Recortes de Prensa Domingo 6 Septiembre 2026

War update: 245 combat clashes on front lines over past day, most on Pokrovsk axis

https://www.ukrinform.net. 6 Septiembre 2026


A total of 245 combat engagements between Ukrainian defenders and Russia's invading forces were recorded along the front line on September 5, with 43 of the attacks taking place on the Pokrovsk front.


According to Ukrinform, the General Staff of the Ukrainian Armed Forces said this in a Facebook update on the situation as of 08:00 on Sunday, September 6.


Over the past day, Russian forces carried out 87 airstrikes, dropping 288 guided aerial bombs. In addition, the invaders used 8,340 kamikaze drones and launched 2,389 attacks on populated areas and Ukrainian military positions, including 32 using multiple launch rocket systems.


Russian forces shelled, among other places, the settlements of Bachivsk, Bezsalivka, Koreniok, Ulanove, Iskryskivshchyna, Malushyne, Neskuchne, Rohizne, Atynske, Volfyne, Nova Sich, Tovstodubove, Mala Slobidka, Esman, Starykove and Yastrubshchyna in the Sumy region, as well as Leonivka and Lohy in the Chernihiv region. Vilna Sloboda was hit by an airstrike.


Over the past day, Ukrainian aviation, missile forces and artillery struck three areas where Russian personnel were concentrated, three UAV command posts, one important facility and two command posts belonging to the invading forces.


On the Northern Slobozhanshchyna and Kursk fronts, five Russian assault operations were recorded over the past day. The aggressor carried out 40 attacks on Ukrainian positions and populated areas, including one using multiple launch rocket systems. It also launched two airstrikes using five guided aerial bombs.


On the Southern Slobozhanshchyna front, Ukrainian units repelled nine Russian attacks. The invaders attempted to advance toward the settlements of Kozacha Lopan, Prylipka, Lyman, Izbytske, Zakharivka, Kupyne, Mala Vovcha, Vodiane and Khatnie.


On the Kupiansk front, Russian forces made nine attempts to improve their positions, launching assaults toward Radkivka, Kupiansk-Vuzlovyi, Kivsharivka, Borivska Andriivka and Novoosynove.


Read also: Ukrainian forces strike Russian radar, electronic warfare system, MESH network repeater

Russian attempts to break through Ukrainian defenses were repelled on the Lyman front, where the invaders launched ten attacks toward the settlements of Novoselivka, Druzheliubivka and Lyman.


On the Sloviansk front, the enemy launched two assaults near the settlement of Rai-Oleksandrivka and toward Ozerne.


On the Kramatorsk front, Russian invading forces carried out two offensive operations toward Yurkivka and Fedorivka.


Seventeen attacks were recorded on the Kostiantynivka front. The invaders conducted assaults near Kostiantynivka and toward Kindrativka, Pavlivka, Toretske, Sofiivka, Novopavlivka and Novoselivka.


Russian forces launched 43 attacks on the Pokrovsk front. The invaders attempted to advance toward the settlements of Dorozhnie, Nykanorivka, Bilytske, Novyi Donbas, Dobropillia, Vodiane, Shevchenko, Chernihivka, Matiashivka, Serhiivka, Vasylkivka, Udachne, Nadiia and Novopavlivka.


On the Oleksandrivka front, Russian forces launched two assaults toward Ternove and Zelenyi Hai.


On the Huliaipole front, the invaders attacked Ukrainian positions five times. Russian forces attempted to advance toward the settlements of Verkhnia Tersa, Charivne and Hirke.


On the Orikhiv front, Ukrainian forces halted a Russian attempt to advance near Pavlivka.


On the Dnipro River front, Russian forces did not attempt to improve their positions.


No signs of Russian forces forming offensive groupings were detected on the Volyn and Polissia fronts.


Echemos a los invasores de Ceuta ¡ya!

EDUARDO INDA. okdiario. 6 Septiembre 2026


Este Gobierno y sus secuaces mediáticos a sueldo son lo más parecido que pueda haber a Belcebú sobre la faz de la tierra. Hace falta ser muy malaje para calificar de «crisis humanitaria» lo que a todas luces, con informes policiales y sin ellos, constituye una invasión de nuestro territorio nacional en toda regla. Es lo del pato: si anda como un pato, caga como un pato y hace «cua-cua» resulta obvio que se trata de esta especie y para nada un gato, un rinoceronte o una perdiz.


Tampoco resulta imprescindible gozar del cociente intelectual de un Premio Nobel para colegir que cuando un Estado consiente que en un país vecino irrumpan 80.000, 90.000 ó 100.000 personas —desconocemos la cifra exacta pero por ahí anduvo— ha provocado una invasión. Quien controla una puerta decide quién entra y quién sale. Es tan evidente que sonroja tener que explicarlo. Esas imágenes de gendarmes marroquíes dando instrucciones a camiones con 100 personas a bordo para que se bajen cerca de la frontera con España ese 30 de julio de la infamia valen más que mil palabras que podamos soltar cualquiera de nosotros. Además, en una dictadura franquea la frontera quien quiere el sátrapa. Punto. Y, desde luego, dejan a Pedro Sánchez, a sus ministros, a los Javieritos de la vida, al siempre gubernamental El País y demás gentuza a la altura del betún.


