Recortes de Prensa Domingo 25 Enero 2026

Zelenski acusa el bombardeo ruso pese a las negociaciones y pide a los aliados sistemas de defensa urgentes
​Redacción. El Debate. 25 Enero 2026


las negociaciones a tres bandas entre estados Unidos, Ucrania y Rusia no detienen los bombardeso del Kremlin sobre el antiguo territorio de la Unión Soviética.


El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, instó este sábado a sus socios a no retrasar la entrega de defensa aérea tras el nuevo ataque masivo contra la infraestructura energética ucraniana en el que Rusia lanzó 21 misiles y 375 drones, que ha causado la muerte de al menos una persona.


«Cada ataque ruso como este contra la energía demuestra que no se puede retrasar el suministro de defensa aérea. No se puede hacer la vista gorda ante estos ataques, hay que responder, y responder con fuerza. Contamos con la reacción y la ayuda de todos nuestros socios», escribió Zelenski en un mensaje en Telegram.


Agregó que cada misil Patriot, NASAMS y todos los demás sistemas ayudan a proteger la infraestructura crítica y a que la gente sobrelleve el frío del invierno.


«Es imprescindible que llevemos a cabo todo lo acordado con el presidente (estadounidense, Donald) Trump, en Davos en materia de defensa aérea», subrayó.


La Fuerza Aérea ucraniana precisó en un comunicado que Rusia lanzó desde las 18.00 horas del viernes y durante la noche dos misiles antibuque 3M22 Zircon, desde la península ucraniana de Crimea, anexionada por Rusia en 2014; doce misiles de crucero Kh-22/Kh-32 desde el espacio aéreo de la región rusa de Briansk; seis misiles balísticos Iskander-M/S-300, desde Briansk y Crimea; y un misil aéreo guiado Kh-59/69 desde el espacio aéreo de la región rusa de Kursk.


Además, Rusia lanzó 375 drones de ataque Shahed, Gerbera, Italmas y de otros tipos desde las direcciones rusas de Kursk, Oriol, Mílerovo, Shatálovo y Briansk y desde el territorio ucraniano ocupado de Donetsk.


Alrededor de 250 de los drones eran Shahed, agrega el balance diario de la Fuerza Aérea en Telegram.


El objetivo principal de este ataque combinado fue la región de Kiev, añade el reporte, que apunta que una particularidad fue la participación de aviones de aviación estratégica con misiles Kh-22/Kh-32 para atacar la capital.


Hasta las 9.00 de este sábado, la defensa antiaérea derribó o neutralizó nueve misiles de crucero Kh-22/Kh-32, cinco misiles balísticos Iskander-M/S-300, un misil aéreo guiado Kh-59/69 y 357 drones de ataque.


Se registraron impactos de dos misiles y 18 aparatos no tripulados en 17 localizaciones, así como la caída de fragmentos de drones en doce, indicó el comunicado, que añadió que se están verificando la información sobre cuatro misiles.


La Fuerza Aérea advertía en su reporte que a esas horas el ataque continuaba y había varios drones enemigos en el espacio aéreo ucraniano.


Según la Dirección General del Servicio Estatal de Emergencias de Ucrania, en Kiev una persona murió y otras cuatro resultaron heridas. La víctima y dos de los heridos se encontraban en el edificio de la fábrica de dulces Roshen que fue golpeada durante el ataque masivo.


Zelenski precisó que los ataques rusos alcanzaron la capital y la región de Kiev, así como las regiones de Sumi, Járkov y Cherníguiv.


Lamentó que en Járkov resultó dañada una maternidad, una residencia donde vivían personas desplazadas, una facultad de medicina y edificios residenciales y que el ataque dejó decenas de heridos, entre ellos un niño.


Rusia golpea Ucrania con casi 400 drones y misiles en plena negociación
El bombardeo ha dejado al menos un muerto y una veintena de heridos, y cientos de miles de personas se han quedado sin luz ni calefacción
Rostyslav Averchuk. Leópolis. la razon. 25 Enero 2026

En pleno centro de las negociaciones en los Emiratos Árabes Unidos, Rusia lanzó otro masivo ataque con drones y misiles contra Kiev y varias otras regiones. El asalto, que se prolongó durante toda la noche del viernes al sábado, involucró más de 370 drones de largo alcance y 21 misiles. Una vez más, su objetivo principal fue el gravemente dañado sistema energético, especialmente en la capital ucraniana, donde más de tres millones de residentes han tenido solo un acceso esporádico a la electricidad en las últimas semanas.


En los días previos, cientos de reparadores de todo el país habían desafiado el intenso frío para restablecer el suministro de calefacción en miles de edificios de apartamentos, donde los habitantes combatían las temperaturas bajo cero con múltiples capas de ropa o instalando tiendas de campaña turísticas en sus hogares. Como consecuencia de los últimos ataques rusos, más de 3.000 edificios se quedaron sin calefacción nuevamente, según declaró el alcalde de la ciudad, Vitali Klitschko.


Aunque la mayoría de las armas aéreas fueron interceptadas —lo que indica que el sistema de defensa aérea de Ucrania se ha visto reforzado por nuevas entregas de munición de sus socios extranjeros—, una persona falleció y más de 40 resultaron heridas. Unos 80 edificios sufrieron daños, entre ellos un hospital materno en Járkov y una planta de confitería en Kiev.


Según la Fuerza Aérea de Ucrania, Rusia empleó dos misiles Zircon y 12 sistemas modernizados antibuque J-22/32, nueve de los cuales fueron derribados, para atacar la capital y otras regiones. La versión antigua del J-22 es muy imprecisa y causó la muerte de 46 personas en un ataque contra Dnipro hace dos años. La versión más nueva porta 900 kg de explosivos, lo que demuestra la extrema “crueldad” del ataque ruso contra una ciudad densamente poblada, señaló el analista militar Iván Kirichevski. “Esto puede interpretarse como una señal de los rusos de que buscan lograr sus objetivos por medios militares”, escribió.


Los misiles de Putin “golpearon no solo a nuestra gente, sino también a la mesa de negociaciones”, denunció Andri Sibiga, ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, quien señaló que este “ataque bárbaro” demuestra una vez más que el lugar de Putin no está en el “Consejo de Paz” de Donald Trump, sino en el banquillo del tribunal especial.


“Contamos con la respuesta y la asistencia de todos nuestros socios”, reaccionó también el presidente Volodimir Zelenski, destacando que cada misil para el sistema de defensa aérea de Ucrania contribuye a proteger la infraestructura crítica y a mantener a la población alejada del frío invernal.


Los residentes de Kiev y otras grandes ciudades que sufren extensos cortes de electricidad e interrupciones en el suministro de calefacción, agua y otros servicios básicos hacen lo posible por adaptarse a la situación. Muchos utilizan acumuladores domésticos que se cargan durante los breves períodos con electricidad y sirven para cargar teléfonos o dispositivos básicos durante los apagones. Las empresas y las instalaciones críticas, como los hospitales, dependen de generadores eléctricos a diésel, que llenan las calles con un fuerte zumbido y permiten que una apariencia de vida normal continúe. Sin embargo, muchos se averían por el uso excesivo y el frío, y el país necesita más dispositivos, miles de los cuales se compran en el extranjero o son traídos por voluntarios civiles y organizaciones benéficas de otros países europeos.


