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Los
recortes de ayer al final de la página
Si te importa España,
diez acciones indispensables
Nota del Editor 1
Noviembre 2011
1ª la lengua española para unificar mercado, educación, sanidad, justicia, legislación, seguridad, anulando toda la legislación sobre lenguas regionales.
2ª desmantelar el tinglado autonómico.
3ª deshacerse de la enorme casta de profesionales de la política
4ª simplificar y reducir el enorme aparato burocrático y millones de funcionarios
5ª deshacerse del intervencionismo de un estado ineficiente y depredador de los recursos de la clase media
6ª deshacerse de un estado indoctrinador y comprador de votos de unos con dinero de otros
7ª arreglar un sistema educativo desastroso con menos medios y más responsabilidad
8ª educar en valores humanos a una sociedad indoctrinada y adormecida
9ª liberalizar y optimizar un mercado fragmentado e ineficaz
10ª arreglar una justicia irracional, politizada, lenta, incompetente e irresponsable con menos medios y más responsabilidad
La
"normalización lingüística", una anormalidad
democrática. El caso gallego
Dedicado "A
todos aquellos que piensan que los idiomas se hicieron para las
personas y no las personas para los idomas" Manuel
Jardón
Por
la normalización del español: El estado de la cuestion, una
cuestion de Estado.
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Del libro de Manuel Jardón
"A todos aquellos que piensan que
los
idiomas se hicieron para las
personas y no las personas para
los idiomas"
Recortes de Prensa Domingo 20 Septiembre 2026
El mayor ataque con drones desde Ucrania deja al menos dos muertos y graves daños en una refinería en Moscú
La Razón. 20 Septiembre 2026
Dos personas han muerto y otras seis, entre ellas dos menores, han resultado heridas este domingo en la región de Moscú por un ataque ucraniano con drones en la principal jornada de las elecciones parlamentarias en Rusia, según han informado las autoridades locales.
De acuerdo con el gobernador de la región de Moscú, Andréi Voroviov, las víctimas mortales son una mujer de 44 años y un hombre anciano que se encontraban en sus casas, cuando estas fueron atacadas por drones, informa efe.
Según el alcalde de Moscú, Serguéi Sonianin, se trata del mayor ataque contra Moscú, en el que desde la jornada de ayer en las proximidades de la capital fueron derribados más de 1.600 drones, 450 de ellos.
"El mayor ataque con drones enemigos jamás perpetrado contra Moscú ha sido repelido", escribió Sobianin en redes sociales.
En el territorio de la capital, agregó, varios drones alcanzaron la refinería de petróleo y uno impactó contra un edificio residencial.
Según el regidor capitalino, el "ataque sin precedentes" buscaba perturbar las elecciones legislativas rusas, que comenzaron el viernes y concluirán esta noche.
Según las estimaciones del alcalde, y recogidas por la agencia TASS, las defensas rusas antiaéreas han neutralizado al menos 186 drones en los accesos a la capital desde las primeras horas de la medianoche del domingo.
"Se han derribado un total de 35 drones más. Los equipos de emergencia están trabajando en las zonas donde cayeron los fragmentos", ha detallado Sobianin en una publicación en sus redes sociales, donde ha ido informando poco a poco sobre la llegada de los drones del Ejército ucraniano, informa Ep.
Sobianin ha confirmado que, pese al despliegue de los sistemas defensivos, el impacto de los proyectiles y la caída de restos han provocado daños en un sector de la refinería moscovita.
Asimismo, ha comunicado que los servicios de rescate y bomberos continúan desplegados en el perímetro del complejo industrial y en los distintos puntos de la ciudad afectados por la caída de los restos de drones interceptados.
Este nuevo ataque masivo con drones contra Moscú coincide con el desarrollo de las elecciones presidenciales en Rusia, en el marco de la escalada de incursiones ucranianas en territorio ruso.
La guerra que ya está aquí y Europa no quiere ver
Gustavo de Arístegui, diplomático. la razon. 20 Septiembre 2026
Últimamente somos más conscientes de la naturaleza cambiante de las amenazas que nos acechan. Ya no hablamos solo de enemigos visibles, de potencias que tiran de la cuerda cuanto pueden, cada una con los métodos que le resultan más eficaces. Hablamos de una guerra que no lleva uniforme, que no se declara y que no respeta la vieja frontera entre la paz y la guerra. Europa hace a veces el diagnóstico correcto, pero casi nunca toma las medidas adecuadas para protegerse y, mucho menos, para adelantarse al adversario.
Reuters publicó el pasado 17 de septiembre un despacho que debería leerse en todos los ministerios de Defensa del continente. Se pregunta, sin eufemismos, si la OTAN está preparada para la próxima guerra. Cinco responsables de defensa ucranianos y occidentales responden con una frase demoledora: Ucrania se adapta en semanas; la Alianza compra en años, a veces en décadas. Rusia ha elegido la guerra de agresión y, contra Europa, la guerra gris. China no necesita disparar: le basta el crédito que crea dependencias, el control de estrechos y puertos y el monopolio de baterías, paneles solares, motores eléctricos y tierras raras. Los recortes de Volkswagen, que rondan ya los cien mil empleos, son un dramático toque de atención. El régimen oligárquico-yihadista de Teherán lleva desde 1979 patrocinando el terrorismo a través de las organizaciones terroristas Hamás y Hizbulá, los hutíes y las organizaciones terroristas proiraníes de Irak, y es el gran proliferador de los drones Shahed que Rusia lanza cada noche contra Ucrania.
La guerra no se declara
Las guerras de nuestro tiempo no se declaran. Por eso son absurdos, cuando no de mala fe, los cantos de sirena de algunos congresistas estadounidenses que reclaman una declaración formal de guerra contra Irán. Estados Unidos no declara formalmente la guerra desde 1942. Si ni siquiera las guerras abiertas se declaran, las grises jamás lo harán. Esperar una declaración para reaccionar equivale a no reaccionar nunca.
George F. Kennan definió en 1948 la «guerra política» como el empleo de todos los medios de una nación, salvo la guerra, para lograr sus objetivos. En 2013, el general Guerásimov escribió que los medios no militares habían superado en muchos casos la eficacia de las armas. Nuestros adversarios lo escriben negro sobre blanco. Somos nosotros quienes nos negamos a leerlo.
Las mentiras como munición
La desinformación es el arma más barata y más difícil de atribuir. No busca que creamos una mentira concreta, sino que dejemos de creer en cualquier verdad. En diciembre de 2024, Rumanía tuvo que anular la primera vuelta de sus presidenciales tras una campaña en TikTok que sus servicios vincularon a un actor estatal. La red rusa Doppelgänger clonó las webs de grandes periódicos europeos para colar noticias falsas con su aspecto. Según NewsGuard, la red prorrusa «Pravda» publicó en 2024 unos 3,6 millones de artículos no para que los leyéramos nosotros, sino para que los absorbieran las inteligencias artificiales, que después repetían sus bulos en torno a un tercio de las pruebas. Se envenena el pozo del que beberán las máquinas.
Esas campañas necesitan altavoces locales, y en España los tienen: analistas prorrusos que difunden bulos y justifican la represión en Irán atribuyendo las protestas al Mosad y a la CIA. La respuesta no es la censura, que es lo que nos distingue de Moscú y Teherán, sino la transparencia sobre quién amplifica qué y con qué dinero, y la alfabetización mediática desde la escuela, como hace Finlandia.