Al respecto cabe recordar que Pedro Sánchez sólo nos ha contado una verdad en toda esta descomunal crisis, la más grave padecida por nuestro país desde ese 11-M con similares antagonistas. Fue el 31 de julio y, más concretamente, en el lugar de los hechos, Ceuta. «Es una violación de la integridad territorial de nuestro país», apuntó el presidente del Gobierno antes de añadir que se trataba de «un ataque».


De esos dos inequívocos y acertados conceptos de «violación de la integridad territorial» y «ataque» pasó sin solución de continuidad a hablar de «crisis humanitaria». De los «migrantes [palabro woke donde los haya]», naturalmente. A los ceutíes que les den. Y si quieren algo, que lo pidan. Sobra decir que el cambio de postura se consumó tras recibir algún que otro toque de Rabat recordándole que tienen el contenido histórico de su móvil hasta 2021, básicamente, porque se lo hackearon con la ayuda de ese implacable malware israelí que es Pegasus. Y está de más apostillar que el móvil del marido de la biprocesada Begoña Gómez, del jefe de Koldo, Cerdán y Ábalos y del íntimo de Zapatero y Otegi no puede contener nada bueno. Debe haber medio Código Penal y parte del otro.


Lo cierto y verdad es que los informes de la Policía y con toda seguridad CNI y Guardia Civil coinciden en su tesis: representó una invasión instigada por ese régimen alauita del que nunca te puedes fiar. Ni lógicamente en tiempos de Abdel-Krim ni con Hassan II, ni claramente ahora con Mohamed VI. Sólo mostró más seriedad con nosotros y con todo el mundo ese dignísimo Mohamed V, abuelo del rey actual. Para muestra, un botón: cuando Hitler le exigió que le entregase el millón y medio de judíos que vivían por esos pagos le mandó a esparragar: «Presidente, no puedo hacerlo porque son ciudadanos marroquíes». Y el segundo mayor genocida de la historia se quedó con las ganas.


Tampoco se puede decir que el Ejecutivo a las órdenes de la corona alauita se haya escondido. Al César lo que es del César. Tres ministros del Comendador de los Creyentes han dejado bien claro que quieren Ceuta porque es “suya” pese a que lleva 360 años formando parte de España y jamás de los jamases perteneció a Marruecos. El primero en mojarse fue el de Justicia, Abdellatif Ouahbi, que el 21 de agosto señaló que «la cuestión de Ceuta y Melilla seguirá siendo un asunto de diálogo con España porque mantendremos nuestro derecho histórico y geográfico».


El siguiente fue el inquietante ministro de Asuntos Islámicos. Ahmed Toufiq aludió delante de Mohamed VI y el heredero, Moulay Hassan, «a la lucha sagrada por las ciudades ocupadas sitiadas» que, obviamente, son Ceuta y Melilla. Ojito a lo de la «lucha sagrada» porque da miedo, mucho miedo. Y hace cuatro jornadas fue el de Obras Públicas el que se expresó en cuasiidénticos términos: «¿Qué debemos decirle a nuestra vecina después de lo ocurrido en Ceuta? Nosotros se lo trasladamos con toda franqueza: España es un socio esencial pero no retrocederemos un palmo de nuestro territorio nacional». Hay que ser un gran gilipollas para tomarnos el pelo como hace la izquierda patria con la chorrada esa de la «crisis migratoria y humanitaria». Fue una operación de ocupación de territorio enemigo. Ni más ni menos.


Conclusión: si es lo que es, una invasión, hay que hacer lo que hay que hacer. Y no es precisamente tirar de esa Ley de Extranjería que parece concebida para favorecer a los inmigrantes ilegales y no para sancionarles como se merecen. Yo no sé qué coño hace este Gobierno elaborando un censo de los 20.000 invasores que permanecen en Ceuta —el cuádruple de lo que sostiene el caudillo monclovita— para iniciar un proceso de devolución que en el mejor de los casos se prolongaría dos años.


Lo que hay que hacer, legal, moral y pragmáticamente, es coger a todos los indocumentados que se pillen pululando por Ceuta, meterlos en autobuses, enviarlos al Tarajal y obligarles a volverse por donde vinieron. Esta tarea deben implementarla no sólo la Policía y la Guardia Civil sino, sobre todo y por encima de todo, ese Ejército que es quien Constitución en mano ostenta la obligación de «defender la integridad territorial de España». El artículo 8.1 es de los pocos de la ley de leyes que no albergan recoveco para la ambigüedad.


Y de los más de 2.000 menas que acabaron en la Ciudad Autónoma que nadie se ocupe ni preocupe porque el propio titular de Justicia marroquí dejó bien claro hace casi un mes que quieren su “inmediata repatriación”. Y así conseguiremos que estos niños y adolescentes estén con quienes han de estar: sus padres y sus madres. Eso sí que sería un acto humanitario y no los cuentos chinos que nos larga a diario esta izquierda patria cuya filosofía se resume en ese asqueroso lema leninista del «cuanto peor, mejor».


