Recortes de Prensa Sábado 26 Septiembre 2026


Rusia tensa el flanco oriental y Europa se prepara para el peor escenario
Lidia Fernández. Varsovia. El Debate. 26 Septiembre 2026

Polonia activa sus sirenas y evacúa colegios mientras Lituania ensaya una evacuación masiva y Alemania y Francia elevan su protección: Europa se prepara para un escenario que nadie en Bruselas se atreve a definir aún


«Algunos dirigentes europeos se están preparando para la guerra». Lo ha dicho Vladimir Putin en su última reunión con dirigentes rusos, e insiste en que el Kremlin no tiene intención de atacar a ningún país de la Unión Europea. Mientras, en el flanco oriental se acumulan los incidentes: alertas, incursiones aéreas, despliegues de cazas, ejercicios de evacuación y advertencias de los servicios de Inteligencia que está llevando a los Gobiernos del flanco oriental a prepararse para algo más difícil de gestionar que una guerra convencional: una escalada ambigua, gradual y deliberadamente difícil de atribuir.


El primer ministro polaco, Donald Tusk, explicó ante el Sejm que, según informaciones recibidas de los servicios aliados, de Ucrania y de las propias estructuras polacas, todo apunta a que Rusia escalaría la «guerra híbrida» a otros escenarios. El escenario que describió tenía un elemento especialmente inquietante: que una incursión pudiera presentarse posteriormente como un accidente para generar dudas dentro de la OTAN sobre la aplicación del Artículo 5. Tusk, además, señaló el periodo de mayor riesgo entre finales del otoño y el invierno. Tomasz Siemoniak, coordinador de los Servicios Especiales, ha elevado aún más el tono y ha advertido de que Rusia está tratando de poner a prueba la resistencia de los países que respaldan a Ucrania y de intimidarlos para que reduzcan ese apoyo.


Horas después de las declaraciones de Donald Tusk, el Centro Gubernamental de Seguridad envió una alerta de amenaza aérea a los habitantes de las provincias de Lublin y Subcarpacia, mientras las Fuerzas Armadas polacas activaban su aviación. Las operaciones militares provocaron además la suspensión temporal de vuelos en los aeropuertos de Lublin y Rzeszów. En la provincia de Lublin llegaron a evacuarse alrededor de 120 centros. Entre escuelas, instituciones y lugares de trabajo, según las autoridades regionales. En algunos colegios los alumnos fueron trasladados a sótanos, vestuarios subterráneos o pasillos alejados de las ventanas.


La respuesta institucional fue inmediata. El ministro del Interior, Marcin Kierwiński, anunció que Lublin pasará de unas 350 sirenas automáticas actualmente operativas a más de un millar antes de final de año. En toda Polonia se proyecta ampliar el sistema hasta unas 22.000 sirenas. Y también anunció el desarrollo de un sistema de alerta mediante cell broadcast que permitirá enviar avisos directamente a los teléfonos móviles.


Violación del espacio aéreo

La secuencia ha continuado esta semana. Un helicóptero militar ruso Mi-8 procedente de Kaliningrado penetró brevemente en el espacio aéreo polaco al norte de Braniewo. El Mando Operacional polaco informó de que el aparato entró unos 300 metros en territorio aéreo polaco y permaneció allí aproximadamente 42 segundos. El incidente es distinto de las habituales interceptaciones de aeronaves rusas sobre el Báltico: aquí Polonia sostiene que hubo una violación efectiva de su espacio aéreo.


En Rumanía, durante la madrugada del 24 de septiembre, dos F-18 españoles desplegados en la base de Mihail Kogălniceanu fueron activados después de que los radares rumanos detectaran un grupo de objetivos aéreos sobre territorio ucraniano, al norte de Chilia Veche. Horas después, un segundo incidente elevó la tensión: los radares detectaron otro objetivo, esta vez cerca de la frontera en el norte de Botoșani. El aparato cruzó al espacio aéreo rumano, donde permaneció aproximadamente cuatro minutos antes de estrellarse cerca de Solca, en el condado de Suceava. Dos F-16 rumanos despegaron para seguir su trayectoria y, tras el impacto, los equipos de emergencia localizaron los restos y confirmaron que se trataba de un pequeño dron. No hubo víctimas ni daños materiales, pero las autoridades activaron el sistema de alerta RO-Alert y suspendieron las clases hasta las 10:00 en cuatro localidades de la zona.


