Recortes de Prensa Lunes 5 Enero 2026
Europa
Zelenski,
sobre la operación: "EEUU sabe qué es lo próximo que hay que
hacer"
Zelenski se refirió con ironía a la
operación estadounidense para apresar y juzgar a Nicolás
Maduro.
Libertad Digital. 5 Enero
2026
El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, se ha referido a preguntas de la prensa a la operación estadounidense para derrocar y apresar a Nicolás Maduro.
"Bueno. ¿Qué puedo decir? Si puedes tratar a los dictadores así, entonces Estados Unidos de América sabe qué hacer después", ha afirmado Zelenski en declaraciones a la prensa tras reunirse con asesores de seguridad europeos desplazados a Kiev, en clara alusión a Vladimir Putin.
Zelenski recibió este sábado a asesores de seguridad nacional de la coalición de países voluntarios para contribuir a la paz en Ucrania, con representación de Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, España, Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, Finlandia, Canadá, Países Bajos, Suecia, Noruega y Dinamarca, así como de la OTAN, el Consejo Europeo y la Comisión Europea.
Previamente, el Gobierno ucraniano había defendido que Venezuela tenga "una oportunidad de libertad". "El pueblo de Venezuela debe tener la oportunidad de una vida normal, con seguridad, prosperidad y dignidad humana. Vamos a seguir apoyando su derecho a esa normalidad, respeto y libertad", afirmó el ministro de Asuntos Exteriores, Andrii Sibiha, en un mensaje publicado en la red social X.
Sibiha destaca que "Ucrania, como decenas de países, no ha reconocido la legitimidad de Maduro tras las elecciones fraudulentas y la violencia contra manifestantes", en referencia a las elecciones del 28 de julio de 2024.
"Países democráticos y organizaciones de derechos humanos de todo el mundo han denunciado los crímenes, violencia, tortura, opresión y abusos de todas las libertades básicas, el robo de votos y la destrucción de la democracia y el estado de derecho", ha destacado Sibiha.
Maduro cayó como un verdadero
imbécil
Juan
Rodríguez Garat. Almirante
(R). el debate. 5 Enero 2026
Maduro ha caído y, además, lo ha hecho como un verdadero imbécil. En ocasiones, un acto final de heroísmo redime ante la historia a líderes malvados o torpes. No es este el caso. Pocos entre los lectores de El Debate van a echar de menos a un hombre que no ha sabido destacar ni siquiera en la cada vez más competida escala del mal.
Si algún servicio a la humanidad puede haber prestado el chabacano heredero de Chávez es el de permitirnos reflexionar sobre su captura. ¿Es el final de una página de la historia de Venezuela? Eso todavía está por ver. Lo que sí podemos intuir, cuando los motores de las 150 aeronaves que participaron en la operación todavía están calientes, es que su encarcelamiento abre un nuevo capítulo en la historia de la humanidad.
El regreso del poder militar
Para empezar, la captura de Maduro ha sido una brillante demostración de eficacia militar. Sí, es verdad que el enemigo no era gran cosa. La defensa aérea de Venezuela, de origen ruso, era una mala copia de la de Irán, que ya sabemos para lo que sirvió. Sin embargo, para entender mejor la dificultad de la operación, ruego al lector que se ponga en la piel de Trump, el único responsable de lo que estaba a punto de ocurrir.
Recordando lo que le ocurrió a Carter tras el fracaso del rescate de los rehenes estadounidenses retenidos en la embajada en Teherán, el magnate no habría dado luz verde a sus generales si no le hubieran garantizado el éxito. Y esa garantía, que recibió del general Caine —su Jefe de Estado Mayor y el único que parecía capaz de expresarse correctamente en la conferencia de prensa en la que el Secretario de Defensa alabó al presidente y Trump se alabó a sí mismo— implica que su Ejército ha logrado convertir la brillantez en rutina por el único camino posible para hacerlo, el de un modelo de adiestramiento concienzudo y realista que debería inspirar a las Fuerzas Armadas de todo el mundo.
Como militar retirado, celebro el éxito de mis compañeros de profesión. Pero no hay que llevarlo demasiado lejos. Una noche de éxito, en parte propiciada por la soberbia de un Maduro que se creía impune —¿de verdad creía que podía dormir tranquilo en su propia cama?— y por la traición de alguno de sus allegados, no es suficiente para pasar de esa sensación de impotencia que la herramienta militar nos ha dejado en los últimos años a la de omnipotencia que hoy parece generalizarse en muchos sectores de la opinión pública.