Esta coyuntura no se puede alargar un segundo más so pena de que acabe estallando ese polvorín que es ahora mismo una urbe que durante siglos fue maravilloso símbolo de convivencia entre cuatro culturas: la cristiana, la musulmana, la hebrea y la hindú. No aguanta tres meses más así salvo que lo que busque Sánchez es que haya una guerra civil en sus 19 kilómetros cuadrados. Que tampoco hay que descartarlo siguiendo ese repugnante «cuanto peor, mejor». O se expulsa a los delincuentes que entraron por sus bemoles o habrá muertos e inevitablemente la plaza española acabará siendo Marruecos más pronto que tarde vía revolución sociológica. Pasó con el Sáhara y acaecerá con Ceuta y Melilla. Prevaricar no es largarlos por las buenas o por las malas, es aplicar la Ley de Extranjería o esa estúpida sentencia de la Sala Tercera del Tribunal Supremo de hace dos meses que prohíbe las devoluciones en caliente cuando se accede a España a nado. Son invasores, no inmigrantes, coño.


La medalla

Rafael Nieto. gaceta. 6 Septiembre 2026


El cerebro humano tiende de manera natural a simplificar las ideas que le parecen complejas. Así, si algo es malo considera que su antítesis es buena, aunque por supuesto no haya razón para que lo sea. El Partido Popular, desde su misma fundación, juega con esa tendencia cerebral para que su potencial electorado, sin tener que razonar mucho, lo vea como algo bueno para España por ser «lo contrario» al PSOE. Pero la verdad (¡tan lejos siempre de las burdas simplificaciones!) es que ni el PP es lo opuesto al PSOE, ni por lo tanto el PP es bueno para España.


El lamentable episodio de la entrega de la Medalla de Ceuta al imán de la mezquita de la M-30 es solamente un caso más que nos permite ver la auténtica identidad política de los populares. Este periódico ya informó el pasado mes de abril de que el PSOE ceutí había propuesto al conocido líder islámico Adil Mohamed para que recibiese el galardón. La propuesta pepera era otra: una organización dedicada a los cuidados paliativos. Pero, como siempre, entre defender principios o conveniencia política, el PP eligió lo segundo. Y apoyó el disparate socialista que, como siempre, sólo recibió los votos en contra de VOX.


La propuesta era una barbaridad en cualquier caso; pero en concreto, entregar la Medalla de Ceuta a un líder musulmán en plena invasión marroquí de la ciudad es más que eso. Es un acto de alta traición. Es un insulto a los ceutíes y al resto de los españoles. Es un acto cobarde e infame de sumisión española al sultán de Marruecos, al que imaginamos partido de risa mientras consulta por enésima vez los archivos de Pegasus. Es de los actos más viles e indecentes que pueda protagonizar un partido en España.


Pero si hay una seña de identidad propia del PP, además de su cobardía y pequeñez moral, es sin duda la incapacidad de rectificar y corregir sus errores. El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, sabiendo que sus vecinos llevan más de un mes en shock debido a la invasión de sarracenos, sin poder salir tranquilos a la calle, con los hospitales colapsados, con las playas llenas de chamizos y de mierda, tuvo el cuajo de entregar la medalla de la ciudad al imán de la M-30. Sin que se le moviera ni un pelo del bigote, y por supuesto sin que se le cayera la cara de vergüenza. Porque probablemente no la conozca.


A pocos metros del escenario donde tuvo lugar esta infamia se encontraba el líder pepero, Núñez Feijoo, al que imaginamos contemplando la escena con los ojos húmedos de la emoción. «La convivencia entre las tres religiones» y todas esas gilipolleces del mundo progre. Ninguno de sus cientos de asesores le dijo que quizá no era buena idea hacer aquello en un momento tan crítico para los ciudadanos, pero el «cagalla y jamás enmendalla» del PP no conoce límites. Antes muertos que coherentes. Y antes «demócratas de carnet» que españoles.


Llegarán las próximas elecciones generales. Y muchos españoles acudirán a las urnas pensando simplemente que «el PP es lo opuesto al PSOE, y por lo tanto es bueno». Pero no es así. Nunca ha sido así. El PP es la muleta que necesita el PSOE para romper España. Es su socio por acción y por omisión, por activa y por pasiva. Su socio fiel en Bruselas y el que respalda sus enloquecidas propuestas en España. Más claro no se lo podemos decir.


Una organización criminal

Roberto Granda. gaceta. 6 Septiembre 2026


Cuando era niño y adolescente, las mafias tenían una fascinación a la que hoy ya no pueden aspirar, caído el velo del misterio. La culpa era del cine: era de Howard Hawks, de Coppola, de Scorsese; pero luego supimos que la realidad se presenta de forma mucho más sucia, más vil, más inmisericorde; alejada de ese aura de romanticismo y aventura, de forajidos intrépidos, familia, códigos de honor, violencia necesaria y hombres bien vestidos. Ese imaginario que nos había embebido.


