Recortes de Prensa Lunes 12 Octubre 2026
No es Ucrania
quien necesita otro presidente
Juan
Rodríguez Garat Almirante (R). el debate.
12 Octubre 2026
Sorprendiendo a propios y extraños, el presidente Donald Trump acaba de levantar el bloqueo a la exportación del diésel ruso. Con el Partido Republicano muy por detrás en las encuestas previas a las elecciones del 3 de noviembre, la decisión del magnate podría parecer una medida desesperada para tratar de proteger la mayoría en el Congreso. En teoría –dato mata relato y pronto tendremos los resultados electorales– la apertura del mercado ruso podría ayudar a contener la inflación que tanto disgusta al votante estadounidense. Sin embargo, eso podría haberse logrado de otras maneras. En los días previos, los medios habían especulado con una prohibición temporal de la exportación del diésel de producción propia que habría tenido efectos parecidos sin necesidad de alegrarle el día al dictador ruso.
Si nos olvidamos de las próximas elecciones en los EE.UU. y volvemos los ojos al escenario internacional, la medida tiene otras connotaciones. Cualesquiera que sean las motivaciones del magnate –sobre las que solo podemos especular– la historia se repite. Una vez más, Donald Trump acude al rescate de su colega Vladimir Putin en los momentos de mayor necesidad. Sin embargo, en esta ocasión concreta hay algunos agravantes que no podemos dejar de señalar.
El primero de ellos es la incongruencia. No hace ni un mes que la Cámara de Representantes aprobó con una amplia mayoría bipartidista la ley Lindsay Graham, que facultaba al presidente para imponer aranceles de hasta el 100 % a los mayores compradores de petróleo y gas ruso. El propio Trump, que podía haberla devuelto al Congreso, firmó la ley que llevaba el nombre de uno de sus más fieles partidarios. ¿Qué pasará ahora? ¿Se autoimpondrá aranceles por la adquisición de algunos millones de toneladas de diésel de las reservas de su amigo Putin?
El segundo agravante es la mentira. Hace pocas semanas, el magnate pidió públicamente a Volodimir Zelenski que dejara de bombardear las refinerías rusas. Criticado por su parcialidad –no dijo nada de los ataques a la energía con los que, en los últimos cuatro años, Putin ha tratado de rendir por el frío al pueblo ucraniano– Trump se inventó que había logrado una tregua energética… de la que nadie había oído hablar ni en Kiev ni en Moscú. El lector se preguntará por qué hace Trump cosas como esta si no suele tardar más que unas horas en ser desmentido. Quizá porque sabe que muchos de sus partidarios, que solo se informan en Truth Social, siguen creyendo que lo que dice es verdad.
El tercer agravante de esta enésima traición a Ucrania es la contradicción. El presidente declara que el estrecho de Ormuz está abierto y es verdad que, en el forcejeo estratégico que enfrenta a Washington y Teherán a lo largo de estos meses de tregua no declarada, hay semanas enteras en las que no se registran ataques y el tránsito de petroleros se acerca a la normalidad. En esas semanas, el presidente suele celebrar su victoria olvidando que el estrecho ya estaba abierto antes de la guerra.
Sin embargo, cada vez que Irán logra dañar un buque mercante el tráfico se ralentiza. Los efectos acumulativos de la incertidumbre, del precio de los fletes y de los seguros, dan como resultado que la gasolina que todos compramos –dato mata relato– siga estando muy cara y que el precio del diésel esté disparando la inflación en todo el planeta. El presidente Trump, cómo no, prefiere culpar a Zelenski de lo que ocurre. Sin embargo, su explicación no cuadra. Si al lector no le basta el sentido común, solo le haría falta revisar las fechas para confirmar quién ha provocado el encarecimiento del diésel.
El cuarto agravante es el momento elegido. En Ucrania el frente está estabilizado. De hecho, en el último mes, los agresores han vuelto a perder terreno. Sin embargo, se ha producido una dura escalada en los ataques a la retaguardia. A las refinerías y centrales eléctricas se han unido almacenes logísticos y algo que siempre creí que no volvería a ocurrir: buques mercantes de banderas neutrales. Por si eso no bastara, Kiev acusa a los operadores de drones rusos de protagonizar auténticos safaris a la caza del hombre.
Cualquier persona, en cualquier ciudad, puede ser el próximo blanco. Moscú niega los cargos y asegura de puertas afuera –en la prensa doméstica hace tiempo que se ha quitado la careta– que su blanco es la industria militar… pero a la vez exige a los diplomáticos extranjeros, incluidos los de los EE.UU., que abandonen la capital de Ucrania. ¿De verdad cree Putin que se fabrican armas en las embajadas? Todavía más que las contradicciones del Kremlin, son las estadísticas las que demuestran –dato mata relato– cuál es el verdadero blanco del criminal dictador: cada mes mueren más civiles ucranianos, cada mes Ucrania produce más armas.