No debiera el lector caer en ninguno de los dos extremos. Ni Rusia en Ucrania, ni los Estados Unidos en el Yemen, ni Israel en Gaza han sido capaces de resolver con medios exclusivamente militares tareas que hubieran parecido sencillas hace ocho décadas. La progresiva humanización de la guerra, aunque solo sea relativa —Gaza no le habría durado una semana a la Alemania nazi— ha convertido el martillo militar en algo diferente, más parecido a una navaja suiza. Una herramienta para crear oportunidades, más que algo definitivo por sí mismo. Y es ahí donde un Ejército bien preparado hace la diferencia. Putin quiso hacerle a Zelenski lo mismo que Trump a Maduro —quizá hubiera preferido asesinarlo, que además era mucho más sencillo— y fracasó en su empeño. España, como el resto de Europa, deberían estar tomando nota.
El final de los cuentos de hadas
La lógica alegría por la caída de Maduro no debería llevarnos a ver en Trump a nuestro salvador. Ni Venezuela es Clavijo ni el magnate es el apóstol Santiago que, según la tradición, guio a las tropas de Ramiro I de Asturias hacia la victoria contra los musulmanes en el ya lejano 844.
Para el presidente norteamericano, el narcotráfico solo es el Maine que él necesita para justificar el ataque a su vecino díscolo: un pretexto tan conveniente como impostado. Venezuela no es más que un peón en un negocio criminal en el que México, Colombia, China o los propios EE.UU. tienen papeles más importantes. «¡Pero tiene petróleo!» —dirán los lectores más materialistas. No estoy del todo de acuerdo. El petróleo —y no la democracia en Venezuela, que importa poco a sus bases aislacionistas— es solo el cebo que Trump pone en la boca del movimiento MAGA para que pique. El verdadero objetivo del magnate es el poder. ¿Para los EE.UU. o para sí mismo? Maquiavelo no tendría ninguna duda para contestar a esa pregunta. Yo tampoco.
La ley del más fuerte
La reacción de los líderes mundiales a la captura de Maduro contribuye a despejar las dudas que podríamos albergar sobre la posibilidad de que encontremos un mundo más amable o más humano a la vuelta de la esquina. El cinismo prevalece sobre cualquier otra consideración, incluso sobre el sentido del ridículo de los dirigentes.
Maduro, uno de los pocos gobernantes mundiales que ha reconocido las conquistas de Putin en Ucrania, se ha atrevido a exigir a la comunidad internacional que defienda su soberanía. El propio Putin tiene la desvergüenza de criticar lo que ocurre en Venezuela como si no tuviera las manos manchadas de sangre. A Xi quizá se le pueda perdonar que, tanto en Europa como en América, luche por el petróleo que necesita; pero no a Lula, que vio con buenos ojos la falsa «operación especial» de Putin y ahora condena la de Trump que, en realidad, sí que responde a las características que definen este tipo de operaciones.
Mientras el resto del mundo se va acomodando a la nueva realidad del «corolario Trump», Europa acepta con resignación la ley del más fuerte y prefiere que sea el norteamericano —y no un Putin mucho más malvado y sin los contrapesos institucionales que a veces moderan al magnate— quien nos imponga su voluntad. A nosotros y, ya que estamos, también a Venezuela, cuyo futuro está en el aire después de que el rechazo del magnate a María Corina Machado y, por extensión, a toda la oposición, dé una nueva oportunidad al chavismo.
Por el momento, parece que, si se avienen a ceder su petróleo y se dejan mangonear por Donald Trump, los Delcy y compañía podrán seguir en el poder mucho más tiempo del que merecen. Y, si eso es malo, piense el lector que solo estamos abriendo el nuevo capítulo.
Así pues, y por mucho que la captura de Maduro nos endulce su aplicación, no debiéramos celebrar demasiado esa ley del más fuerte que se nos impone. A nosotros, que no somos ciudadanos de una gran potencia, en nada nos beneficia. Tenemos que abrir los ojos a la realidad y prepararnos para sobrevivir en la selva. ¿Cómo lobos, cómo chacales o cómo simples ovejas? Me encantaría que, ya fuera el Gobierno o la oposición, abrieran ese debate, en el que está en juego nuestro futuro. Pero mucho me temo que no lo harán si no se lo exigimos los españoles. Yo, por mi parte, haré de esta exigencia mi propósito de año nuevo.
La necedad de la inocencia
Pedro
de Tena. libertad digital. 5 Enero 2026
Sí, Trump es de los nuestros, nos guste o no, y es preferible, si apreciamos nuestra forma de entender la vida, que haya hecho lo que ha hecho y le haya salido muy bien.
