrutan de una inmerecida libertad.

Lo cierto es que el Gobierno quiso alterar la sentencia del Tribunal Supremo sobre los autores del golpe catalán y es el Tribunal Supremo el que ahora debe responder frente a esta ‘desviación de poder’, reponiendo en su sitio la independencia de la Justicia y el Estado de Derecho que se han pretendido derogar

La ruptura del pacto con las víctimas
Editorial La Razón 27 Junio 2021

La ausencia, un año más, de las principales asociaciones de víctimas del terrorismo en el acto institucional del Congreso de los Diputados, donde reside la representación por excelencia de la soberanía nacional, supone la quiebra del pacto no escrito entre el conjunto de la sociedad española y aquellos de sus ciudadanos que sufrieron directamente los embates del terror y que, desde la confianza en la fuerza de la Ley y en la justicia de su causa, sostuvieron la dignidad de la nación y contribuyeron con su firmeza y su ejemplo a la consolidación de nuestro sistema de libertades.

Ese pacto tenía uno de sus sostenes en la representación parlamentaria, articulada a través de unas formaciones políticas mayoritarias que habían hecho posible la firma del gran acuerdo antiterrorista y, con él, forjado un instrumento de unidad que, con todos los desencuentros puntuales que se quieran subrayar, fue decisivo en la derrota de la banda porque, entre otras cuestiones, ponía a las víctimas en el centro del debate y negaba la legitimidad de ejercicio institucional a quienes justificaban y amparaban la violencia. Por supuesto, no hablamos de lejanas épocas pretéritas ni de una memoria histórica dictada desde viejas ideologías porque la inmensa mayoría de los españoles conoce de primera mano lo que fueron aquellos años de pesadilla, cuando se intentó poner de rodillas a la sociedad española y destruir su democracia, en nombre del separatismo vasco.

De ahí que sea inaceptable, no sólo para las víctimas, el trato político con quienes, hoy, representan todo lo que fue el conglomerado etarra y pretenden desde la más burda de las falsificaciones blanquear una trayectoria criminal e imponer una versión de los hechos que equipara a las víctimas con sus verdugos. Los mismos que se jactaban de «socializar el sufrimiento» y asesinaban niños, y que no sólo no muestran el menor arrepentimiento ni se avienen a pedir perdón, sino que se ofenden cuando se les emplaza a responder de sus responsabilidades.

Con ellos está negociando el Gobierno de Pedro Sánchez contrapartidas en la política penitenciaria que violan el acuerdo de Estado y ofenden a la mayoría social. Que las víctimas se nieguen a legitimar con su presencia en las Cortes a unos individuos que jalearon o justificaron el crimen y que se niegan a colaborar con la Justicia para esclarecer más de 300 asesinatos no puede interpretarse más de una manera: la defensa de la dignidad.

Las víctimas ante la humillación de Sánchez: “Se ha reído de nosotros. Es un mentiroso”
Susana Campo. C. S. Macías. La razon 27 Junio 2021

Son numerosas las veces que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez ha tratado de «dulcificar» el verdadero relato del terror. Mientras busca la foto en la réplica del zulo de Ortega Lara, «apisona» armas como símbolo del fin de ETA o participa en homenajes a las víctimas, mantiene su mano tendida a los herederos de Batasuna; continua, cada «viernes de dolores», con el goteo de traslados de presos y culmina la cesión de las cárceles al País Vasco. Por ello, hoy, la mayoría de las asociaciones de víctimas, las más representativas, no acudirán al acto institucional que, como cada 27-J se celebra en el Congreso para homenajearlas. Estarán fuera, en la puerta de los Leones, protestando por las reiteradas humillaciones y el abandono que sufren.

LA RAZÓN reúne telemáticamente a tres víctimas para dar voz a su indignación y lo que significa ser víctima con los tiempos del Gobierno de Pedro Sánchez.

Desde Calahorra, nos atiende Charo Cadarso. Su padre, el teniente coronel de la Guardia Civil, Luis Cadarso, fue asesinado en Basauri el 14 de abril de 1981. Ese día se dirigía al kiosko de prensa cuando se le acercaron dos hombres y una mujer y le descerrajaron cuatro tiros a bocajarro: dos de ellos le alcanzaron en la cabeza y el corazón. Murió en el acto. Además, su marido también sufrió un secuestro. A ella y a su familia les echaron del País Vasco y un año después del cruel atentado se trasladó a La Rioja.