El quinto agravante casi no lo es. Trump, irritado porque Zelenski ha criticado su nueva ayudita al dictador ruso, vuelve a decir que Ucrania necesita un nuevo presidente. En cambio a Rusia, que no solo ha invadido a su vecino sino que, según reconoce el Pentágono, apoya a Irán en su guerra contra los EE.UU., no le hace falta relevo alguno. ¿Son estas declaraciones un problema para Kiev? No lo creo. Después de todo, ¿quién escucha hoy al locuaz magnate más allá del mundo MAGA? Pero, como hemos dicho antes, dato mata relato: la popularidad de Volodimir Zelenski oscila en función del curso de la guerra y de los escándalos de corrupción que, de cuando en cuando, salpican a su Gobierno; pero casi siempre se sitúa más allá del listón del 50 %. La del presidente de los EE.UU. está en el 35 %. Peor aún está, por cierto, el presidente Sánchez, que apenas alcanza el 25 %.
Trump y Sánchez
La decisión de Trump quizá pueda alegrar a los rusoplanistas, desconcertar a los trumpérrimos, enfadar a los congresistas de los EE.UU. y preocuparle a usted… pero al magnate todo eso le trae sin cuidado. Las votaciones del Congreso estadounidense le importan tanto como a Sánchez las de nuestras Cortes: siempre hay alguna manera de burlarlas. Las contradicciones siempre pueden taparse con un relato ad hoc, aunque echar la culpa a Ucrania de la subida global del precio del diésel sea tan poco creíble como responsabilizar a Israel y Rusia del ataque a Ceuta. La muerte de centenares de civiles ucranianos le importa a Trump tan poco como a nuestro presidente la del centenar de marroquíes ahogados en el asalto. Al final del día, lo único que queda es la caprichosa fuerza del destino, que ha querido unir a Trump y Putin con lazos de dependencia tan oscuros como los que parecen unir a Sánchez y Mohamed VI.
Me consta –y me divierte, no lo niego– que tanto los trumpérrimos como los sanchistas se enfadarán por igual al leer esta columna. Hay algo en lo que ambos estarán de acuerdo: ¿cómo me atrevo a comparar a Trump y Sánchez si uno es de derechas y el otro de izquierdas? Es lo que tiene el fanatismo, que todo lo iguala a fuerza de querer hacerlo diferente. Los adoradores de un becerro de oro se ven a sí mismos como radicalmente opuestos a los que rinden culto a un perro de barro… pero, para mí, la diferencia no está en el ídolo que cada uno pueda escoger sino en dejarse seducir o no por los falsos profetas que, por desgracia, crecen en todas partes. Como los champiñones.
Con todo, es verdad que hay algunas diferencias entre el becerro norteamericano y el perro español. Trump, que presume de creyente, se declara enviado de Dios para hacer más grande a lo que él llama América. En un criticado anuncio que apareció recientemente en las televisiones estadounidenses, pagado con dinero público, se jacta de haber sido creado por Dios para liderar a los EE.UU. ante la adversidad. Sánchez, ateo, no puede hacer lo mismo, y por eso se erige en paladín de la humanidad… pero no de la humanidad real, la que vive, trabaja, se divierte y, llegado el momento, rechaza que le tomen el pelo… sino de la diosa humanidad, esa que solo habla por boca de profetas de la talla moral de Sánchez y de su predecesor, el expresidente Zapatero.
¿Quiénes necesitamos un nuevo presidente?
Iguales en su idolatría, Trump y Sánchez se fingen providenciales, infalibles e impunes. Uno es grande y el otro es pequeño, es verdad, pero los dos son casos perdidos. Estadounidenses y españoles, tenemos las mismas posibilidades de convencerlos de que renuncien a intoxicarnos que de persuadir a los narcotraficantes de que dejen de vender droga. Unos y otros, después de todo, viven de lo que viven. Lo único que podemos hacer es reemplazarlos.
Sobre el presidente Trump, serán los estadounidenses los que deciden lo que debe hacerse. Pero usted, aquí en España, no deje de recordar que este es el momento.
El 12 de octubre en Ceuta
Fran Carrillo. okdiario. 12 Octubre 2026
La hija de Marian lleva seis días consecutivos encerrada en casa, doce en las últimas tres semanas. Su rostro empieza a asumir que la plaza en la que siempre jugaba nunca más volverá a ser lo que era. De hecho, ya no es aquella plaza. Tampoco van sus amigas a sentarse en el mismo banco de siempre, y ahora sólo puede verlas a través de una pantalla de móvil, hablando de los paseos que daban hasta el kiosco de Julián, que desde aquel 30 de julio no ha vuelto a abrir. Aún no sabe por qué sigue secuestrada en su casa, en su barrio, en su ciudad, mientras mira por la ventana sin entender ese paisaje nuevo que le han impuesto.