Los Soprano nos enseñó a un antihéroe que va al psiquiatra y la banalidad del mal, y leer a Roberto Saviano y a Don Winslow sirvió de espanto y de cura a todo lo anterior.


Interviniendo como experto invitado en una sesión en la Junta General del Principado, fui llamado al orden por referirme a la PSOE como «la organización criminal de nuestras vidas». Tampoco a algunos de los ínclitos políticos presentes les hizo mucha gracia el comentario, a tenor de sus airadas protestas. Peor para ellos.


En mi día a día veo, presiento, miro, hablo. Leo. Sobre todo eso. Podría alegar que «estructura criminal» es un término que la UCO describe en sus informes, o que el Tribunal Supremo vio de forma irrebatible la organización criminal que formaban Koldo, Ábalos y Santos Cerdán, algo que no podrían haber constituido a expensas del partido. Lo hicieron precisamente porque estaban en él.


La PSOE es una franquicia económica, financiera y operativa. En ella contribuyen empresarios de varias sociedades y está enraizada de manera profunda en todos los estamentos del Estado. Mil ojos tiene la banda.


El Partido Socialista es, de forma clara y reiterada, el que más dinero privado recibe en España. Una supremacía económica que no nace directamente de la actividad criminal, sino de la capacidad de equilibrar los capitales legales e ilegales. Luego realiza, dentro de la estructura, una gestión vertical, empresarial, y decididamente hostil al bienestar de los españoles. Aunque aparezca «obrero» en sus siglas, la organización está más cerca de ser un capricho burgués que una esperanza de los parias.


Durante la pandemia, durante la Dana en Valencia, en el accidente de Adamuz o en la invasión de Ceuta… su participación, gestión negligente o complicidad sólo acarrearon dolor, tragedia y terror. Ahora, una crisis de seguridad, geopolítica y de salud pública.


La PSOE es, por número de afiliados, la mayor organización criminal de España, y una de las más grandes de Europa. Es una pirámide prácticamente perfecta, y su lista de delitos a lo largo de su historia cubre sábanas enteras. Incluso los de esta última década.


Los ciudadanos españoles no necesitan a los clanes de la PSOE, son los clanes de la PSOE los que tienen una necesidad extrema de los ciudadanos españoles. Necesitan su voto, su ingenuidad, su complacencia cómplice, sus espectadores para consumir a los proselitistas de guardia en los medios.


Ningún alto cargo puede abandonar durante mucho tiempo su puesto, ya que sobre él se edifica todo el poder y también por él puede derrumbarse. Sólo sobreviven los que se mantienen dentro de la disciplina de la corporación.


Existe una estructura federal de clanes regionales que se han hecho cada vez más autónomos. Desde Madrid no se prestó demasiada atención al fenómeno de los socialistas en la periferia del país. Y ahora esas federaciones socialistas, como la asturiana, empiezan a chupar como piojos voraces y frenan todo avance económico en esas provincias.


Zapatero fue la cara más visible, en narcodictaduras y asesorías, de un flujo empresarial internacional. Su figura está intrínsicamente ligada a uno de los tráficos intercontinentales más florecientes que la historia criminal haya conocido jamás.


Maletas en aviones, vuelos a Dominicana, cuentas opacas y operaciones que saltan océanos. La PSOE ha saltado fronteras.


Para justificar sus monstruosidades, tienen a todo un ejército de complacientes desinformadores. Menuda tropa, ellas y ellos; absorben con fruición el enésimo lechazo que su presidente les da a engullir. Por supuesto, hay otro periodismo admirable y necesario, crucial. Combatir con investigaciones el poder de la organización comporta una paciencia inquebrantable, tirando uno a uno de los hilos de la madeja económica para llegar a los capos.


Con una dignidad casi fordiana, aguantan presiones y campañas de descrédito, sin dejar en ningún momento de hacer su trabajo, con esa virtud esencial llamada profesionalidad.


Es preciso seguir las informaciones que permitan percibir un atisbo, las que abren las puertas a comprender, aunque sea mínimamente, parte del organigrama entero, el enorme periplo del poder económico y de medios de la organización.


Comprender cómo funcionan las cosas, cómo va el derrotero del presente. No es un fenómeno intangible, la sociedad del puño y la rosa está formada por personas y sus lazos y conexiones son, en su mayoría, rastreables. Por eso, la próxima vez que tenga la oportunidad de comparecer, cuando sea llamado al orden, diré: «¿Organización criminal? Sí, por supuesto».


La irreversible ilegitimidad de Sánchez
Federico Jiménez Losantos. libertad digital. 6 Septiembre 2026


Sánchez ya ha entregado Ceuta. Nos toca recuperarla sobre las ruinas humeantes de este Gobierno. Pero no hay mejor argumento que seguir preguntando lo mismo: ¿por qué Sánchez ha traicionado, traiciona y seguirá traicionando a España?