La situación representa un desafío especial para las familias con enfermos, ancianos, niños pequeños y aquellos que no pueden permitirse equipo adicional.


“Los últimos dos apagones fueron muy largos: 35 y 43 horas. Aún tenemos suerte, porque contamos con calefacción y gas en casa, así que cuidar del bebé no es tan difícil como para otros que dependen absolutamente de todo de la electricidad”, contó a LA RAZÓN Olena, de 33 años, quien dio a luz a su hija Eva hace 3,5 meses.


Un acumulador dura entre 6 y 8 horas si se usa con moderación, solo para iluminación y carga de dispositivos. Después, la familia recurre a lámparas a pilas. “Lo más duro es que el refrigerador queda completamente inutilizable durante apagones tan prolongados, así que, como hace frío afuera, ponemos los productos en el balcón”, explicó Olena. “Nos hemos adaptado, la niña nos salva con su sonrisa, así que no estamos tristes”, añade con un tono optimista.


Los ataques rusos se convierten en una pesadilla para quienes dependen de un acceso fiable a la electricidad para sobrevivir, afirma Hania Poliak, de la organización benéfica Pallium for Ukraine, que apoya a ucranianos en fase terminal. “Rusia les priva del derecho a vivir sus últimos días en calma y morir con dignidad”, subrayó a LA RAZÓN.


Para adaptarse, las familias buscan dispositivos que proporcionen electricidad durante los cortes. Sin embargo, ante la escasez de fondos y el temor a averías, se convierte en una carrera constante por la supervivencia para padres como María Siniovska de Leópolis, quien cuida de su hija Cristina, de 7 años, que padece la enfermedad de AME. “Necesita un ventilador médico para respirar, las 24 horas del día”, enfatizó a este periodico.


Trump, la agonía transatlántica y la crisis de las democracias occidentales
El segundo mandato del republicano evidencia que Occidente debe elegir entre recuperar su "poder duro" o aceptar la irrelevancia en un mundo multipolar
Gustavo de Arístegui, diplomático. la razon. 25 Enero 2026

Se cumple un año del segundo mandato de Donald J. Trump y el tablero internacional parece un paisaje tras el paso de un huracán que no termina de amainar. Para entender este fenómeno, conviene grabar en mármol la frase del excongresista republicano, el coronel y piloto de bombarderos B-2 Chris Stewart: «A Trump hay que tomárselo en serio, pero no al pie de la letra». Sin embargo, tras doce meses presididos por la estrategia del exabrupto y la táctica de negociación fundamentada en el shock, el mundo —y especialmente Europa— ha descubierto que el problema no es solo la literalidad de sus palabras, sino la erosión sistemática que su método provoca en una relación transatlántica ya de por sí debilitada.


El deterioro del orden occidental no es responsabilidad exclusiva de los excesos verbales de Trump o de sus imprevisibles bandazos. Es, en gran medida, la consecuencia de una pérdida de prestigio y credibilidad de las clases políticas occidentales en general, y de la europea en particular. Nos enfrentamos a una crisis profunda del sistema democrático, agravada en la Unión Europea por una estructura burocrática elefantiásica e ineficaz que parece incapaz de responder a un interlocutor que solo respeta la fuerza y desprecia la debilidad.


El Método Trump: La Estrategia del Shock y el exabrupto en política exterior

El Trump de 2025 es un animal político que ha aprendido a dominar los resortes del poder federal. A diferencia de su primer mandato, donde el caos interno y las dimisiones constantes eran la norma, hoy cuenta con un equipo cohesionado: Susie Wiles en la sombra, Marco Rubio en la diplomacia y Scott Bessent en el Tesoro. Pero esta mayor eficiencia administrativa no ha suavizado su estilo; le ha dado libertad para dedicarse a la escena internacional y no apagar fuegos internos.


Trump practica lo que podríamos llamar una «diplomacia transaccional de alto impacto». Utiliza el exabrupto deliberado para descolocar a sus interlocutores, abrumarlos con exigencias imposibles y, finalmente, obtener concesiones que en un entorno diplomático normal tardarían décadas en materializarse. Sin embargo, este método tiene un coste muy alto: la destrucción de la confianza entre aliados. Como advirtió Henry Kissinger, un orden internacional que se fundamenta únicamente en la transacción y no en principios compartidos, es un orden inherentemente inestable. Los bandazos en las decisiones —hoy amenazando con aranceles a aliados, mañana proclamando la reconciliación— han convertido la política exterior estadounidense en una permanente caja de sorpresas.


El Flanco Vulnerable: La Decadencia de las Élites Europeas

Es aquí donde el análisis de Andrew Bustamante, exagente de la CIA ante el Parlamento Europeo, cobra una relevancia profética. Según Bustamante, la erosión de la confianza democrática en Europa no es un accidente, sino un flanco crítico que potencias como China, Rusia e incluso este nuevo EE. UU. imprevisible están explotando. El diagnóstico es demoledor: Europa sigue operando como un entorno «permisivo» para la inteligencia extranjera y la presión geopolítica porque sus líderes han descuidado el hard power.


La clase política europea ha vivido bajo el espejismo de que el soft power (la diplomacia, los valores y la cultura) era suficiente para garantizar la seguridad. Bustamante sostiene que Europa tiene un historial pobre de liderazgo estratégico desde 1945, limitándose a seguir a un Estados Unidos que ahora entra en su propia fase de declive interno. Todo esto agravado por una burocracia europea lenta, obsesionada con el multitasking institucional y los procesos infinitos, mientras el mundo real exige rapidez y contundencia. Esta ineficacia burocrática es el caldo de cultivo perfecto para que figuras como Trump traten a la UE no como a un socio, sino como a un estorbo o, en el mejor de los casos, un cliente.


El Espejismo de Davos: Merz, Macron y Carney ante la Tormenta

En el reciente Foro Económico Mundial de Davos, las voces de los líderes europeos intentaron proyectar una imagen de unidad y resistencia que, a ojos de muchos analistas, carece de la base material necesaria. Friedrich Merz, el canciller alemán, ha intentado despertar a la «locomotora europea» con un discurso de realismo económico, admitiendo que Alemania y la UE deben asumir su propia defensa si quieren ser tomados en serio en Washington. Sin embargo, su retórica choca con una realidad industrial debilitada por los costes energéticos y la dependencia tecnológica.


Emmanuel Macron, por su parte, insistió en su ya clásica «autonomía estratégica». Macron ve la crisis transatlántica como la oportunidad definitiva para que la UE se convierta en una tercera potencia global. Pero sus declaraciones suenan vacías cuando la estructura de la Unión sigue siendo el ya mencionado «elefante burocrático». La soberanía tecnológica y de defensa no se construye con discursos, sino con una inversión masiva y una racionalización de la regulación que asfixia el crecimiento europeo.


Por último, Mark Carney, desde su perspectiva financiera, advirtió sobre el fin del «consenso de Washington» y la fragmentación de la economía global. Carney señaló que la credibilidad de las instituciones occidentales está en mínimos históricos porque no han sabido gestionar las transiciones (climática, tecnológica, migratoria) de forma que la ciudadanía se sienta protegida. La crisis de la democracia es, en esencia, una crisis de competencia: los ciudadanos ya no creen que sus políticos puedan resolver sus problemas.