Marian (no es su verdadero nombre) es una ceutí atrapada entre el dolor y la indignación. Le duele ver su ciudad arrasada por la putrefacción de un régimen que repudia a sus ciudadanos y el abandono de un gobierno que no los quiere como españoles. Le indigna el olvido y complicidad de quien debería defenderla junto al resto de vecinos, esclavizados entre cuatro paredes para escapar del olor a porro y orín con el que los súbditos de Mohamed han llenado la ciudad autónoma. Un Estado que decide ignorarlos y que sólo se acuerda de ellos para exigirles el impuesto revolucionario con el que mantener a un ejército de ladrones profesionales, cuando lo que necesitan de verdad es otro ejército, ese que la Constitución obliga a defender la integridad territorial de nuestras fronteras.
Se reconoce en Marian la tristeza de lo evidente, que el 12 de octubre, día del Pilar, de las Fuerzas Armadas, de España y, por tanto, de Ceuta, el Ejército desfilará por la Castellana cuando tenía que hacerlo por el Trampolín. Ochenta mil corazones invadidos verán por la tele un ejercicio de fuerza y despliegue fáctico en Madrid, mientras unos cuantos agentes de la policía nacional y los militares de cuota que Robles manda en su bienquedismo habitual patrullan las playas de una ciudad española que no quiere dejar de serlo, aunque su gobierno la regale al enemigo invasor sin oponer más resistencia que la sonrisa de un autócrata rendido al chantaje.
Celebramos una unidad nacional que empieza a quebrarse por la pasividad de sus soberanos y la ceniza moral de sus vendedores, la izquierda Robespierre de Alá. Y todo, ante la mirada vidriosa de quienes, como la hija de Marian, han tenido el infortunio de crecer en calles multiculturales que hoy se tiñen de violación y miedo porque a los mafiosos que tenemos dirigiendo el país les sale más a cuenta mantener sus casas en Marrakech. Si aún queda decencia en la política postsanchista, el próximo 12 de octubre, el desfile militar debería celebrarse por las calles de Ceuta: por todas las Marian y sus hijas que sueñan con volver al mismo parque que les vio nacer y recuperar a las amigas —y la infancia— que el PSOE les ha robado.
Ceuta es España
MARCELA REIGÍA. gaceta. 12 Octubre 2026
Hay lugares en los que la presencia de un dirigente político adquiere un significado que trasciende cualquier discurso. Ceuta es hoy uno de ellos. Y el 12 de octubre, Día de la Fiesta Nacional, estar allí significa recordar algo que nunca debería haber necesitado reivindicación: que la soberanía española no termina donde comienzan las dificultades, que nuestras fronteras no son una cuestión secundaria y que los españoles que viven en ellas merecen la misma protección y atención que quienes residen en cualquier otro lugar de España.
Santiago Abascal ha elegido Ceuta para celebrar el Día de la Fiesta Nacional. Estará con quienes debe estar: con los españoles que viven en nuestra frontera y afrontan las consecuencias de una invasión que exige respuestas del Estado. El valor político de esa decisión reside precisamente en situar el foco donde existen problemas que no pueden resolverse mediante ceremonias, declaraciones institucionales o disputas sobre el protocolo.
Ceuta no es un escenario electoral. Es una parte irrenunciable de España. Sus ciudadanos necesitan seguridad, estabilidad, recursos y explicaciones sobre lo ocurrido durante la crisis fronteriza. Necesitan conocer qué mecanismos de prevención fallaron, qué decisiones se adoptaron y qué garantías existen para evitar que una situación semejante vuelva a repetirse. La gravedad de lo sucedido no desaparece porque las cámaras dejen de mirar hacia la frontera, ni las obligaciones del Estado pueden quedar sometidas al calendario político.
La responsabilidad del Gobierno de Pedro Sánchez en materia de fronteras, relaciones exteriores y seguridad nacional exige un escrutinio especialmente riguroso. No basta con invocar la complejidad de la situación ni con anunciar actuaciones extraordinarias cuando la emergencia ya se ha producido. Los ciudadanos tienen derecho a conocer las decisiones adoptadas, los plazos de respuesta y los resultados obtenidos. Gobernar exige anticiparse a las crisis, coordinar los recursos del Estado y garantizar la seguridad de los españoles. Y cuando se produce una emergencia de semejante magnitud, las explicaciones no pueden quedar sustituidas por declaraciones solemnes ni por promesas que terminan olvidándose.
La proximidad de las elecciones generales convierte estas cuestiones en asuntos especialmente relevantes para el debate público, pero su importancia es muy anterior a cualquier convocatoria electoral. La soberanía nacional, la integridad territorial y la seguridad de los españoles son responsabilidades permanentes que ningún Gobierno puede relegar. Ceuta merece respuestas concretas, una estrategia de seguridad sostenida y una política exterior que permita mantener la cooperación con Marruecos sin renunciar a la defensa de los intereses españoles.