En el ciberespacio no hay alto el fuego. Rusia apagó parte de la red eléctrica ucraniana en 2015. El 24 de febrero de 2022, una hora antes de la invasión, un ciberataque contra la red de satélites de Viasat dejó sin supervisión remota a unas 5.800 turbinas eólicas en Alemania. Lo más inquietante es lo que no se ve: en 2024, las autoridades estadounidenses denunciaron que el grupo chino Volt Typhoon se había infiltrado en redes de energía, agua y transporte, no para robar, sino para poder sabotearlas en una crisis. Son bombas lógicas colocadas en tiempo de paz. En julio pasado, un ataque coordinado golpeó más de treinta redes de agua de Minnesota. Para mí fue un galope de prueba.
Todo depende de la electricidad: el agua que bombean motores eléctricos, los surtidores de gasolina, los pagos, los hospitales, la cadena de frío, los semáforos y los trenes. El 28 de abril de 2025 lo comprobamos en carne propia. En unos cinco segundos desapareció el 60 % de la generación y la Península se quedó a oscuras. No fue un ataque, sino un fallo técnico en cascada. Aun así, quienes tenían efectivo y una radio de pilas estaban mejor preparados que quienes lo tenían todo en el móvil. Lo que un fallo hizo durante horas, un ataque podría hacerlo durante semanas.
En torno al 99 % del tráfico intercontinental de datos viaja por cables submarinos, y el Báltico se ha convertido en el laboratorio de su sabotaje con anclas arrastradas durante decenas de kilómetros. Las interferencias de GPS son ya cotidianas: el avión de Ursula von der Leyen las sufrió en 2025 al aproximarse a Bulgaria.
Hay una amenaza de la que casi nadie habla: las armas de pulso electromagnético. Una detonación nuclear a gran altitud no mata a nadie con la explosión, pero su pulso puede quemar la electrónica y los grandes transformadores de un territorio de miles de kilómetros.
Todo lo que tenga un microchip –coches, teléfonos, ordenadores, bombas de agua, sistemas hospitalarios– puede quedar inservible. No es ciencia ficción. En 1962, la prueba estadounidense Starfish Prime apagó farolas en Hawái a unos 1.400 kilómetros de distancia, y una prueba soviética sobre Kazajistán incendió una central eléctrica. Existen además armas no nucleares de microondas de alta potencia, montables en misiles o drones, que fríen la electrónica en un barrio entero. El Congreso de Estados Unidos acaba de volver a alertar sobre esta amenaza y sobre los avances chinos contra Taiwán. Estados Unidos tiene desde 2019 una orden ejecutiva para proteger su red. Europa no tiene nada: ni transformadores blindados, ni repuestos estratégicos, ni una política común.
Mientras los gobiernos callan, los más ricos se preparan. Mark Zuckerberg construye en Hawái una finca de unas 570 hectáreas con refugio subterráneo y autosuficiencia alimentaria y energética. Según contó The New Yorker en 2017, más de la mitad de los multimillonarios de Silicon Valley tenían ya su «seguro de apocalipsis». Douglas Rushkoff relató cómo unos inversores le preguntaron cómo mantener leales a sus guardias cuando el dinero ya no valiera nada. Se preparan para un día después apocalíptico y distópico con granjas valladas y completamente autosuficientes.
No es una frivolidad, sino un síntoma: quienes mejor conocen la fragilidad de las redes, porque las han construido, no confían en que los Estados sepan protegerlas. Cuando la supervivencia se privatiza, el contrato social se rompe. La respuesta no es imitarles, sino hacer innecesarios sus búnkeres. Finlandia tiene refugios para unos 4,8 millones de sus 5,6 millones de habitantes. Suecia envió en 2024 a todos sus hogares una guía para la crisis o la guerra. Bruselas se ha limitado a recomendar un kit para 72 horas, es tan chocante que no llega ni a ridículo.
Las mentiras como munición
En el terreno militar, Europa sigue anclada en tácticas del siglo XX. Un oficial ucraniano contó a Reuters que algunos manuales de la OTAN se basan aún en casos de la Segunda Guerra Mundial. El comandante de la Guardia Nacional ucraniana, Oleksandr Pivnenko, dice de las tropas aliadas que saben asaltar posiciones, pero que si hay un dron encima y ni siquiera miran hacia arriba, «ya se imagina uno lo que le ocurrirá al pelotón ironizaba. Un dron de unos cinco mil dólares puede destruir un Leopard 2 de más de treinta millones de euros. Ahora bien, tampoco hay que jubilar por dogma lo que funciona: el veterano A-10 ha sido decisivo en el Golfo contra las lanchas de la Guardia Revolucionaria iraní.
No es posible que tengamos el mejor misil aire-aire del mundo, el Meteor, y no tengamos arsenal para más de una semana de conflicto. Necesitamos una industria capaz de reponer con agilidad, que apriete cuando haga falta y afloje cuando no, y reservas estratégicas realistas, no optimistas.
Por fin, sistemas europeos
Hay buenas noticias. Europa ha empezado a construir alternativas al Patriot estadounidense, del que depende peligrosamente. El franco-italiano SAMP/T NG, que Dinamarca ha preferido al Patriot, llegará a Ucrania. Diez países han lanzado en julio el proyecto antibalístico Freyja, liderado por la ucraniana Fire Point. El alemán IRIS-T lleva años derribando misiles rusos. El Skyranger de Rheinmetall y los drones interceptores coproducidos con Ucrania abaten drones a una fracción del coste de un misil. El láser británico DragonFire dispara por unas diez libras.
Bruselas ha lanzado cuatro grandes proyectos: defensa contra drones, vigilancia del flanco oriental y escudos aéreo y espacial. La española SENER coordina el proyecto europeo contra misiles hipersónicos. El problema ya no es la falta de proyectos, sino su dispersión y su lentitud. Hay que agilizar la contratación, acelerar los interceptores láser que tan buenos resultados dan a la Armada estadounidense frente a Irán, y aprender de los países del Golfo, que ya han adoptado la tecnología ucraniana contra los drones iraníes.
Hay que mandar un mensaje muy claro a Irlanda y Austria: no son momentos para florituras político-filosóficas. Austria ya se ha sumado al escudo antiaéreo europeo, prueba de que la neutralidad no impide la defensa colectiva. Irlanda, por cuyas aguas pasan cables vitales para todo el continente, no puede vigilarlas. Su vulnerabilidad es la de todos. Vegecio lo dejó escrito hace dieciséis siglos: si quieres la paz, prepara la guerra. Hoy prepararla significa producir más, decidir más deprisa, proteger lo que nos mantiene vivos y preparar a toda la población, no a unos pocos privilegiados en sus búnkeres. La guerra ya está aquí. Solo falta que Europa se atreva a verla.
Somos un Estado tontito
EDUARDO INDA. okdiario. 20 Septiembre 2026
El impecable e impoluto Zara Home que el vasallo de Mohamed VI ha montado a los invasores de Ceuta resulta la mejor y más inquietante de las alegorías de lo que está aconteciendo desde ese 30 de julio de 2026 que pasará a los anales como una de las jornadas más tristes de nuestra historia democrática. Especialmente, si tenemos en cuenta que a la vez que este Gobierno repugnante facilita colchones nuevecitos a los ocupantes, tiene a policías y guardias civiles pernoctando en catres que provocarían vómitos al más veterano de los vagabundos de Mogadiscio, la capital de Somalia. Mientras los defensores de la ley y el orden duermen con asco entre orines, chinches y cucarachas, los quintacolumnistas del rey alauita lo hacen a pierna suelta tras haber engullido un menú que para sí quisiera cualquier colegial español. Y encima se chulean de nosotros, los cornudos de los españoles, advirtiendo que no pararán hasta llegar a la Península.