El Caso de Groenlandia: Donde el Exabrupto se Encuentra con la Geopolítica del Siglo XXI

Uno de los ejemplos más claros de todo esto es la colisión entre el estilo de Trump y la importancia estratégica real de Groenlandia. Lo que en su primer mandato fue recibido con burlas y desdén —la idea de comprar la isla a Dinamarca— debe ser analizado hoy con una mirada despojada de prejuicios.


Nadie que entienda de geopolítica puede negar que Groenlandia es el «portaaviones insumergible» del Ártico. Permitir que este territorio caiga bajo la órbita de influencia rusa o china sería un desastre estratégico para la paz y la estabilidad de Occidente. La alerta temprana y la defensa contra ataques de misiles balísticos, el control de las rutas del norte y el acceso a los inmensos recursos minerales de la isla, son una prioridad de seguridad para el siglo XXI.


La hostilidad hacia los aliados daneses y europeos, con amenazas de aranceles de por medio, es un dislate diplomático y geopolítico. No obstante lo anterior, la importancia geoestratégica de Groenlandia no admite discusión, pero la actitud del presidente Trump pone en riesgo la esencia misma de la OTAN. No se puede proteger el Ártico destruyendo la alianza que debe defenderlo. El «exabrupto» aquí ha sobrepasado los límites de la estrategia para entrar en el terreno de la piromanía diplomática. Hay que buscar una salida razonable que garantice la seguridad occidental sin humillar ni alienar a los socios europeos.


La Crisis de Credibilidad y el Auge de la Desconfianza

El problema de fondo es que la figura de Trump no es la causa, sino el síntoma de una enfermedad más profunda. La pérdida de prestigio de las clases políticas tradicionales ha dejado un vacío que el populismo transaccional llena con facilidad. Andrew Bustamante acierta al señalar que el liderazgo efectivo descansa en la competencia (cumplir lo que se promete) y la cercanía auténtica. En Europa, la percepción es la opuesta: una élite desconectada de la realidad, refugiada en reglamentos y normativas que parecen diseñadas para un mundo que ya no existe.


La UE se enfrenta a múltiples riesgos: su seguridad y estabilidad; pero, sobre todo, está en riesgo la esencia misma de nuestros sistemas de libertades y democracias. Si las instituciones occidentales no pueden demostrar que son más eficaces que el autoritarismo, el sistema democrático alcanzará el punto de no retorno y los regímenes autoritarios y los populismos avanzarán sin freno.


Hacia un Pragmatismo responsable y proactivo

Europa, y países como España en particular, deben asimilar una lección tan vital como urgente: frente a este nuevo orden mundial no funcionan ni la condescendencia ilustrada de las élites de Davos ni la indignación moral permanente de los europeos. Lo que se requiere es un pragmatismo inteligente.


Esto implica tres acciones inmediatas:


Recuperar el Hard Power: Siguiendo el consejo de Bustamante, Europa debe construir una soberanía tecnológica y de defensa real, asumiendo los costes políticos y presupuestarios que ello implica. La paz no se mendiga a Washington; se disuade desde Bruselas, Berlín, París y Madrid.


Reforma Burocrática Radical: La UE debe reformar su estructura elefantiásica. En un mundo de «estrategias de shock», la lentitud administrativa es una sentencia de muerte geopolítica.


Liderazgo de Servicio: Las élites políticas deben recuperar la credibilidad a través de la competencia. El prestigio se gana resolviendo problemas y ejerciendo liderazgo efectivo.


La paradoja transatlántica, mantener una alianza transatlántica dependiendo fundamentalmente de EE. UU., es hoy insostenible. Washington exige autonomía estratégica a Europa mientras intenta mantenerla subordinada a su complejo militar-industrial. Europa debe elegir: o se convierte en un polo de poder propio en un mundo multipolar, o acepta ser un parque temático de la democracia del siglo XX, gestionado por una burocracia europea ineficaz y sin transparencia que no puede permanecer bajo la protección volátil e imprevisible del presidente estadounidense de turno.


Al final, como advertía Burke: «Un Estado sin los medios para cambiar carece de los medios para conservarse». Occidente debe cambiar su forma de entender la geopolítica y el poder si quiere conservar la libertad. Trump nos ha puesto frente al espejo; lo que vemos en él no es solo su rostro desafiante, sino también nuestra propia debilidad e indecisión. Es hora de empezar a tomarnos en serio la supervivencia de nuestro propio sistema democrático y de libertades.


Muerte y resignación
Rafael Nieto. gaceta. 25 Enero 2026

Estamos en el estado de resignación general que es acaso el peor de los estados en que puede caer una nación. Esperamos las próximas elecciones como esperan los agricultores la lluvia, pero las urnas tardan demasiado en llegar para lo que el pueblo español necesita, que es un Estado fuerte y poderoso, y no esta cochambre tercermundista. Empezamos a perder la paciencia, y solamente cuando el resultado del caos es la muerte de decenas o de cientos de compatriotas, nos atrevemos a gritar y a señalar a los culpables. En vano, por supuesto.


El sistema bipartidista está tan sumamente bien aquilatado que ninguna desgracia es suficiente para poder echar del poder a un Gobierno. Ninguna. Ni la amenaza de ruptura de la nación, perpetrada por socialistas, comunistas y separatistas, ni una pandemia que costó la vida de miles de españoles (en parte por la ineptitud de Pablo Iglesias), ni una riada que sepultó bajo el lodo a decenas de valencianos, ni unos trenes que descarrilan como si fuesen de un scalextric comprado en los chinos. Nada puede echar a una banda corrupta y criminal del poder en la España de nuestros días.


Decía Abascal este viernes, con razón, que «la paciencia de los pueblos tiene un límite». Pero el «PSOE state of mind» (ayudado por el siempre complaciente PP), ha acostumbrado a la mayoría de los ciudadanos a creer en un camelo: que el resultado de las urnas tiene más valor que la realidad social, política y económica. Que es «de ser buen ciudadano» aceptar con resignación, y no protestar mucho, aunque veamos cómo la idiocia, la golfería y la absoluta degradación moral de los gobernantes ponen en peligro nuestras vidas. Poner España por delante del resultado de las urnas es propio de fascistas, según esa ideología de amebas.


Todos sabemos que la causa de los muertos de la pandemia, de las riadas, de los incendios, del apagón y de los trenes es la misma: el absoluto abandono del Estado. Estos usurpadores del poder legítimo están okupando unos sillones que están pensados para servir a la nación, no para saquearla. España está hoy a cinco minutos del tercer mundo porque durante décadas ha tenido, y sigue teniendo, una clase dirigente dedicada al expolio del dinero público y no a la inversión. A las chorradas de los partidos, a sus mezquindades, y no al robustecimiento de los pilares del Estado.


En la España de hoy, cuando ocurre una desgracia, los Reyes cumplen la función de acompañamiento y consuelo de las familias de los muertos. Llegan con caras tristes, el ademán derrotado, vestidos con modestia para no enfadar más ni a los vecinos, ni a los tertulianos, ni a Gabriel Rufián. Después, la retahíla de lugares comunes: «Debemos estar unidos», «entendemos vuestro dolor», «la democracia es más fuerte», etc. Nunca un puñetazo en la mesa, ni un sonoro «se acabó», aunque sea para demostrar que la indignación es real, es de verdad, y no de atrezo. Nunca una toma de postura decidida a favor del pueblo español y en contra de los usurpadores del poder legítimo.