El Gobierno debe rendir cuentas por la respuesta desplegada, por los mecanismos de coordinación activados y por las medidas de prevención previstas. También debe explicar qué objetivos persigue en su relación con Marruecos y cómo garantiza que la cooperación bilateral sea compatible con la protección efectiva de los intereses españoles. La complejidad diplomática no puede servir para sustraer estas decisiones al escrutinio público. España necesita mantener relaciones de cooperación con sus vecinos, pero esa cooperación debe asentarse sobre el respeto a su soberanía y la defensa de sus intereses nacionales.
En ese debate también importa la trayectoria de cada partido. VOX ha situado la soberanía nacional, la integridad territorial y el control de las fronteras entre sus principales prioridades políticas. La presencia de Abascal en Ceuta este 12 de octubre expresa esa posición y permite trasladar al debate público las preocupaciones de quienes viven directamente las consecuencias de la crisis fronteriza. El Partido Popular, por su parte, tendrá que explicar su actuación parlamentaria, sus coincidencias y discrepancias con el Ejecutivo y las medidas que propone para garantizar la seguridad de la ciudad. Los españoles tienen derecho a conocer no sólo las declaraciones de sus representantes, sino también las decisiones que han adoptado.
Porque el problema de Ceuta no empieza ni termina el 12 de octubre. Tampoco desaparecerá cuando concluya la campaña electoral. Las necesidades de sus ciudadanos, las obligaciones del Estado y la complejidad de nuestras relaciones con Marruecos seguirán existiendo cuando se apaguen los focos y termine el recuento electoral. Precisamente por eso, lo que se diga durante estas semanas debería poder exigirse también después.
La política necesita símbolos, pero los símbolos adquieren valor cuando obligan a mirar una realidad que otros preferirían dejar fuera del debate. El Día de la Fiesta Nacional es una ocasión para celebrar nuestra historia, nuestra identidad y la continuidad de España como nación. También para recordar que esa continuidad exige responsabilidades concretas y que la soberanía no puede reducirse a un concepto ceremonial.
El 12 de octubre debería servir para recordar que España es mucho más que sus instituciones reunidas en una tribuna. España también está en sus fronteras, en las familias que viven con incertidumbre y en quienes esperan que el Estado ejerza sus competencias con eficacia.
La verdadera importancia política de Ceuta reside en que obliga a discutir qué entendemos por soberanía nacional y qué debemos exigir a quienes ejercen el poder. No basta con proclamar que una frontera es española. Hay que garantizar que el Estado dispone de los medios, la capacidad de coordinación y la determinación institucional necesarios para protegerla.
Ceuta es territorio español. Y su seguridad no puede ser una preocupación ocasional.
No ganarán por las malas
Agapito Maestre. libertad digital.
12 Octubre 2026
Seamos realistas. La suma de agitación, propaganda y violencia sanchista es poca cosa ante la oleada (sic) democrática que se extiende por toda España. Oleada, sí, de millones de conciencias pendientes de ir a votar el 29 de noviembre. Esperan con impaciencia que llegue el día de la elección. Millones de seres humanos quieren acabar con los partidos políticos, los sindicatos y los grupos de presión que han arruinado el designio democrático que apareció en 1978. He ahí el poder de la democracia. Es un símbolo y una acción sencilla. Basta votar pacíficamente para acabar con la constante agitación de la calle, la propaganda artera y la violencia verbal y física que el totalitarismo gubernamental nos pretende imponer desde hace ocho años. El régimen democrático, la sencilla práctica de ir a votar el día 29 de noviembre, tiene de los nervios a la chusma gubernamental que vive de lo que mata: la Constitución de 1978.
He ahí la primera victoria de los españoles que creen en la democracia: la autocracia sanchista ha cedido ante el colapso político; sí, Sánchez ha conseguido sin quererlo que la charca política altere su quietud pantanosa de indiferencia ante sus crímenes políticos… Un aire de pasión democrática ha turbado sus aguas fecales. Ha convocado elecciones porque ya no tenía otra salida. La llamada a urnas está siendo utilizada para quemar el país y salvarse él de la quema. Pero Sánchez no se salvará, porque la movilización ciudadana, la democrática, irá a más y, por lo tanto, la agitación, la propaganda y la violencia sanchistas irán a menos. La ciudadanía, sí, los votantes de los partidos democráticos, que no son otros que Vox y el PP, crecen y crecen sin parar, y eso los tiene peor que de los nervios. Están al borde de un ataque de pánico. El sanchismo, suma de socialistas, comunistas y separatistas, está en sus peores horas. Eso es la realidad verdadera: nadie los cree a pesar de que tienen en marcha todas sus terminales mediáticas y todos los aparatos represivos del Estado.