Es lo que tienen los Estados tontitos. Si bien es completamente cierto que la categoría de España como Estado tontito viene de atrás, desde los tiempos en los que el joyero Zapatero blanqueó a ETA, mejor dicho, desde que en 2004 unos terroristas cambiaron la suerte de unas elecciones sin que nadie o casi nadie pusiera el grito en el cielo, no lo es menos que con Sánchez este estatus se ha disparado hasta el infinito. Sólo un Estado tontito es capaz de aceptar sin rechistar una invasión y sólo el primer ministro traidor de ese Estado tontito —vaya cóctel— es capaz de conceder compulsivamente la razón al infame agresor alauita.
Un Estado respetable hubiera repelido por la fuerza, por las buenas o por las malas, con pelotas de goma, chorros de agua o fuego real, una invasión de 80.000 personas a su territorio. Que Mohamed VI envíe 80.000 misiles humanos a Gibraltar, Francia o Italia, incluso a Portugal, que ya verá cómo se los devuelven con cajas destempladas, eso en el mejor de los casos porque en el peor le bombardearán Rabat. Y que constituyó una invasión no lo afirma únicamente un servidor, lo suscribió también el día de autos el presidente del Gobierno al calificar lo ocurrido de «violación de la integridad territorial de España» y «ataque». En fin, lo que es. Ciertamente, debe ser la única verdad que ha soltado este pájaro de cuenta en décadas emulando a esos relojes parados que dan bien la hora dos veces al día.
Un Estado tontito no sólo declina la obligación de hacer frente a la invasión sino que, además, acoge a los integrantes del Caballo de Troya alauita —metáfora que la borrica de Irene Montero no entenderá— y los trata mejor que a sus nacionales. Pruebe usted a jamarse un delfín, que le caerá una multa de hasta 2 millones de euros euros, a matar una oca, que tendrá que apoquinar hasta 200.000, o a instalar de manera permanente una tienda de campaña en una playa de Alicante, Gran Canaria, Andalucía o de Cantabria, que de los 1.500 pavos no bajará la broma. Palo para los de dentro, zanahoria para los de fuera.
Un Estado tontito es aquél que, en lugar de botar el día 1 a los enemigos, los filia convirtiéndolos de facto en nuevos ciudadanos del Reino de España. Tiempo al tiempo. Un Estado tontito es ése que en lugar de emplear al Ejército para repeler «la violación de la integridad territorial», tal y como claramente prescribe el artículo 8 de la Constitución, echa mano de la Policía y la Guardia Civil. Aquí no debería operar jamás la Ley de Extranjería, por la elemental razón de que es una incursión enemiga en suelo nacional, sino la Carta Magna que será ambigua en muchos puntos pero no precisamente en éste.
Sólo un soberano Estado tontito se niega a meter en autobuses a los asaltantes de Ceuta para descargarlos en la frontera. Única y exclusivamente un Estado pusilánime es el que no hace unos deberes que se antojan el colmo del sentido común por temor a que llegue un juez progre y procese a sus gobernantes por prevaricación, tal y como sucedió con la ex delegada del Gobierno Salvadora Mateos y la a la sazón vicepresidenta ceutí Mabel Deu tras repatriar a 55 menores magrebíes que se colaron sin papeles en 2021.
Sólo a un Estado de mierda no se le pasa por la cabeza prometer el indulto en caso de condena a los gobernantes que pongan en la puta calle a quienes vinieron a quedarse con una plaza que es española desde 1580 y que para más inri jamás perteneció a Marruecos. Sólo un Estado memo nivel dios como el español cuenta con jueces que no entienden que o se para esto o nuestra civilización se irá a tomar por saco mucho antes de lo que nos pensamos. Los primeros, ellos. Más que nada porque en las dictaduras árabes el Estado de Derecho ni está, ni ha estado jamás, y obviamente en ningún caso se le espera.
Sólo un Estado soberanamente idiota no manda con sus padres y madres a los 2.000 menas que tatarean sin saberlo el celebérrimo «¡del barco de Chanquete, no nos moverán!». Y únicamente un Estado criminal es capaz de no darse por enterado del planteamiento formulado en ya demasiadas ocasiones por el Gobierno marroquí, que ha rogado que les devuelvan a estos niños y adolescentes para remitirlos a sus progenitores. ¿Con quién mejor que con sus padres puede estar un hijo? Claro que no hay Estado más imbécil que el nuestro, que permite que los menas se traigan a toda la familia cuando cumplen 18 años.
Y únicamente puede tildarse de Estado lerdito el que infesta su territorio de menores no acompañados que, ciertamente, no pagarán nuestras pensiones porque la mayor parte de ellos carece de estudios y nació en familias en las cuales la vida no vale nada y el delito es la moneda de uso corriente. Un Estado infinitamente imbécil es el que obliga a gastarse 40.000 euros por mena y año como mínimo a las comunidades autónomas en el alojamiento, manutención y presunta educación de cada uno de estos chavales. Claro que también hay regiones en las que la facturita se dispara a los 60.000, algo menos de lo que cuesta un curso en Eton, el mejor colegio privado del Reino Unido y seguramente del mundo. Si tenemos en cuenta que en España existen 16.000 menores no acompañados registrados, llegaremos a la alucinante conclusión de que estos muchachos le cuestan al erario ¡¡¡800 millones de euros!!! Sólo un Estado cretino se piensa que estos disparates se pueden mantener social y económicamente en el tiempo sin que esto estalle.
Y tampoco cabe otra acepción que la de Estado mentecato a todo el que, como España, astilla todos los meses 4.000 euros a una familia extranjera en la que no trabaja ni dios. Léanse la increíble pero certísima noticia que publicó nuestro periódico navarra.com. Y no cabe otra que tildar de Estado zopenco a una España que en algunas regiones, como por ejemplo Aragón, apoquinaba una paga de 17 euros semanales a cada uno de los menas que les han tocado mantener por el artículo 33 de Pedro Sánchez. Digo apoquinaba, y digo bien, porque Vox ha parado esta sangría en medio de las críticas más canallas de una izquierda asquerosa y sus no menos asquerosos medios a sueldo.
Y sólo un Estado suicida permite que los invasores sigan aposentando sus reales junto a infraestructuras críticas de Ceuta como el puerto, allí los tienen a cuerpo de rey, los macrodepósitos de combustible, la central eléctrica, la desaladora, los dos embalses (El Renegado y El Infierno) y el gran fortín del Ejército. ¿Los cintoras y los javieritos de la vida se han preguntado por qué los delincuentes que irrumpieron en nuestro país como Atila y los hunos el 30-J no se instalaron en las playas del sur, donde no hay una sola instalación sensible?
Visto lo visto, creo que me he quedado corto. No somos un Estado idiota, imbécil, lerdo, memo, zopenco o mentecato. Directamente somos un Estado gilipollas y masoquista. Y más pronto que tarde acabaremos como esas naciones del Tercer Mundo, África, América Latina y las que vivieron bajo el yugo soviético, que ostentan la categoría de Estados fallidos. Aquéllos que por méritos propios no tienen remedio. Ésos que, salvo intercesión de la Santísima Trinidad, están más muertos que vivos. Nadie nos ha colocado la soga al cuello. Hemos sido nosotros solitos.
ENTREVISTA AL PRESTIGIOSO ECONOMISTA ESTADOUNIDENSE
Arthur Laffer elogia el programa económico de VOX: «Es el tipo de políticas que España necesita»
Bárbara Saavedra. LA GACETA. 20 Septiembre 2026
Arthur B. Laffer (Youngstown, Ohio, 1940) es uno de los economistas estadounidenses más influyentes del último medio siglo y uno de los grandes referentes intelectuales de la economía de la oferta. Su nombre quedó asociado para siempre a la llamada Curva de Laffer, que describe la relación entre los tipos impositivos y la recaudación y advierte de que, superado determinado punto, una subida de impuestos puede reducir la actividad económica hasta provocar incluso una caída de los ingresos fiscales. La idea se convirtió en uno de los símbolos de la revolución económica conservadora que transformó Estados Unidos y Reino Unido durante los años ochenta.