La extraordinaria movilización nacional en apoyo a Ceuta y contra Sánchez marca, a mi juicio, un antes y un después en el futuro político con el que sueña el presidente del Gobierno. Por resumir: nadie de la media España que salió a la calle con el nuevo grito improvisado "¡Sánchez a prisión!" admitirá como legítimo algún tipo de continuidad suya en el poder. Y si robando las elecciones, como avisó Abascal, quiere mantenerse en el poder, la derecha política y sociológica dirá, en masa, que ha asaltado las urnas.


El valor de la bandera nacional

La movilización fue emocionante, masiva, indignada y personalizada. Y al día siguiente, en las Cortes, los líderes de la oposición le pusieron letra al himno nacional, que, a tambor batiente, le llamó traidor un millón de veces. Una gran manifestación en Madrid no es demasiado difícil de organizar, aunque la derecha haya demostrado una y otra vez que no sabe hacerlo. De toda España, con las bases del PP y de Vox unidas por primera vez en años, pueden llegar a la capital de España entre cien y doscientas mil personas. Lo difícil es llenar a la vez todas las plazas de todas las capitales de España, grandes y pequeñas, del norte al sur y del este al oeste, y viceversa.


Y todas, todas, con sólo una bandera: la española. Antaño, se unían banderas regionales a la nacional, fruto del complejo de la derecha. Hemos llegado a un punto, sin embargo, en que lo accesorio estorba. Se ha hecho realidad lo que nunca pasó de aspiración minoritaria durante la Transición: ¡España entera y sólo una bandera! Es muy probable que la mayoría de los que la llevaban con el mismo orgullo de la victoria en el Mundial de fútbol no tuvieran ni idea del gran cambio que esa unificación simbólica suponía. Y ha sido, como tantas cosas y tantas veces en la historia de España, algo espontáneo. No improvisado, sino sentido.


¿Cómo mostrar a los ceutíes que estamos dispuestos a defenderlos como parte nuestra? Con la bandera que compartimos. Algunos políticos le añadieron la bandera de Ceuta, con su blanco y negro medieval, como la de la Bretaña francesa, que pervive en la leyenda de Camelot y el rey Arturo. Pero los cientos de miles de compatriotas de los ceutíes, la nacional y basta.


Esto de que las manifestaciones contra Sánchez y su Gobierno, pero muy centradas en el odio que su desprecio suscita y su traición merece, se unan en torno a la bandera nacional que nos identifica desde el siglo XVIII tiene un precedente que los testigos de entonces dejaron claro y se olvidó: un error mayúsculo del bando republicano en la Guerra Civil de 1936-1939 fue imponer la bandera tricolor, que no tenía ninguna tradición detrás y no significaba nada como símbolo unitario, frente a la del bando nacional, que, llevaba, como es lógico, la nacional. No monárquica, nacional. Muchos líderes republicanos lo confiesan en sus memorias. La Bandera roja o la roja y negra tenían un significado profundo, el de la revolución socialista. La tricolor, republicana, era simplemente antinacional. De hecho, en la Primera República, la bandera siguió siendo la de Cádiz y el 2 de mayo. Y en las guerras carlistas, la blanca con la cruz de San Andrés o de Borgoña, iba junto a la roja y gualda. Querían una España distinta, pero una España.


Los discursos unitarios de Feijóo y Abascal

Era muy importante que al día siguiente de esa marea de indignación nacional, los líderes de los dos partidos que agrupan la intención de voto de la derecha no exhibieran sus diferencias, sino su coincidencia esencial. Feijóo, a diferencia del verano azul de los chanquetes de Génova, se ha pasado agosto en Ceuta, acompañando a Vivas, y ha demostrado, como Ayuso en los incendios de Madrid, que los líderes políticos, si tienen sentimientos, no tienen vacaciones. El PP ha estado realmente bien. Y ver la humillación de los ceutíes, que ha ido a más y a peor, ha indignado a su líder, de verdad. El tono de su discurso fue de patada en la zona maxilar. El fondo, el mismo de Abascal, y la forma, casi más agresiva y nada rajoyana.


Pero aún más importante, en la solidificación de esta alianza patriótica para echar al tirano, fue que Abascal, como ya hizo en la vuelta a esRadio del martes, defendiera el miércoles a Felipe VI, lejos del juancarlismo ridículo de los que sueñan con cuartos de banderas a base de quintos de cerveza. En la misma cara de Sánchez, tras retratarlo como siervo de su amo Mohamed, le reprochó: "El jefe del Estado hará unas cosas mejor y otras peor, pero es un monarca constitucional, no es un tirano. Su amo, sí. ¿Por qué lo sirve?".


Y en las dos réplicas, Feijóo y Abascal siguieron martilleando en el yunque de la traición sin explicar, fruto evidente del chantaje, cuyo pacto final no conocemos, pero se ve venir con claridad. Sánchez ya ha entregado Ceuta. Nos toca recuperarla sobre las ruinas humeantes de este Gobierno. Pero no hay mejor argumento que seguir preguntando lo mismo: ¿por qué Sánchez ha traicionado, traiciona y seguirá traicionando a España? Es importante que la pregunta de la oposición sea la misma. La nación encolerizada no aceptaría sectarismos y agradecerá muy de veras esta necesaria unidad nacional.