Más al norte, en Lituania, es quizá el país donde la preparación civil está adquiriendo una dimensión más visible. Esta semana, el Gobierno lituano aprobó la utilización de reservas estatales para grandes maniobras de protección civil previstas entre el 26 de septiembre y el 3 de octubre. El escenario contempla la evacuación de Vilna y de municipios próximos a la frontera con Bielorrusia ante una hipotética intervención militar desde ese país.


Francia y Alemania

La preocupación ya no se limita a los países que comparten frontera con Rusia o Bielorrusia. El presidente francés, Emmanuel Macron, reunió a líderes de los principales partidos y a los responsables de los servicios de Inteligencia. E insistió en un aumento de la vigilancia frente a las amenazas híbridas rusas y de nuevas instrucciones para proteger infraestructuras críticas y emplazamientos sensibles frente a drones y ciberataques.


En Alemania, el Gobierno considera que continúa siendo objetivo de ataques híbridos rusos y acordó nuevas medidas contra el espionaje y el sabotaje, además de reforzar la protección de infraestructuras críticas. Berlín está actuando también en el plano militar. La brigada alemana desplegada en Lituania continúa creciendo, y ha calificado oficialmente de responsabilidad rusa el intento de ataque híbrido contra el aeropuerto de Leipzig/Halle del 4 de agosto.


Línea roja

En paralelo a la escalada de alertas en Polonia y los países bálticos, Bielorrusia ha incrementado en las últimas semanas sus actividades militares en el área más sensible del flanco oriental. Alrededor del corredor de Suwałki, la estrecha franja que conecta Polonia y Lituania y separa Bielorrusia del enclave ruso de Kaliningrado, considerada uno de los puntos estratégicos más sensibles de la defensa de los países bálticos.


Entre el 15 y el 18 de septiembre, las Fuerzas Armadas bielorrusas realizaron ejercicios del Mando Operacional Occidental en las regiones de Brest y Grodno, junto a las fronteras de Polonia y Lituania, con prácticas de despliegue de unidades, protección de fronteras, lucha contra grupos de sabotaje y respuesta frente a drones. Días antes, Minsk había puesto en alerta un batallón de carros de la 19.ª Brigada Mecanizada, que se desplazó a un campo de entrenamiento para realizar ejercicios de tiro nocturno.


Mientras tanto Moscú está endureciendo el control sobre su frontera con Estonia. El FSB ruso ha establecido entre el 16 y el 26 de septiembre un régimen especial de restricciones en los distritos de Kingisepp y Slantsy, que afecta a una franja de hasta cinco kilómetros desde la frontera estonia. Durante las horas nocturnas queda restringido el desplazamiento de personas y vehículos fuera de las localidades, mientras que también se limita la navegación de pequeñas embarcaciones en determinados tramos del río Narva y se prohíben actividades como la caza y el porte de armas en las zonas sometidas al régimen especial.


Sobre el papel, Moscú presenta la medida como una actuación de control fronterizo y prevención de infracciones, no como una preparación militar. Pero su coincidencia temporal con el incremento de la vigilancia de la OTAN en el Báltico y con los ejercicios y movimientos de fuerzas en el flanco oriental añade otro elemento a una frontera que en las últimas semanas ha adquirido una sensibilidad excepcional.


Esa es precisamente la lógica de la denominada «zona gris»: acciones que pueden mantenerse por debajo del umbral de una guerra convencional, pero que obligan al adversario a responder, a gastar recursos, a elevar su nivel de alerta y, sobre todo, a decidir cada vez con mayor rapidez dónde termina un accidente y dónde comienza una agresión.


Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria

Una Guerra de Manual: el «modus operandi» ruso

Francisco Pascual de la Parte. ​El Debate . 26 Septiembre 2026


Tras casi cinco años del comienzo de la agresión rusa a Ucrania, no pocos analistas, dirigentes y jefes de estado siguen preguntándose cuáles son las reales intenciones del Presidente Putin, a pesar de que siempre las tuvieron ante sus ojos. La actuación de Rusia, y particularmente la agresión contra Ucrania, no debe entenderse como una sucesión de decisiones improvisadas del presidente ruso, sino como la aplicación de una doctrina estratégica coherente y continuada durante décadas. Podría decirse que existe un auténtico «manual de instrucciones» formado por documentos oficiales, doctrinas militares, prácticas institucionales y experiencias acumuladas por los servicios de inteligencia y seguridad soviéticos y rusos. Conocer este patrón permite comprender mejor los designios del Kremlin y responder de forma más eficaz a la amenaza que representan.


El primer elemento del «manual» se encuentra en la Doctrina Brezhnev, aplicada para justificar la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968, que replicó la intervención anterior en Hungría en 1956. Esta doctrina sostenía que los Estados socialistas tenían una soberanía limitada y que Moscú tenía derecho a intervenir cuando considerase que el socialismo estaba amenazado. La intervención militar se presentaba como una forma de «legítima defensa colectiva», intentando encajarla jurídicamente en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas.


Aunque la Unión Soviética desapareció, esta lógica no desapareció con ella, sino que fue heredada y adaptada por Rusia. El Concepto de Política Exterior ruso, en sus distintas versiones desde 1993 hasta 2023, muestra una progresiva consolidación de la idea del espacio postsoviético como una zona de intereses vitales para Rusia. También aparece la pretensión de proteger a los llamados «compatriotas rusos» en el extranjero, asociada al concepto de Russkiy Mir o «Mundo Ruso», lo que constituye una actualización de la doctrina Brezhnev. Antes, Moscú defendía su control del «Bloque Socialista», al que consideraba su zona de influencia irrenunciable, y hoy persigue el control del «Mundo Ruso», al que también considera como tal.


En este sentido, el célebre artículo de Valeri Gerasimov de 2013, titulado El valor de la ciencia está en la previsión, suele interpretarse por los expertos como un manual de guerra híbrida. Pero, más que presentar una nueva doctrina, el texto sistematiza instrumentos y tácticas que el aparato policiaco-militar ruso ya venía empleando: desinformación, presión económica, chantaje energético, uso de fuerzas irregulares, operaciones encubiertas, y diplomacia que justificase todo ello ante la Comunidad Internacional.


El segundo componente del sistema son dos conceptos operativos procedentes de la tradición militar soviética: Maskirovka y Refleksivnoye upravleniye, o control reflexivo.


La Maskirovka (enmascaramiento) no consiste simplemente en ocultar tropas o equipo. Es una doctrina integral de engaño y ocultación. Entre sus mecanismos se encuentran la negación plausible de la participación rusa en conflictos, las operaciones de falsa bandera, la desinformación y la construcción de relatos alternativos destinados a dividir la respuesta internacional. Un ejemplo característico sería presentar a soldados rusos como «voluntarios» o negar inicialmente la participación directa de Rusia.


El Refleksivnoe upravlenie (control reflexivo) es todavía más sofisticado. Desarrollado por el matemático y teórico militar Vladimir Lefebvre durante los años sesenta y setenta, consiste en proporcionar al adversario la información necesaria para que termine tomando, por iniciativa propia, la decisión que el actor ruso desea que adopte. No pretende necesariamente convencer al enemigo de una determinada verdad, sino condicionar su proceso de decisión.


Esta idea permite explicar por qué la propaganda rusa no necesita que todo el mundo crea en una determinada versión de los hechos. Basta con generar suficiente duda, confusión y desacuerdo para impedir que los adversarios adopten una respuesta colectiva rápida. La desinformación se convierte así en una herramienta para paralizar, más que para persuadir.


Hay un patrón de actuación que se repite en numerosas intervenciones rusas y soviéticas.

La primera fase consiste en construir un pretexto legítimo: Antes de intervenir se desarrolla una narrativa que presenta la futura acción como defensiva. Los argumentos pueden variar: protección de ciudadanos rusos, defensa frente a una amenaza ideológica, prevención de un supuesto genocidio de población ruso parlante o reacción frente a una desestabilización provocada por Occidente.