Persisten en seguir engañando y asustando a todos los españoles, incluidas sus bases de votantes, pero sus efectos son cada vez más ridículos. La mayoría de la gente normal se ríe. Se esconde irónica o burlonamente de estos juegos terribles del sanchismo y espera al día 29 de noviembre. Esto es un salto cualitativo en el desarrollo de la conciencia democrática española. El sanchismo está a punto de caer, entre otros motivos, porque todo su lenguaje es delictivo. Se resume en una frase: "Hay que ganar por las malas". Lo están intentando, pero no lo conseguirán. La movilización democrática puede a la agitación del totalitarismo sanchunero. Es todo ridículo y anacrónico en la campaña sanchista. La realidad presente es tenebrosa para Sánchez. El sanchismo empieza a ser patético. Nadie descarte que acabe con sus huesos en la cárcel.
Por lo tanto, basta de tibiezas y precauciones para perseguir democráticamente a los matones del sanchismo. Digámoslo sin aspavientos: el miedo ha cambiado de bando. El sanchismo y todos los sanchistas tienen terror a los resultados del día 29 de noviembre. Por eso, se engañan con encuestas amañadas y se revuelcan en el fango de una supuesta base de votantes muy amplia. Mentira y más mentiras para sobrevivir al día 29. Pareciera que la ciudadanía española avanza como un ciego por un sendero estrecho entre dos abismos: por un lado, la charca fétida del sanchismo y, por otro, el temor a formular un proyecto político que se lleve por delante todo el sistema democrático. Falso. La mayoría de los españoles ya ha optado por la democracia, incluidos los socialistas que consideran sin ambages que sólo una rotunda derrota de Sánchez puede abrir las ventanas para que entre aire limpio en la sede de Ferraz.
Esto no está ganado (hay que movilizarse)
Jesús Cacho. Vozpópuli. 12 Octubre 2026
Afortunadamente me equivoqué. Me equivoco muchas veces, de modo que una más no iba a alterar en absoluto mi pésima trayectoria como adivino. Nos ha engañado tanto que, como tantos otros, pensé que de nuevo aparecería el lunes 5 con otra de sus cínicas apariciones para decirnos que sí, que había reflexionado, cómo no, y que tras consultarlo con Begoña había decidido seguir porque España no puede prescindir de este Gobierno progresista y bla, bla, bla, y me siento con fuerzas para culminar la legislatura, etc., etc., etc., de modo que quienes piden elecciones tendrán que aguantarse hasta julio o agosto de 2027. Pero por una vez me equivoqué para bien. ¡Aleluya! ¡Vamos a elecciones! Tras ocho años largos de travesía del desierto, los últimos tres por el más insalubre imaginable, llega el momento de pasarle factura y mandarlo a la calle. Convirtió el anuncio de disolución de las Cámaras en su primer mitin de campaña. Cualquier político con un mínimo sentido del honor, no digamos ya de patriotismo, hubiera aprovechado la ocasión para despedirse con un mensaje de altura, siquiera fingido, y para terminar deseando lo mejor para el país. Pedro Sánchez se despidió como un perro. Ni asomo de autocrítica, ni un solo ademán de dignidad, mucho menos de humanidad. Con gesto cetrino, con cara de sicario siciliano, de gañán malencarado, se fue insultando a la mitad, por lo menos, de los ciudadanos. Se fue añadiendo nuevos ladrillos al muro de confrontación que desde junio de 2018 viene levantando entre españoles.
Toca movilizarse. Este diario publica hoy una encuesta que otorga a la suma de PP y Vox unos extraordinarios 212 escaños. No voy a poner en duda la profesionalidad de la empresa encargada de hacer el trabajo, pero me parece una previsión demasiado optimista. El recuerdo de lo ocurrido el 23 de julio de 2023 está aún muy presente en el inconsciente colectivo como para confiarse y lanzar las campanas al vuelo. Hasta el domingo 29 de noviembre, los españoles vamos a vivir seguramente las siete semanas más crispadas del presente siglo. Al delincuente que nos preside le vale todo. En los últimos días, el sujeto avanza aceleradamente hacia la descalificación radical del Parlamento como órgano de representación de la voluntad de la ciudadanía expresada en las urnas. Si el Parlamento no escucha los deseos de "la calle", viene a decir, hay que prescindir del Parlamento. La calle son los perroflautas que su Gobierno subvenciona con el dinero del contribuyente. Es pura teoría golpista. Es neofascismo, la argamasa ideológica que ha justificado todas las dictaduras que en el mundo han sido. El Congreso no representa la voluntad popular, y yo me erijo en su intérprete único. Sánchez vuelve a recordarnos que no estamos ante un demócrata, sino ante un autócrata vocacional al estilo de los tiranos que hoy dirigen con mano de hierro los destinos de países como Turquía, Rusia o China; también ante populistas desquiciados al borde del frenopático tipo Trump, por no hablar de los sanguinarios tiranuelos latinoamericanos que hasta hace poco enseñoreaban la geografía sudamericana.