La niña que ha perdido a sus padres y hermanos, y que pasó su primera noche de orfandad abrazada a la Santísima Virgen y a una agente de la Guardia Civil, sabrá algún día por qué le robaron su infancia y la empujaron brutalmente al mundo de los adultos. Pasarán unos años hasta que sepa, quizá investigando ella sola, que aquel tren que se salió de su vía en Adamuz no se estrelló contra otro por mala suerte, ni por una fatalidad, ni por un despiste del conductor. Esa niña sabrá, seguro, cuando tenga edad suficiente para digerirlo, que unos gobernantes traidores se gastaron en vicios y en juergas el dinero destinado, entre otras cosas, a que esos trenes nunca hubieran chocado, y a que su familia pudiese seguir viviendo. Eso tiene un nombre, pero nos han convencido para no decirlo.


La política blindada y la ciudadanía desprotegida
Tricornios en Democracia. periodista digital. 25 Enero 2026

La clase política española vive instalada en un sistema de privilegios que se ha ido alejando, paso a paso, de la realidad cotidiana de la ciudadanía. Un sistema que se autoprotege, que se reproduce a sí mismo y que, lo más grave, ha dejado de rendir cuentas de forma efectiva a quienes le otorgan el poder: los ciudadanos.


España sigue careciendo de una legislación electoral que contemple mecanismos reales de revocación de cargos públicos cuando incumplen de manera flagrante sus promesas electorales. Hoy, un representante puede prometer, mentir, incumplir y desaparecer durante cuatro años sin asumir responsabilidad política, ética ni penal. Esa impunidad estructural es una de las principales causas del descrédito absoluto de la política institucional.


Resulta incomprensible que en pleno siglo XXI no exista la posibilidad de revocar el mandato a quienes traicionan el interés general. Más aún, que no se contemple responsabilidad penal cuando el incumplimiento deliberado de compromisos públicos deriva en daños sociales, económicos o incluso en pérdidas de vidas humanas. Porque gobernar mal no siempre es un error: muchas veces es negligencia, desidia o corrupción.


El sistema de listas cerradas y bloqueadas es otro de los pilares del problema. El ciudadano no elige a sus representantes; elige siglas, mientras los partidos colocan a los obedientes, a los mediocres y, en demasiadas ocasiones, a los peores. Las listas abiertas permitirían algo tan democrático como premiar a quienes trabajan y apartar a quienes viven de la política sin servir a nadie más que a su partido o a sí mismos.


A ello se suma un modelo territorial y electoral fragmentado que favorece el clientelismo y la desigualdad del voto. Una circunscripción única o un colegio electoral único a nivel nacional devolvería valor real a cada voto y pondría fin a la sobrerrepresentación interesada que hoy sostiene gobiernos débiles y rehénes de minorías. Menos cargos electos, menos estructuras duplicadas y una administración más austera no debilitarían la democracia: la fortalecerían.


El Senado, tal y como está concebido, es el ejemplo más claro de una institución costosa, ineficaz y desconectada de la ciudadanía. O se reduce a la mínima expresión o se elimina. Mantenerlo por inercia solo alimenta la percepción de que la política sirve para colocar cargos y repartir sueldos, no para resolver problemas.


Mientras tanto, los españoles siguen enterrando a sus muertos. Accidentes ferroviarios que se repiten, carreteras mal mantenidas, infraestructuras anunciadas y nunca ejecutadas, advertencias técnicas ignoradas. El último accidente de tren no es un hecho aislado: es la consecuencia de decisiones políticas tomadas desde despachos alejados de la realidad, donde el cálculo electoral pesa más que la seguridad de las personas.


Las muertes en carretera tampoco son estadísticas inevitables. Son, en muchos casos, el resultado de la dejación de funciones, de presupuestos mal ejecutados y de prioridades equivocadas. Cuando la política falla, no falla en abstracto: falla sobre cuerpos concretos.


Hoy la confianza de los españoles en sus dirigentes es prácticamente nula. La percepción social es clara y transversal: la clase política forma parte del problema, no de la solución. Se la percibe como un engranaje más de la corrupción generalizada que recorre España y buena parte de Europa, una corrupción que no siempre es penal, pero sí moral, estructural y sistémica.


Gobernar debería ser un acto de servicio, no una carrera de enriquecimiento personal ni una trinchera ideológica. Es hora de dejar de poner a los peores por fidelidad partidista y empezar a distinguir entre personas buenas y malas para el bien común. Menos ideología vacía y más responsabilidad real.


La democracia no está en peligro por exigir más controles, más revocaciones y menos privilegios. Está en peligro precisamente por no hacerlo.


No todos enloquecieron en la UE
Hermann Tertsch. el debate. 25 Enero 2026

Durante la cumbre Italo-germana que han celebrado en Roma el canciller Friedrich Merz y su anfitriona la jefa de gobierno Giorgia Meloni, el canciller alemán ha confirmado el nuevo tono que ya utilizó en Davos cuando habló de los fracasos de la Unión Europea de forma muy abierta y veraz. Es decir, en una forma muy parecida a como lo hacen todos esos líderes europeos emergentes de las fuerzas conservadoras y nacionales, desde Le Pen, Orbán, Wilders o Abascal, difamados como «extrema derecha» por los medios europeos y todo el aparato de Bruselas.


Merz quiere una alianza con una Meloni a la que insultaron en Berlín y Bruselas como fascista, pero que hoy tiene el Gobierno más estable, eficaz, inteligente y lúcido de Europa. En gran coloso alemán, tan venido a menos ve en Meloni la alianza ideal para una relación sana, fluida y beneficiosa con EE.UU., es decir con Donald Trump. Es una relación con Washington al margen de Bruselas, que no sea permanentemente saboteada por un Macron, Von Der Leyen y demás. El fracaso de la Comisión Europea de Von Der Leyen está ya claro. Los países buscan formas de movimientos estratégicos al margen de Bruselas.


No todos los gobernantes de los países la Unión Europea se han vuelto locos en sus desesperados intentos de defender unas formas políticas y hegemonía cultural que más que agonizar, ya han muerto. La incapacidad de liberarse de la caduca alianza socialdemócrata de los partidos populares y socialistas en Bruselas, siempre bajo la imposición de Alemania, ha hundido a los partidos tradicionales en una degradación que parece irreversible.


Han sido arrastrados por una combinación de arrogancia, ceguera, angustia y desarme moral y sobre todo incapacidad de afrontar las reformas radicales que el espectacular fracaso de las políticas de los pasados 25 años hacen imprescindibles. Están desarbolados ante la formación de fuerzas políticas alternativas, en su propia impotencia ante el cambio de era en que ya está embarcado todo Occidente. Un cambio de era que trae consigo cambios radicales en la política de defensa, de energía, sociales, económicas y por supuesto de ciudadania y extranjería. El mundo está cambiando a velocidad de vértigo y los partidos tradicionales con su Von Der Leyen, su Legarde, su Macron, sus hijos de Merkel y sus patéticos socialistas y verdes siguen creyendo que esto se soluciona como las crisis a finales del siglo XX.