Laffer conoce además la política económica desde dentro. Trabajó en la Administración estadounidense desde comienzos de los años setenta, fue el primer economista jefe de la Oficina de Gestión y Presupuesto de la Casa Blanca y posteriormente se convirtió en uno de los principales asesores económicos de Ronald Reagan, formando parte de su Economic Policy Advisory Board durante sus dos mandatos. Las grandes rebajas fiscales de la era Reagan —incluida la reducción del tipo marginal máximo del impuesto sobre la renta desde el 70% hasta el 28%— estuvieron profundamente vinculadas a la filosofía económica que Laffer llevaba años defendiendo: impuestos bajos, incentivos a la inversión, menor intervención estatal y crecimiento de la base productiva. Décadas después, Donald Trump le concedió en 2019 la Medalla Presidencial de la Libertad, la máxima distinción civil de Estados Unidos, por su contribución a la política económica.
A sus 86 años continúa defendiendo las mismas ideas. De paso por Madrid después de visitar Reino Unido, recibe a LA GACETA para hablar sobre el modelo económico de Donald Trump, la decadencia británica, la presión fiscal europea y las reformas que España necesita para recuperar crecimiento y prosperidad. Laffer no oculta tampoco su simpatía por VOX: considera que el partido comparte buena parte de los principios que él ha defendido durante décadas y cree que su programa económico apunta en la dirección correcta.
¿Qué valoración hace de la economía estadounidense en este momento?
La economía estadounidense está funcionando realmente, realmente bien. Hemos eliminado los impuestos sobre las propinas de los trabajadores del sector servicios y también los impuestos sobre las horas extraordinarias. Esto último es especialmente importante cuando ocurre una tragedia nacional y hay personas que tienen que trabajar 80 o 90 horas para salvar vidas o llevar a cabo labores de emergencia. Esas no son las personas a las que quieres castigar fiscalmente; son precisamente las personas a las que quieres incentivar.
También hemos introducido requisitos laborales para determinadas ayudas sociales. Si necesitas asistencia, está bien, pero si eres capaz de trabajar debes demostrar que estás buscando empleo. Para mí tiene todo el sentido. Y hemos introducido recursos para favorecer la libertad de elección educativa, de modo que una familia que no esté satisfecha con la escuela de sus hijos pueda utilizar esos fondos para buscar otra opción. Todo eso nos coloca en una posición magnífica para expandir la economía y los números están llegando muy bien.
Usted se ha mostrado especialmente crítico con el impuesto de sucesiones. ¿Por qué?
Tengo 86 años y tengo todo el dinero que podría necesitar. ¿Por qué sigo trabajando? Por mis hijos, mis nietos y mis bisnietos. Y si me cobras impuestos cuando genero esos ingresos y después vuelves a gravarlos cuando quiero transmitírselos a ellos, me parece profundamente injusto. Creo que el impuesto de sucesiones es uno de los impuestos más inmorales que conozco.
Puedes ganar tu dinero, pagar tus impuestos, marcharte después a Las Vegas, apostar, beber, fumar y gastarte absolutamente todo, y el Gobierno te dice: «Perfecto, adelante, diviértete». Pero si en lugar de gastarlo decides entregárselo a tus hijos o a los hijos de otra persona, entonces parece que eso está mal. No tiene sentido. Transmitir patrimonio a la siguiente generación es algo bueno, y para mí es especialmente importante.
Viene de pasar varios días en Reino Unido y ahora está en España. ¿Qué le trae a Madrid?
Me encanta España. He estado aquí muchas veces. Cuando era joven estudié en la Universidad de Múnich, entre 1959 y 1961, y solíamos venir a Madrid. Siempre me ha gustado muchísimo este país. Creo que España es uno de los grandes países y, si alguna de las experiencias que he acumulado trabajando con gobiernos en Estados Unidos y en muchos otros lugares puede servir para ayudar a tomar mejores decisiones económicas aquí, estaré encantado.
No vengo a España a decirles lo que tienen que hacer. Sería un enorme error llegar a un país extranjero y pretender conocer todos sus problemas mejor que quienes viven aquí. Pero si mi experiencia puede arrojar algo de luz sobre determinadas políticas y ayudar a que España sea más próspera, me encantaría contribuir.
VOX plantea importantes rebajas fiscales y una política de desregulación. ¿Comparte esos principios?
Por eso estoy aquí con ustedes. Yo creo en lo que llamo los cinco pilares de la prosperidad. El primero consiste en tener el tipo impositivo más bajo posible aplicado sobre la base imponible más amplia posible. De esa manera reduces los incentivos para evadir, eludir o esconder renta y, al mismo tiempo, eliminas buena parte de las deducciones, exenciones, exclusiones y créditos que complican el sistema. Lo ideal es avanzar hacia un sistema sencillo, de tipos bajos y base amplia.
El segundo pilar es el gasto público. El Gobierno tiene un papel muy importante: necesitamos jueces, Policía, bomberos, escuelas y Fuerzas Armadas. Pero también existen muchísimas cosas que el Gobierno no debería hacer. Hay que conseguir que el Estado sea extraordinariamente bueno haciendo aquello que debe hacer y sacarlo de aquellas actividades en las que no debería estar.
El tercer elemento es una moneda sólida, porque pocas cosas pueden poner de rodillas a una economía tan rápidamente como una moneda débil, la inflación descontrolada y unos tipos de interés elevados. El cuarto es la desregulación. Evidentemente necesitamos normas, pero deben estar centradas en resolver problemas concretos sin provocar enormes daños colaterales sobre el resto de la economía. Por lo que tengo entendido, en España existe mucha regulación y probablemente una parte de ella sea excesiva.
Y el quinto pilar es el libre comercio. Hay cosas que los extranjeros hacen mejor que ustedes y cosas que ustedes hacen mejor que los extranjeros. Sería absurdo que España no vendiera aquello que produce mejor a cambio de aquello que otros países producen mejor. Eso es lo que he defendido durante toda mi vida y, francamente, por eso me gusta tanto VOX. Creo que este es precisamente el tipo de políticas que podría llevar a España.
Muchas veces esas ideas se presentan como «economía de derechas».
No. Se llama economía. Se dice: «Eso es economía de derechas», pero de lo que estamos hablando realmente es de entender cómo funcionan los incentivos. Si cobras impuestos a la gente que trabaja y pagas cada vez más a la gente que no trabaja, terminarás consiguiendo que haya más gente que no trabaje. Si tienes dos lugares, A y B, y subes los impuestos en A mientras los reduces en B, los productores, los fabricantes, las empresas y las personas acabarán trasladándose de A hacia B. No es algo especialmente complicado.
Y si simplemente te dedicas a aumentar los impuestos a los ricos para repartir ese dinero, terminarás teniendo muchos pobres y cada vez menos ricos. El sueño debería ser hacer más ricos a los pobres, no hacer pobres a los ricos. No hay nada malo en ser rico; hay algo desesperadamente malo en ser pobre. El objetivo consiste en elevar a quienes están abajo, no en derribar a quienes están arriba. Hay que igualar hacia arriba, no hacia abajo. Ese es mi modelo económico, y entiendo que encaja bastante bien con VOX.
España soporta una elevada presión fiscal y una deuda pública superior al 100% del PIB. ¿Hasta qué punto puede una economía mantener esa situación?