El intento de convalidación por la Diputación Permanente de los dos decretos-leyes sobre vivienda que la mayoría del Congreso le devolvió a los corrales el pasado día 2 es algo mucho más grave que un simple fraude de ley. En realidad es un golpe de Estado en toda regla, un ataque frontal a la división de poderes, esencia misma de la democracia parlamentaria, mediante el cual el Poder Ejecutivo se impone al Legislativo en nombre de esa escueta minoría (la "gente") que se manifiesta en la calle. Si esos dos decretos-leyes salen adelante, que saldrán, quedará claro que el Gobierno de España se cisca en la Ley y que está dispuesto a no respetar regla alguna a partir de ahora. ¿Por qué seguimos hablando de democracia en un país gobernado por un tipo que, dispuesto a alterar el censo electoral, fabrica votantes ilegalmente y desoye al Tribunal Supremo cuando le pillan con las manos en la masa? Lo cual nos lleva a reconocer que si la noche del próximo 29 de noviembre Sánchez saliera con posibilidades de volver a gobernar con ayuda de la patulea de izquierdas y de sus socios nacionalistas, la suerte de España como nación estaría definitivamente echada. No es que ese eventual Gobierno fuera a significar la muerte definitiva del Régimen del 78 (o más bien su entierro, porque el enfermo lleva años sin pulso), no, es que cuatro años más de Sánchez supondrían el final de la Monarquía parlamentaria y el inicio del viaje a ninguna parte de esa Confederación de Repúblicas Socialistas que el autócrata sueña con presidir. Y como la mitad de los españoles no se iban a dejar conducir mansamente al matadero por el nuevo Frente Popular que, como en 1936, está impulsando con todo descaro, no es en absoluto arriesgado afirmar que otro mandato de Sánchez y su PSOE conduciría inexorablemente a un nuevo enfrentamiento civil entre españoles.
De ahí la importancia capital de la movilización. Esto no está ganado, ni mucho menos. Me atrevería a decir que el Partido Popular y Vox están obligados a plantear la campaña como si fueran a perder las elecciones, con total determinación, evitando cometer los errores de julio de 2023, conscientes de que desalojar del poder a este sujeto es condición sine qua non para poder plantear cualquier proyecto de futuro susceptible de enmendar el rumbo del país y proponer un horizonte de paz y prosperidad, un futuro de convivencia, para las próximas décadas. Está claro que el aludido va a utilizar a fondo el aparato del Estado para mentir, confundir, crispar, enfrentar en suma a media España contra la otra media. Estamos en manos de un Gobierno y de un partido que no han dudado en encargar a un clan de narcotraficantes extremeños la posibilidad de acabar con la vida de la juez que en Badajoz instruía el sumario por la corrupción del hermanísimo. Estamos gobernados por una banda mafiosa, como hace mucho tiempo nos advirtió Albert Rivera, capaz de lo peor. Estamos en manos de un tipo capaz de movilizar a los sindicatos mayoritarios para que incendien la calle con una huelga general contra la oposición, todo un hito en la historia mundial de la infamia. Plantar cara a este aprendiz de tirano se ha convertido en un deber moral.
Hay que movilizarse. Ni PP ni Vox lo van a tener fácil. Muy al contrario, frente al corsario dispuesto a pasarse la Ley por el forro de sus caprichos y a utilizar las instituciones en su personal beneficio sin el menor pudor, los líderes de la derecha y sus respectivos equipos enfrentan la campaña en la inferioridad de condiciones de quien no puede en modo alguno incendiar España, como sin duda tratará de hacer Sánchez, obligados como están a dibujar un horizonte de concordia capaz de sacar al país del clima de guerracivilismo que ahora todo lo impregna. La huelga general podría enfrentarse de una forma tan sencilla como práctica. Seguramente bastaría con que Alberto Núñez Feijóo descolgara el teléfono dispuesto a enviar un escueto mensaje, elegante incluso, al líder de la UGT: ‘Muy de acuerdo con tu huelga, Pepe, pero no solo con esta. Te animo a que me montes una huelga general cada semana si el 29 de noviembre las urnas me otorgan el Gobierno de la nación, porque en tal caso ni tú ni tu sindicato vais a recibir un euro público a partir de entonces’. Y un mensaje del mismo tenor podría enviarle al capo del grupo Prisa, el señor Oughourlian. Pero Feijóo no puede hacer eso, por mucho que se lo pida el cuerpo, porque eso sería tanto como matar una alternativa radicalmente distinta a todo lo que ha supuesto el autócrata que nos gobierna.