Con este análisis, todo para ellos es en realidad un fracaso, como esta semana en Estrasburgo la votación sobre el acuerdo comercial de la UE con Mercosur. Un acuerdo en el que los países americanos han actuado de buena fe, pero los negociadores europeos, no. Porque para beneficiar a los de siempre, Alemania para ser exactos, han querido sacrificar a los de siempre, a los agricultores y sector primario en general.


Y han querido hacer trampa a los países americanos pretendiendo incluir salvaguardias a posteriori para condicionar todos los acuerdos y poder evitar el rechazo en Europa. Es decir, engañar a unos y otros. Han fracasado estrepitosamente y han perdido los nervios una vez más. Como los pierden con Donald Trump cada vez que él los escandaliza y asusta a propósito para lograr que esta banda reaccionaria, cegata, indolente y cada vez más corrupta se adapte un poco a los tiempos que vienen.


Cada vez viven más en el permanente sobresalto y en alarma tantas veces histérica porque la realidad les demuestra ya a todos estos que se siguen creyendo las élites inamovibles en Europa que ya están perdiendo más de lo que perdieron nunca. En realidad son los avisos cada vez más sólidos de que nunca más van a ganar como lo hacían antes, sin batalla ni adversario, como un rodillo de dos fuerzas colaboradoras en un solo proyecto que solo se turnan en el discurso público en la misma senda.


Esta parálisis y también podredumbre generadas por el consenso socialdemócrata en el que populares, socialistas, liberales izquierdistas y verdes votan siempre juntos en todo lo relevante para mantener sus acuerdos de reparto, pone en peligro la Unión Europea mucho más que ningún euroescéptico, como llaman a quienes dicen la verdad sobre el estado de las cosas.


Ahora, en medio del enajenamiento generalizado por la histeria fóbica hacia el presidente norteamericano Donald Trump se están creando nuevas alianzas. Que el francés Emmanuel Macron reaccione como una novia desairada por los desprecios de Trump a su inanidad pomposa y diga que se quiere entregar a China como el canadiense Mark Carney o el gobierno de malandros de Pedro Sánchez llame a «aislar» a EE.UU. son payasadas más o menos peligrosas que no llevan a ninguna parte a quien quiere soluciones y no esté obsesionado por su imagen como Macron o por su impunidad como Sánchez.


En medio de tanto nerviosismo y conmoción quizás algunos estén recuperando la cordura. Puede que sea pecar de optimista pensar que pudiera ser capaz de ello el canciller alemán Friedrich Merz que no lleva un año de gobierno y tiene un balance tan nefasto como el que hizo dimitir y convocar elecciones anticipadas a su antecesor, el socialista Olaf Scholz.


De momento nadie puede excluir que Merz corra la misma suerte. Pero sí tiene la oportunidad de revisar su situación ante los nuevos amplios movimientos y aprender de Giorgia Meloni a llevar una coalición de la derecha. Merz aun se mantiene en la posición suicida de la alianza con los socialistas en vez de abrirse a una coalición con el partido a su derecha de la AfD que le daría una mayoría para llevar a cabo la política de reformas necesaria y enmendar todas las barbaridades, desde el cierre nuclear a las fronteras abiertas a la invasión islámica que le legó la nefasta Angela Merkel.


España: crisis de Estado o de nación
Juan José López-Burniol. Vozpópuli. 25 Enero 2026

He venido sosteniendo durante mucho tiempo, que la grave y evidente crisis que padece España como entidad histórica y como proyecto político de futuro es una crisis de Estado, es decir, del sistema que la articula jurídicamente, pues he defendido hasta hace muy poco que España es una “nación de tomo y lomo con una mala salud de hierro”. Aunque, quizá por una última reserva, nunca repetí la frase atribuida a Bismarck -y que éste nunca pronunció- de que “España es el país más fuerte del mundo, pues lleva siglos queriendo destruirse a sí misma sin conseguirlo”. Es decir, que siempre hasta ahora había afirmado, quizá con decreciente convicción, que la crisis de España era una crisis de Estado y que la nación subsistía inmune a los ataques recibidos gracias a su innegable fortaleza.


Pero ya no es así. Pienso ahora que la crisis de España es mucho más grave que una crisis de Estado, es decir, de la estructura jurídica que ahorma la nación. La crisis de España es una crisis existencial, es una crisis de ser o no ser, es una crisis de nación: la nación se muere. ¿Por qué defiendo ahora esta idea de una forma tan contundente y sin matices? Porque he llegado a la conclusión de que buena parte de los ciudadanos que son administrativamente españoles no tienen sentido de pertenencia a la comunidad nacional española. Y si no hay sentido de pertenencia, no hay solidaridad posible. De lo que se deduce a su vez que, al no haber solidaridad, no hay nación. Porque una nación no es otra cosa que un ámbito de solidaridad primaria e inmediata definido por la geografía y por la historia, en el que todos sus ciudadanos son iguales y se sienten iguales. Y este requisito básico de solidaridad “sine qua non” no se da hoy en España.


Nacionalistas: tigres de papel

Pensará el lector que me estoy refiriendo, como causantes de esta deriva fatal, a los separatistas de toda laya, que se manifiestan como tales en España bajo el apelativo de nacionalistas. Es cierto que todos ellos carecen de sentido de pertenencia a España, hacen alarde de ello, la denigran y la befan de continuo. Por consiguiente, no ven a España como un ámbito de solidaridad, sino, bien al contrario, como una “cárcel de pueblos”. Pero no son ellos, en absoluto, los causantes principales de la honda crisis nacional española. Y no porque no quieran, sino porque no pueden. Carecen de fuerza suficiente para ello. Son, en el fondo, unos tigres de papel. Lo que sí hacen es aprovecharse torticeramente de la situación, como carroñeros, con la adición del escarnio, el desdén y la jactancia.


La causa grave y profunda del mal que nos corroe como nación es la polarización en dos Españas enfrentadas entre sí, que es provocada por una clase dirigente en la que se integra una partitocracia éticamente átona, intelectualmente roma y políticamente sectaria, concertada con unos medios de comunicación que operan como tropas auxiliares, así como con unos dirigentes empresariales proclives a concertarse con el poder político de turno, en aras de su solo beneficio. Hablemos claro: los dos grandes (sólo lo son por su tamaño) partidos españoles -PSOE y PP- son incapaces de pensar en algo que no sea su particular interés, lo que se manifiesta en la imposibilidad de que lleguen a acuerdos sobre la media docena de cuestiones básicas (incluido el problema territorial), de las que depende no sólo el bienestar de todos los españoles, sino incluso la subsistencia de España como nación, es decir -insisto en ello- como entidad histórica y como proyecto político de futuro. Ha escrito hace poco Ignacio Varela que “la mañana del 11 de marzo de 2004, en cuanto entré por la puerta del comité electoral del PSOE, casi sin saludar me lanzaron a bocajarro la pregunta: ¿qué efecto tendrá esto sobre las elecciones del domingo?”. Y añade: “Al parecer, el presidente del Gobierno (Aznar) convocó esa mañana en la Moncloa un peculiar comité de crisis al que fue llamado el asesor electoral del PP y no el director del CNI. La primera pregunta fue exactamente igual: ¿qué efecto tendrá esto sobre las elecciones?”.