Prefiero no entrar demasiado en las cifras concretas de España porque no quiero hablar sobre aquello que no conozco suficientemente. Pero sí conozco muy bien la estructura fiscal británica y allí se puede observar perfectamente lo que ocurre cuando los impuestos se llevan demasiado lejos. Cuando Gordon Brown elevó el tipo máximo del impuesto sobre la renta desde el 40% hasta el 50%, las consecuencias fueron muy negativas. Hoy vemos cómo personas con rentas muy elevadas, inversores y empresas abandonan Reino Unido. Cuando pierdes a un contribuyente que aportaba cientos de millones de libras, necesitas una cantidad enorme de nuevos contribuyentes para compensar esa pérdida.
En 1950, Reino Unido representaba aproximadamente entre el 6,5% y el 7% del PIB mundial. Hoy supone alrededor del 3%. Y al mismo tiempo los británicos soportan una de las cargas fiscales más altas de su historia. Las políticas económicas tienen consecuencias y estas se terminan reflejando en la producción, la inversión y el nivel de vida de las personas.
Usted participó precisamente en una de las grandes revoluciones fiscales del siglo XX junto a Ronald Reagan. ¿Qué enseñanzas extrae de aquella experiencia?
Cuando llegó Reagan redujimos el tipo marginal máximo del impuesto sobre la renta desde el 70% hasta el 28%. Bajamos también el impuesto de sociedades desde el 46% hasta el 34%, pasamos de catorce tramos del impuesto sobre la renta a solamente dos y simplificamos enormemente el sistema. Y después vivimos un extraordinario aumento del crecimiento económico. Funciona. Es sentido común: tipos impositivos bajos, una base imponible amplia y un sistema sencillo. Después hay que quitarse de en medio y permitir que las personas puedan ocuparse de sus propias vidas.
Por supuesto, si alguien realmente no puede salir adelante por sí mismo hay que ayudarle. Somos personas civilizadas y cristianas. Ayudemos a quien no puede ayudarse a sí mismo. Pero no diseñes un sistema en el que una persona reciba tantas ayudas que trabajar deje de merecerle la pena. Eso no es sensato. Nadie está orgulloso de depender permanentemente del Estado. El objetivo debe ser devolver a las personas al trabajo y permitirles construir sus propias vidas.
La Unión Europea lleva años hablando de simplificación y desregulación, aunque la carga normativa continúa siendo enorme. ¿Qué efectos puede tener ese modelo?
Déjeme poner el ejemplo de la energía en Estados Unidos. Cuando llegó Trump desreguló el sector energético. Y eso no significa que yo quiera aire sucio o contaminación. Por supuesto que no. Estados Unidos ha seguido mejorando medioambientalmente sin necesidad de paralizar su producción energética. Al eliminar determinados obstáculos, la producción se disparó, el país reforzó enormemente su independencia energética y pudo vender energía al resto del mundo.
Con Reagan ocurrió algo parecido. Yo era asesor de Occidental Petroleum, con Armand Hammer, y recuerdo haber explicado en una reunión que la eliminación de determinados controles sobre el petróleo y el gas haría caer fuertemente el precio de la energía. No les gustó nada mi predicción y acabaron echándome de la reunión. Yo pensaba que el petróleo podía caer hasta unos 20 dólares por barril y terminó llegando mucho más abajo. La lección es que la regulación puede resultar extraordinariamente costosa cuando intenta controlar cada aspecto de una economía. Evidentemente necesitamos normas; nadie propone eliminar todas las reglas. Pero debemos evitar que el regulador, intentando corregir un problema, destruya diez cosas que funcionaban bien.
Entonces, sin entrar en medidas concretas, ¿Qué principios debería seguir España para generar más crecimiento y prosperidad?
Volvería exactamente a los cinco pilares: impuestos bajos sobre una base amplia, contención del gasto público, una moneda sólida, regulación limitada y bien diseñada y libre comercio. España puede construir una economía política de crecimiento extraordinaria, pero debe comprender que no puedes castigar fiscalmente a las personas que producen y esperar al mismo tiempo que produzcan cada vez más. Los gobiernos gastan demasiado y con demasiada frecuencia utilizan ese dinero de manera ineficiente.
Eso nos lleva precisamente a la Curva de Laffer. Cuando elevas los impuestos sobre la producción, obtienes menos producción. Al principio puedes aumentar los tipos y seguir recaudando más porque la caída de la actividad todavía no compensa la subida del impuesto. Pero si continúas subiéndolos, llega un punto en el que has reducido tanto la base imponible que una nueva subida de tipos provoca incluso una caída de la recaudación. Ese es el punto que la gente suele asociar con la Curva de Laffer, pero lo importante es comprender que la economía ya está sufriendo mucho antes de llegar hasta allí. Que el Gobierno todavía consiga aumentar su recaudación no significa que el impuesto no esté dañando la economía.
¿Qué valoración hace entonces de la orientación económica de VOX?
Por lo que conozco, en VOX son realmente buenos en muchas de estas cuestiones. Creo que están avanzando en la dirección correcta. Lo fundamental es mantener claros los principios: tipos fiscales bajos, una base imponible amplia, simplicidad y eliminación de todas aquellas deducciones, exenciones y distorsiones que complican innecesariamente el sistema.
Hay tres cuestiones importantes cuando hablamos de impuestos: cómo recaudas el dinero, cuánto dinero recaudas y gastas y en qué gastas ese dinero. Hay que recaudar de la forma menos dañina posible, evitar gastar demasiado y dirigir el gasto hacia aquello que realmente aumenta la productividad. Mejorar las infraestructuras, mejorar las escuelas, enseñar oficios y habilidades que permitan trabajar y garantizar que las instituciones favorezcan la iniciativa privada y el crecimiento. Porque, al final, la mejor forma de política social es un buen empleo bien pagado.
También ha trabajado durante décadas en Iberoamérica. ¿Qué impresión le produce ahora la región?
He estado muchísimas veces en Chile. Trabajé con muchos de los economistas conocidos como los Chicago Boys y vi cómo aquellas reformas económicas transformaron el país y elevaron enormemente sus tasas de crecimiento. Conozco a muchas de aquellas personas desde hace décadas y sigo manteniendo relación con economistas chilenos. España también puede generar prosperidad si crea las condiciones adecuadas para ello.
He seguido igualmente lo que ocurre en Argentina, Colombia, Bolivia, Perú, Venezuela y El Salvador. En El Salvador, Bukele decidió enfrentarse de manera muy contundente al problema del crimen y los resultados han transformado la seguridad del país. Es fascinante observar todos estos cambios políticos que están ocurriendo en Iberoamérica. Y, naturalmente, el pueblo venezolano merece libertad y prosperidad.
Después de más de medio siglo participando en debates económicos y políticos, ¿Qué consejo daría a quienes quieren aplicar estas reformas?
Hay que ser valientes y mantenerse firmes en los principios. Evidentemente, la política exige negociar. Cuando llegas al último día y necesitas alcanzar un compromiso para aprobar una ley, probablemente tengas que hacerlo. Eso es normal. Pero no debes abandonar tus principios antes siquiera de comenzar la negociación.
Los grandes cambios económicos necesitan convicción. He estado en esto durante muchísimo tiempo: empecé a trabajar en la Casa Blanca en 1970. He visto gobiernos, presidentes, reformas económicas, éxitos y fracasos en muchos países. Y una cosa no cambia: si quieres prosperidad, tienes que proteger a quienes producen, trabajan, invierten y crean. Sean fuertes en sus principios.
Arthur Laffer alerta: "España necesita un cambio con urgencia"
El célebre economista estadounidense visita España y se entrevista con LD.