Hace pocos días celebramos la festividad de los Santos Inocentes, los de la tradición cristiana. Pero popularmente los inocentes que se festejan son los que se lo creen todo porque carecen de información, o de picardía para sospechar de lo que se les cuenta, o de inteligencia o malicia para poner en tela de juicio las apariencias, o de habilidad para percibir el truco del ilusionista que les confunde y engaña impunemente. Necios variados.
No sé si alguna vez ha habido una edad de la inocencia, bien a escala personal, individual e íntima, bien a escala social y política. Antes de que tuviéramos experiencia del mal, del daño, del dolor y de la mentira, ¿éramos inocentes? Lo cierto es que crecimos en una educación española y cristiana, en una fe en la humanidad, una esperanza en el bien y una inclinación a la defensa del débil y del pobre. Tal vez inocencia.
Pero la realidad de la Historia ha sido muy otra. Y también la del pensamiento. Que la violencia cainita está en el origen de los tiempos, que las matanzas, con diversas justificaciones, que las tiranías, que los exterminios nos han hecho llegar hasta aquí como ahora somos, nadie puede negarlo en serio. Tampoco que los filósofos siempre nos han aconsejado desconfiar de las apariencias y dudar de todo hasta encontrar puntos de apoyo irrebatibles, al menos hasta la perplejidad siguiente.
En la madrugada de este sábado, hemos vivido un hecho extraordinario, un acto de fuerza reparador de lo que ha sido el infame sometimiento de una nación y un pueblo, el venezolano, a una dictadura neocomunista teledirigida desde Cuba, Rusia, Irán y seguramente China junto a otros, narcos y terroristas de por medio.
Donald J. Trump, amparándose en el mandato de la Justicia norteamericana, dio la orden de detener a Nicolás Maduro y su esposa en su propia residencia mediante un ataque aeroterrestre que duró pocos minutos y que se saldó con la extracción de la pareja de su residencia y su traslado a Estados Unidos. La precisión puede ser bella.
Sabemos que no ha habido ni víctimas ni pérdida de material militar por la parte norteamericana, aunque no sabemos si ha habido muertos o heridos entre los defensores bolivarianos del búnker de Maduro. Es probable que sí. Pero apenas sabemos nada más, y lo que es inevitable e inquietante, tampoco lo sabremos en el futuro inmediato.
Las páginas de los periódicos, los mensajes de las redes sociales y la inflación de comentaristas y tertulianos no paran de opinar sobre lo ocurrido. Que si salvación de la democracia en Venezuela, que si ataque a la soberanía de un pueblo, que si devolución del poder a las urnas, que si apropiación indebida del petróleo venezolano, que si esto y lo otro y lo de más allá.
Antes que Descartes, nuestro español gallego Francisco Sánchez, el Escéptico, nos alumbró – aunque con poca fortuna -, con su arte de dudar y su visión de la ciencia como amor sin límites a las realidades concretas, que subrayo Menéndez Pelayo, y el "perfecto conocimiento de la cosa". Ninguna de estas cosas es posible para el común de los mortales, en este y en otros muchos casos, así que aburre mucho este tráfico de interpretaciones propiciadas por intereses o ideologías para consumo de incautos inocentes.
Como tengo que habitar en este laberinto de gratuidades, me agarraré a lo que me parece seguro. Uno, que Trump y su gobierno han ordenado la operación tras haber tratado de negociar con el narcoterrorista Maduro una salida menos traumática, según el propio mandatario americano. (Que muy pocos días antes el procomunista Ignacio Ramonet justificara a rabiar al sátrapa por las calles de Caracas aludiendo al Derecho Internacional y que María Elvira Roca Barea anunciara el fin de Estados Unidos y de Occidente, es una ingrata coincidencia).
Para ejecutarla, tropas aéreas y navales norteamericanas han tenido que irrumpir en el territorio y espacio aéreo venezolanos y, a pesar de estar advertidos de tal posibilidad (otra cosa es ilógica e increíble), ni un solo tiro, que sepamos, fue disparado contra dicha fuerza que, no se sabe cómo, llegó a la cueva del tirano y logró atraparlo sin más.
No hay inocencia o ingenuidad que salve estos hechos. Por ello, me resulta increíble, siguiendo los pasos elementales de nuestro escepticismo patrio, que todo ello haya podido consumarse con un éxito tan extraordinario - no sólo pasará a la Historia militar, sino que será aviso presente y futuro para otros caminantes -, sin la colaboración expresa de una parte cualificada de la dictadura bolivariana.