Ahí se condensa todo: sólo importa el poder, el poder, el poder… Todo por el poder. Pasando por encima de todo. Aunque sea vendiendo a trozos el Estado. Sin mostrar, cuando llega la hora, ni un atisbo del auténtico coraje que la dignidad exige. Unos y otros. A babor y a estribor. ¿Todo para qué? Para su provecho. Por eso coleccionamos fracasos, frustraciones y desengaños continuos como comunidad, como país. Somos ya una nación sin autoestima. La larga lista que hace trece siglos inauguró Don Opas se incrementa hoy sin tasa. ¿Cuándo aparecerá un líder? Si se demora, quizá ya sea tarde.


La España del desamparo
La corrupción también trunca vidas, también mata gente
Jesús Cacho. Vozpópuli. 25 Enero 2026

Cojo prestado el titular del artículo ("Óscar Puente quería ser presidente") que el subdirector de este medio, Isaac Blasco, publicó aquí este jueves y en el que describe a España como "un Estado fallido y unos españoles acostumbrándose a tomarse la conmoción y el desánimo como rutina: la España del desamparo, el desvalimiento de unos ciudadanos resignados a considerar un logro salir ileso de un tren. España como ensayo de un Estado disfuncional, víctima de una indigencia moral inducida desde arriba que ha desarbolado la clase media, ha parado el ascensor social y ha proscrito la cultura del mérito, reemplazada por la del subsidio". El accidente ferroviario de Adamuz es un punto y aparte en la historia reciente de nuestro país, quizá el final trágico de un régimen que arrancó en el 78 y que lleva mucho tiempo arrastrándose por el fango víctima de la incuria, la incompetencia y la corrupción de una clase política que sólo cabe entender como una especie de castigo divino caído sobre un pueblo acostumbrado a aceptar con resignación cualquier calamidad. En realidad España lleva 22 años parada. Se paró en seco el 11 de marzo de 2004, fecha de unos atentados terroristas que cortaron las alas de una España que pretendió volar alto de la mano de un tipo tan peculiar como José María Aznar y que a partir de entonces se ha deslizado por la pendiente de la irrelevancia hasta el martirio de Adamuz. Tres días después de la masacre, las urnas colocaron en Moncloa a un miserable ("Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta"), mediocridad y maldad a partes iguales, cuya labor consistió en enterrar el espíritu de concordia que orientó la Constitución del 78 para volver a enfrentar a las "Dos Españas". Huelga decir que el Gobierno socialista no tuvo ningún interés en investigar la autoría intelectual de la masacre, renuncia que el paisanaje aceptó en silencio, quizá sobrecogido por las consecuencias que tendría el conocimiento de la verdad. Una tara moral de país "pequeño" que desde entonces nos acompaña indeleble.


A finales de 2011 el Gobierno volvió a caer en manos del PP. He escrito mucho sobre la desgracia que para España supuso el despilfarro de la mayoría absoluta que los ciudadanos pusieron en manos de un mediocre sin remedio como Mariano Rajoy tras el "experimento" ZP, por lo que no insistiré. Seguimos pagando el precio de aquella traición, cuyo cénit llegó al punto de servir el poder en bandeja, 1 de junio de 2018, a un protodelincuente como Pedro Sánchez. Desde entonces todas las desgracias se han acumulado, multiplicadas, sobre el solar patrio. Lo ha dicho el presidente aragonés, Jorge Azcón, entrevistado en Vozpópuli: "El destrozo del sistema ferroviario es la viva imagen de la degradación del sanchismo". El AVE era el santo y seña de un país que durante un tiempo soñó con jugar en primera división, el elemento de modernidad del que presumir ante el mundo, quizá, todo hay que decirlo, un lujo muy costoso que España no se podía permitir (so pena de colocar el billete a un precio inalcanzable para la mayoría). "Aquellos que con gran ilusión y cariño construimos la primera línea de alta velocidad por ferrocarril allá por 1992, el AVE entre Madrid y Sevilla, hoy no podemos creer el nivel de degradación que estamos percibiendo en ese mismo servicio", cuenta Antonio Martín Carrillo, ingeniero y ex directivo de Adif. "Primero fue la curva de Angrois, en 2013, y ahora la recta de Adamuz, en Córdoba. Mucho dolor, mucha muerte, familias rotas, y todos nos preguntamos por qué. ¿Cómo ha podido ocurrir esto?"


Esto ha ocurrido por la concurrencia de tres factores, el primero de los cuales es la insuficiente inversión en mantenimiento, asunto sobre el que ya se ha escrito mucho. El gasto real en ese rubro por pasajero se ha hundido casi un 40% respecto a 2013 (ello a pesar de los recortes realizados por el Gobierno Rajoy para cerrar la brecha de un déficit público del 11% heredado de ZP). El segundo factor es la incompetencia. Este es un Gobierno de ineptos, una colección de ignorantes, de personajes que difícilmente se ganarían la vida en el sector privado, de chicos de partido crecidos bajo el faldón del capo de turno. Gente sin idea de casi nada pero muy sectaria. Basta ver los CV de la mayoría de los altos cargos del Ministerio de Transportes, y en particular de Renfe y Adif, para llegar a esa conclusión. Se nombra para cargos de responsabilidad a los amigos y compañeros de partido, se devuelven favores y se premian fidelidades en un insuperable ejercicio de nepotismo. El tercero, en fin, es la corrupción, el santo y seña de un Gobierno convertido en realidad en un grupo mafioso que ha venido a ganarse la vida aferrado al Presupuesto y si puede, a afanar lo que pille, una "organización criminal", como ha sido definida reiteradamente en autos judiciales, con el servicio al país como último y remoto sentimiento. Es Sánchez y su banda, una estructura delincuencial y su capo, un Corleone dispuesto a resistir para poder tener la oportunidad de robar durante más tiempo, a pesar de la corrupción familiar que le rodea y de las desgracias que afligen al país. Pocas definiciones tan acertadas como la de Lucas Stegemann en la red social X: "En el corazón del desastre ferroviario se encuentra el espantoso nivel de corrupción e incompetencia de la administración pública española, la ocupación de altos cargos por parte de burócratas políticos inútiles y, lo peor de todo, una cultura de nula rendición de cuentas".