Las luces largas de la libertad

Jesús Banegas. Vozpópuli.. 6 Septiembre 2026


Se les sigue llenando la boca a nuestros progresistas con la palabra igualdad en oposición a la libertad, un antagonismo que no resiste el peso ni del pensamiento filosófico, ni de la historia de la humanidad. De hecho, todos sus desmanes presentes y pasados los han justificado en defensa de una igualdad que nunca han practicado consigo mismos cuando gobiernan, sino todo lo contrario.


Karl Popper, el gran maestro de la epistemología de la ciencia, demolió brillantemente y para siempre en su libro La miseria del historicismo (1957) los argumentos centrales del marxismo, a pesar de haber sido activo socialista en su juventud. En sus memorias rememoró tan sucinta como genialmente la razón que le hizo abandonar su ensoñación política juvenil. Cierto día, se preguntó si la libertad y la igualdad eran compatibles, y en el caso de que no lo fueran, qué debería ser más importante. Examinando a fondo –como en él era característico– dicho dilema, llegó la lógica conclusión de su incompatibilidad, por lo que optó por la libertad. Tanto él como su entrañable amigo Friedrich A. Hayek siempre estuvieron abiertos a la posibilidad de que la prosperidad de las naciones diera lugar a ayudas públicas a los verdaderos desfavorecidos; no como en el gobierno actual a los “políticamente favorecidos”. Además, a estas alturas de la historia, la igualdad verdadera, la de derechos y oportunidades, está ampliamente desplegada en todos los países civilizados; mientras que la igualdad “fake” que quiere imponer el actual gobierno solo ha generado desgracias por doquier.


Dramática e históricamente fracasados todos y cada uno de los intentos socialistas revolucionarios, al imponer radicalmente la igualdad –en la miseria para todos menos para los gobernantes– frente a la libertad, las ideas socialistas se integraron civilizadamente en las democracias occidentales dando lugar a lo que conocemos como socialdemocracia, que en diversos grados y geografías, han venido, dominando políticamente el mundo civilizado desde la Segunda Guerra Mundial.


El exceso de Estado

Los resultados de las políticas socialdemócratas, aun dispares, han conllevado a un exceso de Estado a costa de la libertad ciudadana y empresarial, que tiende a igualar por abajo no por arriba, dando lugar a sucesivos estancamientos que comenzó liderando, Suecia y luego fue seguida por Italia, Francia, el Reino Unido y ahora España.


Es importante anticipar, que en las sociedades abiertas “popperianas”, es decir, las democráticas, a diferencia de la sociedades cerradas comunistas y “bolivarianas”, es posible rectificar para regresar a la senda del progreso para todos, que solo puede impulsar el emprendimiento personal libre de las abusivas, innecesarias y perjudiciales –para todos– regulaciones socialistas de todos los partidos.


Las consecuencias sistemáticas y típicas de las políticas socialistas, derivadas de poner los bueyes delante de las carretas en la economía en vez de lo contrario se manifiestan en: un desorbitado crecimiento de la dimensión del Estado a costa de crecientes impuestos a los que se añade una deuda pública cada vez más insoportable, el consecuente estancamiento e incluso el retroceso de la renta per cápita, el decaimiento de la innovación y la productividad debido a crecientes y abusivas regulaciones y como colofón una crisis de identidad como la padecida por Suecia a finales del pasado siglo; destino inevitable de los demás países que siguieron su camino.


A diferencia del socialismo revolucionario comunista, la socialdemocracia tiene marcha atrás, tal y como perspicazmente anunciaron J. Micklethwait & A. Wooldrige –director y editor de The Economist– en su La cuarta revolución. La carrera global para reinventar el Estado (2015) y Suecia ya había llevado a cabo. La vuelta a una economía mas dinámica, con mucha menos intervención del Estado, más libertad y emprendimiento por parte de la sociedad civil merced al abandono de los vicios socialdemócratas, exige sólidas instituciones democráticas y un escrupuloso respeto al Estado de Derecho.


He aquí los pésimos resultados de nuestra economía:


Estancamiento de la renta per cápita y alejamiento de la UE; lo que no había sucedido desde los años treinta del pasado siglo.

El muy persistente liderazgo mundial del desempleo: más del 10% y duplicando la media de la OCDE.

Mientras que según el Banco Mundial la pobreza extrema del mundo ha caído por debajo del 10 % por primera vez en la historia, con Sánchez ha aumentado en España.

Un déficit y una consecuente deuda pública cada vez más insoportables.

Un nivel de productividad muy escaso y estancado.

Creciente desconfianza de la inversión privada.

Pésima gestión de las infraestructuras públicas, etc…


Bien, pues todos ellos pueden ser revocados siguiendo el ejemplo sueco… siempre que sea posible y se lleve a cabo la alternancia política –razón de ser de la democracia– que tanto detesta Sánchez, pero no tendrá más remedio que asumir.