Diego Sánchez de la Cruz. libertad digital. 20 Septiembre 2026
Arthur B. Laffer (Youngstown, Ohio, 1940) es un economista estadounidense y una de las principales figuras de la economía de la oferta, conocido mundialmente por la curva de Laffer, que relaciona los tipos impositivos con la recaudación fiscal. Formado en Yale y Stanford, fue profesor en la Universidad de Chicago y asesor económico de distintas administraciones republicanas, con especial influencia durante las presidencias de Ronald Reagan y Donald Trump.
A lo largo de su carrera ha defendido la reducción de impuestos, la estabilidad monetaria y una menor regulación como vías para impulsar la inversión, el empleo y el crecimiento económico. Coincidiendo con su reciente visita a España, organizada por la Fundación Disenso, LD se ha entrevistado con él para hablar del pasado, el presente y el futuro de las ideas de la economía de la oferta.
Antes de entrar en economía, ¿cómo recuerda su infancia y sus primeros años de formación?
Crecí en una familia muy acomodada, hoy dirían que mi infancia estuvo llena de privilegios. Llegué a la Universidad de Yale, empecé a cursar mis estudios superiores y, alejado de mis padres y hermanos, la verdad es que no me fue bien. Por ese motivo, me enviaron a estudiar a Alemania y, ciertamente, fue allí donde se despertó mi curiosidad por la economía y la política.
Aquella estancia en Europa coincidió, además, con algunos de los episodios más intensos de la Guerra Fría. ¿Qué recuerda de esos años?
Crucé en varias ocasiones el Telón de Acero, por ejemplo para subirnos al Oriente Exprés, donde conocí a quien luego sería mi esposa, una bellísima mujer escocesa con quien compartí el viaje de regreso desde Grecia. Guardo muy vivo el recuerdo de la noche en que los soviéticos empezaron a construir el Muro de Berlín, yo estaba durmiendo junto con un amigo en el lado este de la ciudad y el estruendo de la construcción nos levantó. Salimos de allí como pudimos… Fue angustioso.
Después llegó la Universidad de Chicago, donde coincidió con Milton Friedman. ¿Hasta qué punto influyó en usted?
En la Universidad de Chicago yo me llevaba estupendamente bien con Milton Friedman pero mis ideas no eran exactamente las suyas. Para mí, la forma en que enfocaba el dinero era una forma más de centrar el tiro en la gestión de la demanda agregada y, además, yo no era partidario del abandono del sistema de tipos de cambio estables que se había constituido con el patrón oro-dólar en Bretton Woods.
¿Cuándo empieza a tomar forma lo que después conoceríamos como economía de la oferta?
Discutiendo de todos estos asuntos con él, fui encontrando a otras personas que pensaban de una manera parecida a la mía. Quizá el más brillante de todos ellos fue mi amigo Robert Mundell, que décadas después sería galardonado con el Premio Nobel de Economía. Como nuestras ideas no encajaban del todo en círculos académicos donde todos se movían dentro del paradigma keynesiano, nos movíamos en otros foros, por ejemplo organizábamos unas cenas con periodistas, políticos, inversores y empresarios en Michael 1, un restaurante de Manhattan. El Wall Street Journal se acercó a nosotros y, eventualmente, fue la principal correa transmisora de nuestras ideas.
¿Cuál era la diferencia fundamental entre ese enfoque y las ideas económicas dominantes en aquel momento?
Nosotros creíamos, como también creía Milton Friedman, que hacía falta mucha más libertad en los mercados. Pero, para nosotros, la clave estaba sobre todo en retirar los obstáculos que inhibían la producción por el lado de la empresa. Eso nos llevó a pensar la economía desde el lado de la oferta: ¿qué podemos hacer para que esas mismas empresas que hoy producen menos de lo que nos gustaría encuentren mucho más atractivo incrementar su actividad y, con ello, aumentar la inversión, la generación de riqueza y la creación de empleo?
Y ahí los impuestos ocupaban un lugar central. ¿Por qué?
Los impuestos eran entonces extraordinariamente elevados. Después de la Segunda Guerra Mundial se habían alcanzado tipos marginales superiores al 90%. Y la pregunta era evidente: ¿quién va a arriesgar su capital, quién va a emprender o a invertir, si llega un punto en el que más del 90% de lo que gane va a terminar en las arcas del Estado?
Los impuestos tienen consecuencias. Todos los impuestos generan efectos negativos y algunos lo hacen de manera especialmente intensa. Lo que propusimos fue un programa de reformas basado en reducir de forma agresiva los impuestos que pagaban los estadounidenses. Y defendimos, sin complejos, que era precisamente entre las rentas más altas donde resultaba especialmente importante crear un entorno fiscal más favorable.
¿Cuándo pasa usted de la batalla de las ideas a intervenir directamente en política económica?
Mi primera implicación directa en un gran esfuerzo político llegó con la Proposición 13, aprobada mediante referéndum en California a finales de los años setenta. Aquella iniciativa estableció límites muy estrictos a la fiscalidad sobre la propiedad.
Y poco después esas ideas llegan a Washington…
Después dimos el salto a Washington. Defendimos la necesidad de indexar los impuestos a la inflación para evitar la llamada progresividad en frío, que se produce cuando los tramos del impuesto no se actualizan conforme suben los precios. También propusimos una importante rebaja fiscal que, finalmente, terminó aplicándose.
Visto desde hoy, ¿hasta qué punto cree que aquella batalla intelectual y política tuvo éxito?
El cambio desde entonces ha sido enorme. En aquella época, los tipos marginales del impuesto sobre la renta superaban el 90%, mientras que hoy el tramo superior se mueve en torno al 35%. En el caso de las empresas, el tipo impositivo llegó a situarse alrededor del 55% de los beneficios, mientras que actualmente el tipo de referencia apenas supera el 20%. Por tanto, son batallas que hemos ido ganando con el paso del tiempo.
Si trasladamos ese análisis a Europa, ¿por qué cree que la economía europea ha perdido terreno frente a Estados Unidos?
Cuando en Europa me preguntan por qué su economía se ha quedado atrás, creo que tenemos una parte importante de la respuesta en la cuestión fiscal. Los impuestos aquí son altísimos y, además, la regulación se va acumulando y genera un clima irrespirable para las empresas. Así es imposible crecer de verdad, no hablo de un 1% o un 2%, sino de un 3% o un 4%, que es a lo que tendríamos que aspirar para recuperar el terreno perdido. Europa se está quedando atrás y los impuestos tienen mucha culpa, al igual que la regulación.
Usted tuvo una relación especialmente estrecha con Ronald Reagan. ¿Cómo era trabajar con él?
Trabajar con Ronald Reagan fue un gran placer. Forjamos una gran amistad en sus últimos tiempos como gobernador de California. Cuando estaba en la Casa Blanca y visitaba nuestra zona, venía a casa a cenar y compartíamos unos emparedados, el brownie de mi mujer… Eran veladas sencillas y lo pasábamos muy bien, en Washington también nos veíamos pero ahí era todo mucho más formal.
Décadas después ha vuelto a estar cerca de otro presidente republicano, Donald Trump. ¿Cómo nació esa relación?
A Donald Trump lo conozco desde hace más de cincuenta años, porque los dos fuimos seleccionados para la misma beca de talento de la empresa General Electric. De hecho, cuando dijo que quería ser presidente, llamé a Jack Welch, legendario CEO de la compañía, y le pedí referencias. Me dijo que siempre que habían hecho negocios con él habían ganado mucho, mucho dinero… El caso es que Trump me invitó a la sede de su empresa, una gran torre de oficinas ubicada cerca de Central Park, en Nueva York, y me pidió que le aportase ideas. Desde entonces… hasta ahora. No estamos de acuerdo en todo, pero si te fijas por ejemplo en la reforma fiscal que impulsó, es evidentemente una reproducción fiel de las ideas de la economía de la oferta.