Toda la cúpula de Transportes (antiguo Fomento, ministerio del gasto por antonomasia) está en la cárcel, investigada por la Justicia o a punto de estarlo en cuanto la jueza de Montoro inicie sus pesquisas sobre lo ocurrido en Adamuz. Todos son carne de cañón. No hay dinero para invertir en mantenimiento y los trenes se mueven como atracciones de feria para pasmo del viajero, pero este Gobierno sigue trabajando, y gastando, en la futura línea de AVE entre Palencia y Santander, perdón, en realidad entre Palencia y Reinosa porque la alta velocidad no llegará hasta Santander por razones de orografía y coste asociado, línea que jamás será rentable y que responde al pago del apoyo parlamentario a Sánchez por parte del cacique cántabro Miguel Ángel Revilla. Revilla exige un AVE y Sánchez se lo concede a cambio de su voto, como acepta la amnistía que le reclama Puigdemont o los 4.700 millones que le demanda Junqueras. Sánchez se fuma un puro con los intereses de España. Habrá AVE a Reinosa pero no a Mérida y Badajoz, porque Extremadura no tiene ningún voto que valga una línea de alta velocidad. No hay dinero para mantener en buen estado la infraestructura ferroviaria pero sí lo hay para comprar votos. El mismo día que 45 personas perdían la vida en Córdoba, el Gobierno anunciaba el lanzamiento de un "abono único" de transporte por 60 euros al mes con un coste global de 1.370 millones. Ayer mismo José Sánchez contaba aquí en exclusiva ("Adif alertó la misma semana de la tragedia de otro carril roto a diez kilómetros de Adamuz") la existencia de tres roturas de carril distintas a la que provocó la catástrofe del lunes. No hay dinero para mantenimiento porque no hay ninguna cinta que cortar invirtiendo en asegurar la vida de los viajeros. Es la corrupción, que no solo empece el desarrollo económico sino que también trunca vidas, también mata gente.


Y no será por falta de dinero. Seguramente no ha habido Gobierno en democracia que haya dispuesto de tanta liquidez como este. Al río de fondos europeos gratis total llegados desde Bruselas tras la pandemia hay que añadir una recaudación récord, que ha aumentado en un 70% desde 2018 porque lo que realmente funciona bien aquí es la Agencia Tributaria, un fisco acostumbrado a exprimir al contribuyente y a pisotear sus derechos como ciudadano. Más de 4 puntos de PIB ha aumentado la presión fiscal entre 2017 y 2025. La economía crece por la llegada de un ejército de inmigrantes y a la Hacienda pública le sale el dinero por las orejas, pero la vida de Juan Español no mejora, la renta per cápita está estancada desde hace 20 años. ¿Qué está pasando aquí? ¿Cuál es la razón de tan llamativa contradicción? Jon González, un tipo muy activo en redes sociales se pregunta en X: "¿Dónde está el dinero? Está financiando el presente, y al hacerlo está dejando de financiar mantenimiento, inversión, productividad, capital humano, cohesión intergeneracional. Es una cuestión de prioridades. Reorientar el gasto público no significa recortar a ciegas ni negar la solidaridad, sino decidir qué futuro queremos financiar". Es la consecuencia de la toma por parte de los Gobiernos de malas decisiones de política económica —por error o, peor aún, por ideología— mantenidas en el tiempo, que terminan afectando a la vida de la gente, dañando sus expectativas vitales y perjudicando gravemente su bolsillo y su nivel de vida, decisiones mansamente asumidas por un electorado acostumbrado a aceptar cualquier humillación y a seguir votando a sinvergüenzas como el que nos preside.


Un Gobierno que utiliza el dinero público para fidelizar y comprar votos, que vive al día y que carece de cualquier estrategia de país. El resultado no podía ser otro que la degradación constante y acelerada de los servicios que el Estado presta a los ciudadanos. La educación ha colapsado y ha perdido cualquier referencia como ascensor social; la sanidad empeora a ojos vistas, con interminables las listas de espera; los trenes de alta velocidad se paran, cuando no descarrilan, en descampados durante horas; la justicia se eterniza por falta de medios; el firme de las autovías —por no hablar de su trazado, de los años ochenta— convierte cualquier viaje en coche en una apuesta arriesgada; el país se sumerge en la oscuridad por apagones que nadie explica; la Administración no funciona a pesar de que el número de funcionarios no deja de crecer; la clase media se achica achicharrada a impuestos, y los jóvenes bien educados se buscan la vida en el extranjero ante la falta de expectativas vitales en su país. Ello por no hablar de los problemas estructurales de los que este Gobierno de incompetentes no quiere saber nada. El nivel insoportable de una deuda pública que ha superado ya el listón de los 1,7 billones (70.000 millones de incremento en 2025) y cuyo servicio (pago de intereses) se comerá en 2026 la friolera de casi 45.000 millones. ¿Cuántas cosas podría hacer un Gobierno respetado y respetable con 45.000 millones? O la amenazadora bola de nieve de las pensiones, con los ingresos por cotizaciones representando apenas el 70% de la factura, de modo que el Estado se ve obligado a cubrir los déficits del sistema recurriendo básicamente al endeudamiento. "El Estado acumula ya 600.000 millones en 'ayudas' a la Seguridad Social para pagar las pensiones en los últimos 10 años" (Beatriz Triguero este jueves en Vozpópuli). Pagar las pensiones con deuda es una barbaridad conceptual que solo puede conducir al default de nuestro país a corto/medio plazo.


En estas aguas cenagosas nos movemos desde hace años, ante la aparente desidia de una buena parte de la sociedad y la laxitud criminal de un Gobierno declarado enemigo, además, de nuestras libertades. Por eso la tragedia de Adamuz ha supuesto un punto de no retorno. Este drama ha tocado muy de cerca el corazón de la gente, ha alcanzado su fibra más sensible. Una sensación de "hasta aquí hemos llegado" sacude el alma de los españoles de toda condición, con una foto terrible hoy en boca de casi todos. Es obra del fotógrafo de la Casa Real y la ha colgado Zarzuela en su propia web. Incomprensible. En ella se ve a un Felipe VI, descorbatado, en el teatro de los hechos en compañía de una reina Letizia que muestra, retrato en negro, cierto parecido con las famosas niñas góticas de Zapatero, escoltado por el titular de la cartera de Transportes y por el presidente de la Junta andaluza, Juanma Moreno. En primer plano, por delante de los Reyes, se ha colado esa Maritornes, prodigio de desfachatez, que responde al nombre de Marisú Montero y hay un guardia civil que mira al Rey con las manos entrelazadas, como el propio Monarca, en actitud de profundo desistimiento. El grupo posa en silencio sobre una especie de acera, mientras a su derecha y a pie de vía descansa hecha jirones la locomotora del tren Iryo cual ave de presa abatida por un disparo traicionero. Inerte. Es una copia sin fuste de "La familia de Carlos IV" de riguroso luto, una pintura negra de Goya, el olmo seco hendido por el rayo y en su mitad podrido, la España sórdida y grotesca de Gutiérrez-Solana y su pincel de trazo grueso, el fusilamiento de Torrijos en las playas de Málaga carente de cualquier heroísmo. Es la escena de una rendición sin condiciones, la inacción hecha mensaje, la desolación, la derrota. La imagen de esta España que hoy se debate entre la vida y la muerte en manos de un cuatrero.


Entre tanta desgracia, tanto apagón, tanta Dana, lo mejor de esta España atribulada sigue siendo su paisanaje, esa buena gente de Adamuz que la noche de la tragedia se dedicó a socorrer a las víctimas sin pedir nada a cambio. ¡Qué trágico desperdicio! El noble pueblo español siempre dispuesto, cuando todo parece ya perdido, a salvar a la nación. Ese pueblo no puede aceptar una rendición sin condiciones a manos de Sánchez y su banda, cuyo destino no puede ser otro que la cárcel. No se trata ya de pedir esta o aquella dimisión, una futesa comparada con la dimensión del problema. España se siente hoy atravesada por una auténtica crisis existencial, una crisis de la que solo se podrá salir no con un simple cambio de Gobierno sino con una verdadera revolución democrática que imponga prioridades y señale objetivos claros. Una auténtica terapia de choque con un proyecto de futuro como punto de partida, una estrategia de país, tanto política como económica, que priorice el gasto público, persiga a muerte la corrupción y ensalce la excelencia y el trabajo bien hecho. Un país de políticos honrados al servicio de ciudadanos capaces de perseguir sus sueños en libertad.