La segunda fase es la puesta en práctica de operaciones de inteligencia e infiltración. El GRU (inteligencia militar) y otros servicios de seguridad activan redes existentes, buscan dirigentes locales aprovechables, apoyan determinados partidos o medios y estudian las divisiones sociales que pueden ser explotadas. Este trabajo se desarrolla durante meses o incluso años antes de determinadas intervenciones.


La tercera fase consiste en crear o activar una entidad política local que permita presentar la intervención como una respuesta a una petición de ayuda. El objetivo es dotar de una apariencia jurídica a la intervención. Ejemplos de ello son las intervenciones del Kremlin en Hungría, Checoslovaquia, Georgia, Moldova y, más recientemente, en las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk.


La cuarta fase utiliza fuerzas armadas cuya identificación resulta inicialmente difícil: tropas sin distintivos militares, «voluntarios», contratistas privados y milicias locales dirigidas o apoyadas por cuadros rusos. Esta estrategia permite mantener la negación plausible y retrasar la reacción internacional.


La quinta fase consiste en conseguir rápidamente una situación irreversible o difícil de revertir. Se crean «hechos consumados» antes de que la comunidad internacional pueda responder: Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968, Afganistán en 1979, Abjasia, Osetia del Sur, Crimea y el Donbass. La lógica consiste en hacer que, una vez consolidada la nueva situación, el coste de revertirla parezca superior al de aceptarla.


Finalmente, llega la campaña de desinformación posterior a la intervención. Rusia multiplica explicaciones contradictorias, acusa a Occidente de comportamientos equivalentes, utiliza precedentes como Kosovo o Irak y desarrolla una narrativa patriótica dirigida a su propia población. El propósito fundamental no sería necesariamente que una versión concreta sea aceptada universalmente, sino sembrar suficiente confusión para dificultar una respuesta internacional unificada.


Importancia especial reviste el GRU, la inteligencia militar rusa. Esta organización constituye uno de los principales depositarios de la memoria operativa acumulada desde la época soviética. Sus agentes de la llamada Línea S, dedicados a operaciones clandestinas de larga duración en países objetivo, desempeñarían un papel importante en las fases de infiltración y creación de estructuras locales.


La clave de la continuidad de la conducta rusa no estaría únicamente en los documentos doctrinales, sino en la continuidad institucional y de los cuadros. Mientras el KGB fue fragmentado después de 1991 en estructuras como el FSB (inteligencia interior) y el SVR (inteligencia exterior), el GRU mantuvo una continuidad orgánica mucho mayor.


Así, el sistema se apoyaría en cuatro pilares: una doctrina formal distribuida en distintos documentos; una formación continuada en academias militares y de inteligencia; la transmisión de experiencias y «mejores prácticas» entre generaciones de oficiales; y el análisis interno y clasificado de las operaciones anteriores.


Esta memoria institucional permitiría adaptar el mismo esquema general a contextos diferentes. Por ello, las intervenciones militares desde Budapest en 1956 hasta Ucrania en 2022 aparecen como expresiones de una misma cultura estratégica, aunque modificadas para responder a circunstancias concretas.


La Ley soviética de 3 de abril de 1990 sobre el procedimiento para la salida de una república de la URSS es una pieza fundamental que suele quedar fuera de los análisis occidentales.


Aunque la Constitución soviética reconocía formalmente el derecho de secesión, la nueva ley establecía unas condiciones que, en la práctica, hacían extremadamente difícil ejercerlo. En primer lugar, exigía una mayoría favorable de dos tercios del censo, no simplemente de los votantes. En segundo lugar, imponía un período de transición de cinco años durante el cual la república continuaría bajo soberanía soviética.


Pero más relevante era el mecanismo de las minorías territoriales: si dentro de una república existían minorías nacionales concentradas territorialmente y dotadas de estructuras autónomas (se pensaba, obviamente, en las minorías rusas o prorrusas) , estas podían celebrar sus propios referendos para decidir si permanecían en la URSS o seguían a la república que pretendía independizarse. De este modo, una minoría territorial podía bloquear o complicar la secesión o ser utilizada para negar la soberanía de la nueva república surgida tras la desintegración de la URSS.