La clave está en la movilización. Conscientes de que no consiste solo en ganar, sino en hacerlo por la mayor diferencia posible. Porque una derrota rotunda del jefe de la banda abriría la puerta a una revolución interna en el PSOE capaz de hacerle saltar de la secretaría general. Abriría la puerta a una regeneración radical del primer partido de la izquierda, algo que considero esencial para el futuro de España. Estoy convencido de que los grandes acuerdos de Estado que está reclamando el país, la apertura de la Constitución del 78, por ejemplo, para acabar con los agujeros negros de su diseño y enmendar el rumbo en tantas cosas, no serán posibles solo con los votos del centroderecha, por muy notorio que fuese su control de las futuras Cortes, porque un envite semejante, una operación del calado de la esbozada, llamada a dibujar un horizonte de convivencia para las próximas cuatro o cinco décadas, necesita el respaldo del 75% del cuerpo electoral, reclama, en suma, la participación activa de un partido socialdemócrata fuerte. Qué curiosa es la historia. En los primeros años setenta, el camarada Carrillo enviaba sus encíclicas desde París urgiendo a los militantes del PCE a trabajar por hacer posible la existencia de un Partido Socialista fuerte. El PSOE había desaparecido durante la dictadura, y a don Santiago le parecía esencial su participación en el diseño de una salida al franquismo. Ahora volvemos a rogar por la existencia del PSOE, pero un PSOE distinto, un PSOE democrático, que nada tenga que ver con el vergonzante rebaño de ovejas que sigue obediente el sendero hacia el abismo que marca el delincuente que lo controla. A movilizarse, pues, que esto no está ganado. El futuro de España está en nuestras manos.
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Tres pruebas de la traición socialista
Jesús Cuadrado. Vozpópuli. 12 Octubre 2026
Convocadas las elecciones, Sánchez y su banda están obsesionados por apartar la mirada de los votantes de las averías letales que han provocado durante ocho años en el sistema democrático español. En primer lugar, lograron que en horas desapareciera de los medios una sentencia tan escandalosa como la del TC para, contra decisiones firmes del Tribunal Supremo, avalar la amnistía a los golpistas del 1-O. Pretenden ocultar así las huellas del peor crimen socialista, la ruptura con el consenso político del 78. Para eso ha servido un Constitucional que, con siete magistrados coordinados por el insidioso Conde-Pumpido y seleccionados para ese fin, cumple con compromisos adquiridos con el independentismo. No es un hecho aislado, forma parte de una secuencia de traiciones del Partido Socialista al pacto constitucional.
Una. Definitivamente, el PSOE se ha convertido en funcional al secesionismo. Pasados veinte años desde la aprobación del proyecto de Constitución por 258 votos afirmativos frente a dos en contra, el 16 de julio de 1998, Xavier Arzalluz (PNV), Jordi Pujol (CiU) y Manuel Beiras (BNG) firmaron la Declaración de Barcelona, un obús contra el sistema constitucional. “Al cabo de veinte años de democracia, continúa sin resolverse la articulación del Estado español como plurinacional”, afirmaban, e iniciaban la trampa recurrente de convertir “nacionalidades” en “realidades nacionales”, primero, y en “naciones”, finalmente, como advertía el historiador Santos Juliá en Transición. A ese proyecto se ha rendido el PSOE sanchista -¡no hay otro!- y, si lograran sumar el 29-N, todos los españoles saben que los socialistas completarían la faena. Si los resultados electorales lo permitieran, ¡la traición socialista está garantizada!
Ya solo quedan treinta
Dos. Cada asesino etarra excarcelado lleva un salvoconducto firmado por el PSOE, en concreto, por la consejera socialista del Gobierno vasco María Jesús San José, que les concede un tercer grado encubierto por motivaciones espurias sobradamente conocidas. ¡Qué traición más miserable! El Partido Socialista es así útil a los planes etarras interpretados por Otegi: “Si no tuviéramos 200 presos dentro, no actuaríamos del mismo modo con este Gobierno, ni por el forro”. Ya solo les quedan dentro 30, Txapote incluido, que, si Sánchez sumara apoyos el 29-N, también saldría a la calle y sería homenajeado. Ya no matan, dicen como disculpa, y se quedan tan anchos, mientras observan impasibles cómo se van cumpliendo los objetivos políticos etarras. “El pueblo vasco no cabe en la Constitución”, recogía el acuerdo de agosto de 1998 entre PNV y ETA, en el que también se comprometían a “crear una institución única y soberana” que incluyera Navarra. Llegada la ocasión, los socialistas navarros Cerdán y Chivite lo cogieron al vuelo y se pusieron las botas pactando con ellos “de todo”.
Y tres. El Partido Comunista y todas las secuelas no ocultan su declarada posición contra el sistema de convivencia consensuado en 1978. En junio de 2008, los comunistas proclamaban su “ruptura con el pacto constitucional” y Alberto Garzón, junto a otros camaradas, declaraba en septiembre de 2012 “nuestra Constitución es papel mojado”. En la misma dirección, la X Asamblea de Izquierda Unida proponía “un proceso constituyente”, al modo bolivariano. A raíz del 15-M, desde una retórica anticapitalista similar a la que estos días se escucha en la Puerta del Sol, Pablo Iglesias y otros proponían, contra el Régimen del 78, la creación de mitos que identificasen “democracia con la izquierda de la Guerra Civil”. Con un “abrazo de Vergara”, en esa traición al consenso constitucional ha metido Sánchez al Partido Socialista, de hoz y coz, y sin retorno posible.