******************* Sección "bilingüe" ***********************


La asoladora cultura política del sanchismo
Editorial. la razon. 25 Enero 2026

Que el gobierno de la Generalitat catalana se crea en la obligación de exigir la suspensión del servicio de Cercanías en la región y encuentre la general comprensión de la opinión pública es el resumen perfecto de hasta dónde ha caído la confianza de los usuarios, y no sólo del ferrocarril, tras los últimos ejecutivos socialistas.


Detrás de esta pérdida de crédito ciudadano se encuentra lo que podríamos llamar la desoladora cultura política del sanchismo, que ha roto todos los consensos y ha convertido la gestión pública en un coto propio, especie de refugio salarial para militantes y simpatizantes en dificultades tras las sucesivas derrotas electorales.


Que esto es así se demuestra con las listas de cargos directivos en los distintos ministerios y organismos gubernamentales, con especial énfasis en las empresas de titularidad pública, mucho más accesibles a la arbitrariedad. Es, sin ir más lejos, el caso de Adif, «colonizada» en sus puestos de dirección por exdirectivos del gobierno socialista valenciano de Ximo Puig, con el resultado que todos podemos ver en estos días de luto ciudadano, mientras desde el Ministerio de Transportes, con Óscar Puente a la cabeza, se multiplican las excusas, las justificaciones y la manipulación grosera de datos, en medio de un ambiente de desconcierto que no hace más que alimentar desconfianzas y rumores.


Por supuesto, se trata de una primera fase, que conducirá inevitablemente a descargar responsabilidades en el sector privado o en la socorrida oposición popular, puesto que otra de las características propias de la cultura sanchista es no reconocer nunca los errores propios, ni admitir como propias las consecuencias de la ineptitud en la gestión. Esto, que hemos dado en llamar fabricación de un relato, pero que no es más que la técnica de propaganda política de toda la vida, acabará por contaminar la realidad, llevando una vez más a los ciudadanos a la rabia, el enfrentamiento ideológico y la desconfianza.


Un alto precio a pagar para que políticos que carecen de competencias profesionales para el cargo que desempeñan y que se rodean de una corte de amigos y correligionarios pagados con sueldos muy por encima de los que cobra el común de los españoles se mantengan en el machito. Ciertamente, hay una responsabilidad en cascada de toda esta confusión, que comienza con la figura del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, responsable único y directo de unos nombramientos al frente del departamento de Transportes que han sido sinónimos de ineficacia y nepotismo.


Nadie espera que se asuman responsabilidades en un Gobierno que ni siquiera puede argumentar con datos técnicos contra la suspensión de las Cercanías en Cataluña, entre otras razones, porque ha acabado con la paciencia de los profesionales que habían hecho de servicio ferroviario español uno de los mejores de Europa, pero que, ahora, no se atreven a garantizar la seguridad de los viajeros.


La España de Babel
Carlos de Urquijo. el debate. 25 Enero 2026

En las últimas semanas, hemos podido leer en El Debate noticias que, no por recurrentes, dejan de ser menos alarmantes. Tras la aprobación de la Constitución y los estatutos de autonomía, creció de manera desaforada el interés de algunos partidos por exaltar la diferencia como fórmula para obtener mayores ventajas para la región respectiva. Un elemento básico de la singularidad era disponer, se hablará, más o menos, de otra lengua, además de la oficial del Estado que, como señala el artículo tres de nuestra Constitución, es el castellano. Creíamos que, con el vascuence, el catalán y el gallego se cerraba el círculo, craso error.


Repasemos un par de noticias a las que me refería al comienzo. La Academia de la Llingua Asturiana ha enviado un informe al presidente del principado para que se establezca un horario mínimo de enseñanza del bable en los colegios, que asegure su dominio por parte del alumnado. El grupo parlamentario de Podemos en el Congreso de los Diputados ha registrado una proposición no de ley relativa al reconocimiento del profesor de ESO en la especialidad de aragonés y asturiano. Parecería una broma, pero no lo es, y lo sorprendente es que parece que ni los de la Academia ni los de Podemos, se han tomado la molestia de leer los estatutos de autonomía de aquellas comunidades. El artículo 4 del asturiano y el 7 del aragonés hablan de la protección de aquellas lenguas, pero no se les reconoce oficialidad alguna.


Cataluña y País Vasco, cómo no, son caso aparte. Estas comunidades sí recogen en sus estatutos la cooficialidad del vascuence y el catalán, si bien no les autoriza a ignorar las sentencias judiciales que cuestionan su imposición. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ya señaló en 2014 la ilegalidad de la inmersión lingüística que, de hecho, suponía la desaparición del castellano en su sistema de enseñanza. Aquella sentencia señalaba que al menos el 25 % de la enseñanza –un límite que produce sonrojo– debía impartirse en castellano. Ante el reiterado incumplimiento del Gobierno de la Generalitat, en 2020 volvió pronunciarse en igual sentido, siendo ratificada dicha obligatoriedad por el Tribunal Supremo en 2021. Por supuesto, la Generalitat sigue pasándose por el arco del triunfo estas resoluciones sin que el Gobierno de España, ni el president socialista Illa, hagan absolutamente nada para defender el Estado de derecho y amparar a los castellanohablantes.


En el País Vasco ocurre algo similar. En diciembre del año pasado el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco elevó al Tribunal Constitucional cuestión de inconstitucionalidad en relación con el artículo 187.5 de la ley vasca de empleo público. Consideraba la sección tercera de la Sala de lo contencioso-administrativo, que no debía asignarse a todos los puestos de trabajo públicos un perfil lingüístico, o lo que es lo mismo un determinado conocimiento del vascuence, al vulnerar el principio de proporcionalidad derivado del artículo 23 de nuestra Constitución. Pues bien, la respuesta del Gobierno Vasco en palabras de su vicelehendakari fue calificar esta decisión de «especialmente grave por atacar un pilar básico de la normalización lingüística en Euskadi que pone en cuestión todo el sistema de euskaldunización del sector público». El PNV, por su parte, convocó a sus alcaldes y concejales, acompañado de los de Bildu, ante la sede del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco para «denunciar la ofensiva judicial española que daña gravemente el autogobierno vasco».


Conviene concluir que hoy en España los únicos sojuzgados son los derechos de aquellos compatriotas que no pueden educar a sus hijos en la lengua oficial del Estado en todo el territorio nacional. Los únicos ataques provienen del pésimo ejemplo de las autoridades públicas que, en vez de cumplir las resoluciones judiciales, optan por la insumisión con el agravante de salir impunes. El único autogobierno maltratado es el de la nación española que no tiene Gobierno que la defienda de la burla a nuestro Estado de derecho. Una lástima que una lengua hablada por más de 600 millones de personas en todo el mundo esté perseguida, cuando no proscrita, en su país de origen. Esto es lo que hay.


Carlos de Urquijo fue delegado del Gobierno en el País Vasco


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