El pasado martes este periódico titulaba: “Sánchez arrastra al PSOE a un choque total contra el Rey". Su director nos recordaba el pasado domingo, que la desesperación de “Sánchez conducirá a elecciones muy probablemente en los primeros meses de 2027. Lo cual nos plantea el problema del futuro de España en toda su dimensión”.


Consumado el fracaso de Sánchez, que no ha podido llevar a cabo la “bolivarización” de España, las próximas elecciones abrirán las puertas a la esperanza de la reconstrucción institucional de España, su regreso a la prosperidad económica y al prestigio internacional perdido. Tareas tan ilusionantes como posibles –España, escribió Julián Marías, “sigue en nuestras manos”– frente al pesimismo existencial que domina la opinión pública.



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¿Contra quién va a votar usted?

Arturo Pérez-Reverte. el mundo. 6 Septiembre 2026


Hay una pregunta que cada cuatro años nos hacemos los españoles con natural choteo: ¿A quién vas a votar, Manolo?... Sin embargo, visto lo visto y lo que vamos a ver, la formulación parece incorrecta: la pregunta lleva implícito el error. En España, salvo puntuales excepciones, nadie vota a nadie. Aquí siempre votamos contra alguien, que no es lo mismo. Nuestros Manolos y nuestras Marujas, ustedes y yo, vamos al colegio electoral sin pensar realmente en productividad, educación, deuda pública, pensiones, cultura o política exterior. Lo hacemos rumiando nombres y apellidos de individuos de ambos sexos a los que anhelamos ver hacer las maletas y tomar el olivo. Porque el voto del español nunca es una declaración de afecto, sino una patada en los huevos.


Llevamos así desde Viriato, o por ahí. A Felipe González, que parecía eterno, lo aplaudimos por sevillanas hasta que le saltaron las costuras. Entonces apareció Aznar. Y seamos sinceros: cuesta imaginar a millones de españoles goteando agua de limón, entusiasmados con la perspectiva de que gobernase aquel fulano serio y con bigote. Nadie gritó «Es mi hombre». Votamos en masa contra Felipe, contra los escándalos, la corrupción, los ministros, los exministros y los amigos de los ministros. ¿Se acuerdan?... Empezaba el baile.


Después nos hartamos de Aznar porque, como los yogures, los gobernantes tienen fecha de caducidad: primero los vemos competentes, después arrogantes, luego insoportables y al fin ansiamos retorcerles el pescuezo. El asunto es que después de que votásemos contra Aznar llegó Zapatero, a quien tampoco votamos por ser quien era, sino que lo hicimos contra el otro: la foto de las Azores, su gobierno y toda esa cutre morralla. Zapatero tenía cara de tonto -luego supimos que también de sinvergüenza-, pero aguantó una temporada, con la ceja y con esos palmeros de la ceja que hoy van por ahí, desmemoriados, diciendo si te he visto no me acuerdo. Y cuando a pesar de la retórica y el buen rollito la realidad empezó a chamuscarnos a todos, volvimos a mirar alrededor. A ver con quién podemos joder a este gilipollas, nos dijimos. Y apareció Rajoy.


Seamos sinceros: Rajoy no gobernó España porque a millones de ciudadanos nos entusiasmaran su audacia y su donaire. Lo hizo porque estábamos de Zapatero hasta la bisectriz, y gobernó como era previsible: aburrido, apático, paralizado como una liebre ante los faros de un automóvil, a la espera de que los problemas se resolvieran solos, murieran de aburrimiento o fueran sustituidos por otros más graves. Y al final, entre parálisis y corruptelas de su peña, los votantes buscamos con quién tumbarle el chiringuito. Pedro Sánchez era más alto, guapo y simpático. Nadie mejor para dar por saco a Rajoy y su pandilla basura. Y nos abrazamos a Sánchez.


De ese modo, siempre contra unos o contra otros, llegamos al presente. No sé a cuánto estamos del asunto, pero la cosa es diáfana: cuando toque no votaremos por Pedro Sánchez, sino contra Feijóo; no votaremos por Feijóo, sino contra Pedro Sánchez. Tampoco votaremos a Vox: lo haremos contra los progres, los separatistas, el exceso de moros y negros, Bruselas, el descojono woke, lo de Ceuta, Bruselas, Bildu, Puigdemont, Marlaska, el narco en el Estrecho, el ego de Pablo Iglesias, su negocio familiar y su legítima esposa. Y al otro lado ocurrirá exactamente lo mismo: votaremos contra Vox, contra el ático y el novio de Ayuso, contra Trump, contra Meloni, contra los ricos, contra Israel, contra la xenofobia, contra Hernán Cortés, contra el golpe de Estado de la malvada derecha y sus jueces fascistas.