Además, el procedimiento requería finalmente la aprobación del Soviet Supremo de la URSS, otorgando a Moscú un veto definitivo.


Esta estructura jurídica se convirtió en una especie de plantilla operativa para conflictos en el espacio postsoviético, como los de Osetia del Sur y Abjasia en Georgia, Transnistria en Moldova, Nagorno-Karabaj en Azerbaiyán y, especialmente, Crimea y el Donbass en Ucrania.


Rusia no aplicó formalmente esta ley después de la desaparición de la URSS, pero conservó su lógica política y territorial. La utilización de minorías compactas, territorios definidos, consultas populares y reconocimiento ruso reproduciría, de forma adaptada, la citada arquitectura jurídica.


La explicación según la cual Rusia se habría radicalizado principalmente como reacción a la expansión de la OTAN no corresponde a la realidad. Fue justo al revés: fueron los países del antiguo bloque soviético los que buscaron protección de la OTAN precisamente porque Rusia se radicalizaba. Percibían una creciente amenaza rusa y un vacío de seguridad en Europa Central y Oriental que los dejaba desprotegidos. Y no se equivocaban.


La cronología que así lo muestra comienza con el golpe contra Gorbachov de 1991, que hizo temer a los países bálticos una restauración del control soviético. En 1992, Rusia apoyó a fuerzas separatistas en Transnistria, Abjasia y Osetia del Sur. En 1993, el triunfo electoral de comunistas y nacionalistas en las parlamentarias reforzó los temores en Europa central. En 1994, la Primera Guerra de Chechenia mostró la disposición de Rusia a emplear una violencia extrema e indiscriminada contra su población civil.


Solo después de estos acontecimientos, en 1994, Polonia, Hungría y la República Checa solicitaron formalmente el acceso al proceso de su adhesión de la OTAN. La citada secuencia demuestra que el miedo a Rusia precedió a la ampliación de la Alianza.


Testimonios de dirigentes países de Europa central y oriental, con experiencia directa de la dominación y deportaciones soviéticas, como Lech Wałęsa, Václav Havel, y los de los países bálticos, interpretaron la deriva política rusa de los primeros años noventa como una amenaza concreta y palpable a su seguridad. Los hechos posteriores les dieron la razón.


Entre 1991 y 1993 existió una posible ventana de integración de Rusia en el orden occidental, pero simultáneamente hubo intervenciones militares rusas en el espacio postsoviético y el aparato represivo soviético se conservó prácticamente intacto. La crisis constitucional de 1993, cuando el Presidente Yeltsin bombardeó su propio Parlamento, y el auge del nacionalismo revanchista marcaron un punto de inflexión. La guerra de Chechenia y, posteriormente, la llegada de Putin al poder en 1999 consolidaron la narrativa del Estado fuerte y la restauración imperial.


Así la causalidad se produjo de manera inversa a la narrativa oficial rusa: radicalización rusa → búsqueda de protección por parte de los países vecinos → adhesión a la OTAN, y no expansión de la OTAN → radicalización rusa.


¿Por qué, si el patrón ruso era reconocible, Occidente no habría respondido antes con suficiente firmeza?


Una primera explicación es la asimetría estructural. Rusia posee un liderazgo centralizado capaz de establecer una única narrativa y difundirla mediante el aparato estatal, medios como RT y Sputnik y actores políticos afines. Occidente, en cambio, está formado por numerosos gobiernos, parlamentos, partidos, medios independientes y opiniones públicas diferentes. La incoherencia occidental sería, por tanto, una consecuencia natural de su fragmentación política e ideológica.


A ello se añadieron los intereses económicos. Europa, especialmente Alemania, desarrolló durante décadas una importante dependencia energética de Rusia. Nord Stream 1 y 2 eran ejemplos de una relación que generó incentivos para evitar una confrontación política con Moscú. Los beneficios económicos hicieron más difícil reconocer y afrontar los riesgos estratégicos.