Hablemos de España. Usted conoce bien nuestro país desde hace décadas. ¿Qué impresión le produce su evolución política y económica?
Amo España, vine por primera vez en los años 70 y desde entonces he visitado el país siempre que he podido. Tenía muy buena relación con José María Aznar, que creo que fue un gran líder y que supo adaptar los impuestos de España a los tiempos modernos después de muchos años de gobiernos socialistas. Más recientemente he conocido a Vox en varios eventos internacionales, por ejemplo, en una cumbre con Javier Milei en Argentina... Creo que España necesita un cambio con urgencia.
También ha seguido muy de cerca los cambios políticos que se están produciendo en América Latina. ¿Qué está viendo allí?
En Latinoamérica estamos viviendo grandes cambios. Creo que el papel que ha jugado Estados Unidos ha sido clave, ahí esta el caso de la captura y detención de Nicolás Maduro… En Argentina tuve el placer de compartir cinco horas de reunión con el presidente Milei, quien además tuvo la gentileza de guiarme por toda la Casa Rosada. Lo está haciendo muy bien y su ministro de Economia, Luis "Toto" Caputo, es un fenómeno. También he conocido a Nayib Bukele, que junto a su familia me recibió durante una semana entera en El Salvador. Fue una experiencia muy grata y los números van reflejando el impacto positivo que tienen sus políticas.
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No puede ser Pegasus (o no solo Pegasus)
Jesús Cacho. Vozpópuli. 20 Septiembre 2026
La gente de CEOE que días atrás visitó Ceuta cuenta y no acaba del espectáculo apocalíptico que allí vieron y que parece no tener fin. "Oye, Fulano, no pongas la mano en esa barandilla, que aquí hay infecciones de todo tipo", advirtió alguien de la oficina de Juan Vivas a un miembro de la comitiva. La playa es un campo de batalla, una ciudad dentro de la ciudad en la que se vende de todo, desde leche hasta hachís, con miles de personas defecando en la arena, con un problema sanitario de primera magnitud, con grupos de jóvenes asaltando el pequeño comercio, con los delincuentes más peligrosos refugiados en el monte para evitar el riesgo de ser detenidos, y con el Gobierno tratando de instalar a una parte de esa multitud, los de la playa Benítez, en un campamento improvisado levantado en los terrenos de la autoridad portuaria, cerca de instalaciones estratégicas como la desalinizadora de agua o los silos de gasoil marino y fuel de Ducar, petrolera participada por Miguel Arias Cañete. Un operativo que se cerró el viernes con un fracaso mayúsculo, porque del monte se descolgó de madrugada una multitud que ocupó el campamento antes de que a Policía y Guardia Civil les diera tiempo a persignarse. El caso es que las playas siguen llenas y por las calles vagan cual fantasmas hasta 20.000 "irregulares" o más, en una ciudad de 83.000 personas que viven acongojadas en sus pisos. Feijóo dijo el viernes en Melilla lo que todo el mundo sabe, que "Ceuta es un polvorín", mientras Aznar afirmaba que "España está cediendo a los intereses del Estado responsable de la situación, que es Marruecos". ¿Y para qué lo hace? Para que "los ceutíes se marchen de Ceuta". ¿Eso es lo que anda buscando Sánchez, permitiendo que se pudra la situación? Sería la rendición de un Estado, España, ante otro, Marruecos, a quien el presidente español califica de amigo fiel.
¿Y por qué lo hace? Lo que tiempo atrás comenzó siendo un runrún minoritario, casi un comentario de cenáculo, sobre las consecuencias del material incautado por los servicios secretos marroquíes tras el jaqueo del móvil de Sánchez, ha terminado convirtiéndose en una especie de certidumbre que comparte una mayoría de españoles, incluso alguno de sus socios como el PNV o Podemos. ¿Cómo explicar el sometimiento del presidente del Gobierno español al rey de Marruecos? ¿Cómo entender lo que a todas luces parece una rendición incondicional? El caso es que en las últimas semanas se ha ido extendiendo por Madrid la especie de que quizá lo del material del software Pegasus, una información a la que los servicios secretos marroquíes accedieron a poco de llegar Sánchez a Moncloa -Rabat empezó a utilizar Pegasus en 2017, al punto de haber espiado en 2019 nada menos que al presidente francés Macron y a su primer ministro Édouard Philippe, un escándalo que se hizo público en julio de 2021 y que congeló las relaciones entre ambos países durante meses- en manos del vecino del sur no sea más que fuegos artificiales, material fungible, sí, bien, algún que otro insulto más o menos grosero a Felipe VI, algún negociete al descubierto de la pareja presidencial o de su entorno, pero eso, en el trazo largo de la corrupción que cerca a la pareja, suena a escándalo menor, cosa de un par de días, no más. Tiene que haber algo más para que el felón se arrastre de forma tan vergonzosa ante el Mohamed VI. Y la razón, para algunas fuentes cercanas a la madrileña Cuesta de las Perdices, no puede ser otra que la pasta, dinero contante y sonante.
Algo lo suficientemente fuerte como para que el chantajeado trague lo que está tragando y del modo en que lo está haciendo, dejándose todas las plumas en la gatera de Ceuta. Algo que le afecte directamente de un modo muy grave. Puede que sean los negocios del "clan promarroquí" del socialismo español, con Zapatero, Bono y Moratinos como avanzadilla y José Manuel Albares como brazo ejecutor, al que se habría sumado Sánchez de la misma forma en que se ha unido al "clan chino" del expresidente, con hasta cuatro visitas al país asiático. Apenas dos meses después de la primera invasión marroquí de Ceuta, mayo de 2021 (en respuesta a la decisión del Gobierno español de atender con gran secreto a Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, del cáncer que padecía en un hospital de Logroño, iniciativa que Rabat descubrió gracias al software Pegasus), Sánchez, para calmar a Mohamed, destituyó de forma fulminante a la entonces titular de Exteriores, Arancha González Laya, que pagó los platos rotos de la atención a Ghali, y puso esa importante cartera, por expresa petición de Marruecos, en manos de Albares, nuestro Napoleonchu, la inanidad engalanada más absoluta, hasta ese momento embajador de España en París. O puede que el sultán de Rabat haya tirado de chequera, siempre supuestamente, como opina alguna gente importante, para poner unos dólares en una cuenta en Bahamas o Panamá, valen también las criptomonedas en Singapur o Hong Kong, y eso lo explicaría todo. Y además es posible que ese regalo esté registrado en las conversaciones del Pegasus, un mensaje grabado según el cual el obsequio del que te hable, querido mío, ya ha llegado a destino. El sultán, amo de Marruecos, es muy generoso con quienes le sirven con eficacia. Y siempre se ha dicho que lo de Sánchez no va de política ni de ideología, que va de negocios, de pasta, como demuestran los escándalos de corrupción de su entorno y el interés personal suyo por meter la mano en las empresas del Ibex.
Un regalo al que este trilero de la política creyó poder responder con concesiones no excesivamente onerosas, caso del Sahara Occidental, capaces de mantener contento al sultán, un santo más en el imaginario sanchista al que vestir con el lenguaje de la "pacificación", la "cooperación" y demás ítems de ese libreto ensayado con éxito tanto con Bildu en el País Vasco como con Puigdemont en Cataluña. Pero Sánchez, que se ha atrevido a incursionar en la geopolítica con enorme desparpajo hasta el punto de autoproclamarse némesis de Donald Trump, no ha sabido con quién se estaba jugando los cuartos. Sea lo que sea el material en su poder, el sultán de Rabat, con el respaldo de Washington, le ha visto débil y arrinconado y ha decidido tensar la cuerda de Ceuta y Melilla (mejor intentarlo ahora que con un Gobierno de la derecha). Mohamed ha olido sangre. De modo que el bellaco se encuentra ahora "too pregnant, too enfranchised" para cambiar, siquiera moderar, su servilismo hacia el señor de la chilaba. Esta vez, su instinto de doblar la apuesta, huir hacia adelante y hacer como que se la pela todo le acerca peligrosamente al abismo de la cárcel. Delito de alta traición.