Plurinacional y confederal
Desde hace tiempo, sostengo que en España se camina hacia un Nuevo Frente Popular similar al de Francia, con el PSOE dentro como su homólogo galo, uno más del tinglado. ¿Quién liderará eso? Espejismos aparte, Sánchez, fuera del Gobierno, sin fondos públicos que utilizar, los europeos incluidos, se convertirá en un trasto inservible. Hace unos días, la independentista Ada Colau sugería que el nuevo invento conocido como Frente Amplio podría ser encabezado por el también secesionista Gabriel Rufián, un tipo con aires de galán de Bollywood que se postula como el incendiario Mélenchon ibérico. Se verá, pero de momento lo obvio es que, las del 29-N, son unas elecciones existenciales en las que se confrontan dos modelos políticos incompatibles: el de una España plurinacional, confederal, a la que los socialistas van encadenados, frente al de la recuperación de la España constitucional pactada en 1978. No habrá performances de despiste capaces de ocultar este dilema nacional.
'Kale borroka'
islamoizquierdista en París
Santiago
Navaja. libertad digital.
12 Octubre 2026
¿Cuándo se jodió Francia? La pregunta vargasllosiana es pertinente porque el país galo está casi irremisiblemente perdido. No lo digo yo, sino el muy afrancesado Nobel socialista Paul Krugman, que reconoce que las cuentas públicas francesas están al borde del colapso. Pero lo peor son las cuentas patrióticas, con un país en crisis de identidad y de derechos porque la alianza entre los islamistas Hermanos Musulmanes y la extrema izquierda de Mélenchon ha conseguido que las protestas estudiantiles estén simbolizadas no por la bandera francesa de la liberal Marianne, sino por la palestina del fundamentalista Marwan Barghouti.
Las demandas de los estudiantes franceses que se manifiestan son claras y distintas como la filosofía de Descartes: clases más pequeñas, más profesores y mejores condiciones en las aulas. Con coherencia filosófica, más propia del comunista Jean-Paul Sartre que del liberal Raymond Aron, llevan una semana destrozando institutos, agrediendo a profesores y atacando a policías y bomberos que acudían a sofocar los incendios y proteger a los docentes. El rigor que aplican estos estudiantes franceses no es el de la lógica, sino el del rigor mortis de cerebros cegados por un odio denso y una retórica hueca.
Por supuesto, los medios de izquierda amparan y justifican los disturbios. La reportera de The New Yorker habla del "deterioro de las condiciones escolares y la acumulación de problemas en el hogar y fuera de él". Lo que no dice es que ese deterioro procede de alumnos que sabotean el sistema con un comportamiento disruptivo que empuja a los docentes a dimitir, mientras desmantelan la escuela exigiendo que no sea un derecho cursar el bachillerato, sino obtener el título con sobresaliente. Ya saben: las notas son fascistas, la autoridad es siempre autoritaria y hay que desterrar el bolígrafo rojo porque corregir es violencia escolar. ¿Qué digo el rojo? ¡Habrá que prohibir cualquier corrección, porque su concepción de la libertad de expresión ampara las faltas de ortografía y las patadas a la gramática!
Del mismo modo que los etarras aplicaban mecánicamente el manual del terrorista y acusaban sistemáticamente a las fuerzas de seguridad españolas de torturas, la reportera de The New Yorker acusa a la policía de brutalidad contra los estudiantes. Sin embargo, Josema Vallejo ilustra con un vídeo la realidad: los agentes son hostigados por la turba hasta verse obligados a emplear la fuerza para no ser linchados. La táctica es vieja conocida de la agitación política: boicotear la labor policial para que una detención pacífica, saldable con una multa, degenere en un despliegue antidisturbios. Medios como The New Yorker ejercen de autores intelectuales de esta kale borroka: redactan sus artículos sorbiendo un caramel macchiato mientras jóvenes embozados con kufiyas preparan cócteles molotov. Unos juegan a ser intelectuales antisistema; otros, a guerrilleros antifa. A todos ellos los describió Pier Paolo Pasolini en otra protesta en Roma en el 68 como unos hijos de papá, narcisistas pequeñoburgueses. El resto pagamos los platos rotos y las subvenciones.
Al igual que ocurrió en las acampadas de la extrema izquierda en España, donde importaban poco la señora Abascal —"Maricarmen", en el tuteo condescendiente con que la instrumentalizaron— o el derecho a la vivienda, en las revueltas estudiantiles francesas los verdaderos estudiantes no son los protagonistas, sino los grandes damnificados. El pulso lo lideran organizaciones islamistas y de extrema izquierda, aliadas con un mismo fin: demoler la institución fundamental de la nación, su sistema educativo. En Sumisión, Houellebecq describía a un partido islamista haciéndose con el Ministerio de Educación tras vencer en las urnas. Mientras ese día llega, los islamistas degüellan profesores y la extrema izquierda incendia las aulas. Son pocos, pero están bien organizados y susurran al unísono: Gallia delenda est. Lo que hoy vale para Galia valdrá mañana para Germania, Britannia… e Hispania.
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