Sólo los inocentes, en su peor sentido, admiten que la realidad puede ser pura. Normalmente, la realidad es puta y necesita podredumbre para germinar algún fruto. Dejémonos de tanto bla, bla, bla, instigado o no, y brindemos de una vez porque un cruel y tiránico caudillaje neocomunista, apoyado por fuerzas antioccidentales y criminales, esté a punto de ser destruido sin apenas víctimas.
Tampoco seamos necios inocentes creyendo que todo es gratis y que los ángeles han derrotado a los demonios. No, no. No han sido los buenos sino los nuestros, que lo son a pesar de todo, los que han machacado esta vez a los que han demostrado ser constructores de dictaduras. Sí, Trump es de los nuestros, nos guste o no, y es preferible, si apreciamos nuestra forma de entender la vida, que haya hecho lo que ha hecho y le haya salido muy bien. Esperemos que el dolor de tantos disminuya.
Por ello, brindo por la futura Venezuela mientras sigo dudando. Nada se sabe, decía nuestro escéptico, pero sí se siente. Y yo siento que la mayoría de los venezolanos y los demás nuestros de estas democracia imperfectas, son hoy más felices que ayer. Yo lo soy y así lo siento, aunque no espante la incomodidad de algunas preguntas ni la ausencia de certezas. Siento que defiendo lo mío y lo nuestro cuando aplaudo lo que ha ocurrido. Es suficiente por ahora. La necedad de la inocencia, que sea para otros.
Hinchas
antitrumpistas
Jesús Laínz. gaceta. 5
Enero
2026
No me voy a permitir la frivolidad de emitir un juicio sobre la intervención estadounidense en Venezuela porque ni tengo suficiente conocimiento sobre ello ni tampoco me interesa demasiado. Confieso que los numerosos y gravísimos problemas que tenemos en España me preocupan bastante más que quién gobierne en aquel país caribeño. Pero lo que sí me parece interesante es la supuesta excepcionalidad del caso y la furia con la que, como era previsible, lo ha recibido la izquierda española en bloque.
En primer lugar, lejos de ser una novedad, la intervención del ejército estadounidense para capturar a Maduro es sólo otro episodio de lo que viene sucediendo desde que aquellas republiquitas fallidas se emanciparon de España. Enemistadas entre ellas, gobernadas salvo pocas excepciones por corruptos inútiles, desorganizadas y caóticas hasta el esperpento, llevan dos siglos bajo la tutela de la gran potencia continental. El concepto «república bananera», acuñado a principios del siglo XX para definir aquellos estaditos en los que las grandes compañías yanquis hacían y deshacían a placer, no se lo ha inventado Trump. En las últimas décadas cabría recordar la invasión de Granada por Reagan en 1983 con el propósito de frenar la influencia soviética en el Caribe tras varios golpes de Estado comunistas; y la más parecida a la actual situación de Venezuela: la invasión de Panamá por Bush I en 1989 con el objetivo de derrocar y detener al general Manuel Noriega, reclamado en Estados Unidos por crimen organizado y tráfico de drogas.
Segundo error: la hinchada izquierdista identifica al Partido Republicano con el imperialismo y el belicismo, pues no en vano es de eso que se llama derecha, y al Demócrata con el pacifismo y el respeto al derecho internacional, pues no en vano es de eso que se llama izquierda. Sin embargo, basta un somero vistazo a la historia para comprobar que ese esquema maniqueo no responde a la realidad ya que ambos partidos se reparten las responsabilidades bélicas.
Por ejemplo, el presidente que, contra todas sus promesas electorales, hizo lo posible por entrar en la Primera Guerra Mundial con las muy discutibles excusas del Lusitania y el telegrama Zimmerman fue el demócrata Wilson, el mismo que ordenó intervenciones militares en República Dominicana, Haití, México, Cuba, Nicaragua, Panamá y Honduras. El que dio nombre al programa que establecía el apoyo militar en todo el mundo a los países que se opusieran al avance del comunismo y metió a su país en la Guerra de Corea fue el demócrata Truman. Y el que lo sacó, el republicano Eisenhower. El que comenzó a preparar la intervención en Vietnam fue el demócrata Kennedy, y el que, a partir del manipulado incidente del Golfo de Tonkin, declaró la guerra fue el demócrata Johnson. Y el que decidió ponerla fin, el republicano Nixon. El que intervino en Yugoslavia en 1999 fue el demócrata Clinton. El que hizo lo mismo en Siria fue el demócrata Obama, también continuador de la de Afganistán comenzada por Bush II. Y, como admitieron posteriormente ministros de Adolfo Suárez como José Manuel Otero Novas, los Estados Unidos del demócrata Carter forzaron a España a entrar en la OTAN con la amenza de que, en caso contrario, apoyarían la independencia de las Canarias.