Pedro Sánchez, que es un buscavidas sin escrúpulos pero un indiscutible talento político, comprendió antes que muchos esa peculiaridad nacional. Sus votantes no necesitan adorarlo; muchos lo odian, tengo nombres y apellidos. Les basta con temer o despreciar la alternativa. Y sus adversarios tampoco necesitan admirar a un Feijóo que lleva años asegurando que está preparado para gobernar España mientras los españoles intentamos recordar, sin éxito, algo notable que haya dicho alguna vez. A unos y otros basta con querer ver a Sánchez en la puñetera calle o a Feijóo lejos de la Moncloa.


Y ahí está el puntazo, la tradición cuajada en novedad: ya no hace falta entusiasmar al votante, basta con acojonarlo. El programa electoral es secundario; lo importante es señalar al monstruo. Si ganan ésos, España se rompe. Si ganan aquéllos, vuelve Franco. Si entra Vox, apocalipsis zombi. Si sigue Sánchez, Venezuela con Begoña en plan Delcy Barriguitas. Y así, millones de ciudadanos iremos a votar creyendo que cumplimos con nuestro deber, cuando en realidad participamos en una bronca sórdida, bajuna, infame, de comunidad de vecinos.


Por eso las encuestas deberían dejar de inquirir a qué partido daremos el voto y preguntar: «¿Quién le repatea a usted los higadillos?»... «Del uno al diez, ¿cuántas ganas de vomitar le da tal candidato cuando sale en el telediario?»... «¿Cambiaría de acera para evitar saludarlo, o le partiría la cara si le garantizasen impunidad?»... «¿Votaría a Ábalos, Cerdán, Bárcenas, Cristóbal Montoro, con tal de que no gobiernen Fulano o Mengano?»... «Si el rey y Pedro Sánchez fueran a pie desde Sol a Callao, ¿cuál de los dos llegaría vivo?».


Las respuestas permitirían predecir resultados mejor que los paripés habituales, porque ésa es nuestra verdadera pulsión democrática: no elegimos, desalojamos; no premiamos, castigamos; no votamos al mejor, sino a quien creemos capaz de reventar al que consideramos peor. Y cuando al fin descubrimos que nuestro vengador electo es otro canalla u otra piltrafa, reanudamos el proceso: primero la ilusión, después las dudas, luego el cabreo y finalmente el odio. Vuelta a las urnas. Vuelta a salvar a España. Vuelta a saber a quién queremos reventar esta vez. Y, bueno. Es lo que han conseguido hacer de nosotros esos hijos de la gran puta. O quizá, pensándolo bien, lo que de ellos hemos hecho entre todos nosotros.


El emperador iba desnudo, vale. ¿Qué pasó después? El cuento es género que escamotea los detalles. Se nos dice solo que el soberano mantuvo el tipo y siguió desfilando en bolas por la calle, entre los cuchicheos de una multitud por fin autorizada a creer en lo que veían sus ojos. ¿Y luego? ¿Cómo se vuelve a la vida normal después de un suceso embarazoso que pringa a todo quisque? Tras el bochorno, ¿siguió el emperador en su trono como si tal cosa o se retiró del mundo a purgar su afición a las telas delicadas? ¿Perdonaron los súbditos el desliz regio o pidieron cuentas por el dinero gastado en un traje que no existía? ¿Y qué fue del niño que descubrió la farsa? ¿Le dieron una beca o fue linchado por listo? He pensado en las posibles continuaciones de la fábula de Andersen estos meses, al hilo, primero bufo y luego trágico, del caso Arday.


Pongo al día al lector rezagado: a comienzos de verano, Jason Arday, el catedrático negro más joven de la historia de Cambridge, es acusado de plagio en su tesis doctoral. La investigación periodística pone a continuación el foco en un currículum recamado de mentiras y una biografía oficial -autismo severo, maratones en serie, tumor cerebral- un poco demasiado fantástica. Arday pasa de celebrity a apestado; la presión mediática lo acorrala, dimite y a la semana se suicida. Zafarrancho de combate en la guerra cultural: para la izquierda, un mártir; para la derecha, un fracaso de la academia woke. Ambas tesis son compatibles. Hubo credulidad para construir un símbolo y ensañamiento para destruir a un hombre. ¿Se tejió Arday sus mantones de nada o aceptó ser el maniquí de una academia desinteresada por la verdad? ¿Conocía su desnudez o creía ir bien abrigado por el mundo? Sea como fuere, el episodio revela lo que pasa cuando una burbuja epistémica se pincha de improviso. A veces, por delicadeza, por no hacer daño, evitamos desbaratar las ficciones que arropan al prójimo; es más sencillo seguirle la corriente, aunque nos hagamos cómplices del embolado. Pero no tenemos instituciones para que sean delicadas, sino para que sean diligentes: si Cambridge lo hubiera sido, Arday, conocido solo por los suyos, seguiría vivo. El niño en esta historia, por cierto, es el académico Nathan Cofnas, que denunció el plagio. Un «realista racial» que cree que la raza es una realidad biológica que nos limita genéticamente. Andersen no previó esta dificultad: que el niño fuera un resentido con opiniones antipáticas sobre los negros. Así es la vida real: nadie es del todo inocente y siempre hay uno, pecador o justo, que paga por todos.


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