Se produjo, además, una «captura de las élites», mediante financiación de partidos, puertas giratorias para antiguos dirigentes políticos occidentales, influencia sobre think tanks e inversiones inmobiliarias. El resultado fué la existencia en algunos países occidentales de actores con intereses favorables a mantener relaciones estrechas con Rusia o a difundir sus argumentos.


Otra causa sería la «cobardía intelectual» del establishment académico y mediático. Según ello, existe una tendencia a explicar los conflictos mediante una fórmula de responsabilidades compartidas, porque afirmar claramente que Rusia es una potencia agresora y revisionista podía parecer excesivamente maniqueo. El resultado es que la búsqueda de una apariencia de equilibrio terminó favoreciendo al agresor.


Finalmente, aparece el miedo a la escalada nuclear. Desde 2014, los gobiernos occidentales temían que una respuesta demasiado contundente provocase una escalada hasta un conflicto nuclear. Aunque este temor es comprensible, Rusia ha aprendido a utilizar la amenaza nuclear como instrumento de presión para provocar la autocontención occidental.


La cuestión fundamental no es la falta de información, sino la falta de voluntad para actuar a partir de ella. Rusia habría mantenido durante décadas una doctrina relativamente coherente basada en la protección de sus intereses en el espacio postsoviético, la utilización de minorías, el engaño, la desinformación, la infiltración, las fuerzas irregulares y la creación de hechos consumados.


Frente a esta estrategia centralizada, Occidente respondió con divisiones internas, intereses económicos, dependencia energética, cálculos electorales, ambigüedad intelectual y temor a la escalada.


La diferencia esencial sería, por tanto, una diferencia de voluntad política. Rusia estaba dispuesta a asumir costes muy elevados para alcanzar sus objetivos y mantener su narrativa, mientras que los gobiernos occidentales han evitado durante décadas los costes económicos, políticos y estratégicos asociados a una respuesta más firme.


Ante la inminente gran ofensiva rusa contra Kiev, los dirigentes del resto de los Estados europeos deberán adoptar una dura disyuntiva. Opción A: mostrar la voluntad política necesaria para concienciar a sus pueblos del peligro, unificar esfuerzos, coordinar capacidades y estrategias, asistir a Ucrania con todos los medios posibles y asumir los sacrificios que sean necesarios. Opción B: preparar la acogida de millones de refugiados, aprender ruso y aceptar vivir en sumisión. Porque los designios de Putin están meridianamente claros.


El manantial de Ferraz
Itxu Díaz. libertad digital. 26 Septiembre 2026

Listas de periodistas díscolos, "sustos" —bonito eufemismo— a jueces y empresarios, seguimientos, coacciones, intentos de comprar silencios, retirada de publicidad institucional, presiones, amenazas, linchamientos mediáticos… La democracia, según Sánchez. Una vez más, no hay nada más peligroso que un débil ejerciendo el poder. España está pagando las carísimas consecuencias de la inseguridad patológica de un sujeto al que tal vez nos habría salido mucho más barato pagarle una suscripción vitalicia a la López Ibor, enviarlo a Supervivientes, o sufragarle una jubilación anticipadísima en Rabat, mordisqueando dátiles, contando dromedarios y buscando los restos de su móvil en el zoco.


En la sucesión de revelaciones periodísticas, "la cloaca" empezó como el divertimento secundario de una arribista de mirada oblicua, feminidad fluida e incierta ascendencia, y ha terminado con una incesante actividad mafiosa destinada a eliminar, metafórica o literalmente, a todos aquellos que se interponen en el empeño de Sánchez por mantenerse en La Moncloa hasta que las ratas bailen flamenco.


La cloaca demuestra que España está mucho peor de lo que pensábamos. Y que el PSOE ha vuelto a lo de siempre: esa pulsión casi sexual hacia el delito. No esperábamos menos del partido de Filesa, los GAL, el Caso Roldán, y el escándalo de las escuchas del CESID. No esperábamos menos del partido del 11 y 13-M, de la rendición ante ETA y del golpe de Estado del 34. El socialismo en España no solo engendra miseria, como en cualquier otra parte, sino también delito, corrupción, y pobreza; no es casualidad que, desde la era Roldán, los únicos sectores que claramente prosperan bajo los mandatos del PSOE sean la prostitución y el narcotráfico.