Y, ¿por qué Mohamed lo lleva a un punto tal de tensión que podría terminar en la pérdida de un tan valioso peón? ¿No parece eso un contrasentido? Ambos podrían haber llegado a un cierto acuerdo entre mafiosos. Aquí un esclavo, un siervo, un mendicante, pero déjeme, Majestad, que parezca que le respondo, permítame cuatro aspavientos para cubrir las apariencias de forma que no parezca tan evidente la felatio. Se le escapó, sí, aquello de la "violación de la integridad territorial de España", pero debió ser un lapsus porque enseguida se arrepintió y salió huyendo como en Paiporta. Alguien le llamó al orden. Núñez Feijóo le preguntó el miércoles en el Congreso si había hablado con el rey de Marruecos, y el aludido dio la callada por respuesta. En realidad todo ha sido peor, porque no solo no ha hecho frente a la invasión sino que ha tratado de justificarla achacándola a "la desigualdad de riqueza y oportunidades entre ambos lados de la frontera", una "realidad estructural" (sic) en la que el monarca absoluto de Marruecos no tendría nada que ver. Pero, ¿por qué arriesgarse a perder semejante peón? Varias posibilidades, todas compatibles. Que el sultán lo dé por amortizado y haya decidido aprovechar la ocasión para dibujar un "high water mark" con Ceuta y Melilla antes de que lo echen a patadas (los británicos ya han conseguido algo parecido en Gibraltar y aquí ni nos hemos enterado), o incluso que el ala dura de Palacio se haya inclinado por una política de hechos consumados frente a un enemigo en fase terminal, como sucedió con el Sahara en los últimos días de Franco. Una 'marcha azul'. Sin descartar que lo que pudo ser la escenificación de un pulso fácil contra un Gobierno débil para consumo interno y externo, se le fuera de las manos a un régimen reñido con cualquier excelencia en la ejecución de las cosas. Y sin olvidar también las distintas corrientes que conviven en el Majzén, las peleas y sabotajes internos cara a la sucesión del monarca (el príncipe heredero, Mulay Hasán, está decidido a vengarse de los responsables del repudio de su madre, la princesa Lalla Salma).
Mientras las sospechas de chantaje alcanzan ya en toda España la categoría de clamor ("¿Qué había en su teléfono? ¿Por qué tiene miedo a Marruecos? ¿Qué sabe Marruecos de usted?", le preguntó Feijóo hace dos semanas en el Congreso; "¿Qué le debe usted a los atacantes de Ceuta que no se atreve a señalarlos? ¿Qué saben de usted?", le espetó por su parte Santiago Abascal), pocos dudan de que, en esta hora crepuscular, todo su interés está centrado en trincar lo que pueda y a gran escala. Sabe que cuando abandone Moncloa no le será posible ganarse la vida cobrando unas comisiones, al estilo Zapatero, con llamadas a empresarios y banqueros, y sabe incluso que muy posiblemente no podrá seguir viviendo en España, así que la aventura por el ancho mundo de un narciso necesitado de perpetua adulación reclama como primera condición el estatus de millonario, porque la alternativa es la autodestrucción psicológica, de modo que un cheque de 200 o 500 millones de dólares puesto en lugar seguro es un argumento capaz de despejar muchas incógnitas y de aliviar la carga moral más ominosa. Mucho material para la historiografía futura, junto a la necesidad inapelable de aferrarse al poder para evitar el riesgo de ser descubierto y acabar en el banquillo por motivos varios, todos de cárcel. "Ya ni esconden que nos van a dar un golpe", ha escrito Abascal en la red social X. "Un golpe de Estado, perpetrado por Sánchez y su mafia, contra los españoles y su soberanía. Sánchez va a intentar todo para seguir en el poder y para salvar de la cárcel a los suyos. Es una irresponsabilidad darlo por derrotado". Afirmación que hoy, entrevistado en este diario, remacha con esta advertencia: "Las encuestas son solo encuestas, que nadie se olvide de lo que pasó en 2023".
Lo fascinante de la polvareda levantada por la decisión del Supremo de suspender de manera cautelar el voto de los ya inscritos en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) que consiguieron la nacionalidad a través de la llamada ‘ley de nietos’ hasta que acrediten su condición de familiares de exiliados, es el desparpajo, la desvergüenza, la exuberancia incluso con la que tanto el Gobierno como sus altavoces mediáticos reconocen abiertamente que sí, que lo que querían era incorporar, de forma más o menos subrepticia, nuevos votantes al electorado potencial del sanchismo, que lo que pretendían era inflar el censo, que lo que buscaban era el pucherazo, sí, ¿qué pasa?, admiten en plan retador. Siempre hemos asumido que el delincuente tipo no solo no alardea de sus actos, sino que trata de ocultarlos o al menos enmascararlos. Los delincuentes de este Gobierno, no; se pavonean del delito y lo manifiestan abiertamente. "Esto nunca fue de los derechos de los exiliados, sino de arrancar un puñado de escaños marginales y, de paso, seguir envenenando el ambiente", ha escrito Ignacio Varela. Esta semana hemos sabido que desde 2022 la Oficina del Censo Electoral no ha exigido a los nacionalizados en virtud de la ‘ley de nietos’ prueba documental alguna de su vinculación o arraigo con las provincias en las que deseaban quedar inscritos a efectos electorales, lo que nos lleva a sospechar con fundamento que ya en julio de 2023 pudo haber pucherazo, como algunos "fachas" han venido sosteniendo desde entonces: los 5 escaños que le faltaron a la suma PP+Vox+UPN para llegar a la mayoría absoluta.
Lo volverán a intentar. Con Conde-Pumpido, un vulgar operador político del PSOE proclive a la prevaricación descarada, al frente del Constitucional, tratarán de dar la vuelta a cualquier fallo definitivo del Supremo al respecto. Es sabido que una democracia muere cuando las instituciones diseñadas para limitar el poder terminan protegiéndolo. Lo intentarán por todos los medios. El fin de fiesta al que nos someterá el autócrata tendrá resonancia histórica. Y la obligación de los demócratas españoles será oponerse a tales designios con todas sus fuerzas. De momento, toca rescatar Ceuta de la incuria gubernamental. Sigue llamando la atención que 52 días después de la invasión, el Congreso no haya aprobado un Decreto Ley para abrogar las normas que impiden la devolución inmediata de los invasores. Aznar ha pedido el despliegue del Ejército en la ciudad autónoma: "Los militares tienen la obligación constitucional de defender el país y el Gobierno tiene la obligación constitucional de garantizar nuestras fronteras. Y todo lo demás es cobardía, incompetencia y traición; las tres cosas". Desplegar al Ejército y declarar el estado de excepción para poder aplicar sin miramientos el art. 24.2 de LO 4/1981 de los estados de alarma, excepción y sitio, aquel que dice: “Uno. Los extranjeros que se encuentren en España vendrán obligados a (...) Dos. Quienes contravinieren las normas o medidas que se adopten, o actuaren en connivencia con los perturbadores del orden público, podrán ser expulsados de España…”. Todo lo demás es cobardía, incompetencia y traición. Y no, no vamos a rendirnos.