En Logroño reside Matilde Atarés Ayuso. La imagen de su madre, María Luisa Ayuso, ante el cadáver de su marido simbolizó para muchos uno de los momentos más duros de la historia del terrorismo etarra. A su padre, el general de la Guardia Civil Juan Atarés, le dispararon por la espalda cuando paseaba por Pamplona, cerca de su casa, el 23 de diciembre de 1985.

Y, desde Madrid, nos recibe Javier Tejedor Prieto. A su padre lo asesinaron en la Plaza Cruz Verde, en la capital madrileña, el 6 de febrero de 1992.

Durante la conversación, los tres coinciden en subrayar el abandono y la humillación que sienten con este Gobierno. «Me he sentido desde el principio, realmente engañada», dice Matilde. «Se ha reído de las víctimas. Creo que no estoy insultando sino diciendo la verdad, es un mentiroso», añade.

Los pactos del Ejecutivo de coalición con EH-Bildu marcaron un punto de inflexión: Habían convertido a Arnaldo Otegi en un «hombre de Estado», el interlocutor que ahora, tras los indultos del Gobierno a los presos condenados por el «procés» ha visto una nueva vía para presionar al Ejecutivo y pide la excarcelación de todos los presos de ETA. Charo, Javier, y Matilde temen que este sea el siguiente paso. «Se ríen de nosotros. Todos los viernes hay acercados. Primero es el indulto a los catalanes y luego vendrá el de los vascos», advierte Javier quien teme que la frase de Sánchez cuando, justificó la concesión de la medida de gracia con que en el pasado lo «útil era el castigo» y ahora es «perdonar» puede llegar a aplicarse a las víctimas: «¿Perdonar a quién? ¿A quiénes? ¿Para mantenerse en el poder?»

Además, destaca que, el Gobierno, lo primero que tendría que haber hecho es «perseguir los actos de enaltecimiento del terrorismo: cumplir la ley». Bildu, que hoy estará en el homenaje a las víctimas en el Congreso, subraya «aún no ha condenado los asesinatos».

Charo se siente «totalmente abandonada» y carga contra el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, porque no entiende cómo ha pasado de juzgar a etarras y apoyar a las víctimas a acercar al País Vasco a decenas de terroristas, muchos de ellos con delitos de sangre a sus espaldas. «Sánchez es un mentiroso que ha faltado a su verdad. Es una cosa que llevamos viendo por sistema.

Precisamente, hacia la figura del titular de Interior se dirigen, en gran medida, el grueso de las críticas de las víctimas. «Yo lo conocí como juez en el juicio de mi padre que fue en 2005, pese a que el atentado fue en enero del 81», recuerda Charo. Su proceso judicial ha durado casi tres décadas, un ejemplo más del calvario, en este caso, judicial, que ha tenido que soportar. «El señor Marlaska vino a hablarnos. Él no juzgaba, ya que era Javier Gómez Bermúdez, pero se acercó a hablar con nosotros, con las víctimas. Era algo ejemplar. Pero, una vez que ha entrado en política ya no le reconozco». Además, apunta que el hoy titular de Interior se compró entonces una casa en Ezcaray (La Rioja) a la que, siendo juez, no podía ir «porque estaba amenazado por ETA». «En aquel momento pensé que este juez tenía las cosas claras, pero ahora no le reconozco. Las víctimas no hemos elegido ser víctimas. Los asesinos han elegido ser asesinos. Esos valientes que mataban por la espalda eligieron ser así», continúa Charo.

El olvido que denuncian las víctimas no solo es institucional, también, indican, es económico y psicológico. Charo, Matilde y Javier subrayan la escasez de ayudas para las víctimas, especialmente para los heridos que tras sufrir las atrocidades del terrorismo hace años viven, a día de hoy, con secuelas tanto físicas como mentales. «Si no es por las asociaciones, caeríamos en el olvido porque no tenemos ni ayudas psicológicas ni laborales», explica Javier.

El 3 de mayo de 2018, la organización terrorista ETA anunciaba «el final» de su trayectoria de sangre y dolor. Con un escueto comunicado daba carpetazo a 59 años de trayectoria criminal, con más de 3.000 atentados, 864 asesinados y 7.000 víctimas a sus espaldas. Han pasado solo tres años desde entonces y las víctimas advierten de que están ganando la batalla del relato y la memoria. «Se está perdiendo la memoria porque olvidamos fácilmente», dice Matilde. Prueba de ello, es que seis de cada diez españoles no saben quién fue Miguel Ángel Blanco, los jóvenes desconocen qué es ETA. «En España se está tapando esta parte de la Historia y parece que hay que echarle tierra encima como para que se olvide rápido y parezca cómo que aquí no ha pasado nada», alerta Javier. Las víctimas, seguirán alzando la voz por los que ya no están

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