A pesar de todo lo anterior, la hinchada izquierdista española brama ante cualquier movimiento exterior de un gobierno del malvado Partido Republicano y guarda ensordecedor silencio cuando el responsable es un gobierno del benéfico Partido Demócrata. Y la hinchada derechista suele hacer más o menos lo mismo, pero al revés.
Un ejemplo patrio todavía no lejano y en este caso, ajeno a asuntos americanos: si el gobierno al que le tocó lidiar con el hundimiento del Prestige hubiese sido del PSOE, no habría existido la furiosa campaña del Nunca Máis.
Las masas, tanto las de un lado como las del otro, no son ni justas, ni lógicas ni coherentes. No se adhieren a un ideario político, sino a una fidelidad visceral similar a la de los hinchas de los equipos de fútbol. Y estas lamentables adhesiones incondicionales seguirán funcionando hasta que se extinga el último pitecántropo dentro de muchos o pocos siglos. Porque el hombre-masa no se rige por la razón, sino por los eslóganes impulsivos de la hinchada a la que pertenezca por instinto. Tiene poco en común con un ser racional y mucho con los perros de Pavlov.
La izquierda española tiene motivos para
estar aterrorizada
EDITORIAL.
libertad digital. 5
Enero 2026
La caída del dictador Maduro y su traslado a EEUU para responder de sus crímenes es una gran noticia para los venezolanos, impensable hace tan solo unas pocas semanas. En contra de lo que asegura la izquierda occidental en sus tímidas reacciones, Washington no ha derribado un régimen, sino capturado a un delincuente internacional que se había apropiado del Gobierno de Venezuela tras adulterar groseramente las últimas elecciones.
La noticia sumió en el estupor al Gobierno de España, cuya cercanía con los regímenes marxistas que están destruyendo Sudamérica es más que notoria. Como prueba está el primer mensaje aventado por Sánchez en las redes sociales tras la detención del dictador caraqueño, en el que empezó afirmando que su Gobierno "no reconoció al régimen de Maduro", una forma ciertamente humillante de ponerse la venda antes de la herida. Más tarde rectificó con una nota más acorde con su esencia totalitaria, presentándose como referente mundial de la democracia y suscribiendo junto con los países vinculados al régimen chavista un documento lamentable de rechazo, colocando a España, una vez más, en el lado fracasado de la Historia.
Pero Sánchez ya no engaña a nadie; tampoco en este asunto, puesto que los vínculos de los socialistas y podemitas españoles con el chavismo están sobradamente contrastados. En cuanto a los primeros, basta recordar las oscuras misiones de Zapatero para blanquear al régimen de Maduro, las gestiones caribeñas de históricos dirigentes socialistas convertidos en comisionistas de la dictadura, el aterrizaje de la siniestra Delcy Rodríguez en suelo español contraviniendo las órdenes de la UE o el rescate irregular de la aerolínea Plus Ultra, vinculada estrechamente al régimen venezolano. Ninguno de estos escándalos se hubiera producido sin la participación directa de los dirigentes del PSOE y el Gobierno de Sánchez, convertidos en paladines europeos del chavismo a cambio de oscuras contrapartidas de todo tipo aún por determinar.
En cuanto al movimiento ultraizquierdista fundado por Iglesias y Monedero, fueron los chavistas lo que financiaron su entrada en la política española, donde aún siguen, si bien de forma cada vez más reducida, para vergüenza de los españoles, obligados a soportar semejante inmundicia política en las instituciones de la Nación.
Unos y otros tienen sobrados motivos de preocupación tras la detención de Nicolás Maduro. La caída completa del régimen es ya únicamente una cuestión de tiempo en medio del pánico de los jerarcas chavistas, que buscarán atenuar sus responsabilidades aportando información de todo tipo. Las revelaciones del proceso judicial que se va a iniciar en breve, por otra parte, ayudarán también a determinar quiénes se han beneficiado de la miseria del pueblo venezolano y a cambio de qué.
La voladura controlada del chavismo no es solo una buena noticia para Venezuela. Lo es también para los países vinculados a Caracas en todo tipo de delitos y muy especialmente para España, víctima del expansionismo narcomarxista, que ha intoxicado la política interna hasta niveles inimaginables en uno de los principales países de la UE.
******************* Sección "bilingüe" ***********************
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