Por lo demás, la cloaca sanchista no es ninguna cloaca. El problema del periodismo es que siempre te ves obligado a poner nombre a las cosas. Y, siguiendo a Foucault en La arqueología del saber, controlar el discurso mediante el que se describe una realidad incide inevitablemente sobre ella, al menos en lo que se refiere al modo en que los demás la entienden, a la formación de la opinión pública. Y nombrando cosas, no siempre aciertas. No me gusta "la cloaca" de Sánchez porque parece aludir a algo subterráneo y residual, sin contacto directo con la luz del día ni con la oficialidad, algo de lo que sus responsables fácilmente pueden no hacerse responsables. Con lo que hoy sabemos, la cloaca sanchista no es cloaca, es manantial instalado en el mismo corazón de Ferraz. No es una subtrama, es la trama. No es un lobo solitario de la estructura sanchista, es el mismo Sánchez en toda su sanchidad. La cloaca es el meme: "haz cosas sanchistas sin decir que estás haciendo cosas sanchistas".


Las fotografías de los seguimientos a Alejandro Entrambasaguas y otros poco partidarios del sanchismo constituyen un gran escándalo. Nadie dude que el periodista habrá tenido que esquivar antes a varias Exuperancias Rapú; Patxi López es mi candidato favorito para esconderse en el armario esta vez. Y las conversaciones sobre cómo acabar con la jueza que investiga al hermano del presidente ponen los pelos de punta. Todo lo que vamos conociendo nos confirma que la democracia española ha sido suspendida. Vivimos una ficción democrática.


No hay garantía alguna de elecciones libres cuando el Gobierno ha intentado alterar el censo electoral, y el presidente tiene el antecedente del pucherazo en sus propias primarias. No hay libertad de prensa cuando los periodistas son perseguidos y acosados por esbirros del Gobierno. No hay separación de poderes cuando los jueces son amordazados, amenazados, o desacreditados por el Ejecutivo. No hay Estado de derecho cuando el Gobierno y sus miembros pueden vivir al margen de las leyes que sí rigen para los demás ciudadanos; que Ábalos y Cerdán hayan acampado en Soto del Real no significa nada, también lo hicieron en su día Vera y Barrionuevo para evitar que entraran peces más gordos. Y tampoco hay control y rendición de cuentas, que el Parlamento es un circo controlado por payasos sanchistas y sus mujeres barbudas y enanos. ¿Qué queda de la democracia española, entonces? Pura cosmética. Y el miedo de la oposición a reconocer que la España del 78 ha sufrido una atroz voladura a manos del PSOE.


La democracia española bajo el sanchismo es, en fin, una inmensa ciénaga de efluvios autoritarios, anegada por las aguas residuales que manan de Ferraz. No existe tal cloaca como algo oculto y anecdótico, sino un hediondo manantial de podredumbre oficial que lo alcanza todo, y que nos mantiene sepultados a todos los españoles.


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La ley de profesores de bable que cocina el Gobierno abre la puerta a la inmersión de lenguas como el leonés

El ministerio ha accedido a la creación de especialidades docentes para aquellas lenguas no oficiales que gocen de protección legal, como ocurre con el asturiano y el eonaviego

Maria Curiel. El Debate. 26 Septiembre 2026


El Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes ha abierto una consulta pública previa sobre la norma que permitirá crear la especialidad docente de lengua asturiana y eonaviego, con el fin de recabar la opinión de las personas y entidades interesadas. El presidente del Principado, Adrián Barbón, y la ministra, Milagros Tolón, alcanzaron un acuerdo para impulsar esta medida, que ofrece respuesta a una demanda histórica del profesorado asturiano.


El ministerio ha accedido a la creación de especialidades docentes para aquellas lenguas no oficiales que gocen de protección legal, como ocurre con el asturiano y el eonaviego. Para ello, será necesario modificar tres reales decretos que regulan los cuerpos docentes de Secundaria (2008), el cuerpo de maestros de Infantil y Primaria (2011) y el profesorado de las Escuelas Oficiales de Idiomas (2010).


Una vez completado el expediente de modificación, y emitido el preceptivo informe del Consejo de Estado, el proyecto se elevará a la Comisión General de Secretarios de Estado y al Consejo de Ministros para su aprobación como real decreto y su posterior publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE). Tras el cambio del marco normativo estatal, el Gobierno del Principado podrá iniciar la tramitación de la especialidad, a través de la elaboración de un único decreto para ambas lenguas autóctonas.


En el anterior curso escolar, el sistema educativo asturiano contó con un total de 318 docentes de las dos lenguas autóctonas: 295 de asturiano (211 de Infantil/Primaria y 84 de Secundaria) y 23 de eonaviego (17 de Infantil/Primaria y 6 de Secundaria).


Sin embargo, esta norma abre la puerta a que otras lenguas minoritarias se vean beneficiadas. Es el caso del leonés, lengua que goza de una especial protección en Castilla y León, por lo que se podría incluir en la ley que cocina Educación. «El leonés será objeto de protección específica por parte de las instituciones por su particular valor dentro del patrimonio lingüístico de la Comunidad. Su protección, uso y promoción serán objeto de regulación», reza su Estatuto de Autonomía.


Según la ley que prepara el Ministerio de Educación de Tolón, «en las Comunidades Autónomas con lenguas no oficiales que gocen de protección legal y en función de la regulación adoptada por las correspondientes Administraciones educativas, los cuerpos de catedráticos de enseñanza secundaria y de profesores de enseñanza secundaria también podrán tener la especialidad propia de la lengua respectiva».


Estipula, asimismo, que «las Administraciones educativas determinarán la atribución docente a dichas especialidades por analogía con lo dispuesto en este real decreto para la especialidad de lengua castellana y literatura».


NAVARRA, PRESENTE Y FUTURO

Inda expulsa la ikurriña de Navarra y la remite por correo al lehendakari Pradales en Ajuria Enea

El director de OKDIARIO ha participado en jornada Navarra: Presente y Futuro organizada por Navarra.com en un hotel de Pamplona.

Rafael Sánchez. Navarra.com. okdiario. 26 Septiembre 2026


Eduardo Inda, director de OKDIARIO y editor de Navarra.com, protagonizó este viernes uno de los momentos más comentados de la jornada sobre el presente y el futuro de Navarra celebrada en Pamplona. Nada más terminar su intervención, el presentador del acto, Vicente Gil, le entregó tres banderas y le pidió que se las fuera dando una a una. Las dos primeras acabaron anudadas al hombro de Inda, la tercera, en un sobre dirigido al lehendakari, Imanol Pradales.


La primera que eligió fue, «obviamente», la de Navarra. Inda se la colocó al hombro y la reivindicó como «seguramente la bandera más antigua de todos los territorios que componen España». La segunda fue la de España, «la bandera del consenso entre los españoles», que según dijo «Pedro Sánchez y el Frente Popular que gobierna España nos quieren robar». Se la puso encima de la navarra, aunque aclaró que eso no significaba que una estuviera por encima de la otra.


Con la tercera, el tono cambió. «Esta es la bandera de Marruecos en Ceuta», dijo Inda al recibir la ikurriña, retomando la metáfora que había empleado minutos antes en su discurso, cuando pidió frenar a «los marroquíes abertzales» para que no invadan «esa maravillosa Ceuta que es Navarra».


«A mí me entran ganas de tirarla a la basura», admitió. «Pero tengo que respetar la oficialidad, y es la bandera de una comunidad autónoma hermana, prima». Así que optó por otra solución: «No la voy a tirar a la basura. Lo que voy a hacer es doblarla respetuosamente y meterla en un sobre».


Destino: Ajuria Enea

Inda dobló la bandera, la guardó en el sobre y pidió al presentador que leyera en voz alta el destinatario. «Imanol Pradales. Lehendakari. Palacio de Ajuria Enea. Paseo de Fray Francisco de Vitoria. Álava», leyó Vicente Gil ante el público. «Pues eso. Marruecos, a Marruecos», zanjó Inda. El presentador aseguró que el sobre saldría «enseguida» hacia Vitoria.


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